LAS REVISTAS DE MI PRIMO (parte 4/4):

Esa noche me costó dormirme. Estaba muy inquieta por los intensos acontecimientos de la jornada, eso era lógico y también por los que estaban por venir. Pero, en el fondo, lo que me mantenía desvelada era el saber que, muy posiblemente, estaba haciéndole daño a Clara.

Estuve dándole vueltas al coco hasta las tantas, mucho después de que mi prima se durmiera abrazada a mí. Me sentía mal por lo que estaba pasando, porque ella tenía razón. Por primera vez en mi vida, estaba excluyéndola de lo que me pasaba.

Clara se levantó antes que yo, como casi siempre y, aunque desperté cuando se levantó dejándome en su lecho, volví a quedarme dormida de inmediato, remoloneando un rato más.

Cuando por fin despabilé, todo lo sucedido el día anterior seguía fresco en mi mente, por lo que el malestar y la inquietud persistían.

Sí, ya sé que era normal estar nerviosa, al fin y al cabo, estaba decidida a entregar mi virginidad esa misma tarde; pero no era eso lo que me molestaba.

Sentada en la cama, con la mirada perdida, sentía remordimientos por cómo me había comportado con mi prima. La pobre iba a pasar un día muy malo. Por un momento, me la imaginé horas más tarde, sentada en el salón con sus libros, sin duda pensando en lo que estaríamos haciendo su hermano y yo en la intimidad del dormitorio. No estaba bien.

Levanté los ojos y vi la revista que tomé prestada el día anterior del cuarto de Diego, olvidada por completo encima de mi cama. Me incorporé y la cogí, procediendo a hojearla sin mucha curiosidad. El porno ya no me impresionaba, había superado la novedad del momento; las fotos ya no me turbaban.

– Y pensar que fuiste tú la que empezó todo esto – le dije a la revista en la soledad del dormitorio, antes de arrojarla a un lado.

Un rato después, bajé a reunirme con mi prima. Tras tomar un ligero desayuno en la cocina, salí al patio donde ya estaba ella tomando el sol como todos los días. Parecía estar como siempre, saludándome con una sonrisa, pero mi intuición me decía que estaba fingiendo.

– Por fin ha llegado el gran día, ¿eh? – me dijo mientras ocupaba mi sitio en mi hamaca.

– Ehh… Sí… Supongo… – asentí.

– ¿Estás nerviosa?

– Un poco.

– Tranquila. Seguro que todo va bien. Diego cuidará de ti.

Ella no lo decía abiertamente, pero yo percibía el dolor latente en sus palabras.

– Además – continuó Clara – Nadie va a molestaros. He estado hablando con mamá y, por lo visto, hoy tienen que hacer inventario. Así que no vendrá a comer. Tenéis toda la tarde para vosotros.

– Oh, vale.

No tenía sentido, pero aquello hizo que me sintiese todavía más inquieta. El saber que tía Jimena no iba a estar y que íbamos a disponer de toda la casa para nosotros, sin estorbos, hacía que la situación fuese… más real. Como si ya no hubiese marcha atrás.

Justo entonces llegó Diego, poniendo punto y final a mis elucubraciones. En cuanto nuestros ojos se encontraron, me entró un corte que te mueres y sentí que mis mejillas se encendían. Dándose cuenta de mi estado de ánimo, mi primo optó por dejarme tranquila y, tras dedicarme un tímido saludo, se tumbó junto a su hermana a charlar con toda la pachorra del mundo sobre los estudios.

Enseguida noté que Clara estaba bastante envarada e incómoda con la situación, pero su hermano no parecía darse cuenta. Supongo que, en ese momento, a pesar de estar de charla con su hermana, la mente de Diego estaba fija en mí, así que no notó nada extraño en el comportamiento de mi prima, a pesar de que ésta se veía nerviosa y distraída.

Yo, que era la única de los tres que era consciente de todo lo que estaba pasando y de los secretos de unos y otros, me di cuenta de que, si seguía dándole vueltas al coco, iba a terminar por volverme loca. O peor aún, a acobardarme y echarme atrás.

Y de eso nada. Estaba más que decidida a dejar de ser virgen. Tendría mis dudas, pero la excitación del día anterior seguía bien presente.

Para borrar de un plumazo los problemas, me arrojé de cabeza a la piscina con más bien poco arte, dándome un buen barrigazo. No me importó mucho, aunque desde fuera se oían las carcajadas de mis primos, burlándose del porrazo que me acababa de pegar.

La verdad es que fue mejor así, pues con aquello logré relajar la tensión del ambiente. Clara pronto se reunió en el agua conmigo, bromeando sobre lo roja que debía de tener la panza. Diego, en cambio, se quedó fuera, creo que para no estar demasiado cerca de mí. Supongo que también se sentía nervioso.

Nos bañamos juntas un buen rato, cuchicheando entre nosotras, aunque, en contra de lo esperado, Clara no hizo alusión alguna a lo que iba a pasar por la tarde; ni siquiera para burlarse, hecho bastante significativo, que reflejaba la procesión que iba por dentro de mi prima.

Seguimos así el resto de la mañana, intercalando chapuzones con periodos al sol, como solíamos, pero no había que ser un lince para percibir que el ambiente no era el de siempre. Algo se cocía en el aire.

El almuerzo fue igual, todos fingiendo sentirnos animados mientras, en realidad, nuestras mentes vagaban por otros lugares. Diego seguía intentando charlar con su hermana, supongo que para evitar que me pusiera nerviosa, sin darse cuenta para nada del estado de ánimo de Clara.

Ni que decir tiene que el almuerzo se me hizo eterno. Ni tampoco que me sentía cada vez más alterada.

Por fin, la comida terminó y sentí cómo un nudo se me formaba en la garganta. Me estaba acojonando, lo reconozco y empezaba a sentir miedo por lo que iba a pasar a continuación. El día anterior había estado tan excitada que no me lo hubiera pensado ni un instante en dejar que mi primo me tomara, pero, en ese momento, empezaba a tener mis dudas.

Y no sólo por mí, sino también por Clara, que parecía haber enmudecido. Sin decir nada, recogió la mesa y llevó los platos a la cocina, desde donde se podía escuchar el grifo abierto, señal inequívoca de que estaba haciendo mi trabajo.

Diego, por su parte, como tío que era, se mostraba cada vez más expectante y deseoso de que la hora “X” llegara ya, por lo que no era muy consciente de lo que acontecía a su alrededor, así que no se había dado cuenta del extraño comportamiento de Clara.

Se notaba que se moría de ganas de que subiéramos a su cuarto, pero, no queriendo presionarme, no decía nada, limitándose a mirarme con una sonrisilla nerviosa en los labios.

Le miré y le sonreí, tratando de demostrarle que seguía decidida a hacerlo con él. Al verlo, su rostro se iluminó de contento, lo que tuvo la virtud de tranquilizarme.

Sí, seguía deseándole y decidida a que mi primera vez fuese con él. Lo sentía mucho por Clara, pero, si se sentía incómoda con aquello, era problema suyo.

– ¿Por qué no me esperas en tu cuarto? – dije por fin – Yo subo enseguida. Voy a echarle algún cuento a Clara y a asegurarme que se pone a estudiar.

– Buena idea. No sé qué pasaría si se entera de lo que estamos haciendo – dijo él con seriedad.

No pude evitar reírme. Pobrecillo. A pesar de ser el mayor, era tan inocentón…

Disimulando a duras penas la expectación, Diego me dio un tierno beso en los labios (con un ojo puesto en la puerta de la cocina, eso sí) y salió disparado escaleras arriba. En otras circunstancias me hubiera reído de verlo tan emocionado, pero, después de besarme, empezaba a sentirme igual.

Finalmente, armándome de valor, entré a la cocina, encontrándome con que Clara prácticamente había terminado con los platos.

– Eso es tarea mía – dije, más que nada por romper el hielo.

– Da igual. Total, sólo tres platos.

– Bueno, pues gracias.

– De nada.

Silencio sepulcral. Las dos sabíamos perfectamente en qué estaba pensando la otra.

– Llegó la hora, ¿no? – dijo Clara volviéndose hacia mí, pero sin mirarme directamente a los ojos.

– Sí.

– Bueno. Pues pásalo bien. Ya me contarás cómo te ha ido.

Nuevo silencio incómodo.

– ¿Seguro que esto te parece bien? – dije, hablando yo la primera esta vez.

– No del todo – admitió ella – Pero es verdad lo que dijiste. No hay diferencia entre que lo hagas con él o conmigo. Reconozco que me siento un poco… excluida. Pero son tonterías mías. Ya se me pasará.

– Clara yo…

Y entonces, imitando a su hermano, Clara se acercó lentamente y me dio un tenue beso en los labios, para, a continuación, silenciarlos con un dedo.

– Da igual, Paula, en serio. No pasa nada. Sube y pásalo bien. Recuerda que luego quiero detalles – dijo sonriendo.

Pero no era su sonrisa de siempre.

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Minutos después, me encontraba de pie en silencio frente a la puerta cerrada del cuarto de Diego. Sentía un nudo de excitación en las tripas, nerviosa y expectante por lo que iba a pasar y, al mismo tiempo, notaba cierta desazón, una sensación de estar traicionando a mi prima que me incomodaba.

Cerré los ojos y me forcé a pensar en Diego. Sus ojos, sus labios, sus manos… y sobre todo, sí, su sexo. Traté de recordar su dureza, su vigor su calor… y estaría así por mí.

Comprendí que, a pesar de todo, seguía deseando que aquello pasara.

Tragué saliva y abrí los ojos, llamando quedamente con los nudillos a continuación. Yo esperaba que, como todos los días, la voz de Diego respondiera invitándome a pasar pero, esta vez, mi primo me sorprendió abriendo rápidamente él mismo, poniendo de manifiesto su propia impaciencia.

– Has venido – dijo casi sorprendido, como si no acabara de creerse que aquello estuviera pasando.

En cuanto le vi, allí de pié en el umbral de su puerta, mis dudas desaparecieron como por ensalmo. Sin decir nada, me precipité entre sus brazos, dejándole que me abrazara y me estrechara contra su pecho. Cuando sus labios buscaron los míos con pasión, yo le correspondí con entusiasmo, borrando todos mis temores de un plumazo. Sí, estaba justo donde deseaba estar.

Ni siquiera me di cuenta de cómo Diego cerraba la puerta ni de cómo me transportaba por el cuarto hasta quedar sentados en su cama, sin dejar de besarnos ni un instante. No tardamos ni un segundo en tumbarnos, de costado, nuestros cuerpos bien pegados, sintiendo cómo nuestros corazones latían al unísono.

Diego se mostraba cariñoso y atento, acariciándome suavemente el cabello, el cuello y la espalda, sin llevar sus caricias a territorios más delicados, sin prisas, haciéndome sentir que Clara tenía razón: Diego iba a tratarme bien.

De todas formas, aunque sus caricias fueran relativamente castas, el pobre no podía disimular su naturaleza masculina, que pronto se hizo evidente contra mi cadera. Quizás un poco avergonzado, Diego echó hacia atrás un poco el trasero, para evitar que su bulto se apretara contra mí, pero yo, cada vez más a tono, lo impedí siendo yo la que se pegaba, frotando cada vez más lujuriosamente mi pierna contra él, hasta lograr que empezara a gemir de excitación y deseo contra mis labios.

Finalmente dejó de besarme, clavando sus ojos en los míos. Creo que fue en ese momento cuando más irresistiblemente guapo le encontré, mientras me miraba fijamente en silencio, tratando de adivinar si yo estaba donde realmente quería estar.

– Eres preciosa – me dijo con sencillez, haciéndome ruborizar.

– Gracias – respondí – Tú tampoco estás mal.

Volvió a besarme.

– ¿Estás segura de esto? Mira que, si seguimos, no creo que sea capaz de parar.

– Segura del todo – respondí con firmeza – No se me ocurre nadie mejor para mi primera vez.

– Vale – dijo él – Te juro que te trataré bien, lo haremos despacito y con cuidado. Si algo va mal me lo dices, ¿de acuerdo? Eso sí, hay que procurar no hacer ruido, que Clara está hoy sola y, con la casa tan silenciosa, podría escucharnos.

Otra vez experimenté la desazón al acordarme de Clara.

– Procuraré no chillar mucho – respondí, haciéndole sonreír.

– ¿Nos desnudamos? – dijo él tras un instante de titubeo.

– Tú primero – respondí con picardía.

Encogiéndose de hombros, Diego aceptó mi sugerencia y se puso en pié. En menos de un segundo se quitó la camiseta y, sin muchas más ceremonias, se libró igualmente de las bermudas, quedando frente a mí como Dios lo trajo al mundo. Bueno, como Dios lo trajo al mundo no, pues, supongo que, cuando nació, el crío no vendría con la picha tiesa.

– No la tienes dura del todo – dije sin cortarme un pelo, al notar que su miembro, si bien bastante erecto, no parecía un cohete a punto de despegar como el día anterior.

– Espera un poco – dijo él – Es que está esperando verte desnuda a ti. Es muy listo mi amigo.

– Sí que lo es – respondí sonriendo.

Y, no haciéndome de rogar, me libré de la camiseta, quedando sentada en bikini sobre el colchón, la espalda apoyada en la pared. Sentí la mirada de Diego recorriendo mi cuerpo de la cabeza a los pies, admirándolo, lo que provocó que un escalofrío me atravesara. Me sentí deseada y lo cierto es que me encantó.

Queriendo ponerlo a tono y sin saber muy bien lo que hacía, no seguí desnudándome, sino que empecé a acariciar suavemente mis pechos con las manos, acariciando con los dedos mis pezones hasta ponerlos cada vez más duros, haciéndose perfectamente visibles contra la tela del bañador.

Diego no protestó por el retraso, limitándose a mirarme en silencio, sin pestañear y, efectivamente, comprobé que me había dicho la verdad cuando su polla, como por arte de magia, fue enderezándose cada vez más hasta quedar apuntando al techo.

Sonriendo halagada, llevé por fin mis manos al cierre del sostén del bikini, librándome de él con un movimiento que yo esperaba resultara sexy, manteniendo mis pechos ocultos hasta el último segundo.

– ¿Quieres verlos? – pregunté juguetona.

– Clara, por favor – gimió mi primo, apoyando una rodilla en el colchón y acercando su erección a mí, hasta ponerla a mi alcance.

En cuanto tuve su polla cerca, algo pareció apoderarse de mi mente. Olvidándome ya de taparme las tetas, alargué sin darme cuenta una mano y aferré su erección, apretándola con dulzura pero con firmeza, constatando que estaba bien dura y provocando que las rodillas de Diego temblaran, amenazando con derrumbarse sobre mí.

– Clara – gimoteó él de nuevo.

– Shisss – siseé – Déjame a mí.

La excitación había vuelto a hacer presa en mí. La timidez había desaparecido y volvía a sentirme como la tarde anterior, caliente y lasciva. Sabía perfectamente que era yo la que controlaba la situación y que, si me lo proponía, podía volver loco a mi primo, disfrutando en el proceso, por supuesto.

Pero no era esa mi intención, quería aprender, quería disfrutar y que él disfrutara, quería… follar.

Deseaba complacerle, que no olvidara aquella tarde en su cuarto en toda su vida, pero no sabía muy bien cómo, así que, sin darme cuenta siquiera, acudí a la fuente de información en materia de sexo de la que había dispuesto en los últimos días: las revistas.

Recordando cómo las chicas de las fotos solían ponerse a chupar miembros para poner a tono a sus parejas, me dispuse a repetir lo de la tarde anterior y chupársela a Diego hasta ponerle en órbita, pero él, tierno y dulce como esperaba, tenía otra idea en mente.

– No, espera, Clara – dijo, deteniéndome al comprender mis intenciones – Quiero que disfrutes tú. Déjame a mí.

En mi vida, os lo juro, en mi puñetera vida me ha vuelto a pasar algo semejante. La primera y última vez en que un chico me decía que no hacía falta que se la chupara. Podéis creerme.

Hice amago de protestar, pero me callé, entendiendo que lo mejor era dejarle a él la iniciativa, pues para eso era mi maestro. Así que, en vez de seguir por el camino de las revistas porno, me puse en sus manos.

Y qué manos, madre mía. Con delicadeza, me ayudó a recostarme en la cama y se quedó mirándome unos instantes más. Por fin, sus manos viajaron hasta mis caderas y muy suavemente, deslizaron la braguita del bikini por mis muslos, hasta dejar a su tierna primita en pelota picada sobre su cama. Sentí su mirada como fuego recorriendo mi piel y reconozco que eso me puso todavía más cachonda.

Sin darme cuenta, fui separando muy lentamente los muslos, ofreciéndole mi excitada intimidad. Cuando su mirada se posó entre mis piernas, noté cómo mi coñito sufría un espasmo.

– Creo que sí que estás lista – dijo con voz aterciopelada mi primo.

– Sí – atiné a contestar.

Para verificar su diagnóstico, Diego se inclinó sobre la cama, hundiendo el rostro entre mis muslos, haciéndome dar un respingo de excitación. Pero eso no fue nada comparado con cuando sentí sus dedos rozando con ternura en mi carnosa y empapada femineidad. Pegué tal bote que hasta me di un ligero coscorrón en la cabeza contra la pared.

– Chica – dijo él, riendo – Que te vas a romper la crisma.

Sin embargo, yo apenas escuché sus palabras, pues un extraño sonido proveniente del cuarto de al lado me había sobresaltado. Al golpear la pared, me pareció escuchar un grito y ruido de cristales rotos.

– ¿Has oído eso? – pregunté sobresaltada.

– ¿Qué? – dijo Diego, sin comprender.

Tampoco hay que pedirle peras al olmo. No tiene nada de raro que un tío no se entere de nada de lo que le rodea mientras tiene la cara entre los muslos de una chica.

– Un ruido. En el cuarto de Clara – sentencié.

Diego se puso en pié de un salto, con la angustia reflejada en el rostro. Sin embargo, ver su erección cimbreando entre sus piernas le restaba tensión al asunto.

– ¿Estás segura?

Yo respondí afirmativamente con la cabeza, mientras me incorporaba a mi vez. Diego se había puesto nerviosísimo, al pensar que su hermana nos había pillado in fraganti. Sin embargo, yo tenía muy claro que no iban por ahí los tiros.

– Espera aquí – dije simplemente, abriendo la puerta y saliendo del cuarto sin molestarme en ocultar mi desnudez.

– ¿Estás loca? – gimoteó mi primo, pero sin ser lo bastante rápido para detenerme.

Completamente decidida, abrí sin pensármelo la puerta del dormitorio de mi prima, bastante segura de lo que iba a encontrarme al otro lado.

Bueno, la verdad es que me encontré con bastante más de lo que esperaba.

Mi cama, que era la que quedaba junto a la pared que separaba ambos cuartos, estaba desplazada un buen trozo hacia el centro de la habitación. En el hueco que quedaba entre el colchón y la pared, se veía a mi prima Clara, medio atascada, forcejeando inútilmente para salir de allí, lo que era impedido por la misma cama, que había quedado atorada contra la mesita de noche.

Meneando la cabeza, decidí hacer como que aquello era lo más normal del mundo.

– ¿Se puede saber qué haces? – dije observando los infructuosos esfuerzos de Clara por escapar de la trampa – Métete debajo y arrástrate por debajo de la cama.

– ¡No puedo, idiota! – respondió ella con enfado – Está todo lleno de cristales.

Estiré el cuello y miré por el hueco, comprobando que, efectivamente, en el suelo se veían los restos de un vaso destrozado. No hacía falta ser ningún Holmes para deducir lo que había acontecido allí.

Clara, queriendo enterarse de lo que hacíamos en el cuarto su hermano y yo, había usado el viejo truco del vaso apoyado en la pared para no perderse detalle. Para su desgracia, su peso había hecho que la cama se deslizara y se había caído entre el colchón y la pared, dándose un buen porrazo y rompiendo el vaso en el proceso. Todo un cuadro.

– ¿Te has cortado? – pregunté con interés.

– ¡No lo sé! – respondió disgustada, como si aquella catástrofe fuera culpa mía.

– A ver, deja que te ayude.

Y así, en pelota picada, me arrodillé sobre mi cama e intenté ayudar a Clara a escapar de su encierro.

– ¡Ay! ¡Deja, que me he clavado un cristal! – exclamó mientras yo tironeaba infructuosamente de ella.

– Espera – resonó de repente la voz de Diego en el cuarto – Déjame a mí.

En ese momento mis ojos se encontraron con los de mi prima y vi lo increíblemente avergonzada que se sentía en ese momento. Y eso era algo que no podía permitir. Tenía que ayudarla.

Diego, muy serio (y vestido de nuevo con sus bermudas y camiseta) aferró a su hermana por las muñecas y la ayudó a salir por fin. La pobre chica no se atrevía ni a mirarnos, mientras se afanaba en colocarse bien las braguitas del bikini, prueba indiscutible de lo que había estado haciendo mientras nos espiaba.

Y luego estaba Diego, que, obviamente, había comprendido como yo lo que estaba haciendo su hermana minutos antes. Los dos se quedaron muy callados, sin atreverse ni a mirarse. Tenía que hacer algo y se me había ocurrido un plan cojonudo sobre la marcha.

– Chicos, sentaos un momento – dije cogiendo las riendas de la situación – Tenemos que hablar.

– Primero deberías vestirte, ¿no? – dijo mi primo.

– No es necesario – respondí con sencillez – Los dos me habéis visto muchas veces desnuda. Ninguno se va a sorprender.

Pero sí que lo hicieron. Mis directas palabras los dejaron simplemente atónitos. Compartía secretos con ambos, pero hablar abiertamente de ello delante del otro…

– Ya es hora de que pongamos las cartas sobre la mesa. Hay algo que tenéis que escuchar los dos. Venga, chicos, no pongáis esas caras. Me he dado cuenta de que es una tontería seguir con tanto secreto.

– ¿Pero qué…? – dijo Diego, que seguía alucinado.

– Digo que tu hermana sabe perfectamente todo lo que ha pasado entre nosotros.

Diego miró a Clara con cara de terror. Supongo que se veía en la escuela militar o algo así.

– Y no, antes de que digas nada, yo no me he chivado – mentí, aunque sólo un poco – Ella lo ha descubierto todo solita. Me pilló la revista y averiguó lo demás.

– ¿Qué? – dijo mi estupefacto primo, pensando que sus oídos le habían jugado una mala pasada.

– Que ella sabe perfectamente lo que ha pasado entre nosotros. Y que ayer fuiste a comprar condones para que hoy pudiéramos hacerlo.

Los labios de Diego dibujaron una “O” sencillamente perfecta. Su rostro estaba lívido y desencajado, aunque no dijo ni pío.

– Y en cuanto a ti – dije, volviéndome hacia Clara – Diego ya sabe que te has colado varias veces en su cuarto para mirarle el pene. De hecho, me hizo un comentario sobre que andabas bastante salida, aunque dijo que era normal, pues estabas en la edad.

Clara me miraba con una expresión curiosamente similar a la de su hermano. La información no era del todo nueva para ella, pero soltársela así, delante de su hermano…

– Y, como hemos acordado que no es justo que hubiera secretos entre nosotros, lo adecuado es que Diego también sepa lo que hemos hecho juntas las últimas noches.

– ¡Paula!

– Mira, primo. Tenías razón en todo. Tu hermana y yo estamos atravesando una fase en la que el sexo nos interesa muchísimo. Tú me has enseñado muchas cosas, pero es justo que sepas que, con tu hermana, he aprendido también bastante.

Diego miró a su hermana, los ojos muy abiertos.

– Quiero decir que las dos hemos… experimentado cosas juntas. Y, como no quiero volver a ocultarle nada a mi mejor amiga, le he contado lo que pensamos hacer hoy.

Nos quedamos todos callados un instante. Yo observaba alternativamente a los dos hermanos que, en cambio, parecían incapaces de mirarse el uno al otro.

– Así que he pensado que esta situación es una tontería. No voy a esconderme más. Diego – dije mirando a mi primo – No sé si te habrás enfadado con todo esto o si estarás alucinando al saber que tu hermana y yo nos hemos enrollado. De verdad que espero que no, porque yo, por mi parte, sigo deseando que tú seas mi primer chico.

– Paula, yo…

– Espera – le interrumpí – Déjame hablar. Lo que quiero decir es que has sido muy dulce y amable conmigo. Me has enseñado mucho y me has aclarado muchas dudas y creo que lo justo sería que hicieras lo mismo con tu hermanita. No me refiero a que os enrolléis, no, – mentí – Quiero decir que pueda acudir a ti para aclarar las dudas que tenga sobre sexo.

Diego se pasó la mano por la cara, sopesando mis palabras. Estaba tan confuso y avergonzado, que hasta me daba pena el pobre.

– Menudo follón has organizado. Pero, ¿se puede saber a qué viene toda esta historia? – intervino Clara – ¿De dónde te has sacado que voy a preguntarle a Diego cosas sobre sexo? ¿Estás majara? Yo no te he pedido…

– Sí, ya lo sé – intervine – Todo esto es cosa mía. Pero es que me dolía que pensaras que estaba dejándote de lado. Y no vayas a decirme que todo esto te da igual, ni ninguna tontería semejante, o si no explícame cómo has acabado ahí tirada.

Clara enrojeció vivamente.

– Pues, ¡ala!, ya está. Ya te he incluido en nuestra pequeña historia. Ahora el resto depende de ti. Si no quieres saber nada más, pues vale, tú misma. Pero yo no voy a tener más secretos contigo.

Volvió a hacerse el silencio.

– ¿Y qué quieres que hagamos? – preguntó de repente Diego – ¿En qué habías pensado? ¿Quieres hacerlo conmigo o con Clara?

– ¿Hacer? – dije – No tenemos que hacer nada. Tú y yo tenemos una cita y, por mi parte, todo sigue igual. Lo único que espero es que, si Clara necesita ayuda, tenga la confianza de poder acudir a ti para lo que necesite.

– Pero… eso ya lo tiene – afirmó mi primo – Clara, si alguna vez necesitas saber algo sobre sexo… o sobre lo que sea, sabes que puedes contar conmigo. No me voy a asustar.

– Va… vale – balbuceó – Gracias. Aunque no hacía falta montar este follón para decirnos eso.

– ¿Follón? ¿Qué follón? – exclamé – Si acaso, el follón lo has organizado tú – dije señalando los cristales, mientras mi prima bajaba la mirada, avergonzada.

Ninguno de los dos se atrevía a mirarme y mucho menos entre ellos. Ambos parecían estar interesadísimos en el suelo del dormitorio sin decir ni pío.

– ¿Y bien? – continué – ¿Seguimos donde lo habíamos dejado?

– Paula, yo… no sé. Con todo este lío. Quizás no sea buena idea que… – dijo Diego.

– ¿Por qué? ¿Piensas que Clara se va a ir de la lengua? Pues te aseguro que no va a decir nada…

– Podéis hacer lo que queráis – dijo mi prima – Yo me vuelvo abajo y os pido disculpas por haberos espiado. Sentía curiosidad…

– Pues, si tanta curiosidad sientes, puedes quedarte y mirar – dije con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡¿QUÉ?! – exclamaron ambos hermanos al unísono.

– Ya me habéis oído. A mí no me importa si quiere mirar. Así aprenderá cómo se hace.

Diego reaccionó como me lo esperaba. Se echó a reír.

– Se te ha ido la cabeza – dijo – ¿En serio crees que voy a ponerme a… hacerlo delante de mi hermana?

– No me digas que no te excita la idea. Venga, reconócelo, que una chica tan guapa te mire. Bien que la espiaste tú en el baño cuando se duchaba…

– ¡PAULA! – exclamó mi primo indignado.

– ¿Qué? ¿Acaso no es verdad?

Clara nos miraba con la boca abierta, sin decidirse a clavar sus ojos en mí o en su hermano. Éste, por su parte, parecía haberse quedado paralizado en el umbral de la puerta, sin acabar de creerse lo que había escuchado.

Pero a mí ya me daba todo igual, estaba embalada y no había forma de detenerme.

– Aunque, si no quieres hacerlo – continué – No pasa nada. A lo mejor tu hermana no tiene tantos remilgos.

Y lo hice. Abalanzándome sobre mi desprevenida prima, le planté un morreo de campeonato, sujetando su rostro entre mis manos mientras mi lengua se hundía en su boca.

Clara tardó un segundo en reaccionar, tratando de zafarse de mí, pero yo, sintiéndome extrañamente poderosa, no dudé ni un segundo en perder una mano entre sus muslos, acariciando lascivamente su tierno coñito por encima del bikini, constatando que mi primita seguía bastante sensible y mojada por esa parte.

– Ummfmff – gimoteó mi prima contra mis labios, sin fuerzas suficientes para librarse de mi insidiosa mano.

Ya sin duda alguna que me perturbara, me dediqué a darle placer a mi prima, deseando por supuesto que Diego disfrutara de un buen espectáculo. Tras unas cuantas sesiones lésbicas con mi prima, había empezado a descubrir qué botones le gustaban que le pulsaran a Clarita y yo me apliqué en pulsarlos concienzudamente todos.

En menos de un minuto, la tenía a punto de caramelo, gimiendo y jadeando descontrolada, sin dejar de besarme, sin importarle ya para nada que su hermano estuviera mirándonos.

Pero yo no me había olvidado en absoluto de él. De hecho, Diego era el auténtico objetivo de aquel show. Tenía que volver a calentarle y ponerle a tono para que entrara en el juego y claro, de todos es sabido que un tío no se excita en absoluto viendo a dos chicas montándoselo, ¿verdad?.

Por el rabillo del ojo, miré a Diego, que seguía allí de pié, mirándonos alucinado, con un notorio bultazo en las bermudas que mostraba bien a las claras que la idea de salir del cuarto se había borrado por completo de su mente.

Me di cuenta de que Clarita tampoco le quitaba ojo a su hermano, mirándole sin dejar de besarme. Mientras, yo seguía masturbándola con todo mi arte, con mi mano literalmente buceando en sus jugos, acariciando la delicada intimidad de mi prima, estimulando hasta el último centímetro de pulsante carne.

Clara se corrió con intensidad, prácticamente aullando contra mis labios. A pesar de la corrida que hacía bailar sus caderas, mi mano no dejó de trabajar en su entrepierna, intentado alargar lo máximo posible el éxtasis de la chica.

Diego, quizás sin darse cuenta de sus actos, había empezado a acariciarse el falo por encima de las bermudas, sin perderse detalle del show que le estábamos brindando.

Tras correrse como una burra, el cuerpo de Clara se relajó, quedando tumbada en la cama. Como yo no quería que se interrumpiera el ritmo, no me lo pensé ni un segundo e, incorporándome, aferré a Diego por la muñeca y lo conduje hasta la otra cama, que estaba libre.

– Ven – le dije simplemente, sin que al chico se le pasara por la imaginación el desobedecer – Sigamos por donde lo habíamos dejado.

Y, por si no recordaba el momento en que nos interrumpieron, me tumbé bien despatarrada sobre la cama, los muslos bien abiertos, ofreciéndole de nuevo mi cálida rajita que, a esas alturas, era un auténtico volcán en llamas.

Diego no dudó ni se resistió. A esas alturas era imposible. Sin perder un segundo, hundió su rostro entre mis piernas y, sacando la lengua, recorrió mi coñito de abajo a arriba con un sonoro lametón que me hizo gritar de puro gusto.

Había sido increíble, pero, en ese momento, yo estaba más que lista y no quería esperar más.

– Diego, por favor – gimoteé – Trae los condones. No puedo más. Te necesito ya.

Mi primo, con los ojos brillantes, no dijo nada, limitándose a ponerse en pié y salir del cuarto. Observé que, mientras salía, iba desnudándose por el camino, dejando la ropa tirada por el suelo.

– Entonces, ¿vas a hacerlo? – escuché de repente la voz de mi prima.

– Por supuesto – respondí con aplomo volviendo la vista hacia ella – Y tú no te pierdas detalle.

– Vale – dijo Clara, sonriéndome.

Yo le devolví la sonrisa.

Diego regresó de inmediato, esgrimiendo una tremenda erección. Me hizo gracia el constatar que Clarita la miraba con disimulo, pero sin quitarle ojo, muy interesada a pesar de no ser la primera vez que la veía.

Diego, bastante nervioso y acelerado, rompió la primera goma en su intento de ponérsela. Tras arrojarla al suelo con enfado, sacó un segundo condón y, con más calma, consiguió ponerle el gorrito al nene.

Mientras él llevaba a buen término las operaciones previas, yo me tumbé sobre el colchón, aprestándome para recibirle. A pesar de las ganas que tenía y lo excitado que estaba, Diego puso buen cuidado en no aplastarme con su peso al tumbarse sobre mí.

Al sentir su dureza apretándose contra mi vagina, empecé a ponerme nerviosa también, pensando si aquella cosa tan dura me haría daño o directamente me partiría en dos. Pero Diego, tal y como me esperaba, fue cariñoso y delicado.

– ¡AAAAAAHHH! – gimoteé al sentir cómo el poderoso bálano se hundía en mi interior.

Dolía. Joder si dolía. Bueno, al principio no, pero, cuando noté que ya no entraba más y Diego empujó algo más fuerte… Vaya si dolió. Noté que algo se rompía en mi interior y no pude evitar gritar de auténtico dolor.

– ¿Te duele? – preguntó mi primo preocupado, al notar cómo mi cuerpo se estremecía bajo el suyo.

– Un poco – mentí para tranquilizarle – Ve despacio.

Y él lo hizo. Controlando sus impulsos masculinos, que de seguro le exigían más, Diego se movió dentro de mí con exquisito cuidado, como si estuviera manejando la mercancía más delicada del mundo.

A pesar de sus precauciones, lo cierto es que me dolía, aunque yo intentaba disimularlo lo mejor que podía. Yo notaba cómo Diego aguantaba la respiración sobre mí, resistiéndose a sus impulsos que le impelían a moverse con mayor fuerza y rapidez, pero él se contenía, haciendo grandes esfuerzos para impedir que se desbocasen los caballos.

Le amé mucho en ese instante.

– Un poco más rápido – le susurré, más por él que por mí, pues sentía que Diego estaba aguantando como podía.

– ¿Estás segura?

Yo sólo asentí con la cabeza, con los ojos cerrados.

Diego empezó a moverse más rápido, lo que al principio me asustó un poco, sin embargo, para mi sorpresa, empecé a notar que, al hundirse en mí con mayor rapidez y a más profundidad, empezaba a sentir un calor en las entrañas la mar de agradable y, poco a poco, esa sensación iba imponiéndose al dolor.

– Uf, uf. Síi… – gimoteaba yo, sin darme cuenta siquiera.

Sin embargo, Diego sí que se dio cuenta y, al percibir que yo empezaba a disfrutar con aquello, empezó a moverse con más confianza y seguridad.

Como ya no tenía que estar tan atento a si me estaba haciendo daño, deslizó una mano entre nuestros cuerpos y empezó a acariciarme (como pudo) las tetas. Como estábamos pegados, fue muy poco lo que esa mano logró hacer, pero el simple hecho de sentirla acariciando mi carne, sirvió para estimularme todavía más.

Entonces me acordé de Clara y, abriendo los ojos, volví la cabeza hacia la otra cama, desde donde nos miraba alucinada mi primita.

Me resultó hasta cómico verla allí, pues parecía una estatua de mármol sobre la cama, sin mover un músculo, ni siquiera los párpados para pestañear, con la boca ligeramente abierta en una graciosa expresión de sorpresa.

Yo esperaba que, cachonda perdida, a esas alturas Clara se hubiera bajado de nuevo las bragas y hubiera reanudado lo que antes se había visto interrumpido por su batacazo, pero qué va, se limitaba a mirarnos fijamente, medio hipnotizada.

Queriendo que participara de todo aquello, estiré una mano hacia ella, con lo que logré atraer su atención. Muy solícita, Clara despertó de su ensueño y se movió sobre el colchón hasta aferrar mi mano, pensando que lo que yo le pedía era que me transmitiera su apoyo.

Pero no era eso. Para mí el dolor había quedado ya atrás y, en ese momento en que el placer comenzaba a llenarme, deseé que mi prima lo experimentara también. Así que, cuando sus dedos se entrelazaron con los míos, tiré suavemente de ella para atraerla hacia mí.

Clara no se resistió, acercándose a nosotros hasta quedar arrodillada entre las dos camas, su rostro muy próximo al mío. Nos miramos un instante en silencio a los ojos, mientras su hermano se movía con intensidad creciente dentro de mí y, sin pensárselo más, Clara me besó profundamente, entrelazando nuestras lenguas, mientras Diego, sorprendido y excitado al ver a su hermanita en acción, empezaba a gimotear y a estremecerse, lo que me hizo comprender que estaba a punto de eyacular.

– ¡Joder, Paula, no puedo más! Me voy a…

El pobre no pudo decir más y literalmente se deshizo dentro de mí, eyaculando una tremenda carga en mi interior. A pesar de que llevaba el condón, pude sentir perfectamente cómo su semen se derramaba en mis entrañas y, de no ser por la dichosa gomita, sin duda me habría llenado por completo.

Exhausto, Diego estuvo a punto de derrumbarse sobre mí, pero, en el último momento, se las apañó para echarse a un lado y quedar tumbado boca arriba sobre el colchón, codo con codo conmigo, mientras yo seguía besándome con su hermana.

Saciada de mis labios, Clara se apartó de mí y volvimos a mirarnos a los ojos. Ambas sonreímos. En ese instante, mi prima se dio cuenta de que Diego ya no estaba encima mío. Con interés, echó un vistazo a mi entrepierna, inspeccionando la zona.

– Has sangrado un poco – me dijo confirmando mis temores.

Aquello tuvo la virtud de espabilar a mi primo.

– ¿Estás bien? – dijo incorporándose – ¿Te he hecho daño?

– No, tonto – respondí sonriéndole con cariño – Esto es normal.

– Ya, lo sé, pero, aún así…

– Tú, tranquilo. Descansa un momento que enseguida vuelvo.

Le di un suave beso en los labios y salí de la habitación. Clara, tras unos instantes de duda, me siguió al exterior, supongo que porque le daba vergüenza permanecer con su hermano a solas.

Pensé en usar el bidet para asearme, pero, como estaba toda sudada, opté por meterme en la ducha, mientras Clara se sentaba sobre la tapa del váter para esperarme.

– Ven – le dije simplemente, estirando la mano hacia ella como había hecho minutos antes en su cuarto.

Nos abrazamos bajo el agua, dejando que el líquido resbalara sobre nuestros cuerpos. No tardamos ni un segundo en volver a besarnos, mientras nuestras manos nos acariciaban por todas partes.

– ¿Te ha dolido? – preguntó Clara por fin, cuando nos calmamos un poco.

– Al principio sí. Pero fue pasándose. Diego ha tenido mucho cuidado.

– Ya te lo dije.

– Sí. Y ahora te toca a ti.

Clara se quedó callada, mirándome unos segundos muy seria.

– Te mentiría si te dijera que no lo he pensado – respondió admitiendo por fin lo que yo ya sabía.

– Lo sé, tonta. No tienes que decir nada.

– Pero, no sé, Paula. Hacerlo con mi hermano… Que él sea mi primer chico…

– Una anécdota estupenda para contarla cuando seamos mayores.

– ¡Paula! – exclamó horrorizada mi prima, haciéndonos reír a ambas.

– Joder – dije sin parar de reírme – No lo había pensado. Nunca podré contarle la verdad a nadie sobre cómo perdí la virginidad. Tendré que inventarme algún rollo.

– Buena idea. Por ejemplo un noruego de ojos azules, como el que trabaja en el bar de la playa…

– No – dije pensativa – Mejor un piloto. Eso me pone.

Tras recuperarnos un poco, nos secamos con unas toallas. Clara seguía llevando el bikini puesto, lo que, dado lo sucedido, resultaba cuanto menos curioso.

– ¿Y qué vas a hacer? – pregunté.

– No lo sé. Ahora mismo estoy muy excitada, pero también… confusa.

– No lo hagas si no estás preparada. Pero yo… quiero más – dije con una sonrisa gatuna en los labios.

Salí de allí dejando a solas a Clara con sus pensamientos. Yo ya no podía hacer más por ella. Con rapidez, regresé al dormitorio donde aguardaba Diego y me lo encontré tumbado en mi cama, en vez de en la de Clara, donde lo habíamos hecho.

– Las sábanas se han manchado un poco – dijo al ver mi mirada de extrañeza.

– Luego las lavamos. Ahora vamos a seguir.

– ¿Seguir? – dijo él, divertido – Vaya, no habrá estado tan mal la cosa.

– Ha sido genial. Dolió un poco, pero luego empezó a gustarme. Quiero más.

– Claro, preciosa. Y yo también. Pero sólo si estás segura. Tenemos todo el verano…

– Bien segura.

Y, tras decir esto, me subí a la cama con él y, gateando seductoramente, me senté a horcajadas sobre su estómago, completamente desnuda, sintiendo cómo su cosa iba endureciéndose contra mi trasero.

– ¿Qué has hecho con el condón? – pregunté haciendo nuevamemte gala de mi inexperiencia.

– ¿Tú qué crees? Te lo quitas y haces un nudo. Está ahí en el suelo. Luego lo echaré a váter.

Me incliné para besarle, pero entonces Diego hizo la pregunta del millón.

– ¿Dónde está Clara?

– Vaya. O sea, ¿que no te basta conmigo? – pregunté juguetona, aunque en absoluto ofendida.

– No, no es eso – respondió el chico envarándose de inmediato.

– Está en el baño. Decidiendo si quiere que tú también seas su primer chico.

Diego me miró sorprendido, sin decir nada, pero en su rostro leí que la sorpresa no era tan grande como quería aparentar. Comprendí que él también había estado pensando en ello. No me molestó.

– Y ya me he decidido – escuché la voz de mi prima a mis espaldas.

Me di la vuelta y allí estaba. Clara, completamente desnuda, en el umbral de la puerta, hermosa y deseable, la piel morena por todo su cuerpo resaltando todavía más por las marcas que le había dejado el bañador.

– Estáis locas – dijo Diego sin moverse ni un ápice.

– ¿Locas? ¿Entonces por qué está así esto? – pregunté mientras frotaba el culito contra su incipiente erección.

– Por ti – dijo él.

– Ya.

Nos quedamos los tres callados un segundo. Pensé que nadie iba a atreverse a hablar, pero Clara, a esas alturas, ya había tomado una decisión.

– Diego, yo – balbuceó – Sé que eres mi hermano y todo eso, pero yo te quiero mucho y, de verdad, me gustaría que mi primera vez fuera contigo….

No puedo ni imaginarme el valor que tuvo que reunir mi prima para ser tan directa.

– He visto lo bien que has tratado a Paula y creo que me irá mejor si sucede con alguien como tú. No quisiera acabar como Manoli.

– Clara… Yo…

Decidí intervenir. Seguía bastante excitada y comprendí que, si los dejaba a su ritmo, aquello podía llevarnos toda la tarde.

– Shssss. Tú calla – dije poniéndole un dedo en los labios – Déjame a mí.

Y, ni corta ni perezosa, procedí a descabalgar a mi primo, quedando de rodillas en el colchón a su lado.

– ¿Dónde has puesto los condones? – pregunté – ¡Ah, ya los veo!

Estiré la mano y agarré la cajita que había sobre la mesilla, extrayendo una goma de su interior. Con poca habilidad, rompí el sobrecito y extraje el artefacto, sorprendiéndome por lo resbaladizo que estaba.

– ¡Leches! – exclamé – ¡Si esto está mojado!

– Es lubricante – dijo mi primo sonriendo y meneando la cabeza – A ver, trae.

– ¡No! Yo lo hago – dije con cabezonería.

Y, con toda la inexperiencia del mundo, procedí a enfundar la progresivamente creciente erección de Diego en la ajustada funda. Tres nada más me cargué. Menos mal que Diego había comprado un par de cajas de doce.

Eso sí, a Diego no debía parecerle tan mal mi inexperiencia, pues, para cuando acabé, tenía de nuevo la picha como un leño, amoratada y erecta, deseando volver a sumergirse en una acogedora rajita.

– ¡Ahora te toca a ti! – le espeté a Clara, que había estado mirando las operaciones sin decir ni mú.

Diego pareció ir a protestar de nuevo, pero yo, todavía más excitada por haber estado manipulando su instrumento, no veía la hora de que me tocara a mí, pero claro, mi prima iba primero.

– ¡Ven aquí y no me hagas perder más el tiempo! – prácticamente le ordené.

Y, para mi sorpresa, Clara obedeció de inmediato.

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Atrás habían quedado las dudas. Allí éramos dos mujeres y un hombre y lo único que teníamos en mente era… sexo.

Clara se tumbó en el colchón y Diego, con infinita ternura, repitió punto por punto los pasos que había dado conmigo. Besó a su hermana por todas partes, con timidez al principio, pero enardeciéndose progresivamente al ver cómo la chica respondía a sus caricias.

Yo estaba sentada a los pies de la cama, sin perderme detalle, envidiando un poco a Clara por ser su turno. De buena gana me habría cambiado por ella.

Casi sin darme cuenta, empecé a acariciarme, excitándome y dándome placer. Diego, con mucho cuidado, deslizó las caderas entre los muslos abiertos de su hermana, que se le ofrecían deseosos.

Clara dio un pequeño gritito cuando Diego la penetró, tensándose su cuerpo bajo el del chico, pero reaccionó enseguida rodeando su cuello con las manos y besándolo con pasión.

No sé si será impresión mía, pero creo que a Clara le dolió bastante menos que a mí, pues su hermano empezó a moverse muy pronto con fuerza y ella no se quejó en absoluto.

Estuvimos así unos minutos, con Diego moviéndose en el interior de su hermana, descubriéndole nuevos terrenos inexplorados de placer. Yo me masturbaba cada vez con más furia, caliente como una perra mientras veía a mis primos follando, sin dejar de pensar que ojalá terminaran de una vez para que fuera de nuevo mi turno.

Pero no había contado con que la resistencia humana tiene un límite, así que, cuando Diego se corrió, llenando hasta arriba un nuevo condón, cayó exhausto sobre el colchón incapaz (al menos de momento) de volver a empalmarse.

Como una hora después (y tras haber aseado también a Clara, que apenas había sangrado) nos reunimos los tres en su cuarto para charlar.

Lo hicimos allí pues nuestro dormitorio estaba recién limpiado, con sábanas nuevas y todo bien arregladito.

Ya más relajados y con la confianza de ser todos amantes, hablamos de lo sucedido. Clara admitió que se había sentido celosa de mí por mi relación con su hermano y que había descubierto de sí misma que era bastante posesiva. Diego, por su parte, reconoció que le encontraba muy atractiva y que a menudo había fantaseado con algo como aquello.

Aunque siguió jurando y perjurando que jamás se había masturbado pensando en su hermana. En cuanto a hacerlo pensando en mí… sin comentarios.

Un rato después, Diego sacó una revista de su estantería. En la portada, aparecían dos guapas señoritas, enseñando la lengua y con la cara embadurnada de.. se lo imaginan, ¿no?

– La verdad, me muero de ganas de hacer esto – dijo mi primo sonriendo.

Clara y yo correspondimos a su sonrisa.

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Y bien, esa es la historia. Imaginaos el resto. Tres jóvenes fogosos pasando un verano bajo el mismo techo. Ni que decir tiene que, en cuanto mi tía salía de casa… follábamos como conejos.

La única pega era que, a pesar de que nos moríamos de ganas, no podíamos hacerlo en la piscina, pues la vecina con la que compartíamos patio nos habría pillado. El resto del verano nuestros amigos del pueblo apenas si nos vieron el pelo.

Por qué sería.

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Pues ése es mi dilema. No sé qué hacer. ¿Dejo a Lidia que se vaya al pueblo a casa de Clara con su prima? Yoli no tiene hermanos, así que por ahí la cosa no peligra, pero sí que tiene novio y, según me cuenta su madre, creo que ya tienen sexo.

¿Dejo a mi niñita que se meta en ese berenjenal?

Bueno, qué demonios, pensándolo bien… a mí no me fue tan mal.

FIN

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