(Estimados lectores el presente relato “Memorias de una jovencita 1 vRD” es un texto anónimo datado de los años 1700-1800 (leí por un lado que pertenecía a la época llamada Victoriana), es decir, es lo mismo que leer “Las Memorias de una Pulga” de un escritor anónimo que según yo imagino fue escrita por el mismísimo Márquez de Sade o similar, claro que cambié muchas palabras y a lo mejor alteré una que otra escena fogosa con la sola intención de aumentar mi propio morbo, lo demás está intacto a como lo dejó quien lo escribió quizás en que siglo, este será publicado en dos partes, la segunda la publicaré dentro de esta misma semana, acá se las dejo y para los que nunca la hayan leído espero que la disfruten, recalco este texto NO es de mi autoría (Llevo 75 páginas escritas de Gabriela 14, pero aún me falta como para que quede para su publicación. Saludos))
“Memorias sobre una jovencita 1 vRD”
(Memorias de una pulga)

Nací, pero no sabría decir cómo, cuándo o dónde, y por lo tanto debo permitirle al lector que acepte esta afirmación mía y que la crea si bien le parece.
Otra cosa es asimismo cierta: el hecho de mi nacimiento no es ni siquiera un átomo menos cierto que la veracidad de estas memorias, y si el estudiante inteligente que profundice en estas páginas se pregunta cómo sucedió que en el transcurso de mi paso por la vida, o tal vez he debido decir mi brinco por ella, estuve dotada de inteligencia, dotes de observación y poderes retentivos de memoria que me permitieron conservar el recuerdo de los maravillosos hechos y descubrimientos que voy a relatar, únicamente podré contestarle que hay inteligencias insospechadas por el populacho, y leyes naturales cuya existencia no ha podido ser descubierta todavía por los más avanzados científicos del mundo.
Oí decir en alguna parte que mi destino era pasarme la vida chupando sangre. En modo alguno soy el más insignificante de los seres que pertenecen a esta fraternidad universal, y si llevo una existencia precaria en los cuerpos de aquellos con quienes entro en contacto, mi propia experiencia demuestra que lo hago de una manera notablemente peculiar, ya que hago una advertencia de mi ocupación que raramente ofrecen otros seres de otros grados en mi misma profesión.
Pero mi creencia es que persigo objetivos más nobles que el de la simple sustentación de mi ser por medio de las contribuciones de los incautos. Me he dado cuenta de este defecto original mío, y con un alma que está muy por encima de los vulgares instintos de los seres de mi raza, he ido escalando alturas de percepción mental y de erudición que me colocaron para siempre en la cúspide de la grandeza en el mundo de los insectos.
Es el hecho de haber alcanzado tal esclarecimiento mental el que quiero evocar al describir las escandalosas escenas que presencié, y en las que incluso tomé parte. No he de detenerme para exponer por qué medios fui dotada de poderes humanos de observación y de discernimiento. Séales permitido simplemente darse cuenta, a través de mis elucubraciones, de que los poseo, y procedamos en consecuencia.
De esta suerte se darán ustedes cuenta de que no soy una pulga vulgar. En efecto, cuando se tienen en cuenta las compañías que estoy acostumbrado a frecuentar, la familiaridad con que he conllevado el trato con las más altas personalidades, y la forma en que trabé conocimiento con la mayoría de ellas, el lector no dudará en convenir conmigo que, en verdad, soy el más maravilloso y eminente de los insectos.
Mis primeros recuerdos me retrotraen a una época en que me encontraba en el interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general inexistente.
Estaba entregada a mi tarea profesional en la ya muy bien formada y blanca pierna de una jovencita de alrededor de 18 años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo como exquisita, así como el aroma de su… Mmm… pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas atenciones, la hermosa jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver cómo, en el momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la chica en cuestión una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Bella, bordado en la suave medía de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una señora alta y majestuosa además de muy buen ver corporalmente, con la cual por ahora no me interesa entrar en relaciones de intimidad.
Bella era una preciosidad de apenas 18 años, y de figura perfecta. No obstante su juventud, sus dulces senos en flor empezaban ya a adquirir proporciones como las que placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave como los perfumes de Arabia, y su piel era tan suave que parecía de terciopelo. Bella ya sabía, desde luego, cuáles eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y por sobre todo también los hombres ya más maduros. En el exterior del templo se produjo un silencio general, y todos los rostros se volvieron a mirar a la hermosa Bella, manifestaciones que hablaban mejor que las palabras de que era la más admirada por todos los ojos, y la más deseada por los corazones masculinos.
Sin embargo, sin prestar la menor atención a lo que era evidentemente un suceso de todos los días, la damita se encaminó con paso decidido hacia su hogar, en compañía de su tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar cómo la gentil jovencita alzaba una de sus exquisitas piernas para cruzarla sobre la otra con el fin de desatarse las elegantes y pequeñísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una de otra sus delineadas pantorrillas, Bella se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca y cuando la chica ya se había despojado de toda su ropa para cambiársela, pude ver las curvas de esos hermosos muslos que se desplegaban hacia arriba hasta las ligas que usaba, firmemente sujetas, para perderse luego en la oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que se reunían con su hermoso bajo vientre para casi impedir la vista de una delicada hendidura color durazno, que apenas asomaba por entre los escasos pelitos que desde hace muy poco tiempo jaspeaban aquella deliciosa zona.
De pronto Bella dejó caer la nota que le habían entregado en secreto, y habiendo quedado abierta, me tomé la libertad de leerla también:
“Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar”. Eran las únicas palabras escritas en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella, puesto que se mantuvo en la misma postura por algún tiempo en actitud pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de las andanzas de aquella interesante jovencita, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tan placentera promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Bella se volvió a vestir con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que rodeaba la casa de campo donde moraba, fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa y núbil amiguita.
Se entabló una conversación que, sí debo juzgar por la abstracción que en ella se hacía de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para ambos.
Anochecía, y estábamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y la joven pareja se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su felicidad mutua.
–No sabes cuánto te quiero, Bella -murmuró el joven en un momento dado, sellando tiernamente su declaración con un beso depositado sobre los temblorosos labios que ella ofrecía.
–Sí, lo sé -contestó la criatura con aire inocente, algo que era común el ella. –¿No me lo estás diciendo constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Bella agitaba inquietamente sus lindos pies en señal de nerviosismo, y se veía algo meditabunda.
–¿Cuándo me explicarás y enseñarás todas esas cosas divertidas de que me has hablado?, -preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada en la cual se entremezclaba la nerviosidad y el candor, para volver luego a clavar la vista en el suelo.
–¡Ahora! -repuso el joven. –Ahora, mi querida Bella, que estamos a solas y libres de interrupciones. ¿Sabes, Bella? Ya no somos unos chiquillos. -La chica asintió con un movimiento de cabeza. –Bien; hay cosas que los niños no saben, y que los jóvenes como nosotros no sólo deben conocer, sino también practicar.
–¡Válgame Dios! -dijo ella, muy seria a la vez que intentaba imaginar el asunto ese que le decía el joven que la acompañaba, eso que al parecer ellos debían practicar.
–Sí… -continuó su compañero. –Hay entre los que se aman asuntos secretos que los hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado… además que es algo muy rico.
–¡Dios mío! -exclamó otra vez Bella. –¡Qué sentimental te has vuelto, Carlos! Todavía recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
–Así lo creía mi amor, hasta que me enamoré de ti, -replicó el joven.
–¡Tonterías! -repuso Bella. –Pero sigamos adelante, y cuéntame lo que me tienes prometido.
–No te lo puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño, -le contestó el joven Carlos que también estaba nervioso total. –Estos conocimientos sólo se aprenden observándolos en la práctica.
–¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! -exclamó la ansiosa joven, en cuya brillante mirada y ardientes mejillas creí descubrir que tenía un total interés de la clase de instrucción que demandaba.
En la impaciencia de aquella esplendorosa adolescente había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y, cubriendo con su cuerpo al de la bella damita en aquel rustico banco, acercó sus labios a los de ella y la besó embelesado.
Bella no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras la oscuridad, y extendían sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Carlos se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Con la natural oposición de parte de Bella quien no estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones y menos que invadieran su cuerpo, el joven como pudo pasó su mano por debajo de las enaguas de la muchacha, y no satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir más arriba, y sus inquisitivos dedos entraron en contacto con las suaves y temblorosas carnes de los muslos de la muchacha, las manos claramente iban subiendo hacia su parte más íntima.
El ritmo de la respiración de la chica se apresuró ante este poco delicado ataque a sus encantos. Estaba sin embargo muy lejos de resistirse; indudablemente y para quien hubiese estado observando todo apuntaba a que a la joven al parecer le placía el excitante jugueteo que le estaban enseñando, además de ya creer saber la parte exacta de su cuerpo a la cual iban las manos de su joven compañero.
–S… si… sigueee…, –murmuró. –Te lo permitoooo…
Carlos con solo verla murmurando con sus ojos cerrados no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y captando en el acto el alcance del permiso, introdujo su mano más hacia adentro de aquellos perfectos muslos.
La complaciente muchacha luego de pensarlo mordiéndose su labio inferior abrió sus muslos no con mucha seguridad cuando él metió su mano entre ellos, y de inmediato los dedos del dichoso jovenzuelo alcanzaron las delicadas suavidades de la tela que protegían la tan delicada y virgen hendidura de la cual era poseedora la jovencita.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados, besándose y olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los embargaba en aquella embriaguez de lascivia.
Carlos sintió un delicado objeto que adquiría rigidez bajo sus ágiles dedos y bajo de la suave tela de la prenda íntima de la chica, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento la joven Bella cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza buscaba apoyo en el brazo de su amado.
–¡Oh… C… Carlos… se siente tan… tan r… ri… coooo! –murmuró. –¿Qué… qué es esto que me estás haciendo…? –le consultó a raíz de las deliciosas sensaciones le estaban proporcionando.
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de producirle mayores sensaciones que las que le había proporcionado con sus dedos.
Nada renuente, Bella se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque experimentaba la curiosidad que habían despertado en ella, o porque realmente se sentía transportada por deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de carne de su amigo.
Aquellos de mis lectores que se hayan encontrado en una situación similar, podrán comprender rápidamente el calor puesto en empuñar la nueva adquisición, y la mirada de bienvenida con que acogió su primera aparición en público.
Era la primera vez que Bella contemplaba un miembro masculino en plena manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente no era de muy buen tamaño, pero para la chica era más que suficiente. De acuerdo a lo anterior lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos a la curiosa y linda muchachita, o más bien dicho lo que le llamaba la atención de sobremanera era la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella ejercía presión.
Carlos estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía recorriendo por encima de la suave tela el juvenil tesoro del que había tomado posesión. Mientras tanto los jugueteos de la manecita de su amada sobre el juvenil miembro con el que había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que nos ocupa.
Arrobado por la exquisita presión de la suave manita, los dulces y deliciosos apretones, y la inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de lujuria, y Bella era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un torbellino de apasionada excitación que la hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona, la tierna chiquilla era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad y quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud, Carlos no era tan ciego como para dejar escapar tan brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante, desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado por parte de su padre.
Encontró palpitante y bien húmedo el delicado centro femenino que se agitaba bajo sus dedos; contempló a la hermosa muchacha tendida en el banco en una elocuente invitación al deporte del amor, observó sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y bien torneadas piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas íntimas, Carlos descubría los secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en las atrayentes y bien puestas formas femeninas que se ubicaban en las blancas caderas y el vientre palpitante de la hermosa chica.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en el triángulo de seda blanca que protegía la íntima hendidura de la joven apenas escondida al pie de un precioso monte de Venus el cual se adivinaba, apenas sombreado por el más suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Bella ofrecía una frágil rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Carlos captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella le agarraba el miembro, se lanzó furiosamente, sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y apremiante beso. Tras liberar a la chica de sus lujuriosos manoseos íntimos con una de sus manos le corrió la prenda interior hacia un lado y posó su joven y erecto pene en la entrada de amor que la joven ofrecía, junto con ello trató de unir los cuerpos lo más posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sexual, esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Bella sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con los labios de su rosado orificio. Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de Carlos se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos venéreos, dejó escapar por primera vez en su vida una pequeña muestra de su susceptible naturaleza.
Carlos estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la consumación del acto sexual.
Pero la naturaleza, que tanto había influido en el desarrollo de las pasiones sexuales de Bella, había dispuesto, que algo tenía que realizarse antes de que fuera cortado tan fácilmente un capullo tan tempranero.
Ella era muy joven, inmadura, incluso en el sentido de estas visitas mensuales que señalan el comienzo de la pubertad y sus partes, aun cuando estaban llenas de perfecciones y de frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa luchaba en aquel momento por buscar alojamiento en ellas.
En vano se esforzaba Carlos presionando con su excitado miembro hacia el interior de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración en la mística gruta. En vano también la linda Bella, en aquellos momentos inflamada por una excitación que rayaba en la furia, y semi enloquecida por efecto del cosquilleo que ya había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, para lanzarse luego con todas sus fuerzas hacia adelante, con lo que pretendía abrirse paso taladrando en la obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la muchacha que yacía bajo él.
Bella dejó escapar un pequeño grito al sentir como intentaban forzar la puerta que conducía a sus secretos encantos femeninos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar.
Sin embargo, y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Bella se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en cuerpo y alma a las delicias del inminente coito del cual ella pretendía ser protagonista. Sus contracciones musculares en el arma que en aquellos momentos estaba a punto de ensartarla, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante la cual él deseaba romper, todo ello excitaba los sentidos de Carlos hasta la locura.
El joven intentaba hundir su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, y por más que empujaba no podía avanzar, estaba dado de lleno de empezar a recoger la cosecha de sus esfuerzos.
Pero Bella, insaciable en su pasión, también deseaba la completa unión que le ofrecían, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le prometía, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el objeto de su placer deseando que este entrara en ella y acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejó escapar una copiosa emisión de líquidos vaginales que bañaron en su totalidad el endurecido miembro del joven Carlos.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa Bella, y advirtió el caliente flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue preso también de un acceso de furia lujuriosa. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas. A su instrumento poco le faltaba por adentrarse por completo en el joven cuerpo de la chica, solo era el glande el que por ahora se encontraba mellando e intentado forzar el resistente himen de ella. Echándose hacia atrás el joven extrajo el ardiente miembro de aquella inmaculada entrada de amor para volver a acomodarlo en esa parte con claras intenciones de hundirlo por completo. Sintió un cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Bella, mientras derramaba en su vientre (de ella) y en parte de sus ropas un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria insatisfecha escapó de los labios entreabiertos de Bella, al sentir en la suave piel de su estómago parte de aquel caliente derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de la emisión le arrancó a Carlos un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido con los ojos en blanco, como el acto final de aquel frustrado drama sexual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Carlos, escabulléndose del joven cuerpo femenino que estuvo a punto de ser su lúbrico y cálido refugio, y con un esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Bella, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su reprimido goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa de un inmenso horror, se dispuso a esperar la tormenta que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse a ella con toda la presencia de ánimo de que era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su vestimenta.
–¡Muchacho imprudente! -murmuró entre dientes. –¿Qué hiciste? ¿Hasta qué extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu ofendido padre? ¡Si mira nada más… estuviste a punto de partirle la concha a esta pobre criatura! ¿Cómo apaciguarás el justo resentimiento de tu familia cuando yo, en el ejercicio de mi deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
Cuando terminó de hablar, manteniendo al joven Carlos todavía sujeto por la muñeca, la luz de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente 55 años, alto, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente moreno y tosco, resultaba todavía más duro por efecto de un par de ojos brillantes que negros como el azabache, lanzaban en torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones musculares y su sorprendente fisonomía, Carlos estaba confundido por completo, y se sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven compañera de goces libidinosos.
–En cuanto a ti, infeliz muchacha, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mí justa indignación. Olvidándote de todos los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora que te has comportado como una verdadera meretriz del tugurio más barato del poblado? Serás escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y como Nabucodonosor, serás eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a Satán! Yo te digo que…
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha, que Bella, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en demanda de perdón para ella y para su joven amante.
–No digas más —siguió, al cabo, el fiero sacerdote. –No digas más. Las confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa carnal. Mi mente no acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los dictados de mis actuales inclinaciones me encaminaría directamente hacia tus custodios naturales para hacerlas saber de inmediato las infamias que por azar del destino he descubierto.
–¡Por piedad! ¡Compadézcase de mí! -suplicó Bella, cuyas lágrimas se deslizaban por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
–¡Perdónenos padre! ¡Perdónenos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras manos como penitencia, -aportó ahora el arrepentido joven. –Se dirán seis misas y muchos padrenuestros sufragados por nosotros, se emprenderá sin duda la peregrinación al sepulcro de San Engulfo, del que me habló el otro día. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdona a mi querida Bella.
El sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural duro.
–¡Basta!, -dijo. –Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen bendita, que no conoce el pecado, pero que, sin experimentar el placer carnal de la copulación de los mortales, trajo al mundo al niño Jesús en el establo de Belén. Pasa a verme mañana a la sacristía, Bella. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les advirtió que debían marcharse ya. La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente:
–Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Su secreto está a salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver…, -dijo el padre antes de desaparecer.

Curiosa por saber el desarrollo de una aventura en la que ya estaba verdaderamente interesada, al propio tiempo que por la suerte de la gentil y amable Bella, me sentí obligada a permanecer junto a ella, y por lo tanto tuve buen cuidado de no molestarla con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos necesitaba estar en el propio campo de operaciones de la joven.

No trataré de describirles el mal rato que pasó mi joven protegida en el intervalo transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del padre confesor y la hora señalada por éste para visitarle en la sacristía, con el fin de decidir sobre el sino de la infortunada Bella.

Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, la asustada muchacha se presentó ante la puerta de aquella parte de la iglesia a la cual le habían citado y llamó.

La puerta se abrió y apareció el padre en el umbral. A un signo del sacerdote Bella entró, permaneciendo de pie frente a la imponente figura del santo varón. Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. El padre Ambrosio lo rompió al fin para decir:

–Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hija mía. La estricta obediencia del penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino. -Al oír aquellas bondadosas palabras Bella cobró aliento y pareció descargarse de un peso que oprimía su corazón.

El padre Ambrosio siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo sofá acojinado hecho de roble:

–He pensado mucho en ti, y también rogado por cuenta tuya, hija mía. Durante algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la de acudir a tu protector natural para revelarle el espantoso secreto que involuntariamente llegué a poseer, –el sacerdote hizo una pausa, y Bella, que sabía muy bien el severo carácter de su tío, de quien además dependía por completo, se echó a temblar al oír tales palabras.

Tomándola de la mano y atrayéndola de manera que tuvo que arrodillarse ante él, mientras su mano derecha presionaba su bien torneado hombro, continuó el padre:

–Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal revelación, y pedí a la Virgen Santísima que me asistiera en tal tribulación… ella me señaló un camino que al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tu tío. Sin embargo, la primera condición necesaria para que podamos seguir este camino es la obediencia absoluta.

Bella, aliviada de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el acto obedecer ciegamente las órdenes de su padre espiritual. La jovencita estaba arrodillada a sus pies. El padre Ambrosio inclinó su gran cabeza sobre la postrada figura de ella.

Un tinte de color enrojecía las mejillas del alterado cura, y un fuego extraño iluminaba sus ojos. Sus sudadas manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento estricto de su deber, y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.

El santo padre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de la absoluta sumisión a las normas dictadas por el ministro de la santa iglesia. Bella reiteró la seguridad de que sería muy paciente, y de que obedecería todo cuanto se le ordenara.

Entretanto resultaba evidente que el sacerdote era víctima de un espíritu controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.

El padre Ambrosio atrajo más y más a su hermosa penitente quien tuvo que avanzar de rodillas el poco trayecto que los separaba, hasta que sus lindos brazos descansaron sobre sus piernas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa resignación, casi sumido entre sus manos.

–Y ahora, hija mía… -siguió diciendo el santo varón, –ha llegado el momento de que te revele los medios que me han sido señalados por la Virgen bendita como los únicos que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la iglesia tienen prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer. Se encuentran estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra comunidad religiosa, dentro del más estricto secreto.

Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían de los hombros de la muchacha hasta su cintura, el padre susurró:

–Para ti, que ya intentaste probar el supremo placer de la copulación, está indicado el recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos éxtasis, de esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales, sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus ministros, y serás premiada y sostenida en tu piadosa labor por la contemplación… o mejor dicho, Bella, por la participación en ellas… de las intensas y fervientes emociones que el delicioso disfrute de tu hermosa persona tiene que provocar.

Bella oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer. Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar? El piadoso sacerdote no dejándola pensar rápidamente se puso de pie y también la levanto a ella, luego acercó su complaciente cuerpo hacia ella, y le estampó un largo y cálido beso en sus rosados labios.

–Madre Santa…, -murmuró Bella estando muy sonrojada, sintiendo cada vez más excitados sus impetuosos instintos de sensualidad juvenil. –¡Es demasiado para que pueda soportarlo! Yo quisiera… me pregunto… ¡no sé qué decir!, -fue lo que dijo después de ser liberada de aquel efusivo beso en la boca.

–Inocente y dulce criatura. Es misión mía la de instruirte. –le dijo el sacerdote tomándole su carita con sus dos peludas manazas, –En mi persona encontrarás el mejor y más apto preceptor para la realización de los ejercicios que de hoy en adelante tendrás que llevar a cabo.

El padre Ambrosio luego de liberar su rostro cambió de postura retrocediendo tres pasos para poder admirar de una mejor forma lo que creía ya tener a su disposición. En aquel momento Bella advirtió por vez primera su ardiente y deseosa mirada en los momentos que la miraba de pies a cabeza, y casi le causó temor descubrirla.

También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que descollaba en la parte frontal de la sotana del padre santo. El excitado sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus intenciones. Tomando a la hermosa muchacha entre sus brazos otra vez la besó larga y apasionadamente. Apretó el suave cuerpo de ella contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura. Al cabo de un rato y consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Bella parcialmente en libertad, abrió el frente de su sotana y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y rigidez la dejó completamente confundida.

Es imposible describir las sensaciones despertadas en la joven Bella por el repentino descubrimiento de aquel formidable instrumento. Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el padre, advirtiendo su asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, se acercó a ella y lo colocó tranquilamente entre sus manos.

El entablar contacto con tan tremenda cosa se apoderó de Bella un terrible estado de excitación. Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas proporciones del joven Carlos.

Tan notable fenómeno despertó rápidamente en ella la mayor de las sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manitas se acercó a él embargada por un deleite sensual verdaderamente extático, aunque de pie la jovencita sentía la necesidad de arrodillarse nuevamente, aun así se mantuvo de pie:

–¡Santo Dios! ¡Esto es casi el cielo! —murmuró Bella sin soltar el inmenso miembro del cura y sin dejar de mirárselo, ni ella misma sabía por qué pronunciaba esas palabras. –¡Oh, padre, quién hubiera creído que iba yo a ser escogida para semejante dicha!

Esto era demasiado para el padre Ambrosio. Estaba encantado con la lujuria de su linda penitente y por el éxito de su infame treta.

(En efecto, él lo había planeado todo, puesto que facilitó la entrevista de los jóvenes, y con ella la oportunidad de que se entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).

El aprovechador sacerdote rápidamente tomó el ligero cuerpo de la joven Bella, y colocándola sobre de espaldas sobre el sofá en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus torneadas piernas para quitarle sin preámbulos su fina prenda interior, y separando lo más que pudo sus complacientes muslos, contempló por un instante la deliciosa hendidura rosada que aparecía debajo del blanco vientre.

Luego, sin decir palabra, avanzó su rostro hacía ella, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como pudo en la húmeda vaina se dio a succionar tan deliciosamente, que Bella, en un gran éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer, eyaculó abundantemente una buena porción de líquidos íntimos, emisión que el santo padre engulló cual si fuera un flan.

Siguieron unos instantes de calma con Bella reposando sobre su espalda con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocas por el lujurioso proceder del reverendo padre. Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos permanecían entornados en lánguido reposo.

El padre Ambrosio era de los contados hombres capaces de controlar sus instintos pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, y la cautela convencional propia de la orden a la que pertenecía, no se habían borrado por completo no obstante su temperamento fogoso, y aunque de natural incompatible con la vocación sacerdotal, y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.

Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este hombre. Lo hago respetuosamente, pero la verdad debe ser dicha. El padre Ambrosio era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos animales, su ardiente y vigorosa constitución, al igual que su indomable naturaleza lo identificaba con la imagen física y mental del sátiro de la antigüedad.

Pero Bella sólo lo conocía como el padre santo que no sólo le había perdonado su grave delito, sino que le había también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.

El osado y viejo sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había puesto en sus manos lujuriosas una víctima de tan atrayentes características físicas y también por la extraordinaria sensualidad de la naturaleza de la joven, y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería, y disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer todos los delicados encantos que la dulce jovencita podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.

Al fin era suya, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando todavía en sus labios la muestra de la participación que había tenido en el placer experimentado por ella, su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.

Tan pronto como la joven Bella se hubo recuperado del ataque que acabamos de describir, inferido por su confesor en las partes más sensibles de su persona, y alzó la cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran tronco musculoso que el padre mantenía impúdicamente expuesto, que no se parecía en nada a lo que le había enseñado el joven Carlos solo hace un par de días.

La aun alterada chica pudo ver el largo y grueso mástil moreno, y la mata de negros pelos rizados de donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano, la chica contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la tentación se incorporó otra vez de rodillas ante el sacerdote y se la tomó de nuevo entre sus manos.

La apretó, la estrujó, y deslizó hacia atrás los pliegues de piel que la cubrían para observar la gran nuez que la coronaba. Maravillada, contempló el agujerito que aparecía en su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo, palpitante, junto a su cara a la misma vez en que le hablaba:

–¡Oh… padre! ¡Qué cosa tan maravillosa! –Exclamó, –¡Qué grande lo tiene! ¡Por favor, padre Ambrosio, dígame cómo debo proceder para aliviar a nuestros santos ministros religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les causan!

El padre Ambrosio estaba demasiado excitado para poder contestar, pero tomando una mano de ella con la suya le enseñó a la inocente muchacha cómo tenía que mover sus dedos de atrás y adelante en su enorme objeto, su otra manita hizo que se la posara en sus testículos para que se los sobara. Su placer era intenso, y el de Bella no parecía ser menor. Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le proporcionaba gran placer, y si por lo tanto tenía qué seguir actuando tal como lo hacía.

Entretanto, la gran verga del padre Ambrosio engordaba y crecía todavía más por efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía la jovencita.

–Espera un momento… si sigues frotándolo de esta manera me voy a correr… -dijo por lo bajo el ardiente sacerdote. –Será mejor retardarlo todavía un poco.

–¿Se va a correr, padrecito? , -inquirió Bella ávidamente. –¿Qué quiere decir eso?

–¡Ah, mi dulce niña, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia! ¡Cuán divinamente llevas a cabo tu excelsa misión!, -exclamó Ambrosio, encantado de abusar de la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecerla.

–Correrse significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior del instrumento que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.

Bella recordó a Carlos y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el padre se refería.

–¿Y este derrame del líquido blanco que Usted dice le proporcionaría alivio, padre?

–Claro que sí, hija mía, y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me proporciones ese alivio bien hechor, como bendito sacrificio de uno de los más humildes servidores de la iglesia.

–¡Qué delicia! , -dijo Bella, –Por obra mía correrá esa rica corriente, y es únicamente a mí a quien el santo varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me proporciona poderle causar semejante dicha con el derrame del líquido blanco!

Después de expresar apasionadamente estos pensamientos la jovencita inclinó la cabeza. El objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir pero que la atraía considerablemente por lo que depositó sus húmedos labios sobre el extremo superior de aquella grandiosa y varonil herramienta, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio que esta tenía en la punta, y luego besó en tres oportunidades y ardientemente el reluciente glande sin que nadie se lo pidiera.

–¿Cómo se llama ese fluido?, -preguntó Bella después de lo besos, alzando una vez más su lindo rostro.

–Tiene varios nombres…, -replicó el santo varón, –Depende de la clase social a la que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hija mía, lo llamaremos de tres formas… leche… mocos o semen…

–¿Leche… mocos o s… semen?, -repitió Bella inocentemente, dejando escapar las eróticas palabras por entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.

–Sí, hija mía, esos son sus nombres. Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú, de cualquiera de esas tres formas. Y enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.

–¿Cómo tengo que recibirla? -preguntó Bella, aun pensando en Carlos, y en la tremenda diferencia relativa entre su pequeño penito y el gigantesco instrumento peneano que en aquellos instantes tenía ante sí.

–Hay varios modos para ello, todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación permitida de la que ya hemos hablado. Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el interior de tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hendidura provocaría que fluyera con extrema abundancia…,

–¿Copulación permitida padre?, -le interrumpió la chica quien escuchaba atentamente, y es que ella quería saberlo todo, –¿Así se le llama a eso que quisieron hacerme el otro día?

–Se le puede llamar así mi dulce chiquilla, pero cuando nosotros nos refiramos a ese exquisito acto carnal sencillamente le llamaremos culear… o coger… el que más te guste a ti dependiendo del estado en que te encuentres cuando te lo esté haciendo, pero por ahora empezaremos con algo mucho más sencillo… con la fricción por medio de tus obedientes dedos hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la emisión del líquido blanco. Llegado ese instante, a una señal mía tomarás entre tus labios lo más que quepa en ellos de la cabeza de este objeto, hasta que expelida la última gota, me retire satisfecho, por lo menos temporalmente, esa será la forma en que por ahora recibirás la “leche”.

Bella, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la explicación hecha por el confesor, y que estaba tan ansiosa como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.

Ambrosio colocó una vez más su enorme y dura tranca en manos de Bella, y la chica excitada tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido entre ambas manos con verdadero deleite, la joven se dio a cosquillear, frotar y exprimir el enorme y tieso miembro, de manera que proporcionaba al licencioso cura el mayor de los goces.

No contenta con friccionarlo con sus delicados dedos, la jovencita, dejando escapar palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que le habían prometido.

Esto era más de lo que el santo varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a encontrar una discípula tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto. Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se disponía a inundar la boca y la garganta de la muchachita con el flujo de su poderosa descarga.

Ambrosio comenzó a sentir que no tardaría en correrse, con lo que iba a terminar su placer. Era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su placer era tan tremenda como desusada.

La superabundancia parecía estar en relación con la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones animales, y cuando sus deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran igualmente. Fue en estas circunstancias que la dulce Bella había emprendido la tarea de dejar escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la receptora de los espesos y viscosos torrentes de semen que hasta el momento no había experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansiosa estaba de administrar, la hermosa doncella deseaba la consumación de su labor, y el derrame de la leche que le había ofrecido el buen padre.

El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más al interior de su ya muy acuosa boca, a medida que los excitantes labios de Bella apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban alternativamente su extremo inferior.

Dos veces retiró Ambrosio la cabeza de su miembro de los rosados labios de la muchacha, incapaz ya de aguantar los deseos de correrse al delicioso contacto de los mismos.

Al fin Bella, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo de perfección en su técnica, presionó con sus labios con mayor energía que antes el tieso dardo. Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen padre. Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se agarraron convulsivamente a la cabeza de la joven. Su cuerpo se proyectó hacia delante y se enderezó:

–¡Dios santo! ¡Me voy a correr!, -exclamó al tiempo que con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima.

Después se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos su gruesa verga, por efecto de la provocación de la jovencita, comenzó a expeler torrentes de espeso y viscoso fluido.

Bella, comprendiendo por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al máximo los efectos de lo que ella había provocado, siguió succionando y apretujando hasta que, llena de las descargas viscosas, y semi asfixiada por su abundancia, se vio obligada a soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro mientras ella se tragaba todo el caliente liquido masculino depositado en su boca.

–¡Madre santa!, -exclamó Bella una vez que pudo tragárselo todo, cuyos labios y cara estaban inundados de la leche del padre. –¡Qué placer me ha provocado beberme su leche! Y a usted, padre mío, ¿no le he proporcionado el preciado alivio que tanto necesitaba?

El padre Ambrosio, demasiado agitado para poder contestar nuevamente tomo ubicación en el gran sofá acojinado, atrajo a la gentil muchacha hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con húmedos besos de gratitud y de placer.

Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación exterior vino a interrumpir a la pareja mientras descansaban con sus cuerpos muy cerca uno del otro. La puerta estaba bajo cerrojo, y el padre había escogido bien el momento.

Mientras tanto Bella, terriblemente excitada por la escena que hemos tratado de describir, había concebido en su mente el extravagante deseo de que el rígido miembro de Ambrosio realizara con ella la misma operación que había sufrido con el arma de moderadas proporciones de Carlos, pero que esta vez le entrara.

Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su confesor, le susurró tiernas palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento que adquiría ya rigidez entre sus piernas:

–Usted me dijo que la estrechez de esta hendidura…, -y Bella colocó la ancha mano de él sobre la misma, presionándola luego suavemente, -le haría descargar una abundante cantidad de leche o de mocos de esos que Usted tiene. ¿Por qué no he de poder, padre mío, sentir el derrame de su precioso liquido blanco dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja cuando ya me esté culeando?

Era evidente lo mucho que la hermosura de la joven Bella, así como la inocencia e ingenuidad de su carácter, inflamaban el natural deseo sexual del sensual del sacerdote. Saberse triunfador, oírla hablar por primera vez desde que la conocía todo tipo de vulgaridades por esos exquisitos labios rojos, tenerla absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento de la muchacha, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y desenfrenados deseos. Era suya, suya para gozarla a voluntad, suya para satisfacer cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba lista a entregarse a la más desenfrenada sensualidad.

–¡Por Dios hija, esto es demasiado!, -exclamó Ambrosio, cuya lujuria, de nuevo encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud, –Dulce muchachita, no sabes lo que pides. La desproporción es terrible, y sufrirás demasiado al intentar coger conmigo…

–Lo soportaré todo… -replicó Bella, –con tal de poder sentir esta cosa terrible dentro de mí, y gustar de los chorros de leche que ella depositará dentro de mí.

–¡Santa madre de Dios! ¡Es demasiado para ti, Bella! ¡No tienes idea de las medidas que esta poderosa máquina adquiere una vez hinchada, adorable criatura…! ¡¡Nadarías en un océano de semen espeso y caliente!! ¿¡Eso es lo que quieres!?

–¡Oh padrecito! ¡Qué dicha celestial! ¡Sí! ¡Deseo ahogarme en todo ese mar de semen que Usted me dice!

El viejo sacerdote ya sabía que la chica desde hace un rato ya ocupaba distintos términos de los que le había enseñado para referirse a lo que estaban haciendo, esto ya era demasiado:

–¡¡Desnúdate Bella!! ¡¡Quítate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que te prometo serán en extremo violentos cuando ya estemos culeando de lleno!!

Cumpliendo la orden, Bella se despojó rápidamente de sus vestidos, y buscando complacer a su confesor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro se alargara en proporción a lo que ella mostrara de sus desnudeces, se despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.

El padre Ambrosio quedó atónito ante la contemplación de los encantos que se ofrecían a su vista. La amplitud de sus caderas, los juveniles senos recién terminados en desarrollo, la nívea blancura de su piel, suave como el satín, la redondez de sus nalgas y el poderío de esos firmes muslos, el blanco y plano vientre con su adorable monte, y por sobre todo, la encantadora hendidura rosada que destacaba debajo del mismo, asomándose tímidamente entre sus ingles, hicieron que él se lanzara sobre la joven con un rugido de lujuria.

Ambrosio atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo suave y deslumbrante contra el suyo. La cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa lengua prometió a la jovencita todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran aparato en el interior de su vagina.

Bella acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, y cuando su excitado estuprador la acostó sobre sus espaldas sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco presionando los calientes y húmedos labios de su pequeño orificio virginal.

El santo varón, encontrando placer en el contacto de su pene con los juveniles labios de la apretada vagina de Bella, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas, hasta que la gran nuez de la punta se llenó de humedad secretada por la sensible vaina. La pasión enfervorizaba a Bella. Los esfuerzos del padre Ambrosio por alojar la cabeza de su miembro entre los húmedos labios de su vagina en lugar de disuadirla la espoleaban hasta la locura, y finalmente, profiriendo un débil grito, se inclinó hacia adelante y expulsó el viscoso tributo de su lascivo temperamento.

Esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado cura. Cuando la dulce y caliente emisión inundó su enormemente desarrollada vergota, empujó resueltamente, y de un solo golpe introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior de la hermosa muchacha, destrozándolo y rompiendo todo a su paso.

Tan pronto como Bella se sintió empalada por la entrada del terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba, y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus blancas piernas las espaldas de él, y alentó a su enorme invasor a que se la cogiera y a no guardarle consideraciones, la jovencita estaba casi poseída por la lujuria.

–Mi tierna y dulce chiquilla, -murmuró el lascivo sacerdote. –Mis brazos te rodean, mi verga está hundida a medias en tu vientre. Pronto serán para ti los goces del paraíso.

–Lo sé; la siento en mi interior. No se haga hacia atrás y empuje más hacia adentro; deme su delicioso instrumento hasta donde más pueda… culéeme como Usted bien dijo…

–Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder penetrarte fácilmente y así comenzar a cogerte. Tal vez te reviente… pero ahora ya es demasiado tarde pequeña… Tengo que poseerte… o morir.

Las partes de Bella se relajaron un poco, y el buen padre Ambrosio pudo penetrar unos centímetros más. Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior de la jovencita. Su placer era intenso, y la cabeza de su instrumento estaba deliciosamente comprimida por la vaina de Bella.

–A… Adelante, padrecito… E… Estoy en espera de toda esa leche que me prometió…

El confesor no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes copulatorios. Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo sumió su terrible aparato más adentro del indefenso cuerpo de la jovencita, hasta que por fin, con un golpe poderoso y de un momento a otro se lo enterró hasta los testículos en el interior de la estrecha vaina de Bella.

Esa furiosa introducción por parte del brutal sacerdote fue más de lo que su frágil víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar. Con un desmayado grito de angustia física, Bella anunció que su estuprador había vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro, y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque.

Ambrosio lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme ariete. Sentía el enloquecedor contacto con inexpresable placer. Veía a la muchacha estremecerse por la angustia de su violación. Su natural impetuoso había despertado por entero. Pasare lo que pasare, disfrutaría hasta el máximo.

Así pues, estrechó entre sus brazos el desfallecido cuerpo de la hermosa muchacha, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro:

–Hermosa mía, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré todo ese semen del que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso cosquilleo… Bésame Bella, ponte a coger conmigo y luego la tendrás… y cuando mi caliente leche me deje para adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy sintiendo yo… ¡Apriétame la verga Bella con tu pucha! ¡Déjame también empujar, chiquilla mía! Ahora entra de nuevo, ¡Ohhh…! ¡Ohhhh…!

Ambrosio luego de estar cogiéndosela por unos buenos minutos se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo ensangrentado a causa del cual la linda hendidura de Bella estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendida a causa del reciente desvirgamiento. Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la suma estrechez de los cálidos pliegues de carne en los que estaba encajado, empujó sin preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo deleite posible.

El detestable cura no era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios delirantes de la pobre Bella.

Por espacio de largos minutos no se oyó otra cosa que los jadeos y sacudidas con que el lascivo sacerdote se entregaba a darse satisfacción, y el “chfrtss-chfrtss” de su inmenso pene cuando alternativamente entraba y salía del sexo de su bella penitente.

No cabe suponer que un hombre como Ambrosio ignorara el tremendo poder de goce que su miembro podía suscitar en una persona del sexo opuesto, ni que su tamaño y capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en la joven sobre la que estaba accionando.

Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de la joven Bella. El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer provocada por la vigorosa arma del santo varón, y no tardaron los quejidos y lamentos de la linda chiquilla en entremezclarse con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su ser, que expresaban su deleite.

–¡Padre mío! ¡Padrecito…, mi querido y generoso padrecito! Empuje, cójame… empuje que puedo soportarlo… Lo deseo y ya se la aguanté… Estoy en el cielo… ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan ardiente! ¡Oh, corazón mío! ¡Ohhh… Ohhh! ¡Madre bendita…! ¿¡Qué es lo que siento!?

Ambrosio veía el efecto que provocaba en la desnuda muchacha. Su propio placer llegaba a toda prisa. Se meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando a Bella a cada nueva embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que cubrían sus testículos. Al cabo de un rato, la chica no pudo resistir más, y le obsequió a su arrebatado violador una cálida emisión que inundó todo su rígido miembro.

Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se apoderó de la joven y encantadora Bella. Su desnudo y curvilíneo cuerpo se aferró con desesperación al fornido cuerpo del sacerdote, que agasajaba a su voluptuosa y angelical anatomía con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos. Pero ni aún en su éxtasis Bella perdió nunca de vista la perfección del goce. El santo varón tenía que expeler su semen en el interior de ella, tal como Carlos lo había hecho pero por fuera, y la sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.

Cuando, por consiguiente, el padre Ambrosio pasó sus brazos en torno a su esbelta cintura, y hundió hasta los pelos su larga y gruesa verga de semental en la apretada y recién desvirgada conchita de Bella, para anunciar entre suspiros que al fin llegaba la leche, la excitada muchacha se abrió de piernas todo lo que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en sus órganos vitales.

Así permaneció él por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Bella con profundas manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones a la misma vez que buscaba con su resbaloso tajito hacer mas perfecta su unión con esa grotesca vergota que tenía ensartada.

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No creo que en ninguna otra ocasión haya tenido que sonrojarme con mayor motivo que en esa oportunidad. Y es que hasta una pulga tenía que sentirse avergonzada ante la corrupta visión de lo que acabo de dejar registrado. Una muchacha tan joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos. Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.

Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: ‘¡Oh, Moisés!”, o como el más práctico descendiente del patriarca: “¡Por las barbas del profeta!” No es necesario hablar del cambio que se produjo en Bella después de las experiencias relatadas. Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.

Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne a la linda Bella. Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad.

Podemos escribir “por lo menos puede hacerlo esta pulga”, pues de otro modo estas páginas no estarían bajo los ojos del lector y eso basta.

Transcurrieron varios días antes de que Bella encontrara la oportunidad de volver a visitar a su clerical admirador, pero al fin se presentó la ocasión, y ni qué decir tiene que ella la aprovechó de inmediato. Había encontrado el medio de hacerle saber a Ambrosio que se proponía visitarlo, y en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su linda huésped como la vez anterior.

Tan pronto como Bella se encontró a solas con su seductor se arrojó en sus brazos, y apresando su gran humanidad contra su frágil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias. Ambrosio no se hizo rogar para devolver todo el calor de su abrazo, y así sucedió que la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y reclinada, cara a cara, sobre el gran sofá acojinado a que aludimos anteriormente.

Pero Bella no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, por experiencia sabía que el padre podía proporcionárselo. Ambrosio no estaba menos excitado. Su sangre afluía rápidamente, sus negros ojos llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse en su hábito denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.

Bella advirtió la situación, ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.

Sin embargo, pronto demostró Ambrosio que no requería incentivos mayores, y deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada en forma tal, que su sola vista despertó deseos frenéticos en Bella. En cualquier otra ocasión Ambrosio hubiera sido mucho más prudente en darse en el gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los juveniles encantos que se le ofrecían.

Estaba ya sobre su cuerpo. Su gran humanidad cubría por completo el cuerpo de ella. Su miembro en erección se clavaba en el vientre de la chica, cuyas ropas estaban recogidas hasta la cintura. Con una mano temblorosa llegó Ambrosio al centro de la hendidura objeto de su deseo; ansiosamente llevó la punta caliente y carmesí hacia los dispuestos y húmedos labios.

Empujó, luchó por entrar, y lo consiguió. La inmensa máquina vergal entró con paso lento pero firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro. Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción, y Bella recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Ambrosio. El estuprador yacía jadeante sobre ella, en completa posesión de sus más íntimos encantos.

Bella, dentro de cuyo vientre se había acomodado aquella vigorosa masa masculina, sentía al máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.

Entretanto Ambrosio había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. La ardiente jovencita trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus lindas piernas enfundadas en seda sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria jamás sentida, y así se lo hacía saber a su amante:

–¡Ohhh amor… qué delicia es la que siento! , -murmuró Bella besando arrolladoramente sus gruesos labios. –¡Empuje más… ricoooo! ¡¡Todavía más!! ¡¡Ohhh…, cómo me fuerza a abrirme, y cuán… cuan largo es! ¡¡Cuán cálido…!! ¡¡¡Cuan… oh… oh!!! -Y soltó un caliente chorro de su almacén en respuesta a las embestidas del hombre, al mismo tiempo que su cabeza caía hacia atrás con sus ojos cerrados y su boca se abría en el espasmo del orgasmo.

El sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su placer hasta el máximo.

Bella por su parte y en su delirante estado de placer comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más íntimo de su persona, y sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su juvenil matriz.

Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su viscoso líquido, mientras la chica le hacía ver lo mucho que le gustaba que le hiciera todo eso:

–¡Ohhh, el semen viene de Usted! -gritó la excitada muchachita, –¡Lo siento a chorros…! ¡Ohhh, de… deme mas… másss! ¡¡Derrámelo en mi interior…, empuje más, no me compadezca…!! ¡¡Ohhh, otro chorro de lecheee!! ¡¡Cójame… empujeee!! ¡¡¡Desgárreme si quiere, pero eche en mi interior todos sus mocos!!!

Antes hablé de la cantidad de semen que el padre Ambrosio era capaz de derramar, pero en esta ocasión se excedió a sí mismo. Había estado almacenado por espacio de una semana, y Bella recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella descarga de semen parecía más bien emitida por la verga de un caballo, que la eyaculación de los órganos genitales de un hombre.

Al fin Ambrosio desmontó de su cabalgadura, y cuando Bella en forma temblorosa se puso de pie nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido caliente y pegajoso que descendía por sus suaves muslos.

Apenas se había separado el padre Ambrosio aun con su verga goteante cuando se abrió la puerta que conducía a la iglesia, y aparecieron en el portal otros dos sacerdotes. El disimulo resultaba imposible.

–¡Ambrosio!, -exclamó el de más edad de los dos, un hombre que andaría entre los 50 años. –Esto va en contra de las normas y privilegios de nuestra orden, que disponen que toda clase de juegos privados han de practicarse en común.

–¡Cójansela entonces…! -refunfuñó el aludido. –Todavía no es demasiado tarde… Iba a comunicarles lo que me había conseguido cuando…

–Cuando la deliciosa tentación de esta rosa fue demasiado fuerte para ti, amigo nuestro…, -le interrumpió el otro, apoderándose de la atónita Bella al tiempo que le hablaba a su colega, e introduciendo su enorme mano debajo de sus vestimentas para tentar los suaves muslos de ella, se dio ahora a hablarle a la chica:

–Lo he visto todo al través del ojo de la cerradura…, -le susurró el bruto a su oído, –No tienes nada qué temer; únicamente queremos hacer lo mismo contigo.

Bella recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los brazos del recién llegado sin oponer resistencia.

En el ínterin su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de Bella, y cubría de salivosos besos las mejillas de ésta. Ambrosio lo contemplaba todo estupefacto y confundido. Así fue como la jovencita se encontró entre dos fuegos, por no decir nada de la desbordante pasión de su posesor original.

En vano miraba a uno y después a otro en demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba. A pesar de que estaba completamente resignada al papel al que la había reducido el astuto padre Ambrosio, se sentía en aquellos momentos invadida por un poderoso sentimiento de debilidad y de miedo hacia sus nuevos asaltantes.

Bella no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que deseo rabioso, en tanto que la impasibilidad de Ambrosio la hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a ofrecer la menor resistencia.

Entre los dos hombres la tenían emparedada, y en tanto que el que habló primero deslizaba su mano hasta su rosada vagina, el otro no perdió tiempo en posesionarse de sus redondeadas nalgas.

Entre ambos, a Bella le era imposible resistir.

–Esperen un momento… -dijo al cabo de un rato Ambrosio, –Sí tienen tanta prisa por poseerla cuando menos desnúdenla sin estropear su vestimenta, como al parecer pretenden hacerlo… –Desnúdate Bella, -siguió diciendo, –Según parece, todos tenemos que cogerte y de una u otra forma también compartirte, de manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos comunes. En nuestro convento se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo, y tu tarea no será en modo alguno una sinecura, así que será mejor que recuerdes en todo momento los privilegios que estás destinada a cumplir, y te dispongas a aliviar a estos santos varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar culeando con ellos también.

Así planteado el asunto, a la jovencita no le quedaba más alternativa. Bella se despojó de todas sus ropas y quedó de píe y desnuda ante los tres vigorosos sacerdotes, y levantó un murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacía ellos.

Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados el cual evidentemente parecía ser el Superior de los tres, advirtió la hermosa y juvenil desnudez que estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su sotana para poner en libertad un largo y anchuroso miembro muy parecido al de Ambrosio, tomó en sus brazos a la muchacha, la puso de espaldas sobre el gran sofá acojinado, brincó sobre ella, se colocó entre sus lindos muslos, y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio vaginal de ella, y empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.

Bella estando tendida de espaldas y con sus piernas abiertas al máximo dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalada por aquella nueva y poderosa arma. Para el hombre la posesión entera de la hermosa muchacha suponía un momento extático, y la sensación de que su erecta verga estaba totalmente enterrada en el cuerpo de ella le producía una emoción inefable. No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de semen que ya había recibido por parte de su subordinado.

El Superior, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues se dio a atacar con tanta energía, que sus poderosas embestidas desde largo produjeron pleno efecto en el cálido temperamento de la violada jovencita, y provocaron casi de inmediato la dulce emisión.

Esto fue demasiado para el disoluto sacerdote. Ya firmemente encajado en la estrecha hendidura, que le quedaba tan ajustada como un guante de seda, tan luego como sintió la cálida emisión dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.

Bella disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto pudo lo recibió en lo más hondo de sus entrañas, permitiéndole que saciara su lujuria arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.

Los sentimientos lascivos más fuertes de la chica se reavivaron con este segundo y firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la abundancia de líquido blanco que el membrudo campeón había derramado en su interior. Pero, por salaz que fuera, la chica se sentía exhausta por esta continua corriente, y por ello recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién abandonado por el superior. Pero Bella quedó atónita ante las proporciones del falo que el sacerdote ofrecía ante ella. Aún no había acabado de quitarse la ropa, y ya surgía de su parte delantera un erecto miembro ante cuyo tamaño hasta el padre Ambrosio tenía que ceder el paso.

De entre los rizos de rojo pelo encrespado emergía una blanca e inmensa columna de carne, coronada por una brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura expulsión de sus jugos. Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base, y completaban un cuadro a la vista del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Bella, cuyo juvenil espíritu se aprestó a librar un nuevo y desproporcionado combate:

–¡Ohhhh padrecito! ¿Cómo podré jamás albergar tan tremendo instrumento dentro de mi personita? -Preguntaba acongojada, –¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté moviéndose dentro de mí? Temo que me va a dañar terriblemente…

–Tranquila hija mía… mira que tendré mucho cuidado cuando lo vaya metiendo… Iré despacio… Ahora estás bien preparada por los jugos de estos dos santos varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.

Bella tentó con sus manitas en forma deseosa la gigantesca verga antes de que se la metieran. El sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de un Hércules. La muchacha estaba poseída por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel hombre sólo servía para acentuar su deseo sexual. Sus manos no bastaban para abarcar todo el grosor del inmenso miembro. Sin embargo, no lo soltaba; lo presionaba y le dispensaba inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez, el terrible falo que estaba tanteando parecía una gran barra de acero caliente entre sus suaves manos.

Un momento después el tercer asaltante estaba encima de ella, y la joven, casi tan caliente como el padre, luchaba por empalarse ella misma con aquella terrible arma.

Durante algunos minutos la proeza pareció imposible, no obstante la buena lubricación que ella había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina y al cabo de un rato, con una furiosa embestida este nuevo cura introdujo por fin la enorme cabeza de su verga y Bella lanzó un terrible grito de dolor.

Otra arremetida y otra más… otro grito y otra feroz arremetida… y otra… y el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera darse satisfacción, seguía penetrando.

Bella gritaba de angustia pegándole combos débiles con sus pequeñas manitas en el peludo pecho colorín de su salvaje violador, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse de este. Otra arremetida, otro grito de la víctima, y el degenerado sacerdote penetró hasta lo más profundo en su interior. Bella junto con recibírselo entero y hasta las bolas se había desmayado.

Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un principio estar prestos a intervenir a favor de la torturada jovencita, pero al propio tiempo daban la impresión de experimentar un cruel placer al presenciar aquel brutal espectáculo. Y ciertamente así era, como lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el más minucioso de los detalles cuando el Padre Clemente se dejaba caer con fuerzas desmedidas en el frágil cuerpo de la desmayada joven, y de cómo esos incontables centímetros de gruesa verga animal y resbalosa se perdían entre los delicados pliegues vaginales de la hermosa víctima.

Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona de la joven y bella muchacha, prolongó lentamente su gocé hasta que su enorme y férvida descarga puso fin a aquel éxtasis, y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida a la pobre muchacha.

El fornido padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera. Cuando por fin Bella se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el lavado que los abundantes derrames en sus delicadas partes hacían del todo necesario, lavado que fue presenciado por los tres aprovechadores sacerdotes quienes opinaban entre ellos mientras la observaban de los atrayentes atributos físicos de la chica quien por momentos y mientras se lavaba la vagina agachada los miraba de soslayo y ahora con algo de vergüenza.

Se sacaron algunas botellas de vino, de una cosecha rara y añeja, y bajo su poderosa influencia Bella fue recobrando poco a poco su fortaleza.

Transcurrida una hora, los tres curas consideraron que la aun desnuda jovencita que se encontraba tendida en el sofá mirándoles a la espera de lo que quisieran hacerle había tenido tiempo bastante para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a gozar de su belleza.

Excitada tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus lascivos compañeros, la chica quien se mantenía ante ellos tal cual como Dios nos la envió a este mundo comenzó a extraer de debajo las sotanas los miembros de los tres curas, los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que veían que la joven otra vez no daba la menor muestra de recato alguna.

En menos de un minuto Bella tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos. Los besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y manoseando aquellos enardecidos dardos con toda el ansia de una consumada y barata prostituta.

–Déjanos cogerte otra vez…, -exclamó piadosamente el Superior, cuya verga se encontraba en aquellos momentos en los labios de Bella siendo succionada con devoción.

–¡Amén! —cantó Ambrosio.

El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al cielo.

Bella fue invitada a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a Ambrosio, pero el Superior interfirió.

Entretanto, aseguradas las puertas, los tres sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a la mirada de la joven Bella tres vigorosos campeones que parecían estar en la plenitud de la vida. Armados cada uno de ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgían enhiestos de su parte frontal, y que oscilaban amenazantes.

–¡Uf! ¡Vaya monstruos! —exclamó la jovencita, cuya vergüenza no le impedía ir tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.

A continuación la subieron a una gran mesa en donde la dejaron tendida de espaldas y bien abierta y recogida de piernas, y uno tras otro succionaron sus partes nobles, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno a la húmeda hendidura colorada en la que poco antes habían apaciguado su lujuria.

Bella se abandonó complacida a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo a la misma vez que cuando se la lamian ella misma se la abría con dos de sus deditos.

–Sugiero que nos lo chupe uno tras otro, –propuso el Superior.

–Bien dicho… -corroboró el padre Clemente, el pelirrojo de temible erección. –Pero hasta el final… yo quiero cogérmela una vez más.

–De ninguna manera, Clemente…, -dijo el Superior. –Ya te la cogiste dos veces; ahora tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.

Bella quien otra vez estaba de pie a un borde de la mesa donde fue lamida entera no quería en modo alguno verse sometida a otro ataque de parte de Clemente, por lo cual cortó la conversación por lo sano poniéndose de rodillas ante Clemente y asiendo su voluminoso miembro lo introdujo lo más que pudo de él entre sus lindos labios.

La muchacha succionaba suavemente la gran verga del padre Clemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez, de a momentos le pasaba su fresca y suave lengüita desde los testículos hasta el glande, y cuando se la volvía a introducir en la boca se la mamaba cual ternerita recién nacida, haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus húmedos labios aquel poderoso aparato. Sus lindas manitas intentaban cerrar alrededor del largo y voluminoso tronco, y lo agarraba en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de sus toques linguales.

No tardó Clemente ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la garganta de la muchacha a quien le mantenía su cabeza aprisionada contra su apéndice con el único objetivo que nada de lo que estaba soltando desde sus testículos se perdiera por los aires.

Un momento antes de la eyaculación de Clemente había sido la misma Bella quien retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro hasta la última gota. El fluido de Clemente entonces era tan espeso y cálido como abundante, y chorro tras chorro derramó todo el líquido proveniente de sus bolas en la boca de ella. La excitada jovencita se lo tragó todo.

–He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía… -dijo el Superior cuando a continuación Bella tras haber gateado desnuda hasta la ubicación del sacerdote ahora había aplicado sus dulces labios a su ardiente miembro. –Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente, le dijo mirándola hacia abajo con sus dos manos puestas en la cabeza de ella, mientras la chica no paraba de succionarle la verga.

–Me someteré a todas las pruebas, padrecito…, -replicó la muchachita una vez que liberó el miembro de cura superior de su boca, –Ahora ya tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los deseos de los buenos padres, -luego de eso cerró sus ojos y volvió a introducirse entre medio de sus labios el grueso pene del sacerdote.

–Así es, hija mía, y recibe por anticipado la bendición del cielo por tu obediencia a nuestros más insignificantes deseos, mientras te sometas a todas nuestras indicaciones, por extrañas e irregulares que parezcan.

Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una pequeña y baja mesa de centro, colocándola en esta en 4 patas, de manera que dejara expuestas sus desnudas y hermosas nalgas a los tres santos varones.

Seguidamente, colocándose detrás de su víctima, apuntó la cabeza de su tieso miembro hacía el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Bella, y empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su cerrado orificio posterior, de manera novedosa y antinatural.

–¡¡Ohhh Dios… diossss!! —Gritó Bella casi en el acto, –¡¡No es ése el camino…!! ¡¡Me lastimaaa…!! ¡¡Por favor…!! ¡¡Oh, por favorrrrr…!! ¡¡¡Ahhhh… padrecitooo…!!! ¡¡¡Tenga piedad!!! ¡¡¡Ohhh…!!! ¡¡¡Está entrandoooo…!!! ¡¡¡Compadézcase de mí…!!! ¡¡¡Madre santaaaa…!!! ¡¡¡Me mueroooo…!!!

Estas dos últimas exclamaciones le fueron arrancadas por una repentina y vigorosa embestida del Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Bella sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos por una parte no habilitada para ello sintiéndose literalmente partida en dos.

Pasando, el Superior, su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó contra su dorso, y comenzó a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del henchido miembro, y Bella mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.

Los otros dos sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una lenta masturbación sin perder detalle de aquel violento enculamiento.

El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa vaina, accionó en torno a las nalgas de Bella una y otra vez hasta que, con una embestida final, llenó sus entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su miembro, todavía erecto y vaporeante, declaró que había abierto una nueva ruta para el placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.

Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados que descritos, ardía de deseo. El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado gradualmente un estado de excitación erótica que exigía una categórica satisfacción.

–¡¡De acuerdo!! –Gritó, –¡Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú llenarás con tu robusto centinela el de Venus!

–Di mejor que con placer legítimo… -repuso el Superior con una mueca sarcástica, –Sea como dices, me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura…

Bella yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado de madera, con sus redondeces posteriores totalmente expuestas y ensangrentadas, más muerta que viva como consecuencia del brutal ataque anal que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia había sido derramado en su rosado nicho había salido del mismo, pero por debajo su vagina destilaba todavía de esta la mezcla de las emisiones venéreas de los tres sacerdotes.

Ambrosio la traslado como un objeto inerte al gran sofá acojinado. Fue colocada a través de los muslos del Superior y frente a él. Bella se encontró otra vez con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vagina la cual fue la encargada de encaminar la verga hacia su mismo interior, hundiéndose poco a poco sobre él hasta que al fin le entró totalmente y hasta la raíz.

Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para atraerla sobre sí y para luego abrirle con sus dos manos sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de Ambrosio, que se encaminó directamente hacía la ya bien humedecida y pequeña abertura entre esas dos perfectas lomas de carne que lo estaba esperando y que su superior le abría para ser aprovechada por él.

Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron ya que la jovencita en un principio no se dejaba, pero al cabo de unos buenos minutos el lascivo Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.

Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal. Retardó lo más posible su desahogo. Y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que el Superior embestía a Bella por delante.

De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Bella sintió su sexo rápidamente invadido por la caliente leche.

No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame femenino con los de sus asaltantes.

Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a la linda muchacha fuertemente empalada.

Clemente no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Bella para conseguir casi enseguida penetrar en su interior, que ahora estaba otra vez literalmente bañado de viscosos residuos seminales. Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Bella encontró la manera de recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los suspiros y los voluptuosos quejidos de placer de los dos combatientes y también los de la joven doncella asaltada.

En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados, los dos hombres estaba de pie dándole a la chica por sus dos lados con ella bien levantada entre ellos. Bella sentía como que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de Clemente otra vez estaba a punto de echar cúmulos de espumeante semen en el interior de su joven vagina.

La joven era sostenida en el espacio aéreo por los dos hombres, con sus bellas piernas bien abiertas y bien flexionadas y formando una M en el aire, y sustentada por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.

Cuando Bella estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en viscosos chorros.

–¡Ahrgggg…! ¡¡Me corrooo!!, -gritó Clemente, y diciendo esto inundó el interior matricial de Bella, con gran deleite por parte de ésta.

–¡¡A mí también me llegaaaa!! -gritó ahora Ambrosio, alojando más adentro su poderoso miembro, al tiempo que lanzaba un buen chorro de semen dentro de los intestinos de Bella.

Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior del de la linda jovencita, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de goces.

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Cualquiera puede comprender que una pulga de inteligencia mediana tenía que estar ya asqueada de espectáculos tan desagradables como los que presencié y que creí era mi deber revelarlos. Pero ciertos sentimientos de amistad y de simpatía por la joven Bella me impulsaron a permanecer aún en su compañía.

Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos más tarde, determinaron mis movimientos en el futuro.

No habían transcurrido más de tres días cuando la hermosa joven, a petición de ellos, se reunió con los tres sacerdotes en el mismo lugar.

En esta oportunidad Bella había puesto mucha atención en su “toilette”, y como resultado de ello aparecía más atractiva que nunca, vestida con sedas preciosas, ajustadas botas de cabritilla, y unos guantes pequeñísimos que hacían magnífico juego con el resto de las vestimentas.

Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y la recibieron tan calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó al rostro inflamándolo de deseo.

Se aseguró la puerta de inmediato, y enseguida cayeron al suelo los paños menores de Ios tres sacerdotes, y Bella se vio rodeada por el trío y sometida a las más diversas caricias tanto en sus juveniles senos como en su vagina y trasero, al tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.

El Superior fue el primero en adelantarse con intención de gozar de la joven.

Colocándose descaradamente frente a ella la tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos besos sus labios y su rostro. Bella estaba tan excitada como él y correspondió en el acto.

Accediendo a su deseo, la muchacha se despojó de sus prendas interiores, conservando puestos su exquisito vestido el cual era ajustadísimo en su curvilínea complexión sobre todo en su estrecha cintura, también conservó sus medias de seda y sus lindos zapatitos de cabritilla. Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los tres padres pero ahora tendida de espaldas sobre la alfombra de aquel despacho clerical, quedándose con su exquisito vestido subido hasta su cintura la cual mostraba su precioso ombliguito, y con sus perfectas piernas enfundadas en seda bien flexionadas y bien abiertas.

No pasó mucho antes de que el Superior, sumiéndose deliciosamente sobre su recostada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar la estrecha hendidura, con resultados evidentemente satisfactorios.

Empujando, prensando, restregándose contra ella, el Superior inició deliciosos movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad como la de su joven compañera. Así lo revelaba su miembro, cada vez más duro y de mayor tamaño.

–¡E… Em… Empujeee! ¡Ohhh! ¡empuje más hondo padrecitooo…! -murmuraba Bella en los momentos en que se la estaban cogiendo en el suelo del despacho.

Entretanto Ambrosio y Clemente, cuyo deseo no admitía espera, trataron de apoderarse de alguna parte de la muchacha. Clemente puso su enorme miembro en la dulce mano de ella, y Ambrosio, sin acobardarse, se ubicó arrodillado al otro lado del cuerpo tendido y llevó la punta de su voluminosa verga a sus delicados y rojos labios.

Al cabo de un momento el Superior dejó de asumir su lasciva posición.

Bella se alzó sobre la alfombra. Ante ella ya se encontraban los tres hombres, cada uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas. La cabeza del enorme aparato de Clemente estaba casi volteada contra su craso vientre.

El vestido de la chica continuaba recogido hasta su cintura, dejando expuestas sus piernas y muslos, y entre éstos la rosada y lujuriosa fisura, en aquellos momentos enrojecida y excitada por los rápidos movimientos de entrada y salida del miembro del Superior.

–¡Un momento! -ordenó éste último, –Vamos a poner orden en nuestros goces. Esta hermosa criatura nos tiene que dar satisfacción a los tres, por lo tanto es menester que regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que desencadenemos. Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como Ambrosio se corre como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra, propongo pasar yo por su panocha. Desde luego, Clemente debería ocupar el tercer lugar, ya que con su enorme miembro ahora sí que puede partir en dos a esta tierna muchacha, y echaremos a perder nuestro juego.

–La vez anterior yo fui el tercero, -dijo Clemente, –No veo razón alguna para que sea yo siempre el último. Reclamo el segundo lugar.

–Está bien, así será…, -declaró el Superior, –Tú, Ambrosio, compartirás un nido resbaladizo.

–No estoy conforme…, -replicó el decidido eclesiástico…, –Si tú vas por delante, y Clemente tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré la retaguardia, y así verteré mi ofrenda por otra vía.

–¡Háganmelo como mejor les plazca! –Aportó Bella, –Lo aguantaré todo… pero, padrecitos míos, dense prisa en comenzar.

Una vez más el Superior introdujo su arma, inserción que Bella recibió con todo agrado. Lo abrazó, se apretó contra él, y luego de estar cogiendo por lo menos unos 20 minutos en el piso de aquella oficina la chica recibió en lo más profundo de su vagina incontables chorros de ardiente eyaculación, disfrutando de la corrida con verdadera pasión extática de su parte.

Seguidamente se presentó Clemente. Su monstruoso instrumento se encontraba ya entre las suaves piernas abiertas de la joven Bella. La desproporción resultaba evidente, pero el cura era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y la chica también sabía que si se la podía con esa vergota, tras de varias tentativas violentas e infructuosas el buen padre Clemente consiguió introducirse y comenzó a profundizar en las partes de ella con su miembro de mulo.

No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del grotesco miembro de aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Bella, como vano sería también intentar describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartada y distendida por el inmenso órgano genital del padre Clemente.

Después de una lucha por metérsela que se llevó por diez minutos completos, Bella acabó por recibir aquella ingente masa de carne hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.

Bella aun estando en el suelo se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo de sus encantos.

Clemente no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó media hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.

Bella las recibió con profundas muestras de deleite, y mezcló una copiosa emisión de su parte con los espesos derrames del lujurioso padre.

Apenas había retirado Clemente su monstruoso miembro del interior de Bella, cuando ésta cayó en los también poderosos brazos de Ambrosio, este la tomó como si ella fuese un objeto manipulable, rápidamente la puso de pie e hizo que se apoyara con sus dos manitas en una silla.

De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Ambrosio dirigió su ataque a las nalgas las cuales abrió con sus dos manazas, y con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre los tiernos pliegues del orificio trasero.

En vano batallaba para poder alojarlo. La ancha cabeza de su arma era rechazada a cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el inconveniente que representaba el que se encontraban de pie.

Pero Ambrosio no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio.

Con una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y de una sola embestida el lascivo sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.

Las hermosas nalgas de Bella ejercían un especial atractivo sobre el lascivo sacerdote. Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se sintió excitado en grado extremo, por lo que empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba a la joven con tal dilatación, él solo deseaba poder experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las delicadas y juveniles partes íntimas de ella.

Bella lanzó un grito aterrador al sentirse empalada por el tieso miembro de su brutal violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Ambrosio la retuvo, pasando sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del vibrante cuerpo de Bella, sin cejar en su esfuerzo invasor.

Paso a paso, empeñada en esta lucha, la jovencita cruzó toda la estancia, sin que Ambrosio dejara de tenerla empalada por detrás. Como es lógico, este lascivo espectáculo tenía que surtir efecto en los espectadores. Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron a aplaudir el vigor de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras emociones.

Pero el espectáculo despertó además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban insatisfechos.

En su caminata, Bella había llegado cerca del Superior, el cual la tomó en sus brazos, circunstancias que aprovechó Ambrosio para comenzar a mover su miembro dentro de las entrañas de ella, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.

La posición en que se encontraban ponía los encantos naturales de la enculada jovencita a la altura de los labios del Superior, el cual instantáneamente los pegó a aquellos, dándose a succionar en la húmeda rendija.

Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo que, tirando de la muchacha para que también fuera bajando su cuerpo, al mismo tiempo que él tomaba asiento en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo rápidamente dentro del suave vientre de ella.

Así, Bella se encontró de nuevo cogiendo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del padre Ambrosio por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del padre Superior en otra dirección.

Los dos hombres nadaban en un mar de deleites sensuales, ambos se entregaban de lleno en las deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su víctima, perforada por delante y por detrás por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible sus excitados movimientos.

Pero todavía le aguardaba a la hermosa joven otra prueba de fuego, pues no bien el vigoroso Clemente pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Superior, y tomando la cabeza de la pobre Bella depositó su ardiente arma en sus rosados labios. Después avanzando su punta, en cuya estrecha apertura se apercibían ya prematuras gotas, la introdujo en la linda boca de la muchacha metiéndosela hasta el tope de su garganta, mientras hacía que ella con su suave mano le frotara el duro y largo tronco que quedaba afuera.

Entretanto Ambrosio sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por delante por el Superior, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción trasera del padre, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación. Empero, Clemente fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la garganta de la pequeña Bella. Le siguió Ambrosio, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en sus intestinos, al propio tiempo que el Superior inundaba su matriz.

Así rodeada, Bella recibió la descarga unida de los tres vigorosos sacerdotes.

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Tres días después de los acontecimientos relatados en las líneas precedentes, Bella compareció tan sonrosada y encantadora como siempre en el salón de recibimiento de su tío.

En el ínterin, mis movimientos habían sido erráticos, ya que en modo alguno era escaso mi apetito, y cualquier nuevo semblante posee para mí siempre cierto atractivo, que me hace no prolongar demasiado la residencia en un solo punto.

Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero. Por medio de ella tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto padre Ambrosio.

No voy a reproducir aquí su discurso, tal como lo oí desde mi posición ventajosa. Bastará con que mencione los puntos principales de su exposición, y que informe acerca de sus objetivos. Era manifestó que Ambrosio estaba inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que para presentarlo a él como completamente ajeno a la maniobra.

En resumen, y con tal fin, Ambrosio acudió directamente al tío de Bella, y le relató cómo había sorprendido a su sobrina y a su joven amante en el abrazo de Cupido, en forma que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del muchacho, y correspondido a ella.

Al dar este paso el malvado sacerdote perseguía una finalidad ulterior. Conocía sobradamente el carácter del hombre con el que trataba, y también sabía que una parte importante de su propia vida real no era del todo desconocida del tío.

En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Ambrosio era hombre de fuertes pasiones, sumamente erótico, y lo mismo suceda con el tío de Bella. Este último se había confesado a fondo con Ambrosio, y en el curso de sus confesiones había revelado unos deseos tan irregulares, que el sacerdote no tenía duda alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.

Los ojos del señor Verbouc hacía tiempo que habían codiciado en secreto a su sobrina. Se lo había confesado. Ahora Ambrosio le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad de que ella había comenzado a abrigar sentimientos de la misma naturaleza hacia el sexo opuesto. La condición de Ambrosio se le vino a la mente. Era su confesor espiritual, y le pidió consejo.

El santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el premio. Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de Verbouc, la cual Ambrosio no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sexual, o ponerle más encanto al mismo, era presenciar el acto de la cópula carnal, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente.

El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto (la tía de Bella era una dama acomplejada que no salía de su habitación), y Ambrosio preparó a Bella para el suceso que iba a desarrollarse.

Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad anterior, y tras de informarle que su tío había sabido, quién sabe por qué conducto, lo ocurrido con su novio, le fue revelando poco a poco los proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado en su tío, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos, fuesen los que fuesen.

El señor Verbouc era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los cincuenta años. Como tío suyo que era, siempre le había inspirado profundo respeto a Bella, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia. Se había hecho cargo de ella desde la muerte de su hermano, y la trató siempre, si no con afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter.

Evidentemente la jovencita no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión como tal, ni siquiera que su pariente encontrara una excusa para ella. No me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Bella, el embarazo con que recibió los abrazos demasiado tiernos de su tío, y las bien merecidas censuras. La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que el señor Verbouc colocó a su hermosa sobrina sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se había formulado de poseerla.

–No debes ofrecer una resistencia tonta, Bella, -le explicó su tío, –No dudaré ni aparentaré recato. Basta con que este buen padre haya santificado la operación, para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente compañerito lo gozó ya con tu consentimiento…

Bella estaba profundamente confundida. Aunque sensual, como hemos visto ya, y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su pariente.

Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia y supuesta aquiescencia del padre Ambrosio podían aminorar el recelo con que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente. Bella temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto. Esta nueva actitud la ofendía.

El cambio habido entre el reservado y severo tío, cuya cólera siempre había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituada a recibir con reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que ella acababa de conceder a otro, la afectó profundamente, aturdiéndola y disgustándola.

Entretanto el señor Verbouc, que evidentemente no estaba dispuesto a concederle tiempo para reflexionar, y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su joven sobrina en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos.

Ambrosio, hacia el cual se había vuelto la muchacha ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y su lujuria.

En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil. Bella era joven e infinitamente impotente, por comparación bajo el firme abrazo de su pariente. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía, Verbouc se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su sobrina. Sus nerviosos dedos apresaban ya el hermoso satín de sus muslos. Otro empujón firme, y no obstante que Bella seguía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo, la lasciva mano alcanzó los rosados labios del mismo por debajo de la prenda interior de la chica, y los dedos temblorosos de su pariente separaron la cerrada y húmeda hendidura, fortificación que defendía su recato.

Hasta ese momento el padre Ambrosio no había sido más que un callado observador del excitante conflicto. Pero al llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso brazo izquierdo en torno a la esbelta cintura de la muchacha, encerró en su derecha las dos pequeñas manos de ella, las que así sujetas la dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su pariente.

–Por caridad… -suplicó ella inmovilizada y jadeante por sus esfuerzos, –¡Suéltenme! ¡Esto es demasiado horrible! ¡Es monstruoso! ¿¡Cómo pueden ser tan crueles!? ¡Estoy perdida!

–En modo alguno estás perdida linda sobrina… -replicó el tío, –Sólo despierta a los placeres que Venus reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen la valentía de disfrutarlos mientras les es posible hacerlo.

–¡¡He sido espantosamente engañada…!! —Gritó la espantada chica, al estar poco convencida por esta ingeniosa explicación, y así continuó haciéndoselos ver, –¡¡Lo veo todo claramente…!! ¡¡Qué vergüenza!! ¡¡No puedo permitirles eso… no puedo!! ¡¡Oh, no… de ninguna manera!! ¡¡Madre santa!! ¡¡Suélteme, tío!! ¡¡Ohhh!! ¡¡Ohhh!!

–Estate tranquila sobrina, tienes que someterte. Sí no me lo permites de otra manera, lo tomaré por la fuerza. Así que abre estas lindas piernas; déjame sentir el exquisito calorcito de estos suaves y lascivos muslos; permíteme que ponga mí mano sobre este divino vientre… ¡Estate quieta, loquita! Al fin eres mía. ¡Ohhh, cuánto he esperado esto, Bella!

Sin embargo a lo anterior, la jovencita ofrecía todavía cierta resistencia, que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito de su filial asaltante, mientras Ambrosio la seguía sujetando firmemente.

–¡Ohhhh, qué hermosas nalgas! -exclamó el señor Verbouc, mientras deslizaba sus intrusas manos por los aterciopelados muslos de su pobre sobrina, y acariciaba las suaves redondeces de sus posaderas, –¡Ah, qué glorioso coño! ¡Ahora es todo para mí, y será debidamente festejado en el momento oportuno!

–¡¡Suélteme! —Gritaba Bella, –¡¡Ohhh…!! ¡¡¡Ohhh!!! -Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta de la atormentada muchacha mientras entre los dos hombres la forzaban a ponerse de espaldas sobre un sofá próximo. Cuando cayó sobre él se vio obligada a recostarse, por obra del forzudo Ambrosio, mientras el señor Verbouc, que había levantado los vestidos de ella para poner al descubierto sus piernas enfundadas en medias de seda, y las formas exquisitas de su sobrina, se hacía para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que Bella se veía forzada a hacer ya que este mismo el momento antes de ser arrastrada por Ambrosio le había arrancado su pequeña prenda íntima.

–¡¡Tío…!! ¿¡Estás loco!? –Le gritó Bella una vez más, mientras que con sus temblorosas extremidades luchaba en vano por esconder las lujuriosas desnudeces exhibidas en toda su crudeza, –¡Por favor, suéltenme!

–Sí, Bella, estoy loco, loco de pasión por ti, loco de lujuria por cogerte, por disfrutarte, por poseerte y saciarme con tu cuerpo. La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de esta estrecha y pequeña funda.

Al tiempo que decía eso, el señor Verbouc se aprestaba al acto final del incestuoso drama. Desabrochó sus prendas inferiores, y sin consideración alguna de recato exhibió licenciosamente ante los ojos de su sobrina las voluminosas y rubicundas proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia ella con aire amenazador.

Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas por el sacerdote, y aplicando su arma rampante contra el tierno orificio, trató de realizar la conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su sobrina.

Pero las continuas contorsiones del lindo cuerpo de Bella, el disgusto y horror que se habían apoderado de la misma, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes, constituían efectivos impedimentos para que el tío alcanzara la victoria que esperó conseguir fácilmente,

Nunca deseé más ardientemente que en aquellos momentos contribuir a desarmar a un campeón, y enternecida por los lamentos de la gentil jovencita, con el cuerpo de una pulga, pero con el alma de una avispa, me lancé de un brinco al rescate. Hundir mi lanceta en la sensible cubierta del escroto del señor Verbouc fue cuestión de un segundo, y surtió el efecto deseado. Una aguda sensación de dolor y comezón le hicieron detenerse.

El intervalo fue fatal, ya que unos momentos después los muslos y el vientre de la joven Bella se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su incestuoso pariente. Las maldiciones, dichas no en voz alta, pero sí desde lo más hondo de su ser, siguieron a este inesperado contratiempo. El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa posición e incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.

No bien hubo librado el señor Verbouc a su sobrina de la molesta situación en que se encontraba, cuando el padre Ambrosio comenzó a manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena. Mientras daba satisfacción al sentido del acto, manteniendo firmemente asida con su poderoso abrazo a Bella, su hábito no pedía disimular por la parte delantera del estado de rigidez que su miembro había adquirido.

Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute.

–¡Ohhh siiiii! -exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su confesor.

–He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizo —dijo el Padre Ambrosio, y tomándolo deliberadamente en sus manos, se dio a manipularlo con evidente deleite.

–¡Qué monstruo, Bella, míralo! ¡Cuán fuerte es y cuán tieso se mantiene!, -le decía el tío vilmente a su ahora asustada sobrina.

El padre Ambrosio se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido de su rostro, y colocando a la horrorizada joven en posición más propicia, llevó su roja protuberancia a la húmeda abertura, y procedió a introducirla dentro con desesperado esfuerzo.

Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la joven víctima de su lujuria a cada nuevo empujón que le mandaban. Aunque no era esta la primera vez que el padre Ambrosio había tocado entradas como aquélla cubierta de musgo que poseía, el hecho de que estuviera presente su tío, lo indecoroso de toda la escena, el profundo convencimiento, que por vez primera se le hacía presente, del engaño de que había sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que tan poderosamente se habían manifestado otrora.

Pero la actuación de Ambrosio no le dio tiempo a Bella para reflexionar, ya que al sentir la suave presión, como la de un guante, de su delicada vaina, se apresuró a completar la conjunción lanzándose con unas pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su miembro en el cuerpo de ella hasta los testículos.

Siguió un intervalo de refocilamiento bárbaro, de rápidas acometidas y presiones, firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Bella anunció que la naturaleza reclamaba en ella sus derechos, y que el combate amoroso había llegado a la crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios fruncidos y semi abiertos y los dedos crispados, su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos, en el curso de los cuales la ninfa derrama su juvenil esencia para mezclarla con los chorros evacuados por su amante.

El contorsionado cuerpo de Bella, sus ojos vidriosos y sus manos temblorosas, revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.

La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba deliciosamente en sus juveniles partes. La excitación de Ambrosio iba en aumento por momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar su viscosa esencia.

–¡¡¡Ohhhh, no puedo aguantar más!!! ¡¡¡Siento que se me viene la leche, Verbouc!!! ¡¡¡Tiene usted que culearla!!! ¡¡¡Su sobrina es deliciosa…!!! ¡¡¡Su almeja me ajusta la verga como un guante!!! ¡¡¡Ohhh!!! ¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡Oh!!! ¡¡¡Oh!!!

Más vigorosas y más frecuentes embestidas, un brinco poderoso, una verdadera sumersión del robusto hombre dentro de la débil figurita de ella, un abrazo apretado, y Bella, con inefable placer, sintió la cálida inyección que su violador derramaba en chorros espesos y viscosos muy adentro de sus tiernas entrañas.

Ambrosio retiro su vaporeante miembro con evidente desgano, dejando expuestas las relucientes partes de la jovencita, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones trasparentes y a veces blancuzcas.

–Bien…, -exclamó Verbouc, sobre quien la escena había producido efectos sumamente excitantes, –Ahora me llegó el turno, buen padre Ambrosio. Ha gozado usted a mi sobrina bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violada. Ella ha compartido los placeres con usted; mis previsiones se han visto confirmadas; puede recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar. Al fin llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme. Daré satisfacción a un deseo largamente acariciado. Apaciguaré esa insaciable sed de lujuria que despierta en mí la hija de mí hermano. Observa este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo por ti, Bella. Siente, mi querida sobrina, cuánto se han endurecido los testículos de tu tío. Se han llenado para ti. Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto, eres tú la destinada a proporcionarle alivio. ¡Descubre su cabeza, Bella! Tranquila, mi chiquilla; permíteme llevar tu mano. ¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato. Sin resistencia. ¿Puedes advertir su longitud? Tienes que recibirlo todo en esa caliente rendija que el padre Ambrosio acaba de rellenar tan bien. ¿Puedes ver los grandes globos que penden por debajo, Bella? Están llenos del semen que voy a descargar para goce tuyo y mío. Sí, Bella, en el vientre de la hija de mi hermano.

La idea del terrible incesto que se proponía consumar añadía combustible al fuego de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia, revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que amenazaba las húmedas partes de Bella. El señor Verbouc tomó medidas de seguridad. No había en realidad, y tal como lo había dicho, escapatoria para su joven sobrina.

Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas, mientras Ambrosio la mantenía firmemente sujeta. El violador vio llegada la oportunidad. El camino estaba abierto, los blancos muslos bien separados, los rojos y húmedos labios del coño de la linda jovencita frente a él. No podía esperar más. Abriendo los labios del sexo de su sobrina, y apuntando la roja cabeza de su arma hacia la prominente vagina, se movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en toda su longitud en el vientre de la enloquecida chica.

–¡¡Ahhhhhhhh…!! ¡Ohhh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de ella!, -chillaba Verbouc, –¡¡Ohhhhh!! ¡¡Ahhhh!! ¡¡Qué placer!! ¡¡Cuán hermosa es… es… es muy ricaaaaa!! ¡¡Cuán estrecho!! ¡¡Como aprieta!! ¡¡¡Ohhh!!!

El buen padre Ambrosio sujetó a Bella más firmemente. Esta hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando sintió entrar el turgente miembro de su tío que, firmemente encajado en la cálida persona de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta.

Era el cordero en las fauces del lobo, la paloma en las garras del águila. Sin piedad ni atención siquiera por los sentimientos de ella, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su sobrina un abundante torrente de su incestuoso fluido. Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su joven víctima por el transcurso de toda una larga tarde. Su fogosa lujuria, estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró hasta la insania.

Bien pronto trató Ambrosio de atacar a Bella por las nalgas, pero Verbouc, que sin duda tenía sus motivos para prohibírselos, se opuso a ello. El sacerdote, empero sin cohibirse, bajó la cabeza de su enorme instrumento para introducirlo por detrás en el sexo de ella. Verbouc se arrodilló por delante para contemplar el acto, al concluir el cual, con verdadero deleite, se dio succionar los labios del bien relleno coño de su sobrina.

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Aquella noche acompañé a Bella a la cama, pues a pesar de que mis nervios habían sufrido el impacto de un espantoso choque, no por ello había disminuido mi apetito, y fue una fortuna que mi joven protegida no poseyera una piel tan irritable como para escocerse demasiado por mis afanes para satisfacer mi natural apetito.

El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías, y hubiera encontrado un retiro seguro y deliciosamente cálido en el tierno musgo que cubría el túmulo de la linda Bella, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi digno reposo.

La jovencita había sido sujetada por un abrazo rudo y poderoso, y una pesada humanidad apisonaba fuertemente su delicado cuerpo no sin antes arrancarle y destrozarle su camisola de dormir dejándola completamente desnuda. Un grito ahogado acudió a los atemorizados labios de ella, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante, reconocí la voz y la persona del señor Verbouc.

La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil la débil resistencia que ella podía ofrecer. Su tío, con prisa febril y terrible excitación provocada por el contacto con sus aterciopeladas extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven sobrina quien luchaba en el lecho con sus piernas forzosamente abiertas haciendo la poción del misionero.

Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel distinto. El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro en la lasciva funda de su sobrina, y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras que Bella, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción que amenazaban con traicionarla, hasta que al cabo de un rato, con grandes estremecimientos en sus miembros y la respiración entrecortada, se rindió y descargó su derrame sobre el henchido dardo de su tío que tan deliciosamente palpitaba en su interior.

El señor Verbouc tenía plena conciencia de lo ventajoso de su situación, y cambiando de táctica como general prudente, tuvo buen cuidado de no expeler todas sus reservas, y provoco un nuevo avance de parte de su gentil adversaria. Verbouc no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien el combate sexual con su sobrina pareció excitarlo hasta el frenesí, ambos seguían en la misma posición en que habían comenzado, con el tío encima del desnudo cuerpo de su sobrina pero ahora con ambos moviéndose acompasadamente y buscando el máximo de sincronización. La cama se mecía y se cimbraba, la habitación entera vibraba con la trémula energía de sus lascivos movimientos de coito; ambos cuerpos se encabritaban y ahora rodaban, convirtiéndose en una sola masa.

La injuria, fogosa e impaciente, los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El daba estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida de su hinchado pene junto a los rojos labios de las cálidas partes de Bella, para hundirlo luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, y se enredaban con el suave y húmedo musgo que cubría el monte de Venus de su sobrina, hasta que un suspiro entrecortado delató el dolor y el placer de ella.

De nuevo el triunfo le había correspondido a él, y mientras su vigoroso miembro se envainaba hasta las raíces en el suave cuerpo de ella, un tierno, apagado y doloroso grito habló de su éxtasis cuando, una vez más, el espasmo de placer recorrió todo su sistema nervioso.

Finalmente, con un brutal gruñido de triunfo, descargó una tórrida corriente de líquido viscoso en lo más recóndito de la matriz de ella. Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la posesión de tan linda flor, el brutal Verbouc dio vuelta al cuerpo de su semi desmayada sobrina, para dejar a la vista sus atractivas nalgas.

Su objeto era evidente, y lo fue más cuando, untando el ano de ella con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más adentro que pudo. Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él.

Al cabo consiguió su propósito, y Bella recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su tío. La estrechez de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente de atrás hacia adelante durante unos 20 minutos por lo menos, al cabo de cuyo lapso su aparato había adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su sobrina torrentes de semen caliente y viscoso, luego de eso descargó su ardiente esencia masculina por la fisura delantera tres veces más en aquella noche, con la completa y dócil participación colaborativa de ella.

Ya había amanecido cuando el señor Verbouc soltó a su sobrina del abrazo lujurioso en que había logrado saciar su pasión, por lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en su frío lecho. Bella, por su parte, ahíta y rendida, se sumió en un pesado sueño, del que no despertó hasta bien avanzado el día. Cuando salió de nuevo de su alcoba. Bella había experimentado un cambio que no le importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar. La pasión se había posesionado de ella para formar parte de su carácter; se habían despertado en su interior fuertes emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la satisfacción de los sentidos sin comedimiento, e incluso por vías no naturales. Bella, casi una chiquilla inocente hasta hacía bien poco, se había convertido de repente en una mujer de pasiones violentas y en una hembra de lujuria incontenible.

Continuará