MEMORIAS DE UN EXHIBICIONISTA (Parte 10):
CAPÍTULO 19: SIN ENTERARME DE NADA:
El jueves tuve que pegarme un madrugón de campeonato, pues tenía que coger el coche e irme a la quinta puñeta, cosa que no me apetecía lo más mínimo. Me levanté como un zombie, los ojos medio cerrados y me metí en el baño para darme una buena ducha.
Me vestí en silencio, con el modo sigiloso activado, procurando por todos los medios no despertar a Tati, que yacía comatosa en la cama, boca abajo, con el pelo revuelto tapándole la cara.
Mirarla me enterneció y un súbito sentimiento de cariño me embargó. Era increíble lo que aquella chica era capaz de hacer por mí. No me la merecía.
Incluso en la penumbra del dormitorio, sus sugerentes curvas se adivinaban sin dificultad. De hecho, su culito, desarropado y cubierto únicamente por unas pequeñas braguitas que se perdían en la rotundez de sus cachetes, me hizo replantearme seriamente el ir a trabajar esa mañana.
Negué con la cabeza, resignado, e, inclinándome, le di un tenue beso en la mejilla, que la hizo murmurar y agitarse levemente en sueños.
El resto del día fue un asco, tal y como me temía. Tuve que hacer mogollón de kilómetros en coche para visitar a clientes, poniéndoles como siempre buena cara y soportando sus críticas, centradas casi siempre en el coste, obviando, cómo no, que nuestra empresa era la que mejores servicios ofrecía de todo el ramo. Eso les daba igual.
Si algo me ayudó a pasar el día fueron las fotos de Tatiana en mi móvil. Bueno, las fotos y el recuerdo de todas las cosas que nos habían sucedido en los últimos días. Y Alicia también ocupaba una buena porción de mis pensamientos. Tenía que reconocer que había resultado ser una mujer extremadamente inteligente y que, una vez había echado abajo las barreras de los prejuicios, había resultado ser mucho más valiente que yo. Era una mujer fuerte, actual, decidida, admirable, capaz, que no se detenía ante nada para lograr sus objetivos y, por supuesto, muy bella.
Que estaba deseando follármela, vaya, te lo digo así para que me entiendas.
Qué quieres, no voy a mentirte. He de reconocer que mi punto de vista sobre Tatiana había cambiado, empezaba a darme cuenta de que era mucho más importante para mí de lo que quería reconocer, pero, aún así… me moría por tirarme a Ali.
Joder, allí en el coche, conduciendo por la autovía, iba con una empalmada de narices simplemente de recordar el tacto de su mano sobre mi polla la tarde anterior. Y claro, eso me hizo evocar aquel sábado en que me la meneó en mi coche… en ESE MISMO COCHE que iba conduciendo en ese preciso instante.
Cuando paré a almorzar, tuve que cascarme una paja en el baño del restaurante, con eso te lo digo todo. Y sí, sí que me ayudaron las fotitos de Tati, te lo aseguro…
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Cuando llegué por fin a casa eran más de las once. Estaba machacado. A duras penas conseguí meter el auto en el garaje, llegando incluso a sopesar la idea de quedarme allí mismo, sentado al volante, para pasar la noche. Lo que fuera con tal de no tener que dar un paso más.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, me las arreglé para arrastrarme fuera del coche y me dirigí a la puerta de ascensores. La verdad es que, el pensar en Tati, que estaría esperándome en casita, me animó bastante. Me apetecía acurrucarme un rato con ella en el sofá, viendo cualquier cosa en la tele.
La puerta del ascensor se abrió, me monté en él y pulsé el botón de mi planta. El trasto se puso en marcha y empezó a subir, pero, en vez de llevarme directamente a mi piso, se detuvo enseguida en la planta baja, señal inequívoca de que alguien lo había llamado desde el portal.
Ya sabes lo fastidioso que es eso, encontrarte de bruces con un vecino, que a lo mejor no te cae bien, o que es de los charlatanes, o de los obsesos con los problemas de la comunidad… o peor aún, de los que te han visto follándote a tu novia encima del capó del coche en el garaje.
Como te lo cuento. Cuando se abrieron las puertas del ascensor me encontré de frente con Marcia, la vecina, la misma que se había quedado mirando cómo me trincaba a Tati el sábado por la noche.
Me quedé mudo, cortado por completo y con el único consuelo de que ella se había quedado tan cortada como yo.
Tras unos segundos de vacilación, Marcia se decidió por fin a entrar en el ascensor, musitando un quedo buenas noches, que yo respondí en idéntico tono.
Intentamos comportarnos como personas adultas, haciendo como si nada, pero los dos teníamos muy presente que ambos estábamos pensando en el incidente del sábado.
Yo no me atrevía a decir ni mú, todo envarado, pero entonces, sorprendentemente, Marcia alzó la mirada hacia mí y me habló.
–          Menuda juerguecita estabais corriéndoos la otra noche – me espetó.
–          ¿Cómo? – exclamé atónito porque sacara el tema con tanto desparpajo.
–          No te hagas el tonto. Ya sabes a qué me refiero. La otra noche en el garaje, con tu novia…
No acerté a decir nada, aunque mi expresión debía de ser respuesta suficiente.
–          No te pongas nervioso, que no voy a echarte la bronca. No voy a llamarte la atención por hacer uso indebido de las zonas comunales – dijo, riéndose de su propio chiste.
A mí no me hacía ni puta gracia. No sabiendo muy bien qué decir, opté por la opción inteligente y no abrí la boca. Marcia, más relajada, me miraba con una expresión indescifrable en el rostro.
–          Perdona. Sólo quería decirte que siento haberme quedado mirando la otra noche. La verdad es que iba un poco adormilada y de pronto me encontré con semejante espectáculo… No supe reaccionar. Sólo quería pedirte disculpas…
¿Disculpas? Joder, si ella supiera lo cachondo que me puse porque me miraba…
–          No… no hace falta que te disculpes – acerté a decir – En todo caso somos nosotros los que tendríamos que pedir perdón… Lo que estábamos haciendo…
–          Vamos, vamos, que ya somos mayorcitos – rió ella – ¿Y qué? ¿Tan calientes ibais que no os dio tiempo ni a llegar a casa?
–          Bueno, ya sabes…
–          Ay, hijo, qué envidia me dio Tatiana. Ojalá Juan Carlos fuera tan fogoso…
Mientras decía esto, Marcia me miraba con una expresión extraña, a medias divertida, a medias… turbadora. De repente, fui plenamente consciente de lo atractiva que era mi vecina… y de lo estrecho de aquel ascensor…
En ese momento llegamos a nuestra planta y se abrieron las puertas, lo que me alivió enormemente.
–          Bueno, pues nada, buenas noches – dijo sonriéndome – Espero que ya te hayas desfogado bastante… Ya sabes, los caballos muy briosos corren el riesgo de desbocarse…
Me quedé en la puerta del ascensor, sin despedirme siquiera. ¿Acababa mi vecina de tirarme los tejos? Estaba un poco desentrenado, llevaba ya dos años con Tati, así que estaba un poco fuera de circulación, pero…
Justo antes de entrar en su piso, Marcia me miró por encima del hombro y sonrió al verme todavía allí parado. Me dijo adiós con la mano y entró en su casa.
Sí, estaba claro. Se me había insinuado.

 

Qué quieres que te diga, aquella escenita me levantó el ánimo. A todos nos gusta saber que le resultamos atractivos a otra persona. Mi querida vecinita había logrado librarme del cansancio en un santiamén.
Por fin, entré en casa y, como siempre, esperé que Tati apareciera para saludarme como un perrillo faldero. Sin embargo no apareció, lo que borró todo el entusiasmo de golpe y me inquietó muchísimo, acordándome de la última vez que Tatiana no había acudido a recibirme.
Un poquito nervioso, me dirigí al salón, donde se veía la luz encendida y me encontré con Tatiana, que se levantaba del sofá y me miraba con aire culpable, como si la hubiera pillado haciendo alguna travesura.
–          ¡Oh, hola cari! – exclamó acercándose a mí y dándome un beso, lo que me tranquilizó mucho – Me había quedado adormilada y no te he oído entrar.
Inquietud renovada. Estaba mintiéndome.
–          ¡Uf! – resoplé dejándome caer en el sofá – Estoy hecho polvo. Menudo día.
–          Pobrecito – dijo Tati sentándose a mi lado y empezando a acariciarme el cabello – ¡Cuánto trabaja para traer el pan de cada día a esta casa!
Tati me miraba con cara divertida mientras se burlaba de mí.
–          Ya, ya sé que tú también trabajas – repliqué sabiéndome la lección de memoria – Seguro que también estás agotada de pasarte toda la tarde metida en la tienda, pero qué quieres, hoy ha sido una paliza de campeonato. He tenido que hacer casi 500 kilómetros.
–          Pobrecito – repitió echándome las manos al cuello – Pero no te preocupes, enseguida te traigo algo de cenar.
–          ¿Has preparado la cena? – pregunté extrañado – ¿Es que has salido antes del trabajo?
La expresión culpable regresó inmediatamente al rostro de Tatiana. Allí se cocía algo.
–          No, no, a las diez, como siempre. Bueno, un poco antes, ya sabes, hoy no me tocaba a mí cerrar… He llegado pronto…
–          Ah – dije sabiendo perfectamente que me ocultaba algo.
–          Bueno. Quédate aquí sentadito y yo te traigo la comida.
Sin mirarme a la cara, Tati salió disparada del salón, en medio del revuelo de la faldita de su vestido, otro modelito de verano, parecido al que llevaba habitualmente. Empecé a echar cuentas mentales. A las diez sale del curro, luego a esperar el autobús, el trayecto, llegar a casa, hacer la cena… Miré el reloj. Las once y veinte. Las cuentas no me salían.
–          No me jodas – pensé – ¿No la habrá traído en coche el capullo del vigilante ese?
Me enfadé. Por un instante me sentí celoso, qué coño, es justo reconocerlo. ¿Habría traído el cabrito ese al que se le caía la baba a mi novia en coche?
Retorciéndome inquieto en el sofá, miré a mi alrededor, como si la prueba de que Tati me estaba ocultando algo fuera a estar oculta en el salón. Lo curioso fue que, efectivamente, sí que estaba allí.
Incrédulo, me agaché para sacar el objeto que acababa de entrever de detrás del costado del sofá, justo donde había estado sentada Tatiana cuando llegué a casa. Aferrándolo, lo saqué y lo puse sobre mis rodillas: el portátil de Alicia.
–          Así que te he traído Alicia en coche, ¿verdad? – exclamé en voz alta para que pudiera escucharme desde la cocina.
Segundo después, Tati, con carita compungida, regresaba al salón, secándose las manos con un trapo.
–          Sí, bueno, cari, iba a contártelo ahora…
–          Y claro, si os habéis visto esta tarde, seguro que habréis hecho alguna “cosita” – dije haciendo hincapié en la última palabra.
Tati no contestó, pero apartó la mirada, avergonzada.
–          ¿Qué habéis hecho? – pregunté secamente, tratando de permanecer en calma.
La chica siguió muda, seguro que pensando cómo sincerarse.
–          Da igual. No digas nada – sentencié ya bastante enojado – Seguro que está todo grabado.
Mientras decía esto, abrí el portátil y pulsé el botón de encendido. Por un instante, pareció que Tati iba a arrojarse sobre mí para impedirme encenderlo, pero fue sólo eso, una impresión, pues acabó sentándose a mi lado, cabizbaja. Parecía una colegiala a la que acabaran de echarle la bronca. Me sentí un poquito culpable.
–          Cari, yo… Bueno. Alicia ha venido esta tarde al trabajo… Y ya sabes…
Joder. Vaya si lo sabía. La verdad es que, mirándolo ahora con perspectiva no sé por qué me sentó tan mal que se vieran a mis espaldas, tampoco era nada del otro mundo. Pero lo cierto fue que, en ese momento, estaba bastante cabreado.
–          Vaya. Pues te habrá pillado de sorpresa ¿no? Menudo susto, cuando se haya presentado allí sin avisar.
Tatiana apartó la vista, sólo un segundo, pero fue suficiente para mí.
–          ¡Coño! – exclamé – Entonces no ha sido una visita sorpresa. ¿Ya habíais quedado? ¿Y cuando, si puede saberse? ¿Te ha llamado hoy? ¿Te ha llevado al trabajo?
–          No… – susurró Tati, avergonzada – Quedamos ayer…
–          ¿Ayer? – exclamé alucinado – ¡Si estuvimos juntos todo el rato!
Entonces me acordé. Las palabras al oído cuando nos despedimos.
–          ¡Ah! Ya veo. Te lo dijo cuando se despidió. Me mentiste con todo el descaro.
–          ¡No, cari! – exclamó Tatiana muy angustiada – Bueno, sí, me lo dijo entonces. Y que haríamos algo que te encantaría y que te excitaría mucho…
Soy un mierda. Lo sé. Aquellas palabras hicieron que se me pasara el enfado, siendo sustituido por un profundo interés por saber qué había pasado. De repente, me moría de ganas por averiguar qué demonios habrían hecho aquellas dos pécoras a mis espaldas, aunque seguí aparentando sentirme molesto, por conservar la dignidad, ya sabes.
–          Está aquí grabado, ¿verdad? – pregunté innecesariamente, alzando el portátil.
–          Sí. Me ha dejado el ordenador para que copiaras los vídeos, los del otro día también. Como dijiste que querías montarlos…
Resignado (y muerto de curiosidad) me recliné de nuevo en el sofá y miré la pantalla encendida. Introduje la clave que Ali nos había dado y accedí al ordenador. No hacía falta buscar mucho. En el escritorio había una carpeta llamada “Vídeos” y una vez en ella bastó con ordenar los ficheros por fecha y acceder a los de esa misma tarde. Había un montón.
–          ¿Qué cojones habréis hecho las dos? – dije meneando la cabeza.
–          Cari, no te enfades. Alicia me dijo que te iba a gustar mucho. Yo lo he hecho todo por ti…
Empezaba a preguntarme si eso sería verdad. ¿Tatiana participaba en aquello por mí o por Alicia?
–          ¿Y qué ha pasado? – pregunté queriendo saber los antecedentes antes de ver la peli.
–          Bueno… Como te he dicho, ayer Ali me dijo que se pasaría por mi trabajo por la tarde, para tomar café, como el otro día.
–          Ya. Me imagino de qué estuvisteis hablando.
–          Ella dijo que quería probar una cosa que se le había ocurrido, que seguro que te iba a gustar… me convenció…
–          Sí, apuesto a que le costó muchísimo convencerte – pensé para mí.
–          ¿Y qué te dijo que hicieras? – pregunté.
–          Me pidió que… jo, cari, me da vergüenza…
–          A buenas horas mangas verdes – dije de nuevo para mí.
–          Me dijo que tenía que exhibirme para un hombre en el probador. A ver si era capaz de… ponerle cachondo…
Sí. Seguro que le costó un montón lograrlo.
–          Ali me explicó lo que íbamos a hacer. Cuando terminamos el café, volvimos a la tienda y ella se encargó de prepararlo todo mientras yo seguía trabajando.
–          ¿Prepararlo? – pregunté.
–          Sí, ya sabes. Las cámaras y eso. Cogió un vestido y se metió en el probador para esconder allí las dos camaritas, una arriba, camuflada con el perchero, y la otra justo al lado del espejo. Yo llevaba puestas unas gafas…
–          O sea, que hay tres tomas distintas de vuestro numerito – la interrumpí.
Tati asintió vigorosamente, un poco más calmada al ver que se me había pasado el enfado.

 

–          Cuando lo tuvo todo listo, regresó a la tienda y se puso a mirar ropa. Como las chicas ya saben que es amiga mía, no la molestaron y ella se quedó esperando a que llegara un candidato adecuado.
–          Y supongo que llegó, ¿no?
La chica volvió a asentir, ruborizándose.
–          ¿Y bien? – pregunté ¿Quién fue el afortunado?
–          Un chico… – respondió Tati con un hilo de voz.
–          ¿Un chico? ¿Un jovencito?
–          Sí…
–          ¿En serio? ¿Qué edad tendría?
–          No sé… 16 o 17.
–          ¿16? – exclamé incrédulo – ¿Ese era el candidato perfecto? ¿Un adolescente?
–          No, bueno… No buscábamos a alguien con una edad concreta… Lo que Ali quería era un hombre… al que tuviera que cogerle la medida de los pantalones.
Me quedé callado, mientras finalmente comprendía cuales eran las intenciones de Alicia. Claro. Era lógico. Si Tatiana tenía que tomarle las medidas a alguien, era normal que pasara al probador con él. Una vez más me sorprendía la inteligencia que demostraba Alicia ideando aquel tipo de planes.
–          Pero, ahora que caigo – dije de repente – ¿Qué coño hacía un chico de 16 comprando ropa en tu tienda? No tenéis mucha ropa joven…
–          ¡Ah! – exclamó Tati sintiéndose más cómoda al pisar el terreno que dominaba – Sus padres son clientes. Ya les conozco. De vez en cuando la madre le trae para comprarse algún pantalón o una camisa. Al pobre no le hace ninguna gracia. Si vieras la cara que trae siempre…
–          Apuesto a que, a partir de ahora, el chaval perderá el culo para venir a la tienda siempre que pueda – la corté un poco secamente.
Aquello borró la sonrisa de Tatiana de golpe. Se puso muy seria y nerviosa. ¿Qué coño habrían hecho aquellas dos?
–          Bueno, supongo que será mejor verlo en pantalla.
Tatiana se puso muy tensa, pero no dijo nada, limitándose a reclinarse a mi lado. Como el portátil era muy potente, pude ejecutar los tres vídeos simultáneamente, aunque disminuyendo el tamaño de las ventanas. Durante un par de minutos, lo que hice fue sincronizar las imágenes de las 3 grabaciones, usando como referencia el instante en que Tati entraba en el probador.
–          Así que éste es el chico – dije estúpidamente, señalando al jovencito que aparecía en las cámaras ocultas.
–          Sí – respondió mi novia con voz casi inaudible.
Detuve los tres vídeos más o menos en el mismo punto. En las ventanas podía verse la misma escena desde tres ángulos distintos.
Desde las gafas de Tati, se veía al chico terminando de abrocharse los pantalones, que le quedaban bastante largos. La cámara del perchero ofrecía una perspectiva cenital, desde un lado, permitiendo ver a los dos protagonistas de la historia. La del espejo estaba en ese momento obstruida por el trasero del joven, por lo que no podía ver nada más.
–          Oye, y ahora que caigo. ¿Dónde estaba Ali? – pregunté.
–          En cuanto me indicó que probara con el chico, salió de la tienda y regresó a la cafetería.
Lógico. Estaba pared con pared con la tienda. Buen sitio para captar la señal de las cámaras.
En pantalla, se apreciaba perfectamente que el chico estaba bastante aturrullado y nervioso, sin lograr acertar a subirse la cremallera, mostrando a las claras que la presencia de Tati junto a él en el reducido habitáculo le turbaba muchísimo.
Por fin, el joven logró su objetivo y esbozó una sonrisilla tímida en el monitor, que desapareció rápidamente de cuadro, pues Tati se arrodilló frente a él para tomarle la medida al largo de los pantalones.
Al arrodillarse, la grabación desde las gafas únicamente mostraba las piernas del chico, así que tuve que fijarme en la toma cenital, obteniendo una perspectiva parecida a la que tendría la mirada del muchacho: el escote de Tatiana.
La puta que la parió. La muy golfa llevaba un par de botones cuidadosamente desabrochados, lo que permitía atisbar provocadoramente su exquisito canalillo. En la imagen se veía perfectamente cómo el chico miraba hacia abajo con disimulo, recreándose en el sensual espectáculo que Tati le brindaba. No le censuré por ello, aunque me sentía un poquito molesto. Y excitado…
Bruscamente, en la toma de las gafas apareció de nuevo el rostro del joven, pues Tati miró hacia arriba, pillándole in fraganti mientras espiaba en el interior de su blusa. El joven se puso coloradísimo, pero mi novia, lejos de escandalizarse, le sonrió levemente y le dirigió unas palabras.
–          ¿Qué le dijiste? – pregunté sintiendo la boca completamente seca.
–          Que iba a colocarle bien el pantalón para tomarle la medida.
Efectivamente, las manos de Tatiana aparecieron en el encuadre y, deslizando los dedos por la cinturilla del pantalón, lo movió hasta ubicarlo en la posición correcta.
Justo entonces, Tatiana dijo algo más, lo que hizo que el chico diera un respingo y se apartara un poco de ella. Como los dedos de ella seguían enganchados en el pantalón, Tati también se echó hacia delante, con lo que la blusa se abolsó, revelando una porción todavía mayor de piel y confirmándome lo que yo ya sabía: que iba sin sostén.
–          ¿Qué coño pasó ahí? – exclamé – Casi se cae de culo.
Tatiana farfulló una respuesta inaudible.
–          ¿Cómo?
–          Le pregunté que… – dijo ella sin atreverse a mirarme a los ojos – Si cargaba a la izquierda o a la derecha…
–          ¡¿QUÉ?! – exclamé estupefacto.
No podía creerme lo que acababa de escuchar. ¿Dónde estaba la Tatiana que yo conocía? Aquella era otra mujer…
–          Bueno… yo dije lo que me indicó Alicia…
Tardé un segundo en comprender. Claro. El maldito micrófono.
–          ¿Llevabas puesto el auricular?
Tati asintió en silencio, sin atreverse a mirarme a los ojos.
Volví a fijar la vista en la pantalla, con la cabeza hecha un torbellino, sin saber muy bien qué pensar de todo aquello.
En la imagen se veía cómo Tatiana estiraba correctamente las perneras del pantalón, deslizando la palma de la mano sobre ellas, empezando por arriba (muy arriba) hasta llegar a los tobillos, lo que sin duda inquietaba enormemente al muchacho. Pensé en que yo, a la edad del chico, a esas alturas habría tenido ya un empalme de campeonato.
Y Tatiana debió pensar lo mismo, pues justo entonces levantó la vista para mirar directamente al paquete del muchacho. Y ¡premio! Allí estaba el inconfundible bulto delator.
–          Vale – dije entonces – Veo que lo lograste. Seguro que el chaval se acordará de esa tarde en el probador mientras viva.
Tatiana volvió a apartar la mirada, avergonzada, con lo que comprendí que la cosa no había ni mucho menos acabado.
–          Alicia te dijo que siguieras, ¿verdad? – inquirí sabiendo perfectamente cuál iba a ser la respuesta.
Ella no dijo nada, limitándose a recostarse contra mí, medio tumbada en el sofá. Yo rodeé sus hombros con el brazo, resignado a disfrutar del espectáculo, sintiendo su cálido cuerpecito apretarse contra el mío.
En el monitor se veía como Tati tomaba el largo de los pantalones usando un par de alfileres. Tras hacerlo, volvió a estirarle las perneras, dando tironcitos de la tela, primero desde abajo, luego a la altura de las rodillas y finalmente… peligrosamente cerca de la bragueta.
Tatiana alzó la mirada, buscando de nuevo el rostro del chaval, que tenía los ojos como platos. La manita de mi novia se mantuvo allí unos segundos, enervando al máximo al pobre muchacho, provocando que el notorio bulto del pantalón no menguara un ápice.
Por fin, la insidiosa mano se apartó, con lo que el cuerpo de chico se relajó notablemente. Creí que iba a darle un desmayo.
–          Ahí le tuve que decir varias veces que ya podía quitarse los pantalones y probarse los otros – dijo tímidamente mi novia.
–          Seguro que no se enteraba de nada – asentí.
Pareciendo estar a punto de derrumbarse, el chico miró a Tatiana, que seguía arrodillada frente a él obsequiándole con el espectacular escote que dejaba entrever la blusa. Tembloroso, dirigió unas palabras a mi chica, que respondió con serenidad.
–          ¿Qué dijo?
–          Me pidió que saliera del probador para cambiarse, pero yo le dije que no fuera vergonzoso, que así tardaríamos menos – dijo Tati con aplomo.
–          Pobre chaval – me solidaricé.
Aunque, pensándolo bien, qué coño pobre chaval ni narices. Anda que no hubiera alucinado yo con encontrarme en una de esas cuando tenía su edad.
Visiblemente nervioso, el chico empezó a desabrocharse los pantalones, todavía dudando si quitárselos o no. Finalmente, se armó de valor y los abrió por completo, mostrando que sus slips estaban a punto de estallar por la tensión.
–          ¿Te excita? – preguntó melosamente Tatiana en mi oído.
–          Sí. Es muy morboso – respondí sin apartar los ojos de la pantalla.
–          ¿Quieres que te alivie un poco? – insistió ella, posando una mano en mi bragueta, que a esas alturas estaba más o menos como la del mozo.
Lo sopesé unos segundos antes de responder.
–          No. Mejor no. Luego te follaré hasta el fondo – dije clavando mis ojos en los suyos.
Tatiana sonrió, un poquito ruborizada y apartó la mano de mi erección.
–          Pero deja la mano ahí – dije agarrándola de la muñeca y apretando de nuevo su manita contra mi bulto.
Y ella obedeció, sonriendo sutilmente.
Mientras tanto, el chico, completamente avergonzado, se las había apañado para librarse por fin del pantalón y, tras colgarlo de un gancho, cogió el segundo par e intentó ponérselo, aunque claro, al llegar al bulto del slip, la cosa se volvió un tanto… dificultosa.
Entonces Tatiana se puso en acción. Incorporándose un poco, agarró la cinturilla del pantalón, forcejeando con ellos como si tratara de subírselos al muchacho. El chico, sorprendido, soltó el pantalón y dejó a mi novia al mando de las operaciones. Dando unos bruscos tirones, Tatiana intentó subírselos del todo, aprovechando para refregar bien sus tetas contra el aturdido joven, llevándole sin duda al séptimo cielo.
–          Eso fue idea de Alicia – dijo Tati acariciando suavemente mi erección por encima del pantalón – Hizo que cogiera uno un par de tallas más pequeño.
–          Qué puta es – musité.

 

–          Sí – dijo mi novia sin pensar.
Aunque en pantalla se veía que ella no le iba muy a la zaga.
De pronto, en uno de los tirones, la punta del nabo del chico escapó bruscamente por la cinturilla del slip, permitiéndome comprobar que no estaba mal armado. Con rapidez, el pobre zagal la devolvió a su encierro, mientras Tati le miraba con una sonrisilla pícara en los labios.
–          Pobrecillo. Ahí se deshizo en disculpas. Yo le dije que no pasaba nada, que era muy normal a su edad y seguí como si nada.
–          A esas alturas yo ya te habría violado – dije juguetón.
–          ¿Si? – respondió ella en idéntico tono. Eso tendrás que demostrarlo.
–          Luego – reí, dándole un sonoro cachete en el culo.
Volví a concentrarme en la grabación, donde se veía a Tati fingiendo tratar de colocar correctamente los pantalones y volviendo loco de calentura al muchacho en el proceso.
–          Espera – dijo entonces Tati – Que ahora la cosa se pone en marcha.
–          ¿Cómo? – pregunté sin entender.
¿En marcha? ¿A qué se refería?
Y entonces comprendí.
No sé qué le diría en ese momento Tatiana al chico, no se lo pregunté. Seguro que fue algo así como “mientras esto no se baje no vamos a poder subirte el pantalón”… No importa lo que fuera. El hecho es que, de repente, mi queridísima novia plantó su delicada manita directamente en la erección del joven y ciñéndola con la mano, la acarició suavemente hasta lograr que volviera a escaparse del encierro de los slips.
–          Se quedó petrificado. Creí que iba a darle un infarto. No veas cómo la tenía de dura – Tati me retransmitía el partido como si tal cosa.
Yo no podía creerme lo que veía. Aquello no era exhibicionismo. Mi novia, simplemente, estaba sobándole el falo a un tío en un probador. El muchacho, aturrullado y sin duda pasando la tarde de su vida, se recostó contra la pared y se dejó hacer. Tatiana, poniéndose en pié, repegó su cuerpo contra él, apretando bien sus tetas en el pecho del chico, mientras su habilidosa manita se deslizaba con rapidez por el enhiesto nabo. El chaval, armándose de valor, se animó a deslizar una mano tras Tatiana, plantándola con descaro en el rotundo trasero de la chica.
–          Le susurraba que estuviera tranquilo – me narraba Tati – que me dejara a mí y vería que bien se lo pasaba, que enseguida lograríamos que aquello se le bajara y podríamos probarle el pantalón, antes de que su madre viniera a ver por qué tardábamos tanto…
A esas alturas yo ya no escuchaba nada de lo que Tati me decía. Estaba alucinado, la sangre me latía en los oídos, mientras veía con incredulidad cómo mi novia, la misma que un par de días antes se deshacía en lágrimas para evitar que la dejara, se la cascaba sin el menor rubor a un completo desconocido. Y todo porque Alicia se lo había pedido.
–          ¿Pero se puede saber qué cojones os pasa a las dos? – grité sin poder contenerme más mientras me incorporaba de un salto.
Tatiana se quedó atónita, mirándome aterrorizada, sin comprender mi reacción, mientras yo hervía de ira.
–          ¿Es esto a lo que os habéis dedicado? ¿Para esto habéis quedado las dos esta tarde? ¿Para que mi novia vaya haciendo de puta por los probadores?
–          Cari, yo…  Alicia me dijo… Que esto te gustaría…
–          ¿Alicia? ¡La puta que parió a esa golfa! ¡Ni exhibicionismo ni leches! ¡Una puta con todas las letras! ¡Y tú no le andas muy lejos!
–          Pero cari, creí que esto era lo que te gustaba… – dijo ella con un hilo de voz, a punto de echarse a llorar.
–          ¡Sí, claro, me encanta que mi novia anda por ahí sobándole el rabo a los tíos! ¿Y qué más hiciste? ¿Se la chupaste?
–          No, Víctor, yo… sólo con la mano…
Supongo que te haces una idea, para qué voy a seguir contándote todo lo que le dije. Sí, sí, vale, tienes razón, soy un machista de mierda. Yo andaba como loco por follarme a Alicia, sin contar las veces que nos habíamos masturbado mutuamente, pero, cuando vi que otro tío le ponía la mano encima a Tatiana (peor, que ella le ponía la mano encima a él) me volví un poco loco.
Me encerré en el dormitorio y me puse a rebuscar en la los cajones de la cómoda, arrojando las prendas al suelo sin ton ni son hasta que encontré lo que buscaba: un viejo paquete de cigarrillos.
Llevaba casi dos años sin fumar, pero los había dejado allí escondidos por si acaso. Y aquel era un “por si acaso” de mil pares de cojones.
El cigarro me supo a mierda, no sé si porque estaba pasado o por la bilis que me había subido a la garganta, pero el estar haciendo algo me serenó un poco los nervios.
Me senté en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera y los pies todavía calzados encima del colchón. Me importó un carajo que se manchara la colcha.
La cabeza me daba vueltas, tratando de ponderar todos los pasos que me habían conducido a esa situación. ¿Cómo había permitido aquello? ¿Cómo era posible que Alicia se hubiera adueñado de todo? ¿Qué cojones pasaba conmigo?
Tenía que ponerle fin. Hacer de tripas corazón y hacer lo correcto. Tenía que volver a ser yo mismo. Iba a pararle los pies a Alicia.
Me sentí más tranquilo una vez tomada una decisión. Hablaría con Alicia y le diría que no íbamos a seguir así y si no quería… adiós muy buenas. Y Tati… que se quedara con quien quisiera de los dos, que, a esas alturas, ya no estaba muy seguro de si se quedaría conmigo o se iría con Alicia.
Tati… Joder. ¿Cómo había podido cambiar tanto en unos días? ¿De verdad había sido siempre tan puta? ¿Y por qué seguía yo tan cachondo, a pesar del cabreo?
Joder. Era verdad. Seguía empalmado al máximo. Y eso era lo que más me cabreaba, que, a pesar de mi enfado, de mi ira justiciera, de lo putas que habían resultado las dos y de lo buena persona que era yo… en el fondo… ver a Tati meneándosela a aquel crío me había excitado. Mierda. Tenía que reconocerlo. Había empezado a gritarle a Tati… porque estaba a punto de arrancarle la ropa y follármela.
Me daba asco de mí mismo.
Justo entonces, la puerta del dormitorio se abrió subrepticiamente y Tatiana se asomó pesarosa, intentando calibrar mi estado de ánimo.
Yo la miré muy serio, dándole otra calada al cigarro, mientras ella entraba en el cuarto cabizbaja, sin atreverse a mirarme. Lentamente, se acercó a la cama, temiendo que en cualquier momento yo empezara a gritarle otra vez.
Como no dije nada, se quedó de pie al lado del colchón, sin mirarme, aparentando estar al borde de las lágrimas. Me sentí mal durante un segundo, pero entonces recordé su expresión mientras masturbaba al chico del probador, con lo que la ira empezó a retornar. La ira… y la excitación.
–          Cari, lo siento – dijo por fin al ver que yo no hablaba – Alicia me dijo que aquello te iba a gustar, que seguro que te resultaba excitante. Yo no pensé en lo que estaba haciendo, sólo en que tú ibas a disfrutar si lo hacía… y ya sabes que yo haría lo que fuera por ti.
Me di cuenta entonces de que llevaba abiertos un par de botones del vestido y, además, me pareció adivinar que no llevaba sujetador, aunque estaba bastante seguro de que antes sí lo llevaba.
Qué cabrona, ya estábamos otra vez. Si hay bronca… polvete al canto. Su técnica de siempre.
No sé qué me pasó. Volví a encenderme. Estaba cabreado y excitado a partes iguales. Y no me contuve.
Con un gesto, arrojé la colilla todavía encendida al suelo y, con rudeza, la aferré del brazo y la arrojé sobre el colchón, boca arriba, sentándome a horcajadas en su estómago. De un tirón, desgarré la pechera de su vestido haciendo saltar todos los botones, dejando sus tetas al aire, pudiendo comprobar que, efectivamente, se había quitado el sujetador. Para calentarme. Para seducirme. Para lograr que me la follara y que se me pasara el enfado.
Pues el enfado había sido de órdago. Así que el polvo no iba a ser menos.
Prácticamente la violé. La puse boca abajo y le arranqué lo que quedaba de su vestido, destrozándole a continuación las bragas. Ni preliminares ni leches, en cuanto saqué mi nabo del pantalón se lo clavé hasta el fondo, haciéndola aullar, no sé si de placer o de dolor.
No me preocupé para nada de su placer, sólo del mío. La follé y la follé a lo bestia, mientras ella gimoteaba y me suplicaba que fuera más despacio, más delicado.
Y una mierda.
……………………………..
La madrugada me sorprendió insomne, tumbado en la cama, fumando de nuevo, repasando una vez más, con más tranquilidad, los pasos que tenía que dar a partir de ese momento.
Tatiana, agotada, dormía profundamente, abrazada a mí, derrengada después de haberse corrido varias veces a pesar de lo brutal de mi ataque. Estaba hecha para el sexo. Todo le gustaba.
No podía dormir. Estaba agotado, pero no podía pegar ojo. Y ya no era el tema de Alicia lo que me mantenía en vilo, pues tenía decidido lo que iba a hacer. Era otra cosa. Me llevó un buen rato comprender de qué se trataba.
Con mucho cuidado para no despertar a Tati, me levanté de la cama y regresé al salón, buscando el portátil.
Dediqué un buen rato a visionar de nuevo los vídeos, de principio a fin, contemplando esta vez cómo mi lujuriosa novia le hacía una paja a un afortunado chaval hasta lograr que se corriera como un animal. Cuando eyaculó, Tatiana le obligó a hundir el rostro entre sus pechos, sin duda para ahogar los gritos y gemidos que el chico hubiera sido incapaz de contener.
Finalmente, Tati le limpió la polla con un pañuelo, eliminando los últimos restos de la corrida. Después le ayudó a quitarse el pantalón que le quedaba estrecho y salió del probador para buscar la talla correcta mientras el chico, seguro que pensando que todo había sido un sueño, permanecía jadeante en el probador.
Justo entonces la grabación terminaba. Supongo que Alicia la apagó, pues ya no iba a pasar nada más.
La mañana me sorprendió dormido en el sofá, con el portátil en el regazo. Tati se había ido a trabajar sin despertarme, temerosa de que me durase el enfado.
Tras pensarlo un segundo, cogí el teléfono y llamé a la oficina, diciendo que estaba enfermo y que no podía ir a trabajar. Total, ya era viernes y las visitas las había hecho el día anterior. Que le dieran por saco.
Le mandé un mensaje a Alicia citándola para comer. En el restaurante de la última vez. No tuve que insistir. Aceptó enseguida.
CAPÍTULO 20: RECUPERANDO EL CONTROL:

 

Dediqué el trayecto y el rato que tuve que esperarla en el restaurante a imaginar todos los posibles escenarios adonde podía conducirnos la conversación. Es una técnica comercial, pensar de antemano cual va a ser la reacción del cliente ante lo que vamos a proponerle, para poder responder con rapidez y eficacia.
Sin embargo, a pesar de toda la preparación y la mentalización a que me sometí, su reacción me pilló por sorpresa.
–          Sí, quizás tengas razón, se me ha ido un poco la mano.
Joder. Mierda. No me lo esperaba.
Conociéndola como la conocía a esas alturas, lo último que pensé fue que Ali fuera a mostrarse de acuerdo con lo que yo le decía. Con lo que le gustaba mandar y manipular (salirse con la suya en definitiva, o mejor, manejarnos a su antojo), no acababa de creerme que reconociera su culpa tan fácilmente y se mostrara dispuesta a hacer lo que yo le pedía.
Una reacción natural en ella hubiera sido enfadarse, reírse de mí o, más probablemente, mostrarse condescendiente. Ella era plenamente consciente de la fuerte atracción que yo sentía, así que no me hubiera extrañado nada que hubiera usado su sexualidad para intentar mantener su dominio. Incluso llegué a imaginar que podría llegar a intentar chantajearme con los vídeos; lo que fuera para mantener su control sobre mí… y sobre Tatiana.
Pero no. Ali se mostró muy humilde, reconociendo sin problemas su falta, admitiendo que se le había ido la pinza por completo con Tati y que se había aprovechado de ella para dar rienda suelta a otra de sus inclinaciones: la dominación.
Me largó un buen discurso, en el que me habló (sí, sí, como si yo fuera su terapeuta) de su infancia y de cómo se había mostrado siempre un poco déspota (ella usó esa palabra, yo habría dicho más bien “niña mimada necesitada de un buen par de tortas”). Me contó cómo le hacía la vida imposible a una pobre chica que limpiaba en casa de sus padres por el puro placer de hacerlo y de lo mucho que se arrepentía de aquello y que si patatín y patatán.
Leches. Con lo preparadito que venía yo para afrontar la situación y lo muchísimo que me había mentalizado. Completamente dispuesto a poner fin a nuestra relación llegué al restaurante y ella no había tardado ni un segundo en desmontar mi estrategia.
Me pidió perdón y se mostró completamente dispuesta a hacer lo mismo con Tatiana, dejándome sin argumentos con los que pelear. Ni siquiera tuve la oportunidad de insinuarle que estaba decidido a despedirme de ella para siempre, aunque, ahora que lo pienso con más calma, estoy segura de que ella intuyó perfectamente por donde iban los tiros.
Y se puso la venda antes de sufrir la herida.
A medida que hablaba Ali, más tranquilo me quedaba yo. Me di cuenta de que la había juzgado mal, que no era tan calculadora como yo pensaba y que, simplemente, se había emocionado demasiado con los jueguecitos y se había acabado pasando de la raya. Pero estaba completamente dispuesta a cambiar de actitud. A partir de ese momento, haríamos siempre lo que yo dijera, que para eso era el experto en aquellas lides y ella aprendería de mí y me obedecería en todo.
Tan humilde y compungida se mostró, que me conmoví, con lo que la interrumpí diciéndole que no era necesario llegar a esos extremos, que no íbamos a hacer siempre lo que yo dijera, que sus ideas habían sido muy buenas, lo único que tenía que hacer era avisarnos antes, para que pudiéramos decidir entre todos si lo hacíamos o no. Estábamos en democracia…
Alicia me sonreía satisfecha, tranquila y relajada. Interpreté que su sonrisa era de satisfacción, de alegría porque habíamos aclarado los malos rollos y volvíamos a estar todos en el mismo barco. Me sentí muy aliviado, al final, el apocalipsis que preveía iba a acontecer entre nosotros había quedado en nada. Volvíamos a ser un equipo.
Debería haber sido más listo.
———————————————-
A partir de entonces se abrió un periodo que puedo calificar de remanso de paz. Ali cumplió su palabra punto por punto. Empezó por disculparse con Tati, que, como era de esperar, se mostró cortadísima durante toda la charla. Yo me sentía cada vez más tranquilo y sereno, sintiendo que mi vida empezaba de nuevo a enfocarse, que recuperaba el control de mis actos.
Y, en efecto, así fue. Durante un tiempo.
Las siguientes semanas todo fue como la seda. No nos veíamos a diario, parecía que la ansiedad de los primeros encuentros había quedado atrás, así que sólo quedábamos un par de veces por semana.
A veces, nos limitábamos a charlar tranquilamente, contándonos las experiencias que hubiéramos podido tener durante la semana, sin meternos en ningún lío ni organizar ningún espectáculo.
Alicia fue ganado en aplomo y empezó a animarse a probar algunas cosas en solitario y, por nuestra parte, Tati y yo también tuvimos nuestra aventurillas.
Sin embargo, es justo reconocer que los mejores ratos fueron cuando nos reuníamos los tres y usábamos las camaritas y el micrófono. Era divertido. Y morboso.
¿Cómo? ¿Quieres que te cuente qué hicimos? A ver, pues muchas cosas, cada vez más atrevidas, a medida que Alicia y sobre todo Tatiana iban ganado confianza y perdían la vergüenza.
Por ejemplo, recuerdo un sábado en el que Tati tenía la tarde libre, pues había doblado turno unos días atrás. Ali propuso que fuéramos a una feria que celebraban en un pueblo, pues se había enterado que actuaba un cantante que le gustaba.
Fue una noche estupenda, en la que, aprovechando que nadie nos conocía, desfasamos todo lo que pudimos y más.
Había una pequeña montaña rusa en la que las chicas me convencieron para subirnos un par de veces. En la segunda ocasión, al pasar por el punto en que la cámara automática dispara una foto que luego puedes comprar, las dos, de mutuo acuerdo, se subieron los jerseys hasta cubrir sus rostros, dejando a la vista… otras partes. Idea de Ali, pero no pareció incomodar en absoluto a Tatiana.
Luego tuve que pagar a precio de oro la fotito en cuestión, mientras el tipejo de la atracción me miraba con socarronería. Apuesto a que él también tiene copia. No importa, me encantó.
Luego subimos en el tren del terror, cutre a más no poder, donde las chicas, amparándose en la oscuridad, no se cortaron en mostrar sus encantos a los actores que trataban de darnos sustos, con lo que el susto se lo llevaron ellos. Bueno, susto, lo que se dice susto…
Luego y tras habernos tomado unas copas en un bar donde hicimos unas cuantas fotos subrepticias más, me convencieron para subirnos a la noria. Curiosamente, la calidad de aquella atracción estaba muy por encima de las demás. Era bastante grande (de hecho, la más grande en la que me he montado, aunque eso no es decir mucho pues no soy muy aficionado a esas cosas) y tenía cabinas cerradas en vez de asientos al aire libre.
Como a esas alturas ya íbamos más que entonaditos, acabé follando con Tati, cabalgando como loca sobre mi rabo, mientras Ali nos grababa con la cámara, divertida y excitada. Fue muy erótico que nos mirara mientras follábamos y más todavía que se metiera la mano por la cinturilla del pantalón para acariciarse mientras lo hacíamos.
Además, desde las cabinas adyacentes a la nuestra pudieron regalarse a placer con el espectáculo, con lo que las miraditas y cuchicheos entre la gente cuando por fin nos bajamos fueron muy intensos. Y me encantaron.
Luego, en el concierto, disfruté enormemente con las miradas de odio que me dirigían los tipos del lugar, señal inequívoca de que nuestra aventurilla iba de boca en boca por toda la feria.
Tati, por su parte, se mostró mucho más calmada y participativa en esos días, confirmando lo que yo sospechaba desde el principio: que se había visto obligada a hacer todo aquello empujada por Alicia.
El cambio experimentado en ella era muy notable, se mostraba mucho más desinhibida y segura de si misma, ahora que comprendía que entre Ali y yo no había nada más que lo que le habíamos contado.
Y era cierto, nada más ocurrió entre nosotros. Nos veíamos desnudos continuamente, claro que sí, pero Ali parecía haber levantado un muro entre nosotros, quedando atrás aquella complicidad sexual que se teníamos al principio.
Era como si dijera: “Vale, si lo que quieres es una relación maestro – alumna, que así sea. Tú sigue con tu novia, que yo voy por mi lado. Pero olvídate de volver a ponerme la mano encima”.
Joder. Y yo, mal que me pese, seguía deseando fervientemente “ponerle la mano encima”.
Sí, ya sé. Me contradigo continuamente. Es verdad. Por fin tenía lo que quería. Lo pasaba bien, daba rienda suelta a mis impulsos, mi relación con Tatiana había mejorado… y seguía deseando meterme en las bragas de Alicia.
Y ella lo sabía. Y me torturaba.

 

Cuando repetíamos el numerito del metro y era Tati la que se exhibía, quedándonos a solas de nuevo Alicia y yo, intentaba recuperar la magia de anteriores encuentros. Me sacaba la polla y empezaba a masturbarme sentado junto a Alicia, rezando porque la excitación hiciera presa en ella y volviera a animarse a sobármela un poco. Y un huevo de pato. Se limitaba a mirarme un instante mientras me la meneaba y volvía a concentrarse en la pantalla del portátil como diciendo: “Tranquilo, sigue con lo tuyo, que a mí no me molesta”.
Otras veces era ella la que aportaba algún plan, que yo me apresuraba a aceptar sin poner pegas, en un intento de congraciarme con ella (de hacerle la pelota, vaya), pero no servía de nada. Nuestra relación seguía igual, cordial, amistosa, pervertida… pero ni un paso más allá.
Lo sé, lo sé, no me quedo satisfecho con nada. Aquello era lo que yo quería ¿no? O quizás no lo era. Lo que yo quería era que ambas mujeres hicieran lo que yo quisiera, bien fuera, charlar, salir a comer, exhibirnos… o follar.
Qué cojones. Justo es reconocerlo. Me moría por acostarme con Ali.
Y ella lo sabía perfectamente.
Como te he dicho, durante unas semanas fue todo miel sobre hojuelas, todo iba muy bien y no hay ningún incidente que reseñar. Pero, interiormente, yo me sentía cada vez más desasosegado e insatisfecho.
Sentía que había dado todos los pasos necesarios para tirarme a Ali y al final ella había interpuesto una barrera imposible de saltar. Pero esa barrera tenía una puerta…
CAPÍTULO 21: ALICIA STRIKES BACK:
Recuerdo que era miércoles y estábamos los tres tomando café en casa, aprovechando que teníamos la tarde libre para ver el montaje que había hecho de los vídeos de nuestras andanzas.
Estábamos muy relajados viendo las imágenes, más divertidos que excitados, pues, a esas alturas, todos habíamos visto esas imágenes en varias ocasiones, por lo que perdían gran parte de su carga morbosa.
Fue todo muy inocente. Alicia se limitó a deslizar en la conversación que tenía ganas de salir a correr, que empezaba a sentirse algo fofa (y una mierda) y que si me apetecía acompañarla.
Me pareció perfecto. Ni un problema. Ni siquiera sospeché nada raro cuando, tras aceptar su propuesta, ella sugirió que podíamos pasar también por el gimnasio. Me recomendó que llevara el bañador y así podríamos aprovechar también la piscina.
En eso quedamos. Nos citamos el viernes siguiente por la tarde en la tienda de Tati. Luego iríamos a correr un rato y acabaríamos en el gimnasio del centro comercial, de cuya cadena era socia Alicia.
No importaba que yo no lo fuera, pues permitían a los abonados llevar a un amigo como invitado para que conociera las instalaciones.
Después, podríamos recoger a Tati y salir por ahí a cenar… y a hacer nuestras cositas. Un buen plan.
Y tanto que lo era.
El viernes me marché pronto del trabajo. Me costaba concentrarme, pues tenía la cabeza llena de imágenes de Alicia. Fantaseaba con lo que íbamos a hacer por la noche e imaginaba planes y escenarios en los que poder divertirnos dedicándonos al exhibicionismo.
El jefe me miró raro cuando me vio salir antes de hora, pero no dijo nada, pues los resultados de ventas seguían siendo buenos. Aún así, seguro que se preguntó qué coño me pasaba últimamente, pues no era habitual que yo faltara tanto al trabajo.
A eso de las cinco, me reuní con ella, vestido con ropa de deporte. En el coche dejé una muda de ropa para salir por la noche y una bolsa con el bañador, una toalla y un par de objetos de aseo.
Ella estaba super sexy como siempre, con un conjunto de lycra negro y un top de deporte rosa, sugestivamente ajustado, de forma que se dibujaba a la perfección el contorno de su excitante cuerpecito.
Se había recogido el pelo en una cola de caballo, cosa que me encantó, pues nunca la había visto con ese peinado.
Y nos fuimos a correr al parque, que tiene unos senderos trazados para estos menesteres. Calentamos unos minutos, charlando de banalidades y nos pusimos en marcha. Enseguida pude constatar que Ali se mantenía en forma, pues marcaba el ritmo sin jadear siquiera. Empezamos despacito, continuando con la charla y retándonos, medio en broma medio en serio, a una carrera por todo el circuito del parque. Pero, poco a poco, fuimos subiendo el nivel y pronto estábamos corriendo disparados, tratando de veras de ganar la improvisada competición, pues a ambos nos brotó el espíritu competitivo y ninguno de los dos quería perder.
Al principio, permití que fuera ella delante, más que nada para regalarme la vista con su culito embutido en lycra, pero pronto me di cuenta de que, o forzaba la máquina, o Alicia iba a dejarme bien pronto atrás.
Un rato después y con los pulsómetros disparados por el sobreesfuerzo, los dos nos detuvimos jadeantes al llegar al final del sendero, habiendo completado el recorrido en tiempo record.
Me sentía exultante, pues finalmente había  ganado yo, pero algo en la expresión de Alicia me avisó de que no era buena idea alardear del triunfo, así que me comporté caballerosamente y ponderé su extraordinario momento de forma.
Seguimos corriendo un rato, a paso lento para bajar las pulsaciones y por fin, nos dirigimos al gimnasio, pasando antes por los coches para recoger nuestras cosas.
Minutos después, estábamos frente al mostrador de la recepción, donde una guapa señorita rellenaba mi credencial de visitante (una excusa como otra cualquiera para quedarse con mis datos y poder bombardearme luego con ofertas para hacerme socio).
De todas formas no me aburrí, pues bastaba con mirar a mi alrededor para poder regalarme la vista con los espectaculares monumentos de mujer que se paseaban por allí. Alicia podría haber hecho lo mismo, pues también había muchos tíos cachas pululando, aunque te aseguro que yo apenas los vi, concentrado como estaba en otras cosas.
A la que sí vi fue a la guapa jovencita de tetas enormes que había saludado a Tatiana en la cafetería semanas antes. Me acordé de ella porque… esas tetas no se olvidan. También iba vestida con ropa de lycra, lo que era francamente sugestivo. Además, la empleada del gimnasio con la que hablaba (una morenita francamente atractiva) también estaba para mojar pan. Me habría encantado enseñársela a las dos.
Ni me enteré de la mitad de las preguntas que la recepcionista me hacía hasta que Ali me dio un codazo en las costillas, visiblemente molesta. Seguro que la chica pensó que éramos pareja y que luego iba a caérseme el pelo.
Hicimos un rato de spinning y luego otro poco con las máquinas, aunque yo no estaba muy centrado en los ejercicios, distraído continuamente por los cuerpazos que por allí desfilaban. Estuve incluso sopesando borrarme de mi gimnasio (especializado en artes marciales y lleno de tíos rebosantes de testosterona) y apuntarme allí también.
Cuando Ali se cansó, me dijo que nos diéramos una ducha y fuéramos a la piscina. Ni una pega puse.
Minutos después, nos encontramos a la salida de los vestuarios, ya duchados y vestidos con albornoz.
Siguiendo unos carteles, llegamos a la piscina climatizada, pero entonces Ali dijo que no le apetecía nadar, que estaba cansada y que prefería relajarse en el jacuzzi.
A mí me daba igual, yo lo único que quería era verla vestida con el atrevido bañador que habría escogido para la ocasión, así que me dejé llevar hasta el otro extremo de la sala, donde había acondicionados tres hidromasajes.
Yo sabía que en ese gimnasio tan elegante tenían jacuzzis privados, pero Ali optó por uno de los que estaban junto a la piscina.

 

Por fin, Ali se libró del albornoz y, para mi completa decepción, apareció vestida con un bañador deportivo azul de una sola pieza de lo más recatado. Yo, que esperaba como poco un micro bikini, me quedé mirándola desencantado, lo que la hizo sonreír al saber perfectamente en qué estaba yo pensando.
Sin decir nada más, se metió en el jacuzzi, sentándose con la espalda pegada al borde. Encogiéndome de hombros, me libré del albornoz y me reuní con ella.
Y, durante un rato, todo fue perfectamente normal.
Estuvimos en remojo charlando tranquilamente, sin que pasara por mi mente la idea de intentar nada raro allí, pues, aunque aquel no era el gimnasio al que Ali iba habitualmente, sí que era socia de la cadena y la podían reconocer.
No estábamos solos en el jacuzzi, había cuatro personas más, una pareja (novios casi con seguridad) y dos chicas bastante atractivas, hablando entre ellas, sin prestarnos atención a los demás.
Yo, completamente relajado sintiendo cómo las burbujas y el agua caliente se llevaban el cansancio de mi cuerpo, las miraba de vez en cuando con aire distraído, imaginando que me mostraba desnudo ante aquellas bellas jóvenes y que ellas, lejos de escandalizarse, se deleitaban con mi erección, se animaban y…
–          He estado pensando en lo que podríamos hacer esta noche – me dijo Ali sacándome de mi ensoñación.
–          Dime – respondí con interés, tranquilo pues últimamente Ali se había mostrado muy recatada con sus planes.
–          Verás, resulta que he conocido a un tío…
–          ¿Un tío? – inquirí sintiendo una vaga inquietud.
Justo en ese momento, la parejita abandonó el jacuzzi entre risitas. El chico aprovechó para dirigir una última miradita disimulada tanto a las jóvenes como a Alicia, procurando que su acompañante no se diera cuenta, lo que me confirmó que, en efecto, eran pareja.
–          Sí. Se llama Iván y es el dueño de un sex-shop. Y allí tienen…
–          ¿Un sex-shop? – exclamé en voz un poquito más alta de lo que pretendía, lo que hizo que nuestras jóvenes acompañantes desviaran la mirada hacia nosotros.
–          Sí, uno al que voy a veces. Allí me recomendaron la web donde compré las gafas… He pensado que podríamos ir esta noche. Allí tienen una sala…
–          Ali, no sé – intervine – Un sitio donde te conocen… No me parece buena idea…
–          No, espera, tú escucha lo que te voy a decir…
Mientras hablaba, Ali se acercó a mí, sentándose cerca de mí. Muy cerca. De repente, fui plenamente consciente de la proximidad de nuestros cuerpos y, cuando su muslo desnudo rozó ¿involuntariamente? el mío, un escalofrío recorrió mi columna, haciéndome temblar.
–          Víctor, no me parece bien que te niegues sin haber escuchado siquiera lo que se me ha ocurrido…
Mientras decía esto, su muslo se apretó contra el mío ya sin disimulo ninguno. Ali estaba decidida a salirse con la suya y sabía cómo conseguirlo. Por Dios si lo sabía.
Su contacto me enervaba, bastó esa simple presión de su pierna desnuda contra la mía para que todo el deseo, toda la excitación, regresaran de golpe. La deseaba.
–          He estado unas cuantas veces en el local – continuó Ali simulando no darse cuenta de mi turbación – Y tienen una sala para espectáculos… ya lo he probado y es genial, así que se me ocurrió que quizás Tatiana…
Justo entonces, como por descuido, la mano de Alicia se posó en mi entrepierna, encima del bañador. Fue visto y no visto, en menos de un segundo, tocaron a diana y mi soldadito despertó de golpe, poniéndose en posición de firmes, apretándose contra la palma de su mano, que, lejos de retirarse, empezó a deslizarse muy despacio sobre el bulto, acariciándolo y estimulándolo con cuidado.
No pude evitar que un gemido de placer escapara de mis labios, atrayendo de nuevo la atención de nuestras vecinas, que se dieron cuenta al instante de lo que sucedía. A pesar de que el agua nos cubría hasta el pecho, la expresión de cordero degollado que había en mi rostro unida a la posición en que se encontraba Ali demostraron a las dos chicas que algo se cocía bajo el agua. Bueno, más bien algo “ardía” bajo el agua.
No sé, quizás si las dos mujeres se hubieran asustado y se hubieran largado de allí, habría sido capaz de mantener el control. Pero no, las dos se limitaron a cuchichear entre sí, con sonrisas pícaras en sus labios y a seguir observándonos con disimulo, con lo que la excitación que sentía se multiplicó por mil.
Justo como Alicia quería.
Ni corta ni perezosa, mi acompañante deslizó la mano por la cinturilla del bañador y se apoderó de mi miembro, apretándolo con fuerza, haciéndome gemir nuevamente. Las chicas, con un brillo de lujuria en la mirada, no nos miraban directamente, pero, aún así, no se perdían detalle.
Alicia seguía hablándome de su idea, pero te juro que, a partir del instante en que empuñó mi instrumento, no me enteré absolutamente de nada de lo que dijo, concentrados mis cinco sentidos en aquella habilidosa mano, que acariciaba deliciosamente mi hombría.
Como el bañador dificultaba sus operaciones, Ali me la sacó fuera y procedió a masturbarme con mayor decisión, brindándoles a nuestras encantadoras compañeras el espectáculo de una polla bien meneada.
Yo tenía los ojos medio cerrados, dejándome hacer, pero aún así podía ver que las chicas no se perdían detalle de lo que pasaba, volviéndome loco de calentura. Las dos se decían de vez en cuando cosas al oído y yo alucinaba tratando de imaginar qué se estarían diciendo.
Ali seguía a lo suyo, narrándome en detalle sus planes para la noche, sin que yo le prestara la más mínima atención a lo que decía, doblegada por completo mi voluntad a la suya, consiguiendo así recuperar el mando de las operaciones simplemente explotando mi deseo.
Joder, qué paja me hizo. Fue fantástica. Y las dos chicas viciosas mejoraron el panorama. Ni dos minutos aguanté.
De pronto, mi cuerpo se puso en tensión y sentí que mis huevos entraban en erupción. Ali, ya completamente despendolada, tiró de mi polla hacia arriba con fuerza, obligándome a levantar el culo de mi asiento.
Con ello consiguió que mi verga surgiera majestuosa de entre las cálidas y burbujeantes aguas, de forma que, cuando me corrí, el semen salió disparado como de un surtidor en vertical, alcanzando por lo menos un metro de altura antes de que la gravedad lo hiciera regresar y zambullirse en el jacuzzi.
Para mi absoluto deleite, los ojos de las dos chicas siguieron la trayectoria del lechazo arriba y abajo, con sendas expresiones de absoluto asombro tan cómicas que, de no haber estado tan cachondo, me habrían hecho  estallar en carcajadas.
Una vez aliviada la tensión y tras vomitar mi miembro las últimas gotas, Alicia relajó la presión y me permitió volver a sentarme, hundiéndome de nuevo entre las aguas, tratando de recuperar el aliento. Justo entonces las dos chicas, perfectamente coordinadas, se pusieron en pié y salieron del jacuzzi, medio avergonzadas, medio decepcionadas porque el show se hubiera terminado.
–           Hasta luego chicas – les dijo Ali con todo el descaro del mundo agitando la mano que segundos antes me había proporcionado tanto placer.
Las chavalas no respondieron pero una de ellas volvió la cabeza y me dedicó una última mirada que hizo que se me erizara el vello de la nuca.
–          Entonces, ¿qué? – dijo Ali volviéndose hacia mí – ¿Te parece bien mi idea?
La puta que la parió…
CONTINUARÁ
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