Sin títuloCristina estaba cansada del viaje. Llevaba 3 horas conduciendo y estaba deseando llegar a casa de su hermana.

Cristina y Raquel siempre habían estado muy unidas. Eran gemelas y habían perdido a sus padres desde muy pequeñas. Se habían criado con sus tíos, hasta que fueron capaces de mantenerse por ellas mismas. Se fueron a vivir juntas pero los estudios acabaron separándolas , Raquel se fue a una universidad de la capital mientras que Cristina se quedó en su ciudad natal.

El viaje había sido de improviso. La última vez que habló con su hermana, le dijo que había dejado sus estudios.

– ¿Por qué has hecho eso? – Preguntó Cristina.

– No me hace falta estudiar, he encontrado un trabajo en el que me va bien y quiero seguir en el.

La cara de sorpresa de Cristina fue mayúscula cuando se enteró de que ese trabajo era ¡de camarera! Sin tener nada en contra de las camareras, pero no era un motivo para que su hermana dejará los estudios. Así que cogió el coche y salió directa a hacerle una visita para hacerla recapacitar.

Una pequeña maleta con los enseres de aseo la acompañaba, su hermana y ella siempre se habían dejado ropa, así que no le hacía falta llevar nada.

Cuando su hermana abrió la puerta se llevó una sorpresa. Siempre habían sido idénticas, misma cara, mismo peinado, las dos morenas. Tenían una buena figura, un culo bien puesto y unas generosas tetas. Pero ya no. Raquel se había cortado el pelo, la zona de la nuca casi rapada y una media melena que coronaba el resto de la cabeza. Además se había tenido el pelo de un rojo intenso. Iba vestida solamente con una camisola, se ve que no esperaba visita.

– ¿R-Raquel? ¿Qué te has hecho?

– ¿Cristina? ¡Qué alegría verte! ¿Cómo es que has venido?

Raquel se lanzó a su hermana dándole un cariñoso abrazo.

– Pasa, pasa, tenemos que ponernos al día.

Raquel tenía una casa acogedora… Que es otra manera de decir pequeña. Un salón con un sofá cama, un baño y una cocina. Se sentaron a la mesa y Raquel hizo rápidamente un par de cafés. Cuando ya estaban tranquilas, comenzaron a charlar.

– ¿Cómo es eso de que has dejado tus estudios?

– Es una decisión que medité mucho… No creas que lo hice por que sí.

– Entonces… ¿Por qué? Dime esa razón tan poderosa… No estarás…

– ¿Embarazada? Ja ja ja no, no te preocupes, no vas a ser tía. Es solo que…  Me cansé. Llevo muchos años con la carrera, empecé a darle vueltas… ¿Y si no consigo acabar? Llevo mucho tiempo dependiendo del dinero de nuestros tíos…

– Pero ellos nunca han puesto trabas, sabes que su deseo es que seamos felices y tengamos una vida completa.

– Lo se,  pero…

– ¿Pero que?

– Dejalo, no vas a conseguir convencerme… Es una decisión que he tomado y apechugaré con ella hasta el final.

– Pero, ¿de camarera? ¡Ibas para doctora!

– Es un buen trabajo… La señorita Aizawa me trata genial y estoy muy contenta.

– ¿La señorita Aizawa?

– Tamiko Aizawa. Es mi jefa, la dueña del local donde trabajo…  Es una mujer estupenda…

– ¡Cómo si es la madre Teresa!

– ¡Basta! – Estalló Raquel. – ¡Deja de meterte en mi vida! Es una decisión mía y punto. No hay más que hablar.

– Pero…

– No sigas… Lo siento mucho pero no tengo que darte explicaciones.

Cristina estaba dolida… Siempre se había llevado muy bien con su hermana, nunca habían tenido secretos entre ellas y confiaban la una en la otra… ¿Por qué reaccionaba así? Tenía que ver que estaba pasando…

Esa noche, después de que Raquel se fuera a trabajar, Cristina se dispuso a presentarse por sorpresa en el bar. Como no llevaba más ropa que la que traía puesta, se dirigió al armario de su hermana. La sorpresa que se llevó fue mayúscula, todo eran minifaldas minúsculas, shorts ajustadísimos, camisetas con escotes profundos o con la espalda al aire… ¡No había nada normal! El calzado tampoco se quedaba atrás… El que menos tacón tenía era de 15 cm… Todo eran zapatos o botas altas…  ¿Qué le pasaba a Raquel? Alguna vez se vestían para “ir de guerra”  pero normalmente vestía más recatada…

Ante eso, decidió ir con su ropa, aunque estuviese fuera de lugar.

Después de conducir un buen rato llegó al sitio, un solitario bar de carretera con unos neones enormes. “7Pk2” rezaba el cartel. “¿Qué coño es esto? Parece un puticlub…” Pensó Cristina.

Al entrar, el aspecto del sitio la sacó de dudas, juegos de luces y sombras, tono rojizo en todo el local… Estaba lleno de hombres, las únicas chicas eran las camareras, que iban en lencería sirviendo las copas.

– No me jodas Raquel, no me jodas. – Se dijo Cristina a si misma.

Comenzó a buscarla con la mirada, tanto en la barra como entre las mesas y no la encontraba. “A lo mejor me he confundido de sitio…” Pensó, esperando tener razón, cuando de repente de los altavoces comenzó a sonar una voz.

– ¡Bienvenidos una noche más al 7Pk2! ¡No les haremos esperar más y les daremos lo que están deseando! ¡Con todos ustedes…!  – Un redoble de tambores para dar emoción lleno el ambiente. – ¡Rachel, la enfermera calentorra!

El público estalló en vítores mientras un foco se centraba en un escenario que había al fondo de la sala. Los peores temores de Cristina tomaron forma cuando vió aparecer a su hermana, ataviada de enfermera putilla, al ritmo de una sensual música que comenzaba.

Cristina estaba anonadada. Nunca se habría podido imaginar algo así, ¿Había dejado sus estudios para hacerse stripper? ¿Habría sido por dinero? ¿Tendría Raquel algún problema? Desde luego mal no le iba, todos los hombres de la sala estaban extasiados, jaleando y echándole billetes. Raquel se movía como una gata, mientras iba de un lado a otro del escenario las pocas prendas que llevaba iban desapareciendo. A veces se entretenía en la barra situada en el centro de la plataforma, deleitando con sensuales contorsiones, otras se acercaba al borde y dejaba que la sobasen, como mostrando la mercancía mientras le introducían billetes en el tanga. Al poco tiempo, su hermana había perdido la mayor parte de su ropa y entonces es cuando sacó un consolador enorme de un lado del escenario. Cristina decidió que no quería ver más. Salió del local y se volvió al pisito de su hermana.

Nada más llegar se metió en la cama. No durmió en toda la noche, dándole vueltas a lo que había visto, ¿Cómo podía estar metida en ese mundo? La recordaba de pequeña…jugando juntas… No se lo podía creer… ni siquiera se movió cuando su hermana llegó al amanecer y se acostó a su lado. Ya había decidido lo que iba a hacer…

Unas horas después, su hermana seguía dormida, y allí la dejo. Tenía pensado dejarle las cosas claras a esa tal “señorita Aizawa”.

Condujo de nuevo hacia el local y pidió permiso para verla. No le pusieron ningún problema, a lo mejor por confundirla con su hermana. Entró en el despacho como una exhalación dispuesta a cantarle las cuarenta a esa mujer.

La señorita Aizawa estaba sentada en su mesa, tranquila. No se sorprendió cuando Cristina entró en su despacho, parecía casi que la estaba esperando.

Toda la furia con la que entró Cristina se disipó de golpe, no supo porqué. Vió a su objetivo: una bella asiática de pelo largo, liso y negro. No parecía mayor, pero tampoco parecía joven. Un sutil olor a lila y grosellas invadía el ambiente, era un olor agradable, casi sensual. Pero lo que más llamo la atención de Cristina fueron sus ojos. Unos profundos ojos de un verde vívido. Se acercó a ella despacio.

– Buenos días. – Saludó la asiática. – Debes ser la hermana de Raquel, ¿Verdad?

– Sí, precisamente venía a hablar de ella.

La señorita Aizawa, se quedó en silencio, mirando a Cristina con aquellos ojos verdes… A la chica le dió la sensación de que en vez de mirarla a ella estaba mirando “a través” de ella… No sabia muy bien como explicarlo.

Ante el silencio de la mujer, Cristina comenzó a hablar.

– Mire, no se de que manera ha engañado a mi hermana, pero esto se tiene que acabar.

– ¿Engañar? Yo no he engañado a nadie.

– Lo siento, pero no me puedo creer que mi hermana haya tirado su vida a la basura porque sí. Ella estaba estudiando una carrera y no le iba mal. No tenía problemas económicos que yo supiera, así que la única razón que se me ocurre para que esté trabajando en un antro como éste, es que alguien la ha engañado.

La asiática torció el gesto de una manera casi imperceptible cuando Cristina llamó “antro”  a su local.

– Tu hermana está trabajando aquí por voluntad propia, si quieres pregúntaselo a ella. En cualquier momento puede dejar el trabajo e irse.

Mientras hablaba, no dejaba de mirar fijamente a los ojos de Cristina, parecía que ni siquiera pestañeaba.

– ¡¿Me está diciendo que mi hermana se ha convertido en una puta stripper por voluntad propia?!

– Cálmate, pequeña. No voy a permitir que me alces la voz en mi despacho.

La señorita Aizawa ni se movió, ni alzó la voz; ni siquiera cambió el gesto, pero Cristina se sintió muy pequeña delante de la asiática, esos ojos con los que la miraba parecían escrutar lo más profundo de su mente. De repente pensó que a lo mejor se había excedido…

– L-Lo siento, no debí gritar…

El sensual aroma de lila y grosellas se hizo más notorio. La señorita Aizawa sonrió.

– Me gusta la gente con la capacidad de reconocer cuando se ha equivocado.

La asiática se levantó de su silla, tenía una figura espectacular. Llevaba un ligero vestido ajustado que realzaba su figura, el pelo le llegaba hasta la cintura. Rodeó la mesa y se situó detrás de Cristina. La chica estaba nerviosa, quiso levantarse pero algo se lo impedía, no era capaz ni siquiera de intentarlo. Aunque no la veía, notaba los ojos verdes de la señorita clavados en ella. El aroma de lila y grosellas la envolvió. 

La señorita Aizawa, apoyó sus manos en los hombros de Cristina.

– Mira… Se a qué has venido aquí… Quieres que “libere” a tu hermana…  Crees que soy algo así como una madame y que la retengo aquí en contra de su voluntad… Y no es así. Ella puede marcharse cuando quiera, pero no lo hace, y eso es por que aquí es feliz…

– P-Pero…

Cristina notaba el contacto cálido de las manos de la señorita. Ésta comenzó a masajear con calma los hombros de la nerviosa joven.

– ¿Has hablado con ella? ¿Le has pedido su opinión?

– Y-yo… – Cristina balbuceaba, el masaje que le estaba aplicando esa mujer la estaba dejando fuera de juego, era taaaan relajante.

– Debes saber que a tu hermana le encanta lo que hace.

– No… No puede…

– Sí puede, Cristina. Tu hermana es una bailarina estupenda, es una de la que más clientes reúne, y es feliz con ello.

– Pero… No puede ser feliz haciendo esto… Son todos viejos verdes… babosos…

La señorita Aizawa se colocó delante de Cristina, agachándose para poner su cara a la altura de la chica. Se quedó mirándola fijamente, los profundos ojos de la asiática se clavaron en los de ella.

– ES FELIZ. – Recalcó la mujer. – Y debes aceptarlo.

Cristina no podía dejar de mirar esos ojos. Creía perderse en ellos, navegar en un mar verde de sensualidad y erotismo. Le parecía oír la voz de su hermana en la lejanía… Intentó acercarse al origen de la voz. No sabía cómo moverse bien en aquel profundo mar verde… Avanzó y avanzó hasta que la vió. Allí estaba su hermana, danzando, tal y como la había visto en el bar. Contoneandose alrededor de una barra delante de viejos salidos que sólo querían su cuerpo…

– P-Pero – Cristina volvió en sí. – No voy a permitir…

Intentó revolverse de la silla, quitarse a esa mujer de encima, pero todo era inútil, la señorita Aizawa apenas tenía las manos sobre los muslos de Cristina, pero parecía que la sujetaba con toda la fuerza del mundo. 

– Tu no puedes prohibir nada.

Las manos de la asiática comenzaron a moverse por los muslos de Cristina, acariciando la parte interior de éstos.

– ¿Quieres saber por qué tu hermana es stripper? – Continuó la señorita.

Cristina no se podía mover, estaba totalmente concentrada en los movimientos de las manos de aquella mujer.

– ¿Por qué no lo compruebas tú misma?

– ¿Y-Yo? No… Yo no…

– ¿Por qué no? Tu hermana es feliz, no tiene preocupaciones, su trabajo la completa y se desvive por él. ¿No quieres ser feliz, Cristie?

– ¿Cristie?

– ¿No te gusta? Es una manera cariñosa de llamarte… Yo le tengo mucho aprecio a tu hermana, ¿Sabes?

Cristina asentía.

– Y a ti también… Si me dejaras demostrartelo… – Las manos de la señorita acariciaban la entrepierna de Cristina por encima de la ropa.

Cristina cerró los ojos, dejando escapar un suspiro. Volvía a estar en ese mar verde, y allí estaba su hermana, bailando. Pero… ¿Realmente era su hermana? ¿O era ella? Seguro que era su hermana… ella no era capaz de hacer algo así… no era capaz de bailar tan bien… ¿O sí? Si su hermana podía… ¿Por qué no ella?

Observaba a la chica sobre la plataforma y examinaba sus movimientos, sus contoneos. Cómo se deslizaba sobre la plataforma, mostrándose sensual ante aquellos hombres que la deseaban, cómo se fusionaba con la barra, abrazándola, haciendose desear…

Abrió los ojos y volvía a estar en aquél despacho, pero ya no estaba sentada. Estaba de pie, en medio de la sala. La señorita Aizawa estaba apoyada en su mesa, frente a ella.

– ¿No ves? No tienes nada que envidiar a tu hermana. – Cristina no sabía como habían llegado a esa situación. Lo último que recordaba… Oh… Esos dedos… – Tu cuerpo es tan bueno como el suyo. Si tan sólo te quisieses un poquito más a tí misma…

Cristina se miró. Unas zapatillas, unos vaqueros nada ajustados y un jersey completaban su atuendo.

La asiática la rodeó, viendo cómo iba vestida. Desde detrás de ella, comenzó a acariciarle la cintura, metiendo las manos por debajo del jersey.

– ¿No piensas que podrías ser algo más…Sexy…? Fíjate en tu hermana. Ella es estupenda ¿verdad?

– Si… Ella es… estupenda…

Tamiko comenzó a mover sus manos, avanzando hacia sus pechos.

– Y tu no eres menos que ella… Siempre habéis sido iguales, gemelas identicas… ¿Por qué dejas ahora que ella sea mejor que tu?

El olor de lilas y grosellas flotaba en el ambiente. El contacto de la señorita Aizawa la estaba volviendo loca.

– No… No quiero que ella sea mejor que yo… Soy tan buena como ella…

– ¿Por qué no me lo demuestras? Baila para mí… Demuéstrame que eres tan buena como tu hermana… Quítate esa pobre ropa para mí…

La señorita volvió a apoyarse en su escritorio para verla bien. Cristina no sabía qué hacer… ¿Cómo había llegado a esto?

– ¿Necesitas ayuda? – La mujer pulsó un botón y una sensual música comenzó a sonar por los altavoces. – Vamos, no querrás decepcionarme…

Los ojos de Tamiko la miraban implacable, la absorbían, parecía que veían cada rincón de su mente. En su cabeza se veía bailando ante todos aquellos hombres, veía sus movimientos… y entonces supo lo que tenía que hacer.

Comenzó a moverse lentamente, cerrando los ojos, viéndose en su mente. Se contoneaba para la señorita, quería agradarla, demostrarle a ella y a sí misma, que no era menos que su hermana, que todo lo que Raquel hiciese, ella podía hacerlo también.

Acariciaba su cuerpo al son de la música. Poco a poco se despojó del jersey, arrojandolo a un lado. La señorita Aizawa sonreía satisfecha.

Cristina se sentía genial, nunca se había sentido tan viva. Cada caricia, cada movimiento la animaban a seguir. Le encantaba lo que estaba haciendo, y veía en la cara de la señorita Aizawa que a ella también la gustaba.

Una tras otra, cada prenda fue siendo arrojada junto con el jersey, hasta quedarse en ropa interior. Entonces sintió verguenza, pero no por lo que estaba haciendo, sino porque las bragas y el sujetador que llevaba eran completamente anti-eróticos. Para evitar esa sensación, se los quitó a mayor velocidad que el resto de la ropa.

Y allí estaba, completamente desnuda ante la que era la jefa de su hermana, que acaba de conocer hacía unas horas.

– ¿Ves? Lo has hecho genial. – La señorita se acercó a ella. Cristina sintió un esclalofrío de placer al notar la mirada de aquellos ojos en todo su cuerpo. Notaba cómo la deseaban y quería complacerla.

Tamiko Aizawa besó ligeramente los labios de la chica, llevando sus dedos a su entrepierna y notándola empapada.

– Parece que te ha gustado lo que has hecho…

Comenzó a masturbar a la chica allí mismo, de pie, en su despacho. Cristina creía morir de placer, cerró los ojos disfrutando de las sensaciones, intentando atesorar cada momento de lo que estaba sintiendo.

Tardó poco tiempo en correrse. Las sensaciones eran demasiado fuertes para aguantar más.

– ¿Entiendes a tu hermana ahora? – Susurró la señorita al oído de Cristina – No tienes nada que envidiarla… En cuanto cambies un poco tu imagen estarás en las mismas condiciones que ella.

– Mmmm Sí… Me… ¿Me ayudará? ¿Me ayudará a hacerlo?

– Por supuesto que sí Cristie… Te ayudaré en todo lo que pueda… Aquí serás tan feliz como tu hermana… Y me haréis ganar muchiiiiisimo dinero…

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Cristina llegó a casa de su hermana casi a la noche. Cuando entró por la puerta y su hermana la vió se alegró mucho de lo que veía. Cristina llevaba un atuendo espectacular, unos tacones de 15 cm, medias de rejilla que acababan justo en el borde de una falda tableada hiper-corta. Se veían las tiras del liguero que impedían que se cayesen las medias. Un top escotado completaba el atuendo. Además, se había cortado el pelo de la misma manera que ella pero, en vez de rojo ella lo llevaba de un negro oscurísimo.

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Una nueva noche comenzaba en el 7Pk2. El local estaba abarrotado. Llevaba así unos días, desde que había empezado el nuevo espectáculo, todo el mundo quería verlo.

Una voz en off comenzó a sonar, las luces se apagaron y el público se quedó en silencio.

– ¡Bienvenidos una noche más al 7Pk2! ¡Sabemos que es lo que quieren ver y no les haremos esperar más! ¡Con todos ustedes…!  – Un redoble de tambores para dar emoción lleno el ambiente, los focos centraron en la plataforma que dominaba la sala. – ¡Rachel, la policía cachonda y Cristie, la ladrona intrépida!

Las dos hermanas aparecieron entonces en el escenario. Comenzaron a bailar mezclándose y acariciandose entre ellas.

Durante el show, las dos iban interpretando un pequeño guión, durante el cual, la policia acababa con la ladrona desnuda y esposada. La gente se volvía loca con eso. Unas noches eran policia y ladrona, otra india y vaquera, otra ángel y demonio…

Noche tras noche una acababa imponiéndose sobre la otra y, entonces, es cuando la vencedora se ponía el arnés. La afortunada se follaba a su hermana delante de todos aquellos hombres haciedo que se corriese ruidosamente ante ellos.

Cristie y Rachel eran felices. Tenían un trabajo que las gustaba, estaban juntas y hacian lo que les gustaba. Y por encima de todo, las encantaba estar a las órdenes de Tamiko Aizawa… Y a Tamiko le encantaba que aquellas zorras estuviesen trabajando en su local.