indefensa113 de marzo de 1096
Cinco años. Años de guerra, sangre y sinsabores en donde derrotamos a los cumanos a orillas del río Temes y finalmente en Orsova. Vi las crueldades de la guerra justificadas en nombre de la religión y el reino de Hungría, y dentro de mí desfilaron incontables dudas cada vez que un enemigo probaba el acero afilado de mi espada. Pero el infierno quedó atrás, llegó el descanso para el guerrero porque por fin, cinco años después de partir, estaba de nuevo en casa.
Contemplé el oscuro río Danubio acaparando todo el horizonte como si fuera una parte más de ese cielo negro que poco a poco cedía al alba. Apurando el paso a escasa distancia del río, me quité el pesado almófar y lo lancé a la tierra. Y caí arrodillado allí donde el agua arrimaba, empapándome con una sonrisa como no esbocé en años.
Poco caso le presté a mi compañero Endré, quien venía detrás, probablemente tan cansado como yo pues la cota de malla que llevábamos los soldados del reino hacía que cada paso que diéramos en la arena fuera una tortura. Acercándose, y con su respiración entrecortada, me sacó de mis cavilaciones:
—¡Jozsúa! ¡Jozsúa, hijo de puta!
—¡Endré, necio! ¡Llegamos!
—¡Ja! ¡En casa de nuevo! … ¡Tengo… tengo que hacerlo ahora! –Rápidamente se quitó las botas y las lanzó cerca de mí. Con una enorme sonrisa surcando su flacucha cara, enterró los pies desnudos en la arena y jugó con ella entre sus dedos.
—Endré… pareces un crío.
—¡Pero qué bien se siente, mierda!
Se quitó el camisón de lino y amagó retirarse la cota de malla mientras se acercaba al agua. Se detuvo nada más le lancé arena a su rostro.
—¿Pero qué mierda te pasa, Endré? ¿Vas a darte un baño ahora? ¿Aquí? Aguanta un poco más. Zemun está a pocas leguas.
—Zemun… Y una mierda, ¡Zemun puede esperar!
—Muestra algo de porte, Endré, San Ladislao nos mira pues aún le estamos rindiendo duelo.
—Oh, vos ruego una disculpa, Jozsúa y San Ladislao –respondió masticando cada sílaba, remedando el actuar de la alta alcurnia—. Creo que tengo algo de tierra en el oído… ¿Tú sí puedes tirar toda tu puta armadura por el suelo, mas yo qué? ¿¡Mas yo qué!?
—¡Recoge tus cosas, amigo! En serio, queda poco…
Llegamos al puerto cuando el sol se asomaba en el horizonte y todo lo pintaba de un naranja nostálgico, mientras poco a poco los faroles de la ribera eran apagados por los pequeños para dar comienzo a las actividades de los mayores. El puerto y el mercado desprendían un olor a pescado que se hacía más fuerte conforme nos adentrábamos; Endré los odiaba: los peces y su tufo, pero en cambio a mí me traían buenos recuerdos de mi juventud.
Tras otra pequeña caminata logramos llegar por fin al pueblo, un incontable grupo de casonas humildes de madera añeja y paja desgastada de color ocre. En la capital no se encontraba tanta demostración de pobreza y humildad, pero prefería mil veces el calor de la gente de Zemun antes que el frío y etiquetado comportamiento al que acostumbraba en Esztergom.
Mientras más nos adentrábamos, entre los niños que admiraban nuestras armas y las damas que observaban de reojo, más se podía escuchar el sonido dulce del laúd proveniente de una de las casonas. Me fijé en una agrietada escalera que serpenteaba hasta la entrada de una casa, pues allí una hermosa morena se encontraba tocando el instrumento con los ojos cerrados, deleitando con su melodía a todo aquel que pasara.
Endré prestaba atención al tempo particular de la música: tenía un desarrollo lento de notas tristes pero remataba con un final apresurado y melodioso que invitaban a bailar hasta al más infeliz de los soldados del reino. Le tomé del hombro y le saqué de lo que fueran sus pensamientos:
—¡Endré! ¿No fue Lillia la que te despidió hace cinco años con su música de laúd?
—Lillia… Claro que la recuerdo, Jozsúa. Y la noche de despedida… ¡Ja! Nunca en mi vida disfruté tanto. ¿Sabes que usó sus dedos para…
—Ahórrate los detalles, necio. Es ella, la que está tocando en aquella escalera, ¿la ves?
—No, ¿¡qué estás diciendo!? ¿Es ella? Si es que… Jozsúa, ¿crees que me habrá estado esperando estos cinco años? ¿Reservando su esbelto cuerpo para mi retorno triunfal? –preguntó dibujando groseramente las curvaturas de una mujer.
—¿Reservado? Si es la más puta de toda Tierra Santa…
—Pero tengo un lugar en su corazón.
Lanzó su yelmo a mis pies. A los pocos segundos le acompañó el almófar y la crespina. Me miró con una sonrisa enorme y los ojos iluminados:
—Cuídamelos, Jozsúa.
—Jala-barbas, ¿tengo cara de ser tu esclavo?
Endré corrió presuroso, avanzando a empujones entre los niños y mercaderes. Idiota como siempre, se presentó bailando las notas de la chica para posteriormente hacerle una reverencia. Ella se sorprendió al verlo, asustada, dubitativa. Pronto lo reconoció y chilló de emoción para fundirse en un abrazo pasional que arrancó los aplausos de algunos curiosos.
Pero el viento frío y húmedo proveniente del mar cambió y me distrajo. De algo me avisaba; en mis años durante la guerra en Moldavia y Orsova aprendí a prestar atención al aire: algo se acercaba, algo me confesaba al oído como un susurro. A veces era una advertencia, a veces un consuelo para aguantar los momentos más oscuros.
Una repentina mano se posó en mi hombro, con tacto casi consolador. Me giré y sentí la garganta haciéndose un nudo, contemplando a la mujer más hermosa de toda la tierra: esos ojos azules como el Danubio, los labios seductores dibujado por dioses, el hermoso y largo cabello ondulado que no tardé en recorrer con mis dedos mientras ella me dedicaba una sonrisa.
—Bienvenido a casa, Jozsúa.
—¡Por San Ladislao! Te pareces mucho a mi Fabiane… Pero ella no saldría a mi encuentro, no sé quién serás tú.
—Antes que soldado, bufón –respondió acariciando mi mejilla. La sedosidad de su piel me erizó; extrañé tanto el contacto suave de su mano yendo por mi piel, de su boca y sus dedos consoladores. Todos esos recuerdos, ese calor de su cuerpo sobre el mío, sus besos, sus dulces susurros en la ribera bajo la luz de la luna, todo volvió a mis memorias.
—Fabiane, ¿recibiste mi cart…—Y me interrumpió con un bofetón.
—¿Con cuántas has estado en Esztergom? Confiesa, soldado.
—Mierda. ¿Quieres saber? Siete… creo que nueve… No, espera, que los dos últimos solo eran muchachos muy femeninos.
—Dime que estás bromeando…
—Fabiane, ¿y Gabriela? ¿Dónde está la niña?
—En casa, hoy amaneció mal. Quería venir para acompañarme, por si hoy fuera el día que llegaras… pero le dije que esperara en cama. Vine para hacerle una visita al curandero, no pensé que me toparía contigo aquí.
Mi plan para festejar mi retorno triunfal consistía en pasar el resto del día en la posada donde tan deliciosa aguamiel preparaban, pero el pichel tendría que esperar. Había algo que apremiaba atención en mi corazón:
—Vamos a casa, Fabiane, quiero ver la cara de sorpresa que pondrá la pequeña cuando me vea…
28 de octubre de 2016
—Fumar mata, Ámbar  –me advirtió el comisario desde el otro lado del móvil, justo en el momento que dejaba el coche dentro del estacionamiento de mi edificio. Eran casi las doce de la madrugada y no había ni un alma viva en las calles. De todos modos, con la infernada que se sucedía una tras otra en toda la ciudad, nadie querra salir: que los robos, que los asesinatos, que los piquetes. El fin del mundo a la vuelta de la esquina. Otra vez.
—Me convenciste, jefe. Acabo de tirar el cigarrillo por la ventana.
—Sigues fumando, ¿no es así?
—Como si no hubiera mañana.
—Suéltalo Ámbar, en serio. Te necesitamos a pleno para salvar la ciudad.
—Disculpa, pero mi idea de “salvar a la ciudad” no incluye buscar a un pobre bastardo que robó el Mercedes de último modelo de su jefe.
—¿Y tu idea consistió en decirle al hombre “Cómprate otro que se te ve forrado”, mientras le tomábamos la declaración?
—No estaba de humor, es todo. Tú sabes qué fecha es hoy, tú me conoces.
—Claro que lo sé, chica, ¿por qué crees que te estoy mandando a descansar? Despéjate, date una ducha de una hora y léete algo, ¿sí? ¡Y sobre todo suelta el puto cigarrillo!
—Gracias, comisario.
Corté la llamada y miré el reloj. Exactamente las cero horas. Una amargura pobló todo mi cuerpo como si de un extraño reloj biológico se tratara. Cinco años. Oficialmente habían pasado cinco años desde la muerte de mi hija Sofía; retiré de mi guantera mi automática y la miré, ladeándola y contemplando sus aristas.
Y enterré el cañón en mi boca. Cinco años. Cinco putos años aguantando el dolor, las heridas que no cierran y la dulce voz de una niña rogando un milagro en la camilla del hospital. Cinco años sufriendo como una mujer condenada y maldita. Fue esa actitud la que me valió la imagen de la más brava de la comisaría: siempre al frente en un tiroteo, siempre allí en un intercambio de rehenes, en una persecución, siempre la que daba un paso adelante cuando había que requisar un antro de drogas pertenecientes a una mafia brasilera. Siempre, muy en el fondo, rogando por una bala que terminara mi sufrimiento.
Uno, dos, tres golpecitos de mi lengua al cañón. Me sequé las lágrimas y devolví el arma a la guantera. A veces, pretender que estoy a centímetros de la muerte hace que el dolor se esfume por unos instantes.
Nada más salir del coche, el frío me heló la piel e hizo que el vaho de mi respiración se confundiera con el humo de mi cigarrillo; ni siquiera mi gabardina era suficiente para protegerme de la intensidad de la helada.
Antes de guardar el móvil, noté que se había apagado. Avanzando hacia la entrada, le di al botón de encendido porque estaba segura de que había cargado la batería antes de salir de la comisaría. Pocos segundos después, las luces del estacionamiento, así como las luces de las farolas de las calles, se fueron.
Un ligero silbido se escuchó proveniente del cielo. Salí a la calle para ver el causante del sonido; similar al motor de un avión, pero era imposible notar algo por más que ojeara entre las estrellas. El ruido poco a poco aumentaba y ubicar su origen me resultaba imposible… Hasta que una bola de luz blanquecina y potente atravesó el cielo. Rápida, incisiva. Se abrió paso entre un grupo de nubes y las arremolinó, transformó la negrura de la noche en día por unos instantes debido a su fuerte iluminación y, muy para mi asombro, parecía que iba a impactar entre los edificios de mi barrio.
Estaba bastante segura de que era un meteorito. Y obviamente se llevaría mi vida y la de todo el barrio en un santiamén. Me importaba una mierda, la verdad. Lancé el cigarrillo al vibrante suelo y lo maté con una pisada. Extendí los brazos en cruz con una sonrisa grande y cerré los ojos esperando la muerte. No iba a morir en un tiroteo, o en un intercambio de rehenes o durante alguna redada; iba a morir de la manera más extraña posible.
—Sofía, voy junto a ti –susurré.
Y pasaron los segundos. Uno, dos, tres. El sonido cesó, el suelo dejó de vibrar, aquella luz se esfumó y nada impactó contra la tierra. ¿Me estaba volviendo loca de remate? ¿Acaso mi mente me estaba empezando a jugar malas pasadas debido a mi forma peculiar de afrontar la vida?
—Madre mía, definitivamente me estoy volviendo loca…
Entré en mi edificio y saludé al portero que había encendido un par de velas de cera debido al apagón. Me preguntó si yo también había oído aquel ruido tan raro proveniente del cielo, pero para no complicarme las cosas me encogí de hombros y le dije que estaba muy metida en una llamada. Rauda subí por las escaleras, con mi mechero en mano iluminando pobremente mi caminar.
Llegué a mi departamento con las piernas ardiéndome pues hacía rato que no subía tantos escalones, e ingresé tras pelearme un ratito con el llavero, no sin antes encender un último cigarrillo para finiquitar mi noche.
El departamento no estaba en penumbras gracias a la luz azulada de la luna que ingresaba por el ventanal del balcón. Mientras me quitaba la gabardina, noté que el frío no había aminorado, como si me hubiera olvidado de cerrar la ventana antes de salir. Y cuando avancé, oí el crujir de varios pedacitos de vidrio bajo mis botas.
Me fijé de nuevo en mi balcón: cuando las cortinas se levantaban por el viento, se revelaba el ventanal roto…
Y lo vi. Una figura oscura y amorfa se encontraba tiritando a un par de metros delante de mí. Se me congeló la sangre, dejé de respirar y el encendedor cayó al suelo. ¿Era un ladrón? Quise desenfundar mi arma pero me acordé que la dejé en el coche: A veces me excedía con la bebida y temía que yo misma pudiera poner fin a mi vida con mi peculiar gusto suicida.
Retrocedí hasta agarrar lo primero que tenía cerca: una puta sombrilla. Aquella figura se puso de pie. Me miraba, estaba segura de ello, el cigarrillo cayó al suelo y retrocedí otro paso más.
—¿Quién eres?
—Szar, ez fáj!
—¡Quieto! ¡Y las manos arriba!
Franciául?… Nem…Olasz?…  Nem, eza spanyolMegértemspanyolDeÉn soha nembeszéltemspanyolul!
—¡Y tu puta madre también, cabrón! Quédate quieto, tengo un arma y no dudaré en usarla –mentí.
—Puta paloma, se atravesó en mi camino…
—Bien, hablas español. ¡No me obligues a disparar, ponte de rodillas y las manos tras la cabeza!
—¡Mujer, tienes que ayudarme!
—¿¡Pero quién mierda eres y qué haces en mi departamento!?
Las luces volvieron. La radio se encendió y la televisión también. Pude ver con toda claridad a esa persona; quedé muda y boquiabierta, un ligero cosquilleo me invadió el vientre mientras ese hombre se quejaba de su brazo izquierdo ensangrentado. Era alto, moreno, tenía una extraña camisilla blanca de tiras, una falda larga con corte diagonal del mismo color y unas botas de cuero marrón con lazos largos a modo de cordones. Pero había algo que me estaba descolocando demasiado, y no era su ropa.
—Tienes que estar jodiéndome, cabrón.
—Mierda, necesito un curandero, ¿sabes dónde puedo encontrar uno?
—Tienes… dos… putas… alas…
—¿Qué? –dijo mirando para atrás. Las extendió para sacudir la suciedad que se adhirió a su plumaje, golpeando una mesita por accidente, echando un par de discos—. Sí, bueno, estas alas… y tengo un brazo bastante malherido también, ¿ves? ¿Podrías ayudarme?
—Tal vez el cigarrillo que fumé tenía algo muy fuerte y estoy alucinando, no se puede asegurar…
—Mírame, mujer. ¿Cómo te llamas? Tienes que ayudarme.
—Tú…. Tú-tú-tú-tú no existes… Te estoy imaginando. Tengo que cambiar de marca de cigarrillo, sí, será eso.
—Mira, muérdete los labios y vuelve a mirarme. Y cuando sepas que soy real, por favor, ayúdame.
Cerré los ojos. Uno, dos y tres mordidas. Y al abrirlos, el extraño ser alado seguía allí.
Retrocedí hasta chocar de espaldas con mi puerta. Estaba asustada. Demasiado. El vaho revelaba mi respiración acelerada. Si era un ladrón, un drogadicto, un criminal, un violador, un asesino… Si fuera algún pedazo de basura humana podría saber cómo actuar, he lidiado con todo, pero él era algo fuera de este mundo, desconocido, inesperado. Se acercaba gesticulando debido al dolor, rogando compasión de mi parte. Casi pisó el cigarrillo, lo notó en el suelo y lo recogió.
—¿Eh? Si esto es lo que creo, te cuento que esto te puede matar…
—Dime que esto es una puta broma…
13 de marzo de 1096
Pasé toda la tarde en el puerto de Zemun, jugando con la niña y contándole mis anécdotas de las batallas contra los cumanos. En plena narración de cómo me deshice de cuatro en un río, mi hija me tomó de la mano, con su rostro delatándole que quería atajarse una carcajada.
—Padre, tú crees que olvidé lo mentiroso que eres…
—¡Pero… si es verdad! –La alcé y simulé una cara de sobre esfuerzo—. Uf, ¡vaya que has crecido, Gabriela, no parece que esté cargando a una niña de ocho años!
—¡Será porque tengo diez! –se burló mientras la cargaba entre mis hombros.
—¿Diez? Seguro que ya tienes un par de caballeros detrás de ti. Vos ruego un poquito de buen gusto a la hora de elegir uno…
—¿¡Pero qué cosas dices!?
En medio de las bromas, contemplamos a lo lejos un grupo de cinco tarides atravesando el manso azul del Danubio, de confección gala, acercándose a nuestro puerto. Las banderas blancas con cruces rojas pintadas que ondeaban me quitaron de cualquier duda: era la Cruzada Popular del Papa Urbano Segundo que estaba llegando para descansar, antes de continuar su marcha hasta Constantinopla.
Mi hija maravillóse de aquella postal, mas preguntó con preocupación si ellos eran malos o buenos. Entre risas le expliqué que ellos eran buenos, nuestro fallecido Rey Ladislao fue amigo cercano del Papa Urbano Segundo, impulsor de la Cruzada Popular, y probablemente nuestro nuevo rey había continuado reforzando las relaciones con el Sumo Pontífice.
Mientras nos retirábamos para volver a nuestro hogar, el viento húmedo y frío cambió de dirección de nuevo. Algo me quería decir. Otra vez. Un susurro, una advertencia. Apenas lo percibí en medio del gentío. Apenas tenía ganas de escucharlo.
Tras cenar y acostar a la niña, Fabiane y yo fuimos hasta nuestra habitación. No pensé que extrañaría tanto esa cama de pajas y piel de vaca, pero pasé los últimos años durmiendo en las condiciones más extremas: cuero fino, pilas de heno y hasta rocas. Una lágrima de emoción me salió nada más sentarme y comprobar la calidad del cuero.
En cambio, Fabiane tenía semblante serio, y tras encender un par de velas, cruzó los brazos y me preguntó:
—¿Es verdad lo de las siete chicas y dos chicos femeninos? Porque no soy buena para pillar tus bufonerías, Jozsúa.
—Claro que no, Fabiane. Ven… acércate. Y verás cuánto te extrañé.
—¿Extendiéndome la mano, caballero? Estar mucho tiempo en la capital te sirvió de algo, parece que te has vuelto un hombre de alta sangre.
—Fueron quince doncellas. No más.
—¡En serio eres un necio! –dijo sentándose en mi regazo y volviendo a acariciar mi rostro con esas manos tan suaves; sus insultos eran pronunciados tan dulcemente que solo me sacaba sonrisas.
—Pude haber estado con todas las mujeres de Moldavia y Esztergom, pero solo tengo ojos para una chica. ¿Sabes quién es?
—Cuéntame –ronroneó, besando mi cuello y acariciando mi vientre, amenazando con bajar y reclamar lo suyo.
—Se llama Aurora, la conocí en un día lluvioso en una posada, ella viajaba a Constantinopla en búsqueda de aventuras y vaya que las encontró conmigo.
Me mordió fuerte y apretujó mis más preciadas pertenencias con saña:
—¡Puerco! Si tu pequeña hija supiera cómo eres realmente, te hubiera puesto un mote más feo que el que te puso.
—¿Eh? ¿Qué mote me puso?
—No te lo diré, ¡por ser tan promiscuo!
Fabiane puso fuerza y me hizo acostar en la cama. Se levantó para retirarse su vestimenta de manera lenta, erótica, esbozando una ligera sonrisa, mirándome pícara. Esos senos insinuantes brillando a las luces de las velas, ese lunarcito en la cadera, la mata de vello púbico… Fue erección a primera vista.
Reptó ella como una tigresa, sonriente y con un brillo de lujuria en sus ojos. Pegó su cuerpo contra el mío, piel contra piel para que ese calor entre nuestros cuerpos resucitara. Cinco años. Cinco años de espera habían acabado. Me miró con picardía mientras sus manos acariciaban mi sexo oculto tras la tela gruesa del pantalón:
—¿Qué me dices, Jozsúa? ¿Se siente mejor que con esas chicas en Moldavia?
—No sé, Fabiane…
Se sentó sobre mi vientre, sus manos en mi pecho empezaron a acariciarme con fuego en sus yemas y empezó a gemir al ritmo del vaivén lento que describía su cintura. No pude aguantar mucho más, y tomándola de las manos, rogué con cara de perro degollado:
—No hay mujer en el mundo como tú.
—No sé, seguro que se los dices a todas, Jozsúa…
—Pero a ti te lo digo desde el alma, lo juro.
Y se acomodó mejor, retiró mis prendas lo suficiente para que mi sexo saliera de su encierro. Su rostro se envició, se mordió los labios y cerró los ojos mientras sentía cómo mi venosa hombría se abría paso en su húmeda gruta. Se sujetó de mis hombros, inclinándose para enterrar su lengua en mi boca para resucitar recuerdos y ese calorcito excitante que nace en el vientre.
A escasa  distancia nuestra pequeña dormía y debíamos poner más empeño en no dejarnos llevar demasiado por el placer, pero el deseo hervía demasiado. Ella no aguantó más, y a modo de callarse los gritos de placer, ladeó su rostro y me mordió el cuello con una fuerza demencial.
Y un frío y húmedo viento se sintió repentinamente, enredándose entre nuestros cuerpos, parecía querer amansar el fuego que habíamos despertado. Quería separarme de ella, advertirme de nuevo, susurrarme un aviso, pero pronto comprendió que era tarea imposible…  y el aire se entibió.
El ritmo aumentaba, sus chupadas al cuello también, su ronroneo, el aire tibio, su sudor, mis gemidos y el fuego en mis manos. Ella aceleró su vaivén, su interior parecía estimularme para que sacara todo lo que tenía guardado. Aguanté hasta que Fabiane se llegó, gimiendo y arañándome el hombro. Mis cinco años de espera, por fin, habían encontrado su cuna.
Y acostados, abrazados bajo la manta y bañados por las luces bailantes de las velas, nos pasamos el resto de la noche acariciándonos y recordando nuestros tiempos de jóvenes enamorados.
Mas la alegría no duró mucho; alguien golpeó la puerta de la entrada de la casa de manera violenta. Me hizo saltar del susto, cosa que le molestó también a Fabiane pues estábamos en intimidad. Me repuse y me vestí con cabreo para ver quién era.
Al abrir la puerta de la entrada quedé demasiado extrañado:
—¿¡Eres tú, Endré!? ¿Pero qué haces aquí?
—¡Jozsúa, los cruzados! ¡Los cruzados están atacando el puerto!
—¿Qué dices? ¿No habrás bebido demasiada aguamiel, jala-barbas?
—¡La verdad es que estoy hasta la médula de aguamiel, mierda! ¿Pero ves mi cara, Jozsúa? ¡Esta no es mi cara de broma!
No tenía sentido. Pero yo conocía ese flacucho rostro de mi amigo y efectivamente no estaba bufoneando.
—Endré… Tu armadura está en el establo.
—En-entendido, Jozsúa…
Volví para hacerme con mis armas. Fabiane ya estaba vistiéndose y, al verme entrar en la habitación, me preguntó con nerviosismo:
—¿Es verdad que nos están atacando?
—Fabiane… busca a la niña. Huyan en el carruaje, diríjanse a Singidúnum para protegerse y advertir a la guardia.
—Pero, ¿me vas a decir qué vas a hacer tú?
—Apúrate –ordené poniéndome la cota de malla. Ella no parecía entenderme, o no quería. Lagrimeó un poco mientras se arrodillaba frente a mí.
—¿Y tú, querido? ¿Qué harás con Endré? ¿Van a acompañarnos, no es así?
Al terminar de atarme las botas, me levanté y la miré. Yo lo sabía, el viento me lo dijo. Como soldado del Reino de Hungría tenía obligaciones que asumir con valor. Mostré porte y determinación, no me dejé ganar por la situación. Los héroes no nos quebramos en lágrimas. Nos quebramos en sangre.
—Fabiane, en Moldavia no estuve con nadie. Me la sacudí durante cinco años, mi amor, ¿ves qué ridículo suena? Pero es la verdad.
—Idiota, nunca dudé de ti. Ahora dime, ¿¡por qué no huyes con nosotras!?
—Llegaron en cinco tarides. Muy pocos, probablemente al amanecer lleguen más, pero esta tardecita eran cinco tarides las que calaron. Esos son al menos doscientos cruzados, ¡y aquí no habrá ni cincuenta soldados! Tengo que quedarme.
—Regresa con nosotras, Jozsúa, cuando todo acabe.
Me reí de tamaña ocurrencia. No iba a regresar, pero supongo que quise darle ese empujoncito que necesitaba para largarse de nuestra casa. Salimos afuera con nuestra hija cargada y durmiendo en mis brazos. Allí, en medio de la arenosa calle, Fabiane se encargó de ceñir mejor mi crespina, así como de ajustar el cinturón que portaba mi espada. Con ríos corriéndole en las mejillas, sacudió el polvo acumulado en la tela de lino, hacia el pecho, en donde estaba dibujado el símbolo del Reino de Hungría.
 —Blanco radiante como aquella vez que te fuiste –dijo con voz rota, mientras le depositaba a mi hija en sus brazos—. ¿Sabes el mote que te puso ella cuando partiste? Al verte engalanado en tu ropaje blanco, dijo que le parecías un ángel.
—Un ángel, eso está bien. Por favor no continúes…
—Me dijo entre llantos que ojalá cayeras del cielo cuanto antes, para volver de nuevo a Zemun, con nosotras. Y te puso ese mote… ¿Cómo era?
Y me quebré, no pude contener las lágrimas. Con los labios temblándome la abracé por última vez, mientras, repentinamente entre los dos, la pequeña mano de mi hija me acarició el mentón. Suave piel como la de su madre, consoladora como la de un ángel. Mostrando una templanza inaudita, pareció comprender la situación que se cernía sobre nosotros. Y mirándome a los ojos, susurró:
—Ve, padre, estaremos esperándote. Vas a volver con nosotras pronto, sé que volverás a caer…como Ícaro.
29 de octubre de 2016
Tenía unas terribles ganas de encender un cigarrillo pero mi mechero estaba definitivamente perdido. Y vaya que, tras los sucesos acaecidos en mi departamento, necesitaba fumarme al menos uno más.
Me encontraba sentada en mi mullido sillón de la sala, viéndole al cabrón durmiendo sobre sus alas en el sofá, tratando de averiguar si lo que veían mis ojos era una ilusión o en realidad se trataba de un ángel caído del cielo.
Llamar a la comisaría o a algún colega no era opción válida. Lo último que necesitaban ellos en pleno ajetreo era sospechar que su compañera estaba como una puta cabra. Independientemente del desarrollo que tuviera esa noche en adelante, concluí que debía ingeniármelas por mi cuenta.
Me levanté despacio y me acerqué a él, o mejor dicho, me acerqué a esas alas gruesas y de color blanco fuerte. Lo palpé con una curiosidad inusitada, deteniéndome concienzudamente en las plumas pequeñas que estaban protegidas por las plumas cobertoras… Forcé una, dos, tres veces y finalmente di un tirón para arrancar una pequeñita.
—¡¿Pero qué te pasa, mujer?!
—¿Te dolió?
—Estaba durmiendo, ¡necia!
—Lo siento. ¿Sabes?, para ser un ángel eres bastante grosero.
—Déjame dormir…
—¡No! Destruiste mi balcón y te hice una maldita curación, me debes una explicación.
—La muy puta me lo arrancó como si… Bien, bien, pregúntame. Y que corra el aire, ¿eh? Aléjate de las alas.
—¿Tienes nombre?
—Ícaro. ¿Y tú?
—Ámbar. Soy Ámbar López, Delegación Policial Federal de Uruguay, y próxima paciente del manicomio más cercano –me senté de nuevo en mi sillón y traté de sonar lo más seria posible, pues poco serio ya me parecía estar charlando con un hombre con alas—. Dime, Ícaro, ¿de dónde vienes?
—¿De dónde más? De arriba. ¿Ahora vas a dejarme dormir?
—¡No! ¿Por qué viniste justamente hoy? ¿Tú conoces a Sofía?
—¿Quién es Sofía? ¡Caí aquí por coincidencia!
Suspiré decepcionada. Tenía una ligera esperanza de que aquel ser tal vez, solo tal vez, podría saber algo sobre mi adorada niña.
—No importa. Ícaro, ¿no te estarán echando de menos allá de donde vienes?
—Lo dudo. Cuando desperté, alguien quiso matarme. Pero al infeliz no le salió el plan como quiso.
—Mierda, ¿por qué alguien te querría matar?
—No lo sé. Recuerdo perfectamente que un viento frío y húmedo me despertó. Similar al que sientes cuando estás cerca del mar… ¿Raro, no? Parecía decirme algo al oído: “Despierta. Esquiva”. Cuando abrí los ojos, vi la punta de una espada queriéndose enterrar en mi pecho…
—No me jodas, ¿y qué pasó?
—Pues esquivé. La espada se enterró en la dura tierra y aproveché para levantarme. Contemplé al enemigo, él tenía alas en la espalda… como un ángel. Mas no me dejé impresionar, le di una patada tan fuerte en la cara que se quedó inconsciente. Si fuera por mí, cogía su espada y lo mataba, pero estaba bien enterrada.
Sin dejar de prestar atención, me levanté del asiento y fui en búsqueda de mi botella de vodka del minibar. Corté una rodaja de limón y volví con ambos en mano.
—Pero… Ámbar, noté que yo también tenía alas. No podía ser, yo era humano y juraría que morí en batalla. ¿Dónde estaban mis compañeros de espada? ¿Qué hacía yo allí? ¡Por San Ladislao, ahora tengo un par de alas!
—Red Bull –respondí cargando una copa.
—¿Qué? Bueno, frente a mí se extendía un desierto grisáceo e infinito. Me giré y contemplé un mar oscuro y enorme. ¡Todo el lugar carecía de color! Como fuera, decidí cruzar el mar… lamentablemente no soy bueno usando estas alas, como habrás comprobado. Caí en esa agua oscura… y segundos después, ya estaba atravesando tus cielos.
—A ver –dije tragando un chupito, matando el gusto con el limón—. Ugh, diossss… Así que eras un hombre que murió en una época en donde se batallaba con espadas pero que despertó convertido en un ángel en… ¿en dónde? ¿Un lugar muerto, oscuro e incoloro? ¿Como el Limbo? ¡JA!
—No me has creído ni una sola palabra, ¿no es así? … Y para colmo me arrancaste una pluma con toda la saña…  ¿Estás contenta? Déjame dormir.
La luz de la sala se fue. Otra puta vez. Ícaro se levantó del sofá rápidamente y yo me asusté al oír de nuevo ese silbido similar a un avión cayéndose.
—Madre mía, me tomé un solo chupito y ya viene otro…
—Quédate allí, Ámbar.
Un ruido estruendoso se oyó proveniente de afuera y posteriormente un fuerte viento reventó lo que quedó de mi ventanal, haciendo que los vidrios se esparcieran por todo el lugar. Me oculté rápidamente tras el sillón tratando de calcular cuánto de mi depósito de garantía se estaba esfumando.
Al tranquilizarse el ambiente, asomé la cabeza y contemplé el balcón. Las cortinas que lo cubrían se habían desgarrado. Mis libros, cachivaches y discos estaban desperdigados. Pero sentí un nudo en la garganta cuando vi a otro ser parecido a Ícaro, parado firme tras el ventanal, con una extraña espada de hoja zigzagueante en mano y la mirada de poco amigos.
—¿Quién es? –susurré.
—¿Te… acuerdas del ángel que quiso matarme?
—Oh, dios, no debí tomar esa tequila…
—Quédate allí, Ámbar.
—¡No! Tú estás herido, yo tengo un arma, apártate un poco, Ícaro.
—¡No, no te metas!
No le hice caso. Me asomé y busqué mi automática en la funda del cinturón. Uno, dos, tres veces y no la encontraba. Hasta que me acordé que la dejé en el puto coche. Volví tras el sillón y me fijé en mi radio policial: no encendía. El móvil: más de lo mismo. Suspiré de impotencia, traté de pensar en algo que me pudiera ayudar… Y vi en el suelo el maldito mechero…
—Huye mientras puedas, Ámbar, lo voy a atajar… ¿Eh?
Una ola de fuego bañó al enemigo y lo hizo retroceder varios pasos. Ícaro quedó con los ojos abiertos como platos, se giró y me preguntó qué clase de magia había utilizado para atacarlo.
—Molotov… Hice una puta bomba Molotov con la botella de tequila, Ícaro…
—¿Molo-qué?
Pero el ser se había protegido del ataque con sus alas, y sacudiéndoselas fuertemente, se deshizo del fuego y los restos de la botella. Entró en la sala con la mirada enviciada y preparando la espada, extendiendo sus alas de manera amenazante. Ícaro respondió de la misma forma. Y yo… Yo volví a agarrar otra botella de tequila mientras me decía que ya me había vuelto loca de remate…
13 de marzo de 1096
Éramos siete soldados, dos arqueros más al fondo, cuatro soldados retirados y una treintena de pescadores quienes los esperábamos mientras todas las mujeres huían con los niños para advertir a la ciudad vecina de Singidúnum. Nos plantamos firmes, con el insoportable frío entrando en la piel, expelíamos vaho, mirándolos venir con sus lanzas, espadas y antorchas. Endré estaba a mi lado, tan nervioso como yo. Se agitó un poco antes de sacar su espada del cinturón, y mirando el ejército que se acercaba desde el puerto, cortó el silencio que se cernía sobre nuestro reducido grupo:
—¿Te acuerdas, Jozsúa, de Moldavia? Esa noche sin luna…
—Cómo olvidar. Once cumanos contra dos húngaros. Pensaron que éramos presa fácil, pero la noche era muy oscura, ¿verdad, Endré?
—¡Ja! Maté a siete, ¿recuerdas cómo quedó el último, con su cabeza en la pica? Así, boquiabierto. Nunca vio un hombre tan veloz como yo.
—¿Pero qué mierda dices? Solo te cargaste a cinco, rematé a dos que te estaban acechando mientras te quejabas del golpe en la rodilla…
—No, no, no, eran siete… Las quejas las hice adrede, sabía que tú estabas detrás de ellos.
—¿Y cuántos son ahora?
—¡Ja, Jozsúa, vienen tantos que ni siquiera puedo contarlos!
—Vamos a aguantarlos, ¿sí? Cada segundo cuenta, Endré. Hazlo por las mujeres.
—No tienes que decírmelo. Además, estos ni se comparan con los cumanos de aquella vez. ¿Qué dices, apostamos? A que los contenemos quince minutos.
—Sube a media hora. El que cae primero que vaya preparando la cena en el paraíso para el resto del grupo.
—¡Eso es! Y no cocinéis pescado, por el amor de San Ladislao, odio el pescado… Cerdo, sí, eso estaría muy bien…
—Fue un placer pelear a tu lado, Endré: “Relámpago”. Estos cinco años no pude haber pedido mejor compañero.
—Lo mismo digo, Jozsúa. ¿Qué apodo te puedo poner? No soy bueno con los motes, maldita sea…
—Serás idiota, Endré.
Empuñé la espada y preparé el escudo. El viento me llamaba. Me decía al oído: “Esquiva”. Les mostré los dientes a todos esos hijos de putas. Aquella sensación de estar volviendo a esos cinco años de guerra infestó mi cuerpo y tensó mis músculos. Aguantar hasta morir, nunca tuve las cosas tan claras en mi vida: en el río Temes maté a los enemigos en nombre de la religión, y tuve dudas. En Orsova maté a los enemigos en nombre del Reino de Hungría, y sentía que algo estaba mal. Pero ahora enterraría mi espada en aquellos hombres para proteger a mi mujer y mi hija, y por Dios, nunca he tenido las cosas tan claras en mi vida. Moriría cerca del río Danubio, aquel testigo de mi vida sería mi última morada.
—¿Un mote para mí? “Ícaro”… Llámame “Ícaro”.
29 de octubre de 2016
 
La luz azulada de la luna bañaba toda mi destrozada cocina. Parecía que había pasado un tornado, todo estaba desperdigado, roto y quemado. Adiós a mi depósito de garantía. Algunas plumas revoloteaban a nuestro alrededor como si quisieran desfilar para nosotros a modo de despedida. Ícaro y yo estábamos arrodillados, él delante de mí como queriendo protegerme de aquella espada de hoja zigzagueante que portaba el enemigo. Muy para nuestra mala fortuna, el arma nos había atravesado a los dos.
¿Era así como terminaba mi historia? No hubo balas, no hubo drogadictos ni mafiosos brasileros. Ni siquiera mi preferida: estamparme contra el coche de algún narcotraficante famoso en pleno centro de la capital y morir sacándole el dedo del medio con una sonrisa ensangrentada. No, nada de eso, mi historia terminaría con una maldita espada en medio de una pelea de ángeles acaecida en mi departamento. No es lo que esperaba, pero parecía una forma bastante original de abandonar el mundo.
El ángel enemigo nos observaba con un odio profundo en los ojos; herido estaba, pero nosotros peor. Mientras él se reponía en el fondo de la sala, abracé por detrás a Ícaro, haciéndome espacio entre sus alas.
—¿Sabes a dónde vamos, Ícaro? Cuando muramos…
—Perdón, Ámbar, pero no tengo idea…
Uno, dos, tres. Y lloré amargamente desnudándole mi verdad:
—¿Sabías, ángel, que mi hija solo tenía tres por ciento de posibilidad de sobrevivir a su operación? Antes de ingresar al quirófano, me sujetó de la mano y me preguntó con ese pequeño rostro repleto de tubos si volveríamos a vernos.
—¿Estaba enferma tu niña?
—Osteosarcoma. Tres por ciento de posibilidades. Ícaro, en qué mundo de mierda hemos venido a parar…
—Lamento oírlo, Ámbar…
Tosí, un hilo de sangre corrió de mi boca hasta mi mentón: —Mierda, ángel, pero no lamentes nada. Nunca la adrenalina se disparó tanto como esta noche. La pasé de puta madre, ¿sabes?
—Tienes…tienes un concepto raro de “pasarlo de puta madre”, Ámbar.
—Cuando nos vayamos, por favor, llévame con ella, Ícaro, llévame con mi Sofía.
—¿Cómo voy a hacerlo? ¡Bah! Trataré…  Oye, tengo que reconocerlo, eres muy brava… Si hubieras estado conmigo en Zemun, tal vez hubiera aguantado un poco más.
—Bueno, tú no lo hiciste nada mal para pelear con un brazo herido.
—Por cierto, Ámbar… ¿Qué es ese olor tan raro? ¿Y ese silbido? Proviene de allí –dijo mirando la bombona de butano de mi cocina.
Aquel extraño enemigo recogió su espada del suelo y se acercó para rematarnos. Lo que ese cabrón no sabía era que lo estaba atrayendo hasta la cocina por una razón. Mientras tiritaba por el frío y porque mi vida se escurría, logré responder con mi sonrisa ensangrentada:
—Gas.
Y cerrando los ojos, encendí el mechero. El enemigo jamás vio venir el fuego que se expandió sin piedad. La cocina se iluminó, la estructura del techo cedió y cayó sobre los tres, los tímpanos reventaron, los ojos se cegaron y pronto la negrura se apoderó de todo el lugar.
“Sofía, voy junto a ti”.
20 de marzo de 1098
El sol se asomaba sobre el azul infinito del río Danubio. Cerca de la ribera, pisando el gramado, una niña corría presurosa. Su madre se encontraba más al fondo, sentada en las escalerillas de la entrada de una humilde casa, observándola jugar. Varios años pasaron desde el inesperado ataque de los cruzados contra el pueblo de Zemun, y las heridas y recuerdos dolorosos parecían cerrarse poco a poco.
La joven levantó la mirada al cielo. Y ella juraría que, entre un grupo de nubes, algo se asomó y las arremolinó. Muy a lo alto. Muy a lo lejos. Rápido, incisivo. Sintió el frío y húmedo viento del Danubio en su rostro, como si quisiera susurrarle algo al oído. Sintió el aire enroscarse entre sus dedos como si alguien quisiera consolarla.
—Volviste, Ícaro –susurró para sí.
Y sonrió.
LEGIÓN: ÍCARO