Sin título3Sabía antes de empezar a ver ese video que al hacerlo comprendería por fin porqué Teresa Sin títuloera tan importante en mi futuro. No en vano, Evaristo se había comprometido en conseguir que yo uniera mi vida a la de ella. Hasta ese momento, sabía que aunque aparentaba ser la secretaria de mi prima, en realidad era su amante. También estaba al tanto que al igual que Ana, esa filipina había sido parte del harén del anciano. Pero cómo y cuándo había llegado a formar parte de él, era algo que desconocía. Por ello, me acomodé frente al televisor para, de una puta vez, enterarme.
La primera imagen no tenía desperdicio. En ella, mi querida prima estaba postrada a los pies de Evaristo, totalmente desnuda. La naturalidad con la que charlaba con el que ya sabía había sido mi padre, me indujo a pensar que esa grabación era bastante posterior a las tres que ya había visto.
Fue la propia Ana quien confirmó ese extremo, al preguntar al vejete qué era lo que quería contarle. Su actitud revelaba que había aceptado completamente ser de su propiedad y eso me hizo reafirmarme en esa opinión.
El anciano se tomó su tiempo para contestar. Noté que se sentía incómodo con lo que tenía que decirle. «¡Qué raro!», me dije. Parecía como si ese cabronazo temiera que, al informarla, mi prima se lo tomara a mal. No me cuadraba esos reparos en alguien tan vil.
―Gatita, ¿te has arrepentido alguna vez de algo que has hecho?
La pregunta cogió desprevenida a Ana. Comprendí por su cara que creyó que se refería al acuerdo que tenía suscrito y tras unos momentos de confusión, sonrió y acercándose a él, maullando contestó:
―Como todo el mundo, pero si te refieres a nuestro pacto, ¡no! Estoy encantada. Desde que soy tuya, me has hecho conocer los límites del placer y no me avergüenzo.
Su respuesta satisfizo a su dueño pero entonces, Evaristo le soltó:
―No es sobre eso, sobre lo que quiero hablarte― y mesando su melena, dijo, pareciendo un ser humano: ―Me acabo de enterar que un competidor, al que hice quebrar, se ha suicidado.
―¿Y?― preguntó tan extrañada como yo, mi prima.
―Sé que no es mi culpa pero ha dejado huérfana y sin sustento ni familia a una cría de dieciocho años.
Sus remordimientos hicieron comprender a mi prima que la responsabilidad de Evaristo en el asunto iba más allá de lo mercantil. Durante unos segundos, se quedó callada y cuando ya creía que no iba a decir nada, replicó:
―Adóptala.
El anciano se sorprendió al escucharla e irritado, le contestó:
―Estás loca. Mi dinero será para mi hijo y para el nieto que me darás, ¡para nadie más!
Evaristo con esa frase quería dar por zanjada la discusión pero entonces Ana volvió a sorprenderle diciendo:
―Comprendo tus recelos pero hay otros modos, de compensar a esa muchacha….
―¿Cuáles?― interrumpió de muy mala leche a su sobrina.
Sin dejarse amilanar, mi prima le dijo:
―Tu hijo será el padre de mi retoño pero sé que nunca será mi marido legalmente. Sería un escándalo al ser primos. Por eso te propongo, trae a esa cría a casa y entre los dos la convenceremos que su futuro pasa por ser la esposa de Manuel.
Como zorro curtido en mil batallas, mi “tío” comprendió que esa idea tenía gato encerrado ya que Ana no se caracterizaba precisamente por su altruismo y por ello, directamente se lo preguntó. La réplica de su sobrina no pudo ser más elocuente cuando con voz sensual y mientras le acariciaba la entrepierna, le contestó:
―No quiero competencia con el cariño de Manuel y sé que con tu ayuda, esa cría no sería una rival sino mi socia.
Por la cara que puso el vejete supe que había captado al vuelo la sugerencia de mi prima pero supongo que quiso que ella se lo confirmara cuando muerto de risa, le preguntó:
―¿Y cómo tienes planeado hacerlo?
Con tono alegre, ella contestó:
―Esa niña ahora mismo está indefensa. Tráela y yo te la meteré en tu cama para que la enseñes como a mí.
El descaro de su sobrina le hizo gracia y soltando una carcajada, le dijo:
―Me imagino que querrás participar en su educación. ¿No es así?
Entornando sus ojos y poniendo cara de putón, murmuró:
―No creo que te disguste tener dos hembras a tu disposición….
Desde la comodidad de mi habitación, carrespeé nervioso al tornarse negra la pantalla, temiendo que el video no contuviera nada más.
Afortunadamente, tras unos instantes, volvió la imagen pero esta vez, comprendí que la secuencia se iba a desarrollar en el salón de Ana al reconocer la habitación. Mi espera fue corta porque casi al momento vi entrar a mi prima acompañada de Teresa.
Por su cara, comprendí que esa muchacha estaba aterrada, no en vano su padre acababa de morir y no sabía lo que le iba a deparar su futuro. Al ser consciente de esa situación, no me resultó raro que todo en ella reflejara una inquietud sin par. Aun así, la belleza todavía adolescente de esa muchacha era ya evidente y a través de la pantalla, reconocí un deje de deseo en mi prima mientras la miraba:
«Menudo panorama tenía la cría», medité al ver como cuando Ana señaló el sofá, ella se sentaba sin rechistar. «Debía estar muerta de miedo, en una casa desconocida y rodeada por extraños.
Asumiendo que esa jovencísima filipina luchaba contra su desesperación, mi prima vio su oportunidad y adoptando una actitud cariñosa con ella, la estuvo consolando durante largo rato hasta que habiéndolo conseguido, decidió dar un paso casi suicida al decirle:
―Teresa, ambas sabemos la realidad en la que te encuentras. Estás sola, sin dinero….― y dando un mayor énfasis a sus palabras― ni siquiera tienes donde vivir. ¡Necesitas ayuda o terminarás durmiendo en la calle!
Teresa no estaba preparada para oír la verdad de los labios de una extranjera y por ello, desmoralizada se hundió en su asiento y se puso a llorar.
«¡Qué cabrona!», exclamé al descubrir por donde iba Ana, «va a aprovecharse de sus penurias».
Y así fue, sentándose a su lado, la abrazó y mientras la acunaba entre sus brazos, le susurró:
―Sé lo que sientes. Yo pasé por lo mismo― la muchacha al escucharlo, la miró buscando su auxilio y fue entonces cuando mi prima le soltó: ―Te juro que incluso pensaba en la muerte, cuando Don Evaristo se apiadó de mí y acudió en mi ayuda. Todavía hoy me alegro de haber aceptado sus condiciones.
La pobre cría supo que no iba a resultar gratis que ese potentado le echase una mano pero aun así no pudo más que preguntar a la mujer que tendría que hacer ella para ser socorrida también. Dando la vuelta al argumento, le soltó:
―¿Qué estarías dispuesta a dar?
―No tengo nada― sollozó destrozada.
Sabiendo que era el momento de revelar sus cartas, mi prima llevó una de sus manos hasta la barbilla de la cría y levantándole la cara, replicó:
―Te equivocas. Eres preciosa. Mi jefe tiene una oferta para ti pero no sé si quieres escucharla.
Angustiada con las negras perspectivas que se abrían ante ella, la joven hizo acopio de sus fuerzas y respondió:
―Quiero oírla, nada puede ser peor que la situación donde estoy ahora.
Por la sonrisa que lució en su cara, comprendí que Ana ya se sabía ganadora antes de planteársela y por ello no se anduvo con paños calientes cuando llevando la mano al escote de esa mujercita le dijo:
―Mi dueño es un hombre viejo. Sabe que se muere y por eso quiere, además de ser feliz durante sus últimos años, dejar todo atado para su hijo.
―No entiendo― contestó muerta de corte al notar que la rubia le estaba acariciando los pechos sin ningún pudor― ¿Cuál es su oferta?
―Si aceptas formar parte de su harén, al morir, te convertirías en la esposa de su hijo. Nunca te faltará nada, serás rica por el resto de tus días.
La filipina tardó en contestar porque se había quedado petrificada al sentir los labios de esa mujer jugando con sus pezones. Por la expresión que contemplé, una vez repuesta de la sorpresa, comprendí que no le estaba resultando desagradable la experiencia. Aunque estaba incomoda, observé que Teresa no podía dejar de mirar de reojo el escote de Ana mientras esta se dedicaba a lamer sus pechos.
Mi prima incrementando la presión sobre la cría, dejó caer su vestido. Esa desvergonzada acción, dio a su víctima una visión clara de sus enormes pechos.
―No soy lesbiana― sollozó avergonzada al notar que contra su voluntad bajo su ropa sus oscuros pezones se le habían puesto duros, producto de una desconocida excitación.
―Yo tampoco, pero tu futuro dueño quiere saber qué estás dispuesta a servirle.
Asustada por sentir que le atraía una mujer, tragó saliva al experimentar nuevamente los mordiscos de la rubia sobre sus areolas. La temperatura de esa escena fue subiendo en intensidad por momentos y no contenta abusar de esa forma de la chavala, acercó su boca a la de Teresa para acto seguido forzar esos labios juveniles con la lengua.
«¡Joder con Anita! ¡Qué rápido ha aprendido!», sentencié al admirar la facilidad con la que se desenvolvía en ese papel.
La dulzura y sensualidad de ese beso, lento y cariñoso, tan alejado de la brutalidad con el que el anciano cerró el trato con ella, me excitó. Pero aún más notar como la niña no se quejaba cuando posó delicadamente esas enormes tetas contra sus pequeños senos.
«Teresa, o estaba muy asustada, o ya tenía una vena lésbica», me dije al testificar en diferido que no intentó separarse cuando mi prima con una mano sobre su trasero, la obligó a pegar su sexo contra el de ella.
Durante unos segundos, vi que la filipina dudaba. Quizás previendo que esa unión contra natura que iba a tener lugar chocaba con los principios morales de su educación. Ana se percató de sus titubeos y por ello, comenzó a bajar con un ligero lametón por su cuello mientras le decía:
―Tranquila cariño, a partir de hoy, nada te faltará.
Esa promesa y las extrañas sensaciones que recorrían su cuerpo, hicieron que lentamente se fueran diluyendo sus reparos y ya parcialmente entregada, gimió de placer al notar que deseaba sentir nuevamente esos labios de mujer en sus endurecidos pezones.
―Tengo miedo― suspiró abochornada.
―¿Es tu primera vez con una mujer?―, oí que mi prima le preguntaba.
―Es mi primera vez―, contestó bajando su mirada, dejando claro tanto a Ana como a mí que era virgen.
La sonrisa que vi nacer en el rostro de mi prima, me informó que lejos de retraerla en su decisión de abusar de ella, el saber que era totalmente inexperta azuzó el morbo que sentía. Y sin hacerse de rogar, despojó del vestido a la muchacha dejándola totalmente desnuda.
―Si quieres le digo a Don Evaristo que no aceptaste y paro.
Teresa se quedó horrorizada al comprender la velada amenaza que contenían esas palabras y llevando sus manos hasta el cuerpo de mi prima, le bajó las bragas mientras le decía:
―Hazme tuya.
―¿Seguro?―, preguntó la muy zorra, sabiendo de ante mano la respuesta.
―Sí― ratificó la morenita casi gritando.
Ana no esperó más y separando las piernas de esa inexperta con las suyas fue bajando por el cuerpo de la indefensa niña. Al llegar a su ombligo, se detuvo brevemente, jugando con él mientras sus dedos separaban los labios de ese virginal sexo, dejando su botón por primera vez al descubierto.
―Tendrás que afeitarte― le aviso mientras con las yemas traspasaba la frontera visible que delimitaba ese terso vello púbico y sin esperar su aprobación acarició con sus dedos ese nunca antes toqueteado y prohibido clítoris.
«Se lo va a comer», intuí al ver que la punta de su lengua se aproximaba a ese preciado secreto y tal como había previsto, pude admirar cada vez más excitado cómo con una exasperante lentitud se fue acercando. Durante una eternidad en la pantalla, fui testigo de su avance hasta que ya sobre su meta, Ana expelió su aliento sobre el coño de la morena y ella chilló.
No tuve que ser ningún genio para comprender que ese aullido era el símbolo de su derrota. Y mientras comenzaba a pajearme, la televisión me retrasmitía fielmente el momento en que mi prima tomaba posesión de esa horrorizada y excitada muchacha.
«La tiene a punto de caramelo», murmuré imprimiendo mayor velocidad a mi muñeca al contemplar cómo poco a poco la rubia melena de Ana se iba sumergiendo entre las piernas de Teresa.
Ya convencida de su deseo, mi prima recorrió los pliegues de su víctima, concentrándose con la lengua en su ya erecto botón. El efecto de esas forzada caricias fue inmediato y gozoso confirmé que el placer la subyugaba y que retorciéndose sobre ese sofá, la inexperta jovencita se corría. Hasta a mí me sorprendió la violencia de su orgasmo y los gritos que surgieron de su garganta, mientras su nueva amante bebía sin parar de su flujo. Divertido comprendía que había dejado atrás antiguos prejuicios.
Ana y su insistencia en evitar que nada se escapase de su boca, prolongaron el placer de esa cría que ya inmersa en éxtasis continuado hambrienta, le pedía más.
―Tranquila, amorcito― susurró a modo de respuesta mientras entrelazaba sus piernas con las de ella haciendo que por fin sus dos humedades se hicieran una.
―Lo necesito― Teresa chilló fuera de sí y con las hormonas de una hembra en celo al experimentar los mojados pliegues de la rubia frotándose contra los suyos.
Ese inconfesable deseo, dicho en voz alta, fue el banderazo de salida para que ambas mujeres se fusionaran en un cabalgar mutuo. Ninguna tuvo ya reparo en compartir besos y fluidos, al contrario, impelidas por una descontrolada pasión se abrazaron a Lesbos con mayor fuerza.
―Manuel, tú y yo vamos a ser muy felices― gritó mi prima mientras usaba sus manos para aferrarse a los pechos de esa niña forzando así el contacto.
―¿Quién es Manuel?― aulló desbocada al experimentar que, por segunda vez en esa tarde, su sexo se licuaba.
―Mi amor y tu futuro marido―suspiró la rubia también dominada por el placer.
Ni que decir tiene que me sentí alagado por ese comentarios pero aún más cuando vi que ambas se retorcían llenas de placer mientras se besaban y como si estuviera cronometrado, exploté uniendo mi gozo a suyo aunque fuera años más tarde…

Me preparo para encontrarme con Ana.
Una vez había acabado de ver ese cuarto video, me quedé pensando en lo que sabía de esas dos mujeres para así planear mis siguientes pasos. Por una parte tenía claro que ambas aceptaban de buen grado las decisiones que había tomado Evaristo sobre nuestras vidas. Desde mi llegada a Filipinas, me había enterado de la oculta atracción que mi prima sentía por mí y que el hijo que esperaba era mío. De Teresa sabía que provenía de una familia rica caída en desgracia y que había acordado con el difunto que sería mi esposa. Por otra parte, a través de esas películas, sabía a ciencia cierta que eran amantes y que las dos compartían una vena sumisa de la que podía aprovecharme.
Por ello una vez saciada mis necesidades urgentes con una paja, decidí que aunque ese cerdo no me había tomado en cuenta, iba a seguir lo planeado por él porque me gustaba el halagüeño futuro que había proyectado.
«Sería un imbécil sino lo hiciera», medité, «una jovencita por esposa legal y a mi prima como concubina, ¿para qué quiero más?».
Con Ana ya había dado los primeros pasos y obviando su teórico desprecio por mí, la había masturbado. Mi prima era una fruta tan dulce y madura que, aunque solo tenía que estirar el brazo para hacerla mía, resolví que fuera la última. En cambio, Teresa era otra cosa. Aunque ya me había acostado con ella, nuestra relación era de iguales, de socios y eso no era lo que quería para los años venideros. Necesitaba hacerla mía totalmente. Ya había tenido su cuerpo pero me urgía que su mente y su alma se entregaran a mí.
«Debo conseguir que beba de mis manos», argüí. El problema era como hacerlo. Sabía que podía forzar su sumisión a través del adoctrinamiento pero eso solo me garantizaría una “fidelidad” sexual cuando lo que quería era que Teresa se levantara cada mañana pensando en cómo hacerme feliz.
Tenía claro que esa jovencita sentía algo por Ana. Mi duda era si era amor, gratitud o únicamente sexo. Necesitaba saberlo porque de eso dependía cómo actuar. Si lo único que albergaba por mi prima era físico, tendría que hacerlo solo. En cambio si estaba enamorada de ella, debía usar el amor que mi prima sentía por mí para seducirla.
El problema es que no podía esperar, había quedado con Ana en tres horas y tenía que actuar. Por ello decidí afrontar el tema y llamé a Teresa, quedando con ella que me vería en mi casa inmediatamente.
Los diez minutos que tardó en llegar, los dediqué a ordenar mis ideas y tras analizar su personalidad, zanjé que debía explorar hasta donde Teresa se había visto afectada por el adoctrinamiento del que había sido mi “oculto” progenitor, aunque para ello tuviera que usar su condición de huérfana.
Por ello, la esperé en mi cuarto, sabiendo que esa habitación había sido el lugar donde básicamente Evaristo la había “educado”. La joven, ajena a mis planes, no sabía lo que se le venía encima y alegremente me saludó, sin extrañarle que fuera en bata.
―¿Cómo te llamaba Evaristo?― pregunté sin siquiera mirarla.
Mi pregunta la cogió desprevenida y totalmente colorada, respondió.
―Teresa.
―No mientas, putita― insistí. ―¿Cuál era tu nombre?
La chavala comprendió lo que le estaba preguntando realmente y bajando su mirada, contestó:
―Minina.
Supe que era verdad y sin darle tiempo a prepararse, ordené:
―Minina, prepárame el baño.
Sabiéndose descubierta, no pudo más que obedecer y en silencio, fue a prepararme el jacuzzi. Satisfecho, me puse una copa, tras lo cual fui a reunirme con ella. Al entrar casi se me cae el vaso porque me encontré a esa jovencita arrodillada sobre el mármol. Mi sorpresa se vio magnificada cuando incapaz de mirarme, la filipina me extendió una toalla a mis pies mientras me decía:
―Señor, ¿quiere que su minina le bañe?
Os juro que estuve a punto de soltar una carcajada pero, en vez de ello, actuando como su amo, me metí en el jacuzzi sin mostrar ninguna sorpresa por su comportamiento. Teresa al ver que asumía el papel que en vida era de Evaristo, sonrió mientras me decía:
―Señor, ¿le apetece que su minina le enjabone?― muerto de risa, accedí y sin darle importancia, permití que la secretaria y amante de Ana se comportara como mi sumisa.
Cerrando los ojos, disfruté de la dulzura de sus caricias mientras extendía el jabón por mi cuerpo. Sus dedos recorrieron mi pecho tan lentamente que me dio la impresión que en vez de bañarme, Teresa me estaba adorando. Esa entregada actitud me obligó a analizar las razones por las que había cedido tan rápidamente, pero tras pensarlo solo saqué en claro que no le desagradaba en absoluto sentirse de mi propiedad. La minina me confirmó ese extremo excediéndose en su petición inicial. Sin pedir mi permiso, Teresa llevó su mano hasta mi entrepierna y se puso a masajear mis huevos mientras sus ojos brillaban intensamente.
«La pone cachonda servirme», confirmé al percatarme que habiendo dejado bien enjabonados mis testículos y mientras me masturbaba, su otra mano había buscado acomodo entre sus muslos.
«Se está pajeando», sonreí y más excitado de lo que debía de haber demostrado, saqué mi brazo del jacuzzi y levantándole la falda, descubrí que esa putita no llevaba ropa interior. Sorprendido busqué con la mirada sus bragas y tras no hallarlas en el baño, comprendí que no las tenía puestas cuando había llegado a mi habitación.
«Debió prever que no tardaría en quitárselas», sentencié mientras con mis dedos recorría el desnudo trasero de esa cría. Teresa al notar mi caricia sobre sus nalgas, no pudo reprimir un gemido y reiniciando la paja con la que me estaba obsequiando, me soltó:
―Señor, esta minina no se merece sus mimos. Se ha portado mal.
Asumiendo que quería que le preguntase por qué consideraba que me había fallado, preferí no hacerlo e incrementando la acción de mis dedos, exploré con ellos la raja de sus cachetes mientras le decía:
―Minina, ¿qué es lo que te mereces?
Forzando ese contacto moviendo sus caderas y tras unos segundos de indecisión pero sin hacer intento alguno para que dejara de sobar su entrada trasera, Teresa me contestó:
―No me atreví a reconocer en usted a mi futuro dueño. Desde que entré en esta casa, sabía que mi destino era ser suya. En vez de presentarme como su sierva, me propuse seducirle. Necesito su perdón…― respondió y justo cuando creía que había acabado, soltó casi llorando: ―…merezco unos azotes para que otra vez recuerde quien es mi dueño y señor.
Sus palabras me dejaron alucinado porque no solo se mostraba abiertamente como sumisa sino que excedía lo pactado con Evaristo. El acuerdo tácito era que sería legalmente mi esposa pero en ese momento, Teresa me estaba pidiendo ser mi esclava. Ejerciendo el poder que voluntariamente me había concedido, le solté:
―Para eso, debería primero aceptarte.
La chavala se quedó petrificada al escucharme porque si no la reconocía como tal, se vería nuevamente en la calle. Los temores sobre su futuro nublaron su mente y cayendo en el llanto, me rogó que no la echara porque no tenía donde vivir.
En silencio, la coloqué al lado de la bañera con el culo en pompa y reinicié mis toqueteos sobre su sexo mientras pensaba en cómo sacar partida de su angustia. Tras unos minutos, acariciando sutilmente su clítoris y torturando su cerebro, me levanté y le exigí que me secara.
Teresa, para entonces y aunque estaba a punto de correrse, se veía fuera de mi vida. Al ver mi erección, pensó esperanzada que era una prueba y que lo que realmente le estaba pidiendo era que me la comiera. Por eso, esperó a que saliera del jacuzzi para arrodillarse a mis pies y comenzar a besarla con una pasión que me impidió durante unos segundos rechazarla.
«Mientras siga pensando que voy a echarla, no podrá mentirme», pensé y por eso lanzándole una toalla, le solté:
―Sécame, minina. ¡No te he dado permiso para mamármela!
El terror volvió a su rostro y obedeciendo de inmediato, se puso a secar mi piel mientras, en ella, luchaban entre sí el convencimiento de mi repudio y la necesidad de convertirse en mi sierva. No tardé en comprobar quién había ganado al observar que su pequeño cuerpo temblaba de deseo mientras pasaba la toalla por mis muslos al ver a escasos centímetros de su cara una erección que le estaba prohibida.
«Aunque tiene miedo, le pone cachonda el sentirse indefensa», certifiqué al observar que se le habían puesto duros sus negros pezones.
Deseando seguir hurgando en esa herida y así incrementar su excitación, al terminar de secarme le exigí que me siguiera a mi cuarto y ordenándola que se quedara de pie frente a la cama, me tumbé en ella. Tras acomodar mi cabeza sobre la almohada y mirándola a los ojos, llevé mi mano hasta mi pene y lentamente comencé a masturbarme.
―¿Por lo que entiendo quieres que yo sea tu dueño?― pregunté con un deje de frialdad en mi tono.
Teresa al oírme, involuntariamente juntó sus rodillas al experimentar que su entrepierna estaba húmeda como pocas veces y sabiendo que de lo que ocurriera en esa habitación dependía su futuro, mordiéndose los labios contestó:
―Lo que más deseo en este mundo es que usted permita a su minina servirle.
Sin cambiar la expresión seria de mi cara y mientras seguía meneándomela sin parar, la contesté:
―Antes de tomar una decisión, quiero que me aclares unos detalles.
Nuevamente la esperanza brilló en su cara y acercándose a la cama, la filipina se traicionó al demostrar la urgencia que tenía en ser aceptada diciendo:
―¿Qué desea saber?
Supe que la tenía en mi poder y recreándome en ello, ordené a la muchacha que se sentara a mi lado. Teresa al escucharlo, buscó asiento sobre el colchón y acercando su boca hasta mi glande, recorrió sus bordes con un largo lengüetazo para acto seguido levantar su mirada y decirme:
―Su minina le escucha.
La inseguridad de la muchacha que manaba de su frase era tal que sin pensármelo dos veces, directamente, le pregunté:
―¿Quién eres realmente? Teresa, la ambiciosa secretaria de mi prima, o Minina, una cachorrita en busca de dueño.
Al escuchar la pregunta, me dijo:
―Las dos. Soy Teresa Torres, una mujer que teme al futuro y por eso es ambiciosa y Minina, una cría que ha perdido a su maestro y que sabe que usted puede sustituirlo.
Su dolor al reconocerlo fue tan palpable que no tuve que ser un genio para comprender que esas preguntas estaban reavivando viejos temores y mientras ella se quedaba sin saber qué hacer, decidí seguir interrogándola:
―Dime minina, ¿qué sientes por Ana, tu jefa?
Sabiendo que ese era el eje central alrededor del cual giraría nuestra relación, no me importó que se tomara unos segundos en contestar. Se le veía a la legua que temía que su respuesta no fuera la que yo esperaba y por eso casi llorando contestó:
―La zorra que, al seducirme, hizo que aceptara mi naturaleza y la dama de la que me enamoré.
La sinceridad de sus palabras me cautivó porque sin ningún tapujo había reconocido que se sentía una sumisa y que entre mi prima y ella había algo más que sexo. Fue entonces cuando queriendo saber realmente a que me enfrentaba le pedí, mientras pasaba mi mano por sus pechos, que me fuera sincera y me dijera quién era yo.
―Mí único destino. Cuando me comprometí a ser su esposa, pensé que era un mal menor pero gracias a Gatita he comprendido que con usted nos ha tocado la lotería y que a su lado seremos muy felices las dos.
No me pasó inadvertido que se hubiese referido a Ana con el nombre de sumisa y premiándola con un suave pellizco en uno de sus pezones, insistí incluyendo a mi prima en la pregunta:
―¿Qué me ofreceís si os acepto a las dos?
―Ummm― gimió descompuesta para acto seguido continuar diciendo:― ―Si nos acepta, seremos sus más fieles zorras. Dedicaremos nuestras vidas a hacerle feliz.
Cómo comprenderéis me esperaba esa respuesta pero aun así me excitaron sus palabras y obligándola a ponerse a cuatro patas sobre el colchón llevé mi mano hasta su sexo y mientras toqueteaba sus pliegues, decidí llevarla hasta el borde del orgasmo. La inquietud de Teresa se trasmutó en deseo cuando sintió dos de mis yemas adueñándose de su clítoris y paralizada por el placer, sollozó de gozo mientras me decía que era mía.
Satisfecho, recompensé a esa zorrita introduciendo un par de mis dedos en su interior. Teresa al experimentar la intrusión de mis dedos, sintió renacer con fuerza su esperanza y antes de que me diera cuenta, colapsó sobre las sabanas corriéndose.
«No debía haberla dejado llegar», me eché en cara al verla disfrutar. Cómo ya no podía hacer nada por remediarlo, profundicé en su inesperado clímax, metiendo y sacando mis falanges con rapidez.
Nuevamente esa joven me sorprendió cuando sin todavía terminar de correrse, sonriendo, me soltó muerta de vergüenza:
―Don Evaristo me pidió que, llegado este momento, le tenía que informar de una cosa…
Qué mencionara a ese desalmado, me cabreó y por ello, dejando de masturbarla, le pedí que me dijera que era eso tan importante. La cría se dio cuenta de mi cambio de humor y casi llorando, respondió:
―El maestro me adiestró en la cama pero dejó claro que era usted, el encargado de enseñarme las delicias del sexo anal.
Implícitamente me acababa de decir que su culo seguía virgen y que creía que para aceptarla tenía que tomar posesión de él. Sin medir mis actos y deseando comprobar si era cierto, me incorporé tras ella y abrí sus dos nalgas para inspeccionar su entrada trasera. Ni os imagináis la calentura que sentí al confirmar que al menos exteriormente parecía no haber sido usada.
―¿Me estás entregando tu culo?– pregunté mientras entre mis piernas mi pene reaccionaba con una brutal erección ante tamaña belleza.
Aunque era una pregunta retórica, no dudó en responder con hechos y usando sus propias manos para separar ambos cachetes, susurró su entrega diciendo:
―No puedo darle algo que ya es suyo. Su padre lo reservó para usted.
La renuncia que se escondía tras esa afirmación me hizo obviar que mencionara el parentesco que me unía con ese cerdo y pasándolo por alto, abrí un cajón de mi mesilla y saqué un bote con crema. Los ojos de la morena reflejaron temor pero no queriendo contrariarme, posando su cabeza sobre la almohada, alzó su trasero para facilitar mis maniobras.
Aprovechando las comodidades que me estaba brindando, cogí entre mis dedos una buena cantidad y tras untar de crema su esfínter, metí una de mis yemas en su interior diciendo:
―Te acepto como mi minina pero ahora relájate.
Mis palabras la hicieron feliz y viendo despejado el horizonte, me contestó:
―Llevo años soñando que cierre el trato de esa forma. Gatita me aseguró que llegado el momento me iba a doler pero que usted conseguiría volverme loca.
Que supiera que iba a dolerle, no fue óbice para no tener cuidado y sabiendo que si me apresuraba iba a causar un destrozo en ese virginal culito, seguí relajándoselo durante un buen rato antes de atreverme a forzarlo con un segundo dedo. Teresa, al notar mis recelos, me rogó:
―No puedo más, ¡necesito ser su minina!
Era tan grande la calentura de esa morena que cada vez que embutía mis falanges dentro ese ojete, todo su ser temblaba de placer. Asumiendo que estaba dispuesta, me permití el lujo de dar un azote a una de sus nalgas antes de introducir una tercera yema en ese orificio.
―Me encanta― berreó sumida en una lujuria sin par y demostrando ante mis ojos su entrega, llevó sus manos hasta los pechos para acto seguido dar un duro pellizco en cada uno de sus negros pezones, buscando quizás el calmar su excitación.
La jugada le salió mal porque todavía estaba metiendo ese tercer dedo cuando mordiendo la almohada, Teresa se corrió sonoramente. Su renovado placer me hizo no esperar más y mientras mi minina se retorcía gozosa sobre las sábanas, embadurné mi órgano con la crema antes de colocar mi glande en su virginal entrada:
―¿Estás segura que quieres ser mi putita para todo?― pregunté mientras jugueteaba con su esfínter.
Teresa no contestó. En vez de ello, dejó caer su cuerpo hacia atrás lentamente para que con ese sencillo acto mi verga fuera haciéndose dueña de sus intestinos poco a poco. Sin quejarse pero con un rictus de dolor en su rostro, siguió presionando sobre mi pene hasta que se sintió empalada por completo.
Entonces y solo entonces, rugió diciendo:
―Lo tiene enorme.
Confieso que al escuchar esa afirmación, disfrutar de ese trasero se había convertido ya en una obsesión pero no debía forzarlo en demasía para que en el futuro Minina siguiera entregándomelo con tanta alegría. Por ello, decidí darle tiempo y esperar a que ella diese el siguiente paso. Mientras aguardaba ese momento, aproveché para acariciar con dos de mis yemas su hinchado clítoris. Ese doble tratamiento consiguió que esa muchacha se relajara y levantando su cara de la almohada, me imploró que la tomara.
Su respiración entrecortada y el deseo que manaba de sus palabras, vencieron mis reticencias y asumiendo que estaba dispuesta, con ritmo pausado fui sacando mi pene de su interior. Mi lentitud exacerbó su calentura y cuando todavía tenía la mitad de mi verga en su interior, Teresa con un breve movimiento de caderas se la volvió a encajar hasta el fondo.
―Hazme tuya, ¡por favor!― chilló descompuesta por el lento compás de mi ataque.
Vi en su pedido, la luz verde que necesitaba para iniciar con ella un sensual juego. Mientras yo hacía todo lo posible por sacársela, Teresa lo evitaba al empalarse con ella nuevamente. De modo, nuestro ritmo se fue incrementando paulatinamente, consiguiendo que nuestro lento galope inicial se fuera desbocando mientras mi minina no dejaba de gritar acelerara. Como comprenderéis, acepté su sugerencia y por eso al poco tiempo, apuñalaba con mi verga el interior de sus intestinos.
―¡Toma a tu puta!― aulló, voz en grito, al sentir mis manos apretujando sus dos pechos. Los chillidos de esa mujercita eran tan fuertes que temí que desde su casa, mi prima los escuchara pero eso me excitó y deseando que fuera así, solté otro duro azote sobre una de sus ancas mientras le exigía que diera rienda a su placer.
La filipina al experimentar el dolor de esa nalgada sintió que nuevamente el placer se acumulaba en su mente y olvidando que yo era su dueño, me exigió que le diese más, confirmando de esa manera que le gustaba ese tipo de trato. Como a buen seguro aceptaréis, no tuvo que decírmelo una segunda vez y alternando de una nalga a la otra, marqué el compás de esa sodomía con el sonido de mis azotes.
―¡Qué locura!― aulló al notar que las nalgadas lejos de cortar su excitación, la estaban incrementando.
Ni que decir tiene que disfruté de su entrega hasta que, con su trasero totalmente colorado, se dejó caer sobre las sábanas y ante su propia sorpresa, se vio inmersa en un orgasmo brutal.
―¡Siga rompiendo mi culo!― exclamó al experimentar que su cerebro estaba a punto de explotar y que todas las células de su cuerpo entraban en ebullición al sentir la llamarada de esa mezcla de dolor y gozo que desgarraba su anteriormente virginal ojete.
Los gritos de mi sumisa fueron el empujoncito que me faltaba y cogiendo sus negras areolas entre mis dedos, las pellizqué con dureza mientras seguía machacando su estrecho culo con mi pene. Esos pellizcos fueron su perdición y sin poderlo evitar, se corrió dando enormes berridos.
Al reconocer su derrota, me concentré en mí y apuñalando su esfínter cruelmente, derribé las últimas murallas que evitaban que fuera completamente de mi propiedad.
―¡Ya no soy Teresa! ¡Soy solamente su minina!― consiguió gritar antes de caer agotada sobre las sábanas.
Su renovado orgasmo coincidió con el mío y uniéndome a su placer, premié su entrega con mi simiente. Teresa al notarla en sus intestinos, decidió no fallarme y moviendo sus caderas, no cejó en su empeño hasta que consiguió que no saliera una gota más de mis huevos.
Contento con mi labor pero exhausto, me tumbé a su lado. La filipina me abrazó agradecida y llenándome con sus besos, me juró que me sería fiel hasta la muerte. Os parecerá raro pero aunque al romperle el trasero había sellado nuestra unión, comprendí que esa niña adoraba también a mi prima y por ello, acariciando su negra melena, le solté:
―Necesito que me ayudes a seducir a Gatita.
Levantando su cara de mi pecho, me miró incrédula y contestó:
―Mi amada está ya loca por usted.
Descojonado, contesté:
― Es demasiado orgullosa para reconocer que es mía.
Teresa comprendió el problema y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, me respondió:
―Haré que esa zorrita nos confiese que su mayor deseo es que nos permita formar entre los cuatro una familia.
―¿Cuatro?
Viendo mi sorpresa, riéndose me dijo:
―Nosotras dos, usted y nuestro hijo.
Escuchar que se apropiaba del retoño que crecía en el vientre de Ana no me molestó, es más, acariciando su bello trasero, le solté:
―Te equivocas, vamos a ser muchos más. ¡Al menos una docena! ¿O no crees que esté deseando que Gatita y Minina me den más cachorritos?….

CONTINUARÁ