PORTADA ALUMNA2CAPÍTULO 8: DOMINGO:
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Me sentía eufórico. Por fin lo había conseguido. Estaba follándome a Alicia.
Estábamos sentados en el parque, justo donde la había conocido, ocupando el mismo banco en que ella se había exhibido para el anciano y para mí. Bueno, la verdad es que era yo el que ocupaba el banco, pues Alicia estaba en cuclillas entre mis muslos abiertos, devorando mi polla con un ansia tal, que parecía estar a punto de comérsela de verdad.
Y la gente nos observaba. Joder. Menudo espectáculo estábamos brindando a la afición. Todo el que pasaba se nos quedaba mirando y yo devolvía las miradas con descaro, sintiendo cómo los hombres me envidiaban y cómo las mujeres suspiraban por ser ellas las que ocupasen el puesto de Alicia…
Ali, al parecer harta ya de chuparme la verga, se puso en pié mirándome con una expresión de lascivia tal, que se me erizaron los vellos de la nuca. Con una devastadora sonrisa libidinosa en los labios, se subió la falda hasta la cintura, revelando que, una vez más, iba sin ropa interior y, situándose a horcajadas sobre mis muslos, fue bajando las caderas hasta que mi polla empezó a enterrarse en…
………………………….
Como siempre me pasa, me desperté justo cuando mejor se ponía el sueño. Es una especie de maldición que padezco. No te rías, es así, siempre me despierto cuando estoy a punto de echar a volar, cuando mi número va a salir premiado en la lotería, cuando por fin descubro quien es el asesino… y, por supuesto, cuando por fin iba a calzarme a la moza. Qué se le iba a hacer. Siempre pasaba igual.
Me revolví ligeramente en la cama, solazándome con el delicioso calorcito que desprendía el lecho. Al moverme, mi trasero rozó con el de Tatiana, que yacía durmiendo como un tronco a mi lado. Sin ser consciente de ello, en mis labios se dibujó una sonrisa satisfecha a medida que los recuerdos de la noche anterior regresaban a mi mente. La verdad era que Tatiana me había hecho pasar un buen rato. Y yo a ella, qué demonios.
Sintiéndome muy feliz, me di la vuelta en el colchón y me abracé al cálido cuerpecito de mi novia, repegándome bien a ella, asegurándome de que mi incipiente erección quedara perfectamente alojada entre sus carnoso glúteos. Ella se revolvió suavemente, suspirando en sueños y siguió completamente dormida. Deslicé mi mano por su cadera y la abracé por la cintura, atrayéndola hacia mí, apretando su cuerpo contra el mío. Aspiré el aroma de su cabello, que olía deliciosamente a coco, a limpio, pues Tati no quiso ni oír hablar de acostarnos sin duchar la noche anterior, tras los acontecimientos del partido de fútbol.
Los dos teníamos la costumbre de dormir echados sobre un costado, pues a ninguno le gustaba hacerlo boca arriba. Normalmente era ella la que se abrazaba a mí, pero esa mañana de domingo invertí los papeles. Me sentía muy feliz. En ese momento sí que amaba de verdad a mi chica. Lo sé porque en ningún momento pensé en Alicia, la mujer que ya había empezado a apoderarse incluso de mis sueños. Sólo pensaba en Tati y en lo a gusto que me sentía allí con ella.
Y en lo a gusto que se sentía mi polla mientras crecía apretadita contra su culo.
Joder, qué caliente me puse. Sin poder evitarlo, en mi mente se dibujaron las imágenes de la velada anterior, de lo bien que me la había chupado, del polvazo impresionante que echamos en el salón…

Me excité. No pude evitarlo. La mano que la abrazaba por la cintura adquirió voluntad propia y, cuando quise darme cuenta, estaba magreando suavemente las tetas de mi novia, con cuidado, con cariño, procurando que no se despertara.
Podía sentir por el tacto que ella disfrutaba con mis caricias, sus tetas se endurecían bajo mi mano, sus pezones se ponían enhiestos y Tatiana, a pesar de seguir dormida, empezó a jadear y a gemir suavemente, poniéndome todavía más cachondo.
Mi polla latía completamente erecta dentro del pantalón del pijama, frotándose suavemente contra el cálido culito de mi novia. Cada vez más excitado, decidí que no era mala idea echarle un polvo sin que se despertara. A ver si era capaz de no importunarla.
Con una sonrisa de diablillo en los labios, le subí subrepticiamente el camisón y le bajé las bragas hasta medio muslo. Con cuidado, deslicé la mano entre sus piernas, descubriendo entusiasmado que la zona estaba bastante húmeda y dispuesta. Con cariño, empecé a acariciar dulcemente la vulva de Tatiana, separando los labios vaginales y estimulando la zona.
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Pronto no pude más y, con algo más de brusquedad, me bajé el pijama y los calzoncillos de un tirón, volviendo una vez más a frotar mi endurecido falo contra la grupa de mi novia, esta vez sin que el estorbo de las ropas impidiese el contacto directo. Me encantó sentir el calor que desprendía la piel de Tati contra mi polla, casi me corro con sólo frotarla contra ella.
Con cuidado, la deslicé entre sus muslos y sonreí al sentir el abrasador calor que brotaba de su gruta contra mi rabo. Gruñendo un poco embrutecido, empecé a mover las caderas adelante y atrás, restregando mi verga entre sus apretados muslos.
–         Ummmm – gimió entonces Tatiana – ¿Se puede saber qué haces?
–         Shsssssss – le susurré al oído- Sigue durmiendo cariño, que yo termino esto enseguida.
Aunque estaba de espaldas a mí, noté perfectamente que Tatiana sonreía. Ronroneando como una gatita, echó su cuerpo hacia atrás, apretándose contra mí. Justo entonces noté cómo su mano se deslizaba entre sus piernas hasta encontrarse con mi instrumento, que acarició y estrujó cariñosamente, haciéndome rugir de placer. Cuando sentí cómo sus uñas rozaban y arañaban delicadamente el glande, no pude más y, con un bramido, eyaculé abundantemente entre los muslos de mi novia, sin haber llegado siquiera a penetrarla.
Tatiana, deseosa de incrementar mi placer, no dejó de acariciar mi pene en ningún momento, mientras mi semilla se derramaba entre sus piernas, manchando nuestros cuerpos, las sábanas y los pijamas. Nos dio exactamente igual.
Cuando por fin acabé, me derrumbé boca arriba al lado de Tatiana, no sin antes darle un beso a su hombro desnudo, agradeciéndole el placer que me acababa de administrar.
Ella se tumbó a mi lado, también boca arriba, ya completamente despierta. Entonces sacó su mano de bajo las sábanas y la alzó para que pudiera verla a la luz de la mañana. Estaba completamente pringosa de semen.
–         Creo que vamos a tener que ducharnos otra vez – sentenció riendo.
Yo me incorporé y la besé, mientras ella me correspondía con entusiasmo.
…………………………………………..
Tras asearnos, le dije a Tatiana que esa mañana iríamos a donde ella quisiera, lo que la alegró muchísimo. Por mi trabajo, me pasaba mucho tiempo fuera de casa, así que los fines de semana me gustaba quedarme tranquilito en el piso, por lo que no salíamos tanto como a Tatiana le habría gustado.
Pero ese día amanecí con muchas ganas de tenerla contenta, me sentía feliz a su lado, así que me apetecía que lo pasara bien. Aunque, siendo sincero, el remordimiento por mi historia con Alicia tuvo bastante que ver en querer compensarla, aunque fuera sólo un poco. Me sentía culpable.
A pesar de que no me gusta mucho salir por ahí los domingos, he de reconocer que lo pasamos bastante bien. Fuimos al parque, donde habían instalado una especie de feria, con un tiovivo de estilo vintage y todo, en el que Tatiana logró convencerme para que nos montásemos. Nos hicimos un montón de fotos en las que se la ve simplemente risueña.
Yo, aunque no me gustan mucho las aglomeraciones de gente, disfruté simplemente sintiendo las miradas de envidia que me dirigían los hombres con los que nos cruzábamos y es que Tati estaba guapísima con sus pantalones ajustados y su suéter blanco, que realzaba sus curvas. Incluso el anorak sin mangas que llevaba le daba un aire desenfadado muy atractivo, lejos del aspecto de leñador que yo le había dicho que tenía cuando salimos, recibiendo a cambio un golpecito en el hombro y una mueca de burla. Y es que si de algo sabía Tatiana era de vestir bien. Todo lo que se ponía le sentaba estupendamente. Quizás por ello trabajaba en una boutique.
Como he dicho, pasamos un día maravilloso, en el que logré mantener alejada a Alicia de mi mente. Mérito de Tatiana, no mío.
Cuando volvimos a casa, ya anochecido, picamos algo en la cocina, vimos un rato la tele y, como el día había sido bastante ajetreado, Tati se acostó temprano, pues al otro día tenía turno de mañana en el trabajo.
En cuanto me quedé solo, el recuerdo de Alicia regresó con fuerza.
Fui a mi despacho, pues aún no había descargado el vídeo voyeur de mi anterior velada con Tatiana. El encargo de Alicia.
Como el archivo era grande, mientras se transfería abrí el correo electrónico. Para mi sorpresa, había un montón de mails de Alicia, en los que me interrogaba insistentemente sobre su encargo.
–         Pues sí que le ha dado fuerte – pensé, sintiendo cierto regocijo.
Le contesté inmediatamente indicándole que sí, que había cumplido su encargo al pie de la letra y que la semana siguiente encontraría un hueco para darle el vídeo.
Menos de un minuto después de haber enviado mi respuesta, se inició una sesión de Messenger. Alicia.
Yo arranqué mi programa e inmediatamente recibí respuesta de la mujer.
–         ¿Dónde has estado? ¿Por qué has tardado tanto en responderme?
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Me molestó un poco tanto interrogatorio. Pero bueno, no me enfadé, me bastaba con recordar el ansia que yo sentí cuando quedamos el día anterior. Si ella se sentía igual, era para sentirse orgulloso, no cabreado.
–         He salido con Tatiana. Hemos pasado el día fuera. Acabo de ver tus mensajes.
–         Ya veo. ¿Has grabado el vídeo?
–         Sí. Estoy descargándolo ahora mismo.
–         Envíamelo.
–         Imposible. El archivo va ya por más de un giga. No se puede mandar por mail. Esta semana quedamos y te lo paso en un pendrive.
–         Mañana.
Joder con Alicia. Pues sí que la tenía loquita. Sonreí al imaginármela desnuda frente a su ordenador, loca de excitación, muriéndose por mis huesitos. Seguro que, de haber podido quedar con ella al día siguiente, mi sueño de por la mañana se habría hecho realidad.
–         Imposible. Mañana tengo reunión con el jefe regional y un almuerzo con los de compras. No voy a tener un minuto libre – contesté.
–         Apáñatelas. Si quieres volver a verme, quiero ese vídeo mañana.
Me quedé atónito. Vaya con Alicia. Le había dado más fuerte de lo que yo creía.
–         Bueno. Podría mandarte el pendrive por mensajería a tu casa – respondí.
–         A casa no. Al trabajo.
Y me indicaba el nombre de su empresa y la dirección, así como su nombre completo.
–         Vale. Mañana lo tienes ahí. Mensajería urgente.
–         Estupendo. Muchas gracias.
Y cerró la sesión.
Me sentía un poco desconcertado por lo que acababa de pasar. Joder, a ver si al final iba a resultar que era ella la que se estaba obsesionando conmigo y no al revés. La verdad es que me parecía estupendo.
Cuando la descarga terminó al fin, usé un editor de vídeo para disminuir el tamaño del archivo, simplemente cortando el principio (antes de que Tatiana llegara al salón) y el final (después de que acabáramos de follar). Aún así, quedó un archivo de tamaño bastante respetable.
Lo copié en un pendrive, lo metí en un sobre acolchado con los datos de envío que me había dado Alicia (con un CONFIDENCIAL bien visible en el sobre) y lo guardé en mi maletín junto con la cámara, que me llevé para mantener la historia que le había contado a Tatiana de que tenía que usarla en el trabajo.
Y me puse a ver el vídeo. Joder, qué bien salíamos. Parecía una peli porno de bajo presupuesto, sólo que follábamos mejor.
Me excité tanto que tuve que masturbarme. Aunque la verdad es que la razón de que me calentara fue el saber que, al día siguiente, aquellas imágenes serían disfrutadas por Alicia.
Tardé poco en correrme.
CAPÍTULO 9: ALICIA SE DESMADRA:
El lunes. El martes. El miércoles. Días agotadores y frustrantes. Problemas en el trabajo. Falta de concentración. Alicia ocupando mi mente a todas horas…
No quiero aburrirte. Para qué entrar en detalles.
Lo único reseñable fue que le mandé el pendrive tal y como le había prometido. Esperé un correo para darme las gracias, para decirme qué le había parecido.
Nada. Me molestó un poco. No me sentó bien.
Pero entonces llegó el jueves. Y un mensaje en mi correo. Y todo el enfado que sentía se esfumó instantáneamente. Y regresaron el ansia y la avidez. La lujuria.
–         Quedemos para comer. A las dos y media.
Y la dirección de un restaurante.
–         Ok – respondí yo
Para qué más. No importaba que aquel día fuera de cabeza. Ni el follón de papeles que había en mi mesa. No importaba que esa semana no hubiera tenido tiempo de hacer visitas, teniendo que pasármela encerrado en la oficina, con lo que odiaba eso. No podía pensar en nada más.
Sólo importaba Alicia.
…………………..
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A las dos y cuarto yo ya estaba esperándola impaciente en la barra del restaurante. No sabía si teníamos reserva, o si estaba a nombre de ella o del mío, así que tuve que esperarla tomándome un vermouth en el bar.
Cuando la vi aparecer con puntualidad inglesa, el corazón me dio un brinco en el pecho. Estaba guapísima, vestida con un elegante conjunto de oficina, con falda y medias negras. Todos los hombres alzaron la vista para verla pasar.
–         Hola – me saludó simplemente, mientras yo hacía un gesto al camarero pidiendo una copa para ella.
–         Hola – respondí sin saber qué más decir.
Joder, habían bastado unos días sin verla para volver a convertirme en un quinceañero aturrullado.
–         Sírvanosla en la mesa – le dijo Alicia al camarero, dirigiéndose tranquilamente al comedor.
Yo la seguí como un perrito faldero, me faltaba únicamente mover el rabo (cosa que estaba deseando hacer). El maitre, que sin duda conocía a Alicia, nos condujo a nuestra mesa charlando amigablemente con ella (tras haberme saludado también a mí con exquisita educación).
Tras sentarnos y una vez con nuestras copas por delante, no pude resistirme a interrogar a Alicia.
–         ¿Por qué hemos quedado aquí? Se ve que te conocen… Tu prometido podría enterarse de que estás almorzando con otro hombre y, bueno…
–         Pues que se entere – respondió Ali con sequedad.
Se notaba que estaba un pelín cabreada, así que pensé que lo mejor era no insistir.
–         Además, hay otro motivo para quedar aquí.
–         ¿Cuál es? – indagué.
–         Pues que, cuando estoy contigo, me descontrolo. Y hoy quiero tan sólo hablar. Aquí seré capaz de estarme tranquilita, no voy a montar ningún escándalo donde conocen hasta a mis padres…
La decepción se dibujó tan claramente en mi rostro que la chica no pudo menos que reírse.
–         ¿Tan desilusionado estás? ¿Qué esperabas? ¿Que quedaríamos en cualquier bar de mala muerte y acabaríamos follando encima de una mesa?
–         Bueno – titubeé – Más o menos.
Mi franca respuesta la hizo reír.
–         Creí que no ibas  a intentar ligar conmigo.
–         No. Lo que dije fue que no haría nada que tú no quisieras – respondí.
–         Bien. Pues hoy lo que quiero es hablar. Esta vez quiero que seas tú el que escuche.
Resignado, asentí en silencio mientras apuraba mi copa. No quería contrariarla en lo más mínimo. Si quería hablar… hablaríamos.
–         ¿Y qué querías contarme?
Los labios de Ali esbozaron una sonrisilla seductora y sus ojos me miraron con picardía. Mientras lo hacía, jugueteaba distraídamente con la aceituna ensartada en un palillo que venía dentro de su copa. Fue entonces cuando me fijé en que le habían servido un martini en vez del vermouth que yo había pedido. Se notaba que era cliente habitual.
–         He sido muy mala – dijo ella sonriéndome sugerentemente por encima de su copa.
La garganta se me quedó seca. Sin poder evitarlo tosí un par de veces para recuperar el resuello.
–         ¿Muy mala? – conseguí articular a duras penas.
Alicia asintió lentamente con la cabeza.
–         Mucho. Merecería que me dieran unos azotes.
Joder. Allí estaba otra vez. La reina de las calientapollas. Decía que no quería jugar, que sólo íbamos a charlar un rato y ya había logrado ponérmela como el palo mayor.
–         ¿Qué has hecho? – pregunté muerto de curiosidad.
–         De todo.
Y la muy zorra se calló, dejándome con la miel en los labios. A un simple gesto suyo, un camarero acudió disparado a tomarnos nota. Ella pidió por los dos. Ni me di cuenta.
–         ¿Y bien? ¿No vas a contármelo? – pregunté cuando el camarero se hubo marchado, conteniendo la impaciencia a duras penas.
–         Pues claro. A eso he venido.
Sentí un inmenso alivio, no sé por qué. No entendía qué me pasaba, total, ya me había dicho que no iba a pasar nada de nada y allí bailábamos al son que ella tocaba, pero aún así… me moría por enterarme de qué había hecho.
–         El lunes estaba bastante nerviosa por saber si habrías hecho lo que te había pedido. Apenas pude pensar en nada más hasta que apareció el maldito mensajero. No me gusta reconocerlo, pero estaba cachonda perdida sólo de esperar por el maldito vídeo.
Mi ego se inflamó al oírla decir esas cosas.
–         Pero luego se fastidió todo, pues la dueña de la agencia, que nunca aparece por allí, decidió pasarse esa misma mañana, así que no pude ver el vídeo a solas en mi despacho, como me había propuesto. No te puedes ni imaginar lo largo que se me hizo el día, deseando poder largarme a mi casa para poder disfrutar de tu regalo.
Sí que podía imaginármelo.
–         Y lo peor fue que se le metió en la cabeza invitarme a comer, así que ni siquiera tuve la oportunidad de aprovechar la hora del almuerzo. Me sentía frustrada y enojada, apenas si hice caso de nada de lo que me dijo.
–         Te entiendo – asentí.
–         Pero por fin, por la noche, ya en casa… madre mía Víctor, no sabes cómo me puse viendo el vídeo. No sé ni cuantos orgasmos disfruté masturbándome mientras lo veía. Os quedó impresionante.
–         Me habría encantado verlo – dije sugerentemente, haciéndola sonreír.
–         Pero no es de eso de lo que quería hablarte…
–         No, no, Alicia, por mí no te cortes. Detalles, dame detalles – bromeé.
Ella me sonrió de nuevo, divertida, haciéndome estremecer. Me tenía en la palma de su mano.
–         Pues bien, a pesar de todo, me sentía un poco insatisfecha. Sentía envidia de ti y…
–         ¿Envidia de mí? – exclamé sorprendido, interrumpiéndola.
–         Sí. Envidia. Quería ser capaz de tener lo que tú tienes, de hacer esas cosas… Y decidí que iba a hacerlo.
La boca volvió a quedárseme seca. Era incapaz de percibir nada de lo que ocurría a nuestro alrededor. Mis cinco sentidos estaban centrados en Alicia.
–         Estuve tentada a poner en práctica alguna de las ideas que me diste el otro día, lo de la zapatería, lo del bus… pero no sé. Me faltaba valor. ¿Y si el vendedor me montaba una escena? ¿Y si se montaba un escándalo en el autobús y acababa en los periódicos?
–         Alicia… – traté de decir.
–         No, no – continuó ella sacudiendo la cabeza – No me malinterpretes. Estaba completamente decidida, sólo quería escoger el método mejor para mí y entonces me acordé de algo que me había comentado mi amiga Paqui hace un par de semanas.
–         ¿Qué te dijo Paqui? – pregunté aunque no tenía ni puñetera idea de quien sería la tal Paqui.
–         Me habló de un masajista italiano muy guapo que trabajaba en su gimnasio.
Empecé a intuir por donde iban los tiros.
–         Las dos somos socias de la misma cadena de gimnasios, no sé si la conoces, %&$/(·$$%& (trademark – copyright).
–         Sí, sí que la conozco – asentí.
–         Si eres socia, puedes ir a cualquiera de sus establecimientos y, aunque yo siempre voy al que me pilla más cerca de casa, pensé que podía pasarme por otro y buscar al tal Giancarlo…
–         Y darle un buen espectáculo – concluí haciéndola sonreír de nuevo.
–         Bingo. Además, como sabía que Paqui está de vacaciones con su marido en Holanda, allí no iba a encontrarme con ningún conocido…
–         Vaya, vaya, ya estás aprendiendo…
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–         Soy buena alumna – me dijo guiñándome un ojo – Pues bien, sin pensármelo más y, aunque tenía encima un acojone de proporciones bíblicas, me armé de valor y me planté en el gimnasio. El tal Giancarlo estaba muy solicitado, pero con una buena propina a la recepcionista, conseguí cita para un par de horas más tarde.
–         ¿Dos horas? Jo, menuda espera.
–         Sí, bueno. No se podía hacer otra cosa. Pero me dio igual, aproveché para hacer sesión de máquinas, un ratito de sauna, una buena ducha…
–         Y a por el italiano – dije un poco cortante.
Ella hizo como que no se dio cuenta de mi tono y continuó.
–         Exacto. Una joven muy educada me condujo a la sala y me indicó que podía, desnudarme allí, que el masajista vendría enseguida, bla, bla, bla, ya sabes cómo va eso…
–         Sí, claro – asentí.
–         Jo, tío, no puedo describirte lo nerviosa que me sentía. No paraba de repetirme que me había vuelto loca, que había dejado que me enredaras y que iba a acabar envuelta en un escándalo tremendo por culpa tuya…
–         ¿Mía? – exclamé sorprendido.
–         Pues claro que tuya. No sabes la de veces que te maldije en silencio mientras me desnudaba. Me sentía asustada, excitada, nerviosa, cachonda, impaciente… todo a la vez.
–         Te entiendo perfectamente. Es lo que se siente cada vez. Todo eso y más.
Alicia asintió mirándome fijamente.
–         Por fin estuve completamente desnuda. Sola, en el interior de la habitación, traté de serenarme un poco. Me miré en el espejo, me contemplé durante unos segundos, soñando, anhelando que todo fuera como yo lo esperaba… que el placer que me habías dicho que iba a sentir fuera real…
–         ¿Y lo fue? – pregunté sin poder resistirme.
–         Ay, amigo. Ya lo creo que sí.
Justo entonces llegó el camarero con la comida, poniendo punto y aparte a la conversación. Alicia, sin alterarse lo más mínimo, charló educadamente con el joven, llamándole por su nombre y bromeando sobre la comida. Apenas me enteré de nada, sólo deseaba que Ali siguiera con su relato, aunque como pude me las apañé para dar el visto bueno al vino que nos habían traído.
–         Venga, sigue – la apremié cuando el camarero se hubo marchado.
–         Como te decía – continuó Ali sin hacerse de rogar – me encontraba allí de pié, desnuda, mirándome en el espejo. Me di cuenta de que tenía los pezones erectos, rígidos y, sin darme cuenta, llevé las manos a mis pechos, acariciándolos y sopesándolos, comprobando que estaban duros como rocas.
–         Ni la mitad de dura que tengo yo lo polla ahora mismo – pensé para mí.
–         Y Víctor, mi vagina… estaba mojada por completo, me ardían las entrañas, estaba cachonda perdida y todavía no había pasado nada en absoluto. Eso fue lo que acabó de decidirme. Si estaba tan excitada sin que hubiera pasado nada, cuando pasase…
–         ¿Lo ves? Ya te lo dije. La expectación es placentera por sí misma. El corazón bombeando como loco, la sangre zumbándote en los oídos, las endorfinas recorriéndote el cuerpo…
Alicia me sonrió, demostrándome que era eso justo lo que había sentido. El nexo que nos unía se hizo todavía más estrecho.
–         Justo entonces llamaron a la puerta – continuó Ali – Cogí una sábana y me la eché por encima, pero, justo en el último momento, la abrí por delante, cubriéndome únicamente por detrás. Me di la vuelta, me puse de espaldas a la puerta y entonces di permiso para que entraran; la puerta se abrió y un morenazo de ojos verdes, insultantemente guapo penetró en la estancia. Durante una fracción de segundo, mantuve la sábana abierta, permitiéndole un primer vistazo de mi cuerpo gracias al reflejo del espejo.
–         ¿Te vio?
–         Sí, sí que lo hizo – susurró Alicia inclinándose hacia mí en la mesa – En el espejo pude ver que había podido echar un buen vistazo a mi cuerpo desnudo antes de cubrirme con la sábana y te juro por Dios Víctor que estuve a punto de correrme sólo con eso. Las rodillas me flaquearon, la excitación azotó mi cuerpo como una descarga eléctrica y, si no llego a sujetarme a la camilla, me habría caído de bruces.
–         Es normal, Ali. Es tu primera vez, con todo lo que eso conlleva…
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Dije eso sobre todo porque no quería pensar en que su excitación se debiera al “morenazo de ojos verdes insultantemente guapo”. Me sentía celoso.
–         Sé que el chico me dijo algo, aunque no me enteré de nada, porque, como dijiste antes, “la sangre me zumbaba en los oídos”. Supuse que me estaba dando las instrucciones de siempre, así que me tumbé toda temblorosa en la camilla, boca abajo, cubriéndome con la sábana, temiendo de veras estar a punto de sufrir un infarto.
–         Ja, ja. Te entiendo perfectamente.
–         Sí, tú ríete, pero en ese momento volví a acordarme de ti. Si te pillo en ese momento, te mato, estaba acojonadísima…
–         ¿Y no te sentías excitada? – inquirí sabiendo perfectamente la respuesta.
–         Como nunca antes.
Y se quedó callada, empezando a comer con toda la tranquilidad del mundo. Yo estaba deseando que continuara, pero ya la conocía lo suficiente para saber que no lo haría hasta que ella quisiera. Así que me puse también a comer.
Por fortuna, poco después retomó el relato.
–         Al principio todo fue muy normal, un masaje como tantos otros. Apenas si me di cuenta del contacto de sus manos, pues mi mente era un torbellino centrado en otras cosas. Podría haber estallado una bomba que yo no me habría enterado. Poco a poco fui serenándome, tratando de decidir si iba a seguir con aquello o no. Si me atrevía a dar el paso.
–         Y por supuesto lo hiciste.
Ali volvió a sonreír.
–         Aproveché que el chico se giraba a coger algo del carrito para subirme la sábana hasta el culo. Obviamente, él se dio cuenta, así que farfullé algo de que tenía mucha tensión en los muslos.
–         En los muslos y en todo lo demás – intervine.
–         Y tanto. Me acordé de ti, de lo que me contaste de la chica del masaje, la que te veía los cascabeles bajo la sábana…
Me reí al escucharla hablar así de mis testículos.
–         El chico empezó a masajearme las piernas, los gemelos, subiendo por los muslos. Era un masaje intenso, firme, no como a mí me gustan, que los prefiero un poco más delicados, pero la verdad es que me daba lo mismo. Lo único que quería era saber si estaría viéndome el coño bajo la sábana…
Asentí en silencio, completamente atrapado por la historia.
–         Fue infernal, te lo juro. No me había dado cuenta al tumbarme, pero el espejo quedaba a los pies de la camilla, con lo que no podía usarlo para espiar a Giancarlo y ver si estaba disfrutando o no del espectáculo. Nerviosa e inquieta, separé un poco más los muslos, para que pudiera mirar a sus anchas, pero, el no saber si estaba haciéndolo o no, me tenía frustrada y enfadada.
–         Tranquila, te aseguro que, si no era ciego, el tal Giancarlo estaba mirando con total seguridad.
Ali me sonrió, agradeciendo el cumplido.
–         Sí, supongo que sí – admitió – Pero yo quería verlo, quería disfrutar de su mirada sobre mí, quería…
–         Exhibirte para él.
–         ¡Exacto! – exclamó en voz alta, contenta de que yo comprendiese perfectamente lo que quería decir.
Joder, qué celoso me sentía. La historia de Ali me tenía nervioso y excitado, estaba deseando que continuara, pero, viendo el brillo en sus ojos, me temía que allí iba a haber mucho más que una simple sesión de exhibicionismo. Y eso no me gustaba…
–         Los siguientes minutos se me hicieron eternos. Sus fuertes manos se deslizaban por todas partes, untando mi piel de aceite, recorriendo mi cuerpo hasta el último centímetro, pero aquellas caricias no me enardecían, ni me relajaban como se supone que debe hacerlo un masaje. Lo único en que podía pensar era: “¿Me estará mirando?”
–         Por supuesto que sí  – pensé, aunque sin decir nada para no interrumpirla.
–         Y ya no pude más. Me armé de valor e, incorporándome en la camilla, me di bruscamente la vuelta, mientras farfullaba algo de que quería que continuara por delante.
Ali se tomó un respiro, bebiendo tranquilamente de su copa.
–         Estaba acojonadísima, el corazón parecía querer salírseme por la boca. Tan nerviosa estaba, que ni me di cuenta de que la sábana se había movido y las tetas se me habían quedado al aire, brindándole al italiano el espectáculo de toda mi anatomía, tanto el norte como el sur…
Aquella frase me hizo sonreír.
–         Entonces nuestras miradas se encontraron y te juro que tuve que apretar fuerte los muslos para contener la excitación. Sentía cómo el rubor teñía todo mi cuerpo, mi mente gritaba en silencio que me había vuelto loca, pero, cuando vi cómo me miraba, cómo sus ojos se deslizaban por mi piel… Dios. Creí que iba a enloquecer de excitación.
–         Y yo también – pensé en silencio, notando cómo mi erección amenazaba con hacer estallar la bragueta del pantalón.
–         Me recliné otra vez, dejándole continuar con el masaje. Él no dijo nada, se limitó a posar sus manos en mi cuerpo y reanudar las friegas. Y entonces, ni corto ni perezoso, sus manos empezaron a recorrer mi torso, rodeando estremecedoramente mis senos pero sin llegar a tocarlos. Yo estaba que me moría porque se decidiera a dar el paso, que se atreviera a cruzar la línea… pero él no hacía nada, seguía sin tocarme en ningún sitio inapropiado, aunque yo estaba ardiendo, deseando que lo hiciera de una vez…
–         Y por supuesto que lo hizo – intervine un poco picado.
–         Sí. Por fin lo hizo. Pudo ser sin querer, si embargo, pues simplemente rozó levemente uno de mis pechos, pero el gemido que escapó de mis labios fue prueba suficiente de qué era lo que yo quería. Cuando sus firmes manos se apoderaron por fin de mis senos, cerré los ojos y me abandoné al placer, mientras sus cálidas palmas describían movimientos circulares sobre mis tetas, cada vez más cerca de los pezones, hasta que estos se pusieron tan duros y sensibles que el más ligero roce estremecía mi cuerpo.
–         Que estabas muy cachonda, vaya – dije en tono cortante mientras vaciaba nuevamente mi copa.
Alicia me miró un segundo, sonriendo. Ambos sabíamos perfectamente lo que estaba sucediendo en mi interior, pero eso no la afectó en absoluto, así que siguió con su historia.
–         Cuando abrí los ojos, miré al lado, deseando comprobar si él estaba tan excitado como yo. Y lo estaba. Víctor, no te imaginas el enorme bulto que se apreciaba en su pantalón de hilo. Y no me contuve. Estiré una mano y la posé directamente en su entrepierna, ciñendo su poderosa erección por encima de la tela. El pobre no pudo reprimir un gemido de placer, lo que me hizo sonreír y sus manos apretaron con fuerza mis tetas, provocando que diera un gritito de sorpresa.
Joder con Alicia. La reina de las calientapollas estaba en su salsa. Se estaba riendo de mí a placer, convirtiéndome poco a poco en su esclavo. En ese instante habría sido capaz de matar simplemente por haber podido ocupar el sitio del cabrón de Giancarlo.
–         Y ya no se contuvo más, Víctor, estoy segura de que el italiano se había visto mezclado en ese tipo de escenas más de una vez. Antes de que me diera cuenta, se había desabrochado el pantalón, dejándolo deslizarse por sus piernas. Junto a mí apareció una hermosísima polla de dimensiones impresionantes. Dura, vigorosa, rezumando por el glande… y estaba así sólo por mí.
–         ¿Hermosísima? ¿Qué hacía ese bastardo, se la maquillaba? – mascullé para mí muy cabreado.
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–         Giancarlo se movió un paso a la derecha, de forma que su entrepierna quedó junto a mi cara. Echando las caderas hacia delante, ubicó su polla frente a mis ojos, suspendida a escasos centímetros sobre mi rostro, con lo que pude admirarla en primer plano. Qué bonita me pareció, hasta la última vena, hasta el más ínfimo pliegue me pareció hermoso y deseable…
–         Vale, vale, ya lo pillo. Tenía una buena polla – la interrumpí con sequedad.
Pero Ali no pareció molestarse en absoluto con mi exabrupto y no dijo nada, limitándose a sonreír levemente. La cosa salía tal y como ella había planeado.
–         Entonces Giancarlo hizo algo inesperado. Bueno, bien pensado no era tan inesperado, pero con mis ojos clavados en su polla no me di cuenta de que llevó una de sus manos a mi entrepierna y, repentinamente, sentí cómo uno de sus dedazos se introducía entre los labios de mi sobreexcitado coñito y empezaba a acariciarlo suavemente. Sorprendida por el placer inesperado, boqueé nerviosa y entreabrí la boca, jadeando, momento que él aprovechó para colocar su enhiesto falo entre mis labios y deslizarlo entre ellos, permitiéndome saborear su dureza.
–         Que te la metió en la boca para que se la chuparas, vaya – dije carcomido por los celos.
–         No. No me has entendido. No la deslizó dentro de mi boca, sino que la ubicó entre mis labios, como si fuera una salchicha entre las dos mitades de un bollo de perritos calientes.
–         Muy gráfica tu imagen – dije con aridez, haciéndola sonreír de nuevo.
–         Muy lentamente, empezó a mover las caderas adelante y atrás, deslizando su miembro entre mis labios, pero sin llegar a meterla en mi boca. Mi lengua no permaneció ociosa y empecé a lamerla y chuparla por debajo, haciéndole gemir esta vez a él, mientras sus hábiles dedos exploraban entre mis piernas, incrementando la excitación y la humedad si es que eso era posible.
Coño con el puto italiano. Tenía morbo el invento del tipo. Pensé que me apetecería probar eso alguna vez.
–         Pero a esas alturas yo ya no podía más. Sentía cómo el orgasmo se aproximaba inexorablemente, mis caderas bailaban convulsivamente sobre su mano, mientras mi lengua recorría su dura polla con frenesí. Bruscamente, me incorporé en la camilla y agarrándosela con fuerza, la atraje hacia mí y la engullí de un golpe, empezando por fin a chupársela como es debido. Cuando sentí su firme mano apoyándose en mi cabeza, marcándome el ritmo de la mamada, ya no pude más y el volcán entre mis piernas entró en erupción.
–         ¿Te corriste? – pregunté un tanto estúpidamente.
–         Como nunca antes. El sexo nunca había sido para mí tan bueno.
Los celos volvieron a azotarme.
–         ¿Se corrió en tu boca? – pregunté sin poderlo evitar.
Alicia me miró fijamente unos instantes antes de contestar.
–         No. En cuanto me corrí, Giancarlo la sacó de entre mis labios, mientras sus dedos seguían estimulando delicadamente mi vulva, alargando mi orgasmo. Así me permitía entregarme por completo al éxtasis, sin tener que preocuparme de darle placer a él al mismo tiempo. Se ve que entiende a las mujeres. Es un gran amante. – dijo Ali tratando de zaherirme.
–         O simplemente tuvo miedo de que le dieras un mordisco por estar “tan entregada al éxtasis” – respondí tragándome el anzuelo a lo bestia.
La joven volvió a sonreír, sin sentirse ofendida en absoluto.
–         En cuanto me recuperé, le atraje hacia mí y le besé con pasión. Estaba deseando sentirle dentro de mí ya de una vez. Su polla se apretaba contra mi  cuerpo, sin haber perdido un ápice de dureza por la pausa y yo me estremecí al pensar que enseguida tendría ese enorme émbolo martilleando mi cuerpo.
–         “¿Enorme émbolo?” – pregunté irónicamente.
–         Sí, la tenía así de grande – dijo Ali separando las manos una buena distancia.
Maldito cabrón italiano.
–         Y él también estaba decidido ya. Como dije antes, estoy segura de que no era la primera vez que Giancarlo se veía en una de esas situaciones.
–         Pues claro – la interrumpí – pregúntale a tu amiga Paqui…
Nuevamente, Ali ignoró por completo mi desplante.
–         Con firmeza, hizo que me diera la vuelta y apoyara las manos en la camilla, colocándose detrás de mí.
–         ¿Te sodomizó? – exclamé sorprendido.
–         No, tonto – respondió Ali riendo.
–         Sería porque no le apeteció. Porque tú no ibas a decirle que no a nada…
Esta vez quizás me pasé un poco. Ali pareció acusar el golpe, mirándome muy seria. Ya iba a disculparme cuando ella reanudó el relato como si tal cosa.
–         Con habilidad ubicó su hierro entre mis piernas y me penetró de un tirón, haciéndome gemir y resoplar de placer. Los brazos me flaquearon y a punto estuve de derrumbarme encima de la camilla, pero entonces sus manos volvieron a apoderarse de mis senos, estrujándolos y sosteniéndome en pie al mismo tiempo.
–         Y te folló a lo bestia – intervine, deseando que el relato terminara de una vez.
–         Vaya si lo hizo. Me folló como nunca antes. Su polla, como dije antes, era un émbolo que se abría paso en mi carne sin misericordia, penetrándome y horadando cada vez más profundamente. No tengo palabras para describirte el placer que sentí, Víctor, ni lo fuertes e intensos que fueron los orgasmos que experimenté. El polvo de mi vida.
–         Ya me imagino – dije con sequedad, sin mirarla a la cara.
–         En cierto momento, Giancarlo hizo que subiera uno de los pies a la camilla, mientras el otro permanecía en el suelo, obligándome a ofrecerme a él por completo, sin tapujos ni inhibiciones. Alzando la mirada, podía vernos follando desbocados en el espejo y te juro que a duras penas pude reconocerme en el reflejo. La mujer que estaba allí, siendo penetrada una y otra vez, no era yo, era otra que se me parecía…
–         Vaya, que te sacó el alma del cuerpo a pollazos. Tuviste una experiencia astral a base de cipotazos – dije a punto de estallar de ira.
Entonces Alicia se echó a reír y fue una risa musical, dulce y cristalina, mucho más próxima a la imagen de Alicia que yo tenía en mente, que a la de la puta ninfomaníaca que había estado torturándome durante la última hora.
–         Ay, Víctor – dijo con los ojos brillantes de lágrimas de risa – Si pudieras verte la cara…
–         ¿Qué? – dije sin comprender.
–         Cariño, perdona, no he podido evitarlo…
–         ¿Qué? – farfullé nuevamente.
–         Ay, hijo. Pues que he estado exagerando un poco, la cosa no fue del todo así…
–         No comprendo.
–         A ver. Desde que te conozco, has estado torturándome con tus historias, poniéndome a mil por hora y hoy he visto la ocasión de devolvértela…
–         ¿Quieres decir que te lo has inventado todo? – exclamé súbitamente esperanzado.
–         No, no, para nada. Todo es verdad.
No entendía a aquella mujer.
–         Entonces, ¿a qué te refieres? – pregunté completamente perdido.
–         Bueno… Pues que quizás haya exagerado un poco respecto a lo guapo que es Giancarlo… o sobre el tamaño descomunal de su miembro… o sobre lo bien que folla…
Aunque parezca una gilipollez, aquellas palabras significaron un enorme consuelo para mí. Me sentí mucho más sereno que en todo el almuerzo.
–         No, si ya me parecía a mí que tanta perfección no era posible…
–         Ja, ja – rió Alicia – ¿A que te has puesto celoso?
La miré fijamente a los ojos, muy serio. Mi orgullo masculino me empujaba a mentir, pero para qué, si ella sabía perfectamente lo que pasaba por mi mente.
–         Por supuesto que sí. Muerto de celos. Porque el mejor sexo de tu vide será el que tengas gracias a mí. No con ningún masajista italiano – sentencié.
–         Vaya, vaya – dijo Ali mirándome enigmáticamente por encima de su copa – ¿Y tu promesa de no intentar nada conmigo?
–         Al carajo con ella – respondí, haciéndola reír de nuevo.
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Nos quedamos callados unos instantes, mirándonos. Entonces nos interrumpió el camarero, preguntando si necesitábamos algo y mirando un tanto extrañado nuestros platos, que estaban casi sin tocar.
–         ¿Está todo bien señores? – nos preguntó.
–         Uy, sí, perdona Iñigo. Hacía tanto tiempo que no veía a mi amigo Víctor que nos hemos puesto a hablar y casi no hemos comido. Está todo exquisito.
Más tranquilo, el camarero se marchó y nosotros reanudamos el almuerzo. Al calmarme un poco, descubrí que, efectivamente, estaba hambriento.
Tras un rato comiendo y charlando de cosas intrascendentes, retomé el tema sin poder esperar un minuto más.
–         Pues qué quieres que te diga Alicia, lo que me has contado tiene poco que ver con el exhibicionismo. Simplemente me has narrado con todo lujo de detalles cómo le has puesto los cuernos a tu novio.
–         Ya te dije que había sido muy mala –  dijo ella con su sonrisilla maliciosa en los labios.
Le devolví la sonrisa sin poderlo evitar.
–         Y la verdad es que, aunque experimenté varios orgasmos en aquella habitación, estaba mucho más excitada cuando no sabía si él me miraba o no que cuando finalmente lo hicimos. Lo que pasó fue que, a esas alturas, yo estaba tan caliente que me hubiera corrido con sólo rozarme. Además, he de admitir que, mientras lo hacíamos, estuve pensando en ti.
La boca se me quedó seca. Clavé mis ojos en su rostro, donde se dibujaba aquella sonrisilla maliciosa que había empezado a conocer tan bien.
–         Joder, Ali – susurré – Yo trato de resistirme, pero qué difícil me lo pones…
–         Ojalá otros lo encontraran tan difícil como tú – dijo Ali muy seria.
–         Te refieres a tu prometido, ¿verdad? – indagué decidido a tomar el toro por los cuernos.
Alicia se encogió de hombros y, asintiendo con la cabeza, empezó a hablar de nuevo.
–         Sí, has acertado. Se trata de Javier. No sé lo que le pasa últimamente. Siento que no me desea.
Y empezó con una larga retahíla de lamentaciones. Al parecer, el tal Javier, abogado de profesión y haciendo sus primeros pinitos en política, tenía bastante abandonada a Alicia en los últimos tiempos. Según ella, nunca había sido muy fogoso, pero desde hacía unos meses prácticamente tenía que obligarlo para hacer el amor. Llevaban ya tiempo prometidos y ella comprendía que era normal que la pasión se enfriase un poco, pero el tal Javier estaba llevando las cosas al extremo.
Alicia sentía que, para él, su trabajo era lo primero y ella ocupaba con suerte el sexto o séptimo lugar en su lista de preferencias. Se sentía desdichada.
Yo, a esas alturas, sabía lo que le pasaba a Javier. Si no deseaba a esa chica es que simplemente era gilipollas. O quizás…
–         ¿Has pensado si no será gay? – la interrumpí.
–         ¿Cómo?
Se quedó callada por la sorpresa, rumiando en silencio mi respuesta.
–         No, no puede ser – argumentó – Hemos hecho el amor muchísimas veces…
–         ¿Y qué? No sería el primer gay que se acuesta con mujeres. Además, si está metido en política… A lo mejor está buscando una esposa florero…
La verdad es que lo dije medio en broma, pero la expresión pensativa de Alicia me demostró que ella no estaba de cachondeo precisamente. Mis palabras la habían impresionado y dado mucho en qué pensar.
–         Será posible – murmuró – No, no puede ser… Pero…
Yo la dejé desahogarse. Intuía que lo que ella necesitaba era un poco de apoyo.
Seguimos charlando una hora más. No te aburriré con los detalles. No creo que Alicia estuviera convencida de que su prometido fuera homosexual, pero lo que sí quedó claro fue que algo raro le pasaba. Con repetidos piropos y menciones a las miradas que todos los machos del restaurante le dirigían, logré mejorar el ánimo de Alicia, lo que nos hizo sentir mejor a ambos.
A las cuatro, Ali anunció que tenía que regresar al trabajo y yo suspiré recordando la montaña de papeles atrasados que me aguardaba.
–         Oye, gracias de verdad por escucharme. No sabía a quien acudir. Todos mis amigos de la ciudad son amigos también de Javier. Me ha venido muy bien desahogarme – me dijo Alicia al despedirse.
–         Tranquila, guapa, para eso est… amos.
Había estado a punto de decir “están los amigos”. Pero qué cojones, yo no quería que fuésemos amigos. Yo quería otra cosa.
–         ¿Quedamos el sábado para comer? – me dijo mientras se ponía el abrigo.
–         Claro – respondí sin pensar.
–         Esta vez elige tú el restaurante. Que sea uno donde no nos conozcan – añadió en voz baja guiñándome un ojo.
A mí también me subió el ánimo.
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……………………
Tras una tarde agotadora en el trabajo, conduje hacia casa dándole vueltas en la cabeza a todo lo acontecido ese día.
Por fin Alicia se había mostrado inclinada a tener una relación conmigo y no me había rehuido cuando insinué que estaba deseando acostarme con ella.
Pero yo no iba a conformarme con eso. No era sólo sexo lo que yo buscaba. La quería a ella. Sentía que había encontrado a mi media naranja. Y si, finalmente resultaba que el tal Javier era en realidad gay… el camino quedaba libre.
Bueno. No del todo. Aún me faltaba Tatiana…
Joder. Pobre Tatiana. La iba a matar del disgusto. Ella me quería a rabiar y tenía sentimientos hacia mí mucho más intensos que los que yo tenía hacia ella. Me maldije por no haber sido capaz de haberle puesto remedio antes, pues hacía tiempo que yo sabía que ella no era la adecuada para mí, incluso antes de conocer a Ali.
Yo la amaba, a mi manera y por nada del mundo quería hacerle daño, así que continué en la relación porque era más fácil y cómodo que ponerle fin y hacerla sufrir. Y ahora iba a pagarlo muy caro.
Tenía que ser honesto y poner fin a todo aquello. Al menos, la infidelidad aún no se había producido… del todo. No, no te creas, no soy tan cabronazo como para que esa excusa de mierda me hiciera sentir mejor. No fue así.
Y cuando llegué a casa, la cosa empeoró.
–         ¿Hola? ¿Tati? – pregunté extrañado cuando, tras abrir la puerta, Tatiana no salió a recibirme como había hecho todos los días desde que vivíamos juntos.
Aquello debía haberme indicado que algo no marchaba bien. Pero, tonto de mí, no sumé dos y dos hasta que entré en el salón y vi a Tatiana sentada en el sofá, el rostro rojo e hinchado por las lágrimas que corrían por sus mejillas. Me quedé atónito.
–         Tatiana, nena, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo? ¿Tu madre es…
Las palabras murieron en mi boca cuando miré en el regazo de Tatiana y vi lo que sostenían sus manos… las bragas de Alicia que, imbécil de mí, había dejado en mi chaqueta tras almorzar con ella el sábado anterior.
Tatiana alzó sus ojos anegados por las lágrimas y los clavó en los míos, preguntándome en silencio por qué le había hecho eso.
Quería morirme.
TALIBOS
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