Al regresar a casa no hubo palabras entre los esposos y, por cierto, tampoco casi las hubo durante el resto del día.   Lo que habían vivido era lo suficientemente impactante como para ameritar el silencio.  Y a la noche, una vez más, vuelta al trabajo, al signo de interrogación que constituía cada noche en ese bar en donde nunca se sabía qué podía pasar.  Fernando volvió a ser vestido como una chica para hacer de camarera puesto que ése era el rol que, ya de forma definitiva, Ofelia le había asignado.  Incluso y una vez más, fue ella misma quien se encargó de vestirlo para la ocasión en tanto que su “asistente” se encargó del maquillaje.  Otra empleada, por su parte, se encargó, de depilarle las piernas, cosa que no habían tenido tiempo de hacer en la noche anterior.  De ese modo la “preparación” de Fernando se hizo, esta vez, más larga e implicó casi una hora.  Como si todo eso no fuera ya mucho de por sí, cayó Adrián, quien parecía hasta allí mantenerse dentro de alguna regla tácita de visitar su bar noche por medio; al ver a Fernando de ese modo, los ojos se le abrieron enormes y no pudo ocultar ni su sorpresa ni su alegría.
                “Jaja… ¡Increíble! – bramó – ¡Sos una artista, Ofelia! – dijo, mirando de reojo por un segundo a la mujerona, quien agradeció el cumplido con un asentimiento de cabeza -.  A ver, Fer, date la vuelta…”
                 Obedeciendo a la orden de su antiguo amigo, Fernando giró sobre sí mismo y quedó de espaldas a Adrián, quien le levantó la falda para escudriñar por debajo.
                  “Impresionante trabajo… – remarcó -.  Una nena, verdaderamente… ¡Y pensar que en la época del colegio la jugabas tan de machito, jaja!  ¿Qué dirían, viéndote hoy, todas esas chicas que tanto suspiraban por vos?”
                  Tanto Adrián como Ofelia rieron; era, por cierto, la primera vez que Adrián hacía referencia directa a algún viejo resentimiento de aquellos años de adolescencia.  Si le quedaba a Fernando alguna duda de estar siendo sometido a una especie de venganza, las palabras que acababa de oír terminaban de confirmar que así era.  Le vinieron de pronto unas incontenibles ganas de pedirle disculpas a Adrián por lo ocurrido con Eliana, pues bien cierto era que él siempre supo lo mucho que gustaba de ella y el enamoramiento que sentía, pero… le pareció que no estaba dado el contexto para hacerlo y que, en todo caso, las hipotéticas disculpas sólo servirían para aumentar la burla o el goce a que tanto Adrián como Ofelia le estaban sometiendo.
                 “Bueno, a trabajar ahora que los clientes están esperando – ordenó Adrián, al tiempo que le propinaba a Fernando una palmada en la cola y dejaba caer la falda sobre la misma -.  Ya me enteré que anoche te tuviste que comer cuatro pijotas, jeje… ¿Quién te dice qué pueda pasar hoy?”
                  A Fernando le parecía increíble el sentirse todavía más humillado, pero ése era exactamente el modo en que las cosas venían  ocurriendo: la degradación siempre parecía encontrar un peldaño más abajo y no hallar nunca el fondo.  ¿Sería indefinidamente así?  ¿O llegaría un momento en el cual, habiendo ya desaparecido cualquier lejano vestigio de dignidad, terminaría por aceptar lo que viniese con la mayor naturalidad y como si no cupiese otra posibilidad?  Por lo pronto, sabía que tenía que dedicarse a atender las mesas.  Cada vez iba adquiriendo una habilidad mayor para caminar sobre tacos sin perder el equilibrio; aun así, nunca desaparecieron los degradantes toqueteos a la pasada ni, mucho menos, los insultos y comentarios hirientes.    Aun a pesar de ello, la noche venía sin sobresaltos, al menos durante las tres primeras horas de trabajo, en el sentido de que nadie pidió ningún “servicio extra” en relación a él.   Distinto era el caso de Eliana, a quien, en alguna de sus tantas recorridas por el salón, Fernando había visto mamando un par de vergas y también siendo llevada por un sujeto asqueroso y desagradable hacia el cuartucho que estaba camino al baño de caballeros.  Pero la suerte de Fernando también cambió en un momento: fue cuando estaba atendiendo una mesa del fondo en la cual un grupo de tipos muy mayores estaban (cosa rara en aquel lugar) jugando a las cartas.  Uno de ellos, que tendría cerca de sesenta, le pidió que le chupara la pija y, obviamente, tuvo que hacerlo.
                  La situación, aunque doliera a Fernando, no era nueva si se consideraba que la noche anterior se había comido cuatro.  Lo nuevo, en todo caso, fueron dos cosas.  Por un lado, que esta vez el cliente sí pagó por el servicio y Fernando tuvo, por tanto, que llevar el dinero a la caja; por otra parte , y contrariamente a lo ocurrido en la jornada anterior, esta vez el tipo sí le acabó en la boca al no haber nadie más esperando para comerle la verga. Jamás dejó de jugar a las cartas, por cierto, y, de hecho, Fernando lo escuchó hacer comentarios relacionados con el juego en plena mamada; es decir: el tipo se comportaba con total indiferencia hacia él.  Y si bien en el momento en que la excitación pareció llegar a su máximo punto tampoco dejó de prestar atención al juego, sí descargó una manaza sobre la nuca de Fernando apenas advirtió que éste quería zafarse al notar que la eyaculación estaba cerca.
                  “Ni en pedo te vas a mover de ahí, linda – le dijo, presionándole la cabeza con fuerza -.  Ya te la comiste toda, ahora te la vas a tomar toda…”
                    Y por primera vez en su vida Fernando sintió lo que era el calor de un río de semen dentro de su boca; de repente, los fluidos y viscosidades de la noche anterior parecieron nada.  Buscó contener la respiración y mantener el semen en su boca para poder escupirlo una vez que el tipo le permitiese soltar su verga, pero no le fue fácil porque la boca se llenó a tal punto que se le hizo imposible no tragar al menos una parte.  Además de ello, el cliente se dio cuenta de que estaba reteniendo la leche en su boca y, con gesto de desprecio, le izó la cabeza por los cabellos para luego estrujarle la boca con los dedos.
                    “Tragá – le dijo, ásperamente -, tragá, puta…”
                    A Fernando no le quedó más remedio que hacerlo.  Sintió el líquido espeso y caliente bajándole por la garganta en dirección a su estómago.   Una vez que el recorrido hubo concluido, el tipo le obligó a abrir la boca para comprobar si realmente había tragado.
                     “Muy bien – dijo -.  Ya llegó a tu pancita, jeje… Ahora desaparecé de acá porque los putos chupapijas como vos me dan asco…”
                       Fernando se alejó del lugar a la mayor prisa que pudo y, al hacerlo, volvió a trastabillar.
                        “Ni te aparezcas cerca de esta mesa porque te vamos a recagar a trompadas, puto de mierda…” – le gritó otro de los que jugaban a las cartas, siendo acompañado por el eco de las risotadas que, desde otras mesas, parecían festejar el comentario.
                        Llegó a la barra totalmente turbado; fue a recoger el siguiente pedido y rogó que no tuviera como destino ninguna de las mesas cercanas a la que acababa de dejar.  Cuando estaba a punto de hacerse con la bandeja, alguien, desde atrás, le cruzó una mano por delante del abdomen y, apoyándolo contra su bulto, le acercó su aliento a la oreja.
                      “Te vengo viendo y ya tenés una cierta cancha en eso de chupar verga, ¿no?”
                       Reconoció inmediatamente la voz: era de la Ariel, el acosador de la barra.  Una vez más la vergüenza se apoderó de él en tanto que Ariel, deslizando una mano, hurgó por debajo de su falda buscándole la cola; le bajó apenas la tanga, lo suficiente como para dejar al descubierto su orificio anal y luego introducirle un dedo para jugar con él.
                        “Pero coger todavía no te cogió nadie, ¿no?” – le dijo al oído con una lascivia tal que Fernando no pudo evitar que se le helara la sangre, víctima de un estremecimiento.  Negó con la cabeza, muy nervioso.
                       “Así me gusta – le dijo Ariel, en una felicitación que estaba en realidad cargada de mordacidad -, porque ese culito es mío; lo pienso estrenar yo…”
                     Fernando bajó la vista hacia la barra e incluso aflojó la presión sobre la bandeja que estaba por llevar a su destino; de algún modo sabía lo que  se venía y empezaba a aceptar su suerte.  Casi como confirmando sus pensamientos, Ariel arrojó unos doscientos pesos en dirección a la caja, los cuales cayeron a escasos centímetros de Ofelia, quien levantó la vista.
                     “Me llevo a esta puta para el cuarto” – anunció Ariel, sin dejar de tener apoyado a Fernando.
                       Ofelia enarcó las cejas y sonrió.
                      “Qué bueno, Ari, que lo disfrutes”
                      “Hay algo más…” – dijo Ariel.
                      “¿Sí?”
                     “También quiero a la puta de la esposa, pero no para cogerla, sino para que vea lo que le hago a esta otra…”
                       Fernando entendió, en ese momento, que jamás pero jamás iba a acostumbrarse a las humillaciones; cada vez que una nueva de ellas sobrevenía, parecía superar las anteriores.  Su rostro se tiñó de desesperación y hasta estuvo a punto de ensayar una respuesta, alguna objeción; sin embargo nada salió de sus labios…
                   “Mmm… me parece una excelente idea – dijo Ofelia -.  Normalmente no damos dos camareras a un mismo tiempo para no desatender las mesas pero…, creo que en este caso y por ser vos, Ari, podemos hacer una excepción…”
                   “Muchas gracias, Ofelia… ¿Cuánto tengo que pagar  por eso?  Es un extra, ¿no?”
                    “Nooo – desdeñó Ofelia -, despreocúpate.  Ella no va a participar en sí, sino que sólo va para mirar… Tomalo como una atención de la casa para un cliente histórico…” – remató la frase con un guiño de ojo y un beso soplado.
                     “Gracias una vez más, Ofe… – dijo Ariel, visiblemente emocionado y sin soltar nunca a  Fernando -.  La verdad que no se puede creer tanta amabilidad…”
                      “Por favor, Ari – hizo un gesto desdeñoso con la mano -.  Es la filosofía de la casa… El cliente… ¿cómo sigue?”
                       Se produjo un instante de silencio y Fernando le echó un vistazo de reojo; al hacerlo notó que la mujerona lo miraba a él, de lo cual cabía inferir que lo estaba conminando a terminar la frase.
                      “El cliente… siempre debe… quedar satisfecho” – musitó, con la voz algo entrecortada.
                        “Así es – rubricó ella -.  Que alguien se encargue de esa bandeja – hizo un gesto hacia el resto de las camareras que andaban cerca -, y tráiganme a la otra puta que no sé por dónde anda…”
                        En cuestión de segundos, y como era norma en aquel lugar, las órdenes de Ofelia estaban cumplidas.  En el exacto momento en que Ariel llevaba por el brazo a Fernando en dirección al cuartucho siendo seguido por Eliana, apareció Adrián, a quien hacía rato que no se lo veía.  Mostró su sorpresa al ver a un cliente llevarse a “dos camareras”, lo cual no era habitual en el lugar, pero Ofelia rápidamente le explicó la situación, ante lo cual Adrián soltó una estruendosa carcajada.
                       “Aaaah bueeenooo, jajaja… Que la pasen bien entonces, chicos… Vos, Fernando, que disfrutes el estreno, jeje… y vos, Eliana, el espectáculo…”
                       Como suele ocurrir cuando un comentario es hecho por el dueño del lugar, su carcajada fue seguida por las de otros, mientras que Ariel, agradeciendo una vez más, continuó con lo suyo, es decir conducir a Fernando hasta esa puertita que, camino al baño, se abría a la derecha.  Entró allí y por detrás lo hizo Eliana.  Ariel puso a Fernando con las manos contra la pared y se ubicó de pie por detrás de él; mientras volvía a jugar con su culo, le tendió un pote a Eliana.
                      “Vaselina – aclaró -.  Embadurnale bien el culo… y mi pija también”
                         Eliana tragó saliva y miró un rato el pote, pero se aprestó luego a cumplir con lo que se le requería.  Untó un dedo dentro de la vaselina y lo introdujo seguidamente en el orificio de su esposo haciendo círculos.  No pudo evitar mirarle la cara y, aun viéndola de perfil, podía captar perfectamente cuánto estaba él sufriendo lo que estaba sucediendo.  Llevó el dedo lo más adentro que pudo; cierto era que así humillaba todavía más a Fernando, pero la verdadera intención, y esperaba que él así lo entendiese era que su debut anal fuera lo menos doloroso posible.  Una vez cumplido tal menester, se encargó de untar la verga a Ariel, que para ese entonces estaba ya lo suficientemente erecta.
                         “Muy bien – dijo éste, complacido -.  A partir de ahora muere definitivamente el hombrecito… Si te quedaba algo de Fernando ahora se te acaba… Decile adiós al machito porque hoy nace una nena… ¿Entendido, Fernanda?”
                         “S… sí” – balbuceó Fernando, con la voz cada vez más entrecortada y los ojos llorosos.
                         Cuando sintió apoyarse la verga contra su entrada anal, un violento estremecimiento recorrió toda su columna vertebral.  Ariel se quedó allí, jugando un poco con la punta de su miembro como si buscara abrir camino, pero al parecer no quedó del todo conforme.
                         “Separale las nalgas” – le ordenó a Eliana.
                          El pedido la tomó a ella por sorpresa y quedó un momento como congelada, sin hacer nada, lo cual pareció impacientar a Ariel.
                           “Abrile el culo, tarada – vociferó -.  Vamos”
                            La premura de la orden recibida provocó una sacudida en Eliana quien, prestamente y a los efectos de no ser luego sancionada por no satisfacer al cliente, puso las palmas de sus manos sobre ambas nalgas de su esposo y, utilizando los pulgares, empujó hacia afuera separándolas; esa única acción bastó para que, automáticamente, el miembro de Ariel ingresara en el orificio tal como si lo hiciera por un tubo.  Una interjección de dolor brotó de la garganta de Fernando a la vez que arqueó su espalda  e hizo grandes esfuerzos por mantenerse aferrado a la pared y no caer de bruces hacia el duro banco que estaba adosado a la misma.  En un gesto insospechadamente femenino, dobló una pierna y la flexionó hasta hacer un cuatro.  Los ojos de Fernando se llenaron de lágrimas y los de Eliana estuvieron a punto de hacerlo también; no hacía más que tragar saliva y sentía que el pecho se le desgarraba por dentro al ver a su marido siendo vejado de tal forma.  Ariel, por su parte, lo tomó por las caderas y sólo se dedicó a bombear haciendo caso omiso de los aullidos de Fernando, los cuales, por el contrario, parecían estimularlo aún más.
                         “Sí, gritá putita… – mascullaba entre dientes -.  Gritá y llorá que eso me gusta…”
                         Fernando sentía romperse su orificio anal y el dolor era tanto que no pudo evitar no cerrar los ojos.  Ariel advirtió eso y su semblante adquirió una mayor seriedad.
                        “Abrí los ojos” – le amonestó.
                         “¿Q… qué?”
                         “Que abras los ojos, puta… Y mirala a ella…”
                          Sin poder creer lo insólito y perverso de la orden, Fernando hizo, luchando contra el dolor físico y psíquico, un esfuerzo sobrehumano para girar la cabeza por sobre su hombro derecho y, como pudo, abrir los ojos, encontrándose, para su peor desgracia, con la mirada de su esposa.  El momento fue tan incómodo para ambos que Eliana bajó la vista, consciente del dolor que Fernando debía estar sintiendo en el alma al tener que mirarla a los ojos en aquella situación.   Ariel, sin embargo, estaba atento a todo y parecía no escapársele una; apenas notó el gesto evasivo por parte de Eliana, la reprendió con sequedad:
                        “Mírense… – ordenó, con la voz entrecortada por no dejar de bombearle el culo a Fernando -; mí… rense los… dos…”
                        No quedó a los esposos entonces más remedio que mirarse entre sí.  Y cada uno de ellos vio en el otro el sello de la angustia.  Fernando no podía soportar estar viendo a la cara a su mujer mientras un tipo lo cogía por el culo y ella no podía soportar ver a su marido sufriendo por eso mismo.  El ritmo de la penetración se aceleró y un par de veces le fue imposible a Fernando mantener los ojos abiertos; Ariel, en cada una de esas oportunidades, se encargó de llamarlo al orden con un golpe en las nalgas.
                      “¡Abiertos! – rugía – ¡Mirándola a ella!  ¡Ojitos bien abiertos!  ¡Como tu culo!…”
                      Y así, con ambos esposos viéndose a los ojos, el bombeo incesante siguió y siguió para tormento de la pareja.
                        “¿Te ex…cita ver lo que le estoy haciendo?” – preguntó en un momento Ariel, dirigiéndose  a Eliana.
                       Una vez más, la fórmula harto repetida retumbó en la mente de ella: “el cliente siempre debe quedar satisfecho”…
                      “Sí – respondió, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no bajar la vista ya que debía mantenerla en Fernando -, me excita…”
                      “Tocate entonces…”
                       Tomada por sorpresa, Eliana desvió la vista hacia Ariel.
                      “No me mires a mí, pelotuda, mirala a ella…” – le amonestó Ariel a viva voz, lo cual hizo que Eliana volviera a posar su mirada en los ojos de Fernando de un modo que, de tan rápido, pareció un impulso casi eléctrico.
                       “Tocate… – le repitió Ariel -.  Las tetas con una mano y la conchita con la otra…”
                        Por un instante, la cabeza de Eliana se detuvo pensando si aquello no sería algún tipo de servicio pago, pero nada había oído al respecto, es decir que forzosamente sólo quedaba encuadrar el asunto dentro de la formulita siempre repetida.  Sin detenerse más en cavilaciones, llevó por lo tanto, una mano por debajo de su falda hasta tocar el pubis por encima de la tanga e hizo lo propio con la otra masajeándose las tetas por sobre la remera.
                        “Sos estúpida, ¿no?” – le espetó Ariel, provocándole un respingo; ella lo miró sin entender -.  Contestame: sos estúpida, ¿no?”
                    La desesperación se apoderó del rostro de Eliana; una vez más desvió la vista hacia Ariel y rápidamente le llegó la amonestación.
                    “¡Mirame una vez más y hablo con Ofelia para que te deje el culo de una forma que no te puedas sentar por un mes” – vociferó Ariel, motivando que ella, presurosa, girara sus ojos nuevamente hacia su esposo.
                    “Me imaginé que tenías que ser estúpida – continuó Ariel, ahora algo más sereno pero siempre con un toque de indignación o impaciencia en el tono de su voz -; todas las mujeres lindas lo son.  Lo que tenés en esas tetas tan hermosas es seguramente lo que te falta de cerebro… Si te estoy pidiendo que te toques, entonces es porque quiero ver cómo te tocás las tetas y cómo te tocás la concha… Subite esa remera, levantate el corpiño, bajate la bombacha, pedazo de pelotuda…”
                    La vergüenza no cabía dentro de Eliana ante la forma en que aquel hombre le hablaba.  De hecho, Ariel parecía jugar a una doble humillación, ya que era tan humillante para ella someterse a sus caprichos como lo era para Fernando tener que escuchar y ver aquellos tratos hacia su esposa sin poder hacer absolutamente nada.  Ella, obedientemente y manteniendo siempre sus ojos sobre los de su marido, llevó con una mano su remera hacia arriba y luego hizo lo propio con el corpiño dejando al descubierto sus hermosísimos pechos; con la otra mano, en tanto, bajó su tanga hasta la mitad de los muslos y, a continuación, se dedicó a tocarse tal como aquel perverso cliente requería.  Ariel sonrió satisfecho y retomó la tarea de bombear por el culo a Fernando, la cual había interrumpido sólo por unos instantes para increpar a Eliana por la tibieza de sus acciones.
                   Y así, masajeándose tanto los senos como la vagina y viendo cómo su marido era penetrado estando vestido y maquillado como una chica, Eliana se descubrió a sí misma sintiendo una extraña excitación que le provocó una horrenda culpa y supo que, seguramente, ése había sido el objetivo principal de Ariel al pedirle que se tocara.  De modo análogo, al  ver a su esposa toquetearse de ese modo, también Fernando fue invadido por una excitación terriblemente culposa, evidenciada en el cosquilleo que sintió en su propia verga, la cual, a su pesar y contra su voluntad, comenzó a pararse.
                 “Mmmmm… qué linda nena me estoy cogiendo…” – le decía Ariel a viva voz; no cesaba, por cierto de llamarlo “Fernanda”, “nena” o “putita” y, extraña e insólitamente, Fernando ahora sentía que incluso esas degradantes palabras le producían un cosquilleo indefinible.  Cuando Ariel se sintió cerca del orgasmo, aun entre sus jadeos instó a Eliana a que se masajeara con más fuerza la vagina e, incluso, a que se masturbara.
                 “Dale, boludita sin cerebro… ¡Masturbate! ¡ Y vos también, putita! – ordenó, estrellando un nuevo golpe contra las nalgas de Fernando, el cual, sorprendido, no llegó a entender la idea y se quedó como atontado.
                    “Otra pelotuda más – protestó Ariel -.  Tocate la concha y mastúrbate…”
                  La orden, por cierto, no dejaba de crear confusión en la mente de Fernando por mucho que fuera el empeño que pusiera en cumplirla.  Estaba obvio que, ya para ese entonces, Ariel lo consideraba una mujer y, más allá de que realmente lo creyese o que fuera simplemente eso lo que a Fernando quisiera meterle en la cabeza, lo cierto era que había que obedecerlo… de algún modo.  Fernando, sin dejar de mirar un solo instante a su esposa, llevó una de sus manos hacia su pene y no pudo evitar un terrible shock al notarlo sorprendentemente erecto.  Comenzó a masturbarse: era la única forma en la cual podía, de algún modo, cumplir con lo que se le solicitaba y que el cliente, como recitaba la formulita, quedara satisfecho…
                 Los jadeos de Ariel se fueron incrementando en lo que constituía, a todas luces, un evidente preámbulo al orgasmo y ello operó casi como si una corriente de excitación les recorriera a los tres al mismo tiempo del mismo modo que si estuvieran conectados por un cable: así, la respiración de Eliana, al igual que la de Ariel, se hizo cada vez más jadeante y lo mismo ocurrió con la de Fernando, cuyos gemidos de excitación se confundían con los aullidos de dolor que le provocaba la penetración anal que estaba sufriendo.  El primero en llegar fue Ariel, pero los dos esposos lo hicieron casi inmediatamente: un virtual empate… Y Fernando, quien sólo unos instantes antes conociera la extraña sensación de sentir el río de semen corriendo por su garganta, ahora podía sentirlo también dentro de su culo: dos sensaciones inéditas en una misma noche.
                    Una vez que Ariel hubo terminado con él, retiró su verga y le dio un palmada en la nalga que esta vez pareció más de felicitación que de reto.
                   “Muy bien, jeje…- se hizo hacia atrás algunos centímetros como para escudriñarle bien el culo -.  Sangró un poquito, es lógico… Gracias por todo, Fernandita…”
                   Un mugroso billete de cinco pesos hecho un bollo cayó sobre el banco adosado a la pared y no hubo ninguna otra propina, de lo cual se podía inferir que debían compartirla.

Esa madrugada, al retirarse a la casa, ambos sabían que habían vivido, una vez más, una noche que ya no olvidarían.  No hubo, esta vez, fustazos para ninguno de los dos, lo cual bien podía ser visto como un dato alentador; Fernando agradeció al cielo que así fuese ya que, entre las tandas de fustazos recibidos y la cogida que le habían dado, ya no sólo no podía casi sentarse sino tampoco moverse y, de hecho, caminaba con dificultad y sin poder contener gestos de dolor.  Una vez más no hubo casi palabras entre los esposos pero al momento de meterse en la cama, Eliana sorprendió a Fernando con una pregunta, ya cuando la luz estaba apagada y la única luminosidad provenía de la luz del sol que alcanzaba a entrar por entre las rendijas de la persiana americana.

                     “¿Fer…?”
                     “¿Sí?”
                    “¿Estás despierto?”
                   “Obvio que sí… o no te hubiera contestado…”
                   “Ah… es que, me había quedado pensando…”
                   “¿En…?”
                   “En lo que pasó hoy”
                    “Si no te jode, prefiero no hablar de eso” – dijo enfáticamente Fernando, removiéndose y reacomodándose en la cama con el aparente objetivo de entregarse, dentro de lo posible, al sueño.
                      “Está bien, pero es que…” – Eliana se quedó en silencio, como si algo la detuviera y no fuera capaz de decir lo que seguía o que tenía en mente.
                     “¿Es que…?”
                     “A mí… nunca me hicieron la cola…”
                      Claro.  Fernando ni siquiera había pensado en eso.  Una nueva estocada pareció darle en el vientre.  Él había sido estrenado por detrás aun antes de que lo fuera su esposa.  Ni siquiera en las noches que llevaban trabajando en el bar había habido cliente alguno que solicitara de ella ese servicio aun cuando estaba disponible y con tarifa propia.
                    “Está bien, entiendo…” – dijo Fernando -.  ¿Y a qué vas con eso…?”
                     “Hmm, no… sé, es sólo que… fue raro verte así…”
                      “Imagino que sí” – dijo Fernando en un intento por dar por concluida la conversación que, sin embargo, no funcionó.
                      “Es que… no sé – continuó ella -, es como que ahora te veo y veo otra cosa…”
                      “No entiendo” – repuso él con evidente fastidio.
                       “Sí, creo que ni yo lo entiendo… Pero verte así, vestido de mujer, no sé… es una imagen muy fuerte y sé que me va a dar mucho trabajo volver a verte como te veía antes… Además, me dio la impresión de que lo estabas disfrutando…”
                       Fernando se giró hacia ella y le dirigió una feroz mirada en medio de la semioscuridad.
                      “¿Por qué no te vas a la mierda?” – espetó.
                      “No, no te enojes, por favor…, sólo te digo lo que… me pareció…”
                       “Bueno, entérate entonces: no lo disfruté” – replicó, tajante.
                       “Pero se te paró el pito…”
                         Silencio.  Fernando se removió en la cama y volvió a acomodarse mirando hacia el lado opuesto.
                      “Eso no significa nada; vos también estabas mojada…”
                      “¿Te puedo hacer una pregunta…?” – lanzó ella, a bocajarro.
                       “Ok, pero que sea la última… Quiero dormir”
                     “¿Está bueno?”
                       Fernando se removió y volvió a mirarla.
                      “¿Perdón…?”
                      “Si… está bueno…, ya sabés, me refiero a que te hagan la cola”
                       La incredulidad de Fernando ya no tenía límites; no sabía en qué rincón de su ya maltratada mente podía intentar alojar la pregunta que acababa de hacerle su esposa.  Volvió a reacomodarse en el lecho, colocando el antebrazo por debajo de la almohada.
                       “Quiero dormir” – respondió simplemente y cerró los ojos.
                       La realidad fue, sin embargo, que no pudieron dormir mucho y esta vez no fue sólo el estado de conmoción vivido lo que incidió en ello sino también el hecho, inesperado, de que poco antes del mediodía, les tocaran el timbre.  Fernando trató de hacer oídos sordos al llamado e incluso recomendó a Eliana que lo dejara sonar.  Ella, sin embargo, prefirió levantarse e ir a ver de quién se trataba.  Grande fue su sorpresa, y también la de Fernando una vez anoticiado al respecto, de que quien estaba en la puerta era nada menos que Adrián, a quien ya no habían visto por el bar después de aquel encuentro a la pasada camino del cuartucho en el cual Ariel le diera a Fernando una cogida atroz.  Adrián no venía solo, lo cual no constituía de por sí una sorpresa ya que, en el poco tiempo que llevaban trabajando para él, habían descubierto que era bastante común verlo con compañía femenina; pero en este caso quien lo acompañaba daba un look algo diferente de las chiquillas habituales: se trataba de una mujer alta y muy elegante, rubia, cabello recogido, lentes, ropa de ejecutiva e infaltable carpetita en la mano.
                    Una vez que tanto Eliana como Fernando se hubieron levantado de la cama y, con gran esfuerzo, fueron a la reja para atenderle, Adrián les saludó tan efusivamente como era su costumbre y les presentó a la dama como la agente inmobiliaria que venía a ver la casa.
                 Ambos esposos se miraron, presa del pánico tanto uno como el otro.  Con las traumáticas experiencias de las últimas noches, prácticamente se habían olvidado del plan de Adrián de quedarse con una parte de la casa en concepto de pago por hacerse cargo de algunas de sus deudas.
                 “Ella se va encargar de determinar por dónde pueden hacerse las divisiones y cómo habría que rehacer los planos y efectuar la transferencia – explicó Adrián -; sólo vamos a robarles unos minutos y podrán seguir durmiendo.  Ya sé que anoche tuvieron una noche agitada – sonrió maliciosamente y acercó su mano al rostro de Fernando para pasarle el pulgar por la comisura del labio -.  Te quedó un poco de rouge…”
                 La mujer, sonriente, les saludó a ambos extendiéndoles su mano o, más bien, en un gesto típica y antipáticamente ejecutivo, apenas las puntas de sus dedos.  Luego de ello, como si fueran convidados de piedra dentro de su propia casa, el matrimonio caminó por detrás de Adrián y de la agente inmobiliaria mientras ésta hacía anotaciones y, cada tanto, se intercambiaban comentarios.  En ningún momento se les pidió un parecer ni a Eliana ni a Fernando.  Hablaban de cifras, de tasaciones, de medidas, de planos, pero hasta allí nada en claro para la pareja de esposos.   Luego de pasar junto a la piscina, llegaron al pequeño cobertizo en el cual se guardaban las herramientas, apenas una habitación sin ventanas de tres por tres.  Pidieron a Fernando que abriera la puerta y escudriñaron dentro, ambos con aspecto de estar haciendo cálculos y proyecciones.  Una vez que cumplieron con tal menester volvieron junto a la piscina: la agente inmobiliaria mostraba a Adrián su carpeta y le daba explicaciones que el matrimonio no llegaba a entender del todo, pero que el viejo amigo de ambos parecía seguir con particular atención a juzgar por la seria expresión de su rostro.  Cuando terminaron de conversar y parecieron llegar a un acuerdo, ambos, sonrientes, se acercaron nuevamente al matrimonio.
                   “Bueno, creo que ya lo tenemos – anunció Adrián, con tono alegre -.  El perímetro de la propiedad pasaría por aquí – señaló una línea imaginaria en el suelo a algunos metros más allá de la piscina.  A ustedes les quedaría ese galponcito que quedaría incluido dentro de una franja de cuatro metros desde esa línea hasta la medianera del vecino”
                     Otro puñetazo a la mandíbula de Fernando; entornó los ojos y se restregó sus sienes, sin poder creer lo que estaba oyendo.
                       “A ver… – dijo -.   ¿Me… estás diciendo que nosotros… sólo conservaríamos esa pequeña parte de la propiedad y que todo lo demás – trazó un arco abarcando el gran chalet americano, piscina, parrilla,  jardines y cochera -… sería tuyo?”
                     “Así es.  Creo que es un buen arreglo, ¿no?  Piensen que cualquier hijo de puta los dejaría en bolas y sin nada.  Pero yo soy su amigo y los quiero mucho; nunca obraría de ese modo…”
                      Fernando y Eliana se miraron atónitos: él ya había bajado una mano de su rostro pero se mesaba el puente de la nariz con la otra.
                      “No… puedo creer esto…” – dijo, sin salir de su consternación.
                       “Fer… – intentó tranquilizarle ella -.  Veámoslo así: podría ser mucho peor.  ¿Qué vamos a hacer?  ¿Ir a la calle?…”
                       “¡Sí, claro! – vociferó él, perdiendo por completo la calma que había buscado mantener -.  ¡Y vos trabajar de prostituta y yo de travesti! ¿No?  ¿No es acaso lo que ya estamos haciendo?”
                       “Fer… por favor… – ella lo tomó por la mano -.  Necesitamos un techo.  Lo que Adrián está haciendo es un… gran favor para nosotros…”
                        El rostro de Fernando era pura conmoción y confusión.  Volvió a mirar a Adrián y a la agente; ella mantenía una sonrisa permanente que, de tan estructurada, resultaba desagradable.
                        “Creo que ella lo está entendiendo bien… – dijo Adrián -; ¿qué van a hacer?  ¿Vivir en la nada?  ¿Bajo amenazas?  ¿A riesgo de que cualquier día de éstos algún acreedor que haya perdido la paciencia mande un sicario para liquidarlos a ambos?  Poné la cabeza en frío, Fer…, como lo hace Eli… Esto que les estoy ofreciendo no tiene punto de comparación.  Es la posibilidad de vivir seguros…”
                        Fernando bajó la cabeza; estaba a punto de llorar y no quería hacerlo, no delante de Adrián ni de aquella mujer; tampoco, por cierto, delante de su propia esposa.
                         “Adrián tiene razón, Fer… – le decía ella mientras le sacudía la mano casi maternalmente -.  No tenemos mucha alternativa.  Lo que él nos ofrece nos va a permitir, al menos, seguir viviendo…”
                         “Siempre fuiste una chica inteligente” – apuntó Adrián felicitándola con un guiño de ojo, mientras lucía una sonrisa de oreja a oreja.
                         No quedó más camino, por lo tanto, que aceptar el trato, lo cual provocó

en Adrián una gran alegría que no pudo evitar externalizar de la manera más efusiva, con abrazos y besos.  La agente les pidió algunos datos mientras llenaba los formularios; luego les pidió todos los títulos de propiedad y certificados de catastro, así como los recibos de impuestos inmobiliarios que ellos tenían debidamente acomodados en un organizador, si bien los últimos meses estaban todos impagos.  Ella quedó en preparar los papeles necesarios restantes y concertaron en encontrarse de nuevo al día siguiente para colocar las firmas que hicieran falta.  Adrián, incluso, les dispensó de ir a trabajar esa noche al bar; Eliana y Fernando no lograron determinar si tal gesto obedecía simplemente a compensarles un poco el sueño que estaban perdiendo y que perderían con tantos trámites o si, simplemente, era un mínimo atisbo de piedad ante el terrible momento psicológico que la pareja estaba viviendo.

                       Al otro día, puntualmente a la hora convenida, estaban allí.  Esta vez Adrián no vino acompañado sólo por la agente inmobiliaria, lo cual hubiera sido, dentro de todo, esperable, sino que además se apareció en el lugar Ofelia, sin que se supiera realmente cuál era el motivo de su presencia allí, así como también dos chicas muy jovencitas con aspecto de tontuelas de ésas que solían andar colgadas del cuello de él.  Por un momento a Fernando le dio la impresión de que su antiguo compañero de colegio había armado una especie de comitiva como para celebrar su toma de posesión de la casa dándole carácter de festejo.  Una profunda sensación de abatimiento se apoderó del matrimonio, aun cuando Eliana intentara asumir las cosas con una resignación algo más filosófica que Fernando, para quien era como estar presenciando el final de todo.
                     Los esposos se sentaron a la mesa del living comedor y también lo hicieron Adrián y la agente inmobiliaria.  Ofelia, siempre con ese aire exultante y soberbio, prefirió permanecer de pie, en tanto que las dos chiquillas, sin permiso alguno, se dejaron caer sobre los sillones, cosa que molestó particularmente a Fernando.  Prolija y metódicamente, sin abandonar nunca su sonrisa propia de protocolo, la agente inmobiliaria fue desplegando uno a uno los papeles ante los ojos de Eliana y Fernando, mostrándoles los lugares en que debían firmar.  También les enseñó los nuevos planos en los cuales se mostraba el trazado final de la propiedad con sus nuevas separaciones: quedaba bien en evidencia, por cierto, la desproporción existente entre la inmensa porción que pasaba a manos de Adrián y la pequeñísima parte que se dejaba a los esposos: apenas un pequeño rectángulo que no llegaba ni al diez por ciento de la superficie total del terreno.  Con inmenso pesar Fernando fue firmando uno a uno los documentos e inclusive algunos pagarés que le trajo Adrián, la mayoría de los cuales tenían que ver con las deudas contraídas y que irían siendo cancelados en la medida en que tanto Fernando como Eliana cumplieran con horas de trabajo a las órdenes de Adrián: en ningún momento se hablaba de plazos, pero bastaba con hacer alguna cuenta en la cabeza para comprender que estarían unos cuantos años a su servicio.  Una vez que todo el papeleo estuvo cumplido y debidamente firmado, una sonrisa de oreja a oreja cruzó el rostro de Adrián, en tanto que las dos jovencitas corrieron hacia él para abrazarle y besarlo en las mejillas, una desde cada lado mientras él las rodeaba con sus brazos.
                 “Esta noche tampoco vayan a trabajar – les dijo a Fernando y Eliana -, regresen mañana.  Hoy es un día especial y los quiero acá… Ofelia va a encargarse de disponer las cosas en el bar para que todo funcione” – echó una mirada cómplice a la mujerona, quien la devolvió.
                   El resto del día lo dedicaron a que Fernando y Eliana les mostraran bien el lugar y dónde estaban las cosas.  De un modo tácito, los electrodomésticos y muebles de la casa habían pasado también a manos de Adrián desde el momento en que ellos no tenían en dónde ponerlos.  Se desalojó de herramientas el pequeño galponcito pero para sorpresa de Fernando, sólo se les dejó un colchón de una plaza sobre el suelo.
                 “¿A…hí vamos a dormir los dos?” – preguntó, consternado.
                “No, por ahora sólo vos – le respondió Adrián con total naturalidad -.  Eliana es una dama y por lo menos hasta que se acostumbre a la nueva situación va a dormir en la casa, conmigo…”
                  Fernando le miró atónito, sin poder creer; Eliana, no menos perpleja, sólo atinó a bajar la vista.
                    “¿Hasta… que se acostumbre…?” – preguntó Fernando, anonadado.
                       “Sí…, o hasta que me canse de cogerla”
                        Si el anterior comentario de Adrián había sido una bofetada, éste fue directamente un disparo a la cabeza.  Lo dijo, además, de un modo tan natural y con tanta frialdad que no pudo menos que dejar a Fernando sin palabras; por mucho que quisiera encontrarlas, no podía: no le salían.   Todo su cuerpo temblaba; tenía ganas de golpearlo, de insultarlo, pero… a la vez se sentía sin energías y cada vez que veía la suplicante mirada de su esposa,  comprendía que tenía que quedarse en el molde.
                         Y llegó la noche.  Como no podía ser de otra manera, Eliana y Fernando tuvieron que preparar la cena.  Ofelia amagó a retirarse para ir a encargarse del bar pero Adrián la retuvo diciéndole que aguardara un par de horas y, de hecho, se encargó de llamar para decir que llegaría más tarde.  Luego descorcharon champagne, lo cual terminaba de confirmar el espíritu festivo con el cual Adrián había encarado su toma de posesión de la casa que les había pertenecido.  Apenas terminada la cena, Ofelia se apareció trayendo en manos un conjunto de ropa interior más una remera musculosa y una corta falda muy semejantes a las que usaban la mayoría de las camareras en el bar de Adrián.
                         “¿Y… eso…? – preguntó Fernando, consternado -.  Creí que hoy no iríamos a trabajar…”
                         “Y  no van a hacerlo – le aclaró Adrián -.  Es sólo que… no quiero que pierdas la costumbre de usarlo.  Dos días sin caminar sobre tacos te pueden ir haciendo olvidar el hábito y no es la idea, sobre todo considerando que con Ofelia hemos acordado nuevos planes para vos…”
                         Fernando, sin entender, miró a Adrián y luego a Ofelia, quien permanecía de pie e imponente, con las prendas colgando de su antebrazo.
                         “Sí, sí… – continuó Adrián mientras apuraba una copa en la que había quedado un resto de champagne -.  Ya que estamos, te comento una noticia excelente: voy a abrir otro bar más, con lo cual ya serán cuatro… Pero éste tiene la particularidad de que es un bar gay…”
                         Permaneció en silencio, sonriente y mirando a Fernando, no se sabía si a la espera de que éste preguntara algo en relación con lo que acababa de decir o bien de que interpretara de lo dicho algo que, probablemente, debiera caerse de maduro.
                         “Te… felicito… – dijo Fernando, haciendo un esfuerzo sobrehumano por sonar amable -, pero… ¿qué tiene eso que ver conmigo?”
                         “Bueno, es que… con Ofelia hemos notado lo bien que te desempeñas en tu rol de camarerita y me parece que ése sería un lugar ideal para que trabajes”
                           Un silencio brutal se impuso en el lugar.  La agente inmobiliaria bajó la vista hacia el plato, pero sólo lo hizo para ocultar una sonrisa.  Las chiquillas, por su parte, se taparon sus bocas pero llegado cierto momento no pudieron contener más sus risas y rompieron el silencio.  Ofelia, por su parte, reía entre dientes y sin abrir la boca.
                             Con la cabeza dándole vueltas, Fernando sólo atinó a mirar a Eliana, quien daba la impresión de tener un nudo en el pecho.
                            “¿Y con ella?  ¿Qué va a pasar?” – preguntó Fernando.
                           “Ella se queda en donde está” – contestó secamente Adrián -.  Estamos muy conformes con cómo se viene desempeñando y no nos parece que haya demasiado lugar para ella en un bar gay…”
                            A Fernando se le cayeron los hombros por el abatimiento.  Miraba al piso como buscando respuestas.
                           “Adrián…” – musitó.
                           “¿Sí…?”
                           “¿No creés que es… demasiada crueldad?”
                          Adrián dio un respingo.  Era, en bastante tiempo, el primer comentario de Fernando que le descolocaba por implicar alguna resistencia.
                          “¿Crueldad? – preguntó encogiéndose de hombros y abriendo grandes los hombros, mientras miraba en derredor como si se sintiera súbitamente desorientado y buscara respuestas en algún rincón de la sala -.  ¿En dónde ves crueldad?  Les estoy dejando quedarse en la casa, ¿o no?  Les estoy dando la posibilidad de vivir tranquilos… ¿ o no?”
                          “Fer… por favor…” – comenzó a balbucear Eliana.
                          “Ya la sacaste de mi cama – arguyó Fernando en un tono que parecía más implorante que de protesta -.  Ahora también la apartás de mí en el trabajo…”
                       “¡Trabajo que yo les di! – repuso Adrián apoyando la mano contra su pecho -.  ¿Cómo no voy a tener el derecho a disponer las cosas como quiera y como yo… u Ofelia, juzguemos que es mejor para el negocio?  Además, hemos considerado que tu presencia en el lugar tal vez cohíba un poco a Eliana… Si no estás presente, se va a soltar más e incluso quizás se sienta más libre para disfrutar sexualmente… Del mismo modo, pensamos que vos también te vas a liberar más si no estás bajo los ojos de ella… Y si querés verlo desde otro lado…, también puede ser bueno para ambos el no estar sufriendo todo el tiempo al ver lo que hace o le están haciendo al otro.  De algún modo es un acto de benevolencia…”
                      Cada comentario era una daga hiriente.  Fernando crispaba los puños.  Tenía que contenerse: no debía golpearlo, no debía golpearlo…
                       “¿Se trata de… alguna revancha?” – preguntó, débil la voz.
                      Adrián hizo gesto de no entender, aunque no se vio del todo natural.
                      “¿Revancha?  ¿De qué?” – preguntó, con el ceño fruncido.
                      “Bueno… – dijo Fernando tragando saliva -, tal vez te quedó algo por aquello de Bariloche…”
                     “Ba-ri-lo-che… – repitió Adrián remarcando bien cada sílaba y mirando hacia el piso como en actitud evocativa -.  ¿Qué pasó allá?  No recuerdo…”
                     “Bueno… vos estabas enamorado de Eliana…, era algo sabido…”
                     “Ajá, tenés razón, ahora recuerdo… pero sabido por todos menos por vos por lo que pareció…”
                   Fernando ya no sabía qué decir; mantenía la mirada en el piso.
                   “Yo… ya sé que tal vez sea un poco tarde, pero…, siento que debería pedirte disculpas.  Éramos amigos; yo sabía que ella te gustaba y…”
                     “Pero eso ya está – le interrumpió Adrián con gesto desdeñoso -.  Ustedes decidieron estar juntos y olvidarse de mí; tuvieron sus buenos años para disfrutarlo… Y ahora…, ahora me toca a mí, jaja”
                     “La vida da revancha” – apostilló Ofelia, sumándose inesperadamente a la conversación.
                      “Sí, sí, claro…- dijo Adrián -, pero no es venganza eh… – hizo bailar en el aire un dedo índice mirando por un momento a Ofelia Llamémoslo… hmm… jus-ti-cia… Eso es: el tiempo se encarga de ir poniendo las cosas otra vez en su lugar.  A ellos todo les salió bien durante años, pero bueno…, se terminó…, como también se terminaron las burlas a Ofelia en el colegio, ¿no?”
                       “Exactamente” – dijo Ofelia enarcando un poco las cejas y dibujando una maligna sonrisa en la comisura de sus labios.
                      “Yo… debo confesarte que sufrí mucho después de aquel día… – continuó Adrián volviendo una vez más la vista hacia Fernando y mientras un velo de tristeza le cubría por un momento el rostro -, pero un día leí algo, un proverbio chino que dice: quédate sentado junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo”
                     La alusión no podía ser más clara.  Fernando levantó la vista hacia Adrián y se encontró con dos ojos severos y escrutadores.  Se produjo un silencio hasta que fue nuevamente Adrián quien habló:
                      “¿Pero sabés qué es lo que los chinos no vieron?” – preguntó.
                       Fernando negó con la cabeza.
                        “¡Que también podés ver el  cadáver de tus viejos amigos! Jajajaja” – exclamó Adrián, soltando una carcajada que halló eco tanto en Eliana como en las dos chicas y hasta en la agente inmobiliaria, quien venía presenciando toda la escena sin decir palabra alguna pero al parecer muy atenta a lo que se hablaba.
                     “De todas formas eso de cadáver es una metáfora – agregó Adrián apoyando una mano sobre el hombro de Fernando -.  Ustedes están bien vivos y no les va a pasar nada… Somos amigos, ¿no?”
                      Ya no había más nada, por cierto, para decir.  Adrián se apartó a un costado y pareció, tácitamente, dejar su lugar a Ofelia.  La mujerona se adelantó hacia Fernando con las prendas en la mano.
                         “Sacate todo” – ordenó con la misma aspereza con que, dos noches atrás, le había dicho eso mismo en la cocina del bar.
                           Una por una, y sabiendo que ya no quedaba lugar para objeción posible, Fernando se fue quitando todas las prendas, tras lo cual y fiel a su estilo, Ofelia se dedicó a irlo vistiendo con el atuendo de camarerita.  Tal como siempre lo hacía, insistió particularmente al momento de calzarle la tanga bien adentro de la zanja entre las nalgas, lo cual se notaba que era algo que gozaba especialmente.  La agente inmobiliaria, en tanto, no sabía cómo contener su risa, poniéndose, por momentos, una mano delante del rostro o bien, cada tanto, mirando hacia otro lado.  Las chicas, por su parte, ya habían abandonado esa actitud de esconder su diversión y ahora se retorcían sobre el sillón, riendo abierta y estruendosamente.
                          “Andá a buscar maquillaje y encargate de la cara” – fue la orden que Ofelia le impartió a Eliana, aun cuando ni siquiera la miró.  Claro, allí no tenía a la empleada que, habitualmente, la asistía en el bar ante tales menesteres.
                          Las humillaciones, por lo tanto, seguían sumándose.  Ahora Fernando tuvo que soportar que su propia esposa lo maquillara como a una chica mientras Ofelia terminaba de vestirlo también como tal.

“¡Bien! – exclamó Adrián aplaudiendo al ver el resultado final -.  ¡Como siempre digo: Ofelia es una verdadera artista!  Ahora, vamos para la pieza…”

                          “¿La… pieza?” – preguntó tímidamente Eliana.
                         “Sí, Eli, a lo que hasta hace un rato era el cuarto matrimonial de ustedes.  ¡Vamos!”
                         Ofelia apoyó una mano en la espalda de Fernando para impelerlo a moverse en tanto que tomaba del brazo a Eliana para, prácticamente, empujarla a que los acompañase.  Una vez que los tres, además de Adrián, se hallaron en el cuarto, este último le alcanzó un pote de vaselina a Ofelia.
                         “Embadurnale el culo a ella – ordenó -; y que él lo haga con mi pija…”
                        Un nuevo mazazo para la parej: se miraron con espanto.  Quedaba bien en claro que el plan de Adrián era… penetrar por detrás a Eliana, exactamente lo que ella, apenas dos noches atrás, mencionara en ese mismo cuarto ante Fernando como algo que nunca le habían hecho.  Ya fuera por el shock de la noticia o por no tener ya defensas, ninguno de los dos opuso resistencia a las órdenes impartidas y ejecutadas.  Ofelia tomó el pote de vaselina, lo abrió y untó dos dedos en él; le ordenó a Eliana que se quitara el pantalón que llevaba así como la bombachita.   Una vez que ésta se hubo liberado de tales prendas, Ofelia le introdujo los dos dedos con vaselina dentro del orificio anal y se dedicó a trazar círculos en él a los efectos no sólo de allanar el camino para la verga de Adrián sino también para ir dilatando y ensanchando el túnel.  Sin dejar de hacer ese trabajito extendió el pote de vaselina a Fernando, quien ya sabía lo que tenía que hacer, sobre todo viendo que Adrián se acababa de bajar el pantalón.  Untó, por lo tanto, sus dedos y se dirigió hacia donde éste se hallaba, de pie junto al que había sido el lecho matrimonial de la pareja.
                 “Esperá – le ordenó Adrián -.  Antes de untarlo, dale una chupadita…”
                 Fernando ya ni sabía en dónde había quedado su condición de hombre, mucho menos su dignidad ni, aún mucho menos, su capacidad de resistencia.  Simplemente clavó una rodilla en el suelo y mamó la verga de su antiguo compañero de colegio tal como éste le ordenaba.  Escuchó risitas de fondo y al mirar de soslayo hacia la puerta de la habitación vio que las dos muchachitas estaban allí y que se las veía muy divertidas con el espectáculo que gratuitamente presenciaban.
                 “Suficiente – espetó Adrián, luego de uno o dos minutos de mamada por parte de Fernando -.  Ahora sí: la vaselina”
                 Y así, Fernando se dedicó a untarle el miembro cuan largo era, sin poder creer que estuviera haciéndole eso a quien había sido tan entrañable amigo en su adolescencia pero al cual en algún momento le había fallado.  Hasta llegó a preguntarse si no tendría merecido que le pasara lo que le estaba pasando.  Ofelia, entretanto, seguía haciendo su delicado trabajo con el hoyo de Eliana llevando el dedo cada vez más adentro, buscando con ello, seguramente, hacerle recordar también a ella alguna actitud indiferente o burlona durante la adolescencia.
                “La vida da revancha” – volvió a decir, casi en un susurro, sobre el oído de Eliana; y fue como si hubiera dejado salir las palabras de su boca despaciosamente y como disfrutando al máximo el momento de decirlas.  No fueron palabras, fueron serpientes que prácticamente reptaron por el cuello de Eliana y se introdujeron en su oído.
                  “¿Ya está lista esa putita?” – preguntó Adrián, cuya verga se erguía arrogante luego de haber sido mamada y masajeada por Fernando.
                  “Ya está lista” – respondió Ofelia.
                   “Sobre la cama entonces…  y en cuatro patas”
                    Ofelia enterró por última vez el dedo dentro del orificio de Eliana lo más profundo que pudo, al punto de arrancarle un gemido que seguramente llenó de placer a la mujerona.  Luego la tomó, tanto por el brazo como por la espada y la llevó a la cama, ubicándola a cuatro patas tal como Adrián lo había solicitado.  Éste se ubicó de rodillas sobre la cama por detrás de ella y apuntó la verga hacia el ano que se abría generoso.  Aun así y para ayudar en el proceso, Ofelia la aferró por las nalgas y tiró de ellas hacia afuera a los efectos de dejarlo aún más expuesto e indefenso.  Fernando, por su parte, se hallaba de pie junto a la cabecera de la cama y sólo tenía ganas de huir de allí, de no ver más; sin embargo, nadie lo había autorizado a hacerlo y temía ser castigado.  Como consuelo buscó al menos fijar la vista en otro lado; intentó mirar hacia afuera, pero allí estaban, en la puerta, las dos jovencitas que no paraban de espiar y reír, así que terminó por dirigir sus ojos hacia un punto indeterminado en las alfombras que cubrían el piso de buena parte del dormitorio.
                     “Mirá para acá – le ordenó Adrián al advertir su intento de evasión visual -.  Mirá esto…”
                      Fernando tragó saliva varias veces y levantó su cabeza tan trabajosamente como si le pesase una tonelada.  Una vez que lo hubo hecho, tuvo ante sus ojos el triste espectáculo de su esposa a cuatro patas sobre su cama matrimonial mientras su antiguo amigo de adolescencia estaba a punto de penetrarla analmente y una vieja e ignorada compañera de secundario la sostenía por las nalgas a los efectos de facilitar tal tarea.  ¿Se podía imaginar una humillación aún peor?  De pronto, hasta el haber mamado vergas o el haber sido cogido por un tipo en el bar quedaban convertidos en nimiedades.
                     Y Adrián entró por la retaguardia de Eliana, quien no logró reprimir un grito.  Él asumió una expresión  que revelaba goce extremo en tanto que ella se removía como si quisiera escaparle a un destino que, sin embargo, parecía inexorable.  Ofelia, soltándole las nalgas, la tomó por las muñecas y se las puso a la espalda.
                     “Quieta…” – le ordenó.
                     Adrián cerró sus ojos y dejó caer su mandíbula en una expresión de goce que pareció congelarse en su rostro; estaba, por fin, penetrando a la mujer a quien había deseado desde su adolescencia y no sólo eso sino que además lo hacía entrando por la cola, es decir por donde su propio esposo, ese ex amigo que un día, olvidando todo código, se la levantó en un boliche, jamás había entrado.  Y el bombeo comenzó de manera acompasada para luego ir subiendo y subiendo en intensidad.  Ofelia miraba a Fernando para controlar que no desviase su vista en ningún momento.  Adrián jadeaba y gritaba de un modo cada vez más estruendoso, en tanto que hirientes alaridos de dolor brotaban de la garganta de Eliana; sin embargo, lo que más dolía a Fernando era que, por debajo del evidente dolor, creía descubrir destellos de goce, voluntario o no.  Conocía lo suficientemente bien a su esposa como para saber cuándo estaba gozando…, y en aquel momento, al menos una mitad de ella lo estaba haciendo.  Restalló en su cabeza la charla de dos noches atrás, cuando ella le había preguntado a él si estaba bueno… Ahora, posiblemente, Eliana estaba conociendo en carne propia la respuesta a tal interrogante.
                  Y el orgasmo llegó.  Adrián llevó sus caderas hacia adelante y dejó caer su cabeza hacia atrás, dándole a Fernando la imagen de ser un jinete.  En cierta forma lo era… Sostenía por los cabellos a Eliana, quien no paraba de gemir.  Y así la demencial escena fue llegando a su fin; tanto Adrián como Eliana quedaron algún rato extenuados sobre las sábanas mientras Fernando, vestido y maquillado como una muchacha, seguía en su lugar.  Por detrás de él se escuchaban aplausos y al girar levemente la cabeza comprobó que no sólo las dos jóvenes aplaudían sino que también la agente inmobiliaria, perdida su estructuración protocolar, se había sumado a la celebración voyeur.
                    Llegó luego el momento de las despedidas.  Las chicas se fueron, llenando de besos a Adrián al punto de lo insoportable.  La agente se despidió e incluso saludó tanto a Fernando como Eliana con ese antipático gesto de ofrecer las puntas de sus dedos en lugar de estrechar la mano.  Ofelia anunció que se iba a hacer cargo del bar y bromeó acerca de no saber con qué se encontraría al llegar allí.  Y en la habitación quedaron sólo Adrián, Fernando y Eliana.  Tres antiguos amigos.  Tres compañeros de secundario con una historia en común… y con viejas deudas del pasado que empezaban a pagarse en aras de lo que, al menos Adrián, llamaba justicia.
                     “Bien – anunció éste -.  Llegó el momento: cada uno a su cama.  Ella se queda conmigo desde ya – la rodeó con su brazo y la atrajo hacia sí, dejándose caer sobre la cama a su lado en un revoltijo de cuerpos -.  Eso sí, Eli… para esto voy a tener que usar preservativos porque por el culo no habías cogido nunca pero, bueno, si vamos a hacerlo de la otra forma no puedo arriesgarme a contagiarme alguna peste que te puedan haber pegado en el bar… – cada palabra era una humillación atroz que obligaba a bajar la cabeza tanto a Fernando como a Eliana -.  En cuanto a vos, Fer… – continuó hablando -, a la cucha… Pero no te hagas problema que yo pienso en todo… Es tu primera noche durmiendo solito y por eso mismo te conseguí compañía…”
                Fernando no dijo palabra pero tampoco entendió nada.  Simplemente miró a su antiguo amigo con gesto interrogativo.
                 “Ariel – dijo Adrián alegremente -.  Ya le envié un mensaje de texto y está viniendo en camino”
                 Otro duro puñetazo en el estómago.  No sólo su esposa sería cogida toda la noche por su antiguo amigo sino que él sería cogido toda la noche por un tipejo de lo más perverso.  Concluyendo que su presencia en la habitación era, para esa altura, superflua, giró sobre sus tacos altos para marcharse hacia lo que, a partir de esa noche, sería no sólo su habitación sino también su casa.
                  “Que tengas buenas noches – le saludó Adrián al momento de cruzar el vano de la puerta -.  Y que lo pasen lindo con Ariel.  Cerrá la puerta, por favor, al salir…”