Las chicas crecen:
Para Raquel y Marcela…Aunque tarde un poco, siempre cumplo lo que prometo…
He leído unos cuantos relatos eróticos y más o menos todos empiezan igual, con el protagonista presentándose. Yo no quiero ser menos, así que empezaré hablándoles un poco de mí, lo que seguro molestará a los que simplemente buscan la descripción de escenas sexuales, cuanto más jugosas, mejor; pero a estos, les prometo que si leen hasta el final, no quedarán decepcionados. Al menos yo quedé bastante satisfecho, se lo aseguro.
Bien, luchando contra mi tendencia a divagar, procedo a presentarme. Me llamo Andrés Morales y soy arquitecto. No, no hace falta que me busquen en los listados del colegio oficial, pues el nombre es falso, precisamente para evitar que alguien pueda reconocerme. Es la ventaja que tienen este tipo de páginas, que puedes preservar tu anonimato.
Como les decía, soy arquitecto y, sin ser una de las “estrellas” del mundillo, mi trabajo está bastante reconocido y soy el creador de varios edificios diseminados por las capitales de la nación. Quizás hayan estado ustedes en alguno. Les dejo que lo adivinen.
Actualmente tengo 43 años y soy viudo desde hace 10. Mi mujer, Virginia, murió de cáncer en 2003, dejándome hundido y destrozado, aunque tuve que sacar fuerzas de flaqueza para criar yo solo a mi queridísima Marcela, que tenía sólo 7 añitos cuando perdió a su madre. Sólo los que se hayan visto en una situación similar podrán comprender lo duros que fueron los primeros años en los que tuve que hacer de papá y de mamá al mismo tiempo, cuidando de la niña de mis ojos con todo mi amor e intentando que comprendiera por qué su mami no iba a volver a estar junto a ella. No les cuanto esto para que me tengan lástima, simplemente es un dato que tiene su importancia en los acontecimientos que voy a narrarles.
Cierto es que ya han pasado 10 años desde aquellos aciagos días y que, por fortuna, ya lo he superado por completo, pero, aún así, no me he vuelto a interesar en ninguna mujer con vistas a una relación seria. No soy mal parecido y sé que me conservo bastante bien, hago deporte, lo que, unido a que tengo un buen trabajo, me ha convertido en un hombre medianamente atractivo para el otro sexo, cosa que me ha demostrado más de una mujer con intentos de flirteo más o menos descarados.
En un par de ocasiones me animé a tener alguna cita, pero pronto comprendí que, para mí, no había más mujer en el mundo que mi querida Vicky y lo cierto era que no sentía ningún deseo de llenar el hueco que ella había dejado en mi vida. Para eso tenía a Marcela, mi niña, la nenita más buena y cariñosa del mundo y no necesitaba a ninguna fémina que viniera a perturbar la vida tranquila de que gozábamos los dos.
Pero claro, está muy bien decir que mis necesidades espirituales estaban colmadas con el infinito amor que sentimos Marce y yo el uno por el otro pero… ¿y las necesidades físicas?
Como he dicho, pronto abandoné la idea de salir con mujeres, pero mi organismo tenía ciertas… “necesidades” que había que cubrir. Sí, ya sé que para eso nos dio Dios las manos a los hombres, la derecha y la izquierda (para que parezca que te la hace otro), pero a veces apetece algo más “jugoso”. Bueno, no sé si también fue Dios quien las inventó, pero para algo están las putas.
No se confundan, no es que yo sea un putero impenitente que ande todos los días de picos pardos, ni muchísimo menos, pero qué quieren, de vez en cuando apetece echar una canita al aire (o dos). Cuando eso sucede, me pongo en contacto con una agencia de citas de la que soy cliente. Las chicas son muy guapas, muy complacientes y muy discretas…
Cuando tengo ganas de desfogarme, busco en la agenda de mi móvil el teléfono de la “Agencia de Publicidad Sterling” (tengo puesto ese nombre por si a Marce le da por husmear en mi teléfono; además, “Agencia de putas de lujo” quedaba un poco grosero) y solicito los servicios del tipo de chica que me apetezca. Ya saben, rubia, morena, asiática, tetona… Tienen un buen repertorio, se lo aseguro, nunca me han defraudado. Caros pero eficientes. Sería un buen slogan para ellos.
Normalmente, doy la dirección de mi chalet de las afueras y me reúno allí con la señorita, cosa lógica por otra parte, no voy a citarla en mi casa de la ciudad para que Marce sorprenda a su papi en plena faena con una prostituta. Cuando era más pequeña, dejaba a mi niña con su tía Maribel (hermana de Vicky) o con mi hermano Rafael, pero ahora ya es mayorcita y se queda sola. No sé si mi hija sospecha adonde voy cuando hago estas escapadas, pero no me extrañaría mucho, pues de tonta no tiene un pelo.
Tampoco se crean que estoy todo el día liado con las prostitutas, ni muchísimo menos, en total contrato los servicios de la agencia 5 o 6 veces al año, lo justo para desahogarme y no estar todo el día como un mono dale que te pego al manubrio. Realmente, yo lo veo simplemente como satisfacer una necesidad física de mi organismo, algo que necesito hacer y punto, sin la complicación de los sentimientos de por medio. Y las chicas de la agencia me vienen como anillo al dedo.
Bueno, ya me conocen un poco. Ahora quiero hablarles de Marcela, mi hija.
Qué quieren que les diga. Soy su padre. Es guapísima, inteligente, dulce y amable. Y no es que lo diga yo, es la opinión de todos los que la conocen. Tiene el pelo castaño oscuro, ondulado, bastante largo, aunque le gusta recogérselo en una graciosa cola de caballo, sobre todo cuando está por casa; no es muy alta, poco más de 1,50, lo que le confiere un aspecto algo infantil, que hace que la gente no le eche los 17 años (casi 18) que ya tiene, aunque basta con echarle un vistazo a las curvas de su cuerpecito, para borrar de un plumazo esa impresión de niñez. Senos generosos, caderas redondeadas, piernas bien torneadas… y con un rostro precioso, que recuerda inevitablemente a la belleza de su madre, labios carnosos, naricilla respingona, ojos café oscuro a juego con sus cabellos, piel clara, suave y aterciopelada…
Sí, tienen razón, se me ha notado. Esa no es la descripción que haría un padre de su hija, pero qué quieren, fue ella la fuente de mis problemas, por ella empezó todo… Precisamente porque dejé de mirarla con ojos de padre.
¿Y cómo sucedió esto? Pues, principalmente, a causa de mi hermano.
Yo ya había notado que Marce tenía una ligera tendencia al exhibicionismo. Siempre andaba por casa ligerita de ropa y para mí era de lo más normal verla paseándose en ropa interior o con una simple camisetita que a duras penas ocultaba la ausencia de sostén. Pero qué quieren que les diga, era mi hija y aquello apenas si me trastornaba, lo veía como algo normal, propio de su forma de ser y que demostraba simplemente la absoluta confianza que había entre nosotros.
Pero eso cambió una tarde en la que Rafael se dejó caer por casa para almorzar y lo hizo con una simple frase.
–         Joder, Marcelita, cómo estás ya. Madre mía, a las chicas de hoy en día les salen antes las tetas que los dientes – le espetó mi hermano a su sobrina.
–         Tú, capullo – le reconvine divertido al ver cómo mi hija se ruborizaba hasta la raíz de los cabellos – No le digas burradas a mi niña, que sólo tiene 14 años. Y es tu sobrina, degenerado.
El comentario de mi hermano (y mi respuesta) eran completamente en broma y la forma típica en que hablábamos el uno con el otro. Pero sus palabras hicieron que, por primera vez, mirara a mi hija desde un prisma diferente al del padre amoroso.
Y lo que vi me impactó.
A pesar de tener sólo 14 años, tuve que reconocer en mi fuero interno que Marcela… estaba muy buena. Ni siquiera me había fijado hasta que Rafa abrió la boca, pero Marce, tras ver que era su tío el que venía de visita, había corrido a su cuarto a cambiarse de ropa, presentándose en el salón, donde estábamos charlando, vestida con unos cortísimos shorts blancos y un top de tirantes que ceñía y levantaba sus juveniles senos de forma bastante impúdica, dejando su barriguita al descubierto.
Me quedé momentáneamente parado, observando alucinado cómo dos diminutos bultitos aparecían claramente marcados en el top, mostrando que Marcelita estaba ligeramente “contentilla” con la visita de su tío. Como pude, me las apañé para cerrar la boca, que se me había quedado abierta y agradecí en silencio que Rafa siguiera al ataque.
–         Marce, en serio, deberías ponerte sujetador porque si no, se te van a descolgar las tetas.
Marcela enrojeció todavía más, si es que eso era posible, y balbuceando no sé qué excusa, salió disparada del salón, regresando a su cuarto a cambiarse de nuevo.
Miré bastante sorprendido a mi hermano, con idea de reprenderle por haber sido tan grosero con Marcela, pero algo en su mirada me hizo comprender que su intención no había sido burlarse de ella. Me di cuenta de que Rafa también se había sentido un poquito violento al ver a su sobrina adolescente medio desnuda, así que había optado por hacerla pasar vergüenza para evitar pasarla él. Simple pero efectivo.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que Marcela solía mostrarse un poquito más descarada de lo habitual cuando estaba con su tío. Tampoco tenía nada de raro que la niña, en plena pubertad, se sintiera atraída por Rafa, que era un rompecorazones de cuidado, ya saben, del tipo rebelde y mal afeitado, así que, en su presencia, se vestía un poco más ligera de ropa de lo habitual. El problema era que ya no era una niña y su ligereza en el vestir… podía alterarnos un poco el ánimo.
Pero Rafa había reaccionado bien, avergonzándola para que se cortara un poco y se mostrara más discretita. Vinieron a mi mente cientos de ejemplos de Marce subida a caballito sobre su tío, sentada a horcajadas en una de sus piernas, aferrada a su brazo apretando contra él sus juveniles senos… Joder con Marcelita…
–         Macho, te compadezco tío – dijo mi hermano sacándome de mi ensoñación.
–         ¿Por qué? No te entiendo.
–         Joder, tío, tu niña está ya más que crecidita y ya mismo querrá empezar a salir por ahí por las noches. Los tíos se van a dar de ostias cuando vaya a cualquier discoteca. Y mientras tú en casa, comiéndote la cabeza…
Joder, menudo profeta. Qué cabrón. Lo clavó el tío.
Un par de minutos después, Marcela se reunió de nuevo con nosotros, con una camiseta más discreta y con la vergüenza ya olvidada. Se mostró tan risueña como siempre con su tío, que no paraba de tomarle el pelo y tuvimos un almuerzo de lo más agradable.
Pero mientras comíamos, yo no dejaba de darle vueltas en la cabeza a lo que Rafa me había dicho, mirando subrepticiamente a mi hija, dándome cuenta por primera vez, de que estaba hecha toda una mujer. Una bastante atractiva por cierto.
Y eso desató el infierno. Al principio, le echaba la culpa a Rafa, por haberme hecho notar que Marce estaba ya desarrollada, pero pronto comprendí que, sin duda, habría acabado por darme cuenta yo solito.
Y es que Marce no modificó en modo alguno sus costumbres. Se paseaba en bragas por la casa a placer, sólo que ahora, su padre no podía evitar que sus ojos se fuesen detrás de ella. A partir de entonces, todas las situaciones que hasta ese momento habían sido completamente inocentes, adquirieron para mí ciertas connotaciones en las que prefería no pensar.
Yo luchaba contra esos impulsos, recordándome continuamente que era mi niñita a la que miraba con ojos codiciosos, pero bastaba con que ella se inclinara y me ofreciera una inadvertida visión de su canalillo, para que mis principios morales se fueran por el retrete y mi mirada se deleitase admirando la suave curva de un seno o el delicado borde de encaje de un sostén.
Y peor era cuando la niña iba sin sujetador, claro.
Recuerdo una tarde que me puse malísimo por culpa de ella. Estaba echado tranquilamente en la cama, ojeando el dossier de un nuevo proyecto, cuando escuché la voz de mi hija que me llamaba.
–         Papiiiiii – la escuché aullar – ¡Que me he olvidado la toallaaaaa!
No hacía falta ser un genio para comprender qué pasaba. Refunfuñando, me levanté de la cama y fui hasta el armario empotrado del pasillo, donde guardamos la ropa blanca y extraje una toalla grande, dirigiéndome al cuarto de Marcela, que disponía de baño propio.
–         ¿Dónde te la dejo? – exclamé a grito pelado para hacerme oír por encima del ruido de la ducha.
–         Alárgamela, que voy a salir ya.
Sin pensar, penetré en el baño particular de mi hija y me acerqué a la ducha. Alcé la vista y me quedé petrificado al contemplar, a través de la mampara, la exquisita silueta de mi hija enjuagando el jabón de su cuerpo. Ésta es de cristal esmerilado, así que tan sólo veía el contorno de las juveniles curvas de Marcela, pero bastó eso para dejarme boquiabierto.
Y entonces fue todavía peor.
–         Aquí papi, dámela – dijo ella abriendo una rendija en la mampara y sacando fuera un brazo chorreando de agua.
Lo que pasó fue que, al abrir la mampara, Marcela apoyó sus senos contra el cristal y, al estar allí apretados, pude verlos perfectamente desde fuera, con todo lujo de detalles. Observé anonadado las deliciosas galletas María que tenía mi hijita a modo de areolas coronadas por dos apetitosas guindas que me hubiera encantado probar.
Aterrado, sacudí la cabeza tratando de librarme de aquellos pensamientos y le tendí la toalla sin decir nada, aunque tampoco habría podido hablar de haber querido, pues la boca se me había quedado tan seca que sentía la lengua pegada al paladar.
En cuanto la mano femenina asió la toalla, salí disparado de allí como un cohete y me refugié en mi cuarto, aunque se trató de una fuga baldía, pues la imagen de los esplendorosos senos de mi hija había quedado grabada a fuego en mi mente.
Todavía medio ido, me las ingenié para meterme en la ducha de mi cuarto de baño, vestido y todo y abrí al máximo el agua fría.
Aquello me calmó un tanto, aunque más eficaces resultaron las dos pajas que me hice poco después.
Por la noche apenas me atrevía a mirar a mi hija a la cara, avergonzado a más no poder por lo que había hecho. Ella notó que mi comportamiento era extraño, así que me interrogó al respecto. Como pude, me las apañé para mentirle diciéndole que no me encontraba bien y que me iba a acostar temprano. Bueno, pensándolo bien no era ninguna mentira… me sentía mal de verdad.
Fue peor el remedio que la enfermedad.
–         Papi, ¿cómo estás? – Me preguntaba un rato después una muy preocupada Marcela desde la puerta de mi habitación.
–         Bien, cariño, no me pasa nada. Es sólo que no he pasado muy buena noche y estoy cansado.
–         ¿En serio?
–         Claro, nena. Mira, mañana domingo nos vamos al cine y a comer por ahí.
–         ¡Estupendo!
Entusiasmada por el improvisado plan, Marcelita decidió agradecérmelo con un beso, así que corrió hacia mi cama, encaramándose de un salto. Al hacerlo, la camiseta se le subió, permitiéndome contemplar una vez más sus braguitas, lo que no contribuyó a serenar mi espíritu precisamente.
Marcela, inconsciente de todo eso (o al menos así lo espero), se abrazó con fuerza a mí y me plantó un fuerte beso en la mejilla, pero, por desgracia, no se conformó con eso y se quedó abrazada a mí, permitiéndome sentir perfectamente sus prietos senos apretados contra mi pecho. Me quería morir.
–         ¿De veras te encuentras bien? – insistió con su cara recostada sobre mí.
–         Que sí, tonta – respondí acariciándole el cabello – Sólo estoy un poco cansado.
–         Entonces… ¡No te importará si hago esto!
La muy locuela se lanzó con ganas a un juego que antes practicábamos muy a menudo: el de las cosquillas.
Sin darme tiempo a reaccionar, sus manos se metieron bajos mis brazos y empezaron a hacerme cosquillas en los costados, haciendo que me retorciera como una culebra, pues soy bastante sensible a esas cosas.
Sin embargo, no me pareció mal, así que contraataqué con mis manos, aunque teniendo mucho cuidado en no tocar donde no debía. Ella, medio incorporada a mi lado, no tenía tantos miramientos conmigo y se dedicó, en medio de grandes carcajadas, a animar a su papi haciéndole cosquillas.
Y pasó lo inevitable. Me empalmé.
Avergonzado, intenté por todos los medios que no se notara, cosa bastante difícil, pues, al ser verano, en la cama sólo llevaba los boxers y una camiseta (por la que di gracias mentalmente) y las sábanas estaban completamente apartadas a los pies de la cama.
La camiseta quizás habría bastado para tapar el espectáculo, pero Marcela tironeaba de ella tratando de hacerme cosquillas. Sin embargo, concentrada en lo que estaba haciendo y muerta de la risa, no se dio cuenta de nada hasta que, por desgracia, su mano viajó hacia abajo y tropezó con el bulto de mi entrepierna, provocando un ramalazo de placer que recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies.
Me quedé paralizado, sin saber qué decir o cómo disculparme, pero Marcela, lejos de mostrarse enfadada o sorprendida, optó por la salida más sencilla de todo aquello: hacer como que no se había dado cuenta de nada.
–         Entonces, ¿qué película vamos a ver? – dijo como si tal cosa, volviendo a recostarse sobre mi pecho y a abrazarme, olvidado ya el juego de las cosquillas.
–         La… la que tú quieras – balbuceé rezando mentalmente porque la tierra se abriese y me tragara.
–         ¿Podemos ver la nueva de Brad Pitt?
–         Claro, cariño – asentí, sin saber cual sería.
–         Estupendo – susurró ella apretándose todavía más contra mí.
Yo no sabía qué hacer. Marcela estaba aferrada a mí como una garrapata, con su cabecita reposando en mi pecho y una de sus manos sobre mi estómago. En esa posición, estaba bastante seguro de que tenía una visión en primer plano del bulto en mi entrepierna, pero yo no me atrevía a mover ni un músculo.
Si ella había decidido hacer como si nada, yo tenía que hacer lo mismo; si la apartaba de mí para taparme, comprendería que me había dado cuenta de que estaba mirándome la polla y la haría pasar vergüenza. Y eso no era justo, pues la culpa de aquello era solo mía.
Así que nos quedamos así abrazados, charlando de tonterías, mientras yo intentaba con la mente lograr que aquello se bajase solo. Mi gozo en un pozo. La erección no se bajaba ni a cañonazos. No recordaba haber estado tan excitado desde hacía mucho tiempo. Desde Virginia.
Y Marcela no ayudaba precisamente. Cuando quise darme cuenta, la mano que reposaba en mi estómago se había deslizado peligrosamente al sur, quedando apoyada justo en la cinturilla de mis boxers… lo justo para que su posición no fuera inapropiada, pero, enloquecedoramente cerca…
–         Venga cariño – le dije apañándomelas para que mi voz sonara medianamente calmada – Se está haciendo tarde y mañana hay que levantarse temprano para ir al cine. Venga, a tu cuarto.
Pero la niña no iba a darme tregua.
–         No, papi, esta noche me quedo contigo – respondió abrazándose todavía más fuerte a mí, apretando con ganas sus tetitas contra mi costado.
–         Venga, no seas tonta… ¿No ves que hace mucho calor?
–         Pues ponemos el aire.
No me dio tiempo ni a replicar, fue como una centella. Apartándose un segundo de mi lado, se incorporó lo justo para alcanzar el mando del aire acondicionado que estaba sobre la mesilla y pulsar el botón.
Pero bastó ese mínimo instante para que pudiera ver cómo sus pezones aparecían claramente marcados en su camiseta.
–         Que sea lo que Dios quiera – dije para mí mientras Marcela recuperaba su sitio abrazada a mi pecho.
Ni les cuento la noche que pasé. No pegué ojo. Y peor fue cuando Marcelita, no sé si dormida o despierta, echó una pierna sobre las mías, apretándose todavía más contra mí, de forma que, a pesar de la barrera de las bragas, creí notar cómo su tierno chochito se frotaba contra mi muslo, al quedar su entrepierna apoyada contra él. Bendito infierno.
Por fortuna, con la madrugada ya bien entrada, Marcela se movió en sueños y pude escapar de su abrazo. Agradeciendo la oportunidad que se me brindaba, me levanté y decidí llevarla a su cuarto, cosa que hice tras admirar una vez más su juvenil cuerpecito alumbrado por la tenue luz de la luna que bañaba el dormitorio a través de la ventana.
Con cuidado, la levanté entre mis brazos y la llevé hasta su cama, mientras ella murmuraba en sueños. Más calmado, la besé en la frente y regresé a mi cuarto para intentar dormir.
Y un jamón iba a conseguirlo. Odiándome a mí mismo, tuve que masturbarme una vez más en honor a mi hija, mientras aún sentía sobre mi piel el suave contacto de su cuerpo. Y por fin pude dormir, aunque fueran sólo un par de horas.
Menudo degenerado, estarán pensando. Y no les falta razón, aunque, en mi descargo, he de decirles que luché con ahínco contra mis impulsos. Y me salió bastante bien.
Los días posteriores anduve con pies de plomo cuando estaba con Marcela, preocupado por si el saber que su papi se empalmaba cuando ella andaba cerca la había trastornado. Pero nada en su comportamiento cambió, así que, poco a poco, fui convenciéndome de que no la había traumatizado.
Más tranquilo a medida que pasaban los días, fui comportándome cada vez con mayor normalidad con mi hija. Auque en eso sin duda influyeron las dos llamaditas que hice a la “Agencia Sterling” para encargar un par de buenas campañas publicitarias. Cómo venden sus productos, oigan.
Pasaron un par de meses y entonces estalló la bomba que Rafael me había augurado.
–         Papi, ¿me dejas ir el viernes a una fiesta en casa de Raquel? Es por la noche, así que tendría que volver tarde…
Joder. Ya estaba. La habíamos cagado. Me sentí como Mourinho… ¿Por qué?
No podía afrontar aquello yo solo. Era demasiado. Le respondí que me lo pensaría y salí disparado en busca de consejo a casa de Maribel, mi cuñada.
Maribel es la hermana mayor de Virginia y es un verdadero encanto. Más de una vez me he preguntado si habría sido capaz de criar a Marce si no hubiera contado con su ayuda. Quizás habría acabado casándome con la primera que hubiera pillado, con tal de darle a mi hija una figura materna cuando la necesitase.
Por suerte, Maribel estaba siempre disponible para nosotros, a pesar de tener que encargarse de sus dos hijos, algo mayores que Marce y, en muchas ocasiones, había sido para mi niña más una madre que otra cosa.
Y, además, era la mujer más pragmática del mundo.
–         ¿Y qué vas a hacer? – me dijo simplemente cuando la interrogué acerca de mis miedos a que Marcela empezara a salir por ahí – ¿La vas a meter en un convento? Está en la edad de empezar a salir con sus amigos y, si se lo prohíbes, sólo conseguirás que te coja manía y que se escape cuando le venga en gana.
Mierda. Tenía razón.
Aquella misma noche le comuniqué a Marcela que le daba permiso para ir, pero que tenía que estar de vuelta a las once y media sin falta y que primero tenía que hablar con la madre de Raquel.
Dura negociadora, tras el entusiasmo inicial y el beso de agradecimiento, Marce se salió con la suya y logró enredarme para alargar el toque de queda hasta las doce y media. Y gracias que no se empeñó en volver todavía más tarde.
Al día siguiente, me ofrecí a acompañarla de compras para comprarse un vestido para la fiesta, lo que aceptó entusiasmada. Además, se sumó a nosotros Raquel, su mejor amiga, pues su madre andaba muy liada y no podía acompañarla, por lo que me agradeció profundamente que me las llevara a ambas.
La tarde fue horrorosa, no sólo porque no tengo paciencia para andar viendo trapos (eran los únicos momentos con Virginia que no echaba de menos), sino porque, hacerlo con dos adolescentes es infinitamente peor (padres y esposos del mundo, sabéis de lo que os hablo, ¿eh?).
Y lo más jodido era que el sátiro que anidaba en mi interior andaba bien despierto.
Las chicas me ofrecieron un pase de modelos en todas las tiendas que visitamos (de cuyo número perdí la cuenta) y algunos de los conjuntos eran… bastante atrevidos.
Y no era sólo Marce la que despertaba mis más bajos instintos… Raquel también.
La amiga de mi hija era (y es) también una jovencita muy atractiva. Su tono de piel era bastante más moreno que el de Marce y su cabello, negro como el carbón, era mucho más largo, aunque las dos lo llevaban completamente liso con un peinado similar. Raquel era más alta que mi hija, por lo que parecía más mayor y además, su madre le permitía ir ligeramente maquillada, lo que acentuaba esa impresión. Era bastante guapa, con los mofletes muy marcados y los rasgos redondeados, con una sonrisa enigmática siempre en los labios. Era bastante sexy. ¿Y de tetas? Muy bien, gracias.
Mentalmente imaginé la clase de bomba sexual que serían las dos cuando anduviesen sueltas por los bares de la ciudad. Me estremecí.
Como buenamente pude, las aconsejé sobre los modelitos que se probaron, aunque ellas prescindieron completamente de mis apuntes, que siempre iban en contra de aquellas ropas que mostraban más de la cuenta y a favor de los más recatados, por lo que acabaron comprándose lo que les vino en gana. Para qué discutir.
Ese viernes fue un día realmente horrible. No pude concentrarme en el trabajo ni un segundo y cuando llegó la noche y tuve que llevar a Marce  a casa de Raquel, me faltó un pelo para echar el seguro del coche y salir zumbando de allí con mi hija atrapada en el interior.
Y la cosa no mejoró con los años.
No importaba el tiempo que pasara, ni lo mayor que mi niña fuera haciéndose, siempre lo pasaba mal cuando salía por ahí de marcha con sus amigos y no conseguía relajarme hasta que escuchaba la llave en la cerradura de la puerta.
Más de una vez me asomé subrepticiamente para verla llegar y observar si mostraba síntomas de haber bebido algo más que coca-cola, pero Marce se mostró siempre muy responsable y nunca apareció borracha.
Una vez, en medio de una conversación seria, me dijo sin tapujos que, cuando salía, se tomaba una o dos copas con alcohol, pero no pasaba de ese límite pues “le daban mucho asco los que terminaban por ahí tirados en medio de sus propios vómitos”. Me sentí orgulloso de ella a pesar de que, en mi juventud, eso mismo me había pasado un par de veces.
Y tampoco me dio muchos problemas con la hora, pues solía respetar bastante bien los horarios que yo le marcaba, aunque claro, estos se ampliaban a medida que iba haciéndose mayor. En una ocasión se pasó de la hora, pero me llamó por el móvil para avisarme que el coche de su amigo se había averiado y que iba a regresar en taxi. Como he dicho, siempre ha sido muy responsable.
Pero lo peor no era que llegase tarde o saber si bebía por ahí o tomaba cosas raras (que también era una gran preocupación, claro); no, lo peor era imaginar… si follaba.
¿Estaría calzándosela por ahí algún niñato? ¿Sabría ya lo que es una polla? ¿Una felación? ¿Andaría por ahí follando en los servicios de alguna discoteca? ¿Estaría en esos momentos con los pies apoyados en el techo de un coche? Era enloquecedor, cualquier padre de hija adolescente sabe sin duda de qué le estoy hablando.
¿Y yo? Estaba mejor, gracias. Tras el truculento episodio de las cosquillas, había superado un poco mi obsesión por mi hija. Seguí mirándola, claro, viendo todos los días cómo se hacía cada vez más mujer (una bien buena, se lo aseguro) y había aceptado que, aunque a veces la mirara con ojos que no eran de padre, era perfectamente capaz de controlarme.
Tuve mis momentos de flaqueza, no crean, sobre todo cuando Marce se ponía mimosa (que solía ser cuando quería sacarme algo), pero, en general lo llevaba bastante bien.
La única vez que estuve peligrosamente cerca de mandarlo todo al garete y de sucumbir a la tentación fue una calurosa noche de sábado estival. Marce, que ya había cumplido los 17, había salido con sus amigas y yo estaba en el salón, cerveza en mano, preparándome para ver una peli en el DVD.
Como hacía muchísimo calor, iba vestido únicamente con los boxers y había puesto el aire acondicionado bastante fuerte, mientras hacía zapping distraídamente antes de decidirme a darle al play del DVD.
 
Escuché entonces que la puerta de entrada se abría y miré hacia atrás, sorprendido porque mi hija hubiese vuelto tan temprano.
–         Hola, papá – me saludó desde la puerta del salón.
–         Hola, cariño. ¿Qué haces aquí ya? ¿Ha pasado algo?
–         No, no. Es que mañana Raquel se va de viaje con sus padres y se ha marchado pronto y no me apetecía quedarme por allí si no estaba ella.
Di gracias porque Marce tuviera una amiga tan buena como Raquel. Eran uña y carne. Y mientras estuvieran las dos juntas, era menos probable que algún malnacido… se metiera en sus bragas. Iluso de mí.
–         ¿Qué estás viendo? – me dijo entrando en la sala.
–         Iba a ver una peli. ¿Te apuntas?
–         ¡Ostras, sí! Con tanto calor no tengo nada de sueño. ¡Espera, que voy a cambiarme y vuelvo en un segundo!
Salió disparada hacia su cuarto, mientras yo seguía tranquilamente con el zapping. Minutos después, oí como trasteaba en la cocina y enseguida se reunió conmigo con una lata de refresco sin cafeína en la mano.
–         Venga ponla – dijo.
No reaccioné, me había quedado embobado viéndola. Marcelita se había puesto bien cómoda para andar por casa e iba vestida con una ligera camiseta corta sin mangas que la tapaba un poco más abajo del fin de sus senos, dejando su barriguita al aire. Y, para rematar el conjunto, un pantaloncito corto de pijama de color rosa, que cuando rodeó el sofá para sentarse a mi lado, me permitió comprobar que no bastaba para tapar por completo las suaves curvas de su trasero.
–         ¿Qué miras? – me dijo divertida al verme boquiabierto.
Por fortuna reaccioné con acierto.
–         El maldito piercing de tu ombligo – respondí con aplomo – Todavía no entiendo cómo demonios te las apañaste para convencerme de que te dejara hacértelo.
–         Ay, papi, qué tonto eres.
Riendo, se sentó de un salto en el sofá y, siguiendo su costumbre, se apoyó contra mí, recostando su cabecita en mi hombro. Para estar más cómodos, la rodeé con el brazo y le di un cariñoso apretón que la hizo sonreír.
–         Venga, dale ya – me dijo mientras bebía de su refresco, los ojos fijos en la pantalla.
Y lo hice. Y durante un rato, todo fue muy bien y nos dedicamos a ver juntos la película tranquilamente. Pero claro, el sátiro que hay en mí no tardó en despertar.
De pronto, la perturbadora presencia de mi atractiva hija se hizo más patente para mí. Dejé de prestar atención a la película, tratando de comprender qué era lo que me había perturbado, hasta que me di cuenta de que era simplemente el suave olor que desprendía Marcela. Hipnotizado, cerré los ojos y aspiré en silencio, deleitándome en el delicioso aroma a mujer de mi hija.
¡Pero, no! ¿Qué estaba haciendo? ¿Me había vuelto loco? Por fortuna, el ligero cosquilleo que sentí en la entrepierna me hizo despertar y recobré el control, tratando de volver a centrarme en la película.
Lo logré… casi dos minutos.
Cuando quise darme cuenta, mis ojos se desviaron de la pantalla y se deslizaron por la suave piel de mi hija, perdiéndose en el insinuante canalillo de su camiseta. Al estar recostada sobre mí, tenía un magnífico primer plano de su escote que me permitía observar a placer las rotundas curvas de sus sensuales senos… gloriosos, plenos, suaves… apetecibles…
Me sentía enloquecer, trataba de apartar la vista del cuerpo de mi hija pero fracasaba sin remedio. Ella, ajena a todo, seguía concentrada en la película, mientras el bastardo de su padre la devoraba con la mirada.
Entonces se movió y el corazón casi se me sale por la boca del sobresalto, pensando que me había pillado desnudándola con los ojos. Pero no era así, simplemente había acabado el refresco y se estiraba para dejar la lata sobre la mesita. Cuando lo hubo hecho, no recuperó su posición anterior, apoyada en mi costado, sino que se tumbó sobre el sofá y reposó su cabecita en mi muslo.
Interiormente me alegré mucho de este cambio, pues, al estar completamente tumbada, ya no tenía una buena perspectiva para asomarme a su escote y aunque podía seguir admirando sus turgentes posaderas, eso era algo (no me pregunten por qué) que me parecía menos grave.
Pero la puñetera niña no se estaba quieta.
Inesperadamente, deslizó su brazo hacia atrás y se rascó suavemente el trasero, lo que me hizo gracia. Como quien no quiere la cosa, dejó su mano ahí, enganchando los dedos en la cinturilla del pantaloncito, lo que no hubiera tenido mayor importancia de no ser porque, al ser una camiseta sin mangas, el hecho de que tuviera el brazo estirado me permitía contemplar a través del sobaco su seno desnudo.
Y esta vez se veía todo, todo.
Madre mía. Menudo espectáculo. Por el hueco de la camiseta podía ver sin impedimento alguno el delicioso pecho de mi hija. Una vez más pude contemplar la delicada areola que me había quitado el sueño años atrás, sólo que ahora estaba más desarrollada y esta vez no había obstáculos de ningún tipo.
Y el pezón… Ufff…. Se me hacía la boca agua imaginando cómo sería tenerlo entre mis labios, lamiéndolo suavemente con la lengua mientras sentía cómo iba endureciéndose poco a poco. Delicioso fresón…
Era inevitable, ni siquiera me di cuenta de que pasaba, absolutamente concentrado en aquel pecho rebelde que escapaba por el costado de la camiseta. Me empalmé. Sentía que la polla me iba a explotar.
–         ¿Lo hará adrede? – dije para mí, no por primera vez, mientras observaba cómo Marcela se acariciaba suavemente el trasero, como si le picara, ofreciéndole a su padre el espectáculo más erótico de su vida.
Y entonces la cosa se puso peor. La erección se hizo cada vez más notable, cada vez más dolorosa, apretando y estirando los boxers hasta que estos no dieron más de sí. Y la polla se escapó.
No sé cómo sucedió, yo no hice nada, pero mi verga, hinchada como nunca antes, se las ingenió para colarse bajo la cinturilla elástica de los boxers y asomar la cabecita fuera de su encierro. Creí que el corazón me iba a saltar fuera del pecho cuando sentí cómo el glande escapaba de la prenda y quedaba expuesto.
Pero Marce, al tener la mejilla recostada en mi muslo, no se dio cuenta de nada y casi me volví loco de excitación al mirar hacia abajo y ver la cabeza de mi rezumante polla a escasos centímetros de la cabeza de mi hija. Casi eyaculo de la impresión.
Con cuidado, llevé mi mano libre a mi entrepierna, en un intento de devolver al preso fugado a su encierro, pero apenas me atrevía a moverme, no fuera a ser que Marcela se diese cuenta de lo que pasaba. Por fin, logré estirar el boxer para taparla, pero era inútil, estaba tan tiesa que se escapó de nuevo inmediatamente. No sabía qué hacer.
–         Estate quieto, papi, deja de moverte. Veamos la película.
La voz de mi hija casi me causa un infarto. Me quedé paralizado, con medio nabo al aire y la respiración agitada. Marcela, por su parte, volvió a mover el brazo, deslizándolo hacia delante, con lo que su pecho volvió a quedar oculto, por lo que di silenciosas gracias. Por desgracia, la nueva postura no era mucho mejor, pues la niñita, para estar cómoda, situó su mano entre sus muslos, atrapándola en medio.
–         ¿Es que se va a hacer una paja? – pensé medio enloquecido.
Pero no era así, simplemente era una postura relajada. Pero verla allí tumbada, con la mano entre las piernas bien pegada al coñito, no contribuyó a tranquilizarme precisamente.
Si se han fijado, no les he dicho el título de la película que vimos. No es por no violar derechos de autor, es porque no me acuerdo en absoluto. Eso sí, les aseguro que se trataba sin duda de la película más larga de todos los tiempos… al menos eso me pareció.
Cuando apareció el THE END, casi me echo a llorar de alegría. Marcela se incorporó, quedando sentada y yo me las apañé como pude para retorcerme un poco y cruzar las piernas, en un torpe intento de ocultar la tienda de campaña.
–         ¿Te traigo una cerveza? – me dijo.
–         ¿Qué? – dije por toda respuesta, con el cerebro al borde de un aneurisma.
–         Que si te traigo una cerveza. Yo quiero otro refresco. Hace calor.
–         No, nena. Ya es tarde. Mejor nos vamos a la cama.
–         ¿Tarde? Venga ya, no seas muermo. Voy por unas latas y seguimos charlando, que últimamente no lo hacemos.
¿Qué? ¿Charlar? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Con la mente con el freno echado, no acerté a decir nada mientras mi hija iba a la cocina a por las latas. Cuando regresó, me entregó la cerveza y me miró con una expresión divertida que, no sé por qué, hizo que me pusiera todavía más nervioso.
–         ¡Échate para allá! – me dijo, obligándome a desplazarme hacia un extremo del sofá.
Y claro, al hacerlo, le ofrecí a mi hija una buena vista del bultazo de mis calzones. Pero ella no dijo ni pío.
Ni corta ni perezosa, Marcela volvió a tumbarse en el espacio libre del sofá, boca arriba esta vez y tornó a reposar la cabeza en mi muslo. Eso me tranquilizó bastante, pues de esa forma era imposible que pudiera ver mi erección. Más sosegado, abrí la cerveza y vacié media lata de un solo trago.
Marcela, muy relajada, cruzó sus piernas apoyando los pies en el brazo del sofá y se las ingenió para beber del refresco a pesar de estar boca arriba.
–         ¿Y bien? ¿De qué quieres hablar? – le dije más sereno.
–         No sé. Es que últimamente, con la selectividad y tu trabajo apenas hemos pasado tiempo juntos.
–         Tienes razón. Mira, mañana nos vamos a comer por ahí. ¿Te parece?
–         Vale.
Seguimos charlando un rato con calma, lo que bajó varios niveles mi excitación. Hablamos de todo un poco, de los estudios, de mi trabajo, de la universidad…
Pero entonces se me puso el ánimo juguetón.
Sin malicia (se lo juro) se me ocurrió apoyar mi helada lata de cerveza justo sobre su ombligo, lo que la hizo dar un respingo.
–         ¡Papá…! ¡No! – exclamó riendo mientras se agitaba sobre el sofá – ¡No seas malo! ¡Que está fría!
Joder. Por qué no me habría estado quieto. Al retorcerse, la camisetita de Marcela se subió unos centímetros, dejando un pecho perfectamente expuesto. Me quedé paralizado, contemplando una vez más aquella hermosa obra de arte de la naturaleza. Mierda, no había sido mi intención ¿o sí lo había sido?
–         Mira lo que has hecho – dijo Marcela tranquilamente – Se me ha salido una teta.
Y, ni corta ni perezosa, se colocó bien la camiseta ocultando de nuevo su excelsa anatomía.
–         Pe… perdona, hija. Yo… – balbuceé avergonzado.
–         Tranqui. No pasa nada – respondió ella, como si el que su padre le viese las berzas fuese la cosa más natural del mundo.
Me quedé callado, sin saber qué decir. Por más que me esforzaba, no se me ocurría cómo seguir la conversación.
–         Papi, anda, ráscame un poco… – dijo Marcelita con una voz tan dulce que se me pusieron tiesos los vellos de la nuca.
–         ¿Qué? – dijo mi boca espontáneamente, pues mi cerebro estaba en modo offline.
–         Que me rasques, como cuando era pequeña.
–         ¿Qué? – repetí.
Por toda respuesta, Marcela agarró mi mano con las suyas y, tirando suavemente, la apoyó sobre su estómago, en la zona de piel desnuda comprendida entre los bordes de la camisetita y del pantaloncito… “La zona neutral”.
Con los dedos acalambrados y procurando no mover la mano ni un centímetro hacia arriba ni hacia abajo, deslicé las uñas con suavidad sobre la tibia piel de mi hija, que empezó a ronronear como una gatita.
–         Así, papi, justo así…
Joder con mi hija. En un segundo había vuelto a ponérmela como el palo mayor. Podría haberla usado de ariete. Tentado estoy de mentirles diciendo que me sentí asqueado de mí mismo en ese momento, pero lo cierto es que en mi cabeza sólo tenía cabida Marcela…
–         Un poquito más abajo – me indicó.
Y yo la obedecí. Sin pensármelo ni un segundo. Mis dedos se deslizaron por su aterciopelada piel hasta tropezar con la cinturilla de sus pantaloncitos, que recorrí con las uñas como si fuera la frontera de lo prohibido…
–         Más abajo… – susurró mi hija.
Mis dedos se colaron subrepticiamente bajo el elástico del pijama, sólo un par de centímetros, acariciando la zona inexplorada del vientre de hija ubicada entre su ombligo y su sexo. Ya no sabía lo que hacía, estaba completamente hipnotizado, deslizando la mano muy lentamente cada vez más dentro de su pantalón.
En cada pasada, mis dedos avanzaban hacia el sur un par de milímetros más hasta que, de repente, percibí cómo las yemas rozaban ligeramente el suave vello púbico de mi hija.
–         ¡Ay, papi! ¡Tan abajo no! ¡No seas cochino!
Fue como meter los dedos en un enchufe. Aterrado, desperté del trance y retiré la mano con rapidez, pero Marcela no se mostró molesta en absoluto y dijo simplemente…
–         Ahora por la parte de arriba.
Y tuve que volver a acariciar su sedosa piel, esta vez en la zona más próxima a los senos, aunque mantuve la cordura lo suficiente como para no traspasar la barrera de lo correcto, muriéndome de ganas por hundir la mano entre aquellas dos gloriosas colinas y explorar hasta el último rincón.
Eso sí, la polla me dolía tanto que parecía a punto de estallar.
–         Papá, oye, ahora que me acuerdo – dijo tras unos minutos más de charla intrascendente.
–         Dime, cariño.
–         Verás, algunos amigos de clase han pensado alquilar una casa rural dentro de un par de semanas e irnos a pasar unos días. Ya sabes, como ha acabado el curso y cada cual va a una facultad, es la última oportunidad de estar todos juntos…
Suspiré resignado.
–         ¿Puedo ir?
Para qué perder el tiempo.
–         Claro hija. Lo has aprobado todo y te mereces un premio.
–         ¡Gracias! – exclamó entusiasmada, incorporándose y dándome un fuerte abrazo.
–         Pero primero, tráeme otra cerveza – le dije.
De repente, no me parecía mala idea emborracharme un poco.
–         ¡Claro! – asintió ella con entusiasmo, levantándose de un salto.
Regresó en menos de un minuto, pero, en vez de rodear el sofá, se acercó por detrás y me abrazó con fuerza desde el otro lado del respaldo.
–         Papá, sabes que te quiero mucho, ¿verdad?
–         Claro, cariño. Y yo te quiero a ti.
–         Eres el mejor – sentenció posándome un sonoro beso en la mejilla.
Marcela, que sin duda desde su posición tenía una espléndida vista de la tienda de campaña en mi entrepierna, pensó que sería divertido ubicar la fría lata sobre mi estómago y dejarla rodar hacia abajo, hasta que quedó detenida por el paso a nivel que había en mi calzoncillo. Ya me daba todo igual.
–         Me voy a dormir – dijo con voz divertida – Y no te olvides que me has prometido llevarme a comer mañana, así que no te bebas muchas más de esas, que si no, no habrá quien te despierte.
–         Tranquila cariño, es sólo que tengo mucho calor. Ésta es la última. Anda, por favor, si vas para tu cuarto, enciende el aire acondicionado de mi dormitorio, para que vaya refrescándose.
–         Vale. Buenas noches. Te quiero. No hagas cosas malas…
–         Te quiero.
La madre que la parió (que en paz descanse). Resignado y extrañamente divertido, pensé que compadecía profundamente al imbécil que acabara casándose con mi niñita. Las iba a pasar moradas.
Con el ánimo perturbado, cogí la helada lata de cerveza y me la metí dentro del calzoncillo, directamente sobre mi erección. No logré mi objetivo de enfriar el aparato, pues éste estaba tan candente que lo único que conseguí fue calentar la lata. La dejé sobre la mesita sin abrir.
Y para calmarme, tuve que hacerme una paja.
Las cuatro de la mañana me sorprendieron en el salón, inclinado con un trapo húmedo sobre el sofá, tratando de borrar las huellas de la monumental corrida que me había pegado.
Cosas mías.
…………………………
Y por fin llegamos la noche de los sucesos que quería contarles. No fue mucho después de la velada del DVD, poco más de un mes más tarde.
Marcela había disfrutado de su excursión a la casa rural y seguía siendo tan cariñosa como siempre. Yo, además, estaba mucho más tranquilo, habiendo comprendido al fin que mi niñita se había convertido ya en una adulta que era increíblemente diestra en el uso de sus armas de mujer. Ya no me hacía ilusiones acerca de si habría tenido sexo ya o no. Ahora especulaba con cuantos habrían disfrutado de sus encantos.
–         Nena – le dije una mañana de sábado mientras desayunábamos en la cocina – A lo mejor esta noche duermo fuera.
–         ¿Por? – dijo ella mientras mordisqueaba una tostada.
–         Tenemos la presentación del proyecto de que te hablé en casa de Felipe. Y si se nos hace tarde y tomamos unas copas, seguro que hace que me quede a dormir, ya sabes como es.
–         No hay problema. Esta noche salgo con Raquel.
–         Genial – dije dirigiendo mi mirada al techo, resignado.
–         Además – dijo ella sonriendo al ver mi mirada – Si no estás por aquí, podré volver a la hora que me dé la gana.
–         Ja, ja, muy graciosa. Como me dé por llamarte y no estés en casa…
–         Ay, hijo, qué tonto eres – rió ella levantándose para darme un abrazo – ¿Acaso he llegado alguna vez tarde?
–         Siempre hay una primera vez.
–         Jo – dijo mi niña con un delicioso mohín de enfado – El mes que viene, cuando cumpla los 18, me voy a pegar 3 días sin aparecer por casa.
–         Que te crees tú esoooo – canturreé siguiendo con la broma.
Por toda respuesta, ella me sacó la lengua y me tiró un beso con la mano, saliendo de la cocina entre risas.
Es un encanto mi nena.
Pues bien. El día pasó sin incidentes y a media tarde, Raquel se presentó en casa cargada de bolsas. Eso era algo habitual, pues siempre que salían juntas, Raquel y mi hija quedaban en casa de una de las dos para arreglarse y ese día tocaba en la nuestra.
Tras saludarme cariñosamente, Raquel (que había crecido y madurado tan satisfactoriamente como mi hija) las dos se encerraron en su cuarto, con la música puesta e inmersas en sus asuntos.
Sobre las siete de la tarde, me di una ducha y empecé a arreglarme para ir a casa de Felipe.
Felipe es mi socio en el estudio de arquitectura y tenía por costumbre, cuando se trataba de un cliente importante, de reunirse con él en su casa para la presentación de un proyecto, pues pensaba que, si invitabas a una persona a tu hogar y le ofrecías hospitalidad, le resultaba más difícil rechazar la idea que intentabas venderle.
Y yo también tenía que pringar, aunque no me importaba mucho, pues Felipe y su mujer son buenos amigos y la persona con la que nos íbamos a entrevistar era bastante agradable.
Estaba acabando de vestirme (traje de sport, con camisa negra desabotonada) cuando pegaron a la puerta y entraron en mi dormitorio las dos bellas ninfas.
–         Caramba Andrés – me dijo Raquel con la confianza que dan los años de amistad – Estás guapísimo. Hija, qué suerte tienes de tener un padre que esté tan bueno.
Mientras decía esto, le dio un codazo cómplice a mi hijita, que me miraba sonriente. Aquel era un comentario de lo más habitual entre nosotros, no olviden que era amiga de mi hija desde parvulario y prácticamente se había criado en mi casa.
–         ¿Guapo, yo? – dije siguiéndole el juego – ¿Pero vosotras os habéis visto, chiquillas? Me parece que voy a llamar a tus padres, a ver si entre todos conseguimos manteneros encerradas en casa a las dos.
–         Eso es lo que tú quisieras – replicó Marcela sacándome la lengua.
Mientras seguíamos con las bromas, miré a las chicas, pensando en silencio que no era tan mala idea mantenerlas a las dos bajo llave.
Marcela se había puesto un vestido veraniego estampado, muy ligerito, con la falda a medio muslo y con un sencillo escote en pico que permitía admirar la delicada curva de sus senos. En medio de los mismos, refulgía un bonito colgante de plata que yo le había regalado días atrás.
Raquel, por su parte, iba un poco más atrevida. Llevaba una minifalda de color celeste intenso, bastante corta, que me hizo sospechar que, a poco que se inclinase, iba a enseñar hasta el pensamiento. Arriba se había puesto un top blanco muy ajustado con escote a lo palabra de honor y sin duda la niña había optado por un sostén tipo wonderbra, pues sus juveniles senos asomaban espléndidos por la parte de arriba del top, bien comprimidos, amenazando con hacerlo estallar a las primeras de cambio. Por fortuna, cubría el conjunto con un chaleco de tela vaquera que la tapaba un poco, pero que le daba un toque muy sexy. Demasiado sexy en mi opinión.
Aparté la mirada antes de que se dieran cuenta de que me las comía con los ojos, aunque creo que no tuve mucho éxito a tenor de las sonrisillas cómplices que se dirigían la una a la otra. Tratando de recuperar la dignidad, cambié de tema con torpeza.
–         ¿Os vais ya?
–         Sí, tenemos que pasar por casa de Alba y luego por la de esta inútil. Se ha dejado la cartera y no lleva un céntimo – dijo mi hija dándole un ligero empujón a su amiga.
–         No seas tonta – intervine – Te dejo yo dinero…
–         No, gracias Andrés, te lo agradezco, pero tengo que ir de todas formas a por el carnet. No me gusta ir indocumentada…
–         ¡Ah! Haces bien.
–         Bueno, papá, nos vamos. Suerte con la presentación. Y no bebas mucho.
–         Ni vosotras tampoco…
Las dos se despidieron de mí con sendos besos en la mejilla. Cuando escuché la puerta de la calle cerrándose, agité la cabeza resignado, imaginando la que podían organizar dos chicas como aquellas si se lo proponían.
–         Alea jacta est – dije en la soledad de mi dormitorio.
Y justo en ese momento empezó a sonarme el móvil. Extrañado, comprobé que era Felipe y contesté.
–         Dime cabezón – le espeté a mi amigo.
–         Hola, quillo. Tío, espero que no hayas salido de casa, porque se ha suspendido el asunto.
–         No me jodas – dije sorprendido – ¿Qué ha pasado?
–         Varicela.
–         ¿Tienes varicela?
–         Yo no. La pasé hace años. Paqui. Y Julio no la ha pasado, así que lo hemos pospuesto una semana.
Paqui es la esposa de Felipe. Julio era el cliente.
–         Hijo, qué le vamos a hacer. Causa mayor. Aunque menos mal que la has pasado ya, porque con la varicela puedes quedarte gilipollas. Espera, eso explica muchas cosas… – dije riendo.
–         Vete a la mierda – respondió Felipe en el mismo tono.
–         Bueno, pues hasta luego. Dale un beso a Paqui.
–         Y un huevo. Está toda llena de costras.
–         Capullo – dije justo antes de colgar.
Bueno, los planes a la mierda.
Me miré en el espejo y no me disgustó lo que vi. No estaba mal. Encogiéndome de hombros, empecé a desnudarme y guardé el traje en el armario.
Joder, otra tarde en casa viendo películas.
Entonces se me ocurrió. Marcela iba a volver tarde (mejor no saber cuando) y no me esperaba esa noche. Hacía calor, así que… ¿Por qué no irme al chalet? Allí podía meterme en la piscina y pasar una tarde de lo más agradable. Por la mañana, llamaría a Marce para que cogiese un taxi y se reuniera conmigo si le apetecía.
Por un instante, la imagen mental de mí mismo, tumbado a la bartola sobre el sillón inflable que teníamos en la piscina, contemplando la puesta de sol con un buen cóctel en la mano se impuso a todo lo demás.
Cinco minutos después arrancaba mi coche y me dirigía a las afueras, al terrenito que había adquirido mil años atrás y donde había diseñado y construido una casita en la que pensaba disfrutar las vacaciones de verano con mi mujer y mi hija. En otra vida.
Y una hora después, la imagen del cóctel y la piscina se había hecho realidad. Tremenda tarde de relax.
Tras disfrutar, como me había prometido, del espléndido ocaso, salí de la piscina y entré en la casa. Me di una ducha y me puse unos boxers y una camiseta, pues había refrescado un poco. Ventajas del campo.
Fui a la cocina y me preparé una cena ligera. La cocina es el centro neurálgico del chalet, pues desde ella, se puede acceder tanto al sótano-garaje, como al salón, con el que se comunica por una puerta junto a la que hay instalado un pasaplatos con puertecillas batientes, como las de los bares del oeste.
Por comodidad (ya que a Vicky le encantaba desayunar en la cama), la cocina también está conectada con los dormitorios de la planta superior por una escalera, que yo había recorrido mil veces con una bandeja en precario equilibrio para sorprender en la cama a mi mujer. Como he dicho, eso fue en otra vida.
Tras cenar unos sándwiches en el salón viendo la tele, me di cuenta de que estaba cansado, así que me fui a acostar.
Cuando estaba en la cama, me acordé de que no le había mandado a Marce el sms para avisarla de que se viniera por la mañana, pero me dio pereza levantarme a por el móvil y lo dejé para el día siguiente.
Craso error.
……………………………………
De madrugada, desperté repentinamente en la penumbra del dormitorio. La noche era fresquita, así que dormía con la ventana cerrada, pero eso mismo me permitía percibir mejor los ruidos del interior de la casa.
Ahí estaba otra vez. El sonido que me había despertado. Había alguien abajo.
Los huevos se me pusieron por corbata. Había intrusos en mi casa. Joder, maldita la hora en que se me ocurrió venirme a dormir…
La policía. Tenía que avisarles. Mi móvil… ¿dónde estaba? Gemí en silencio al recordar que lo había dejado en el salón, encima de la mesa junto con las llaves.
Mierda. Y el puto teléfono inalámbrico que tenía en el cuarto no estaba en su sitio, como siempre. A saber dónde demonios lo había dejado Marcela la última vez que estuvimos allí.
Otra vez el ruido. Parecía venir del salón.
–         Espera – me dije al ocurrírseme un plan.
Si los intrusos estaban en el salón buscando cosas de valor, quizás podría bajar por la otra escalera y escabullirme por la cocina hasta el garaje. Allí guardábamos copias de las llaves del coche, así que podía largarme echando leches.
Armándome de valor, bajé muy despacio de la cama, dirigiéndome a la puerta del dormitorio. Me quedé paralizado al escuchar una risita proveniente de abajo, pero me forcé a seguir en marcha. En el último momento, se me ocurrió abrir cuidadosamente el armario y sacar uno de mis palos de golf de la bolsa. Me sentí más seguro.
Caminando casi de puntillas, bajé la escalera procurando no hacer ni un ruido. Con el corazón en la boca, puse pié en las frías baldosa de la cocina, con los nervios en tensión, caminando muy despacio hacia la puerta del garaje.
Entonces se abrió la puerta que daba al salón y se encendió la luz de la cocina. Experimentando un principio de infarto, di un salto como de un metro en vertical y aterricé enarbolando el palo de golf para amenazar al maleante que acababa de invadir el santuario de mi cocina, logrando evitar cagarme en los calzoncillos por un pelo.
El maleante era Raquel, que me miraba con los ojos desencajados desde el umbral de la puerta, con la mano todavía apoyada en el interruptor de la luz.
–         A… Andrés – balbuceó espantada mientras la puerta se cerraba detrás suyo.
–         Ra… Raquel… Pero, ¿qué coño haces aquí? ¿Es que quieres matarme de un infarto?
Raquel me miraba alucinada, sin saber qué decir. Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron un segundo hacia la puerta a sus espaldas y pareció tranquilizarse al ver que se había cerrado.
–         Pero… – dijo, recobrando el habla – Pero ¿tú no estabas hoy en casa de tu socio?
–         Se ha suspendido – dije recuperando el aliento – Y como me aburría en casa me he venido para pasar la tarde en la piscina.
–         Madre mía, Andrés, podías haber avisado, casi me muero del susto.
–         ¿Tú? ¿Que casi te mueres del susto tú? Creía que la casa estaba invadida por talibanes y estaba intentando escaparme por el garaje…
Entonces Raquel se echó a reír.
–         ¿Se puede saber qué haces con ese palo?
Me miré las manos sin comprender, hasta que vi que seguía enarbolando el hierro 7 a modo de porra. Sintiéndome ridículo, lo dejé sobre la encimera y me derrumbé en una silla.
–         La madre que te trajo. ¿Qué haces aquí? ¿Estás con Marce?
La sonrisa de Raquel se borró de un plumazo, poniéndose seria. En sus ojos se podía leer sin dificultad el nerviosismo.
–         Eh… Sí, sí, claro que he venido con Marce. Hoy el centro era un muermazo y hacía mucho calor, así que hemos pensado en venir a charlar un rato y a tomarnos unas copas. Lo hacemos de vez en cuando, esto es muy tranquilo.
Me extrañó que Marcela no me lo hubiese comentado, pues no tenía nada de malo que se viniera con sus amigas al chalet cuando le viniese en gana.
–         Entonces, ¿Marcela  está en el salón? – dije levantándome.
–         Umm… Sí, claro, está ahí…
–         Menudo susto me habéis dado. Bueno, voy a darle las buenas noches y me vuelvo a mi cuarto. Ya os ajustaré cuentas mañana.
–         ¡No! Espera – dijo Raquel muy nerviosa – Es que… me da un poco de cosa decírtelo, pero ha bebido un poco y se ha quedado frita en el sofá… será mejor que no la despiertes.
–         ¿Seguro que ha sido sólo un poco? – pregunté errando por completo el motivo del nerviosismo de Raquelita.
–         Sí, te lo juro… Pero, como no está acostumbrada…
–         Vamos, no te preocupes, que no me voy a enfadar porque ande un poco pasada de vueltas. Yo también tuve vuestra edad. Anda, vamos y entre los dos la llevamos a su cuarto.
Me levanté y traté de caminar hacia la puerta del salón, pero Raquel, con un rápido paso lateral, se interpuso en mi camino.
–         No, no hace falta que te molestes… yo sola puedo. Pobrecita, no la hagas pasar vergüenza, antes estaba muy preocupada por decepcionarte si te enterabas de que había bebido.
–         Anda, ya, no seas tonta – dije tratando de esquivarla – Qué vergüenza ni qué leches, te aseguro que a mis años no me voy a asustar…
Pero ella volvió a ponerse en medio, cortándome el paso.
–         Venga, Andrés, hazme caso. Anda, tómate un refresco conmigo, que a eso venía… Además, quería hablar contigo…
Mientras decía esto, deslizó descuidadamente la mano por la parte descubierta de sus senos, como si se secara el sudor. Yo me quedé paralizado, con la boca seca, mirando donde no debía.
–         Bueno, no me parece mal lo de ese refresco…
Raquel me dirigió una sonrisa que hizo que me temblaran las rodillas.
La chica, sin perder un segundo, me tomó por el brazo y me llevó hacia una silla, apartándome de la puerta. Tras obligarme a sentar, abrió el frigorífico y sacó dos latas heladas, ofreciéndome una y sentándose frente a mí.
No pude evitar que mis ojos se deleitasen admirando sus torneados muslos mientras la jovencita cruzaba las piernas. Definitivamente, el refresco era buena idea. Mi boca parecía estar llena de polvo.
No recuerdo muy bien de qué hablamos… de la carrera que iba a estudiar creo. Poco a poco fui calmándome y por fin empecé a darme cuenta de que la conducta de Raquel era un tanto extraña.
–         Bueno – dije agotando el refresco – Ya es hora de irse a la cama. Vamos a por tu amiga y tranquila que no se va a enterar de nada, que cuando se duerme, no la despierta ni un cañonazo; y si ha bebido…
–         ¡No! – exclamó Raquel de nuevo alarmada – Venga, no seas tonto, sigamos charlando, que estamos muy bien aquí tranquilos.
–         Anda, niña, ya hablaremos por la mañana. Avisa a tu madre y nos quedamos aquí todo el día en la piscina…
Entonces Raquel dibujó una expresión extraña en su rostro. ¿Resignación? ¿Enfado? No, creo que sin duda fue determinación.
–         Vaya, vaya, Andrés – dijo de pronto en un tono que no le había escuchado jamás – ¿En la piscina? ¿Tantas ganas tienes de verme en bañador?
Cortocircuito total. Desborde de memoria. Overflow.
–         ¿Qué? – dije haciendo gala de toda mi elocuencia.
–         Venga, no te hagas el tonto… ¿Acaso crees que no he notado cómo me miras?
Mientras decía esto, Raquel se echó un poco para delante y apoyó la palma de su mano en mi pecho, empujando suavemente para mantenerme sentado. Yo la miraba con los ojos como platos.
No sé muy bien de donde saqué la presencia de ánimo para luchar contra la tentación, pero lo hice, así que, con delicadeza, agarré la muñeca de la chica y aparté su mano.
–         Venga, niña, déjate de bromas. Tengo mucho sueño. Vamos a acostar a Marce y luego a dormir.
–         ¿Crees que es una broma? – insistió ella tratando de acercarse de nuevo a mí.
Sujetándola por los hombros, la miré a los ojos con firmeza, tratando de aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir.
–         Sí. Hay ciertas bromas que no me gustan, así que déjalo ya.
Al parecer, Raquel no se esperaba que quitara las manos de sus hombros, pues cuando lo hice, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse de la silla, lo que me confirmó que ella también había bebido un poquito. Agitando la cabeza, me dirigí al acceso del salón, pero la guardiana no estaba dispuesta a perder la partida.
Casi corriendo, la chica volvió a adelantarme y se interpuso entre la puerta y yo, esta vez apoyando la espalda contra la madera.
A esas alturas, ya estaba más que decidido a descubrir lo que había detrás de la dichosa puerta, así que me dispuse a apartar a la joven como fuera. Pero ella tenía aún muchos recursos.
–         ¿En serio crees que es una broma? – dijo volviendo a apoyar la mano en mi pecho y a clavar sus negrísimos ojos en los míos.
–         Raqueeeeel – dije tratando de poner voz de enfado.
–         ¿Y esto? ¿También es una broma?
Y se desató la hecatombe. Les juro que no me lo esperaba. Pensaba que todo era un juego de la niña, que era una chorrada.
Pero su mano deslizándose dentro de mi calzoncillo y agarrando con firmeza mi polla no era ninguna broma.
–         ¡Raquel! – gimoteé sin acabar de creerme lo que estaba pasando.
–         ¿Te gusta esta broma? ¿Te parece divertida?
Mientras susurraba esto, la habilidosa manita de Raquel empezó a acariciar voluptuosamente mi pene. Creo que fue la erección más fulgurante de mi vida. Visto y no visto. Un segundo antes, mi polla descansaba tranquilamente dentro de los boxers y al siguiente era una dura barra de carne que disfrutaba de las caricias que le procuraba la jovencita.
–         ¡Raquel! – siseé – ¿Qué haces?
–         ¿Te dibujo un mapa? – respondió ella sonriendo.
Como pude, me sujeté al marco de la puerta y gemí desesperado. No podía ser, no podía permitir aquello, tenía que recuperar el control de la situación…
Entonces la jovencita apretó su cuerpo contra el mío, sin soltar su premio ni un momento y sus labios buscaron con avidez los míos.
Maldita sea mi estampa. Ya no resistí más.
Con la mente en blanco, hundí mis manos en los sedosos cabellos de la chica, acariciándolos, atrayéndola hacia mí, mientras mi lengua se perdía dentro de sus labios. Allí se encontró con la de ella, que la esperaba ansiosa y juntas iniciaron un sensual baile de pasión. Y mientras, su manita seguía pajeándome con suavidad y enloquecedora lentitud, sin intención real de llevarme al orgasmo, tratando únicamente de darme placer.
–         Y yo me preguntaba si eran vírgenes – pensé sin dejar de devorar la boca de la chica.
Por fin, nuestras bocas se separaron, pero Raquel retuvo mi labio inferior entre los dientes, mordiéndolo ligeramente con exquisita lujuria.
–         ¿Sigues pensando que estoy de broma? – me dijo sonriéndome.
Yo sólo jadeaba, mirándola sin poder contestar.
–         Pues entonces, esto te va a parecer un hartón de reír.
Cuando quise darme cuenta, Raquel estaba arrodillada frente a mí, me había bajado los calzones hasta los tobillos y había empezado a lamer deliciosamente mi incandescente verga. Yo sólo atiné a apoyar una mano en su cabeza, acariciándole el cabello, mientras me sujetaba al marco de la puerta con la otra, para evitar caerme, pues las piernas podían dejar de sostenerme en cualquier momento. Mirando hacia abajo, podía disfrutar del impresionante espectáculo de una hermosa jovencita haciéndome una mamada, así como de la excitante visión de su escotazo.
Ya estaba perdido sin remisión, incapaz de escapar de las garras de aquella ninfa lujuriosa que me chupaba el rabo con la habilidad que sólo podía ser fruto de la experiencia… de una profunda experiencia…
–         Joder – dije para mí mientras resoplaba de placer – Por lo menos ya no es delito…
Era verdad, pues Raquel, un par de meses mayor que mi hija, había cumplido los 18 hacía poco. Quien me iba a decir a mí el “regalito” que iba a terminar por hacerle.
La joven, entregada a su trabajo con intensa pasión, se deleitaba jugueteando con la lengua en mi enrojecido glande. Sabiendo que me iba a excitar, clavó de nuevo sus ojos en los míos, mientras sus carnosos labios absorbían mi hombría con ritmo enloquecedor. Leyendo en mi rostro el intenso placer que estaba experimentando, Raquelita sonrió libidinosamente, con medio rabo bien metido en la boca.
Entonces, sin cortarse un pelo, la joven llevó una de sus manos hasta su entrepierna, acabando por subirse la minifalda por completo. Separando los muslos al estilo de las buenas felatrices de películas porno, empezó a frotarse vigorosamente el coñito, profiriendo estremecedores gemidos de placer con mi polla aún bien enterrada entre sus labios.
Poseída por la lujuria, Raquel cerró los ojos e incrementó el ritmo de su mano entre sus piernas, disfrutando tanto de las caricias que se administraba como del caramelito que se había llevado a la boca.
Pero yo no me había olvidado de la puerta del salón.
Creo que, precisamente, fue esa preocupación por descubrir lo que Raquel había intentado ocultarme por todos los medios lo que me permitió mantener la cabeza lo suficientemente fría para no eyacular enseguida. Como estaba pensando en otra cosa, pude resistir las ganas de vaciar mis pelotas en la dulce boquita de la chica, consiguiendo así alargar la situación.
Alcé la vista y miré la puerta, dejando a Raquel concentrada en lo suyo. Como la nena estaba agachada frente a mí, su trasero quedaba apretado contra la madera, con lo que sólo podía abrir apartándola de allí. Y, obviamente, yo no quería distraerla de sus aficiones, pobrecita, era mejor dejarla a su aire.
Pero en sus cálculos, Raquel se había olvidado del pasaplatos, la ventanita que comunicaba con el salón y que, al estar junto a la puerta, quedaba perfectamente a mi alcance.
Muy lentamente, estiré la mano hacia la puerta batiente, procurando en todo momento que Raquel no se diera cuenta, no fuera a ser que interrumpiera sus trabajos de limpieza de sable.
Usando tan sólo la punta de los dedos, empujé suavemente la puertecilla, que empezó a abrirse sin resistencia muy despacio, ensanchándose progresivamente la rendija por la que podría atisbar lo que era en realidad el misterio del salón… Aunque ya me imaginaba lo que iba a ser….
Lo primero que percibí fue que la luz estaba encendida, aunque la intensidad era muy tenue (tenemos dos lámparas con regulador). Poco a poco, por la rendija fue apareciendo uno de los sofás que tenemos y enseguida percibí que no estaba vacío.
Abriendo un par de centímetros más, comprobé que el ocupante era un joven, al que yo conocía de vista, que yacía inconciente con un brazo colgando como si estuviera muerto.
–         Éste ha bebido más de un poco – dije para mí.
Pero el verdadero espectáculo estaba en el otro sofá. Para verlo, tuve que abrir bastante la puertecilla, aunque los actores que allí estaban no se dieron cuenta de nada, concentrados como estaban en lo suyo.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando me enfrenté a la escena esperada. Marce estaba allí. Y no estaba sola.
Iluminados por la tenue luz de las lámparas y por la de la luna que penetraba por el ventanal, pude ver a mi querida hijita sentada a horcajadas sobre el regazo de un chico cuyo rostro no pude vislumbrar, pues Marce estaba literalmente devorándole la boca con ardor.
Marcela, presa de la excitación, movía las caderas acompasadamente sobre el chico, frotando su entrepierna voluptuosamente contra él. Mientras, el muchacho, que no era tonto, había deslizado sus manos bajo la falda del vestidito y amasaba su trasero con tantas ganas que desde mi posición podía escuchar perfectamente los gemidos de placer de mi hija.
Justo entonces, Marcela apartó su boca de la del chico, repitiendo el numerito que Raquel había practicado conmigo minutos antes, de morderle con lujuria el labio inferior. Sin duda habían aprendido el truquito juntas.
Escuché que el muchacho le decía algo a Marce que la hizo sonreír, aunque no logré percibir el qué; debió de ser un comentario acertado, pues mi hija lo recompensó con otro beso.
Raquel, mientras, ajena a mi experiencia como voyeur, seguía dale que te pego a mi manubrio, gimiendo y jadeando de una forma que me ponía los pelos de punta, sin darse por fortuna cuenta de nada.
Marcela siguió frotándose con descaro contra el muchacho y éste, ni corto ni perezoso, sacó una de sus manos de debajo de la falda de mi niñita y empezó a sobarle con ganas las tetas. El muy cabrito no tardó ni un segundo en bajarle uno de los tirantes del vestido y en extraer uno de los senos del sostén. A pesar de la distancia, pude ver que el fresón de mi hija estaba al máximo de su volumen y el chico, que como ya dije no era tonto, se abalanzó golosamente sobre él, absorbiéndolo entre sus labios, mientras su mano estrujaba el bellísimo pecho a placer.
Marcela gimió estremecedoramente y engarfió los dedos en los cabellos de su pareja, aunque a éste pareció no importarle, pues siguió chupeteándole el pezón con ansia.
Yo estaba cada vez más excitado, sabía que iba a acabar de un instante a otro, pero sentía que, en cuanto se descorchara la botella, aquel maravilloso show iba a terminar. Se acabaría la magia del momento, así que traté de frenar un poco los chupetones de Raquel con la mano, intentando serenar su ritmo.
Alcé de nuevo la mirada y vi entonces que mi hija, tras decirle algo a su amante, se incorporaba y descabalgaba de él, poniéndose en pié frente al sofá. Me sorprendió ver que el chico tenía los pantalones abrochados, pues, a juzgar por los movimientos pélvicos de Marcela, había supuesto que estaba cabalgando empalada en la verga del chico, pero no era así; se había limitado a frotar el coño contra él. De todas formas, estaba bastante seguro de que no tardaría mucho en estar empitonada.
Pero ella quería probar antes otra cosa.
Contemplé entonces a mi hija, hermosa, sensual, con aquel único seno desnudo asomando de su vestido, conversando lascivamente con el muchacho que la admiraba desde el sofá, embelesado como yo, con la respiración agitada.
No entendí bien lo que Marcela le decía al chico, pero estoy bastante seguro de que fue más o menos: “Ahora me voy a comer tu polla”.
Imitando la postura de Raquel, mi niña se arrodilló entre los muslos abiertos del afortunado y, en menos de un segundo, había extraído su dura verga del encierro del pantalón, con una destreza tal, que me confirmó que no era ni de lejos su primera vez.
Y, como una loba en celo, se abalanzó sobre la estaca del muchacho y hundió su rostro entre sus piernas, mientras el pobre chico gemía de placer.
Y ya no pude más…
–         Ra… Raquel… – balbuceé, quitando la mano de la puertecilla y permitiendo que se cerrara, ocultando el espectáculo del salón.
Bastó ese simple susurro para que la chica me entendiera. Con habilidad, retiró sus labios de mi polla justo un nanosegundo antes de que ésta entrar en erupción. El primer disparo le dio justo en la nariz, pegoteándosela de semen. Raquel dio un encantador gritito de sorpresa y desvió mi verga unos centímetros, de forma que los siguientes lechazos fueron a parar a la parte visible de sus tetas, pringando de camino su top y el chaleco.
Como la pobre estaba arrodillada y atrapada contra la puerta, no pudo apartarse a tiempo de las descargas, así que todos los pegotes aterrizaron sobre ella. Aunque, he de admitir que, bastante excitado por la situación, no puse demasiado empeño en evitar que la alcanzaran. Más bien lo contrario.
Pero ella no se molestó en absoluto. Dando un nuevo gritito, se dejó caer de culo al suelo, apoyando la espalda en la puerta. De pié frente a ella, mi polla vomitaba los últimos restos de mi corrida, mientras la joven, de forma un tanto surrealista, reía suavemente.
–         Joder, Andrés… Qué cargadito ibas… – dijo mientras repasaba todas las condecoraciones que había sobre su ropa.
–         Lo siento… Traté de avisarte…
–         Lo voy a tener que meter todo a lavar…
Con la polla aún goteando y los calzones enrollados en los tobillos, admiré en silencio a la bella putilla. No tuve más remedio que reconocer que Marcela se había buscado una amiga muy fiel, dispuesta a cualquier cosa por ella.
–         Se te ve todo – le dije bromeando.
Era cierto. Raquel se había sentado en el suelo y no se había molestado en cerrar las piernas, por lo que su bonito tanguita de color blanco quedaba bien a la vista.
–         ¿Te gusta? – dijo la muy guarrilla.
Mientras decía esto, apartó levemente el tanguita hacia un lado con la mano, permitiéndome ver una pequeña porción de su chochito, lo que hizo que mi polla, a pesar de estar un tanto mustia, pegara un brinco.
–         Raqueeeeeel… – dije en tono cansado.
Ella simplemente me sonrió y cerró las piernas.
–         Ha estado bien la bromita, ¿verdad? – dijo sin dejar de sonreírme, mientras se limpiaba el lechazo de la cara con el chaleco.
–         Vaya si lo ha estado. Aunque no sirvió de mucho.
–         ¿Cómo? – exclamó extrañada.
Por toda respuesta, señalé el pasaplatos y ella comprendió al instante.
–         Joder. Menuda mierda. Tanto esfuerzo…
–         No me ha parecido que te esforzaras tanto. No parecía disgustarte.
–         Bueno… No te lo creas tanto – me dijo juguetona – No estás mal y eso, pero eres un poco mayor…
–         Anda, levanta de ahí.
Tendiéndole la mano, la ayudé a ponerse en pié. Entonces ella dio un repaso a su ropa, pasándose de camino la mano por los senos y retirándola pringosa de semen. Aquello me excitó.
–         Madre mía, cómo me has puesto…
Tras decir esto, Raquel caminó hacia el fregadero y abrió el grifo, procediendo a asearse con un trapo. Yo la contemplaba en silencio, mirando embelesado su precioso culito que se agitaba al ritmo que marcaban las maniobras de limpieza. La chica, descarada, no se había molestado en bajarse la minifalda, por lo que me brindaba sin pudor alguno el maravilloso espectáculo del tanguita blanco perdiéndose entre sus hermosas nalgas.
Y excitándome cada vez más.
–         Quien iba a decirnos que un día acabaría comiéndote la polla en tu cocina, ¿eh Andrés?
–         Sí que es verdad – asentí, con la mirada hipnotizada por sus rotundos molletes.
–         Y todo para nada…
–         Bueno, para nada no… – dije sin pensar.
Ella volvió la cabeza hacia mí y me miró divertida.
–         Bueno, seguro que a ti no te ha parecido mal… Que ya he visto cómo me miras…
Y me guiñó un ojo con expresión tan libidinosa, que mi mástil se irguió varios centímetros.
–         Esta noche seguro que vas a dormir bien – dijo volviéndose y reanudando la limpieza.
Di un silencioso paso hacia ella, con los calzones todavía enredados en los tobillos.
–         Aunque yo me he quedado a medias. El gilipollas ese está como una cuba…
–         Muy gilipollas – convine en silencio, acercándome todavía más.
–         Y mientras, tu hija, pasándoselo en grande…
Raquel dio un gritito de sorpresa cuando agarré sus tetas desde atrás y ubiqué mi dura polla justo entre sus nalgas, apretando con ganas. Hice tanta fuerza que sus pies despegaron del suelo, estrujada contra el fregadero, donde tuvo que sujetarse para no terminar bajo el chorro de agua.
–         ¡ANDRÉS! ¿QUÉ HACES?
–         ¿A ti qué te parece? – respondí mientras mis febriles manos aferraban el top por delante y, de un tirón, liberaban los juveniles senos de su encierro.
–         ¡No! ¡Espera! – dijo ella agitando inútilmente los pies en el aire.
Sí. Para esperar estaba yo.
Embrutecido por la excitación y la lujuria, con la imagen de mi hija chupando una verga todavía bailando en mi mente, le metí mano a Raquelita por todas partes. Dándole un pequeño respiro, separé un par de centímetros mi cuerpo, permitiendo que sus pies tocaran suelo de nuevo, pero sólo para poder hundir una mano entre sus muslos a placer, apartando con brusquedad su tanga.
–         No… Me haces daño… tranquilízate…
Raquel seguía aferrada al borde del fregadero, tratando de empujarme hacia atrás, pero se notaba que lo hacía sin verdadera convicción, gimiendo excitada por las caricias que estaba aplicándole en el coño.
Cuando me quise dar cuenta, Raquel había separado los muslos, permitiéndome llegar con mayor comodidad al área de conflicto, con mis dedos chapoteando en la exquisita humedad que había entre sus piernas.
Con lujuriosos movimientos de cadera, froté mi enardecido nabo contra su culo, mientras ella empezaba a mover las suyas respondiendo a mis caricias. Sonriendo, abandoné su entrepierna y llevé mi mano empapada de jugos hasta sus labios, para que ella pudiera deleitarse con su propio sabor. Y lo hizo con ganas…
–         Joder, cabrón… me estás poniendo cachonda.
Aquello me gustó. Saber que todavía era capaz de encender el interruptor de una chavala como aquella… me llené de orgullo.
–         Pues lo mejor está por llegar – siseé en su oído, un instante antes de morder su lóbulo con voluptuosidad.
–         ¡AAHHHHH! – gimió ella, sucumbiendo por completo a mis caricias.
Mi otra mano estrujaba y sobaba sus gloriosas mamas, deleitándose en juguetear con sus durísimos pezones, amasando las sublimes masas de carne, extendiendo mi propio semen en la ardiente piel…
–         Por favor… – gimoteó la chica – Métemela ya…
Sus deseos eran órdenes para mí. Con violencia, agarré el borde del tanguita y lo arranqué, destrozándolo, pues no quería perder tiempo en quitárselo. Su dueña protestó levemente, pero bastó con apretar mi dureza contra su cuerpo, para que la queja muriese en sus labios.
–         Hijo de puta… – siseó en el tono más erótico que había escuchado en mi vida.
Y se la metí. Hasta el fondo. De un tirón. Su coño recibió mi polla como si estuvieran hechos el uno para el otro. Mi pelvis se apretó con tantas ganas contra su trasero que volví a alzarla en volandas. Su cuerpo se tensó ante la penetración, en una devastadora oleada de placer y luego se dobló un poco hacia delante, amenazando de nuevo con meterse bajo el grifo, que seguía abierto.
No aguantando más, empecé a follarme aquel glorioso coño con ganas, aplicando mi experiencia con las putas de lujo para darle placer a aquella ardiente jovencita.
–         Eres un cabróoooon… – gimoteó ella entregada al placer – Vas a ir a la cárcel…
–         ¿Por qué? – susurré sin dejar de follarla – Ya no eres menor…
–         Síiiiii… Joder, dame más, qué bien follas…
Oírla hablar así me enardecía hasta extremos insondables. Raquel siempre se había mostrado muy educadita conmigo delante, un poquito descarada, pero educada. Y escucharla decir tacos como un carretero mientras me pedía que la follara… me volvía loco.
–         Ostias, ostias, ostias… que me corro – jadeó la joven.
–         Sí, puta – pensé – Córrete. Córrete para mí.
Aunque no dije nada, no fuera a ser que se enfadara e interrumpiera la función.
Cuando se corrió, las caderas de Raquel empezaron a experimentar fueres espasmos, mientras su vagina apretaba mi polla de forma enloquecedora. Como pude, me las apañé para bajar el ritmo, hundiéndome en ella lentamente, para permitirle que gozara al máximo del orgasmo.
–         Joder, qué bueno… qué bueno…
Me pareció que hasta lloraba de gusto. Volví a sentirme pletórico.
Con cuidado, le saqué mi incandescente barra del coño, volviendo a frotarla con cuidado en su grupa, permitiendo que disfrutara de los últimos estertores del clímax. Sus caderas seguían agitándose en espasmos, pero más ligeros y controlados que los anteriores.
–         ¿Te ha gustado? – le susurré cuando se calmó un poco.
Por toda respuesta, ella se liberó de mi abrazo y se dio la vuelta, volviéndose hacia mí y clavando sus brillantes ojos en los míos. Sin decir palabra, volvió a besarme con pasión, poniéndose de puntillas, atrapando de nuevo mi verga entre nuestros cuerpos.
–         Pues aún falta lo mejor – dije cuando nuestros labios se separaron.
Ella me sonrió, permitiéndome recrearme en el brillo de su mirada. Volví a besarla.
Instantes después, las piernas de Raquel rodeaban mi cintura mientras yo volvía a penetrarla, por delante esta vez. Mientras la follaba, sus ojos seguían clavados en los míos, pudiendo leer el inconfundible fulgor del placer en ellos.
Para ayudarme a sostenerla, la senté en el borde del fregadero y seguí bombeando en su coño con ansia, sintiendo que había rejuvenecido 20 años… o 30.
Raquel, por su parte, pronto estuvo gimiendo y jadeando otra vez…
–         Sí… ¡Oh, Dios, qué bueno! ¡Qué bien follas! ¡Si lo hubiera sabido antes!
Joder. Era como las putas que contrataba. Aquella niña sabía bien cómo enardecer a un hombre. Sentía que iba a explotar.
–         Raquel – balbuceé – No puedo más, me voy a correr…
–         No… espera… un poco más… ya casi estoy… ya… yo también…
No sé cómo me las ingenié, pero aguanté lo justo para hacer que ella también se corriera. Estaba hecho un campeón. Menuda faena. Ni en mis mejores tardes.
Presintiendo la avenida, traté de retirarme del tierno chochito, pero ella no me dejó…
–         No… No… hazlo dentro… No pasa nada… Quiero sentirte dentro de mí…
Y lo hice. Encomendándome a Dios para que fuera cierto que no pasaba nada, apreté con fuerza el culo contra la entrepierna de Raquel… y me vacié a lo bestia.
–         Joder, joder, joder… – repetía yo mientras mis huevos vaciaban su carga en el interior de la chica.
–         Sí, dámela, dame tu leche… Dios, cómo quema, me quemas por dentro…
Minutos después ambos jadeábamos abrazados, con ella todavía sentada en el borde del fregadero, sintiendo cómo mi verga menguaba en su interior. Agotados, me retiré de ella, permitiendo que se bajara y sus pies volvieran al suelo.
Sin pensar, la abracé con fuerza y besé sus cabellos, mientras ella me devolvía el abrazo con fiereza.
Apartándome de ella, apoyé la espalda en la encimera a su lado, jadeando y sonriente, sin acabar de creerme lo que acababa de pasar.
–         Pues no, no ha estado nada mal la broma – dije.
Y los dos nos echamos a reír.
Justo en ese momento, capté un ligero movimiento por el rabillo del ojo. Desviando la mirada, pude ver cómo la puertecita del pasaplatos oscilaba suavemente. Sin duda, acababa de cerrarse.
–         Jodeeeer – dije para mí cerrando los ojos.
……………………………….
Un rato después, descansaba en mi dormitorio boca arriba sobre la cama, con las manos anudadas tras la cabeza y contemplando el techo. Mi mente, que seguía siendo un torbellino, rememoraba una y otra vez los sucesos de aquella noche, con una creciente sensación de irrealidad, preguntándome si no lo habría soñado todo…
Pero estaba cansado, mucho más que nunca antes. Y me dormí.
…………………………………
Por la mañana me levanté tarde, cuando el sol alcanzó la altura suficiente para dirigir sus rayos directamente contra mi cara a través de la ventana.
Todavía aturdido, me las apañé para darme una ducha, mientras me preguntaba una y otra vez qué cara iba a ponerles a las chicas, muriéndome de vergüenza por dentro.
Cuando logré reunir valor suficiente, bajé por la escalera de la cocina, rogando porque las chicas hubieran decidido regresar a casa la noche anterior, dejándome solo, pero los ruidos que escuché abajo me convencieron de que no era así.
Respirando hondo, reuní los pocos arrestos que me quedaban y bajé a la cocina. Allí estaba Marcela, desayunando tranquilamente, vestida con una camiseta de algodón larga, que le llegaba a medio muslo.
–         Buenos días, papi – me dijo tranquilamente – Raquel me ha dicho que estabas aquí, así que nos hemos quedado para bañarnos en la piscina.
–         ¿Eh? – dije medio alucinado.
–         Que vamos a pasar aquí el día – dijo ella poniendo cara “qué tonto es mi padre” – ¿Quieres desayunar? Hay tostadas…
–         ¿Eh?
–         Que si quieres desayunar…
Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra.
–         ¿Y Raquel? – logré decir por fin, derrumbándome sobre una silla.
–         En la piscina. Se ha levantado con hambre de lobo y ha devorado el desayuno.
Tragué saliva, acojonado.
–         Me voy con ella – dijo mi hija tras servirme una taza de café.
–         Va… vale.
Marcela caminó hacia la puerta del salón y la abrió, con intención de salir al jardín por el ventanal. Justo en ese momento se detuvo y se volvió hacia mí, mirándome con una enigmática sonrisa en los labios.
–         ¡Ah! Papi, se me olvidaba…
–         Dime, nena.
–         Como Raquel no ha traído bañador, hemos decidido tomar el sol las dos desnudas…
Yo miraba a mi hija con los ojos inyectados en sangre, boquiabierto…
–         La piscina es hoy territorio nudista. Así que, ya sabes, si quieres reunirte con nosotras… nada de bañador.
Y salió, con su risa cantarina resonándome en los oídos.
………………………
Qué quieren que les diga. ¿Que dudé? ¿Que huí de allí? ¿Que me fui disparado a la consulta del psiquiatra?
Qué demonios. Les bastaría con mirar en el suelo de la cocina, donde estaban tirados mis calzones y mi camiseta, para saber que les estaría mintiendo…
FIN
TALIBOS
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