Ofelia giró sobre los tacos de sus botas y se marchó.  El hombre agradeció su presencia en el lugar y luego se dedicó de lleno a Eliana.  Subiendo con la verga por entre los muslos llegó hasta la entrada de su concha, la cual acababa de ser inspeccionada por Ofelia.  Apenas introdujo la punta de su miembro, Eliana soltó un gritito que se mezcló con un jadeo.  El sujeto hizo una pausa; jugó con el momento.  Habiendo logrado el efecto de que ella estuviera excitada al punto de sentir ansiedad, jugueteó un poco con su verga arrancándole así a Eliana gemidos que denotaban que estaba sintiendo un placer intenso, ya fuera por su voluntad o en contra de ella.  Y luego entró con decisión; esta vez fue un aullido lo que brotó de la garganta de Eliana.  Y el tipo la cogió y la cogió, sin parar, mientras ella, abatida, se inclinó hacia adelante hasta que las palmas de sus manos se apoyaron contra la pared a la cual estaba adosado el banco sobre el cual, ahora, tenía una de sus rodillas.  El hombre la tenía grande y fue inevitable sentir dolor aun cuando el mismo se fusionaba con el mórbido y extraño placer que la invadía.
                   “La verga de tu marido ni se parece a ésta, ¿verdad?  Por algo es cornudito” – mascullaba el tipo entre dientes al oído de Eliana.
                   “N… no… – balbuceaba ella -… ¡No!”
                   “Ésta es una verga de verdad, ¿no es cierto?” – le decía él mientras empujaba dentro del sexo de Eliana a un ritmo acompasado que acompañaba a las palabras que salían de su boca.
                  “S… sí… ¡Siiiii!” – el estiramiento en la “i” coincidió con una violenta y aun más profunda entrada del portentoso miembro en su interior.
                  Eliana se supo cerca del orgasmo.  Y aun cuando se le cruzó por un momento la imagen de su esposo yéndose del lugar por no poder aceptar tantas humillaciones, se entregó de lleno al momento.  El hombre jadeaba y jadeaba a la par de ella, quien sintió la erupción de leche dentro suyo en el mismo momento en que sus gemidos tocaban el punto más álgido.  Luego ambos quedaron extenuados, él prácticamente caído sobre ella.  Ninguno de los dos dijo más palabra; simplemente llegó un momento en que él se acomodó su ropa y se aprestó a marcharse.  En el mismo momento en que apoyaba su mano sobre el picaporte de la puerta, Eliana llegó a distinguir que un bollito de papel caía sobre el banco en el cual aún tenía apoyada su rodilla.  Sin poder distinguir demasiado de qué se trataba debido a la mala iluminación, lo tomó entre sus dedos y lo desplegó, para comprobar que se trataba de un billete de cinco pesos: la propina…
                    Sobre la hora del cierre se produjo, como ya era habitual, la ronda en la cocina a los efectos de que Ofelia diera lectura a las anotaciones que había tomado en su libreta y pusiera en marcha las sanciones correspondientes.  Fueron dos chicas y un muchacho esta vez los castigados y en cada caso sólo con cuatro fustazos por tratarse de infracciones menores como demorarse con la cuenta, llevar un pedido equivocado, etc.  No hubo esta vez ninguna sanción para Eliana, lo cual le alegró, si bien ya había sido debidamente anoticiada por Ofelia del descuento que recibiría en su paga.  Lo nuevo esta vez fue que Adrián estuviera allí y se quedara a presenciar los castigos, pero hubo algo más: en el momento en el cual ya todo había concluido y Ofelia se disponía a dispensar a todos de sus obligaciones para enviarlos a sus casas, Fernando apareció en el lugar.  Fue inevitable que todas las miradas se clavaran en él y que se levantara un coro de murmullos.  Adrián lo miró de manera intrigada en tanto que Ofelia lo hacía de un modo frío y sin demostrar emoción alguna.  A Eliana le saltó el corazón en el pecho; sentía en parte una gran alegría al suponer que Fernando habría reconsiderado su decisión pero a la vez no sabía exactamente qué era lo que se venía y, además, no pudo evitar que su vista buscara el piso ya que, por primera vez en su vida matrimonial, ella estaba frente a él en condición de “esposa que acaba de ser cogida por un extraño”.  De hecho, él la miró durante unos segundos y pareció adivinarse en sus ojos un tinte reprobatorio.
                        “¡Fer! – saludó efusivamente Adrián abriendo, una vez más, los brazos, en ese gesto que remitía a la mafia cada vez que lo hacía – ¡Qué agradable sorpresa volver a tenerte por acá!”
                        “Lo… reconsideré – anunció Fernando tragando saliva -.  No sé si será o no muy tarde ya para salvar mi error, pero… si es así, me gustaría… tener una chance más…”
                       “¡De mi parte bienvenido seas! – exclamó alegremente Adrián -.  Pero… bueno, no soy el único que decide aquí y habría qué ver qué tiene para decir Ofelia, en su calidad de jefa del personal y considerando que volviste a cometer un par de indisciplinas con ella…”
                         La mujerona asintió con la cabeza como agradeciendo el cumplido y la jerarquía que a su opinión se le otorgaba.
                         “No tengo problemas – anunció, siempre impertérrita -,pero hay que hacer tres aclaraciones pertinentes: primera –apoyó un pulgar sobre otro como para comenzar a enumerar -: es tu última chance; no se va a tolerar otra indisciplina.  Segunda: vas a recibir el castigo merecido por el modo en que actuaste, así que váyanle bajando el pantalón – hizo un gesto con la mano a dos empleados que, prestos, fueron hacia Fernando para cumplir con lo que se les había pedido -…y tercera: lo que se te ordene, no importa lo que sea, lo haces y punto; sin chistar…”
                       Fernando, sin poder reconocerse a sí mismo agachó la cabeza.
                      “Sí, Señora Ofelia…” – dijo, con la voz apagada.
                      “¡Qué bueno que podamos entendernos! – celebró Adrián, palmoteando el aire -.  ¡Una alegría tenerte otra vez entre nosotros, Fer!”
                      A todo esto, los dos empleados que se habían acercado prestos a cumplir con lo requerido por Ofelia, le bajaron a Fernando tanto el pantalón como el bóxer dejándoselos en las rodillas y luego lo giraron para presentar ante ella su culo expuesto.
                     “Fusta” – reclamó la mujerona doblando un codo y extendiendo su antebrazo hacia un costado.  De inmediato, la muchacha que habitualmente cumplía con tal labor, depositó sobre la palma de su mano el mismo instrumento con el cual instantes antes habían sido castigados las dos chicas ye l joven que habían cometido infracciones.  Ofelia blandió una vez más la fusta de manera amenazante.
                     “Dos veces golpeaste la barra en señal de disconformidad – anunció, en tono de arenga -: son ocho fustazos por cada una.  Luego te marchaste a buscar a Adrián sin permiso alguno y aun a pesar de que yo te llamé: gravísimo; son dieciséis.  Por último, dijiste que te marchabas para luego volver como perrito con el rabo entre las piernas… Otros dieciséis.  ¿Cuánto suma?”
                   “Cuarenta y ocho, Señora Ofelia” – respondió la joven que oficiaba como asistente.
                    Ofelia clavó la vista en el culo de Fernando, aún enrojecido por la paliza de la noche anterior.  Los ojos se le iluminaron y se relamió.  La fusta bailó en el aire y comenzó a restallar sobre las nalgas de Fernando, compitiendo por momentos en momentos en volumen con sus aullidos.
                     Una vez terminada la sesión de castigo, Adrián tuvo la deferencia de llevarlos a ambos hasta su casa.  De manera galante pero a la vez irritante para Fernando, le abrió la puerta a Eliana invitándola a sentarse adelante, del lado del acompañante.  A Fernando sólo le quedó ubicarse en el asiento trasero pero tuvo que hacerlo apoyándose sobre sus puños y buscando no hacerlo con su cola; ni siquiera el mullido asiento trasero del BMW alcanzaba para paliar el dolor que en ella sentía.
                    “¿Y?  ¿Cómo está ese culo?” – preguntó Adrián oteando a Fernando por el espejo retrovisor mientras conducía.
                     El aludido no contestó palabra alguna; sólo buscaba la forma de acomodarse en el asiento lo mejor posible y, en todo caso su talante era suficientemente demostrativo de lo que estaba sufriendo.
                     “Es brava Ofelia – comentó Adrián, volviendo a mirar el camino -, pero es buena persona eh…, sólo que muy rígida…”
                    En más de una oportunidad Fernando notó que Adrián miraba las piernas de Eliana y ello le irritó sobremanera, pero bien sabía que se estaba jugando su última chance para mantener un trabajo que necesitaba y que la única ayuda posible en el mundo podría provenir de esa misma persona que conducía el vehículo.  Un par de veces Adrián dejó la vista tan inmóvil sobre las piernas de Eliana que incluso ella llegó a incomodarse y le miró, dejando traslucir en su rostro una sonrisa nerviosa.  Adrián también sonrió y luego volvió la vista hacia el camino.
                    Al llegar ante la casa, no detuvo el motor pero sí sacó la cabeza por la ventanilla y permaneció en actitud de contemplación, como si observara con minucioso detalle la propiedad.  Era una linda casa, por cierto, de tipo americana, con amplios jardines y piscina, bien tasada en el mercado.
                         “Entre mañana y pasado voy a venir con alguien de la inmobiliaria para ver qué se puede hacer con esto… – dijo, pensativo -.  Hay que rediseñar los planos y hacer la transferencia… Ustedes tienen un galponcito al fondo, ¿verdad?  Algo veo como por el costado de la casa pero hay un par de plantas que me impiden distinguirlo con claridad…”
                         “Sí – dijo Eliana -, es donde se guardan algunas herramientas y otras chucherías”
                          Desde el asiento de atrás, Fernando no cabía en sí de la incredulidad.  Verlo y oírlo a su viejo amigo sopesando con aire calculador cada detalle de la casa en vista de una redistribución de la misma era casi tan doloroso como las marcas de las fustas en su cola.
                       “¡Buenísimo! – exclamó Adrián -.  Podríamos convertirla en una piecita para ustedes…, sería una buena posibilidad, ¿ no les parece?”
                        Al momento de hacer la pregunta, apoyó la palma de su mano sobre la rodilla de Eliana.  La furia de Fernando estuvo a punto de reventar pero en ese mismo momento, su esposa le entregó una mirada suplicante, en la cual perfectamente podía leerse que, sin hablar, le estaba pidiendo desesperadamente que se mantuviera en sus cabales y guardara silencio sin hacer objeción alguna.  La mano de Adrián, en tanto, siguió apoyada sobre la rodilla casi como si Fernando no estuviese allí o, aun peor, que su presencia no importase.
                       “Sí – convino ella, con resignación y buscando sonar amable -; es una buena posibilidad.  La verdad es que sos muy bueno con nosotros, Adrián… No sabemos cómo agradecerte…”
                        “Somos amigos, ya te lo dije – respondió Adrián palmeando un par de veces la cara interna de uno de los muslos de ella -.  Ahora vayan a dormir; descansen un poco.  En la noche vendrá otra jornada agotadora seguramente….”
                        Durante el resto de la mañana y parte de la tarde Fernando y Eliana sólo durmieron pues, esta vez sí, el cansancio acumulado hizo presa en ellos aun cuando de tanto en tanto alguno de ambos se despertara sobresaltado.  Cuando a media tarde se levantaron, casi ni intercambiaron palabras entre ellos, apenas las mínimas necesarias.  Sobrevolaba por encima del matrimonio una especie de fantasma, una sensación de que sus vidas habían entrado en un punto sin retorno y, por cierto, no había para Fernando forma de pensar otra cosa cuando su propia mujer había sido en la noche previa cogida por un desconocido.  Ella tampoco podía decir mucho y, en general, casi ni se atrevía a mirar a los ojos a Fernando, de quien sabía que en su fuero interno no le perdonaba el haber asumido su nueva vida con tal resignación y entrega.  Pero lo cierto era que el propio Fernando había caído también él presa de esa misma resignación al aceptar regresar al trabajo; no había soportado, desde luego, la idea de dejar allí a su esposa, pero ya para esa altura no se sabía qué era peor: si abrirse del asunto hacia un futuro totalmente incierto en el que, seguramente, ya no sabría nada más de ella, o si quedarse a compartir la suerte de su esposa y tener que soportar una humillación tras otra.  La extraña afinidad que había entre Adrián y Ofelia, por cierto, no dejaba tampoco de sorprender; era increíble que hubieran hecho tan buenas migas, pero a la vez no era descabellado suponer que él, luego de aquella terrible desilusión sufrida durante el viaje de egresados, hubiera terminado trabando amistad con quien justamente era la chica más marginada del curso.  Los dos venían de sufrir frustraciones, los dos venían de acumular rencores y resentimientos; viéndolo así, el que Fernando y Eliana hubieran caído en tan desesperante situación bien podía ser para ellos un bocado con sabor a venganza prácticamente servido en bandeja.
                 Llegada la noche y antes de partir nuevamente para el bar, Fernando tomó un par de píldoras de diazepam, creyendo con ello estar mejor prevenido ante posibles ataques de nervios por posibles situaciones que le tocara presenciar en la noche.  El recibimiento fue el de siempre; Ofelia mostró la misma frialdad que en las dos noches anteriores y sólo les asignó las tareas: nada novedoso; Eliana a las mesas, Fernando a la barra.  El primer detalle molesto para él fue encontrar otra vez en la barra al mismo sujeto que en la noche anterior no le quitara la vista de encima y que parecía mirarlo con cariño.  Tenía, no obstante, que atenderlo, por muy fastidioso que le resultase.  El primer gran impacto llegó cuando, al preguntarle qué deseaba beber, el hombre le respondió sonriendo:
                 “Algo que me caliente, bebé”
                 Para Fernando fue casi una trompada directa al mentón; nada más lejano a él que la homosexualidad.  Se mordió el labio inferior y se tragó las ganas de mandarlo al cuerno.
                 “¿Tequila está bien?” – preguntó, evidentemente fastidiado aunque tratando de ocultarlo; ni siquiera miraba al individuo.
                 “Está perfecto…” – respondió el tipo quiñándole un ojo, gesto que Fernando no vio.
                 Cuando le estaba sirviendo el vaso con la bebida blanca, el sujeto soltó un comentario que provocó en Fernando un respingo e, incluso, le hizo dejar caer unas gotas de tequila fuera del vaso:
                  “Me enteré que anoche te dejaron rojo el culito”
                   Fernando se puso rojo de la vergüenza y no cabía en sí mismo de la sorpresa.  Echó un vistazo en derredor para comprobar si alguien había escuchado; al parecer no era así.  ¿Cómo se había enterado ese tipejo?   Era obvio que si alguien le había contado, éste debía formar parte del personal, ya que las sesiones de castigos post jornada laboral sólo contaban con la presencia de empleados y empleadas del lugar.  El individuo detectó la vergüenza en Fernando y rio divertido:
                  “Jijiji… Que no te dé vergüencita… Pero te digo algo: me hubiera gustado ver eso”
                   Otra vez el guiño de ojo y esta vez Fernando sí lo vio; sumamente turbado, buscó por debajo de la barra hasta dar con un trapo rejilla y se dedicó a limpiar las gotas de tequila que él mismo había derramado.  A decir verdad, sólo eran un par de gotitas pero le dedicó la misma atención y  el mismo esmero que si se hubiera volcado allí una botella completa, tales las ganas que tenía de desviar la atención y esquivar una conversación  que se estaba volviendo terriblemente incómoda.  Esperaba que el sujeto se dedicase simplemente a beber y diera por olvidado el asunto pero no fue así.
                   “¿Cómo te llamás?” – le preguntó, siempre sonriente.
                    “Fernando…” – respondió él entre dientes, sin dejar de frotar con el trapo rejilla.
                    “Mmm… qué lindo nombre que tenés… Tan lindo como vos…”
                   La situación se había vuelto realmente intolerable.  Fernando creía que tanto su capacidad de sorpresa como de degradación habían ya tocado su punto máximo al tener que aceptar que cogieran a su esposa o al ser castigado con los pantalones bajos delante de todo el personal, pero no…: allí estaba, siendo prácticamente abordado por un tipo al que, evidentemente, le gustaban los tipos…
                     “¿Y no me vas a mostrar cómo te quedó la colita…?” –insistió el sujeto.
                       Fernando le dirigió una mirada furtiva; tenía ganas de estrellar un puñetazo contra esa insufrible cara sonriente.  Comenzó a despegar los labios para empezar a pronunciar un “no”, pero fue interrumpido por el hombre.
                     “¿O le digo a ella?” – preguntó, mostrando ahora todos sus dientes y cabeceando en dirección hacia Ofelia, quien, por lo parecía verse, permanecía aún ajena a la situación.
                      La cabeza de Fernando daba vueltas a mil por hora.  “El cliente siempre debe quedar satisfecho” recitaba Ofelia y, por cierto, era dable suponer que no se pondría muy contenta si se enteraba que él no cumplía con tal precepto.  El tipo, siempre sonriente, frunció los labios como imitando un besito y volvió a guiñarle el ojo, a la vez que le hacía un gesto con la cabeza como invitándole a pasar hacia el otro lado de la barra.  Era increíble cómo siempre se podía encontrar un lugar más bajo hacia el cual seguir cayendo.  Fernando miró nerviosamente a Ofelia; luego se le acercó, con mucha timidez:
                      “¿Señora Ofelia…?” – musitó de modo apenas audible.
                     “¿Sí?” – respondió ella en forma de pregunta y sin apartar la vista de sus notas en la libreta, tal cual era su estilo.
                      “Hay un cliente… que requiere algo de mí”
                      Ofelia pareció sorprendida; levantó la vista y echó una mirada hacia la barra, recalando en el sonriente sujeto.
                        “¿Te referís a Ariel?” – preguntó, dejando así bien claro que conocía bien al cliente.
                        “S… supongo que sí, Señora Ofelia…” – tartamudeó Fernando.
                       Una sonrisa se dibujó en la comisura de la mujer.
                        “A él le gustan los hombres – apuntó -.  Podés sentirte halagado porque en general tiene buen gusto… – desde la distancia y aun siendo imposible que la hubiera escuchado, el tal Ariel pareció agradecer el cumplido con un asentimiento de cabeza y levantando su vaso de tequila en dirección a Ofelia antes de beber -.  ¿Y qué es lo que requiere de vos?”
                      A Fernando le costaba hablar; las palabras se le trababan en la boca.
                       “Quiere… ver mi cola” – dijo, bajando la cabeza.
                      “Bien… – asintió Ofelia -.  Ariel ya es un cliente histórico de este lugar así que eso de que el cliente siempre debe quedar satisfecho, se ve potenciado en este caso…”
                       Fernando quedó allí de pie, como privado del habla.  La mujerona volvió a sus anotaciones y al notar que él no decía ni hacía nada, lo miró imprimiendo a su talante una cierta premura.
                       “¡Vamos! ¿Qué estás esperando? – graznó -… Vas y le mostrás la cola.  ¿No es acaso eso lo que él quiere?….”
                       Sin terminar de caer en lo que estaba ocurriendo, Fernando tragó saliva y, pesándole cada paso, se dirigió hacia el lugar en el que se hallaba la pequeña trampa que, al ser levantada, franqueaba el paso hacia el otro lado de la barra.  Caminó hacia el hombre, el cual seguía en su banqueta luciendo una sonrisa de oreja a oreja; se notaba claramente que le divertía estar sometiendo a Fernando a tan incómoda y embarazosa situación.  Una vez que éste llegó ante él, se quedó inmóvil, con los brazos caídos y la vista hacia el piso.  El tal Ariel le apoyó una mano en el mentón y, suavemente, le levantó la cabeza.
                   “No te escondas… – le dijo -.  Sos muy lindo.  Y sos casado, ¿no?”
                     “Sí”– respondió Fernando con cierta sequedad; en ese momento la referencia a su estado civil le hizo pensar en Eliana.  Echó una mirada de reojo hacia el salón pero no la visualizó: sólo rogaba que estuviera lo suficientemente entretenida como para no verle a él en la situación que se hallaba.  Hasta prefería que estuviera siendo cogida por alguien si eso servía para dejarlo fuera de su campo visual.
                      “Trabaja acá, ¿verdad?” – de pronto pareció como que la voz de Ariel adoptara un deje de tristeza.
                       Fernando no contestó; sólo asintió con la cabeza.
                       “Debe ser feo tener que ver todo el tiempo cómo acá todos la manosean, la toquetean, la insultan… o se la ponen – continuó Ariel -, pero, bueno… vos no tenés por qué ser menos que ella, jiji…”
                         Fernando miró a su interlocutor sin entender demasiado; el individuo, por otra parte, aún le sostenía por la barbilla y hasta daba la terrorífica impresión de que fuera a besarle de un momento a otro.  No lo hizo sin embargo.
                         “Mostrame esa colita, a ver…” – le dijo Ariel guiñando una vez más un ojo y haciendo un gesto con su cabeza como invitando a Fernando a girarse.
                         Lentamente y en la medida en que el sujeto le fue soltando la barbilla, Fernando se giró hasta ofrecerle la espalda.  Luego, y siempre despaciosamente, comenzó a desabrocharse el pantalón y al levantar la vista notó que desde las mesas cercanas varios, tanto hombres como mujeres, le miraban divertidos.  Sintiendo la más indefinible de las vergüenzas posibles, bajó la vista para no tener que verlos y llevó su pantalón hacia abajo para luego hacer lo propio con su bóxer haciendo que ambos le quedaran a mitad de los muslos.  El tal Ariel no le dio tiempo a prácticamente nada; bastó que la cola de Fernando quedara desnuda para que, sin aviso alguno, apoyara su mano sobre ella, provocando así un respingo en quien era toqueteado.   Fernando sintió tal  angustia que levantó la cabeza una vez más pero al hacerlo se topó nuevamente con las miradas de los curiosos, quienes ahora observaban con talante aun más divertido que el que exhibieran un instante antes.  Sin saber ya qué hacer, miró hacia el techo, hacia los focos de las luces…
                            “Tenés un culito precioso – le dijo Ariel -. Eso ya lo notaba yo viéndote de lejos… Pero… la verdad que te lo han dejado bien rojo… ¿Duele?”
                          Al pronunciar esa última palabra en forma de pregunta, el tipo acercó deliberadamente su boca hasta el oído de Fernando.
                         “Sí – respondió éste -; duele…”
                          “Yo te lo voy a sanar con caricias…” – le dijo Ariel, al tiempo que le propinaba un beso en el cuello, provocando en Fernando que un escalofrío le bajara desde allí recorriéndole toda la espalda.
                            El individuo se dedicó a sobarle durante un rato las nalgas mientras cruzando un brazo por debajo del mentón de Fernando, lo llevaba hacia atrás empujándolo hacia sí aprovechando tal acercamiento para besarlo varias veces en el cuello o en la espalda.
                            “Sos muy lindo… – volvió a repetir Ariel -.  Seguro que en tu época de estudiante tendrías a todas las chicas detrás, ¿no?”
                            Fernando no contestó y ni siquiera llegó a interpretar si la pregunta requería una respuesta o no; sólo quería morir allí mismo y agradeció que, al buscar y rebuscar con la vista por todo el salón, siguiera sin ver a su esposa.  En eso estaba cuando su cuerpo experimentó un nuevo respingo al sentir claramente cómo Ariel le estaba introduciendo un dedo en el orificio anal.
                            “Ssssh, tranquilito… – le susurró al oído -.  Quizás odies esto de entrada pero con el tiempo te va a encantar, jiji…”
                             Fernando sólo quería que aquel suplicio acabase pero, contrariamente a ello, el dedo que Ariel le estaba metiendo iba, aunque suavemente, cada vez más adentro.  Miró hacia el salón y sólo vio burlonas sonrisas dibujándose en los rostros de quienes lo miraban.  Deseaba en esos momentos que el piso se abriese y la tierra lo tragase.  De pronto, sin previo aviso y para su profundo alivio, Ariel le retiró el dedo.  Fernando interpretó eso como una señal alentadora aunque lo cierto era que, desde que había caído en las manos de aquel tipo, no había forma de adivinar su próximo movimiento.  Dicho y hecho: Ariel tomó una de las manos de Fernando y la llevó hacia atrás hasta posarla sobre el bulto de su pantalón.
                                “Soy gay pero activo – le dijo al oído, adoptando una súbita seriedad en el tono -.  Sabés lo que eso significa, ¿verdad?”
                               Fernando asintió con la cabeza; se hallaba al borde del llanto.
                              “¿Qué significa?” – insistió Ariel.
                              “Que… vas para adelante…” – balbuceó Fernando.
                              “Así es…, pero no sólo eso, bebé… También significa que muy pronto vas a tener esta pija adentro de ese precioso culito que tenés… Vas a aullar como una nena, te lo prometo… Y si alguna vez fuiste macho, yo te voy a ir haciendo olvidar de eso, jeje…”
                              El parlamento, en forma de sentencia, sólo pudo provocar terror en Fernando.  Ariel cerró sus palabras dándole un nuevo beso en el cuello y una muy leve palmadita en la cola.
                              “Ahora andá a seguir con tu trabajo – le dijo -.  Ya vamos a tener tiempo de conocernos…”
                             Fue tal la prisa de Fernando por alejarse de Ariel una vez que éste le hubo liberado que hasta olvidó subirse los pantalones nuevamente y en su torpeza trastabilló y estuvo a punto de ir a parar al piso, lo cual sólo logró alimentar aún más la risa de quienes le miraban.  Se subió finalmente el pantalón y, muerto de vergüenza, retornó a ocupar su lugar tras la barra.  Recién cuando hubo llegado allí descubrió, a pocas mesas de distancia, a Eliana.  Ignoraba si siempre había estado allí y rogaba que así no hubiera sido, pero lo cierto era que ella le miraba, de igual modo que también lo hacían unos cinco que compartían su mesa y que, se descontaba, eran quienes la habían invitado.  Es decir el mero hecho de que ella le estuviese mirando quedaba minimizado ante una realidad aun mayor: que todos en la mesa lo hacían y, peor aún, parecían divertidos, de lo cual bien podía inferirse que habían presenciado la escena del humillante manoseo en la barra y posiblemente estando ya en compañía de ella.  Al poco rato, Fernando notó que su esposa se levantaba de su lugar y se acercaba para hablar con Ofelia; hubiera pagado por poder oír lo que decía o lo que la mujerona le respondía, pero tanto el alto volumen de la música como las risotadas del lugar conspiraban contra cualquier escucha.  Lo que sí advirtió fue que su esposa dejó algunos billetes en manos de Ofelia, lo cual le hizo suponer que alguno de los que estaban a la mesa había pagado por algún servicio sexual, situación a la cual, increíblemente, comenzaba a acostumbrarse.  En eso, Ofelia se giró hacia él y una sonrisa que arrojaba las peores presunciones se dibujó en su rostro; luego se le fue acercando y Fernando sintió cómo el terror se iba apoderando de su cuerpo a cada taconeo que ella daba sobre el piso.  Pronto la tuvo frente a sí, imponente en sus casi dos metros.  Fernando estaba en condiciones de jurar que nunca la había visto con una expresión tan divertida en el rostro.
                   “Bueno… – anunció Ofelia, manejando la pausa de tal modo de dejar flotando la sensación de que traía una noticia de importancia -.  Aquellos señores han pagado para que tu mujer les haga un servicio bucal…”
                   Fernando miró hacia la mesa.  Luego se encogió de hombros.
                  “¿Los… cinco, Señora Ofelia?” – preguntó, entre anonadado y resignado.
                 “Sí, los cinco – confirmó la mujer con la misma frialdad con que podría haber anunciado que habían pedido una ronda de cerveza -.  Pero hay algo más… un dato interesante…”
                 Fernando la miró sin entender.
                “Resulta que se han enterado que sos el esposo – continuó la mujerona -; de paso te comento: se divirtieron mucho con las cosas que te hizo Ariel…”
                 El comentario fue, para Fernando, como una puñalada, pues entonces era de suponer que si ellos habían visto el “espectáculo”, también su mujer lo habría hecho.  Una vez más sentía ganas de que el piso se abriera y lo tragase.  Aun así, trató de sobreponerse al shock para prestar atención a lo que Ofelia le decía puesto que, al menos hasta el momento, no terminaba de ser claro para él.
                   “Lo que quieren – continuó explicando Ofelia – es que seas vos quien les sirvas y atiendas la mesa mientras tu mujer los esté atendiendo…”
                     Fernando frunció el ceño; su mente daba vueltas tratando de asimilar las palabras de la mujerona.
                     “Entonces, Señora Ofelia…, lo que los… clientes están pidiendo es que yo… sea su camarero”
                       “¡No su camarero! – corrigió Ofelia blandiendo un dedo índice en alto -.  ¡Su camarera!”
                       Más confusión.  Fernando seguía sin poder ordenar las cosas en su mente para que adquirieran un sentido.
                       “No… entiendo, Señora Ofelia”
                       “Te quieren con ropita de camarera”
                        Fernando se quedó mudo, en tanto que Ofelia mantuvo la sonrisa grabada en su rostro como si se tratara de una perversa versión de la Mona Lisa.
                        “¿Ro… Ropa de camarera, Señora Ofelia?” – tartamudeó él.
                        “Sí, sí… y afortunadamente algunas prendas tenemos, así que sólo será cuestión de buscar las que mejor te queden, je… Por lo tanto, vayamos para la cocina ya mismo…”
                        Casi sin fuerzas, abatido y vencido, Fernando caminó tras los pasos de Ofelia hacia la cocina, lugar en el cual habitualmente se impartían los castigos después de cada jornada laboral, sólo que esta vez era distinto.  Ofelia llamó a una de las chicas, la que habitualmente oficiaba como asistente principal y le solicitó que le alcanzara un par de prendas de talles grandes así como un par de zapatos de taco con las mismas características.  Fernando sentía que su dignidad ya no tenía salvación.  Para colmo de males, Ofelia, habitualmente gélida en cuanto a emociones, lucía entusiasmada y excitada como una adolescente ante la tarea de vestirle; quedaba en claro que ése era un menester que le agradaba y, como tal, no delegaba en nadie, pues había sido también ella misma la encargada de vestir dos noches atrás a Eliana.
                             “Sacate todo” – ordenó secamente.
                             “S… sí, Señora Ofelia…” – respondió Fernando, con la voz convertida casi en un hilillo.
                             Lentamente fue quitándose una a una las prendas, expuesto ante los ojos de todos quienes allí se hallaban trabajando pero no sólo de ellos: Ofelia ni siquiera había tenido el cuidado de entornar la puerta de la cocina y, por lo tanto, también le estaban viendo algunos empleados desde el bar propiamente dicho e incluso algunos clientes que se hallaban a la barra.
                          “Vamos… más rápido… – le urgió la mujerona -.  No tenemos toda la noche y los clientes están esperando…”
                           Apurando el ritmo, Fernando terminó de quedar desnudo y de pie en el medio de la cocina.  Ese cuerpo privilegiado que tantas veces había sido objeto de deseo por parte de las damas y de envidia por parte de los caballeros ahora sólo servía para la humillación más extrema.  Ofelia lo miró desde atrás, acariciándose el mentón.
                            “La colita es bastante lampiña, casi de nena, así que no vamos a tener problemas con eso y, en todo caso, podemos afeitar el poco vello que haya – dictaminó mientras daba un pellizco atrapando y tironeando de uno de los pelitos -.  En las piernas tampoco hay demasiado vello pero algo hay, así que vamos a cubrirlo con medias de nylon negras y, en todo caso, las depilamos para la próxima”
                           Fernando no supo determinar qué era más inquietante: si el hecho de que esa mujer, con tanta impunidad, resolviera sobre su propio cuerpo o bien que hubiera dejado deslizar que habría una próxima, como si en la mente perversa de su antigua y resentida compañera de colegio estuviera aguijoneando la idea de repetir la experiencia de convertirlo en camarerita.
                           “El cabello, de momento, quedará corto – anunció Ofelia mientras le pasaba una mano por la cabeza -.  Después de todo, hay mujeres con pelo corto.  En lo que sí vamos a tener que trabajar es en el maquillaje: delineador par a los ojos, algo de colorete en las mejillas y rouge en los labios”
                          Apenas terminado su dictamen, echó una mirada hacia su asistente, la cual, prestamente, salió casi corriendo a buscar lo solicitado.  No pasaron ni dos minutos que ya estaba allí con todo.
                         “¿Trajiste una hojita de afeitar?” – le preguntó Ofelia.
                         “Por supuesto, Señora Ofelia” – respondió la joven enseñando una afeitadora descartable que traía en mano.
                          “Pasamela – ordenó la mujerona -.  No hay crema de afeitar así que traeme del baño algo de jabón como para enjabonarle bien el culo”
                         Cada nueva orden era una herida lacerante en la dignidad de Fernando quien, sin embargo, hacía esfuerzos sobrehumanos para morderse la lengua y no objetar absolutamente nada.  La joven fue al baño y regresó con un jabón de tocador al cual se notaba húmedo.  Tomándolo entre sus manos, Ofelia lo deslizó por toda la cola de Fernando hasta obtener espuma y, una vez hecho ello, se dedicó a pasar la afeitadora eliminando los pocos vellos que pudiera tener sobre sus nalgas.  Si Fernando creía que no podía haber una vergüenza mayor, lo que siguió superó todo.  La mujerona se hincó y le conminó a levantar uno de sus pies para luego pedirle exactamente lo mismo con el otro; y así, le deslizó una brevísima tanga que llevó bien arriba hasta enterrársela en la zanja de la cola del mismo modo que lo había hecho antes con Eliana.  Ya de pie, Ofelia se apartó unos pasos como para mirar bien y pareció asentir de manera aprobatoria.
                     “Te queda bien” – dijo.
                       Luego llegó el momento de calzarle el corpiño: un sostén de encaje negro que provocó una cierta desilusión en el rostro de Ofelia al comprobar lo laxo que caía por delante; en vista de ello, solicitó algodón y servilletas como para hacer un relleno.  Una vez que lo hubo rellenado, repitió el gesto de apartarse dos pasos y mirar su obra;  volvió a asentir conforme.  Llegó luego la remera sin mangas, muy semejante a la que usaban la mayoría de las camareras, para luego dar paso al acto de encajarle una cortísima falda que, al igual que ocurría con la que le habían dado a Eliana, dejaba las cachas al aire a la primera inclinación del cuerpo.  Siguieron las medias negras, las cuales terminaban con detalles bordados sobre la parte alta de los muslos y se enganchaban en un liguero que iba adosado a la tanguita.  Lo más difícil fueron los zapatos, ya que, no habiéndolos del talle adecuado, hubo que encajarle los pies como se pudiese aun a pesar de provocarle dolor.  Y como si ello no fuera ya de por sí un problema, luego él debería caminar sobre tacos e irse acostumbrando a llevarlos.  Mientras Ofelia se encargaba de vestirlo, su asistente, a requerimiento de la mujerona, tuvo a cargo la tarea del maquillaje.  Le hizo cerrar los ojos para delinearlos, le aplicó colorete en las mejillas y le pidió, por último, que abriera la boca para colocarle rouge.  Una vez que lo hubo hecho, la chica le solicitó a Fernando que juntara los labios y los metiera hacia adentro para luego abrirlos.  Sonrió al quedar satisfecha con el color logrado y con su obra en general.
                      Y así, en lo que hubiera parecido insospechado un par de días antes, Fernando quedó convertido en una muchacha.  Volviendo a tomar distancia a los efectos de una mejor visualización, Ofelia asintió varias veces y aplaudió:
                        “Una hermosa niña – sentenció -, lista para atender a nuestros clientes”
                        Si algo agradeció Fernando en ese momento fue que no hubiera un espejo cerca.  Por mucho que lo intentase, no era capaz de imaginar cuán patético y decadente debía verse, después de haber jugado a ser el gran macho durante su juventud.  De hecho, se advertía claramente en la actitud de Ofelia que su intención al vestirle y maquillarle de ese modo era precisamente hacerle trizas esa misma imagen, la cual seguramente habría a ella molestado mucho en aquellos días del colegio.
                        “Vamos para la mesa – le indicó Ofelia de un modo casi maternal pero a la vez con un más que evidente deje burlón  -.  Los clientes esperan…”
                          Al momento de salir al salón, notó que, como no podía ser de otra manera, todos tenían sus ojos clavados en él; quien no sonreía al verle, directamente reía.  Le costaba horrores caminar sobre los tacos y para colmo de males Ofelia lo llevaba a toda prisa.  Cuando llegaron ante la mesa en cuestión, fue inevitable que la primera mirada que lo golpeara como una estocada en el pecho fuese la de Eliana.  Ella, de hecho, era la única en la mesa que no reía y su mirada, más bien, denotaba una profunda lástima por el aspecto de su esposo.  Fernando logró, sin saber cómo, contener las lágrimas, aun cuando sintió que se le hacía un nudo en el pecho,  y no pudo sostenerle la mirada a su esposa.
                          “¡Pero qué linda mujercita que nos trajo Ofelia!” – voceó uno de los que estaban sentados a la mesa a un volumen de voz lo suficientemente alto como para que le oyera todo el salón; difícil determinar si lo hizo precisamente con esa intención.
                         “¡Preciosa! – exclamó otro -.  ¡Un pimpollo!  La verdad, Ofelia, es que hay que felicitarte por un trabajo tan magnífico…”
                           “Jeje, no hay nada que agradecer, chicos… Ya saben cuál es la política de la casa… – rió, con desdén, Ofelia -.  Aunque ella misma se los va a decir…”
                         Fernando levantó apenas la vista y miró a su esposa por debajo de las cejas.  Había supuesto que al decir “ella”, Ofelia se había referido a Eliana, pero le bastó un solo vistazo para comprobar que no era así: al girar la vista ligeramente a la derecha y mirar por el rabillo del ojo, captó que en realidad Ofelia le estaba mirando a él: es decir, había aludido a Fernando como “ella”.  Más aún: al recorrer rápidamente con la vista los rostros de los cinco que estaban a la mesa, notó, muerto de vergüenza, que en realidad todos le miraban a él con semblante sonriente y actitud expectante.  Supo trágicamente, entonces, que era de sus labios de donde se esperaba que surgiera la ya clásica fórmula recitada.  Tragó saliva, se aclaró la voz y la dijo:
              “El cliente siempre debe quedar satisfecho”
                Ofelia sonrió complacida y se cruzó de brazos en una actitud que pareció de triunfo; seguramente lo era: revanchismo por viejos resentimientos adolescentes.
                “Bien, muchachos – anunció -; los dejo tranquilos.  A propósito, ¿qué desean tomar?”
                Los cinco coincidieron en pedir fernet, por lo cual Ofelia instó con un dedo índice a Fernando a seguirle.  La marcha hacia la barra se convirtió en un nuevo suplicio: trastabilló un par de veces y estuvo a punto de caer o bien se le dobló el pie; el hecho de no ser ahora guiado de la mano por Ofelia terminaba siendo más un problema que un alivio ya que lo dejaba librado a caer al piso de un momento a otro para hilaridad de todos los presentes, cuyos ávidos rostros esperaban claramente eso.  La caída se produjo y las carcajadas estallaron alrededor.  Ofelia no se detuvo ni tan siquiera se giró para ver qué le había ocurrido, de lo cual Fernando interpretó que lo único que le cabía hacer era ponerse en pie nuevamente y seguirla.  Pensó, por un instante, en quitarse los zapatos, pero rápidamente restalló en su cabeza el recuerdo de los fustazos recibidos, con lo cual el temor a un posible castigo le hizo levantarse del piso por mucho trabajo que le diese y por muchas que fueran las risas a su alrededor debido a su torpeza.  Llegó hasta la barra y se encargó de recibir la bandeja con los cinco tragos de fernet con gaseosa; al girarse tomó conciencia de que la vuelta sería mucho más complicada que lo que había sido la ida, ya que ahora debía hacerlo con la bandeja en mano.
                “Con una mano – le espetó Ofelia, enérgica, neutralizando de ese modo su intento por tomarla con ambas -.  La bandeja se lleva siempre con una sola mano”
                 Con la mayor resignación del mundo, Fernando hizo deslizar la bandeja con una mano por encima de la otra hasta que el centro de la misma se ubicó por sobre sus cinco dedos en forma de flor abierta.  Jamás había portado una bandeja pero ése era el modo en que siempre había visto que los mozos lo hacían.  Lo peor de todo fue que no le quedó más remedio que elevar la vista, lo cual implicaba, sí o sí, enfrentarse a las divertidas y expectantes miradas de, prácticamente, todo el bar.  Buscó que sus pasos tuvieran la mayor seguridad posible, razón por la cual caminó muy lentamente; la mesa no estaba tan lejos, después de todo: tenía que recorrer unos seis o siete metros.  Lo venía haciendo bastante bien hasta la mitad del recorrido; de a poco sus pies y su columna vertebral se iban familiarizando con los tacos aun cuando sus piernas parecieron flaquear un par de veces en las que varios clientes lanzaron a coro un “oleeeeeee” seguido de las infaltables risotadas.  En eso, y mientras marchaba hacia la mesa a paso lento pero cada vez más firme, sintió que alguien le estaba tocando la pierna, justo por encima de donde terminaba la media y casi por debajo de su falda.  Dio tal respingo que estuvo a punto de perder la bandeja pero logró mantenerla con mucho esfuerzo y utilizando ambas manos; apenas se percató de ello, rogó no haber sido visto por Ofelia y retiró una de ellas para volver a dejar la bandeja sobre una sola mano.  Hizo un muy leve giro de cabeza hacia su izquierda para descubrir que quien le había mancillado con su tacto era un muchachito que no debía pasar los veintidós años, el cual reía a más no poder.  Fernando le dirigió una mirada furtiva aunque, obviamente, ya había aprendido que no debía decir palabra ni hacer objeción alguna.  En el mismo momento en que miraba al jovencito que acababa de tocarlo con tal atrevimiento, sintió como desde la derecha alguien le levantaba la falda.
                  “Buen culito tenés” – dijo el autor de tal vejación, siendo coronado su soez comentario no sólo por su propia risa sino por las de todos los que estaban sentados a su mesa.  Esta vez Fernando ni siquiera se giró para verlo.  Estaba más que obvio que la marcha hacia la mesa con la bandeja en la mano iba a ser una verdadera odisea, ya que a la difícil tarea de marchar sobre tacos se agregaba que los clientes no estaban dispuestos a hacerle las cosas fáciles en lo más mínimo.
                   Cerró los ojos por un momento, tratando de mantener la serenidad.  Necesitaba seguir marchando hacia la mesa en la que estaban los cinco muchachos y su esposa y, por lo tanto, debía ignorar lo más posible a todos los que a su alrededor le gastaban chanzas y burlas.  Tenía que mantener el equilibrio, así que se concentró en eso: clavó la vista en algún punto indefinido en el fondo del salón y buscó ignorar tanto las miradas como las voces de todo el mundo.  Puso un pie por delante del otro y así sucesivamente, reiniciando la marcha hacia la mesa.  Esta vez caminó con bastante más seguridad y logró dar varios pasos; ya estaba muy cerca de lograrlo cuando de pronto… algo se le entrecruzó entre los pies; perdió el equilibrio y… se desplomó…
            Su cuerpo cayó cuan pesado era ante las risas de todos los presentes en tanto que la bandeja voló de su mano y los cinco vasos con fernet esparcieron su contenido por el piso.  Se sintió morir.  Se incorporó ligeramente hasta ponerse a cuatro patas sabiendo sobradamente que eso dejaba su cola entangada a la vista de todos.  Giró la cabeza hacia su izquierda y, al hacerlo, se encontró con el responsable de su caída; o con LA responsable, mejor dicho.  Una chiquilla de la cual era dudoso que llegara siquiera a los dieciocho años era quien le había puesto una zancadilla, haciéndole caer.  No paraba de reír mientras se tapaba la boca con la mano; el resto de sus compañeros de mesa, todos varones, también reían.  Fernando no cabía en sí mismo de la bronca; sólo tenía ganas de ponerse de pie y propinarle a esa tontita un par de golpes bien dados, pero sabía que tenía que contenerse, que no debía objetar nada.  De ese modo, al tener que tragarse la rabia, sintió que temblaba de la cabeza a los pies y que estaba a punto de romper a llorar.  Buscó, por todo y por todo, que las lágrimas no acudieran a sus ojos; si lo hacía, estaría  dando un motivo más para la hilaridad general puesto que sólo contribuiría a alimentar la imagen de niña que daba al estar vestido y maquillado en esa forma.  Escuchó un taconeo sobre el suelo muy cerca suyo y al levantar la vista descubrió a Ofelia, rostro severo y brazos cruzados, firme como una blanca estatua enfundada en negro.
                       “Ya te lo voy informando – dijo, impertérrita -, son cuatro fustazos por cada vaso roto a lo que hay que sumarle otros seis por cada contenido que se perdió al derramarse.  ¿Cuánto suma eso?”
                        “Cincuenta fustazos, Señora Ofelia” – apuntó siempre solícita la chica que oficiaba como asistente, sin que Fernando llegara a entender en qué momento o cómo era que había aparecido allí.
                          “A eso hay que sumarle los descuentos que ya dictaminará Adrián por la pérdida en dinero – apostilló Ofelia, dando media vuelta sobre sus talones -.   Ahora levantate del piso y vení a buscar otra tanda de bebida porque los clientes se van a terminar impacientando…”
                        Los clientes, en realidad, estaban a sólo dos metros y aun cuando Fernando, en ese momento, no los viera por tenerlos a sus espaldas, podía perfectamente adivinar sus semblantes burlones en medio del momento de diversión que debían estar teniendo.  Trató de imaginar cuál sería, al respecto, la reacción de su esposa, pero no consiguió hacerlo y, además, no debía perder más el tiempo en tales cavilaciones.  Trabajosamente volvió a ponerse en pie y volvió hacia la barra.
                      Una vez más, uno de los empleados que allí se desempeñaban se dedicó a preparar nuevamente los cinco tragos para ubicarlos sobre la bandeja.  Una vergüenza especial le invadió a Fernando al pensar que eso era un trabajo que solía hacer él y sin embargo, en este caso, estaba oficiando como camarera a la espera del pedido.  Mientras lo hacía sintió que alguien se le acercaba por detrás y lo apoyaba, franeleándole el bulto sobre la cola.  Fernando se sobresaltó y trató de zafarse hacia delante pero era un esfuerzo inútil porque estaba la barra, así que el sujeto lo tenía aprisionado.
                       “Estás muy sensual con esa ropita, nena – le dijo alguien al oído y en seguida reconoció la voz como la de Ariel, el cliente que hacía sólo algún rato se había regodeado manoseándole la cola y hasta introduciéndole algun dedo en el ano -.  Dan ganas de cogerte…”
                         Ariel cerró sus palabras mordiéndole una oreja y besándole el cuello, tras lo cual se fue y le dejó libre.  “Libre”, por supuesto, era sólo una manera de decir: la realidad, más bien, era que lo dejaba en disponibilidad para ir, vestido de camarera, a llevarle sus tragos a los tipos a quienes de un momento a otro les practicaría sexo oral su esposa.  Una vez que tuvo la bandeja en mano retomó la marcha con el mayor cuidado posible; en lugar de elegir mirar a un punto indefinido en el fondo del salón, esta vez prefirió marchar mirando a derecha e izquierda, arriba y abajo, vigilando que nadie fuera a hacerle ninguna jugarreta como la de la zancadilla.  Ello implicaba, por cierto, tener que mirar a los clientes a veces a los clientes a la cara y soportar, por lo tanto, sus expresiones de burla, pero peor era seguir recargando castigos a su ya bastante maltratada cola.  Puso especial cuidado cuando le tocó volver a pasar junto a la jovencita insolente que le había hecho caer, la cual seguía riendo y cubriéndose la cara con una mano, además de mirarlo burlonamente.  Una vez que hubo sorteado cada uno de los peligros de caída, Fernando logró llegar a la mesa y apoyar la bandeja sobre ella: misión cumplida; o, al menos, la primera etapa de la misma.  Lo peor, aunque pareciese increíble, estaba por venir.
               “Ya nos parecía que no ibas a llegar nunca con esos tragos – dijo uno en tono que era tanto de reprimenda como de diversión -.  De cualquier modo tuvimos la delicadeza de esperarte; como verás, tu esposa todavía no empezó, jaja”
               Fernando no dijo palabra; sólo se dedicó a ir ubicando los vasos frente a cada uno de los que se hallaban sentados a la mesa.  Eran un grupo bastante heterogéneo: el mayor de ellos daba la impresión de tener unos cincuenta años o tal vez algo más; dos rondarían los treinta y los dos restantes no parecían pasar de unos veintitrés.  Rara combinación de edades, lo cual sin embargo no parecía para ellos ser un problema a la hora de divertirse juntos y exactamente eso era lo que tenían en mente en ese momento.  Cada vez que Fernando se inclinó para dejar alguno de los vasos de fernet ,sabía que ese movimiento dejaba parcialmente a la vista sus nalgas y ninguno de los cinco vaciló en hacer comentarios socarrones al respecto.   Hasta allí, sin embargo, ninguno de ellos le había tocado, cosa que temía especialmente.  Su vergüenza no tuvo nombre al cruzarse con la mirada de Eliana y tratar de imaginar el modo en que ella le estaría viendo.  Obviamente, bajó la vista.
                   “Bueno, empecemos con el festín” – dijo el mayor del grupo quien al parecía, tal vez en virtud de su edad, llevar la voz de mando.
                    Aun a pesar de los enormes esfuerzos que Fernando hizo por no mirar, no logró evitar hacerlo.  El temor ante la inminencia de lo que se venía le imposibilitaba mantener su cabeza o sus ojos en cualquier otro objetivo.  De reojo vio cómo el hombre levantaba un poco el traste del asiento pero sólo para desprender su pantalón y llevarlo abajo junto con el slip, dejando así al descubierto un aparato sexual bastante generoso, por cierto.
                    “A ver, linda, venga para acá” – conminó a Eliana al tiempo que con sus caderas empujaba la silla hacia atrás seguramente con el objeto de que la mesa no obstaculizara la visual de Fernando y así éste no perdiera detalle de lo que su mujer estaba por hacerle.
                   Eliana, por cierto, estaba sentada en la silla exactamente contigua; se llevó las manos a los costados del rostro para apartar un poco los cabellos que le caían sobre las orejas y mejillas y le alcanzó con apenas inclinarse un poco sin siquiera levantarse de su asiento para llegar con su boca hasta la verga del tipo.
                    “Empezá pasándole bien la lengüita” – le dijo éste, mientras llevaba el fernet a sus labios.
                     Y Fernando, sin que le fuera posible desviar su mirada por más que quisiera, vio cómo su esposa daba largos lengüetazos a lo largo del pene del tipo así como sobre sus genitales.  El sujeto ni siquiera la miraba; parecía más bien entretenido en el contenido de su vaso.
                     “Muy bien – dijo en un momento, entre sorbo y sorbo -.  Ahora dedicate a comértela…”
                     Obedientemente y sin objeción alguna, Eliana, ante los ojos atónitos de Fernando, levantó su cabeza un poco; tomó el pene del tipo entre sus dedos y llevó hacia atrás el prepucio para luego formar un aro con sus labios y envolver el glande, esponjoso, húmedo y viscoso.  Y comenzó a chupar.  El hombre sorbió otro trago de su bebida y echó la cabeza hacia atrás en señal de relajación; a pesar de ello se permitió mantener los ojos abiertos y echarle una mirada claramente burlona a Fernando.  En ese mismo momento el marido en desgracia devenido en camarerita sintió una mano deslizarse por su pierna, por encima de la media, para luego subir hasta introducirse por debajo de la falda y tocarle la cola.  Al girar su cabeza comprobó que quien lo vejaba de tal modo era uno de los chicos más jóvenes de la mesa, quien lo miraba sonriente.
                    “¡Cómo chupa tu mujercita eh” – le dijo, punzante e hiriente.
                   Fernando ya no sabía dónde meter tanta vergüenza ni tanta humillación.  Para colmo de males y como no podía ser de otra manera, la escena sumaba todo el tiempo espectadores desde otras mesas.  Sintió una necesidad repentina de cerrar los ojos para no ver a su mujer hacer lo que estaba haciendo, pero fue peor.
                   “Te estás relajando, linda… Eso está bueno” – le dijo el mismo joven que le acariciaba la cola por debajo de la falda.
                   “Tengo una idea – intervino otro -.  ¿Por qué no hacemos que Fernanda nos vaya mamando el pito y así nos deja preparados y con la verga bien parada para la otra putita?”
                   En sólo cuestión de segundos, Fernando había sido llamado “linda” y “Fernanda”, había tenido que presenciar cómo su esposa le mamaba la verga a un cliente mientras otro le acariciaba a él la cola por debajo de la falda; y si todo ello no era suficiente, ahora también alguien arrojaba la propuesta de que él mismo se encargara de mamarle la verga a cada uno de los cuatro que esperaban por la boca de  Eliana.  En ese momento pensó seriamente si la muerte no sería una alternativa mejor que tener que vivir tal pandemónium de decadencia y degradación.  Sin embargo, un lapso de razón destelló en su mente: los sujetos no habían pagado por un servicio bucal de parte de él; no estaba incluido.
                  “Perdón – dijo, tratando de sacar entereza y firmeza de donde ya no las había -.  Ése es un servicio que se paga”
                   “Tiene razón – dijo tristemente uno de los de edad intermedia y mientras los cada vez más profundos jadeos del mayor del grupo hacían de música de fondo, superponiéndose con la del local y por momentos tapándola -.  Tendríamos que hablar esta cuestión”
                   Rápidamente hizo con su mano un gesto hacia una de las chicas que se hallaban en la barra indicándole claramente que requerían la presencia de Ofelia quien se hallaba, como era ya costumbre en ella, haciendo anotaciones.  Ofelia levantó la vista hacia la mesa apenas fue puesta al tanto por la empleada y en cuestión de segundos ya estaba junto a la mesa.
                     “¿Se les ofrece algo?  ¿Hay algún inconveniente? – preguntó -.  Pareciera que no…” – aventuró sonriendo al fijar la vista en Eliana, cuya boca estaba llena con la pija del cliente que en esos momentos era atendido.
                    “Es que… el problema no es ella, sino ella” – dijo el mismo que había solicitado la presencia de Ofelia, señalando en primer lugar a Eliana y luego a Fernando.
                     La mujerona echó a Fernando una mirada tan severa que le obligó a bajar la vista.
                     “¿Otra vez hay resistencia…? ¿Rebeldía? – preguntó.
                      Fernando sintió terror de ser lanzado a la calle; estaba a punto de hablar para decir que no tenía nada en absoluto que objetar a su suerte, pero no llegó a hacerlo porque el sujeto que había hablando con anterioridad se le adelantó:
                         “Se nos ocurrió que ella – señaló a Fernando – bien podría darnos un servicio extra.  Hmm, algo así como practicarnos sexo oral a nosotros cuatro – trazó un semicírculo con el dedo -, pero como previa, digamos, que nos deje preparados para cuando nos agarre la otra…”
                            Fernando no se acostumbraba más al shock permanente de que hablaran de él como si fuera un objeto, que propusieran y decidieran en relación con él sin consultarle.  Ofelia le dirigió una nueva mirada, pero esta vez menos agresiva y más calculadora; parecía estar analizando la propuesta.
                           “Me parece un plan interesante…” – dictaminó, lo cual fue otro duro golpe al mentón para Fernando.
                             “Claro… – volvió a hablar el mismo sujeto -; la cuestión es cuánto tendríamos que pagar por la diferencia.  No sé si estamos en condiciones de pagar otros ciento veinte cada uno… ¿Se podría negociar?  ¿Hacer  algún descuento?”
                              “No – desdeñó Ofelia -, no va a hacer falta.  Tómenlo como… una atención de la casa, como si se les invitara una ronda de café…”
                              Los cuatro jóvenes se miraron entre sí y sus ojos vivaces revelaron estar felices y celebrando la respuesta recibida.
                             “Muchas gracias, Señora, muchas gracias realmente…”
                             “Andá empezando – espetó Ofelia, dirigiéndole una severa mirada a Fernando -; me voy a quedar un momento para ver que todo vaya por sus carriles y que te portes bien sin hacer ninguna de las tuyas…”
                              Justo en ese momento los gritos del tipo al que Eliana le mamaba la verga poblaron el bar y captaron la atención de casi todos los presentes.
                             “Así, así, puta… – decía, dejando caer una mano pesadamente sobre la cabeza de Eliana para mantenérsela aprisionada contra su miembro -.  Mmmmm, así, aaah, aaah.., tomate toda la leche, no dejes un gota… ¡Puta!”
                             El tipo estaba, obviamente, acabando dentro de la boca de Eliana y ello motivó que, por un instante, las miradas de todos, incluidos Ofelia y Fernando, se posaran sobre ellos dos.  Luego la mujerona volvió a mirar al marido en desgracia y le hizo un gesto conminándole a empezar con su trabajo.  Una vez más las lágrimas estuvieron a punto de acudir a los ojos de Fernando; cerró los ojos con fuerza para evitarlo y, al parecer, Ofelia, interpretó correctamente el gesto.
                               “Sin llorar – le dijo, serena pero enérgicamente -.  Vamos”
                               Sin perder más tiempo y ante el temor de una nueva sanción, Fernando se inclinó y, en un extraño gesto reflejo, se llevó las manos al rostro como si se apartara los cabellos, un gesto típicamente femenino que no se justificaba en absoluto al tenerlos tan cortos.  Sin embargo y más allá de eso, al momento de inclinarse se sintió momentáneamente perdido, ya que no estaba claro a cuál de los clientes debía “atender” primero.  Casi como si hubiera interpretado su duda, uno de los de edad intermedia se levantó parcialmente de su silla para bajarse el pantalón y sentarse nuevamente.
                                “Vení para acá” – le dijo.
                                 El sujeto estaba sentado justo al lado del que acababa de ser mamado por Eliana, de lo cual se desprendía que sería el siguiente en recibir la boca de ella; por lo tanto, había, aparentemente, que dejarlo en condiciones.  Estaba, eso sí, sobre el lado opuesto de la mesa y ello hizo que Fernando tuviera que caminar en torno a la misma para poder llegar hasta él, pasando por delante de la mirada escrutadora de Ofelia, quien le escudriñó de arriba abajo acompañando con sus ojos de ave rapaz cada paso que daba.  Lo único bueno del asunto fue que, al menos por un momento, se había liberado del jovencito que no había parado de toquetearle la cola ni siquiera en presencia de Ofelia.  Fue un alivio fugaz sin embargo: bastó que Fernando llegara junto al sujeto que le requería y se inclinase ante el mismo para que casi simultáneamente sintiera una nueva mano deslizándose por debajo de su falda.  Sintió una fuerte repulsión y se le revolvió el estómago al tener el miembro de un hombre tan cerca de su boca, pero eso no era nada comparado al hecho de que en sólo algunos segundos más lo iba a tener dentro de ella.  Era mejor no pensar en nada, aunque eso pareciera imposible.  Tomó el pene del hombre entre sus dedos y, obrando con su boca del mismo modo en que antes había visto hacerlo a su esposa, se introdujo la cabeza del miembro para dedicarse a mamarlo, todo ello sin que aquella mano insolente dejara de recorrer su cola.
                     Oyó en ese momento que se elevaban algunos aplausos de las mesas vecinas junto con un coro en el cual se entremezclaban vítores, insultos y chiflidos.  Y lo peor de todo, aunque pareciera paradójico, era que ya no se escuchaban gritos ni jadeos por parte del mayor del grupo, ése al que hasta hace unos momentos su esposa le estuviera mamando la verga; de ello sólo podía desprenderse la conclusión de que ese episodio de sexo oral ya había terminado y que Eliana había tragado toda su leche pero no sólo eso sino que, muy posiblemente, y habiendo terminado ya con el primero de los clientes, estuviera en ese mismo momento a la espera de recibir en su boca la segunda pija, lo cual la dejaba en condiciones de presenciar sin problemas cómo Fernando se encargaba de “prepararla”.  Las arcadas se produjeron una y otra vez en la medida en que la viscosidad y la carne invadían la boca de Fernando.  En un momento sintió el miembro en su boca tan duro y excitado que temió una acabada inminente de un momento a otro.  Por suerte para él, sin embargo, el individuo, percatándose de la cercanía de su orgasmo, tomó a Fernando por sus cortos cabellos e izó su cabeza, separándolo del miembro.  Estaba bien claro que no quería acabar en la boca de Fernando ya que quería reservar tal honor para Eliana.: y en efecto, apenas su verga fue liberada por Fernando, hizo un gesto a Eliana como pidiendo que lo relevara.  Y así, Fernando tuvo que ver cómo su esposa se inclinaba y se introducía en su boca el mismo miembro que instantes antes ocupara la suya.  La imagen fue tan fuerte e impactante que debió desviar la vista y, al hacerlo, se topó con Ofelia, quien parecía mostrarse satisfecha.  La mujerona, de todos modos y sin abandonar su severidad, enarcó sus cejas y, con un dedo índice, le hizo gesto de que se ocupara de la siguiente verga.  Y así fue: Fernando se inclinó para mamar una nueva pija mientras una mano, también nueva, se dedicaba a recorrerle las nalgas.
                Y de ese modo se fue cumpliendo la ronda completa; en algún momento, Fernando no supo cuándo, Ofelia se retiró y volvió a su lugar en la caja tras haber constatado, seguramente, que las cosas estaban en orden y que iban de acuerdo al plan.  El resultado final de la ronda de mamadas podía resumirse perfectamente con un Eliana 5, Fernando 4, ya que ése fue el número de vergas que cada uno tuvo dentro de su boca.  Si Fernando podía agradecer algo, en medio de tan perversa orgía oral, era el no haber tenido que tragar el semen de ninguno de los clientes, ya que cada uno de ellos había buscado reservar la eyaculación para la boca de Eliana, quien, por supuesto, debió tragar las cinco… Demás está decir que los insultos y las humillaciones verbales arreciaron todo el tiempo.
               “Mmmm… qué bien la chupa esta puta, casi tan bien como el cornudo del marido”
              “La verdad es que son un par de nenas muy golosas…”
              “Ella está mojada y a él se le está parando; está claro que les gusta a los dos…”
                 Le dejaron unos doce pesos de propina a Eliana y unos cinco a Fernando.  Con tan magro botín, casi más degradante que si no hubieran dejado nada, la pareja regresó a la caja.
                  “Veo que se han portado muy bien – les felicitó Ofelia -.  Creo que ese look te queda muy bien – miró a Fernando -; desde mañana será permanente…”
                   “Sí, Señora Ofelia” – fue todo lo que dijo Fernando con la vista baja y sin poder, por cierto, decir ninguna otra cosa.
                    Para colmo de males, aún le restaba recibir los cincuenta fustazos en la cola debido al incidente sufrido con la bandeja por culpa de una pendejita maleducada.  Recibió su sanción sin objetar, por supuesto, y la cola le quedó de tal modo que ya no le servía para sentarse puesto que no llegaba a recuperarse entre una paliza y otra.  Debió luego, permanecer por largo rato en el baño quitándose el maquillaje que le habían puesto; fue entonces cuando, por primera vez, se vio al  espejo con su nuevo aspecto y no pudo menos que sentir una profunda lástima por sí mismo…
                                                                                                                                                  CONTINUARÁ