Sin título3Estoy en Marraquech, con Chema, y nada es como estaba previsto o como me temía, todo lo Sin títulocontrario. Confieso que durante mucho tiempo fui reticente a aceptar esta invitación, como ya lo había sido con la que me hizo de pasar un par de días en su casa; realmente no la acepté, y sin embargo, cuando a la puerta de de venta de empanadas me preguntó si iba con él, acepté de inmediato. Montamos en su coche que arrancó de inmediato, como si todo lo tuviera preparado de antemano, y en silencio se dirigió velozmente a la autopista. Pensé por un momento que iríamos a Valencia, pero se desvió enseguida en la estación de servicio, y estacionó en una zona parcialmente sin luces; salió del coche y me tendió la mano para que descendiese, lo hice, y sin soltarla me atrajo hacia él para darme un beso en la boca, un beso al que siguió otro, y otro, y otro más, mientras sus manos deshacían el nudo de mi pareo y comenzaban a recorrerme todo el cuerpo, apretaban mis tetas, buscaban mis pezones, me quitaban la braga del bañador, única prenda que me quedaba puesta. Rápidamente me hizo entrar en el coche, con la misma rapidez con la que, nada mas hacerlo, me tumbo en el asiento y me penetró, no había tardado ni un minuto en desnudarse, menos aún en clavarme su verga que ahora sentía presionando con furia en mi interior. Paró de pronto, se retiró de mi y me ayudó a sentarme, me habló de su impaciencia, del tiempo que llevaba soñando con tenerme y de las muchas veces que me había resistido a sus requerimientos, preguntó mis razones, mis deseos, se mostró encantado aunque muy sorprendido de que, esta vez, yo hubiera aceptado y , casi sin darme cuenta, estábamos hablando como dos amigos de largo tiempo. Bromeamos sobre la incomodidad del coche, sobre como sería más fácil, ya que los dos teníamos claro que íbamos a continuar.

No tardamos  en hacerlo, desnudos como estábamos, y sentados el uno junto al otro, estiré mi brazo para hacerle una caricia en la mejilla, como si ese simple gesto fuera el detonante, me tomó entre sus brazos, esta vez suavemente y comenzó a besarme, extendiendo sus besos sobre mi cuerpo entero, reaccioné tomando su verga con mis manos e iniciando un suave movimiento, que le hizo detener sus besos. A duras penas conseguí sentarme sobre sus piernas haciendo que su verga me penetrase profundamente, casi no podíamos movernos, así que hice trabajar a todos los músculos para contraerlo y friccionar el grueso miembro que tenía prisionero en mi interior, nos miramos a los ojos y, tratando de estrechar mas todavía nuestra unión, soltamos la carcajada ambos y  no paramos de reírnos hasta que ambos sentimos la llegada de un fulminante orgasmo.

Todavía le quedaban fuerzas para continuar, a duras penas y siguiendo con las risas, cambiamos de postura, creo que pusimos en práctica todas las posibles posturas y hasta alguna nueva que inventamos, durante casi dos horas estuvimos follando sin parar, y quedamos en que iría a su casa donde pasaríamos juntos el fin de semana.

No fue así, sin embargo, algo me retenía y le fui dando largas con una excusa u otra, discutimos y hubo serias amenazas por parte de ambos, y sin embargo, aquello no tenía sentido, lo pensé seriamente y al fin di una respuesta afirmativa a su propuesta de este viaje, pero poniendo toda una serie de condiciones que aceptó: no sexo anal ni oral, solo sexo con él, sin participación de terceros.

Hoy hemos llegado  a Marraquech, y estamos en la casa-palacio de sus amigo Rita y Léopold, que desde nuestra llegada se muestran adorables: estamos los cuatro en un amplio salón, sentados en cómodas butacas de piel muy suave, Rita viste una especie de túnica azul cielo, de seda natural, bajo ella su cuerpo enteramente desnudo demuestra que pese a sus cuarenta años, tiene una preciosa silueta. Yo tengo puesta la misma túnica, de un azul mucho mas oscuro y, como ella, el cuerpo enteramente denudo bajo la túnica. Los dos hombres son de la misma edad, en torno a los cincuenta, la conversación es fluida, agradable y que se va animado a medida que los sirvientes nos van sirviendo bebidas. El primero en alabar la belleza de Rita es su propio marido que comienza a acariciarla por encima de la suave tela de la túnica. Rita ronronea como un gato y su mirada se dirige a Chema, le sonríe y a continuación fija sus ojos en los míos. La complicidad entre ellos tres es evidente, y su mirada expresa el deseo de que Chema haga lo mismo conmigo, pero este cumple su palabra y no lo hace, soy yo misma que me aproximo a él y muy cerca, hago caer la túnica de mis hombros; los tres me miran asombrados y yo misma lo estoy hasta el extremo de mostrarlo en mi cara, lo que provoca una carcajada general, a la cual me uno.

Nada ha pasado por el hecho de que Rita y yo estemos desnudas, la conversación sigue con fluidez, he perdido la cuenta de la cantidad de copas de vino que hemos tomado cada uno, de las bandejas con canapés o dulces que hemos consumido, de la cantidad de cigarrillos que hemos fumado; la música continúa sonando como fondo y el ambiente es relajado y agradable.

Nuestros anfitriones perciben mi cansancio y nos proponen terminar la jornada, tengo que reconocer que agradezco su gesto, aunque me temo que la sesión con Chema me dejará agotada. No es así, sin embargo, los tres me dejan en la puerta de la habitación que nos han asignado, y las camareras me ayudan a tomar un último baño antes de caer rendida en la cama.

Me despierta el olor de café fresco y me doy cuenta de que estoy sola en la cama, es Rita quien ha entrado, portando entre sus manos una taza con café, que me ofrece; la observo mientras bebo, como el día anterior, tan solo porta una túnica casi enteramente transparente y nada bajo ella. Se da cuenta de mi mirada y riendo me ofrece una idéntica a la suya, que visto después de haberme bañado. Los hombres nos esperan, van a enseñarme Marraquech en vivo y en directo, al tiempo que Rita y yo mostramos nuestros cuerpos desnudos, cubiertos solo por las túnicas que portamos, a todos los viandantes. Al principio siento que a mi cuerpo le queman los ojos y las miradas de la gente, poco a poco la sensación desaparece, borrada por el atractivo de todo lo que me rodea, pero al entrar en un local, que debe ser el equivalente  local a un bar cafetería, siento nuevamente esa especie de quemadura provocada por los ojos voraces que parecieran querer devorarnos a Rita y a mi.

Chema y sus amigo parecen divertirse con la situación, Rita se levanta y siguiendo el ritmo de la música, comienza un lento baile que, por momentos, va creciendo en intensidad, cada vez mas sensual, mas evidente, mas provocativo. Con gestos me invita a bailar con ella, todos los asistentes me miran y no me atrevo hasta que, viendo las caras de burla, me decido a salir al centro de la sala y trato de seguir el baile que hace Rita, ella me aplaude, se la ve muy contenta y sin parar de bailar se acerca a mi, me abraza unos segundos y después, poniendo sus manos sobre mis caderas, me hace bailar con ella. La música, el ambiente, las miradas de todos me provocan extrañas sensaciones, siento el contacto del cuerpo de Rita, sus manos sobre el mío, sus ojos que, de pronto han cambiado y parecieran querer desnudarme, pero es ella la que, sin parar de bailar, hace caer su túnica dejando ver su  cuerpo magnífico, ella la que toma mis manos para depositarlas sobre sus senos, ella la que acerca su boca a la mía, la que hace que su lengua se junte con la mía en un beso salvaje, la que hace caer mi túnica y me conduce fuera de la pista para hacerme caer sobre amplios almohadones, la que busca mis senos y mi sexo con su boca y sus manos, la que hace que sus dedos me penetren y provoca un orgasmo gigante sin dejar de mirarme sonriente. Después, y ya vestidas, regresamos junto a nuestros hombres, que nos esperan sonrientes, y  proseguimos el paseo.

Siento que algo ha cambiado para mi. Detallo con los ojos a nuestros compañeros, los evalúo y me doy cuenta de que, cada uno en su estilo, no están nada mal si bien que Chema es menos estilizado. De pronto me doy cuenta de que, mientras caminamos, Léopold no me pierde de vista, que me recorre el cuerpo con los ojos que me recorren acariciadores. Sin darnos cuenta aceleramos el paso para llegar a la casa, tenemos grandes bandejas de comida y frutas servidas directamente en torno al gran jakuzzi, y después de una ducha nos encontramos los cuatro envueltos en toallas y sentados sobre amplios almohadones.

Es Léopold el primero que, sin dejar de mirarme, tira de la toalla que cubre a Rita hasta desnudarla, toma una botella de vino y la vierte sobre ella para después beber sobre su piel. Chema no se queda atrás, retira mi toalla y tomando un puñado de fresas las aplasta sobre mi cuerpo desnudo, me refriega con ellas para después comenzar a lamerme, siento su lengua sobre mis senos, mordisquea mis pezones, desciende por mi vientre y se detiene sobre mi sexo que abre con la ayuda de sus dedos, comienza a titilar mi clítoris con su lengua, al tiempo que sus dedos me penetran; se arquea todo mi cuerpo y mis caderas avanzan hacia él, mientras siento que otras dos bocas se han apoderado de mis pezones, reconozco los cuerpos con mis manos, siento que una boca, la de Léopold se une a la mía mientras que Rita conduce la verga de Chema hasta mi vagina y le ayuda a penetrarme. Los tres están sobre mi, Léopold es el dueño de mi boca, Rita juega con la suya y mis pezones, mientras Chema bombea en mi interior y siento su fuerte descarga. Toma el relevo Léopold, siento su verga mas fuerte, mas profundo aunque lo hace con dulzura.

Veo que Rita está limpiando el sexo de Chema con su boca, para después sentarse sobre su verga y cabalgarlo, pero mi cuerpo está reaccionando a los impulsos provocados por Léopold, que mi orgasmo está muy cerca, mis piernas le aprisionan mientras acelera su ritmo, mas profundo, mas rápido, y llegamos juntos a la explosión quedándonos exhaustos. No tardamos mucho en continuar, a Chema aún le estaban haciendo efecto las pastillas de Viagra que se había tomado, de modo que fue el primero en recobrar la forma y las fuerzas y ahora se dirigía a mi. No fue muy delicado en un principio, parecía que no le había gustado que estuviera con Léopold, así es que tumbada como estaba, se puso encima mío clavándome su tremendo ariete. Repetía el mismo comportamiento que tuvo unas semanas antes, en su coche, metérmela violentamente, para luego calmarse y proceder con mucha mas delicadeza, y sabía hacerlo a la perfección, porque los dos llegamos al orgasmo de forma simultánea.

Este hombre es un caso especial, desde el primer día de conocernos no ha parado de hacerme proposiciones mas o menos indecentes, si le fuera posible se pasaría los días con su verga metida en mi vagina, me pasea por las calles con solo una túnica transparente sobre mi, de modo que todo el mundo pueda ver que estoy desnuda, me comparte con sus amigos Rita y Léopold, y al mismo tiempo es celoso como un autentico Otelo. Me quiere constantemente a su lado, está claro que desea sea su amante permanente, tenerme a su disposición cuando le plazca y como le plazca, pero todo lo quiere a golpe de dinero, no convence ni seduce, tan solo compra lo que se le antoja.

Ahora mismo está con Rita y yo estoy con Léopold que mordisquea mis pezones, mis piernas en torno a su cintura y me dejo resbalar sobre su cuerpo hasta sentir que su verga hace contacto con mi sexo: él se mueve hasta colocarse en la entrada del mío, presiona sobre él hasta que mis labios se abren dándole paso, poco a poco voy  sintiendo como avanza en mi interior, como me llena, los dos nos guiamos por la mirada del otro, y cuando siento que ha llegado al final, me muevo sobre él provocando el máximo contacto, el mayor placer para los dos, ya que él se preocupa solo del mío.

Todo es distinto de cómo imaginaba, me temía una semana de calvario y sin embargo es una delicia estar aquí. Volveré, no me cabe la menor duda, y no tanto por Chema, sino por esta hermosa pareja de amigos suyos, que ahora lo son también míos, y que, en esta semana, me han colmado de atenciones.

Jamás, antes de ahora, había hecho el amor con otra mujer, y sin embargo el haberlo hecho con Rita, reconozco que solo me ha proporcionado un placer increíble, aunque sigo prefiriendo hacerlo con un hombre, sobre todo si ese hombre es como Léopold, con su delicadeza. No hace mucho rato estaba sobre mi y su peso era agradable, frotaba con la punta de su verga la entrada a mi vagina, mientras mordisqueaba mis pezones, sabía excitarme para que yo misma buscase la penetración, y cuando se metía era incansable. Pocos hombres han conseguido provocarme como él, orgasmos tan magníficos, tantas ganas de tenerle dentro de mi.

Ahora, mientras escribo, está desnudo mirando como Rita y Chema disfrutan en el jakuzzi, tiene una soberbia erección que me provoca el deseo de acercarme a él, cosa que hago sin ningún reparo para tomar su verga entre mis manos, la acaricio y mi boca se apodera de ella por unos momentos, a él no le apetece eso, me coloca de espaldas a él y con esa verga que yo ansío, recorre todo mi dorso, se detiene en mis nalgas, me toma por las caderas, me levanta a su encuentro y siento de nuevo como entra, la saca de nuevo, la coloca a la entrada de mi esfínter, lo humedece con sus dedos empapados de saliva, y colocándola de nuevo, inicia una lenta y suave presión sobre mi ano. No protesto ni huyo del contacto, levanto mis caderas, facilito su intento hasta que siento como comienza a penetrarme, apenas si hay dolor, estoy tan empapada, tan ansiosa de él que le resulta fácil irla metiendo hasta sentir la presión de sus testículos ya pegados a mi. Acelera sus movimientos y cuando siento los chorros de su esperma que golpean mi interior, me corro yo con increíbles espasmos.

Hoy hemos pasado por una situación delicada, es lo menos que se puede decir, como todos los días, en la mañana salimos de paseo, Rita y yo vestidas únicamente con nuestras túnicas, Chema nos condujo por un laberinto de callejuelas hasta que nos perdimos literalmente, separadas de nuestros hombres en medio de un tumulto de gentes, nos encontramos en una plazoleta en la que un grupo de hombres, sentados en la terraza de un café, nos devoraban con los ojos. Sin darles importancia, nos sentamos y al momento comenzaron a hacernos gestos groseros, les ignoramos y eso parece que provoco su ira, porque tres de entre ellos se levantaron y se dirigieron a nosotras. No se que nos dijeron pero uno de ellos agarró a Rita por los senos y desgarró su bata dejándola con el pecho al aire. Ella no hizo ningún gesto de rebeldía pero si me hizo señales de que no les opusiera resistencia, así, cuando tirando de nosotras nos hicieron entrar en el café, les obedecimos mansamente. El hombre que había desgarrado la bata de Rita, ahora la empujo sobre una pila de almohadones y sacó su verga acercándose a ella, la agarró por los tobillos que llevó hasta sus hombros. En esa posición, el sexo de Rita quedaba completamente abierto y al alcance del bruto que, con un potente golpe de riñones, se la metió de golpe iniciando un incesante martilleo mientras con sus manos engarfiadas estrujaba sus pechos, indiferente a los gritos de dolor de Rita. No se como pude liberarme de los dos hombres que me sujetaban, pero conseguí llegar hasta  ella y sujetar entre las mías, la mano de Rita mientras el hombre la violaba. Algo pasó en ese momento, los ojos de Rita se abrieron y quedaron sujetos en los míos, su cara se iluminó con una sonrisa y nuestras manos se enlazaron fuertemente. No oí los gritos, ni me di cuenta de la llegada de Léopold y Chema con otros hombres, tan solo fui consciente de que estábamos abrazadas, en otro mundo, en otra esfera temporal, que la besé por toda la cara, en la frente, en los ojos, en los labios, mientras ella repetía sin cesar mi nombre,

Después y con todo cuidado nos trasladaron a la casa donde un médico amigo practicó una revisión completa sobre Rita, afortunadamente sin daños. Su mano seguía pegada a la mía y sus ojos se volvían a los míos sin cesar; no quiso que ninguna de sus sirvientas la bañara, y fui yo quien sumergida en la gran bañera con ella, la fui lavando enteramente, sintiendo los estremecimientos incontrolados de ella, cada vez que mis manos rozaban su cuerpo. No hice nada por aliviar su evidente deseo, ni ella hizo movimiento o petición alguna, hasta que manteniendo abierta una inmensa toalla, la ayudé a  salir del baño. Centímetro a centímetro fui secando su cuerpo, sin que ninguna de las dos pronunciásemos una sola palabra, y solo cuando dejé caer al suelo la toalla para depositar un leve beso sobre sus labios, emitió un gemido prolongado y se prendió a mi boca. Esta vez fui yo la que tomé la iniciativa, la que no dejé ni un centímetro de su piel sin recorrer, la que bebió de ella sin llegar a saciarme ni a saciarla. Mas tarde y ya calmadas, nos dirigimos desnudas a donde estaban nuestros hombres, ni siquiera les dejamos decir una palabra, nos abalanzamos sobre ellos, sin distinción de “propiedad”, y ellos respondieron de igual modo, se tal manera que en pocos minutos, éramos un amasijo de cuerpos y de miembros, no sabía, ni me importaba en ese instante, quien era el portador de la verga que me penetraba, ni la boca que lamía mis pezones, o a quien pertenecía la polla que albergaba en mi boca y cuyo semen absorbía gozosa.

Más tarde tuve una discusión con Chema, había hecho balance y, según sus cálculos, yo había follado más veces con Léopold y Rita, que con él, y estaba descontento, era él quien me pagaba y no estaba muy conforme con el producto obtenido. Tenía un ataque de celos y le salía el personaje vulgar que era en el fondo, así es que me propuse amargarle el resto del día.

Para nuestro cotidiano paseo, no me vestí con la acostumbrada bata transparente, sino que lo hice con una minifalda de cuero de color negro, exageradamente corta, y una chaqueta negra, cerrada al frente con un solo botón y que producía un extraño contraste entre mis piernas largamente descubiertas, y la aparente seriedad de la chaqueta. Todos me miraron extrañados, pero se abstuvieron de comentarios, y así salimos a dar nuestro paseo cotidiano. Cuando llegamos al Salón de Té, en el que solíamos tomar nuestro aperitivo cada día, todas las mesas estaban ocupadas, salvo la que nos estaba reservada; por supuesto era Rita el centro de todas las miradas, con su bata transparente, y era llegado mi momento porque, ante todo el mundo y sin que Chema se diera cuenta, desabroché el único botón de mi chaqueta y la abrí por entero, dejando que los ojos de todos los presentes se regalasen y comenzasen los murmullos. De nuestro grupo, Rita fue la sola que se dio cuenta de inmediato, y estuvo a punto de soltar la carcajada sobre todo al ver, un poco más tarde, la cara de Chema al darse cuenta de que mi pecho estaba a la vista de todos y, algunos de entre ellos, especialmente los más jóvenes iniciaban un aplauso hacia mi. A pesar de la furia de Chema, me puse en pié y me dirigí hacia el pequeño grupo que formaban, por supuesto sin abrochar mi chaqueta, me aceptaron alegres y me senté a su mesa cruzando las piernas, con lo que mi falda, ya de por sí muy corta, dejó ver que no portaba ningún tipo de ropa interior. Me reí ante sus expresiones de asombro, que aumentaron cuando les propuse mostrarles lo que yo ya conocía de la ciudad, y que, a cambio nos invitasen a Rita y a mí a cenar, si es que ella estaba de acuerdo en acompañarnos.

Los jóvenes se mostraron encantados, sobre todo cuando Rita se unió a  nosotros y pudieron admirar su preciosa silueta bajo la bata transparente que vestía. El ambiente se caldeó como por milagro, más aún cuando Léopold casi arrastró a  Chema para dejarnos solas con el grupo, y los chicos se dieron cuenta de que estábamos a solas con ellos; dos de ellos me preguntaron si era permitido acariciar aquello que veían, yo continuaba con la chaqueta abierta, y al mirarles sonriente, entendieron la muda respuesta y al momento tenía sus manos en mis pechos. A  una seña de Rita, el camarero que nos atendía, nos invitó a pasar dentro del local, que cerró sus puertas de inmediato, y quedó tan solo para nuestro uso. Al ritmo de la pegadiza música, yo bailaba con mis dos caballeros, cuyas manos no se estaban quietas pues mientras uno sujetaba mi pechos, el otro trataba de bajar la cremallera de mi falda hasta que esta cayó a mis pies quedando desnuda por entero. No era yo sola a estarlo, un rápido vistazo y comprobé que Rita y sus dos caballeros, se habían desnudado por completo y ellos se empeñaban en cubrir su cuerpo de caricias; las exigencias de los míos eran apremiantes, entre los dos me hicieron acostar sobre almohadones y se repartieron el trabajo, uno trataba de comerse mis pezones, y el otro se había empeñado en que mi clítoris, altamente sensible, me convirtiera en una mujer que solo ansiaba el máximo placer.

Tuve mi primer orgasmo en el momento mismo en que mi “comeclítoris” personal, dejó de hacerlo para meterme su polla de golpe y hasta lo mas profundo y descargarme una fenomenal corrida. El segundo no quería ser menos, en cuanto a originalidad se refiere, porque me pidió colocarme boca abajo, sobre manos y rodillas, y de esa forma intentaba perforar mi esfínter anal, consiguiéndolo en pocos segundos, el tiempo justo para que el primero de ellos, ya recuperado, me diera a comer su estupenda verga, si bien, a cada envite que recibía en mi trasero, hacía que la polla que tenía en mi boca, me llegase verdaderamente a la garganta, casi ahogándome cuando eyaculó en ella.

Rita, por su parte, no se había estado quieta, la vi tomada simultáneamente por su vagina y por el culo, cuando sentí sus mano sobre mi pecho, y ese fue el disparador para que se formase una melee de cuerpos en la que todos nos poseíamos y nadie se preocupaba de quien fuera el poseedor.

Mucho mas tarde nos acompañaron hasta la casa, en la que nos esperaban la calma y la tranquilidad de Léopold, y la rabia contenida apenas de Chema, pero él se lo había buscado y así tuvo que reconocerlo en la conversación que mantuvimos los cuatro, poco después y durante la cual Rita, tumbada sobre almohadones a mi lado, había aprovechado para llevar su mano hasta mi sexo y estaba mas pendiente de acariciar y juguetear con mi clítoris, que de la conversación en si. También a mi me estaba resultando muy difícil seguir el tema, las sensaciones producidas por las caricias de Rita me estaban llevando al paroxismo, mientras ella poniendo cara de inocente aparentaba no estar haciendo nada, así que cuando metió sus dedos hasta lo mas profundo de mi sexo, ya no me fue posible mantener control alguno, y mi cuerpo se convulsionó en fuertes espasmos, momento en que ella se avalanzó sobre mi y con su boca recibió mis jugos. Recuperadas y bañadas, un buen rato después, nuestros anfitriones nos hablaron de la sencilla fiesta que habían preparado en secreto para despedirnos, nuestra permanencia en su casa estaba a punto de terminar y yo me había sentido tan a gusto que había olvidado por completo la fecha del regreso.

La cena casi había terminado y llegaba la hora de los postres, previamente yo había saqueado la reserva de Viagra de Chema y después de pulverizar las pastillas, había mezclado el polvo resultante, en la bebida de Chema y Leopold, sin conocimiento de ellos, tenía prevista una sorpresa para ellos. Llegado el momento me ausenté del comedor e instantes mas tarde, los camareros llevaban el postre a la mesa, una enorme bandeja de helado que rodeaba el cuerpo desnudo de una mujer cubierta de chocolate. El asombro inicial dejó paso a las risas y después tres bocas ansiosas iniciaron la terea de hacer desaparecer el chocolate; mi boca, mis tetas y mi sexo fueron dominio de mis tres amigos que, sobre todo los dos hombres, rivalizaban por demostrar quien era mas goloso, así es que, en pocos minutos, estábamos los cuatro cubiertos de chocolate que yo saboreaba en la verga de Léopold, quien a su vez lo tomaba del sexo de Rita, y esta de la polla de Chema. Cuando Léopold eyaculó en mi boca, fui yo quien tome el relevo sobre el sexo de Rita, metiendo mi lengua hasta donde alcanzaba en su vagina, jugando con su clítoris, mordisqueándolo, al tiempo que Chema, ya recuperado gracias a sus eternas pastillas, me clavaba su verga en la vagina y Léopold me lamía las tetas. Fue desde luego el mejor postre que cada uno de nosotros había comido nunca.

Un par de horas después despegaba nuestro avión rumbo a Madrid, no sin antes prometer que volvería.

  • : De como los amigos son para las ocasiones