QUINTO episodio de  LAS ENORMES TETAS Y EL CULO DE MI TÍA, LA POLICÍA.
Mi estancia en casa de mi tía ya iba por un mes. Lo que en un principio había visto como un castigo, resultó a la larga ser la mejor experiencia de mi vida. Como os comenté en los pasados episodios, descubrí en esa estricta policía a una maravillosa mujer, necesitada de cariño y de sexo. Convertido ya en su amante y gracias a una casualidad, Laura, su ayudante en la comisaría se nos muestras como en realidad era. Aprovechando su vena sumisa, esa rubia se nos entrega en cuerpo y alma, pasando a formar parte de nuestra “unión”.
En este relato os voy a narrar su claudicación y como afectó tanto a mi tía como a mí.
Como descubrí un nuevo aspecto de mi tía.
Estaba todavía en la universidad cuando leí un mensaje de mi tía donde me pedía que pasara por el sex-shop a recoger unas películas que había reservado. Acostumbrado a que Andrea se inspirara en el porno para posteriormente ponerlo en práctica con Laura, no me extrañó su petición y por eso, al terminar mis clases me dirigí directamente hasta ese local.
Como tantas veces, Manuel ya tenía preparado su pedido pero lo que no me esperaba es que junto con las películas, mi tía hubiese comprado una serie de artilugios para el adiestramiento de una pony girl. La sorpresa de enterarme de la nueva fantasía que Andrea quería poner en práctica con nuestra sumisa se incrementó cuando el encargado del sex-shop, se ofreció a enseñarme como se usaban. Sin saber cómo se proponía explicarme, acepté y fue entonces cuando llamando a María, una de sus empleadas, me pidió que le acompañara a la parte trasera del local.
Una vez allí, con tono autoritario, le dijo a la muchacha:
-Nuestro cliente desea una demostración del uso de los aditamentos de una pony girl.
La morena debía de estar acostumbrada a servir como modelo porque sin quejarse, se desnudó frente a mí en silencio. Os juro que ver cómo esa cría con aspecto aniñado  se iba despojando de su ropa, me calentó pero mas cuando una vez en pelotas, se acercó a su jefe y en silencio, dejó que le pusiera en la cabeza un arnes con antifaz y una mordaza como bocado. Habiéndoselo ajustado me llamó y me dijo:
-En estas argollas es donde se colocan las riendas, pero ten cuidado al montarla porque, con la máscara puesta, no ve.
La tal María tenía los pezones erectos anticipando lo que iba a suceder.
-Al suelo- ordenó el encargado.
La morena se arrodilló y separando sus nalgas con las manos, puso su ojete a disposición de su domador. Manuel, guiñándome un ojo, me explicó cogiendo un plugin anal adosado a una cola:
-Es importante que tu sumisa se sienta como una yegua y que mejor que ponerle una cola- tras lo cual le incrustó en el culo el aparato.
-Ahh- gimió su empleada al sentir que su trasero absorbía el pene de plástico.
Mi notorio desconcierto se incrementó al observar a ese sujeto montar sobre la espalda de la chavala y cogiendo con una mano las riendas, usó la otra para con una fusta azuzarla en el trasero. Su montura reaccionó al instante y gateando empezó a dar vueltas por la habitación siguiendo los dictados de su amo.
-¿Qué te parece?- preguntó Manuel con una sonrisa.
La visión de esa morena siendo la yegua de su jefe, me  terminó de calentar y solo pude despedirme de ellos, deseando que llegara esa noche para hacer uso de semejantes artilugios. No había cerrado la puerta cuando escuché que mi conocido le decía:
-Ya que estás, voy a hacer uso de ti.
Sonreí y con esa imagen, salí rumbo a casa.
Como tantas tardes entre semana, fui el primero en llegar porque el horario de Andrea y de Laura las impedía hacerlo antes. Su trabajo como agentes del orden se solía prolongar hasta las nueve de la noche y por eso una vez allí, me preparé un bocadillo y mientras las esperaba, me fui a estudiar.
Debían de ser las ocho y media cuando las vi entrar. Laura, tal y como como la habíamos aleccionado, me saludó y tras lo cual se fue a cambiar para ponerse el uniforme de criada.  Una vez solos, Andrea me preguntó si había cumplido con su encargo:
-Sí, tía- respondí- pasé por el sex-shop y recogí la mercancía.
Satisfecha me pidió que se lo enseñara. Siguiendo sus instrucciones, cogí la bolsa y le expliqué el uso de los distintos aditamentos. El semblante de mi tía mostró síntomas inequívocos de estar excitada al escuchar de mi boca como se colocaban esos aditamentos y su función. Esperó a que terminara y volviéndolos a meter en la bolsa, me soltó:
-Menuda sorpresa le vamos a dar- en ese instante no llegué a comprender hasta qué grado y quién se iba a ver sorprendido esa noche.
Siguiendo el guion que teníamos establecido, en cuando Laura terminó de vestirse, nos preparó la cena y avisándonos, nos pidió que pasáramos a la mesa. Al observarla trayendo nuestras viandas, no pude dejar de afirmar lo guapísima que se la veía. Dotada por la naturaleza de unas buenas tetas, el uniforme que llevaba magnificaba su volumen y eso junto con su exigua minifalda, hacían de la rubia un ejemplar de bandera.
Andrea, mi tía, debió pensar lo mismo porque cuando su sumisa se acercó a servirle, le pegó un azote mientras le decía:
-Gatita, cada día estás más rica.
-Gracias, ama- respondió luciendo una sonrisa.
La complicidad que mostraba ese par, me hizo alegrarme deseando terminar de cenar y dar vuelo a la fantasía de Andrea. Aprovechando cuando se acercó a mí, llevé mi mano a sus muslos y subiendo por sus piernas, acaricié el sexo desnudo de la mujer mientras le decía:
-¿Cómo te ha ido el día?
La chavala separando sus rodillas, favoreció mi intrusión y mientras mis dedos ya se habían apoderado de su clítoris, me contestó:
-Muy bien pero me he pasado todo el día soñando en llegar a casa para servirles.
Su respuesta me satisfizo y recreándome en mi dominio, metí un par de yemas en su interior. Mi tía al observar mis maniobras, soltando una carcajada, me soltó:
-Deja de jugar con la puta y ponte a cenar. Tendrás tiempo de usarla esta noche.
El reproche silencioso que leí en el rostro de Laura, me confirmó que aunque era una sumisa innata aún tenía mucho que aprender. No quise descubrir ante los ojos de su jefa su error porque eso supondría un castigo y eso retrasaría el saber lo que le tenía preparado, pero dándole un pellizco en uno de sus pezones, le hice conocer que me había percatado de su desliz.
El resto de la cena transcurrió sin novedad. Andrea aprovechó ese tiempo para informarme que el ex novio de nuestra sumisa le había puesto una demanda por agresión.
-¿Te preocupa?- pregunté.
-La verdad que no. Tengo testigos de que ese capullo empezó la pelea y ningún juez va a condenar a unas damiselas en peligro por defenderse.
“¿Damiselas en peligro? ¡Mis huevos!” pensé al conocer en mi propia carne la brutalidad de mi tía y su experiencia en artes marciales. Ese idiota había creído que impondría su fuerza bruta pero se encontró humillado y apaleado por su teórica víctima y con la nariz rota.
Al terminar, mi tía se levantó y cogiéndome del brazo, me llevó al salón. Una vez allí, me rogó que pusiera una de las películas mientras Laura la descalzaba. Obedeciendo, encendí el DVD y sentándome a su lado, observé como la rubia cumplía con su obligación.
Con auténtica adoración despojó a su jefa de los zapatos para a continuación darle un suave masaje en los pies. Viendo su cara, comprendí sus palabras cuando una mañana me explicó que para ella era un placer obedecer a mi tía. La vena sumisa de esa mujer le hacía disfrutar de esa humillación y mas aún cuando ya acabado el masaje, su perversa jefa le obligaba a comerle el chumino.
-La gatita se está convirtiendo en una experta- me dijo al oído mientras la rubia daba buena cuenta de su coño.
Asumiendo que en cuanto se corriera, mi tía le iba a exigir que me hiciera una mamada, ni siquiera contesté y me puse a ver el filme. Tal y como ya sabía de antemano, la película tenía una mierda de argumento. La protagonista era una psiquiatra que tenía entre sus pacientes a un siniestro tipo aficionado a las pony girl. El meollo del argumento iba sobre cómo la doctora sin quererlo se iba interesando en ese mundo mientras su cliente le narraba sus experiencias.
-¡Dios! ¡Que morbo!- escuché que Andrea decía entre dientes al ver que la colocación del bocado en la boca de una de la actrices.
Totalmente descolocada por lo que estaba viendo, azuzó a su sumisa para que se diera prisa. Laura al sentir las manos de su jefa presionándole la cabeza contra su sexo, incrementó la velocidad de sus lametazos.
-¡Sigue puta!- chilló mientras en la tele, la protagonista era obligada a demostrar sus actitudes como yegua.
Sin saber cual de las dos visiones me excitaba más, o mi tía convulsionando de placer a mi lado o la mujer trotando bajo la mirada atenta de su amo, deseé que la rubia terminara con Andrea para liberar la tensión que ya se acumulaba en mi entrepierna.
-¡Me corro!- aulló mi tía en voz en grito al sentir que su cuerpo se rendía a un gigantesco orgasmo.
Los gemidos de mi tía me obligaron a actuar y mientras en la pantalla, “la doctorcita” era enculada por su jinete, decidí sacar mi pene de su encierro. Fue entonces cuando saltándose la norma habitual de nuestras noches, mi tía desplazó a su sumisa al ver que se acercaba a cumplir con su obligada felación y sustituyéndola ella en su misión, le dijo:
-Mira atenta la tele, que tendrás que repetirlo en cuanto acabe con mi sobrino.
 Y sin más prolegómeno, sentí los labios de mi tía abrirse y engullir mi miembro. La pericia de Andrea era por mi conocida pero en esa ocasión, sobrepasó con creces a lo que me tenía acostumbrado y con impresionante fervor, usó su garganta como si de su sexo se tratara mientras Laura permanecía atenta a lo que ocurría en la película. La velocidad y la profundidad que imprimió a su boca hizo que, antes de tiempo, mi verga explosionara contra su paladar.
-¡Me gusta que me la mames!- casi gritando agradecí a la hermana pequeña de mi madre.
 Andrea, saboreó hasta la última gota de mi semen antes levantarse y decirme:
-Hoy, vas a disfrutar- y dirigiéndose a nuestra sumisa, ordenó: -Acompáñame, gatita.
La rubia sumisamente siguió a su dueña a través del pasillo. Su mirada me advirtió de que por alguna causa, no le apetecía el papel que le tenía reservado. Al escuchar a través de la puerta las quejas de la chavala, se confirmaron mis pensamientos:
-He dicho que lo hagas- oí que le gritaba mi tía.
El sonido de un sonoro bofetón resonó en el apartamento, tras lo cual se hizo el silencio.
“Como se pasa” pensé compadeciéndome de la pobre Laura.
Al cabo de cinco minutos, oí que la puerta se abría y al levantar la mirada, me quedé estupefacto al ver que a la rubia y a mi tía saliendo, pero en contra de lo que había previsto, la que iba disfrazada como pony girl era ¡MI TÍA!. Tras ella, nuestra sumisa la seguía con el gesto desencajado con una fusta en su mano.  Todavía no me había repuesto de la sorpresa cuando escuché que la chavala me decía:
-Amo, le traigo a su potrilla para que la monte.
Como comprenderéis eso había que verlo y levantándome del sofá, me acerqué a admirar a Andrea vestida de esa guisa. Mas excitado de lo que me hubiera gustado de mostrar observé que le había obligado a la rubia a colocarle todos los aditamentos que recogí esa tarde. Revisando su colocación, apreté los enganches, la mordaza e introduje un poco mas el plugin anal con la cola en su trasero, tras lo cual, sentándome nuevamente, ordené a la sumisa que me enseñara como su jefa trotaba:
-No puedo hacerle eso- respondió casi llorando.
Cabreado cogí su fusta y di un azote a la montura mientras le decía:
-O la domas o tendré que castigarte.
Mostrando una inaudita tristeza, agarró las riendas de su jefa y la llevó de paseo por la habitación. El dolor reflejado en sus ojos despertó mi lado mas perverso y cogiendo una pinzas que solíamos usar en ella, le ordené:
-¡Pónselas!
Al oír mi orden, cayó postrada a mis pies y berreando como una magdalena, me pidió que la castigara a ella pero dejara en paz a Andrea.
-Trae tus esposas- indignado respondí  mientras yo mismo colocaba las pinzas en los pezones de mi tía.
Incapaz de quejarse por la mordaza, descubrí en los ojos de Andrea la satisfacción de cómo se iban desarrollando los acontecimientos y regalándole un fustazo, esperé a que Laura regresara metiendo dos dedos dentro de su coño. La humedad que descubrí en sus pliegues, me confirmó que estaba caliente y buscando su aprobación, le susurré en su oído:
-Voy a castigar a la gatita y luego vengo a domarte.
Con lágrimas en los ojos, la rubia volvió y sin emitir disculpa alguna, me dio las esposas, diciendo:
-Castígueme, Amo.
Deliberadamente no respondí y cogiéndola del pelo, la llevé hasta uno de los radiadores de la casa y allí le inmovilicé las muñecas, tras lo cual le dije:
-Sabes qué debo hacerlo.
-Sí- respondió la gatita justo antes de recibir el primer azote en su trasero.
La satisfacción con la que recibió mi dura caricia, me enervó y queriendo que realmente fuera un castigo, le di una docena a cada cual más fuerte. El dolor que sintió no consiguió quitar la sonrisa de su cara y ya francamente indignado, fui por todos los instrumentos que usábamos con ella. Sin esperar otra cosa que su rápida rendición le puse una pinzas con peso en los pezones, le incrusté en su culo un gigantesco pene de caballo y aun así no conseguí sacar de su garganta queja alguna.
Desesperado por demostrarle mi enfado, cogí un látigo y empecé a fustigarla con él. Llevaba unos cinco latigazos cuando llorando me pidió que continuara. El placer que descubrí en su voz, lejos de calmarme, me terminó de cabrear y dándome por vencido, le separé las piernas y le metí otro dildo a la máxima potencia en el coño.
“No puede ser” pensé y cayendo en la cuenta de que lo que realmente le perturbaba era ver a su ama siendo usada, decidí concentrarme en mi tía.
Andrea que había permanecido inmóvil durante todo ese tiempo al verme llegar, movió la colita que tenía en su culo demostrando su alegría. Después de la frustración que suponía no haber sido capaz de hacer claudicar a la rubia, probé fortuna con la morena. Lo primero que hice fue quitarle la mordaza porque quería oir su reacción.
La hermana de mi madre al notar que liberaba su boca, me dijo con voz sumisa:
-Amo, soy su potrilla y haré lo que usted quiera.
A propósito había usado la misma frase con la que Gatita se dirigía a nosotros. Alucinado todavía de  que se comportara de ese modo la hermana de mi madre, me desnudé mientras ella me miraba con deseo no reprimido. Ya en pelotas, la obligué a ponerse a cuatro patas y me monté en su espalda.
-Llévame de paseo, potrilla.
La reacción de mi tía no se hizo esperar y pegando un relincho, me llevó por la habitación siguiendo mis indicaciones mientras Laura seguía atenta nuestros pasos.  La obediencia que mostró Andrea me permitió atreverme a darle un azote, exigiéndole que acelerara el trote. Mi querida familiar pegó un gemido cargado de deseo al notar en su piel la nalgada.
-¿Te gusta?- pregunté.
-Sí, a su potrilla le encanta sentir el peso de su amo.
Su respuesta me satisfizo y premiando su fidelidad, le regalé otro par de azotes.
-¡Pégueme a mí! ¡No a ella!- gritó desde el otro lado del cuarto la rubia.
Fue entonces cuando comprendí que Laura no soportaba ver azotada a su jefa y llevando a mi montura a su lado, le dije:
-Eres una gatita muy mala y por eso tendré que castigar a tu amada.
Mi tía sin esperar a que diera otra orden, se puso en posición de castigo y me rogó:
-Amo, enseñe a Gatita a mantenerse callada.
La intención de Andrea era doble, por una parte quería disfrutar ella de un castigo y por otra parte, hacer sufrir a su sumisa. Dominado por el morbo que me daba el tratar a mi tía de un modo rudo, cogí la fusta y le pegué un primer golpe.
-Sigue, por favor- me imploró mientras con sus manos separaba los cachetes de su culo.
Con el segundo fustazo fueron dos gemidos los que oí, el de Andrea al notar en sus carnes el cuero y el de Laura al observar a su jefa siendo objeto del castigo. El morbo que sentí, me hizo repetir una y otra vez mi acción mientras las dos mujeres se retorcían de placer.
“¡Serán putas!” exclamé mentalmente al advertir lo cerca que estaban del orgasmo.
Solo paré cuando me percaté del color rojo amoratado del culo de Andrea y liberando a Laura, le exigí que calmara ese escozor. No tuve que repetírselo porque en cuanto se vio liberada se lanzó a lamer las adoloridas nalgas de mi tía.
-Ama, deje le yo le cure.
La calentura de la hermana de mi madre se vio magnificada por las caricias de su ayudante y antes de que me diera cuenta, se dio la vuelta en el suelo y metiendo su cabeza entre las piernas de la rubia, buscó con verdadera sed el flujo que manaba de su cueva.
Ese estupendo sesenta y nueve despertó de nuevo mi lujuria y yendo a donde nadie me había invitado, saqué del culo de Laura el enorme aparato y lo sustituí con mi polla. La diferencia de tamaño provocó que nuestra sumisa ni se diera cuenta del modo brutal con la que la penetré y cogiendo desde el principio un ritmo atroz, martilleé sus intestinos con mi estoque en busca de mi placer.
No llevaba ni medio minuto acuchillando su trasero cuando sentí que la boca de mi tía había cambiado de objetivo y lamía sin pudor mis huevos. Esa doble estimulación hizo que mi cuerpo no aguantara más y pegando un berrido, rellené de semen el trasero de nuestra sumisa.
Fue entonces cuando mi tía aprovechó para levantarnos del suelo y llevarnos a la habitación. Ya en la cama las dos mujeres se empezaron a reir. Al preguntarles de que se reían, Laura me contestó:
-Me aposté con Andrea a que eras incapaz de darle una buena tunda…
-Y como vez perdió- le interrumpió su jefa- Yo sabía que eras en temas sexuales un cerdo y que aprovecharías cualquier oportunidad para devolverme la paliza.
Me quedé impresionado del montaje que habían elaborado para comprobar si yo era capaza de ejercer de dominante con ella pero tras pensarlo unos instantes, les solté:
-¡Sois un par de zorras!.
-No, sobrino- respondió mi tía: -Somos tus perras, ¡Tus perras policías!

 

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