Memorias sobre una Jovencita 3 Final

Relato original Memorias de una Pulga

Tercera Parte

Desde su encuentro con el rustico mozuelo cuya simpleza tanto le había interesado, en la rústica vereda que la conducía a su casa, Bella no dejó de pensar en los términos en los que aquél se había expresado, y en la extraña confesión que el jovenzuelo le había hecho sobre la complicidad de su padre en sus actos sexuales con otras jóvenes.

Estaba claro que su recién conocido era tan simple que se acercaba a la idiotez, y, a juzgar por su observación de que “mi padre no es tan listo como yo” suponía que el defecto era congénito. Y lo que ella se preguntaba era si el padre de aquel simplón poseía, tal como lo declaró el muchacho, un miembro de proporciones todavía mayores que las del hijo.

Dado su hábito de pensar casi siempre en voz alta sobre todo si se trataba de una buena verga y sus exquisiteces, yo sabía a la perfección que a Bella no le importaba la opinión de su tío, ni le temía ya al padre Ambrosio.

Sin duda alguna estaba resuelta a seguir su propio camino, pasare lo que pasare, y por lo tanto no me admiré lo más mínimo cuando a los días, y aproximadamente a la misma hora, la vi encaminarse hacia la pradera.

En un campo muy próximo al punto en que observó el encuentro sexual entre el caballo y la yegua, Bella descubrió al mozo entregado a una sencilla labor agrícola. Junto a él se encontraba una persona alta y notablemente morena, de unos cuarenta y cinco años. Casi al mismo tiempo que ella divisó a los individuos, el jovenzuelo la advirtió a ella, y corrió a su encuentro, después de que, al parecer, le dijera una palabra de explicación a su compañero, mostrando su alegría con una amplia sonrisa de satisfacción.

–Este es mi padre…, -le dijo, señalando al que se encontraba a sus espaldas, ven y pélasela tal como lo hiciste conmigo el otro día.

–¡Qué desvergüenza es esta, picaruelo atrevido! —repuso la joven Bella más inclinada a reírse que a enojarse. –¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje?

–¿A qué viniste entonces? —le preguntó el muchacho, –¿No fue para coger tal como te comprometiste? -En ese momento habían llegado al punto donde se encontraba el hombre, el cual clavó su azadón en el suelo, y le sonrió a la muchacha en forma muy parecida a como lo hacía el chico.

El hombre de campo era fuerte y bien formado, y. a juzgar por las apariencias, la chica pudo comprobar que si poseía los atributos de que su hijo le habló en su primera entrevista, este otra vez le habló.

–Mira a mi padre, ¿no es como te dije? —observó el jovenzuelo, –¡Deberías verlo coger!

No cabía disimulo. Se entendían entre ellos a la perfección, y sus sonrisas eran más amplias que nunca. El hombre pareció aceptar las palabras del hijo como un cumplido, y posó su mirada sobre la delicada jovencita. Probablemente nunca se había tropezado con una de su clase, y resultaba imposible no advertir en sus ojos el comienzo de una lujuria desmedida que se reflejaba en el brillo de sus ojazos negros.

La joven Bella comenzó a pensar que hubiera sido mejor no haber ido nunca a aquel lugar. Por su parte el joven campesino seguía hablándole:

–Me gustaría enseñarte la macana que tiene mi padre —le dijo, y, dicho y hecho, comenzó a desabrochar los pantalones de su respetable progenitor. La chica se cubrió los ojos e hizo ademán de marcharse. En el acto el hijo le interceptó el paso, cortándole el acceso al camino y tomándola del brazo.

–¡Me gustaría culearte! —Exclamó el padre con voz ronca acercándose a ella y también tomándola de su otro bracito, –A Tim también le gustaría hacerlo, de manera que no debes irte. Quédate y serás bien culeada.

Bella estaba realmente asustada.

–No puedo… –les dijo la preocupada chica al sentirse bien sujeta por esos dos osados campesinos, –De veras que no puedo, deben dejar que me vaya. No pueden sujetarme así. No me arrastren. ¡Suéltenme! ¿A dónde me llevan?

Había una casita en un rincón del campo, y se encontraban ya a las puertas de la misma. Un segundo después la pareja la había empujado hacia dentro, cerrando la puerta detrás de ellos, y asegurándola luego con una gran tranca de madera. Bella echó una mirada en derredor, y pudo ver que el lugar estaba limpio y lleno de pacas de heno. También pudo darse cuenta de que era inútil resistir. Sería mejor estarse quieta, y tal vez a fin de cuentas la pareja aquella no le haría daño. Advirtió, empero, las protuberancias en las partes delanteras de los pantalones de ambos, y no tuvo la menor duda de que sus ideas andaban de acuerdo con aquella excitación.

–Quiero que veas la verga de mi padre… ¡y también tienes que ver sus bolas! -Y siguió el muchacho desabrochando los botones de la bragueta de su progenitor. Asomó el faldón de la camisa, con algo debajo que abultaba de manera singular.

–¡Oh!, estate ya quieto, padre —susurró el hijo. –Déjale ver a la señorita tu macana. Dicho esto alzó la camisa, y exhibió a la vista de Bella un miembro tremendamente erecto, con una cabeza ancha como una ciruela, muy roja y gruesa, pero no de tamaño muy fuera de lo común, esta se encorvaba considerablemente hacia arriba, y la cabeza, dividida en su mitad por la tirantez del frenillo, se inclinaba mucho más hacia su velludo vientre.

El arma era sumamente gruesa, bastante aplastada y tremendamente hinchada. La joven sintió el hormigueo de la sangre a la vista de aquel miembro. La nuez era tan grande como un huevo, regordeta, de color púrpura, y despedía un fuerte olor.

El muchacho hizo que se acercara, y que con su blanca manecita lo apretara.

–¿No te dije que su verga era más grande que la mía? -siguió diciendo el jovenzuelo. –Véala, la mía ni siquiera se aproxima en tamaño a a de mi padre.

La notable jovencita burguesa se volvió hacia el cuerpo del joven campesino. El muchacho había abierto sus pantalones para dejar totalmente a la vista su formidable pene. Estaba en lo cierto: no podía compararse en tamaño con el del padre.

El mayor de los dos agarró a Bella por la cintura. También Tim intentó hacerlo, así como meter sus manos por debajo de sus ropas. Entrambos la zarandearon de un lado a otro, hasta que un repentino empujón la hizo caer sobre el heno. Su falda no tardó en volar hacia arriba. El vestido de Bella era ligero y amplio el cual también salió desprendido de su cuerpo, y la muchacha extrañamente ese día había ido sin ropa interior, luego entre ambos le desbrocharon sus pequeños zapatitos de cabritilla hasta quitárselos, todo esto ante los atónitos ojos de la joven que tampoco oponía mucha resistencia que digamos, es decir en muy poco tiempo ya la tenían completamente desnuda.

Tan pronto vio la pareja de hombres su esplendoroso cuerpo adolescente desnudo alojado en la alfombra de heno, con sus bien torneadas y blancas piernas temblorosas, que dando un resoplido se arrojaron ambos a un tiempo sobre ella. Siguió una lucha en la que el padre, de más peso y más fuerte que el muchacho, llevó la ventaja. Sus calzoncillos y pantalones estaban caídos hasta los talones y su grande y grueso carajo llegaba muy cerca del ombligo de Bella. Esta se abrió de piernas, ansiosa de probarlo. Pasó su mano por debajo y lo encontró caliente como la lumbre, y tan duro como una barra de hierro.

El hombre, que malinterpretó sus propósitos, apartó con rudeza su mano, y sin ayuda colocó la punta de su pene sobre los rosados y ansiosos labios del sexo de Bella. Esta abrió lo más que pudo sus juveniles miembros, y el campesino consiguió con varias estocadas alojarlo hasta la mitad. Llegado este momento se vio abrumado por la excitación y dejó escapar un terrible torrente de fluido sumamente espeso. Descargó con violencia y, al tiempo de hacerlo, se introdujo dentro de ella hasta que la gran cabeza dio contra su matriz, en el interior de la cual vertió parte de su semen.

–¡Ahhhhhh…! ¡Me está matando! —gritó la muchacha, medio sofocada. –¿Qué es esto que derrama en mi interior? —Es el semen, eso es lo que es —observó Tim, que se había agachado para deleitarse con la contemplación del espectáculo. –¿No te dije que mi padre era bueno para coger?

Bella pensó que el hombre la soltaría, y que le permitiría levantarse, pero estaba equivocada. El largo miembro, que en aquellos momentos se insertaba hasta lo más hondo de su ser, engrosaba y se envaraba mucho más que antes. El campesino empezó a moverse hacia adelante y hacía atrás, empujando sin piedad en las partes íntimas de Bella a cada nueva embestida. Su gozo parecía ser infinito. La descarga anterior hacía que el miembro se deslizara sin dificultades en los movimientos de avance y retroceso, y que con la brusquedad de los mismos alcanzara las regiones más blandas.

Poco a poco la joven Bella llegó a un grado extremo de excitación. Se entreabrió su boca, pasó sus piernas sobre las espaldas de él y se asió con sus desnudos brazos a las mismas convulsivamente.

De esta manera pudo favorecer cualquier movimiento suyo, y se deleitaba al sentir las fieras sacudidas con que el lujurioso sujeto hundía su ardiente arma en sus entrañas. Por espacio de un cuarto de hora se libró una batalla entre ambos. Bella se había venido con frecuencia, y estaba a punto de hacerlo de nuevo, cuando una furiosa cascada de semen surgió del miembro del hombre e inundó sus entrañas.

El individuo se levantó después, y retirando su carajo, que todavía exudaba las últimas gotas de su abundante eyaculación, se quedó contemplando pensativamente el jadeante cuerpo que acababa de abandonar. Su miembro todavía se alzaba amenazador frente a ella, vaporeante aún por efecto del calor de esa joven rendija que acababa de probar.

Tim, con verdadera devoción filial, procedió a secarlo y a devolverlo, hinchado todavía por la excitación a que estuvo sometido, a la bragueta del pantalón de su padre. Hecho esto el joven comenzó a ver con ojos de carnero a la desnuda jovencita, que seguía acostada en el heno, recuperándose poco a poco.

Sin encontrar resistencia, se fue sobre ella y comenzó a hurgar con sus dedos en las partes íntimas de la muchacha.

Esta vez fue el padre quien acudió en su auxilio. Tomó en su mano el arma del hijo y comenzó a pelarla, con movimientos de avance y retroceso, hasta que adquirió rigidez. Era una formidable masa de carne que se bamboleaba frente al rostro de Bella.

–¡Que los cielos me amparen! Espero que no vayas a introducir eso dentro de mí —murmuró Bella.

–Claro que si —contestó el muchacho con una de sus estúpidas sonrisas. Papá me la frota y me da gusto, y ahora voy a cogerte a ti. El padre conducía en aquellos momentos el taladro hacia los muslos de la muchacha. Su vagina, todavía inundada con las blancas eyaculaciones que el campesino había vertido en su interior, recibió rápidamente la roja cabeza. Tim empujó, y doblándose sobre ella introdujo el aparato hasta que sus pelos rozaron la piel de Bella.

–¡Ohhh, es terriblemente larga! —gritó la joven. –Lo tienes demasiado grande, muchachito tonto. No seas tan violento. ¡Oh, me matas con tu cosa! ¡Cómo empujas! ¡No puedes ir más adentro ya!, -en tanto el joven campesino seguía penetrándola en forma abrutada antes los seguidos reclamos de la chica. –¡Con suavidad, por favor! Está totalmente dentro. Lo siento en la cintura. ¡Oh, Tim! ¡Muchacho horrible!

–Dáselo —murmuró el padre, al mismo tiempo que le cosquilleaba los testículos y las piernas. –Tiene que caberle entero, Tim. ¿No es una belleza? ¡Qué coñito tan apretado tiene! ¿No es así muchachito?

–¡Ufff! No hables, padre, que así no puedo cógemela tranquilo.

Durante unos minutos se hizo el silencio. No se oía más ruido que el que hacían los dos cuerpos en la lucha entablada sobre el heno. Al cabo, el muchacho se detuvo. Su carajo, aunque duro como el hierro, y firme como la cera, no había expelido una sola gota, al parecer. Lo extrajo completamente enhiesto, vaporoso y reluciente por la humedad.

–No puedo venirme —dijo, apesadumbrado.

–Es la masturbación —explicó el padre. –Se la casca tan a menudo que ahora la extraña.

Bella yacía jadeante y en completa exhibición de su cuerpo, luego de unos segundo incorporándose a la situación gateo desnuda acercándose a los dos hombres quedando frente a la verga del joven. Entonces el hombre mayor llevó su mano a la verga de Tim, y comenzó a frotarla vigorosamente hacia atrás y hacia adelante. La muchacha esperaba a cada momento que se viniera sobre su cara.

Después de un rato de esta sobreexcitación del hijo y donde la chica otra vez esperaba de espaldas y con las piernas abiertas mirando esa inquietante masturbación, el padre llevó de repente la ardiente cabeza de la verga a la acuosa hendidura de Bella, y cuando el pene por fin pudo entrar en su totalidad quedando bien alojado en la matriz de la excitada jovencita un verdadero diluvio de esperma salió expulsado desde los testículos del muchacho, para anegar el interior de la hermosa muchachita.

Tim empezó a retorcerse y a luchar sobre el curvilíneo cuerpo que estaba fertilizando y terminó por morderla en el brazo.

Cuando hubo terminado por completo esta descarga, y el enorme miembro del muchacho dejó de estremecerse, el jovenzuelo lo retiró lentamente del cuerpo de Bella, y ésta pudo levantarse con la intención de recoger su ropa y vestirse. Sin embargo, ellos no tenían intención de dejarla marchar, ya que, después de abrir la puerta, el muchacho miró cautelosamente en torno, y luego, volviendo a colocar la tranca, se volvió hacia Bella para decirle:

–Fue divertido, ¿no? —Observó,-le dije que mi padre era bueno para cogerse a las muchachas.

–Sí, me lo dijiste, pero ahora tienes que dejarme marchar. Anda, sé bueno. –La ropa de la joven aún estaba en el suelo, por lo tanto se mantenía desnuda y de pie delante de los dos hombres. Una mueca a modo de sonrisa fue la única respuesta por parte del campesino más joven.

La joven Bella miró hacia el hombre y quedó aterrorizada al verlo completamente desnudo, desprovisto de toda prenda de vestir, excepción hecha de su camisa y sus zapatos, y en un estado de erección que hacía temer otro asalto contra sus encantos, todavía más terrible que los anteriores. Su miembro estaba literalmente lívido por efecto de la tensión, y se erguía hasta tocar su velludo vientre. La cabeza había engrosado enormemente por efecto de la irritación previa, y de su punta pendía una gota reluciente.

–¿Me dejarás que te culee de nuevo? —preguntó el hombre, al tiempo que agarraba a la desnuda damita por la cintura y llevaba la mano de ella a su instrumento.

–Haré lo posible… —murmuró Bella. Y viendo que no podía contar con ayuda alguna, sugirió que él se sentara sobre el heno para montarse ella a caballo sobre sus rodillas y tratar de insertarse la masa de carne pardusca para después cabalgarlo.

Tras de algunas arremetidas y retrocesos entró el miembro, y comenzó una segunda batalla no menos violenta que la primera. Transcurrió media hora completa en donde la ya sudada chica estuvo galopando aceleradamente la verga del campesino con pequeños intervalos en donde la joven enderezaba su cuerpo para quedarse ondulando suavemente sobre la verga que tenía ensartada, y luego de recuperar aliento reclinarse nuevamente sobre el cuerpo del hombre e iniciar la cabalgata.

Al parecer, era el de mayor edad el que ahora no podía lograr la eyaculación.

–¡Cuán fastidiosos son!, pensaba Bella sin dejar de subir y bajar sus caderas con el único afán de hacer llegar al orgasmo al campesino mas viejo.

–Frótamelo, chiquilla… —dijo el hombre, extrayendo su miembro del interior del cuerpo de ella, todavía más duro que antes. Bella lo agarró con sus manecitas y lo frotó hacia arriba y hacia abajo. Tras un rato de esta clase de excitación, se detuvo al observar que el enorme pomo exudaba un chorrito de semen. Apenas lo había encajado de nuevo en su interior, cuando un torrente de leche irrumpió en su seno. Alzándose y dejándose caer sobre él alternativamente, Bella bombeó hasta que él hubo terminado por completo, después de lo cual la dejaron irse.

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Al fin llegó el día; despuntó la mañana fatídica en la que la hermosa Julia Delmont había de perder el codiciado tesoro que guardaba entre medio de sus piernas que con tanta avidez se solicita por una parte, y tan irreflexivamente se pierde por otra.

Era todavía temprano cuando Bella oyó sus pasos en las escaleras, y no bien estuvieron juntas cuando un millar de agradables temas de charla dieron pábulo a una conversación animada, hasta que Julia advirtió que había algo que Bella se reservaba.

En efecto, su hablar animoso no era sino una máscara que escondía algo que se mostraba renuente a confiar a su compañera.

–Adivino que tienes algo qué decirme, Bella; algo que todavía no me dices, aunque deseas hacerlo. ¿De qué se trata Bella?

–¿No lo adivinas? —preguntó ésta, con una maliciosa sonrisa que jugueteaba alrededor de los hoyuelos que se formaban junto a las comisuras de sus rojos labios.

–¿Será algo relacionado con el padre Ambrosio? —Preguntó Julia. –¡Oh, me siento tan terriblemente culpable y apenada cuando le veo ahora, no obstante que él me dijo que no había malicia en lo que hizo!

–No la había, de eso puedes estar segura. Pero… ¿qué fue lo que hizo?

–¡Oh, si te contara! Me dijo unas cosas…, y luego pasó su brazo en torno a mi cintura y me besó hasta casi quitarme el aliento.

–¿Y luego? —preguntó Bella.

–¡Qué quieres que te diga, amiga! Dijo e hizo mil cosas, ¡si hasta llegué a pensar que iba a hacerme perder la razón!

–Dime algunas de ellas, cuando menos.

—Bueno, pues después de haberme besado tan fuertemente, metió sus manos por debajo de mis ropas y jugueteó con mis pies y con mis medias.., y luego deslizó su mano más arriba…, hasta que creí que me iba a desvanecer.

–¡Ah, picaruela! Estoy segura que en todo momento te gustaron sus caricias.

–Claro que si… ¿Cómo podría ser de otro modo? Me hizo sentir lo que nunca antes había sentido en toda mi vida.

–Vamos, Julia, eso no fue todo. No se detuvo ahí, tú lo sabes.

–¡Oh, no, claro que no! Pero no puedo hablarte de lo que hizo después.

–¡Déjate de niñerías! —Exclamó Bella, simulando estar molesta por la reticencia de su aun angelical amiga. –¿Por qué no me lo confiesas todo?

–Supongo que no tiene remedio, pero parecía tan escandaloso, y era todo tan nuevo para mí, y sin embargo tan sin malicia… de eso si estoy segura, pero bueno después de haberme hecho sentir que moría por efecto de un delicioso estremecimiento provocado con sus dedos, de repente tomó mi mano con la suya y la posó sobre algo que tenía él, y que parecía como el brazo de un niño.

Me invitó a agarrarlo estrechamente. Hice lo que me indicaba, y luego miré hacia abajo y vi una cosa roja, de piel completamente oscura, con venas azules, con una curiosa punta redonda color púrpura, parecida a una ciruela. Después me di cuenta de que aquella cosa salía entre sus piernas, y que estaba cubierta en su base por una gran mata de pelo negro y rizado. Julia dudó un instante.

–Sigue —le dijo Bella, alentándola.

–Pues bien; mantuvo mi mano sobre ella e hizo que la frotara una y otra vez. ¡Era tan larga, estaba tan rígida y tan caliente! -No cabía dudarlo, sometida como estaba el arma de Ambrosio a la excitación por parte de la manita de aquella pequeña beldad. –Después tomó mi otra mano y las puso ambas sobre aquel objeto peludo. Me espanté al ver el brillo que adquirían sus ojos, y que su respiración se aceleraba, pero él me tranquilizó. Me llamó “mi querida niña”, algo que me gustó mucho en la forma que me lo decía, luego levantándose, me pidió que acariciara aquella cosa dura con mis senos y me la mostró muy cerca de mi cara.

–¿Eso fue todo? -preguntó Bella, en tono persuasivo.

–No, no. Desde luego, no fue todo; ¡pero siento tanta vergüenza…! ¿Debo continuar? ¿Será correcto que divulgue estas cosas? Bien. Después de haber cobijado aquel monstruo en mí seno por algún tiempo, durante el cual latía y me presionaba ardiente y deliciosamente, me pidió que lo besara. Lo complací en el acto. Cuando puse mis labios sobre él, sentí que exhalaba un aroma extraño pero muy rico. A petición suya seguí besándolo. Me pidió que abriera mis labios y que frotara la punta de aquella cosa entre ellos y lo hice. Enseguida percibí una humedad en mi lengua y unos instantes después un espeso chorro de un líquido blanco y caliente se derramó sobre mi boca del cual tragué una gran cantidad, también bañó con este mi cara y mis manos. Todavía estaba jugando con aquella cosa, cuando el ruido de una puerta que se abría en el otro extremo de la iglesia obligó al buen padre a esconder lo que me había confiado, porque dijo que la gente vulgar no debe saber lo que tú sabes, ni hacer lo que yo te he permitido hacer. Sus modales eran tan gentiles y corteses, que me hicieron sentir que yo era completamente distinta a todas las demás muchachas. Pero dime querida Bella, ¿cuáles eran las misteriosas noticias que querías comunicarme? Me muero por saberlas.

–Primero quiero saber si el buen padre Ambrosio te habló o no de los goces… o placeres que proporciona el objeto con el que estuviste jugueteando, y si te explicó alguna de las maneras por medio de las cuales tales deleites pueden alcanzarse sin pecar.

–Claro que sí. Me dijo que en determinados casos el entregarse a ellos constituía un mérito.

–Supongo que después de casarse, por ejemplo.

–No dijo nada al respecto, salvo que a veces el matrimonio trae consigo muchas calamidades, y que en ocasiones es hasta conveniente la ruptura de la promesa matrimonial.

Bella sonrió. Recordó haber oído algo del mismo tenor de los sensuales labios del cura.

–Entonces, ¿en qué circunstancias, según él, estarían permitidos estos goces?

–Sólo cuando la razón se encuentra frente a justos motivos, aparte de los de complacencia, y esto sólo sucede cuando alguna jovencita, seleccionada por los demás por sus cualidades anímicas, es dedicada a dar alivio a través de su cuerpo a los servidores de la religión.

–Ya veo —comentó Bella. –Sigue…

–Entonces me hizo ver lo buena que era yo, y lo muy meritorio que sería para mí el ejercicio del privilegio que me concedía, y que me entregara al alivio de sus sentidos y de los de aquellos otros a quienes sus votos les prohibían casarse, o la satisfacción por otros medios de las necesidades que la naturaleza ha dado a todo ser viviente. Pero Bella, tú tienes algo qué decirme, estoy segura de ello.

–Está bien, puesto que debo decirlo, lo diré; supongo que no hay más remedio. Debes saber, entonces, que el buen padre Ambrosio decidió que lo mejor para ti sería que te iniciaras luego en la misión que te ha encomendado, y ha tomado medidas para que ello ocurra hoy.

–¡No me digas! ¡Ay de mí! ¡Me dará tanta vergüenza! ¡Soy tan terriblemente tímida!

–¡Oh, no, amiga! Se ha pensado en todo ello. Sólo un hombre tan piadoso y considerado como nuestro querido confesor hubiera podido disponerlo todo en la forma como la ha hecho. Ha arreglado las cosas de modo que el buen padre podrá disfrutar de todas las bellezas que tu encantadora persona puede ofrecerle sin que tú lo veas a él, ni él te vea a ti.

–¿Cómo? ¿Será en la oscuridad, entonces? —De ninguna manera; eso impediría darle satisfacción al sentido de la vista, y perderse el gran gusto de contemplar los deliciosos encantos en cuya posesión tiene puesta su ilusión el querido padre Ambrosio.

–Tus lisonjas me hacen sonrojarme, Bella. Pero entonces, ¿cómo sucederán las cosas?

–A plena luz… —explicó Bella en el tono en que una madre se dirige a su hija. –Será en una linda habitación de mi casa; se te acostará desnuda sobre un diván adecuado, y tu cabeza quedará oculta tras una cortina, la que hará las veces de puerta de una habitación más interior, de modo que únicamente tu cuerpo, y como te dije… totalmente desnudo, quede a disposición de tu asaltante.

–¡¿Desnuda?! ¡Qué vergüenza!

–¡Ah, Julia… mi dulce y tierna amiga Julia! —Murmuró Bella, al mismo tiempo que un estremecimiento de éxtasis recorría su cuerpo. –¡Pronto gozarás grandes delicias! ¡Despertarás los goces exquisitos reservados para los inmortales, y te darás así cuenta de que te estás aproximando muy rápido a convertirte en una verdadera hembra gozadora, cuyos goces, como bien digo, estoy segura de que ya necesitas!

–¡Por favor, Bella, no digas eso!

–Y cuando al fin… —siguió diciendo su compañera, cuya imaginación la había conducido ya a sueños carnales que exigían imperiosamente su satisfacción, –termine la lucha, llegue el espasmo, y la gran cosa palpitante del padre Ambrosio dispare su viscoso torrente de líquido enloquecedor al interior de tu bello cuerpo… ¡Ohhh! entonces ella sentirá el éxtasis, y hará entrega de su propia ofrenda caliente y viscosa.

–¿Qué es lo que murmuras?, -le consulto la nerviosa Julia a su amiga. Bella se levantó.

–Estaba pensando… —dijo con aire soñador, –en las delicias de eso de lo que tan mal te expresas tú.

Siguió una conversación en torno a minucias, y mientras la misma se desarrollaba, encontré oportunidad para oír otro diálogo no menos interesante para mí, y del cual, sin embargo, no daré más que un extracto a mis lectores.

Sucedió en la biblioteca, y eran los interlocutores los señores Delmont y Verbouc. Era evidente que había versado, por increíble que ello pudiera parecer, sobre la entrega de la persona de Bella al señor Delmont, previo pago de determinada cantidad, la cual posteriormente sería invertida por el complaciente señor Verbouc para provecho de su querida sobrina. No obstante lo bribón y perverso que aquel hombre era, no podía dejar de sobornar de algún modo su propia conciencia por el infame trato convenido.

–Sí… —decía el complaciente y bondadoso tío, –los intereses de mi sobrina están por encima de todo, estimado señor. No es que sea imposible un matrimonio en el futuro, pero el pequeño favor que usted pide creo que queda compensado por parte nuestra, como hombres de mundo que somos, usted me entiende, puramente como hombres de mundo, por el pago de una suma suficiente para compensarla por la pérdida de tan frágil pertenencia.

En ese momento Verbouc dejó escapar la risa, principalmente porque su obtuso interlocutor no pudo entenderle. Al fin se llegó a un acuerdo, y quedaron por arreglarse únicamente los actos preliminares.

El señor Delmont quedó encantado, saliendo de su torpe y estólida indiferencia cuando se le informó que la venta debía efectuarse en el acto, y que por consiguiente tenía que posesionarse de inmediato de la deliciosa virginidad que durante tanto tiempo anheló conquistar.

En el ínterin, el bueno y generoso de nuestro querido padre Ambrosio hacía ya algún tiempo que se encontraba en aquella mansión, y tenía lista la habitación donde estaba prevista la consumación del sacrificio. Llegado este momento, después de un festín a título de desayuno, el señor Delmont se encontró con que sólo existía una puerta entre él y la víctima de su lujuria.

De lo que no tenía la más remota idea era de quién iba a ser en realidad su víctima. No pensaba más que en Bella. Seguidamente dio vuelta a la cerradura y entró en la habitación, cuyo suave calor templó los estimulados instintos sexuales que estaban a punto de entrar en acción, ¡Qué maravillosa visión se ofreció a sus ojos extasiados! Frente a él, recostado sobre una cama y totalmente desnudo, estaba el cuerpo de una jovencita.

Una simple ojeada era suficiente para revelar que era una belleza, pero se hubieran necesitado varios minutos para describirla en detalle, después de descubrir por separado cada una de sus deliciosas partes sus bien torneadas extremidades, de proporciones ya más que juveniles; con unos senos formados por dos de las más selectas y blancas colinas de suave carne, coronadas con dos rosáceos botones; las venas azules que corrían serpenteando aquí y allá, que se veían al través de una superficie nacarada como riachuelos de fluido sanguíneo, y que daban mayor realce a la deslumbrante blancura de la piel.

Y además, ¡oh! además el punto central por el que suspiran los hombres… los sonrosados y apretados labios vaginales en los que la naturaleza gusta de solazarse, de la que ella nace y a la que vuelve. Allí estaba, a la vista, en casi toda su femenina perfección.

Todo estaba allí menos la cabeza. Esta importante parte se hacía notar por su ausencia, y las suaves ondulaciones de la hermosa virgen evidenciaban que para ella no era inconveniente que no estuviera a la vista. El señor Delmont no se asombró ante aquel fenómeno, ya que había sido preparado para él, así como para guardar silencio. Se dedicó, en consecuencia, a observar con deleite los encantos que habían sido preparados para solaz suyo.

No bien se hubo repuesto de la sorpresa y la emoción causadas por su primera visión de la joven beldad desnuda, comenzó a sentir los efectos provocados por el espectáculo en los órganos sexuales que responden bien pronto en un hombre de su temperamento a las emociones que normalmente deben causarlos.

Su miembro, duro y henchido, se destacaba en su bragueta, y amenazaba con salir de su confinamiento. Por lo tanto lo liberó permitiéndole a la gigantesca arma que apareciera sin obstáculos, y a su roja punta que se irguiera en presencia de su presa.

Lector, yo no soy más que una pulga, y por lo tanto mis facultades de percepción son limitadas. Por lo mismo carezco de capacidad para describir los pasos lentos y la forma cautelosa en que el embelesado violador se fue aproximando gradualmente a su víctima.

Sintiéndose seguro y disfrutando esta confianza, el señor Delmont recorrió con sus ojos y con sus manos todo el cuerpo. Sus dedos abrieron con mucho cuidado la frágil vagina, en la que apenas había florecido un ligero vello, en tanto que la muchacha se estremeció y contorsionó al sentir el intruso en sus partes más íntimas, para evitar el manoseo lujurioso, con el recato propio de las circunstancias.

Luego la atrajo hacia sí, y posó sus cálidos labios en el bajo vientre y en los tiernos y sensibles pezones de sus juveniles senos. Con mano ansiosa la tomó por sus ampulosas caderas, y atrayéndola más hacia él le abrió las blancas piernas y se colocó en medio de ellas.

Lector: acabo de recordarte que no soy más que una pulga. Pero aun las pulgas tenemos sentimientos, y no trataré de explicarte cuáles fueron los míos cuando contemplé aquel excitado miembro aproximarse a los prominentes labios de la húmeda hendidura de Julia Delmont.

Cerré los ojos. Los instintos sexuales de la pulga macho despertaron en mí, y hubiera deseado… si, lo hubiera deseado ardientemente estar en el lugar del señor Delmont.

Mientras tanto, con firmeza y sin miramientos, él se dio a la tarea demoledora. Dando un repentino brinco trató de adentrarse en las partes vírgenes de la joven Julia, falló el golpe. Lo intentó de nuevo, y otra vez el frustrado aparato quedó tieso y jadeante sobre el palpitante vientre de su víctima.

Durante este doloroso periodo de prueba la casi violada joven hubiera podido sin duda echar a rodar el complot gritando más o menos fuerte, de no haber sido por las precauciones tomadas por el prudente corruptor y sacerdote, el padre Ambrosio. Julia estaba narcotizada.

Una vez más el señor Delmont se lanzó al ataque. Empujó con fuerza hacia adelante, de alguna forma afianzó sus pies en el blando lecho, se enfureció, echó espumarajos y… ¡por fin! la elástica y suave barrera cedió, permitiéndole entrar. Dentro, con una sensación de éxtasis triunfal. Dentro, de modo que el placer de la estrecha y húmeda compresión arrancó a sus labios sellados un gemido de placer. Dentro, basta que su arma, enterrada hasta los pelos de su bajo vientre, quedó instalada, palpitante y engruesando por momentos en la funda de ella, ajustada como un guante.

Siguió entonces una lucha que ninguna pulga sería capaz de describir. Gemidos de dicha y de sensaciones de arrobo escaparon de sus labios babeantes. Empujó y se inclinó hacia adelante con los ojos extraviados y los labios entreabiertos, e incapaz de impedir la rápida consumación de su libidinoso placer, aquel hombrón entregó su alma, y con ella un torrente de fluido seminal que, disparado con fuerza hacia adentro, bañó la matriz de su propia hija.

De todo ello fue testigo Ambrosio, que se escondió para presenciar el lujurioso drama, mientras Bella, al otro lado de la cortina, estaba lista para impedir cualquier comunicación hablada de parte de su joven visitante. Esta precaución fue, empero, completamente innecesaria, ya que Julia, lo bastante recobrada de los efectos del narcótico para poder sentir el dolor, se había desmayado.

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Tan pronto como hubo acabado el combate, y el vencedor, levantándose del tembloroso cuerpo de la muchacha, comenzó este a recobrarse del éxtasis provocado por tan delicioso encuentro, se corrió repentinamente la cortina, y apareció la propia Bella detrás de la misma.

Si de repente una bala de cañón hubiera pasado junto al atónito señor Delmont, no le habría causado ni la mitad de la consternación que sintió cuando, sin dar completo crédito a sus ojos, se quedó boquiabierto contemplando, alternativamente, el cuerpo postrado de su víctima y la aparición de la que creía que acababa de poseer.

Bella, estando descalza y cuyo encantador “negligée” destacaba a la perfección sus juveniles encantos, aparentó estar igualmente estupefacta, pero, simulando haberse recuperado, dio un paso atrás con una perfectamente bien estudiada expresión de alarma.

–¿Qué… qué es todo esto? —preguntó Delmont, cuyo estado de agitación le impidió incluso advertir que todavía no había puesto orden en su ropa, y que aún colgaba entre sus piernas el muy importante instrumento con el que acababa de dar satisfacción a sus impulsos sexuales, todavía abotagado y goteante, plenamente expuesto entre sus piernas y bañado de la sangre de su propia hija.

–¡Cielos! ¿Será posible que haya cometido yo un error tan espantoso? —exclamó Bella, echando miradas furtivas a lo que constituía una atractiva invitación.

–Por piedad, dime de qué error se trata, y quién está ahí —clamó el tembloroso violador, señalando mientras hablaba de la desnuda persona recostada frente a él.

–¡Oh, retírese! ¡Váyase! —gritó Bella, dirigiéndose rápidamente hacia la muerta seguida por el señor Delmont, ansioso de que se le explicara el misterio. Bella se encaminó a un tocador adjunto, cerró la puerta, asegurándola bien, y se dejó caer sobre un lujoso sofa, de manera que quedaran a la vista sus encantos, al mismo tiempo que simulaba estar tan sobrecogida de horror, que no se daba cuenta de la indecencia de su postura.

–¡Oh! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —sollozaba, con el rostro escondido entre sus manos, aparentemente angustiada.

Una terrible sospecha cruzó como rayo por la mente de su acompañante, quien jadeante y semi ahogado por la emoción, indagó:

–¡Habla! ¿Quién es…? ¿Quién?

–No tuve la culpa. No podía saber que era usted el que habían traído para mí… y no sabiéndolo…, puse a Julia en mi lugar.

El señor Delmont se fue para atrás, tambaleándose. Una sensación todavía confusa de que algo horrible había sucedido se apoderó de su ser; un vértigo nubló su vista, y luego, gradualmente, fue despertando a la realidad. Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola palabra, Bella, bien adiestrada sobre la forma en que tenía que actuar, se apresuró a impedirle que tuviera tiempo de pensar.

–¡Chist! Ella no sabe nada. Ha sido un error, un espantoso error, y nada más. Si está decepcionado es por culpa mía, no suya. Jamás me pasó por el pensamiento que pudiera ser usted. Creo… —añadió haciendo un lindo puchero, sin dejar por ello de lanzar una significativa mirada de reojo al todavía protuberante miembro, -que fue muy poco amable de ellos no haberme dicho que se trataba de usted.

El señor Delmont tenía frente a él a la hermosa muchacha. Lo cierto era que, independientemente del placer que hubiere encontrado en el incesto involuntario, se había visto frustrado en su intención original, perdiendo algo por lo que había pagado muy buen precio.

–¡Oh, si ellos descubrieran lo que he hecho! —murmuró Bella, modificando ligeramente su postura para dejar a la vista una buena porción de sus piernas. Los ojos de Delmont centellearon. A despecho suyo volvía a sentirse calmado; sus pasiones animales afloraban de nuevo. –¡Si ellos lo descubrieran! —gimió otra vez Bella. Al tiempo que lo decía, se puso de pie y se acercó para pasar sus lindos brazos en torno al cuello del engañado padre.

El señor Delmont la estrechó en un firme abrazo, la chica seguía con su actuación:

–¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto? —susurró Bella, que con una mano había asido el pegajoso dardo de su acompañante, y se entretenía en estrujarlo y moldearlo con su cálida mano. El cuitado hombre, sensible a sus toques y a todos sus encantos, y enardecido de nuevo por la lujuria, consideró que lo mejor que le deparaba su sino era gozar su juvenil doncellez. –Si tengo que ceder —dijo Bella, tráteme con blandura. ¡Oh, qué manera de tocarme! ¡Oh, quite de ahí esa mano! ¡Cielos! ¿Qué hace usted?

No tuvo tiempo más que para echar un vistazo a su miembro de cabeza enrojecida, rígido y más hinchado que nunca, y unos momentos después tras haber sido llevada al sofá el hombre ya estaba sobre ella.

Bella no ofreció resistencia, y enardecido por su ansia amorosa, el señor Delmont encontró enseguida el punto exacto. Aprovechándose de su posición ventajosa al estar encima de ella empujó violentamente con su verga todavía lubricada hacia el interior de las tiernas y juveniles partes íntimas de la muchacha. Bella gimió. Poco a poco el dardo caliente se fue introduciendo más y más adentro, hasta que se juntaron sus vientres, y estuvo él metido hasta los testículos.

Seguidamente dio comienzo una violenta y deliciosa batalla, en la que Bella desempeñó a la perfección el papel que le estaba asignado, y excitada por el nuevo instrumento de placer, se abandonó a un verdadero torrente de deleites.

El señor Delmont siguió pronto su ejemplo, y descargó en el interior de Bella una copiosa corriente de su prolífica esperma. Durante algunos momentos permanecieron ambos ausentes y todavía con sus partes íntimas unidas, bañados en la exudación de sus mutuos raptos, y jadeantes por el esfuerzo realizado, hasta que un ligero ruido les devolvió la noción del mundo, y antes de que pudieran siquiera intentar una retirada, o un cambio en la inequívoca postura en que se encontraban, se abrió la puerta del tocador y aparecieron, casi simultáneamente, dos personas.

Estas eran el padre Ambrosio, el señor Verbouc, quienes una vez que entraron en la habitación en el acto levantaron de la cama a una aun casi desmayada Julia Delmont.

Entre los dos hombres sostenían el semidesvanecido cuerpo desnudo de la muchacha, cuya cabeza se inclinaba lánguidamente a un lado, reposando sobre el robusto hombro del padre, mientras Verbouc, no menos favorecido por la proximidad de la muchacha, sostenía el liviano cuerpo de ésta con un brazo nervioso, y contemplaba su cara con mirada de lujuria insatisfecha, que sólo podría igualar la reencarnación del diablo.

Ambos hombres iban en desabillé apenas decente, y como se dijo la infortunada Julia estaba desnuda, tal como, apenas un cuarto de hora antes, había sido violentamente mancillada por su propio padre.

–¡Chist! —Susurró Bella, poniendo su mano sobre los labios de su amoroso compañero. –Por el amor de Dios, no se culpe a si mismo. Ellos no pueden saber quién hizo esto. Sométase a todo antes que confesar tan espantoso hecho. No tendrían piedad. Estese atento a no desbaratar sus planes.

El señor Delmont pudo ver de inmediato cuán ciertos eran los augurios de Bella.

–¡Ve, hombre lujurioso! —Exclamó el piadoso padre Ambrosio. –¡Contempla el estado en que hemos encontrado a esta pobre criatura! Y posando su manaza sobre el lampiño monte de Venus de la joven Julia, exhibió impúdicamente a los otros sus dedos escurriendo la descarga paternal.

–¡Espantoso! —Comentó Verbouc. –¡Y si llegara a quedar embarazada!

–¡Abominable! —Gritó el padre Ambrosio. –Desde luego tenemos que impedirlo.

Delmont gimió. Mientras tanto Ambrosio y su coadjutor devolvieron a su joven víctima a la cama en la cual había sido violada por su padre, y comenzaron a tentar y a acariciar todo su cuerpo, y a dedicarse a ejecutar todos los actos lascivos que preceden a la desenfrenada entrega a la posesión lujuriosa.

Julia, aún bajo los efectos del sedante que le habían administrado, y totalmente confundida por el proceder de aquella virtuosa pareja, apenas se daba cuenta de la presencia de su digno padre que todavía se encontraba sujeto por los blancos brazos de Bella, y con su miembro empotrado aún en su dulce vientre.

–¡Vean cómo escurre la leche desde su rendija! —Exclamó Verbouc, introduciendo nerviosamente su mano entre los muslos abiertos de Julia

–¡Qué vergüenza! —Si ha escurrido hasta sus lindos piececitos cuando la tuvimos de pie, -observó Ambrosio, alzándole de la cama una de sus bien torneadas piernas, con la pretensión de proceder al examen, sobre la que se podía ver el término de un rio de líquido seminal, al mismo tiempo que con ojos de fuego exploraba con avidez la rosada grieta que de aquella manera quedó expuesta a su mirada.

Delmont gimió de nuevo.

—¡Oh… Dios qué belleza! —Gritó Verbouc, poniendo a la chica de lado y propinándole una fuerte nalgada, –Ambrosio… proceda Usted para evitar cualquier posible consecuencia de un hecho tan fuera de lo común. Únicamente la emisión de un hombre vigoroso puede remediar una situación semejante.

–Sí, es cierto, hay que administrársela…, -murmuró Ambrosio, cuyo estado de excitación durante este intervalo puede ser mejor imaginado que descrito. Su sotana se alzaba manifiestamente por la parte delantera, y todo su comportamiento delataba sus violentas emociones. Ambrosio se despojó de su sotana y dejó en libertad su enorme miembro, cuya rubicunda e hinchada cabeza parecía amenazar a los cielos.

Julia, terriblemente asustada, inició un débil movimiento de huida en la cama mientras el señor Verbouc, gozoso, se ubicó rápidamente detrás de ella y ahora la sostenía abriéndoles los muslos exhibiéndola en su totalidad, sobre todo su aun ensangrentada almejita.

Una aterrorizada Julia estando en aquellas condiciones contempló por segunda vez el miembro terriblemente erecto de su confesor, y adivinando sus intenciones por razón de la experiencia de iniciación por la que acababa de pasar, casi se desvaneció de pánico.

Ambrosio, como sí tratara de ofender los sentimientos de ambos, padre e hija, se subió también a la cama y dejó totalmente expuestos sus tremendos órganos genitales, y agitó el gigantesco pene en el bello rostro de la jovencita a la vez que miraba en forma aborrecida al asustado padre.

Delmont, presa del terror, y sintiéndose en manos de los dos complotados, contuvo la respiración y se refugió tras de Bella, la que, plenamente satisfecha por el éxito de la trama, se dedicó a aconsejarle que no hiciera nada y les permitiese hacer su voluntad.

Verbouc, que había estado tentando con sus dedos las húmedas partes íntimas de la pequeña Julia, cedió la muchacha a la furiosa lujuria de su amigo, disponiéndose a gozar de su pasatiempo favorito de contemplar la violación.

El sacerdote, fuera de sí a causa de la lujuria que lo embargaba, se quitó las prendas de vestir más íntimas, sin que por ello perdiera rigidez su miembro durante la operación y procedió a la deliciosa tarea que le esperaba, “Al fin es mía”, murmuro.

Ambrosio se apoderó en el acto de su presa, pasó sus brazos por debajo de los suaves hombros de la frágil jovencita para lanzarse con su robusta contextura sobre su cuerpo desnudo, y se entregó en cuerpo y alma a darse satisfacción.

Su monstruosa arma, dura como el acero, tocaba ya la rajita rosada, la que, si bien había sido lubricada por el semen del señor Delmont, no era una funda cómoda para el gigantesco pene que la amenazaba ahora.

Ambrosio proseguía sus esfuerzos, y el señor Delmont sólo podía ver como la grotesca complexión del degenerado del cura se retorcía sobre el cuerpo de su hijita, como ondulante masa negra y sedosa.

Con sobrada experiencia para verse obstaculizado durante mucho rato, Ambrosio iba ganando terreno, y era también lo bastante dueño de sí para no dejarse arrastrar demasiado pronto por el placer, venció toda oposición, y un grito desgarrador de Julia anunció la penetración del inmenso ariete.

Grito tras grito se fueron sucediendo hasta que Ambrosio, al fin firmemente enterrado en el interior de la jovencita, advirtió que no podía ahondar más, y comenzó los deliciosos movimientos de bombeo que habían de poner término a su placer, a la vez que a la tortura de su víctima.

Entretanto Verbouc, cuya lujuria había despertado con violencia a la vista de la escena entre el señor Delmont y su hija, y la que subsecuentemente protagonizaron aquel insensato hombre y su sobrina, corrió hacia Bella y, apartándola del abrazo en que la tenía su desdichado amigo, le abrió de inmediato las piernas, dirigió una mirada a su orificio, y de un solo empujón hundió su pene en su cuerpo, para disfrutar de las más intensas emociones, en una concha ya bien lubricada por la abundancia de semen que había recibido.

Ambas parejas estaban en aquel momento entregadas a su delirante copulación, en un silencio sólo alterado por los quejidos de la semiconsciente Julia, el estertor de la respiración del bárbaro Ambrosio, y los gemidos y sollozos del señor Verbouc.

La carrera se hizo más rápida y deliciosa. Ambrosio, que a la fuerza había adentrado en la estrecha vagina de la jovencita su gigantesco pene, hasta la mata de pelos negros y rizados que cubrían su raíz, estaba lívido de lujuria. Empujaba, impelía y embestía con las fuerzas de un toro, y de no haber sido porque al fin la naturaleza la favoreció llevando su éxtasis a su culminación, hubiera sucumbido a los efectos de tan tremenda excitación, para caer preso de un ataque que probablemente hubiera imposibilitado para siempre la repetición de una escena semejante.

Un fuerte grito se escapó de la garganta de Ambrosio. Verbouc sabía bien lo que ello representaba, se estaba corriendo como un enajenado. Su éxtasis sirvió para apresurar a la otra pareja, y un aullido de lujuria llenó el ámbito mientras los dos monstruos inundaban a sus víctimas de líquido seminal.

Pero no bastó una, sino que fueron precisas tres descargas de la prolífica esencia del cura en la matriz de la tierna joven, para que se apaciguara la fiebre de deseo que había hecho presa de él.

Decir simplemente que Ambrosio había descargado, no daría una idea real de los hechos. Lo que en realidad hizo fue arrojar verdaderos borbotones de semen en el interior de Julia en las tres cogidas seguidas que le puso, en espesos y fuertes chorros, al tiempo que no cesaba de lanzar gemidos de éxtasis cada vez que una de aquellas viscosas inyecciones corría a lo largo de su enorme uretra, y fluían en torrentes en el interior del dilatado receptáculo.

Transcurrió casi una hora entera antes de que todo terminara, y el brutal cura abandonara su ensangrentada y desgarrada víctima. Al propio tiempo el señor Verbouc dejaba expuestos los abiertos muslos y la embadurnada ranura de su sobrina, la cual yacía todavía en el soñoliento trance que sigue al deleite intenso, despreocupada de la espesa exudación que, gota a gota, iba formando un charco en la tela del sofá, y entre sus desnudas piernas.

–¡Ahhh, qué delicia! —Exclamó Verbouc. –Después de todo, se encuentra deleite en el cumplimiento del deber, ¿no es así, Delmont? Y volviéndose hacia el anhelado sujeto, continuó: –Si el padre Ambrosio y yo mismo no hubiéramos mezclado nuestras humildes ofrendas con la prolífica esencia que al parecer aprovecha usted tan bien, nadie hubiera podido predecir qué entuerto habría acontecido. ¡Oh, sí!, no hay nada como hacer las cosas debidamente, ¿no es cierto, Delmont?

–No lo sé; me siento enfermo, estoy como en un sueño, sin que por ello sea insensible a sensaciones que me provocan un renovado deleite. No puedo dudar de su amistad… de que sabrán mantener el secreto. He gozado mucho, y sin embargo, sigo excitado. No sabría decir lo que deseo. ¿Qué será, amigos míos?

El padre Ambrosio se aproximó, y posando su manaza sobre el hombro del pobre hombre, le dio aliento con unas cuantas palabras susurradas en tono reconfortante.

Como una pulga que soy, no puedo permitirme la libertad de mencionar cuáles fueron dichas palabras, pero surtieron el efecto de disipar pronto las nubes de horror que obscurecían la vida del señor Delmont. Este se sentó, y poco a poco fue recobrando la calma.

Julia, también recuperada ya, tomó asiento junto al fornido sacerdote, que al otro lado tenía a Bella. Hacía ya tiempo que ambas muchachas se sentían más o menos a gusto. El santo varón les hablaba como un padre bondadoso, y consiguió que el señor Delmont abandonara su actitud retraída, y que este honorable hombre, tras una copiosa libación de vino, comenzara asimismo a sentirse a sus anchas en el medio de la escandalosa situación en que se encontraba.

Pronto los vigorizantes vapores del vino surtieron su efecto en el señor Delmont, que empezó a lanzar ávidas miradas hacia su hija. Su excitación era evidente, y se manifestaba en el bulto que se advertía bajo sus ropas.

Ambrosio se dio cuenta de su deseo y lo alentó. Lo llevó junto a Julia, la que, todavía desnuda, no tenía manera de ocultar sus encantos. Su padre la miró con ojos en los que predominaba la lujuria. Una segunda vez ya no sería tan pecaminosa, pensó.

Ambrosio asintió con la cabeza para alentarlo, mientras Bella desabrochaba sus pantalones para apoderarse de su rígido pene, y apretarlo dulcemente entre sus manos. El señor Delmont entendió la posición, y pocos instantes después estaba encima de su hija.

Bella condujo el incestuoso miembro a los rojos labios del sexo de Julia, y tras unos cuantos y firmes empujones más, el semi enloquecido padre había penetrado por completo en el interior del cuerpo de su linda hija.

La lucha que siguió se vio intensificada por las circunstancias de aquella horrible conexión. Tras de un brutal y rápido galope el señor Delmont descargó, y su hija recibió en lo más recóndito de su juvenil matriz las culpables emisiones de su desnaturalizado padre.

El padre Ambrosio, en quien predominaba el instinto sexual, tenía otra debilidad más, que era la de predicar. Lo hizo por espacio de una hora, no tanto sobre temas religiosos, sino refiriéndose a otras cuestiones más mundanas, y que desde luego no suelen ser sancionadas por la santa madre iglesia.

En esta ocasión pronunció un discurso que me fue imposible seguir, por lo que decidí echarme a dormir en la axila de Bella. Ignoro cuánto tiempo más hubiera durado su disertación, pero como en aquel punto la gentil Bella se posesionó de su enorme colgajo entre sus manecitas y comenzó a chupársela, el buen hombre se vio obligado a hacer una pausa, justificada por las sensaciones despertadas por ella.

Verbouc, por su parte, que según se recordará lo único que codiciaba era un coño bien lubricado, sólo se preocupaba por lo bien aceitadas que estaban las deliciosas partes íntimas de la recién ganada para la causa, Julia. Además, la presencia del padre contribuía a aumentar el apetito, en lugar de constituir un impedimento para que aquellos dos libidinosos hombres se abstuvieran de gozar de los encantos de su hija.

Y Bella, que todavía sentía escurrir el semen de su cálida vulva, era presa de anhelos que las batallas anteriores no habían conseguido apaciguar del todo. Verbouc comenzó a ocuparse de nuevo de los juveniles encantos de la bella Julia Delmont aplicándoles lascivos toquecitos, pasando impúdicamente sus manos sobre las redondeces de sus nalgas, y deslizando de vez en cuando sus dedos entre las colinas.

El padre Ambrosio, no menos activo, había pasado su brazo en torno a la cintura de Bella, y acercando a él su semidesnudo cuerpo depositaba en sus lindos labios ardientes besos. A medida que ambos hombres se entregaban a estos jugueteos, el deseo se comunicaba en sus armas, enrojecidas e inflamadas por efecto de los anteriores escarceos, y firmemente alzadas con la amenazadora mira puesta en las jóvenes criaturas que estaban en su poder.

Ambrosio, cuya lujuria nunca requería de grandes incentivos, se apoderó bien pronto del jugoso tajo de Bella. Esta se dejó ser acostada sobre el sofá que ya había sido testigo de dos encuentros anteriores, donde, nada renuente, siguió por el contrario estimulando el desnudo y llameante carajo para permitirle después introducirse entre sus muslos, favoreciendo el desproporcionado ataque lo más que le fue posible, hasta enterrar por entero en su húmeda hendidura el terrible instrumento.

El espectáculo excitó de tal modo los sentimientos del señor Delmont, que se hizo evidente que no necesitaba ya de mayor estímulo para intentar un segundo coup una vez que el cura hubiese terminado su asalto.

El señor Verbouc, que durante algún tiempo estuvo lanzando lascivas miradas a la hija del señor Delmont, estaba también en condiciones de gozar una vez más. Reflexionaba que las repetidas violaciones que ya había experimentado ella de parte de su padre y del sacerdote, la habrían dejado preparada para la clase de trabajo que le gustaba realizar, y se daba cuenta, tanto por la vista como por el tacto, de que sus partes íntimas estaban suficientemente lubricadas para dar satisfacción a sus más caros antojos, debido a las violentas descargas que habían recibido.

Verbouc lanzó una mirada en dirección al cura, que en aquellos momentos estaba entretenido en gozar de su sobrina, y acercándose después a la bella Julia la recostó otra vez en la cama en postura idónea para poder hundir hasta los testículos su rígido miembro en el delicado cuerpo de ella, lo que consiguió, aunque con considerable esfuerzo.

Este nuevo e intenso goce llevó a Verbouc a los bordes de la enajenación; presionando contra la apretada vagina de la jovencita, que le ajustaba como un guante, se estremecía de gozo de pies a cabeza.

–¡Oh, esto es el mismísimo cielo! —murmuró, mientras hundía su gran miembro hasta los testículos pegados a la base del mismo. –¡Dios mío, qué estrechez! ¡Qué lúbrico deleite! -Y otra firme embestida le arrancó un quejido a la pobre Julia.

Entretanto el padre Ambrosio, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos y las ventanas de la nariz dilatadas, no cesaba de batirse contra las hermosas partes íntimas de la joven Bella, cuya satisfacción sexual denunciaban sus lamentos de placer.

–¡Oh, Dios mío! ¡Es… es demasiado grande… enorme vuestra inmensa cosa! ¡Ay de mi, me llega hasta la cintura! ¡Oh! ¡Oh! ¡Es demasiado… se mueve debajo de mi ombligo!; ¡no tan recio, querido padre! ¡Cómo me empuja! ¡Me matara de placer! Suavemente…, más despacio… Siento sus grandes bolas contra mis nalgas.

–¡Detente un momento! —Gritó Ambrosio, cuyo placer era ya incontenible, y cuya leche estaba a punto de verterse, –Hagamos una pausa. ¿Cambiamos de pareja, amigo mío? Creo que la idea es atractiva.

–¡No, oh, no! ¡Ya no puedo más! Tengo que seguir. Esta hermosa criatura es la delicia en persona.

–Estate quieta, querida Bella, o harás que me corra. No oprimas mi arma tan arrebatadoramente.

–No puedo evitarlo, la cosa suya me mata de placer. Ande, sigua, pero más suavemente. ¡Oh, no tan bruscamente! No empuje tan brutalmente. ¡Cielos, va a correrse! Sus ojos se cierran, sus labios se abren… ¡Dios mío! Me está matando, me descuartiza con su enorme máquina. ¡Ahhh! ¡Ohhh! ¡Córrase, córrase entonces! Córrase querido… padre… Ambrosio. Deme su ardiente semen… ¡Ohhh! ¡Empuje ahora! ¡Más fuerte…, más…, máteme si así lo desea! -Bella pasó sus blancos brazos en torno al bronceado cuello de él, abrió lo más que pudo sus niveos y hermosos muslos, y engulló totalmente el enorme instrumento, hasta confundir y restregar su vello con el de su monte de Venus.

Ambrosio sintió que estaba a punto de lanzar una gran emisión directamente a los órganos vitales de la criatura que se encontraba debajo de él.

–¡Empuje, empuje ahora! —Gritó Bella, olvidando todo sentido de recato, y arrojando su propia descarga entre espasmos de placer. –¡Empuje… empuje… métamelo bien adentro…! ¡Ohhh, sí de esa manera! ¡Dios mío, qué tamaño, qué longitud! Me está partiendo en dos padre mío. ¡Ohhh, Ohhh! ¡Se está corriendo… lo siento…! ¡Dios… qué cantidad de leche que me está dando! Ohhhh, qué chorros!

Ambrosio descargaba furiosamente, como el semental que era, embistiendo con todas sus fuerzas el cálido vientre que estaba debajo de él. Al fin se levantó de mala gana de encima de Bella, la cual, libre de sus tenazas, se volteó para ver a la otra pareja. Su tío estaba administrando una rápida serie de cortas embestidas a su amiguita, y era evidente que estaba próximo al éxtasis.

Julia, por su parte, cuya reciente violación y el tremendo trato que recibió después a manos del bruto de Ambrosio la habían lastimado y enervado, no experimentaba el menor gusto, pero se dejaba hacer de todo, como una masa inerte en brazos de su asaltante.

Cuando al fin, tras algunos empujones más, Verbouc cayó hacia adelante al momento de hacer su voluptuosa descarga, de lo único que ella se dio cuenta fue de que algo caliente era inyectado con fuerza en su interior, sin que experimentara más sensaciones que las de languidez y fatiga.

Siguió otra pausa tras de este tercer ultraje, durante la cual el señor Delmont se desplomó en un rincón, y aparentemente se quedó dormido. Comenzó entonces una serie de actividades eróticas.

Ambrosio se recostó sobre el sofá, e hizo que Bella se arrodillara sobre este con el fin de aplicar sus labios sobre su húmeda rendija, para llenarla de besos y toques de lo más lascivo y depravado que imaginarse pueda.

El señor Verbouc, no queriendo ser menos que su compañero, jugueteó de manera igualmente libidinosa con la inocente Julia estando ellos en la cama. Después la tendieron (a Julia) sobre una mesa, y entre los tres prodigaron toda clase de caricias a sus encantos, no ocultando su admiración por su lampiño monte de Venus, y los rojos labios de su coño juvenil.

No tardaron en verse evidenciados sus deseos por el enderezamiento de dos rígidos miembros, otra vez ansiosos de gustar placeres tan selectos y extáticos como los gozados anteriormente. Sin embargo, en aquel momento se puso en ejecución un nuevo programa. Ambrosio fue el primero en proponerlo.

–Ya nos hemos hartado de sus coños —dijo crudamente delante de ellas y volviéndose hacia Verbouc, que estaba jugueteando con los pezones de su sobrina. –Ahora veamos de qué están hechos sus traseros. Esta adorable criatura sería un bocado digno del propio Papa, y Bella tiene nalgas de terciopelo, y un culo digno de que un emperador se venga dentro de él.

La idea fue aceptada enseguida, y se procedió a asegurar a las víctimas para poder llevarla a cabo. Resultaba monstruoso. y parecía imposible el poderlo consumar, a la vista de la desproporción existente, sobre todo con muy apretado y virgen orificio posterior de la joven Julia.

Y así sin más, el enorme miembro del abominable cura quedó apuntando al pequeño y antes señalado orificio de Julia, en tanto que Verbouc amenazaba a su sobrina en la misma dirección.

Un cuarto de hora se consumió en los preparativos, y después de una espantosa escena de lujuria y libertinaje que duro por lo menos unos 20 minutos más, ambas criaturas recibieron en sus entrañas los cálidos chorros de las impías descargas.

Al fin la calma sucedió a las violentas emociones que habían hecho presa en los actores de tan monstruosa escena, y la atención se fijó de nuevo en el señor Delmont. Aquel digno ciudadano, como ya señalé anteriormente, se había retirado a un rincón apartado, quedando al parecer vencido por el sueño, o embriagado por el vino, o tal vez por ambas cosas.

–Está muy tranquilo… —observó Verbouc.

–Una conciencia diabólica es mala compañía… —observó el padre Ambrosio, con su atención concentrada en el lavado de su oscilante instrumento.

–Vamos, amigo, llegó tu turno. He aquí un regalo para ti —siguió diciendo Verbouc, al tiempo que mostraba en todo su esplendor, para darle el adecuado ambiente a sus palabras, los encantos más íntimos de la casi insensible Julia, –Levántate y disfrútalos. ¿Pero, qué ocurre con este hombre? ¡Cielos!, que… ¿qué es esto? -Verbouc dio un paso atrás.

El padre Ambrosio se inclinó sobre el desdichado Delmont para auscultar su corazón:

–Está muerto… —dijo tranquilamente. Efectivamente, había fallecido.

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La muerte repentina es un suceso comun, especialmente los casos de personas cuyos antecedentes han hecho suponer la existencia de algún trastorno funcional, de manera que la sorpresa pronto cede su lugar a los habituales testimonios de condolencia, y luego a un estado de resignación a un suceso que nada tiene de extraño.

La transición puede expresarse de la siguiente manera: –¿Quién iba a creerlo? –¿Es posible? –Siempre lo sospeché. –¡Pobre amigo!. Nadie debe sorprenderse. Esta interesante fórmula fue debidamente aplicada cuando el infeliz señor Delmont rindió su tributo a la madre tierra, como dice la frase común.

Una quincena después que el infortunado caballero hubo abandonado esta vida, todos sus amigos estuvieron acordes en que desde hacía tiempo habían descubierto síntomas que más tarde o más temprano tenían que resultar fatales. Casi se enorgullecían de su perspicacia, aun cuando admitían reverentemente los inescrutables designios de la providencia. Por lo que hace a mí, seguía mi vida más o menos como de ordinario, salvo que se me figuró que las piernas de Julia debían tener un saborcillo más picante que las de Bella, y en consecuencia las sangré regularmente para mi sustento, por la mañana y por la noche.

Nada más natural que Julia pasara la mayor parte de su tiempo junto a su querida amiga Bella, y que el sensual padre Ambrosio y su protector, el libidinoso pariente de mi querida Bella, trataran de encontrar el momento oportuno para repetir las anteriores experiencias con la joven y dócil muchacha. Que así fue puedo atestiguarlo bien, ya que mis noches fueron de lo más desagradables e incómodas, siempre expuesta a interrupciones en mi reposo por las incursiones de largos y peludos miembros por los vericuetos de las ingles en que me había refugiado yo temporalmente, y siempre en peligro de yerme arrastrada por los horriblemente espesos torrentes de viscoso semen animal.

En resumen, la joven e impresionable Julia estaba completamente ahormada, y Ambrosio y su amigo disfrutaban a sus anchas poseyéndola. Ellos habían alcanzado sus objetivos. ¿Qué les importaban los sacrificios de ellas?

Mientras tanto, otros y muy distintos eran los pensamientos de Bella, a la que yo había abandonado. Pero a la larga, sintiéndome hasta cierto punto asqueada por la demasiada frecuencia con que me entregaba a la nueva dieta, resolví abandonar las medias de la linda Julia, y retornar a la dulce y suculenta alimentación de la salaz Bella. Así lo hice.

Una noche Bella se acostó bastante más temprano que de costumbre. El padre Ambrosio estaba ausente por haber sido enviado en misión a una apartada parroquia, y su querido y complaciente tío padecía un fuerte ataque de gota, padecimiento que en los últimos tiempos lo aquejaba con relativa frecuencia.

La muchacha se había ya arreglado el cabello para pasar la noche, y se había también desprovisto de algunas de sus ropas. Se estaba quitando su camisa de noche, la que tenía que pasar por la cabeza, dejando al descubierto, frente al espejo, las hermosas protuberancias y la exquisita suavidad y transparencia de sus desnudeces.

Tanta belleza hubiera enardecido de excitación hasta a una estatua, pero no había en aquel momento ningún asceta a la vista susceptible de enardecerse.

En cuanto a mí, poco faltó para que me quebrara la más larga de mis antenas, y me torciera mi pata derecha en sus contorsiones en la busca de posiciones para poder admirarla de distintas posiciones.

Llegados a este punto debo explicar que desde que el astuto padre Clemente se había visto privado de gozar los encantos de Bella, renovó el bestial y nada piadoso juramento de que, aunque fuere por sorpresa, se apoderaría de nuevo de la fortaleza que ya una vez había sido suya.

El recuerdo de su felicidad arrancaba lágrimas a sus enamorados ojitos, al tiempo que, por reflejo, se distendía su enorme miembro.

Clemente formuló el terrible juramento de que se cogería a la joven Bella en estado natural, según sus propias y brutales palabras, y yo, que no soy más que una pulga, las oí y comprendí su alcance.

La noche era oscura y llovía. Ambrosio estaba ausente y Verbouc enfermo y desamparado. Era forzoso que Bella estuviera sola. Todas estas circunstancias las conocía bien Clemente, y obró en consecuencia.

Alentado por sus recientes experiencias sobre la geografía de la vecindad, se encaminó directamente a la ventana de la habitación de Bella, y habiéndola encontrado como esperaba, sin correr el pestillo y. por lo tanto, abierta, entró con toda tranquilidad y gateó hasta meterse debajo de la cama. Desde este punto de vista Clemente contempló con pulso palpitante el aposento privado de la hermosa Bella, hasta el momento en que comenzó a quitarse la camisa en la forma que ya he descrito.

Entonces pudo Clemente gozar de la vista de la muchacha en toda su espléndida desnudez, y mugió ahogadamente como un toro. En la posición yacente en que se encontraba no tenía dificultad alguna para ver de cintura abajo la totalidad del cuerpo de ella y sus ojos se solazaban en la contemplación de los globos gemelos que formaban sus nalgas, abriéndose y cerrándose a medida que la muchacha retorcía su elástico cuerpo en el esfuerzo por pasar la camisa por encima de su cabeza.

Clemente no pudo aguantar más tiempo; su deseo alcanzó el punto de ebullición, y sin ruido pero prontamente, se deslizó fuera de su escondite para alzarse frente a ella, y sin pérdida de tiempo abrazó el desnudo cuerpo con una de sus manos, mientras colocaba la otra sobre sus rojos labios.

El primer impulso de Bella fue el de gritar, pero este recurso femenino le estaba vedado. Su segunda idea fue desmayarse, y es por la que hubiera optado de no haber mediado cierta circunstancia.

Esta circunstancia era el hecho de que mientras el audaz asaltante la mantenía firmemente sujeta junto a él, algo duro, largo y caliente presionaba de modo insistente entre sus suaves nalgas, y yacía palpitante entre la separación de ellas y a lo largo de su espalda. En ese crítico momento los ojos de Bella tropezaron con la imagen de él en el espejo de la cómoda, y reconocieron a sus espaldas el feo y abotagado rostro del caliente sacerdote, coronado por un círculo de rebelde cabello rojo.

Bella comprendió la situación en un abrir y cerrar de ojos. Hacía ya casi una semana que se había desprendido de los abrazos de Ambrosio y su tío, y tal hecho tuvo mucho que ver, desde luego, en lo que siguió. Lo que hizo a partir de aquel momento fue puro disimulo de la lasciva muchacha.

Se dejó caer suavemente de espaldas sobre la vigorosa figura del padre Clemente, y creyendo este feliz individuo que realmente se desmayaba, al mismo tiempo que retiraba la mano con que le cerraba la boca empleó ambos brazos para sostenerla.

La irresistible belleza de la persona que sostenía entre sus brazos llevó la excitación de Clemente casi hasta la locura. Bella estaba completamente desnuda, y él deslizó sus manos sobre su pulida piel, mientras su inmensa arma, ya rígida y distendida por efecto de la impaciencia, palpitaba vigorosamente al contacto con la suave piel de la hermosa criatura que tenía abrazada.

Tembloroso, Clemente acercó su rostro al de ella, e imprimió un largo y voluptuoso beso sobre sus dulces labios. Bella se estremeció y abrió los ojos. Clemente renovó sus caricias.

–¡Ohhh…! —Exclamó lánguidamente la chica, –¿Cómo se atreve a venir aquí? ¡Por favor, suélteme en el acto! ¡Es vergonzoso!

Clemente sonrió con aire de satisfacción. Siempre había sido feo, pero en aquel momento resultaba verdaderamente odioso por su terrible lujuria.

–Así es… —le dijo. –Es una vergüenza tratar de esta manera a una muchacha tan linda, ¡pero es tan delicioso, vida mía que tu ni te imaginas! -Bella suspiró. Más besos y un deslizamiento de manos sobre su desnudo cuerpo. Una mano grande y tosca se posó sobre su suave monte de Venus, y un atrevido dedo, separando los húmedos labios, se introdujo en el interior de la cálida rendija para tocar el sensible clítoris.

Bella cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro, al propio tiempo que aquel sensible órgano comenzaba a su vez a distenderse. En el caso de mi joven amiga era en un órgano diminuto, aunque a causa del lascivo masaje del feo Clemente este se alzó, se puso rígido, y se asomó partiendo casi los labios por sí solos. La joven estaba ardiendo, y el brillo del deseo se asomaba a sus ojos. Se había contagiado, y lanzando una mirada a su seductor pudo ver la terrible mirada de lascivia retratada en su rostro mientras jugueteaba con sus secretos encantos.

La muchacha se agitaba temblorosa; un ardiente deseo de proceder a los placeres del coito se posesionó de ella, e incapaz de controlar por más tiempo sus afanes, llevó con rapidez su mano derecha hacia atrás para asir la inmensa arma que amenazaba sus nalgas, aunque no pudo hacerlo en toda su envergadura.

Se encontraron las miradas de ambos; la lujuria ardía en ellas. Bella sonrió, Clemente repitió su beso sensual, e introdujo en la boca de ella su inquieta lengua. La muchacha no tardó en secundar con su lengua sus lascivas caricias, y dejó el campo libre tanto a sus inquietas manos como a sus cálidos besos.

Poco a poco el ansioso padrecito la atrajo hacia una silla, en la que se sentó Bella en impaciente espera de lo que el sacerdote quisiera hacer después.

Clemente se quedó de pie frente a ella. Su sotana de seda negra, que le llegaba hasta los talones, se alzaba prominente en la parte delantera; sus mejillas, al rojo vivo por la violencia de sus deseos, sólo encontraban rival en sus encendidos labios, y su respiración era agitada, como anticipo del éxtasis.

Por otro lado la valiente joven quien esperaba a lo que quisiera hacerle el buen padre Clemente, sabía que no tenía nada que temer y mucho que gozar.

–Esto es demasiado —murmuró Bella—, ¡Vallase!

–Imposible mi amorcito rico…, después de haberme tomado la molestia de entrar.

–Pero puede ser descubierto, y entonces mi reputación estará arruinada.

–No es probable. Tu bien sabes que estamos completamente solos, y que no hay probabilidad alguna de que nos molesten. Además, eres tan deliciosa, chiquilla mía, tan fresca, tan juvenil y tan hermosa, que… no retires la pierna; únicamente ponía mi mano sobre tu suave muslo. El hecho es que quiero cogerte, vida mía.

Bella pudo ver cómo el enorme bulto se enderezaba más.

–¡Qué obsceno es Usted! ¡Qué palabras emplea para hacerme saber eso!

–¿Lo crees así, mi niñita mimada? —dijo Clemente, tomando de nuevo el sensible clítoris entre sus dedos pulgar e índice, para masajearlo convenientemente, –Me nacen por el placer de sentir este coñito entreabierto que trata astutamente de esquivar mis toques.

–Vergüenza debería darle! —exclamó Bella, riendo, empero, a su pesar.

Clemente se aproximó para inclinarse hacia ella y tomar su lindo rostro entre sus manos. Al hacerlo, Bella pudo advertir que la sotana, casi levantada por la fuerza de los deseos comunicados al miembro del padre, se encontraba a escasos centímetros del pecho de ella, de modo que podía percibir los latidos que hacían que la prenda de seda negra subiera y bajara alternativamente.

La tentación resultaba irresistible, y acabó por pasar su delicada manecita por debajo de las ropas del cura y subirla lo bastante más arriba para agarrar una gran masa peluda y carnosa de la que pendían dos bolas tan grandes como huevos de una súper gallina.

–¡Ohhh, Dios mío! ¡Qué cosa tan enorme! —murmuró la muchacha.

–Toda llena de preciosos mocos espesos y calientes solo para ti dulzura… —suspiró Clemente, mientras jugueteaba con los dos lindos senos tan próximos a él.

Bella se acomodó mejor, y de nuevo atrapó con ambas manos el duro y tieso tronco del enorme pene.

–¡Qué espanto! ¡Este es un monstruo! —exclamó la lasciva muchacha a la misma vez que lo agitaba y lo hacía bambolearse al frente de su suave rostro mientras seguía dejando salir de sus labios lo que ella pensaba de semejante herramienta masculina, –¡De veras que es grande! ¡Qué tamaño el suyo!

–Sí; ¿no es un buen colgajo? —observó Clemente, adelantándose y alzando la sotana para poder mostrar mejor el gigantesco miembro.

Bella no pudo resistir la tentación, y alzando todavía más las ropas del cura dejó el pene en completa libertad y expuesto en toda su longitud.

Las pulgas no sabemos mucho de medidas de espacio y de tiempo, y por ello no puedo daros las dimensiones exactas del arma en la que la muchacha tenía en aquellos momentos puestos los ojos. Era, sin embargo, de proporciones gigantescas. Tenía una gran cabeza roma y roja que emergía en el extremo de un largo tronco parduzco. El agujero que se veía en su cima, que habitualmente es tan pequeño, era en el caso que consideramos una verdadera grieta humedecida por el fluido seminal acumulado ahí. A todo lo largo de aquel tronco corrían gruesas venas azules, y al pie del mismo crecía una verdadera maraña de hirsutos pelos rojos. Dos grandes testículos colgaban debajo.

–¡Cielos! ¡Madre santa hasta sus bolas son grandotas! —murmuró Bella, cerrando sus ojos al tiempo que les daba un ligero apretón.

La ancha y roma cabeza, hinchada y enrojecida por efecto del exquisito cosquilleo de la muchacha, se encontraba en aquel momento totalmente desnuda, y emergía tiesa, libre de los pliegues de la piel que Bella restiraba hacia atrás de la gran columna blanca. Ella jugueteaba gozosa con su adquisición, y cada vez retiraba más atrás la aterciopelada piel del objeto que tenía entre sus manos. Clemente suspiró.

–¡Qué deliciosa criatura eres! —Dijo, mirándola con ojos centelleantes, –Tengo que culearte enseguida o lo arrojaré todo sobre ti.

–¡No, no debe desperdiciar ni una gota! ¡Para eso está mi boca o cualquiera de mis otros dos orificios… —exclamó Bella, –Debe estar muy desesperado para querer correrse tan pronto.

–No puedo evitarlo. Por favor estate quieta un momento o harás que me vaya cortado.

–¡Qué herramienta tan grande! ¿Cuánta leche dará?

Clemente se detuvo y susurró al oído de la muchacha algo que no pude oír, en eso la chica le contestó:

–¡Verdaderamente delicioso, pero es increíble! ¿Cómo podría expulsar tanto?

–Es cierto, dame una oportunidad de probártelo. Estoy ansioso de hacerlo, lindura. ¡Míralo! ¡Tengo que cogerte! –El buen padre Clemente empuño su monstruoso pene colocándolo frente a ella. Después lo inclinó hacia abajo, para después soltarlo de repente. Saltó hacia arriba como un resorte, y al hacerlo se descubrió espontáneamente, dejando paso a la roja nuez, que exudaba una gota de semen por la uretra.

Todo esto sucedió cerca de la cara de Bella, que sintió un sensual olorcillo emanado del miembro, el que vino a incrementar el trastorno de sus sentidos. Continuó jugando con la verga y acariciándola.

–Basta, te lo ruego, mi niña, o lo desperdiciaré todo en el aire.

Bella se estuvo quieta unos segundos, aunque asida con toda la fuerza de su mano al carajo de Clemente. Entretanto él se divertía en moldear con una de sus manos los juveniles senos de la muchacha, mientras con los dedos de la otra recorría en toda su extensión su húmedo coño.

El jugueteo de aquel hombre en sus partes nobles la enloqueció. Su clítoris se hinchó y devino caliente, se aceleró su respiración, y las llamas del deseo encendieron su lindo rostro. La nuez se endurecía cada vez más, brillaba ya como fruta en sazón. Al observar a hurtadillas el feo y desnudo vientre del hombre, lleno de pelos rojos, y sus parduscos muslos, velludos como los de un mono, Bella devino carmesí de lujuria.

El gran pene, cada vez más grueso y más largo, amenazaba los cielos y provocaba en su ser las más indescriptibles emociones. Excitada de sobremanera, enlazó con sus brazos el vigoroso cuerpo del gran bruto y lo cubrió de sensuales y exquisitos besos.

Su misma fealdad incrementaba sus sensaciones libidinosas:

–No, no debe desperdiciarlo; no permitiré que lo desperdicie… todo esto que esta aquí es mío, -le dijo la ardiente chica sobándole los testículos al momento de hacerle ver lo que le pertenecía.

Después, deteniéndose por un instante, gimió con un peculiar acento de placer, y bajando su complaciente cabeza abrió sus rosados labios para recibir de inmediato lo más que pudo del lascivo manjar de carne salada que había estado deseando.

–¡Ohhh, qué delicia! ¡Qué bien me la chupas! ¡Qué… qué gusto me das!

–No le permitiré desperdiciarlo… me beberé hasta la última gota… —susurró Bella apartando por un momento su cabeza de la reluciente nuez. Después, bajándola de nuevo, posó sus labios, proyectados hacia adelante, sobre la gran cabeza, y abriéndolos con delicadeza recibió entre ellos el orificio de la ancha uretra.

–¡Madre santa¡ —volvió a exclamar Clemente, –¡Esto es el cielo! ¡Cómo voy a correrme! ¡Dios mío, cómo lames y chupas!

Bella aplicó su puntiaguda lengua al orificio, y dio de lengüetazos a todos sus contornos.

–¡Qué bien sabe… es muy rica su leche! Tiene que darme todavía una o dos gotas mas.

—No puedo seguir, no puedo… —murmuraba el sacerdote, empujando hacia adelante al mismo tiempo que con sus dedos cosquilleaba el endurecido clítoris de Bella, puesto al alcance de su mano.

Después Bella tomó de nuevo entre sus labios la cabeza de aquella gran vergota, mas no pudo conseguir que la nuez entrara en su boca por completo, tan monstruosamente ancho era. Lamiendo y succionando, deslizando con lentos y deliciosos movimientos la piel que rodeaba el rojo y sensible lomo de la tremenda verga, Bella estaba provocando unos resultados que ella sabía no iban a dilatar mucho en producirse.

–¡Ah, madre santa! ¡Casi me estoy corriendo! Siento… ¡Oh… chupa ahora! ¡Vas a recibirlo! -Clemente alzó sus brazos al aíre, su cabeza cayó hacía atrás, abrió las piernas, se retorcieron convulsivamente sus manos, quedaron en blanco sus ojos, y Bella sintió que un fuerte espasmo recorría el monstruoso pene.

Momentos después fue casi derribada de espaldas por el chorro continuo que como un torrente arrojaban los órganos genitales del cura y le corrían garganta abajo. No obstante todos sus deseos y esfuerzos, la voraz muchacha no pudo evitar que un chorro escapara por la comisura de sus labios cuando Clemente, fuera de sí por efecto del placer, empujaba hacia adelante con sacudidas sucesivas, con cada una de las cuales enviaba a la garganta de ella un nuevo chorro de semen.

Bella resistió todos sus empellones, y se mantuvo asida al arma de la que manaban aquellos borbotones, hasta que todo hubo terminado.

–¿Cuánto me dijo? —musitó ella. –¿Una taza de té llena? Fueron más de dos.

–¡Adorable criatura! —Exclamó Clemente cuando al fin pudo recuperar el aliento, -¡Qué placer tan divino me proporcionaste! Ahora me toca a mí, y tienes que permitirme examinar todas estas cositas tuyas que tanto adoro.

–¡Ahhhh, qué delicioso fue! Estoy casi ahogada por sus mocos…—comentó Bella—. ¡Cuán viscosos eran! ¡Dios mío, qué cantidad!

—Sí, lindura. Te lo prometí todo, y me excitaste de tal modo que de seguro recibiste una buena dosis. Me fluían a borbotones.

–Sí, efectivamente así fue.

–Ahora verás qué buena lamida te voy a dar en la concha, y cuán deliciosamente te cogeré después.

Uniendo la acción a la palabra, el lujurioso cura se colocó entre los muslos de Bella, blancos como la leche, y adelantando su cara hacia ellos introdujo su lengua entre los labios de la roja grieta. Después, moviéndola en torno al endurecido clítoris, la obsequió con un cosquilleo tan exquisito, que la muchacha difícilmente podía contener sus gritos.

–¡Ohhhh, Dios mío! ¡Me chupas la vida mi amor! ¡Ohhh…! Estoy… ¡Voy a corrermeee! ¡Me corrooooo! -Y con un repentino movimiento de avance vaginal hacia la activa lengua, Bella se corrio abundantemente en el rostro de Clemente, el que recibió lo más que pudo dentro de su boca, con epicúreo deleite.

Después el cura se alzó. Su enorme pene, que se había apenas reblandecido, se encontraba otra vez en tensión viril, y emergía ante él en estado de terrible erección. Literalmente resoplaba de lujuria a la vista de la bella y bien dispuesta muchacha.

–Ahora tengo que culearte…, —le dijo al tiempo que la empujaba hacia la cama, –Tengo que poseerte y darte una probada de esta gran verga en tu cuerpecito. ¡Ahhh, qué culeada te voy a dar!

Despojándose rápidamente de su sotana y sus prendas interiores, el gran bruto, cuyo cuerpo estaba totalmente cubierto de pelo y de piel tan morena como la de un mulato, tomó el frágil cuerpo de la hermosa Bella en sus musculosos brazos y lo depositó suavemente sobre la cama.

Clemente contempló por unos instantes su cuerpo curvilíneo tendido y palpitante, mitad por efecto del deseo y mitad a causa del terror que le causaba la furiosa embestida. Luego contempló con aire satisfecho su tremendo pene, erecto de lujuria, y subiéndose presto al lecho se arrojó sobre ella y se cubrió con las ropas de la cama. Bella, medio ahogada debajo del gran bruto peludo, sintió la tiesa y ancha verga entre sus piernas, y bajó la mano para tentarla de nuevo.

–¡Cielos, qué tamaño! ¡Nunca me cabrá!

–Sí, claro que si… la tendrás toda… entrará hasta los testículos, sólo que tendrás que cooperar para que no te lastime, mira que te puedo rajar de lo muy parada que la tengo. La joven se ahorró la molestia de contestar, porque enseguida una lengua ansiosa penetró en su boca hasta casi sofocarla. Después pudo darse cuenta de que el sacerdote se había levantado poco a poco, y de que la caliente cabeza de su gigantesco pene estaba tratando de abrirse paso a través de los húmedos labios de su rosada rendija.

No puedo seguir adelante con el relato detallado de los actos preliminares. Se llevaron 15 minutos, pero al término de ellos el torpe Clemente estaba enterrado hasta los testículos en el lindo cuerpo de la joven, que, con sus suaves piernas enlazadas sobre la espalda del moreno sacerdote, recibía las caricias de éste, que se solazaba sobre su víctima, y daba comienzo a los lascivos movimientos que habían de conducirle a desembarazarse de su ardiente fluido.

Veinticinco centímetros, cuando menos, de endurecido y grueso músculo habían calado las partes íntimas de la jovencita, y palpitaban en el interior de ellas, al propio tiempo que una mata de pelos hirsutos frotaba el delicado monte de la infeliz Bella.

–¡Oh, Dios mío! ¡Cómo me hiere! —se quejó ella, –Cielos! ¡¡Me está descuartizandooo!! – Clemente inició un movimiento brutal. –¡No lo puedo aguantar! ¡Realmente está demasiado grande! ¡Ohhh! ¡Sáquelo! ¡Ay, qué embestidas!, –el cura empujó sin piedad dos o tres veces.

–Aguanta un momento, diablita… aguanta sólo hasta que te ahogue con mi semen. ¡Oh, cuán estrecha eres! ¡Parece que me estás sorbiendo la verga! ¡Al fin! ahora está dentro, ya es todo tuvo.

–¡Piedad, por favor!

Clemente embistió duro y rápido, empujón tras empujón al mismo tiempo que giraba y se contorsionaba sobre el muelle cuerpo de la muchacha, y sufría un verdadero ataque de lujuria.

Su enorme pene amenazaba estallar por la intensidad de su placer y el enloquecedor deleite del momento, y tras una buena sucesión de minutos en donde ya ambos cuerpo sudaban por semejante combate en que estaba enfrascados, fue el sacerdote quien le hacía ver a su víctima de lo bien que se lo estaba pasando:

–Ahora por fin te estoy culeando como yo lo deseaba ricura… ¿te gusta?

–¡¡Culéeme!!—Exclamó Bella, abriéndose todavía más de piernas, a medida que la intensidad de las sensaciones se iban posesionando de su persona, –¡Culéeme bien! ¡Más duro!

Y con un hondo gemido de placer inundó a su brutal violador con una copiosa descarga femenina, al propio tiempo que se arrojaba hacia adelante para recibir una formidable embestida del hombre.

Las piernas de Bella se flexionaban espasmódicamente cuando Clemente se lanzó entre ellas, este siguió metiendo y sacando su largo y ardiente miembro entre las mismas, con movimientos lujuriosos. Algunos suspiros mezclados con besos de los apretados labios del lascivo invasor; unos quejidos de placer y las rápidas vibraciones del armazón de la cama, todo ello denunciaba la excitación de la escena.

Clemente no necesitaba incentivos. La eyaculación de su complaciente compañera le había proporcionado el húmedo medio que deseaba, y se aprovechó del mismo para iniciar una serie de movimientos de entrada y salida que causaron a Bella tanto placer como dolor. La muchacha lo secundó con todas sus fuerzas. Atiborrada por completo, suspiraba hondo y se estremecía bajo sus firmes embestidas. Su respiración se convirtió en un estertor; se cerraron sus ojos por efecto del brutal placer que experimentaba en un casi ininterrumpido espasmo de la emisión. Las posaderas de su rudo amante se abrían y cerraban a cada nuevo esfuerzo que hacía para asestar estocadas en el cuerpo de la linda chiquilla.

Después de mucho batallar se detuvo un momento:

–Ya no puedo aguantar más, me voy a venir mi dulce chiquilla. Toma mi leche, Bella. Vas a recibir torrentes de ella, ricura, -Bella ya lo sabía, sintió con su vagina que todas las venas de su monstruoso carajo estaban henchidas a su máxima tensión, le resultaba insoportablemente grande, al grado de asemejarlo con el gigantesco miembro de un caballo.

Clemente empezó a moverse de nuevo, de sus labios caía la saliva.

Con una sensación de éxtasis, Bella esperaba la corriente seminal. Clemente asestó uno o dos golpes cortos, pero profundos, lanzó un gemido y se quedó rígido, estremeciéndose sólo ligeramente de pies a cabeza, y a continuación salió de su verga un tremendo chorro de semen que inundó la matriz de la jovencita.

El gran bruto enterró su cabeza en las almohadas, hizo un postrer esfuerzo para adentrarse más en ella, apoyándose con los pies en el pie de la cama.

–¡Ohhh, la lecheeee!, -chillaba Bella, –¡La siento! ¡Qué torrente de semen Dios mio! ¡Ohhh, démela toda! ¡Padre santo, qué placer… que calentura es la que estoy sintiendo por Dios!

–¡Ahí está! ¡Tómalaaaa! -gritó el cura mientras, tras el primer chorro arrojado en el interior de ella, embestía de nuevo salvajemente hacia adentro, enviando con cada empujón un nuevo torrente de mocos calientes y blanquecinos.

–¡Ahhhh, qué Ricoooo! -Aun cuando Bella había anticipado lo peor, no tuvo idea de la inmensa cantidad de semen que aquel hombre era capaz de emitir. La arrojaba hacia fuera en espesos borbotones que iban a estrellarse contra su misma matriz. –¡Ohhh, me estoy viniendo otra vez!, -fue lo último que alcanzo a decir Bella antes de desmayarse bajo el robusto hombre gracias al infinito placer que estaba experimentando su persona, mientras el ardiente fluido del buen padre seguía inundándola con sus chorros viscosos.

Otras cinco veces, aquella misma noche, Bella recibió el contenido de los grandes testículos de Clemente, y de no haber sido porque la claridad del día les advirtió que era tiempo de que él se marchara, hubieran empezado de nuevo.

Cuando el astuto Clemente abandonó la casa y se apresuró a retirarse a su humilde celda, amaneciendo ya, se vio forzado a admitir que había llenado su vientre de satisfacción, de la misma manera que Bella vio inundadas de leche sus entrañas. Y suerte tuvo la jovencita de que sus dos protectores estuvieran incapacitados, porque de otra manera habrían descubierto, por el lastimoso estado en que se encontraban sus juveniles partes íntimas, que un intruso había traspasado los umbrales de las mismas. La juventud es elástica, todo el mundo lo sabe. Y Bella era muy joven y muy elástica. Si ustedes hubieran visto la inmensa máquina de Clemente, lo habrían aseverado conmigo. Su elasticidad natural le permitió admitir no sólo la introducción de aquel ariete, sino también dejar de sentir la menor molestia al cabo de un par de días.

Tres días después de este interesante episodio regresó el padre Ambrosio. Una de sus primeras preocupaciones fue buscar a Bella. Al encontrarla la invitó a entrar en un boudoir.

–¡Vela! —Gritó, mostrándole su instrumento, inflamado y en actitud de presentar armas. –No he tenido distracción alguna durante una semana, y mi verga está que arde, querida Bella.

Dos minutos después, la cabeza de Bella reposaba sobre la mesa del departamento mientras que, con la ropa recogida sobre su espalda, dejaba al descubierto sus turgentes nalgas, las que el lascivo cura golpeó vigorosamente con su largo miembro, después de haber solazado su vista en la contemplación de sus rollizas nalgas.

Tras otro minuto ya su instrumento se había introducido en el coño por detrás, hasta aplastar contra las posaderas el negro y rizado pelo de la base. Tras sólo unas cuantas embestidas arrojó borbotones de leche hasta la cintura de ella.

El buen padre estaba demasiado excitado por la larga abstinencia para que con sólo esto perdiera rigidez su miembro, por lo que retiró aquel instrumento propio de un semental, todavía resbaladizo y vaporoso, para llevarlo al pequeño orificio situado entre el par de deliciosas nalgas de su amiga. Bella le ayudó y, dado lo bien aceitado como estaba, se deslizó hacia adentro, para no tardar en obsequiar a la muchacha con otra tremenda dosis procedente de sus prolíficos testículos. Bella sintió la ardiente descarga, y recibió gustosa la cálida leche proyectada contra sus entrañas. Después la puso de espaldas sobre la mesa y le succionó el clítoris por espacio de un cuarto de hora, obligándola a venirse dos veces en su boca. A continuación la jodió en la forma natural. Acto seguido se retiró Bella a su habitación para lavarse, y tras un ligero descanso se puso su vestido de calle y se fue.

Aquella noche se informó que el señor Verbouc había empeorado. El ataque había alcanzado regiones que fueron motivo de alarma para su médico de cabecera. Bella le deseó a su tío que pasara una buena noche y se retiró a su habitación.

Julia se había instalado en la alcoba de Bella para pasar la noche, y ambas muchachas, para aquel entonces ya bien enteradas de la naturaleza y las propiedades del sexo masculino, estaban recostadas intercambiando ideas y aventuras.

–Pensé que iba a morir —dijo Julia, –cuando el padre Ambrosio introdujo su cosa grande y fea muy adentro de mi pobre cuerpo, y cuando acabó creí que le había dado un ataque, y no podía entender qué era aquella cosa viscosa, aquella sustancia caliente que arrojaba dentro de mí. ¡Ohhh!

–Entonces mi querida Julia, comenzaste a sentir la fricción en tu sensible cosita, y la caliente leche del padre Ambrosio, de mi tío y de tu propio padre brotaron a chorros, cubriéndolo todo.

–Si, y aún recuerdo aquella tarde, creo que fue memorable… cuanto semen derramaron en mi interior… Ufff

–Si tu padre… si tu padre aun estuviera vivo… te pondrías a hacerlo con el…

–Claro que sí, si todavía me siento inundada de su semen cuando me toco ahí abajo recordando aquel día y todo lo que sucedió. –¡Silencio! ¿No oíste?

Ambas muchachas se sentaron en la cama y se pusieron a escuchar. Bella, más habituada a las características de su alcoba de lo que pudiera estarlo Julia, concentró su atención en la ventana. En el momento de hacerlo el postigo cedió gradualmente, y apareció la cabeza de un hombre.

Julia descubrió también al aparecido y estuvo a punto de gritar, pero Bella le hizo una seña para que guardara silencio.

–¡Chist! No te alarmes —susurró Bella –No nos quiere comer; sólo que es indebido molestarle a una de tan cruel manera.

–¿Qué quiere? —preguntó Julia, semi escondiendo su linda cabeza entre sus prendas de dormir, pero sin dejar de observar con ojo atento al intruso.

Durante esta breve conversación el hombre se estuvo preparando para entrar en la alcoba, y habiendo ya abierto lo bastante la ventana para poder hacerlo, deslizó su amplia humanidad al través de la abertura. Al poner pie en el piso de la habitación quedaron al descubierto la voluminosa figura y las feas facciones del caliente padre Clemente.

–¡Madre santa, un cura! —Exclamó la joven huésped de Bella, –¡Y bien gordo por cierto! ¡Oh Bella! ¿Qué quiere?

–Pronto lo sabremos…, -susurró la otra.

Entretanto Clemente ya se había aproximado a la cama en donde yacían las dos beldades.

–¿Qué? ¿Será posible? ¿Un doble agasajo? —exclamó él, –¡Encantadora Bella! Es realmente un placer inesperado.

–¡Qué vergüenza, padre Clemente!

Julia había desaparecido bajo las ropas de la cama. En dos minutos se despojó el cura de sus vestimentas, y sin esperar a que se le invitara a hacerlo, se lanzó como rayo sobre la cama.

–¡Oh! —Gritó Julia, –¡Me está tocando!

–¡Ah, sí! Las dos seremos bien manoseadas, te lo aseguro —murmuró Bella al sentir la enorme arma de Clemente presionando su espalda. –¡Que vergonzoso comportamiento el de usted, al entrar sin nuestro permiso!

–En tal caso, ¿puedo entrar, preciosidad? —repuso el cura, al tiempo que ponía en manos de Bella su tieso instrumento.

–Puede quedarse, puesto que ya está dentro.

–Gracias… —murmuro Clemente, a la vez de subirle sus ropas de cama hasta mas arriba de la cintura, para luego apartar las piernas de Bella e insertar la enorme cabeza de su pene entre ellas.

Bella sintió la estocada, y mecánicamente pasó sus brazos en torno al dorso de Julia quien se había hincado en la cama a observar la operación aunque aún sin entender mucho lo que estaba sucediendo.

Clemente empujó de nuevo, pero Bella se escabulló de un brinco. Se levantó, y apartando las ropas de la cama dejó al descubierto el peludo cuerpo del sacerdote y la gentil figura de su compañera. Julia se volvió instintivamente y se encontró con que, apuntando en línea recta a su nariz, se enderezaba el rígido pene del buen padre, que parecía próximo a estallar a causa de la lujuria despertada en su poseedor por la compañía en que se encontraba.

–Tócaselo… —susurró Bella.

Sin atemorizarse, Julia lo agarró con su blanca manita:

–¡Cómo late! Se va haciendo cada vez mayor, a fe mía.

Ambas muchachas se bajaron entonces de la cama para proceder a desnudarse desesperadamente y por completo, y ansiosas por divertirse comenzaron a estrujar y a frotar el voluminoso pene del sacerdote, hasta que éste estuvo a punto de correrse.

–¡Esto es el cielo!, —dijo el padre Clemente con la mirada perdida, y un ligero movimiento convulsivo en sus dedos que denotaba su placer.

—Basta Julia, de lo contrario se correrá…, —observó Bella, adoptando un aire de persona experimentada en la materia, al que creía tener derecho, según ella, en virtud de sus anteriores relaciones con el monstruo.

Por su parte, el padre Clemente no estaba dispuesto a desperdiciar sus disparos cuando estaban a su alcance dos objetivos tan lindos. Permaneció inactivo durante el manoseo al que las muchachas sometieron su gran pene, pero ahora había atraído suavemente hacia si a la joven Julia que como bien ya se dijo estaba totalmente desnuda. Deslizó sus ansiosas manos en torno a los adorables muslos y las nalgas de la muchacha, y con los pulgares abrió después la rosada rendija que ofrecía, para introducir su lasciva lengua en su interior, y besarla en forma por de lo más excitante en la misma matriz.

Julia no podía permanecer insensible a este tratamiento y cuando al fin, tembloroso de deseo y de desenfrenada lujuria, el osado cura la puso de espaldas sobre la cama, abrió sus juveniles muslos y le permitió ver los sonrosados bordes de su bien ajustada hendidura.

Clemente se metió entre sus piernas, y adelantándose hacia ella mojó la gruesa punta de su miembro en los húmedos labios del coño. Bella prestó entonces su ayuda, y tomando entre sus manos el inmenso pene, le descubrió y encaminó adecuadamente hacia el pequeño orificio vaginal.

Julia contuvo el aliento y se mordió los labios. Clemente asestó una violenta estocada. Julia, brava como una leona, aguantó el golpe, y la cabeza se introdujo. Más empujones, mayor presión, y en menos tiempo que toma para escribirlo Julia había engullido totalmente el enorme pene del sacerdote.

Una vez cómodamente posesionado de su cuerpo, Clemente inició una serie de rítmicas embestidas a fondo, y Julia, presa de sensaciones indescriptibles, echó hacia atrás la cabeza, y se cubrió el rostro con una mano mientras con la otra se asía de la cintura de Bella.

–¡Ohhh, es enorme, pero qué gusto me da!

–¡Está completamente dentro! ¡Se ha enterrado hasta las bolas! —exclamó Bella.

–¡Ahhh! ¡Qué delicia! ¡Voy a correrme! ¡No puedo aguantar! ¡Su vientre es como terciopelo! ¡Toma! ¡Toma esto linda criatura! -Aquí siguió una feroz embestida.

–¡Ohhhh… Ahhhh! —exclamó Julia.

En aquel momento se le ocurrió una fantasía al libidinoso gigante, y extrayendo el vaporeante miembro de las partes íntimas de Julia se lanzó entre las piernas de Bella y lo alojó en el interior de su deliciosa vagina. El palpitante objeto se metió muy adentro de su juvenil coño, mientras el propietario del mismo babeaba de gusto por la doble tarea a que estaba entregado.

Julia veía asombrada la aparente facilidad con que el padre hundía su gran verga en el interior del blanco cuerpo de su amiga.

Tras de pasar un cuarto de hora en esta erótica postura, tiempo en el cual Bella oprimió al padre contra su pecho y rindió por dos veces su cálido tributo sobre la cabeza de la enorme vara, una vez más se retira Clemente, y buscó calmar el ardor que le consumía derramando su caliente leche en el interior de la delicada personita de Julia.

Tomó a la damita entre sus brazos, de nuevo se montó sobre su cuerpo, y sin gran dificultad, presionando su ardiente verga contra el suave coño de ella, se dispuso a inundarlo con una lasciva descarga.

Siguió una furiosa serie de estocadas rápidas pero profundas, al final de las cuales Clemente, al tiempo que dejaba escapar un hondo suspiro, empujó hasta lo más hondo de la delicada muchacha, y comenzó a vomitar en su interior un verdadero diluvio de semen. Chorro tras chorro brotaba de su pene mientras él, con los ojos en blanco y los labios temblorosos, llegaba al éxtasis.

La excitación de Julia había alcanzado su máximo, y se sumó al goce de su violador en el paroxismo final, a un grado de terrible enajenación que no hay pulga capaz de describir.

Las orgías que siguieron en esta lasciva noche fueron algo que excede también mis capacidades narrativas. Tan pronto como Clemente se hubo recobrado de su primera eyaculación, anunció con palabras de grueso calibre su propósito de gozar de Bella. Y, dicho y hecho, puso inmediatamente manos a la obra.

Durante un largo cuarto de hora permaneció enterrado hasta los pelos en el coño de ella, conteniéndose hasta que la naturaleza se impuso, para que Bella recibiera la descarga en su matriz.

El padre sacó su pañuelo de Holanda, con el que enjugó los chorreantes coños de ambas beldades. Entonces las dos muchachas asieron el miembro del sacerdote, y le aplicaron tantos tiernos y lascivos toques que excitaron de nuevo el fogoso temperamento del sacerdote, hasta el punto de lograr infundirle nuevas fuerzas y virilidad imposibles de describir. Su enorme pene, enrojecido y engrosado en virtud de los ejercicios anteriores, veía amenazador a la pareja que lo manoseaba llevándolo ora a un lado, ora a otro. Varias veces Bella chupó la enardecida cabeza y cosquilleó con la punta de su lengua el orificio de la uretra. Esta era, por lo visto, una de las formas favoritas de gozar de Clemente ya que rápidamente introdujo lo más que pudo la cabeza de su gran verga en la boca de la muchacha.

Después las hizo rodar una y otra vez, desnudas tal como vinieron al mundo, pegando sus gruesos labios en sus chorreantes coños, una y otra vez. Besó ruidosamente y manoteó las redondeces de sus nalgas, introduciendo de vez en cuando uno de sus dedos en los orificios de los culos.

Luego Clemente y Bella, ambos a una, convencieron a Julia para que le permitiera al padre meter en su boca la punta de su pene, y tras un buen rato de cosquillear y excitar al monstruoso carajo, vomitó tal torrente en la garganta de la muchacha, que casi la ahogó. Siguió un corto intervalo, y de nuevo el inusitado hecho de poder gozar de dos muchachas tan tentadoras y espirituales despertó todo el vigor de Clemente.

Colocándolas una junto a otra comenzó a introducir su miembro alternativamente en cada una, y tras de algunas brutales embestidas lo retiraba de un coño para meterlo en el otro. Después se tumbó sobre su espalda, y atrayendo a las muchachas sobre él le chupó el coño a una mientras la otra se enterraba en su verga hasta juntarse los pelos de ambos cuerpos. Una y otra vez arrojó en el interior de ellas su prolífica esencia.

Sólo el alba puso término a aquellas escenas de orgía. Mientras tales escenas se desarrollaban en aquella casa, otra muy diferente tenía lugar en la alcoba del señor Verbouc, y cuando tres días más tarde el padre Ambrosio regresaba de otra de sus ausencias, encontró a su amigo y protector al borde de la muerte. Unas pocas horas bastaron para poner término a la vida y aventuras de tan excéntrico caballero.

Después de su deceso su viuda, que nunca se distinguió por sus luces intelectuales, comenzó a presentar síntomas de locura, y en el paroxismo de su desvarío nunca dejaba de llamar al sacerdote. Pero cuando en cierta ocasión un anciano y respetable padre fue llamado de urgencia, la buena señora negó indignada que aquel hombre pudiera ser un sacerdote, y pidió a gritos que se le enviara “el del gran instrumento”. Su lenguaje y su comportamiento fueron motivo de escándalo general, por lo que se la tuvo que encerrar en un asilo, en el que sigue delirando en demanda del gran pene.

Bella, que de esta suerte se quedó sin protectores, bien pronto prestó oídos a los consejos de su confesor, y aceptó tomar los velos. Julia, huérfana también, resolvió compartir la suerte de su amiga, y como quiera que su madre otorgó enseguida su consentimiento, ambas jóvenes fueron recibidas en los brazos de la Santa Madre Iglesia el mismo día, y una vez pasado el noviciado hicieron a un tiempo los votos definitivos. Cómo fueron observados estos votos de castidad no es cosa que yo, una humilde pulga, deba juzgar. Únicamente puedo decir que al terminar la ceremonia ambas muchachas fueron trasladadas privadamente al seminario, en el que las aguardaban catorce curas.

Sin darles apenas tiempo a las nuevas devotas a desvestirse, los canallas, enfervorecidos por la perspectiva de tan preciada recompensa, se lanzaron sobre ellas, y uno tras otro saciaron su diabólica lujuria. Bella recibió arriba de veinte férvidas descargas en todas las posturas imaginables, y Julia, apenas menos vigorosamente asaltada, acabó por desmayarse, exhausta por la rudeza del trato a que se vio sometida. La habitación estaba bien asegurada, por lo que no había que temer interrupciones, y la sensual comunidad, reunida para honrar a las recién admitidas hermanas, disfrutó de sus encantos a sus anchas. Ambas jóvenes aquel día, desde tempranas horas y hasta altas horas de la noche, a lo único que pudieron optar por colación para reunir fuerzas fueron abundantes cantidades de semen y uno o dos vasos de agua. También Ambrosio estaba allí, ya que hacía tiempo que se había convencido de la imposibilidad de conservar a Bella para él solo, y a mayor abundamiento temía la animosidad de sus cofrades.

Clemente también formaba parte de su equipo, y su enorme miembro causaba estragos en los juveniles encantos que atacaba. El Superior tenía asimismo oportunidad de dar rienda suelta a sus perversos gustos, y ni siquiera la recién desflorada y débil Julia escapó a la ordalía de sus ataques. Tuvo que someterse y permitir que, entre indescriptibles emociones placenteras, arrojara su viscoso semen en sus entrañas.

Los gritos de los que se venían, la respiración entrecortada de aquellos otros que estaban entregados al acto sexual, los gemidos de las dos bellas víctimas, el chirriar y crujir del mobiliario, las apagadas voces y las interrumpidas conversaciones de los observadores, todo tendía a dar mayor magnitud a la monstruosidad de las libidinosas escenas, y a hacer más repulsivos los detalles de esta batahola eclesiástica.

Obsesionada por estas ideas, y disgustada sobremanera por las proporciones de la orgía, huí, y no me detuve hasta no haber puesto muchos kilómetros de distancia entre mi ser y los protagonistas de esta odiosa historia, ni tampoco, desde aquel momento, acaricié la idea de volver a entrar en relaciones de familiaridad con Bella o con Julia.

Bien sé que ellas vinieron a ser los medios normales de dar satisfacción a los internados en el seminario. Sin duda la constante y fuerte excitación sexual que tenían que resentir había de marchitar en poco tiempo los hermosos encantos juveniles que tanta admiración me inspiraron, sin contar de los continuos embarazos de distintos hombres de los cuales fueron víctimas. Pero, hasta donde cabe, mi tarea ha terminado, he cumplido mi promesa y se han terminado mis primeras memorias. Y si bien no es atributo de una pulga el moralizar, sí está en su mano escoger su propio alimento.

Hastiada de aquellas mujercitas sobre las que he disertado, hice lo que hacen tantos otros que, no obstante no ser pulgas, tal como lo recordé a mis lectores al comenzar esta primera narración, hacen lo mismo, chupar la sangre: emigré, con la nueva promesa a mis lectores de un segundo volumen, en el peregrinar por escoger mi propio alimento.

FIN