CAPÍTULO 9

Al día siguiente unas risas provenientes del baño me despertaron y todavía medio dormido, me levanté a comprobar que era lo que pasaba. Me espabilé de golpe al cruzar la puerta ya que no me esperaba encontrarme a Sovann sentada en el váter y con su pubis lleno de espuma mientras su secretaria cuchilla en mano se lo afeitaba.
-¿Y esto?- pregunté riendo al contemplar la escena.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Loun contestó:
-A la princesa le encantó mi coñito sin pelo y me pidió que la ayudara porque quería llevarlo igual.
Reconozco que sus palabras azuzaron mi lado más lascivo y tomando asiento a su lado, me quedé observando la forma con la que la maquinilla iba talando el escueto bosque que hasta entonces decoraba el sexo de la viuda de mi hermano. Mi interés no le pasó desapercibido y sin darse apenas cuenta, Sovann se empezó a calentar al sentir los dedos expertos de su secretaria trasteando en su entrepierna.
Un breve gemido que salió de su garganta me hizo levantar mi mirada para descubrir que afectada por esos toqueteos, se estaba mordiendo los labios en un intento de contener la calentura que estaba sintiendo.
-La guarrilla de tu princesa se está poniendo cachonda- informé a la muchacha.
Roja como un tomate, Loung contestó:
-No es la única.
Su confesión me agradó porque cuanto mejor se llevaran esas dos y más unidas estuvieran, mejor me iría y más placer me regalarían. Por eso y queriendo afianzar esos sentimientos, comencé a acariciarlas mientras cada vez era más evidente que la joven estaba aprovechando para masturbar a su jefa.
-Dios, ¡me encanta!- susurró la princesa al sentir los dedos de su ayudante mimaban su botón del placer.
La excitación de ambas se incrementó exponencialmente cuando, una de mis manos se apoderó de los pechos de la princesa mientras que con la otra magreaba sin recato las nalgas de su secretaria.
-No seas malo. ¡Puedo cortarla!- musitó en voz baja la chavala al notar que una de mis yemas se abría paso en su hasta entonces virgen ojete.
El morbo de saber que nadie había hoyado ese agujero me impulsó a juguetear con él mientras su dueña terminaba de afeitar a Sovann.
-¡Por favor!- sollozó la oriental al experimentar esa intrusión.
Su sollozo lejos de hacerme recapacitar, avivó el fuego de mi lujuria y sabiendo que no se iba a negar, ordené a Loung que limpiara con la lengua el chocho de su princesa mientras le introducía una segunda yema en su entrada trasera.
Sovann no puso impedimento alguno a que su secretaria empezara a lamer su sexo y colaborando con ella, separó sus piernas para que le resultara más fácil. Con los nervios a flor de piel pero ya dispuesta, Loung tomó posesión de su sexo concentrando todos sus esfuerzos en el clítoris que se escondía entre sus reales pliegues.
El efecto de esas húmedas caricias fue inmediato y retorciéndose sobre la tapa del váter, la viuda de mi hermano se corrió salvajemente. Sorprendida pero igualmente encantada por la violencia de ese orgasmo, su recién estrenada amante se fue bebiendo el flujo que brotaba del coño mientras su trasero era forzado por mis dedos. La insistencia de la joven prolongó el placer de mi cuñada, la cual con las hormonas de una hembra en celo cambió de postura y tirándose al frio suelo, buscó con la boca el coño de su ayudante mientras esta seguí lamiendo intensamente su sexo.
Esa maniobra que tantas veces había visto en las películas pero que nunca había practicado, fue el banderazo de salida a una loca carrera de ambas por encontrar el placer mutuo mientras yo ponía mi granito de arena separando las nalgas de la oriental.
-No me hagas daño- susurró al sentir que la cabeza de mi pene se posaba en su entrada trasera.
Estaba a punto de desflorar ese virginal trasero cuando comprendí que esa maravilla merecía una atención especial y que en mitad del baño, no podía ni debía hacerlo por eso cambiando de objetivo de un certero empujón se lo metí hasta el fondo de su cueva.
El chillido de placer de la secretaria fue tan brutal que durante unos instantes la princesa se quedó quieta pero al comprender que no era de dolor, mordisqueó el clítoris de la muchacha mientras mi verga machacaba el interior con fiereza.
-¡Me corro!- aulló descompuesta nuestra víctima al sentir ese doble estímulo y mientras su cuerpo era sacudido por el gozo, hundió nuevamente su boca entre las piernas de su jefa.
El sabor agridulce de su flujo exacerbó a la princesa que al comprobar que recibía la muchacha recibía con alborozo los embates del de su prometido decidió que era hora de completar su instrucción y levantándose, cogió las duras nalgas de la cría y abriéndolas me soltó:
-Amor mío, esta zorrita necesita que le rompas el culito.
Dudé un instante si obedecer pero al comprobar la facilidad con la que los dedos de Sovann invadían el ojete de su ayudante mientras esta, envuelta en sensaciones nuevas, no paraba de gemir de gusto me hizo cambiar de opinión y asumiendo que estaba dispuesta, saqué mi instrumento de su sexo y colocándolo en el inmaculado esfínter, lentamente fue horadándolo.
-¡Me duele!-aulló estremecida por el dolor.
El sufrimiento de la joven provocó que otra carcajada de su jefa la cual entregada a la lujuria reclamó que terminara de metérselo y soltando un fuerte azote sobre mi propio trasero, me obligó a romperle el culo diciendo:
-¡Haz que esta puta disfrute!
Azuzado por la nalgada, la cabalgué salvajemente. Mis embestidas alcanzaron un ritmo infernal que derribó todas las defensas de la oriental y su dolor se transformó en placer mientras lloraba por su virginidad perdida. Ante mis ojos, todo su cuerpo convulsionó al experimentar que se derretía siendo usada de esa manera por mí y totalmente a mi merced, gritó que no parara.
Al escuchar su pedido, la cogí del pelo y usándolo como riendas, me lancé en un galope desenfrenado que me hizo alcanzar nuevas cotas de excitación mientras mi cuñada se dedicaba a morder los pechos de la pobre chavala.
-¡Soy feliz siendo vuestra puta!- chilló descompuesta al interiorizar que su entrega era absoluta y que jamás había sentido tanto placer como el que la estábamos brindando en ese instante.
Al escuchar ese chillido, Sovann soltó una carcajada y acercando su boca a la boca de Loung, la mordió los labios mientras la decía:
-No solo eres nuestra puta, eres nuestra mujer y yo la vuestra.
Que ambas aceptaran de buen grado esa relación a tres bandas me alegró y viendo que no paraban de besarse, busqué mi propio placer acelerando mis incursiones sobre su culo. No tardé en explotar y Loung al sentir mi simiente rellenando el interior de sus intestinos, se vió sacudida por un nuevo y brutal orgasmo que la dejó paralizada hasta que agotada, se dejó caer sobre la suelo y sollozando volvió a confirmar que era nuestra y que no le importaba que su honor quedara en entredicho al ser nuestra amante.
-No entiendo- respondí al ver sus lágrimas.
Interviniendo Sovann me comentó que según las estrictas normas de la sociedad de su país, de conocerse que se había entregado a nosotros, cualquier miembro de su familia podía exigir que un juez reparara el daño lo que conllevaría no solo el ser desheredada sino que llevándolo al extremo, podía ser víctima de un asesinato por honor.
Hasta ese momento no había conocido que sobre ella caería la vergüenza de ser una paria y que su familia renegaría de ella por ser la amante de la princesa y de su futuro marido.
-¡Qué salvajes! ¡Eso es medieval! – exclamé poniendo a mi cerebro a trabajar a mil por hora.
Loung temiendo que la separara de nuestro lado, se arrodilló a mis pies implorando que no lo hiciera por que prefería una vida corta pero intensa con nosotros dos que languidecer lejos de nuestros brazos.
-Tengo una solución- respondí llevándola hasta la cama y mientras la princesa intentaba consolarla, cogí el teléfono.
-¿Qué vas a hacer? –preguntó mi cuñada.
-¿Recuerdas a Sergio, mi socio?- dije a la muchacha que no paraba de llorar.
Enjuagándose las lágrimas, contestó que sí y fue entonces cuando descojonado la solté:
-Me debe muchos favores y no podrá objeción.
-¿Objeción a qué?- insistió Sovann.
-Aunque nunca lo hemos hablado, sé que es homosexual y como no le interesa que se sepa, jamás saldrá del armario públicamente… le voy a pedir que se case contigo- repliqué mirando a la aterrorizada muchacha- y aunque legalmente seas su esposa, la realidad es que serás la nuestra.
-No va a aceptar- sollozó mientras en sus ojos se podía vislumbrar un hálito de esperanza.
-¡Lo conozco y sé que lo hará!- repliqué mientras marcaba su número.
Los tres timbrazos que tardó en contestar se me hicieron eternos pero me sirvieron para acomodar mis ideas y saber que decir.
-Buenos días- escuché que me saludaba desde el otro lado de la línea.
Midiendo mis palabras, le conté brevemente el tipo de relación que me unía con las dos samoyanas mientras ellas permanecían calladas y expectantes sobre la cama.
-¿Te estás tirando a las dos?- preguntó muerto de risa.
-Así es- reconocí- y eso es un problema.
Creyendo que le llamaba para fantasear, no pudo reprimir una carcajada mientras me decía:
-Sí, ¡que te van a dejar seco!
No tomé en cuenta su burrada y conociendo el modo de pensar de mi amigo, le expliqué el negro panorama que se le avecinaba a la chavala si alguien llegaba a sospechar que era nuestra concubina. Su tono perdió la guasa cuando contestó escandalizado que era increíble que eso pasara en pleno siglo xxi.
-Por su bien tienes que terminar con ella- insistió.
-Lo intenté pero ella no quiere y amenaza con suicidarse si la dejamos- respondí en plan melodramático.
Sin saber que le iba a pedir su ayuda, me preguntó:
-¿Qué vas a hacer?
-El problema es de los dos – respondí -porque si esto sale a la luz, su padre que actualmente es un poderoso aliado se pondría en contra de la princesa y podríamos perder este negocio.
Sergio, que no es tonto, comprendió que se me había ocurrido una solución que no le iba a gustar y con la mosca tras de la oreja, replicó:
-¿En qué has pensado?
Lanzándome al precipicio, contesté descubriendo su secreto:
-Aunque jamás me lo has reconocido, sé que eres homosexual y sabiendo que nunca se te ha pasado por la cabeza hacerlo público, necesito que te cases con ella princesa y en contraprestación, te regalo el primer millón que ganemos haciendo negocios con los samoyanos.
Mi amigo se quedó callado al escuchar mi petición. Tras unos segundos de indecisión y apenas repuesto de la impresión, me espetó:
-¡Eres un hijo de puta! Si lo sabías, ¿por qué nunca me lo habías comentado?
Extrañado que fuera eso lo que le molestaba y no el favor que le estaba pidiendo, respondí:
-Porque me daba igual. Te quiero como a un hermano y a la familia no se la juzga- y defendiéndome como gato panza arriba, exclamé: -¡esperaba que fueras tu quien me lo dijera!
Durante un minuto se mantuvo en silencio digiriendo el contenido de nuestra conversación, tras lo cual mirándome a los ojos contestó:
-No sabes lo que he sufrido durante estos años al no saber si me rechazarías, por eso comprendo perfectamente lo que debe estar soportando esa cría con la situación en la que la has puesto. ¡Deberías haberlo pensado antes de meterte entre sus piernas!
-Lo sé.
-¡Qué cojones vas a saber! ¡No tienes ni puta idea de lo que se siente al tener que esconderte!
Acojonado por el cabreo de mi amigo y temiendo que no me ayudara, pregunté si nos iba a ayudar:
-A ella, no a ti. Eres un cerdo egoísta que solo piensa en su bragueta. ¡Por supuesto que me casaré con ella! Y si algún día tiene la desgracia de quedarse embarazada por ti, reconoceré a su hijo como hijo mío y no podrás negarte.
-Te lo agradezco- respondí escuetamente al no querer entrar en el tema de la paternidad.
Cambiando de tono, Sergio me dijo:
-El millón me lo quedo y tú pagarás la boda porque al final de cuenta eres tú el causante y máximo beneficiario de esto.
No pude más que aceptar sus condiciones. Despidiéndome de él, me dirigí a las dos orientales que permanecían atentas por el resultado de mi llamada y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, comenté:
-Volvamos a la cama a celebrar que nuestra pequeña se casa.
Para mi sorpresa, Loung me contestó que no estaba contenta con esa solución y que aunque la aceptaba, pensaría en otra que la satisficiera más…