portada narco3MEMORIAS DE UN EXHIBICIONISTA (Parte 5):

CAPÍTULO 10: ALICIA TOMA LOS MANDOS:
–          Eres imbécil – me espetó Alicia mirándome fijamente.
Me quedé atónito, sin saber qué responderle. Acababa de contarle lo sucedido la tarde anterior con Tatiana, cuando mi novia había descubierto finalmente lo nuestro y lo último que me esperaba era aquella respuesta de Ali.
–          ¿Po… por qué lo dices? – balbuceé convertido de nuevo en un quinceañero imberbe – creí que ayer habíamos acordado que…
–          ¿El qué? ¿Qué fue lo que acordamos ayer? Mira, Víctor, sabes que me gustas y además compartimos algo muy intenso… Pero no sé de donde has sacado que yo iba a dejar a Javier y a empezar a salir contigo… De acuerdo que admití que me atraes y que antes o después dejaremos de jugar y me acostaré contigo… Pero, ¿salir juntos? ¿Ser pareja?

Me alegré de no poder verme en ese momento a través de los ojos de Alicia, pues la expresión de insondable agilipollamiento que debía haber en mi cara tenía que ser como para hacérselo mirar. No entendía nada de lo que estaba pasando.

–          Pe… pero, ¿no quedamos en que tu novio posiblemente era gay? ¿Que no te tocaba desde hace no sé cuanto tiempo? – insistí.
–          ¿Y qué? Lo único que te dije era que quería tener las cosas claras. Si finalmente resulta que le gustan los tíos, por mí bien. Hace ya bastante tiempo que mis sentimientos por él se enfriaron, pero no los que siento hacia su cartera…
La miré con la boca abierta, completamente estupidizado. Nuevamente la Alicia real destrozaba por completo la imagen que yo me había forjado en mi mente. No encontraba palabras con las que responderle.
–          ¿Qué te pasa? – preguntó – ¿Piensas que soy una buscafortunas? ¿Una puta de las caras? Francamente, Víctor, tu opinión en ese tema no me importa demasiado. Lo que busco al estar contigo no es precisamente tu aprobación…
Los insultos que ella puso en mi boca me hicieron reaccionar. A pesar de todo, me incomodaba que ella pensara que esa era mi opinión.
–          No, no, Ali, por supuesto que no pienso eso de ti. Es sólo que me había hecho ciertas ilusiones respecto a nosotros y ayer empecé por fin a pensar que tú compartías esa idea… y ahora, al descubrir que no es así…
–          Pues te pido disculpas, Víctor – dijo ella mirándome con simpatía – Siento de verdad haberte dado esa impresión. Ya te he dicho que me gustas, lo paso muy bien contigo, pero no voy a romper mi compromiso con Javier. Sólo de pensar en el escándalo que se formaría… madre mía, mi padre me mataba.
¿Escándalo? ¿De qué estaba hablando Alicia? Por mucho que me esforzaba, no la entendía. ¿Y no le parecería escandaloso si la pillaban masturbándose en público?
–          Además, ¿qué esperabas? – continuó – ¿Ya nos veías a los dos casados y cuidando de tres críos? O mejor aún, ¿follando en medio del parque, donde todo el mundo pudiera vernos?
Derrotado y abatido, me eché a reír con desgana.
–          Joder, Ali, parezco el puñetero burro del cuento…
–          ¿Qué cuento es ese? – me preguntó divertida.
–          Ya sabes. El del burro que se murió de hambre por no decidirse por cual de los dos montones de heno comer… Al final se quedó sin ninguno.
Alicia me miró unos instantes, compadeciéndome. Tratando de animarme, estiró la mano hasta aferrar la mía por encima de la mesa, dándome un cariñoso apretón.
–          Vamos, Víctor, anímate. ¿Estás seguro de que lo de Tatiana no tiene remedio? Recuerdo que me contaste que ella estaba siempre deseando complacerte, que estaba loquita por ti. Quizás si se lo explicas todo otra vez…
–          No sé, Ali. La oportunidad la tuve ayer. Estoy seguro de que si cuando llegué a casa y me la encontré con tus bragas en la mano me hubiera inventado alguna historia, me habría creído a pies juntillas, pero ahora, después de haberle contado la verdad…
–          ¿Y se lo contaste todo, todo? – me preguntó Ali.
–          Bueno, todo no. Le dije que había conocido a alguien, que ya no sentía lo mismo por ella… Ya sabes, lo que se dice en estos casos. Te juro que lo último que quería era hacerle daño, pero se lo tomó fatal. Joder, hasta me suplicó que no la dejara, que estaba dispuesta a olvidarse de todo el asunto… No veas que mal lo pasé.
–          Peor lo pasó ella – respondió Ali muy seria.
–          Sí, eso. Tú hurga en la herida – contesté un tanto dolido.
–          Perdona que sea tan brusca, pero es la verdad.
–          Ya lo sé, Ali. Por eso me duele.
Ali se sentó derecha en su silla, cosa que lamenté, pues nuestras manos dejaron de estar en contacto.
–          A ver, Víctor. Cuéntame de nuevo lo que pasó, más despacio y con detalle.
No me apetecía nada volver a narrar mi lamentable ruptura con Tatiana del día anterior y menos después de descubrir que no iba a estar con Alicia ni ahora ni nunca. Pero qué podía hacer sino obedecer, así que volví a contarle lo sucedido, esta vez más despacio.
–          Bueno, como te dije, cuando llegué a casa me la encontré hecha un mar de lágrimas con tus bragas en la mano. Yo había estado dándole vueltas a lo de cortar con ella y cuando la encontré así, decidí que ese era el mejor momento. Total, ya estaba llorando como una magdalena, así que mejor poner punto y final a las cosas.
–          Grave error – intervino Ali.
–          Sí. Ya. Ahora lo sé – respondí mirándola a los ojos, aunque sin lograr mi objetivo de que ella apartara la mirada. No estaba para nada avergonzada.
–          Bueno – continué – Como te dije, lo encajó mucho peor de lo que yo creía. No sé, creo que esperaba que yo le diera alguna explicación, por peregrina que fuera, para poder aferrarse a ella y hacer como que nada había pasado. Y cuando admití que había otra mujer… se derrumbó por completo.
–          Pero, ¿no le dijiste que en realidad no nos habíamos acostado?
–          ¿Y qué? – respondí un tanto enfadado – ¿Es que el que no te la haya metido hace más leve la falta? ¡Joder, Ali, si todavía no he sido infiel es porque tú no has querido! Sabes perfectamente que eres tú la mujer que ocupa mis pensamientos. Y no es justo para ella. ¡Coño, quiero a Tati, pero ya te he dicho que sé que no sería feliz con ella y a la larga íbamos a terminar cortando!
–          Lo que no es justo para ella es que la dejes sin que sepa la verdad – respondió Ali muy seria – Ella cree que andas por ahí follando con otras que te dan lo que necesitas y que por eso la dejas. ¿Nunca te has planteado si Tatiana podría darte lo que estás buscando?

No supe qué responder. Nunca me lo había planteado. Hasta que conocí a Alicia, mis inclinaciones sexuales eran mi secreto, algo que nunca se me habría ocurrido compartir con mi pareja. Lo cierto es que eso era algo que jamás se me había pasado por la mente.

–          Y según me has dicho la pobre chica sigue en tu casa…
–          ¿Y qué podía hacer? Se aferró llorando a mares a mi camisa, suplicándome que no la dejara, que no tenía adonde ir. Joder, lo único que pude hacer para que se tranquilizara fue decirle que podía quedarse en casa todo el tiempo que quisiera, hasta que encontrara un sitio donde quedarse. Coño, qué iba a hacer si no, si la culpa de todo es mía… Madre mía, todavía la veo llorando a moco tendido, diciéndome que no la dejara, que haría cualquier cosa que yo le pidiera…
Me sentía terriblemente deprimido. Y con razón, pues todo aquel montón de mierda era culpa mía y sólo mía.
–          Pues yo creo que todavía tiene arreglo – sentenció Alicia de repente.
–          Sí claro – repliqué con sarcasmo.
–          Estoy hablando completamente en serio – contestó – Claro está, siempre que desees arreglarlo realmente.
La miré fijamente, sin saber qué decir.

–          Víctor, esa chica no siente dependencia hacia ti. Está enamorada.

 

Eso ya lo sabía yo. El problema era que yo no lo estaba de ella. Pero entonces, ¿por qué me dolía tanto?
–          No sé, Ali. No quiero complicarlo todo más. Lo mejor es dejar las cosas como están y que el tiempo cure las heridas.
–          Sí, así, soltando topicazos vas a arreglar el problema – insistió Alicia sin compasión – A ver, ella está en tu casa ahora mismo ¿verdad?
–          Sí – dije sin comprender – Esta mañana llamó al trabajo y se tomó el día libre.
–          Pues vamos a hablar con ella ahora mismo.
–          ¿Vamos? – exclamé atónito.
–          Por supuesto. Parte de este follón es culpa mía. Vamos a solucionarlo.
Alicia se levantó sin decir nada más, segura de que yo la obedecería sin rechistar (cosa que hice). Pagamos en la barra y salimos. Yo la seguía medio aturdido, sin acabar de tener muy claro lo que estaba pasando. No quería que aquello pasara, no quería (ni creía tener una auténtica oportunidad) arreglar las cosas con Tati. Pero, la posibilidad de lograr que ella dejara de sufrir…
Fuimos en mi coche, pues Alicia había dejado el suyo en casa. Esa mañana, cuando la llamé rogándole quedar para comer ese mismo viernes, en vez de dejarlo para el sábado, me dijo que la recogiera. Apuesto que pensó que íbamos a montarnos algún numerito y que yo no podía esperar ni un día. Bueno, bien pensado el numerito sí que lo había montado.
–          Entonces, ¿esta noche has dormido en el sofá y ella en vuestro cuarto? – me preguntó Alicia mientras conducía.
–          Sí – respondí – Tienes razón. Soy imbécil.
–          No, hijo. Creo que al menos en eso has sido muy considerado.
No sabía si tomarme la frase como un cumplido o como un insulto. Probablemente ambas cosas.
El trayecto se pasó volando, pues mi mente era un torbellino que no acababa de creerse lo que íbamos a hacer. Joder, iba a presentarle a mi destrozada exnovia a la mujer con la que supuestamente le había sido infiel. Aquello no podía acabar bien de ninguna de las maneras.
Alicia parecía muy tranquila, lo que me ponía todavía más nervioso, mientras por mi mente cruzaban apocalípticas imágenes de catástrofes, a las que pronto iba a sumarse la reunioncita con las dos chicas.
Vaya, que estaba acojonado.
Tras meter el coche en el garaje, conduje a Alicia hasta el ascensor, sopesando hacer un último intento de convencerla de acabar con aquella locura. Pero su expresión seria y decidida (además de que empezaba a conocerla lo suficiente como para saber que jamás daría su brazo a torcer) me convenció de que lo mejor era ahorrar saliva.
Haciendo de tripas corazón, metí la llave en la cerradura de mi piso y abrí la puerta, conduciendo a Alicia al recibidor.
Yo, queriendo acabar cuanto antes mejor con aquella tortura, entré con rapidez al salón, rezando para que Tati se hubiera decidido y hubiera abandonado ya la casa.
Y entonces tropecé con ella. Al parecer, mi ex se dirigía, como siempre, a recibirme al llegar; pero claro, no lo hacía con el entusiasmo y la alegría habituales, sino que tenía una cara tan seria que asustaba. Cuando la vi se me cayó el alma a los pies.
Tenía los ojos hinchados, sin duda se había pasado el día llorando. Las tripas se me revolvieron y estuve a punto de vomitar. Me sentía fatal.
–          Hola, Víctor – me saludó con voz bastante ronca – No quiero molestarte, pero si pudiéramos hab…
Se interrumpió bruscamente. Sus ojos se abrieron como platos y en sus dulces labios se dibujó una mueca de asombro. Como si hubiera visto un fantasma, caminó lentamente hacia atrás, alejándose de mí.

Bueno, en realidad se estaba alejando de Alicia. Bastó un vistazo para que mi ex comprendiera que aquella era la mujer que había destrozado su mundo. No tuvo dudas.

–          Hola, Tatiana – la saludó Ali con toda la naturalidad del mundo – Creo que ya sabes quien soy. Me llamo Alicia.
Como si acabáramos de conocernos en una fiesta, Ali entró en el salón y se acercó a Tatiana, saludándola con dos besos en las mejillas. Tati, absolutamente estupefacta, sólo atinó a devolvérselos con rigidez, sin ser capaz de reaccionar.
Ali, como si estuviera en su propia casa, se dirigió al sofá y, dejando su bolso al lado, se sentó sin más ceremonias.
–          Víctor querido – dijo Alicia mostrando a las claras quien llevaba la voz cantante – Si eres tan amable, sírvenos unas copas. Si tienes coñac, creo que a Tatiana le vendría bien un traguito.
Tardé un segundo en reaccionar. Casi no sabía ni donde me encontraba. Y Tatiana estaba todavía peor. Allí, de pié en medio de la sala, mirando a Alicia como si fuera un espectro, sin saber qué decir. Parecía a punto de desmayarse.
–          Tatiana, siéntate aquí, a mi lado – dijo Ali dando unas palmaditas en el asiento – Tenemos mucho de lo que hablar.

Para mi sorpresa, Tatiana obedeció. Como un autómata y sin decir ni mú, caminó temblorosa hacia el sofá y se sentó justo en el borde. Se veía que estaba deseando salir pitando de allí, pero no sabía cómo.

Un sentimiento de pena volvió a embargarme. Joder, cómo había permitido que Alicia me arrastrara a aquello. Lo único que iba a lograr era hacer sufrir a Tatiana. Me sentí sucio y vil.
Decidido a ponerle fin a aquello enseguida, llevé las copas a las mujeres, con intención de que Tati se recobrara un poco. Alicia me dio las gracias cortésmente y Tati se limitó a alzar la mirada hacia mí, preguntándome en silencio que por qué le hacía aquello. Estaba a punto de derrumbarse de nuevo y echarse a llorar.
–          Tatiana, yo… – empecé a decir.
Pero Alicia me interrumpió, consciente quizás de ser la única que mantenía la compostura.
Y cogió el toro por los cuernos.
–          A ver Tatiana, échale un buen trago a esa copa y mírame.
Y, sorprendentemente, mi ex la obedeció nuevamente a pies juntillas. En cuanto se echó el coñac al coleto, sus mejillas recobraron el color y su mirada pareció enfocarse. Sus ojos se clavaron entonces en Alicia y, por primera vez, detecté el brillo de la ira en ellos. Apretando los labios (una expresión que yo conocía bien de nuestras escasas discusiones) pareció armarse de valor para mandar a Alicia a paseo, pero ésta, aún dueña de la situación, no le dio oportunidad.
–          Mira, no sé qué te habrá contado este tontaina, pero creo que lo primero que debes saber es que nunca nos hemos acostado. Este tío se ha montado una película alrededor de nosotros y se ha imaginado cosas que no son reales, pero puedo jurarte que nunca nos hemos ido a la cama…
Tatiana la miraba atónita, sin saber qué decir. Lo último que se esperaba era que Alicia le hablara de esa forma tan directa. Estaba absolutamente descolocada.
–          En serio, puedes creerme – continuó Ali – No voy a mentirte diciéndote que no ha pasado nada entre nosotros, pero te aseguro que Víctor no te ha sido nunca infiel.
Tati me miró entonces, con la interrogación y la (¿esperanza?) bailando en su mirada. Aquello era justo lo que ella deseaba, una explicación, una salida, una ocasión de que todo volviera a ser como antes. Estaba creyendo lo que Ali decía, simplemente… porque estaba deseando creérselo.
–          ¿Es verdad? – balbuceó lastimeramente.
Joder. Qué débil fui. Pude haberle puesto punto y final a todo aquello, haberme mantenido en mi versión. Pero aquello hubiera cabreado a Alicia; pero, sobre todo, deseaba que Tatiana dejara de sufrir.
Asentí en silencio.
La joven se echó a llorar, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de alivio. Después de un segundo, se arrojó en mis brazos y enterró el rostro en mi pecho, llorando a moco tendido. Yo no podía hacer otra cosa que consolarla, así que, antes de darme cuenta, estaba acariciándole el cabello con cariño, tratando de calmarla, mientras Alicia me observaba con aprobación.
Entonces Tatiana empezó a pegarme. No a lo bestia, claro, esa no era su forma de ser, sino dándome torpes puñetazos en el pecho, sin dejar de llorar, mientras repetía una y otra vez las mismas palabras:
–          Entonces, ¿por qué?
La dejamos desahogarse un buen rato, hasta que la tensión fue relajándose y pudo ir recuperando el control de sí misma. Alicia, con toda la tranquilidad del mundo, había apurado su copa en silencio y se había levantado a servirse de nuevo. Cuando Tati estuvo más calmada, volvió al ataque.
–          ¿Estás mejor? – le preguntó a la pobre chica.
Tati se separó de mí y, mirando a su rival, asintió sin decir nada.
–          Vale, pues ahora ve a lavarte la cara, refréscate un poco y vuelve. Tenemos mucho de qué hablar.
No sé qué era. Si el tono de su voz, lo directo de sus palabras… no sé. Pero lo cierto es que nuevamente Tatiana la obedeció sin rechistar, olvidando al parecer que aquella mujer era su enemiga.
–          ¿Ves como no era tan difícil? – me dijo Alicia en cuanto salió – Ya te ha perdonado.
Yo estaba más confuso que nunca antes en mi vida. No era eso lo que yo quería… ¿o sí lo era?
–          ¿Y ahora qué? – pregunté tontamente – ¿Hacemos borrón y cuenta nueva? ¿Nos despedimos y tú vuelves con tu prometido millonario?
–          ¿Ya quieres librarte de mí? – me espetó Alicia divertida – ¡Anda que no te queda nada para perderme de vista! Olvidas que te queda mucho que enseñarme.
Corrijo: ahora sí que estaba más confuso que nunca antes en mi vida.
–          ¿Cómo? – pregunté alucinado.
–          Tú déjame a mí. Sé cómo manejar estos asuntos…
Y así lo hice.
Poco después Tatiana regresó, con la cara lavada y un poco más calmada. Ali le sirvió otra copa y ella la aceptó sin decir nada, volviendo a sentarse.
Por fin, logró reunir los arrestos suficientes y se animó a preguntar.
–          No entiendo nada de lo que está pasando. Víctor, necesito que me lo aclares. ¿Me has sido infiel? Si me decís que no, os creeré, pero necesito oírtelo decir. Y si no es así, ¿por qué has roto conmigo? Sabes que te quiero, que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por ti…
Una vez abiertas las compuertas, no había forma de cerrarlas. Tatiana continuó hablando sin parar durante un buen rato, dejando salir toda su angustia, desahogándose y, al mismo tiempo, tratando desesperadamente de retenerme. Yo me sentía cada vez peor, odiándome por haberla hecho sufrir tanto, mientras Ali la dejaba hablar, aparentemente muy tranquila.
–          Vale, vale, Tatiana, ya lo ha entendido. Tienes razón en todo lo que dices, te mereces una explicación de lo que ha pasado y por eso estoy aquí. Para contártelo todo.
Tatiana se quedó callada y el miedo volvió a aparecer en sus ojos. De pronto ya no le apetecía tanto saber qué estaba ocurriendo en realidad. Quizás era mejor fingir que no pasaba nada. Volver a lo de antes.
–          Lo que sucede es que, tanto tu novio como yo – dijo Alicia haciendo hincapié en “novio” – Somos exhibicionistas.
No puedes ni imaginarte la expresión de absoluta estupefacción que se dibujó en la cara de Tatiana. Creo que, si le hubiera dicho que éramos extraterrestres, se habría extrañado menos. Sin saber qué decir, me miró tratando de confirmar si era verdad lo que acababa de oír, pero lo que se encontró fue con que yo estaba tan alucinado como ella. Para nada me esperaba que Alicia fuera a revelarle nuestro secreto.
–          No… no lo entiendo, Víctor – consiguió decir Tati, mirándome compungida – ¿Qué es lo que quiere decir?
–          Quizás lo entiendas mejor viéndolo que explicándotelo.
No me lo esperaba. Y eso que, después de lo que había dicho, no tenía nada de extraño. Pero, aún así, me pilló por sorpresa. No atiné a reaccionar y, cuando quise darme cuenta, Alicia le había alargado a la chica su móvil y yo sabía perfectamente el vídeo que estaba reproduciendo: mi paja en el autobús.
Cuando por fin desperté, me puse en pié de un salto y traté de abalanzarme hacia el sofá, para arrebatarle el móvil a mi ex, pero Alicia, con absoluta calma, se incorporó interponiéndose.
–          Te he dicho que me dejaras a mí – dijo simplemente – Haz lo que te digo y quédate ahí sentadito. Confía en mí.
Me derrumbé en el sillón mientras el mundo hacía lo mismo a mi alrededor. Todo se había jodido. Tatiana podía vengarse de mí como quisiera; como yo la había dejado, podría simplemente contarles a mis compañeros de trabajo la clase de pervertido que soy. O peor, a mi familia. Mi madre se moriría del disgusto.
Sentía que me hundía en un pozo sin fondo, las paredes del salón parecían volcarse sobre mí, todo me daba vueltas…
–          ¿Qué te ha parecido? – oí que preguntaba Alicia como a mil kilómetros de distancia – Pasa al siguiente vídeo, en ése la prota soy yo. Y luego hay otro que grabé en el coche el sábado pasado. Éste ni se enteró.

Ni me sorprendió saber que Ali había grabado nuestra aventurilla con la joven del pueblo. A esas alturas qué más daba. Me levanté como un zombi y fui al mueble bar. Llené mi copa de coñac, derramando un buen chorro en la mesita en el proceso y la apuré de un solo lingotazo. El alcohol se abrió paso por mis venas, transmitiéndome su calor y consiguiendo que el mundo volviera a enfocarse un poco.

Miré a las dos mujeres, una mirando alucinada la pantalla del móvil y la otra hablándole de las particulares circunstancias en que se habían grabado las imágenes, así, con toda la pachorra del mundo, como si fuera un simple vídeo de sus últimas vacaciones en Cancún.
Joder, tantos años de esfuerzo tratando de ocultar mis inclinaciones, sintiéndome especial simplemente porque nadie sospechaba mi secreto… Sí, sí, tienes razón, el discursito que le solté a Alicia el día que nos conocimos no era más que palabrería… por supuesto que soy un pervertido… y, por supuesto, no quería que nadie lo supiera…

Alcé la mirada y me encontré con los ojos de Tatiana clavados en mí, mirándome fijamente. Sentí vergüenza.

 

–          ¿E… esto es verdad? – preguntó temblorosa.
Madre mía. Ya estábamos. ¿Qué coño se creía, que los vídeos los había rodado Steven Spielberg por ordenador? ¡Joder, que se me veía la cara!
–          Pues claro que son verdad – contestó Alicia en mi lugar – Pero no es sólo esto. Lo justo es que conozcas toda la historia.
Y empezó a hablar. A contárselo todo. Con todo lujo de detalles además. No omitió nada. Nuestro encuentro en el parque, la paja en el bar, el almuerzo en el pueblo, la tetería… lo único que se calló fue mi incestuosa relación con tía Aurora y Carolina. Una última merced con el condenado, supuse.
Ya me daba todo igual. Seguí bebiendo. La idea era emborracharme hasta que se embotaran los sentidos. Mi vida estaba arruinada.
Seguí escuchándolas, de pié, bebiendo como un cosaco y tambaleándome cada vez más. Recuerdo la velada hasta cierto punto, cuando se acabó el coñac y empecé a beberme otra cosa, no sé qué fue, quizás un florero.
Lo único seguro es que, a la mañana siguiente, amanecí en mi cama, con una resaca de tales proporciones que no me hubiera importado nada que el mundo se acabara en ese preciso instante.
CAPÍTULO 11: LA VIDA TE DA SORPRESAS…
No podía ni con mi alma. Me sentía morir. Lo único bueno era que lo sucedido la tarde anterior se me había olvidado de momento. Todo mi mundo era el dolor de cabeza que tenía y lo mal que me sentía.
Pero eso duró poco, lo justo para que, como todos los que han sufrido resaca alguna vez, jurara y perjurara que no volvería a beber en mi puta vida.
Pero entonces se abrió la puerta y Tatiana entró al dormitorio.
Y todo regresó a mi mente otra vez. Mierda.
–          Vaya, ya estás despierto – dijo Tati – Ya era hora, son casi las doce.
–          Ummmmmmu – acerté a responderle.
Entonces, con una vena cruel que yo desconocía hasta ese momento, Tatiana tiró con fuerza de la persiana, haciendo todo el ruido posible, desatando un infierno de dolor en mi cabeza. Los rayos del sol entraron a raudales por la ventana, directos a mis ojos, con lo que mil alfileres se clavaron en mi cerebro, dejándome reducido a una piltrafa humana que trataba de esconderse bajo las sábanas. Me pareció escucharla reír.
–          Vamos, levanta – exclamó la nueva e inmisericorde Tatiana – Tienes que darte una ducha. Anoche echaste hasta la última papilla.
Joder. De coña. Seguro que, para rematar la faena, había vomitado encima de la pobre chica.
Apoyándome en ella y a punto de derrumbarme, me las apañé para entrar en el baño, sentándome encima de la tapa del water. Tati me alargó un frasco de aspirinas y llenó un vaso de agua en el grifo. Me tragué unas cuantas haciendo una mueca, sintiendo cómo bajaban raspando mi esófago hasta aterrizar en mi estómago vacío. Agradecí esa pequeña molestia, pues me hizo sentir más despierto.
–          Ahora date una ducha. Quédate un buen rato bajo el grifo, a ver si te despejas.
–          Tatiana, yo… – empecé a decir – Lo siento.
–          Dúchate y después hablamos. Ahora mismo apestas.
Sus frías palabras se clavaron como puñales. Joder, qué mal me sentía. Había logrado que la más dulce de las mujeres me despreciara. Compungido, enterré el rostro entre las manos, sin saber qué decir.
Entonces, inesperadamente, sentí cómo las manos de Tatiana aferraban las mías y las apartaban de mi rostro. Extrañado, alcé la mirada hasta que nuestros ojos se encontraron y, para mi infinita sorpresa, no vi en su rostro, asco, desprecio o decepción. Era la misma Tatiana de siempre.
–          No te preocupes, cari – me dijo dejándome sin habla – Alicia me lo explicó todo. Ya verás cómo lo arreglamos.
–          ¿Qué? – dije sin comprender.
–          Espera, deja, que te ayude.
Y mi voluntariosa ¿ex? empezó a ayudarme a quitarme los pantalones, única prenda que llevaba encima. Yo la miraba estupefacto, allí, arrodillada entre mis piernas, tratando de librarme de los pantalones (que, ahora que me fijaba, tenían unas extrañas manchas cuya procedencia era mejor ignorar).
–          Venga, levanta el culo, que no puedo quitarte esto.
Con torpeza, le hice caso y ella, como pudo, me bajó los pantalones, dejándome sólo con el slip puesto.
Fue cosa de un segundo, pero Tatiana, sin poder evitarlo, desvió la mirada y echó un disimulado vistazo a mi paquete que, cosa extraña, estaba ligeramente morcillón esa mañana. Al parecer, mi polla no tenía resaca… y sí varios días sin follar.
Pero no dije ni pío, no me atrevía. No entendía nada de lo que estaba pasando, la cabeza me mataba… y empezaba a ser  consciente de lo increíblemente guapa que estaba Tatiana esa mañana.

Agarrándome por el brazo, me ayudó a ponerme en pié y, ni corta ni perezosa, me libró de los calzoncillos mientras yo me apoyaba en su hombro para no caerme.

En cuanto estuve desnudo, su mirada volvió a deslizarse subrepticiamente por mi entrepierna, completamente desnuda esta vez y un calambre de excitación recorrió mi cuerpo. Mi polla, recorrida por el inesperado estímulo, dio un ligero saltito, levantando levemente la cabecita, como si estuviera desperezándose.
Tatiana sonrió, pero no dijo nada, ayudándome a entrar en la bañera.
Joder, yo no quería, pero estaba empezando a excitarme.
Tatiana abrió el grifo, regulando la temperatura hasta que juzgó que era agradable. A una indicación suya, me metí bajo el chorro, dejando resbalar el agua sobre mi piel, tratando de borrar los sucesos de la tarde anterior.
–          Quédate un rato en remojo – me dijo Tatiana – Voy a meter la ropa en la lavadora. Ahora vuelvo.
Y se fue, cosa que agradecí enormemente, pues su presencia me estaba poniendo nerviosísimo.

¿Qué cojones habría pasado la tarde anterior?

Me quedé bajo el agua un buen rato, hasta que las aspirinas empezaron a hacer efecto y el dolor de cabeza se mitigó levemente. Cansado a pesar de haberme pasado la noche durmiendo, decidí darme un buen baño.
Aunque en realidad lo que hice fue intentar retrasar al máximo mi inevitable charla con Tatiana. Pero ella no compartía mis planes.
Cuando la bañera estuvo llena, me sumergí en el agua caliente, con las piernas ligeramente encogidas y apoyé la cabeza en el borde. Como aún me dolían los ojos, mojé una pequeña toalla y me la puse en la cara, intentando aislarme por completo de todo.
Pero, minutos después, a pesar de no oírla, percibí perfectamente la presencia de Tatiana en el cuarto de baño. Intenté hacerme el dormido, sin mover un músculo, temeroso de enfrentarme a ella, por primera vez desde que nos conocimos. Pero Tati necesitaba hablar y no iba a esperar más para hacerlo.
Arrodillándose junto a la bañera, apartó cuidadosamente la toalla húmeda de mis ojos, colocándola de forma que siguiera cubriéndome la frente. Resignado, la miré si saber muy bien qué decir, así que la que habló fue ella.
–          ¿Estás mejor? ¿Te duele menos la cabeza? – preguntó mirándome con ternura, como siempre hacía.
–          Un poco. Las pastillas y la ducha han ayudado.
–          Si quieres te preparo un té o un café.
–          No, gracias. Así estoy bien.
La chica me dedicó una de sus luminosas sonrisas, lo que me hizo sentir un poquito mejor.
Ambos nos quedamos callados unos instantes, sin decidirnos a hablar. Por fin, ella se armó de valor y me lo preguntó.
–          ¿Por qué no me lo dijiste? – dijo simplemente.
–          Lo siento. Nunca quise que te enteraras de esto. Si llego a saber que Alicia iba a contártelo, nunca la habría traído…
–          ¿Y qué ibas a hacer? ¿Dejarme haciéndome creer que me habías puesto los cuernos?
No supe qué responder.
–          La prefieres a ella, ¿verdad? – preguntó Tatiana.
–          No, no es eso… – empecé a decir.
–          No me mientas, por favor.
–          Tati – dije mirándola fijamente – Sabes que te quiero, pero siempre he sentido que… contigo me faltaba algo. Me daba miedo que te enteraras de que soy un pervertido y eso me impedía entregarme por completo a nuestra relación.
Ella me miraba en silencio, dejándome continuar.
–          Cuando conocí a Alicia, vi la posibilidad de poder compartir con alguien mi secreto y, cuando pensé que existía la posibilidad de estar así con ese alguien…
–          Por eso dejaste que encontrara sus braguitas, para poder darme la patada…
–          No – dije sonriendo con tristeza – Eso fue porque soy gilipollas. Ni en mil años querría hacerte daño. Y lo que he conseguido es que sufras todavía más.
Tatiana me miró unos segundos en silencio. Yo temía lo que fuera a decir a continuación. Esperaba que me dijera que soy un cerdo y que iba a contarle a todo el mundo la clase de enfermo que yo era. Pero no fue así.
–          Víctor. Siempre he sabido que yo te quería mucho más que tú a mí.
–          Tati, yo…
–          No, no, no me interrumpas y escúchame. Siempre he sabido eso que acabas de decirme, que había algo que te impedía entregarte por completo. Siempre pensé que era por mí, porque no soy lo bastante lista, porque soy un desastre en la casa…
–          No, Tatiana, nada de eso…
Tatiana apoyó dulcemente uno de sus dedos en los labios, impidiéndome hablar.
–          Shsssst – siseó – Escucha. Lo que quiero decir es que, ahora que sé cual es el obstáculo que nos separa, haré todo lo que esté en mi mano para superarlo. Te quiero y lo que más deseo en esta vida es que tú me quieras también. Y, si para eso tengo que compartir ese secreto tuyo… Lo haré.
–          Pero nena, no me has entendido – dije tremendamente conmovido por sus palabras – No se trata simplemente de que conozcas las cosas que hago por ahí y que no te importe. Lo que yo necesito…
–          Es alguien que haga esas mismas cosas – dijo, terminando la frase por mí – Pues no hay problema. Yo estoy dispuesta. Si es por ti, lo haré.
Me quedé atónito. La magnitud de lo que acababa de decirme Tatiana me dejó sin habla. Me sentía fatal, no me merecía para nada a aquella mujer. Sólo de pensar que siempre la había considerado tonta y la había tenido en menos estima por ello, me hacía sentir enfermo. No podía pedirle un sacrificio semejante.
–          No, Tatiana, por nada del mundo te obligaría…
–          No estás obligándome. Ayer estuve hablando hasta las tres de la mañana con Alicia. Y ahora lo veo todo claro.
Mientras hablaba, Tatiana cogió una esponja y le echó una buena dosis de gel. Apoyando la esponja en mi pecho, empezó a frotarme suavemente, masajeándome los pectorales con delicadeza, sin interrumpir la conversación.
–          Alicia me lo expuso con claridad. Si te quiero, tengo que luchar porque nuestra relación funcione, porque si no, vendrá otra que te llevará de mi lado.
–          ¿Otra? – pregunté extrañado.
–          Sí. Alicia. Me dijo que tú le gustas cada día más y además tenéis vuestros jueguecitos en común, así que, si yo no hacía nada, lo más seguro es que acabara quitándote de mi lado. Fue muy sincera.
Sí. Sincerísima. Empezaba a vislumbrar por donde iban los tiros. Alicia la había manipulado a base de bien.
–          No, nena, eso no es así. En realidad Alicia no se siente atraída por mí…
–          Ya. ¿Y por eso te masturbó el otro día en el coche? ¿Por eso te dejó que le metieras mano entre las piernas?
Joder. ¿También le había contado eso? ¿Pero su versión no era que no había pasado nada entre nosotros?
–          No pongas esa cara, Alicia me lo contó todo. Ya te he dicho que fue muy sincera. Me pidió perdón por lo que había pasado y me explicó, lo mucho que os había costado resistiros y que no pasara nada más. Me dijo que, si yo lo dejaba contigo, esta tarde ella vendría a casa y…
Estaba asombrado del montón de patrañas que Alicia había metido en la cabecita de la pobre Tati. Le había sido fácil; admitiendo su culpa, contándole lo poco que había pasado entre los dos, había logrado que Tatiana pensara que era sincera… y luego la había manipulado a placer. Lo que no entendía era el por qué.
Justo entonces me di cuenta de que la mano de Tatiana, que poco antes estaba frotándome el pecho, se había hundido en el agua tibia, deslizando suavemente la esponja por mi estómago, peligrosamente cerca de…
Miré a Tati, guapísima, con la mirada llena de amor hacia mí, los carnosos labios ligeramente entreabiertos, respirando quedamente. Me di cuenta de que llevaba puesto un vestido bastante ligerito, con botones en el pecho y que los superiores estaban abiertos, dejando entrever el delicado borde del sostén.

Tragué saliva, súbitamente consciente de la perturbadora femineidad de mi exnovia. No podía evitarlo, mis ojos se desviaban continuamente hacia ese incitador escote, esa excitante porción de piel que se ofrecía  a mi vista.

Tatiana seguía hablando, rememorando los momentos álgidos de su velada con Alicia, simulando no darse cuenta de nada, pero el brillo en sus ojos demostraba que era plenamente consciente de mi incipiente excitación.
De pronto, por pura casualidad, su mano topó bajo el agua con mi pene, ligeramente, apenas rozándolo, lo que provocó que un ramalazo de placer recorriera mi cuerpo. Un leve gemido escapó de mis labios, pero Tati siguió como si no hubiera pasado nada, aseando tranquilamente mi cuerpo, con el brazo hundido en el agua ya hasta el codo.
Y claro. Su mano que bajaba… mi polla que subía… Volvieron a encontrarse.
–          ¡Vaya! – exclamó Tatiana simulando sorpresa – Parece que por aquí abajo no tenemos resaca…
–          Tati, no – dije tratando de resistirme – No podemos hacer esto. Las cosas no son como tú crees.

–          Shhh. Tranquilo, cari. Tú déjame a mí.

 

Y su mano abandonó la esponja, que instantes después emergía, quedando a flote entre la espuma, mientras su habilidosa mano agarraba mi ya enhiesta polla y, con habilidad, la descapullaba por completo bajo el agua, provocando que en mis ojos brillaran estrellitas de placer.
–          No, Tatiana, espera – dije aferrando su mano, tratando de apartarla de mi falo sin verdadera convicción.
–          Relájate, cari, échate para atrás y déjeme a mí. Verás como se te olvida la resaca…
Con suavidad pero con firmeza, Tatiana me obligó a reclinarme de nuevo en la bañera, volviendo a cubrir mis ojos con la toalla húmeda, mientras su otra mano, que no había soltado en ningún momento mi dura verga, me masturbaba lánguidamente y con lentitud, provocando que gemidos de placer escaparan de mis labios.
Y me abandoné.
Ya me daba todo igual, que hicieran lo que les diera la gana. Si Alicia quería que Tati se uniera a nuestros juegos, pues que lo hiciera. Si Tatiana quería que siguiéramos juntos, a pesar de saber que yo no estaba enamorado de ella, pues lo haríamos. Era indiferente a todo. Bueno, a todo menos a aquella habilidosa mano que se deslizaba por mi hombría, aliviando todas las tensiones de los últimos días.
–          Sí, así, cariño, déjame a mí –  susurraba sensualmente Tatiana en mi oído.
Su inquieta manita masturbaba mi falo bajo el agua, lentamente, recreándose en la dureza, en el calor. Mientras deslizaba sus dedos en mi piel, daba pequeños estrujones a la barra de carne, con lo que lograba que se pusiera más y más dura y que yo me olvidara por completo de todo lo que quería decir.
En el fondo, yo sabía que lo que Tatiana estaba haciendo era lo mismo de siempre, usar el sexo para evitar enfrentarse a los problemas. Más de una vez había esquivado discusiones llevándome a la cama, haciéndome olvidar el motivo del enfado. Y, aunque esta vez  no estaba enfadado, el sistema era el mismo.
Pero ya me daba igual.
Entregado al placer, aparté la toalla de mis ojos y atraje a Tatiana hacia mí, besándola con pasión, hundiéndole la lengua hasta la tráquea, interrumpiendo lo que Dios quiera que estuviese diciendo. Qué mas daba, hacía un buen rato que no la escuchaba.
Su lengua y su boca respondieron con entusiasmo, mientras su mano empezaba a acelerar su ritmo sobre mi rabo, pajeándome con más fuerza. Mi mano, que reposaba en su nuca, fue deslizándose por su espalda, hasta llegar al trasero, donde apretó con ganas, provocando que Tati diera un encantador gritito de sorpresa sin dejar de besarme.
Le magreé el culo a placer, levantándole poco a poco el vestido, colando mi mano por debajo e introduciéndola en sus bragas. Amasé sus carnosas nalgas como quise, con fuerza, estrujándolas con deseo, como sabía bien a ella le gustaba, mientras ella gemía y gemía contra mis labios, sin dejar de pajearme.
Sintiéndome juguetón, deslicé la mano entre sus soberbios cachetes hasta localizar su ano y entonces, sin pensármelo dos veces, le hundí el dedo corazón hasta el fondo, haciéndola dar un grito de estupor y placer.
–          ¡Ay! ¡Cochino! ¿Qué haces?
Sorprendida por el súbito ataque por la retaguardia, Tatiana se apartó de mis labios y trató de apartarse, pero, a esas alturas, yo no iba a dejarla escapar.

Haciendo alarde de mi fuerza, la atraje de nuevo hacia mí y, sujetándola por la cintura, la hice pasar por encima del borde de la bañera y la sumergí en el agua, mientras ella gritaba y pataleaba, poniéndolo todo perdido.

–          ¡No! ¡Quieto! ¡Estás loco! ¿Qué haces? ¡Déjame!
Tatiana aullaba mientras mis manos se perdían bajo su empapado vestido. Algunos botones salieron volando, golpeando contra los azulejos de la pared y cayendo al agua. Mi boca la besaba por todas partes, mientras mis manos lograban por fin sacar sus exquisitos senos del encierro de la ropa interior, permitiéndome saborear con deleite sus deliciosos e increíblemente duros pezones.
–          No, cari – gimoteaba ella – Déjameeeeeee.
Sí. Para dejarla estaba yo.
No sé cómo me las ingenié, aunque estoy bastante seguro de que, sin la disimulada colaboración de Tatiana, no habría podido hacerlo. Lo cierto es que, en menos que canta un gallo, logré empitonar a la chica, clavándole la polla hasta las bolas, mientras ella berreaba y chapoteaba entre la espuma.
–          ¡Nooooo, por favor, así noooooo!

No sé por qué se quejaba tanto. Yo seguía sentado en la bañera y era ella la que estaba encima, moviendo las caderas arriba y abajo, clavándose una y otra vez mi polla hasta el fondo.

Le cabeza seguía doliéndome, pero me importaba un huevo, en aquel momento todos mis pensamientos, todos mis sentidos estaban centrados en follármela. Seguro que, de haberlo sabido, Tatiana se habría sentido muy feliz, pues, por una vez, yo no pensaba en otra cosa más que en ella.
Y me corrí. Abruptamente, casi sin esperarlo. Resoplé al alcanzar el orgasmo, estrechando el cuerpecito de Tatiana contra mí, sintiendo perfectamente los acelerados latidos de su corazón. Ella respondió al abrazo con fiereza, aplastando sus senos contra mi pecho, los dedos ensortijados en mis cabellos, sintiendo cómo mi semen se derramaba en su interior y se deslizaba por las cálidas paredes de su vagina.
Fue como una liberación, en cuanto me hube vaciado me sentí en paz, no sólo por el alivio sexual, sino también por algo más. No sé cómo pude haber pensado que Tatiana iba a contar mi secreto, ella no era así. Ella era buena. Demasiado buena para mí.
Tatiana  tomó entonces mi rostro entre sus manso y, sonriéndome, me besó con cariño.
–          Eres idiota – me dijo – Me has puesto empapada.
–          Y de eso se trataba, ¿no? De que acabaras bien “mojada”.
Ella me sacó la lengua.
–          Anda, quita – dijo levantándose de mi regazo, mientras mi polla se deslizaba fuera de su acogedora gruta – Ya que estoy, voy a aprovechar para ducharme. Me tengo que ir a trabajar.
–          Ostras, es verdad. Pero, ¿no tenías turno de mañana?
–          Llamé a Sara y le cambié el turno de tarde.
–          Vaya, con lo poco que te gusta trabajar los sábados por la tarde.
–          ¿Y qué quieres? – dijo con dulzura – Alguien tenía que encargarse de ti.
Su cariño me hacía daño. Ella pensaba que ya estaba todo arreglado, pero yo, una vez superado el calentón, me daba cuenta de que estábamos otra vez en las mismas. De acuerdo que la posibilidad de emparejarme con Alicia había desaparecido, pero yo seguía albergando las mismas dudas sobre nuestra relación.
Tati, entre tanto, se había puesto de pié en la bañera y se estaba quitando el empapado vestido. Al hacerlo, su escultural cuerpo se mostró en todo su esplendor, con la piel perlada de brillantes gotitas de agua y espuma, con los senos desnudos, con los pezones aún enhiestos y la vagina totalmente expuesta, pues tenía las braguitas desplazadas.
Con un gesto, se libró del vestido, dejándolo caer al agua. Pronto, el sujetador, que también estaba movido, se reunió con él entre la espuma. Apoyando un pie en el borde de la bañera, deslizó las braguitas, quedando como Dios la trajo al mundo. Al hacerlo, una pequeña cantidad de inconfundible líquido blanquecino brotó de su vagina.
–          Hay que ver qué guarro eres, me has llenado el coñito de leche – dijo juguetona.
Joder. Ya estábamos otra vez. Esa era una de sus armas más terribles, decirme guarradas para ponerme cachondo. Y lográndolo claro.
–          Si quieres, te doy otro repasito antes de que te vayas al curro.
Ella sonrió, pero noté enseguida que me iba a quedar con las ganas.
–          Lo siento cari. Se ha hecho tardísimo. Me ducho y me voy corriendo.
–          Si quieres te llevo – me ofrecí.
–          No, no, tú descansa un rato. Que luego hemos quedado con Alicia.
Me quedé helado al oír aquello.
–          ¿Cómo?
–          Hemos quedado para tomar café. Mi descanso en el trabajo es a las cinco y media y hemos quedado en la cafetería que hay al lado de la tienda.
–          ¿Cómo? – repetí – ¿Para qué?
–          ¿Cómo que para qué? ¡Pues para lo que hemos estado hablando! Anoche me dijo que me lo pensara bien y que hoy le diera mi respuesta.
–          ¿Tu respuesta? – exclamé sin comprender.
–          Claro. Tengo que decirle que no voy a renunciar a ti y que, si quieres una novia exhibicionista… la vas a tener.
Tatiana, dándose la vuelta, destapó la bañera para que se vaciase y abrió el grifo, lavándose el cuerpo con cuidado de no mojarse todavía más el pelo. Yo, anonadado, permanecí sentado en la bañera, con el dolor de cabeza recobrando intensidad, sin saber qué iba a ser de mí a partir de ese momento.
Alicia. ¿Qué cojones quieres de nosotros?
TALIBOS
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