Cuarto episodio de  LAS ENORMES TETAS Y EL CULO DE MI TÍA, LA POLICÍA.
Al día siguiente cuando me desperté después de una noche llena de pasión, descubrí que mi tía no estaba en la cama. Al mirar el reloj y ver que eran más de las diez, comprendí que nos había dejado dormir y que se había ido a correr, tal y como  hacía todas las mañanas. Junto a mí, Laura, su ayudante seguía profundamente dormida.
No queriendo perturbar su sueño, me levanté y me fui a preparar el desayuno. Ya en la cocina me puse a pensar en lo ocurrido la noche anterior y en como la actuación de un ex novio, nos había puesto en bandeja a esa espectacular rubia. El muy cretino al montarle un espectáculo, había provocado la reacción violenta de Andrea y por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, Laura había visto en su jefa, no solo a una amiga sino a alguien a quien aferrarse. El resto fue consecuencia de eso, una vez en nuestra casa se había dejado llevar y había terminado compartiendo cama con nosotros dos, sin importarle que fuéramos tía y sobrino.
 
“Tiene que ser bisexual desde antes”, me dije al analizar la facilidad con la que había permitido que una mujer le hiciera el amor.
Estudiando en mayor profundidad la reacción de esa rubia, caí en la cuenta que había algo que no cuadraba. Era como si esa mujer hubiera cedido voluntariamente el control de su vida dejándolo en otras manos. Aunque no tenía duda  que  gran parte de su voluntad se la había entregado a Andrea, no estaba seguro de cuál era el papel que Laura me tenía asignado.
No tardé en conocerlo porque estaba sirviéndome un café cuando la vi en por la puerta, todavía desnuda.
-¿Puedo pasar?- preguntó sin atreverse a entrar.
Su absurda pregunta me dejó intrigado pero fue al darle permiso cuando me confirmó que esa hembra necesitaba sentirse protegida:
-No tienes idea del susto que me pegué al despertar y ver que no estabais. Pensé que os había decepcionado.
La tristeza que rezumaba su confesión era muestra clara de la urgencia que tenía por ser aceptada. Comprendiéndolo, le contesté:
-Para nada, princesa. Andrea ha salido  a correr y yo te vi tan dormida  que no quise molestarte.
-Ah- suspiró aliviada y cayendo entonces que estaba en pelotas, preguntó con tono lastimero: -¿Me podrías dejar una camisa? No encuentro mi ropa, tu tía debe haberla echado a lavar.
Muerto de risa, respondí que por supuesto pero que era una pena que se tapara porque así, desnuda, la encontraba fascinante. Mi contestación era solo una broma pero cuando le entregué lo que me había pedido, me preguntó:
-Entonces, ¿Me la pongo? ¿O prefieres que siga en pelota?
Tardé unos segundos en asimilar que estaba esperando que mi resolución y al terminarlo de entender, soltando una carcajada, me acerqué a ella y se la puse yo mismo.
-Gracias- dijo mientras dos pequeños bultos bajo la tela, delataban que por alguna razón estaba excitada.
Al percatarme de ello, decidí confirmar mis sospechas y tras coger una tijeras de un cajón, me senté en una silla y la llamé diciendo:
-Ven, preciosa.
La rubia se acercó de inmediato a donde estaba y quedándose quieta esperó a ver que deseaba. La sumisión que demostraba, me permitió coger la camiseta y dándole un par de cortes, abrirla por delante para acto seguido hacer un nudo, de forma que sus pechos quedaban al aire. Satisfecho, le regale un pellizco en uno de sus pezones, diciendo:
-Me gusta verte las tetas, putita.
Mi dura frase, lejos de molestarla, la hizo sonreír y entornando sus ojos, me preguntó si sabía  que quería ella de desayuno. Su  coqueteo fortaleció  mi impresión de que Laura deseaba sentirse usada y tratando de averiguar sus límites, señalé mi entrepierna diciendo:
-¡Claro!, zorrita, ¡Desayuna!
La alegría que demostró al arrodillarse a mis pies y bajarme el calzoncillo para liberar mi miembro, me hizo saber que me había quedado corto y que esa policía era una sumisa en potencia. Laura, sin esperar ninguna otra orden, se apoderó con sus manos de mi miembro.
-Con la boca-
-Sí, amo-, me respondió sacando su lengua, y recorriendo sensualmente toda mi extensión.
Al escuchar como se había referido a mí ya no me quedo ninguna duda y  cogiéndola del pelo, forcé su garganta al introducir mi pene por completo dentro de ella. La rubia que deseaba ese trato,  se lo sacó lentamente para acto seguido volvérselo a meter, y repitiendo la operación consiguió hacerme sentir que la estaba penetrando en vez de estar recibiendo una mamada. Que esa mujer era fogosa ya lo sabía pero que era tan experta mamando fue una novedad pero aún más que mientras usaba la garganta como un coño, esa mujer rozando su sexo contra uno de mis pies, se masturbara en silencio.
Totalmente concentrada en su labor, su cara era todo lujuria. Con los ojos cerrados, parecía estar concentrada en disfrutar de la sensación de ser usada oralmente.
-¿Te gusta que te manden?- pregunté.
-Sí- reconoció con satisfacción.
Su respuesta me hizo recapacitar sobre su verdadera personalidad. Aunque la conocía muy poco, Andrea me había contado lo servicial que era con ella. Entonces me percaté que de algún modo esa vena sumisa había estado siempre presente en su vida y que habiéndolo descubierto, mi tía y yo nos aprovecharíamos de ello.
Mientras planeaba mis siguientes pasos, la rubia seguía buscando mi placer.  Acariciándole la cabeza, dejé que incrementara el ritmo.  Me encantó, la forma tan sensual con la que se lo metía. Usando una técnica desconocida por mí, Laura ladeaba su cabeza para que mi glande rebotase en sus mofletes por dentro, antes de incrustárselo.
La propia excitación por sentirse esclava la hizo correrse antes de tiempo, pero aunque su cuerpo se estaba viendo asolado por el placer en ningún momento dejó de masturbarme. Su clímax fue la gota que faltaba para derramar mi vaso y explotando dentro de su boca, me corrí. Al sentir mi semen contra su paladar, profundizó  su mamada, estimulando mis testículos con las manos para prolongar mi orgasmo.
-¡Dios! ¡Qué rico!-,  dijo feliz al sacar mi maltrecho pene de su boca.
Su lujuria me dio la idea y levantándola del suelo, le ordené:
-Date prisa que nos vamos de compras…
Un uniforme de criada para Laura.
Según mis cálculos tenía apenas media hora para que Andrea volviera de su paseo pero justo cuando salíamos por la puerta, me llamó diciendo que se había encontrado con unos amigos y que no llegaría antes de comer. Al oírla, me alegré porque me daba tiempo de preparar adecuadamente su sorpresa pero antes de colgar, le pregunté qué quería que hiciera con su ayudante:
-Fóllatela, tantas veces quieras-contestó.
Aunque había supuesto su permiso, que me lo diera me alegro porque así no podía luego quejarse y azuzando a nuestra nueva amante, la saqué de la casa rumbo a una tienda que conocía. Ya en la calle, Laura me preguntó dónde íbamos y sabiendo que le iba a gustar, contesté:
-A un sex shop. A comprarte un uniforme y unos cuantos juguetes.
No pudo evitar que una sonrisa iluminara su cara y más cuando le conté mi plan.
-¿No se enfadará tu tía?
-Para nada- respondí- estará encantada de estrenarse como dominante contigo.
La seguridad con la que le respondí, la tranquilizó y afortunadamente para mi bolsillo, no solo estuvo de acuerdo con cada una de nuestras compras sino que incluso las pagó de su bolsillo. 
Para no haceros el cuento largo,  una vez en ese local, elegimos un sensual disfraz de criada, un antifaz, un par de consoladores, una fusta e incluso un arnés doble con el que Andrea se la tiraría.
-Tienes suerte. No has tenido que comprar esposas- en tono jocoso, le solté aludiendo al oficio de ambas.
Para entonces, Laura estaba hecha un flan. Todo su cuerpo tiritaba de emoción por las ganas de recibir a su jefa, vestida de esa forma. Al retornar al apartamento, quiso que la usara aún antes de cerrar la puerta, pero yo tenía otros planes y sacudiéndome de su abrazo, la obligué a irse a vestir con la ropa que habíamos comprado.
No tardó en volver y cuando lo hizo, le ordené que me modelara:
¡Estaba preciosa vestida así!
Satisfecho, observé que su belleza quedaba realzada en ese uniforme de raso negro. Totalmente ajustado, sus pechos parecían a punto de salir de su encierro y si a eso le añadíamos, la diminuta minifalda y las medías de encaje, no me quedó más remedio que admitir que la cría estaba buenísima. Mi propio pene me traicionó bajo mi pantalón.
El morbo de pensar en lo que diría mi tía cuando descubriera que en su ausencia había descubierto que su ayudante, era una sumisa y que para colmo habiéndola aceptado así, la había ataviado con ropa que fuero acuerdo a su nueva condición, me excitó. Reconozco que estuve a un tris, de estrenar su indumentaria pero pensando en Andrea, decidí esperar y que fuera ella quien lo hiciera.
El único lujo que me di fue llamarla a mi lado y bajándole las bragas de encaje, embutirle dos consoladores, uno en su coño y otro en su culo. No os podéis imaginar el grito de alegría que Laura, la comisario de policía, pegó cuando descubrió teniéndolos dentro que se manejaban a control remoto. Encendiéndolos a tope, le ordené que ordenara la casa mientras yo me iba a estudiar. Aun así y desde mi habitación, escuché los gemidos callados con los que la mujer reaccionaba al placer que estaba sintiendo. Descojonado, pensé:
“Cuando llegue mi tía, esta zorra estará en celo”.
Mi tía aparece y se lleva una sorpresa.
Tal y como planeé, la pobre de Laura estaba que se subía por las paredes. Habiéndole prohibido que se corriera, sentía su cuerpo en ebullición y encima al acercarse la vuelta de su jefa, incrementaba aún más su turbación. Incapaz de soportar más esa tortura, se acercó a mi cuarto pidiendo que la liberara. Os confieso que me encantó verla entrar y postrarse a mis pies, rogando que le permitiera llegar al orgasmo.
Aunque me dio pena, me comporté por primera vez como un siniestro amo y despidiéndola de malos modos, le contesté:
-Ni se te ocurra correrte. Debes tener el coño y el culo ardiendo  cuando llegue tu dueña.
Casi llorando y aceptando su destino, salió de mi habitación con paso tembloroso. Afortunadamente para ella, Andrea no tardó en llegar. Nada más escuchar que metía las llaves en la puerta, me levanté a contemplar su reacción. Como anticipé, mi tía se vio sorprendida cuando su amiga la recibió vestida de criada.  Sin saber a qué atenerse, me miró. Supe que tenía que hacer y por eso le ordené a Laura que la descalzase. La rubia al escucharme se arrodilló ante su jefa y tratando de ser aceptada, le quitó los zapatos ante la perplejidad de la recién llegada.
-¿Y esto?- muerta de risa, preguntó.
-Ayer sin saberlo, adoptaste a una cachorrita sin dueño- respondí- Laura me ha pedido que consintamos en ser sus amos.
Soltando una carcajada, dejó su bolso en una silla y dirigiéndose a su nueva sumisa, le soltó:
-Vengo cansada, así que prepárame un baño.
Laura no pudo retener su sonrisa al asumir que la había aceptado y en silencio, se fue a cumplir su cometido. Aprovechando su ausencia, le expliqué a Andrea cómo me había enterado de la condición de Laura. No dijo nada al respecto hasta que le expliqué que la había mantenido calentita con dos consoladores incrustados hasta que ella apareciera, entonces y con tono de guasa, quiso averiguar donde estaban los límites:
-Eso lo tendremos que averiguar con la práctica, pero ahora te aconsejo que goces de esta oportunidad y te des un baño.
-¡Eso haré!- me contestó dejándome solo.
Como no tenía otra cosa que hacer, me metí en internet a averiguar lo más posible sobre dominación y por eso la media hora que tardaron en salir, pasó volando. Estaba enfrascado leyendo una web de BSDM, cuando escuché que mi tía me llamaba desde el salón. Al llegar, observé que mi tía  llevaba únicamente un coqueto picardías de encaje de color negro y que arrodillada a sus pies, estaba Laura.
Al verme entrar, me pidió que me sentara y quería que viera pero no participara. Aceptando de inmediato su sugerencia, me senté en una silla. Satisfecha se dio la vuelta y empezó a explicar a su sumisa las reglas básicas, diciendo:
-Gatita, quiero que sepas que acepto ser tu dueña. Te dominaré y enseñaré tu nueva vida, en la que encontrarás seguridad y felicidad.
-Lo sé, ama- dijo interrumpiéndola.
Le dio una suave bofetada por cortar su discurso, tras lo cual, encendiendo una vela, le explicó:
-Como es tu primera vez, si te sientes mal o quieres que paré, dime “apaga la vela” y pararé. No vale decir “no quiero seguir” o “para, por favor” porque sería desobedecerme y tendría que castigarte. ¿Has comprendido?, gatita.
-Sí, ama- respondió con un brillo en los ojos que no me pasó desapercibido. Se notaba que

Laura deseaba que empezara pero no se atrevió a decirlo.

Su dueña, entonces la obligó a levantarse y mientras la colocaba de pie junto a ella, le dijo:
-Para ser una buena putita, tendrás que esforzarte. Harás siempre lo que yo te diga- y sacando una fusta, prosiguió diciendo: -Los castigos son imprescindibles para enseñarte. Cuando hagas algo mal, recibirás una reprimenda.
Habiéndola aleccionado, le ordenó que se desnudara lentamente porque quería disfrutarla.  Asumiendo que era un examen, Laura se fue desabrochando el uniforme mientras trataba de descubrir, si le gustaba a su ama lo que estaba haciendo.
-Date prisa, gatita- Andrea le gritó.
Su ya sumisa obedeció quitándose el resto de la ropa mientras no perdíamos ojo del sensual modo en que lo hacía. Os reconozco que yo al menos me excité al contemplar a la rubia en pelotas. En cambio, Andrea al ver que ya estaba desnuda, se puso a su lado y con gesto displicente, le alzó la cara mientras le decía:
-Voy a examinarte como el ganado que eres- tras lo cual, sopesó sus pechos como si intentara averiguar el peso.
Laura emitió un suspiro al sentir un duro pellizco en sus pezones.
-No están mal pero los he visto mejores– le informó con desgana su nueva dueña.
 
La rubia como pidiéndome ayuda, me miró preocupada por la falta de entusiasmo que mostraba Andrea. Al no recibirla, se quedó callada mientras mi tía seguía valorándola como mercancía.
Tomándose su tiempo, con los dedos recorrió la distancia entre los senos y el ombligo su sumisa. Sus maniobras habían comenzado a afectar a Laura. Me dí cuenta de ello al observar que su respiración se agitaba y que sus areolas se  habían contraído.
“Está excitada”, pensé desde mi asiento.
Para entonces la mano de mi tía acercaba a su sexo. La rubia pensando que  así facilitaba la tarea, abrió sus piernas, pero entonces sintió un azote en su trasero.
-No te he dicho que te muevas- le recriminó con tono duro su jefa y dando por terminada su exploración, le dijo:- Apóyate sobre la mesa y separa tus nalgas.
La muchacha obedeció de inmediato, dejando que mi tía observara su ojete dilatado por haber llevado durante horas un consolador incrustado en él.  Fue entonces cuando mientras le metía un dedo en su entrada trasera, le dijo:
-Repite conmigo: Soy su gatita y haré lo que usted  quiera.
Con enorme alegría Laura repitió:                
-Soy su gatita y haré lo que quiera.
Satisfecha por su respuesta, Andrea preguntó sin dejar de mover sus yemas en el interior de su sumisa a modo de premio:
-¿Te gusta ser mi gatita?
-Sí, ama. Me encanta ser su gatita y haré lo que usted quiera.
Siguiendo la lección, mi tía le obligo a tumbarse en la mesa boca arriba y llamándome a su lado, le dijo a su sumisa:
-No digas nada y no te muevas. Tienes prohibido excitarte.
Tras lo cual, me pidió que la ayudara a ponerla cachonda. No tuve que ser muy inteligente para comprender su juego. Andrea quería que la rubia le desobedeciese para así tener un motivo para aplicarle un castigo. Aceptando mi papel, comencé a darle besos y lengüetazos por todo el cuerpo mientras su dueña le decía al oído:
-Verdad que te apetece que esta noche te ponga a cuatro patas y mientras mi sobrino te folla, yo meta la lengua en tu coño y saboreé lo puta que eres.
-Si, ama. Me apetece.
-Te estás poniendo bruta y te lo he prohibido- le recriminó pegándole un duro azote en uno de sus muslos.
Al haberla cogido desprevenida, la rubia pegó un chillido pero rápidamente se repuso diciendo:
-Lo siento, ama. No volverá a ocurrir.
La respuesta le satisfizo y pegándole un último azote, le preguntó:
-¿Quién eres?
-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.
Entonces, pegándole un mordisco en los labios, la besó diciendo:
-Estoy orgullosa de ti. Ahora disfruta- tras lo cual, la levantó de la mesa y llevándola hasta su cama, me miró y dijo:-¡Hazla gozar! ¡Se lo ha ganado!
Sin llegarme a creer todavía mi suerte,  decidí comprobar hasta donde llegaba mi función y cogiendo a Laura la puse a cuatro patas encima de las sábanas. La visión de ese espectáculo de mujer esperando se usada, me excitó pero recordando a mi tía, le pregunté:
-¿Te parece que me la folle mientras esta puta te chupa el coño?
Andrea descojonada, se tumbó en la cabecera de la cama y separando las rodillas, puso al alcance de la boca de la rubia su coño. Laura comprendió de inmediato lo que querían sus amos y sacando la lengua, comenzó a recorrer con ella los pliegues de su dueña. Valorando su estricta obediencia, me permití cogí mi pene y se lo metí hasta el fondo.
Como estaba sobre calentada, no me sorprendió encontrarme su chocho encharcado. Decidido a usar mi nuevo poder,  empecé a cabalgarla mientras le ordenaba que usara sus dedos para dar placer a su jefa. La rubia quizás estimulada al sentir mi miembro en su interior pegó un grito y con mayor énfasis, reanudó la comida de coño.
-¡Me encanta ver cómo te la follas a nuestra gatita!- aulló Andrea y para profundizar en la sumisión de su ayudante, me pidió que quería ver como azotaba su culo.
Complaciendo a mi tía y con un sonoro azote, azucé el ritmo de la rubia. Laura al sentir mi dulce caricia en su nalga, aceleró la velocidad con la que degustaba el sexo de su ama. El ruido que hacía mi pene al entrar y salir del chocho de nuestra sumisa me convenció de que esa mujer estaba disfrutando del duro trato y soltándole otra nalgada, le prohibí correrse antes que su dueña.
-No lo haré, ¡Amo!-chilló dominada por la pasión.
Los gemidos de Andrea me revelaron que no iba a tardar en tener un orgasmo y deseando que Laura fallara, aceleré el compás de mis penetraciones. Como en ese momento yo estaba ejerciendo de amo, me tocaría a mi aplicar el castigo y por eso, con mayor rapidez, acuchillé su interior con mi estoque. Afortunadamente para la rubia, mi tía no pudo más y pegando un aullido, se corrió sobre las sabanas.
“Otra vez será”, me dije sabiendo que tendría que esperar otra ocasión para ejercer de estricto dueño de esa muchacha.
Laura al percatarse y saborear el éxtasis de su dueña, se dejó llevar por la tensión acumulada y moviendo su culo, se corrió mientras  recogía con su lengua el flujo que brotaba del sexo de Andrea.
Fue entonces cuando la hermana de mi madre, completamente dominada por el deseo, se levantó y quitando de un empujón a su sumisa, me pidió que me tumbara. Con mi polla tiesa, obedecí. Mi entrega, satisfizo a mi tía que poniéndose a horcajadas, se empaló lentamente con mi miembro. La lentitud con la que embutió mi pene en su interior, me permitió sentir como se abría camino entre sus pliegues.
-¡Me encanta!- aulló al notar que la rellenaba por completo.
Para entonces, Laura pidió permiso a su dueña para chuparle los pechos. Al escuchar que se lo daba, se abalanzó sobre ellos. Al sentir los labios de la sumisa en sus pezones, dio inicio a un desbocado galope sobre mi polla. Ensartándose sin parar,  mi tía  buscó nuevamente su placer.
Al ver sus pezones rebotando arriba y abajo al ritmo de su cabalgar, me terminó de excitar y cogiendo a Andrea, la cambié de postura y poniéndola a cuatro patas,  la ensarté con fiereza y usándola como montura, imprimí a mis caderas un ritmo brutal.
-¡Sigue! ¡No pares!- berreó mi tía.
Esas palabras me azuzaron y acelerando el compás de mis caderas al límite, machaqué su interior con mi verga. Ya notaba los primeros síntomas de mi orgasmo cuando, al levantar la cara, vi a Laura masturbándose en un rincón del colchón. El morbo de saber que le excitaba ver cómo me follaba a mi tía, me terminó de desbordar y pegando un grito, eyaculé en el interior del sexo de  su dueña. Agotado me dejé caer sobre la cama con Andrea a mi lado.
Durante largo tiempo, estuvimos descansando del esfuerzo. Una vez repuestos, nos íbamos a levantar cuando de pronto vimos entrar a Laura con un regalo:
-¿Es para mí?- preguntó mi tía.
-Sí, ama. Su sobrino lo compró esta mañana.
La curiosidad es la perdición de toda mujer y por eso, rápidamente lo abrió para descubrir en su interior, el arnés doble que habíamos adquirido en el sex shop. Guiñándome un ojo me dio las gracias y mientras se colocaba el artilugio, sonriendo, le soltó:
-¿Te gustaría que tu ama te tomara por detrás?
Con sus ojos inyectados de deseo, Laura respondió que sí. Al oír Andrea su respuesta, soltó una carcajada y acercándose a ella, le dijo:

-¡Te va a doler!
La rubia, sonriendo le contestó:
-Soy su gatita y haré lo que usted quiera.