NUERA4Mi cuñada, mi alumna, mi amante (5)

sin-tituloAl día siguiente de mi clase particular con mi cuñada salí de casa para ir a trabajar. Al cerrar la puerta me encontré con mi vecino de al lado, un simpático cuarentón con el que, a pesar de conocernos desde hacía poco, estaba empezando a entablar amistad.

– Buenos días, Carlos- me dijo-, ¿Qué tal?.

– Buenos días, Enrique, ya ves, a currar un poquito.

Me cogió del brazo y, acercándose a mí, en voz baja susurró:

– ¿Puedo decirte una cosa con total confianza?.

– Claro, hombre- contesté utilizando su mismo tono de voz-, ¿qué te preocupa?.

– Bueno, ya sé que lleváis muy poco tiempo casados… y es lo normal… pero… ¿podríais bajar un poco el tono de vuestra pasión a determinadas horas?.

– Enrique, no sé de qué me estás hablando.

– El otro día se os oía desde mi casa a tu mujer y a ti en plena faena, ¡uf!… sobre todo a tu mujer… ¡campeóóóóón!- añadió dándome toquecitos con su índice derecho en mi pecho-. Pero era pronto, por la tarde, y mis niños pudieron escucharos igual que yo.

Sentí cómo el rubor incendiaba mis mejillas, a esas horas no era mi mujer a quien había oído…

– No te avergüences, hombre- dijo palmeándome la espalda-, ya te he dicho que es normal, pero te pediría que en horario infantil os reprimierais un poco.

– C-claro- contesté medio tartamudeando-, nos contendremos…

– Gracias… ¡campeóóóóóóón!- concluyó dándome más toquecitos acompañando la última sílaba.

Bajamos juntos hasta el garaje y nos despedimos metiéndonos cada uno en su coche.

De camino a la facultad, rememoré sus palabras y su implicación, lo que me llevó a darle vueltas a todo lo ocurrido con mi cuñada. Aquella que yo siempre había considerado una niña, la hermanita pequeña de mi esposa, se había convertido en una preciosa joven cuyos encantos no podían pasar desapercibidos para nadie, incluyéndome a mí, que había sido seducido por sus irresistibles armas de mujer para descubrir que era una increíble e insaciable amante.

Nunca pensé que llegaría serle infiel a mi esposa, y aún menos con su hermana, pero lo ocurrido el día anterior, aunque terriblemente excitante y morboso, había estado a punto de dar al traste con mi matrimonio y poner todo mi mundo patas arriba.

– Amo a mi esposa, la quiero con toda mi alma, por eso me casé con ella- pensaba mientras conducía-. Es una persona maravillosa, inteligente, culta, y con un toque de inocencia que resulta encantador, por lo que no se merece en absoluto lo que le estoy haciendo.

En ese instante tomé la decisión de hablar con Patty y zanjar el tema de nuestros escarceos sexuales limitándolo a los dos que ya habíamos tenido.

Tenía dos horas de clase, precisamente con el grupo de mi cuñada. Nos encontramos a la puerta del aula, y aparentando total normalidad, como siempre, saludé con un “Buenos días” tanto a ella como al grupito de alumnos que le acompañaban y me esperaban para comenzar la clase. A pesar de no mostrar ninguna emoción externa, un cosquilleo revolvió mis tripas al verla.

Como siempre, mi aventajada alumna estaba preciosa, vestida con una ajustada falda negra que le llegaba hasta la mitad de sus bien torneados muslos, calzando unas botas también negras, de aguda puntera, que le llegaban hasta las rodillas, con tacón alto que estilizaba aún más sus piernas. Como parte de arriba llevaba una chaqueta negra que, en combinación con la falda, constituía un elegante traje. A través de la entallada chaqueta, abotonada en la parte media, se podía ver una blusa roja con los tres botones superiores desabrochados formando escote. A parte de muy sexy, estaba especialmente elegante como para ir a la facultad.

Tras la primera hora de clase, durante los 10 minutos de descanso, en lugar de bajar a la cafetería me quedé a la puerta del aula hablando con algunos alumnos sobre las exposiciones que tendrían que hacer de sus trabajos. A mi lado, en otro grupo, estaba Patty hablando con sus amigas, y no pude evitar recoger algunos fragmentos de su conversación:

– Sí- decía mi cuñada-, es que a las 8.00 tenía cita con el médico…

Eso explicaba el por qué iba vestida de traje.

– ¡Qué va!- contestaba a la pregunta de una de sus amigas-, ha sido con el gine, y sólo para que me diese nuevas recetas para la píldora anticonceptiva. Estoy más sana que una manzana…

Miré mi reloj, era hora de retomar la clase, así que con un “Venga, chicos, se acabó el descanso” volví a entrar en el aula.

Cuando terminó la hora, todos los alumnos se marcharon mientras recogía mis cosas. Durante esa mañana ya no tenía más clases, así que me encerraría en mi despacho para seguir corrigiendo los trabajos que la tarde anterior no había terminado por la visita de mi cuñada.

Bajé a la calle, pues mi despacho se encuentra en el edificio contiguo, pensando en buscar el momento idóneo para hablar con Patty y dejarle las cosas claras sobre nosotros y mi matrimonio con su hermana.

Al salir al exterior, allí estaba ella, sola, fumándose tranquilamente un cigarrillo.

– ¿Ya no tienes más clases hoy, profe?- me preguntó alegremente.

– No, pero tengo muchos trabajos aún por corregir, así que me voy corriendo para el despacho a ver si los voy terminando.

– ¡Pobrecito, hay que ver lo que trabajas!. Yo hoy tampoco tengo más clases, así que me iré a casa a repasar lo que me explicaste ayer- dijo mordiéndose el labio inferior en un claro gesto de lujuria contenida.

– Muy bien- contesté eludiendo el tema como si no me hubiese dado cuenta del significado oculto-, eso es lo que tienes que hacer, estudiar.

Y sin darle tiempo a que dijese más, seguí mi camino pronunciando un “¡Hasta luego!” tras alejarme un par de pasos de ella, no llegué a oír su respuesta.

Cuando ya hube entrado en el otro edificio pensé:

– Bien, te has mantenido firme, ahora tienes que encontrar la manera de hablar a solas con ella sin levantar sospechas.

En ese instante una idea empezó a formarse en mi cabeza: mi cuñada iría ahora a su casa, estaría sola en un lugar donde nadie pudiese vernos, y la pillaría totalmente desprevenida, era la situación ideal para hablar con ella.

Entré rápidamente en mi despacho y encendí el ordenador, tenía que revisar su ficha de alumna porque no sabía dónde estaba el piso de alquiler en el que vivía. Encontré su dirección, y tras meterla en el navegador de mi móvil y consultar Googlemaps para hacerme una idea de por dónde quedaba, apagué el ordenador y cerré mi despacho pensando: “Bendita tecnología”.

Tras 20 minutos callejeando en coche, y 10 de búsqueda de aparcamiento, por fin llegué a la dirección correcta. El portal estaba abierto, así que subí hasta la última planta del viejo edificio. Sólo había una puerta en esa planta, el piso debía de ser un pequeño ático. Respiré hondo, llamé al timbre, e inmediatamente se abrió la puerta.

– Ummm, Carlos- dijo Patty al verme-, qué deliciosa sorpresa, acabo de llegar a casa.

– Patricia, tenemos que hablar- contesté gravemente.

– Claro, claro- dijo visiblemente sorprendida al oír su nombre completo-, pasa.

Efectivamente su piso era un pequeño ático para una persona, porque entré directamente a un coqueto salón con cocina americana.

– Deja el abrigo en el sofá- me dijo haciendo lo propio-, y siéntate. Tengo café hecho, ¿te apetece?.

¡Ufff!, la dichosa pregunta que tan placenteros recuerdos me traía.

– Firmeza- me dije a mí mismo-, tienes que controlar la situación, la has cogido por sorpresa y no ha tenido tiempo de cargar sus armas.

– Sí, solo con hielo, gracias- contesté.

Observé cómo Patty se quitaba la chaqueta y mi polla se despertaba al ver cómo sus redondos pechos estaban apretados en la entallada blusa roja. Los botones abiertos formaban un hermoso escote en pico que moría en el primer botón cerrado, justo por encima de la altura a la que debían estar sus pezones. Cuando se dio la vuelta para dirigirse a la cocina, observé su curvilínea silueta y el duro culito que la chaqueta ya no tapaba.

– “¡Buenos días, princesa!”- exclamó mi verga estirándose. Su voz resonó en mi cabeza como la de Roberto Benigni en La Vida es Bella.

Crucé dolorosamente una pierna sobre la otra para estrangular mi incipiente erección, y desviando mi mirada alrededor del salón para distraerme, conseguí que no llegase a más.

Tras un par de minutos Patty volvió sentándose a mi lado y ofreciéndome mi café con hielo. Encendió un cigarrillo y dio un breve sorbo a su café.

– ¿De qué tenemos que hablar, cuñadito?- preguntó inquisitivamente con sus ojos aguamarina clavados en los míos.

– Patricia- comencé tras coger aire-, tu hermana no se merece lo que le estamos haciendo.

– ¡Ah!- exclamó sorprendida-, ¿y qué es lo que le estamos haciendo exactamente?.

– No me lo pongas más difícil, sabes a lo que me refiero…

– Ya… -contestó pensativa dándole una profunda calada a su cigarrillo.

Realmente parecía que había conseguido desarmarla con el efecto sorpresa, y daba la impresión de que todo sería más sencillo de lo que esperaba, con la excepción de que su postura en el sofá, con las piernas cruzadas y la falda ligeramente recogida mostrando sus firmes muslos, girada hacia mí enseñándome el balcón de su prieto escote, y su sensual manera de fumar, estaban volviendo a despertar mi polla a pesar de estar reprimida por mis piernas también cruzadas.

– Lo de la semana pasada fue un error- proseguí-, y lo de ayer fue un gravísimo error, Tere casi nos caza.

– Pero fue muy excitante, ¿no crees, cuñadito?. El que mi hermana casi nos pillara hizo que tu corrida fuese aún más intensa. Tengo grabado en la memoria cómo inundaste mi boquita con tu sabor a hombre- añadió pasando la punta de su lengua por su labio inferior y mordiéndoselo ligeramente.

– Patty- dije tratando de controlar la erección que sus palabras y su gesto habían conseguido acelerar-, no sigas por ese camino. Quiero a tu hermana, tu fantasía acaba aquí- añadí con tono autoritario-. Esto quedará entre nosotros y seguiremos con nuestras vidas como hasta hace unos días.

– Está bien- contestó apagando el cigarrillo-. Si lo tienes tan claro, entonces nunca más volveré a comerte la polla y nunca más volverás a follarme.

Para mi sorpresa, de repente se levantó y salió del salón, no sin antes decirme desde la puerta:

– Ya puedes descruzar las piernas y liberar esa polla que me grita cuánto me deseas.

Me quedé perplejo, y cuando conseguí reaccionar descrucé mis piernas sintiendo cómo, al ser liberada, mi verga estaba increíblemente dura.

Allí sentado, en silencio, esperé acontecimientos, pero Patty no dio ninguna señal de volver. Tras cinco minutos de tensa espera en la que mi pene volvió a su estado de bajada de bandera, y con la garganta seca, apuré mi café y me dispuse a marcharme.

– No puedes irte así- me dijo mi conciencia-, al fin y al cabo es tu cuñada, la hermana pequeña de tu mujer, no puedes largarte dejando éste “mal rollo” entre ambos.

Cambié de opinión y salí del salón por la misma puerta que, minutos antes, había cruzado Patty. Quería despedirme correctamente para suavizar las cosas. Encontré un diminuto pasillo en el que de frente se veía la puerta de un armario empotrado, a la derecha una puerta cerrada que debía corresponder con el baño, y a la izquierda una puerta entreabierta que sin duda era el dormitorio. Tomé el pomo, y abriendo un poco más pregunté:

-¿Patricia?.

– Pasa- oí desde el interior.

Abrí completamente la puerta. A mi izquierda pude ver una estantería con varios libros y Cd’s de música, y frente a mí, bajo una ventana, un sencillo escritorio de pino, el típico mobiliario de piso de estudiante. Pasé al interior y, al voltear la puerta medio cerrándola de nuevo, pude ver la cama, una mesilla de noche con una lamparita estilo Tiffany’s; al fondo un armario empotrado con puertas de espejo, y delante de la cama estaba ella, mi espectacular cuñadita, de pie con una pierna un poco más adelantada que la otra y con la mano derecha sobre su cadera, ligeramente ladeada en una pose de modelo de pasarela.

– Sabía que vendrías- dijo con voz muy sugerente-. ¿Te apetece?.

Mi polla en esta ocasión reaccionó de una sola vez, creció al máximo y se puso dura como el acero. Patty clavó su verdeazulada mirada en mi abultado paquete y se mordió el labio inferior con ese erótico gesto de lujuria contenida que conseguía alimentar aún más las llamas de mi deseo.

– “¡Es la guerra!, ¡traed madera, traed madera!”- resonó la voz de Groucho Marx en mi interior.

– Eres mala –le dije con todas mis dudas disipadas ante la evidencia de que mi cuerpo clamaba por el suyo.

– No soy mala, cuñadito- dijo con su tono de voz más sugerente-. Soy buena, muuuy buena…

¡Clac!, ¡clac!, ¡clac!, sonaron los tacones de sus botas sobre la tarima del suelo al acercarse a mí moviendo sus magníficas caderas, tan sensualmente, que una gota de sudor frío recorrió toda mi espalda. Con los brazos puestos en jarras, se quedó a escasos centímetros de mí.

– No eres buena, cuñadita- le dije en un susurro-, ESTÁS muy buena…

Patty se acercó aún más, y cuando su boca estaba a escasos milímetros de la mía, sacó su lasciva lengua para recorrer mi labio superior con una lujuriosa lamida.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo poniéndome toda la carne de gallina mientras mi falo latía dentro del pantalón.

– Eres mala y viciosa- dije.

– ¿Sí?, ¿y qué vas a hacer al respecto?- preguntó dándose ella misma un azote en el culo.

Estaba loco de excitación, la farsa ya no podía durar más, no podía engañarme a mí mismo:

– Quiero a Tere- decía mi voz interior-, pero deseo follarme una y otra vez a su hermana. Ansío hundir mi polla en este fogoso cuerpo que no deja de tentarme. La deseo, la deseo, necesito follármela…

Agarré las solapas de la blusa de mi cuñada y se la abrí salvajemente haciendo saltar los botones. Ella respondió con un “¡Aahh!” de asentimiento y excitación, poniendo cara de hembra en celo. Sus voluptuosos pechos se presentaron ante mí, oprimidos por un sujetador rojo que los apretaba y alzaba haciéndome desear meter mi verga entre ellos. Sujetando la cinturilla de su falda, tiré con fuerza de la cremallera lateral hacia abajo y la prenda se deslizó por sus tersos muslos para caer al suelo. La braguita también era de color rojo, a juego con el sujetador y muy transparente, permitiéndome vislumbrar su vulva con sus labios mayores hinchados.

Rápidamente me deshice de mis prendas superiores mientras ella dejaba caer su blusa. Me desabroché el pantalón cayendo éste hasta mis tobillos. Me saqué los zapatos utilizando únicamente los pies y, dando un pequeño paso hacia Patty, me deshice del pantalón. Nuestros cuerpos contactaron, nuestros sexos quedaron pegados el uno al otro, llamándose a través de nuestras prendas íntimas. Mi glande asomaba por encima de la cinturilla del slip, y sentí cómo su coño ardía empapando la braguita.

Pude sentir los duros pezones de mi cuñada clavándose en mi torso desnudo con cada respiración, a pesar de estar aún ocultos por el sujetador. Patty jadeaba de pura excitación, con sus labios abiertos anhelantes por ser devorados. La abracé firmemente tomándola por el talle y ella pasó sus brazos por encima de mis hombros. Mis labios encontraron los suyos y mi lengua comenzó a explorar su cálida boca acompañada por su suave lengua. Nos besamos desesperadamente, comiéndonos la boca mutuamente en ardiente frenesí. Succioné su carnoso labio inferior y separé mi cara mirando sus profundos y fascinantes ojos de gata. Mi cuñada me devolvió la mirada a través de sus largas y negras pestañas, atravesándome con ella como si pudiese indagar en lo más profundo de mi alma.

Yo había sucumbido a sus encantos, en esta lid los papeles se habían intercambiado pasando a ser ella la profesora y yo el alumno. Era su gran triunfo, y su mirada me lo decía, pero yo no estaba dispuesto a entregar mi alma y dejarme dominar completamente por esa fogosa diablesa. Dejando una mano sobre su cadera y poniendo la otra sobre su hombro izquierdo, la aparté de mí, la hice girar, y la postré sobre el escritorio.

– ¡Au!- gimió entre dolorida, sorprendida y excitada al impactar sus brazos y pechos sobre la superficie de madera.

Con un tirón, rasgué sus sexys braguitas respondiendo ella con un “¡Uffff!”. Contemplé ese culito con forma de corazón bajo el cual su anhelante sexo me llamaba manando deliciosos jugos que escurrían por la cara interna de sus muslos. Su excitante aroma llegaba a mí haciendo que mi polla vibrase. Me saqué el slip y le di un azote a ese altivo culo: “¡Zas!”

– ¡Aaah!- exclamó Patty encantada.

Di un paso al frente y coloqué mi glande entre sus labios vaginales, los tacones de sus botas la dejaban exactamente a la altura perfecta para que mi falo la penetrase sin tener que doblar mis rodillas.

– ¡Ummm!, eso es cuñadito. Venga…métele la polla a la hermanita de tu mujer.

– ¿Te apetece?- dije utilizando su característica pregunta.

– Ummm, sssí. Estoy muy cachonda desde ayer, cuando me comí tu polla y te corriste en mi boquita como un semental mientras llegaba mi hermana.

– Eres una viciosa- le contesté restregando mi glande a través de su raja y acariciando su clítoris con él.

– ¡Ooohhh!- gimió.

Seguí pasando toda mi verga por su chochito, subiendo hasta la raja formada por sus glúteos y volviendo a bajar para presionar su clítoris con el glande.

– Mmmm, vas a hacer que mmme derrita, mmmmétemela, si sssssigues assssí voy a corrermmme.

Seguí con la misma operación refrenando mis impulsos por darle lo que quería. Continué frotando su coño con mi polla, embadurnándome con su jugo, extendiéndolo hasta su culo, manteniendo un combate entre mi glande y su duro y palpitante clítoris…

Patty no pudo soportarlo más, apoyó las palmas de sus manos sobre el escritorio, estiró sus brazos y arqueó toda su espalda levantando la cabeza para gritar:

– Mmmme corro, mmme coorrrrrooo, ¡mmmmme corroooooooooohhhh!.

El poderoso orgasmo hizo que más cálidos fluidos manaran de su tórrida almeja, empapándome toda la verga.

– Ufffff- suspiró aliviada- has hecho que me corra antes de metérmela.

– Eres una viciosa a la que le gusta seducir al marido de su hermana, ¿verdad?.

– Mmm, sí, quiero más. Quiero que mi cuñadito me clave su polla dura.

– Eres una yegua salvaje que necesita que la domen. Eres mala, eres muy mala y necesitas un severo castigo- continué dándole otro azote en el culo.

– Ummm, sí, soy muy mala, castígame profe, castígame.

Había llegado el momento que durante los últimos minutos yo había estado preparando, iba a darle su merecido castigándola con mi miembro por ponérmelo tan duro. Totalmente cubierto por los fluidos de mi expectante cuñada, deslicé mi falo situando la punta entre sus nalgas, tocando su ano, y agarré con fuerza sus anchas caderas.

– ¡No!- exclamó Patty-, no me lo has abierto, hay que estimulaaaaaaaaarrrrggggggggg!.

Con un fuerte empujón vencí la resistencia del estrecho ojal. Mi polla era un ariete y su ano la puerta del castillo derribada. Toda mi verga se abrió paso salvajemente por su recto ensartándola hasta el fondo, “¡Plas!” sonó mi cadera contra sus nalgas.

– ¡Ah!, duele, ¡ah!, duele mucho, ¡aahhh!- dijo mi cuñada entre sollozos, con su cara sobre la superficie del escritorio tras haberle flaqueado los brazos y haber resbalado sus manos por mi acometida.

Los fluidos que envolvían mi rabo habían conseguido reducir la fricción, pero sin la estimulación previa, mi duro cetro de carne había dilatado al máximo su ano y paredes internas para penetrar sus entrañas sin compasión. Cómo me apretaba su cuerpo todo el miembro, tratando de expulsar a tan grueso y cruel invasor. Aunque en muy menor medida, también era doloroso para mí, un dolor exquisito.

Me recliné sobre ella y le susurré al oído:

– Es tu castigo, cariño, relájate y acabará gustándote.

Sólo recibí un quejumbroso sollozo como respuesta.

Al reincorporarme me di cuenta de que aún llevaba puesto el sujetador, se lo desabroché, solté los tirantes y me deshice de él para que sintiese el frío contacto de la mesa en sus pezones. Su cuerpo estaba empezando a acostumbrarse a la pitón que lo había profanado, y sus espasmos internos masajeaban mi estrangulada polla haciendo que el dolor en mí desapareciese para dar paso a una placentera sensación. Retiré hacia atrás mi cadera dejando únicamente el glande dentro de su culo.

– Uffffff- suspiró mi sodomizada cuñada.

– No pienso darte tregua, preciosa- le dije-, voy a taladrarte el culo para que sientas cómo me has puesto.

Arremetí con otro fuerte golpe de cadera. “Slurp” sonaron los fluidos en el agujerito cuando mi falo volvió a deslizarse al interior de su culo, “¡Plas!”.

– ¡Arrrrgggg!, es enorme, ¡me revienta por dentro!.

Hice caso omiso de las quejas, su culo me proporcionaba un inmenso placer tratando de expulsar mi verga. Me retiré de nuevo.

– Ufffff- suspiro femenino de alivio.

Volví a embestir:

– Slurp, ¡Plas!.

– ¡Aaaarggg!.

Ésta vez el gemido indicaba menos dolor, era el momento de darle duro. ¡Plas, plas, plas, plas, plas!, sacaba y metía mi pétreo ariete con fuerza moviendo todo su cuerpo con mis embestidas. ¡Qué culo tan delicioso!, cómo apretaba mi polla sin cesar… plas, plas, plas, plas, plas… toda mi verga latía… plas, plas, plas, plas… sus quejidos se estaban transformando… plas, plas, plas, plas… Patty estaba comenzando a sentir gusto… plas, plas, plas, plas… mi cuñada ya gemía:

– Uffff, aahh, uffff, aaaahh, uuuufffff, aaaaaaahahhhahhh…

Mi mano derecha se deslizó por su cadera alcanzando su clítoris con los dedos, estaba otra vez muy duro, y más abajo su coñito volvía a lubricar mojándome los dedos.

– Mmmm, oohhh, mmm- gemía ahora mi cuñada.

Lamí mis dedos y degusté el delicioso sabor de mujer excitada.

Por el rabillo del ojo pude ver nuestro reflejo en los espejos del armario, la imagen que se contemplaba era casi tan excitante como el propio acto: el maravilloso cuerpo de mi cuñada, únicamente ataviado con sus botas negras, estaba apoyado sobre el escritorio, y se movía hacia delante y atrás con el ritmo marcado por mis caderas… plas, plas, plas… sus pechos se aplastaban sobre la superficie de madera y se frotaban contra ella con cada una de mis acometidas… plas, plas, plas, plas… sus caderas estaban firmemente sujetas por mis manos, mientras mi verga entraba y salía de entre sus nalgas, sometiéndolas a base de pollazos… plas, plas, plas… pero lo mejor era la cara de Patty apoyada sobre sus manos, con un mechón de moreno cabello pegado a su frente por el sudor, con sus mejillas totalmente ruborizadas, con la boca abierta gimiendo “¡ah, ah, ah!” o mordiéndose el labio inferior “mmmm” en un gesto que denotaba el placer que sentía… plas, plas, plas, plas… y con su mirada fija en los espejos, contemplando extasiada cómo su cuñado, su profesor, su amante la sodomizaba sin compasión.

Plas, plas, plas, plas… mi cuñada levantó su cara y, extendiendo sus brazos, levantó la espalda sujetándose a la superficie del escritorio con las palmas de sus manos. Eso hizo que su espalda describiese una maravillosa curva, y su culo, aún más delicioso por la postura, me exprimió aún más con tanta fuerza, que sentí que me corría:

– ¡Ooooohhhh, Pattttyyyy!- exclamé casi sin aliento, embriagado de placer.

Pero la presión que ejercían su ano y todas sus paredes internas era tal que no me permitía correrme, tuve que detener mi bombeo por un momento, pero… plas, plas, plas, plas… mi cuñada lo estaba gozando de verdad y quería mantener el ritmo dando empujones con su culito hacia atrás para autopenetrarse con mi polla sin misericordia… plas, plas, plas, plas…

– Ah, ah, ah, ah, ah- jadeaba ella sensualmente con cada profunda penetración.

Mis manos recorrieron su cintura y aprisionaron con fuerza sus tetas de durísimos pezones.

– Mmmm, esso essss- gimió recuperando la voz.

Ahora era su poderoso culo quien marcaba el ritmo… plas, plas, plas, plas… y me estaba volviendo loco manteniéndome constantemente en situación de preorgasmo… plas, plas, plas, plas… mis manos abandonaron sus pechos y la cogí por los hombros para volver a marcar yo el ritmo… plas, plas, plas, plas… nuestros cuerpos sudaban y se estremecían de puro placer… plas, plas, plas, plas…

– Mmmmm, ssssí, dómmammme, cuñado. Ah, ah, ah, ah, ah…

…plas, plas, plas, plas…

– Oohh, eresss una, oohh, yegua viciosa- dije entre mis propios jadeos-, oohh, y te gusssta, oohhh, que te dé por culooohh.

– Mmmm, mmme encantaaahh, esssstoy a puuunto de corrermeeee.

Yo también estaba a punto desde hacía un rato, pero su voraz culo engullía con tanta fuerza mi falo estrangulándolo, que no me lo permitía, y el placer se estaba haciendo insoportable, avivado por los maravillosos gemidos de Patty “ah, ah, mmm, ah, ah”.

…plas, plas, plas, plas, plas…

No podía más, necesitaba liberar mi carga o explotaría por dentro. Volví a bajar mis manos atenazando sus caderas y empujé con todas mis fuerzas hasta el fondo, consiguiendo que mi cuñada quedase de nuevo postrada sobre el escritorio. Saqué mi polla entera de su culo y rápidamente la coloqué entre sus nalgas, apoyando la punta sobre su espalda. Al sentirse liberada, mi verga por fin eyaculó con fuerza sobre la espalda de Patty, con abundantes disparos blancos que cayeron sobre su columna vertebral, haciéndome estremecer.

El orgasmo de mi amante era también tan inminente, que en cuanto sintió mi ardiente leche abrasando su piel, se corrió tensando todo su cuerpo y levantándolo de la mesa: “Aaaaaaaaaaaaaahhhhhh”.

Mi lefa resbaló por su espalda acumulándose en la curva formada por sus lumbares al arquearse. Me quedé mirando su brillante blancura fascinado, tratando de recuperar el aliento mientras la música de Héroes del Silencio sonaba en mi cabeza con la voz de Enrique Bunbury cantando: “Blanco esperma resbalando por la espina dorsal”.

Patty se levantó, y al ponerse derecha, mi semen siguió resbalando por su piel, llegando a su divino culo enrojecido por mis acometidas, para seguir resbalando por la raja describiendo su redondez.

Mi cuñada se dio la vuelta, sus pechos también estaban ligeramente enrojecidos por el roce con la superficie del escritorio, sus pezones aún seguían duros. Cogiendo mi cara entre sus manos, me dio un profundo beso en los labios.

– Me ha encantado tu castigo, profe- me susurró al oído-. Tu leche en mi espalda ha sido una sensación increíble. Ahora necesito refrescarme.

Y sin más, salió del dormitorio dejándome allí de pie, desnudo, y con mi también enrojecido pene bajando la guardia.

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