no son dos sino tres2

MEMORIAS DE UN EXHIBICIONISTA (Parte 1):

Sin-t-C3-ADtulo3Por fin soy feliz. Hubo un tiempo en que pensé que jamás lo sería, debido a mi particular condición. ¿Que cuál es esa condición? Amigo mío, ¿no has leído el título? Creí que hablaba por si solo.
Sí. Lo soy. Un exhibicionista. Ya conoces mi secreto. Quizás pienses que soy un enfermo, un pervertido. No te falta razón. Pero no puedo hacer nada por evitarlo. Soy así.
Pero no te equivoques, no ando por ahí persiguiendo crías para enseñarles el pajarito, traumatizando de por vida a tiernas niñas. No. A mí me excita que me miren auténticas mujeres. Ver el deseo, la lujuria brillando en la mirada de la chica para la que me exhibo. No pretendo darles miedo, asco o incomodarlas. No, cuando disfruto de verdad es cuando ellas también disfrutan. Un poco retorcido ¿verdad?
Pues eso. Mi condición me ha limitado durante toda mi existencia, aunque yo he acabado por aprender a sacarle partido. Bueno, toda mi existencia es exagerar un poco, más bien desde la pubertad, cuando mis instintos sexuales despertaron y descubrí cuales eran mis inclinaciones.
No, no, no me malinterpretes. No es que no disfrute con el sexo. Me encanta follar, por supuesto. Y he follado todo lo que he podido. Pero cuando me exhibo… Cuando siento los ojos de una hermosa mujer sobre mí… no puedo describirlo, me faltan palabras.
¿Cómo? ¿Que por qué soy feliz ahora? ¡Ah, amigo, ese es el quid de la cuestión! ¿Por qué ahora sí soy feliz?
Porque la conocí a ella.
Alicia.
CAPÍTULO 1: EL HÉROE:
Todo comenzó hace 3 meses. Mi vida trascurría alternando entre la monotonía del trabajo y la de la vida en pareja, combinadas con los intensos momentos en que me sentía auténticamente vivo, cuando daba rienda suelta a mis verdaderos deseos.
Trabajo como gerente comercial en una importante empresa, lo que me obliga a viajar continuamente por todo el país. La empresa siempre se mostró dispuesta a pagarme los desplazamientos de larga distancia en tren o avión, pero yo prefería el coche, pues me daba mayor libertad y movilidad para poner en práctica mis “incursiones exhibicionistas”.
En cuanto a mi vida familiar… No, no estoy casado. Tengo novia, Tatiana, con la que llevo saliendo ya 2 años, los últimos 8 meses viviendo bajo el mismo techo.
Siendo sincero, no puedo decir que la ame. Lo siento, pero es así. Ella es todo lo que un hombre podría desear; es dulce, tranquila, amable, hacendosa… Y está buenísima.
Pelirroja, 100 de pecho, unos muslazos imponentes, unos labios carnosos que hacen que todos los hombres se pregunten qué se sentirá al tenerlos rodeando su… ya sabes. Su perfil de mujer no es diabolo, cilindro, campana, ni ostias. El suyo es jamona. Es la mejor manera de describirla. Tremendamente voluptuosa.
Y es genial en la cama, se entrega al sexo con toda el alma, uno disfruta porque ve que ella está disfrutando también, no le dice que no a nada y, además, es super sensible, cualquier caricia la enardece, se pone a mil… es una diosa del sexo…
Sin embargo, hay cosas en ella… Joder, está muy feo lo que voy a decir, pero es la verdad. Tatiana no es demasiado… despierta. No destaca por su inteligencia precisamente. Y eso se refleja especialmente en su forma de actuar, se comporta de manera demasiado dependiente de mí y eso es algo que, a la larga, cansa.
Y además, no comparte para nada mis “aficiones”. En casa es una auténtica leona, pero fuera… le da vergüenza absolutamente todo. Si se hubiera enterado entonces de las cosas que hacía…
Pero bueno, ya basta de hablar de ella. En este capítulo la protagonista es otra.
Sí. Alicia.
Retomando el hilo. Aquella tarde de hace 3 meses, había salido pronto de trabajar. Me sentía bien, relajado, pues el balance trimestral había salido mejor de lo esperado y los jefes estaban contentos, con lo que pude aparcar un poco el stress, así que se me ocurrió que podía divertirme un poco, pues hacía tiempo que no lo hacía.
Ya sabes, hacer un poco el guarro.
Tranquilamente, conduje hasta el otro extremo de la ciudad, lo más alejado posible del barrio en que vivía, para minimizar el riesgo de tropezarme con algún conocido.
Tenía elegido mi destino, un parque enorme que se despliega en el lado oeste de la urbe, donde, con un poco de suerte, podría calmar mi excitación con una discreta sesión de exhibicionismo en  el paseo con la que calmar mi libido.

Aparqué el coche como a medio kilómetro de mi destino, a suficiente distancia como para que nadie viera donde lo había dejado, pero lo suficientemente cerca por si tenía que realizar una retirada estratégica.

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Aunque estábamos a finales de otoño, hacía un poco de calor, así que dejé la gabardina en el coche junto con la corbata, que había empezado a agobiarme y cogí un libro de la guantera que siempre llevaba para estos menesteres, pues permitía cubrirme en caso de necesidad.
Y me dirigí al parque.
Mi idea esa tarde no era hacer nada especial. Simplemente quería hacer lo que muchas otras veces. Conocía un sendero que atravesaba el parque que estaba un poco apartado del camino principal, pero que era bastante transitado pues servía como atajo para cruzar el recinto. Como había hecho muchas otras veces, había planeado sentarme en uno de los bancos que había junto al sendero y masturbarme, procurando eso sí que el espectáculo fuera disfrutado por alguna encantadora dama.
De hecho, yo sospechaba que algunas mujeres sabían perfectamente que de vez en cuando un exhibicionista se apostaba allí y era por eso que utilizaban ese sendero, pues más de una ocasión me había parecido reconocer a alguna de mis “víctimas”. Quizás fueran imaginaciones mías, no sé.
Poco después me sentaba en uno de los bancos, uno que quedaba parcialmente oculto por un seto, lo que me permitía ver a quien se aproximara antes de que ellos me vieran a mí, lo que ofrecía ventajas obvias a la hora de no exhibirme ante la persona equivocada.
Abrí el libro y me puse a simular que leía, con el corazón atronándome en el pecho, como me sucedía siempre que me embarcaba en una de estas aventuras. No importaba cuantas veces lo hubiera hecho, la emoción era siempre la misma.
Mi pene comenzó a endurecerse inmediatamente, a pesar de que no había ninguna moza en el horizonte, lo que me hizo sonreír al pensar que estaba hecho un pervertido de cuidado.
Esperé un rato. La erección no se me bajaba, como me sucedía invariablemente cuando estaba en esas situaciones, formando un notorio bulto en la entrepierna del pantalón, que yo ocultaba hábilmente con el libro, a la espera de que se aproximara alguna señorita a la que brindarle el espectáculo. La expectación era máxima, la tensión insoportable.
En un banco que había a mi izquierda, como a 15 o 20 metros, se sentó un señor bastante mayor que se apoyaba en un bastón. No me importó, pues, aunque podía resultar un estorbo para lo que yo pretendía hacer, estaba seguro de que si el viejo echaba a correr detrás de mí, no me pillaba. Sonreí en silencio.
La verdad es que casi nadie me habría pillado, yo era rápido corriendo. A pesar de ir con traje y todo. Ya lo había comprobado.
Y es que me mantenía en forma, no sólo porque deseaba ofrecer una imagen atractiva para las damas para las que me exhibía, sino también porque, con mis aficiones, era necesario estar en forma por si había que salir por piernas. Y qué demonios, la verdad es que la rutina del gimnasio me gustaba. Si no fuera así, no habría aguantado 20 años practicando karate. No es broma, estoy cachas.
Estaba tan perdido divagando en mis pensamientos que al principio no la vi, pero cuando lo hice… no pude sino maldecirme en silencio al ver que semejante oportunidad se desaprovechaba. Ella era justo lo que iba buscando, una chica joven, veintitantos, guapísima, caminado tranquilamente por el paseo… y sola.
Si la hubiera visto a tiempo, hubiera abierto la bragueta el pantalón, extraído mi durísimo falo y habría empezado a masturbarme lentamente, cubriéndome al principio con el libro, pero haciéndolo de manera que fuera obvio lo que estaba haciendo. Cuando sus ojos se clavaran en mí, si no veía en ellos miedo, enfado o ganas de ponerse a gritar, hubiera apartado el libro y…
Joder, se me había escapado. Y estaba seguro de que hubiera sido una víctima propicia, pues, al pasar por delante de mi banco, la chica me había dirigido una mirada apreciativa, contemplándome durante unos segundos, así que seguro que le hubiera gustado el espectáculo.
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Pensé en levantarme y seguirla, pero experiencias previas me habían demostrado que no era buena idea. Que un tío se levantara repentinamente de un banco para seguir a una mujer sola por el parque… menudo susto se iba a llevar la pobre. Y si ese tío encima le enseñaba la chorra…

Inesperadamente, la chica se sentó, justo en el banco que había enfrente del ocupado por el vejete. Con expresión nerviosa, miró al viejo unos segundos y luego hacia los lados, lo que me pareció extraño.
Simulé seguir concentrado en la lectura, pero mi intuición me decía que allí pasaba algo raro, aunque no sabía qué. La chica, a la que yo vigilaba desde detrás del libro, parecía estar muy nerviosa, agitada, mirando una y otra vez a su alrededor, como asegurándose de que no venía nadie.
Y de repente lo hizo. La joven, que seguía dando muestras de nerviosismo, colocó sus manos junto a sus muslos y, tirando de ella, subió su falda unos centímetros, hasta que podían verse sus rodillas. El vejete, sentado tranquilamente en su banco, no parecía haberse dado cuenta de nada, rebuscando tranquilamente en su cartera, sin prestar atención a la hermosa mujer que se había sentado enfrente suyo y que aparentaba estar…
No podía ser. Estaba soñando. La chica no podía estar haciendo lo que parecía…
Pero sí que lo hacía. Una vez más miró a los lados, asegurándose de que nadie venía, vigilándome especialmente a mí, que seguía disimulando con mi libro. Cuando se aseguró de que nadie más la veía, se subió la falda un poco más, a medio muslo y separó bien las piernas.
El viejo sí que se dio cuenta entonces, pues la cartera se le cayó al suelo. Muy lentamente, sin acabar de creerse el espectáculo que le estaba siendo ofrecido, el anciano se agachó con torpeza para recoger su billetera del suelo, sin apartar ni un segundo la mirada de la joven, a la que debía estar viéndole hasta los pensamientos.
Y ella, aunque bastante acongojada, no cerró las piernas en absoluto, sino que las separó descaradamente, con lo que la falda se le subió más todavía.
Justo entonces, ella se dio cuenta de que yo también la miraba alucinado y, durante un instante, pareció estar a punto de levantarse y largarse pitando de allí. Pero no lo hizo. Siguió sentada, mirándome. A pesar de la distancia, pude percibir que sentía vergüenza por lo que estaba haciendo, que estaba ruborizada… pero no dejó de hacerlo.
Tenía la boca seca, el corazón me iba a estallar. Me veía reflejado en ella, era como yo, aquella mujer… Procurando disimular lo mejor que pude, extraje el teléfono móvil de mi chaqueta y empecé a grabar a escondidas el espectáculo que la joven estaba ofreciendo. No me fue difícil, pues tenía bastante experiencia en hacer ese tipo de grabaciones, sólo que el protagonista solía ser yo mismo.
Repentinamente, decidida a brindarnos el show de nuestras vidas, la joven levantó un pié y lo subió al banco, despatarrándose por completo. La falda se le subió hasta la cintura y pude apreciar perfectamente que iba sin ropa interior. Libidinosamente, se chupó los dedos y los deslizó hasta su entrepierna, donde empezó a frotarlos voluptuosamente, mientras nos miraba con lujuria al anciano y a mí.
Conocía esa sensación, sabía perfectamente lo que ella experimentaba, lo que estaba buscando. Me sentí eufórico, transportado, había encontrado a alguien como yo, tenía que conocerla, confesarle que éramos iguales, decirle…
Justo entonces los vi. Concentrados como estábamos los tres en nuestro show privado, no los vimos acercarse.
Inmediatamente supe que iba a haber problemas.
–         ¡Pero mira que pedazo de puta! – aulló uno de los niñatos que venían por el sendero – ¡Si está enseñando el coño!
El fulano que había hablado y sus dos amigos se acercaron riendo al banco donde estaba la joven. Eran tres macarras de barrio, del tipo que todos conocemos, con litronas de cerveza en la mano y todo, para encajar perfectamente en el perfil; pero estos no eran niñatos descerebrados sin más, sino que debían rondar ya los 30 años, lo que los volvía infinitamente más peligrosos, aunque igualmente descerebrados.
–         ¡Venga, guarra, no te cortes, que yo también quiero verlo! – gritó otro de los simios.
Ni que decir tiene que, en cuanto percibió la presencia de los tres primates, la joven se había colocado bien el vestido y había tratado de poner pies en polvorosa, consciente de estar metida en un buen lío.
Sin embargo, los macarras la habían pillado en el peor momento posible y de allí no podía salir nada bueno.
–         ¿Qué dices puta? – le espetó otro.
La chica contestó algo que no pude oír e intentó marcharse por el sendero.
–         ¿Adonde vas guapetona? ¿Te parece bien enseñarle el coño a un viejo y no a nosotros? ¡Venga guapa, que nosotros sí sabríamos lo que hay que hacer con él!
La joven hizo un nuevo intento de largarse de allí, pero volvieron a detenerla, esta vez con peores modos. De un empujón, la tiraron encima del banco. La pobre chica manoteó desesperada, hasta que uno de los tipejos la sujetó por las muñecas. Entonces, de un tirón, el cerdo desgarró el vestido de la chica, de forma que un perfecto seno quedó completamente a la vista, mientras los otros dos bestias jaleaban a su amigo.
–         ¡Fíjate qué zorra, si no lleva sujetador ni bragas! ¡Ésta está deseando un buen pollazo! – gritó uno.
–         ¡Pues se va a llevar unos cuantos!
Uno de los hijos de puta ya se había sacado la picha del pantalón y con fiereza empezó a restregarlo en la cara de la chica, intentando que ella abriera la boca para recibir su asquerosa cosa entre sus labios.
–         Venga puta, ¡chúpamela! ¡Si estás deseándolo! ¡AGHHHH!
El gilipollas ni me vio venir. Como dije antes, llevo 20 años en el gimnasio practicando karate. Y lo siento, yo soy español, así que lo mío no son las doctrinas budistas del señor Miyagi; eso de “karate para defensa sólo” no va conmigo. ¡Nah! A mí me va más el refranero español y aquí decimos que el que da primero, da dos veces…
No me dolió en absoluto atacarlos a traición. Ni el más ligero remordimiento, puedo jurarlo. Pateé con ganas las pelotas del desgraciado que se había sacado la polla, desde atrás, con la puntera del zapato. Algo sonó a roto y el tipo se derrumbó.
Agarré por el cuello de la camisa a su colega y le propiné tres golpes secos en el pecho, hasta dejarle sin aire. Por desgracia, el tercero fue más rápido de lo que yo me esperaba y logró golpearme con la botella de cerveza en el rostro, haciéndome un corte en la ceja. Yo se lo devolví con una rápida patada circular que me salió de lujo, ni en los entrenamientos me salían mejor, alcanzándole en toda la jeta y haciéndole salir volando por encima del banco.
–         ¡Vamos, larguémonos de aquí! – apremié a la joven, tendiéndole una mano.
Ella dudó menos de un segundo antes de tomar mi mano y permitir que la ayudara a levantarse. Sin poder evitarlo, mi mirada se clavó en el exquisito seno expuesto y ella se dio cuenta, aunque no dijo nada, sin molestarse en intentar cubrir su desnudez.
–         Abuelo, será mejor que se largue también, no vayan a tomarla con usted ahora – le dije al anciano del otro banco.
El viejo, boquiabierto, asintió con la cabeza y, ayudado por su bastón, siguió su camino.
–         Hijo de putaaa… – jadeó uno de los simios mientras se retorcía en el suelo.
La mano de la chica apretó la mía, asustada, así que tiré de ella y la hice salir corriendo por el sendero, largándonos de allí lo más deprisa que pudimos.
En un par de minutos, salimos del parque, deteniéndonos un instante, para decidir a donde ir. La joven jadeaba ligeramente, pero no parecía nada cansada, lo que me confirmó que también estaba en forma.
–         ¡Oh, Dios mío! ¡Tu ojo! – exclamó de repente al darse cuenta de que el corte en la ceja estaba sangrando.
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Madre mía, hasta su voz era sensual. Las rodillas me temblaron.

–         No te preocupes, no es nada, un arañazo. El tipo no me dio de lleno.
–         Pero estás sangrando.
–         Ya, bueno, una tirita y listo…
No pude evitarlo, volví a mirar su seno desnudo. Era hermoso, de piel pálida, con un delicioso y erecto pezón brillando en una areola sonrosada…
–         Perdona, no me había dado cuenta de que te habían roto el vestido – mentí, como ambos sabíamos perfectamente – Toma.
Me quité la chaqueta y se la alargué.
–         Gracias. Eres muy amable – dijo ella poniéndosela.
Estaba bellísima, con el rostro sudoroso, vestida con mi chaqueta, que le quedaba enorme.
–         Venga, vamos a buscar una cafetería. Allí podré curarme esto. Además, seguro que esos mierdas nos buscan en cuanto se recuperen.
–         Vale – respondió la joven simplemente.
Sentí un gran alivio, pues durante un segundo pensé que quizás se negaría a acompañarme y yo estaba deseando conocerla mejor.
CAPÍTULO 2: PRIMERA CITA:
Caminamos unos minutos, alejándonos del parque. Ya no íbamos cogidos de la mano, lo que lamenté profundamente. Me sentía muy nervioso, pensando en qué decirle para lograr saber más de ella.
Por fin, encontramos una cafetería tranquila y entramos, sentándonos en una de las mesas, una que estaba apartada de las ventanas, por si acaso los energúmenos nos buscaban por la zona.
Con gran aplomo, la joven le explicó a la camarera que habían intentado robarnos y le pidió que nos dejara el botiquín, cosa que la chica hizo con gran diligencia.
Fui al baño a limpiar la herida, descubriendo que era poca cosa, como había sospechado. Lo lamenté bastante, pues pensaba que, si hubiera sido grave, ella habría tenido que cuidarme. Si seré imbécil.
Poco después, sentados de nuevo en la mesa, la joven se encargaba de desinfectar la herida y ponerle una tirita. El contacto de sus manos me enervó tremendamente. Alcé la mirada y mis ojos se encontraron con los suyos un instante, aunque ella los apartó enseguida, avergonzada. Sabía perfectamente en qué estaba pensando.
Habría querido decirle que no sintiera vergüenza, que yo era como ella, que había disfrutado enormemente con su show en el parque… quería decirle tantas cosas… Pero lo único que se me ocurrió decir fue:
–         ¿Qué quieres tomar?
–         Un café americano.
Instantes después, regresé a la mesa tras haber pedido dos cafés americanos y de haber devuelto el botiquín a la camarera, dándole las gracias efusivamente. Me senté y me quedé callado unos segundos, tratando desesperadamente de saber qué decir. Pero fue ella la que habló.
–         Te doy asco, ¿verdad?
Me quedé atónito. Con la boca abierta, literalmente.
–         ¿Có… cómo? – balbuceé.
–         Vamos, no disimules. Me has visto antes en el parque. Has visto la clase de enferma que soy…
Y se echó a llorar, tapándose el rostro con las manos. Me quedé petrificado, no sabía qué hacer. Torpemente, intenté consolarla, aunque sabía que era mejor que se desahogara un poco, pues el susto que se había llevado había sido importante.
–         ¿Se encuentra bien? – preguntó la camarera mientras dejaba los cafés encima de la mesa.
–         Sí, sí – me apresuré a responder – Son sólo nervios por lo que ha pasado. Hasta le han roto el vestido…
–         Pobrecita – dijo la joven mirando con compasión a mi llorosa compañera – No me extraña. Creo que le vendrá bien una dosis extra.
Mientras decía esto, la chica sirvió una generosa ración de licor en el café, llenando la taza hasta el borde. Tras dedicarme un guiño cómplice, la guapa camarera regresó a su puesto en la barra, mientras yo pensaba que me encantaría sentir sus hermosos ojos azules clavados en mi verga.
Sacudí la cabeza, alejando tales pensamientos y volví a concentrarme en mi compañera.
–         Vamos, tranquilízate – dije alargándole un pañuelo – Ya ha pasado todo. Te aseguro que eso tíos se lo pensarán dos veces antes de volver…
–         ¡Eso me da igual! – exclamó ella mirándome con ojos furiosos – ¡Me hubiera estado bien empleado si me hubieran violado! ¡Es lo menos que se merece una pervertida asquerosa como yo!
Comprendí perfectamente lo que le pasaba. Aquella chica no había aceptado aún su condición. Se sentía culpable por actuar siguiendo sus instintos. Y supe lo que tenía que hacer.
–         Espero que no hayas dicho eso en serio – dije.
–         ¡¿Y por qué no?! ¡Es lo que me merezco! – respondió ella descargando su rabia en mí.
–         No te conozco de nada – dije con tranquilidad – Ignoro por completo lo que te mereces y lo que no. Pero, si lo que estás diciendo es que te mereces que te hagan daño por hacer lo de antes…
–         ¡Sí! ¡Por ser una enferma, una pervertida asquerosa! ¡Me merezco eso y más!
–         Vaya – dije bebiendo calmadamente de mi café – Pues ahora sí que has logrado ofenderme, pues si estás diciendo que los pervertidos merecen que les pasen cosas malas… me doy por aludido.
Ella me miró fijamente, sin comprender.
–         ¿Qué quieres decir?
–         Que según tú, me merezco que me pasen cosas malas, pues yo soy también… ¿cómo has dicho antes! ¡Ah, sí! Un pervertido asqueroso.
La joven me miró fijamente, con los ojos brillantes por las lágrimas, repentinamente nerviosa y asustada.
–         ¿Cómo? – preguntó con voz temblorosa.
–         Tranquila, chica. No me refiero a que sea un violador, ni nada de eso.
–         No… no te entiendo – insistió ella.
–         Quiero decir… Que soy exhibicionista. Como tú.
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Se quedó alucinada, boquiabierta. Aún así, estaba guapísima con el rostro empapado de lágrimas. Sonrió entonces, más calmada, encajando lo que acababa de decirle en sus esquemas.

–         Madre mía tío. He escuchado historias raras para ligar, pero tú te llevas la palma – me soltó.
–         ¿Eso crees que hago? ¿Inventármelo para ligar contigo?
–         Bueno…
–         Te lo tienes muy creído tú – le espeté para confundirla.
Se ruborizó muchísimo, cosa que me encantó. Poco a poco, me sentía más seguro.
–         Eres muy guapa, lo admito – continué – Pero si me crees capaz de inventarme semejante historia para meterme en tus bragas… me has juzgado muy mal. Además, si ni siquiera llevas…
Se puso aún más roja si es que eso era posible. Por lo menos, había logrado que dejara de llorar, que era lo que en realidad pretendía.
–         Bueno, yo – dijo titubeante – Perdona, pero creo que debería marcharme…
–         ¿No me crees? – dije en voz alta, atrayendo de nuevo su atención hacia mí.
Ella no contestó.
–         No importa. Puedo demostrártelo.
Metí la mano en mi chaqueta y, por un segundo, ella pensó que iba a desnudarme allí en medio, por lo que se le pusieron los ojos como platos por la sorpresa. Pero mi intención era otra. Simplemente saqué mi móvil y me puse a buscar un fichero en la memoria.
–         ¡Ajá! ¡Aquí está! – exclamé cuando hallé lo que estaba buscando – Échale un vistazo a esto.
Le pasé el móvil con un vídeo en marcha. Con mano temblorosa, la chica cogió el teléfono, miró la pantalla y pude ver perfectamente cómo sus pupilas se dilataban con estupor.
Alucinada, la bella señorita se quedó con la boca abierta mirando el vídeo en silencio, lo que me permitió observarla a placer.
Madre mía, qué bonita era. Rubia, ojos claros, rasgos dulces y encantadores, piel suave, sin mácula. Una mujer guapa de verdad, de las que necesitan muy poco maquillaje, pues no tiene defectos que esconder.
Ella seguía mirando el vídeo, hipnotizada. Yo sabía perfectamente lo que estaba viendo, al fin y al cabo lo había filmado yo. Deseando hacer nuestro contacto más íntimo, me cambié de silla y me senté a su lado, para poder ver la pantalla yo también.
Miré el teléfono y vi mi propia polla, completamente erecta, siendo masturbada suavemente por mi mano derecha. El plano se abrió un poco, permitiendo ver que iba sentado en el interior de un autobús público, pajeándome tranquilamente, con el móvil escondido bajo una chaqueta, de forma que podía grabar el espectáculo a escondidas.
En pantalla sólo se me veía del pecho hacia abajo, no la cara, pues lo que me interesaba grabar estaba en realidad al otro lado del bus, en la fila de asientos posterior a la que yo ocupaba. Allí estaba sentada una guapa señorita de unos 20 años, que, inclinada hacia delante, no se perdía detalle de la paja que yo me estaba haciendo, con los ojos clavados en mi erección, casi sin parpadear.
–         ¿Ves? – le dije en voz baja a la chica – No te he mentido. Y ahora viene lo mejor.
Justo en ese momento, la joven del vídeo, bastante excitada por la situación, se mordía el labio inferior de forma harto erótica y poco después, se acariciaba un seno por encima de la ropa.
–         Te juro que cada vez que lo veo me excito terriblemente – le susurré a mi compañera al oído.
Ella clavó su mirada en mí un segundo, pero enseguida volvió a desviarla hacia la pantalla. Y justo en ese momento, mi polla entró en erupción en el vídeo, vomitando semen que resbalaba por mis dedos y manchaba el asiento de delante, mientras la joven del bus daba un gracioso respingo.
–         ¡Oh! – exclamó sensualmente mi compañera, excitándome muchísimo.
–         ¿Te ha gustado? – le dije sonriendo.
Ella clavó sus hermosos ojos en los míos, todavía alucinando por lo que acababa de ver. Sin embargo, recobró la compostura inmediatamente y me alargó el teléfono.
–         Esto no demuestra nada. Podría ser cualquiera, no se ve la cara…
–         Mira un poco más – respondí sencillamente.
Volvimos a mirar la pantalla justo a tiempo de ver cómo la joven se levantaba de su asiento y caminaba hacia la salida del bus, pasando a mi lado. Mientras lo hacía, me miró detenidamente y sonrió, siguiendo su camino. Entonces la filmación se agitaba hacia los lados, mientras yo movía el móvil hasta que mi rostro apareció mirando a cámara, diciendo algo que no se entendió.
Mi acompañante, anonadada, sólo atinó a preguntar:
–         ¿Qué fue lo que dijiste?
–         “Espero que se haya grabado bien”
Ambos nos reclinamos en nuestros asientos, mirándonos el uno al otro. El corazón me latía desaforado, mientras me preguntaba si a ella le pasaría lo mismo.
–         No puedo creérmelo – dijo ella por fin.
–         ¿Por qué no? No es tan raro. Hay por ahí mucha gente con nuestras mismas inclinaciones, no es tan extraño que dos…
–         ¿Inclinaciones? – me interrumpió ella – Querrás decir depravaciones, somos enfermos, pervertidos…
–         Como quieras. Si lo prefieres, somos pervertidos. Pero entendiendo la perversión simplemente como una desviación del comportamiento normal, no como algo malo.
–         ¿No te parece malo? ¿Te parece bien masturbarte en un autobús para que una chica te mire? ¿Para asustarla?
–         ¿Te pareció asustada? Chica, pues a mí no me lo pareció para nada.
Ella no respondió, reacia a darme la razón.
–         Hay quien piensa que los homosexuales son enfermos, pervertidos – continué – Y no es así, simplemente su sexualidad los aparta del comportamiento habitual. Hay gente a la que le gusta la dominación, el bondage, el voyeurismo… Pues lo mismo. Para mí, no son “pervertidos” como tú dices, simplemente son personas con una sexualidad diferente. Desde luego, yo no me tengo por un enfermo…
–         Pues no estoy de acuerdo – dijo ella con testarudez.
–         Lo que te pasa a ti es que todavía no has aceptado lo que eres. Sólo eso. Cuando lo hagas, disfrutarás mucho más. Serás tú misma y dejarás de sentirte culpable.
–         ¿Disfrutar con esas cosas? – profirió ella indignada.
–         Pues claro. No irás a decirme que no estabas excitada mientras te exhibías en el parque…
Volvió a quedarse callada.
–         Entiendo que, por ser mujer, todo esto es más difícil para ti, pero…
–         ¿Cómo que “por ser mujer”? – exclamó enfadada.
–         No, tranquila – dije alzando las manos en gesto de paz – No es un comentario machista, Dios me libre, me refiero a que para ti es más difícil que para mí poder poner en práctica esos instintos.
–         No te entiendo.
–         A ver, me explico – dije – Verás, cuando yo me exhibo (y que te quede claro que me gusta hacerlo frente a mujeres, no niñas ni nada por el estilo), es bastante habitual que la cosa salga mal; que la chica se asuste y se largue, que se monte un follón, que intente atizarme (aunque esto no pasa muy a menudo). Lo más habitual es que haga como que no me ha visto y me ignore; algunas veces, simplemente disfruta del espectáculo, como la del vídeo y otras, las más lanzadas, se animan a participar…
–         ¿En serio? – dijo la chica con incredulidad.
–         Algunas veces – asentí – Lo que no me ha pasado nunca, es que, al verme exhibirme, una mujer haya decidido violarme.
–         Creo que ya sé por donde vas.
–         A eso me refería con lo de “ser mujer”. Si a ti, con lo guapa que eres, se te ocurre exhibirte delante de un hombre, lo normal es que lo interprete como una invitación y vaya a por ti, aunque no sea lo que tú quieres y en casos extremos… te encuentras con bestias como los de antes.
Ella apartó la mirada, confirmándome que le había pasado en más de una ocasión.
–         Yo… Yo intento luchar contra esos impulsos – me dijo con desesperación – Y a veces lo logro, pero al final siempre…
–         Acabas sucumbiendo – asentí – Es normal, está en tu naturaleza.
Volvió a mirarme con desesperación.
–         Lo que tienes que hacer es aceptarlo y aprender a comportarte de forma que puedas disfrutar, sentir el placer de que te miren, pero de forma segura, con cuidado.
–         ¿Cómo?
–         Usando la cabeza – respondí – Debes aprender cómo, cuando y donde.
–         ¿Y cómo puedo aprender? No es algo que se aprenda en la escuela…
–         Bueno… Quizás haya sido el destino el que nos ha reunido…
La chica me miró fijamente, callada como una muerta. Podía percibir perfectamente el debate en su interior, deseando por un lado que la ayudara a liberar sus instintos y por otro, el lógico miedo a que un desconocido hubiera descubierto su secreto.
¿Desconocido? En ese instante me di cuenta. Con el cerebro totalmente concentrado en todo lo que acababa de pasar, no había caído siquiera. Me eché a reír, desconcertándola más si cabe.
–         ¿Se puede saber de qué te ríes? ¿Es que te has vuelto loco?
–         No, no – negué con la cabeza – Es que acabo de caer en que los dos nos hemos visto muy bien el uno al otro, con todo lujo de detalles… y ni siquiera sabemos cómo nos llamamos.
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Se quedó sorprendida un instante, mirándome con desconcierto, hasta que acabó por echarse también a reír. Entonces, bruscamente, se tapó la boca con las manos y me miró con estupefacción.

–         ¡Dios mío! – exclamó – ¡Acabo de darme cuenta de que ni siquiera te he dado las gracias por salvarme!
–         Pues sí, es verdad. Ya estaba pensando que eras una desagradecida – bromeé – Anda mujer, no le des más importancia. Te aseguro que ha sido un placer. Ya sabes, rescatar a la damisela en apuros…
Ella me dirigió una sonrisa capaz de derretir un iceberg.
–         Aún así… muchas gracias.
–         De nada – dije guiñándole un ojo – Por cierto, me llamo Víctor.
–         Alicia. Encantada.
Nos estrechamos la mano.
–         Mi héroe – dijo Alicia sonriéndome.
Seguimos charlando un rato, tras pedir un par de combinados. La conversación giró sobre nuestra vida personal. Yo le hablé de mi trabajo y de Tatiana y ella me contó que trabajaba como diseñadora de interiores y que estaba prometida con un tal Javier. Su rostro se ensombreció un poco al mencionarle, así que decidí no insistir en el tema.
Pero ella quería hablar de otra cosa.
–         Bueno, y volviendo a lo del vídeo… ¿Lo haces muy a menudo?
–         De vez en cuando. No sé, una o dos veces al mes.
–         ¿Y siempre en el autobús?
–         No, no. En muchas partes. En el cine, en el coche, en tiendas…
Ella me miraba boquiabierta.
–         ¿En serio?
–         Claro. Es sólo cuestión de saber escoger el momento, minimizar los riesgos y tener buen ojo para elegir. Por ejemplo, el vídeo de antes. Esa es una forma ideal de hacerlo. Como la chica está en la fila detrás de la mía, piensa que no puedo verla. Así, se siente segura y puede dar rienda suelta a sus impulsos. Para ella yo era un tipejo al que le gusta pajearse en el bus, pero no que estuviera haciéndolo para ella, pues no se daba cuenta de que la veía.
–         Pero, ¿cómo la veías? Si estabas de espaldas a ella…
–         Por el reflejo de la ventana – respondí – Estaba anocheciendo y con la iluminación interior del bus, los cristales actúan como espejos.
–         Ya veo. ¿Y cómo lo grabaste?
–         Con el móvil. Lo llevaba tapado con la chaqueta. Soy un experto grabando a escondidas.
Ella asintió con la cabeza. Y yo me decidí a atacar a fondo.
–         De hecho, antes te grabé a ti.
Se quedó petrificada, mirándome sin saber qué decir. Sin darle tregua, activé de nuevo el móvil y se lo alargué. Como un autómata, Alicia cogió el aparato y miró la pantalla, viéndose a sí misma, despatarrada en el banco del parque, frotándose el coñito con voluptuosidad.
–         ¿Te gusta? – le susurré.
Ella no dijo nada. Se limitó a observar atónita el vídeo hasta que éste terminó. Aparentando estar enfadada, me devolvió el móvil.
–         Bórralo inmediatamente – me ordenó con voz temblorosa.
Yo sonreí, pues sabía que no deseaba que lo hiciera. Si hubiera querido, podría haberlo borrado ella misma en vez de devolverme el teléfono, pero no lo había hecho.
–         De eso nada – respondí – Luego voy a usarlo para masturbarme.
Volvió a quedarse anonadada, sin saber qué decir, con sus incrédulos ojos clavados en los míos. Yo había apostado fuerte, creyendo que la había calado bien, pero, aún así, su reacción me sorprendió.
–         Demuéstramelo.
Esta vez fui yo el que se quedó parado, sin saber qué responder. Con una insinuante sonrisa, se reclinó en su asiento y se mordió levemente el labio inferior, como la chica del vídeo, sólo que de una forma mil veces más erótica. Me estremecí.
–         ¿Ahora? – dije sin acabar de creérmelo.
Ella asintió en silencio.
Miré a mi alrededor, calibrando la situación. La cafetería estaba casi vacía y nuestra mesa estaba completamente al fondo, apartada del resto de clientes, con lo que no había mucho riesgo. El único problema era la camarera, pero la idea de que ella me viera… me gustaba.
–         De acuerdo.
Mi súbita aceptación la pilló por sorpresa y esta vez fue ella la que miró a nuestro alrededor con nerviosismo. Mientras, la excitación que yo tan bien conocía ya se había apoderado de mí y mi miembro, que llevaba un rato semi erecto por lo erótico de la conversación, se puso duro de golpe, apretando con fuerza contra la bragueta del pantalón.
Un segundo después, me bajaba la cremallera y mi pene surgía majestuoso, durísimo, aunque oculto bajo la mesa. Eché la silla un poco hacia atrás y, para mi infinito placer, Alicia se asomó disimuladamente, echando un buen vistazo a mi erección con ojos brillantes. En cuanto sentí su mirada sobre mí, un ramalazo de placer recorrió mi cuerpo y, sin pensármelo dos veces, empecé a deslizar mi mano sobre el erecto falo.
–         ¿Te gusta? – le susurré sin dejar de pajearme, sintiendo su ardiente mirada sobre mi piel.
Ella no respondió, limitándose a disfrutar del espectáculo sin perderse detalle.
Guiado por la excitación, incrementé el ritmo de la paja, mientras emitía suaves gruñidos de placer, provocados por la mirada de Alicia. Creo que hubiera bastado con que ella me mirara la polla un rato para acabar por correrme, sin necesidad de masturbarme.
Entonces me di cuenta de que Alicia no era la única espectadora. La camarera, bastante sorprendida, nos miraba de reojo desde la barra, simulando estar ordenando unos vasos. Reconocí sin dificultad su expresión de excitación contenida. La había visto muchas veces.
Sin cortarme un pelo, levanté un poco el culo de la silla, para que la punta de mi cipote asomara por encima de la mesa. La camarera dio un respingo y fingió estar superconcentrada en la vajilla, pero yo sabía que no se estaba perdiendo detalle.
–         ¿Qué haces? – preguntó Alicia en voz baja.
–         Nuestra amiga también tiene derecho a disfrutar del espectáculo – siseé – Ha sido tan amable…
Comprendiendo, Alicia miró con disimulo a la camarera, comprobando que nos estaba espiando.
–         Joder, es verdad. Te está mirando…
Y yo ya no pude más. La voluptuosidad, el morbo del momento fueron demasiado. Me corrí con ganas, gimoteando, apuntando mi pene hacia el suelo con cuidado de no manchar a mi acompañante, pues intuía que nuestra relación no había llegado aún a ese punto.
Cuando me descargué, miré a Alicia, que me dedicó una sonrisa temblorosa. Podía leer la lujuria en su mirada.
–         No puedo creer que lo hayas hecho – me dijo simplemente.
–         ¿Por qué no? Seré un pervertido, pero no un mentiroso.
Alicia me dedicó una encantadora sonrisa, que me hizo estremecer de nuevo. Por desgracia, justo entonces regresó al mundo real y miró hacia los lados, como si no supiera muy bien donde estaba.
–         ¡Dios mío! ¡Que tarde es! – exclamó mirando su reloj – ¡Se me ha ido el santo al cielo! ¡Y tengo que pasar por la tintorería a por los trajes de Javi! ¡Oh!
Sabiendo que lo bueno había acabado, le hice un gesto a la camarera pidiéndole la cuenta. La chica, roja como un tomate, nos la trajo instantes después. Pagué dejándole una buena propina, al fin y al cabo muy probablemente iba a tener que encargarse de limpiar los restos de nuestra aventurilla que habían quedado bajo la mesa.
Alicia, una vez de vuelta a la vida real, parecía estar deseando largarse de allí y perderme de vista, lo que me dolió un poco. No quería que se fuera, pero no veía el modo de retenerla. Me sentía un poquito angustiado mientras salíamos de la cafetería. Como era final de otoño, a esas horas ya había anochecido.
–         Vamos – le dije – Te acompaño a tu coche.
–         No… no es necesario.
–         No seas tonta. No me iría tranquilo sin saber si habías vuelto a tropezarte con esos tíos. Además, si me llevo la chaqueta irás por ahí con una teta al aire…
Ella sonrió por mi broma, más relajada y aceptó que la acompañara.
–         Es por aquí – dijo – Está cerca del parque.
Caminamos en silencio. Yo estaba que me moría por volver a verla, pero no se me ocurría qué decir. Allí en medio de la calle, los dos solos, sabiendo de mis aficiones particulares, me daba miedo decir algo y asustarla.
–         Éste es – dijo ella deteniéndose junto a un Audi gris.
–         ¡Oh! Vaya… – dije angustiado porque pensaba que no volvería a verla.
Ella se quedó un instante junto al coche, remoloneando, como vacilando en subir. Me armé de valor y se lo solté:
–         Quiero volver a verte.
Alicia me miró fijamente, sin decir nada. Su intensa mirada provocó que la boca se me quedara seca.
–         No sé si sería una buena idea – respondió tras unos instantes.
–         Como quieras – dije suspirando – Pero opino que es una pena. Podría enseñarte mucho y ayudarte a que te aceptes a ti misma…
–         ¿Y qué sacarías tú? – dijo ella, interrumpiéndome.
–         ¿Yo? – dije pensándomelo unos segundos – No tengo palabras para describirte lo muchísimo que me he excitado esta tarde. Lo he pasado tan bien como hacía mucho tiempo. Por fin he conocido a alguien que es como yo, que podría comprenderme y compartir mis experiencias…
–         ¿Y nada más?
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La miré fijamente a los ojos, comprendiendo perfectamente a qué se refería.

–         Si lo que preguntas es si me siento atraído por ti… Por supuesto. Eres bellísima y además, compartes mis aficiones. Pero te juro que yo jamás intentaré nada… a no ser que tú quieras…
Volvió a mirarme en silencio. Sentí miedo de que se negara.
–         Pero mira, no me contestes ahora – dije tratando de aparentar indiferencia – Déjame tu número, o si lo prefieres te doy yo el mío…
–         No sé… – dijo ella dudando todavía – Entiende que no te conozco de nada…
–         Lo comprendo. Bueno, como tú quieras – dije resignado.
En sus ojos leí perfectamente la decepción, ella quería que insistiera, pero le daba vergüenza admitirlo. Entonces se me ocurrió la solución.
–         Espera – le dije – Entiendo que no quieras darme tu número, por si soy un psicópata o algo así.
Ella sonrió avergonzada, demostrando que tal idea ya había pasado por su cabeza.
–         ¿Qué propones? – preguntó con impaciencia, indicándome que ella también quería volver a saber de mí.
–         Dame un correo electrónico. Seguro que tienes alguno que no sea de trabajo. Así podremos mantener el contacto y, si finalmente no quieres volver a saber nada de mí, no tendré forma de localizarte. Por si soy un acosador… – dije riendo.
Se lo pensó sólo un segundo.
–         De acuerdo. A ver, apunta – accedió para mi infinita alegría.
Tomé nota de su mail y, por si acaso, le apunté el mío en un papel, que ella apretó en su puño.
–         Bueno – dijo – Me voy ya. Le prometí a Javier que pasaría a recoger unos trajes y ya se ha hecho tarde.
–         Pues deberías buscar algo para taparte el… ya sabes – dije sonriendo – Aunque, a lo mejor prefieres no hacerlo y darle al de la lavandería un bellísimo regalo…
Ella sonrió y agitó la cabeza, divertida. Entonces, respiró profundamente, como armándose de valor y, bruscamente, se quitó la chaqueta, devolviéndomela.
Su delicioso seno, con el pezón todavía enhiesto, quedó expuesto a mi vista nuevamente. Esta vez no me anduve con disimulos y recreé mi vista con el hermoso paisaje sin cortarme un pelo. Alicia toleró mi mirada sin decir nada, exhibiéndose para mí.
–         De nuevo, muchas gracias – dijo rompiendo el hechizo – Si no llega a ser por ti, no sé qué habría pasado. Bueno, sí lo sé, pero…
–         Pero ¿qué dices loca? ¿No viste que el anciano estaba a punto de liarse a bastonazos? – bromeé – ¡Anda que no se cabreó cuando los capullos aquellos le interrumpieron el show!
Alicia volvió a dedicarme una de sus luminosas sonrisas y abrió la puerta del coche. Justo antes de meterse, apoyó una de sus manos en las mías y me acarició suavemente, provocando que se me erizasen los pelos de la nuca.
–         En serio. Gracias.
Subió al coche y cerró la puerta, dejándome espantosamente excitado. Pero, como soy maniático de tener la última palabra, quise rematar la escena, así que di unos golpecitos en el cristal para que ella lo bajara.
–         Dime – me dijo desde su asiento tras accionar el elevalunas.
–         Tienes unos senos preciosos – le dije guiñándole un ojo – Bueno, al menos uno de ellos.
Ella se rió.
–         Te aseguro que el otro es igual.
–         ¿En serio? Me encantaría verlo…
Volvió a sonreírme seductoramente.
–         Otro día.
–         Te tomo la palabra – respondí.
Y me alejé del coche. ¡Bien! La última palabra había sido mía.
CAPÍTULO 3: PREPARANDO LA SEGUNDA CITA:
No tengo palabras para describir el estado de extrema excitación que experimentaba en mi camino de regreso a casa. Ni siquiera el tener que concentrarme en la conducción sirvió para que se borraran de mi mente las voluptuosas imágenes de todo lo que me había acontecido esa tarde.
Llegué a casa con la sangre hirviéndome en las venas, caliente como hacía mucho tiempo no me sentía. Obviamente, tenía que sacarme del cuerpo aquella calentura que no me dejaba ni pensar y, por supuesto, iba a ser Tatiana la que pagara el pato.
Sin embargo, lo que en realidad estaba deseando era contactar de nuevo con Alicia; saber si iba a aceptar encontrarse de nuevo conmigo o no, era incapaz de pensar en otra cosa.
Abrí la puerta y penetré en mi piso con todas estas ideas atronándome en la cabeza. Tati, como siempre, salió a recibirme en cuanto escuchó el sonido de la llave en la cerradura, dedicándome una de sus encantadoras sonrisas. Iba descalza, vestida con un vestido ligerito con estampado  de flores que solía ponerse en casa, con la falda a medio muslo, que realzaba espectacularmente sus sensuales curvas, ya que le quedaba un poco estrecho en el pecho. Para no pasar frío, tenía conectada la calefacción de casa.
–         ¡Hola cariño! – me saludó con entusiasmo, besándome en los labios – ¡Qué tarde vienes! ¿Se ha alargado la reunión?
–         Sí, guapa – le mentí devolviéndole el beso y dándole una ligera palmada en el trasero – ha sido agotador.
–         Pobrecito – dijo ella rodeándome el cuello con los brazos y apretando sus turgentes senos contra mi pecho, volviendo a darme un besito – Luego podemos hacer algo para relajarte.
Sonreí para mí. Estupendo. Ella también tenía ganas de marcha. Pues yo le iba a dar marcha.
–         ¿Quieres cenar? – me preguntó.
–         Es a ti a quien quiero comerme – respondí pellizcándole el culo.
–         ¡Ay! ¡Guarro! – exclamó riendo y dando un gracioso saltito.
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Sin embargo, a pesar del tonteo con Tatiana, en mi cabeza seguía flotando todavía la imagen de Alicia. Decidí que lo primero era escribirle un mail. Quizás con ello me mostrara demasiado ansioso, pero la realidad era que así me sentía: con ansia.

–         Cariño, primero tengo que escribir un par de correos para el trabajo. Cenamos más tarde ¿vale?
Ella hizo un delicioso mohín de contrariedad, pero, como siempre, no protestó y se plegó a mis deseos.
–         Como quieras. Voy a ver la tele. Date prisa, que la cena está en el horno.
–         Vale – respondí, besándola de nuevo.
Sonriéndome con dulzura, Tatiana me despojó de la chaqueta para colgarla en el perchero y regresó al salón. Yo me fui a mi estudio, tremendamente excitado, rogando mentalmente que Alicia se mostrara receptiva a quedar conmigo. A Tatiana ya me la follaría luego…
Cerré la puerta del despacho, encendí el ordenador y, en cuanto arrancó el sistema, conecté el móvil y descargué el vídeo que había grabado con el show de Alicia en el parque.
Joder, qué cachondo me puse cuando la vi aparecer en la pantalla del ordenador, abierta de piernas sobre el banco, mostrándonos el coñito al afortunado vejete y a mí, acariciándoselo con lujuria. La polla se me puso tan dura que noté cómo se apretaba contra la parte inferior del escritorio.
A pesar de la distancia a que estaba grabado, el vídeo se veía bastante bien. Qué demonios, mi buen dinero me había costado el maldito móvil. El que tenía integrada la mejor cámara del mercado. Mucho cuidado que había puesto en eso.
No pude evitarlo, estaba medio hipnotizado, así que reproduje el vídeo 4 o 5 veces, poniéndome cada vez más caliente. Tatiana se iba a cagar.
Por fin, abrí el correo electrónico y empecé a escribirle a Alicia. Traté de parecer razonable, intentando que no trasluciera mi desesperación por volver a verla, tratando de aparentar estar sereno.
Le escribí esgrimiendo mis mejores argumentos para convencerla, haciendo hincapié en que podía ayudarla a conocerse mejor a sí misma y a aceptar su sexualidad. Además, le adjunté una copia escaneada de mi DNI, para que se quedara tranquila y se convenciera de que yo no era ningún asesino en serie.
Entonces se me ocurrió una idea. Adjunté también los vídeos, el mío en el autobús y el suyo en el parque. De esta forma, también se eliminaba la posibilidad de que yo fuera un chantajista, pues, si yo tenía pruebas de su secretillo, ella también las tendría del mío.
Mientras la barra de proceso de los archivos adjuntos se movía lentamente, pegaron a la puerta del despacho. Obviamente era Tatiana, que sabía perfectamente que debía llamar antes de entrar en ese cuarto. Como dije antes, era muy obediente.
–         ¿Cariño? ¿Te queda mucho? – preguntó desde el otro lado de la puerta.
–         Un poco todavía.
Entonces me poseyó el diablillo de la lujuria.
–         Pero pasa, ven un segundo – le indiqué.
La puerta se abrió y mi sensual noviecita penetró en el cuarto, un tanto cohibida como siempre que venía allí, pues sabía que el despacho era mi reino particular y que no me gustaba que entrara nadie.
Tatiana caminó hasta quedar de pie a mi lado, mirando la pantalla del ordenador. Yo había abierto unos documentos del trabajo y había dejado el correo electrónico en segundo plano, sabiendo perfectamente que ella no entendía nada de informática y que no iba a darse cuenta de que estaba haciendo otra cosa.
En cuanto la tuve junto a mí, deslicé una mano a su espalda y, metiéndola por debajo de su falda, la planté directamente en los rotundos molletes del culito de mi novia, empezando a estrujarlo y amasarlo con deleite. Ella soltó un gracioso gemidito y se apoyó en mi hombro, sin protestar ni quejarse en absoluto.
–         Joder, Tati… ¡Qué buena estás! – siseé estrujando su culo con más ganas – Si no tuviera que terminar esto, te follaba ahora mismo.
Ella no dijo nada, limitándose a sonreírme y a dejar que le metiera mano donde se me antojara.
–         Nena… si tú quisieras… – dije dejando la frase en el aire.
–         ¿Qué? – preguntó inmediatamente, deseosa como siempre de complacerme.
–         Nena, mira como la tengo – le dije retirando un poco la silla del escritorio para que pudiera apreciar el bulto de mi pantalón – Anda, cari, ¿por qué no me haces una mamadita mientras termino de enviar estos informes?
Me  miró un poco sorprendida, mostrando cierta reticencia a hacer lo que le pedía, aunque yo sabía perfectamente que iba a acabar por acceder a mis deseos, como hacía siempre.
–         Ay, ¿por qué no esperas a después de cenar? Si quieres luego te doy un masaje en el cuarto y…
–         Bueno. Como quieras – dije simulando estar molesto y sacando la mano de debajo de su falda – Entonces déjame que acabe con esto. Ya te avisaré cuando esté listo para la cena.
Ella se quedó callada un segundo antes de ceder.
–         Anda, no seas tonto – dijo haciendo un puchero – No te enfades. Si tanto te apetece…
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Que levante la mano al que no le apetezca que le chupen la polla.

Con una sonrisa de oreja a oreja, aparté la silla del escritorio y mi novia, toda hacendosa, se arrodilló en el suelo, metiéndose bajo la mesa. Yo tardé menos de un segundo en  abrirme la bragueta y en sacar mi polla, completamente dura, gorda y amoratada, rezumando líquidos preseminales debido a la extrema excitación que sentía.
Justo antes de que Tatiana empezara la faena, me di cuenta de que la carga de los ficheros había terminado, así que pulsé enviar y le mandé el correo a Alicia, aparcando momentáneamente ese asunto de mi mente y pudiendo por fin dedicarme a disfrutar de las atenciones de mi voluptuosa novia.
Tatiana, perfectamente conocedora de cómo me gustaba que me la mamase, empezó a lamerme suavemente las bolas, mientras su cálida manita acariciaba el duro tronco lentamente, dándole cariñosos apretoncitos que provocaban que la sangre me hirviera en las venas. Cuando mis pelotas estuvieron bien ensalivadas, empezó a deslizar la lengua por todo el nabo, desde la base a la punta, lubricándolo bien antes de hundirlo entre sus carnosos labios.
Yo, con los ojos cerrados, disfrutando como un enano, le acariciaba el cabello con ternura, lo que la hacía ronronear como un gatito. Entonces se me ocurrió que la experiencia podía mejorar, así que decidí poner el vídeo de Alicia en marcha, para verlo mientras Tatiana me comía la polla. Total, mi chica estaba bajo la mesa y no podía ver la pantalla, concentrada como estaba en su tarea.
Pero entonces vi que tenía un nuevo correo. Era de Alicia.
No podía creerlo, el corazón se me disparó en el pecho. Por un instante, me olvidé de que Tatiana me la estaba chupando, me olvidé de todo, con mi mente completamente ocupada por Alicia.
No me atrevía a abrir el correo. ¿Y si decía que no? Pero entonces pensé que, para responder de forma tan inmediata, Alicia debía estar sentada delante de su ordenador. Quizás pensando en escribirme.
Abrí el correo.
No he podido dejar de pensar en lo que ha pasado esta tarde. Me siento confusa, has alterado mis esquemas. No estoy segura de que tengas razón en lo que me has dicho, pero no tengo más remedio que aceptar que he disfrutado mucho.
Creo que más que nunca.
Está bien. Estoy de acuerdo en que volvamos a vernos.
Te agradezco que me hayas mandado tus datos, aunque no era necesario.
Y los vídeos… No sé cual me ha excitado más, si el tuyo o el mío… Me siento extraña.
Di cuando quieres que volvamos a vernos. Me vendría bien el sábado. Podríamos quedar para almorzar…
Dime si estás de acuerdo.
Me sentí eufórico. Exultante. Estuve a punto de gritar de felicidad. Le contesté inmediatamente. Me parecía bien. El sábado. Cuando ella quisiera.
Entonces me asaltó una súbita inspiración y añadí una frase al mail que iba a enviarle.
–         ¿Tienes Messenger?
Segundos después me llegaba la respuesta. Alicia seguía sentada delante de su PC. Cojonudo.
El correo únicamente contenía el enlace para añadirme como contacto a su cuenta de Messenger. La configuré inmediatamente.
Mientras, Tatiana seguía chupa que te chupa, redoblando sus esfuerzos mamatorios sobre mi nabo, quizás un poco extrañada porque estuviera aguantando tanto. No era tan raro, pues durante unos instantes hasta me olvidé de que me la estaban chupando, concentrado únicamente en contactar con Alicia.
Pero Tati es muy buena en esos menesteres y poco a poco iba aproximándome al orgasmo. Pero yo no quería acabar todavía, así que le puse la mano en la cabeza y le hice aflojar el ritmo, obligándola a deslizar más suavemente mi duro falo entre sus lujuriosos labios.
–         Chúpame un poco más las pelotas, cariño – le susurré – No quiero acabar todavía.
Obediente, mi chica liberó mi polla de su enloquecedora boca y volvió a dedicarse a acariciar y lamer mi escroto, gimiendo y jadeando como si fuera a ella a quien estuvieran comiéndole el coño. Tatiana es genial para el sexo, disfruta absolutamente con todo.
De pronto, se inició en pantalla una sesión privada de Messenger. Con el corazón a punto de salírseme por la boca, conecté a la sesión.
–         ¿Estás ahí? – preguntó Alicia.
–         ¿Tú que crees? No, no estoy – respondí.
–         Muy gracioso. No tengo mucho tiempo. Javier debe estar a punto de llegar. ¿Cuándo quieres quedar?
–         El sábado me va bien.
Intercambiamos unas cuantas frases y acabamos citándonos a las dos de la tarde en un restaurante de un pueblo cercano, donde no había riesgo de que alguien nos conociera.
Entonces se me ocurrió una idea picarona.
–         ¿A que no sabes lo que estoy haciendo? – escribí.
–         ¿Es una pregunta con trampa?
–         Más o menos. ¿Lo adivinas?
–         Ni idea.
–         ¿Seguro?
Pasaron unos segundos antes de que Alicia me respondiera.
–         Te estás masturbando.
–         Casi. Pero no. Tatiana está bajo la mesa, chupándomela.
Nueva pausa en los mensajes.
–         No me lo creo.

No le respondí. Simplemente, encendí la webcam y la conecté al Messenger. En una ventanita de la pantalla apareció mi rostro sonriente. Sin pensármelo dos veces, cogí la webcam y la moví hasta enfocar el espectáculo de debajo de la mesa, pudiendo disfrutar en el ordenador de un espectacular primer plano de mi novia, completamente entregada a la tarea de chupármela.

–         ¿Me crees ahora? – escribí sin dejar de filmar la escenita.
Nada. No hubo respuesta. Pasó un minuto sin que apareciera nada en pantalla. Me puse hasta nervioso. ¿Se habría cabreado?
Justo entonces se activó una sesión de webcam y en mi pantalla apareció Alicia. No puedo describir lo feliz que me sentí.
Se apartó un poco del ordenador, alejándose de la mesa, con lo que el plano se amplió. Y entonces, sin cortarse un pelo, se subió la falda hasta la cintura, volviendo a exhibir su delicioso coñito, que esta vez pude ver con más detalle.
Lo llevaba afeitadito, bien cuidado, con un pequeño mechoncito de vello en la parte superior de la rajita. Los labios se veían hinchados, excitados, brillantes por los flujos que brotaban de sus entrañas.
Entonces Alicia mostró a cámara lo que llevaba en la mano. Un pequeño vibrador. Sin perder un instante, se separó los labios vaginales con dos deditos, mientras su otra mano encendía el aparatejo y empezaba a frotarlo lujuriosamente en su clítoris.
Estuve a punto de correrme en ese instante, pero, por fortuna, Tatiana se dio cuenta de que estaba grabándola y dejó de chupármela, protestando sin demasiada convicción.
–         Pero, ¿qué haces, cari? ¿Me estás grabando?
–         Nena – jadeé – No te pares. Es que estabas haciéndolo tan bien. Me ha parecido una idea excitante, sigue, sigue, por favor.
Mientras hablaba, posé mi mano en su cabeza y la empujé de nuevo contra mi polla, con la doble intención de que siguiera chupando y de evitar que le diera por echar un vistazo a la pantalla.
Como siempre, Tatiana obedeció y volvió a tragarse mi polla hasta el fondo.
En mi vida había estado más excitado. Estaba disfrutando como nunca.
Y por fin estallé. Me corrí como una bestia. Con miedo a que Tatiana saliera de debajo de la mesa y viera a Alicia masturbándose, hice lo único que se me ocurrió: sujeté su cabeza con mis manos, obligándola a permanecer con mi verga incrustada hasta la garganta mientras mis pelotas vaciaban su carga directamente en su estómago.
Me encantó hacerlo.
Tatiana se resistió un poco, apoyando sus manos en mis muslos y tratando de apartarse. Pero yo no la dejé, me volvía loco de excitación que Alicia viera cómo me corría en la boca de mi novia.
Entonces Alicia también alcanzó el orgasmo, sus caderas se movieron de forma espasmódica, mientras ella boqueaba descontrolada. De pronto, un chorro de líquido salió disparado de su coño, no sé si se meó o qué fue, sólo sé que me excitó terriblemente.
Cuando acabé de correrme, liberé por fin a la pobre Tatiana, que salió de entre mis piernas con los ojos llorosos y dando arcadas. Por la comisura de sus labios se escurría un grueso pegote de semen, aunque yo sabía perfectamente que la mayor parte de mi corrida había ido a parar a su estómago.
¡Hala! Ya se había tomado el primer plato de la cena.
–         ¡Tonto! – gimoteó Tatiana dándome un débil golpe en el hombro con la mano – ¿Por qué has hecho eso?
Un poco enfadada, salió del estudio disparada, sin mirar siquiera a la pantalla, aunque yo había tenido la precaución de minimizar las ventanas comprometedoras.
En cuanto salió, volví a maximizarlas y le escribí a Alicia.
–         Ha estado genial. He disfrutado como nunca.
–         No me extraña – contestó ella con filosofía.
–         Y ahora voy a follármela.
De pronto, Alicia alzó la vista repentinamente, como sorprendida.
–         Mierda. Javi acaba de llegar. Te dejo.
–         Nos vemos el sábado. No te olvides.
Y cerró la sesión, cosa que yo imité enseguida. Tras hacerlo, apagué el ordenador y salí en busca de Tatiana, pues mi libido no estaba ni mucho menos calmada.
La encontré en la cocina, inclinada sobre el fregadero, tomando agua directamente del grifo para enjuagarse la boca, que a continuación escupía por el desagüe. Como no llegaba bien al fregadero, se ponía de puntillas, lo que me resultaba harto erótico, al ver cómo el vestido se le subía y mostraba la parte trasera de sus esculturales muslos.
Me acerqué por detrás y pegué mi entrepierna a su tierno culito, colocando mis manos en sus caderas. Ella, todavía enfadada, sacudió el cuerpo tratando de librarse de mí, pero lo único que logró fue que me apretara con más ganas.
–         Perdóname, cari – le susurré dándole un besito en el cuello – Me he vuelto loco de caliente que estaba. Te juro que ha sido la mejor mamada que me has hecho en mi vida, no he podido resistirme, se me ha ido la cabeza…
Mientras le susurraba, mis manos se habían deslizado hasta sus pechos, amasándolos con pasión por encima del vestido, sintiéndolos endurecerse bajo mis caricias. Yo sabía que ella no iba a resistírseme mucho rato, pero decidí que le debía una pequeña disculpa.
–         Vamos amor, perdóname… No te enfades – dije sin dejar de sobarle las tetas.
–         Me has hecho daño, idiota. Me has torcido el cuello. Has sido muy bruto.
–         ¿Dónde? ¿Aquí? – dije apartando su cabello y dándole tiernos mordisquitos en la nuca, que la hicieron retorcerse contra mi cuerpo
–         Ay, quita – gimió, aunque yo sabía perfectamente que no quería que lo hiciera.
Gruñendo como un perro en celo y apretando con ganas mi erección contra su grupa, deslicé una de mis manos hasta volver a colarla bajo su falda, incrustándola esta vez entre sus muslos.
Tatiana gimió estremecedoramente, apretando con fuerza las piernas, mientras mi inquieta mano se colaba dentro de sus braguitas y se ponía a bucear en la inmensa humedad que allí había.
Cuando tuve los dedos bien empapados de su esencia, saqué la mano, brillante por sus flujos y la situé frente a sus ojos.
–         ¿Seguro que quieres que me vaya? Entonces dime por qué está esto así de mojado…
Tatiana apartó la mirada, avergonzada, aunque yo sabía por lo agitado de su respiración y por la forma en que apretaba con disimulo su culito contra mí, que estaba a punto de caramelo…
–         No, tonto, déjame… – suspiró.
–         De eso nada.
Súbitamente, la rodeé con mis brazos y la levanté, haciéndole dar un gritito de sorpresa. Haciendo gala de mi fuerza, la transporté por la cocina y la senté encima de la mesa, mientras ella pataleaba fingiendo que estaba raptándola.
Sin perder un segundo, la atraje hasta el borde de la mesa y me arrodillé entre sus piernas, sepultando mi cabeza bajo su falda, provocando que ella diera un auténtico grito de estupor.
Deseando complacerla, hundí mi rostro entre sus muslos y empecé a chuparla, a morderla como loco, mientras ella daba grititos y reía, tratando infructuosamente de sacarme de debajo de su vestido.
–         ¡No, para, quieto! – gritaba riendo – ¡Ay! ¡Me has mordido!
Era verdad. Acababa de darle un pequeño mordisco en el chochito, por encima de las bragas.
Tatiana se resistía sin verdadera convicción, gimiendo y disfrutando con mi apasionado tratamiento. Sus braguitas estaban a esas alturas completamente empapadas, tanto por sus jugos como por mi propia saliva.

Sin pensármelo más, se las bajé de un tirón hasta medio muslo y volví a enterrar mi cara entre sus muslos, deslizando mi serpenteante lengua por su coño, logrando que dejara de fingir resistencia, para empezar a apretar mi cabeza contra si.

Pero yo estaba a punto de reventar. No podía más, así que salí de debajo de su vestido, sin que Tatiana acertara a reprimir un gemido de frustración. No tenía por qué preocuparse, yo estaba decidido a darle lo suyo y lo del inglés.
–         Nooo. ¿Adónde vas? – gimoteó.
Con cierta rudeza, volví a atraerla hacia mí y le subí el vestido hasta la cintura, dejando expuesto su coño chorreante. Con violencia, le quité las bragas del todo, desgarrándolas y las arrojé a un lado, sin que ella protestara lo más mínimo.
Por fin, embrutecido por la pasión, se la clavé hasta los huevos en el coño logrando que mi querida Tatiana, que ya estaba en plena ebullición, se corriera como una burra empapando la mesa de la cocina.
–         ¡AAAAAAAHHHH! ¡DIOOOSSSSSS! ¡NOOOOOOOOO! – gemía la pobre dedicando sus gritos a los vecinos.
No me extrañaba que, cuando me los tropezaba en el ascensor, los vecinos me miraran como a un dios, debían de pensar que las cosas que le hacía a Tatiana eran para hacerme un monumento.
Empecé a follármela con ganas, sujetándola por los muslos, mientras ella se derrumbaba sobre la mesa de la cocina, quedando tumbada. Al hacerlo, derribó con el brazo un frutero que teníamos allí, que se hizo añicos contra el suelo, cosa que me importó una mierda.
Seguí bombeándola enfebrecido, follándomela con todo, aunque mi mente no estaba llena con imágenes de mi novia, sino que rememoraba una y otra vez los sucesos de la tarde. Y lo que podía pasar el sábado…
–         Enséñamelas tetas – gemí siseando por el esfuerzo – Tus tetas…
Tatiana, obediente, se desabrochó los botones de la pechera del vestido y dejó sus senos al aire. Sabiendo lo que yo quería, desplazó las copas del sostén hacia arriba, liberando sus dos magníficos pechos, que se agitaban y bamboleaban al ritmo de los culetazos que yo le propinaba.
Me sentí exultante, poderoso, aquel estaba siendo uno de los mejores días de mi vida. Sentí que mi orgasmo se avecinaba, pero yo quería retrasarlo, alargar el placer del momento.
Soñando con que era Alicia la que tenía ensartada, rodeé la cintura de mi chica con los brazos y la levanté de la mesa, sin desclavarla en ningún momento. Ella, acostumbrada a que la manejara a mi antojo, se abrazó a mi cuello sin quejarse, estrujando sus tetas contra mí, dejándome hacer lo que me diera la gana.
Con ella empalada en mi polla, caminé pisoteando los trozos del frutero roto y salí de la cocina, llevando a mi novia hasta el salón.
–         Quiero correrme en tus tetas – le susurré al oído sin que ella pusiera la más mínima objeción.
De no ser por el frutero roto, lo habría hecho directamente en el suelo de la cocina, pero, como no podía ser, la llevé hasta el sofá del salón donde la hice tumbarse, sin sacársela en ningún momento. Para volver a estar a punto, le propiné unos cuantos pollazos más y cuando sentí que estaba a punto de correrme, se la saqué del coño, me subí al sofá y me senté en su estómago, ubicando mi enhiesto rabo entre sus espléndidas montañas. Ella, sabiendo perfectamente lo que yo pretendía, se apretó los pechos con las manos, estrujando mi polla en medio, con lo que yo sólo tuve que mover las caderas hacia delante y hacia atrás para follarme sus magníficas tetas, hasta que acabé por correrme con violencia.
Espesos lechazos impactaron en su cara, pringándola por completo, sin que ella se quejara en absoluto. La embadurné por completo de semen, la boca, la nariz, los ojos… todo pegoteado, en una de las corridas más espectaculares de mi vida, lo que me llenó de orgullo al ser la tercera del día. Estaba hecho un chaval.
Cuando acabé, me bajé de encima de Tatiana, mientras ella permanecía tumbada, recuperando el resuello. Agotado, me senté a sus pies e hice que colocara sus piernas sobre las mías. La miré y me deleité con su belleza. Estaba matadora, con el vestido enrollado en la cintura, el coño palpitante e hinchado, las tetas al aire y la cara completamente embadurnada de semen.
–         ¿Te has corrido? – le pregunté.
Ella sabía perfectamente que a mí me gustaba que fuera sincera, así que admitió que sólo una vez, cuando se la metí en la cocina.
–         Mastúrbate – le dije.
Y ella, acostumbrada a obedecerme, lo hizo. Con voluptuosidad, empezó a deslizar una mano por su coñito, frotándose con delicadeza el clítoris, mientras su otra mano empezó a acariciar su pecho.
No tardó ni un minuto en correrse, jadeando y convulsionándose sobre el sofá. Me gustó verla, aunque en el fondo no le presté mucha atención, pues una vez vaciadas mis pelotas, había vuelto a centrar mis pensamientos en Alicia.
Deseé que fuera ya sábado.
CONTINUARÁ
TALIBOS
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