Suspendida en antigravedad, la cuadrilla de cópteros, ahora reducida en uno, seguía formando un semicírculo en torno al Merobot, que se hallaba de pie y exultante sobre la torre de la terraza del edificio Vanderbilt, desprovisto el mismo ahora de mástil y estandarte.  No hacía falta escudriñar por detrás de los cristales de los habitáculos para darse cuenta de cuán anonadados y perplejos se hallaban los pilotos tras lo ocurrido; estaba descontado, y el androide también lo sabía, que de un momento a otro recrudecería el ataque, máxime considerando que era uno de sus compañeros quien acababa de perder la vida… La solidaridad vengativa suele ser característica de quienes integran fuerzas del orden…
La inminencia del ataque quedó confirmada cuando uno de los cópteros abrió repentinamente el fuego siendo, obviamente, seguido por los demás.  Ahora disparaban sin miramientos contra el robot mismo y no se trataba ya de fuego de amedrentamiento.  La lluvia de proyectiles arreció sobre el mismo quien, buscando preservar la integridad de su cerebro positrónico, tendió a poner el antebrazo por delante de su cabeza a los efectos de cubrirla, pues ése sería, obviamente, el principal blanco de ataque buscado por los pilotos de los cópteros.   Sus circuitos, una vez más, chisporrotearon e incluso varias “heridas” fueron salpicando su piel en varios puntos; aun así y contra todas las adversidades, el robot seguía funcionando aunque desde hacía rato inestable y desequilibrado.  Los cañones centrales de los cópteros comenzaron a moverse y el androide supo de inmediato que el siguiente paso sería arrojarle proyectiles calóricos contra los cuales verdaderamente nada podría hacer por más que se cubriese su cabeza con el antebrazo: que uno solo de ellos lograra penetrar en cualquier zona de su cuerpo sería suficiente como para socarrarle por dentro y dejar definitivamente frito su cerebro positrónico.
Un zumbido se hizo oír por encima de su cabeza y el Merobot, al levantar la vista, notó que el mismo provenía del parque de diversiones volante, el cual, al parecer, estaba poniendo en marcha sus motores de desplazamiento a los efectos de alejarse del lugar: o habían sido puestos en advertencia por el personal policial o bien, simplemente por su cuenta, los pilotos del parque habían juzgado que lo mejor era alejarse de allí ante la intensidad y crudeza que estaba tomando el combate.  Por lo pronto, Dick interpretó de inmediato que, si tenía una chance de escapar a su irrremisible final, la misma se hallaba en el parque y, de hecho, se esfumaría si se limitaba ver cómo se alejaba.  Siempre de pie sobre el lugar que antes ocupara el mástil, flexionó sus poderosas y atléticas piernas a los efectos de darse impulso a sí mismo y, así, ante la mirada azorada de los pilotos de la policía que le acechaban, saltó hacia lo alto casi como si alguien le hubiese disparado cual un proyectil.  Era un salto de unos doce metros pero todo estaba matemática y físicamente calculado; de hecho, el robot, aunque con lo justo, alcanzó a asirse a una de las tuberías inferiores de la estructura del parque…
La lluvia de metralla arreció nuevamente sobre él pero cesó casi al instante.  Estaba bastante obvio que los pilotos habían recibido orden de suspenderla de inmediato puesto que, en caso de dañar los generadores o los suspensores del parque volante, éste se precipitaría a tierra generando un desastre de tales dimensiones que causaba espanto el sólo pensarlo… El robot supo que ése era su momento, así que, por momentos reptando y por momentos usando una locomoción braquiática que parecía propia de un chimpancé, fue entreverándose entre las tuberías y cables hasta lograr desaparecer del campo de disparo y, de ese modo, se logró desplazar por debajo de la base circular del parque hasta llegar al extremo diametralmente opuesto para luego trepar hacia la parte superior por el borde contrario a la posición de los cópteros.
Su jugada, sin embargo, fue intuida por la policía aérea, pues mientras pendía de un solo brazo hacia la nada y en el momento en que se disponía a trepar hacia el parque propiamente dicho, un cóptero que venía girando en torno a la estructura apareció ante él y, por lo que se veía, su piloto tenía la más que clara intención de abrir fuego.  Columpiándose hacia arriba, el androide saltó y cayó en el propio predio del parque, justo sobre el borde del mismo; buscando con prontitud alguna vía de escape alzó la vista y se encontró con el desfilar de las sillas voladoras que trazaban alocados círculos en torno al perímetro del parque volante mientras los jóvenes que las ocupaban no paraban de proferir histéricos aullidos al ver y sentir cómo sus cuerpos parecían verse impulsados hacia el abismo.  Dick flexionó sus piernas nuevamente, dispuesto a saltar: ya lo había hecho una vez y bien podía hacerlo otra vez dado que incluso la altura a cubrir con el salto era esta vez menor.  El asunto, claro, era calcular con precisión matemática el momento de intercepción con alguna de las sillas colgantes que giraban a altísima velocidad, ya que de no lograr asirse a ninguna, su salto sólo seguiría destino hacia una caída de mil ochocientos metros…  Permaneció por un instante mirando pasar a las sillas mientras en su cerebro positrónico iban discurriendo los cálculos matemáticos y físicos a toda velocidad.  Una vez que se encontró con un resultado certero, se impulsó nuevamente y su cuerpo, lanzado hacia lo alto, alcanzó una de las sillas voladoras en el exacto momento en que pasaba y se aferró al respaldo de la misma con una sola mano  para terror de la pareja de jovencitos que viajaba sobre la silla, ya que ésta se ladeó un poco y  se desestabilizó ante el peso y el impacto del robot.  Como si no fuera poco para los jóvenes el alocado vértigo del propio divertimento, sus rostros adoptaron un rictus de espanto cuando, al girar sus cabezas, descubrieron como tercer pasajero a un hombre desnudo que colgaba del respaldo de su silla.
“No teman…” – les dijo el Merobot en un tono que pretendía ser tranquilizador dentro de un contexto demente.  Su cerebro positrónico seguía cruzado por conflictos y, al parecer, dejaba salir, aunque más no fuera intermitentemente, algún vestigio del mandato de no dañar a los seres humanos que le habían instalado al fabricarlo.
Los cópteros, formando un círculo más grande, se arracimaron en torno al parque volante de modo análogo a cómo antes lo hicieran con la cima del edificio Vanderbilt.  El blanco, claro, se había vuelto mucho más difícil por lo huidizo ya que el androide, junto con la silla a la que se hallaba aferrado, giraba alocadamente alrededor de la estructura del parque, lo cual hacía imposible tenerlo en la mira.  Sin embargo, el movimiento, al ser uniforme, no lo dejaba a salvo por completo; los cópteros estaban equipados con dispositivos para calcular intercepción cuando el objetivo a ser atacado se movía en una trayectoria regular y previsible.  Cierto era que disparar contra la silla volante implicaría, también, poner en riesgo a los jovencitos que viajaban en ella, pero Dick no estaba dispuesto a comprobar cuál era el límite ético de la policía aérea.  A la primera oportunidad que tuvo para hacerlo, se columpió desde la silla y, soltándose de ella, se dejó caer hacia el piso del predio de Joy Town mientras una nueva y violenta sacudida hacía otra vez gritar de terror a la parejita que viajaba a bordo de la misma.  Sus piernas, una vez más, actuaron como excelentes amortiguadores al posarle suavemente sobre el mismo.  A su alrededor prácticamente todos echaron a correr: era sospechar que ya se hallasen al tanto de lo que estaba ocurriendo y, por lo tanto, no tenía por qué sorprender el que huyeran aterrados al saberse en presencia del “robot asesino”.  Sin embargo, hubo algunas jovencitas e incluso algunas señoras maduras que, en lugar de echar a correr, se quedaron contemplando fascinadas la espectacular anatomía del androide.
Jack debió abrirse paso a empellones por entre los guardias a lo largo de las escaleras y, una vez que llegó hasta el último piso, accionó él mismo la apertura de la puerta que comunicaba con el estacionamiento.  Corrió por entre los autos como si lo llevara el mismo diablo e, incluso, saltó y caminó por encima del capot de más de uno.  Una vez que hubo llegado hasta la última puerta, la cual comunicaba con el pasillo y con la azotea, sus ojos descubrieron a Carla, arrebujada contra uno de los cristales y con la vista perdida, casi ausente, mientras temblaba por el frío como si tuviera convulsiones.
Jack accionó la apertura de la puerta y fue hacia ella, quitándose el saco para cubrirla con el mismo.
“Vamos, Carla… – le dijo con premura -.  Tenemos que salir de aquí…”
“De… ninguna forma… – respondió ella, con la voz entrecortada y quebrada -.  Dick está allí afuera… Saltó hacia el parque; yo lo vi…”
“Carla… es peligroso… – insistió él tironeándole de un brazo e instándola a levantarse del piso para seguirle -.  Por favor, vámonos de aquí o…”
Con un violento tirón, ella se liberó de su mano y, poniéndose en pie de un salto, echó a correr hacia afuera del pasillo y a través de la azotea.  Jack la siguió.  Aquí y allá el piso aparecía cubierto por fragmentos de revestimiento o de cristales, a pesar de lo cual Carla corría por entre ellos como si nada le importase e incluso, dejando caer, en la corrida, el saco con que Jack la había cubierto.
Ella llegó hasta el muro del borde de la terraza y miró hacia lo alto, hacia el parque Joy Town, que ya ahora se hallaba bastante más alejado, tal vez a unos ochenta metros por encima de su cabeza.  Con aprensión, sus ojos se clavaron en los cópteros que rodeaban al mismo y un fuerte estremecimiento la sacudió de la cabeza a los pies al pensar que los vehículos policiales se hallaban allí con el único y firme objetivo de dar caza a Dick: una caza que implicaba su destrucción…, la destrucción del único “hombre” que había logrado hacerla sentir algo distinto en su vida.  Llegando junto a ella, Jack le echó el saco por sobre los hombros; no volvió a insistirle con marcharse de allí porque estaba más que claro que no lo lograría: Carla Karlsten quería permanecer en ese lugar… Y si tenía que presenciar el final de Dick, estaba dispuesta a hacerlo pues se sentía en la necesidad de estar allí para verlo por última vez…
Dick miró hacia todos lados a lo largo del predio descubierto y sabiendo que allí era un excelente blanco para los cópteros, echó a correr sin un rumbo fijo contorneando la estructura de la montaña rusa extrema, la cual, de hecho, se hallaba en funcionamiento.  El cálculo estratégico, claro, era valerse de la montaña rusa como protección, ya que era de suponer que no le dispararían a riesgo de poner en peligro las vidas de los jóvenes que disfrutaban del entretenimiento.  Cálculo equivocado: la lógica de un robot no siempre se condice con el pragmatismo humano; así, mientras corría, oyó repiquetear nuevamente la artillería de metralla a centímetros de sus pies e incluso contra los caños de la montaña rusa.  Mirando hacia el frente y sin detener su carrera, Dick vio un edificio al cual el cartel de la entrada promocionaba como sala de espejos; sin más y como si fuera un clavadista arrojándose de un acantilado, colocó los brazos hacia adelante y se lanzó en un salto casi olímpico que le hizo ingresar al mismo.  Un sinfín de espejos poblaba el lugar y ello motivó que se viera reflejado a sí mismo una y mil veces al punto de que sus sensores, ya para esa altura muy dañados, tuvieron que trabajar durante algún momento en sociedad con su cerebro positrónico para determinar si se trataba, en efecto, de imágenes reflejadas de sí mismo o si, por el contrario, se hallaba ante una jungla de androides idénticos a él.  Entre la marea interminable de imágenes, sin embargo, descubrió dos figuras humanas que no se parecían a él.  Se trataba de dos muchachitas muy jóvenes, de tal vez veinte años… Vestían tan informales como cualquier chica de su edad y lucían cortas faldas; en sus rostros se podía advertir una mezcla de terror y fascinación ante la presencia del androide.
En ese momento, en el cerebro positrónico del Merobot se empezaron a mezclar mandatos y órdenes… Dar placer, dar placer, dar placer…: ésa era la cuarta ley: una ley ajena a Asimov que, siguiendo el orden de jerarquías, sus fabricantes le habían instalado allí.  Yendo resueltamente hacia una de las muchachas la tomó por los cabellos con tal fuerza que la obligó a doblar su cuerpo; la otra intentó huir pero el formidable brazo del androide la alcanzó y la capturó del codo antes de que pudiera hacerlo.  Las chicas aullaban de dolor, una por el violento tironeo contra su cuero cabelludo y la otra por la fuerza de los poderosos dedos que le mantenían cautivo el codo mientras braceaba y pataleaba tratando de escapar; sin embargo y aun a pesar de los gritos de dolor, todo parecía indicar que el robot no lo estaba percibiendo: su cerebro positrónico se hallaba enloquecido y sus sensores alterados al momento de captar las sensaciones humanas.   Atrayendo a ambas hacia él, las hizo impactar a ambas al mismo tiempo con sus traseros contra su magnífica verga, la cual quedó encerrada entre ambas.  El miembro, erecto y más vivo que nunca, se movió serpenteando entre una y otra hurgando por debajo de sus faldas y deslizándose por entre sus piernas hasta alcanzarles sus vaginas, yendo alternadamente y a gran velocidad de una a la otra de tal manera de mantenerlas a ambas excitadas.  En efecto, la resistencia que las jóvenes habían mostrado en un principio pareció ir cediendo; ya no forcejeaban tanto por liberarse y, antes bien, ambas tenían sus bragas mojadas. 
Entendiendo que ya ninguna de las dos intentaría escapar, el robot le liberó a una los cabellos y a la otra el codo; con un hábil manotazo dejó a cada una sin bragas, lo cual fue literal ya que no se las bajó sino que, directamente, le arrancó a cada una su prenda íntima que, desgarrada y cortada al medio, se deslizó hacia el piso a lo largo de las piernas.  Aprovechando el momentáneo éxtasis que parecían vivir las chicas, apoyó cada una de sus manos sobre los rostros de las chicas y les jugueteó con los dedos sobre los labios hasta terminar introduciendo en cada boca los respectivos dedos mayores de sus manos, haciéndolos serpentear dentro de ellas de tal manera que, inevitablemente, remitió a las chicas a sentirse tal como si tuvieran un pene dentro de sus bocas. 
Cuando la excitación hubo alcanzado su grado extremo, el robot tomó a una de las jóvenes por la cintura y, literalmente, la sentó sobre su pene erecto, no penetrándola, sino pasándole desde atrás el portentoso miembro desde atrás por entre las piernas.  Casi de inmediato tomó también por el talle a la muchacha restante y la atrajo poniéndola de espaldas contra la primera; en cuanto la tuvo al alcance, la ensartó en su falo.  De ese modo y gracias a su desarrolladísimo miembro comenzó a penetrar a ritmo creciente a una de las jóvenes mientras la otra, en medio de ambos, se veía sometida al frenético roce de la fantástica verga que le franeleaba el montecito a toda velocidad.   Como trío era inusual, por cierto, y sólo concebible dentro de las posibilidades de un Merobot, tanto por el tamaño portentoso de su miembro como por la particular movilidad y elasticidad del mismo… 
La chica que era penetrada se inclinó hacia adelante y su rostro se vio desbordado por una intensa sensación de placer que, seguramente, jamás había sentido en su vida: no se trataba sólo de la fantástica cogida que estaba recibiendo sino además del excitante roce de la otra muchacha a sus espaldas, la cual, por su parte, tampoco podía contener la excitación que le subía y hormigueaba por todo el cuerpo al sentirse aplastada entre los del androide y su amiga…  La joven que era penetrada llegó al orgasmo, tras lo cual, abatida, se dejó prácticamente caer prácticamente hacia adelante; la muchacha restante, por su parte, no cabía en sí de la excitación y se sentía a punto de estallar: necesitaba sí o sí un orgasmo….  El robot, obedeciendo a su mandato de dar placer, atendió inmediatamente tal necesidad.  Al tocarle la vagina a la jovencita la encontró terriblemente húmeda pero a la vez terriblemente ardiente, al punto de que casi quemaba, a causa del intenso roce a que había sido sometida mientras él bombeaba y bombeaba dentro de su amiga.  El robot, no obstante, pareció captar algo más y, en virtud de ello, decidió no entrarle a la muchachita por allí sino por su entrada trasera; así, la poderosa verga se abrió paso por entre las nalgas e ingresó en el orificio anal sin pedir permiso y la joven no pudo reprimir un alarido de intenso dolor mezclado con placer, sensaciones de las cuales, al parecer, el Merobot captaba sólo una.  En virtud de ello, no mermó en lo más mínimo su arremetida sino que, por el contrario, la intensificó sin piedad  alguna.  Fue, justamente, ese salvajismo lo que elevó la excitación de la chica a niveles impensables y, por cierto, imposibles de comparar con los que pudiera producir un auténtico miembro viril de un hombre de carne y hueso…
Estaba claro que ella tenía clara preferencia por el sexo anal pero no lo estaba menos que el robot parecía haberse dado cuenta de ello antes de ensartarla en la cola.  Daba la impresión de que los sensores del robot se estuvieran comportando de un modo muy particular después de que Luke Nolan metiera en los mismos: era como que, al quedar inhibidos los sensores que detectaban la presencia del dolor, se habían aumentado como compensación las potencialidades perceptoras del resto y, particularmente, de los detectores de placer: de ese modo, parecía ser que el Merobot ya no sólo captaba el placer en las personas sino que además percibía de qué modo querían éstas ser satisfechas  Por lo pronto, los gritos de la joven seguían aumentando en volumen y rebotaban en jadeantes ecos contra los interminables espejos; era casi imposible pensar que no estuviesen siendo oídos desde fuera del edificio o, incluso, por todo el parque…  Vaya a saber si ésa fue la causa o cuál pero, de pronto, los encargados de la seguridad de Joy Town se hallaban allí…
El robot, ya para ese entonces dañado y limitado en su capacidad de percibir peligros circundantes, recibió un disparo en la espalda.  Como si se hubiese tratado de  una descarga eléctrica, se retorció y arqueó su espalda llevando con ello su verga aun más adentro del ano de la muchachita cuyo gemido de placer/dolor alcanzó un tono agudo casi imposible.  La herida de la espalda del robot chisporroteó y asimismo lo hicieron varios circuitos en su interior, lo cual, inevitablemente, llegó al ano de la joven empalada, quien sintió dentro suyo un hormigueo eléctrico imposible de comparar con ninguna sensación ligada al sexo convencional.   Sin retirarle la verga de adentro, el robot se giró junto con la muchacha y, al hacerlo, se encontró con los guardias que lo encañonaban, aunque los veía reflejados una y mil veces repitiéndose hasta el infinito en aquel sinfín de espejos.  En tanto, la otra muchacha, aterrada, permanecía en el suelo cubriéndose la cabeza…
El ostensible deterioro de los sensores del robot hacía que éstos no le permitieran a ciencia cierta determinar cuáles de las figuras que veía correspondían a los guardias en sí y cuáles eran imágenes reflejadas.  No quedaba, pues, otro camino más que abrirse paso por entre los espejos.  Echó hacia atrás el poderoso antebrazo y cerrando su puño, lo estrelló una y mil veces contra los mismos, que se fueron rompiendo y cayendo en añicos mientras el robot, llevando a la jovencita ensartada, avanzaba por entre ellos siendo seguido por una lluvia de proyectiles.  Cuando logró destruir el último de los espejos, se encontró nuevamente afuera, pero difícil era determinar si era peor el remedio o la enfermedad, ya que ello le hacía nuevamente visible para los cópteros.  La artillería de metralla repiqueteó nuevamente y nuevos proyectiles impactaron contra su cuerpo.   El androide se retorció nuevamente y, una vez más, introdujo aun más su verga dentro de la muchacha.   Decidió que era momento de liberarla; ella no había recibido un solo disparo ya que el propio cuerpo de él había actuado como escudo.  El Merobot echó a correr en dirección hacia los límites del parque de diversiones y, por cierto, cada vez le costaba más la marcha: sus sensores hacían ruido; las piernas, por momentos, le flaqueaban y ni siquiera parecía controlar su cabeza, que se bamboleaba para todos lados mientras sus ojos eran presa de un permanente bailotear e incluso quedaban blancos por momentos.   
Una vez que llegó al borde, se trepó al muro que marcaba el límite del parque y, desde allí, al mirar hacia abajo, distinguió la cima del edificio Vanderbilt, sobre cuya terraza logró divisar a su dueña: Carla Karlsten… La acompañaba un hombre que la cubría con un saco del frío, al cual logró reconocer como Jack Reed, el mismo al que había apartado de un golpe cuando, llevando a Carla al hombro, escapara de las oficinas de la Payback Company…
El parque ya se hallaba lo suficientemente lejos del edificio como para hacer imposible cualquier salto: desde esa altura, no había amortiguación que valiera… y, de cualquier modo, no quería volver allí: hacerlo implicaba poner en peligro a Carla… Aun a pesar de la distancia, permaneció mirándola fijamente durante un rato mientras ella, desde la azotea del edificio y con ojos dolidos y sufrientes, hacía lo mismo… Él agitó una mano en señal de saludo y ella le correspondió… Fue lo último que hizo antes de ser alcanzado en la espalda por un proyectil calórico: el robot pudo percibir cómo, literalmente, era abrasado por dentro; sus heridas despidieron humo y la piel comenzó a derretírsele… Todo se le volvió borroso; sus sensores y receptores se estaban quemando.  La vista se le nublaba, los recuerdos se le entremezclaban… y su cerebro estaba muriendo: sólo el rostro de Carla permanecía como una última imagen que se negaba a desaparecer…
Desde la azotea del edificio Vanderbilt, Miss Karlsten lanzó un grito de terror a la vez que rompió en llanto al ver cómo el androide caía desde el borde del parque de diversiones y, envuelto en llamas, se precipitaba hacia el abismo en busca de un fin inevitable…
Los días que siguieron no fueron, obviamente, fáciles para nadie.  Carla Karlsten quedó encerrada en un profundo ostracismo que hizo que no asistiera a las oficinas por varias semanas.  Jack la visitó en su casa pero se la veía ausente y sólo conseguía arrancarle unas pocas palabras.  Su actitud, desde luego, era entendible, como así también su ausencia al trabajo: era difícil para ella volver al lugar en el cual todo había ocurrido…
Sakugawa fue, posiblemente, quien llevó la peor parte…y también era lógico.  El episodio al que la prensa bautizó como “incidente Vanderbilt” colocó en el tapete a su compañía y a los Erobots, los cuales a los ojos de la sociedad dejaron de ser confiables y, antes bien, pasaron a ser vistos con inquietud y temor.  En esos días bastaba que la gente los viera en los escaparates de las tiendas de la World Robots para que, automáticamente, sintieran un escozor por dentro.  El desconocimiento sobre las verdaderas causas que habían ocasionado el malfuncionamiento del Merobot de Carla Karlsten sólo contribuía a echar dudas y sombras sobre el asunto pues eran pocos los consumidores dispuestos a introducir en su vida a robots cuyas reacciones futuras serían imprevisibles.  Sakugawa se paseó por todos los medios defendiendo a capa y espada su producto y buscando dejar a la compañía limpia de culpas o, al menos, lo más indemne que fuera posible, tanto ante la opinión pública como ante la justicia; ello constituía, desde ya, una tarea no sólo muy difícil sino además casi imposible.  El prestigioso empresario, devenido ahora en principal blanco de las acusaciones, sospechaba que el robot había sido alterado de alguna forma y que ello había traído aparejada la aparente locura del mismo; el propio recuerdo de aquel diálogo vía “caller” con Carla Karlsten parecía conducir en ese sentido, ya que ese día ella había evidenciado estar interesada en obtener de su androide formas de satisfacción para las cuales no había sido programado.  Había intentado hablar con ella un par de veces después de lo ocurrido con la esperanza de que la ejecutiva reconociera, al menos, haber echado mano en la estructura del androide, pero cada vez que la llamó la halló perdida, como ida y dándole respuestas breves que no arrojaban demasiada luz sobre el asunto.  Por otra parte, la realidad era que, habiendo sido el androide destruido por un proyectil calórico para luego caer desde más de mil ochocientos metros de altura, se hacía imposible dar con algún resto que pudiese esclarecer algo al respecto y, aun si fuera así, la World Robots seguía sin tener demasiado resguardo legal; la fiscalía argumentó desde un principio que los fabricantes del Merobot no podían deslindarse de responsabilidades arguyendo que los clientes pudiesen haber introducido cambios en sus robots: se consideraba que había negligencia por parte de la compañía al lanzar al mercado un producto tan poco confiable como para permitir que tales cambios fueran posibles.  Viéndolo desde ese punto de vista, ni siquiera una “confesión” por parte de Miss Karlsten serviría demasiado…
Por lo pronto, las acciones de la World Robots se derrumbaron estrepitosamente y, como no podía ser de otra forma, ello redundó en un aumento del rating de los canales eróticos así como de otros rubros relacionados que, de algún modo, servían como sustituto para cubrir la demanda.  A propósito, Goran Korevic, aun a pesar de salir golpeado del incidente, terminó siendo favorecido por el mismo: su nombre apareció por todos lados, ya que no podía escapársele a los medios un detalle tan jugoso como que hubiera un hombre con látigo, máscara y capa en las oficinas de la Payback Company al producirse los incidentes.  Fueron varias las publicaciones o los programas televisivos que incluyeron informes del tipo: “¿quién es Goran Korevic?”.  De manera insospechada, entonces, lo ocurrido le sirvió como publicidad gratuita al Sade Circus, cuyas gradas se comenzaron a ver mucho más pobladas al punto de que, por momentos, hasta se acercaba a sus viejas glorias del pasado.
En cuanto a lo ocurrido, no es que hubiera un pacto de silencio entre los participantes del hecho ni nada por el estilo.  Si, llegado el caso, llamaban a declarar a Jack, él simplemente contaría lo ocurrido; ignoraba qué haría Luke.  Pero la realidad fue que nadie los convocó: sólo se citó a Carla Karlsten (quien se excusó y pospuso su declaración debido a su situación emotiva) y a Goran Korevic.  La postura de la fiscalía y del tribunal era, al parecer, que poco importaba qué hubieran hecho o dejado de hacer con el robot sino que simplemente la World Robots había lanzado al mercado un producto extremadamente inseguro y peligroso, al punto de que había llegado a provocar algunas muertes.  En tal contexto legal, tanto el testimonio de Jack como el de Luke importaban bien poco…
Las muertes…: ésa era la parte del asunto que más atormentaba a Jack Reed y, de algún modo y aun a pesar de que la ley así no lo considerase, se sentía en parte responsable por lo sucedido: junto con Luke y con Goran, habían sido de alguna manera cómplices del loco plan de Miss Karlsten.  De hecho, él se consideraba más responsable aun por haber sido el que había tenido la idea de sumar a los otros dos.  Era absurdo culparse, desde ya; por mucho esfuerzo de imaginación que se hiciese, no había forma alguna de prever en aquel momento en qué iba a terminar todo el asunto del Merobot, pero la culpa nada sabe de lógica ni de absurdos…
En cuanto a Laureen, estuvo como ausente durante algunos días y, de hecho, había quedado muy conmocionada al ver por televisión las imágenes de lo ocurrido en el sitio en que trabajaba su marido.  Como era de esperar, sus resguardos hacia los Erobots aumentaron, pero la novedad era que ahora tampoco Jack quería saber demasiado con ellos e hizo todo lo posible por apartarlos de la vista: el verlos era no sólo volver a revivir una y otra vez lo ocurrido sino, además, vivir con una permanente incertidumbre acerca del mañana, aun cuando Jack supiera bien por qué había enloquecido el robot de Carla, situación que nunca podría darse en su hogar.  Guardó, por lo tanto, a los tres androides en un desván, ocupándose de cerrarlo prolija y herméticamente; ignoraba, por otra parte, cuál era el alcance de los sensores de los Erobots para detectar la acción de los neurotransmisores y activarse en consecuencia, pero ese desván era, de momento, lo más seguro que podía encontrar.  Le dolió en el alma dejar allí a sus dos Ferobots, con las cuales había compartido tan increíbles momentos y no pudo evitar preguntarse si volvería a revivir algo de eso…
El menos impactado por la marcha de las cosas pareció ser Luke.  No tuvo, de hecho, el más mínimo reparo en seguir usando y disponiendo de su Ferobot, ese mismo que, para disgusto de Jack, replicaba a su propia esposa.  De hecho, hacía todo lo posible para que Jack le viera cuando estaba con su robot, sabiendo seguramente que eso irritaría profundamente a su vecino.  Pero lo sorprendente del asunto fue que, con el correr de los días, al propio Jack le nació un morbo con ese asunto: es decir, jamás dejó de odiar a Luke ni de sentirse indignado por lo que había hecho y seguía haciendo, pero al mismo tiempo el verle con la réplica de Laureen en tales situaciones le producía sentimientos encontrados.  No podía, viéndolos, menos que añorar los tiempos en que él disfrutaba de ese mismo modo del sexo con su esposa y, de manera extraña y paradójica, el ver a su “esposa” siendo manoseada o montada por su odiado vecino, no dejaba de provocarle una rara e inexplicable excitación.  Tal fue así que llegó un momento en que ni siquiera hacía falta que Luke se apareara con la réplica de Laureen en lugares demasiado visibles ya que era el propio Jack quien se encargaba de buscar los sitios estratégicos como para espiarles, particularmente desde la ventana de la buhardilla o desde el tejado mismo: y pensar que, poco tiempo atrás, era Luke quien espiaba compulsiva y enfermizamente hacia su propiedad…
Fue en una de esas noches cuando ocurrió algo impensado o, por lo menos, no previsto por Jack.  Desde la ventana de la buhardilla estaba mirando hacia la ventana de la habitación de Luke e, inclusive, se había provisto con unos binoculares para hacerlo.  Jack mantenía las luces apagadas a los efectos de no ser visto, pero era obvio que Luke bien sabía que él estaba allí…
Vio a “Laureen” inclinarse y apoyarse contra el alféizar de la ventana para, inmediatamente, desde atrás, comenzar a ser recorrida lascivamente por las manos de Luke.  El Ferobot adoptó una expresión que, para quien no supiera que era un androide, sólo podía ser vista como de goce extremo.  Luke le levantó la remerita musculosa dejando así expuestos sus magníficos senos hacia el aire nocturno, justo de frente a la ventana desde la cual espiaba Jack.  Apoyando el mentón sobre el hombro de la réplica de Laureen, Luke le miró fijamente y con una mueca burlona, como si supiera perfectamente que su vecino le estaba oteando desde la oscuridad.  Jack se sintió sacudido de tal forma que bajó los binoculares y apartó la vista, pero tal actitud sólo le duró unos breves instantes al cabo de los cuales volvió a calzarlos sobre sus ojos;  al ver nuevamente, no sólo notó que Luke mantenía su expresión burlona y sonriente sino que “Laureen” también miraba hacia él y lo hacía con rostro gozoso y extasiado; aun a pesar de la distancia, llegaron a oídos de Jack los jadeos de ella flotando en la suave brisa nocturna.  No pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo, pues al ver, a través de los binoculares, cómo el Ferobot le miraba…, se sintió exactamente como si Laureen le estuviera mirando…  No había diferencia: en gesto, en expresión, en nada… Una copia increíblemente perfecta que no paraba de dejarlo estúpidamente boquiabierto.  Jack escupió rabia y, junto con ésta, le invadió una creciente excitación que sólo llevó a que la rabia aumentara, puesto que no soportaba que le excitara el ver a su detestable vecino apoyando y manoseando a… su propia esposa… Bajando por un momento los binoculares nuevamente, echó un vistazo en derredor buscando en la oscuridad algún objeto contundente para arrojarles e, incluso, hasta contempló la posibilidad de bajar a buscar un arma: lo que fuera…  Finalmente, y como si alguna fuerza incontrolable le manejase, volvió a calzarse los binoculares para seguir viendo a la pareja…
En eso, sintió que una mano se deslizaba lentamente por su entrepierna y, casi de inmediato, una voz bien reconocible se dejó oír contra su oído a la vez que un mentón se apoyaba sobre su hombro.  Casi se le fueron los binoculares al piso.
“Te excita, ¿verdad?”
Era la voz de Laureen; no cabía duda alguna.
Con apenas girar la cabeza, Jack se chocó contra el rostro de ella; se la veía sonriente y llena de luz, algo que hacía mucho tiempo que no notaba en su esposa.
“N… no… – balbuceó -.  ¿A… a qué te refieres?”
“A ellos… – indicó Laureen indicando con el mentón hacia la casa vecina -.  A Luke y… a mí… – acercó aun más su boca al oído de Jack en el momento de decirlo -.  Te excita ver cómo él me coge, ¿verdad?”
Jack se hallaba absolutamente descolocado por la repentina y sorpresiva actitud de su mujer; negó muy ligeramente con la cabeza y estuvo a punto de hacerlo también verbalmente, pero en ese momento la mano de Laureen se cerró aun más sobre su bulto, aumentándole así la incipiente erección que ya estaba teniendo al ver a la pareja vecina.
“Tu verga quiere pararse… – le dijo ella, casi al nivel del susurro y dándole una lengüetada en la oreja -.  ¿Vas a decirme que no te excita? -; con su mano libre le volvió a calzar los binoculares, lo cual permitió que él viera cómo ahora Luke se dedicaba a penetrar a la réplica su esposa, aplastado el vientre de ésta contra el alféizar de la ventana; el Ferobot tenía medio cuerpo por fuera de la misma y lanzaba una seguidilla de jadeos entrecortados que, poco a poco, se fueron pareciendo cada vez más a aullidos animales: una loba en celo prácticamente -.  ¿Ves cómo me coge? – le insistía Laureen al oído -.  ¿Ves cómo lo estoy gozando?”
Todo era demasiado fuerte para Jack: la escena de la casa vecina y la que estaba ocurriendo en la suya propia.  Había ya prácticamente perdido toda capacidad de reacción y respuesta: era Laureen quien disponía y él sólo la dejaba hacer…  Mientras le besaba con delicadeza el cuello, ella le soltó el cinto y la hebilla del pantalón para luego bajarlo tan despaciosa y cadenciosamente que era imposible no pensar en sexo.  Una vez que se lo bajó, le jugueteó con los dedos por encima del bóxer, insistiendo muy especialmente en el bulto que se iba marcando cada vez más.  Seguidamente,  ella le palpó las nalgas para luego acuclillarse a espaldas de él; al hacerlo, tomó el bóxer entre sus dientes y tironeó hasta bajárselo por completo.  Jack no podía más y, para colmo de males, los binoculares seguían entregándole la morbosa escena de su vecino montándose a “su esposa”.  La excitación no paraba de crecer y él no podía evitar sentirse un pervertido: sin embargo, ése era el juego hacia el cual lo arrastraba la propia Laureen, quien ahora, desde atrás, le hurgaba con su lengua por entre sus piernas hasta encontrarle los testículos y comenzar a lamerlos de un modo terriblemente lujurioso y sensual.  Jack se preguntó en ese momento cómo era posible que hubiese tenido olvidadas en un cajón durante tanto tiempo las habilidades amatorias de su propia esposa…
Se entregó al momento; tuvo que dejar de mirar por los binoculares ya que su rostro se transfiguró por completo pasando a lucir una expresión de placer extremo en tanto que su boca se abría cuán grande era y sus ojos se entrecerraban, entregados al súmmum del momento… Sin dejar de lamerle los testículos, ella le tomó la cabeza del pene entre sus dedos y, llevando rítmicamente hacia atrás y hacia adelante la piel del prepucio, se dedicó a masturbarlo…
“Míralos… – le conminó ella -.  Abre los ojos y míralos… Mírame: mira cómo me coge Luke… Hmm, lo hace bien, ¿verdad?  ¿Escuchas cómo me hace gozar?  Hmm, cuánto lo odias, ¿no es así?  Y ahora, mi pobrecito Jack, tienes que ver y oír cómo él me coge mientras a ti sólo te queda masturbarte…”
Luke no podía entender qué le estaba pasando: las palabras de su esposa eran lacerantes, humillantes, y sin embargo lo ponían en estado de ebullición.  Tal como ella le había dicho que hiciera, volvió a mirar hacia la ventana del dormitorio de su vecino; no tenía ya fuerzas para sostener los binoculares pero aún así los veía a simple vista, sin tantos detalles.  Los jadeos del robot que replicaba a su esposa fueron aumentando en intensidad cada vez más hasta que, ya convertidos en salvajes alaridos de placer, inundaron el aire nocturno para ser oídos, tal vez, por todo el vecindario.  Con ello, el nivel de excitación en Jack subió como el mercurio de un termómetro disparado a toda velocidad al punto que también sus propios jadeos se fueron haciendo cada vez más audibles.  De ponto, un gemido largo y agudo marcó a las claras que la réplica de Laureen estaba teniendo su orgasmo y, en ese mismo momento, también él tuvo su eyaculación.  Así dadas las cosas, la sensación de ambos placeres combinados no pudo ser más placentera…  Como si no fuera ya suficiente, Laureen alzó la mano empapada en el propio semen de su marido para llevársela a él a la boca.
“Chúpala… – le dijo ella -.  Chúpala toda… Es la leche de Luke Nolan, quien acaba de coger a tu esposa haciéndola gozar como tú nunca pudiste ni podrías hacerlo…”
Más palabras lacerantes, pero a la vez más excitación.  Rabia y morbo se batían a duelo en el interior de Jack corroyéndole por dentro…   De un modo degradante y casi servil sacó su lengua por entre los labios y lamió, de mano de Laureen, su propio semen imaginando que era el de su odiado vecino…
                                                                                                                                                              CONTINUARÁ
 

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