cuñada portada3Mi prima preñada y su dinero, mis mejores afrodisiacos 2
Sin títuloAntes de salir de casa, ya me había acostado con la preciosa secretaria de mi prima. La rapidez con la que esa oriental se había echado entre mis brazos me dejó claro que no era casual y que esa ligereza escondía otras intenciones.
«No he sido nunca un ligón», me repetí continuamente para no creer que esa mujer se había sentido afectada por mi atractivo.
Tenía claro que Teresa se había abierto de piernas y que ello solo se podía deber a dos motivos: El primero, mi prima se lo había ordenado y el segundo, un tanto más retorcido pero no por ello menos plausible, era que sabiendo que había heredado viera en mí a un pardillo al que desplumar.
«Si es esa la razón, va jodida», pensé reconociendo que quien realmente me ponía cachondo era Ana, mi embarazada prima.
El recuerdo de su vientre germinado y sus pechos llenos de leche volvieron con fuerza a mi cerebro. Después de largo tiempo con mi sexualidad aletargada, esta se vio zarandeada brutalmente al descubrir que estaba preñada y su déspota comportamiento solo consiguió avivar si cabe el inmenso incendio que había provocado.
Sé que os costará creerlo pero en mi casa y mientras mi pene se solazaba dentro del coño la filipina, era en Ana en quien pensaba. Por mucho que esa muñeca resultara ser una ardiente amante, los gritos que deseaba oír mientras me la follaba eran los de mi prima. Quizás por ello al llegar al avión que había fletado la compañía, mi comportamiento hacia la joven fue bastante frio.
Teresa, que no era tonta, lo notó pero no dijo nada. En vez de mortificarme con nuevos mimos, se dedicó a sus cosas, dejándome solo con mis pensamientos. Ello me dio la oportunidad de aclarar mis ideas mientras el piloto y su ayudante despegaban.
«Me ha facilitado el viaje para que me confíe y así cogerme desprevenido», medité enfadado, «esa puta quiere quedarse ella con todo el pastel».
«De ser cierta la fortuna que en teoría habíamos heredado, son solo unas migajas el millón de euros que ha ofrecido por mi parte», concluí. Curiosamente, saber que Ana me tomaba por un pazguato me tranquilizó y ya más centrado, me puse a observar a mi acompañante.
«Es una mujer preciosa», certifiqué al recorrer con la mirada su anatomía.
Ajena a mi examen, la joven se acomodó encogiendo sus piernas sobre su asiento de manera inconsciente. Su concentración me permitió mirarla sin que se diera cuenta. Con poco más de veinte años parecía recién salida de la adolescencia. El escaso pecho que apenas unas horas antes había probado, me daba a entender que por su raza no iba a crecer más pero aun así tuve que reconocer que la chavala estaba buenísima. La perfección de sus muslos y su estrecha cintura eran toda una tentación pero lo que realmente me excitó fue el hecho que, al recoger un papel del suelo, su falda se le había descolocado, dejando al descubierto tanto el coqueto tanga como gran porción de ese trasero que inútilmente trataba de tapar.
“Tiene un culo de campeonato”, sentencié recordando la tersura de sus nalgas mientras mi voluntad luchaba contra la excitación.
Justo en ese momento, la filipina se dio la vuelta y me miró. Fue entonces cuando mi lujuria se vio incrementada exponencialmente al comprobar que se le había soltado dos botones de su camisa y permitiéndome contemplar su pecho por completo.
Sé que se percató de su descuido pero no hizo nada por evitarlo, de manera que me quedé ensimismado mirando esos pequeños pero duros senos, que para colmo estaban coronados por dos pezones de color rosa.
«¡Es una niña y yo un viejo!», protesté al recordar cómo me había dejado llevar una hora antes.
Cabreado conmigo mismo traté de retirar la mirada pero constantemente volví a caer en la tentación. La sensualidad que escondía esa joven provocó que mi verga me exigiera que le hiciese caso. Sabiendo que es lo que esa zorrita esperaba, no hubiera tenido inconveniente en pajearme en su honor pero el poco pudor que me quedaba evitó que me sacara la polla y me pusiera a masturbarme.
-Reconoce que te gusto- sonriendo, dijo la cría al ver el efecto que causaba en mi entrepierna.
Cómo de nada servía negar lo evidente, totalmente colorado, asentí. Mi respuesta le satisfizo y poniendo cara de puta, me soltó que yo a ella también. Fingiendo una tranquilidad que no sentía, le contesté que no me lo creía.
-¿Estás seguro que miento?- insistió sin dejar de mirar a mis ojos y pasando su mano por encima de mi bragueta.
-Totalmente. Soy mayor para ti y apenas me conoces- respondí de mala leche al sentir sus dedos ya se habían aferrado mi extensión y que sin ningún pudor esa guarrilla me empezaba a masturbar.
-Te equivocas. Me ponéis cachonda tú y tu dinero- respondió con una sinceridad que me dejó pasmado y acercándose a mí, susurró en mi oído: – Mi jefa es una perra muy dura y si no quieres que te desplume, vas a necesitar mi ayuda. Te aseguro que tenerme como tu aliada te puede resultar muy agradable.
Viéndolo desde esa perspectiva, me pareció una postura coherente. Ambos salíamos ganando y por eso, le pregunté qué quería por esa ayuda.
-Poca cosa, ¡casarme contigo!
Os juro que estuve a punto de echarme a reír pero no queriendo ofenderla, preferí ofrecerle un cinco por ciento de lo que consiguiera. La cría asintió dando su conformidad al acuerdo y abriendo una puerta del avión, me señaló una cama. Me faltó tiempo para levantarla entre mis brazos y llevándola hasta ahí, ella se puso a quitarme la camisa mientras yo me ocupaba de bajarme los pantalones. Poseído por una impía pasión, me desnudé al tiempo que pensaba que era una curiosa forma de cerrar nuestro trato.
-Fóllame- me pidió mientras cogía entre las manos sus pequeños pechos y me los hacía entrega como muestra de nuestra alianza.
Confieso que azuzado por ella, los agarré entre mis dedos y sin pedirle su opinión, comencé a recorrer con mi lengua sus pezones. Sin darme tregua, Teresa colocó mi verga en la entrada de su cueva y sin mayores prolegómenos, de un rápido movimiento de caderas, consiguió que la penetrara.
-Me encanta ser tu socia- gritó al sentirse llena y dejándose llevar por su naturaleza ardiente, sus uñas se clavaron en mi espalda mientras me pedía que la tomara.
Su descaro curiosamente me gustó y convirtiendo ese acto animal en algo tierno, comencé a acariciarla mientras le informaba que nunca había tenido una socia. Muerta de risa, la asiática me contestó:
-¿Y una novia?
-Pareja si he tenido-respondí sin saber a qué se refería.
Soltando una nueva carcajada, me soltó:
-Pues piensa en mí como si fuera tu prometida- y tomando aire continuó diciendo: -Además de placer, te conseguiré mucho dinero.
La mención de esa fortuna que me esperaba al llegar a ese país, incrementó mi avidez por ella y reiniciando mi ataque, mi pene se acomodó en su cueva una y otra vez. A ella le debió ocurrir lo mismo porque mientras nuestros cuerpos se fusionaban sobre las sábanas, se vio poseída por el placer y chillando a los cuatro vientos su ardor, se licuó entre mis piernas.
-¡Dame un anticipo!- aulló al notar el modo en que mi extensión se introducía rellenando su vagina.
Comprendí que era lo que me demandaba e incrementando el compás de mis estocadas, busqué sembrar su fértil vientre con mi semilla. La temperatura de esa habitación se volvió todavía más caliente cuando Teresa, sin previo aviso, se aferró a los barrotes de la cama y gritando, se corrió.
La violencia de su orgasmo y la manera en que se retorcía me excitaron aún más y subyugado por la pasión, me enganché a sus pechos y con renovados ánimos, seguí follándomela mientras le exigía que se moviera.
Esa orden surtió el efecto deseado y ya en plan loca, fue en busca de un nuevo clímax, convirtiendo su coño en una especie de batidora. Sus movimientos convulsos y la presión que sus músculos ejercieron sobre mi miembro fueron el aliciente que necesitaba para correrme y coincidiendo con sus jadeos, sin poder aguantar más, exploté sembrando su interior. Estaba esparciendo mi simiente dentro de ese oriental chocho cuando con un alarido que tuvo que oír el piloto del avión, Teresa me informó que se me unía.
Agotado y satisfecho, me dejé caer sobre el colchón mientras la ambiciosa joven seguía presa del placer. Durante unos minutos esperé a que se recuperara. Ya repuesta, la pregunté:
-¿Qué va a decir mi prima cuando se entere de tu traición?
Sin levantar su cara de mi pecho, me respondió:
-Yo no se lo voy a decir. Para ella, seguiré siendo su leal secretaria hasta que me des la parte que me has prometido o ¡te cases conmigo!
Increíblemente, esa filipina seguía pensando que lo más normal era que nuestra relación terminara en matrimonio. Por mi parte, la idea ya no me parecía descabellada. Esa mujer tenía todo lo que me gustaba. Ambición, inteligencia, belleza y simpatía…
Mi llegada a Manila.
Casi veinte horas después aterrizamos en el aeropuerto Ninoy Aquino, renombrado así por el periodista y político asesinado bajo la dictadura de Ferdinand Marcos. Al salir al exterior, los treinta y tres grados de temperatura de ese día de diciembre me parecieron excesivos, tomando en cuenta que al salir de Madrid los termómetros marcaban bajo cero.
«Menudo calor», protesté mentalmente mientras mi acompañante se ocupaba del papeleo.
A mi alrededor, un gentío enorme se afanaba en buscar un transporte hacía la ciudad. Aunque no es algo que se sepa, Manila tiene más de quince millones de habitantes, permanentemente embotellada. De lo caótico de su tráfico me percaté nada más salir de la terminal porque la limusina que en la que íbamos montado se vio inmersa en un descomunal atasco.
-¿Siempre es así?- pregunté.
Teresa, acostumbrada a ese caos, tardó unos segundos en comprender cuál era mi pregunta.
-Hoy está tranquilo- contestó luciendo la mejor de sus sonrisas.
«Pues cómo debe ser cuando está mal», me dije alucinado. Nunca en mi vida había estado en un lugar donde la ley de la jungla fuera la norma de comportamiento entre los conductores. Tampoco había visto jamas el engendro que llaman “jeepney”, un híbrido entre un jeep de la segunda guerra mundial y un microbús. Pintados profusamente con colores vivos, cualquiera de esos artesanales vehículos hubiera causado sensación en las calles españolas.
«Además de horteras, contaminan que dan gusto», sentencié al observar la negra humareda que dejaban a su paso.
Aunque ese tipo de trasporte me impactó, no pude dejar de preguntar a la filipina cómo se llamaba otro invento que podía ser o una bici o una moto a la que habían adosado una cabina.
-Pedicab- contestó lacónicamente.
Durante un buen rato me entretuve admirando esa anarquía hasta que ya cansado pregunté si faltaba mucho para llegar a nuestro destino:
-Una hora.
Esa fue la primera mentira que me dijo ya que el tiempo real que tardamos fue superior a dos horas. Os confieso que habituado a vivir en Madrid, esa mega urbe me pareció una locura. Pero lo que más me extrañó fue ver la tranquilidad con la que sus habitantes se tomaban ese embotellamiento.
Afortunadamente cuando ya creía que íbamos a pernoctar en ese coche, apareció ante nosotros una inmaculada valla que se extendía durante kilómetros. Nada más verla, mi acompañante suspiró aliviada y girándose en su asiento, me informó que habíamos llegado. Esa fue su segunda mentirijilla. Aún tardé quince minutos en poder estirar las piernas porque a pesar de estar ya en nuestro destino, ese fue el tiempo que nos costó cruzar la finca y llegar a la mansión que había sido de mi tío.
«Es enorme», fue lo único que pude decir al verme frente a un palacete de clara inspiración mediterránea que chocaba con el verdor de la plantación de tabaco en la que estaba situada.
Si el tamaño me había impresionado, lo que me dejó sin habla fue su interior. Decorado con un gusto recargado, ese lugar no parecía un hogar sino un museo.
-Es magnífica, ¿verdad?- preguntó la muchacha al ver mi cara. Aunque me resultaba un horror por lo recargado de sus paredes, no dije nada y dejé que ella me guiara entre esos ancestrales muros.
A nuestro paso nos cruzamos con un elenco de criadas que a mis ojos poco experimentados en razas orientales, me parecían la misma. Viendo que Teresa las iba saludando por su nombre a cada una de ellas, comprendí que de alguna forma ella era otra habitante de esa casa o al menos una asidua visitante.
«Hay algo que esta niña, no me ha contado», sentencié medio mosqueado. La seguridad con la que se movía en ese laberinto terminó de confirmar mis sospechas y por ello, agotado después de tanto viaje, pregunté dónde estaba el cuarto que me habían asignado.
-¿Cuarto? Doña Ana ha dispuesto que te quedes en la casa de Don Evaristo.
-Pero… ¿no es ésta?- pregunté receloso.
La muchacha con su típica sonrisa, contestó:
-Ésta es para las recepciones, su tío construyó dos más pequeñas pegadas a la piscina. Una de ellas es donde vive desde hace años su prima y la otra, que es en la que él vivía, será para usted.
Confieso que aún sin verla, saber que no tendría que dormir en ese mausoleo, me alegró y con ánimos renovados, le pedí que directamente fuéramos a la que iba a ser mi morada. Obedeciendo de inmediato, la muchacha me sacó al jardín y ya desde la escalinata, vi por primera vez mi futura residencia.
-¡Qué maravilla!- exclamé al comprobar que junto a la especie de lago que esa cría llamaba piscina, había dos coquetos chalets de estilo moderno y funcional.
Sin esperar a los sirvientes que nos seguían con el equipaje, salí corriendo y entré en el que Teresa me señaló como mío. Su interior no me defraudó, decorado en plan minimalista, era un sueño hecho realidad.
Al preguntarme si me gustaba no pude más que expresar mi aprobación casi gritando:
-Me encanta.
La filipina al oírme, se rio y poniendo cara pícara, me soltó:
-Eso que no has visto tu cama.
Tras lo cual, me cogió de la mano y casi a rastras me llevó al piso de arriba, donde me encontré con la sorpresa que toda esa planta era una sola habitación y que en medio de esa enormidad, se hallaba un descomunal lecho cuyas medidas me parecieron fuera de lugar.
-¿Cuánto mide?- pregunté alucinado.
-Dos y medio por dos y medio- contestó mientras posaba su lindo trasero en el colchón y ya en plan de guasa, me reveló: -Tu tío y sus amiguitas necesitaban mucho espacio.
Conociendo la afición por las faldas del difunto, que tuviera varias amantes no fue algo que me cogiera desprevenido y por ello, medio en broma, contesté:
-¿Te parece si la estrenamos?
La cría, poniéndose seria, me respondió:
-Quizás esta noche, no quiero que el servicio se entere de nuestro pacto.
No me hizo falta estudiar una carrera para intuir el verdadero significado de sus palabras:
«No quiere que Ana sepa que me acuesto con ella».
Como la cría tenía razón, no insistí y por ello en cuanto llegaron los criados con mi equipaje, no me extraño que adoptando una pose de estricta secretaria, esa críame dijera mientras bajaba las escaleras:
-Doña Ana le espera en su casa a cenar dentro de dos horas.
Mirando el reloj, vi que eran las cuatro de la tarde y entonces recordé que el horario de ese país era totalmente diferente al de España; se desayuna a las seis, se come sobre las doce y se cena a las seis.
-Allí estaré.
Ya se iba cuando de pronto recordé algo que me llevaba reconcomiendo desde que descubrí que estaba embarazada y no queriendo interrogarla directamente sobre el tema, le pregunté:
-¿Estará presente su marido?
La carcajada que surgió de su garganta me dejó helado y viendo mi gesto de extrañeza, respondió:
-Mi jefa no tiene pareja…
Las palabras de esa mujercita cayeron como un obús en mi cerebro. Si Ana no tenía marido, ni novio:
«¿Quién coño es el padre de la criatura?», sabiendo que no tardaría en saberlo, me pareció lo más correcto no insistir y despidiéndome de la muchacha, me quedé viendo como uno de los criados deshacía mi equipaje.
Ya solo, me dediqué a explorar mis dominios. La casa de Evaristo era no solo cojonuda sino la guarida de un pervertido. Lo digo por la colección de porno y los diferentes artilugios sexuales que encontré en el interior de un armario. Ya estaba punto de volver a mi cuarto cuando entre los distintos videos que albergaba ese mueble descubrí unos con el nombre de mi prima.
«Tío eras todavía más cerdo que yo», pensé descojonado y dejando todo como me lo había encontrado, decidí visualizar el contenido de mi descubrimiento.
Los vídeos de mi prima.
De vuelta a mi habitación, encendí la televisión y metí el primero de los Dvds en su interior, tras lo cual, me tumbé en la cama. La naturaleza del repertorio donde los encontré, me hacía abrigar esperanzas y por ello, os confieso que antes de darle al play, ya estaba caliente.
La primera imagen que apareció en la pantalla fue una habitación muy parecida a la que me hallaba pero por los muebles supe que no era la misma:
«Debe ser la de Ana», me dije mientras acomodaba mi almohada para ver mejor.
Estaba todavía haciéndolo cuando observé que mi prima salía del baño envuelta en una toalla. Se notaba que era un video espía y que ella no era consciente de estar siendo grabada porque sin mirar al objetivo, se sentó frente al espejo y empezó a peinarse su melena.
Sintiéndome un voyeur, me quedé observando ensimismado:
«Se la ve más joven», pensé al percatarme que al menos esa película debía tener cinco años, «ahora está más buena».
Sin sentirme mal por ese vil acto, me estaba encantado el ser espectador de un peculiar reality que en contra de lo que ocurre en los de verdad, conocía a la protagonista. Durante un buen rato, Ana se entretuvo peinándose pero, cuando terminó, la cinta se tornó más interesante porque dejando caer la toalla, se quedó completamente desnuda. Fue tan de improviso que tuve obligatoriamente que parar la imagen para disfrutar íntegramente de su belleza.
«¡Menudo polvo tiene la condenada», sentencié tras examinar concienzudamente cada parte de su anatomía.
Satisfecho, reinicié la secuencia y ante mi alborozo, la protagonista de mis sueños, cogió un bote de crema y comenzó a extendérsela por todo el cuerpo. La calidad con la que fue grabado, me permitió que ninguna porción de su cuerpo quedara oculto a mi escrutinio.
«Esas tetas tienen que ser mías», mascullé al ver como mi querida prima, al recorrer sus pechos con sus manos, se dedicaba a masajear descaradamente los pezones.
Para entonces, mi pene, cobrando vida propia, me pedía que le hiciera caso y yo, completamente subyugado por la visión que se me ofrecía, no pude más que sacarlo de su encierro mientras en la pantalla, era testigo de cómo esa mujer recorría con sus palmas su trasero. Esas nalgas eran tan impresionantes que no pude evitar que mi mano diera rienda suelta a mi deseo, masturbándome.
Para entonces todo mi cuerpo era un incendio e involuntariamente, mi prima colaboró con ello cuando al empezar a pintarse las uñas de los pies, pude admirar su coño.
«Va depilada», me dije impresionado porque ni en mis sueños más calientes me hubiese imaginado que lo llevara totalmente afeitado. Obsesionado por ese descubrimiento, me concentré en esa escena al ver que se tumbaba sobre su cama.
Cuando creía que la protagonista se iba a dormir, fue cuando pegando un suspiro, Ana separó sus piernas y ante mi sorpresa, sus manos se apoderaron de su sexo.
«Esto no me lo esperaba», sentencié al ser testigo de cómo mi prima cogía una foto y mirándola, se empezaba a acariciar lentamente.
Tras unos minutos, no me sorprendió en absoluto ver el brillo del flujo empapando su coño, ni que la muchacha no parara de gemir mientras, con los ojos cerrados, metía una y otra vez dos dedos dentro su sexo. Lo que si me dejó pálido fue cuando abriendo un cajón de la mesilla, mi prima sacó un enorme consolador y sin más miramientos, se lo ensartó hasta el fondo.
«¡Joder con Anita!», exclamé mentalmente al observar cómo se retorcía sobre el colchón con semejante falo incrustado, «resulta que va a ser una zorra en todos los sentidos».
A pesar de su tamaño, su vagina aceptó ese consolador sin ningún problema y mientras en la tele, esa estancia se llenaba con el ruido de sus jadeos, me dediqué a pajearme cada vez más rápido mientras en mi mente se hacía fuerte la idea que tenía que follármela.
«Lo que daría porque fuera mi verga la que estuviera entre sus piernas», pensé sin perder ni un detalle de lo que ocurría en la pantalla. El morbo de la escena se incrementó junto con su lujuria cuando sin dejar de acuchillar su interior, la muchacha llevó una de sus manos hasta sus pechos y cogiendo los pezones entre sus dedos, los empezó a pellizcar.
Para entonces, todo mi ser ansiaba mamar de esas dos ubres que tan sensualmente torturaba y que mi pene se solazara mientras tanto en su interior. Si ya de por sí eso era extremadamente excitante, el sumun mi calentura llegó cuando retorciéndose sobre las sábanas, mi prima comenzó a gritar mi nombre.
«No puede ser», me dije creyendo que había escuchado mal pero a través de los altavoces de la tele y esta vez claramente, Ana lo volvió a pronunciar.
«Debe referirse a otro», sentencié al no poder negar que era el mío.
Aun asumiendo que no era yo el tipo en el que pensaba mi prima al masturbarse, la idea que secretamente me deseara fue el aliciente que necesitaba mi pene para explotar y mientras en la pantalla ella se corría, descargué sobre mi cama la tensión acumulada.
Justo cuando terminé de eyacular, el Dvd llegó a su fin. Os juro que si no llega a haber quedado con ella en media hora, hubiera visto de inmediato el segundo porque curiosamente mi pene, lejos de volver a su estado normal, se mantenía erecto.
«Tranquilo, tío. Tendremos todo el tiempo del mundo para ver los veinte restantes», le dije a mi verga mientras me metía a la ducha, «esa putita no sabe que los tengo y si las cosas se tuercen, siempre podremos chantajearla»
CONTINUARÁ