Toda mujer que se precie debería de huir de mi vecino si quiere mantener un mínimo de dignidad. Desgraciadamente desde casi niña me han gustado los “malotes” y por mucho que intento evitarlos, siempre caigo en sus redes.  Me imagino que si algún día se lo contara a un psicólogo, este me vendría con la típica explicación freudiana pero yo me conozco y sin entrar en más detalles, sé que me vuelven loca los tipos golfos.

Ya en el instituto solo salía con los más mujeriegos y si encima eran repetidores, mucho mejor. Un claro ejemplo es el imbécil que me desvirgó. No es que esté muy orgullosa de esa etapa pero, para que me comprendáis mejor, debo contároslo. Fue en el penúltimo curso y tenía apenas dieciséis años cuando Tato me pidió salir.
El tal Tato era tres años mayor que yo, borracho, impresentable y  un desastre en los estudios pero tenía dos grandes virtudes: Era relaciones de una discoteca y para colmo, guapo. Por eso no es de extrañar que mi primera relación sexual fuera en los baños de un bar y sin preservativo. Nunca creí que ese subnormal fuera mi príncipe azul pero tampoco que al terminar y todavía con mi coñito sangrando, me dejara.
Como os imaginaréis, me pasé quince días temiendo haberme quedado preñada. Por suerte, no fue así y pude seguir con mi vida. 
Mi segundo noviete fue el capitán del equipo de futbol de mi curso, otro idiota. Don Juan en ciernes, Eduardo repartía sus favores a cuantas tontas podía, sin importarle que ellas sí estuvieran enamoradas. Una de esas tontas fui yo. Ver a ese chaval en un pasillo era motivo suficiente para que mi entrepierna se mojara. Por eso cuando después de un partido, él y sus amigos lo estaban celebrando, le di mi primer beso y durante tres meses fui su puta.
Me follaba cuando y donde quería. Daba igual que fuera el cole, su casa o el parque, en cuanto Edu me tocaba las tetas sabía que lo siguiente era quitarme las bragas.
Terminó ese noviazgo como empezó, un día de partido ese mocoso descubrió que estaba cansado de mí y mandándome a la mierda, se fue con mi mejor amiga.
Aunque puedo seguir enumerando mis parejas, en realidad, no importa, porque el objeto de este relato es mi vecino del octavo. Se llama José y para haceros el cuento corto, si cogéis todos los defectos posibles en un hombre y los metéis en una envoltura atractiva, así es él.
Golfo, dominante, egoísta, manipulador… pero para mi desgracia amante cojonudo.
Conozco a ese mal bicho desde que llegué a Madrid cuando el destino quiso que el piso que había alquilado fuera el contiguo al suyo. Mi mal fario empezó el día de mi mudanza cuando al salir cargada del ascensor con dos cajas, me topé con él y luciendo una espléndida sonrisa y mirándome con sus negros ojos, me preguntó si podía ayudarme. Pesaban tanto los dos bultos que no pude negarme y por eso, ese cabrón entró no solo en mi casa sino en mi vida.  
 Reconozco que me encantó su profunda y varonil voz pero lo que realmente me puso a mil fue observar sus músculos cuando me quitó las cajas y las llevó hasta mi salón.
-Muchas gracias- alcancé a decir mientras sentía que mi respiración se aceleraba.
Quitándole importancia, ese moreno comentó:
 

 

 







-Los vecinos estamos para ayudarnos.
Os juro que mis braguitas se mojaron al oír que ese machote vivía en el mismo edificio pero pensé que me había meado al verle entrar en la puerta de al lado de la mía diciendo:
-Por cierto, me llamo José- tras lo cual sin darme tiempo de decirle  el mío, cerró la puerta dejándome con las palabras en la boca.
Lo peor fue al volver a mi apartamento y descubrir que antes de irse, ese “señor” había dejado su aroma por doquier. Con los restos de su colonia perfumando mi habitación, comencé a desembalar mis cosas pero su recuerdo hizo que mis hormonas se alteraran.
“¡Qué bueno está!” pensé mientras involuntariamente me iba calentando al rememorar el volumen de sus bíceps.
Al poco, me tumbé en la cama y ya cachonda perdida, llevé una de mis manos hasta mi pecho mientras la otra se hundía en el calor de mi chochito. La humedad que descubrí en mi sexo fue la confirmación de la atracción que sentía por ese desconocido y recreándome con caricias en el clítoris, me imaginé como sería su miembro.
“Sera enorme y sabroso”, me dije soñando con el pedazo de verga que suponía habitaba entre las piernas de ese moreno.
Mi propia calentura y lo que sentí al notar mis dedos hurgando dentro de mi vulva, me hicieron comprender que estaba bien jodida si alguna vez llegaba a convencerlo de compartir mi cama. Dejándome llevar, incrementé mi toqueteó figurándome que era él quien me tocaba. Aun sabiendo que no era más que una ilusión, sentí un latigazo en mi entrepierna al soñar con su caricia.
En mi imaginación, José pellizcó mis aureolas de una forma tan sensual con la que asoló de inmediato mis defensas. Caliente como una perra, soñé con su lengua recorriendo los bordes de mis pechos mientras sus manos bajaban por mi espalda. 
-¡Mierda!, estoy brutísima- grité al visualizar a mi vecino comiéndome a besos.
La temperatura de mi cuerpo subía por momentos. La imagen de semental me estaba volviendo loca y rendida a sus supuestos encantos, gemí fantaseando con que sus dedos se hacían fuertes en mi trasero. Verraca como pocas veces, traté de acelerar mi masturbación y gimiendo de placer, cerré mis ojos mientras soñaba con el pene de mi vecino tomando posesión de mi coñito.
-Fóllame- chillé por mucho que sabía que era irreal.
Que no estuviera a mi lado  no consiguió enfriar mi pasión y por eso cuando en mi mente, José aceleró sus caderas,  me corrí. Mi excitación no concluyó con ese orgasmo y profundizando en mi ensoñación, imaginé  que su mano había vuelto a apoderarse de mi pecho y lo acariciaba rozándolo con sus yemas. Sonriendo, me miró diciendo:
-¡Qué putita es mi vecina!
Me mordí los labios al oír su masculina voz y sabiéndome suya, mi deseo volvió a alcanzar límites desconocidos cuando el moreno me agarró de la cintura y me acomodó sobre sus rodillas.  
-¿Me vas a dar tu culo o tendré que buscarme otro? – me soltó con descaro mientras sus manos se apoderaban de mis nalgas.
“¡No puedo ser tan zorra!”, pensé al disfrutar por anticipado del placer y del dolor que ese enorme aparato me iba a regalar y tragando saliva, esperé su siguiente paso.
Entonces, José viendo mi entrega, cogió su pene y acercándolo  a mi entrada trasera, susurró en mi oído:
-No me has contestado.
Su pregunta me sacó lo perra y chillando,  grité:
-Tómalo, cabrón.
Mi insulto espoleó su lujuria y presionando mi esfínter con la punta de su enorme glande, fue forzándolo lentamente. Adolorida pero más excitada de lo que me gustaría reconocer, sentí el paso de su gigantesca extensión mientras invadía mi estrecho conducto.

-¡Dios! ¡Cómo duele!- aullé  al notar que su pene me rompía el culito.
A partir de ahí, el dolor fue menguando y ya dominada por el placer, disfruté como una cerda de sus huevos rebotando contra mi culo con cada embestida.
-¡Muévete! ¡Zorra!- susurró y recalcando sus palabras con hechos, me soltó un sonoro azote.
Obedeciendo sus deseos, salté sobre su verga empalándome con rapidez hasta que, de improviso, su verga explotó en mi interior. Y aunque era imposible, sentí su semen como si fuera real rellenando mi conducto trasero. Cada una de las explosiones con las que regó mi interior provocaron que mi deseo se tornara en placer y temblando sobre mi colchón, me corrí nuevamente.
Agotada me desplomé en la cama. Durante largos minutos, fui incapaz de levantarme y solo cuando comprendí que había mucho que hacer, me incorporé. Con mi mente a años luz y mi chocho chorreando, terminé de deshacer mi equipaje. El convencimiento que ante cualquier avance de mi vecino, me sería imposible evitar caer entre sus brazos, me llevó a  evitarle a partir de ese día.
José se entera de la atracción que genera en mí.
Sabiendo del peligro, durante dos semanas conseguí no toparme con él pero el calor del mes de agosto en Madrid y el tiempo trascurrido, hicieron que bajara mis defensas. Todavía recuerdo que esa tarde llegué a casa sudando y sin pensar en que José podía aparecer por ahí, bajé a la piscina comunitaria.
Aunque ya eran las seis de la tarde, el sol seguía cayendo a plomo sobre la capital. Por eso al comprobar que no había nadie en esa zona, directamente me tiré al agua.
-¡Qué gozada!- grité al notar que estaba fresca y por eso disfrutando del cambio de temperatura, durante un rato, disfruté del baño sin percatarme de su llegada.
Al salir, vi que mi vecino venía acompañado de una rubia tetona. Os reconozco que en un primer momento agradecí que no estuviera solo y por eso no me importó que habiendo al menos dos docenas de tumbonas, hubiesen elegido unas pegadas a mí para tumbarse.
Obviando su presencia, fui hasta la mía y cerrando mis ojos,  me puse a tomar el sol.  No llevaba ni dos minutos allí, cuando oí que el putón con voz sensual le decía:
-Cariño, ¿Me puedes poner crema?
El tono de la pregunta me mosqueó y más cuando descojonado el tipo le contestó:
-De acuerdo aunque dudo que tengas bronceador suficiente para tus tetas.
Sé que me comporté como una autentica voyeur y que eso estuvo mal pero entreabriendo mis ojos, me puse a espiarlos. Desconozco si José se dio cuenta desde el principio que les estaba observando o por el contrario si me pilló más tarde pero lo cierto es que recreándose en ello, le pidió que se quitara la parte de arriba del bikini.
La rubia al escuchar su orden, no le importó que estuviera a su lado y con gran descaro, se despojó de la prenda. El tamaño de sus senos me pareció todavía más grande cuando al quitárselo rebotaron ya libres de la prisión que suponía esa tela.
-Tienes un par de tetas muy ricas- exclamó mi vecino entusiasmado y cogiendo el bronceador, lo comenzó a extender por su piel.
Si al principio sus manos evitaron esas moles y todo parecía normal, la situación cambió en cuanto mi vecino se acercó a las tetas de la rubia porque la muchacha al sentir la cercanía de sus dedos, pegó un gemido apagado. Al escucharlo, José se rio y cogiendo más crema, se puso a extenderla por sus pezones.
-Ummm- volvió a gemir la amiga al sentir que extralimitándose en sus funciones, el tipo le estaba pellizcando ambos pezones.
Reconozco que en ese momento lo correcto hubiese sido levantarme pero algo me lo impidió y cada vez más interesada, seguí observándolos de reojo.
Durante unos minutos, José se contentó con solo los pechos pero el continuo concierto de gemidos y sollozos le debió azuzar su lado oscuro y por eso, dejando caer una de las manos por el cuerpo de la rubia, la llevó hasta su entrepierna.
-Quítate las bragas- escuché que le ordenaba.
Medio escandalizada abrí los ojos sin llegarme a creer que esa puta fuera capaz de obedecer esa sugerencia. Mi sorpresa fue total al observar que señalando mi presencia, la chavala se las quitó mientras le decía muerta de risa:
-¡Estás loco! ¡Tenemos público!
Fue entonces cuando José, mirándome a los ojos, le respondió:
-Cállate y abre las piernas.
La sonrisa que lucía en su rostro me dejó paralizada y por eso fui testigo de cómo la rubia separaba sus rodillas dejando el campo libre a sus maniobras. El descaro de ese tipo fue total y sacando de su bolsillo un chupa-chups, le quitó el papel y metiéndoselo en la boca, lo embardunó con su saliva mientras con la otra mano comenzaba a pajearla.
Para entonces, mis hormonas estaban más que alborotadas y perdiendo parte de mi vergüenza, me acomodé en la tumbona para no perder nada de lo que ocurriera. Lo que no me esperaba fue que ese cabrón disfrutando del momento, me diese ese dulce diciendo:
-Es para ti.
La escena me había puesto tan cachonda que no dudé en cogerlo y llevándolo hasta mi boca, abrí mis labios y me puse a chuparlo como si fuera un micropene. Mi rápida respuesta le satisfizo y olvidándose de mí, se concentró en su amiguita. Dando una clase magistral de cómo se masturba a una mujer, mi vecino separó los pliegues de la rubia y cogió entre sus dedos  su clítoris mientras le decía:
 
-Tu público espera que le demuestres lo puta que eres.
La dulce tortura que imprimió a su erecto botón y la certeza de estar siendo observada por mí, excitó a la tetona, la cual llevando sus manos hasta sus pezones, los empezó a retorcer entre sus dedos.
-Así me gusta- comentó su amante y recalcando el poder sobre ella, le dijo: -Córrete.
La orden provocó un terremoto en la chavala y berreando como si estuviese en celo, descargó su tensión con un sonoro orgasmo. La facilidad con la que ese hombre la manejaba me fascinó y por eso deseé ser yo el objeto de sus caricias. Sin darme cuenta, había retirado una de las copas de la parte superior de mi bikini y me estaba acariciando con el caramelo y su palito.
Para entonces, José se sentía dueño de la situación y sentándose en la tumbona, se bajó el traje de baño y cogiendo a su amiga, le soltó:
-Ya sabes que tienes que hacer.
El putón sin cortarse un pelo, se arrodilló frente a él y sacando la lengua, comenzó a lamer su hermoso talle. Ya dominada por el ardor que me quemaba el chochito, me empecé a masturbar mientras admiraba la belleza del sexo de ese Don Juan.
“¡Menuda polla!”, exclamé mentalmente valorando que diría mi vecino si me sumaba a esa mujer.
Conocedora de un buen número de penes, ese en particular me pareció un sueño. No solo era grande y gordo sino tenía una apariencia tan dura que me hizo derretir al imaginarla retozando en mi interior. Visualizando mi entrega, babeé tanto como la rubia con las venas hinchadas de esa verga que temiendo ser capaz de arrodillarme frente a José, preferí usar el puñetero chupa-chups como consuelo y llevándolo hasta mi sexo, lo sumergí entre mis muslos.
“Joder, ¡No puedo ser tan zorra!”, maldije mi calentura al percatarme de lo caliente que me ponía ese capullo.
La verdad es que si en ese momento, mi vecino me hubiese pedido que me pusiera a cuatro patas, lo hubiera  hecho pero para mi desgracia no solo no lo hizo, sino que viendo lo perra que estaba, se levantó y cogiéndome en los brazos, me tiró a la piscina.
Al salir del agua, recriminé su actitud pero entonces, soltando una carcajada, José me soltó:
-Tu chocho estaba al rojo vivo.
Tras lo cual dejándome empapada y frustrada, se llevó a esa rubia a su apartamento a terminar lo que habían empezado. Nunca en mi vida me había sentido más humillada y aunque esa noche tuve que pajearme sin parar, me juré que aunque fuera el último hombre en el mundo, ¡Nunca cedería ante mi vecino!…
José se recrea con mi cachondez.


Los siguientes dos meses fueron una jodida tortura. Noche tras noche y semana tras semana, ese maldito tenía siempre compañía. Si ya de por sí era duro saber que al menos una docena de mujeres disfrutaban alternativamente de sus caricias, esa época coincidió con una absoluta sequía de amantes en lo que a mí respecta.

No os podéis imaginar lo que me molestaba cuando al llegar a la cama, tenía que soportar los gritos y gemidos que ese cabrón conseguía sacar de su hembra de turno. Al estar mi piso mal insonorizado parecía que José se las tiraba en mi oreja y eso solo pudo incrementar mi desasosiego.
Las paredes eran tan delgadas que al cabo de los días, comencé a reconocer a sus parejas por sus berridos y aunque intenté no oírlas, al final les puse hasta mote. La rubia era la gritona, una morena que al final de cada polvo se echaba a llorar era la infiel. Luego estaba una que le gustaban los azotes a la que llamé  la sumisa, otra que no paraba de recriminarle que anduviera con más mujeres era la mojigata y así hasta completar la extensa lista.
En contraposición con su éxito, estaba mi infortunio. Por mucho que intenté llevarme a varios tipos a la cama, solo obtuve fracaso  tras fracaso. El que no era gay, tenía pareja y mientras tanto mi almejita desfallecía por la ausencia de caricias.
Si eso ya era frustrante, lo peor comenzó a partir de una tarde en que al llegar a mi edificio, me topé con él y con una vecina al tomar el ascensor. Mascullando un breve saludo, entré en él. Como nuestra vecina llevaba la compra, observé a José ayudando tras lo cual se colocó a mi lado.
Todavía no había llegado a cerrarse cuando de pronto sentí su mano acariciando mi trasero. Creo que de haber ido sola con él, le hubiese abofeteado pero la presencia de esa viejita me hizo callar por miedo al escándalo.  Mi ausencia de respuesta le animó y poniéndose a mi espalda, llevó sus manos hasta mis muslos y levantando mi falda, dejó mi culo al aire.
“¡Sera hijo de perra!” exclamé mentalmente al notarlo pero increíblemente no hice nada y permití que con descaro, magreara ambas nalgas.
La sensación de estar siendo cuasi violada frente a esa vecina me puso como una moto y pegando mi trasero contra su sexo, descubrí que mi agresor estaba también excitado. Ese descubrimiento me hizo sonrojar y sin meditar las consecuencias, comencé a rozarme  con su miembro mientras la señora no paraba de quejarse de lo caro que estaba el supermercado.
Mi actitud se vio recompensada al bajarse la vecina en el segundo. Sin cambiar de posición, José metió su mano entre mis piernas y mientras se hacía fuerte en mi clítoris, susurró en mi oído:
-Te espero todas las tardes a las ocho aquí.

 

Su repetida caricia durante los siguientes seis pisos, hizo que al llegar a nuestro destino mi sexo ya estuviera chorreando. Sin salir del ascensor, mi agresor introdujo dos de sus dedos en mi agujerito y con movimientos rápidos me llevó en volandas hasta el placer. La violencia de mi orgasmo me dejó noqueada y cuando ya creía que iba a tener la suerte de acompañarle a su piso, mi odioso vecino se despidió de mí diciendo:
-Hasta mañana, zorrita.
No comprendí que había sido todo por ese día hasta que me vi sola en el ascensor y a José abriendo la puerta de su casa.
-¡No pensaras dejarme así!- protesté insatisfecha.
El muy cretino se giró y luciendo la sonrisa que también conocía, me soltó:
-Como bien sabes soy un hombre muy ocupado.
Os juro que al llegar a mi salón, de haberlo tenido enfrente, lo hubiese matado y por eso decidí por enésima vez, no permitir que me usara a su antojo. Muy a mi pesar su aroma me acompañó durante toda esa tarde-noche y continuamente venían a mi mente, las imágenes de ese maldito jugando con mi cuerpo. No sé las veces que recreé el instante en que empezó a magrear con sus manos mis nalgas o el momento en que asaltó con sus yemas mi coñito, lo cierto es que al llegar a mi cama ya estaba nuevamente cachonda y aprovechando los gritos de la pareja de esa noche, me hice un dedito soñando que era yo la que berreaba entre sus brazos.
Ni que decir tiene que al día siguiente, esperé puntualmente a que llegara. José nada más verme, sonrió y galantemente me cedió el paso al ascensor. Esa cortesía terminó justo cuando se cerraron las puertas y atrayéndome hacia él, me cogió de la cintura diciendo:
-¿Cuántas pajas te has hecho en mi honor?
-¡Ninguna!- cabreada exclamé.
Mi respuesta lejos de molestarle, exacerbó sus ánimos y abriéndome la camisa, sacó uno de mis pechos mientras me decía:
-No te creo.
Su cara de recochineo no menguó al escuchar mis protestas y regodeándose en humillarme, comenzó a mamar de esa teta sin importar que no estuviera dispuesta. Durante ocho largos pisos, ese tipejo me manoseó por entero hasta que al parar el ascensor, soltando una carcajada, me soltó:
-Mañana, sin bragas.

La seguridad de sus palabras me destanteó y llorando a moco tendido, busqué la seguridad de mis sabanas porque supe que aunque mi mente me aconsejara desobedecer, el resto de las células de mi cuerpo me pedían lo contrario.

La calentura que atenazaba todo mi ser, me llevó a creer una buena paja era lo que necesitaba y por eso con esmero, preparé el escenario. Para ello, llené la bañera con agua caliente, cogí un libro y al más fiel de mis amantes, un patito rosa que también era un suave vibrador y con esos tres elementos juntos, me sumergí en la lectura.
Si os he de ser sincera, ni siquiera recuerdo el libro solo sé que letra a letra, palabra a palabra me fui imbuyendo en la historia mientras mi “amiguito” se dedicaba a hacer carantoñas sobre mi coño. La dulzura de sus caricias sumado al calor de la espuma lentamente incrementaron mi deseo y cerrando los ojos me imaginé que yo era la heroína de la novela. 
No tardé en verme en los brazos del  apuesto príncipe. Todo iba genial hasta que sus enormes bíceps me hicieron recordar los de mi “simpático” vecino y a partir de ahí, su cara sustituyó a la del protagonista y nuevamente deseé con fiereza que me hiciera suya.  Usando el pico de mi inanimado amante busqué su consuelo con un ardor hasta entonces desconocido pero desgraciadamente su pequeño tamaño, aunque consiguió que me corriera un par de veces, me dejó totalmente frustrada y por eso en mitad de mi locura, hice algo de lo que me arrepentiré toda la vida.

 

Sin secarme el pelo, me puse un albornoz y descalza, fui a tocar a la puerta del que me traía tan excitada. José abrió la puerta y con su típica sonrisa autosuficiente, me preguntó que deseaba. Mi respuesta no pudo ser más elocuente, dejando caer mi bata me quedé desnuda frente a él. Comprendió a la primera mis intenciones y tirando de mi brazo me metió en su piso.
-Me siento sola- dije entre sollozos reconociendo mi claudicación.
Al oír mi confesión, me besó. Y lo que en un inicio fue un beso suave se tornó en posesivo. Necesitada de sus caricias, empecé a desnudarle. Su ropa cayó al suelo sin que José expresara ni aceptación ni rechazo. Su rostro no reflejaba ninguna emoción. Asustada por la posibilidad de que me echara, llorando le rogué:
-Necesito que me folles.
Azuzado por mi urgencia, me cogió en brazos y me llevó hasta el comedor. Al sentir que me depositaba en la mesa, agarré su pene con mis manos y lo coloqué a la entrada de mi sexo. Muerto de risa, mi vecino se entretuvo jugando con los pliegues de mi coño mientras yo intentaba que me penetrara de una puta vez.
-Tranquila- me espetó satisfecho por el poder que ejercía sobre mí.
Reconozco que su renuencia me estaba volviendo loca y por eso acomodando mis caderas, busqué forzar su contacto pero él reteniéndome llevó sus manos hasta mis pechos diciendo:
-Estás demasiado bruta… mejor lo dejamos para otro día.
-No- grité descompuesta. La mera perspectiva de volver a mi casa sin haber conseguido ser suya era demasiado humillante y por eso con lágrimas en los ojos, le pedí: -Por favor, ¡Tómame!
Su respuesta fue física y cogiendo mis pezones entre sus dedos, me los pellizcó saboreando su triunfo. Tras esa ruda caricia, introdujo un par de centímetros de su hermosa verga en mi coñito haciéndome gozar por vez primera de la forma que semejante aparato iba rellenando mi conducto.
-¡Qué maravilla!- chillé anticipando el placer que el moreno me iba a dar.
La humedad de mi cueva le confirmó mi estado y por eso no le extrañó que exigiendo más acción le clavara mis uñas en su espalda mientras me retorcía de placer.  Obviando mis deseos, José siguió tomando lentamente posesión de mi cuerpo y por eso pude experimentar cómo su polla iba abriéndose paso en mi interior.
En un vano intento de acelerar las cosas, le solté  un tortazo. Cabreado por mi golpe, mi odioso vecino sacó su pene  y dándome la vuelta sobre el tablero, me  azotó el trasero diciendo:
-¿Esto es lo que quieres?

 

Fuera de mí, todavía me permití enfrentarme a él:
-No, cabronazo. Castígame lo que quieras pero fóllame ya.
Mi descaro le terminó de enfadar y sin mediar palabra, insertó toda su extensión en mi cueva sin dejar de fustigar su culo con mis manos. El dolor que sentí al ser objeto de tanta violencia, me compensó porque estaba demasiado cachonda que necesitaba sentirme sucia, humillada pero ¡llena!. Mi sumisión afloró su lado oscuro y agarrándome del cuello, empezó a estrangularme. El sentir sus dedos presionando sobre mi garganta me aterrorizó y pateando intenté librarme de su acoso pero José incrementando la fuerza de sus yemas, me inmovilizó.
Asustada por la falta de aire pero a mi modo totalmente verraca, creí que me había orinado al sentir el río que brotando de mi coño recorría mis piernas. Fue entonces cuando como si fuera una llamarada, una corriente eléctrica discurrió por mi cuerpo y de improviso fui presa de un brutal orgasmo. Mi siniestro amante se percató del clímax que estaba experimentando y soltando una carcajada, comenzó a galopar sobre mí alargando una y otra vez mi placer. No contento con ello, usó mis pechos como asas mientras incrementaba la velocidad de su asalto sobre mi anegada cueva.
-No pares- imploré  temiendo que acabara y nunca volviera a disfrutar de él –¡Quiero más!
Sé que mi frase me delató y José queriendo mantener el control abusivo que estaba ejerciendo en mí, sacó su pene de mi interior y dándome nuevamente la vuelta, me soltó:
-Quiero correrme en tu boca.
Olvidándome de todo, me agaché y metiendo mi cara entre sus piernas, empecé a besar sus huevos mientras mi mano le pajeaba.
-Puta, ¡Te he dicho que uses tu boca!
Indefensa ante mi vecino pero ante todo sobre excitada, me dejé de tonterías y lamí su glande. Su gigantesco tamaño despertó mis dudas que me cupiera. José enfadado por mi tardanza, se incorporó y pellizcó con fuerza uno de mis pezones, exigiendo que introdujera su verga en mi boca. No me quedó mas remedio que abrirla por completo para que entrara y venciendo las arcadas, conseguí hacerlo desaparecer en mi garganta mientras él se jactaba de la sucia sumisa que estaba hecha su vecina. Ninguno de mis antiguos novios me había tratado así pero en vez de escandalizarme ese trato, mi coño nuevamente anegado me confirmó que me gustaba. Por eso imprimiendo velocidad a mi mamada, quise complacerle por el placer que me estaba regalando.

Usando mi boca como si fuera mi sexo, metí y saqué ese tronco con rapidez hasta que conseguí que ese cabrón se vaciara en mi boca. El sabor de su semen me pareció riquísimo y no queriendo que tuviese ninguna queja,  intenté tragarme toda su eyaculación mientras José se reía. Sus oleadas eran tan brutales que  mi lengua no dio abasto a recoger el semen que brotaba de su interior y por eso al terminar de exprimir su virilidad, con la cara manchada de su lefa y con el estómago lleno,  observé que una vez saciado se levantaba y se empezaba a vestir.

Humillada, le imité y recogiendo mi bata del suelo, me quedé callada. Abriendo la puerta de su casa, me miró y me dijo:
-Mañana, te quiero en el ascensor sin bragas.
Tras lo cual, me echó de su apartamento dejándome sola y medio desnuda en el rellano  de la escalera. Asustada por la fuerza de la atracción que ese maldito ejercía sobre mí, corrí hasta mi cuarto y desplomándome sobre la cama, me puse a llorar.
-¡Te odio!- grité deseando que me oyera.

 

Mi vida había quedado destrozada por  ese hombre y hundiéndome en la desesperación, comprendí que a partir de esa noche sería un juguete en sus manos y que  a no ser que me suicidara, al día siguiente, a las ocho, estaría esperándole en el portal con mi sexo desnudo deseando ser tomada.
 
 
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