El final del número fue apoteótico.  Aun con lo ajeno y lejano que se sentía Jack Reed con respecto al mundo sado y fetichista, no podía dejar de admitir que lo que Goran Korevic lograba, tanto en su público como en los ocasionales participantes de sus números, era realmente único: un artista de los que ya quedaban pocos en un mundo en el cual la tecnología había ido apropiándose de los placeres humanos y suplantando la sangre con circuitos.  Goran hizo poner a madre e hija de rodillas y alineadas una junto a la otra; luego hizo pasar a tres muchachos del público a quienes pidió que les mearan encima: demás está decir que la concurrencia respondió “¿y por qué noooo???” cuando se les preguntó si las damas debían ser orinadas.  Pero lo más admirable de todo era el modo misterioso en que Goran conseguía, por ejemplo, que una madre y sus dos hijas bajaran resignadamente la cabeza ante tamaña degradación; parecía increíble que esa mujer madura fuera la misma que, instantes antes, se había mostrado rebelde cuando Goran utilizara el mango del látigo para humillar a sus hijas.
No conforme con ello, Goran hizo que sus tres asistentes se encargaran de amordazar a las tres damas, lo cual hicieron con un tipo especial de mordaza de cuero que dejaba en su centro un agujero del tamaño justo como para pasar por él un miembro masculino; y bastó con ver el posterior desarrollo del número para comprobar que, en efecto, ése era el objetivo, puseto que Goran convocó a otros tres jóvenes del público, los cuales, uno a uno, fueron introduciendo sus respectivos penes en la boca de cada una de las tres mujeres para, luego, iniciar un bombeo frenético que no se detuvo hasta terminar, para delirio de la concurrencia, eyaculándoles dentro.
Podría ése haber sido un excelente final, pero Goran siempre tenía una nueva carta por jugar y así lo demostró cuando, a viva voz, preguntó a los presentes si no sería interesante ver a una madre y a sus hijas teniendo sexo entre sí, a lo cual, una vez más, el público respondió con el infaltable “y por qué nooo???”.
Y ése sí que terminó siendo el cierre perfecto: sin cuestionar en absoluto las órdenes de Goran, madre e hijas se enfrascaron en un trío sexual memorable que constituyó para Jack la mejor parte del espectáculo.  Arrojándose y revolcándose unas sobre otras se besaron hasta el hartazgo, se lamieron los pechos unas a otras o bien se practicaron sexo oral en las más variadas posiciones, que podían ir desde la madre de espaldas contra el piso hurgando con su lengua en la vulva de una sus hijas y a su vez siendo hurgada en la suya por la otra, o bien las tres a cuatro patas y en fila india, lamiéndose sus sexos en trencito, con mamá, obviamente, encabezando la fila.  Los rostros de placer de las tres evidenciaban ya haber perdido hacía rato  cualquier capacidad de resistencia; sólo eran objetos obedeciendo las órdenes de Goran: magistral, único y admirable…
Una vez finalizado el espectáculo con semejante broche de antología, Jack se encaminó hacia los camarines a los efectos de encontrarse con el cerebro de todo aquello y, en efecto, así fue.
“¡Perrro si es nuestrrro amigo Jack Rrreed! – saludó efusivo y sonriente Goran Korevic, quien le reconoció con apenas verle –  ¡Si no fuerrra porrr este hombrrre – miró al resto de los integrantes de la compañía mientras señalaba en dirección a Jack -…, este cirrrco ya no existirrría!  Querrrido Jack, ¿qué te trrrae porrr aquí?”
Jack le correspondió la recepción con un no menos efusivo saludo y, luego, a los efectos de darle privacidad a la charla, instó a Goran a echar una caminata alrededor del domo para conversar.  Jack no pudo evitar sonreír ante la vista de un cartel multicolor que rezaba: “en este circo no se maltratan animales”.   Y así entre plática y caminata, fue poniendo a Goran al corriente de la obsesión de su jefa Carla Karlsten por su androide y, en particular, de su plan de ser sometida por el mismo.
“Je,je… Esa Carrrla… – rió Goran -.  Ella es de los nuestrrros.  Siemprrre le gustarrron los jueguitos de dominación… ¿Y… quierrres que te diga algo?  Siemprrre supe que tenía un costado sumiso – hablaba agitando un dedo índice como si estuviera aleccionando -.  ¡Gorrran Korrrevic jamás se equivoca, querrrido Jack!…”
De ese modo, entre charla y caminata, Jack fue poniendo a Goran al tanto del plan que habían elaborado con Carla, plan en el cual cabría al mismo un papel protagónico.  Por cierto, la reserva que Miss Karlsten había buscado con respecto a su oculta fantasía se iba convirtiendo cada vez más en una ilusión… Ya lo sabían Jack, Sakugawa… y ahora Goran…
Lo cierto fue que el astro del sado accedió gustoso a la oferta de Jack.  Aun cuando se le aseguró que recibiría buen dinero en compensación por sus servicios, se mostró casi ofendido ante tal perspectiva e insistió, una y otra vez, en que le debía a la Payback Company un favor muy grande; muy especialmente, a Carla Karlsten y a Jack Reed.  Poco parecía importarle que en aquella oportunidad se le hubiera cobrado por el servicio: su agradecimiento no conocía límites por considerar que aquel cobro de la deuda había salvado al circo de una muerte segura en tiempos en que parecía sumido en una agonía irreversible.  No sólo aceptó de buen grado el ofrecimiento sino que además consideró un honor que lo hubieran tenido en cuenta para un menester en el cual él se consideraba maestro indiscutido: pocas cosas podían enorgullecerle tanto como saber que otros lo consideraban del mismo modo…
Cuando Jack Reed retomó definitivamente el camino hacia su casa luego de su paso por el Sade Circus, le seguían desfilando en la mente las increíbles y excitantes escenas allí presenciadas al tiempo que le invadía un intenso morbo de sólo pensar en la suerte que esperaba a su jefa a manos de Goran; viendo en acción a este último, Jack se daba más cuenta aun de cuán caricaturesco había sido su intento por verse dominante ante el requerimiento de ella… Por otra parte y a medida que se iba acercando a la casa, el corazón le iba latiendo cada vez con más fuerza al saber que faltaban sólo unos pocos minutos para el reencuentro con sus dos hermosas robots, a las que había extrañado horrores durante la jornada.  Tenía los controles remotos de ambas consigo ya que había optado por no dejarlos al alcance de Laureen quien, tal vez llevada por los celos, podía escondérselos o bien inutilizarlos.  Cuando ya estaba a quinientos metros de su casa, la lucecita roja de cada uno de los controles comenzó a titilar, lo cual indicaba  que los dos Ferobots ya se hallaban dentro del radio de acción de los mismos.  Una amplia sonrisa le recorrió la boca al momento de ponerlos en on… e incluso notó que su pene, aunque ligeramente, comenzaba a endurecerse…  No era para menos sabiendo que, apenas traspuesto el portón de su casa, las dos mujeres más hermosas del mundo estarían allí para darle la bienvenida que se merecía tras una larga y agotadora jornada…
Esa tarde, al finalizar el horario de trabajo, Miss Karlsten se quedó en su oficina hasta más tarde de lo habitual; o, mejor dicho, no en la oficina propiamente dicha sino en el “bunker” privado contiguo a la misma.  Apoyando sus caderas contra la mesa de estiramiento como ya era habitual, la poderosa y orgullosa ejecutiva no podía sacarle ni por un momento la vista de encima al inactivo androide ni tampoco dejar de pensar en lo ocurrido.  De manera extraña, la rabia inicial que había sentido al momento en que el Merobot, desobedeciendo una orden suya, se negara a azotarla, se le diluía ahora en una mezcla de sentimientos contradictorios ya que el modo en que el androide había salido a defenderla le turbaba sobremanera; insólitamente tal actitud de parte de su robot le había enternecido, lo cual no podía dejar de sorprender si se ponía a pensar que se trataba de una máquina…
Además, el reciente descubrimiento de que el androide nunca se hallaba del todo en off le despertaba un curioso e inexplicable morbo, pues ahora que sabía que el robot sólo permanecía “dormido” o “latente” a la espera de que alguna sensación extrema le despertase, no podía dejar de preguntarse qué otros estímulos pudieran tener el poder de reencenderlo. 
Teniéndolo allí, de pie y frente a ella, no podía dejar de admirar su hermosura ni aun cuando luciera carente de toda vitalidad.  Lo tenía desnudo y ello le permitía recorrerle con la vista cada centímetro de aquella anatomía tan perfectamente replicada y detenerse, por supuesto y de manera muy especial en aquel generoso miembro que, pasivo, le colgaba entre las piernas.  Por lo que con Jack habían podido establecer, el androide había “despertado” debido a los elevados decibeles de los gritos de ella al ser azotada o bien por la altísima actividad que en ella pudiera haber detectado en relación con los neurotransmisores vinculados al dolor, los que, de ese modo, bien podían haber actuado como alarma para el Merobot… O, quizás, fueran ambas cosas.  Pues bien, ¿qué otros estímulos podían despertarlo?; mientras meditaba sobre ello, la vista de Miss Karlsten, rebosante de deseo, se clavó sobre el pene del androide y quedó congelada por algún rato con esa imagen en sus retinas…
Caminó hacia él y sus tacos retumbaron en el lóbrego lugar creando un cierto clima de suspenso.  Encarándose con el robot, ella le miró a los ojos, en los cuales, obviamente, seguía sin haber signo alguno de actividad.  Le apoyó una mano sobre el pecho y bajó a través del mismo: al deslizar sus dedos sobre la piel, la encontró tan magníficamente tersa como lo hiciera cuando el androide estaba en on, pero sin indicio alguno de actividad muscular o arterial; por el contrario, estaba estremecedoramente fría…
Miss Karlsten se acuclilló ante el robot con lo cual el formidable miembro quedó pendiendo apenas por delante de sus ojos… Comenzó por pasar un dedo índice por debajo del mismo e izarlo ligeramente; un instante después lo soltó y apenas lo hizo, el miembro simplemente cayó por gravedad recuperando así su posición anterior.  Ella se quedó un rato mirándolo y no pudo evitar que un involuntario hilillo de baba le corriera por la comisura.  Siempre acuclillada, levantó la vista hacia los ojos del robot y los notó igual de inexpresivos; no estaba segura de haber esperado otra cosa, pero,  ¿no valía la pena hacer el intento?
Volvió a bajar la mirada hacia el soberbio miembro ; una vez más lo levantó, aunque tomándolo ahora entre dos dedos, tras lo cual sacó su lengua por entre los labios y se dedicó a lamerlo todo a lo largo, humedeciendo cada pulgada de la fría y laxa piel.  La pregunta que asaltaba a Miss Karlsten era: ¿sería sólo ella quien podía generar estímulos capaces de reactivar al robot?  ¿O podía incluso el propio robot excitarse al ser estimuladas ciertas zonas de su anatomía?  La única forma de averiguarlo era comprobándolo; aferró, por tanto, al androide por las caderas y, casi enterrándole las uñas en las nalgas, tomó el falo con su boca y se dedicó a mamarlo como una verdadera hembra en celo.  Puso en tal acto el mayor esmero de que fue capaz, empujando con sus labios la piel del prepucio hasta sentir el contacto del glande sobre la lengua; sin embargo y por mucho que lo intentaba, el miembro seguía igual de frío, seco y fláccido. 
Ello la terminó de convencer de que el androide no generaba estímulos propios sino que debía responder a los de ella, lo cual significaba, en otras palabras, que sólo se despertaría en caso de que ella estuviese muy “caliente”.  Pero, claro, por mucha dedicación que ella le ponía al asunto, no podía excitarse lo suficiente en la medida en que el falo que seguía dentro de su boca se mantuviera así de inerte.  Decidió, por ello, cambiar un poco la estrategia: sin dejar de lamer ni mamar el pene, quitó una de sus manos de la cadera del robot y la llevó hacia su propia entrepierna, comenzando inmediatamente a masajearse el sexo.  Cerrando sus ojos, se entregó por completo a la fantasía y, sin dejar de tocarse ni de mamar cada vez más alocada y frenéticamente, se concentró en imaginar que el miembro estaba vivo.  Sin saber si era su imaginación o qué, le pareció incluso sentir que, dentro de su boca, el mismo se iba tensando a la vez que levantando temperatura… Miss Karlsten se sintió terriblemente caliente; de pronto parecía ser que su mundo pasara sólo por el precioso bocado que con tanta fruición engullía…
En eso, sintió cómo una pesada se apoyaba sobre su cabeza y fue entonces cuando se dio cuenta de que no era su imaginación en absoluto; intentó levantar la vista para poder mirar a los ojos al robot y así poder confirmar lo que ya suponía, pero la realidad fue que no pudo hacerlo, ya que el mismo le empujó con tanta fuerza la cabeza que Miss Karlsten tragó por completo el espléndido miembro que ahora sentía erguido, tibio y vital… Y así lo hizo hasta que lo sintió hincharse, bullir y finalmente drenar el semen dentro de su boca… Ella sentía que no sólo el androide estaba ahora vivo, sino que ella también lo estaba; de hecho, era su propia excitación la que lo había sacado del stand by. 
Una vez que el androide vació todo su esperma en la boca de Miss Karlsten, retiró su miembro para, a continuación, plantar rodilla en el piso y, mirándola a los ojos, clavarle esa mirada que hacía flaquear a la ejecutiva: intensa y penetrante, dulce y a la vez salvaje…  La poderosa jefa a la que sus empleados casi ni osaban mirar a la cara se sentía totalmente rendida y entregada ante un sentimiento nuevo y extraño, de una naturaleza que no era ni mínimamente comparable a nada experimentado o sentido en el pasado; costaba creer que fuera un organismo artificial quien le despertara tal sentimiento.
Con delicadeza, el androide le ubicó una mano bajo el mentón y le alzó ligeramente la cabeza hasta que sus labios se encontraron con los suyos, confundiéndose con una pasión que, definitivamente, convenció a Miss Karlsten de estar ante una experiencia inédita en su vida: ningún hombre la había jamás besado así.  Cuando, después de un buen rato, sus bocas se separaron, ella quedó mirando al fondo de esos insondables ojos verdes tratando de encontrar la esencia, el espíritu de la atracción irresistible que, ahora llenos de vida, le provocaban. 
“Dick… – musitó Miss Karlsten, apenas en un susurro audible y sin poder salir de su obnubilación -.  Lo que hiciste fue… realmente conmovedor; me refiero a… reencenderte para protegerme cuando consideraste que me estaban atacando: fue algo muy noble, de verdad… Dick, lamento de corazón haberte llamado…”
No pudo terminar la frase porque le apoyó los dedos contra sus labios.
“No hay nada que perdonar, Miss Karlsten…” – le dijo, sonriente y con un tono de voz que era tan sexy como su mirada.
Ella seguía petrificada, sin poder despegar por un segundo sus ojos de los de él.
“Dick…” – susurró.
“¿Sí, Miss Karlsten?”
“¿Puedo… pedirte algo?”
“No sería un pedido sino una orden – le respondió él con caballerosa galantería -.  ¿Qué se le ofrece, Miss Karlsten?”
“B… bueno…- tartamudeó ella -; precisamente a eso i…iba… No me llames Miss Karlsten, por favor… Tutéame… y soy Carla…”
La hermosa sonrisa que el androide lucía en su rostro se amplió aun más; guiñándole un ojo, él apoyó delicadamente su mano sobre la mejilla de ella y la llevó luego detrás del lóbulo de la oreja, dedicándose a mesarle los bucles.
“Está bien, Carla… Será así entonces…”
Rubricó sus palabras estampándole un nuevo y aun más profundo beso en los labios de ella.  Cuando sus bocas volvieron a separarse fue Miss Karlsten quien habló:
“Me… niego a marcharme a casa dejándote aquí como si fueras un simple trasto… – dijo, con los ojos llenos de ensoñación -.  Dick… quiero llevarte a cenar… y luego a mi casa…”
Al momento de estacionar el auto dentro de su propiedad y bajarse del mismo, Jack Reed se encontró, como no podía ser de otra forma, con sus bellas Ferobots, las cuales, fieles a la orden recibida por control remoto, estaban allí esperándole.  No se podía pensar, por cierto, en una mejor acogida para quien regresa de una jornada de trabajo y, de hecho, hasta se le escapó el detalle, no menor, de que Laureen no había salido a recibirle.  En parte era lógico: a ella no le caían bien los androides femeninos; pero, de todos modos, Jack ni siquiera se percató en ese momento de su ausencia, o bien no le preocupó.  Bastaba con ver a aquellos dos ángeles soñados que le aguardaban con ojos sedientos de sexo para que todo lo demás dejara de existir, inclusive su propia esposa; ya habría tiempo para sentir culpa más tarde, pero ahora no…, no frente a aquellas dos bellezas casi inconcebibles.
El “pack” de los Ferobots incluía cuatro mudas de ropa y allí estaban, por lo tanto, Theresa enfundada en un catsuit negro rebosante de felina  sensualidad y Elena en un ceñido y corto vestido de color verde claro que no le iba por detrás en provocación.  Ambas caminaron hacia Jack lentamente, haciéndolo de un modo que sólo podía ser visto como abierta invitación al sexo; una vez frente a él, Elena se detuvo y le sostuvo una mirada que era casi una violación, en tanto que Theresa, por su parte, caminó sigilosamente alrededor de Jack hasta ubicarse a sus espaldas: apoyando su mentón contra el hombro derecho de Jack y sacando por entre sus labios su roja y sensual lengua, serpenteó con ella a lo largo del lóbulo de la oreja hasta introducírsela en el oído; las piernas de él flaquearon y hasta estuvo a punto de ir a parar al suelo.  Logrando, a duras penas, mantener el equilibrio, pudo sentir los senos de Theresa aplastársele contra la espalda así como una mano deslizársele por sobre sus costillas para luego subirle hacia el pecho; ella, con una uña del dedo índice, se lo recorrió en toda su extensión mesándole aquí y allá el vello que le cubría.   Ya sin control de la situación, Jack sintió que el pene se le estaba irguiendo y, al parecer, también lo notó el androide, pues automáticamente bajó la mano hasta palparle el bulto por encima del pantalón.
Jack Reed ya ni sabía dónde estaba y, para colmo, frente a sus desorbitados ojos, la réplica de Elena Kelvin se giró dándole la espalda y luego, contoneándose sensualmente, llevó hacia arriba su vestido para después deslizar sus bragas hacia el césped del parque a lo largo de sus magníficas piernas; incluso al momento de levantar primero un pie y luego el otro para quitarse la prenda íntima, lo cargó de una irresistible sensualidad.  Apoyó entonces las palmas de las manos sobre sus rodillas y, con un movimiento que Jack vio como terriblemente felino, giró ligeramente la cabeza por encima de su hombro para echarle una mirada que era sexo en su estado más puro.
“Jack Reed… –  le dijo, con una entonación tan sugerente que las palabras sonaban sibilantes, como si flotaran en el aire -; cógeme… por favor…”
Imagen soñada.  Palabras soñadas.  Jack volvió a temer por su corazón, ya que no sabía hasta qué punto sería capaz de soportar tanta conmoción erótica.  Sin embargo, y aun cuando sentía el pulso acelerado, en ningún momento se sintió a punto del colapso como le había ocurrido con el VirtualRoom.
“¿No vas a cumplirle a Elena su deseo?” – oyó, junto a su oído, la suave voz del símil de Theresa quien, casi al mismo tiempo, le propinó un sutil y delicioso beso en el cuello.
Jack no respondió.  ¿Cómo podía hacerlo?  Su mente y sus sentidos se hallaban absolutamente embotados: por mucho que doliera pensarlo, Laureen nunca lo había recibido de un modo ni medianamente parecido.  Theresa, sin dejar de besarle el cuello, le desabrochó el pantalón que deslizó hacia abajo junto con el bóxer, haciendo de ese modo que el erecto miembro de Jack se apreciara en su ostensible erección bajo la luz de las farolas de estilo retro que iluminaban el parque en la noche. 
“Vamos – le dijo Theresa -.  ¿Qué esperas para ir por ella?”
Pero  lo cierto era que Jack estaba, además de mudo, totalmente inmovilizado por la conmoción, volviéndose su respiración cada vez más agitada.  Theresa, entonces, decidió ayudarle: calzándole una mano en el trasero lo empujó en dirección hacia Elena, quien a sólo dos pasos por delante, le aguardaba ofreciendo su sexo.  Llevado de ese modo por el androide, Jack avanzó en dirección hacia la réplica de Elena Kelvin; estuvo a punto de tropezar debido a que marchaba con los pantalones a las rodillas, pero el Ferobot que lo llevaba se encargó de mantenerle todo el tiempo tan vertical como horizontal se hallaba su miembro.  Cuando por fin el mismo estuvo ante la entrada de la afamada modelo, la conductora televisiva dejó por un momento de empujarle, logrando así un momento de suspenso que, al parecer, era moneda corriente en el estilo de los Erobots.  Masajeó con los dedos de una de sus manos el cuero cabelludo de Jack provocando así en éste una súbita y placentera relajación; la otra mano del androide, en tanto, tomó el pene de Jack y lo condujo como si fuera un ariete hacia aquella flor que, abriéndose generosa, invitaba a entrar en ella. Enérgico y viril, el miembro ingresó dentro de la modelo arrancando a ésta un jadeo de placer que hendió el aire nocturno y que seguramente aportó una fuerte contribución a las solitarias fantasías del vecino Luke Nolan.  Jack tomó a la réplica de Elena por las caderas y, así, desde atrás y con ella inclinada hacia adelante, comenzó un bombeo que se fue tornando cada vez más frenético.  Si con ello no era ya suficiente para tener el mejor orgasmo de su vida, por detrás de él el otro androide replicado puso una rodilla en el césped y, hurgándole con la lengua, se abrió paso por entre sus piernas hasta encontrarle los testículos y prácticamente engullírselos en un solo bocado…
Cuando todo terminó, Jack no podía creer que momentos como aquél fueran posibles…  Y si faltaba algo para coronar la escena era que Theresa se arrojara sobre Elena y que ambas cayeran hacia el parque confundiéndose en un prolongadísimo beso al cual acompañaron con las más eróticas caricias… Jack se sentía fuera de sí y sabía que, de un momento a otro, su pene se erguiría nuevamente, pero de pronto y sin que mediara razón aparente para hacerlo, echó una rápida mirada de reojo hacia la casa y, al hacerlo, descubrió a Laureen, mirándole con ojos a la vez tristes y acusadores… Bastaba con ver la expresión de su rostro para tener una idea de lo que a ella le estaba pasando por dentro.  Jack, por un momento, olvidó a sus Ferobots, que seguían revolcándose en el césped; apenas vio que Laureen daba media vuelta y se perdía en el interior de la casa, fue tras ella…
Cuando a media mañana, Miss Karlsten convocó a Jack a su oficina, él la halló diferente: estaba tan sonriente como siempre pero se trataba a todas luces de una sonrisa diferente a la que le había conocido cada día durante años; ignoraba, desde luego, cuál sería el motivo de tal milagro, pero lo cierto era que tanto su semblante como sus ojos parecían brillar con luz propia.  Jack no pudo, de hecho, dejar pasar la oportunidad sin mencionárselo:
“Se te ve distinta.  Como muy… plácida y saludable”
“Es que así es como me siento hoy… – confirmó ella sin dejar de sonreír, aunque pasando rápidamente a otro tema como si no deseara explayarse al respecto -.  Me acaba de llamar tu amigo… y dice que está en camino…”
“No es mi amigo – refunfuñó Jack -; sólo mi vecino…”
En efecto, la ya sabida obsesión de Luke Nolan para con Laureen sólo le hacía sentir antipatía por él.  Resultaba paradójico entonces que el propio Jack lo hubiese mencionado su nombre a Miss Karlsten siendo que ello implicaría tener que soportarlo allí como si ya no fuera poco con tenerlo de vecino y espiando a su esposa.  Pero allí estaba, justamente, parte de la cuestión: Luke Nolan era un genio en cuestiones de tecnología, capaz de fabricar o adaptar cualquier artefacto para satisfacer sus necesidades, aun cuando éstas, mayormente, pasaran por su pito; en ese sentido, Luke podría ser útil a los perversos planes de Carla Karlsten aun a riesgo de que ésta le terminase ofreciendo empleo en la Payback Company.  La perspectiva de tener que compartir horas de trabajo con un vecino a quien no soportaba era, desde ya, poco halagüeña para Jack pero, por otra parte, podía ser un buen modo de arrancar a Nolan de su casa y, por ende, de sus habituales actividades de espionaje, ya que el trabajo que él tenía (diseños gráficos por ordenador desde el domicilio) le dejaba buena cantidad de horas disponibles como para andar espiando a Laureen cada vez que Jack faltaba de su casa.  El plan que Jack tenía en mente era, por cierto, terriblemente maquiavélico, pero condenadamente bueno…
“¿Cómo marcha la cosa con tus Erobots?” – preguntó, de pronto, Miss Karlsten, arrancándole de sus cavilaciones.
Jack la miró, con una sonrisa mordaz dibujaba en el rostro.
“Qué extraño es verte de pronto tan interesada en los juguetes sexuales que durante años rechazaste en virtud de tu defensa de los métodos naturales y convencionales… – dijo, sin que su jefa pareciera inmutarse demasiado ante la ironía -.  Los Erobots…, hmm… bien y mal”
Acudieron a su mente de pronto los recuerdos de la noche anterior: la experiencia celestial vivida junto a aquellos dos torbellinos sexuales con forma de mujer y el gesto de frustración y abandono por parte de Laureen, quien no había vuelto a poner en funcionamiento a su Merobot ni quería hacerlo, según lo que había manifestado.
“¿Bien y mal? – preguntó Miss Karlsten, enarcando una ceja -.  ¿Estás teniendo problemas?”
“Yo no… Laureen los tiene.  Anteayer, cuando le regalé el Merobot, tuve la esperanza de que encontrara en él alguna satisfacción que ayudara a revitalizar nuestro matrimonio, que le hiciese recuperar la alegría…, pero… lo cierto es que no: disfrutó del androide apenas lo llevé a casa pero no volvió a hacerlo…”
“O eso es lo que te dice… – se mofó Miss Karlsten con un guiño de ojo -.  No te olvides que pasas muchas horas en el trabajo y tu esposa muchas en casa…”
Jack la miró con aspereza; podría haberse enfadado por el comentario, pero conocía tan bien a Laureen que bien sabía su esposa no era de ocultar nada; ella era totalmente transparente en cuanto a su personalidad.
“No… – dijo, meneando la cabeza -.  Ojalá utilizara el robot en mi ausencia, pero no lo hace…”
“Ya le va a encontrar el gustito, no te preocupes” – repuso ella y Jack creyó percibir en sus ojos un cierto brillo de picardía a la vez que le pareció que dirigía una fugaz mirada de soslayo en dirección hacia la puerta de la “habitación secreta” -.  ¿Y tú cómo te sientes con los tuyos?”
“¿Yo? – Jack pareció hasta sorprendido por la pregunta, quizás por lo obvio de la respuesta -.  Yo me encuentro de mil maravillas con las dos hermosas androides que me esperan al llegar a casa… pero, el hecho de verla a Laureen tan triste y sin entusiasmo no deja de provocarme culpas…”
“Se nota que la amas…” – apuntó Miss Karlsten.
“¿P… perdón?” – Jack se removió en su asiento; no era que lo hubiera sorprendido el comentario en sí, sino que el mismo hubiera salido de los labios de su jefa, habitualmente bastante lejana y ajena a las emociones humanas más profundas.
“Que se nota que la amas… De lo contrario, ¿por qué ibas a sentir culpas?”
Para Jack fue como recibir un golpe en la mandíbula; realmente le costaba mucho ordenar sus sentimientos en relación con su matrimonio.  No dejaba de haber buena parte de verdad en las palabras de Carla, las cuales tenían una lógica impecable, pero al revivir las imágenes de la noche anterior junto a las bellas robots, no podía dejar de preguntarse por qué ya no tenía sexo con Laureen ni sentía atracción sexual por ella si realmente la amaba tanto… Se hallaba en una encrucijada en la cual parecía no haber una respuesta certera al preguntarse si realmente amaba o no a su esposa…
“Ése debe ser un sentimiento único…” – continuó diciendo su jefa, ahora con la vista algo perdida en algún punto indefinido.
Jack frunció los labios y sacudió la cabeza evidenciando confusión.
“¿A… qué te refieres?” – preguntó.
“Amar a alguien… o ser amado”
Jack no paraba de sorprenderse; jamás, en los años que llevaba de conocerla, había escuchado a Carla Karlsten reflexionar sobre tales cuestiones.  En general siempre había sido una mujer gélida al momento de desnudar sus sentimientos y más aun en lo referente a temas amorosos; de hecho, no se le había conocido jamás una pareja estable.  Por el contrario, lo suyo siempre había sido utilizar a los hombres como objetos y disfrutar con ello, hacerles sentir su poder: algo bastante alejado de cualquier forma de romanticismo.
El conmutador sonó y, al hacerlo, sacó a Miss Karlsten de su momentánea ensoñación.
“Miss Karlsten – se escuchó una voz al otro lado -.  Ya se encuentra aquí el señor Luke Nolan.  ¿Le hago pasar?”
Esa mañana, antes de que Jack partiera hacia su trabajo, Laureen le había pedido que quitara al Merobot de la habitación.  La alocada excitación de aquel primer encuentro había ido dejando en ella lugar a una cierta inquietud rayana en el temor: no podía dormir con el robot instalado allí.  Por cierto, habían tenido con Jack una nueva discusión en la noche: la imagen que había visto en el parque era más de lo que podía llegar a soportar.  Él, desde luego, le recriminó varias veces lo infantil que era al tener celos de dos androides, pero a los ojos de ella, aquellos seres mecánicos eran mucho más que eso: bastaba con verles en movimiento para sentirlos en la casa como presencias inquietantes; no había lugar a comparación ni con los electrodomésticos ni tan siquiera con el robot – conductor, que hacía las veces también de jardinero y parquero, ni con Bite, el perro – robot.  Cuando se hallaban en funcionamiento, no había modo alguno de ver a los Merobots como máquinas: eran terriblemente humanos y, a la vez, de una sexualidad y erotismo que superaban a cualquier humano: era extraño e indefinible, pero a Laureen le generaban una mezcla de deseo, morbo, excitación… y miedo…
Ignoraba adónde habría llevado Jack al Merobot tras su pedido, posiblemente no muy lejos, pero lo que sí recordaba era que un incontrolable nerviosismo la invadió cuando su esposo puso al androide nuevamente en funcionamiento para hacerlo salir más fácilmente de la habitación.  De hecho, mientras el robot símil de Daniel Witt marchaba detrás de Jack, le había dedicado un par de miradas tan sugerentes que hasta se le partió el alma al verle marcharse; se debatía entre el arrepentimiento y la culpa, ya que veía en el androide una expresión tan humana que Laureen hasta se sentía en la obligación de pedirle disculpas por su rechazo y despecho.  Y, al mismo tiempo, aquellos ojos le seguían produciendo deseo y temor…
Habiendo ya partido Jack hacía rato hacia su trabajo, la gran sorpresa para Laureen llegó cuando, al salir del cuarto hacia la sala de estar, se encontró, sentadas a los sillones, se hallaban los dos mujeres – robot con los cuales Jack había compartido tantas horas de lujuria en la noche previa.  Laureen quedó estática, petrificada: los Ferobots no se hallaban en off sino que lucían sonrientes y llenas de vitalidad.  Ambas, de hecho, le miraron… y ella no supo determinar si esos ojos eran de deseo o de burla; ambos conceptos parecían bastante lejanos tratándose de organismos artificiales y, sin embargo, eso era lo que se percibía…
“Hola, Laureen…” – le saludó la réplica de Elena Kelvin quien, cruzando una de sus hermosísimas piernas por sobre la otra, apoyó el mentón sobre una mano y el codo sobre la rodilla.  La voz con la que el androide le había saludado, le sonó a Laureen como habló era lascivia pura.  Y más aún:  salvajemente lésbica.
“¿Cómo has pasado la noche, linda?” – le espetó, no menos sugerente, la réplica de la conductora televisiva Theresa Parker.
Laureen fue alternadamente, con la vista, de la una a la otra con los ojos inyectados en incredulidad.  ¿Había olvidado Jack dejarlas en off?  ¿O había olvidado ella recordárselo ante la obsesión por sacar al robot masculino de su cuarto?  Por cierto, al mirar de soslayo hacia un costado, descubrió al robot masculino vertical y apoyado contra uno de los muros aunque, claramente, sin señales de actividad.  El Merobot estaba en off, pero los Ferobots no.  Fuese como fuese, la presencia de aquellas dos “invasoras” sentadas tan plácidamente y comportándose como si la casa fuera de ellas, le hizo hervir por dentro.
“¿Qué… están haciendo aquí?” – farfulló, entre dientes.
“Nada en especial – le respondió la réplica de Elena -.  ¿Quieres que te preparemos un café, Laureen?”
“Aunque no lo creas, sabemos hacerlo – agregó la otra, con un guiño de ojo y un asentimiento -; nos han programado para dar placer y ello no sólo implica sexo”
Laureen tensó su cuerpo de la cabeza a los pies y crispó ambos puños.  Tenía ganas de golpearlas, aunque no sabía hasta qué punto ello sería efectivo tratándose de robots.  Ellas, luego del comentario eróticamente sarcástico que la réplica de Theresa había hecho se miraron a los ojos de un modo tan penetrante y lascivo que daba la sensación de que se fueran a devorar mutuamente de un momento a otro: dicho y hecho.  Theresa fue hacia Elena y se ubicó sobre su regazo tras lo cual, ante los desorbitados ojos de Laureen, ambas acercaron sus labios hasta fusionarse en un apasionado beso para, luego, comenzar a echarse mano encima mutuamente, recorriéndose entre sí sin el más mínimo pudor (a veces Laureen olvidaba que eran robots) y sin importarle en lo más mínimo que ella estuviese allí.  Una de ambas, la símil de Theresa, apoyó la palma de su mano sobre la pierna de Elena y se la deslizó bajo el vestido: tras lo cual Laureen vio, muda y absorta, cómo la misma serpenteaba por debajo de la tela en busca de la zona genital de la modelo.  Esta última, por su parte, se dedicó a jalar y llevar hacia abajo el cierre del negro catsuit que lucía la conductora televisiva, dejando, en cuestión de segundos, sus magníficas tetas al aire.  Laureen no podía salir de su asombro; sentía que su casa estaba siendo profanada por dos perversos demonios sedientos de sexo y, a la vez, no podía despegar la vista de ellas; de hecho, sus ojos quedaron clavados en los senos de Theresa y no pudo evitar excitarse cuando los mismos comenzaron a ser recorridos por los dedos de Elena.
Laureen se sintió más confundida que nunca.  Se debatía entre salir corriendo de allí o permanecer presenciando una escena que le generaba tanta culpa como excitación; de hecho, jamás se había excitado con una mujer ni mucho menos con dos: y sin embargo, algo había en aquellas dos bellas réplicas que la llevaban a seguir mirando y mirando… Sentía ganas de decirles que pararan, que no siguieran, pero por alguna razón las palabras no conseguían salir de su boca…
De pronto los Ferobots dejaron de besarse y, a un mismo tiempo, giraron sus cabezas en dirección hacia Laureen;  las miradas de ambas eran, a todas luces, una abierta invitación a la lujuria.  Eran tan penetrantes esos ojos que Laureen se sintió atravesada por los mismos y hasta dio un paso atrás.
“¿No te nos quieres sumar, Laureen?” – le invitó, sonriendo, la réplica de Elena.
Era demasiado.  Definitivamente.  Nerviosa y ofuscada ante tan perversa sugerencia, desvió la vista de las dos féminas y miró hacia todos lados en busca de los controles remotos: tenía que ponerlas en off.  Ya mismo.  Sin embargo y por mucho que escudriñara en todas direcciones no lograba dar con los controles.  ¿Era posible que Jack se los hubiera llevado consigo nuevamente?  ¿Habría dejado deliberadamente los Ferobots en on privándole, por las dudas, de su único medio para apagarlos?  Lo único que Laureen sabía era que quería ya mismo a los robots en off.  En el momento en que se inclinó sobre una mesa ratona para rebuscar por debajo de unas revistas, vio por debajo suyo el bello y sonriente rostro de la top model Elena Kelvin mirándole: el Ferobot, de espaldas contra el piso, se había deslizado por entre sus piernas y le miraba desde abajo con ojos que sólo irradiaban sexo; incluso se pasó la lengua por el labio superior, lo cual casi hizo estallar a Laureen, tanto por el odio como por la creciente excitación que ya no lograba controlar por más que quisiese.  Más nerviosa aun, desvió la vista e intentó girar en procura de huir de aquella habitación que parecía haberse convertido en un antro de lujuria.  Sin embargo, apenas intentó hacerlo, se topó con el símil de Theresa Parker al punto de, prácticamente, llevársela por delante, quedando así encarada con ella pecho contra pecho y separados los ojos de ambas por escasos centímetros.
“Sólo déjate llevar, Laureen…” – le dijo el robot, que en ese mismo instante bajó el cierre frontal de su catsuit negro de tal modo de dejar sus perfectos senos expuestos ante Laureen, quien bajando la vista hacia los mismos, no pudo evitar adoptar una expresión algo estúpida ni tampoco que su labio inferior cayera…
No supo en qué momento el otro robot s levantó del piso y se puso en pie, pero de pronto sintió cómo la réplica de Elena Kelvin la tomaba por detrás y, cruzándole los brazos por debajo de las axilas, le masajeaba el pecho al tiempo que le acercaba la boca al oído al punto de hacerle oír y sentir su aliento jadeante, sensual y perverso…
“Exacto, Laureen – le dijo, como avalando las palabras de su compañera -, sólo déjate llevar… Mira bien los pechos de Theresa y dime si no te gustan…”
Laureen sólo temblaba de la cabeza a los pies, cada vez más frenéticamente.  Quería liberarse de aquel abrazo que, desde atrás, le daba Elena así como también despegar su vista de los hermosos y provocativos senos de Theresa pero, por mucho que quisiera hacerlo, no lo conseguía. 
No supo qué fuerza la empujó pero no fue Elena.  Ella misma, como bajo el poder de alguna fuerza metafísica, inclinó su cuerpo hacia adelante hasta enterrar su cabeza en el busto de Theresa…
Sin poder ya gobernar sus sentidos, Laureen decidió perderse entre aquellos dos magníficos senos y, del mismo modo que no había antes podido evitar llevar su rostro hacia ellos, tampoco pudo no sacar su lengua y dedicarse a lamer aquella blanca piel que era pura perfección rebosante de vida y calor…
El Ferobot replicante de Theresa Parker le apoyó una mano sobre la cabeza y le masajeó la nuca, lo cual la puso aun más a mil.  Mientras ello ocurría, el otro robot, quien había dejado de abrazarla, le bajó la calza e hizo luego lo propio con las bragas.  Bastó sólo un segundo más para que Laureen sintiera la lengua de Elena deslizarse por entre sus piernas y encontrar su sexo para, finalmente, hundirse en él: el acceso de placer fue tan intenso que Laureen sintió como si se elevara, como si sus pies se despegaran del piso.  La situación era, desde todo punto de vista, increíble; si se ponía a pensar que estaba siendo llevada hacia tan galopante excitación por dos mujeres, no podía menos que sentir un fuerte pudor rayano en la culpa.  Le consolaba, no obstante, en cierta forma, el saber que eran sólo robots, que en sí no estaba con ninguna mujer… Sin embargo, cada vez que quería pensarlo de ese modo, su cabeza entraba en un eterno círculo vicioso pues el comportamiento de aquellas dos criaturas mecánicas estaba muy pero muy lejos de cuadrar con el de dos robots: ella quería convencerse de que eran androides para así librarse de toda culpa, pero sus sentidos, por el contrario, le daban un mensaje totalmente distinto y le traían de vuelta esa culpas que ella se esforzaba en expiar…
No supo si fue un sexto sentido o qué, pero de pronto tuvo la idea de que alguien más se hallaba allí, como que fueran cuatro.  Sin dejar de lamer los pechos de Theresa, echó una mirada de soslayo hacia un costado y no pudo evitar dar un sobresalto cuando descubrió que allí, mirándole con ojos sonrientes y lascivos, se hallaba el Merobot: el símil de Daniel Witt, reactivado y terriblemente vivo…
Súbitamente la réplica de Elena retiró la lengua del sexo de Laureen al tiempo que ella misma retiraba la suya de los pechos de Theresa; paralizada y sin perder la posición que había adoptado, giró la cabeza hacia el androide masculino, al cual miró con ojos desorbitados e incrédulos.  Claro: Laureen Reed nada sabía sobre el stand by de los Erobots y su capacidad para detectar la actividad en los neurotransmisores.  Lo que había ocurrido, sencillamente, era que su propia excitación había despertado al Merobot, pero ella no lo sabía…
Miró al androide con una mirada que mezclaba sorpresa, deseo y estupor.  Desde atrás, acercándosele al oído, Elena le susurró:
“¡Wow!  ¡Mira quién está aquí, Laureen!”
Ella ya había perdido toda capacidad de respuesta; no lograba articular palabra ni tampoco hacer nada; y así, tanto su mutismo como su inmovilidad fueron el contexto ideal para que los robots se movieran a sus anchas: su mandato positrónico los llevaba a dar placer y no iban a dejar de hacerlo a menos que hubiese alguna contraorden al respecto.  Elena le caminó alrededor y se ubicó junto a Theresa; ambas sonrieron: como si se hubieran puesto de acuerdo previamente o bien de algún modo se comunicaran entre sí, levantaron a un mismo tiempo la remerita musculosa de Laureen para luego hacer lo propio con su sostén.  Una vez que la dejaron con sus preciosas tetas al descubierto, ambas se inclinaron hacia adelante y, de manera simultánea, se dedicaron a mamar una cada pezón.
Laureen hervía, bullía, ya no cabía en sí: mantenía aun la misma postura inclinada hacia adelante que cuando le lamía los senos a Theresa; no conseguía, por otra parte, dejar de mirar al Merobot a su rostro.  Éste, siempre sonriente, caminó alrededor de ella y desapareció de su campo visual al ubicarse a sus espaldas, donde Laureen ya no podía verlo.  Ella supo, en ese momento, que su vulva, descubierta y expuesta, no tenía ninguna chance de escapar… Y, en efecto, no la tuvo… Mientras las dos hermosas réplicas femeninas no paraban de mamarle los pezones, el robot masculino, desde atrás, le encontró sin demasiado esfuerzo la vagina para luego iniciar un bombeo que se iría haciendo cada vez más acelerado…
                                                                                                                                                                                CONTINUARÁ
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