no son dos sino tres2MEMORIAS DE UN EXHIBICIONISTA (Parte 6):
CAPÍTULO 11: SIN CONTROL SOBRE MIS ACTOS:
 
Tirado en el sofá salón, con la persiana bajada y las luces apagadas, escuché la puerta de casa cerrarse. Tatiana acababa de marcharse al trabajo. Respiré hondo, tratando de volver a enfocar mis sentidos, de borrar la terrible sensación de irrealidad que me embargaba y que el mundo dejara de estar cabeza abajo.
Llevaba allí tirado un rato. Me las había apañado para arrastrarme al sofá tras la ducha y había escuchado a Tatiana trastear por la casa mientras yo me esforzaba únicamente en respirar. La chica, tan deseosa de agradar como siempre, se había empeñado en limpiar el agua derramada en el baño antes de irse, ignorando mis débiles protestas. Seguro que llegaba tarde por mi culpa.
Cuando entró en el salón a despedirse, me hice el dormido. No quería enfrentarme de nuevo a ella. No quería verla.
Sentí cómo me daba un tenue besito en la mejilla, pero yo no moví ni un músculo. Me daba asco a mí mismo… Y luego la puerta se cerró…
Estaba cansado. Lo que más me apetecía era volver a dormirme. Sí. Eso iba a hacer. Me pasaría el resto del sábado durmiendo. A tomar por saco todo.
 
Pero no. No podía tomar el camino fácil otra vez. Tenía que retomar el control de mi vida. Esa tarde hablaría con Alicia. Le pondría fin a aquello. Aunque eso significara no volver a verla. Y luego hablaría con Tatiana… O quizás no. No estaba seguro…
Me pasé dos horas dándole vueltas al coco, desvelándome. No pegué ojo, sin tener ni idea de qué hacer a continuación. Mis tripas tomaron la decisión por mí, rugiendo como fieras, exigiendo que las alimentara y me dejara de gilipolleces de una puta vez, recordándome que no probaba bocado desde el almuerzo con Alicia el día anterior. Y entonces no comí mucho…
Me arrastré hasta la cocina. Tatiana me había dejado la comida preparada. Volví a sentirme mal. Siempre estaba pensando en mí y yo…
Comí con apetito. No estaba muy bueno, la cocina no era el punto fuerte de Tatiana. Pero daba igual, barriga vacía no entiende de estados de ánimo. Me sentí mejor tras comer. Ya no me dolía tanto la cabeza, pero, aún así, me tragué dos aspirinas más.
Empezaba a volver a ser un hombre…
Uno bastante débil, pues, cuando quise darme cuenta, ya estaba vistiéndome para acudir a la cita con Alicia.
………………………………………..
La cita era a las cinco y media, pero yo ya estaba sentado en el café un rato antes de las cinco. El local estaba casi puerta con puerta con la boutique donde trabajaba Tati, ambos negocios ubicados en la segunda planta de un populoso centro comercial.
Desde mi mesa, podía observar perfectamente la puerta de la tienda de ropa, aunque no llegaba a ver el interior, con lo que no vi a mi novia. Pedí un café y traté de prepararme psicológicamente para lo que vendría a continuación. No tenía idea de lo que iba a pasar, pero comprendí que había alguien que sí sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. Y eso me ponía muy nervioso.
–          Vaya, pues sí que has venido pronto – dijo de repente una voz conocida.
Sorprendido, aparté la vista de mi café y me encontré con Alicia, que me miraba sonriente de pie junto a la mesa. Iba vestida con un pantalón de color claro y una camisa blanca, con una gabardina doblada sobre el brazo. Guapa y elegante, como siempre.
–          Pues nada, hijo – dijo Ali mientras se sentaba – Buenas tardes a ti también.
–          Ho… hola, Alicia – balbuceé reaccionando por fin – Perdona, no te había visto.
–          Ya. Estaba dentro, charlando un rato con tu novia. He pensado que, ya que iba a venir al centro comercial, podía darme un garbeo por las tiendas. Y oye, para ser una tienda unisex, tienen algunas cosas bastante monas, luego les echaré un ojo.
–          ¿Estabas con Tatiana? – pregunté con rigidez.
–          Claro. He almorzado por aquí cerca y, como no tenía nada que hacer, he venido antes. Estaba hablando con ella, pero, como tenía que atender a un cliente, me he asomado a la puerta y te he visto.
–          Ah – dije, haciendo gala de mi intelecto.
Alicia pidió un café y me miró con un brillo divertido en los ojos.
–          Jo, tío. La verdad es que pesas bastante más de lo que creía – me dijo.
–          ¿Cómo? – respondí sin comprender.
–          Que pesas como un muerto. No veas lo que nos costó moverte anoche. Te quedaste grogui en el sillón y de pronto, despertaste amenazando con vomitar. Tuvimos que llevarte a rastras y meterte la cabeza en el water…
Ali me contó con pelos y señales mi humillante actuación de la noche anterior. Pero, no sé si fue su tono relajado o que no parecía sentirse molesta en absoluto, lo cierto es que la conversación contribuyó a serenar un poco mi ánimo.
–          Te pido mil perdones – dije por fin – Cuando por fin logro llevarte a mi dormitorio, me quedo dormido. No tengo perdón.
Ella seguía con la sonrisa traviesa bailando en sus labios.
–          Y encima casi me vomitas encima.
–          Perdón, perdón, perdón – repetía yo haciéndole reverencias.
Sin conocerla, es difícil que comprendas la facilidad que tiene Ali para hacerte pensar en otra cosa. No sé cómo lo hace, pero no le cuesta nada desviar una conversación hacia donde le interesa. De un plumazo, me había hecho olvidar mis dudas y mis problemas, reduciéndolo todo a una agradable charla entre dos amigos tomando un café.
Hasta que ella quiso, por supuesto.
–          Bueno – dijo de repente, cambiando de tema – ¿Te ha contado la conversación que tuvimos anoche? ¿Te dijo que está deseando unirse a nosotros en nuestros juegos?
¿Deseando? Sí, ya. Deseando. Alicia estaba intentando manipularme como había hecho con Tatiana. Pero conmigo no iba a salirle bien, yo no iba a dejarme liar.
–          Mira, Ali, no sé muy bien lo que pretendes. Pero no intentes convencerme de que ella quiere participar en estas cosas. Eres tú la que quieres que lo haga, aunque no entiendo por qué…
–          ¿Estás seguro de eso?
–          Pues claro. Te has aprovechado de los sentimientos de Tatiana hacia mí para lograr que participe en esto, pero yo no voy a permitir…
–          ¿Que tú no vas a permitir? – exclamó mirándome divertida – ¿Tú quién eres, su dueño? Te recuerdo que ya es mayorcita.
–          No me refería a eso, lo que quiero decir…
–          Lo que yo quiero decir – me interrumpió de nuevo Alicia – es que la chica es perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones y que hará lo que le dé la gana, sin que venga ningún machito a decidir qué es lo mejor para ella. Si Tatiana quiere participar en nuestros juegos para así resultarte más atractiva… pues lo hará.
Me quedé sin palabras, totalmente confuso. No sabía cómo, pero Alicia le había dado la vuelta a todo para convertirme en un machista controlador. No sé si serían los restos de la resaca, pero la cabeza me daba vueltas, mientras notaba cómo perdía el control de la situación.
–          Además, eso de que ella no quiere participar no sé de donde lo habrás sacado. Yo la veo muy entusiasmada. Y si no me crees, pregúntaselo tú mismo, ya viene.
Alcé la vista sorprendido y vi cómo Tatiana caminaba hacia nosotros, visiblemente nerviosa y con una sonrisilla tímida en los labios. Iba vestida bastante sexy, con medias negras y falda del mismo color por encima de las rodillas, un jersey blanco de cuello alto bastante ceñido y una chaqueta a juego con la falda. Llevaba el pelo recogido, como siempre en el trabajo. Estaba guapísima, como demostraban las miradas disimuladas que le dedicaron todos los varones que andaban por allí.
Esos mismos varones me miraron con odio cuando Tatiana me saludó con un dulce besito en los labios y se sentó junto a nosotros. Los ojos de todos parecían decir: “Hijo de puta, no te basta con una…”
 
Tati le hizo un gesto a la camarera, que obviamente la conocía, pidiéndole un café.
–          Víctor piensa que estoy obligándote a unirte a nosotros – soltó Alicia en cuanto le hubieron servido el café a la chica – Que no quieres hacerlo y que estoy coaccionándote para que lo hagas.
Que tía, con aquel ataque directo lograba que Tatiana se pusiera a la defensiva y negara las acusaciones con vehemencia.
–          No…  Víctor, no – dijo mirándome con auténtico pánico – ¿No te lo he explicado todo esta mañana? Ya te dije que hago esto porque te quiero y quiero que estés feliz conmigo…
Mierda. Aquel asalto era de Alicia. Me había derrotado sin llegar a combatir. Insinuándole a Tatiana que podía volver a perderme, le provocó a la pobre chica la angustia necesaria para que dijera justo lo que ella quería.
Tatiana, visiblemente agobiada, trataba de explicarme lo que sentía y que estaba completamente dispuesta a unirse a nosotros, hablando con nerviosismo y bastante atropelladamente. Intenté un par de veces detener el torrente de palabras, pero parecía que Tati lo interpretaba como una tentativa de volver a librarme de ella, con lo que redoblaba sus esfuerzos por demostrar que nadie estaba obligándola a nada. Casi me lo creí.
Y entonces Alicia hizo su siguiente movimiento.
–          Pero, da igual. Como digo siempre, es mucho mejor verlo que explicarlo. Dime, Tatiana, ¿lo has hecho?
La boca se me secó de golpe. Comprendí de qué habían estado hablando en la tienda antes de mi llegada. ¿Qué le habría dicho Alicia? De repente, dejé de percibir todo lo que sucedía a mi alrededor. En mi atención estaba únicamente Tatiana, no veía nada más, que su rostro, súbitamente rojo como la grana, los ojos clavados en la mesa, sin atreverse a mirarnos a ninguno de los dos. Mi corazón se había detenido en el pecho… y, cuando Tatiana asintió levemente con la cabeza, pensé que se había parado para siempre.
–          Dámelo – dijo Ali simplemente.
Tatiana me miró, avergonzada. Pude leer el amor en ellos, lo que hizo que volviera a sentirme mal. Por un instante, fui a abrir la boca para decirle que se detuviera, que no hiciera nada, pero algo en su mirada me hizo callar, comprendiendo que sólo le haría daño deteniéndola.
Y también porque quería saber qué iba a pasar…
Metiendo la mano en un bolsillo, Tatiana sacó un delicado sostén de color blanco y se lo alargó a Alicia, que lo tomó entre sus manos y lo agitó en el aire, enseñándomelo divertida, dejándolo en su regazo a continuación.
–          Lo que estamos haciendo, querido Víctor, es una pequeña iniciación para Tatiana, como tú hiciste conmigo. Pero claro, yo llevaba tiempo sabiendo que soy exhibicionista y había probado algunas cosas inocentes… y eso es lo que vamos a hacer, empezar con algo sencillito. Ahora la chaqueta, querida.
Colorada como un tomate, Tatiana se irguió en la silla y se quitó la prenda, dejándola en la silla que quedaba libre, junto con la gabardina y el bolso de Alicia. Al principio, no noté nada extraño, pero entonces me di cuenta de que sus pezones se marcaban, extraordinariamente erectos, en su apretado jersey.
Me quedé con la boca abierta, los tenía duros como pitones, marcados perfectamente en la ceñida tela, apuntando al frente desafiantes y excitados.
–          Veo que me has hecho caso y los has estimulado. ¿Cómo lo has hecho?
Miré a Tatiana, cachondo y con la boca abierta, olvidada cualquier idea de interrumpir. Me moría por saber lo que había hecho.
–          Pu… pues he entrado en uno de los probadores, como me dijiste y me he quitado el sostén…
–          ¿Te has acariciado los pezones? – preguntó Ali mirándola con lascivia.
–          S… sí… Con los dedos… Me he acariciado hasta que se han puesto duros…
–          ¿Sólo con los dedos?
Tatiana bajó la mirada, avergonzada y, por un instante, pareció a punto de salir escopetada de allí.
–          Venga, nena, dínoslo.
Para mi sorpresa, fue mi propia voz la que interrogó a Tatiana. Estaba deseando saber los detalles, olvidada toda idea de sacar a la chica de aquel lío.
–          No – dijo ella mirándome como un cachorrillo – También… he usado la lengua…
Joder. Mi polla empezaba a empinarse bajo la mesa.
–          ¿Cómo? – preguntó Alicia, con la clara intención de obligar a Tati a dar más detalles.
–          Bueno… Ya sabes… Coges el pecho así, con la mano y empujas hacia arriba…
Mientras lo decía, su mano derecha se posó en un seno y lo empujó levemente, haciéndonos una pequeña demostración. Con ese simple gesto, la joven logró que la cremallera de mi pantalón amenazara con reventar y provocó también que un chico que pasaba por allí, diera un tropezón y no se cayera de bruces por puro milagro.
–          ¿Has visto cómo te miran? – dijo Alicia sonriendo – Tienes a todos los tíos medio locos.
Era verdad. Mirando a mi alrededor, me di cuenta de que todos los que pasaban junto a la mesa (y muchos de los que estaban sentados) miraban con disimulo a Tatiana, que seguía con las largas puestas. La pobre, al darse cuenta, se aturrulló por completo, poniéndose más colorada si es que era posible e hizo ademán de volver a coger la chaqueta.
–          Quieta – dijo Ali sujetando la prenda con firmeza sobre la silla – Si no eres capaz de hacer algo tan sencillo… ¿cómo vas a darle a Víctor lo que necesita?
La madre que la parió. Cómo la manejaba a su antojo. Y yo no hacía nada por impedirlo. Resignada, Tatiana volvió a reclinarse en la silla, permitiendo que todo el mundo gozara con el erótico espectáculo de sus pezones duros como rocas, bien marcados en el jersey.
–          Haré lo que haga falta – dijo con una firmeza que me conmovió.
–          Estupendo.
Seguimos charlando unos minutos, bueno, más bien charlaron ellas, de ropa especialmente, con Ali preguntándole a mi chica por varias prendas que había visto en la tienda. Mientras tanto, yo miraba a Tatiana con disimulo, sin que mi excitación disminuyera un ápice, plenamente consciente de cómo se la comían con los ojos todos los tíos que pasaban por allí. Me sentí importante, eufórico, mientras imaginaba que esa noche iba a follármela otra vez. Por la mañana, cuando hubiera recobrado el juicio, quizás me plantearía de nuevo todo aquello e intentaría hacer lo correcto. Pero esa noche, me la follaba fijo. Con el jersey puesto.
 
–          Vaya, vaya, nena – oí que decía entonces Alicia – Veo que después de todo puede que sí que seas una exhibicionista…
–          ¿Cómo? – preguntó Tati sin comprender.
–          Llevamos aquí ya 20 minutos y tus pezones siguen como rocas. Veo que te gusta que te miren…
Coño. Era verdad. Las tetas de Tatiana seguían rígidas y con los pezones como escarpias. La chica seguía excitada. Por primera vez me saltó la duda. ¿Sería verdad?
–          ¿Ves lo que te decía antes? – continuó Alicia – Todos somos un poquito exhibicionistas. A todos nos gusta estar guapos y que nos miren.
–          No, si yo… – balbuceó Tati.
–          Mira a tu alrededor. ¿Ves aquella chica con el pantalón tan corto que casi se le ven las bragas?
Miré hacia donde indicaba Ali y vi a una jovencita que caminaba mientras charlaba por el móvil, con un pantalón vaquero cortado tan arriba, que efectivamente se le veía la parte inferior de los glúteos.
–          O esa otra, que va como tú, sin sostén…
Cierto. Y además era bien guapa.
–          O mira a esa preciosidad que viene hacia aquí. Tiene las tetas más grandes que tú y como verás, no se corta en usar un top bien apretado…
Miré a la chica que se acercaba a la mesa. Era guapísima, con el pelo moreno cortado a lo paje y con un lunarcillo justo encima del labio que resultaba super erótico. Efectivamente, pude constatar que tenía unos melones realmente impresionantes, que ella lucía con evidente orgullo, enfundados en un top que dejaba su estómago al aire. Puro vicio.
–          La conozco – dijo Tati avergonzada, evitando mirarla directamente.
–          ¿Cómo? – preguntó Ali sorprendida.
En ese momento la joven se detuvo junto a nuestra mesa. Con una sonrisa de oreja a oreja, nos miró con picardía, recreándose un instante en los erectos pezones de mi novia.
–          Buenas tardes – dijo saludándonos – Hola, Tati, ¿Qué? ¿Echándote un café?
–          Ho… hola Yoli. Sí, ahora tengo que volver a la tienda. Estoy en mi descanso.
–          Ah, claro. Pues nada, te dejo. Seguro que hoy vendes un montón.- dijo riendo y guiñándole un ojo.
La preciosa chica se alejó, dedicándonos una última mirada divertida. Me gustó aquel encuentro. Me habría encantado encontrarme a aquel bomboncito en un lugar apropiado y haberle enseñado la polla. Y seguro que ésa no habría salido corriendo.
–          Es la hija de la dueña de la boutique de abajo.
–          ¿Es de la competencia?
–          Sí, más o menos. Aunque ellos venden género más caro que el nuestro… y sólo a mujeres.
Bebimos un poco más de café y Tati empezó a echar nerviosos vistazos a su reloj. Se le acababa el descanso.
–          Tranquila –le dijo Alicia – ¿No me has dicho que hoy la jefa no está y estás tú de encargada?
Me sorprendió un poco que dejaran a Tati al cargo de la tienda, pero enseguida me sentí mal, ya estaba subestimándola como siempre.
–          Sí, bueno, pero…
–          Tú tranquila. Hazme caso – concluyó Alicia, dueña de la situación – Como te decía, a todos nos gusta sentirnos observados, deseados. No estoy diciendo que todo el mundo disfrute exhibiéndose, como Víctor o yo, pero… ¿No me dirás que nunca has notado cómo los hombres te miran con deseo?
Tati se mostraba aturrullada, sin saber qué decir, aunque la respuesta era obvia.
–          ¿Nunca has sorprendido a un tipo mirándote el escote? ¿O te has dado la vuelta y has pillado a alguno mirándote el culo?
–          Sí… alguna vez – admitió la chica.
–          ¿Y cómo te sentiste?
–          Bueno… yo…
–          Cuando me pasa a mí… Me pongo cachonda…
Tati y yo la miramos sin decir nada.
–          Antes, cuando estabas en el probador… – susurró Alicia echándose hacia delante – ¿Te tocaste el coñito? ¿Te subiste la falda y te diste un buen masaje entre las piernas?
Mi novia, toda colorada, negó con la cabeza…
–          No. Sólo me estimulé los pezones como me dijiste – dijo con un hilo de voz.
–          Pues peor para ti – dijo Alicia sonriendo y sentándose bien en la silla.
Tatiana miró una vez más el reloj. No pude evitar fijarme en que sus pezones seguían como rocas.
–          Tengo que irme ya – dijo con timidez, como pidiéndonos permiso para irse.
–          Claro, nena. Nos vemos luego. Sales a las diez ¿no? – dijo Ali con sencillez.
–          Sí. Bueno, el centro cierra a las diez, pero nosotros cerramos un poco antes para hacer caja.
–          Perfecto. Luego te recogemos y vamos a cenar.
–          Vale.
Tatiana se inclinó para coger su chaqueta, pero Alicia se lo impidió, posando una mano en su muñeca.
–          Y Tati, quiero que no te pongas la chaqueta en toda la tarde…
–          ¿Cómo? – exclamó mi novia mirándola con nerviosismo.
–          Que no te pongas la chaqueta. Te estarás toda la tarde sólo con el jersey, sin nada debajo.
–          Pero… las compañeras…
–          ¿No eres tú la encargada? ¿Quién va a decir nada? Además, verás como tu amiga tiene razón y hoy vendes mucho más… sobre todo entre los caballeros…
Tatiana me miró compungida; por un momento, pensé que iba a pedirme ayuda, pero lo que estaba haciendo era mirarme para armarse de valor, para recordar por qué estaba haciendo todo aquello.
–          De… de acuerdo – asintió cogiendo la chaqueta y colgándosela del brazo.
–          Y Tati…
–          ¿Sí?
–          Quiero ver esos pezones bien duros cuando vengamos esta noche…
Tatiana se puso coloradísima, me besó en la mejilla y regresó al trabajo. Yo miré a Ali, que me observaba divertida.
–          ¿Se acabaron las dudas? – me preguntó.
–          Ali, no sé…
–          ¿Otra vez vas a empezar? No me digas que esto no te apetece, ya he visto cómo se te iban los ojos hacia sus tetas…
–          Mujer, claro, yo…
–          Apuesto a que estabas pensando que luego te las comerás enteritas…
–          ¿Tú qué crees? – respondí divertido, dejándome arrastrar a su juego.
–          Estoy segura de que sí.
Yo sonreí sin decir nada.
–          Entonces, ¿qué? ¿Estás de acuerdo en que juguemos los tres?
Continué intentando resistir.
–          Alicia, no sé. Conociéndola, creo que en el fondo ella no quiere hacer esto ni muerta….
–          Y yo te digo que te equivocas. Y además… ¿Qué es lo que quieres tú?
–          ¿Yo? – pregunté sin comprender.
–          Sí. Tú. No me dirás que la situación no te excita… – dijo inclinándose hacia mí.
–          Mujer, qué quieres que te diga. Por supuesto que resulta morboso estar aquí hablando con dos bellas mujeres de estas cosas, pero, en el fondo, Tati no…
–          Vale, vale – dijo ella agitando la mano, como apartando mis protestas – Entonces dime, si todo esto no te gusta, ¿por qué tienes la polla tan dura?
Mientras decía esto, deslizó la mano bajo la mesa y la posó directamente en mi erección, apretando deliciosamente mi durísimo falo por encima del pantalón. La miré a los ojos y vi el refulgente brillo de la lujuria en ellos. Una pareja sentada en una mesa cercana nos miraba bastante alucinada, pues Ali no se cortaba un pelo y me sobaba el rabo sin disimulo. Yo gemí, estremeciéndome de placer, pero ella, la reina de las calienta pollas, decidió que ya tenía suficiente premio.
–          Anda, paga y vámonos, que quiero ver unas tiendas – dijo soltando repentinamente mi polla y recogiendo el abrigo y el bolso.
Yo la miré suplicante, rogándole que volviera a sentarse a mi lado y siguiera acariciándome. Pero sabía que no iba a hacerlo. Haríamos lo que ella quisiese. Suspiré resignado y me puse en pié, regalando a la pareja vecina un buen primer plano del bulto en mi pantalón.
–          No fastidies. Con lo que odio ir de compras con Tatiana, ¿ahora tengo que ir contigo? – dije riendo.
–          Vamos, tonto – me dijo mirándome enigmáticamente – Seguro que conmigo lo pasas mejor.
Pagué como un rayo.
 
CAPÍTULO 12: DE COMPRAS:
 
–          Venga. Vamos. No te hagas el remolón. Quiero comprarme un bañador.
–          ¿Un bañador? Si casi estamos en invierno…
–          Ya. Es para la piscina del gimnasio.
–          Ah, vale.
–          Y tú vas a comprarte otro.
–          ¿Yo?
–          Sí. Por si algún día me acompañas a la piscina – dijo Ali mirándome fijamente.
–          ¡Ah! Claro. Estupendo. Cuando quieras – dije aturrullado, haciéndola sonreír – Pero ya tengo bañador, un par de ellos en realidad.
–          Me da igual si lo compras o no. Lo que quiero es que te lo pruebes…
Empezaba a intuir lo que maquinaba la cabecita de Ali. Y me parecía bien.
 
Ali me condujo hasta una enorme tienda de deportes perteneciente a la franquicia que tú sabes. Seguro que has estado alguna vez en uno de sus establecimientos.
Durante un rato, vagamos por los pasillos, atestados de ropa de deporte y de todo tipo de aditamento deportivo. Yo dedicaba más tiempo a mirar a Alicia, que estaba guapísima, que a cualquier otra cosa y ella, que sin duda notaba mi mirada, no decía nada, aunque la sonrisilla traviesa no abandonó ni un instante sus labios.
Cuando llegamos a la sección de deportes acuáticos, Ali estuvo mirando bañadores un rato, hasta que acabó escogiendo 5 o 6 modelos, que cogió para probarse. Yo, mientras tanto, había cogido uno azul y punto, pero ella, moviendo la cabeza, escogió por mí varios modelos más, me los echó en los brazos y se dirigió a la zona de probadores, conmigo siguiéndola como un perrillo faldero.
Aunque había zonas de probadores por toda la tienda, Ali me llevó a los del fondo, a los que se accedía por una puerta que conducía a un pasillo largo, con 7 u 8 habitáculos a cada lado cerrados por cortinillas.
Ali, sin pensárselo un segundo, se metió en uno que estaba más o menos en el centro del pasillo y, sujetando la cortina abierta, me invitó a reunirme con ella.
El corazón se me iba a salir del pecho.
Penetré en el habitáculo rectangular y Ali cerró la cortina aislándonos del pasillo. Obedeciendo a un gesto suyo, me senté en un pequeño banco que había, recostando la espalda en el espejo, mientras ella se situaba frente a mí, apoyada en la pared, cerca de la cortina, mirándome.
Los dos estábamos muy serios, ambos plenamente conscientes de la presencia del otro. Para relajar un poco el ambiente, Ali me lanzó el bolso, que yo logré atrapar a duras penas. Tras hacerlo, colgó su gabardina de uno de los ganchos que había en la pared.
–          Toma – dijo alargándome los bañadores que había escogido – Decide tú cual me pruebo primero.
El corazón me latía con fuerza. Se me había pasado un poco la excitación de la charla con Tatiana, pero allí, encerrado con aquella belleza, la sangre volvió a acelerarse en mis venas y noté que estaba poniéndome muy caliente.
–          Ali – le dije tratando de poner cara de seductor – Si te desnudas delante de mí, quizás acabe por violarte…
–          Pues contrólate. Estás aquí para protegerme….
–          ¿Protegerte? – exclamé perplejo.
Súbitamente, la comprensión se abatió sobre mí. No nos habíamos encerrado allí dentro para echar un polvo, sino para que Ali diera rienda suelta a sus impulsos.
–          De acuerdo – asentí resignado – Como tú quieras. Pero te advierto que, si seguimos así, me van a explotar los huevos.
–          Ja, ja, muy gracioso – dijo ella sonriendo – ¿No has tenido bastante con follarte esta mañana a tu novia?
–          Pero, ¿tú te has visto? Aunque hubiera echado diez polvos esta mañana, seguiría apeteciéndome echarte un par a ti.
Ali agitó la cabeza, suspirando resignada, aunque yo sabía que el piropo, aun siendo bastante zafio, le había gustado.
–          Oye, ¿y tú cómo sabes que esta mañana he follado con Tatiana? – pregunté al caer repentinamente en la cuenta.
–          ¿Tú qué crees? Me lo ha dicho ella.
Aquello me sorprendió bastante. No imaginaba que Tati fuera capaz de hablarle a una completa extraña de esas intimidades.
–          ¿Y bien? ¿Por cual empiezo? – me preguntó juguetona.
–          Por éste – respondí eligiendo el primero que pillé, uno rojo y blanco.
–          Vale.
Tomándolo de mi mano, Ali colgó el bikini junto a su gabardina y, sin cortarse un pelo, empezó a desabotonar su camisa, con lo que pronto pude disfrutar del excitante espectáculo de sus deliciosos senos cubiertos por un bonito sostén de lencería fina.
Sonriendo, ligeramente turbada al percibir la admiración en mi mirada, Alicia siguió desnudándose lentamente, dedicándome una especie de parsimonioso striptease, permitiendo que mi mirada se recreara en sus esculturales curvas, que ella mostraba para mí y sólo para mí… al menos de momento.
Pronto estuvo casi desnuda frente a mí, vestida únicamente con el sostén y las braguitas a juego, ligeramente ruborizada, mientras yo la contemplaba con asombro. Mi pene era de nuevo una dura barra que clamaba por escapar del encierro del pantalón y juro que me costó Dios y ayuda resistir las ganas de abalanzarme sobre ella y follármela contra la pared.
–          ¿Y bien? – dije tratando de aparentar una calma que estaba muy lejos de sentir – ¿No sigues? Ha estado flojo el espectáculo…
–          Idiota – respondió ella sacándome la lengua, lo que me excitó todavía más.
El broche del sostén estaba a la espalda, así que Ali se inclinó un poco hacia delante, llevando las manos hacia atrás, permitiéndome deleitarme con su esplendoroso canalillo y sus soberbios senos aún embutidos en el sujetador.
Por fin, Ali logró abrir el broche y el sujetador se deslizó suavemente por sus brazos, hasta caer al suelo. Por un segundo, ella pareció ir a cubrirse, pero se lo pensó mejor y se irguió por completo, dejando sus exquisitos pechos completamente expuestos a mi mirada.
Tatiana las tenía más grandes, eso es verdad, pero las tetas de Ali eran simplemente perfectas, de piel suave, areolas sonrosadas y unos deliciosos pezones, completamente erectos, que me miraban desafiantes, como retándome a abalanzarme sobre ellos y devorarlos… por poco pierdo el desafío.
–          Cof, cof – tosí tratando de llevar aire a mis pulmones – Tenías razón…
–          ¿En qué? – preguntó Ali un poco extrañada.
–          Tu otra teta es tan hermosa como la que vi el otro día en el parque…
–          Idiota – volvió a repetir Ali, apartando la vista un poquito ruborizada.
–          ¿Y el resto?
Joder. Estaba que me moría por ver el resto. Ali sonrió y, sin pensárselo un segundo, deslizó los dedos por la cinturilla de las braguitas e, inclinándose, fue bajándolas por sus piernas imprimiendo a sus caderas ese vaivén tan erótico que hacen las mujeres al quitarse las bragas. Ni que decir tiene que el cohete entre mis piernas estaba más que listo para despegar y el que sus tetas colgaran frente a mí, como racimos de fruta madura, a escasos centímetros de mi cara mientras ella se inclinaba, estuvo a punto de provocar que el despegue fuera espectacular.
Ali volvió a incorporarse y, poniendo los brazos en jarras, exhibió su tremendo cuerpazo para mí, permitiéndome deleitarme hasta en el último centímetro de su piel. Su bello rostro, sus hermosos senos, sus torneados muslos, su delicado coñito…
Madre mía. Qué coñito. Qué ganas me dieron de saborearlo. Sonrosadito, tierno, precioso, bien depiladito, con un pequeño y perfectamente cuidado mechón de vello encima de la rajita… se me agotan los adjetivos. Los labios, ligeramente hinchados, incitadores…
–          Eres hermosa – dije con un hilo de voz.
–          Gracias – dijo ella sonriéndome – Tú tampoco estás mal.
–          Date la vuelta, por favor.
Y ella lo hizo, mostrándome que su escultural trasero estaba sin duda alguna al mismo altísimo nivel que el resto de su anatomía. No pude evitar preguntarme qué se sentiría clavando mi estaca dentro de aquel formidable trasero. Me moría por saberlo…
Yo ya estaba a punto de arrojarme sobre ella, pero entonces, Ali apartó la mirada, fijándose en la cortina. Subrepticiamente, abrió una pequeña rendija y se asomó al pasillo, con lo recordé que el auténtico motivo de nuestra presencia allí.
 
 
–          Bueno – dijo respirando hondo y mirándome – El primer espectáculo ha sido sólo para ti, pero ahora…
Mierda. Ya estaba claro que ese día tampoco me la follaba. Qué se le iba a hacer. Ya me tomaría la revancha con Tatiana. Si no me estallaban las pelotas antes, claro.
–          Espero que estés en forma. Por si tienes que defenderme – dijo Ali medio en broma.
–          Tranquila, guapa. Si algún tipo intenta propasarse contigo me sacaré la verga y le daré con ella en la frente. La tengo como el acero.
Fue sólo un segundo, pero Ali no pudo evitar que su mirada se desviara a mi entrepierna, justo como yo quería, lo que me provocó un nuevo ramalazo de placer.
La chica volvió a respirar hondo y, finalmente, se atrevió a abrir un poco la cortina del probador. No demasiado, sólo una rendija de 15 o 20 centímetros, lo justo para que el que pasara pensase que se trataba de un descuido.
Ali, un poquito nerviosa, miraba de reojo hacia el pasillo, simulando estar probándose el bañador. Completamente desnuda, colocó ambas partes del bikini frente a su cuerpo, como si estuviera mirando en el espejo cómo le quedaba.
–          ¡Joder! – siseó en voz baja, poniéndose súbitamente en tensión – ¡Ha pasado un tío!
–          ¿Te ha mirado? ¿verdad? – pregunté de forma completamente innecesaria.
Ella sintió con la cabeza. Sus ojos brillaban.
Como el tipo no debía haberse atrevido a detenerse a disfrutar del show, Ali continuó poniéndose el bañador. Le quedaba de muerte. El sujetador le alzaba las tetas con descaro, con el objetivo claro de soliviantar a todo el personal que la viera con él puesto y la braguita era tan escueta, que a duras penas lograba cubrir el escaso vello de su entrepierna.
–          Joder, tía. Es casi como si no llevaras nada. A poco que te muevas con eso en la piscina se te va a salir una teta… Y puedo leerte los labios sin problemas…
Ella se miró entre las piernas, comprobando que, efectivamente, en el bañador se le  marcaba la vagina con todo lujo de detalles.
–          Me encanta – dijo sonriéndome – Éste me lo llevo.
–          A mí también me encanta.
–          Ya lo veo – dijo ella divertida, echando un nuevo vistazo al bulto de mi pantalón.
La madre que la parió.
Una vez puesta en marcha, ya no había quien la parara. Siguió probándose lo bañadores, pero lo hacía lentamente, recreándose en mi admiración, disfrutando con mi mirada, pero también con la de los afortunados compradores que entraban en el pasillo.
Yo no podía verlos desde mi posición, pero sabía perfectamente cuando alguno se detenía un instante a espiar subrepticiamente por la rendija de la cortina, pues Ali se ponía un poquito nerviosa, aunque enseguida se relajaba.
Entonces se me ocurrió una idea.
–          Oye, Ali. Si no te importa, creo que voy a inmortalizar el momento – dije sacando el móvil del bolsillo.
–          Claro. Adelante, no te cortes.
En cuanto empecé a grabar, Ali comenzó a adoptar poses sugerentes. Se inclinaba para que sus pechos colgaran con voluptuosidad, se los cubría con las manos, se apoyaba en la pared ofreciéndome un fenomenal primer plano de su culo… Y todos los que pasaban por el pasillo disfrutaban del mismo espectáculo que yo, con lo que Ali se ponía cada vez más cachonda y yo… ni te cuento.
–          Joder, Ali. Luego voy a tener que hacerme tres pajas mirando este vídeo – siseé sin dejar de filmar.
–          ¿Luego? ¿Y por qué no ahora?
Me quedé con la boca abierta. No sé por qué, no era tan raro que aquello sucediera, pero, aún así, su franca invitación me cogió por sorpresa. Pero no me lo pensé dos veces.
Levantándome de un salto, puse la grabación en pausa y en menos de cinco segundos, me bajé los pantalones y los slips hasta los tobillos, con lo que mi erección, libre por fin de su encierro, cimbreó en libertad olfateando el coño caliente que andaba por allí cerca. Aunque por desgracia iba a tener que conformarse con mi mano inquieta.
Me dejé caer sentado de nuevo en el banco, sujetando con ansia mi ardiente verga con la mano, empezando a masturbarla lentamente, deseando alargar el momento, sintiendo un placer indescriptible simplemente por sentir su mirada clavada en mi polla.
Nos sonreímos mutuamente, como idiotas, cada uno admirando la desnudez del otro… cada uno disfrutando con la mirada del otro…
–          Mastúrbate – dije con voz ahogada.
No era una orden, más bien una súplica. Y ella obedeció.
En ese momento llevaba puesto un bikini azul. Era menos atrevido que el primero, así que la cubría más, pero eso no impidió que Ali, con dedos hábiles, apartara la braguita a un lado, dejando expuesto su coñito y, dando un estremecedor suspiro, empezó a deslizar suavemente los dedos por su vulva.
–          Joooo. Qué mojada estoy – siseó Ali apartando un instante los dedos de su coño y mirándolos, constatando que estaban pegajosos y empapados.
–          Sigue tocándote – supliqué con voz lastimera.
Y ella, sonriendo, retomó la paja, manteniendo el bikini apartado con una mano mientras la otra frotaba delicadamente su coñito, haciéndola gemir de placer cada vez que rozaba su sobreexcitado clítoris.
–          Joder, me están mirando, me están mirando – susurraba la bella joven mientras veía por el rabillo del ojo como algún afortunado hijo de puta se regalaba con el soberbio espectáculo.
Yo seguía masturbándome, cada vez más excitado, sin apartar los ojos de ella ni un segundo y procurando por todos los medios no parpadear. Mi mano libre palpó hasta encontrar el móvil y puse la grabación de nuevo en marcha. Improvisé algunos planos artísticos, colocando el móvil en mi ingle, de forma que se viera mi erección en primer plano y a Ali masturbándose en segundo término.
–          ¡No! ¡Imbécil! No te vayas – gimoteó de repente Ali, haciéndome comprender que al voyeur le había faltado valor y había abandonado su privilegiado puesto.
Me reí sin poder evitarlo. La situación era bastante surrealista, pero ni la risa impidió que mi mano acelerara sobre mi rabo, precipitándome hacia un orgasmo que prometía ser de época.
–          ¡Leñe!  -siseó Ali de repente – ¡Putas niñatas!
–          ¿Cómo? – respondí sin comprender.
–          El tipo se ha largado porque han venido unas chicas. Se han metido en el probador de enfrente.
–          ¿Te han visto?
–          Por supuesto.
 
Ali parecía haberse calmado un poco y había sosegado el ritmo de la mano entre sus piernas. Aunque miraba al frente, hacia mí, se notaba perfectamente que estaba controlando el pasillo de reojo.
–          ¡Serán guarras! – exclamó – ¡Me están espiando desde el probador! ¡Han abierto una rendija! ¡Me parece que las escucho reírse!
Entonces una súbita idea irrumpió en mi mente. Excitado, mi polla dio un brinco en mi mano.
–          Espera – dije tratando aparentar serenidad – Déjame a mí.
Ali me miró sorprendida, pero enseguida comprendió mis intenciones y me sonrió con lascivia. Me puse en pié y me aproximé a ella, andando como los patos, con los pantalones en los tobillos y con la polla bamboleando frente a mí, amenazando con empitonar a la chica al primer descuido. Ali, sin dejar de sonreírme lujuriosamente, pegó su cuerpo contra el mío, estrujando mi falo entre los dos, haciéndome estremecer.
–          A por ellas tigre – me susurró al oído un instante antes de morderme el lóbulo de la oreja con voluptuosidad.
Lamenté con toda el alma cuando nuestros cuerpos se separaron, pero tuve que dejarla marchar. Ali ocupó mi lugar en el asiento y yo me apoyé en la pared, resistiendo a duras penas el mirar directamente por la rendija de la cortina, para verificar que las chicas estuvieran mirando.
Por el rabillo del ojo, pude ver cómo la tela del otro probador se agitaba, volviéndome loco de excitación.
No pudiendo aguantar más, aferré de nuevo mi erección y reanudé la paja, con mi atención dividida entre Ali, que se había despatarrado en el banco y se frotaba vigorosamente el coño y la cortina del probador de enfrente, desde donde sabía me estaban espiando las chicas.
Joder. Qué placer. Fue una de las mejores pajas de mi vida. Superaba con creces las que me hice con mi tía, estaba excitadísimo.
Y Alicia no lo estaba menos, pues, de repente, empezó a bufar como loca, apretando salvajemente los muslos, con la mano atrapada en medio. Su piel brillaba por el sudor, sus ojos relampagueaban mientras la preciosa joven se corría como una bestia.
Ya no podía más, mientras las caderas de Ali bailaban, experimentando espasmos de placer, noté que mi propio orgasmo se avecinaba. Por un loco momento soñé con lanzarme al pasillo, irrumpir en el probador de enfrente y vaciar mis pelotas sobre las incautas jovencitas, pero me quedaba suficiente sentido común para no hacerlo. No tenía mucho sentido culminar la aventura entre rejas.
–          Joder, Ali – siseé – Yo también me corro. Aparta de ahí, que te voy a poner perdida.
Era verdad. En el reducido espacio que ocupábamos si la leche salía disparada hacia delante iba a poner a Ali hasta arriba de semen. Y no era eso lo que ella quería.
Levantándose como un resorte, se incorporó y se colocó a mi lado, pegando su cuerpo al mío. Inesperadamente, su cálida manita apartó la mía, obviamente sin encontrar oposición alguna. Sus dedos aferraron con firmeza mi herramienta y bastaron un par de sacudidas para hacerme estallar.
–          Ughhghhh – gimoteaba yo arrasado por el placer.
Alicia, experta en estas lides, sujetó mi polla y siguió pajeándola lentamente, permitiendo que mis pelotas se vaciaran por completo. Tal como había supuesto, el primer disparo salió con una fuerza inusitada, impactando con un sonoro chapoteo en el espejo. Me quedé mirándolo medio hipnotizado, observando como el tremendo lechazo comenzaba a deslizarse hacia el suelo lentamente, dejando un pringoso reguero en el cristal.
El resto de la corrida fue a parar directamente al piso, bien dirigido por Ali para que no pringara mis pantalones, que seguían enrollados en mis tobillos. Con una sonrisa estúpida en la boca, miré directamente al probador donde se ocultaban las chicas y saludé con la mano, mientras la habilidosa joven terminaba de ordeñarme. Me encantó ver cómo la cortina se agitaba con nerviosismo, cerrándose por completo, poniendo punto y final al espectáculo. Pero ya no importaba, yo ya había dado el do de pecho.
–          Madre mía. Menuda corrida te has pegado – dijo Ali soltando por fin mi polla y mirándose la mano embadurnada de semen.
–          Pues anda que tú – respondí divertido, mientras cerraba también nuestra cortina.
Ali me miró sonriente.
–          Menudo par de pervertidos estamos hechos – me dijo.
–          Desde luego que sí.
Nos miramos a los ojos, medio desnudos los dos. Por un instante, sentí que Ali estaba esperando que la besara, pero el momento pasó deprisa y ella se incorporó, rebuscando entre los bañadores hasta encontrar su ropa interior para empezar a vestirse.
–          No – dije deteniéndola – Guárdala en el bolso.
Sonriendo de nuevo, Ali me obedeció y guardó la lencería en el bolso, empezando a continuación a ponerse los pantalones. Yo, mientras tanto, me quité los míos y me libré de los slips, para ir a pelo como ella. Como no podía guardarlos en el bolsillo del pantalón y me daba vergüenza pedirle que los metiera en el bolso, me limité a arrojarlos en un rincón.
–          Total, qué más da – dije mirando la prenda – Ya hay ADN mío por todo el probador así que…
Ali sonrió de nuevo.
Minutos después, vestidos y arreglados y con un par de bikinis que Ali había decidido comprarse (incluido el primero que se probó) salimos del probador, dejando el desastre que habíamos organizado oculto tras la cortina. Las chicas seguían escondidas, sin duda temerosas de encontrarse con nosotros, pero ya me daba igual. Ya había obtenido de ellas lo que quería.
–          Me habría encantado haberlas grabado a ellas también mientras nos espiaban – dije mientras nos alejábamos por el pasillo.
–          Ji, ji, pues espera a la semana que viene y verás. He encargado unos juguetitos que te van a dejar alucinado.
–          ¿El qué? – pregunté con curiosidad.
–          De eso nada, nene, es una sorpresa…
Aunque insistí, no logré sonsacarle nada a Alicia, quien, sorprendentemente, se mostró muy cariñosa, entrelazando su brazo con el mío mientras nos dirigíamos a una de las colas para pagar.
–          ¿Qué hora es? – me preguntó cuando salimos.
–          Las siete pasadas.
–          Nos quedan 3 horas hasta que salga tu novia. ¿Qué hacemos?
–          Podríamos echar un polvo – dije medio en broma, aunque no del todo.
–          Idiota – dijo ella dándome un cariñoso apretón en el brazo – Mejor nos vamos de compras.
–          Pero… ¿de compras de verdad o como antes?
–          De verdad. Quiero ir a un par de tiendas.
–          No me jodas – exclamé resignado.
–          Venga, idiota, acompáñame. Podemos ir a la tienda que nos dijo Tatiana, la de la chavala de las tetas enormes.
–          ¡Ah! Vale. Ahí me parece bien.
–          Idiota – repitió Ali meneando la cabeza.
–          Bueno. Por lo menos me dejarás que te mire mientras te pruebas los trapitos ¿no?
–          Vale. Si prometes ser bueno y no intentas nada…
–          Te lo prometo. Como mucho, me haré otra paja.
Con la risa de Ali como música de fondo, caminamos hasta la escalera mecánica y bajamos de planta.
TALIBOS
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