Memorias sobre una Jovencita 2

Relato original Memorias de una Pulga

Segunda Parte

Bella tenía una amiga, una linda damita solo unos pocos meses mayor que ella, hija de un adinerado caballero, que vivía cerca del señor Verbouc. Julia Delmont, sin embargo, era de temperamento menos ardiente y voluptuoso, y Bella comprendió pronto que no había madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los fuertes instintos que despierta el placer sexual.

Julia era ligeramente más alta que su joven amiga, algo menos carnosa también, pero con formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su corte y lo exquisito de sus detalles.

Se supone que una pulga no puede describir la belleza de las personas, ni siquiera la de aquellas que la alimentan. Todo lo que puedo decir, por lo tanto, es que Julia Delmont constituía a mi modo de ver un estupendo regalo, y algún día lo sería para alguien del sexo opuesto, ya que estaba hecha para despertar el deseo del más insensible de los hombres, y para encantar con sus graciosos modales y su siempre placentera figura al más exigente adorador de Venus.

El padre de Julia poseía, como hemos dicho, amplios recursos; su madre era una bobalicona que se ocupaba bien poco de su hija, o de otra cosa que no fueran sus deberes religiosos, en el ejercicio de los cuales empleaba la mayor parte de su tiempo, así como en visitar a las viejas devotas de la vecindad que estimulaban sus predilecciones.

El señor Delmont era relativamente joven. De constitución robusta, estaba lleno de vida, y como quiera que su piadosa cónyuge estaba demasiado ocupada para permitirle los goces matrimoniales a los que el pobre hombre tenía derecho, éste los buscaba por otros lados.

En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso cuerpo de aquel capullo en flor que era la joven sobrina de su amigo y vecino. Ya había tenido oportunidad de oprimir su enguantada mano, de besar desde luego con aire paternal su blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa, claro que por accidente, sobre sus perfectos muslos.

En realidad, Bella, ya mucho más experimentada que la mayoría de las muchachas de su tierna edad, se había dado cuenta de que el señor Delmont sólo esperaba una oportunidad para llevar las cosas a sus últimos extremos. Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Bella, pero era vigilada demasiado de cerca, y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba todos sus pensamientos.

El padre Ambrosio, empero, se percataba bien de la necesidad de permanecer sobre aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando la joven acudía a su confesionario, para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los demás, y de la conducta que los otros observaban con su penitente.

Así fue como Bella llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos engendrados en ella por el lúbrico proceder del señor Delmont. El padre Ambrosio le dio buenos consejos en aquella oportunidad, y puso inmediatamente a Bella a la tarea de succionarle la verga mientras el pensaba en aquel asunto a la vez que terminaba de escribir unos documentos eclesiásticos en su despacho, la chica se la tuvo que estar chupando por casi toda una tarde en donde el degenerado cura sin desentenderse de sus asuntos religiosos-administrativos descargó fervientes cantidades de semen tres veces en la boca de la joven quien arrodillada debajo de su escritorio no dudó para beberse hasta la última gota en las tres oportunidades.

Una vez pasado este delicioso episodio, y borradas que fueron las huellas del placer en la corpulenta persona de Ambrosio, el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de que acababa de tener conocimiento. Su morboso y vicioso cerebro no tardó en concebir un plan cuya audacia e inquietud yo, un humilde insecto, no sé qué haya sido nunca igualada.

Desde luego, en el acto decidió que la joven Julia tenía algún día que ser suya. Esto era del todo natural. Pero para lograr este objetivo, y divertirse al mismo tiempo con la pasión que indiscutiblemente Bella había despertado en el señor Delmont, concibió una doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo plan que jamás haya oído el lector.

Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Julia, y avivar en ella los latentes fuegos de la lujuria como la comezón de la carne. Esta noble tarea se la confiaría el buen sacerdote a Bella, la que, debidamente instruida, se comprometió fácilmente a realizarla. Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Bella, a decir verdad, no deseaba otra cosa sino conseguir que Julia fuera tan culpable como ella. Así que se dio a la tarea de corromper a su joven amiga. ¿Cómo lo logró?, vamos a verlo a su debido tiempo.

Fue sólo unos días después de la iniciación de la joven Bella en los deleites del delito en su forma incestuosa que hemos ya relatado, y en los que no había tenido mayor experiencia porque el señor Verbouc tuvo que ausentarse del hogar. A la larga, sin embargo, tenía que presentarse la nueva oportunidad, y Bella se encontró por segunda vez, sola y serena, en compañía de su tío y del padre Ambrosio.

La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calorcito placentero por efecto de una estufa instalada en el lujoso departamento. Los suaves y mullidos sofás y otomanes que amoblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y abandono. A la brillante luz de una lámpara exquisitamente perfumada los dos hombres parecían elegantes devotos de Baco y de Venus cuando se sentaron, ligeros de ropa, después de una suntuosa colación.

En cuanto a Bella, estaba por así decirlo excedida en belleza. Vistiendo solo un encantador ‘negligie’, medio descubría y medio ocultaba aquellos encantos en flor de que tan orgullosa podía mostrarse, debajo de aquella prenda la chiquilla no llevaba absolutamente nada.

Sus brazos, admirablemente bien torneados, sus suaves piernas bien desarrolladas y dobladas al estar sentada al medio de los dos hombres, su seno palpitante, por donde asomaban dos meloncitos blancos y carnosos, exquisitamente redondeados y duritos gracias a su juventud, las bien formadas caderas, y unos diminutos pies que daban ganas de separar aquellos deditos y pasar la lengua por ahí, eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban un delicado y delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales que la acompañaban en esos momentos.

Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos inyectados en sangre por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue de los tesoros que estaban a su alcance.

Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los lascivos attouchements (manoseos) que darían satisfacción al deseo de regodearse con lo que tenían a la vista.

Ya incapaz de contener su ansiedad, el perverso tío extendió su mano, y atrayendo hacia sí a su sobrina, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo. Por su parte el sacerdote se posesionó de sus dulces senos, para sumir su cara en ellos. Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda su extensión, y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de la presión sanguínea y la tensión muscular.

–¡Ohhh, qué forma de tocarme!, -murmuró Bella, abriendo voluntariamente sus muslos a las temblorosas manos de su tío, mientras Ambrosio casi la ahogaba al prodigarle deliciosos besos con sus gruesos labios.

En un momento determinado la complaciente mano de Bella apresó en el interior de su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.

–¿Qué, amorcito, no es grande mi verga? ¿Y no arde en deseos de expeler sus jugos dentro de ti? ¡Oh, cómo me excitas, hija mía! Tu mano… tu dulce mano… ¡Ay! ¡Me muero por insertarlo en tu suave vientre! ¡Bésame, Bella! ¡Verbouc, vea en qué forma me excita su sobrina!

El tío de Bella junto con mirar al sacerdote cuando este le habló, también dio con la fuerte erección que poseía, en el acto le habló a su sobrina:

–¡Madre santa, qué miembro! ¡Ve, Bella, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué tronco tan largo y tan oscuro! ¡Y observa cómo se encorva cual si fuera una serpiente en acecho de su víctima! ¡Ya asoma una gota de semen en la punta! ¡Mira, Bella!

–¡Oh, cuán dura es su verga…! –dijo la jovencita tras las palabras de su tío y a la misma vez que tomaba con su manita el musculoso instrumento vergal de Ambrosio, este la seguía besando efusivamente, –¡Cómo vibra…! ¡Cómo acomete…! ¡Apenas podré abarcarla…! ¡Usted me mata con estos besos, me absorbe la vida!

El señor Verbouc hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza. Los ojos de Bella se iluminaron ante el prospecto.

–Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres, Bella, -dijo su tío, –Debemos prolongar lo más que nos sea posible nuestros éxtasis. Ambrosio es desenfrenado. ¡Qué espléndido animal es! ¡Hay que ver qué miembro! ¡Está dotado como un verdadero potro! ¡Ah, sobrinita mía!, ¡mi criatura…!, ¡con tal herramienta si que va a dilatar tu estrecha rendija…! La hundirá hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche caliente para placer tuyo!

–¡Qué gusto!, -murmuró Bella, –Anhelo recibir esa gruesa herramienta hasta mi cintura. Sí, sí. No apresuremos el delicioso final; trabajemos todos para ello…

La jovencita hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del señor Verbouc entró en su boca.

Con la mayor avidez Bella recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios de fresas, y admitió tanto como pudo de ella. Comenzó chupar como desesperada, como a su mismo tiempo a lamer alrededor con su lengua, y hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba excitada hasta el frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica. Se aferró más aún al miembro del lúbrico sacerdote, y su juvenil estrecho coño palpitaba de placer anticipado. Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y excitando el henchido tronco del lascivo Ambrosio, pero el fornido sacerdote le hizo seña de que se detuviera.

–Aguarda un momento, Bella, -suspiró, –o vas a hacer que me corraaa…

Bella soltó el enorme tronco moreno y se echó hacia atrás, de manera que su tío pudo accionar despaciosamente hacia dentro y hacia fuera de su boca, sin que la mirada de ella dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias dimensiones del miembro de Ambrosio.

Nunca había gustado Bella con tanto deleite de un a buena verga, como ahora estaba disfrutando del respetable miembro de su tío. Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la mayor fruición que pudo, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la punta.

El señor Verbouc estaba arrobado con los atentos servicios de su joven sobrinita. A continuación el cura se arrodilló, y pasando la rasurada cabeza por entre las piernas de Verbouc, que estaba de pie ante la joven, abrió los dóciles muslos de ésta para apartar después con sus dedos los rojos labios de su vagina, e introducir su lengua hacia dentro, al tiempo que con sus gruesos labios cubría sus juveniles y excitadas partes.

La chica se estremecía de placer con semejante tratamiento por parte de los dos hombres. Su tío se puso aún más rígido, y empujó fuertemente dentro de la bella boca de la muchacha, la cual tomó sus testículos entre sus manos para estrujarlos con suavidad. Retiró hacía atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su succión con evidente deleite.

–¡Ahora córrase tío… y deme todo lo suyo! -dijo Bella, abandonando por un momento la viscosa cabeza con el objeto de poder hablar y tomar aliento… –¡Me gusta tanto el sabor del semen! ¡Me agrada mucho saborearlo antes de tragármelo!, -les comentaba con sinceridad la jovencita a los dos hombres.

–Podrás hacerlo querida sobrina, pero todavía no. No debemos ir tan aprisa…, -en eso la joven se dio a succionárselo con más ímpetus que al principio por lo cual al señor no le quedo más opción que ponerse bufar, –¡Oh, cómo me mama! ¡Cómo me lame con su lengua! ¡Estoy ardiendo! ¡Me mata! -¡Ah, sobrina! Ahora no sientes más que placer… te has reconciliado con los goces de nuestros contactos incestuosos.

–De verdad que sí, querido tío… pero… pero… ponme tu verga de nuevo en la boca, -le pidió la muchacha en forma inquisitiva.

–Todavía no, Bella, amor mío…, -el señor Verbouc no pudo seguir hablando ya que la jovencita lo interrumpió, para luego hablar casi con espanto por lo que ella veía venirse:

–No me hagas aguardar demasiado querido tío… Me estas enloqueciendo… ¡Padre Ambrosio! ¡Ohhh mi buen Padre… ya viene hacia mí, se prepara para cogerme! ¡Dios santo, qué gran instrumento! ¡Piedad! ¡Me partirá en dos con esa cosa!

Entretanto Ambrosio, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo entretenido, devino demasiado excitado para permanecer como estaba, y aprovechando la oportunidad de una momentánea retirada de Verbouc, se puso de píe le arranco de su cuerpo la única y sexi prenda que la protegían y tumbó sobre sus espaldas en el blando sofá a la hermosa muchacha.

Verbouc tomó en su mano el formidable pene del santo padre, le dio un par de sacudidas preliminares, retiro la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo, y encaminando el mismo la punta anchurosa y ardiente hacia la rosada hendidura de su desnuda sobrina, y la empujó vigorosamente dentro del vientre de ella.

La humedad que lubricaba las partes nobles de la criatura facilitó la entrada de la cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida a medias. Siguieron fuertes embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de su víctima, Ambrosio la ensartó en forma impecable.

La excitación de Bella superaba el dolor, por lo que se abrió de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la posesión de su belleza.

Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de la ardiente jovencita cuando sintió aquella gran arma, dura como el hierro, presionando su matriz, y dilatándola con su gran tamaño.

El señor Verbouc no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista, y se mantuvo al efecto aun lado de la excitada pareja en el mismo instante en que ya empezaban acoger. En un momento dado depositó su poco menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su sobrina. Ambrosio, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que estaba debajo de él, refrenó su ansiedad. Llamando en auxilio suyo el extraordinario poder de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas de la muchacha, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre, con el que a cada sacudida frotaba el mullido monte de ella.

De pronto el sacerdote aceleró su trabajo. Con poderosas y rítmicas embestidas se enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él. Apretó fuertemente hacia adelante, y Bella enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello. Sus testículos golpeaban las suaves y bien formadas posaderas de ella, su instrumento había penetrado hasta los pelos que, negros y rizados, cubrían por completo el sexo de ella.

–Ahora la tiene toda adentro… Verbouc, observa a tu sobrina… Ve cómo disfruta los ritos eclesiásticos. ¡Ah, qué placer… que calenturaaa…! ¡Cómo me mordisquea la verga con su estrecho coñito!

Y la excitada Bella también aportaba palabras de gratitud hacia los dos hombres:

–¡Oh, querido… querido padre Ambrosio…! ¡Oh, mi buen padrecito que bien me lo hace!, ¡¡culéenme… culéenme entre los dos al mismo tiempo… o túrnense para ello… que ya me estoy corriendo de solo imaginarlo!!

Luego de tan ardiente solicitud que le hizo a los dos hombres la casi enloquecida chiquilla se dio a animar al fiero animal que en esos momentos la violaba:

–¡Empuje…! ¡Empuje! ¡Máteme con su cosa si así lo desea… pero no deje de moverse! ¡Así… culéeme así!, -aportaba la chica a grito limpio sin dejar de menearse buscando el mismo ritmo del padre Ambrosio, –¡Ohhh! ¡Cielos! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Cuán grande es… cuan grueso lo tiene! ¡Cómo se adentra en mí!

El sofá del gran salón de la casa de Verbouc en el cual se llevaba a cabo semejante cogida crujía a causa de las rápidas sacudidas de aquella pareja en lícito estado de calentura:

–¡Ohhh… Diossss! –Seguía gritando la jovencita, –¡Me está matando…! ¡Realmente esto es demasiado…! ¡Me muero…! ¡¡Me estoy corriendoooo…!!

Y dejando escapar un grito ahogado, la muchacha se corrió en forma abundante, inundando el grueso miembro que tan deliciosamente la estaba cogiendo.

El largo pene engruesó y se enardeció todavía más. También la bola que lo remataba se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria.

La joven Bella susurraba frases incoherentes desde sus dulces labios temblorosos a causa del orgasmo en que se veía asaltada, de las que sólo se entendían la palabras coger… leche, y culear.

Ambrosio, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme verga atrapada en las juveniles carnes de la muchacha, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de Bella con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su compañera de juego. Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su cálida leche, en tanto la chica que dentro de su infinito goce aún estaba consiente, también se daba cuenta de lo que le ocurría al sacerdote:

–¡Oh, ya viene el semen de Usted! ¡Me está inundando…! ¡Le siento sus borbotones de leche caliente en mi estómago mi buen padrecito! ¡Ahhh… qué delicia es la que siento!

Mientras tanto la gruesa verga del sacerdote, bien hundida en el potable cuerpo de Bella, seguía emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba la juvenil matriz de ella.

–¡Ah, qué cantidad me está dando!, -comentó Bella ya un poco más calmada de los efectos del clímax sentido, mientras bamboleaba su cintura por debajo del gran masa muscular del fogoso sacerdote, y sentía correr en todas direcciones y por sus ingles el cálido fluido de este.

Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el tío, y por lo tanto procedió sosegadamente a aprovecharla. Miró parte de sus lindos y suaves muslos abiertos con varias muestras de semen salpicado, metió sus dedos entre los rojos labios de su coño, embarró el semen exudado sobre su lampiño sexo. Seguidamente, colocando a su hermosa sobrina adecuadamente frente a él, Verbouc exhibió una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tiernas partes de la joven Bella, completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote, y exudando todavía espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.

Bella, obedeciendo a los deseos tanto de su tío como a los suyos propios, abrió lo más posible sus piernas. Verbouc colocó ansiosamente su desnuda persona entre los complacientes muslos abiertos de la joven.

–Estate quieta mí querida sobrina. Mí verga no es tan gorda ni tan larga como la del buen padre Ambrosio, pero sé muy bien cómo coger, y podrás comprobar sí la leche de tu tío no es tan espesa y caliente como la de cualquier eclesiástico. Ve cómo estoy de envarado…, -le dijo mostrándosela antes de metérsela.

–¡Y cómo me haces esperar deseado tío!, -dijo Bella sin quitar su lánguida mirada de la erecta verga de su familiar, –Veo tu querida herramienta aguardando turno… ¡Cuán roja se ve! ¡Métemela y empújala hacia dentro mío querido tío! Ya estoy lista de nuevo, y el buen padre Ambrosio te ha aceitado bien el camino…

El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza los abiertos labios de la joven, todavía completamente resbalosos, y su punta se afianzó con firmeza. Luego comenzó a penetrar el miembro propiamente dicho, y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente se había adentrado hasta los testículos en el vientre de su sobrina, solazándose lujuriosamente entre el fuerte hedor a semen masculino que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el padre.

–Querido tío…, -exclamó la muchacha, –Tenga bien en cuenta a quien se está cogiendo. No se trata de una extraña cualquiera, a quien Usted se lo está metiendo es a la hija de su hermano, soy su propia sobrina… así que entonces culéeme bien… Entrégueme todo el poder de su vigoroso aparato. ¡Cójame! ¡Culéeme hasta que su incestuoso semen se derrame en mi interior! ¡Ahhh…! ¡Ohhh…! ¡Ohhhh…! -Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas, la joven Bella se entregó a la más desenfrenada sesión apareatorea, con gran deleite de su tío.

El vigoroso familiar, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas. No obstante lo anegada y perforada que se encontraba, la joven vagina de su linda oponente era de por sí pequeña, y lo bastante estrecha para pellizcarle su miembro deliciosamente en la abertura, y provocar así que su placer aumentara rápidamente.

Verbouc se alzó para lanzarse con rabia dentro del cuerpo de ella, y la hermosa joven se asió a él con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su verga engrosó y se endureció todavía más. El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable. Bella se entregó por entero al placer del acto incestuoso, hasta que el señor Verbouc, dejando escapar un suspiro, se vino dentro de su sobrina, inundando de nuevo la matriz de ella con su cálido fluido. Bella llegó también al éxtasis, y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección de leche caliente, placenteramente acogida, derramaba una no menor ardiente prueba de su goce femenino.

Habiéndose así completado el acto, se le dio tiempo a Bella para hacer sus abluciones, y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino tinto hasta los bordes, se sentaron los tres en el mismo y húmedo sofá en el que acababan de coger para concertar un diabólico plan para la violación y el goce de la bella Julia Delmont.

Bella estando cómodamente encogida con sus piernas, de la misma forma en que lo haría si estuviese a la sombra de un árbol en un día de campo, pero desnuda, confesó que el señor Delmont la deseaba, y que evidentemente estaba en espera de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.

Por su parte, el padre Ambrosio confesó que su miembro se enderezaba a la sola mención del nombre de la Joven Julia. La había confesado, y admitió jocosamente que durante la ceremonia no había podido controlar sus manos, ya que su simple aliento despertaba en él ansías sexuales incontenibles.

El señor Verbouc declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse placer en sus dulces encantos, cuya sola descripción lo enloquecía.

Pero el problema estaba en cómo poner en marcha el plan.

–¡Si me la violara sin preparación alguna, la destrozaría…! -exclamó el padre Ambrosio, exhibiendo una vez más su rubicunda máquina aceitosa, todavía rezumando las pruebas de su último goce, que aún no se le habían secado.

–Yo no puedo gozarla primero. Necesito la excitación de una copulación previa…, -objetó Verbouc.

–A mí me gustaría ver a mi dulce amiga bien violada…, -dijo la desnuda Bella quien se mantenía ubicada al medio de los dos hombres también desnudos, –Observaría la operación con deleite, y cuando el padre Ambrosio hubiese introducido su enorme cosa en el interior de ella, tú podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que le haríamos a la linda Julia.

–¡Sí!, esa combinación podría resultar deliciosa…, -opino en el acto Verbouc quien ya imaginaba la fogosa escena descrita por su sobrina

–¿Qué habrá que hacer entonces?, -inquirió otra vez Bella, –¡Madre santa, cuán tiesa está su verga de nuevo querido padre Ambrosio… otra vez la tiene bien parada!

–Se me ocurre una idea que sólo de pensar en ella me provoca una violenta erección. Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por lo tanto del placer, -dijo el buen Padre.

–¡¡Veamos de qué se trata…!!, -exclamaron tío y sobrina al unísono.

–Aguarden un poco…, -dijo el santo varón, mientras Bella desnudaba la roja cabeza de su instrumento para cosquillear en el húmedo orificio con la punta de su lengua.

–Escúchenme bien, -dijo Ambrosio, –El señor Delmont anda caliente con Bella… eso está claro, y nosotros lo andamos con su hija, y a esta criatura que ahora me está chupando la verga, le gustaría ver a la tierna Julia bien ensartada en ella hasta lo más hondo de sus órganos vitales, con el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer. Hasta aquí todos estamos de acuerdo. Ahora préstenme atención, y tú, Bella, deja en paz mí instrumento. He aquí mi plan: me consta que la pequeña Julia no es insensible a sus instintos animales. En efecto, esa diablilla ya siente la comezón de la carne. Un poco de persuasión y otro poco de astucia pueden hacer el resto. Julia accederá a que se le alivien esas angustias del apetito carnal que ya con toda seguridad debe estar sintiendo por su tierna rendija. Bella debe alentarla al efecto. Entretanto la misma Bella inducirá al señor Delmont a ser más atrevido. Le permitirá que se le declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese será el momento en que debo intervenir yo. Le sugeriré a Delmont que el señor Verbouc es un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará conforme en entregarle a su hermosa y virginal sobrina para que sacie sus apetitos…

–No alcanzo a entenderlo bien…, -comentó Bella.

–Yo no veo el objeto…, -intervino Verbouc, –Eso que explicas no nos aproximará más a la consumación de nuestro plan con la zorrilla esa.

–Aguarden un momento…, -continuó el buen padre, –Hasta este momento todos hemos estado de acuerdo. Ahora Bella será vendida a Delmont. Se le permitirá que satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de ella. Pero la víctima no deberá verlo a él, ni él a ella, a fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de una encantadora mujer, se le hará saber que se trata de su víctima, y que puede gozarla.

–¿Yo?, -interrumpió Bella, –¿Para qué todo este misterio?

El padre Ambrosio sonrió malévolamente:

–Ya lo sabrás mi amada Bella, solo ten paciencia. Lo que deseamos es disfrutar de Julia Delmont, y lo que el señor Delmont quiere es disfrutar de tu persona. Únicamente podemos alcanzar nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que el señor Delmont sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la violación de su hija. Mi propósito es que el lascivo señor Delmont viole a su propia hija, en lugar de a Bella, y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria en el deleitoso cuerpo de esa joven. Si Delmont cae en la trampa, podremos revelarle el incesto cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de Bella, a cambio de la persona de su hija, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.

–¡Oh, ya casi me estoy corriendo con solo imaginármelo!, -gritó el señor Verbouc, –¡Mi verga está que arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso he reproducido en mi mente!

Ambos hombres se levantaron, y Bella se vio envuelta en sus abrazos ya que también la agarraron a ella. Dos duros y largos dardos se incrustaban contra su desnudo y gentil cuerpo a medida que la trasladaban ahora a la alfombra que adornaba el centro de la sala.

Ambrosio se tumbó sobre sus espaldas, Bella se le montó encima, y tomó su gruesa tranca de semental entre las manos para llevárselo a su estrecha vagina con la sola intención de metérsela ella misma. El señor Verbouc contemplaba la escena. La desesperada jovencita una vez que se la ubicó se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo; luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de movimientos rápidamente ondulatorios.

El señor Verbouc luego de haber contemplado los primeros movimientos efectuados por su sobrina una vez que esta estuvo empalada en la gran tranca del sacerdote, veía ahora como sus hermosas nalgas subían y bajaban, abriéndose y cerrándose a cada sucesiva embestida.

Ambrosio se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos estaban pegados debajo de ella, y los delicados labios vaginales de Bella llegaban a ellos cada vez que la muchacha se dejaba caer.

El ardiente espectáculo le sentó muy bien a Verbouc. El virtuoso tío se puso detrás de la chica, dirigió su largo y henchido pene hacia el trasero de ella, y sin gran dificultad consiguió enterrarlo por completo hasta sus entrañas.

El hermoso y redondo trasero de su sobrina era ancho y suave como un guante, y la piel de las nalgas blanca como el alabastro. Verbouc, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles. Su miembro estaba dentro, y sentía la estrecha compresión del músculo del pequeño orificio de entrada como algo exquisito.

Los dos miembros se frotaban mutuamente, sólo separados por una tenue membrana. Bella experimentaba los enloquecedores efectos de este doble deleite. Tras una terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y chorros de leche inundaron por ambos lados a la grácil Bella.

Después Ambrosio descargó por dos veces en la boca de Bella, en la que también vertió luego su tío su incestuoso fluido, y así terminó la sesión.

La forma en que la jovencita realizó sus funciones fue tal, que mereció sinceros encomios de sus dos compañeros. Sentada en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con sus labios de coral, luego, tomando entre sus labios el aterciopelado glande, aplicó ambas manos a frotar, cosquillear y excitar el falo y sus apéndices. De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus compañeros de juego, que, con sus aparatos distendidos a su máximo, pudieron gozar del lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Bella se hicieron irresistibles, y entre suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen. La pequeña glotona se los bebió por completo. Y lo mismo habría hecho con los de una docena, si hubiera tenido oportunidad para ello.

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La joven Bella continuaba proporcionándome el más delicioso de los alimentos. Sus juveniles miembros nunca echaron de menos las sangrías carmesí provocadas por mis piquetes, los que, muy a pesar mío, me veía obligada a dar para obtener mi sustento. Determiné, por consiguiente, continuar con ella, no obstante que, a decir verdad, su conducta en los últimos tiempos había devenido discutible y ligeramente irregular.

Una cosa manifiestamente cierta era que había perdido todo sentido de la delicadeza y del recato propio de una doncella de su elevada condición social, y vivía sólo para dar satisfacción a sus deleites sexuales. Pronto pudo verse que la jovencita no había desperdiciado ninguna de las instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar en la conspiración urdida contra la adolescente de 18 añito Julia Delmont.

Ahora me propongo relatar en qué forma desempeñó su papel. No tardó mucho en encontrarse Bella en la mansión del señor Delmont, y tal vez por azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas con él.

El señor Delmont advirtió su oportunidad y cual inteligente estratega militar, se dispuso al asalto. Se encontró con que la linda y joven amiga de su hija, o estaba en el limbo en cuanto a sus intenciones, o estaba bien dispuesta a alentarlas. El señor había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Bella y, como por accidente la suave mano derecha de ésta comprimía ya bajo su nerviosa palma el varonil miembro de él.

Lo que Bella podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción. Un espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo, y Bella no dejó de experimentar otro espasmo similar de placer sexual pero en todo su sistema neurológico. El enamorado señor Delmont la atrajo suavemente hacia sí, y abrazó su carnoso y curvilíneo cuerpo complaciente. Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras halagüeñas para apartar su atención de sus maniobras.

Intentó también algo más, frotó la mano de Bella sobre su duro objeto, lo que le permitió a la jovencita advertir que la excitación podría ser demasiado rápida. Aun así la chica se atuvo estrictamente a su papel en todo momento… al de una muchacha inocente y recatada.

El señor Delmont, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amiga, dio otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por entre los ligeros vestidos de Bella, y acarició el nacimiento de sus complacientes piernas.

Luego, de repente, al tiempo que besaba con verdadera pasión sus rojos labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar su suave muslo.

Bella lo rechazó. En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas y le hubiera abierto las piernas para permitirle que hiciera con ella lo que el quisiese, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel perfectamente.

–¡Oh, qué atrevimiento el de usted!, -gritó la jovencita, –¡¿Qué groserías son éstas?! ¡No puedo permitírselas! Mi tío dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En todo caso nunca antes de… Bella dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión de ingenuidad.

El señor Delmont era tan curioso como enamoradizo:

–¿Antes de qué, Bella?, -le consultó

–¡Ohhh, no debo explicárselo! No debí decir nada al respecto. Sólo los rudos modales de mi tío me lo han hecho olvidar.

–¿Olvidar qué?

–Algo de lo que me ha hablado a menudo… —contestó sencillamente Bella.

–¿Pero qué es? ¡Dímelo!

–No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa…

–Te lo explicaré si me dices de qué se trata.

–¿Me promete no contarlo?

–Desde luego.

–Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las manos ahí, y que sí alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.

–¿Dijo eso, realmente?

–Sí, claro que sí. Dijo que yo puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que hay muchos caballeros ricos que pagarían por eso mismo que usted quiere hacerme, y dijo también que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.

–Realmente, Bella, tu tío es un perfecto hombre de negocios, pero no creí que fuera un hombre de esa clase.

–¡Pues sí que lo es…! -gritó Bella, –Está obsesionado con el dinero, ¿sabe usted?, y yo apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi doncellez.

–¿Es posible? , -pensó Delmont, –¡Qué tipo debe ser ése! ¡Qué buen ojo para los negocios ha de tener!

Cuanto más pensaba el señor Delmont acerca de ello, más convencido estaba de la verdad que encerraba la ingenua explicación dada por la candorosa jovencita. Entendió que ella estaba en venta, y él iba a comprarla.

Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por sus relaciones secretas. Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se produjo una interrupción provocada por la llegada de su hija Julia. Aunque renuentemente, tuvo que dejar la compañía de Bella y componer sus ropas debidamente. Bella dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos siguieran su curso.

El camino emprendido por la linda muchachita pasaba a través de praderas, y era un camino de carretas que salía al camino real muy cerca de la residencia de su tío. En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible. El sendero tenía varias curvas pronunciadas, y a medida que Bella seguía camino adelante se entretenía en contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.

Llegó a un punto en el que el camino estaba bordeado por árboles, y donde una serie de troncos en línea recta separaba la carretera propiamente dicha del sendero para peatones. En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la siembra, entretenidas en interesantes coloquios.

Al otro lado del camino había una cerca de setos, y como se le ocurriera mirar hacia allá, vio algo que la asombró. En la pradera había dos animales, un caballo y una yegua. Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió darle alcance no lejos de donde se encontraba Bella. Pero lo que más sorprendió y espantó a ésta fue el maravilloso espectáculo del gran miembro parduzco que, erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental, y que de vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra, esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había detenido y permanecía tranquila, ofreciendo su parte trasera al agresor.

El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencita montó sobre la hembra y trató de introducir su instrumento.

Bella contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin, el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de la yegua.

Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad estaba más que excitada; sus instintos libidinosos se habían desatado. Sobándose sus manitas clavó la mirada para observar con todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el animal retiró su goteante tranca, Bella dirigió a éste una golosa mirada, concibiendo la locura de apoderarse de él para darse gusto a sí misma bebiéndose toda esa leche blanca que salía de la inmensa manguera de carne caballuna que colgaba, para ella, en forma apetitosa.

Obsesionada con tal idea, Bella comprendió que tenía que hacer algo para borrar de su mente la poderosa influencia que la oprimía. Sacando fuerzas de flaqueza apartó los ojos y reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.

Precisamente frente a ella se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de facciones bellas, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los amorosos corceles entregados a su pasatiempo.

Una brecha entre los matorrales que bordeaban el camino le proporcionaba un excelente ángulo de vista, y estaba entregado a la contemplación del espectáculo con un interés tan evidente como el de Bella.

Pero lo que encadenó la atención de ésta en el muchacho fue el estado en que aparecía su vestimenta, y la aparición de un tremendo miembro, de roja y bien desarrollada cabeza que, desnudo y exhibiéndose en su totalidad, se erguía impúdico.

No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había causado en el muchacho, puesto que éste se había desabrochado los bastos pantalones para apresar entre sus nerviosas manos un arma de la que se hubiera enorgullecido un carmelita.

Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionaría vigorosamente hacia arriba y hacia abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus actos.

Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapó a Bella motivó que él mirara en derredor suyo y descubriera frente a él a la hermosa muchacha, en el momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa erección.

–¡Por Dios!, -exclamó la jovencita tan pronto como pudo recobrar el habla, –¡Qué visión tan espantosa! ¡Muchacho desvergonzado! ¿Qué estás haciendo con esta cosa roja?

El mozo, humillado, trató de introducir nuevamente en su bragueta el objeto que había motivado la pregunta, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el miembro hacían difícil la operación, por no decir que enfadosa.

Bella acudió solícita en su auxilio.

–¿Qué es esto? Deja que te ayude. ¿Cómo se salió? ¡Cuán grande y dura es! ¡Y qué larga! ¡A fe mía que es tremenda tu cosa, muchacho travieso! Uniendo la acción a las palabras, la jovencita posó su pequeña manita en el erecto pene del muchacho, y estrujándolo en su cálida palma hizo más difícil aún la posibilidad de poder regresarlo a su escondite.

Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba su estólida presencia de ánimo, y advertía la inocencia de su nueva desconocida, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro. En realidad se hizo imposible, aun cuando hubiera puesto algo de su parte, ya que tan pronto como la suave mano de la chica lo asió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja cabeza brillaba como una ciruela madura.

–¡Ah, muchacho travieso!, -observó Bella, –¿Qué debo hacer?, -siguió diciendo, al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.

–¡Ah, cuán divertido es!, -suspiró el mozuelo, –¿Quién hubiera podido decir que usted estaba tan cerca de mí cuando me sentí tan mal, y mi herramienta comenzó a palpitar y engrosar hasta ponerse como está ahora?

–Esto es incorrecto —observó la damita-, apretando más aún y sintiendo que las llamas de la lujuria crecían cada vez más dentro de ella, –Esto es terriblemente incorrecto, picaruelo…

–¿Vio usted lo que hacían los caballos en la pradera?, -preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Bella, cuya belleza parecía proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela al través de un paisaje lluvioso.

–Sí, lo vi…, -replicó la muchacha con aire inocente, –¿Qué estaban haciendo? ¿Qué significaba aquello?

–Estaban cogiendo…, -repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria, –Él caballo deseaba a la yegua, y la yegua deseaba al semental, así es que se juntaron y se dedicaron a coger.

–¡Vaya, qué curioso!, -contestó la joven, contemplando con la más infantil sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del mozuelo.

–De veras que fue divertido, ¿verdad? ¡Y qué instrumento… que vergón el suyo! ¿Verdad, señorita?

–Inmenso…, -murmuró Bella sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que estaba frotando de arriba para abajo con su mano y en la viva imagen de la inmensa verga del caballo que el joven insistía en recordarle.

–¡Oh, cómo me cosquillea! —Suspiró su compañero—. ¡Qué hermosa es usted! ¡Y qué bien me la pela! Por favor, siga, señorita. Tengo ganas de correrme.

–¿De veras? —Murmuró Bella, –¿Puedo hacer que te corras?, -la ardorosa joven miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le estaba aplicando; y cuya cabeza inflamada parecía que iba a estallar.

La exquisita comezón que se comenzaba a apoderar de su cuerpo por solo observar cuál sería el efecto de su interrumpida fricción finalmente se posesionó por completo de ella, por lo que con su suave mano se aplicó con redoblado empeño a la tarea.

–¡Ohhhh, si, por favor! ¡Siga frotándomela… Ahhh! ¡Estoy próximo a correrme! ¡Ohhh! ¡Ohhh! ¡Qué bien me la pela! ¡Apriete más…, córramela más aprisa… pélela bien…! ¡Ahora otra vez…! ¡Oh, cielos! ¡Ohhh! -El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que la joven lo frotaba de arriba abajo. –¡Ahhh! ¡Ufff! ¡Ya me viene el escalofrió! ¡Ufff! ¡Oooh!, exclamó el rústico joven entrecortadamente mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de líquido blanco y espeso sobre las manecitas de Bella, que, ansiosa por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeó por completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen. Bella, sorprendida y gozosa, bombeó cada gota que hubiera chupado de haberse atrevido, para finamente extraer su delicado pañuelo de Holanda para limpiar de sus manos la espesa y perlina masa de espermios aun calientes.

Después el jovenzuelo, humillado y con aire estúpido, se guardó el desfallecido miembro, y miró a su linda compañera con una mezcla de curiosidad y extrañeza.

–¿Dónde vives? —preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar.

–No muy lejos de aquí…, —repuso Bella, –Pero no debes seguirme ni tratar de buscarme, ¿sabes? Si lo haces… te iría mal… —prosiguió la damita, –porque nunca más volvería a hacértelo, y encima serías castigado.

–¿Por qué mejor nos ponemos a coger como lo hacían el semental y la potranca? —sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, comenzaba a manifestarse de nuevo con solo estar admirando el curvilíneo y potente cuerpo de la jovencita que recién estaba conociendo.

–Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasada. Tengo que irme enseguida…, -la chica al igual que su compañero tampoco estaba del todo recuperada de lo recién ocurrido, de ahí su comprometedora respuesta.

–Déjame tocarte por debajo de tus vestidos… Dime, ¿cuándo vendrás de nuevo para que culiemos?

–Ahora no… —dijo Bella, retirándose poco a poco, –pero nos encontraremos otra vez y tal vez haremos eso que dices…, -la joven Bella ya acariciaba la idea de darse el gusto con ese formidable objeto que escondía debajo de sus pantalones.

–Y dime… —preguntó ella animada por las mismas circunstancias, –¿Alguna vez has… has cogido?

–No, pero deseo hacerlo… ¿No me crees? Está bien, entonces te diré que sí, lo he hecho…

–¡Qué barbaridad!, -comentó la jovencita.

–A mi padre le gustaría también cogerte…, -agregó sin titubear ni prestar atención a su movimiento de retirada.

–¿A tu padre le gustaría también cogerme? ¡Qué terrible! ¿Y cómo sabes eso?

–Porque mi padre y yo nos hemos cogido a unas cuantas muchachas juntos. Su instrumento es mayor que el mío.

–Mmm… eso es lo que dices tú. Pero ¿será cierto que tú y tu padre hacen esas horribles cosas juntos?

–Sí, claro está que cuando se nos presenta la oportunidad… Deberías verlo coger. ¡Uyuy… si a algunas hasta las ha hecho llorar de tanto disfrute!, -le dijo a la vez que reia como un idiota.

–No pareces un muchacho muy despierto…, -dijo Bella.

–Mi padre no es tan listo como yo… —replicó el jovenzuelo riendo más todavía, al tiempo que mostraba otra vez su verga semi enhiesta, –Ahora ya sé cómo cogerte, aunque sólo lo haya hecho una vez. Deberías verme coger…, -ahora lo que Bella pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.

–¿Con quién lo hiciste, malvado muchacho?

–Con una jovencita de cerca de aquí… ambos la culeamos al mismo tiempo ¿sabe?, mi padre y yo nos la dividimos.

–¿Y quién fue el primero? -inquirió Bella.

–Yo fui, en un principio estaba yo solo cogiendo con ella…, y luego mi padre me sorprendió. Entonces él quiso hacerlo también y me hizo sujetarla. Lo hubieras visto coger… ¡Uyuy! Si lo hacían como desesperados…

Unos minutos después Bella había reanudado su camino, y llegó a su hogar sin posteriores aventuras.

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Cuando Bella relató el resultado de su entrevista de aquella tarde con el señor Delmont, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros dos conspiradores. No habló, sin embargo, del rústico jovenzuelo con quien había tropezado por el camino. De aquella parte de sus aventuras del día consideró del todo innecesario informar al astuto padre Ambrosio o a su no menos sagaz pariente.

El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito. La semilla tan discretamente sembrada tenía que fructificar necesariamente, y cuando el padre Ambrosio pensaba en el delicioso agasajo que algún día iba a darse en la delicada persona de la hermosa Julia Delmont, se alegraban por igual su espíritu y sus pasiones animales, solazándose por anticipado con las tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda excitación que se había apoderado de él.

Tampoco el señor Verbouc permanecía impasible. Excitado en grado extremo, se prometía un estupendo agasajo con los frágiles encantos de la hija de su vecino, y el sólo pensamiento de tan excelso banquete producía los correspondientes efectos en su sistema nervioso.

Empero, quedaban algunos detalles por solucionar. Estaba claro que el simple del señor Delmont daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la afirmación de Bella de que su tío estaba dispuesto a vender su virginidad.

El padre Ambrosio, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea, sabía perfectamente con quién estaba tratando. En efecto, ¿quién, en el sagrado sacramento de la confesión, no ha revelado lo más íntimo de su ser al pío varón que ha tenido el privilegio de ser su confesor? El padre Ambrosio era discreto; guardaba al pie de la letra el silencio que le ordenaba su religión. Pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento por este camino para sus propios fines, y cuáles eran ellos ya los sabe nuestro lector a estas alturas.

El plan quedó, pues, ultimado. Cierto día, a convenir de común acuerdo, Bella invitaría a Julia a pasar el día en casa de su tío, y se acordó asimismo que el señor Delmont sería invitado a pasar a recogerla en dicha ocasión. Después de cierto lapso de inocente coqueteo por parte de Bella, ateniéndose a lo que previamente se le habría explicado, ella se retiraría, y bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un posible escándalo, le sería presentada en una habitación idónea, acostada sobre un sofá, en el que quedarían a merced suya sus encantos personales. Si bien la cabeza permanecería oculta tras una cortina cuidadosamente corrida. De esta manera el señor Delmont ansioso de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su adorable víctima, mientras que ella, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.

A Delmont tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento. Una sola cosa tenía que ocultársele: el que su propia hija iba a sustituir a Bella. Esto no debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde. Mientras tanto Julia tendría que ser preparada gradualmente y en secreto sobre lo que iba a ocurrir, sin mencionar, naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad consumaría el acto. En este aspecto, el padre Ambrosio se sentía en su elemento, y por medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones en el confesionario, en realidad innecesarias, había ya puesto a la muchacha en antecedentes de cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Bella se habría apresurado a explicar y confirmar.

Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión conjunta, y la consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres, que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión de la linda y joven Bella con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.

La damita, por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a las fantasías, y como quiera que en aquellos momentos estaba tendida sobre el blando sofá con un endurecido miembro en cada mano, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansiosa de entregarse a los vigorosos brazos que sabía estaban a punto de reclamarla.

Como de costumbre, el padre Ambrosio fue el primero. La volteó boca abajo, haciéndola que exhibiera sus preciosas nalgas lo más posible. Permaneció unos momentos extasiado en la contemplación de la deliciosa prospectiva, y de la pequeña y delicada rendija apenas visible debajo de ellas.

Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia masculina, se enderezó bravamente, amenazando las dos encantadoras entradas del amor. El señor Verbouc, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel favorito o de ayudar si es que fuese necesario.

El padre Ambrosio contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la comisión de un acto de infidelidad a la diosa, pero sabedor de lo que esperaba de él su amigo y patrono, se contuvo por el momento.

–Las dilaciones son peligrosas…, -dijo el buen padre, –Mis testículos están repletos de leche caliente, la querida niña debe recibir este contenido, y usted, amigo mío, tiene que deleitarse con la abundante lubricación que puedo proporcionarle.

Esta vez, cuando menos, Ambrosio no había dicho sino la verdad. Su poderosa arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se aprestaban a descargar. Una espesa y opaca gota, del chorro que había de seguir, asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se aproximaba a su víctima.

Inclinando rápidamente su enorme ariete, Ambrosio llevó la gran nuez de su extremidad junto a los labios da la tierna ranura rosada de Bella, y comenzó a empujar hacia adentro.

—¡Oh, qué dura la tiene! ¡Cuán grande es y que caliente está!, -comentó Bella con signos de dolor en su rostro, –¡Me hace daño! ¡Entra demasiado rápido… no estoy preparada! ¡Ohhh… deténgase! -Igual hubiera sido que la joven implorara a los vientos. Una rápida sucesión de sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos por parte del usurpador sacerdote, y Bella quedó bien empalada.

–¡Arrrrggh! —Exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coautor, con los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto, –¡Ahhhh, esto es verdaderamente delicioso… cuán estrecha es su concha y, sin embargo, lo tiene todo adentro. Estoy en su interior hasta los testículos!

El señor Verbouc practicó un detenido examen. Ambrosio estaba en lo cierto. Nada de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban apretadas contra las piernas de Bella. Mientras tanto la joven sentía el exquisito calor del invasor en su vientre y podía darse cuenta de cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometida en el acto por un acceso de lujuria se vino profusamente, al tiempo que dejaba escapar un grito desmayado.

–¡Empuja Ambrosio… empuja! —Decía el señor Verbouc en forma encantada, –Desde ahora le da gusto y se comenzará a correr como endemoniada… Dáselo todo… ¡¡Empuja!!

Ambrosio no necesitaba mayores incentivos, y tomando a Bella por las caderas se enterraba hasta lo más hondo a cada embestida. El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del delicado cuerpo de la joven.

La muchacha sintió el cálido y cosquilleante chorro de semen caliente disparado a toda violencia en su interior, y una vez más rindió su tributo.

Los grandes chorros de espesa leche que a intervalos inundaban los órganos vitales de la chica, procedentes de las poderosas reservas del padre Ambrosio, cuyo singular don al respecto expusimos ya anteriormente, le causaban a Bella las más deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas.

Apenas se hubo retirado Ambrosio cuando se posesionó de su sobrina el señor Verbouc, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos. Un lapso de 30 minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso tío inició su goce, hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Bella recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente enferma.

–Me pregunto… —dijo el señor Verbouc después de haber recobrado el aliento, y de reanimarse con un buen trago de vino, –Me pregunto por qué es que esta querida chiquilla me inspira tan completo arrobo, en sus brazos me olvido de mí y del mundo entero arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.

La observación del tío, o reflexión, llámenle ustedes como gusten, iba en parte dirigida al buen padre, y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que afloraban involuntariamente convertidas en palabras.

–Creo poder decírtelo…, -repuso Ambrosio sentenciosamente, –Sólo que tal vez no quieras seguir mi razonamiento.

–De todos modos puedes exponérmelo… —replicó Verbouc, –Soy todo oídos, y me interesa mucho saber cuál es la razón, según tú.

–Mí razón, o quizá debiera decir mis razones… —observó el padre Ambrosio, –te resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis. -Después, tomando un poco de rapé, lo cual era un hábito suyo cuando estaba entregado a alguna reflexión importante, prosiguió:

–El placer sexual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se supone lo producen. Y esto resulta paradójico, ya que cuando más nos adentramos en la sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de introducir variación en dichas circunstancias. Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más claramente. ¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación, cuando está rodeado de mujeres deseosas de facilitarle el uso de su cuerpo? Simplemente porque no le satisface estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos. Precisamente es en la falta de consentimiento donde se encuentra el placer. No cabe duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca sólo su satisfacción sexual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o una joven, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen; pero escudriña en los anales de tales delitos, y encontrarás que la mayor parte de ellos son el resultado de designios deliberados, planeados y ejecutados en circunstancias que implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado sirve para abrir el apetito sexual, y añadir al acto características de delito, o de violencia que agregan un deleite que de otro modo no existiría. Es malo, está prohibido, luego vale la pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo. ¿Por qué, también… —siguió diciendo, –un hombre de constitución vigorosa y capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una criatura de apenas “18” años?, -contestó: –porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que proporciona placer a su imaginación, y constituye una exacta adaptación a las circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás. La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita; le es necesario añadir otros contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido. Las variantes son infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; los hombres altos prefieren las mujeres pequeñas; los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a las mujeres tiernas y endebles, y éstas, a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos. Los dardos de Cupido llevan la incompatibilidad en sus puntas, y su plumaje es el de las más increíbles incongruencias. Nadie, salvo los animales inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y deseos tan irregulares como los de los hombres. ¿Quién no ha visto el comportamiento fuera de lo común de una pareja de perros callejeros, o no se ha reído de los apuros de la vieja vaca que, llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales montándose sobre el lomo de su vecina más próxima? De esta manera contesto a tus preguntas…, —terminó diciendo, –y explico tus preferencias por tu sobrina, tu dulce pero prohibida compañera de juegos, cuyas deliciosas piernas estoy acariciando en estos momentos.

Cuando el padre Ambrosio hubo concluido su disertación, dirigió una fugaz mirada a la linda muchacha, cosa que bastó para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores dimensiones.

–Ven, mi fruto prohibido…, —dijo el extasiado Ambrosio, –Déjame que te coja una vez más; déjame disfrutar de tu persona a plena satisfacción. Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute. Te inundaré de semen otra vez, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mía ¡ven!

Bella echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su confesor, y pudo observar la mirada de él fija en su cuerpo juvenil. Sabedora de sus intenciones, se dispuso a darles satisfacción. Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna de carne nervuda con dificultad apenas limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.

El buen hombre cuando la iba metiendo por la mitad se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que tenía ante sí semi clavada; de paso y así ensartada a medias aprovechó para quitarle hasta la más mínima prenda que la joven no se había alcanzado a quitar en los ataques anteriores, luego y ya preparándose, se agarró férreamente a las ancas de la chiquilla y simplemente terminó de clavársela de una sola estocada hacia arriba.

La chica la recibió con un estremecimiento de emoción y placer al mismo tiempo. Ambrosio siguió penetrando hasta que, tras de unos cuantos minutos ya hundía toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil con total liberta, la joven se lo recibía hasta los testículos.

Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de sollozos espasmódicos y gritos ahogados de la otra. Si el placer del hombre pío era intenso, el de su joven compañera de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien lubricado como consecuencia de las anteriores descargas.

El ardiente sacerdote dejando escapar un quejido de intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito, y Bella sintió los chorros de semen abrasándole violentamente las entrañas.

–¡Ahhhh, cómo me han inundado los dos! —dijo Bella, y mientras hablaba podía observarse un abundante escurrimiento que, procedente de la conjunción de los muslos, corría por sus piernas basta llegar al suelo.

Antes de que ninguno de los dos pudiera contestar a la observación, llegó a la tranquila alcoba un griterío procedente del exterior que acabó por atraer la atención de todos los presentes, no obstante que cada vez se debilitaba más.

Llegando a este momento debo poner a mis lectores en antecedentes de una o dos cosas que hasta ahora, dadas mis dificultades de desplazamiento, no consideré del caso mencionar. El hecho es que las pulgas, aunque miembros ágiles de la sociedad, no pueden llegar a todas partes de inmediato, aunque pueden superar esta desventaja con el despliegue de una rara agilidad, no común en otros insectos.

Debería haber explicado, como cualquier novelista, aunque tal vez con más veracidad, que la tía de Bella, la señora Verbouc, que ya presenté a mis lectores someramente en el capítulo inicial de mi historia, ocupaba una habitación en una de las alas de la casa, donde, al igual que la señora Delmont, pasaba la mayor parte del tiempo entregada a quehaceres devotos, y totalmente despreocupada de los asuntos mundanos, ya que acostumbraba dejar en manos de su sobrina el manejo de los asuntos domésticos de la casa.

El señor Verbouc había ya alcanzado el estado de indiferencia ante los requiebros de su cara mitad, y rara vez visitaba su alcoba, o perturbaba su descanso con objeto de ejercitar sus derechos maritales.

La señora Verbouc, sin embargo, era todavía joven, treinta y dos primaveras habían transcurrido sobre su devota y piadosa cabeza, era hermosa, y había aportado a su esposo una considerable fortuna. No obstante sus píos sentimientos, la señora Verbouc apetecía a veces el consuelo más terrenal de los brazos de su esposo. y saboreaba con verdadero deleite el ejercicio de sus derechos en las ocasionales visitas que él hacía a su recámara.

En esta ocasión la señora Verbouc se había retirado a la temprana hora en que acostumbraba hacerlo, y la presente digresión se hace indispensable para poder explicar lo que sigue. Dejemos a esta amable señora entregada a los deberes de la toilette, que ni siquiera una pulga osa profanar, y hablemos de otro y no menos importante personaje, cuyo comportamiento será también necesario que analicemos.

Sucedió, pues, que el padre Clemente, cuyas proezas en el campo de la diosa del amor hemos ya tenido ocasión de relatar, estaba resentido por la retirada de la joven Bella de la Sociedad de la Sacristía, y sabiendo bien quién era ella y dónde podía encontrarla, rondó durante varios días la residencia del señor Verbouc, a fin de recobrar la posesión de la deliciosa prenda que el marrullero padre Ambrosio les había escamoteado a sus pares. Le ayudó en la empresa el Superior, que lamentaba asimismo amargamente la pérdida sufrida, aunque no sospechaba el papel que en la misma había desempeñado el padre Ambrosio.

Aquella tarde el padre Clemente se había apostado en las proximidades de la casa, y. en busca de una oportunidad, se aproximó a una ventana para atisbar al través de ella, seguro de que era la que daba a la habitación de Bella. ¡Cuán vanos son, empero, los cálculos humanos! Cuando el desdichado Clemente, a quien le habían sido arrebatados sus placeres, estaba observando la habitación sin perder detalle, el objeto de sus deseos estaba entregado en otra habitación a la satisfacción de su lujuria, en brazos de sus rivales.

Mientras, la noche avanzaba, y observando Clemente que todo estaba tranquilo, logró empinarse hasta alcanzar el nivel de la ventana. Una débil luz iluminaba la habitación en la que el ansioso cura pudo descubrir una dama entregada al pleno disfrute de un sueño profundo. Sin dudar que sería capaz de ganarse una vez más los favores de Bella con sólo poder hacer que escuchara sus palabras, y recordando la felicidad que representó el haber disfrutado de sus encantos, el audaz pícaro abrió furtivamente la ventana y se adentró en el dormitorio.

Bien envuelto en el holgado hábito monacal, y escondiendo su faz bajo la cogulla, se deslizó dentro de la cama mientras su gigantesco miembro ya despierto al placer que se le prometía, se erguía contra su hirsuto vientre.

La señora Verbouc, despertada de un sueño placentero, y sin siquiera poder sospechar que fuera otro y no su fiel esposo quien la abrazara tan cálidamente, se volvió con amor hacia el intruso, y. nada renuente, abrió por propia voluntad sus muslos para facilitar el ataque. Clemente, por su parte, seguro de que era la joven Bella a quien tenía entre sus brazos, con mayor motivo dado que no oponía resistencia a sus caricias, apresuró los preliminares, trepando con la mayor celeridad sobre las piernas de la señora para llevar su enorme pene a los labios de una rendija bien humedecida.

Plenamente sabedor de las dificultades que esperaba encontrar en una muchacha tan joven, empujó con fuerza hacia el interior. Hubo un movimiento, dio otro empujón hacia abajo, se oyó un quejido de la dama, y lentamente, pero de modo seguro, la gigantesca masa de carne endurecida se fue sumiendo, hasta que quedó completamente enterrada.

Entonces, mientras, entraba, la señora Verbouc advirtió por vez primera la extraordinaria diferencia, aquel pene era por lo menos de doble tamaño que el de su esposo. A la duda siguió la certeza. En la penumbra alzó la cabeza, y pudo ver encima de ella el excitado rostro del feroz padre Clemente. Instantáneamente se produjo una lucha, un violento alboroto, y una vana tentativa por parte de la dama para librarse del fuerte abrazo con que la sujetaba su asaltante.

Pero pasara lo que pasara. Clemente estaba en completa posesión y goce de su persona. No hizo pausa alguna, por el contrario, sordo a los gritos, hundió el miembro en toda su longitud, y se dio gran prisa en consumar su horrible victoria. Ciego de ira y de lujuria no advirtió siquiera la apertura de la puerta de la habitación, ni la lluvia de golpes que caía sobre sus posaderas, hasta que, con los dientes apretados y el sordo bramido de un toro, le llegó la crisis, y arrojó un torrente de semen en la renuente matriz de su víctima.

Sólo entonces despertó a la realidad y, temeroso de las consecuencias de su ultraje, se levantó a toda prisa, escondió su húmeda arma, y se deslizó fuera de la cama por el lado opuesto a aquel en que se encontraba su asaltante. Esquivando lo mejor que pudo los golpes del señor Verbouc, y manteniendo los vuelos de su sayo por encima de la cabeza, a fin de evitar ser reconocido, corrió hacia la ventana por la cual había entrado, para dar desde ella un gran brinco. Al fin consiguió desaparecer rápidamente en la oscuridad, seguido por las imprecaciones del enfurecido marido.

Ya antes habíamos dicho que la señora Verbouc era de temperamento sosegado, y ya podrá imaginar el lector el efecto que sobre una persona de maneras recatadas había de causar el ultraje inferido.

Las enormes proporciones del hombre, su fuerza y su furia casi la habían matado, y yacía inconsciente sobre el lecho que fue mudo testigo de su violación.

El señor Verbouc no estaba dotado por la naturaleza con asombrosos atributos de valor personal, y cuando vio que el asaltante de su esposa se alzaba satisfecho de su proeza, lo dejó escapar pacíficamente.

Mientras, el padre Ambrosio y Bella, que siguieron al marido ultrajado desde una prudente distancia, presenciaron desde la puerta entreabierta el desenlace de la extraña escena. Tan pronto como el violador se levantó tanto Bella como Ambrosio lo reconocieron. La primera desde luego tenía buenas razones, que ya le constan al lector, para recordar el enorme miembro oscilante que le colgaba entre las piernas.

Mutuamente interesados en guardar el secreto, fue bastante el intercambio de una mirada para indicar la necesidad de mantener la reserva, y se retiraron del aposento antes de que cualquier movimiento de parte de la ultrajada pudiera denunciar su proximidad.

Tuvieron que transcurrir varios días antes de que la pobre señora Verbouc se recuperara y pudiera abandonar la cama. El choque nervioso había sido espantoso, y sólo la conciliatoria actitud de su esposo pudo hacerle levantar cabeza. El señor Verbouc tenía sus propios motivos para dejar que el asunto se olvidara, y no se detuvo en miramientos para aligerarse del peso del mismo.

Al día siguiente de la catástrofe que acabo de relatar, el señor Verbouc recibió la visita de su querido amigo y vecino, el señor Delmont, y después de haber permanecido encerrado con él durante una hora, se separaron con amplias sonrisas en los labios y los más extravagantes cumplidos.

Uno había vendido a su sobrina, y el otro creyó haber comprado esa preciosa joya llamada doncellez. Cuando por la noche el tío de Bella anunció que la venta había sido convenida, y que el asunto estaba arreglado, reinó gran regocijo entre los confabulados.

El padre Ambrosio tomó inmediatamente posesión de la supuesta doncellez, e introduciendo en el interior de la muchacha toda la longitud de su miembro, procedió, según sus propias palabras, a mantener el calor en aquel hogar.

El señor Verbouc, que como de costumbre se reservó para entrar en acción después de que hubiere terminado su camarada atacó en seguida la misma húmeda fortaleza, como la nombraba él jocosamente, simplemente para aceitarle el paso a su amigo. Después se ultimó hasta el postrer detalle, y la reunión se levantó, confiados todos en el éxito de su estratagema Ambrosio se retiró en paz a su Iglesia, y como es debido, tío y sobrina celebraron culeando encerrados hasta altas horas de la madrugada en la habitación de la chica.

Continuará