CAPÍTULO 7

Mientras me duchaba, traté de asimilar el hecho innegable que me sentía cómodo siendo el dueño de mi secretaria y de su madre. Pero esa certeza me llevó a analizar sobre la dificultad de mantener dos mujeres bajo el mismo techo sin que terminara siendo una pesadilla.
Rumiando aún el tema, me vestí y bajé a desayunar. Al entrar en la cocina, percibí el mal rollo que había entre ellas y eso confirmó mis temores. No queriendo hurgar en ello, me tomé el café mientras observaba de reojo las miradas de odio que se echaban entre ellas.
-¿Qué coño os pasa?- pregunté molesto.
Tomando la palabra, Azucena protestó:
-¿Recuerdas que nos has pedido que pensemos en que castigo se merece la otra?
-Sí- lacónicamente contesté.
-Pues esta zorra me ha dicho que ha decidido que me pase todo el día con un consolador metido en el coño para según sus palabras, mi dueño pueda comprobar si a mi edad soy capaz de soportar esa tortura.
Descojonado por dentro, solo quise saber que era lo que ella había planeado para su hija.
-La anciana ha decidido que vaya a la oficina vestida de colegiala y sin bragas para que todo el mundo pueda comprobar lo puta que es la secretaria del jefe- respondió de muy mala leche María.
-Ya veo- contesté.
Tras pensar durante un minutó, tomé una decisión salomónica. Ambas irían vestidas de colegialas, las dos llevaría incrustado en sus cochos sendos consoladores y ninguna de las dos podría llevar bragas durante todo el día.
-No es justo mientras yo tendré que soportar las miradas de toda la oficina, esta vieja se quedará en casa sin que nadie la vea.
-Tienes razón- razoné. Y cambiando mi decisión las informé que liberaba a Azucena del castigo mientras debido a su insubordinación incrementaba el de su hija.
Asustada por las consecuencias de su acto, María intentó que también la perdonara a ella, echándose a llorar pero aleccionado del poco resultado que había tenido el ser prudente con ella, la ordené que se fuera a vestir y que no bajara sin parecer una quinceañera. Ya solo con Azucena, le pedí que sacara del armario donde tenía todo el instrumental un consolador con mando a distancia.
La cuarentona sonrió y desapareciendo de mi vista fue por ellos mientras terminaba de desayunar. Mi sorpresa fue que a los cinco minutos vi a mis dos sumisas bajando por las escaleras con el mismo uniforme.
Riendo comprendí que pasaba al ver que ambas llevaban camisa blanca, falda escocesa y su pelo recogido en dos coletas.
-Amo, lo que me ha pedido- solemnemente declaró la mayor al darme los aparatos.
Ya en mi mano comprobé que además del que había pedido había otro que llevaba temporizador y sin hacer mención alguna a ese cambio, obligué a la madre a ponerse a cuatro patas sobre la mesa.
-Se pondrán a vibrar cada media hora- señalé antes de meterlo en el coño de la madura- ¡tienes prohibido correrte en todo el día!
A María no hizo falta que le dijera nada e imitando a “la vieja” puso su sexo a mi disposición.
-En cambio, tú cada vez que sientas que se pone en funcionamiento, deberás correrte y si no lo consigues por medio del consolador, quiero que te masturbes sin importar el lugar donde te encuentres.
-Así lo haré, mi dueño- comentó ilusionada la cría sin saber lo que se le avecinaba.
Azucena más experimentada en esas lides, esperó a que su hija no pudiese oírla para decirme:
-No te pases mucho con ella. Sé que tiene que aprender pero piensa que para ella todo es nuevo.
Soltando una carcajada, besé a la rubia y cogiendo a la morena del brazo, salimos a tomar un taxi que nos llevara a la oficina. Acababa de dar la dirección de la oficina y María apenas había aposentado su trasero en el asiento cuando puse en funcionamiento el consolador de su coño.
La cría ilusamente sonrió al sentir esa vibración y cerrando los ojos, se puso a disfrutar convencida que le daría tiempo para conseguir el orgasmo pero entonces dando por suficiente ese breve estímulo, me la quedé mirando.
Su cara reflejó la sorpresa y viendo la sonrisa de mis labios, comprendió el alcance de su condena. Totalmente colorada, miró a su alrededor y tapando sus maniobras del taxista, se abrió y se puso a masturbar temiendo en cada momento que algún transeúnte la viera.
-Mi dueño es un cabrón- susurró en mi oreja mientras con sus dedos buscaba su placer.
Confieso que estuve tentado en ayudarla pero manteniéndome al margen, me quedé observando como poco a poco la temperatura y el ritmo de sus caricias iban subiendo mientras el conductor se quejaba del tráfico de esa mañana en la ciudad.
«Dudo que le dé tiempo a correrse antes de llegar», pensé al comprobar que al menos exteriormente el coño de María seguía seco.
Ella debió pensar lo mismo porque dando un salto salvaje en su educación como sumisa empezó a sacar y a meter el huevo que tenía alojado en su interior mientras torturaba sin pausa su ya hinchado clítoris entre sus dedos. Esa decisión fructificó casi de inmediato y con la respiración entrecortada, bajo su culo desnudo, no tardó en formarse un pequeño charco.
Compadeciéndome de ella, metí mi mano entre la tapicería y su piel para acto seguido recoger un poco del flujo que brotaba de su sexo. Maria pegó un gemido al ver que, llevándome los dedos impregnados a la boca, sacaba la lengua y me los ponía a chupar.
-Córrete putita mía- ordené en voz alta sin importarme que el taxista pudiese oírme.
El morbo que sintió al comprobar que el conductor usaba el retrovisor para entender mis palabras y el tono autoritario de mis palabras hicieron el resto y dando un aullido se corrió justo en el momento que parábamos frente a la oficina.
-Bien hecho- comenté mordiendo el lóbulo de su oreja mientras se acomodaba la ropa.
Tras pagar al alucinado tipo, entré en la empresa con mi secretaria que completamente avergonzada era incapaz de levantar su mirada al saber que en ese momento su flujo caía libremente por sus muslos.
Ya en mi despacho, me puse un café mientras María desaparecía corriendo rumbo al baño. Al verla, mi única duda fue si esa guarrilla iba a secarse o a volverse a masturbar porque le había parecido poco.
Tardó en salir por lo que supuse que había optado por lo segundo y satisfecho me sumergí en el día a día olvidando momentáneamente que en bolsillo de mi pantalón descansaba ese mando.
Media hora después la vi sentada en su silla conversando relajada con dos compañeras. Su cara ya había recuperado su color natural y nada en su actitud podía hacer suponer que llevaba un instrumento entre sus piernas. Observándola a través del cristal, encendí el vibrador a la máxima potencia y esperé.
Al experimentar la acción del mismo, María no pudo evitar mirarme ni ponerse roja al comprobar que no le quitaba el ojo de encima. Es más disimulando siguió charlando mientras sentía que su sexo se iba anegando paulatinamente sin que pudiera hacer algo por evitarlo.
El primer signo de calentura que pude advertir fue su nerviosismo pero lo que me dejó claro que estaba a punto de caramelo fue comprobar que era incapaz de mantener sus piernas quietas. Muerto de risa, esperé a su segundo orgasmo de la mañana para llamar por medio del interfono a la muchacha y pedirle que se acercara a mi despacho.
Alisándose la falda, se levantó y vino a verme luciendo una sonrisa en su cara.
-¿Qué desea?
Llamándola a mi lado, comprobé que se había corrido metiendo mi mano entre sus piernas al sacarla totalmente empapada. Descojonado, le pregunté cuántas veces se creía capaz de correrse en un mismo día.
-Las que mi querido amo me permita – contestó alegremente.
Su respuesta me satisfizo y permitiéndome una muestra de cariño, di un suave azote sobre su trasero desnudo mientras le decía:
-Si te portas bien a lo mejor a la hora de comer te permito descansar.
Con una picardía poco habitual en ella, María contestó:
-Prefiero que si mi dueño está contento conmigo, me permita hacerle una mamada.
Su descaro me hizo gracia y poniendo en funcionamiento el vibrador, le pedí que me trajera un café. Mordiéndose los labios, salió corriendo rumbo a la cocina con mi carcajada retumbando en sus oídos.
Fue entonces cuando me acordé de Azucena cuyo castigo, siendo diferente, era igual de duro porque al contrario que María, ella tenía prohibido correrse y deseando conocer de primera mano su estado, la llamé. Cuando me contestó, supe por el ruido de ambiente que no estaba en casa y al preguntar, la rubia me contestó que estaba en el mercado.
-¿Irás sin bragas?- quise saber.
-La duda ofende querido amo… su perrita lleva el coño al aire como usted ordenó.
-¿Y te has corrido?
-Todavía no pero no le aseguro que consiga no hacerlo porque el aire pegando en mis labios mojados me tiene como una moto.
-¡Solo eso?- insistí.
Poniendo voz de puta, replicó:
-No, lo peor es sentir que las miradas de los dueños de los puestos y pensar que saben que voy a pelo. Eso me tiene como una cerda en celo.
-Perfecto- respondí mientras cortaba la comunicación.
Justo en ese momento María apareció por la puerta y por su color de sus mejillas, supuse que acababa de disfrutar del tercer orgasmo de la jornada pero lo que nunca me imaginé fue que acercándose se diese la vuelta y levantando su minifalda, me mostrara orgullosa que así había sido.
La belleza de su trasero y el brillo de su coño azuzaron mi lujuria y totalmente dominado por el deseo, me dirigí a la puerta y tras cerrarla con llave, me giré diciendo:
-Voy a follarte.
Obedeciendo se agachó sobre la mesa dejando su culo en pompa. Al llegar a su lado, sustituí el artefacto por mi glande entre sus lubricados labios y de un solo golpe, le clave todos sus centímetros en su interior. María gimió descompuesta al experimentar como ese maromo entraba en sus entrañas llenándolas por completo. Nunca en su vida había sentido una invasión tan masiva de sus genitales y aun así no se quejó.
-¡Qué gusto!- sollozó al ser penetrada por mi estoque y temiendo que alguien en la oficina escuchara sus gritos, le tapé la boca mientras ella comenzaba a berrear como una loca.
Podía doblarla en edad pero esa mañana le demostré que podía someter su fogosidad juvenil acuchillando con mi verga una y otra vez las paredes de su vagina. Su sobre estimulado sexo no estaba preparado para ese asalto y con cada estocada noté que a esa muchacha le faltaba el aire. No sé las veces que se corrió ante mis ojos, de lo único que soy consciente es que se comportó como una perra deseosa de ser montada cuando viendo que se aproximaba mi propio orgasmo, la cogí de las tetas mientras la alzaba entre mis brazos.
Dominada por el placer, me rogó que no dejara de empalarla y mientras mi miembro llenaba con su semen el interior de su vagina, mordí su cuello dejando la marca de mis dientes sobre su piel. El dolor multiplicó su gozo y reteniendo las ganas de chillar a los cuatro vientos que su dueño la había tomado, se desplomó sobre la mesa con su sexo anegado de leche.
Viendo su cansancio, la dejé reposar unos segundos antes de volver a introducir el vibrador dentro de ella. María se abstuvo de protestar al sentir la nueva invasión y acomodándose la ropa, me soltó mientras salía por la puerta:
-Estoy deseando que llegue la hora de comer.
Soltando una carcajada, encendí el aparato y olvidándome de ella, me puse a trabajar pensando que todavía no habían dado las doce…