CAPÍTULO 5

No habían dado las ocho de la mañana, cuando escuché que se abría mi puerta y todavía somnoliento, observé a mi cuñada entrando con una bandeja con mi desayuno en mi cuarto. Haciéndome el dormido, cerré mis ojos creyendo que al verme roncando esa arpía volvería por donde había llegado, ya que, no me apetecía hablar con ella. Lo que no me esperaba fue que dejando la bandeja sobre la mesa, esa puta acercara una silla a la cama y se sentara en ella.
―¡Cómo te pareces a tu hermano!― susurró sin querer, tras lo cual, la oí suspirar. Entreabriendo los ojos, descubrí que esa mujer, al suponer que seguía durmiendo, se había empezado a acariciar.
Vestida con un camisón que se transparentaba todo, observé que bajo la tela sus pezones se habían puesto duros con mirarme y a su dueña con las rodillas separadas mientras su mano toqueteaba con disimulo su sexo. Lo erótico de la situación hizo que bajo las sábanas mi pene se pusiera morcillón y totalmente espabilado, siguiera fingiendo sin perder detalle de los movimientos de mi cuñada.
Incapaz de retenerse, Sovann se sacó un pecho y cogiendo entre sus yemas la aureola, lo empezó a pellizcar mientras con su otra mano separaba los pliegues de su vulva y en silencio daba inicio a una pausada masturbación. Sus dedos torturaron su ya inhiesto clítoris con rapidez como temiendo que el hombre que yacía a su lado se despertara. Poco a poco su calentura fue subiendo en intensidad hasta que con suaves gemidos, se dio la vuelta y posando su pecho sobre el asiento, levantó su culo y abriendo sus nalgas, se introdujo un dedo en su interior.
Reconozco que mi pene se puso como una roca al disfrutar, yo, de la visión de su ojete rosado a escasos centímetros de mi cara y solo el corte de que ella supiera que había estado atento mientras satisfacía sus necesidades, evitó que al verla correrse no me levantara y la tomara allí mismo.
Una vez había conseguido que su cuerpo disfrutara, la vi acomodarse el camisón y mientras salía de la habitación, escuché que me decía:
―Manuel, espero que te haya dejado tan caliente como tú me dejaste anoche. Ahora desayuna que, en una hora, me tienes que presentar a tu socio.
«¡Será guarra!», exclamé mentalmente al percatarme de que había sido objeto de su burla.
Mi cuñada se había masturbado frente a mí, consciente de que la observaba. Comprendí que lo había hecho como castigo a mi huida de la noche anterior pero, aun así, me sacó de las casillas la facilidad con la que esa princesita era capaz de manipularme.
Decidido a no dejarme vencer con tanta facilidad, me levanté y sirviéndome un café, me metí a duchar. Bajo el chorro y mientras el agua fría calmaba el ardor de mi entrepierna, planeé mi siguientes pasos, convencido de que aunque ese engendro del demonio estuviera acostumbrado a ese tipo de conjuras palaciegas, le plantearía cara y saldría victorioso.
Mis nuevos ánimos me duraron poco porque al ir bajando por las escaleras, vi a Sergio charlando animadamente con mi cuñada y en sus ojos descubrí que estaba hipnotizado por sus encantos.
―¿Cómo estás colega?― dije coloquialmente tratando de que esa zorra supiera que ese hombre era ante todo mi amigo.
―Cabreado de enterarme por la prensa de que te casas― respondió sinceramente pero babeando y sin dejar de mirar a la puñetera princesa.
Aprovechando el momento, me acerqué a mi prometida y posé mis labios en los suyos mientras le acariciaba sin disimulo el culo:
―Ya sabes que siempre he tenido éxito con las chinitas― respondí conociendo el odio que los samoyanos sentían por ese país con el que tantas veces habían guerreado.
Mi dulce cuñadita absorbió mi insulto sin quejarse y luciendo la mejor de sus sonrisas, nos llevó al despacho y sentándose en “mi” sillón, dijo:
―Querido, debería explicarte un poco de historia pero no he citado a Sergio para eso. Por favor, siéntate.
Encantado de haber descubierto un punto flaco en ese témpano de hielo, me senté y simulando atención, la miré. Sovann esperó a que mi socio se acomodara en su asiento y poniendo gesto serio, soltó:
―Señores, ¡hablemos de negocios!― tras lo cual, profesionalmente, nos dio unos papeles y sin esperar a que los leyéramos, dijo: ―Os acabo de entregar la lista de las empresas europeas con intereses en mi país, quiero que me concertéis una cita con todos ellos.
―¿Para qué?― protesté por lo que consideraba una injerencia en mis asuntos.
Poniendo cara de inocente, mi prometida contestó:
―¿Tú que crees? ¡Para ganar dinero! Toda multinacional que quiera seguir trabajando en mi país cuando yo reine, deberá pasar por caja. Con mi ayuda, os haré inmensamente ricos y de esa forma, tanto tú como Sergio financiaréis mi asalto al poder.
―¿De cuánto estamos hablando?― preguntó mi socio interesado.
―Calculo que el primer año nos embolsaremos cien millones, menos los cincuenta que necesitaré, cada uno de vosotros ganará unos veinticinco.
De esa sencilla forma, esa puta se apropió de mi empresa. Como un virus, silenciosamente y sin hacer ruido, se iba apoderando de todo lo que era mío; primero fue mi hermano, luego mi casa y en ese momento, comprendí que al igual que la compañía que tanto me había costado levantar, yo también caería irremediablemente en sus obsesivas garras. Si ya eso fue duro, más humillante fue oír a Sergio entusiasmado por el promisorio futuro que esa arpía nos ofrecía.
―Alteza, me pondré a ello― respondió y cuando ya se iba, dándose la vuelta, dijo: ― Felicidades por la boda.
Sovann esperó a que mi amigo se fuera para soltar una carcajada:
―Como te prometí no seré una carga― y acercándose a mí, me susurró al oído: ―¿Te ha gustado mi regalo?―
Supe que se refería a mi extraño despertar y por eso, le grité:
―¿A qué coño juegas?
Mi cuñada, haciendo caso omiso a mi cabreo, se sentó en mis rodillas y posando su cara en mi pecho, me respondió dulcemente:
―Ya que no quieres dejarme embarazada, tengo que pensar en mi futuro y que mejor forma de hacerlo que convertir a mi futuro esposo en millonario. Tu hermano nunca quiso que nos aprovecháramos de mi puesto pero, como eres diferente, contigo no me hará falta disimular.
―¿Y tu pueblo? ¿Y tus ideales?― exclamé intrigado.
―Samoya necesita progresar y si llegó a ser su reina, me ocuparé de ello. Pero como comprobarás soy una mujer práctica y pienso hacerme una hucha por si no se cumplen mis deseos.
―Eres una zorra materialista― contesté pensando en lo engañado que había estado mi mellizo con su mujercita.
Esta, llevando su mano a mi entrepierna y mientras se acomodaba sobre mí, se rio y dijo:
―Lo soy y después de hablar de dinero, ¡necesito follar!
Descojonado por su descaro, le arranqué la blusa y cogiendo un pezón entre mis dedos, lo acerqué a mi boca mientras le decía:
―Si mi chinita quiere follar, tendré que hacer el esfuerzo.
Mi dulce y desinteresada cuñada no pudo reprimir un gemido al sentir mi lengua jugueteando con su aureola pero, antes de perder el control, me susurró:
―Como me vuelvas a llamar chinita, ¡te corto los huevos!
Sonreí al escucharla pero omitiendo mi respuesta, me concentré en las dos preciosidades que esa mujer ponía a mi disposición y mientras ella me bajaba la bragueta, me dediqué a mordisquearlas. Al pasar mi mano por debajo de su falda, descubrí que tampoco ese día llevaba bragas y cogiendo su trasero entre mis manos, apreté sus duras nalgas.
―Lo tienes enorme― protestó al intentarse introducir sin más mi falo.
Aunque estaba excitada, seguía teniendo el coño seco y apiadándome de ella la cogí entre mis brazos y depositándola sobre la mesa, le separé las piernas:
―Ten cuidado, todavía no estoy lubricada.
―Eso se puede arreglar― contesté mientras me quedada extasiado al contemplar la belleza de su sexo y sin esperar su permiso, separé sus labios.
Mi princesa suspiró al sentir mi lengua aproximándose a su objetivo y como una cerda en celo, me rogó que me diera prisa. Acostumbrada a mandar, protestó cuando contrariando sus deseos, me entretuve jugueteando con los bordes de su botón antes de conquistarlo y completamente cachonda, presionó con sus manos mi cabeza contra su entrepierna. Al percibir su calentura, decidí prolongar su sufrimiento y ralentizando mis maniobras, incrementé su angustia.
―Te lo ruego: ¡Fóllame!― gritó fuera de sí― ¡Me urge tenerte dentro!
Fue entonces cuando compitiendo con mi boca, sus dedos se apoderaron de su clítoris y se empezó a masturbar. Con mi meta ocupada, la penetré con la lengua y saboreando su flujo, percibí que estaba a punto de correrse. Decidido a explotar sus flaquezas, pasé un dedo por su esfínter y lo empecé a relajar con suaves movimientos circulares.
Ella, al experimentar el triple estímulo, no resistió más y retorciéndose sobre el tablero, llegó al orgasmo dando tantos alaridos que temí que sus berridos llegaran a los oídos de los policías del garaje. La que sé que se enteró de todo fue Loung porque la vi observándonos desde la puerta con una mezcla de deseo y envidia en sus ojos.
―¡Me corro!― aulló como posesa, ajena a la intromisión de su secretaria.
Azuzando su deseo, terminé de introducirle mi dedo en su culo mientras usaba mi lengua para recoger parte del fruto que manaba de sus entrañas y digo parte, porque para el aquel entonces su sexo se había convertido en un ardiente geiser del que brotaba sin control su placer.
―¡No puede ser!― chilló al sentir que una a una sus defensas se iban desmoronando ante mi audaz ataque y temblando sobre la mesa, dejó un charco, señal clara del éxtasis que la tenía subyugada.
Metiendo y sacando mi lengua de su interior, conseguí una victoria aplastante y solo cuando con lágrimas en los ojos me suplicó que la tomara, solo entonces, cogiendo mi pene entre las manos, y mientras miraba de reojo a la otra mujer, forcé su entrada de un solo empujón. Ni siquiera me hizo falta moverme: Sovann al sentir su conducto ocupado y mi glande chocar contra el final de su vagina, volvió a correrse y clavando sus uñas en mis nalgas, me exigió que la follara.
―¿Te gusta mi chinita?― pregunté al sentir su flujo recorriendo mis piernas.
―Síííí, ¡Cabrón! Llámame como quieras pero ¡no dejes de follarme!― ladró convertida en perra.
No tardé en hacerle caso y dando a mis caderas una velocidad creciente, apuñalé sin descanso su sexo. La mujer respondió a cada incursión con un gemido, de forma que mi antiguo despacho se llenó de sus gritos y su fiel súbdita fue testigo de la claudicación de su princesa. Llorando la vi marchar.
―¡Dios! ¡No pares!― chilló mi cuñada absolutamente dominada por la lujuria.
La entrega que me demostró, rebasó en mucho mis previsiones y cuando le informé que estaba a punto de correrme, me pidió que no eyaculara en su interior porque podía quedarse embarazada.
―¿No es eso lo que quieres?― pregunté pellizcándole un pezón.
―Si pero no ahora. Si me preñas antes de que nos casemos, no podré retenerte.
―Por eso no te preocupes. Aunque es reversible, ¡tengo la vasectomía hecha!― respondí soltando una carcajada mientras sembraba con mi inocuo semen su fértil sembrado…

CAPÍTULO 6

Para los que no estén al tanto de mi vida, me permito presentarme. Soy Manuel Cifuentes, un empresario español que un día al morir mi hermano, descubrió su cuñada era una princesa oriental y al que los azares del destino, le jugaron una mala jugada. Debido a las leyes monárquicas samoyanas, si mi cuñada quería reinar, debía de casarse conmigo. Cuando me enteré, me enfadé pero de alguna forma esa preciosa mujer de diminuta estatura pero gran inteligencia consiguió involucrarme en esa locura y ahora estaba comprometido con ella.
Si ya eso es suficientemente extraño, más aún es que habiéndonos convertido en amantes, vivamos en la misma casa con su secretaria, Loung, una joven de su país. Antes de saber que en Samoya, se regían por el Levirato y que a toda mujer viuda y sin hijos se le exigía contraer matrimonio con el hermano de su marido, me acosté con ella y ahora cada vez que la veo rondando por la casa, deseo volverlo a hacer.
Celos y malas caras.
Desde que Loung nos pilló haciendo el amor en el despacho, evitaba mi compañía. Decidida a no fallar a su jefa, fruncía su ceño y se escabullía cada vez que yo llegaba. Su insistencia por evitarme solo conseguía incrementar el morbo que me causaba la idea de volvérmela a follar y por eso cada vez que podía, teniéndola presente, acariciaba a mi cuñada, la princesa.
Mi cuñada, ajena a los sentimientos de su secretaria, era de naturaleza fogosa, por no decir que era más puta que las gallinas o que le gustaba más el fornicar que a un niño un caramelo.
Solo necesitaba sentir que le acariciaba el culo para que, dejando lo que estuviera haciendo, me pidiera que la tomara allí mismo. Sin importarle donde ni cuando, esa viuda siempre estaba sin bragas y dispuesta. La había poseído en casi todas las habitaciones de la casa y haciendo un recuento, me di cuenta que el único sitio en el que no me la había tirado, era en el cuarto que usaba su secretaria.
Decidido a subsanar ese error, acababa de llegar a comer un medio día, cuando me encontré a la princesa en mitad del pasillo y dándole un beso, la cogí entre mis brazos y sin darle tiempo a opinar, la tiré sobre la cama de Loung.
―¡Vienes bruto!― exclamó al ver que me desnudaba.
―Sí, cuñadita― respondí mientras me quitaba los pantalones.
Como me imaginé, al ver mi pene erecto, esa mujer no se pudo aguantar y gateando hasta mí, me pidió que le dejara hacerme una mamada sin meditar donde estábamos. Conociendo a la mujer de mi hermano, me puse en dirección a la puerta y así, si Loung nos descubría, la zorra de mi cuñada no se enteraría.
Incrementando el deseo de Sovann, cogí mi sexo con una mano y meneándolo hacia arriba y hacia abajo, lo puse a escasos centímetros de su cara. Satisfecho, observé que la muy puta se relamía los labios y antes de metérsela en la boca, susurró con satisfacción:
―Me encanta lo cerdo que eres. Antes de conocerte, me tenía que masturbar a todas horas pero ya no me acuerdo de la última vez que lo hice.
De rodillas y sin parar de gemir, se fue introduciendo mi falo mientras sus dedos acariciaban mis huevos. De pie sobre la alfombra, vi como mi cuñada abría sus labios y con rapidez, engullía la mitad de mi rabo. Obsesivamente, sacó su lengua y recorriendo con ella la cabeza de mi glande, lo volvió a enterrar en su garganta. No pude reprimir un gruñido de satisfacción al ver a su secretaria espiando desde la puerta y presionando la cabeza de la viuda, le ordené que se la tragara por completo.
Suprimiendo sus nauseas, Sovann obedeció y tomó en su interior toda mi verga. Como la experta mamadora que era, mi dulce y puta cuñada apretó sus labios, ralentizando mi penetración hasta que sintió que la punta de mi pene incursionó hasta el fondo de su garganta, iniciando entonces un mete saca delicioso que hizo brotar de mi boca un gemido.
―Qué rico la mamas, ¿no te gustaría que la estrecha de tu secretaría nos viera?― pregunté sin dejar de mirar a la susodicha.
Ignorando la presencia de la muchacha, mi princesa llevó una mano a su entrepierna y se empezó a masturbar mientras me contestaba:
―¡Se asustaría!― gritó muerta de risa –Esa zorrita debe ser frígida o lesbiana. ¿No te has dado cuenta que te huye?
Mirando a la cara a su secretaría, insistí:
―Si quieres la seduzco y te la meto en la cama.
Ante la sorprendida joven, mi cuñada berreó y antes de proseguir con la mamada, me suplicó que lo intentara:
―Nunca he estado con una mujer, pero enloquecería si esa monada me dejara comerle el coño mientras tú me follas― soltó antes de tragando saliva, volver a adorar mi miembro.
Reí al observar que Loung huía escandalizada y aprovechado su espantada, me concentré en mi cuñada. Levantándola del suelo, le quité el vestido y apoyándola sobre la cama, la penetré de un solo empujón. Sovann, aulló al sentir su conducto invadido pero no se apartó sino que imprimiendo a sus caderas una sensual agitación, me rogó que la siguiera tomando.
Cogiendo sus pechos y usándolos como agarré, clavé mi estoque sin pausa. Noté que la guarra estaba sobreexcitada por la facilidad con la que mi extensión entraba y salía de su sexo. Forzando su entrega, aceleré mis movimientos. La velocidad con la que mi pene la embistió fue tan brutal que, por la inercia, mis huevos revotaron contra su clítoris una y otra vez, por eso, no fue raro oír sus chillidos y que retorciéndose sobre las sábanas, esa puta se corriera. Dejándome llevar, eyaculé en su interior mientras mi mente planeaba el modo en que sometería a la otra fulana.
Agotado, me tumbé a su lado. Momento que la esposa de mi hermano aprovechó para subirse encima de mí y mientras intentaba reavivar la pasión, preguntarme con voz incrédula:
―¿De verdad no te importaría compartirme con Loung?
―No― respondí pellizcándole un pezón –Sería un placer darla por culo mientras ella te hace una mamada.
―¿En serio? ¿Harías eso por mí?
Su insistencia me reveló que mis palabras habían despertado su lado lésbico y mientras mis dedos le pellizcaban un pezón, le prometí poner a esa monada en su cama.
―¿Cómo quieres que te ayude?― preguntó mientras se volvía a empalar con mi sexo.
―Desaparece esta tarde de casa. No sé si tendré que atarla pero esta noche cuando vuelvas, ¡cenarás conejo!
Mi promesa la desbordó y bramando sin control, buscó nuestro placer mientras se imaginaba saboreando el chocho de esa muchacha. Después de media hora y habiendo descargado mis huevos varias veces, decidimos comer y al entrar en el comedor, observamos que Loung estaba sentada en su sitio con caras de pocos amigos.
Muerto de risa por saber lo que se le avecinaba a la pobre, me senté junto a ella y mientras charlaba tranquilamente con mi cuñada, la princesa, dejé mi mano sobre su pierna. La cría se puso roja e inmediatamente pero sin hacer aspavientos intentó retirar esos dedos que la estaban acariciando por debajo de la falda, pero por mucho que insistió, mis yemas siguieron recorriendo su piel.
Claramente asustada y temiendo en todo momento que su jefa se enterara, empezó a sudar sin saber qué hacer. Era evidente que no podía montar un escándalo pero si no actuaba era quizás peor y por eso tras mucho meditar, decidió callarse y aguantar el chaparrón.
A la zorra de mi cuñada no le había pasado inadvertida mi maniobra y disfrutando cada momento, continuamente le preguntaba por temas de trabajo y así hacerle aún más difícil el trance. Su inacción me dio alas y subiendo por sus muslos, mis dedos se fueron acercando a su sexo. Loung, en un vano intento por eludir lo inevitable, cerró las piernas pero no pudo impedir que levantándole la falda, mi mano se introdujera en su entrepierna.
Al contrario que su jefa, la jovencita usaba bragas y por eso antes de sortear ese último obstáculo, me entretuve acariciando su monte a través de la tela. Cuando sintió la primera caricia en su botón, me miró con odio pero no se movió. Sé que en su interior deseaba estrangularme pero su cuerpo la traicionó y abriendo el grifo, su vulva se encharcó mientras unas lágrimas de vergüenza intentaban aflorar en sus ojos.
No me compadecí de su suerte y separando su tanga, deslicé dos dedos por debajo y obviando el sufrimiento de esa niña, me apoderé de su clítoris. La vi estremecerse al experimentar el suave pellizco que le di y incrementando su angustia, la fui masturbando mientras al otro lado de la mesa, mi cuñada le decía:
―Loung, estoy muy preocupada por ti. Te veo pálida, ¿Te ocurre algo?
Sin poderle gritar que el cerdo de su prometido estaba abusando de ella, sonrió y con la voz entrecortada por el placer que yo le estaba imponiendo, respondió:
―No, princesa. Solo estoy cansada.
Y coincidiendo con sus palabras, introduje mis dedos en su coño, lo que terminó de asolar su última defensa. En silencio, la muchacha se corrió dejando un charco bajo sus piernas. Por mucho que intentó que no se notara, fue evidente porque su cuerpo tembló inconscientemente mientras lo hacía.
Humillada y colérica, pidió permiso a su jefa para ausentarse y pegándome una patada por debajo de la mesa, nos dejó.
La princesa esperó un periodo razonable y cuando ya Loung no podía escucharla, soltando una carcajada, exclamó:
―No te follo ahora mismo porque te he prometido desaparecer, pero te juro que me ha puesto a mil ver como masturbabas a esa zorrita.
―¿Quieres probar su flujo?― contesté levantándome de la silla y metiendo mis dedos impregnados del aroma de la cría en su boca.
Mi cuñada lamió con desesperación mi mano, intentando absorber la esencia de la muchacha y antes que me diera cuenta, ya me había bajado la bragueta y quería repetir faena. Separándome de ella, le di un azote y descojonado le informé que tenía que irse y dejarme solo con nuestra víctima. Poniendo un puchero, dio un beso a mi polla y cogiendo su bolso, desapareció de la casa…