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Siempre tuve una relación especial con mi prima Marina. Desde pequeños había una química extraña entre nosotros, y no hablo sólo de atracción física. A pesar de nuestra diferencia de edad (yo soy 3 años mayor que ella) tengo hasta recuerdos infantiles de jugar a las casitas con ella. No me explico cómo lo conseguiría, porque yo siempre me he considerado un “chico malo”, y me solía comportar como tal. Así que no sé cómo se las apañaría para hacerme jugar a los papás con muñecos. Supongo que desde chiquitita ya tenía algo que me hacía sentir atraído por ella y estar, hasta cierto punto, en sus manos.

En realidad, tampoco es que compartiéramos tantos momentos porque vivíamos en distintas ciudades y sólo coincidíamos en acontecimientos familiares muy concretos (bodas, bautizos y comuniones). De hecho, era normal que pasasen años sin vernos. Pero, incluso después de esos años, sólo con que nuestras miradas se cruzaran sabíamos que estábamos en “territorio amigo”, y sólo con compartir unos minutos, nos sumergíamos en una bonita sensación de bienestar por estar juntos. Había algo en ella que me transformaba y me hacía dócil en su presencia, a pesar de mi habitual rebeldía.
Según pasaron los años, ella se fue convirtiendo en una bella adolescente. Su cuerpo fue tomando forma, hasta el punto de recordar sentirme orgulloso de caminar a su lado cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Su pelo se fue rizando, sus pestañas largas y curvadas enmarcaban unos inmensos ojos oscuros, sus pechos se hicieron rotundos, redondos, sin ser exageradamente grandes. Sus labios adquirieron volumen junto con el resto de su cuerpo dándole un aire sensual, pero su sonrisa hacia mí siguió siendo siempre cálida y confiada.
Por aquellos años, empezamos a coincidir con más asiduidad en las fiestas del pueblo de nuestros abuelos. Nuestra complicidad se hizo mucho más sólida. Imaginad aquellos tiempos y aquellas fiestas de pueblo pequeño. Mi máximo interés de chico de 16 años era enrollarme con todas las chicas posibles de mi propia pandilla y de las de los pueblos de alrededor. Mi insaciable curiosidad y mi carácter siempre revoltoso me llevaban a ello. Con ellas llegaba siempre allá donde me dejaban, y solía tener cierta habilidad para llegar más allá. A mi favor contaba con que el poco tiempo que pasaba allí, sólo la semana de fiestas, hacía que fuese novedad en el grupo. Además, me había creado una cierta fama de chico malo y no tenía escrúpulos para explotarla. Marina, más jovencita, me miraba comprensiva mientras flirteaba a su vez con aquellos chicos de su edad sin llegar nunca a los límites que yo sobrepasaba. Bueno, de esto no estoy seguro, pero me gustaba pensar que era así.
Lo que sí que sé y recuerdo es que, después de las locas noches de verano, a la mañana siguiente, solos en el banco a la puerta de casa, me pedía fervorosamente que le contase todo lo que hacía con ellas, y yo adornaba el lado romántico de las historias y descafeinaba el morboso. Nos dejábamos calentar por el sol, a veces aún en pijama. Era mi niña en el sentido platónico de la palabra. La protegía y cuidaba, y cuando podía me reía de ella. Recuerdo la noche que, en unas fiestas del pueblo de al lado, se le desprendió un botón de su blusa y se le veía el sujetador. Yo le insistía en que me dijese quién se lo había roto, que alguien había metido su mano ahí y que me dijese quién. Ella se sonrojaba y me daba algún empujón diciendo con acento aniñado “déjame…”. Entonces insistía con la broma alabando su gusto por la ropa interior y decía que yo también quería meterla mi mano ahí porque las tenía frías, que qué había que hacer. Ella se debatía entre la risa abierta y la turbación, pero os juro que había algo travieso en su mirada. Era algo muy inocente pero era nuestro mundo.
Era genial.
Luego, acababa el verano y cada uno a su ciudad. Cada uno con su propia vida y cada uno con sus propias relaciones de adolescentes. A veces, en el frío invierno la recordaba y entonces me moría por estar con ella, por saber más de ella, pero los primos no se enrollan. Todo el mundo lo sabe. En todo caso en sueños. En esos sueños volvían a mí las sensaciones de su pecho rozando el mío en aquellos bailes de fiestas de pueblo que a veces nos concedíamos, el color bronceado de su cuerpo adolescente en la piscina, nuestras charlas y nuestros momentos en casa. Con todo y con eso, nunca intenté nada con ella. Quizá eran otros tiempos, o quizá yo, creyéndome malo, era un chico inocente.
En aquel pueblo y en las fiestas se bebía mucho. Calimochos, cervezas, copas… encima las noches de fiesta acababan con un chocolate caliente hecho al fuego en una lata, y cada pandilla de amigos se buscaba un rincón oculto de miradas indiscretas donde realizarla. Os podéis imaginar cómo llegaba yo a casa muchos de aquellos días. Las charlas del día siguiente de mis abuelos… ummm ahora que ellos me faltan las recuerdo con nostalgia. Había más cariño que reproche. En una ocasión ella bebió más de la cuenta. Sólo recuerdo esa ocasión en que esto pasase. Yo mismo la rescaté de su grupo de amigos y la llevé detrás del frontón para dejar pasar el mal momento antes de volver a casa. Ese día me pidió expresamente que la hiciese lo que a las demás. Me besaba torpemente el cuello mientras la ayudaba a caminar. Cogía mi mano y la llevaba a su pecho de mujer de 14 años y me decía con un toque de amargura que si no me gustaba. Con toda mi ternura la apartaba, manteniéndola a mi lado pero tratándola como la niña que era. Que yo creía que era. Incluso la ayudé a soltarse la ropa para hacer pis tras unos coches, mientras de espaldas respetaba su intimidad. Era mi niña. Una hora después, cuando estaba mejor, la llevé a casa con todo el cuidado para que nadie se diese cuenta que había bebido. Automáticamente, me fui a seguir la fiesta, había una rubia neumática de un pueblo vecino que se me había metido entre ceja y ceja, pero ya llegué tarde para ella. No me importó.
Jamás salió ese suceso en nuestras conversaciones. Pasó y ya está. Ese invierno me vino a la memoria la imagen de ella abrazándome el cuello con fuerza, tratando de besarme y de que la tocase. No la dejé. Los primos no se tocan. Además, Marina sólo tenía 14 años.
El verano siguiente coincidimos muy poco y apenas nos vimos los días finales de la fiesta. No obstante, la última noche ocurrió un episodio un tanto extraño y muy sexual entre nosotros. De hecho estuve mucho tiempo arrepentido y sintiéndome culpable de lo que pasó. Pero lo que pasó, pasó. Ella me había dicho por la tarde que volviese a casa pronto, que este año no habíamos podido “contarnos nuestras cosas”. Además, mis tíos y abuelos habían ido a un entierro a un pueblo a 200 km e íbamos a estar solos. De hecho, era mi obligación estar pendiente de ella pero yo tenía mis propios planes. Llevaba varios días tonteando con una chica más mayor que yo, y también era mi última noche del verano. Así que, después de una tarde de copas de despedida de amigos en el bar del pueblo, estaba tambaleándome cuando aquella chica, tampoco en muy buen estado, se ofreció a acompañarme a casa.
 

No voy a entrar en los detalles, que casi no recuerdo, pero lo que sí está en mi mente es que subimos las escaleras quitándonos la ropa y metiéndonos mano por todo el cuerpo. Había olvidado a Marina y estaba enrollándome en mi habitación con una chica del pueblo. El caso es que estaba penetrándola sobre la cama alta del pueblo. Mi camisa había caído sobre la lamparita y la luz era tenue. Ella tumbada boca arriba, con los ojos cerrados y sus piernas abrazándome mientras yo, de pie, luchaba por que se quedase con un buen recuerdo mío. No podía perder mi fama de “chico malo”. Cuando levanté la vista hacia la puerta, que no habíamos tenido el cuidado de cerrar y estaba entreabierta, allí estaba Marina. De pié tras ella con la luz apagada y una camiseta blanca que yo le dejaba para dormir y le hacía de camisón.

No sé si Marina notaría mi sobresalto, pero yo simulé no haberla visto y continué. No quería enfrentarme a esa realidad pero algo me impulsaba a poner ahora una enorme dedicación en lo que estaba haciendo. Mi pareja gemía cada vez más fuerte, y yo tenía una mezcla de sentimiento de culpa y excitación difícil de explicar. Me había puesto muy caliente la situación. Aún más cuando observaba de reojo como Marina había colocado su mano en sus braguitas, apartando la camiseta y se frotaba delicadamente. Uffffffffffffff. A mi edad estaba viviendo el momento más erótico de mi vida. Yo seguía y seguía y ella también. Ahora mi mirada estaba fija en ella pero no sé si ella, al no haber encendido la luz, pensaba que no la veía. Aún está en mi mente la imagen de su boca, mordiéndose el labio inferior… y sus braguitas, a rayitas blancas y negras. No duré mucho más y me corrí sobre la chica del pueblo que creo que esperaba algo más de mí.
Pero ella a mí no me importaba ya nada. Sólo me importaba Marina. Me aparté de la chica diciendo “vamos, que te tienes que ir” y fui buscando su ropa por la habitación y fuera. Marina ya no estaba. La puerta de su habitación estaba cerrada cuando salía con la otra chica, desconcertada por mi actitud, sujetándola del brazo y guiándola a la puerta. No quería ser malo con ella, pero ahora me sentía fatal de no haber dedicado a Marina mi última noche del verano.
Cerré la puerta tras ella y, temblando de miedo y nervios, subí las escaleras hacia la habitación de Marina. Abrí sigilosamente y susurré “¡Marina!”, pero ella no contestó. Estaba dormida, o al menos parecía hacérselo. Yo estaba excitado y aún algo bebido. Dentro de mí había una mezcla de intenciones hacia Marina que iban desde transmitir todo mi cariño hasta hacer una diablura. Comencé a acariciar su pelo. Ummm era seda. Acariciaba su carita… ella no se movía, y ahora estaba seguro de que se hacía la dormida. Estaba tumbada boca arriba sujetando la manta con sus manos. Suavemente las solté, separé la manta de su cuerpo y me tumbé a su lado. Estaba respirando junto a su pelo, cerca de su orejita. Mi mano tomo vida y se puso a recorrer las curvas de su cuerpo sobre la camiseta. Rozándola suavemente. Sus pezones reaccionaron al instante, pero yo no me detenía en ningún lugar concreto, sólo deslizaba mi mano sobre su cuerpo.
 

Ella no abría los ojos. No decía una palabra. Simplemente se dejaba hacer simulando estar dormida. El momento tenía un punto mágico y morboso. Bajaba hasta la piel de sus piernas y subía metiéndome en su camiseta sintiendo cómo se erizaba su fina piel casi de niña. A continuación volvía a bajar rozando su intimidad, para volver a subir otra vez sobre su camiseta. Ahora iba ejerciendo más presión en algunos puntos. Uffff su pecho era firme y sus pezones duros como el diamante. Sus braguitas estaban húmedas, muy húmedas y a veces me detenía sobre su sexo, para luego seguir mi camino por sus piernas hasta casi sus pies y volver hacia arriba. Con un gesto casi imperceptible había abierto sus piernas y lo tomé como una invitación al pecado. En el siguiente recorrido, descendiendo de su fascinante tripita, mi mano se introdujo dentro de sus bragas alucinado por el calor, la humedad y la seda de su pubis. Ella sólo se dejaba. Era mía, mi muñeca ya era una mujer de tamaño natural. Y era preciosa. Su respiración empezó a acelerarse a medida que mis dedos exploraban su interior. Mi posición, a su lado, era perfecta para presionar su clítoris mientras mis dedos exploraban su interior o los pliegues de sus labios. De fondo el suave chapoteo provocado por mis caricias en su sexo. Había pasado muy poquito tiempo cuando ella estalló en un éxtasis total. Su cuerpo se puso rígido y sus manos apretaban con fuerza un puñado de sábana. No cambió de posición. No dijo una palabra. No abrió los ojos. Se corrió en relativo silencio pero las convulsiones de su cuerpo eran evidentes. Las de su sexo presionaban mis dedos. Fue largo y placentero. Cuando se relajó, volvió la cabeza hacia mí para besar mi mejilla, se hizo un ovillo dándome la espalda, y cogió mis brazos haciéndome abrazarla. No hicieron falta palabras.

Yo tampoco sentía la necesidad de seguir. Eso era lo natural. Tumbados lateralmente mi cuerpo la cubría a su espalda y la abrazaba.

Después de aquel verano, yo me enfrasqué en mi carrera de ingeniería en Madrid y, 3 años después, Marina decidió ir a estudiar su carrera universitaria, medicina, a Barcelona. Nuestros encuentros se hicieron escasos, y a veces me culpabilicé pensando que era por lo ocurrido aquella mágica noche. En realidad fueron las dificultades de los estudios en la carrera, las asignaturas pendientes, la dificultad de viajar… lo que hizo que nos distanciásemos. Dejamos de coincidir en las fiestas del pueblo y no siempre había bodas, bautizos o comuniones familiares. Yo, por aquel entonces ya salía con mi primera novia seria. Una canaria preciosa y con acento musical en su voz, que me proporcionó unos años maravillosos de juergas y cariño. Ummmm las fiestas en aquellos pisos compartidos de chicas. Eso es para otro relato.
Con todo y con eso, aún coincidíamos ocasionalmente en alguna boda, y pasábamos largos ratos hablando y riendo a pesar de nuestras respectivas parejas. Había un acuerdo no escrito entre nosotros por el que siempre buscábamos sentarnos cerca en la mesa, y siempre reservábamos un baile para nosotros. Uffffff su pecho, su olor, el tacto suave de su pelo rizado, su silueta en el vestido de fiesta. Siempre volvía a casa pensando “si no fuera mi prima…”. Siempre fuimos corteses y cariñosos ante los ojos de los demás, pero ello no quita que hubiese un brillo especial en nuestra mirada.
Transcurrieron los años. Yo trabajaba en un prestigioso estudio de arquitectura donde me explotaban vilmente, pero donde me sentía original y sofisticado. Mi vida era algo así como una especie de sexo en Nueva York en masculino. Relaciones turbulentas y atrevidas con chicas triunfadoras y traviesas. Debo ser un poco tierno porque esta parte de mi vida no la recuerdo con tanto cariño jajajaja. Y una primavera, casi esperadamente, llegó la “terrible” noticia de su boda. Se casaba con un catalán y nos había invitado a todos los primos a una barbacoa en una masía para entregarnos la invitación. Mientras me lo comentaba por teléfono, mis sentimientos eran encontrados: me alegraba de la alegría que transmitía su voz, pero a la vez me daban ganas de flirtear con ella. Tenía cierta amargura.
La comida en la masía, en el campo, fue espectacular. Reunión de primos y amigos después de muchos años. Familias cruzadas, que también estaba la de él. Vino, música y sol. Ella estaba preciosa, radiante. Un vestido blanco, estampado con algunas florecitas negras repartidas aleatoriamente, falda de vuelo tipo América años 50, algo entallado en la tripita. Había cogido un poquito de peso y se la veía más mujer, casi tan alta como yo. Sus rizos recogidos en una coleta de la que voluntariamente se escapaban algunos que la caían sobre la cara y los hombros. Su piel dorada. Sus inmensos ojos. Estaba loco por ella, y el vino estaba empezando a hacer efectos en mí. En mí y en todos, así que me hice la nota mental de mantener la compostura. No quería estropearle nada del día. Como siempre, nos habíamos sentado próximos. Estaba frente a ella y bromeaba con sus historias del pueblo, haciendo ver a su prometido que se llevaba una “joya”. Ella a veces me daba una patada cariñosa bajo la mesa, o me acariciaba con su pié mientras reía. Contactos inocentes, pero sólo nuestros. Para mí no eran inocentes.
Poco a poco la comida se iba acabando y, en un momento dado, se acababa el vino y dijo que iba a ir a la bodega a por más. Me dijo, “ayúdame y te la enseño” que es una pasada. Me llevó de la mano abiertamente. Todo era inocente. Decía “bajamos a por más vino. Me notaba un poco ligero de piernas por el vino, estaba detrás de ella mientras bajábamos las escaleras hablando de todo un poco:

 

 

“Así me ayudas, que pesa mucho”
“Ya sabes que yo por mi prima favorita hago lo que sea”
“Además, dirás que soy un poco pava, pero es que me da miedo bajar sola”…
“¿y yo no te doy miedo?? Vaya, yo que siempre he querido ser un malote” le dije divertido
“jajajaja tú me produces otra cosa”
“¿ah síiiiii? ¿Qué te produzco?”
“… morbo” dijo con voz casi inaudible.
“jajajaja, pues no quieras saber lo que siempre me has producido tú a mí”
“ya prefiero no saberlo” dijo con cierta amargura

 

 

En ese momento, no sé lo que pasó, pero el cielo obedeció a mis plegarias… y la bombilla que nos iluminaba hizo “chakkkk” y se fundió. A veces se alinean los astros, y ese fue uno de esos momentos… Se hizo la oscuridad y ella se detuvo… chocando yo suavemente contra ella. Nos sujetamos de los brazos, yo detrás de ella, muy juntos pero sin más contacto.

 

“¿ves? Por estas cosas me da miedo. Por esto y por los bichos.” Dijo con más calma de la que yo tenía
“pues ahora estás con un bicho, Marina, jeje” Yo siempre bromeando
“Ahí adelante hay otra luz” e hizo ademán de ir a palpara la pared
“no la enciendas” dije con cierto tono imperativo que no buscaba pero me salió

 

 

Marina se quedó pegadita a mí, unos segundos… sus manos sobre mis antebrazos sin impedir que las mías ya estuvieran sobre su vestido. Y mi nariz olía su pelo… olía a limpio y a champú de hierbas. Despacito mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo… sus costillas… sus manos acariciaban el dorso de las mías… dijo con un hilo de voz “es una locura” y su respiración se aceleraba.

Mis labios se posaron en su cuello, con suavidad le daba un beso húmedo húmedo en la seda de su piel mientras su respiración me ponía más y más cachondo. El vino, el vino nos había llevado a esto pero yo creo que sin vino pasaría exactamente igual. Punto por punto. Mis manos recorrían todo su cuerpo ya, sus tetas redondas sobre el vestido, notaba la dureza de sus pezones. Jamás se los había visto con luz y hoy, en la oscuridad tampoco lo iba a hacer. La piel de gallina de sus brazos, ummmm las yemas de mis dedos rozaban sus labios y ella intentaba morder mis dedos suavemente.
La empujé suave pero firmemente contra la pared y puso sus manos en ella para evitar chocarse en la oscuridad. Yo sujeté con las mías sus caderas, sobre los huesos que sobresalen a ambos lados y rozaba mi paquete contra su vestido. Estaba inmenso, durísimo. Ella suspiraba, y decía imperceptiblemente mi nombre… o decía “es una locura”. Dije “¿cómo se llaman estos huesos de aquí de los que te estoy cogiendo?” (Marina era ya médico)… dijo entre gemidos “es la cresta ilíaca”. Yo cada vez estaba más excitado. Sabía que tenía que ser rápido y opté por tratarla con cierta brusquedad de movimientos. Brusquedad fingida, porque mis labios en su nuca dejaban claro que mis besos eran cariñosos. Cariñosos y morbosos.
Subí su falda a la cintura y con mis manos recorría su cuerpo bajo el vestido. Sus braguitas eran suaves, de algodón como me gustan… jugaba sobre ellas, sobre la piel de sus muslos, sobre su tripita, pero evitaba llegar a su sexo. Ella jadeaba, restregaba su culo sobre mi pantalón… estaba desatada. Quería darse la vuelta, o soltar las manos de la pared, pero no le dejaba. Decía “deja las manos en la pared, Marina”. Y puse mi mano abierta sobre sus braguitas, abarcando todo su sexo con ella. La mantenía abierta y a veces hacía el gesto de atrapárselo con suavidad, otras hacía ligeros movimientos con mis dedos colocados longitudinalmente sobre su hendidura. Notaba que estaba muy muy húmeda. Completamente depilada, creo, aunque mi mano estaba sobre la tela. Decía “es una locura”, pero cuando hacía ademán de retirarla me la sujetaba entre sus piernas y decía “vamos, por favor, sigue…”. Estaba nerviosa, quería moverse. Seguíamos en la más absoluta oscuridad, lo cual era muy morboso en si mismo.

 

“Deja tus manos en la pared Marina” –ordené
“ummmmmm”

 

 

Metí mis manos en los laterales de su braguita y me agaché deslizándolas sobre sus bien torneadas piernas. Levantó uno y otro pié para que salieran, y las guardé en mi bolsillo, no sin antes pasarlas unos segundos por mi nariz disfrutando del maravilloso olor a feromonas, perfume de canela, a cremita hidratante pero, sobre todo, a mujer. Ya no la percibía como la niña que venía siempre detrás de mí. Ese el olor majestuoso… suave, dulce… no sé, agrio también… despertaba en mí instintos primitivos y salvajes de difícil control… Era sexo puro.
Yo continuaba a la espalda de Marina, de rodillas, y poniendo mi boca sobre su sexo lo recorría longitudinalmente… desde el principio hasta el final y vuelta otra vez. Ella se apretaba contra mí, y yo masajeaba sus glúteos con mis manos, abriéndolos, y todo su sexo con mi lengua. Sólo acertaba a decir “fóllame, por favor, por favor, fóllame”. Estaba loco por hacerlo. Además, no teníamos mucho tiempo.
Así que subí, a tientas recoloqué su vestido sobre su espalda y palpé su culito y su sexo una vez más, situándome apuntando mi polla hacia ella. Uffffffffff se la clave lentamente. Muy muy lentamente, sintiendo como avanzaba cada milímetro dentro de ella. Mientras penetraba en su interior, mis manos se incrustaban en su cadera…. su fina cintura… me permitía tocar sus huesos pélvicos y apretarla fuertemente hacia mi. Y yo metía y sacaba mi miembro dentro de mi prima. Mi prima favorita. Creo que nunca la he tenido tan grande y dura como allí, en la oscuridad de la bodega, con el frío y humedad. Su piel erizada. Sus jadeos.
Estaba loco. Empecé a incrementar el ritmo y ella puso una de sus manos sobre mi culo, para sentir mis movimientos. Sentía como contraía su coñito. Ese coño al que nunca accedí y hoy no iba a poder ver tampoco. Pero cuyo aroma me iba a llevar a Madrid, depositado en sus braguitas. Estaba a punto de correrse… y yo seguía, y seguía. Noté como su mano se ponía sobre su sexo, seguramente masajeando su clítoris, aunque a veces notaba sus dedos sobre el tronco de mi polla. Empezó a contraerse, a gemir tan fuerte que tuve que desplazar mi mano que apretaba fuerte su pezón sobre el vestido, a su boca.
Me encantó sentirla e imaginármela así (estábamos a oscuras)… seguí bombeando despacito, sólo para mí ahora. Disfrutando el calor interior de su cuerpo y sus contracciones. Y muy profundo, sujetando sus caderas, me descargué sobre ella.
Estuvimos en esa posición un minuto más, sintiendo como la sangre iba retornando de nuestros sexos al resto de nuestros excitados cuerpos. Sólo dijo “siempre quise hacer esto”. Y no volvimos a hablar más del asunto. Cuando palpando la pared, consiguió encender la otra luz, me pidió un pañuelo de papel y se lo di. Estaba perfecta, cualquiera diría que hace sólo unos segundos estaba totalmente desatada y ensartada en mi polla.
Cogió al azar unas botellas de vino porque ya teníamos prisa, y volvimos a la fiesta. Como siempre había pasado después de nuestros episodios, no volvimos a hablar de ellos. Sólo a veces, entre la gente, cruzábamos nuestra mirada cómplice. Yo, metía la mano en mi bolsillo y rozaba sus bragas. Ufff sólo pensar que estaba sin ellas puestas, comportándose como una perfecta y radiante anfitriona delante de su prometido me ponía cardiaco. Pero no pasó nada más y no volvimos a hablar de ello.
Unos meses después, su boda fue preciosa. Se los veía totalmente enamorados y felices. Fui solo, no tenía ninguna relación seria en ese momento. Como siempre, Marina reservó un baile para mí. Me dijo que se me veía muy guapo y muy contento, y que era su primo favorito. Ya lo sabía. Aunque me moría por hacerlo, evité la torpeza de pedirle que nos encontrásemos en 10 minutos en los aseos. No era el momento.
 

Nuestras vidas siguieron separadas. Yo continué con mi vida de eterno soltero. Juergas y risas. Aunque en realidad, siempre que soñaba con una chica para mí, esa chica tenía su cara. Ella, profesional brillante, ginecóloga en Barcelona, y esposa ejemplar. Alguna boda, algún funeral, y siempre ternura y cariño hacia mí. Siempre complicidad.

Yo me había aficionado al mundo de las motos. Y tenía una preciosa blanca, roja y azul. Honda CBR 600. Una pasada de moto, de la que os acordaréis. A mí nunca se me olvidará pues fue mi última moto. En vísperas de la navidad de aquél año, antes de cumplir los 30, volvía de Castellón a Madrid cuando el coche de delante hizo un extraño e invadió mi carril arrastrando a mi moto y a mí. Milagrosamente no me rompí más que el hombro izquierdo, pero mi cuerpo quedó completamente magullado y tardé varios días en recuperar la consciencia.
Para empeorar el asunto, contraje una infección indeterminada en el hospital. No sólo estaba dolorido. Estaba decaído y deprimido. En una ciudad que no era la mía apenas tenía visitas. Por lo que tras los primeros días, empecé a encontrarme especialmente mal. Desanimado. Con tanta gente que conocía, casi no tenía apenas visitas. Nadie venía a verme a esta ciudad. Además, mi brazo izquierdo inmovilizado no me dejaba hacer casi nada.
No sé si estaba soñando o despierto, cuando apareció ella. Era al mediodía. Yo no sabía ni qué día era. Estaba más gordita pero igual de preciosa y deslumbrante que siempre. Con un vestido negro, muy ligeramente entallado sobre su cuerpo, dejando ver su incipiente barriguita, la falda le llegaba a la altura de las rodillas y bajo ella medias negras, como a mí me gusta. Su pelo rubio recogido y su sonrisa abierta. Sólo fue entrar ella y la habitación se iluminó. Se iluminó toda mi vida. Yo, al borde de la muerte, y aún me quedo alucinado con su presencia.
Me besó muy cariñosamente mi mejilla, manteniendo sus labios muchos segundos sobre mí y, tras comprobar con ojo experto las medicinas que estaban puestas en mi gotero, se dispuso a sentarse en el sillón ese de acompañante que lo mismo vale para dormir que para sentarse. En ese momento el respaldo no estaba anclado y, como reclina, se le fue la espalda un poco hacia atrás permitiéndome ver involuntariamente sus piernas…. sus medias hasta el muslo…. uffffff
Yo, que llevaba la idea de refunfuñar sobre mi estado y sobre mi suerte, no me queda otra que reírme de su movimiento. Además, empiezo a contemplar la vida de otra manera. Después de haber visto sus piernas, sus braguitas negras, su piel entre ellas y la blonda de las medias, es normal.
Ya no pude contarle penas, sólo hablamos de trivialidades. Ella me animaba comentándome “unos días más en el taller y ya puedes volver a ser el terror de las mujeres de Madrid”. Yo sonreía, en ese momento sólo me apetecía ser el terror de mi prima Marina. Me producía morbo, pese a que sospechaba que pudiese estar embarazada, pero no me atrevía a preguntarle. No por que no tuviésemos confianza, o por si sólo estaba más gordita y pudiese ofenderse. No se lo preguntaba porque algo en mí me impedía hacer la pregunta.
Además, estaba superatractiva. Como siempre. Pero después de tantos días en el hospital, y haber visto debajo de su falda, mi mente que unos minutos antes estaba pensando el la mierda que es la vida en general había entrado en un estado de media excitación y juego… de hecho, nuestras miradas eran traviesas. Llamaron a la puerta y trajeron la comida… joerrrr qué momento para interrumpir. Con lo poco que me apetecía comer. Y menos la comida de hospital… pero ella se acercó a mí, colocó mi almohada para ponerme más erguido y la tuve a pocos centímetros. Oliendo su perfume y mirando sus labios. Colocó la mesita de ruedas ante mí y se dispuso a darme de comer como quien da a un niño desganado.
Me dejaba dar la comida y abría la boca. Decía “muy bien” maternalmente, pero muy despacio puse mi mano útil en su muslo y la fui subiendo bajo su falda…. hizo como que no lo sentía y continuaba dándome la comida. Era alucinante, se dejaba. Y yo mantenía mi mano sobre su piel, justo donde acababan las medias… en el encaje. Subía muy muy despacio entre sus piernas y rozaba el tejido de sus braguitas. Presiono levemente en su sexo, y ella hace un gesto de regañarme sonriendo, pero ve mi carita de perrito abandonado y, sin decir nada, sonríe y se deja hacer. Sigue dándome la comida, maternalmente, como si no estuviese tocando su cuerpo. La situación es flipante.
Ahora yo no hago nada, sólo mantengo mi mano en su piel bajo la falda y con el borde de mi mano rozo sus braguitas. No hago mucho más. Ella al moverse mínimamente para darme la comida se roza ligeramente sobre mí. Creo que se está poniendo caliente. Empiezo a notar una cierta humedad en sus braguitas. Pero no hago nada, sólo mantengo ahí mi mano, como un signo de posesión.
Sólo siento su cuerpo, sus labios, su sexo, pero no hago movimientos. Sólo estoy ahí. Es ella la que se mueve mientras de la cintura para arriba, su cara es de una chica aplicada en alimentarme, de la cintura para abajo se está rozando cada vez más conscientemente sobre mi mano. La mesa esa de hospital, donde va la bandeja, separa dos mundos. Ella me da a mí algo que necesito y yo a ella….
Y le digo… “Marina, cierra la puerta”.
No tuve que decir nada más. Volvió, apartó la mesita de la bandeja de comida y me besó. Impúdicamente, y con lentos movimientos subió su falda y se despojó de sus bragas. Me las dio y las cogí con mi mano buena para acercarlas a mi rostro hechas una bola. Sonrió, me conocía perfectamente. Apartó la sábana, que ya parecía una tienda de campaña donde el mástil era parte de mi propio cuerpo. Subió y se situó a horcajadas sobre mí. Cogió mi miembro y despacio despacio fue descendiendo sobre él hasta que nuestro sexos se tocaron, y poco a poco continuó su recorrido hasta que se fue empalando en mí. Me miraba a los ojos con una expresión tierna y traviesa. Era mi niña.
Mi estado de ánimo había cambiado radicalmente. Ahora era de euforia tranquila. Como siempre con Marina, morbo y cariño, cariño y morbo. Y una gran dosis de erotismo. Una supermujer moviéndose arriba y abajo clavada en mí. Cogió mi mano buena y la puso en su pecho sobre la ropa. Sus tetas eran más grandes que nunca, redondas, duras, sensibles, cálidas. Las amasaba con mi mano, sin furia ni agresividad, pero con presión y ella jadeaba y me miraba sin parar de moverse. No tuvimos que decir nada, sólo mirándonos sabíamos el estado de cada uno. Ella se mordía el labio inferior. Siempre lo hace en estos casos y está preciosa. Tan señora y tan puta a la vez. La visión era espectacular, casi en cuclillas y con su falda subida, su pubis perfectamente rasurado. Mucha humedad y mucho aroma a sexo. Cada vez se iba incrementando nuestro placer hasta que mirándonos comenzó nuestro orgasmo. Se agarró con toda su fuerza a mi cuello y me apretó sobre su pecho. Me dolía un poco el hombro roto, pero no me importaba en absoluto. Estaba en el cielo. En la luna. Jamás había estado mejor. Fué un orgasmo tranquilo pero brutal.
No sé el tiempo que estuvo sobre mí. Creo que acabé durmiéndome por el esfuerzo en mi estado convaleciente. Cuando desperté, estaba a mi lado, sentada en el sillón con las piernas cruzadas leyendo una revista de bebés. Me sonrió y dijo “me alegro de verte, primo”. Y yo contesté “y yo, con el tratamiento que me ha dado, doctora, estoy mucho mejor”. “Ya sabes que siempre voy a estar para cuando lo necesites”. Me besó y volví a cerrar los ojos.
Muchas gracias por llegar hasta aquí. Carlos López. diablocasional@hotmail.com