CAPÍTULO 6

Ese viernes, me desperté abrazado por María y por su madre. Con una a cada lado, el calor de sus cuerpos desnudos terminó de avivar los rescoldos de la lujuria que me había dominado esa noche. Cada una a su estilo era una mujer bellísima por lo que mientras las admiraba no pude decidir cuál me parecía más atractiva. La madurez de Azucena era tan apabullante como sus pechos y no tenía nada que envidiar a la juventud de su chavala. Viéndolas dormidas ya resultaba complicado entender que ese par hubieran voluntariamente accedido a entregarse a un hombre sin exigir nada a cambio pero me resultaba todavía un misterio que además lo hicieran en condición de sumisas.
«De desearlo, podrían esclavizar al que les apeteciera», medité preocupado por si realmente esa era su intención última conmigo.
Recordando la noche anterior en la que se habían entregado a mí, rechacé ese pensamiento y viendo que tenía una hora antes de ir a trabajar, decidí comprobar si después de tantas horas de pasión todavía les quedaba fuerzas.
Usando ambas manos, comencé a acariciarlas el trasero para irlas sacando del sueño lentamente. El tacto de sus pieles era también diferente: mientras la de María era tenía la delicadeza del terciopelo y la elasticidad del cuero, la de su madre te dejaba impresionado por su suavidad.
«Tienen unos culos preciosos», pensé para mí mientras las estudiaba con la mirada.
La primera en despertar fue Azucena que abriendo los ojos me miró sonriendo al comprobar que eran mis yemas las que estaban recorriendo sus nalgas.
-¿Desea algo mi amo?
El cariño de su tono azuzó mi calentura y mordiendo sus labios, respondí:
– ¿Todavía no sabes lo que me gusta?
Satisfecha, la cuarentona deslizó su boca por mi cuerpo y al llegar a su meta ronroneó diciendo mientras tomaba mi pene entre sus manos:
-Su gatita tiene sed.
Interpretando a una dulce felina, olisqueó a su alrededor como si buscara su sustento y ya a escasos centímetros de mi entrepierna, susurró:
-¿Mi dueño me regalaría su leche?
Muerto de risa, contesté que sí pero Azucena se quejó que estaba fría y con un brillo pícaro en sus ojos, me soltó.
-¡Voy a calentarla!
Sabía que estaba usando sus mejores armas para ponerme bruto y aunque tengo que confesar que para aquel entonces mi corazón bombeaba a toda velocidad, decidí no ponérselo fácil:
-Me apetece un baño, ¡prepáramelo!
-¿Yo sola o despierto a esta dormilona?- contestó señalando a su hija que seguía dormida.
«Quiere jugar con su retoño», me dije y accediendo a sus deseos, repliqué:
-Despiértala e ir juntas.
Reconozco que me dio morbo ver que aceptando mi mandato, la rubia empezó a restregarse contra la espalda de su hija mientras le decía:
-Putita, necesito tu ayuda.
La chavala tardó en reaccionar y eso permitió a su vieja adelantar su despertar con sendos pellizcos sobre sus tetas.
-¡Me haces daño!- protestó María todavía medio dormida.
Sin compadecerse, aumentó la presión de sus dedos, diciendo:
-Nuestro dueño está despierto y debemos ocuparnos de él.
-Ya voy, ¡joder!- contestó bastante enfadada.
La morenita no se esperaba que su madre respondiera a su insolencia con un bofetón que la hizo caer de la cama.
-¿A ti qué te pasa?- chilló llena de ira desde el suelo.
Obviando su cabreo, Azucena me dijo:
-Siento no haber sabido educar a esta zorra, ¿cómo puedo subsanar mi error?
Asumiendo que a esas horas, no me apetecía dar personalmente el correctivo que mi joven sumisa necesitaba pero tampoco contemplarlo, respondí:
-Prefiero compensarte a ti mientras ella se ocupa de todo.
La rubia sonrió y olvidando a María, me ofreció sus pechos como ofrenda. Aunque había disfrutado de sus cantaros con anterioridad, a la luz del día me parecieron aún más maravillosos. Grandes y de color oscuro estaban claramente excitados cuando, forzando mi calentura, esa mujer rozó con ellos mis labios sin dejar de ronronear. Reteniendo las ganas de abrir mi boca y con los dientes apoderarme de sus areolas, seguí quieto como si esa demostración no fuera conmigo.
Mi ausencia de reacción lejos de molestarle, fue incrementando poco a poco su calentura y golpeando mi cara con sus pechos, empezó a gemir.
-Esta gatita está bruta- maulló en mi oreja.
Como os imaginareis, mi pene había salido de su letargo y comprimiéndome el pantalón, me imploraba que cogiera a esa belleza y la terminara de desnudar pero antes de hacerlo decidí azuzar a María a obedecer diciendo:
-Si sigues en esa actitud rebelde y no cumples mis deseos, me quedaré solo con tu madre.
El terror que leí en sus ojos me confirmó que esa cría aborrecía la posibilidad de quedarse sin dueño y por ello no me extrañó que se levantara corriendo a prepararme el baño.
Para entonces Azucena llevaba un tiempo frotando su sexo contra mi entrepierna. De forma lenta pero segura, incrustó mi miembro entre los pliegues de su vulva y obviando mi supuesto desinterés comenzó a masturbarse rozando su clítoris contra mi verga aún oculta.
-¡Me encanta despertar junto a mi amo!- me exclamó y mientras con sus dientes mordisqueaba mi oído, su pelvis se movía arriba y abajo a una velocidad creciente.
Lo que en un inicio consistió en un juego se fue convirtiendo en una necesidad y sus débiles gemidos con los que quería provocarme rápidamente dieron paso a aullidos de pasión. Mi antiguo yo no hubiera soportado esa tortura y hubiese liberado su tensión follándosela pero imbuido en mi papel me mantuve impertérrito y con cara de póker, observé su excitación.
-Puedes correrte- murmuré al ver que era inevitable.
-¡Dios mío!- gritó al sentir que convulsionando sobre mis muslos su sexo vibraba incapaz de retener más el placer. No me hizo que me informase de su orgasmo porque chillando de gozo la cuarentona empapó con su flujo mis muslos.
Durante un minuto que me pareció eterno, siguió frotando su pubis contra mí hasta que dejándose caer sobre mi pecho se quedó tranquila. En ese momento mi mente era un caos, por una parte estaba orgulloso de haber mantenido el tipo pero por otra estaba contrariado pensando que me había comportado como un novato.
Menos mal que Azucena me sacó del error, diciendo con una sonrisa:
-No puedes negar que has nacido para dominarme, permites a tu zorra unas migajas de placer sabiendo que ella deberá compensarte.
Sus palabras adquirieron su verdadero significado cuando se arrodilló frente a mí y poniendo cara de zorrón, llevó su mano a mi paquete y alegremente soltar:
-¡No hay nada mejor para una mujer como yo que el pene erecto de su amo.
Al oírla pensé que se estaba exagerando pero aun así no hice ningún intento por pararla cuando acercando su cara a mi miembro, sacó su lengua y se puso a recorrer con ella los bordes de mi glande. Es más, separando mis rodillas mientras me acomodaba sobre el colchón, la dejé hacer. La viuda al advertir que no ponía ninguna pega a sus maniobras, me miró sonriendo y besando mi pene, me empezó a masturbar.
Quise protestar cuando usó sus manos en vez de sus labios, pero ella haciendo caso omiso a mi sugerencia, incrementó la velocidad de su paja. Admito que para entonces me daba igual, necesitaba descargar mi excitación y más cuando sin dejar mi miembro, me dijo:
-Tengo sed, dame de beber.
Estaba a punto de satisfacer su deseo cuando de pronto comprobé hasta donde llegaba su necesidad al ver que bajando la mano que le sobraba entre sus piernas, mi sumisa cogía su clítoris entre sus dedos y lo empezaba a torturar.
-Mi anciana zorra está cachonda- concluí al admirar el modo en que nos masturbaba a ambos pero viendo que estaba a punto de alcanzar un segundo clímax se lo prohibí: -pero ahora es mi turno de gozar.
Dando la vuelta a esa mujer, comencé a jugar con mi glande en su sexo. La rubia estuvo a punto de correrse al sentir mi verga recorriendo sus pliegues. Era tanta su excitación que sin mediar palabra, apoyó su cabeza sobre la almohada mientras intentaba no correrse.
Su nueva postura me permitió comprobar que estaba empapada y por eso coloqué sin más mi glande en su entrada. No había metido ni dos centímetros de mi pene en su interior cuando escuché sus primeros gemidos. Incapaz de contenerse, Azucena moviendo su cintura buscó profundizar el contacto. Al sentir su entrega, de un solo golpe, embutí todo mi falo dentro de ella.
-Fóllese a su puta- gritó fuera de sí.
No tuvo que repetírmelo dos veces, poco a poco, mi pene se hizo su dueño mientras la cuarentona hacía verdaderos esfuerzos para no gritar.
-Me encanta- resopló con la respiración entrecortada al sentir como su coño empezaba a segregar gran cantidad de flujo.
Contra mi idea preconcebida de que esa mujer era capaz de controlar sus orgasmos, adiviné que estaba fuera de sí y queriendo hacerla fallar con un pequeño azote, incrementé la velocidad de mis ataques.
-Ni se te ocurra correrte.
-No lo haré- chilló descompuesta
Ni que decir tiene que sus palabras me sirvieron de acicate y ya asaltando su cuerpo con brutales penetraciones, seguí azotando su trasero con nalgadas. La rubia al sentir mis rudas caricias anticipó que la iba a pifiar pero aun así me gritó que no parara mientras no paraba de decirme lo mucho que le gustaba el sexo duro.
Asumiendo que tras años de obligada dieta esa viuda necesitaba que le dieran caña, aceleré mis caderas convirtiendo mi ritmo en un alocado galope. Azucena al experimentar los golpes de mis huevos rebotando contra su sexo, se volvió loca y presa de un frenesí que daba miedo, buscó que mi pene la apuñalara sin compasión.
-¡Lo siento!- chilló al sentir que la llenaba por completo y antes de poder hacer algo por evitarlo, se desplomó sobre el colchón.
Al correrse, en vez de avergonzarse, con voz necesitada me rogó que continuara cogiéndomela sin descanso aunque luego la castigara. Su entrega azuzó mi placer, de forma que no tardé en sentir que se aproximaba mi propio orgasmo y sin la urgencia de satisfacer a esa madura, derramé mi simiente en su interior.
-¡Gracias!- aulló al comprobar que su conducto se llenaba con mi semen y moviendo sus caderas, consiguió ordeñar hasta la última gota de mis huevos.
Tras unos minutos durante los cuales descansé, miré el reloj y comenté que iba a bañarme. Azucena me regaló una sonrisa mientras me decía:
-Creo que suficiente castigo ha tenido mi hija al no poder disfrutar como yo- y señalando a María que había estado observándonos desde la puerta, me pidió que fuera ella la que me enjabonara.
-No se lo merece. Debe aprender a levantarse de mejor humor.
-Le juro que he aprendido la lección- protestó entre dientes al ver su esperanza truncada.
Sin dar mi brazo a torcer, me levanté y ya desde la ducha, informé a mis sumisas que debían pensar en que castigo tendría la otra afrontar por haberme fallado…