Don Pedro solía tomar medicación para conciliar el sueño y por ello no podía despertarse sin alarma. Cuando sonó la alarma a las 8 AM, lo primero que pensó es que Mirna no estaba ahí como su desayuno como debía.

     -¡Mirna! -gritó molesto.

La chica no tardó en aparecer con una bandeja con una paila de huevos revueltos preparados para él. Llevaba el mismo delantal de ayer.

     -Lo siento, Don Pedro. El agua aún no termina de hervir.

La mujer ya se había duchado, seguramente la noche anterior tras su candente encuentro.

     -Te pedí ayer el desayuno en la cama a las 8.

     -Lo siento señor, me atrasé un poco.

     -Trae mi café -ordenó y la chica volvió a salir.

Unos pocos minutos después, la chica volvió a aparecer con el café para Don Pedro.

     -Te has demorado -le dijo éste -Sabes que no me gusta la impuntualidad.

     -Perdone, Don Pedro. No volverá a ocurrir.

El jefe dejó su desayuno en el velador de junto y miró a la chica.

     -Si no podías con el desayuno, esperaba que estuvieses a las 8 AM mamándomela.

Mirna se sonrojó.

     -Quítate ese delantal -ordenó entonces.

La muchacha incómoda, aún incrédula de todo lo que le hizo ayer a aquel hombre, comenzó a desvestirse lentamente.

Don Pedro miraba deseoso a su nueva esclava personal. La ropa interior de aquel día era el mismo sujetador negro de ayer, que aprisionaba sus pechos grandes.

     -No me cansaré de verte por un buen tiempo -dijo el viejo observando la hembra que estaba ahí para comérsela cuando él desee -ahora ven para acá -agregó y destapó las sábanas para mostrar su bóxer con el cual dormía, que se erguía como una carpa debido a la excitación, efecto aún de la pastilla azul de la noche anterior.

Sin saber bien que hacer, la chica se acercó a la cama y puso cómoda sobre ella. Él miraba esas tetas moverse bajo su sostén. Ella lo miraba como esperando alguna instrucción.

     -¿Qué esperas? Comienza a mamar.

La joven morena se acercó entonces a la verga erecta de Don Pedro. Con suavidad le bajó los calzoncillos. Él estaba recostado, esperando que ella hiciese lo que le encargó y de la mejor manera posible. Con suavidad se metió a la boca aquella verga dura y empezó a mover su boca de arriba abajo.

      -Así se hace -dijo él, lamentando que su última oportunidad de despertar con una mamada durante su estadía se hubiese desvanecido -Hoy llega mi mujer. Era la oportunidad que tenías para despertarme con una mamada.

La joven dejó de mamar.

     -Lo siento…

     -¡Sigue mamando! No te he pedido que pares- dijo él colmado y ella se sintió algo ofendida.

No pasó mucho hasta que la joven sintió un sabor salado, que le recordó la noche anterior. Oía a Don Pedro dar suspiros, indicios de que disfrutaba lo que ella le hacía.

Tal como sucedió la noche anterior, la escena se vio interrumpida por el teléfono de Don Pedro.

     -Mi mujer- dijo éste -Debe estar por tomar el avión. No dejes de mamar -agregó y luego contesto-Hola, querida -dijo mientras seguía disfrutando las bondades que Mirna le entregaba -Ya entiendo, se retrasó una hora…llegas a la 1.

Mirna seguía mamando, esforzándose por hacerlo lo mejor que podía. Con su otra mano Don Pedro le acarició la cabeza. La chica, intentando ser más osada, y deseosa de una experiencia de placer como la de anoche, dejó de mamarlo y se levantó para mirar a los ojos a Don Pedro. Algo molesto, el hombre, que seguía hablando con su mujer, le hizo señas de seguir chupando su verga, pero ella optó por desabrochar su sujetador. Una vez más sus senos apretados volvieron a soltarse, pero aún cubiertos por el sujetador. A su jefe le agradaba, ella lo podía ver en los ojos que la miraban fijamente a la zona de su pecho. Se acercó a él, y con cuidado de no hacer ruido que pudiese oírse por el teléfono. Acercó sus pechos aún cubiertos a la cara de Don Pedro, que los miraba con ansias. Entonces lentamente se quitó el sujetador. Liberó sus dos grandes tetas justo frente a los ojos de Don Pedro, que vio esos dos ricos pezones negros endurecerse para ser mordidos por él.

     -Debo colgarte, Patricia -dijo él a su mujer -Me llama Jack en la otra línea -agregó mintiendo y luego colgó.

Sin decir nada a Mirna, el jefe se metió entre sus tetas como ella sabía que le gustaba hacerlo.

     -¿Estas tetas tienen dueño? -preguntó él.

Ella sabía lo que él quería oír.

     -Son suyas -dijo ella -Solo suyas.

El empresario se mantuvo un rato entre las jóvenes tetas de la campesina, quien disfrutaba al sentir sus dientes en sus pezones y el su bigote provocándole cosquillas.

     -¿Son mejores que las de su mujer? -preguntó ella denotando algo de celos.

     -No voy a hablar de mi mujer contigo -dijo severo.

     -Disculpe, Don Pedro.

Viendo esas tetas, Don Pedro deseo que hicieran algo más por él.

     -Quiero que muevas tus tetas en mi verga.

La muchacha miró extrañada. Pero para no molestar al hombre, bajó otra vez a la altura de su pene. Entonces empezó a mover sus tetas haciendo que sus pezones choquen con el glande de su nuevo jefe.

     -Ponlo entre ellas -ordenó Don Pedro

La muchacha obedeció. Ahora veía la punta de aquella verga apuntando hacia su cara, saliendo de entre sus pechos. Sin que él debiera darle instrucciones comenzó a moverlas arriba abajo.

     -Saca la lengua y toca la punta de mi pene cuando esté cerca de ella.

Obedientemente, la chica hizo lo que se le pedía. Su lengua lamía la punta de su erecto pene cada vez que se acercaba. Pedro disfrutaba ver a la inexperta chica haciendo todo lo que él deseara.

     -Dormí tan bien luego de tus trabajos, Mirna -comenzó a decir. La chica que intentaba no perder la concentración en lo que hacía, se sonrojó -Ojalá pudiera tenerte siempre a mi disposición-agregó y la chica se ruborizó ante la idea de estar siempre para él -Vuelve a darme una mamada -ordenó luego.

Obedientemente la chica dejó de masturbarlo con sus pechos para volver a introducir esa verga en su boca

     -Tu podrías ser mi relajo siempre- dijo excitado, sintiendo la lengua de la chica jugar con su pene dentro de su boca.

Cuando finalmente sintió que estaba por acabar, apretó la cabeza de su chica contra su verga.

      -Recuerda que debes tragar -dijo.

La chica comenzó a hacerlo con más ganas.

Don Pedro sintió su cuerpo retorcerse, un placer inmenso lo recorrió desde su zona genital hasta el resto de su cuerpo. Descargó su leche en la boca de la chica, que se notó complicada cuando sucedió.

      -Sigue, sigue… -ordenaba él, y para no enojarlo ella se esforzó por tener cualquier impulso de quitar aquella verga de su boca.

La chica tragó el semen como pudo, luego se quitó la verga de la boca y comenzó a lamer con ganas.

 

Una hora después, 9 AM, Don Pedro estaba listo para comenzar su día en el fundo. Su hijo llamó a la puerta.

     -Papá -dijo éste -Que sonrisa traes, has amanecido contento al parecer.

     -Se podría decir que sí, además dormí muy bien -dijo el padre sonriente.

Mirna, quien escuchó la conversación sintió excitación al ser ella la causante de la felicidad de aquel hombre.

 

Don Pedro saludó a sus consuegros. Personas de un origen más humilde, pero muy buenas personas. Compartieron un café, hasta que Pedro hijo dijo que debía ir al aeropuerto. Fue acompañado por su padre. A las 10 AM recibió un informe de Jack con la información que había trabajado durante la noche, lista para ser analizada, y media hora después, éste le envió un whatsapp con el nombre de un anticonceptivo que podía usar en la chica. En la ciudad, Don Pedro pidió pasar a la farmacia y sin que su hijo se diera cuenta, compró un anticonceptivo de emergencia, pastillas azules, cera depilatoria, el anticonceptivo sugerido por el doctor Concha y algunos preservativos en caso de ser necesarios.

Cuando llegaron al aeropuerto ya habían llegado su mujer y sus dos hijos menores. Patricia era una mujer hermosa a sus 56 años, aunque gran parte de ello se debía a la buena mano de un cirujano plástico. Tenía unas tetas operadas, pero perfectas, aunque ya no llamaban tanto la atención de su marido cinco años de la cirugía. Su hijo Joaquín tenía 29 años y era con quien mejor se llevaba. Era aún soltero y vivía con sus padres la mayor parte del tiempo. Solía trabajar con su padre en negocios y se había hecho una fama de joven exitoso. Frecuentemente era enviado por su padre a cerrar negocios en otros países. Manuel tenía 23 años y era el más pequeño de sus 5 hijos. Era un muchacho más reservado. Al igual que Pedro Jr., estudiaba agronomía y esperaba utilizar aquella experiencia en el campo para aprender más.

 

En el Fundo una vez más lo primero que hizo Don Pedro fue buscar a la muchacha y entregarle discretamente lo que había comprado. La muchacha se incomodó, pero entendió que Don Pedro la deseaba más como a él le gustaban las mujeres. Jamás se había depilado, pero no debía ser difícil.

 

La familia arreglaba sus cosas mientras Don Pedro fumaba un cigarrillo afuera. Mirna aún no aparecía en la cabaña para que haga el servicio y había pasado casi una hora.

Cuando su hijo Pedro regresó a ver a su familia, aprovechó de recordarle.

     -¿Dónde está esa muchacha, Mirna? Debería ayudar a instalarse a la familia.

     -No lo sé papá. No la he visto.

Pedro se fue a buscarla, y al poco rato la muchacha apareció al mismo tiempo que su hijo Joaquín salía a hablar con su padre.

     -Mirna, ¿Dónde estabas? Ayuda a mi mujer a instalarse.

     -Lo siento, señor -dijo ella sin atreverse a mirarlo a los ojos.

La muchacha entró a la cabaña y el joven Joaquín no pudo evitar notarla.

     -¿Quién es esa, papá?

     -La sirvienta que nos ha facilitado Sandra -contestó éste.

     -Que buena está.

     -No la mires, que me adelanté -dijo el padre sonriente. Joaquín era el único de sus hijos con quien podía compartir ese tipo de hazañas.

     -No se te escapa una -dijo su hijo.

     -Ya me la follé anoche. Era virgen.

Joaquín se asombró ante tal hazaña.

     -Fue la mejor noche que he tenido en años -continuó Don Pedro.

     -Eso explica tu buen ánimo y tu sonrisa -le contestó su hijo mofándose.

     -En la mañana me dio una mamada total. Y se lo tragó todo.

El hijo dio a su padre unas palmadas en la espalda.

     -Un maestro, siempre -dijo sonriendo.

     -Estoy pensando alguna forma de poder tenerla para mí -comenzó a contarle a su hijo -tienes unas tetitas increíblemente buenas.

     -Podrías tenerla como nana en el departamento que tienes en la ciudad. Que vaya los días que estás aquí -sugirió su hijo.

Don Pedro comenzó entonces a considerar la idea.

 

Mirna se encontraba nerviosa ante la presencia de la familia de Don Pedro, pero la seguridad que éste emanaba ignorándola como si nada hubiese sucedido. Ayudó a Doña Patricia a instalarse. Esta era buena con ella, pero Mirna no podía ocultar cierto resentimiento. Manuel Montalván también se fijó en la mujer, y su padre lo notó.

     -Olvídalo, Manuel. Es la empleada -le ordenó su padre.

 

 Los esperaban con una increíble parrillada de pollo al aire libre. Hecha por el capataz del fundo, el Sr. Víctor Paredes, quien Don Pedro imagino debía ser el padre de Mirna. Por esa razón decidió acercarse a compartir durante la parrillada, quería saber que tipo de hombre era. El tipo resultó ser agradable, y como Don Pedro se esmeró en alabarlo como el empresario sabía adular a sus clientes, terminó encantado con él.

Estaban de lo mejor. Mirna atendía a los invitados con esmero, y se vio algo molesta cuando notó como la trataba Don Pedro en público.

     -Es media atolondrada esta chiquilla -dijo una vez a su mujer cuando ella les servía vino.

 

Comenzaba ya a atardecer y estaba todos pasados de copas, cuando Don Pedro comenzó a sentirse nuevamente caliente. Ver a Mirna sirviéndole a él y su familia durante la tarde lo había excitado. El empresario tomó su celular y comenzó a mirarlo.

     -Si me disculpan, me ausentaré unos momentos para hacer unas llamadas y revisar mi correo -anunció en voz alta.

Luego se acercó a Mirna.

     -Te quiero en la cabaña en media hora -le ordenó discretamente.

Luego llamó a su hijo Joaquín.

     -Estaré en la cabaña con Mirna. Si viene alguien, debes avisarme oportunamente.

Joaquín sonrió ante la grandeza de su padre.

     -Disfruta tranquilo, papá -dijo entusiasta.

     -Debe ir en media hora. Si aún está aquí se lo recuerdas.

     -Ahí estará, papá.

 

En la cabaña, Don Pedro volvió a tomarse una pastilla azul. Luego comenzó a revisar su correo electrónico en espera de la chica. Estaba bastante bebido por lo que sentía un desenfrenado deseo por poseerla.

 

Mirna esta estaba algo molesta, a pesar de sentirse excitada por el hombre, le molestaba que la humillara frente a su mujer. Por esa razón dudaba si ir o no al encuentro con el hombre que la había desvirgado anoche. Pasada la media hora, aún no se dirigía a la cabaña.

El joven Joaquín, leal a su padre. Se acerco a ella.

     -Mi padre te está esperando en la cabaña -expresó con disgusto.

Ahora Mirna estaba también impactada al saber que Joaquín Montalván sabía algo. Nerviosa asistió con la cabeza.

 

Sumisamente se dirigió a la cabaña. Ahí encontró al ejecutivo hablando de pie por teléfono, dando vueltas por la habitación principal. Esta vez en un idioma que no comprendía. Cuando llegó la chica, éste no tardó en cortar.

El hombre maduro contempló a la chica y sus bajos instintos afloraron con fuerza.

     -Quítate ese molesto delantal -ordenó.

La chica estaba molesta e intentaba resistirse.

     -Que te lo quites -volvió a ordenar severamente.

Al no obtener respuesta, se abalanzó contra ella y comenzó a tocarla. Con fuerza comenzó a quitarle el delantal y la chica comenzó a ceder. Pronto estuvo desnuda. Se había depilado la zona baja y ello provocó aún más a Don Pedro. Él se dejó caer en el sillón para dos y la forzó a ponerse sobre él. Comenzó a comerse sus tetas con ganas, las había deseado por toda la tarde. Esas tetas eran ahora su nueva obsesión.

La muchacha, incómoda entre su enojo y su excitación, intentó ponerse firme. Pero no se atrevía a enfrentarlo.

     -Podemos hablar una cosa -dijo ella.

Don Pedro, algo colmado apoyó su espalda en el sillón y suspiró.

     -¿Qué quieres hablar?

Ella nerviosa se demoró en contestar. Pensó que aquel hombre no quería hablar y difícilmente podría decírselo todo, debía elegir entre hablar sobre su trato con ella o preguntar que sabía su hijo Joaquín.

     -No me gustó como me trató frente a su mujer -dijo finalmente con ternura. Como si fuera a romper a llorar.

Don Pedro suspiró molesto.

     -Lo único que espero de ti, es que me hagas disfrutar -expresó enfadado -Y tú sales con estas conversaciones estúpidas… ¿Te cuesta mucho ayudarme a estar contento unos minutos? -agregó victimizándose -Si lo hago es para que ella esté lejos de sospechar de ti -terminó de decir muy molesto.

Entonces Mirna, intimidada, se dio cuenta de que era mejor que no hablara ciertas cosas que molestaran a Don Pedro.

     -¿Puedes hacerlo? -preguntó él molesto -¿Puedes complacerme sin cagarme el ánimo? -realmente se había molestado.

     -Lo siento, Don Pedro -dijo ella triste tras aquel regaño -Perdón -Luego sus ojos comenzaron a brillar.

Él la miró, sumisa para él.

     -No te pongas a llorar -añadió aún molesto -Has algo para que se me pase mejor -agregó.

La chica tomó sus pechos y se acercó a él para que los tuviese en frente, sabía cómo le gustaban. Las posó sobre su cabeza semicalva, sus ojos y su boca, para que desatara en ellas la rabia que ella misma le había ocasionado. Luego dejó su pecho frente a los ojos y comenzó a mover su espalda para sacudir sus tetas frente a él.

     -¿Ves? -dijo él mas calmado -Así me gusta, contenta. Así me pones contento a mí también.

La chica continuó masajeando la cabeza del viejo con sus pechos. Esto provocaba en él mucho placer y ella disfrutaba haciéndolo sentir así.

     -Estuve hablando con tu padre -comenzó a contar el hombre.

     -¿Sobre qué? -preguntó ella sin dejar de esforzarse por mantener a Don Pedro hipnotizado por sus tetas.

     -Prefiero que cuando estemos así me hables solo cuando te pregunte.

La chica volvía a fallarle. Asintió con la cabeza.

     -Es un buen hombre -dijo Don Pedro -¿Te has puesto los anticonceptivos, Mirna?

Ella lo había hecho, sin pedir ayuda había logrado hacerlo.

     -Sí, Don Pedro.

     -Entonces ahora todo está perfecto.

Aquellas últimas palabras excitaron mucho a Mirna.

Había llegado el momento que Don Pedro había deseado desde que vio ese coño depilado. Sin decir nada, tomó a la sirvienta a la fuerza y cargándola la llevó a su cama. La recostó soltó sobre ella y enseguida la forzó a abrir las piernas. Ella no ofrecía resistencia y él aproximó su cara a su entrepierna

     -Que rico coñito -dijo en voz alta.

Notó como la respiración de Mirna se aceleraba. Pensaba, probablemente, que sería penetrada, pero estaba equivocada. A Don Pedro le provocaba cierto asco dar sexo oral a prostitutas, y sólo lo hacía con mujeres que sabía no le podrían contagiar algo. A esta chica, virgen, había deseado lamerla desde que se enteró de su castidad, pero había decidido esperar a que la tuviera ya depilada. Con fuerza llevó su boca abierta a la vagina de la chica y empezó a lamer por dentro, lamía su inocencia. Oía como la chica comenzaba a quejarse. Luego acerco su nariz para oler el sano olor de una tierna y sana chica campestre. Para recordar a la chica quien era el que mandaba, optó por apretar sus dientes suavemente, causándole un leve dolor. Ella se quejó pero no dijo nada. Los jugos vaginales continuaban aumentando. La chica estaba tan húmeda como ayer antes de follarla.

Como un perro sobre una perra en celo, Don Pedro se abalanzó sobre la chica deseando penetrarla. Mordió uno de sus pezones con fuerza y pellizcó el otro. Ella se quejaba. Finalmente se bajó la cremallera, esta vez sus ganas de follar no le dieron tiempo de pedir a la chica que lo haga. Liberó su gran pija dura, y la embistió en el agujero húmedo de la muchacha.

Aún era estrecha, y le costó entrar.

Ella se quejaba, pero aguantaba. Don Pedro había entrado en ella de forma rápida para intentar apaciguar su calentura. De forma bruta Don Pedro se envestía una y otra vez con la muchacha. Ella llevó las manos a la espalda de éste, inconscientemente comenzó a enterrar sus uñas.

Mirna sentía como el calor interior estaba aumentando. Sentía como su sensible vagina recibía un placer inmenso a medida que el pene de ese hombre se movía dentro de ella. Finalmente comenzó a sentir como si fuera a explotar por unos segundos. Quería acabar, quería sentir ese placer inmenso que solo Don Pedro le provocaba. Entonces sucedió, y Mirna lanzó un gran grito de placer que debió oírse fuera de la cabaña.

El grito de Mirna terminó de excitar a Don Pedro, quien sintió como sus huevos quedaban secos luego de la gran descarga de semen que había lanzado dentro de la chica.

Tras unos segundos de su espectacular orgasmo, Don Pedro se puso de pie.

     -Ven aquí. Lámeme el pene para limpiarlo. Sin dudarlo la chica accedió a hacerlo, tragándose todo.

Don Pedro se guardó el pene y se subió la cremallera.

     -¿Me perdona ahora, Don Pedro? -preguntó ella tímida, sin olvidar la discusión.

     -Te perdono -dijo él marchándose -Que no se vuelva a repetir.

Ella asintió con la cabeza.

     -Ahora ordena todo esto, que parezca que nada sucedió aquí -ordenó -Regresaré a la parrillada -añadió y se marchó.

 

La fiesta siguió en el fundo hasta la madrugada y la temperatura bajó. Cuando Patricia regresó a su dormitorio, nada notó sobre lo que había sucedido ahí. Finalmente sólo quedaron en pie Don Pedro y sus tres hijos presentes. Pedro Jr. y Manuel se fueron a acostar y sólo quedaron, en un evidente estado de ebriedad, Don Pedro y Joaquín.

     -Deberíamos ir -dijo Joaquín.

     -Envíame a la Mirna -dijo su papá ebrio.

Joaquín se divirtió ante las órdenes de su padre.

     -Hace frío papá.

     -Pero estoy caliente.

     -Esa chica te tiene cachondo.

     -Sí, mándala para acá.

     -Como tu digas, viejo.

 

Discretamente, Joaquín llamó a la habitación de Mirna. Cuando la chica abrió despertando de su sueño, Joaquín se admiró al notar como su camiseta se ajustaba a un cuerpo voluptuoso.

     -Mi papá te quiere donde fue la parrillada.

La chica no sabía como reaccionar. No le parecía correcto que la despertaran así y para eso, pero sentía que tenía que ir a complacer a Don Pedro.

 

Cuando Mirna llegó lo encontró solo echando leña al fuego, lucía muy ebrio. Ella se había abrigado con una casaca blanca y un buzo deportivo, que era lo que usaba de pijama.

     -Ven para acá -le ordenó

 El territorio de la parrillada estaba algo alejado, por lo que difícilmente serían descubiertos. Don Pedro se apoyó en una mesa de cemento y se quedó mirando a la joven acercarse a él. Cuando la tuvo cerca no le dijo nada, sino que la tomó con fuerza para quitarle aquella casaca blanca. Ella no se resistió. Luego forzosamente le quitó también la camiseta de dormir que usaba. Aquellas hermosas tetas que eran su nueva obsesión y de las cuales ya se sentía dueño quedaron expuestas al frío iluminadas tenuemente por el fuego.

El frío invadió a Mirna y se tapó instintivamente con sus brazos. Sus pezones estaban duros debido a la baja temperatura.

     -Quita los brazos -dijo Don Pedro y la chica obedeció.

Él la tomó por su desnuda cintura y la acercó a él. Luego la besó y ella respondió. Se lanzó entre sus tetas y jugó con sus pezones un rato. La chica no se acostumbraba al frio, pero sus pezones expuestos y mojados por la baba de Don Pedro, estaba sufriendo más. Ella acariciaba la cabeza de Don Pedro con ternura.

     -Agáchate -ordenó entonces el empresario a la campesina -De rodillas.

Entonces él sacó su verga nuevamente dura, aquella chica lo excitaba más que cualquier cosa en mucho tiempo.

     -Has lo que te he ensañado -ordenó.

La chica, sumisa, comenzó a hacer caso a lo que le decían.

     -Lo haces tan bien, Mirna -decía él mientras disfrutaba su mamada -Si pudiera tenerte cuando quiera y donde quiera… me harías tan feliz.

La chica se esmeraba en hacer bien la mamada mientras escuchaba como aquel hombre la deseaba.

     -Esta vez, cuando yo te diga, quiero que dejes de lamerme la verga y comiences a masturbarme en dirección a tus tetas. Quiero mancharlas con mi leche.

La chica lo miró a los ojos y asintió levemente.

     -Ahora -dijo él unos instantes después.

Mirna dejó de lamer el pene y comenzó a frotarlo de arriba abajo.

     -Golpéalo con tus tetas -ordenó él y ella de manera eficiente comenzó a hacerlo.

Entonces, sin que ella lo esperara aún, su jefe lanzó un suspiro de placer intenso, y de su pene brotó  un chorro de leche que fue a parar en sus tetas.

Don Pedro tardó un poco en recomponerse y casi cae debido a su estado de ebriedad. Con dificultad se abrochó la cremallera.

     -Ya. Me iré a dormir -dijo muy ebrio -Ahora dormiré mejor gracias a ti bebé.

 

 

 

 

 

  • : Continua la primera parte. Las aventuras de Don Pedro, un millonario, ahora con una sumisa campesina de un campo familiar