herederas3Mi prima preñada y su dinero, mis mejores afrodisiacos 7

«Me queda una hora para que Ana llegue», pensé al abrir el agua caliente.
Acababa de despedirme de Teresa, dándole instrucciones precisas de cómo tenía que comportarse esa noche durante la cena. Asumiendo que esa noche, mi prima no podría evitar abrirse de piernas ante mí, decidí forzar su sumisión con un pequeño juego.
«Se quedará de piedra cuando vea lo que le tengo preparado», me dije muerto de risa al recordar que años atrás, aunque en ese momento no hubiera sido consciente, había sido yo el que la había desvirgado durante una fiesta de disfraces.
«Esa zorrita no tiene ni idea que sé que se escondió bajo una máscara para acostarse conmigo pero hoy si quiere ser mía, tendrá que trabajárselo», concluí mientras me metía bajo la ducha.
Bastante excitado por la perspectiva de disfrutar de esos pechos, mi pene se mantenía semi-erecto y no queriendo desperdiciar las fuerzas que sin duda iba a necesitar, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no masturbarme. Por ello, decidí que no alargar en exceso esa ducha y tras un rápido duchazo, estaba saliendo cuando un ruido me hizo saber que la filipina ya estaba de vuelta. Al girarme, vi que se había cambiado y que tal esa morenita venía caracterizada como le había ordenado.
-¿Le has hecho llegar la ropa que quiero que se ponga a tu jefa?.
Teresa me confirmó que había cumplido mis órdenes, entonces, pregunté:
-¿Qué te ha dicho?
Luciendo una sonrisa de oreja a oreja, contestó:
-Nada, la pobre ha empezado a temblar al comprender que lo sabes todo.
Su respuesta me satisfizo y todavía mojado, la ordené que me secara. Lo que no se esperó esa muchacha fue que una vez seco, me sentará en una silla y le pidiera que me secara. Teresa dudó unos instantes pero viendo mi resolución, cogió el bote de crema de afeitar y me la empezó a extender por la cara. Cuando terminó de hacerlo, cogió con aprensión la cuchilla de afeitar y con bastantes dudas, acercó la maquinilla a mi cuello.
-Confío en mi minina- le dije tranquilo mientras con una de mis manos acariciaba el estupendo culo con el que la naturaleza la había dotado.
Mis caricias no tardaron en afectarle y bajo su blusa, sus pezones se endurecieron al notar mis dedos tomando posesión de ese culete. Ella, asumiendo que era mía, no se quejó y sumisamente, separó un poco las piernas para facilitar que las caricias de mis yemas. Aleccionada de lo que me gustaba, tampoco puso reparo en que estas recorrieran la abertura de su sexo.
Al separar los pliegues de su coño, me encontré con que lo tenía empapado y decidido a putearla, apoderándome de su clítoris, la empecé a masturbar mientras le decía:
-Espero que no me cortes o tendré que castigarte.
Toda ella tembló al oírme pero no queriéndome fallar, siguió rasurándome al tiempo que sentía como su vulva era penetrada. No debe de extrañaros que el morbo de saber que me estaba jugando una buena herida al masturbarla mientras me afeitaba, provocó que bajo la toalla mi pene empezara a endurecerse.
-Me gusta tu entrega, mi minina- dije mostrando a la muchacha el tamaño que había adquirido mi sexo.
Teresa se estremeció al ver mi extensión totalmente erecta y mordiéndose los labios, soltó un gemido mientras se agachaba a adorarla. Descojonado por que creyera que deseaba una mamada, la agarré de la cintura y la obligué a ponerse encima de mí. Al no llevar bragas, la cría sollozó de placer al sentir cómo mi falo iba llenando su cavidad lentamente.
-No sea malo. Tengo miedo de cortarle- protestó al notar que la tenía completamente dentro.
Aun comprendiendo que tenía razón, clavé todavía más profundamente mi estoque en su interior y le ordené que siguiera afeitándome. La filipina estaba claramente excitada y a pesar de que lo que realmente deseaba era dejarse llevar conmigo en su interior, reinició el afeitado.
Por mi parte tengo que deciros que estaba encantado al observar su completa obediencia y por eso premiándola le pellizqué un pezón, mientras murmuraba en su oído:
-Eres una minina muy obediente…- Teresa, que para entonces ya estaba hirviendo, no se atrevió a moverse por miedo a cortarme como a mi reacción pero no pudo evitar que supiera de su calentura cuando el flujo que manaba de su sexo recorrió mis muslos- …y muy puta.
-Lo sé- respondió presa del deseo.
Afianzando mi poder sobre ella, usé mis dos manos para sus nalgas con mis dos manos y viendo su disposición, usé un par de dedos para acariciar su entrada trasera. La morenita, al notar que estaba haciendo uso de sus dos agujeros, no pudo reprimir un jadeo e involuntariamente, empezó a retorcerse encima de mis piernas.
-Mi bella cachorrita está bruta- susurré en su oreja.
Intentando evitar el orgasmo que le pedía el cuerpo, solo se le ocurrió cerrar los músculos de su pubis y lejos de apaciguar su calentura, aceleró su clímax.
-Termina de afeitarme.
Deseando moverse pero sabiendo que no se lo iba a permitir hasta que hubiese terminado, se dedicó a cumplir mi mandato. Al cabo de un minuto y dejando la maquinilla sobre el lavabo, me hizo saber que había acabado con una sonrisa.
-¿Mi futuro esposo desea algo más?
Soltando una carcajada, respondí:
-¡Que te muevas!

Os juro que de no haber quedado con Ana, hubiera hecho uso de ella nuevamente pero sabiendo que mi visita no tardaría en llegar, la obligué a vestirme. Teresa no sintió como un desaire esa orden y con cara de felicidad, me ayudó con la ropa. Al sentirla tan dispuesta, exacerbó mi fantasía y por eso al terminar, sacando de un cajón dos de mis corbatas, anudé una alrededor de su cuello como si fuera un collar mientras usé la otra a modo de correa. La oriental comprendió mis deseos y cayendo de rodillas, comenzó a maullar mientras rozaba con su lomo mis piernas.
-Tu compañera de gatera debe estar a punto de llegar- muerto de risa, dije al tiempo que tiraba de ella rumbo al pasillo.
Comportándose como una mascota a la que sacan a pasear, me siguió hasta el salón y una vez allí, esperó a que me sirviera una copa para acurrucarse a mis pies al ver que me sentaba.
-¿Estás seguro que quieres que nos vea así?- preguntó sin un deje de molestia en su voz al comprender que esas eran mis intenciones.
-Así es. Quiero que sepa que te he aceptado como “minina”.
Increíblemente, maulló de gozo al oírme y restregándose contra mí, contestó:
-Desde que Ana me habló de ti, he deseado oírte decir eso.
Fue entonces cuando desde la puerta, mi prima preguntó:
-¿Qué es lo que te ha dicho?
Su tono enfadado me hizo darme la vuelta y os reconozco que al verla con el disfraz de felina, me quedé sin habla. Mi embarazada prima estaba preciosa con ese conjunto de cuero totalmente pegado que magnificaba tanto sus pechos como su hinchado vientre. Por ello, tardé en reaccionar y tuvo que ser Teresa la que le contestara:
-Que me acepta como su minina.
La que teóricamente solo era su jefa, se puso roja de ira al escuchar la respuesta de esa cría y acercándose hasta ella, intentó soltarle un tortazo pero se lo impedí agarrándola el brazo. Al forcejear conmigo, su boca quedó a pocos centímetros de la mía y olvidándome de mis planes iniciales, la besé. La tersura de sus labios me cautivó y forzándolos con mi lengua, conseguí que los abriera. Durante unos segundos, Ana intentó liberarse de mi ataque pero poco a poco, su reticencia fue disminuyendo hasta que, ya sin reparo alguno, colaboró conmigo pegando su germinado vientre a mí.
-Mi gatita está preciosa con la máscara- comenté al notar su entrega y que aunque la había soltado, mi deseada prima no hacía ninguna tentativa de separarse.
A través del antifaz comprobé que sus ojos reaccionaron a mis palabras brillando con un extraño fulgor y deseando certificar su entrega, nuevamente la besé mientras mis manos tomaban al asalto su culo. La dureza de sus nalgas terminó de decidirme y pegando mi sexo a ella, le demostré que me excitaba. Ana, al notar la presión de mi verga contra su entrepierna, gimió derrotada y dejando a un lado su enfado, comenzó a restregarse con desesperación.
Durante un minuto dejé que lo hiciera hasta que siendo consciente de su claudicación, llevé mis manos hasta la cremallera de su traje y lentamente la bajé, disfrutando de cada porción del escote que iba liberando. Ella no pudo reprimir un sollozo al sentir la caricia de mi mirada y con la respiración entrecortada, me pidió que parara. Su queja fue el aliciente que necesitaba para apoderarme de esos hinchados pechos y sacándolos de su encierro, los llevé hasta mis labios.
-Por favor, soy tu prima- murmuró descompuesta al experimentar mi húmeda caricia sobre sus ya erectos pezones.
Sabiendo que nuestro parentesco no había sido impedimento para que me deseara y soñara con ser mía, lo pasé por alto y mediante un gesto, llamé a Teresa mientras mordisqueaba sin parar sus rosadas areolas. La morena entendió mis deseos y levantándose del suelo, se apoderó del otro seno.
-No quiero- protestó con voz inaudible nuestra victima al sentir una lengua jugando en cada uno de sus pezones.
Su secretaria acalló sus protestas con un lésbico beso pero entonces forcé su rendición, diciendo:
-Déjala, si no quiere ser mía, no puedo forzarla- y separándola de su amante, sustituí a mi prima con Teresa.
La filipina no hizo ascos a mi boca y completamente excitada, se olvidó de mi prima concentrándose en mí. De reojo, descubrí que Ana estaba desconcertada por nuestra retirada y recreándome con mis manos en el espectacular cuerpo de la morena, incrementé su confusión.
-Yo no he dicho que no quiera ser tuya- se quejó al verse relegada por mí, sin darse cuenta que con esa frase estaba implícitamente aceptando la atracción que sentía.
Sonriendo mentalmente, seguí besuqueando a la filipina mientras ella se iba poniendo cada vez más nerviosa al creer que íbamos a dejarla de lado.
-¿No me has oído? Te he dicho que no es verdad que no quiera ser tuya- repitió alterada mi prima al ser testigo que mis caricias iban dirigidas solamente a su amante.
El nerviosismo de la embarazada me dio alas y mientras en su presencia empezaba a masturbar a la morena, le respondí sin mirarla:
-Entonces, ¿qué es lo que quieres?
La rubia supo que la estaba forzando a reconocer que me deseaba y tras unos segundos en los que no tenía claro que decir, me contestó:
-Quiero que me aceptes como tu gatita.
Soltando una carcajada, me zafé de Teresa y ante su extrañeza, las dejé solas y me fui a la cocina a recoger los elementos que necesitaba para certificar su entrega. Al volver las mujeres seguían donde las había dejado sin que ninguna de las dos hubiera hecho el intento de hablar con la otra. Mientras la filipina estaba tranquila, Ana parecía expectante.
En silencio, dejé un plato sopero en el suelo y tras rellenarlo de leche, mirando a mi prima, le solté:
-Demuestra que quieres ser mi gatita.
Sin títuloLa preñada sonrió al oírlo y de inmediato se puso de rodillas y sin dejar de maullar, se acercó gateando a donde había dejado ese recipiente. Admito que me encantó observar la obediencia de esa preciosidad y por eso me senté a disfrutar de esa seductora imagen.
«Es preciosa», pensé al admirar su belleza germinada tras el disfraz.
Su lento gatear me recordó al de una pantera al acecho. Transmutada en una felina, Ana se contorneó dotando a sus movimientos de una sensual ferocidad. A pesar de que en teoría estaba rubricando su sumisión a mí, no me cupo duda que me encontraba ante una cazadora cuya presa última era yo.
-Miauuu- maulló y sin dejar de mirarme a los ojos, fue recorriendo centímetro a centímetro la distancia que le separaba de su objetivo mientras desde el sofá mi pene empezaba a reaccionar.
«¡Es una diosa!», maldije mentalmente al darme cuenta que no podía separar mis ojos del bamboleo de sus pechos llenos de leche y que me encontraba ya excitado solo con los preliminares.
Lo siguiente fue indescriptible, mi prima al llegar a su meta, agachó la cabeza y como si fuera un cachorrito, se puso a beber directamente del plato. Os confieso que jamás había visto algo tan erótico. Por ello me quedé helado al observar a esa mujer sacando una y otra vez su lengua para recolectar en cada movimiento un poco de la leche que le había dejado. Reconozco que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no levantarme y tomarla ahí mismo.
«Está buenísima», sentencié al observar como unas blancas gotas caían por su barbilla. Nuevamente me costó permanecer sentado porque todo mi ser me pedía imitarla y lamer su rostro pero Teresa que se había mantenido callada cuando vio que estaba a punto de terminar, se me adelantó y arrodillándose junto a ella, recogió con un par de lametazos los restos de leche.
-Tienes a nuestro hombre cardiaco- susurró la morena, señalando el bulto que lucía entre mis piernas.
Ana, sonriendo de par en par, contestó mientras se aproximaba a mi sofá:
-Esta gatita tiene hambre, ¿mi amo no tendrá más leché?
Comportándose como requería el papel que estaba interpretando, mi prima recorrió los metros que nos separaban con su nariz pegada al suelo, haciendo como si olisqueara en busca de su sustento. Al llegar hasta mí, acercó su cara a mi entrepierna y frunciendo la nariz me hizo saber que había encontrado lo que buscaba.
-Minina, está fría. ¿Te importa ayudarme a calentarla?
-¿Cómo quieres que lo hagamos?- respondió muerta de risa su amante.
Usando todo su arsenal, la rubia le pidió que la ayudara a desnudarse. Teresa no puso ninguna pega y por eso os he de reconocer que cuando esas dos quedaron desnudas ante mis ojos, mi corazón bombeaba a toda velocidad. Si de por sí esa visión era ya suficientemente excitante, confieso que me quedé paralizado cuando esas arpías empezaron a frotar su cuerpo contra mis piernas.
No contenta con ello, Ana se sentó encima de mis rodillas y poniendo sus pechos a escasos centímetros de mi boca, me los ofreció diciendo:
-Llevo deseando años ser tuya.
Aunque desde que retomé el contacto con ella, había soñado muchas veces con sus pezones, tengo que admitir que al tenerlos a mi disposición, me parecieron aún más maravillosos. Producto de su embarazo, los tenía enormes y de un color rosado claro. Ya estaban suficientemente duros cuando buscando que la aceptara, mi prima rozó con ellos mis labios sin dejar de ronronear.
Sabiendo que debía mostrarme como su dueño, retuve mis ganas de abrir la boca y con los dientes apoderarme de sus areolas. Aleccionada por las enseñanzas del que había sido mi padre, mi ausencia de reacción, lejos de molestarle, azuzó su calentura y sin parar de gemir, buscó que mamara de sus pechos.
-Tu gatita está bruta- maulló en mi oreja.
Como le hubiera ocurrido a cualquiera de vosotros, para entonces mi pene lucía una brutal erección y comprimiéndome el pantalón, me imploraba que terminara con su tortura y lo liberara para follarse a esa mujer. Pero decidido a afianzar mi dominio sobre ella, reteniendo el dictado de mis hormonas, permanecí inmóvil.
Teresa decidió ayudar a su amante y colocándose en mi espalda, comenzó a acariciar mi pecho mientras posaba sus pequeñas tetas en mi cuello. No me cupo duda que no iba a durar mucho con esa pose cuando note que Ana, imprimiendo a sus caderas un suave movimiento, empezó a frotar su sexo contra mi entrepierna.
-Amor mío, fóllate a tu gatita- comentó en mi oído la oriental al ver que mi prima había colocado mi miembro entre los pliegues de su vulva y que comenzaba a masturbarse rozando su clítoris contra mi verga aún oculta.
Para entonces, Ana ya movía sus a una velocidad pasmosa. Dominada por un deseo tantos años reprimido, se restregaba sin parar mientras sus ojos brillaban de lujuria. Era tanta la calentura que demostró que por eso no me extrañó que lo que en un inicio eran débiles gemidos se hubieran convertido en aullidos de pasión.
-Qué me lo pida ella…- respondí impertérrito- …si quiere.
-¡Si quiero!- gritó al sentir que, convulsionando sobre mis muslos, su sexo vibraba dejando salir su placer.
Forzando su entrega, me apoderé nuevamente de uno de sus pezones y regalándole un duro mordisco, insistí:
-¿Qué es lo que quieres?
Mi brasileñita exteriorizo con un chillido su gozo y mientras empapaba con su flujo todo mi pantalón, respondió:
-Tu gatita necesita ser tuya.
Durante un minuto, no dije nada. Ana desesperada, siguió frotando su pubis contra mi verga hasta que dejándose caer sobre mi pecho se echó a llorar diciendo:
-El hijo que espero es tuyo. Te amo desde niña y por eso quiero ser tu mujer.
Su confesión me satisfizo y buscando su boca, introduje mi lengua en su interior, mientras con mis manos intentaba liberar mi polla de su encierro. Ana que hasta entonces pensaba que había perdido la oportunidad de estar conmigo, me miró plena de felicidad y con una sonrisa:
-¿Me dejas ayudarte?
Sin esperar mi permiso, se arrodilló frente a mí y poniendo cara de zorrón, llevó su mano a mi pantalón y desabrochándolo, me lo bajó hasta los pies.
-¡Es todavía más bello de lo que recordaba!- exclamó en voz baja al librar a mi pene de su cárcel, sin darse cuenta que con ello se descubría.
Al oírla pensé en preguntarle cuando lo había visto pero, viendo su urgencia, no hice ningún intento por pararla cuando acercando su cara a mi miembro, sacó su lengua y se puso a recorrer con ella los bordes de mi glande.
-Dame tus tetas- ordené a la filipina mientras separaba mis rodillas y me acomodaba en el sofá.
Teresa saltó por encima de mí y me ofreció sus pechos como ofrenda mientras a mis pies, besando mi pene, Ana me empezó a masturbar. Convencido que a partir de esa noche, debíamos formar una familia sin fisuras, con tono autoritario, le ordené que usara su otra mano para masturbar a la oriental.
-Tus deseos son órdenes- contestó y sin dejar de frotar mi miembro, llevó la palma que le sobraba entre las piernas de la morena y cogiendo su clítoris entre sus dedos, lo empezó a magrear con fiereza.
Os juro que no sé cómo no me corrí al ver a esa preciosidad postrada ante mí mientras alegremente nos masturbaba a ambos. Lo que sí sé es que me calentó de sobre manera el observar como volvía a alcanzar un segundo clímax sin necesidad de que yo la tocara.
-¡Quiero tu leche!- sumida en el orgasmo me gritó de viva voz, al tiempo que entre sus piernas su sexo se licuaba.
A mi lado, la morena rezongó también excitada y acudiendo en su ayuda, se hizo un hueco entre mis piernas. Aceptando que ambas anhelaban saborear el producto de mis huevos, cerré mis ojos para abstraerme de esa forma en lo que estaba mi cuerpo experimentando. Ana al ver que su compañera de cama buscaba con sus labios mi glande, en plan celosa, se vio forzada a buscar ella mi pene y abriendo sus propios labios, se lo introdujo hasta el fondo.
La acción de las dos bocas y las cuatro manos hizo que la espera fuese corta y cuando ya creía que no iba a aguantar más, se los anticipé. Mi prima recibió mi aviso con alegría y forzando su garganta con mi pene mientras Teresa relamía con placer mis huevos, demandó mi placer con más ahínco si cabe.
-¡Qué delicia!- exclamó al sentir que explosionando contra su paladar, empezaba a descargar el semen que llevaba acumulado.
La filipina queriendo su parte, agarró mi verga y sacándola de la boca de su amada, esparció mi simiente sobre los pechos de Ana mientras le decía:
-¡Ahora me toca a mí!
Tal y como había anticipado, al terminar de ordeñar mi miembro, la obligó a tumbarse sobre la alfombra y mientras se dedicaba a recoger mi lefa a base de lengüetazos, me dijo:
-Amado mío, ¡Fóllate a esta puta!
Aunque suene perverso, me recreé con la mirada al descubrir que Ana se retorcía de placer al sentir la lengua de la morena recogiendo mi semen sobre su piel. Antes que pudiera hacer nada por evitarlo, mi prima volvió a correrse por tercera vez ante mis ojos.
«¡Coño con mi primita!», pensé viendo que frente a mí, Ana se veía sacudida por una serie continua de clímax : «¡Es multi-orgásmica!».
Con la experiencia que me dan mis cuarenta y dos años, os tengo que confesar que considero que hay pocas cosas se pueden comparar a una mujer berreando cómo una cierva en celo y gritando tu nombre mientras tú eres testigo mudo desde el sofá.
Emocionado con ese descubrimiento, aguardé a que se tranquilizaran, tras lo cual, levantándolas del suelo, las llevé hasta mi cama. Ninguna puso impedimento y con ellas desnudas sobre las sábanas de mi cama, me terminé de desvestir. Sin perderse detalle, mi prima espió mi striptease y con una sonrisa en los labios, me dijo:
-¿Entonces me aceptas como tu gatita?
-Sí, preciosa.
Dando un grito demostró su alegría y levantándose de la cama, me obligó a tumbarme junto a Teresa mientras susurraba en mi oído:
-No te vas a arrepentir.
Reconozco que tuvo razón y que no me arrepentí porque nada más dejar claras sus intenciones, se subió sobre mí y colocando mi glande entre sus pliegues, se fue ensartando lentamente hasta que su vagina consiguió absorber todo mi miembro.
-¡Necesito sentir tu polla! Me urge ser tuya.
Creo que ni siquiera la oí, mi mente estaba ensimismada mirando la curvatura de su germinado vientre y la rotundidad de sus hinchados pechos. Ana comprendiendo la inutilidad de sus palabras, comenzó a moverse usando mi miembro como apoyo.
-No seas malo, ¡fóllatela de una vez!- rugió Teresa mientras se apoderaba de las ubres de la rubia- ¡Lo está deseando!
Ya convencido, usé mis manos para, de un solo arreón, rellenar su conducto con mi pene. Mi prima, al sentirlo chocando contra la pared de su vagina, gritó presa del deseo y retorciéndose como posesa, me pidió que la usara sin contemplaciones. Obedeciendo me apoderé de sus nalgas y presionándolas contra mí, me afiancé con ellas, antes de comenzar un suave vaivén con nuestros cuerpos.
Fue entonces su cuando, berreando entre gemidos, gritó:
-Júrame que vas a ser el padre de nuestro hijo. Quiero pertenecerte y que tú seas mío.
Interviniendo, la filipina protestó al considerarse olvidada. Muerto de risa, incrementé la velocidad de mis penetraciones mientras contestaba a ambas:
-Sois unas putas pero no me importa porque sois mis putas.
Tras lo cual cambié de posición a mi prima y poniéndola a cuatro patas, la volví a ensartar. Ana respondió a la nueva postura con lujuria y sin parar de gemir, me chilló que no parara. El sonido de la cama chirriando se mezcló con sus gemidos y completamente entregada a mí, no puso reparo alguno cuando la oriental presionó su cabeza contra su coño. Lo creáis o no, la rubia sacó su lengua y se dedicó a lamer los pliegues de la oriental con un ansia tan impresionante que la morena no tardó en correrse.
Con mi dos felinas parcialmente saciadas, convertí mi galope en una desenfrenada carrera que tenía como único objetivo mi propio placer pero, mientras alcanzaba mi meta, mis amantes se vieron inmersas en una sucesión de ruidosos orgasmos.
-Sois un par de guarras- exclamé al comprobar que la lujuria de ambas no tenía límite.
Descojonada, Ana me contestó:
-Lo sabemos pero recuerda que somos y seremos de por vida, ¡tus guarras!
Su completa entrega me terminó de enamorar y por eso viendo que estaba a punto de explotar, la informé. Ella al oírlo, contrajo los músculos de su vagina y con una presión desconocida por mí, obligó a mi pene a vaciarse en su vagina. Agotado por el esfuerzo, me desplomé a entre ellas. Mientras Teresa me abrazaba, Ana se nos quedó mirando y fue entonces cuando me percaté que un par de lágrimas recorrían sus mejillas. Extrañado, le pregunté que le ocurría:
-Nunca creí que pudiera ser tan feliz. Me siento completa.
-No te entiendo- respondí.
Con una enorme sonrisa, me aclaró mis dudas diciendo:
-No has aceptado a las dos como tus mujeres y para mayor felicidad puedo por fin decirte que fuiste tú quién me desvirgó y que llevo a tu hijo en mi vientre.
Haciéndome el ofendido, pregunté cómo era posible. Casi histérica, Ana me confesó que aprovechando que estaba borracho en una fiesta se había acostado conmigo.
-Eso no es nuevo, te reconocí bajo tu máscara. Por ello quise que hoy llevaras otra porque sabía que hoy serías nuevamente mía- contesté.
Todavía más nerviosa, me informó del acuerdo que había llegado con Aurelio y que sin que yo lo supiera se había inseminado con mi semen. Durante unos segundos, me quedé callado. Tras una pausa que le pareció eterna, le pregunté cuando iba a dar a luz.
-En tres meses- respondió y temiéndose lo peor, me pidió que no la echara de mi lado.
Soltando una carcajada, la atraje hacia mí y mordiendo su oreja, dije:
-No es eso. Quería saber cuánto tiempo tendría que pasar para volverte a embarazar pero esta vez por un método más tradicional- tras lo cual, acercando a la morena, muerto de risa, espeté a las dos: -Mientras tanto, ¡preñaré a la minina!…