Al principio Jack Reed avanzó sigilosamente por entre la floresta.  Aun a pesar de moverse por entre un mundo paradisíaco, no podía evitar sentir una cierta inquietud cada vez que volvía a transitar por el mismo.  Por mucho que quisiera hacerlo, costaba asimilar la idea de andar por un mundo en el cual no había otro hombre más que él.  Apartó las hiedras y lianas que caían a su paso, casi siempre jalonadas por grandes coronas de flores que, en tonos blancos, amarillos o anaranjados, pendían desde lo alto cual si se tratase de una lluvia que caía desde un verde vegetal tan infinito como indefinible.

 Dio unos pocos pasos hacia adelante y, de pronto, la vegetación se abrió.  Un maravilloso estanque que parecía salido de algún cuento apareció ante él; aquí y allá, nenúfares y camalotes poblaban el acuático ámbito coronados con campánulas de color violeta, en tanto que hermosas aves zancudas que parecían recordar a flamencos pero eran infinitamente más bellos, se erguían a ambos lados del estanque, cada uno de ellos sobre una única pata.  Peces multicolores se arracimaban contra la orilla y, cada tanto, alguno de ellos saltaba unos centímetros por encima de la superficie de las aguas.  No parecía realmente existir para Jack Reed la posibilidad de contemplar un cuadro más hermoso que el que tenía ante sus ojos, tan lejano de cualquier cosa a la que pudiese tildarse de perfectible.   No parecía así, al menos, hasta que apareció ella…
No fue que hubiera sido una sorpresa; Jack Reed sabía bien que iba a aparecer de un momento a otro pero, aun así, el verla así de magnífica en su etérea desnudez al otro lado del estanque superó todo cálculo que su cerebro y sus sentidos pudieran llegar a haber hecho previamente…
Era ella, claro: Theresa Parker, la conductora televisiva de aquel insulso programa deportivo que él nunca se dignaría en ver de no ser por la turbadora presencia de tan despampanante mujer.  Cuantas veces, cómodamente ubicado en el sillón de su casa, había estado contemplándola con su mandíbula caída, siguiendo con ojos extasiados y hambrientos cad movimiento que ella hacía ante las cámaras luciendo su par de perfectas e increíbles piernas cuya belleza se realzaba por la costumbre que tenía la producción de hacerla vestir con faldas cortísimas.  Cuantas veces había soñado con esos ojos de azul profundamente oceánico y con esos labios carnosos, mientras la veía y la oía hablar cosas  de las que nunca pudo determinar si tenían algún sentido, puesto que siempre había tenido todos los sentidos atentos a su belleza.  Pero qué distinta era esa imagen que le había entregado tantas veces el televisor de la que ahora se erguía en la otra orilla del estanque.  Esbelta en su desnudez, como tantas veces la había soñado, ella estaba allí y recién ahora se daba él cuenta de que en realidad nunca había llegado a captar o imaginar su completa y soberbia magnificencia. 
Ella comenzó a andar hacia él y Jack Reed sintió que su corazón se detenía; caminó a través del estanque sin tener el agua nunca más arriba de las rodillas mientras sus dorados cabellos caían en gloriosas cascadas cubriendo unos senos cuya perfección, apenas visible por entre las ondas, constituía un llamado a la tentación…

A Jack Reed le temblaron las piernas y, en un gesto casi reflejo, extendió sus brazos hacia adelante, como queriendo asir tanta belleza aun cuando todavía no la tenía lo suficientemente cerca para poder hacerlo.  Ella dotaba a cada paso que daba con tal sensualidad y gracilidad que hasta daba la impresión de estar imbuida de una cierta ingravidez, como si flotara sobre el agua o, al menos, sus pies no tocaran fondo alguno.  Siguió avanzando hacia él y cuando Jack Reed la tuvo a tiro de sus manos, creyó que moriría, presa de un infarto; de hecho, pudo fácilmente percibir cómo su pulso se le aceleraba y parecía entrar en zona peligrosa: bien sabía él que existía ese riesgo y, sin embargo, insistía en volver y volver siempre…

 Era tan penetrante la presencia de la joven y tal el halo de sensualidad que irradiaba, que incluso Jack Reed no logró mantener horizontales los brazos que extendía hacia ella, sino que, por el contrario, se sintió obligado a bajarlos; resultaba paradójico hacerlo ahora que la tenía al alcance de sus manos, pero sintió como si hasta fuera una profanación intentar asir tal perfección.  Ella notó ese temor en él y, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos ni un solo instante, le tomó ambas manos y, levantándoselas nuevamente, las llevó a esos pechos tan deseables a los que Jack Reed no podía terminar de ver como alcanzables.  Los dedos de él se perdieron por entre los pliegues de aquel maravilloso cortinado que formaba la dorada cabellera y tantearon, por debajo de ésta, la más lisa y perfecta piel que jamás había Jack Reed tocado en su vida.  Ella lo atrajo hacia sí y, prácticamente, devoró su boca en un solo bocado y buscó con avidez su lengua hasta encontrarla para luego, enroscarse la de él con la de ella como si fueran dos serpientes bailando alguna especie de danza ritual. 
Él le masajeó el pecho y tuvo la sensación de que sus dedos se confundían con la piel y penetraban por debajo de ella; luego sus manos descendieron hasta atraparle el talle de la cintura.  Una vez que la tuvo de esa manera, sin embargo, se le escapó prácticamente como si hubiera estado enjabonada y su hermosa piel, casi impalpable, se deslizó por entre los dedos de Jack Reed como si no existiera posibilidad alguna de asirla.  Ella bajó hasta que sus rodillas se posaron sobre la hierba y su piel se fusionó con las flores.  Luego clavó su vista en el bulto que Jack Reed exhibía por debajo de su pantalón y se encargó rápidamente de que ya no hubiera prenda alguna  interponiéndose entre ella y el mismo.  El miembro de Jack Reed se irguió cuan largo era, saliendo disparado como por la acción de un resorte en el momento que ella le llevó abajo tanto pantalón como slip.  Y así, mientras él se preguntaba si sería capaz de sobrevivir a lo que se venía, ella sacó la punta de su roja lengua por entre los labios y se dedicó a aplicar sobre el pene de Jack Reed una serie de lengüetadas muy cortitas que no tuvieron otro efecto más que ponerlo a él al borde de un colapso.  Las lengüetadas  fueron luego haciéndose más largas hasta que, finalmente, le tragó el miembro completo arrancando a Jack Reed un grito de placer que hizo sacudir la floresta, provocando que varias aves multicolores y cantarinas se batieran en vuelo mezclándose con el verde que cubría todo allá en lo alto…
 La presentadora de televisión con la cual tantas veces había él fantaseado, le estaba mamando la verga con tal fruición que hizo a Jack Reed sentir que ya no tenía control de sí mismo, que caía hacia un abismo insondable cuyo fondo desconocía pero que, a la vez, le producía la indescriptible sensación de estar cayendo hacia el nadir de sus sentidos, hacia el ojo de un intenso remolino cuya fuerza motriz era el placer sensual, sexual, animal, bestial… Ella succionó y succionó… Él se sintió caer y caer… Y llegó a pensar que si su corazón, finalmente, no soportaba tal experiencia, no era después de todo, una mala forma de morir, sino más bien todo lo contrario…
Y de pronto todo se esfumó… Ya no había floresta, ni estanque, ni zancudas ni nenúfares; ya no había una verde techumbre sobre su cabeza sino que tan sólo tenía sobre sí el blanco cielo raso de la habitación.  La presentadora televisiva, desde ya, no estaba más y, en todo caso, su miembro erecto funcionaba como único recordatorio de que segundos antes allí había estado o, al menos, eso era lo que sus sentidos habían creído.  La luz de la habitación le cegó al ser encendida y darle sobre los ojos en tanto que el seco chasquido de la perilla del “Virtual Room” le trajo de vuelta a la realidad de la cual, por unos instantes, había logrado escapar.
 “Mírate… das asco” – le dijo, con aspereza, una voz a la cual reconoció fácilmente como la de su esposa y, en efecto, al girar la cabeza sobre el sillón viajero, se encontró con los verdes ojos de Laurie.
“¿Qué… has hecho? – preguntó Jack Reed dirigiéndole una furibunda mirada -.  ¿Otra vez lo mismo?”
“Es lo que pregunto yo… – replicó ella -.  ¿Otra vez lo mismo?  Ya sé, no me digas nada… Estabas con esa hueca presentadora de TV, ¿verdad?  ¡Mírate la verga!  ¡Sólo míratela!  ¿Y el pulso?   ¡Alcanza con verte al rostro para darse cuenta de que lo tienes aceleradísimo!  ¿Hasta cuándo vas a seguir?  ¿Hasta que esta maldita máquina te mate?”
Por cierto, Jack se daba cuenta de que sus pulsaciones estaban a mil; trató de no alterarse demasiado ni responderle muy violentamente a su esposa por eso mismo.  La verdad era que el “VirtualRoom” era un invento y una adquisición excelente, pero peligrosa… Era como una especie de droga hacia la cual uno siempre volvía aún siendo consciente del daño que provocaba.  Eran miles las historias que conocía acerca de gente que había encontrado la muerte con aquel chisme conectado a su cabeza, del mismo modo que el fumador bien sabe la cantidad de gente que ha muerto víctima del cáncer de pulmón y, sin embargo, una fuerza irresistible lo lleva hacia aquello que, momentáneamente, pareciera hacerle bien.  No se podía, por supuesto, comparar ni un cigarrillo ni tan siquiera la más poderosa y alucinógena droga con el efecto y los potenciales daños colaterales ligados al “VirtualRoom”: básicamente el artefacto consistía en un sillón que remitía bastante a los que usan los dentistas para atender a sus pacientes; una vincha metálica en forma de herradura y con varios cables conectados se ajustaba alrededor de la cabeza ciñéndola de tal forma que casi daba la sensación de no permitir la correcta circulación sanguínea en las sienes.  Complementando tal acción, el solo accionarse de un botón sobre el apoyabrazos hacía que sendos grilletes se cerraran tanto sobre muñecas como sobre tobillos para así reducir al mínimo la capacidad de movimiento del usuario, dado que el exceso del mismo bien podría alterar las visiones insertadas momentáneamente en la cabeza.  Los manuales de instrucciones recomendaban, además, instalar el artefacto siempre en una habitación con paredes y techo blancos, de tal modo de provocar el menor estímulo externo posible para que las visiones pudiesen operar dentro del cerebro del usuario del modo debido.
Jack pulsó con un dedo índice el botón del apoyabrazos y los grilletes se abrieron, en tanto que llevó las manos hacia su cabeza para manipular la vincha de tal modo de ir aflojándola y soltándola.  Una vez que logró retirarla, se dio cuenta que sentía tal dolor de cabeza que le parecía que sus sienes iban a estallar de un momento a otro.
   “¿Qué es lo que buscas con eso? – le continuaba imprecando Lauren -.  ¿Matarte?  Jack, no me gusta este aparato: ya es hora de que nos desprendamos de él.  Arrojémoslo a la calle o vendámoslo: ahí lo tienes a nuestro vecino, Luke Nolan; él seguro que le va a sacar buen provecho para dejar de masturbarse…”
“Lauren… – dijo quedamente Jack mientras cerraba sus ojos y se restregaba las sienes, claramente dolorido y exhausto -.  Estuvimos los dos de acuerdo al comprarlo…”
“¿Y qué esperabas?  Estabas realmente insoportable con la idea: se te había instalado en la cabeza y no había forma de hacerte pensar en otra cosa.  ¿Qué iba a hacer yo?  ¿Decirte que no?”

“No es una máquina demoníaca… – replicó Jack buscando sonar apaciguador -.  Es… sólo un entretenimiento.  Y hasta donde recuerdo, los dos estuvimos de acuerdo en que comprarlo sería una buena forma de evitar el hastío de la rutina que podía poner en peligro nuestro matrimonio… ¿Qué preferías?  ¿Qué ambos nos liáramos con amantes reales, de carne y hueso?  Esto… es sólo una fantasía; no hay nada, no hay nadie… y tú lo sabes… De hecho, también lo usaste…”

“Sólo una vez – respondió secamente Lauren -.  Y fue suficiente…”
“Pero dio la impresión de que la estabas pasando bomba con ese actorcito de la serie de la tarde…”
Ella sacudió la cabeza, entre nerviosa y contrariada.
“Simplemente… quise darle una oportunidad y, de algún modo, seguirte el juego… – dijo, no sin algo de culpa en el tono de su voz -.  Le di una chance a esa loca idea tuya de que este trasto podía ayudar a salvar nuestro matrimonio.  Creo que desde entonces fue todo lo contrario, Jack; se te nota cada vez más alejado… Más metido en tus fantasías virtuales y lejos de mí…”
“Eso no es cierto…”
“¡Sí, lo es! – exclamó Lauren, a viva voz -.  Además… no me gustó cuando lo usé… Mi pulso acelerado, mi cabeza a punto de estallar… Es como que te da todo el placer en pocos segundos y te lo hace pagar después…”
A su pesar, Jack Reed debía admitir que había algo de razón en las palabras de su esposa.  Cada vez que terminaba una sesión con el “VirtualRoom” y regresaba a la realidad, no sólo sentía los mismos síntomas fisiológicos que acababa de describir Lauren, sino también una cierta sensación de vacío, una angustia extraña e inmanejable.  Aquel aparato creaba en la cabeza de él un mundo tan ideal e inmejorable que, forzosamente, el regreso al mundo real funcionaba como una especie de mazazo que provocaba desaliento y desazón…
“Además… – continuó ella gesticulando con las manos y con gesto de incomprensión -.  ¿Necesitamos de eso?  ¿No nos bastamos el uno al otro?”
Jack miró fijamente a los hermosos ojos verdes de su esposa.  Por cierto que era una mujer deseable que más de uno le envidiaba: tersos cabellos negros, bello y perfectamente delineado rostro, cuerpo esbelto y armonioso.  Sí, en cierta forma, la pregunta que se hacía y le hacía Lauren tenía algo de sentido: quizás cualquier otro tipo que viese la situación desde afuera jamás podría entender que teniendo él una mujer tan hermosa tuviese, sin embargo, necesidad de recurrir a aparatos de fantasía para sumergirse en lascivos mundos virtuales.  No obstante, la realidad era que, como en todo matrimonio, con los años habían venido cargados de hastío; aun cuando se hubieran esforzado en evitar la rutina, lo cierto era que todos los días hacían lo mismo: salían hacia sus respectivos trabajos a la misma hora, miraban sus respectivos programas de tv favoritos, cenaban a la misma hora y, al ir a la cama, inevitablemente hacían exactamente las mismas cosas noche tras noche… La rutina es una enemiga mortal de cualquier pasión, por más ardiente que ésta haya sido alguna vez…
 “La cena está servida…” – anunció Lauren mirándolo a los ojos y sospechando que el tema estaba concluido y que su esposo ya no argüiría palabra alguna en su defensa; sin más, dio media vuelta y se marchó de la habitación.
La cena también fue más o menos lo de siempre; a lo sumo podía variar entre tres o cuatro menús, pero no más.  En esa oportunidad se trataba de unas lonjas imitación tocino con una ensalada de vegetales que habían sido cultivados en algún huerto hidropónico por debajo de la ciudad y bajo un sol artificial.  El centro de la mesa era ocupado por un receptor de tv de forma redondeada y de vista panorámica en tres dimensiones; a cada lado del aparato, tanto Lauren como Jack estaban equipados con un pequeño audífono adosado a la oreja que les permitía a cada uno tener su propio audio y así  ver simultáneamente programas diferentes.  En efecto, ella se hallaba, como era habitual, enfrascada en ese culebrón que tanto la atrapaba y que a Jack tanto irritaba, en tanto que él, por supuesto, no apartaba los ojos por un momento de ese programa deportivo que ella detestaba sobremanera, no tanto por el programa en sí sino, obviamente, por su conductora, la avasallante Theresa Parker.  Jack, de hecho, casi podía prescindir del audífono dado que el contenido del programa bien poco le importaba.  Ese tipo de receptores de tv tenían la ventaja de que cada uno podía ver su propio programa desde orientaciones diferentes e incluso verlo a la hora que les venía en gana, pero contaba con la desventaja de que cada programa era interrumpido al menos dos veces por una tanda comercial que había que ver prácticamente de manera compulsiva puesto que el receptor se apagaba en caso de que los sensores del mismo no detectaran los ojos del usuario sobre la pantalla durante más de treinta segundos seguidos; si tal cosa ocurría, el programa quedaba bloqueado y ya no podía volver a verse hasta el otro día.  Se trataba de un modo algo dictatorial que las empresas habían encontrado para lograr que el público no pudiera evitar las tandas publicitarias…
Y así, los productos iban desfilando uno detrás del otro: desde un laser para la limpieza dental que no dejaba el más mínimo residuo de bacteria o caries hasta los nuevos modelos de Citroen con habitáculo extensible de tal modo que el asiento trasero podía ser usado perfectamente como lecho para actividades amorosas sin necesidad de tener que andarse chocando todo el tiempo cabezas y pies contra las puertas.  Pero los más insufribles de todos eran los avisos de venta de robots; la compañía World Robots estaba en pleno auge e invirtiendo mucho dinero en campañas publicitarias destinadas a hacer llegar al gran público cada nuevo modelo que lanzaban al mercado: los había para jardinería, para profesores particulares de hijos con problemas de estudio, para jugar al tenis cuando no se tiene compañero o para llevarlo a uno al trabajo en su propio auto y luego, incluso, irlo a buscar,  evitando de ese modo el tortuoso y, a veces, oneroso problema de tener que aparcar el vehículo en zonas céntricas y congestionadas.  En todos los casos, el aviso terminaba con el eterno y reiterativo “satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero”.

Luego de la tv y de la cena, venía la cama y, por cierto, cada vez menos sexo…

Sakugawa había reunido al directorio de la World Robots por un motivo muy especial aquella mañana.  Se trataba, según decía, de presentarles un prototipo del nuevo modelo que lanzarían al mercado, cuya utilidad la mayoría de los accionistas allí presentes desconocían.  Sakugawa había trabajado casi en secreto con sus principales ingenieros para así lograr el prototipo deseado pero, por cierto, los miembros del consorcio de World Robots no veían demasiada posibilidad de sorprenderse cuando ya prácticamente todas las opciones de uso habían sido cubiertas por los productos de la compañía.  ¿Robots de vigilancia?  Ya los habían hecho.  ¿Robots constructores?  Ya los habían hecho.  ¿Perros o gatos robots para familias que no tenían ganas de lidiar con los excrementos y con las pulgas?  Ya los habían hecho e, inclusive, robots que imitaban especies ya extintas como el pájaro dodo o el oso panda de tal modo que los niños pudiesen ver en los zoológicos la fauna del pasado.  El parque de dinosaurios, inclusive, tenía unos cincuenta mil visitantes por día en las afueras de Capital City, concentrando un público que venía de todas partes del mundo para ver el portento de aquellas criaturas del mesozoico caminando imponentemente en versiones mecánicas que poco tenían que envidiar a los originales.  Sí, ya todo lo habían visto, ya todo lo habían creado, ya todo lo habían vendido… y, de hecho, World Robots era una de las cinco compañías que producía más dividendos en el planeta entero gracias no sólo a la creatividad e inquietud de sus ingenieros sino también al monopolio que se les había otorgado para distribuir robots en la mayor parte de América, Europa y Asia.  Y sin embargo, aun a pesar de todo ello, Sakugawa había estado anunciando durante días que les presentaría un nuevo modelo que les sorprendería…
Él se hallaba de pie ante la larga mesa, en tanto que su jefe de ingenieros estaba sentado a su derecha y su secretaria, de lentes y cabello ensortijado, a la izquierda.  Ella era la única mujer que había en el lugar, lo cual hacía que las miradas se posaran en sus curvas de tanto en tanto, pero el rostro de la joven revelaba no estar demasiado informada de a qué venía el asunto: sólo sabía que Sakugawa la había convocado para que estuviera allí así que, en efecto, allí estaba, revoleando sus ojos por detrás de los lentes cada vez que alguno hacía una intervención.
“Señores – anunció Sakugawa en un momento, dibujándose una sonrisa en sus labios -, permítanme presentarles a la nueva innovación que, desde World Robots, va a sacudir el mercado…”
El tono del anuncio creó la suficiente expectativa como para que todos miraran a un mismo tiempo hacia el líder de la corporación, pudiendo todos advertir cómo, por detrás de éste, el rojo cortinado se descorría y hacía su ingreso un hombre de unos veintisiete o veintiocho años, de físico envidiable y atlético y rostro increíblemente hermoso.  El joven sólo iba vestido con un slip de color blanco que resaltaba un bulto prominente, con lo cual quedaba expuesta en toda su soberbia magnificencia la casi imposible belleza de su cuerpo.  La secretaria de Sakugawa, de hecho, al girar la cabeza sobre su hombro no pudo evitar llevar una mano a sus lentes como para ver mejor, a la vez que su labio caía laxo y sus hermosos ojos marrones se abrían enormes ante tanta perfección.  Pero no fue sólo ella la que manifestó conmoción: la hermosura de aquel muchacho era tal que incluso entre los accionistas presentes, todos hombres, sólo hubo gestos de fascinada admiración.  Sin embargo, aún no quedaba claro cuál era el punto ni hacia dónde quería llegar Sakugawa; uno de los accionistas, mordiendo el soporte de sus lentes, se encogió de hombros e hizo un gesto interrogativo.
“No entiendo… – dijo -.  ¿Vamos a vender slips?”
Una risa generalizada se levantó de entre el grupo de accionistas; Sakugawa, lejos de mostrarse irritado por ello, rió también:
“Je,je, no… No es la vestimenta la cuestión aquí, sino el muchacho…”
El comentario del líder sólo despertó más dudas e incertidumbres; todos seguían mirándole sin entender nada.  Sabedor de ello, Sakugawa, con la ayuda de su jefe de ingenieros quien se puso de pie, tomaron al muchacho por los hombros y lo hicieron girar de tal modo de enseñar sus espaldas a los presentes: por cierto, la impactante imagen que daba no se quedaba en zaga con respecto a la que daba al estar de frente; por el contrario, su espalda parecía tallada por un escultor, al igual que sus magníficas piernas y las perfectamente redondeadas nalgas que se intuían por debajo de la tela del slip.  Murmullos de asombro brotaron entre la concurrencia y la secretaria se vio tan sacudida ante la presencia de tan excelso ejemplar de macho que hasta se sintió avergonzada y echó una mirada de reojo al resto temiendo haber quedado demasiado en evidencia.  La realidad, sin embargo, era que todos estaban demasiado atentos al joven y a lo que hacían Sakugawa y su jefe de ingenieros. Este último, precisamente, tomó por detrás la cabeza del muchacho y le hizo inclinarla hacia adelante.  En ese mismo momento, Sakugawa dirigió hacia la nuca del joven un pequeño artefacto semejante a un control remoto y, claramente, accionó algo en el mismo: acto seguido, una sección de la parte trasera del cráneo se abrió, para sorpresa y estupor de los presentes, quienes no pudieron ahogar una exclamación de asombro.  Sin embargo, en cuanto sus ojos lograron distinguir algo allí donde el cráneo se abría, notaron que no se veía en su interior nada parecido a corteza cerebral o a masa encefálica, sino una serie interminable de circuitos…
“¡Cerebro positrónico!” – aulló alguien, casi cayéndose de su silla.
“Es… ¡un robot!” – exclamó otro.

“Señores… – anunció Sakugawa sonriendo con satisfacción -, tengo el placer de presentarles el nuevo producto de World Robots que revolucionará el mercado: con ustedes… el Erobot…”

Los rostros sólo rezumaban incredulidad y aunque el coro de murmullos y exclamaciones de sorpresa arreciaba, nadie parecía atreverse a decir nada en voz alta, como si aguardasen una mayor explicación por parte del líder de la corporación.
“Como todos bien sabemos  – explicó Sakugawa -, hace ya treinta y dos años que nuestra empresa maneja el negocio de los robots – acompañando sus palabras, una inmensa pantalla se abrió en la pared a un costado del recinto y, de inmediato, comenzaron a desfilar imágenes de robots que la firma, en años precedentes, había ido lanzando al mercado para cubrir distintas necesidades -.  Hemos fabricado robots humanoides para todo tipo de trabajos y, por cierto, creíamos haber logrado el mayor símil de un verdadero ser humano que jamás nuestra tecnología hubiera sido capaz de producir.  En realidad era cierto, pero ahora lo hemos superado… Nuestros ingenieros han trabajado duro para mejorar los implantes de piel y cabello, así como también para lograr un robot que fuera capaz de reproducir al dedillo los más mínimos gestos y actos de un verdadero ser humano.  Como verán, señores, a primera vista no hay diferencia alguna: hemos logrado el robot perfecto… Hoy es un día de gloria para World Robots”
“Pero… – intervino alguien -, ¿cuál sería el fin con el que está desarrollado?  Es decir, todos podemos darnos cuenta de lo asombroso que es su aspecto y que perfectamente sería confundido con un ser humano si lo lanzáramos a la calle, pero… ¿lleva algún mandato específico en su cerebro positrónico?  ¿Alguna tarea o actividad especial a la cual pueda abocarse?”
Sakugawa asintió con la cabeza a la vez que volvía a accionar el control remoto de tal modo que la abierta sección trasera del cráneo del robot volviera a cerrarse.
“Gírate” – le ordenó luego, y el androide así lo hizo, volviendo a encararse con la concurrencia.
Ahora que ya todos sabían que era un ser mecánico, aquellos ojos terriblemente humanos se veían aun más inquietantes y sobrecogedores.  Sakugawa dirigió la vista hacia su secretaria:
“Bájale el slip, Geena” – le ordenó.
La joven se removió en su silla y dio un respingo ante el tenor de la orden recibida; mientras su semblante se ponía de todos colores, miró hacia el consorcio de accionistas llevándose una mano al pecho con vergüenza.  Luego volvió a mirar a su jefe, dudando si se trataba de una broma o no.  Él se mostraba sonriente, pero a la vez no daba la impresión de estar bromeando.
“Ya oíste – le dijo, sin dejar de sonreír -.  Bájale el slip”
Haciendo esfuerzos para reprimir su vergüenza lo más que pudo, la joven, luego de titubear durante un instante, se levantó de su silla y caminó los pocos pasos que la separaban del androide; una vez frente al mismo se inclinó un poco y tomando la prenda íntima por el elástico, la llevó hacia abajo.  Al hacerlo, no pudo evitar el roce con la piel y, por cierto, sintió un fuerte sobrecogimiento al notar que casi no tenía diferencias con una piel humana ni en tersura ni en calor.  Pero lo más fuerte de todo fue, para ella, dejar al descubierto un miembro que lucía no sólo espléndido y portentoso sino además tremendamente lleno de vida y llamando al deseo.  Por mucho que la joven buscó evitarlo, su rostro adoptó una expresión aun más embobada que la que luciera instantes antes; no era descabellado decir que estaba ante el mejor pene que había visto en su vida y los murmullos de asombro que se levantaron de entre los accionistas no hicieron más que confirmar tal sensación.
La joven tragó saliva y se incorporó; al hacerlo sus ojos quedaron enfrentados a los del androide quien la miraba de un modo increíblemente viril, seductor y, hasta diríase, lascivo…  Parecía descabellado pero era así.  No pudiendo sostenerle la vista, la muchacha la bajó pero al hacerlo se volvió a encontrar con el magnífico miembro que pendía tentador, por lo cual no le quedó más remedio que ladear un poco la cabeza girándola por sobre su hombro.
“Como verán, señores… – explicaba Sakugawa, henchido su pecho y notoriamente orgulloso -, hemos logrado no sólo la más perfecta imitación de un ser humano que nunca se haya visto, sino también el más formidable espécimen de macho que se pueda llegar a imaginar…”
“¿Y con qué finalidad lo lanzaríamos al mercado? – preguntó alguien -.  ¿Es… para lo que yo pienso?”
“Piénsenlo por un momento si es que son inteligentes – respondió Sakugawa -.  Montones de mujeres que están solas y que tienen, durante la noche, necesidad de compañía masculina, pero están llenas de pruritos y autorrepresión a la hora de contratar un taxi-boy.  Casadas reprimidas o con ganas de tener una aventura pero que, sin embargo, sus miedos o sus culpas las hacen echarse atrás.  Hombres que buscan ocultar sus tendencias homosexuales o sus fantasías bisexuales pero que tienen muchas ganas de llevarlas a la práctica y nunca se atreven a hacerlo… Una adquisición como ésta solucionaría esos problemas…”
“Ja…, a ver si estamos entendiendo… ¿Nos está diciendo que este robot puede… tener sexo?”
En los labios de Sakugawa se dibujó, una vez más, esa permanente sonrisa beatífica que parecía remitir a Buda.  Miró a su secretaria…
“Geena… – dijo -, lámeselo…”
Los ojos de la muchacha se abrieron cuan grandes eran y, perpleja, giró la cabeza hacia su jefe.  Sencillamente no podía dar crédito a lo que acababa de oír o bien dudaba de haber entendido bien, razón por la cual esperaba una segunda orden o una confirmación de lo que suponía que se le estaba pidiendo que hiciera.
“El pene – subrayó Sakugawa, señalando hacia la zona genital del androide a los efectos de hacer más explícita su orden -: lámelo, bésalo, pásale la lengua…”
Una vez más el coro de murmullos volvió a levantarse.  Geena bajó la cabeza nerviosamente; la orden estaba lo suficientemente clara y no había posible duda al respecto del contenido de la misma.  Comenzó a temblar como una hoja de la cabeza a los pies, pero se aprestó, aun así, a cumplir con lo que se le requería: plantando una rodilla en la alfombra, acercó su rostro hacia los genitales del androide sin poder reprimir un fuerte sacudón interno.  Con una mano atrapó el miembro y, al tocarlo, fue como si una corriente eléctrica hubiese corrido desde él hacia ella: fue tal la sensación que hasta lo soltó por un momento, temiendo que se tratara de una descarga real.  Pero no: no era electricidad; era algo que dimanaba aquel macho artificial y que era sumamente difícil de explicar o definir.  Volvió a atrapar el pene entre sus dedos y, con mucha delicadeza, acercó sus labios al mismo hasta besarlo muy suavemente.  Lo increíble del asunto fue que pudo advertir cómo el miembro parecía activarse y reaccionar ante tal contacto; pensó por un momento que se trataba de su imaginación, pero no: la piel realmente se tensó y la temperatura del miembro subió leve pero claramente.
“Vamos…, sin timidez…” – instó Sakugawa -.  No vengas ahora a hacerme creer que eres vergonzosa”
El comentario, como no podía ser de otra manera, sólo levantó risas y burlas entre los presentes e hizo enrojecer a la muchacha, puesto que su jefe acababa de dejar sugerida una cierta idea de intimidad entre ambos.  Aun a pesar de su intensa vergüenza, Geena no tuvo otra opción que volver a dedicarse con esmero a aquel falo formidable que tenía ante sus ojos y su boca: apoyó los labios contra el mismo y, apenas entreabriéndolos, sacó afuera la punta de su lengua y la hizo correr a lo largo del pene dejando así un húmedo surco en el mismo.  Una vez más, no podía creer que fuera tan real; aquello estaba bien lejos de parecer un ingenio mecánico o un juguete de placer: se trataba, por el contrario, de un miembro increíblemente lleno de vida y de virilidad, pudiendo decirse incluso que superaba a cualquier miembro natural en tales atributos.  Definitivamente ya no era su imaginación: pudo sentir perfectamente cómo el pene se iba irguiendo y también lo notaron los accionistas quienes, no pudiendo salir de su encandilamiento, no paraban de dejar escapar exclamaciones de asombro.  Era tal la vitalidad del miembro que lamía que la joven pareció, por un momento, olvidar toda vergüenza y dejarse caer hacia el abismo.  La punta del falo estaba ahora claramente húmeda, aun cuando nadie pudiera saber qué diablos era aquella sustancia que comenzaba a fluir del mismo.  Fuera lo que fuese, se veía increíblemente real, tan viscosa y espumosa como la verga de un hombre de carne y hueso. 
Al diablo con todo, debió decirse en algún momento la secretaria y, no pudiendo ya resistir más, se introdujo completo el glande dentro de la boca.  Haciendo un aro con los labios lo succionó con fuerza sin poder controlarse y luego fue llevando hacia atrás la piel una y otra vez.  Los murmullos de la concurrencia volvieron a levantarse, coronados ahora por algunos comentarios soeces y carcajadas.  Geena oyó cómo la llamaron varias veces “puta” pero ni siquiera eso la detuvo: el placer de sentir tal miembro erecto, húmedo y esponjoso dentro de su boca superaba cualquier rubor que pudiese cohibirla.  Ella no veía, en ese momento, el rostro del androide pero los demás sí, y notaron incluso cómo el rostro de éste iba adoptando con absoluta perfección el semblante y la expresión de alguien que está a punto de eyacular… La respiración (artificial, por supuesto) se entrecortaba y daba lugar a jadeos a la vez que los ojos, algo idos, parecían perderse en un mar de descontrol…
Y el orgasmo llegó.  El líquido tibio invadió la boca de la secretaria y ella, por un segundo, se preguntó qué sustancia sería aquella.  No importaba: el sabor era, a todas luces, el mismo que el del semen de cualquier hombre aunque, por supuesto, la joven se preguntaba si debía tragar o si se trataría de alguna sustancia tóxica.

“Traga tranquila – le dijo Sakugawa como si leyera sus pensamientos -.  Hemos preparado su leche exactamente para eso, para que las mujeres puedan tragar sin temor ni culpa…”

De hecho, la sensación previa de que el sabor era idéntico al de cualquier semen comenzó, para Geena, a quedar atrás: la realidad era, más bien que hasta le habían mejorado y mucho, el gusto al esperma humano, haciéndolo saber algo más dulzón pero sin llegar a empalagar… De ese modo, el deseo por tragar terminó convirtiéndose casi en una necesidad y así, la joven sintió cómo el líquido bañaba su garganta y luego bajaba a través de su interior, mientras la junta de accionistas no paraba de aplaudir, chiflar y canturrear vítores. 
Recién entonces, una vez que hubo tragado y al sentirse aplaudida desde todos lados, la vergüenza volvió a la joven: y aunque le costó liberar su boca de aquel miembro al que no quería soltar por nada del mundo, lo hizo finalmente, quedando en el piso de rodillas y con la cabeza gacha.  De todos modos, costaba determinar si los aplausos eran para ella, para el robot, para los ingenieros o para Sakugawa: quizás eran un poco para cada uno…  Lo que, por cierto, la secretaria daba por descontado era que su participación en aquella demostración había terminado; ignoraba, sin embargo, que aún había un papel reservado para ella en el próximo acto.
“¿Y… no se cae?” – preguntó alguien.
La joven, en ese momento, levantó los ojos y rápidamente entendió el sentido de la pregunta.  El miembro del robot seguía aún erecto como si nada…
“¡En efecto! – confirmó Sakugawa blandiendo el control remoto en su mano -.  Por mucho que el Erobot evacúe su semen artificial, alcanza con apretar un botón y sus genitales vuelven a llenarse nuevamente en cuestión de segundos…”
“Una… máquina sexual imparable…”
“¡Así es!  Usted lo ha dicho… Un robot no se cansa, un hombre sí…”
“Pero… sin embargo cuando su… secretaria le estaba mamando la verga, pudimos ver bien cómo se le paraba… ¿O eso también fue a control remoto?”
“No, señor…- respondió Sakugawa, siempre con su aire de satisfacción al poder explicar los portentos de su nuevo producto -.  Allí está, justamente, una de las principales virtudes del Erobot… Es capaz de reaccionar tanto a estímulos sensoriales como electrónicos… Su erección puede producirse como resultado de una buena mamada, como recién presenciamos, o bien simplemente como resultado de darle a un pequeño botón en un control remoto…”
“¿Y para qué incluir ambas posibilidades?  Si puede provocársele una erección rápida e instantánea con sólo pulsar un botón, ¿quién va a recurrir a un estímulo convencional?…”
“Con ese comentario, mi querido amigo, usted revela no conocer bien los recovecos de la mente femenina – respondió Sakugawa -.  No estamos dando paso alguno en falso al decidir lanzar este producto al mercado… Hemos testeado bien las preferencias del público femenino a través de encuestas encubiertas, es decir sin revelar el verdadero motivo que guiaba a las mismas.  Y, en efecto, podemos decir que a las damas les  gusta recrear situaciones que les hagan acordar lo más posible a una verdadera escena de sexo y erotismo, por lo cual la estimulación al pene nos pareció algo fundamental… Aun así, también sabemos algo: mientras que el hombre se desestimula muy rápidamente luego del acto sexual y, específicamente, de la eyaculación, en el caso de la mujer es un proceso mucho más gradual en el cual la excitación va cayendo en un lento declive.  Durante esa caída, incluso, la mujer puede volver a excitarse sin problemas o, inclusive, mantener la excitación, pero claro: se encuentra con el problema de que su compañero sexual no está en condiciones de responder a tan rápida demanda…”
“Ya entiendo a qué va el asunto… ¡Un robot sí podría hacerlo!”
“¡Exactamente!  Es el amante perfecto que la mujer requiere y necesita, es decir alguien que sepa acompañarla en ese momento en el cual ella quiere continuar pero él no puede… En este caso, ¡él sí puede!”
Las expresiones de asombro se habían apropiado del lugar; los accionistas de World Robots no terminaban de dar crédito a sus ojos y oídos.  De acuerdo a lo que estaba diciendo Sakugawa pero también a lo que habían visto, estaban ante algo realmente grande… Cuando el magnate empresarial había dicho que el nuevo producto revolucionaría el mercado, no sólo no sonaba ahora para nada exagerado sino que además hasta parecía sonar a poco.  El Erobot podía cambiar, definitivamente, las pautas de la conducta sexual de allí en más: podía significar, para la sexualidad de las mujeres, lo mismo que la aparición del ferrocarril había sido en su momento para la aceleración de los transportes y las comunicaciones.  Quizás, la era del sexo convencional estaba empezando a quedar atrás: dos millones de años de una determinada sexualidad para producir, ahora, el quiebre hacia otra enteramente diferente.
“Geena, ponte de pie” – dijo el líder empresario dirigiendo la vista a su secretaria, quien aún permanecía de rodillas en el piso.
La joven, aún temerosa y vergonzosa, se incorporó y se acomodó un poco la ropa.  Le fue imposible no echar un rápido vistazo al magnífico pene del androide que lucía increíble e insaciablemente erecto luego de haber eyaculado hacía contados instantes… Claro: no resultaba tan increíble si se pensaba que era justamente un androide: un organismo artificial…
“Gírate y apoya las manos sobre la mesa” – le ordenó Sakugawa acompañando la orden con un gesto de su mano.
La joven palideció.  No sabía, verdaderamente, cuál sería la próxima etapa en la demostración, pero viendo  el pene del androide tan maravillosamente erguido, casi podía suponerlo… Obedientemente, se giró y, al hacerlo, no tuvo más remedio que encararse con todos los accionistas de la empresa, quienes la observaban con ojos tan divertidos como pervertidos.  Una vez más, una indecible vergüenza se apoderó de ella; tal como le había sido requerido, apoyó sus manos sobre la mesa y bajó la vista hacia la misma a los efectos de no tener que mirar a la cara a los allí presentes.

Al estar de espaldas a Sakugawa y al robot, Geena perdió noción en ese momento de lo que estaba ocurriendo por detrás de ella.  No pudo ver, por ejemplo, cómo a través del control remoto, su jefe le hacía llegar una orden al cerebro positrónico del androide y éste, en rápida respuesta a la misma, se adelantaba dos pasos hacia la muchacha.  Le apoyó una mano sobre la nuca y, al hacerlo, la obligó prácticamente a inclinarse hasta aplastar sus pechos contra la superficie de la mesa; la muchacha intentó levantar su cabeza pero no podía hacerlo más que unos pocos centímetros ya que el androide no le aflojaba un ápice la presión sobre la nuca.  Mientras la tenía de tal modo, muy hábilmente, con su mano restante, levantó la corta falda de la secretaria para murmullo de los presentes y, luego, sin mediar trámite alguno, le bajó las bragas.  Una vez que la tuvo así de disponible y sin que la joven pudiera siquiera tener tiempo de ensayar respuesta u objeción alguna, la ensartó en su vagina haciendo que de su garganta brotara un largo y prolongado jadeo que fue festejado por todos los presentes.  A continuación y como si no hubiera acabado de eyacular hacía un par de minutos, el robot se dedicó a bombearla con tal ímpetu que la muchacha perdió todo control de sí misma: sus uñas se aferraban a la madera del mueble con tanta fuerza que trazaban surcos en ella, en tanto que su rostro se apretujaba contra la mesa como si quisiera pasar a formar parte de la misma.  La cara se le contrajo en una mueca del más indescriptible e inédito placer y cerró los ojos mientras sus sentidos viajaban a algún mundo distante…

El robot seguía bombeando y bombeando, acompañado, una vez más por los comentarios, aplausos y vítores de los presentes de quienes no era posible determinar si el motivo de su festejo era el saber las pingües ganancias que sobrevendrían de allí en más o si, simplemente, estaban dando rienda suelta a su costado más perverso y voyeur.
El cuerpo de ella se comenzó a sacudir con tal fuerza que sus lentes cayeron sobre la mesa.  El portentoso miembro que parecía cualquier cosa menos artificial, seguía penetrándola una y otra vez y ella se supo cerca del orgasmo… En algún rincón oculto de su vergüenza quería reprimir ese momento, como si una parte de ella tomara conciencia de que estaba siendo cogida en público por primera vez en su vida.  Sin embargo, otra parte de ella dominaba su cuerpo y sus sentidos al punto de desear que aquello no terminara nunca, que siguiera y siguiera…
Cuando el robot alcanzó el orgasmo, ella pudo sentir el calor de la leche en su interior y, una vez más, no pudo creer que aquella criatura fuera un ser artificial, una pieza de ingeniería.  En lugar de aminorar el ritmo al llegar al orgasmo, el robot, por el contrario, pareció incrementarlo.  Los pechos de Geena se zamarrearon y se estrellaron mil veces contra la madera de la mesa al igual que su rostro, estrujada su mejilla contra la misma en un rictus de infinito placer que se apoderaba de ella al punto de privarla de toda voluntad consciente.  Ya no pudo contener los jadeos, que se fueron convirtiendo en gritos… Un placer único, imposible de describir con palabras, la gobernaba en todo su ser, a  tal punto que deseaba, por un lado, que el robot terminara de una vez por todas con tal tortura pero, por otro, que siguiera indefinidamente sin importarle a la joven si en ello le iría la vida.  El robot la hizo acabar una vez, pero continuó bombeando e incrementando el ritmo: fue inevitable para ella acabar otra vez… y otra… y otra… y otra… Aquello que estaba viviendo no era, definitivamente, una escena de sexo: era el deseo femenino llevado al más alto grado de placer al que hubiera llegado nunca… Y allí residía, sin duda, la principal virtud del Erobot: era capaz de explorar e ir más allá, haciendo llegar el éxtasis sexual de una mujer hasta límites a los cuales ningún hombre de carne y hueso era capaz de llevarlo.  En efecto, si algo estaban entendiendo todos aquellos maníacos que, con ojos perversos y libidinosos, contemplaban la escena, era que el Erobot llevaría la sexualidad de una mujer a una dimensión insospechada, la cual siempre había estado allí pero a la cual ningún hombre había jamás llegado.  De algún modo, todos y cada uno de los presentes podían trazar una analogía entre aquel robot clavando su miembro artificial en aquella secretaria y aquel astronauta clavando una bandera en la luna… Esta vez no era un gran paso para el hombre, sino para la mujer… Y para World Robots, desde ya…
Cuando finalmente el robot retiró su verga, la joven quedó sobre la mesa aún aplastada y carente por completo de energías: estaba exhausta, rendida, entregada… y sabiendo que acababa de participar de un hecho histórico…  El aplauso cerrado que se levantaba venía a coronar tal suposición.  Ya no había comentarios soeces, ni burlas, ni risas… Ahora lo que reinaba en el recinto era la admiración y la conciencia de estar presenciando algo que cambiaría la historia.
“Al igual que hemos hecho con todos nuestros modelos anteriores – explicó Sakugawa -, hemos insertado en el cerebro positrónico del robot las tres leyes de Asimov, más una cuarta ley específica en relación a la labor a la que se le ha destinado…”
“¿Podría recordarnos las tres primeras? – preguntó alguien -.  Las de Asimov… Sepa disculpar mi mala memoria, pero yo, como muchos de los que nos hallamos aquí, sólo nos interesamos por los números del negocio que manejamos y muchas veces prescindimos de los aspectos técnicos que hacen al mismo… No digo que esté bien, pero, en fin, lo cierto es que los tecnicismos se nos escapan…”
“Ningún problema… – concedió Sakugawa, con su eterna sonrisa amable -.  Primera Ley: un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño… Segunda Ley: un robot debe obedecer las órdenes impartidas por un ser humano en la medida en que tales órdenes no entren en conflicto con la primera ley… Tercera Ley: un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que ello no entre en conflicto con la primera y segunda ley…”
“Bien… hasta allí Asimov, ¿verdad? – interpuso alguien -.  ¿Y cuál es la cuarta ley que, en este caso, le hemos implantado?”
Sakugawa volvió a sonreír y sus ojos destellaron un cierto deje de picardía.
“Un robot debe dar siempre el mayor placer posible a un ser humano en la medida en que ello le es requerido…”
Un momento de silencio se produjo en la sala.  Si de algo a nadie le quedaban dudas era de que allí, en ese mismo lugar, acababan de tener ante sus ojos una demostración práctica de hasta qué punto el Erobot era capaz de llevar a su mejor cumplimiento la “cuarta ley”.
“¿Y no tenemos mujeres robot? – preguntó alguien, en tono de sorna -.  ¡Quiero una!”
El comentario fue, desde luego, coronado por las carcajadas de todos.  Sakugawa, cortésmente, también rió, aunque de un modo muy leve y, cuando continuó hablando, lo hizo una vez más con la sonrisa dibujada en su rostro.  Hizo una seña a su jefe de ingenieros, quien se acercó prestamente y le puso en su mano un segundo control remoto.  Una vez que el líder empresarial lo pulsó, los presentes lanzaron al unísono una única interjección de asombro cuando vieron descorrerse la cortina y aparecer, algo por detrás del androide muchacho, un no menos magnífico ejemplar de robot – hembra… La mujer más bella y despampanante que en sus vidas hubieran visto se hallaba allí, esbelta y altiva en su desnudez…
                                                                                                                                                 CONTINUARÁ

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