Tercera parte de  LAS ENORMES TETAS Y EL CULO DE MI TÍA, LA POLICÍA
La obsesión de mi tía con el sexo, lejos de apaciguarse con el tiempo, se iba incrementando con el paso de los días. Si en un principio había sido reacia hasta para probar una postura nueva, eso quedó en el pasado. Una vez había dejado atrás los fantasmas de su niñez, esa en otra hora agría mujer se fue convirtiendo en la amante mas exigente.
La mujer reacia a cualquier contacto con un hombre, había dejado de existir. Desde que amanecía solo tenía una cosa en mente:
“Follar”
Si antes nada mas levantarse, se obligaba a salir a correr. Ahora en cuanto abría los ojos, miraba si estaba a su lado y cogiendo mi pene entre sus manos, me despertaba para que le hiciera el amor.
Su fijación por el tema había llegado hasta tal grado que muchos días me sacaba de la universidad para que me la tirara, aduciendo que estaba aburrida. Durante la época en que viví con ella, mínimo teníamos sexo tres veces al día y eso sin contar los fines de semana, que por lo menos se multiplicaba por dos esa cantidad. 
Un primer indicio de su futura transformación:
El primer síntoma de su cambio se produjo un miércoles en el que debido a un examen, llegué tarde a su casa. Nada más entrar me olí que algo pasaba porque no estaba la cena lista en la cocina.
-¿Andrea?- pregunté extrañado.
-Ven, cariño- me llamó desde el salón.
Al llegar a la habitación donde estaba, me quedé petrificado al encontrarme a la hermana de mi madre vestida de colegiala. Si bien contaba solo con veintiocho años, nunca esperé verla disfrazada de esa forma. Su “uniforme” consistía en una blusa blanca anudada al ombligo, minifalda escocesa de cuadros rojos y unas medías a medio muslo.
-¿Estoy guapa?- me soltó poniendo cara de puta.
-Preciosa- contesté y acercándome a ella, descubrí al levantarle la faldita que se había puesto unas bragas rojas haciendo juego.
Mi tía al sentir mis manos en su trasero, se rio pícaramente y me dijo:
-¡Quiero que me saques a bailar!
-¿Así?- respondí sin llegármelo a creer porque lo quisiera o no, tenía pinta de zorrón desorejado.
Supe que tenía ganas de marcha en seguida, pues me contestó diciendo:
-¿No me has dicho que estoy cañón?
Sin argumentos, tuve que dar mi brazo a torcer y solo le pregunté donde quería ir:
-A Malasaña- respondió.
Eso me tranquilizó porque en ese barrio de Madrid, se reúnen los especímenes y la fauna más extraña de la capital.
“Ahí pasará desapercibida”, pensé de camino a su coche.
Ya en el automóvil, al sentarse frente al volante, observé que  la diminuta prenda dejaba al aire toda la braguita y tratando de incomodarle, le empecé a tocar las piernas mientras ella conducía. Mi atrevimiento no fue mal recibido y rápidamente me percaté que bajo su blusa, sus pezones le traicionaban informándome de la calentura que en ese momento poblaba su cuerpo. Por eso, muerto de risa, subí por sus muslos dirección a su sexo mientras le preguntaba que le pasaba:
-Llevó bruta desde la mañana- contestó separando sus rodillas.
Su clara invitación no la desaproveché y llevando mis dedos hasta su tanga, empecé a acariciarle sin que mi tía diera señal alguna de enfado. La humedad que sentí en cuanto mis yemas rozaron ese encaje, me recalcó que no mentía cuando decía que estaba cachonda.  Para entonces mi tía estaba claramente excitada pero seguía como si nada ocurriera, poniendo atención a la conducción. Su innecesario disimulo me dio el valor de meter uno de mis dedos bajo el tanga y rozar con él, su clítoris.
-Me encanta- gimió sin mirarme.
Más convencido, me valí de un semáforo para bajarle las bragas hasta la mitad de los muslos. Andrea sonrió al ver mis intenciones y levantó un poco el culo para facilitar mi maniobra. Una vez lo había conseguido, me quedé mirando la imagen de esa belleza, casi treintañera, disfrazada de niña y con la ropa interior a medio quitar.
-Sí que estás caliente- le solté mientras me recreaba en los pliegues de su sexo con mis dedos.
No me contestó. En vez de ello, separó sus piernas, acelerando por la Castellana.  Convertida en una perra ansiosa de sexo y con un gesto de puro vicio en su cara, siguió rumbo a nuestro destino mientras yo le acariciaba su sexo desnudo. Decidido a vencer ese poco convincente mutismo, le metí un par de dedos en el coño:
-¡Dios!¡Sigue!¡No sabes cómo me estás poniendo!- gritó rompiendo el silencio.
Claro que lo sabía. El caudal de flujo que manaba de su entrepierna me lo había anticipado mucho antes de que su dueña lo hiciera.  Siguiendo a rajatabla sus palabras, estuve masturbándola hasta que pegando un chillido se corrió.
-Gracias, lo necesitaba- dijo en cuanto se hubo repuesto del placer.
La casualidad hizo que hubiésemos llegado y tras aparcar el coche, cogiendo su bolso, salió del vehículo. Al hacerlo, sus ojos brillaban por la excitación y quejándose de mi lentitud, me dio la mano llevándome a rastras hasta el primer pub. El bar estaba a rebosar por lo que tardamos varios minutos en llegar hasta la barra. En el camino pude observar el modo tan poco disimulado con el que los hombres que se cruzaban con ella le miraban el culo y por eso, tengo que reconocer que llegué bastante cabreado:
-¿Qué quieres tomar?- me preguntó alegremente.
Haciéndome el machote para que los de mi alrededor se dieran cuenta de que esa mujer venía conmigo, la tomé de la cintura y pegándola a mí, la besé mientras le contestaba que un whisky. Mi primer arrumaco con ella en público la cogió desprevenida y por eso intentó separarse de mí. Se lo impedí bajando mi mano hasta su trasero y forzando su contacto, la obligué a pedir las consumiciones pegada a mi cuerpo.
Forzando su sumisión, le acaricié las nalgas mientras muerta de vergüenza miraba de un lado a otro, buscando a alguien conocido. Todavía no sé si se tranquilizó al no conocer a nadie o por el contrario que mis caricias la llegaron a convencer, pero lo cierto es que dejándose hacer ella misma me empezó a tocar el paquete disimulando:
-Eres un cabroncete- me dijo relamiéndose los labios.
-Y tú, un poco ninfómana- respondí al notar que poniendo su bolso en mi entrepierna, me bajaba la bragueta.
Ocultando sus maniobras al resto de la gente, agarró mi miembro y empezó a pajearme sin que ni siquiera hubiera llegado el camarero con las bebidas. La expresión de su rostro tenía un brillo que no tardaría en ser habitual el ella. Totalmente verraca,  imprimió a su mano de un ritmo pausado mientras me miraba con los ojos llenos de lujuria.
-¿Te gusta?- preguntó.
-Mucho.
Mi respuesta fue el banderazo de salida para que ella acelerara el movimiento de su muñeca en busca de mi placer. No culminé en mitad de la barra porque desgraciadamente, el empleado del bar llegó con las copas. Mi tía al verlo aparecer, guardó mi pene en el pantalón y con una sonrisa, pagó al camarero. Ni siquiera se había alejado dos pasos cuando susurrando en mi oído, me dijo:
-Sígueme.
A través del local, la seguí sin ser consciente de lo hambrienta que estaba esa mujer. Os juro que no me esperaba era que, pegándome un empujón, me metiera a la fuerza al baño de mujeres. Cuando intenté protestar, Andrea me pidió que me callara y nada más atrancar la puerta, se arrodilló a mis pies. Tras lo cual y actuando como una posesa, me abrió la bragueta.
-¡Qué bello es!- exclamó al sacarlo de su encierro.
Y sin más prolegómenos,  se lo metió de un golpe hasta el fondo de su garganta. Sus sed por mi semen le hizo ir en su busca con autentico frenesí. Usando su boca como si de su sexo se tratara, comenzó a embutirse y a sacarse mi miembro con una velocidad endiablada. No contenta con meter y sacar mi extensión cada vez más rápido, usó una de sus manos para acariciarme los testículos mientras metía la otra dentro de sus bragas. Al sentir la tortura de sus dedos sobre su clítoris, chilló de placer diciendo:
-Córrete en la boca de tu tía.
Sus palabras elevaron mi calentura hasta unos extremos nunca sentidos y sin poderme retener me vacié en su boca. Andrea, al sentir mi semen chocando contra su paladar, se volvió loca y sin perder ni una gota, se puso a devorar mi simiente sin dejar de masturbar.
-¡Qué gusto!- la oí chillar, mientras  su cuerpo convulsionaba de placer a mis pies.
Absorta en su gozo, no le preocupó el volumen de sus gritos. Berreando como si la estuviese matando, terminó de ordeñarme y aún seguía masturbándose sin parar. Uniendo un orgasmo con el siguiente, mi tía colapsó en el suelo. Alucinado tuve que obligarle a levantarse de suelo cuando cayó como en trance. Sin fuerzas, tuve que cogerla en mis brazos y llevarla hasta la mesa.
Ya repuesta, nos tomamos las copas, bailamos un poco y volvimos a casa a hacer el amor…
Segundo indicio, una película porno:
Creo que fue como a la semana de lo que os acabo de narrar cuando durante el desayuno, mi tía me preguntó si me gustaban las películas porno. Haciendo honor a mis antepasados gallegos, le contesté repreguntando:
-¿Y a ti?
-No lo sé- respondió- nunca he visto una.
La cuestión quedó ahí, ni ella siguió con la conversación ni yo le reconocí que durante años, me había atiborrado viendo al menos cuatro por semana a través de internet. Temiéndome que me viera como un cerdo, me callé y seguí como si nada. Ya en el autobús que me llevaba a la Facultad, recordé la plática y pensé en alquilar una. Pero lo cierto es que soy un desastre y nunca fui al video club; sinceramente porque se me olvidó.
Esta tarde me llamó a mi móvil, diciéndome que iba a pasar por mí en una hora. Por el tono de su voz, comprendí que tramaba algo pero no fue hasta que ya habiéndome recogido aparcó frente a un videoclub, cuando supe de sus intenciones.
Descojonado, entré de su mano y directamente le pregunté al encargado donde estaba la sección de adultos. Mi desfachatez la hizo sonrojar y totalmente colorada, me siguió por los pasillos. Una vez en lo porno, me puse a mirar los títulos en silencio sin coger ninguno.
-¿Cuál te apetece?- preguntó mi  tía al ver que solo curioseaba.
-Es tu momento- contesté dándole directamente la responsabilidad.
Asumiendo que no iba a ayudarla, Andrea empezó a leer de qué iban las diferentes películas y sin darse cuenta, se empezó a calentar. Cómo lo supe, os preguntareis. La respuesta es muy sencilla, bajo la blusa de mi tía dos pequeños botones hicieron su aparición delatándola.
-Te estas poniendo cachonda- me reí de ella y para recalcar mi guasa, le di un pellizco a uno de sus pezones.
-No seas tonto- respondió cogiendo tres películas sin darme tiempo a revisar su elección.
No fue hasta que tuvo que dárselas al empleado cuando  leí sus títulos. Mi sorpresa no pudo ser mayor al comprobar que mi tía había elegido dos con temática de sumisión cuyas protagonistas eran mujeres policías y que la última de las tres era claramente lésbica.
“Joder con la mojigata”, pensé sin decir nada.
Entusiasmado en mi interior, hice como si me olvidara del asunto cuando salimos del local. Andrea por su parte, también se mantuvo callada quizás avergonzada por que hubiese descubierto parte de sus fantasías. No fue hasta que terminamos de cenar y mientras colocaba los platos en el lavavajillas cuando mi tía dijo:
-Ahora vuelvo- y saliendo del comedor, me soltó: -Vete poniendo la película.
-¿Cual quieres?- pregunté.
-Ya está en el dvd- respondió sin aclararme el asunto.
Intrigado, comprobé cual estaba vacía y me quedé estupefacto al ver que la que había puesto era “Una policía en apuros”. Como comprenderéis, inmediatamente le di la vuelta y leí el argumento.  Sin llegármelo a creer, leí que iba sobre una mujer policía que al intentar detener a un delincuente, este la secuestraba y la obligaba a diferentes tipos de vejaciones.
“¡La madre!”, exclamé mentalmente bastante confuso porque no me cuadraba a mi tía le gustara ese tipo  de situaciones.
El colmo fue verla llegar vestida con su uniforme pero en vez de pantalón, llevaba una minifalda de lo mas provocativa. No pudiéndome retener solté una carcajada y cogiéndola en brazos, la deposité sobre el sofá de enfrente de la tele.
Totalmente nerviosa, me rogó que pusiera la película. Obedeciendo, di al mando y me relajé a su lado. Ella al percatarse de que ya empezaba, me dio un beso en la mejilla y apoyó su cabeza en mi regazo para verla tumbada.
-¿Sabes que es la primera que veo?- susurró sin apartar su ojos de la tele.
En la pantalla, la protagonista  estaba siendo atendida por una espectacular morena en una peluquería. Por lo visto, se iba a ir de vacaciones y por eso necesitaba que le hicieran las ingles, de esa forma el guionista dio verosimilitud a que la primera escena fuera que la actriz afeitara el sexo de su clienta.
-Tócame- me pidió sin retirar su mirada de la tele.
Sus palabras fueron más que una declaración de guerra, mi tía quería que le  diese caña mientras disfrutaba de la película. Con cuidado fui desabrochando uno a uno sus botones mientras en la pantalla, la policía se desnudaba. El gemido que pegó cuando le pellizqué un pezón coincidiendo con el que sufría la interprete, me hizo saber que quizás su fantasía fuera hacer lo mismo que la actriz.
Decidido a probar mi teoría, seguí el guion marcado y le pellizqué el otro.
-Ahh.. – gimió descompuesta al notar la ruda caricia.
Azuzado por su respuesta, le dije al oído:
-Eres tan puta como esa policía.
Mis palabras la llevaron al borde del orgasmo y sin poderse aguantar la muchacha me rogó que siguiera acariciándola. Como en la tele, La peluquera estaba besándole los pies a su clienta, me arrodillé y cogiendo uno de los suyos, usando mi lengua fui recorriendo cada uno de sus dedos antes de metérmelos en la boca.
-Dios- aulló totalmente entregada.
Al igual que en la pantalla, subiendo por su tobillo, fui embadurnando de saliva sus piernas mientras mis manos apresaban sus pechos, magreándolos. La respuesta de mi tía no se hizo esperar y empezó a mover sus caderas, anticipando el placer que mi boca le daría.
Su excitación se fue incrementando producto de mis caricias. Al acércame a mi meta, comprobé que tenía su braguita totalmente empapada de flujo y tratando de forzar el morbo pasé mi lengua por la tela que lo cubría a duras penas. Ella al notarlo, me imploró que no parase que necesitaba sentirla en sus labios.
-Tranquila zorrita- respondí y sin hacerla caso, ralenticé mi acercamiento, recorriendo nuevamente la piel de uno de sus muslos.
Cada vez más caliente, mi tía se retorcía en el sofá pidiendo que me comiera de una puta vez su sexo. Sabiendo que debía incrementar su excitación para que fuese inolvidable, aprovechando que en la película la escena había terminado, me levanté y me senté nuevamente a su lado.
-Eres un cabrón- protestó al ver que, desobedeciendo claramente sus deseos, había vuelto a mi sitio.
Sonriendo, ni siquiera le contesté.
En la siguiente escena, la policía de ficción llegaba a comisaría y le daban un encargo rutinario. Debía de ir a un domicilio a entregar una multa a un tipo. Quizás recordando sus primeros años en el cuerpo, mi tía me confesó que al principio de su carrera, ella también lo había tenido que hacer. Fue entonces cuando me di cuenta que mi tía quería verse representada por la actriz.
Volviendo a la película, la protagonista al llegar a la calle donde tenía que entregar la sanción, veía a un ladrón robar el bolso a una anciana y sin pensárselo dos veces, corrió en su captura. Desgraciadamente  para la pobre mujer, el delincuente la había visto y escondiéndose detrás de una esquina, la golpeó en su cabeza, dejándola sin conocimiento.
-Pobre, eso duele- alcancé a oír a mi tía.
Al despertar, la morena se encontró que estaba con las manos atadas con sus propias esposas. Decidido a cumplir con lo que creía que era su fantasía, le dije:
-¿A qué esperas?.
Viendo su confusión, no esperé que me contestara y cogiendo los grilletes que tenía en su cinturón, los cerré cruelmente sobre sus muñecas. Tras unos instantes, la cara de mi tía mostró su satisfacción y con una sonrisa me pidió que le quitara la falda diciendo:
-No la lleva en la tele.
Lo que no se esperaba mi tía fue que tras despojarle de esa prenda, le diese un duro azote en una de sus nalgas, mientras le decía:
-Esta noche voy a disfrutar de una zorra- mi insulto lejos de fastidiarla, le emocionó y poniendo su cabeza nuevamente en mi muslo, esperó a ver qué pasaba.
En ese momento, el ladrón llegó a la habitación donde mantenía retenida a la policía y sin mediar una palabra la obligó a abrir la boca y a embutirse su miembro. Para entonces, Andrea estaba como loca y sin que yo se lo tuviese que pedir, se bajó del sofá y sentándose en el suelo, sacó mi pene de su encierro y se lo introdujo en la boca.
-Así me gusta, ¡Una puta dispuesta!- repetí la frase que acababa de escuchar del actor mientras metía mi pene hasta el fondo de su garganta.
Desgraciadamente para ella, en la película el delincuente sacando su polla de la boca de la policía, la sodomizó de un golpe. Fue entonces cuando sacando mi propio miembro, me dijo implorando:
-Por favor, ¡No lo hagas tan a lo bestia!
Actuando como en el filme, le solté un tortazo y le obligue a ponerse a cuatro patas mientras lo acercaba a su entrada trasera:
-¡No quiero!- gritó justo cuando de un solo golpe le introduje toda mi extensión en su interior -¡Mamón! – chilló al sentir como se abría camino en sus intestinos.
Sus quejas me enervaron y usando sus pechos como agarre, empecé a montarla sin misericordia. Mi ritmo loco iba acompañado de sus gritos de angustia y dolor. Tras un minuto donde cabalgué sin parar sobre el culo de mi tía, decidí descansar y dándole un fuerte azote en su trasero, le ordené que se moviera.
-¡Para!- me pidió.
Al recibir la segunda palmada sobre sus nalgas, respondiendo como ganado aceleró el ritmo de sus caderas. Pero fue cuando sufrió el tercero cuando ya sin poderse dominar, me rogó que siguiera azotando su trasero. Inmerso totalmente en mi papel y al igual que el actor en la pantalla no le hice ascos a seguir castigando ese culo mientras mi tía  ya berreaba sin control.
Al escucharla decir que se corría, acelerando mis maniobras busqué sincronizar mi placer con el de ella. Cogiendo su pelo, lo usé como riendas y me lancé desbocado en busca del orgasmo. Con mi pene solazando libremente en sus intestinos y mis huevos rebotando contra su coño, escuché su climax mientras su flujo me empapaba ambos muslos:
-¡No pares! ¡Mi amor!- aulló al sentir que se licuaba por entero.
Agotada se dejó caer, mientras todo su ser sufría los estragos de  su placer. Sus berridos fueron el acicate que me faltaba para dejándome llevar derramar mi simiente en el interior de su culo y con feroces explosiones diseminé mi esperma por el hasta hace escasas fechas virginal conducto. Ya satisfecho, saqué mi pene y tirando de sus esposas, la llevé hasta la cama.
Esa noche, la hermana de mi madre, la estricta policía, mi tía,  fue mi sumisa. La usé como me vino en gana hasta que conseguí quedarme dormido…
Tercer y definitivo síntoma de su transformación:
Durante las siguientes dos semanas, mi tía y yo profundizamos en nuestro juego. Antes de llegar a casa, Andrea pasaba por el videoclub y alquilaba la fantasía que quería desempeñar. Imaginaros que deseaba sentirse una criada que era abusada por su patrón, pues esa noche se disfrazaba de sirvienta y disfrutaba sirviendo a su infernal amo. Si por el contrario, tocaba una película donde la protagonista era una monja que era tomada contra su voluntad por el párroco del convento, mi tía se ponía un hábito y crucifijo en mano, me rogaba que respetara su virginidad.
Durante esa época, la vi disfrazarse de azafata, de médico, de enfermera, de puta barata e incluso se atrevió a representar el papel de una pony girl. Todavía recuerdo con añoranza esos días pero cuando creí que era imposible que mi estancia en su casa mejorara, una mañana me preguntó:
-¿Te importaría que invitara a otra persona a nuestro juego?
Pensando que se refería a otro hombre, me negué de plano diciendo:
-Ni de coña. Eres mía y de nadie más.
Andrea que no era tonta, se acercó a mi lado y dando un beso en mi oído, me susurró:
-¿Y si es una mujer?
Mi sorpresa fue total porque no me lo esperaba. Mi tía entonces aprovechó mi turbación para decirme:
-Mira hace dos días, Laura, mi ayudante te vio cuando me recogías en la comisaría y como le pareciste un yogurcito, me preguntó si podía presentarte.
Recordando que la susodicha era un espectáculo de rubia con grandes tetas, no pude dejar de estar complacido y viendo que pisaba un terreno peligroso, decidí que ella fuera la que continuara:
-Te reconozco que al principio ayer me negué de plano porque me cabreó que esa zorra te mirara, pero esta noche lo he pensado mejor y puede que sea la mujer idónea con la que ambos hagamos nuestro primer trío.
 Solo imaginar el estar con dos pedazos de mujeres como aquellas, me excitó y ya sin más acepté su sugerencia. La puta de mi tía se rio por lo fácil que había resultado convencerme y dándome un beso, me explicó su plan:
-Aunque Laura es un zorrón desorejado, dudo que acepte si directamente le planteo que se acueste con nosotros, por eso creo que lo que debemos hacer es que sienta que te ha seducido y ya en la cama aparezco sin mas.
-Estás loca- respondí, tras lo cual me puse a mi como ejemplo y le expliqué que si me enrollaba con una chavala y en mitad de la noche aparecía un tipo y quería meterse en la cama con los dos, le mandaría a la mierda.
-Tú quizás, pero ella no- contestó muerta de risa – en la comisaría se cuenta que esa cría le da a los dos palos.
Esperando que tuvieran razón esos chismes, accedí pero antes acordé con ella que para asegurarnos, yo le avisaría si debía intentarlo o por el contrario, decirle que era mejor dejarlo para otra ocasión.
-De acuerdo- aceptó, quedando conmigo que ese viernes la iba invitar a salir a tomar unas copas.
Como faltaban dos días, me olvidé del asunto y agarrando a Andrea por la cintura, nos fuimos directamente a la cama…
La cita se va al traste y eso fue mejor
Os reconozco que desde que me desperté ese día, andaba como una moto pensando que esa noche, si las cosas  se daban bien, disfrutaría de mi primer trío y encima con dos auténticos bombones, mi tía Andrea y Laura, su amiga. Obsesionado con la cita, me fue imposible concentrarme en la facultad y por eso el día se me estaba haciendo eterno.
Debía de ser las cinco cuando decidí que estaba perdiendo el tiempo en la biblioteca. Con los nervios a flor de piel, cogí el autobús y me fui a casa. Una vez allí, me metía a duchar con tranquilidad. Al salir, me estaba vistiendo cuando recibí la llamada de mi tía informándome que la cita no iba a tener lugar:
-¿Y eso? –pregunté.
-Me acaba de llamar Laura llorando, por lo visto el imbécil de su exnovio le ha montado un espectáculo en mitad del trabajo. Voy a ir a verla, no me esperes.
Cabreado, me tumbé en el salón y encendí la tele.  Como la programación era una mierda, sin darme cuenta me quedé dormido. Ya eran las nueve de la noche cuando el sonido de la puerta abriéndose me despertó. Todavía medio atontado vi entrar a Andrea acompañada de su amiga. La cara de ambas reflejaba disgusto. Al tratar de averiguar el motivo, mi tía me soltó:
-No te lo vas a creer, estábamos tomando un café en un bar cuando llegó ese cretino y la empezó a insultar…
-¡No me jodas!, ¿Y qué hiciste?- la interrumpí.
-Traté de calmarle y que se fuera- me contestó- pero en vez de tranquilizarse, ese idiota nos intentó pegar.
La tranquilidad con la que me informó del percance era tanta que pensé que no había pasado a mayores pero justo en ese momento, intervino su amiga diciendo:
-Menos mal que estaba Andrea y le puso en su lugar, sino no sé qué hubiera sido de mí.
No me tuvieron que decir nada más, conociendo las habilidades de mi tía en el cuerpo a cuerpo, comprendí que había respondido a su violencia con violencia:
“¡Qué se joda!”, me reí mentalmente sin exteriorizar que me alegraba de que  ese capullo hubiera salido calentito.
Cómo afortunadamente todo había salido bien, pregunté:
-¿Queréis que salgamos a cenar?
-No, mejor nos quedamos. No vaya a ser que ese idiota lo vuelva a intentar- respondió mi tía, visiblemente alterada y mirando a la rubia, dijo: -Tú te quedas a dormir hoy aquí.
La admiración que leí en los ojos de su amiga, me confirmó mis sospechas. Su novio debía haber recibido una buena paliza y ahora veía en Andrea a su salvadora, no a su jefa.  Tratando de desdramatizar el momento, les pregunté que querían de cenar.
-Cualquier cosa, lo que tengáis- Laura contestó.
Fue entonces cuando participando, mi tía propuso que pidiéramos la cena a un chino y celebráramos que nada había pasado. La solución nos pareció bien a los demás y mientras llegaba nuestro pedido, pusimos la mesa. No me costó observar que la actitud de la rubia con Andrea rayaba en la sumisión, antes de hablar o hacer cualquier cosa, le pedía permiso con anterioridad. Para que os hagáis una idea, un ejemplo: cuando me estaba sirviendo una cerveza, les dije si querían algo de beber y en vez de contestarme directamente, miró a su jefa y preguntó:
-¿Crees que puedo beber alcohol en mi estado?
Mi tía la miró y riendo, me pidió que abriera una botella de vino, diciéndola:
-Hoy nos vamos a emborrachar.
Aunque no me pareció entonces que tuviera una doble intención, lo cierto es que tras la primera cayeron otras dos antes de que termináramos de cenar. Poco a poco el vino fue diluyendo el malestar de ambas mujeres y ya en el postre, se reían a carcajadas recordando la última patada que le había soltado Andrea a ese sujeto.
-No creo que se le ocurra volver a molestarte- soltó mi tía.
Laura, mirándole directamente a los ojos, puso su mano encima de la de su jefa y respondió:
-Y todo gracias a ti.
La fascinación que escondían sus palabras provocó un silencio incómodo que solo se rompió cuando pregunté si poníamos música. Ambas mujeres acogieron con alegría mi sugerencia y fue la propia Andrea, la que se levantó a poner una canción. Inmediatamente, las dos se pusieron a bailar en mitad del salón mientras yo terminaba de recoger los platos.
Al volver, mi tía tiró de mí y me obligó a bailar con ellas. Usando como pista improvisada el salón, me vi atrapado entre ellas dos. Formando un sándwich con  sus cuerpos, sentí como poco a poco los roces a los que era sometido se iban incrementando. Con mi tía a mi espalda, podía sentir sus manos sobándome el trasero mientras su amiga miraba alucinada lo que hacía su jefa. En un momento dado, Andrea pasó sus brazos por mi cintura y agarró a Laura, pegándola a mí. Si bien en un principio se quedó cortada, al oír nuestras risas se relajó.
Yo, al sentir los pechos de la rubia clavándose contra el mío, bromeé diciendo:
-Me vais a poner bruto.
-Eso es muy fácil- contestó mi tía y riéndose, le dijo a su amiga: -¿Te apetece que pongamos a mi sobrino a cien?
Antes de que la contestara, vi que la cogía entre sus manos y la atraía hacia ella. La rubia, descojonada, se pegó a su jefa y sin quejarse, empezó a bailar. Si ya creía que ver a esos dos bellezones así era el sumun del morbo, más lo fue observar que Andrea susurraba algo en el oído de Laura y que esta le decía que sí.  Mi tía me guiñó un ojo y acariciando la mejilla de su amiga, acercó su boca a los labios de la otra.
Como si fuera algo pactado de antemano, el suave beso que se dieron se convirtió en un morreo apasionado. La pasión con el que se lo dieron me excitó aún antes de ver como Andrea deslizaba los tirantes que sostenían el vestido de la otra.
“¡Dios que tetas!”, pensé al verlas por primera vez al natural.
Todavía no me había recuperado de la impresión cuando con un coqueto movimiento mi tía despendió los que mantenían el suyo.
“No puede ser”, babeé al contemplar que reiniciaban su baile.
Sabiéndome convidado de piedra me mantuve al margen, cuando bajando por el cuello de Laura, la lengua de mi tía se aproximaba a uno de sus pechos. La sensualidad del momento se multiplicó cuando con la boca de apoderó del ya excitado pezón de la muchacha.
-Ahhh- oí que gemía la rubia al sentir que su jefa mamaba de ella como un bebé.
Siguiendo las enseñanzas de las películas porno que había disfrutado viendo conmigo, la lengua de Andrea siguió bajando por el cuerpo de la cría hasta que no le quedó mas remedio que arrodillarse. Hincada en el suelo, mi tía toqueteó por encima el coño de su amiga hasta que sus aullidos le informaron de su entrega. Ya convencida, con ternura, le bajó el mojado tanga:
-¡Y eso que solo querías poner bruto a tu sobrino!- Laura exclamó destornillada de risa.
-Cállate y abre las piernas- le contestó su jefa.
Sabiendo que las reticencias de su ayudante eran solo de palabra, mi tía metiendo su cara entre sus muslos, se apoderó del sexo de la rubia. Los gemidos de Laura se incrementaron por mil cuando Andrea, con suavidad retiraba con la lengua sus hinchados labios para concentrarse en su botón.
-¡Sigue!- aulló ya sin disimulo.
El placer sacudió su cuerpo cuando mi tía a base de pequeños mordiscos, comenzó a torturar su clítoris y se corrió sin remedio en cuanto sintió la lengua de su jefa explorando el interior de su vulva.
-¡Dios!-  chilló presionando la cabeza de la mujer para que sorbiera su líquido deseo.
Laura para entonces ya estaba desbordada y olvidándose que la otra mujer era su jefa, la obligó a tumbarse en el suelo mientras ella se arrodillaba entre sus piernas.
-Eres preciosa- le dijo antes de hundir su cara en el coño de su superiora.
En cuanto vio que la rubia se arrodillaba, mi tía me guiñó un ojo dándome entrada. El morbo de ver a la rubia comiéndole el chocho a Andrea y saber que para la morena era su primera vez, me terminó de convencer y mientras Laura degustaba con gozo del sabor agridulce de su jefa, me terminé de desnudar.
-Fóllate a esta puta- ordenó mi tía nada más ver mi pene erecto.
Sin nada que objetar, me acerqué a ellas y poniéndome a la espalda de la rubia, disfruté brevemente de la visión de su trasero.
“Menudo culo”, pensé.
La firmeza de sus nalgas quedó más que confirmada cuando usando mis manos, le acaricié sus cachetes. Se notaba que al igual que su jefa, Laura hacía ejercicio porque los tenía duros y sin gota de celulitis. Seguía tanteando el terreno cuando escuché que la rubia me gritaba:
-¿No has oído a tu tía? ¡Fóllame!
Sus palabras escondían una súplica bajo el disfraz de una orden y saber que esa zorrita necesitaba sentir mi verga en su interior espoleó mi deseo. Colocando la punta de mi glande en la entrada de su cueva, me entretuve jugueteando con sus pliegues hasta que sin avisarla, se la fui metiendo lentamente.
-¡Qué gozada!- chilló mi nueva amante al sentir  el paso de mi  tranca a través de sus adoloridos labios.
Mi tía exigiendo su dosis de placer, tiró del pelo de la rubia para que siguiera comiendo su coño. En cuanto la lengua de Laura penetró en el chocho de Andrea, aceleré mis movimientos. Era tanto el ritmo que imprimí a mis cuchilladas que mis huevos empezaron a rebotar contra los labios exteriores de la rubia.
-Más rápido- gritó la hermana de mi madre cuando experimentó los primeros síntomas del orgasmo.
Tanto Laura como yo interpretamos que la orden iba dirigida a nosotros, por eso mientras la rubia incrementaba la velocidad con la que su lengua y sus dedos se estaban follando a su jefa, yo incrementé aún más el compás de mis caderas.
Formando un equipo, mis embestidas obligaban a Laura a penetrar más hondo en el interior de Andrea, y los gritos de esta al sentir que se derretía en la boca de su ayudante, forzaban a un nuevo ataque por mi parte.
Mi tía fue la primera en correrse; retorciéndose en el suelo y mientras se pellizcaba sus pezones, nos ordenó que la acompañáramos. Al escucharla, aligeré aún más mi galope lo que provocó que me corriera regando el vientre  de Laura con mi semilla. El orgasmo de la rubia, siendo el último, fue bruta y  sintiendo que cada oleada de mi semen corroía su interior, aulló como una cerda a la que estuvieran sacrificando.
-¡No pares!- imploró mientras su sexo se licuaba.
Terminando de vaciar mis huevos en su coño, me quedé helado por la forma en que retorciéndose sin parar, esa mujer unía un orgasmo con el siguiente sin para de gritar a los cuatro vientos su placer. Pegando un último berrido se dejó caer junto a su jefa.
Fue entonces cuando sin dejarla descansar, mi tía la obligó a levantarse y abriendo el camino, nos llevó hasta su cama. Una vez allí, se tumbó con su ayudante a un lado y su sobrino al otro. Y satisfecha, nos dijo:
-Tengo que comprar una cama más grande.
¡SEGURO QUE TE GUSTARÁ!/