El día siguiente lo pasé entre reuniones con el consejo y entrevistas con los presos recuperados, me informaron de que el gobernador de la ciudad y varios oficiales se habían rendido y eran interrogados por el consejo.

Fui informado de que habían obtenido toda o casi toda la información del funcionamiento de las ciudades, sus tropas y administración. Lo que nos vendría muy bien en el futuro.

Pasé un momento por los almacenes que hacían de hospital, donde se encontraban encerrados en sendos barracones los esclavos y esclavas recuperadas para que no saliesen vagando por el campamento. Solo eché una ligera mirada, con la que pude apreciar que estaban todos desnudos, llevaban la cabeza rapada y en ella podía apreciarse la cicatriz de la intervención que los convertía en dóciles.

Me comunicaron que, a falta de hacer más comprobaciones, habían visto que la operación les había anulado la voluntad, pero no sus conocimientos. Al parecer, uno de los médicos, mientras comprobaba el estado de un herido, mandó que se le cambiase el vendaje, sin mirar a nadie en especial. Uno de los esclavos que estaba en una cama al lado, se puso a cumplir la orden con gran maestría, por lo que el médico impidió que lo interrumpiesen y mandó que le facilitasen material.

Al final verificaron que había hecho una cura perfecta y querían comprobar si todos podían realizar trabajos relacionados con sus antiguas profesiones. Yo los dejé con su labor y marché a comer.

En casa tenía la comida preparada, pero ni rastro de Eva. Por la tarde volví a reunirme con el consejo, donde nos interrumpió uno de los mensajeros que diariamente viajaban entre el sitio uno y sitio dos (les dimos esos nombres para identificarlos, hasta que se convirtiesen en asentamientos definitivos y les diésemos otra denominación. Mientras tanto, decidimos darles un número según el orden de reconquista).

El mensajero de sitio dos, nos informó de los problemas que se habían presentado con un grupo de esclavas. Concretamente con 19. Cuatro del harén del gobernador, cinco de las reservadas a oficiales y diez de la tropa. Al parecer las esclavas de los harenes estaban condicionadas para excitar y follar a todos los hombres que veían, sintiéndose mal, con fuertes dolores si no lo conseguía ninguna. Solamente con que el hombre eligiese a una o varias para follar, las demás se calmaban. Cuando alguna llevaba varios días siendo rechazada, le empezaban los dolores, y no se les calmaba hasta que alguien se la follaba. Eso hacía que cada vez se pusiesen más ansiosas y provocadoras.

Era una forma de tenerlas ansiosas para quien quisiera follarlas y poder hacer con ellas lo que quisiera. Nuestros hombres, la mayoría viviendo en pareja, no querían hacer nada con ellas. (O no lo querían decir). De cualquier manera, eran seis contra diecinueve.

Hubo que traerlas al campamento, donde estuvieron unos días sedadas para que, por lo menos mientras dormían, no tuviesen dolores. Para luego ser atendidas únicamente por mujeres.

Los tres días siguientes fueron iguales, reuniones, comida yo solo, más reuniones, cena solo y a dormir.

Al cuarto día, me despertó una extraña sensación en mi polla. Me había acostado de madrugada y no tenía prisa por levantarme. Una boca le estaba dedicando su atención, y lo hacía con ganas, y parecía que hasta con experiencia. No me resultó difícil imaginarme que era Eva la que lo hacía. Al final era ella la que se había rendido primero.

Seguí con los ojos cerrados, en un intento de parecer dormido, que no engañaba a nadie, entre otras cosas, porque lo hacía con gran maestría y era difícil permanecer impertérrito ante sus acciones.

Sentía su lengua recorrer mi polla desde los huevos al glande, deteniéndose en el para darle rápidos toques de lengua en el borde, meterse la punta y volver a bajar haciendo el recorrido inverso por otro lado hasta llegar de nuevo a mis huevos. Repetía el proceso con su lengua y boca, mientras su dedo recorría mi perineo con una ligera presión.

“¡Mira que es puta!, pensé. El otro día se hacía la estrecha y hoy parece una profesional”

No podía evitar mi fuerte respiración y algún que otro gemido, que hacían más increíble mi simulación de sueño, pero ella siguió recorriéndola con la lengua por todos los lados y chupando mi glande con toques de la punta para seguir lamiendo hasta tenerla toda bien ensalivaba.

Cuando estaba dispuesto a correrme otra vez en su boca, la muy puta se separó de mí, dejándome con el rabo tieso y las ganas, pero solamente fue algo temporal. Al momento noté que se subía, montándose a caballo, sobre mí y manipulaba mi polla para empalarse en ella. Supe por los roces con mi cuerpo y la posición de sus manos, que estaba dando la espalda.

No sentí los pliegues de su coño antes de entrar, mientras la apoyaba en su agujero, sino que la sensación era de dos masas carnosas que luego separaba con sus manos antes de empezar a presionar para penetrarse. Eso, unido a la estrechez del agujero por donde la estaba metiendo, me hizo deducir que no era el coño por donde entraba sino por el otro agujero cercano.

“Ni chuparla ni por el culo” Me había dicho y no solo la chupaba de maravilla, sino que le entraba por el culo despacio, pero la más mínima preparación. ¡Cómo me había engañado!

Abrí los ojos un poco, solo para ver el espectáculo, pudiendo contemplar su hermoso culo y sus redondeces. Estaba inclinada hacia adelante, por lo que veía su espalda y algo de su pelo rapado, que debía haberlo recortado recientemente.

Movía su culo arriba y abajo a buena velocidad, al tiempo que su mano, al parecer colocada sobre su coño, se movía a ritmo frenético.

Volví a cerrar los ojos para dedicar toda mi atención a sentir los movimientos que su culo hacía con mi polla, subía y bajaba, se movía adelante y atrás, era capaz de cerrar más su ano para ejercer mayor presión y todo ello me estaba llevando al camino sin retorno del orgasmo.

-Siiiiii. Me corroooooo.

Y le llené el culo de leche. Nada más salir mi primer chorro de leche, empezó a contraer y soltar su ano exprimiéndome como si me ordeñase, al tiempo que gritaba su propio orgasmo.

-AAAAAAAHHHHHH.

Durante un rato quedó plegada sobre sí misma, recuperándose de lo que tuvo que ser un intenso orgasmo. Luego quedó ligeramente incorporada, con mi polla en el culo, supongo que mientras esperaba que se me bajase la erección y se saliese.

Le di dos palmadas en el culo con suavidad, lo que le arrancó un gemido de placer. Al no seguir, se retiró de encima de mí, quedando de pie junto a la cama, mirándome. Yo la miré y…

¡No era Eva! El pelo rapado por detrás y sus formas más o menos parecidas, además de no esperar a nadie más, me habían confundido. Se trataba de una de las esclavas rescatadas. Era mayor, aunque tenía un cuerpo muy bien formado. Pechos grandes, poco caídos, caderas redondeadas sin ser gordas, culo amplio, sin depilar coño ni axilas, la cabeza con el pelo recortado corto y una cara que me resultaba conocida…

-¡Coño! ¡Si es mi madre! ¡Mamá!

Exclamé al reconocerla. No me lo podía creer. ¡Le había dado por el culo a mi madre! En mi defensa podía decir que no la había conocido, que creía que era otra persona, pero… ¡Había enculado a mi madre!

-¿Mamá? ¿Eres tú? ¿De dónde has salido? ¿Dónde has estado?

Mientras hablaba, ella se dejó caer de rodillas, con las piernas bien abiertas, la cabeza pegada al suelo y las manos apoyadas a ambos lados de la cabeza, con los dedos apuntando al frente.

-Estoy lista para el castigo, señor.

-¿Qué castigo?

-Llevo tres días sin satisfacer a los hombres y hacerles conocer el paraíso.

-Es igual, no pasa nada. Pero contéstame ¿Dónde has estado?

-¡Pero señor, me duele todo mi interior! ¡La ley dice que tiene que castigarme!

Y se puso a llorar. Fuertes espasmos sacudían su cuerpo, mientras repetía “Señor, tiene que castigarme”. Yo me quedé paralizado. No entendía nada. Por fin pregunté:

-¿Qué castigo debo aplicarte?

-Los 15 azotes, cinco por cada uno de los hombres que, como mínimo, no he llevado al paraíso cada día.

-¿y cómo debo dártelos?

-¿Tengo su permiso, señor?

-Sí, claro.

Entonces se levantó, fue hacia donde estaba mi ropa y tomó el cinturón, volvió a mi lado, se arrodilló y me lo ofreció con la mirada baja, sobre sus manos abiertas y situadas por encima de su cabeza. En cuanto lo retiré de sus manos, volvió a la postura anterior y a sus súplicas.

Doblé el cinturón por la mitad y le di un golpe en las nalgas, sin fuerza. Ella siguió con su petición y espasmos. Volví a darle otro algo más fuerte sin que se callara. Por fin, harto ya de la cantinela, le di un golpe con fuerza que dejó una marca sonrosada sobre sus nalgas y parte del muslo.

-Uno, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

Le di un segundo golpe

-Dos, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

En mis ojos hicieron aparición las lágrimas, mientras azotaba con fuerza su culo y espalda, hasta completar los 15. Al terminar, con su culo totalmente rojo y cruzado por líneas rojo intenso, se incorporó a cuatro patas y se acercó a mí para levantarse hasta mi polla, que se encontraba medio enhiesta, y besarla.

-Gracias, señor. La comida está preparada. Si lo deseas te serviré ahora.

Asentí con la cabeza y se levantó en dirección a la cocina. No me lo podía creer. Azotar el culo de mi madre y ver su color rojo, las cintas oscuras que lo cruzaban y haber vuelto a sentir su boca, me habían excitado. Volvía a tener la polla dura otra vez. Solamente se me ocurrió decir:

-Mamá…

Ella se giró y me miró. Inmediatamente vino corriendo hacia mí, con una enorme sonrisa en los labios y con cara de gran alegría, haciéndome recostar de nuevo en la cama y saltando sobre mí para metérsela polla entera en la boca. Pero no era eso lo que pretendía.

-Ponte a cuatro patas.

Ella se colocó sobre mi como le había dicho, dejando que eligiese el agujero por dónde meterla. Una gota cayó desde su coño a mi pubis. Yo tampoco quería eso. Salí de debajo de ella y me coloqué detrás. Ella bajó la cabeza y se puso como en la posición de castigo. Sus dos agujeros quedaron disponibles y ofrecidos para seleccionar el que quisiese. Sin más dilación, se la clavé en el coño con la intención de lubricarla bien antes de atacar el objeto de mi interés.

Comenzó a emitir gemidos de placer cada vez más fuertes.

-Te gusta eh!

-Sí, señor. Me follas muy bien. Estoy disfrutando como nunca. Me tienes apunto ya.

-Pues córrete ya, cuando quieras.

-AAAAAAHHHH. Siiiii. Maaaaasssss

Cuando terminó su orgasmo siguió pidiendo más y más. Seguía chorreando y parecía que se iba a correr, pero no lo alcanzaba. Volví a preguntar.

-¿Estás apunto otra vez?

-Siiii.

-¿Y por qué no te corres?

-Porque usted no se ha corrido ni me ha dado permiso para hacerlo.

-Pues córrete cuando quieras.

Y nuevamente, en menos de tres minutos, volvió a correrse sin dejar de pedirme que siguiera. Quise hacer una prueba y antes del medio minuto le dije: ¡Córrete! Y volvió a tener un nuevo orgasmo, que por sus gritos debió de ser mayor y más intenso que el anterior. Me pareció que cada vez que alcanzaba un nuevo orgasmo, era más intenso que el anterior.

Con la polla empapada de sus líquidos, la saqué y la puse a la entrada de su ano, haciendo presión. Entró con mucha facilidad hasta que mi pelvis chocó contra sus glúteos y mis huevos contra su coño. Ella hizo presión con sus músculos, haciéndome sentir su estrechez. Se la saqué hasta la punta, le di una palmada en cada cachete mientras admiraba su culo y se la volví a meter hasta el fondo. Ella gemía de placer con todo esto. Decidí probar nuevamente:

-¡Córrete!

-AAAAAAAAAAHHHHHHH Siiiiiiii No pare, no pareeeee.

La cantinela era siempre la misma, pero mis huevos ya goteaban de los líquidos que escurrían de su coño, lo que me hacía pensar que sus orgasmos no eran fingidos.

Seguí un buen rato metiendo, sacando y dándole azotes. Mi polla estaba dura como nunca y a punto de reventar. Cada medio minuto la hacía correrse, lo que hacía cada vez con más agotamiento, hasta que ya no pude más y me vacié de nuevo en su interior. Mi orgasmo precedió al suyo, sin que le hubiese indicado nada.

Yo me dejé caer sobre la cama a un lado y ella se desplomó en el sitio. Me despertaron unas suaves manipulaciones en mi polla. Cuando abrí los ojos, allí estaba mi madre acariciándomela.

-La comida está en la mesa.

Me levanté, me lavé un poco, me vestí, saboreé una estupenda comida (mi madre era muy buena cocinera) y me fui directo al hospital.

Antes de salir, volví a preguntarle dónde había estado, de dónde venía.

-Estaba en un hospital, nos han sacado a la calle un rato y luego nos han dicho que volviésemos a la casa, y yo he venido.

-¿Y por qué te has puesto a chupármela y me has follado con el culo?

Con una cara de total extrañeza por mi ignorancia, me respondió

-¡Es mi obligación, señor! Tengo que hacer la comida para los señores y hacerles disfrutar para que conozcan el paraíso. Lo dice la ley.

-¿Y tiene que ser por el culo?

-Principalmente sí. La ley dice que tengo un buen culo, pero me pueden pedir y debo ofrecer cualquier parte de mi cuerpo.

Después de esto, salí rápidamente de casa, no sin antes advertirle que no se moviese de allí, y me dirigí al hospital.

No la habían echado de menos, no lo harían hasta la noche, al contar las camas. Me reuní con médicos, enfermeras y personal que no estaba ocupado en ese momento, preguntando cómo estaba la situación con las mujeres.

Teníamos 32 mujeres, 31 quitando a mi madre, más las 19 del harén Éstas últimas no daban problemas estando encerradas solas y atendidas por mujeres, pero no ocurría lo mismo con las otras. Me contaron que todas tenían fuertes dolores de vientre que las hacían ir dobladas, a pesar de ser atendidas solamente por mujeres también, las dos doctoras que las habían mirado, no encontraron nada y que la situación se les estaba yendo de las manos.

Esa mañana las habían separado en tres grupos, a uno de ellos, diez jóvenes se habían acostado con ellas, calmándoles los dolores durante unas cinco horas, a otro grupo las estuvieron masturbando sin conseguir que alcanzaran su orgasmo y no solamente eso, sino que se encontraban peor todavía. El tercero lo habían dejado de control.

Expliqué lo que había pasado en mi casa y cómo lo había solucionado. Hubo algunos comentarios por ser mi madre, pero fueron acallados al haber conseguido una solución, independientemente de la forma de conseguirlo.

Mandé llamar a 31 hombres voluntarios y solteros, los mandé desnudar y que retuviesen en sus manos los cinturones. Luego mandé a las mujeres situarse en posición de castigo, una delante de cada hombre y ante la cara de asombro de todos, incluyendo el personal del hospital, tomé el lugar de uno de ellos y le di cinco fuertes azotes en el culo, con la consabida respuesta de la azotada. Luego dije que les diesen los quince azotes a cada una, con fuerza, pero procurando no causarles grandes daños y que luego se las follaran, pidiéndoles, de vez en cuando, que se corrieran.

Volví una hora después y ya estaba el problema solucionado. En una nueva reunión con los médicos y personal, hablamos mucho en busca de soluciones, pero no podíamos tener a los soldados follándose a las mujeres todos los días, así que se me ocurrió traer a 183 esclavos o más, de la última ciudad para que colaborasen en el mantenimiento del campamente y que cada día, 31 de ellos se las follasen hasta que las fuésemos colocando en algún lugar.

Al día siguiente solicité el permiso del consejo e hicimos un nuevo ataque a otra de las poblaciones de cierta importancia que nos rodeaban. Había muchos más soldados y estaban más nerviosos y alerta. Luego nos enteramos de que era porque los mensajeros que habían salido en dirección a las ciudades y campamentos conquistados, no habían regresado y no había noticias de ellos y eso los ponía nerviosos.

Desconocedores de ello, esperamos a que saliese un mensajero, que fue interceptado fuera de la vista de la ciudad. Por la noche, los hombres se fueron camuflando cerca de la puerta de la ciudad, para lo que cortamos el agua que bajaba por los canales de riego para que pudieran esconderse.

A la mañana siguiente, apenas asomado el sol, volvió el mensajero al galope, al que unos guardias cansados y somnolientos, después de una noche de guardia, abrieron las puertas inmediatamente. Cuando pasó por ellas a toda velocidad, dejó caer dos bombas que explotaron un momento después, cuando empezaban a cerrar, sacando las puertas de sus goznes y matando a los que las cerraban.

Inmediatamente después, los hombres salieron de sus escondites y entraron en la ciudad, que todavía no había despertado, eliminando a todos los soldados que encontraban y que habían salido al oír el ruido.

En una acción coordinada, las delta bombardearon los cuarteles, creando una gran confusión. Mis hombres llevaban las ropas de los soldados capturados, y se identificaban por un trocito de tela en las mangas. Cuando se encontraban con grupos numerosos, los dirigían hacia la zona donde había más de los nuestros gran parte como soldados y unos cuantos más sin uniforme, pareciendo que luchaban entre ellos. Los recién llegados se incorporaban a la lucha, donde eran masacrados sin piedad al quedar totalmente rodeados.

Por suerte, en los primeros minutos de lucha, dimos con una prisión que se encontraba a la entrada y donde se hacinaban cientos de hombres y mujeres a la espera de ser procesados. Cuando abrimos las puertas y les explicamos quienes éramos, como nos identificábamos y lo que hacíamos, se incorporaron a la lucha tomando las armas de los caídos, palos, piedras y lo que encontraron a mano.

He de reconocer que si no hubiese sido por ellos, creo que no hubiésemos vencido. Al finalizar la tarde, los que no habían muerto eran prisioneros. Hubo que organizar varias piras para quemar los muchos cientos, quizá miles, de cadáveres, pero gracias a los liberados, los esclavos y nosotros, conseguimos deshacernos de ellos.

Entre otras muchas cosas, conseguimos hacernos con un equipo completo, incluyendo el personal, para lobotomizar personas y convertirlos en dóciles corderitos. Nada más informarme de ello, vino uno de mis oficiales y preguntó.

-Hay cerca de 800 soldados prisioneros. ¿Qué hacemos con ellos?

Estuve pensando en ello, reuní a los oficiales que pude y tuvimos un intercambio de ideas y pros y contras de cada una de ellas, al final, resumí todo ello y di la orden:

-No podemos almacenar prisioneros. Eso nos quitará personal y aumentará el riesgo de ser derrotados, por tanto, el equipo capturado se dedicará a convertir a los prisioneros en obedientes esclavos.

Cuando volví a casa, habían pasado tres días. Mi madre daba vueltas encorvada y dolorida, pero se le alegró la cara al verme. Mientras entraba, ya iba desabrochándome los pantalones, dejándolos caer pero retirando el cinturón.

Mi madre, desnuda como era su obligación en lugares cubiertos, se situó inmediatamente a mis pies en situación de castigo. Mi polla ya empezó aponerse dura antes de empezar.

-Uno, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

-Dos, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

– …

-Ocho, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

Su culo ya empezaba a tener una tonalidad roja y mi polla amoratada de la presión.

-Diez, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

Y estaba rojo, con tiras bien marcadas. Mi polla goteaba.

-Córrete.

-AAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH.

Hice la prueba y funcionó. Tuvo un orgasmo brutal, incluso en medio de un castigo. Su condicionamiento era impresionante…

-Catorce, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

-Quince, gracias señor, que alcances la gloria y el paraíso.

-Chúpamela ya, rápido. Venga.

Se incorporó rápidamente y se la metió en la boca. Sujeté su cabeza con ambas manos y empecé a follarla con furia. Escondía los dientes y la presionaba entre la lengua y el paladar. Era algo súper excitante. Sentía mi polla entrar resbalando por su lengua y rozando su paladar, hasta alcanzar su garganta y sentir la contracción de su arcada perfectamente controlada, la volvía a sacar despacio, recreándome en el roce, para volverla a meter con rapidez.

Viéndome a punto de vaciarme, le di la orden de ir a la cama y de acostarse de espaldas. Me arrodillé entre sus piernas y coloqué la almohada bajo su culo para levantarla poder metérsela por el coño desde abajo, pero teniendo el cuerpo erecto, como si estuviese de pie. Eso me dejaba su clítoris disponible para manipularlo.

Sabiendo que no podía correrse hasta que lo hiciese yo o que se lo ordenase, me dediqué a follarla despacio, haciendo que mi polla, por la postura, recorriese bien su punto G, al mismo tiempo que aumentaba el rozamiento de mi glande.

Con una mano, alternaba caricias en sus pezones y con la otra, recogía con dos dedos sus pliegues dejando en medio el clítoris, para moverlos alternativamente, imprimiendo un sentido de cuarto de giro, además de masturbarlo ligeramente.

-AAAAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGGGG

Ya no gritaba. Berreaba. No podía correrse, pero eso no significaba que no se excitase. Es más, su condicionamiento la sobreexcitaba. Se puso como loca, como fuera de sí. Grataba, gemía, bufaba, hacía de todo. Me compadecí y le ordené:

-¡Córrete!

-AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHhhhhhhhhhhhhh

Su fortísimo grito se perdió en la afonía, para terminar en una relajación total. Yo seguí follándola un poco más y me corrí en su coño, soltando toda mi carga en un orgasmo de los más largos que recuerdo. Me extrañó que no se volviese a correr, pero tenía una causa justificada, había perdido totalmente el sentido.

Me preocupó momentáneamente, pero al ver que su respiración era normal, la dejé descansar y me fui a comer algo. Cuando se recuperó, tuve que volver a castigarla porque, según me dijo, había cometido dos pecados, el dormirse y no atenderme en mi comida. Evité un tercero al decirle que me había corrido a la vez que ella, porque también tenía que correrse conmigo.

Recuerdo que mi pensamiento fue: ¡Hay que joderse. Lo que hacen esos condicionamientos!

Por otro lado, Eva no me había dicho nada sobre sexo desde el día de la mamada. Seguía viniendo para dar las instrucciones a mi madre sobre la comida que tenía que hacer y organizar y mandarle las tareas de limpieza. Por supuesto, estaba al tanto de la situación, pues había entrado mientras estaba con mi madre, tanto durante los castigos como las folladas, aunque eso sí, discretamente, sin manifestarse directamente. De esto me enteré después.

Al día siguiente, no había salido de casa cuando llegó ella. Había mandado a mi madre que hiciese limpieza, no tenía nada urgente y estaba relajándome con la lectura del viejo libro de Nostradamus, lleno de anotaciones mías de los últimos años. En sus páginas descubrí que había llegado gracias al eclipse de luna y desde ese día me acostumbré a recitar el poema todas las noches.

-¡Qué solo estás!

Me sorprendió la voz. Cuando levanté la vista, pude ver a Eva apoyada en el marco de la puerta.

-Ah! Hola Eva. No te he oído llegar. ¿Qué tal estás? Para venir todos los días, hace mucho que no coincidimos ni nos vemos.

-De salud, bien, de sexo muchísimo peor que tú.

-¿Peor que yo? ¿Qué sabes tú?

-Porque desde que está tu madre contigo, o llego cuando estás en plena faena o estoy en otra habitación y me tengo que retirar discretamente.

-Ah! Ya te has enterado.

-Y quién no. Dais unos gritos que os oye todo el vecindario. Cuando vienes tú, creo que todos en este barrio se ponen a follar de lo calientes que los ponen vuestros gritos.

-Vaya. ¿Y a ti, también te pone? ¿Agotas a los otros cuatro que te compartimos?

-Eres un cabrón. Sabes que ni estando con ellos un mes entero disfrutaría tanto como una hora contigo.

-Eso tiene solución, siempre puedo sacar tiempo para ti. ¿Por qué no me la chupas un poco para ponerla en forma y estrenamos tu culo? –Quise tensar un poco la situación

-Hijo de puta. Te dije que ni te la chupaba ni te daba el culo. Me jodiste la otra vez llenándome la boca con tu corrida, pero no volverá a pasar más. –Saltó con furia.

-Mira Eva, no te hagas la estrecha, que se te notó que te enfadabas para quedar bien, pero que no te había disgustado tanto. Verás como también disfrutas lo mismo o más que por el coño.

-Eso no lo verás nunca.

-Muy bien. Cuando estés dispuesta puedes venir a mi cama. Te estaré esperando.

Y dio media vuelta, y se marchó bufando y murmurando en busca de mi madre para organizar las cosas.

Esa noche, le di cinco azotes de castigo a mi madre porque me apetecía y luego la follé con calma por el coño. Me corrí pronto y ella me acompañó con otro orgasmo, como era su obligación, y me fui a la cama pronto.

Aquel día organizamos un ataque a una pequeña guarnición, de unos 20 hombres, que era un puesto avanzado de vigilancia, y custodiaba un paso entre las montañas un poco alejado de nosotros.

La incursión fue un paseo. Sin noticias de los puestos, pueblos y ciudades cercanas, no sabían lo que ocurría y se encontraban totalmente relajados. Se veía que carecían totalmente de disciplina. De noche, solamente cerraban la puerta, sin dejar vigilancia la mayoría de ellas. Tampoco se molestaban en izar y arriar la bandera. Además había 22 mujeres de harén para ellos 20. Cuando llegamos, solamente había un soldado en la puerta, con una mujer desnuda arrodillada a sus pies, haciéndole una mamada.

Camuflados entre la maleza cercana esperamos el momento oportuno. Cuando cogió la cabeza de la muchacha con las dos manos y cerró los ojos, uno de mis hombres se desplazó hasta la empalizada y se acercó pegado a ella, sin hacer ruido.

Cuando clavó la polla hasta el fondo para correrse, no solamente soltó la leche en la garganta de la muchacha, sino que la bañó en sangre cuando le cortó el cuello sin que se diese cuenta. Rápidamente, la mano de mi hombre sustituyó a la polla del muerto para tapar la boca de ella y que no gritase. Algo inútil porque era una de las esclavas y ni gritan, ni huyen, ni nada, si no se les ordenas.

Entramos en silencio y recorrimos estancia por estancia degollando a los que dormían, estaban borrachos, jugaban o follaban.

Desde que vi a la muchacha haciendo la mamada, con la cabeza rasurada y desnuda, no pude evitar pensar en mi madre, poniéndoseme dura al instante, y creo que fue esa distracción, el estar pensando en ella, lo que hizo que uno de los defensores, además borracho, descargase su espada e hiciese un corte en mi pantalón de cuero, desde la ingle a la rodilla, toda la parte delantera. El roto del pantalón me daba problemas. Tenía dos opciones, quitarme los pantalones o sujetar el roto. Opté por atarme un pañuelo para mantener todo junto.

Ni que decir tiene que su cabeza duró pocos segundos más sobre su hombro.

Acabada la lucha, con casi todos los soldados muertos, procedimos a quemar sus cadáveres, como siempre, enviamos a los pocos prisioneros para someterlos, después de interrogarlos concienzudamente, y partimos hacia casa. Como a la vuelta de las batallas íbamos bañados en sangre de nuestros enemigos, no me di cuenta de que la espada no solo había cortado mi pantalón, sino que me había hecho una herida, aunque no muy profunda, pero muy larga.

Llegué a casa, me desnudé y vi la herida. El pañuelo la había mantenido bastante cerrada con un sangrado bajo, pero al quitarlo volvió a abrirse. Envié a mi madre a buscar a Eva, que había trabajado en un hospital hasta que se casó, y estuve lavándome. La herida no era grave, pero sangraba mucho y en cantidad por su longitud. Tuve que hacerme un torniquete y acostarme porque no podía mantenerme en pie.

Eva limpió y desinfectó todo, me vendó la herida y se quedó parada un momento mirándome. Increíblemente, con las manipulaciones entre mi ingle y rodilla me la habían puesto dura. Se arrodilló entre mis piernas, me sonrió y se la metió en la boca. No tenía nada que ver su mamada con las de mi madre, pero ponía interés. Al poco rato consiguió que me corriese, sin que se retirase, a pesar de haberle avisado que lo iba a hacer. Se tragó todo, incluyendo unas gotitas que salieron a sus labios y que recogió con su dedo para chuparlo sensualmente, me sonrió otra vez y se fue.

A partir de ese momento, caí en un sopor que me mantuvo dos días en semi-inconsciencia. Dijeron que era por la pérdida de sangre y la infección que sobrevino, a pesar de la experta cura de Eva.

En ese periodo oía hablar a varias mujeres, una de ellas mandaba y se enfadaba. Creo que alguien me la estuvo chupando, pero no sé si llegué a correrme. Hubo más gritos, pero tampoco sé si todo eso fue consecuencia de la fiebre.

Desperté al segundo día, cuando Eva terminaba su cura y comenzaba a volver a vendar la herida.

-¡Por fin despiertas! Llevas dos días con fiebre de caballo. Tenía ganas de que lo hicieses para darte una sorpresa: ¡Está aquí tu hermana!

-¿Mi hermana? ¿De dónde ha salido?

-Estaba en el último campamento que asaltasteis. Por lo visto, era un sitio de paso y descanso de tropas y tenían más concubinas para atenderlos. Una de ellas era tu hermana. En cuanto la reconocieron, la trajeron aquí y lo primero que hizo fue ponerse a chupar tu polla. Por lo visto, está condicionada para hacerse elegir por cualquier hombre que vea y su pecado es el no ser aceptada por ninguno.

Y continuó

-He tenido que llamar a los cuatro abuelos que tengo (eran cincuentones) para que las entretengan y no se lancen como locas a por ti. No sé si estos sobrevivirán a una semana con ellas. –Esto último lo dijo riéndose.

Dos días después tenía la herida lo bastante bien como para levantarme y poder acudir a las reuniones del consejo. Y desde ese momento y durante los días siguientes planeábamos los ataques, estudiando todas las posibilidades, para que luego Darío, el hijo de Eva, actuase en mi lugar dirigiendo a la gente, consiguiendo en todos ellos nuevos éxitos.

Eva tenía a María encerrada en una habitación, por lo que, entre eso y que no estaba muy despierto cuando me lo dijo, no volví a acordarme de ella.

Ya esa primera salida marcó el cómo iba a ser el futuro. Cuando termine la jornada de mañana, fui a casa a comer, mi madre me sirvió la comida. Seguidamente, se metió bajo la mesa, me desabrochó los pantalones y me los bajó, junto a calzoncillo, hasta los talones, obligándome a levantar el culo de la silla para ello.

No había llegado excitado pero, solamente de bajarme los pantalones, mi hasta entonces minimizada polla empezó a crecer. Se la metió en la boca todavía reducida y floja y empezó a aspirarla e ir sacándola y estirándola poco a poco, echando la cabeza hacia atrás, hasta que se salía de su boca. Ese gesto iba llenándola de la sangre necesaria para conseguir una potente erección en pocos minutos.

Una vez alcanzada, comenzó a metérsela hasta la garganta y sacarla hasta la punta, con lamidas en el glande y vuelta a repetir.

-Hazlo despacio. Tómate tu tiempo.

Ella cambió. Se la sacó y empezó a recorrerla con la lengua, tanto en su longitud como en circunferencia. Acariciaba mis huevos y su dedo presionaba la base de mi polla en el perineo. Cuando había lamido toda mi polla, se la metía entera en la boca y la volvía a sacar, mientras estrechaba el cerco de sus labios.

Lo hacía tan bien, que pronto me tuvo a punto de correrme y no lo consiguió por mis esfuerzos en contra. Por suerte, pronto terminé mi plato de comida y le hice ir a buscar el segundo. Eso me dio el tiempo de recuperarme y bajase mi excitación. A su vuelta la hice seguir con la mamada, volviendo a empezar. Nuevamente lamidas a lo largo y ancho, penetraciones profundas y problemas para mantenerme sin llegar al orgasmo.

Como en los combates de boxeo, cuando estaba a punto de caer, sonó la campana. Terminé mi plato y le pedí algo de postre. Me sacó fruta y eché de menos los plátanos. En esta zona no se producen, siempre son de importación y los negocios no estaban muy por la labor, pero la hice acostarse boca arriba sobre la mesa, con los pies sobre dos sillas y traje de la cocina un buen pepino.

Le hice ensalivarlo bien para metérselo por el coño, haciéndole sentir sus rugosidades y bultos. Empecé a moverlo entrando y saliendo, al tiempo que masturbaba su clítoris con la otra mano. No tardó en gemir de placer y retorcer su cuerpo para aumentar las sensaciones.

Me detuve un momento masajeando mi polla, para luego escupirme en ella y metérsela por ese culo que tanto me ponía. Le estuve machacando durante un buen rato, al tiempo que movía ligeramente el pepino insertado en el coño, sin dejar su clítoris desatendido.

El trabajo anterior sobre mi polla y el angosto espacio que dejaba su coño lleno, presionándomela con fuerza, haciéndome sentir con intensidad el placer de la enculada, hizo que no aguantase y me corriese como un burro dentro de su culo, lo que hizo que ella se corriese también.

Gracias a su condicionamiento no quedé mal, pues estoy seguro que si en lugar de ser mi madre hubiese sido Eva, ella se hubiese quedado con las ganas.

Cuando termine, le hice limpiarme la polla, me vestí y me fui realizar mis tareas.

Cuando volví por la noche, había una muchacha joven, con la mirada perdida, sentada en un sillón. Nada más entrar, se le iluminó la cara y saltó hacia mí, directa a mi cuello, que envolvió con sus brazos mientras clavaba sus labios en los míos y su lengua entraba hasta lo más profundo. A la vez, pegó su cuerpo al mío, haciéndome sentir, a pesar de la ropa, sus pechos grandes y duros, que se clavaban como estacas, su coño restregado por mi entrepierna y sus piernas que se intercalaban con las mías y me aprisionaban como un cepo.

Puse mis manos en su culo. Un culo redondo y duro, pero menos que lo que se había puesto mi polla al sentirla. Ella misma hizo los movimientos que la liberaron, soltando y dejando caer pantalones calzoncillos, para seguidamente arrodillarse ante mí y empezar a metérsela en la boca.

Fue muy excitante. Empezó lamiendo el glande por todas partes. Solamente con eso ya pensaba que iba a correrme. Luego puso sus labios rodeándolo y fue metiéndoselo despacio. Lo metía un par de centímetros más o menos y lo sacaba uno aproximadamente, para volver a meter otros dos y retroceder uno. Así hasta que se la metió toda entera.

Para alguien que estaba ansioso desde el primer momento, eso fue un auténtico martirio, que no mejoró con sus siguientes atenciones. Todavía estuvo un rato sacándolo hasta la punta, lamiendo el glande y volviendo a meterla hasta la garganta, despacio pero sin pausa.

Por fin comenzó a aumentar la velocidad del vaivén, combinando con acciones que no sabría definir en su totalidad. Creo que era combinación de succión y movimientos de lengua, en cadencias rápidas.

No se cómo detectó que estaba a punto de correrme, pero momentos antes, se la sacó y me hizo agacharme hasta quedar tumbado en el suelo. Montó a caballo sobre mí y ella misma se empaló.

Estuvo un momento detenida, con ella dentro, mientras realizaba contracciones con los músculos dándome un masaje que me tenía a instantes de mi orgasmo pero que no era suficiente para contrarrestar mis esfuerzos por dilatarlo y hacerme llegar.

Cambió a movimientos con la pelvis adelante y atrás. Adelante la clavaba completamente y masajeaba, hacia atrás, mantenía compresión hasta llegar a sacársela y dejarla recorrer su coño rozando su clítoris, tanto cuando salía como cuando volvía, hasta iniciar una nueva penetración. Había momentos en que pensaba que pasaría de largo, sin entrar, pero con habilidad conseguía la suficiente desviación para que entrase y pudiese llegar hasta el fondo.

La situación se me hizo inaguantable. Yo no gemía, daba auténticos gritos de placer mientras sentía sus movimientos

-OOOOOOHHHH. Siiiiii. Muévete asíiiiii.

Llegó a mover sus piernas hasta ponerse en cuclillas sin sacársela completamente, siguiendo una serie de botes sobre mi polla que más parecía una estación de bombeo de petróleo que una follada, por la cantidad de líquido que bajaba por mis huevos al suelo.

-¡Quiero correrme en tu boca YA! –Grité poco después.

Saltó hacia atrás hasta que quedó a la altura conveniente y se lanzó a una mamada que me hizo ver el cielo y lanzarle toda mi carga directa a su garganta, donde desapareció convenientemente engullida. También ella tuvo su orgasmo en cuanto sintió mi corrida.

Si bien había disfrutado como nunca, aunque mi experiencia sexual era escasa, no terminaba de gustarme que se corriesen solamente porque lo hacía yo, pero mis reflexiones fueron cortadas por la entrada de Eva.

-Veo que, por fin, has conocido a tu hermana. ¿Qué te ha parecido?

Gracias por sus comentarios y valoraciones.