Una de las chicas se adelantó unos pasos hacia Eliana.  Sorprendió a Fernando que no fuera la misma que había ido a buscar la fusta o el taco; parecía como si hubiera una red de asistentes de Ofelia con las funciones bien determinadas, donde cada una sabía cuándo tenía que actuar.  En un gesto que a Fernando hasta se le antojó piadoso, la chica apoyó una mano sobre el vientre de Eliana y otra sobre la parte superior de la espalda, entre los omóplatos; le susurró algo al oído y, empujándola levemente, la impelió a inclinarse hacia adelante.  Una vez más su cola entangada quedó descubierta pero la orden de Ofelia había ido más allá, así que la joven tomó la prenda íntima de Eliana por los bordes y la deslizó hasta dejársela a mitad de los muslos.  Luego la muchacha se hizo a un lado, como ocurría todo el tiempo cada vez que alguna terminaba de cumplir con lo que Ofelia le había requerido: parecían ya tener aprendido y bien incorporado que, una vez que ella ya tenía lo solicitado, había que liberar el escenario.
                        Eliana estaba temblando de la cabeza a los pies; era fácil notarlo.  Durante algunos instantes, la incertidumbre de no saber qué estaría haciendo Ofelia a sus espaldas le jugó en contra, haciendo aumentar su nerviosismo.  La mujerona hizo un par de fintas con el taco en el aire casi como si se tratara de un florete y luego lo dirigió hacia la cola de Eliana apoyando la punta allí donde ambas nalgas se juntaban.
                         “¿Eso te molesta?” – preguntó.
                         Eliana tragó saliva.  El terror había hecho presa de su cuerpo y temblaba tanto que hasta  le costaba hablar.  Incluso tuvo problemas para interpretar la pregunta o, mejor dicho, para inferir cuál sería la respuesta adecuada.  Supuso, con acierto, que tenía que decir lo que Ofelia quería oír.
                         “N… no, señora Ofelia – dijo balbuceando -.  No me… molesta…”
                         Una ligera sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Ofelia, dándole a Fernando la impresión de estar conforme con la respuesta.  En parte podía ser cierto, pero sin embargo, la mujer empujó el taco un par de centímetros más, de tal modo que pasó separando las nalgas y ubicándose a la entrada del orificio anal.
                        “¿Y eso te molesta?” – preguntó.
                         Eliana no podía creer lo que estaba ocurriendo; esperaba, de todos modos, que en algún momento su antigua compañera de colegio se diera por satisfecha, razón por la cual volvió a responder de tal modo de complacerla en la medida en que fuera posible.
                        “No, Señora Ofelia, no me molesta…”
                          Lejos de conformar a la mujerona, ésta llevó el taco todavía otros centímetros más hacia adelante y, al hacerlo, comenzó a entrar en el ano.  El impacto fue tal que  Eliana lo sintió casi como si se hubiera tratado de una descarga eléctrica propinada por una picana.  Inclusive enderezó su espalda, lo cual fue motivo de una rápida reprimenda.
                          “¡Inclinate!” – le regañó Ofelia y Eliana, como no podía ser de otra manera, tuvo que obedecer -.  ¿Y eso te molesta?” – preguntó, haciéndose el tono de su voz cada vez más agresivo e hiriente.  Paradójicamente, la mujer siempre lucía serena pero a la vez era como si entre dientes destilara veneno.
                       “No, Señora Ofelia… – respondió Eliana, casi en un sollozo -.  No me molesta…”
                         Ofelia jugó un poco con el palo sobre la entrada de la cola de Eliana describiendo un círculo con el mismo, lo cual motivó que la víctima dejara escapar un quejido involuntario.
                      “Y si no te molesta… – preguntó Ofelia, poniéndose más incisiva -, ¿me querés explicar por qué entonces hoy, por culpa tuya,  perdimos tres clientes?”
                     Eliana no supo qué responder; sólo miraba el piso y hacía denodados esfuerzos por no romper en lágrimas.  Estuvo a punto de mencionar a Fernando y el incidente que se había producido cuando su esposo se metió y terminó golpeado en el estómago, lo cual de algún modo también terminaba de cerrar la respuesta que Ofelia pedía.  Pero a la vez eso sería echarle tierra encima a Fernando, de quien descontaba que sería el próximo castigo.  Se mantuvo, por lo tanto, en silencio al no tener ya ninguna explicación para dar.
                      “Llévenla al salón” – ordenó Ofelia y esta vez fueron dos hombres de los que trabajaban detrás de la barra los que, acercándose a Eliana, la tomaron por las axilas y la levantaron prácticamente en vilo ante los ojos atónitos de su marido.  De hecho, Fernando hizo un amague por salir en defensa de ella pero su intento fue rápidamente neutralizado por otros dos empleados que lo tomaron por los brazos.
                      Mientras Eliana era llevada hacia el salón principal del bar, Ofelia caminaba a la zaga con aire despreocupado y sereno, en tanto que el resto del personal, que un rato antes colmara la cocina, le seguía los pasos como si se tratase de alguna delegación o comitiva.
                      “Pónganla sobre la mesa de pool – conminó Ofelia -.  La mesa dos.  En cuatro patas”
                        Los dos empleados cumplieron con lo que se les ordenaba, ubicando a Eliana sobre la mesa que les había sido indicada y encargándose luego, entre ambos, de ubicarla a cuatro patas, tal como Ofelia lo requería.  Allí quedó, entonces, Eliana, con la cola al aire y la tanga ahora  por las rodillas.  La elección de la mesa por parte de Ofelia no había sido casual ni azarosa, ya que la “dos” era precisamente la mesa en la cual se había suscitado el problema que había derivado en el alejamiento de los tres clientes.  La mujerona puso tiza a la punta del taco de pool y, en un acto que, posiblemente, buscó ser efectista ante el resto del personal, volvió a blandirlo en el aire como si se tratara de un arma; la asociación visual se hizo mucho más fuerte desde el momento en que Ofelia flexionó el brazo en el que sostenía aún la fusta y ubicó un puño sobre su cintura al mejor estilo de cómo lo haría un esgrimista.  Eliana ya no oponía resistencia; sólo temblaba en cada fibra de su cuerpo.  Ofelia llevó el extremo del taco hacia la entrada anal y luego lo empujó hacia adentro.
                         Eliana no pudo evitar cerrar los ojos y dejar escapar un grito mientras Fernando, hirviendo de rabia, contemplaba la escena sin poder hacer nada.  Ofelia hizo girar el taco varias veces, hacia un lado, luego hacia el otro y así sucesivamente, con lo cual el grito inicial de Eliana se vio repetido e incluso multiplicado tantas veces como el palo giró sobre sí mismo: ahora ya directamente aullaba y en sus aullidos podía percibirse claramente cómo se fusionaban dolor y excitación.
               Ofelia sonrió satisfecha ante el resultado obtenido pero sin embargo ello no la detuvo ni la dejó conforme, ya que empujó el taco aún más adentro arrancando de la garganta de Eliana un alarido que retumbó en todo el bar.  Fernando se removió tratando de liberarse de sus captores pero fue inútil.  Sabía perfectamente que su esposa jamás había sido penetrada analmente y, como tal, debía estar sufriendo aquello como un verdadero suplicio.  Costaba creer que quien la sometía a tal ignominia fuera una antigua compañera de secundario.
              Luego de un rato de intensa penetración con el palo, Ofelia lo retiró.
              “¿Te molestó? – preguntó
               “N…no, señora Ofelia… – respondió entrecortadamente Eliana, convertida su voz en un hilo -.  N… no m…me molestó”
               Una vez más, una sonrisa de plena satisfacción se dibujó en el rostro de Ofelia quien, dejando apoyado el taco sobre la mesa, volvió a tomar su libreta.
               “También hubo un problema con vos en la mesa 21 – graznó, como si se estuviera, en ese momento, anoticiando de lo que en realidad ya sobradamente sabía – ¿Cuál fue?”
                 Eliana permaneció en silencio, sin poder salir de la turbación por el increíble e impensable momento que le estaba tocando vivir.  Un fustazo en la cola la hizo, súbitamente, tomar sentido de la realidad.  Fue bastante leve, a comparación de los que antes Ofelia había propinado a Jazmín, pero aun así una interjección de dolor le brotó de la garganta ante lo sorpresivo que había sido el golpe.
                 “¿Cuál fue?” – insistió la mujer, con lo cual para Eliana estuvo más claro que nunca que urgía y le convenía hablar.
                 “A… alguien me tocó la cola, S… Señora Ofelia – dijo, nerviosa y algo llorosa -.  Pido disculpas por…”
                 Un nuevo fustazo en la cola, esta vez algo más intenso que el anterior, la interrumpió.
                   “¿Y vos cómo te portaste en ese momento?”
                  “M…me fui, Señora Ofelia…”
                  Otro fustazo.  Los golpes eran cada vez más fuertes y lo mismo ocurría con las interjecciones de dolor que emitía Eliana.
                   “¿Y eso está bien?” – preguntó la mujerona.
                    “N…, no, Señora Ofelia, no está bien…”
                    Nuevo fustazo.  El cuarto.
                    “¿Por qué no está bien?” – preguntó Ofelia, continuando con su incisivo interrogatorio.
                   “Porque… el cliente puede molestarse… e irse, Señora Ofelia”
                   “Muy bien – la felicitó Ofelia -; veo que ya vas aprendiendo.  Vamos para la mesa 21”
                    La orden impartida puso en marcha una vez más a todo el personal del lugar, produciendo una vez más la imagen de comitiva oficial.  Los dos empleados que antes subieran a Eliana a la mesa, la ayudaron a bajar y la guiaron a través del salón.  Los que retenían a Fernando hicieron lo propio con él, si bien era cierto que él se resistía cada vez menos, no por falta de ganas de hacerlo sino por comprender algo mejor toda la situación y sus posibles consecuencias: se trataba de una especie de resignación, aun cuando siguiera aguijoneando en su mente la idea de hablar con Adrián y ponerlo al tanto de lo que ocurría en el bar cuando él no estaba.
                     Cuando llegaron a la mesa 21, todas las sillas estaban ya invertidas y puestas sobre la misma.  El personal formó un círculo alrededor y Ofelia hizo una seña a los dos que llevaban a Eliana por las axilas para que la liberasen.
                     “A ver…, parate  junto a la mesa e inclínate un poco – ordenó la mujerona.
                     Con indescriptible vergüenza y timidez, Eliana se inclinó un poco apoyando ambas manos sobre una rodilla y ello dejó una vez más su cola al aire.  La tanga estaba en las manos de uno de los empleados pues ella la había terminado perdiendo durante el camino desde la mesa de pool hasta allí.
                    “Vos – ordenó Ofelia, dirigiéndose a uno de los empleados en una elección que pareció ser producto del azar -.  Tocale la cola”
                   Otra vez Fernando se removió y forcejeó pero no consiguió zafar de quienes lo retenían; de hecho, los jóvenes intentaron calmarlo, que aceptara la situación.  Ofelia le dirigió una mirada de reojo que fue de clara amonestación.    El empleado que había sido aludido por ella se adelantó unos pasos y se ubicó por detrás de Eliana; apoyó una mano sobre sus nalgas y la deslizó muy fugazmente.
                    “Eso casi ni es roce – le reprendió Ofelia -.  Sobasela bien… y a dos manos”
                     El empleado tragó saliva y miró a Eliana aun cuando sólo le viera la nuca; parecía querer pedirle disculpas, pero finalmente optó sólo por hacer lo que se le estaba ordenando.  Con sus dos manos recorrió, acarició y estrujó las nalgas de Eliana en toda su extensión, atrapando por momentos la carne como si quisiera arrancársela.  Ofelia pareció asentir con la mirada y se mostró algo más satisfecha, como que ahora lo que el empleado estaba haciendo se ajustaba más a lo que ella había requerido.
                     “¿Te molesta?” – preguntó.
                     “N…no, Señora Ofelia.  No me m…molesta…” – tartamudeó Eliana.
                     Una nueva sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de la mujerona.  Echó un vistazo en derredor, hacia el círculo de empleados.
                   “Vos” – señaló con su fusta a otro -.  También.  A tocar, vamos…”
                   Un joven algo tímido se adelantó del grupo y miró, por un instante, a Fernando, no se supo si con temor o con lástima; o si estaba pidiendo disculpas con su mirada.  Fue junto a Eliana y al empleado que la estaba toqueteando.  Se acuclilló a su lado y comenzó, él también, a sobarle la cola.
                 “¿Y ahora te molesta?” – preguntó Ofelia.
                 “No, Señora Ofelia, no… me molesta” – respondió Eliana dando la sensación de tener ya su dignidad por el piso.
                  La mujerona permaneció un momento cruzada de brazos observando cómo los dos empleados se dedicaban a manosearla.  Buscó luego con la vista a otro:
                  “Vos también” – dijo.
                   Y así se fueron sumando, hasta que hubo cinco muchachos e incluso una chica toqueteando a Eliana y, dado que ya no cabían más manos sobre sus nalgas, algunos le recorrían las piernas o bien jugueteaban en la entrepierna rozando la vagina.  Cada vez que alguno se sumaba, Ofelia volvía a preguntarle a Eliana si le molestaba y en cada oportunidad ella contestó que no.  Un momento de tensión o, por lo menos, de cierta incertidumbre, pareció generarse cuando la mujer preguntó:
                 “¿Y te gusta?”
                  El cambio en el tono y el contenido de la pregunta descolocó a Eliana, quien por un momento no supo bien qué tenía que responder en ese caso.  Supuso que no debía encolerizar a Ofelia, cosa que era lógico dar por descontado que no iba a ocurrir si respondía que sí; pero si decía que no le gustaba, no había forma de prever cuál sería la siguiente reacción de la mujer.  Eligió, por lo tanto, el camino más seguro.
                 “Sí, Señora Ofelia, me gusta” –  respondió.
                  La mujerona asintió con la cabeza.
                  “Bien… – dijo, cono tono sereno -; si es así va a ser mejor para vos porque lo vas a sufrir menos e incluso lo vas a gozar, pero de todas formas te tiene que quedar claro que aquí no importa si te gusta o no.  Lo que importa es que le guste al cliente y se vaya satisfecho, ¿está entendido?”
                    “S… sí, Señora Ofelia, está entendido” – respondió Eliana sintiéndose caer a un pozo cada vez más profundo puesto que se desprendía de las palabras de Ofelia que bien podría haber respondido negativamente a la pregunta; al no hacerlo y, por el contrario, decir que le gustaba, hasta había quedado como una puta delante de los allí presentes.
                  Fernando observaba incrédulo lo que parecía una escena sacada de alguna pesadilla o de alguna película erótica.  Si Ofelia no convocó a nadie más al extraño ritual fue sólo porque no había dónde ubicar uno más.  En determinado momento palmoteó el aire sin dejar de sostener la fusta.
                    “Muy bien – dijo -.  A ver, apártense…”
                    Obedientemente los empleados dejaron de recorrer con sus manos a Eliana y se abrieron, regresando al círculo.  Eliana no había recibido orden de incorporarse y supuso, por lo tanto, que debía permanecer allí en el lugar en que estaba e inclinada hacia adelante.
                   “Lo de la mesa de pool es una falta de las consideradas graves – recitó, en voz bien alta, Ofelia -, porque en ese caso hemos perdido tres clientes.  Ése es un tipo de infracción que se sanciona con doce fustazos, pero considerando que fueron tres los clientes, suman treinta y seis…”
                   Eliana dio un respingo y dejó escapar un gritito que no logró contener; se llevó las manos a la boca pero ya era tarde.
                    “En el caso de lo que pasó en esta mesa – continuó Ofelia como si se tratase de un discurso -, el cliente no se fue, pero el riesgo de que lo hiciera estuvo presente y, como tal, la acción merece castigo.  Corresponden en ese caso ocho fustazos.  Y también tenemos un vaso roto – elevó la libreta hasta sus ojos -, es decir que son cuatro fustazos más.  ¿Cuánto suma eso…?”
                  “Cuarenta y ocho, Señora Ofelia” – le apuntó, desde su derecha, la misma joven que en su momento le había alcanzado la fusta y que, al parecer, era asistente en más de un aspecto.
                   “Bien – dijo la mujerona -.  Te voy a descontar dos que ya recibiste arriba de la mesa de pool, así que quedas en cuarenta seis…”
                    “¡Fueron cuatro en la mesa de pool, no dos!” – vociferó, enardecido, Fernando.
                     Ofelia le miró y, por primera vez, su rostro pareció verdaderamente alterado.
                       “¡Silencio! – conminó, casi escupiendo las palabras -.  ¡Éste ya me tiene harto con sus indisciplinas!  ¡Apenas termine con ella, le despellejo el culo!  ¡Vayan bajándole el pantalón y pónganlo contra una mesa!”
                      Los dos empleados que sostenían a Fernando giraron y, al hacerlo, lo llevaron con él, aun a pesar de sus vanos intentos por resistirse.  Llegaron hasta la mesa contigua y apartaron de un manotazo un par de sillas invertidas que había sobre la misma a los efectos de colocarlo allí.  Un tercer empleado se acercó y, con más energía, le colocó una mano sobre la espalda y, tomándolo por la nuca, lo obligó a inclinarse apoyando el estómago contra el borde de la mesa.  Un cuarto se acercó y, cruzándole las manos por su vientre, le desabrochó el cinturón para luego, de un solo manotazo, bajarle pantalón y bóxer hasta dejarle ambos en las rodillas.  La humillación que sintió Fernando no tuvo nombre…
                    Satisfecha al ver su orden cumplida con tanta eficiencia y rapidez, Ofelia volvió su atención hacia el culito de Eliana, que, perfecto y envidiable, se ofrecía generoso a la fusta.  Y el primer fustazo llegó, junto con el grito de dolor de Eliana.  Y luego otro, y otro… y los gritos fueron en crescendo hasta convertirse en alaridos.  Con exactitud matemática, Ofelia se dedicó primero a castigar una nalga propinándole exactamente veintitrés golpes y luego la otra con idéntica cantidad.  El resto de los empleados, al observar la escena, notaron en el rostro de la ejecutora del castigo un destello casi maligno, un brillo algo diferente del que parecía su mirada rezumar cuando castigaba a cualquier otro empleado.  Si bien era cierto que siempre la mujer parecía mostrar un cierto disfrute sádico al ejecutar sus castigos, era absolutamente distinto lo que irradiaba en esos momentos mientras castigaba a su antigua compañera de secundario, como dando la impresión de que en cada fustazo estuviera descargando viejos rencores, recelos o resentimientos.  Para quienes no la conocían desde la adolescencia podía ser una situación difícil de entender pero lo cierto era que en aquellos años del colegio Eliana había sido la chica perfecta y Fernando el chico perfecto.  Tenerlos allí, al alcance y disposición de su fusta, era para ella casi saldar una vieja cuenta pendiente del colegio; jamás podría haber imaginado en aquellos años que tendría, como estaba teniendo ahora, la posibilidad de enrojecerle el culo a Eliana y de, en algunos instantes más, hacer lo mismo con el de Fernando: un ajuste de cuentas perfecto para los chicos perfectos.  Viendo la energía que ponía al propinar el castigo, hasta daba la impresión de estar experimentando una cierta excitación lindante con el goce sexual: justo Ofelia, la gélida mujer a quien prácticamente no se le conocían emociones.
               Tan larga tanda se convirtió en un verdadero suplicio para Eliana, quien, llorosos sus ojos y rojas las nalgas, sólo deseaba que el castigo acabase.  Ello sólo ocurrió una vez que Ofelia hubo terminado metódicamente con sus cuarenta y seis golpes, con la particularidad de que ya después del décimo, cada fustazo era acompañado también por una interjección de parte de Ofelia que se fue haciendo cada vez más audible y que remitía a algunas tenistas profesionales en el momento de efectuar su saque.  Tras el último golpe, se pasó la mano por la boca, pareciendo como si se limpiase un hilillo de baba que le chorreaba por la comisura, y se giró hacia la mesa sobre la cual tenían a Fernando con los pantalones y el bóxer bajo.
               “Suéltenlo – ordenó Ofelia -.  Si se resiste, se queda de patitas en la calle y a buscar un trabajo nuevo”
               Los empleados cumplieron con la orden y se apartaron dejando a Fernando allí, con su culo expuesto.
                 “Fueron tantas tus impertinencias e indisciplinas que ni necesito repasarlas en la libreta – espetó la mujerona como si mordiera las palabras entre sus dientes al pronunciarlas -.  Y no tengo ganas de llevar ninguna cuenta que, además, sería muy larga…”
                 Dicho esto, el primer fustazo restalló sobre la cola de Fernando prácticamente como un golpe de látigo, obligándolo a soltar un alarido que, a comparación del primero que había emitido su esposa, se hallaba a un nivel bastante más alto dado que también había sido mayor la fuerza del primer golpe.  A partir de ahí la tanda de golpes se fue incrementando y la sucesión, incluso, fue acelerando su ritmo de tal modo que los fustazos se hicieron tan continuados que prácticamente no quedaba pausa entre uno y otro, cosa que no había ocurrido tan claramente durante el castigo de Eliana.  El rostro de Ofelia, ahora, parecía el de una bestia salvaje, presentando una especie de rictus permanente que parecía rezumar rabia y odio.  Los gritos de Fernando también se vieron incrementados, juntamente con el dolor en sus nalgas y con la humillación vergonzante a que estaba siendo sometido.  Se le hacía casi imposible abrir los ojos porque cada vez que comenzaba a intentarlo caía sobre su retaguardia un nuevo fustazo que, inevitablemente, le hacía cerrarlos.  Aun así, en un fugaz momento, llegó a mirar hacia el resto de los que estaban allí, los cuales lo miraban con rostros indiferentes y, hasta en algún caso le pareció notar, divertidos.  De manera extraña, estando expuesto y siendo castigado delante de todos ellos, sintió que por un momento su pene quería pararse, lo cual era absolutamente incomprensible y se odió por ello.  Nadie supo cuántos golpes fueron, probablemente ni siquiera Ofelia, pero fue una tanda bastante más larga que la que había sufrido Eliana.  Simplemente la mujerona siguió golpeando tantas veces como le dio la gana y cortó el castigo, también, en el momento en que le dio la gana.  Sin decir palabra alguna, arrojó la fusta a su “asistente” y giró sobre sus talones.
             “Turno terminado – anunció al caminar, recuperando su tono normal -.  Todos a sus casas”
              Y así se alejó, taconeando con sus botas, nuevamente en dirección hacia la barra.  Su paso era marcial, seguro y cargado de arrogancia, pero a la vez muy femenino, no encajando con la imagen  de marimacho que muchos (y entre ellos quienes acababan de ser castigados) tenían de la época del colegio.
                  Al salir de allí, Eliana y Fernando se dirigieron a la parada del colectivo; ya hacía rato que habían tenido que desprenderse de su auto por las deudas.  Aun a pesar de haber asientos libres, permanecieron de pie y era lógico después de la paliza que ambos acababan de recibir.
                   “Hay que ir a hablar con Adrián” – dijo Fernando, con el rostro teñido de rabia.
                    “¿Ahora? – preguntó ella -.  Es muy temprano Fer…, debe estar durmiendo.  Nos va a sacar cagando… Y aunque no sea así, no sé si da para ir a molestarlo con…”
                    “Esta situación no se puede prolongar un día más, Eli… Mañana va a volver  a ser lo mismo… y pasado lo mismo…”
                    “La opción es quedarnos sin trabajo –objetó Eliana, con tono desesperado -.  Ya sabés lo difícil que está.  Adrián nos hizo el favor y…”
                    “Seguramente él no está al tanto de esto – la interrumpió Fernando -.  Eli, lo que pasó en ese lugar fue una locura absoluta.  Tenemos que decírselo…”
                    “Sí, tal vez, pero…”
                    “Bajamos en la próxima – dijo secamente Fernando, casi en el mismo momento en que accionaba el botón del timbre para que el conductor se detuviera -.  Y cambiamos de colectivo…”
                     Eliana aceptó la decisión de su marido pero en su rostro se advertía claramente una expresión de angustia.
                     Llegaron hasta la casa; una vivienda de grandes proporciones con una gran reja cubierta por hiedras y un inmenso jardín en la parte delantera que demostraba con creces que a Adrián no le había ido nada mal en la vida.  Fernando llamó al portero eléctrico y aguardó, impaciente, sin obtener respuesta.
                     “Te lo dije – insistió Eliana -: no es hora, amor; es muy temprano.  Mejor no lo molestemos y lo hablamos en otro momento…”
                    Pero Fernando parecía no oírla; volvió a accionar el pulsador del portero eléctrico dos veces más hasta que finalmente la voz de Adrián, claramente somnolienta, se dejó oír del otro lado.
                      “Aaaah, ¡hola!, qué sorpresa… – dijo, una vez que Fernando se hubo presentado -.  ¿Qué tal?  ¿Cómo estuvo el primer día en el bar?  Aún no hablé con Ofelia…”
                     Fernando y Eliana se miraron entre sí con evidente nerviosismo, sobre todo en el caso de ella.  Estaba obvio que Adrián hablaba de Ofelia como de alguien de primerísima confianza.
                      “Bueno… es que… de eso justamente queríamos hablarte” – explicó Fernando.
                     “Ah, ok, aguarden a que me ponga algo…”
                     Al cabo de unos minutos Adrián se acercó para abrirles la reja; los saludó tan cortésmente como pudo dentro de la evidente modorra y somnolencia que aún le afectaban.  Recorrieron el largo camino de lajas que conducía a la puerta de entrada y, una vez dentro de la estancia principal, les invitó a sentarse a los sillones.  En ese preciso instante, una chiquilla que debía tener unos dieciocho años, hermosa y de físico menudo pero armonioso y privilegiado, apareció en el lugar procedente al parecer de una de las habitaciones, como lo evidenciaba el hecho de que estaba de cintura para abajo sólo vestida con una pequeña tanguita en tanto que por encima llevaba una camisa de hombre desprendida que, a juzgar por el talle, debía ser de Adrián.  Cruzó la estancia frente a ellos en dirección a lo que parecía ser la cocina; dirigió una mirada pícara tanto a Eliana como a Fernando, a la vez que una sonrisa surcaba su rostro mostrando una blanquísima y pareja dentadura.  Saludó con un muy alegre y juvenil “hola” al mismo tiempo que estiraba los brazos desperezándose.
                     “¿No te preparás un cafecito para mis invitados, ricurita?” – le preguntó Adrián.
                      “A eso iba, bombón” – contestó alegre y desenfadadamente sin detener en ningún momento su marcha en pos de la cocina.
                       Fernando y Eliana no pudieron evitar volver a intercambiarse una mirada.  No sólo habían caído en mala hora sino que además Adrián estaba acompañado… y, al parecer, bien acompañado.  De todas formas ni la chica ni a él demostraban estar molestos por la impertinencia.
                       “Bueno, a ver, vamos al grano… – espetó Adrián -.  ¿De qué querían hablarme?”
                        A continuación y con lujo de detalles, Fernando hizo el relato de todo lo ocurrido en el bar durante la noche; fue tan minucioso y extendido al hacerlo que incluso dio tiempo a la muchachita para llegar con el café y, seguidamente, sentarse sobre el regazo de Adrián: por unos segundos se besaron.  La presencia de la joven cohibió por un momento a Fernando; realmente no era ya de por sí fácil contar lo ocurrido como para, además, hacerlo en presencia de una chiquilla desconocida, pero Adrián le instó a continuar.  La joven, de hecho, se mantuvo bastante indiferente y por momentos jugueteó mordisqueándole la oreja a Adrián; sólo soltó una pequeña risita cuando Fernando hizo referencia al momento en que Ofelia le había introducido a Eliana un taco de pool por la cola: la chica hasta miró a Eliana, quien tuvo que bajar la vista al piso debido a la terrible vergüenza que la embargaba.  En cuanto a Adrián, se mantuvo escuchando bastante imperturbable y sólo hacía, cada tanto, un asentimiento con la cabeza o bien emitía apenas un “ajá”.
                Una vez que Fernando hubo concluido el pormenorizado relato de lo ocurrido, se produjo un momento de silencio en el cual sólo se escuchó el tintinear de los pocillos y las cucharitas.  La pareja de esposos volvió a mirarse entre sí; finalmente Adrián habló:
                  “Ofelia es una mujer muy rígida y algo especial en la forma de tratar a los empleados – dijo luego y, por alguna razón, sus palabras parecían tener el tono de la sentencia de un juez luego de oídos los alegatos -, pero gracias a eso es que el negocio funciona como funciona…”
                 Fernando abrió los ojos incrédulamente y tragó aire al punto de hincharse; daba la impresión de estar a punto de protestar pero Eliana le tocó la mano, deteniéndole.
                 “Ella considera que la forma de que los empleados aprendan a hacer bien su trabajo es así… – continuó Adrián, siempre sin el más mínimo cambio de tonalidad en la voz -, porque dice que de ese modo ven lo que les pasa a quienes no hicieron las cosas bien y entienden cómo tienen que comportarse.  Y aquellos que son castigados, además probablemente ya no vuelvan a incurrir en los errores que cometieron….”
                 “Pero… ¡Adrián! – Fernando estaba atónito -.  Entonces… ¿a vos te parece que eso que hace está bien?”
                  “Puede ser duro porque hoy les tocó a ustedes dos y son personas a quienes aprecio – respondió Adrián con tal frialdad que costaba dictaminar hasta dónde habría o no ironía en sus palabras -, pero te repito que es el único modo en que un negocio funciona y, en ese sentido, yo de Ofelia no tengo quejas… Por el contrario, creo que se lleva buena parte de mérito en que me vaya tan bien”
                    “Pero… clientes tocando a Eliana…, apoyándola mientras juegan al pool, poniéndole tacos en la cola… ¿Te parece lógico?”
                   “Fer, creeme que te entiendo, porque, claro… es tu esposa y no te gusta que le hagan esas cosas… – respondió Adrián con un encogimiento de hombros y apoyándose una mano en el pecho, en un gesto que aparentaba ser comprensivo y piadoso -, pero bueno… ya lo saben.  Tienen la opción de irse si el trabajo no les gusta o no es lo que esperaban… Les juro que si deciden irse no hay ningún rencor de mi parte… Eso sí, tengan en cuenta su situación: estuve  mirando un poco sus cuentas y realmente tienen un panorama complicado; las deudas se los están comiendo.  Hasta creo que ni siquiera va a alcanzar con las horas de trabajo a mi servicio para pagarme…”
                    “¿Qué… quéres decir?” – preguntó Fernando, cuyo rostro iba progresivamente enrojeciendo.
                      “Bueno… que es mucho lo que deben, chicos… Y hasta creo que van a tener que responder con algunos bienes”
                      “¿Algunos bienes?” – esta vez la que intervino fue Eliana, achinando ligeramente los ojos y sacudiendo un poco la cabeza en señal de no entender.
                      “Sí, chicos… Esa casa que ocupan; la realidad es que ya no pueden sostenerla; pero dado que los aprecio y que la nuestra es una amistad de años yo estaría dispuesto a tomar una porción de la propiedad en concepto de parte de pago por responder a algunas de sus obligaciones contraídas.  Piénsenlo: cualquier usurero hijo de puta que ande por ahí les va a sacar la casa completa por deudas; yo, en cambio y por la mucha estima que les tengo, me ofrezco a tomar una parte de tal modo que ustedes puedan conservar un sector de ella para poder vivir.    Me parece un buen trato y sólo lo ofrezco por la amistad de años que tenemos… Además – su tono adoptó una tristeza que pareció deliberada -, no es que tengan muchas opciones…”
                     Tanto Fernando como Eliana quedaron en silencio.  Había abatimiento e incredulidad en ambos aunque, como siempre, algo más de resignación en el talante de ella.
                     “Adrián… – dijo quedamente Fernando, como tratando de contener cierta violencia al contestar -; yo… creo que mejor deberíamos…”
                  “Sí, deberíamos continuar con el trabajo – intervino Eliana, buscando tapar a su marido, quien le echó una mirada de hielo -.  Y… en cuanto a lo que decís de la casa… nos parece… razonable… Sos muy amable”
                  “Me alegra que lo vean de esa manera – celebró Adrián con una sonrisa en la cual Fernando creyó descubrir un deje de malignidad -.  Es bueno que nos entendamos cuando hemos sido amigos durante toda una vida, ¿no? – miró alternadamente a uno y a otro, siempre sonriente.  Escudriñando en el interior de sus pupilas bien podían descubrirse largas imágenes durante largo tiempo almacenadas, como aquellas de la última noche del viaje de egresados.  Flotaba en el aire la sensación de que Adrián estaba haciendo algún ajuste de  viejas cuentas… con ambos -.  Bueno, no se hable más entonces – se incorporó de su sillón tomando a la chiquilla por la cintura -, va a ser mejor que vayan a dormir algo porque esta noche hay que volver a trabajar y seguramente va a ser otra jornada dura…”
                  Fernando permaneció en silencio y sin siquiera mirar a su esposa aún largo rato después de haberse ambos marchado de la casa de Adrián.  Era como que si le decía algo a ella, sería sólo para reprocharle el grado de degradante aceptación al cual había caído arrastrándole a él consigo; y a la vez, había en la forma de tomar el asunto por parte de Eliana una lógica impecable en relación con el hecho de que realmente no tenían ninguna alternativa: era eso o terminar en la calle.
                    Así que a la noche siguiente, sin chistar, los dos fueron a trabajar al bar.  La verdad era que ninguno de ambos había dormido bien durante el día sino que lo habían hecho de manera entrecortada, asaltados todo el tiempo por recuerdos de lo que había pasado durante la primera noche en el lugar.  Ofelia prácticamente no les contestó el saludo cuando llegaron sino que rápidamente les asignó tareas.  Fernando sabía que esta vez debía armarse de una paciencia a prueba de todo y, de hecho, ya desde temprano, se notó una vez más cómo los visitantes veían a su esposa como la “chica nueva” allí, con lo cual en todo momento había algún grupito de muchachos o incluso de hombres de edad que la estaban invitando a quedarse a charlar o compartir la mesa con ellos.  Hacerlo implicaba, para Eliana, sentarse la mayor parte de las veces sobre el regazo o incluso sobre el bulto de alguno o algunos.  La toquetearon, por supuesto: no cabía otra posibilidad… Y así como Eliana aceptó su suerte con el mayor estoicismo que fuera posible, Fernando debió, desde la barra, aceptarlo todo con la mayor resignación.  Para colmo de males, mientras sus ojos se debatían entre escudriñar cómo se divertían con su esposa y prestar atención a los clientes de la barra (lo cual parecía ser menos digno pero más seguro), se topó con un hombre que tendría su edad o tal vez algo más, muy guapo y atractivo, el cual estaba sentado a la barra y no paraba de mirarle.  Fue tal la insistencia que ello puso nervioso a Fernando en más de una oportunidad, al punto de que se sintió obligado a preguntarle si necesitaba algo más que lo que había ya pedido; las respuestas, casi siempre fueron negativas y, sin embargo, el tipo no dejaba de echarle el ojo.  Fernando prefirió, finalmente, hacerse el desentendido o el ocupado, pasándole algún pedido a las camareras o preparando algún trago que, no necesariamente, habían pedido.  Ofelia, en tanto, seguía siempre con su libreta haciendo anotaciones, pero en ningún momento le pareció a Fernando detectar que apuntara algo sobre él en particular; daba la impresión de que la mujerona estaba conforme con el modo en que tanto él como Eliana se venían desempeñando hasta allí.
                 De pronto su esposa apareció junto a la caja; se la notaba nerviosa y turbada aun cuando buscara, delante de Ofelia, dar una imagen de que todo estaba dentro de lo normal.
                  “Señora Ofelia… – dijo, con toda educación y pleitesía -.  ¿Puedo hacerle una pregunta?”
                 “Adelante…” – la instó Ofelia, sin siquiera levantar la mirada de su libreta.
                    Eliana se aclaró la voz varias veces, como si le costara empezar a hablar o plantear la pregunta.  Fernando la miró con intriga.
                  “Bueno… Señora Ofelia… es que… en la mesa dieciséis hay un señor que requiere un servicio especial de mi parte… Yo no estoy segura de que eso esté dentro de lo que yo tenga que darle y por eso necesito saber qué debo hacer…”
                   “¿Cuál es ese servicio? – preguntó Ofelia enarcando las cejas un poco -.  ¿A qué llamás servicio especial?”
                    “Bueno, Señora Ofelia,… es que… – Eliana bajó la vista avergonzada – él quiere… tener sexo conmigo…”
                   Fernando no pudo evitar estrellar un puño contra la barra; fue un impulso que no pudo contener.  Ofelia percibió el gesto y le dirigió una gélida mirada de reojo, como a la espera de que Fernando objetara algo verbalmente: no ocurrió; se mantuvo, de momento, en silencio.
                    “Sexo… – graznó Ofelia -.  ¿Fue así cómo lo pidió?  ¿Sexo?”
                    Eliana volvió a tragar saliva y bajó la vista aun más, como si buscara encontrar en el suelo una dignidad que ya ni sabía por dónde estaba.
                     “En realidad, Señora Ofelia… Lo que dijo fue que quería darme una buena cogida…”
                     Fernando crispó los puños.  Una vez más estaba a punto de estallar.
                      “Ah, eso encaja más en la forma de hablar que tienen nuestros clientes – apuntó Ofelia -.  Sí, no hay ningún problema; al contrario: el cliente tiene que irse satisfecho, ¿te acordás?; sólo que ese tipo de servicio tiene un coste diferencial – por debajo de sus cejas, miró por primera vez a Eliana, haciéndolo como si buscase que tanto sus palabras como su gesto hicieran a ésta levantar la vista, cosa que no ocurrió -.  Andá a buscar al cliente”
                      Fernando volvió a estrellar su puño contra la barra y una vez más Ofelia le dirigió una mirada de amonestación, tras lo cual tomó nota en su libreta.  Justo en ese momento el rostro de Fernando se iluminó porque lo vio llegar a Adrián: entraba en el lugar como si fuera un capo mafioso (de algún modo quizás lo era): un par de muchachitas muy generosas de formas corrieron a rodearle el cuello a la vez que, en el bar, casi todos daban impresión de conocerle puesto que le saludaban con efusividad y se intercambiaban bromas.  Tal recibimiento molestó a Fernando pues sólo deseaba que Adrián llegara hasta ellos lo antes posible y la realidad era que lo estaban deteniendo; a decir verdad, sin embargo, las esperanzas que Fernando depositaba en si viejo amigo no tenían mucha razón de ser si se consideraba el modo en que había actuado en su casa durante la mañana y el tipo de respuestas que había dado a los planteos que ellos le hicieran.  De todas formas, Adrián era, en medio de todo aquel loquero, el único madero que quedaba flotando como para que no se hundieran del todo.  Así que, viendo que se demoraba en llegar debido a tanta gente que quería saludarlo y cumplimentarlo a su paso, abandonó su lugar detrás de la barra y se dirigió a paso firme hacia él.
                   “¿Adónde vas?  ¡Vení para acá!” – la pregunta seguida de orden había sido, por supuesto y como no podía ser de otra manera, graznada por Ofelia.  Haciendo oídos sordos, Fernando continuó avanzando por el salón y esquivando gente hasta llegar a Adrián, quien se mostró alegre al verle o, al menos, eso buscó aparentar.
                  “¡Eeeh Fer! – exclamó abriendo los brazos, lo cual contribuyó, en la imaginación de Fernando, a reavivar la imagen de capo mafioso que había tenido unos segundos antes -.  ¿Qué tal?  ¿Cómo va todo hoy?  ¡Montón de gente por lo que veo…!”
                    Fernando no le contestó; tomó por el puño de la camisa a su amigo de infancia y prácticamente lo arrastró en dirección a la caja; en ese momento logró ver que, algunos pasos por delante, su esposa hacía casi lo mismo, llevando por la mano al cliente que, al parecer, había solicitado el servicio sexual.  Llegaron prácticamente juntos: primero Eliana con el cliente y, apenas después, Fernando con Adrián.  El rostro de Ofelia se mantuvo imperturbable y ello, en cierta medida, decepcionó a Fernando, quien había esperado que la llegada del dueño del bar provocara sobre la mujerona un cierto efecto intimidatorio: nada más lejano, sin embargo, de la realidad.
                    “¿Qué… qué pasa? – preguntó Adrián, notablemente confundido – ¿Qué está pasando, Fer…?”
                   Fernando ensayó una sonrisa que quiso ser de triunfo o, al menos, soñó con serlo.  Por el contrario, quien le miraba ahora con una sonrisa que rezumaba claramente diversión era Ofelia.
                     “Que te lo explique ella…” – dijo Fernando, señalándola con un dedo índice y confiando aún en que la intervención de Adrián fuera a poner otra vez las cosas dentro de ciertos límites.  Era extraño verlo de ese modo pero, en parte, la esperanza de Fernando se basaba en saber que, desde aquellos tiempos de adolescencia, Adrián siempre se había sentido atraído por Eliana al punto de estar perdidamente enamorado de ella.  Teniendo en cuenta tal precedente, era de suponer que algo de ese enamoramiento subsistiera aún dentro de su viejo compañero de colegio y que, como tal, no iría a permitir nunca que un simple cliente del bar pudiera tener sexo con ella como si nada: en algún recóndito rincón de su alma debían estar los celos reminiscentes de un pasado que lo había marcado a fuego.
                       “Tenemos un cliente que pidió a esta camarera” – explicó Ofelia señalando a Eliana con un ahusado dedo índice y omitiendo deliberadamente decir su nombre.
                        “Ajá…- asintió Adrián -.  ¿Para qué tipo de servicio?  ¿Bucal, anal, convencional?”
                       A Fernando se le cayó la mandíbula de la incredulidad.  No podía creer la naturalidad con que Adrián asimilaba el dato y, antes que poner límites, pedía especificaciones acerca del tipo de “servicio” requerido.
                       “Por ahora sólo convencional, ¿verdad?” – dijo Ofelia echando una mirada al cliente y haciendo un gesto como si cortara horizontalmente el aire con la palma de su mano.
                        “Por ahora sí – rió el cliente mientras acariciaba, por debajo de la corta falda, la cola de Eliana, quien dio un respingo -.  Después, si me alcanza, quizás pida esa colita, jeje”
                       “Bien – terció Adrián -.  ¿Está el señor al tanto de las tarifas?”
                       “Bucal son ciento veinte pesos, vaginal ciento cincuenta, anal doscientos” – recitó Ofelia mientras aguzaba la vista para chequear lo que parecía ser una lista de precios.
                        “¡Adrián! – aulló Fernando sin poder tolerar más la situación -.  Pero… ¡esto es prostitución!”
                       “No, Fer, no te pongas así – le tranquilizó Adrián apoyándole una mano sobre el hombro – y no lo llames de ese modo: es parte de la política de la casa que el cliente se vaya satisfecho, pero no…, de ningún modo es prostitución.  En ese tipo de servicios las cosas se manejan de tal modo que las ganancias son repartidas entre la prostituta y alguien que la regentea.  No es ése el caso aquí.  Tu esposa está aquí como empleada y, para el caso, es lo mismo que si alguien pidiera una cerveza.  ¿Las ganancias de la cerveza para quién son?  Para la casa por supuesto… Ella sólo estaría haciendo su trabajo al llevarla hasta la mesa.  Bueno, esto es igual: ella es empleada y da al cliente el producto o el servicio que el cliente pidió…”
                       Fernando no podía creer lo que oía.  El pecho le subía y le bajaba por la respiración entrecortada, nerviosa.
                       “O sea que… – mascullando las palabras, dirigió un dedo acusador contra el cliente; su rostro sólo dimanaba odio -, ese tipo se va a coger a mi esposa y ni siquiera le va a pagar por ello…”
                        Un murmullo de risitas se elevó de entre los que estaban alrededor; se notó que el disparador para la hilaridad fue el momento en que Fernando dijo “mi esposa”.
                       “Por supuesto que no… – enfatizó Adrián agitando un dedo índice en señal de negación -; si permitiéramos que ella cobrara, entonces sí sería una prostituta.  De todas formas… las propinas son de ella, por supuesto, como con cualquier servicio que ella brinde…”
                       La rabia estaba a punto de dejar paso a las lágrimas en Fernando.  Su impotencia se veía llevada a peores niveles al notar la pasividad que, frente al asunto, mostraba su mujer, quien mantenía la vista en el piso como resignada a su suerte.  Hizo de tripas corazón: no podía permitir que eso siguiera.  Que fuera lo que Dios quisiera y que pasara lo que pasara con ellos y con sus vidas de allí en más, pero no había forma de aceptar semejante degradación.  Tomó por la mano a Eliana, quien se notó sorprendida.
                        “Fue suficiente – sentenció -; nos vamos”
                        Adrián se mostró sorprendido.
                       “Fer…, no tomes una decisión apresurada…”
                        “Nos vamos” – repitió, tironeando de la muñeca de su esposa quien, sin embargo, parecía algo vacilante y renuente a marcharse.  De hecho, al parecer, Adrián lo advirtió.
                        “¿Por qué no le preguntas a ella si está de acuerdo en irse?” – le espetó.
                       La pregunta descolocó por completo a Fernando, quien no salía de su turbación; aun a pesar de que ya Eliana había dado sobradas muestras de una actitud más resignada que la de él, daba por descontado que en esto le secundaría y más aún siendo ella la parte principalmente implicada.  Él la miró y ella, para su sorpresa, desvió un poco la vista.
                        “Yo… me quedo” – dijo, con la voz temblorosa.
                         Las palabras de Eliana causaron reacciones muy distintas según de quien se tratase: en el caso de Fernando, la perplejidad más absoluta se apoderó de su rostro a la vez que sus hombros se dejaron caer en clara señal de abatimiento; en tanto, una especie de sonrisa de satisfacción colectiva fue tiñendo sucesivamente las caras de Adrián, Ofelia y el cliente en ese orden.  En derredor, volvió a levantarse el rumor de risitas, ya ahora más cerca de poder ser llamado coro.  Adrián, sin dejar de sonreír, echó a Fernando una mirada que aparentaba ser paternal; le tomó su mano y se la retiró de encima de la de Eliana.
                        “Ya escuchaste – dijo, en un gesto que parecía mezclar piedad y burla -; ella es inteligente y no se deja guiar por impulsos… Tenés que poner la cabeza un poco más en frío, Fer…”
                        Una vez que hubo liberado de Fernando la pequeña y delicada mano de Eliana, Adrián la llevó hasta colocarla otra vez en mano del cliente, quien no paraba de sonreír satisfecho.  A Fernando todo le daba vueltas; retrocedió un par de pasos y recorrió con la vista a todos los implicados como tratando de hallar una respuesta o, quizás más bien, como queriéndose convencer de que nada de lo que allí parecía estar ocurriendo era real, que se trataba sólo de una inmensa pesadilla.  Pero no: los rostros sonrientes eran tan reales como su esposa, en manos de un desconocido que estaba a punto de cogérsela.  Los oídos le zumbaban; sus ojos comenzaban a ver borroso… Dio media vuelta y echó a correr fuera de aquel sitio infernal en el cual la locura más irracional parecía ser aceptable.  Salió a la calle y corrió un par de cuadras hasta detenerse en una esquina, jadeante y con las palmas de las manos sobre sus rodillas, perdida su mirada en la acera o en las bocas de tormenta como buscando allí una explicación al calvario en que se habían convertido sus vidas después de tantos éxitos y de haber sido vistos, tanto por los demás como por ellos mismos, como el matrimonio perfecto…
                     “Sepa disculpar este incidente… – se excusó Adrián ante el cliente -.  Es que tenemos dos empleados nuevos que son matrimonio y, en fin, pueden surgir estas cuestiones porque todavía no están habituados al ritmo de trabajo aquí…”
                      “No se preocupe – desdeñó el cliente, que era uno de los pocos que no se dirigía a Adrián como si le conociese; daba la sensación de ser nuevo en el lugar -.  Es hasta entendible… Ahora, eso sí, yo le diría que dos empleados nuevos ya no tiene: ahora es sólo uno, jeje…”
                     “Sí – asintió tristemente Adrián -.  Ojalá lo reconsidere y vuelva… Confío en que va a hacerlo… Pero bueno…, por ahora problema superado…”
                    “Ciento cincuenta pesos” – le recordó Ofelia al cliente con un tono terriblemente frío y casi robótico.
                    El hombre depositó el dinero en manos de la mujerona y quedó como a la espera de alguna instrucción, lo cual terminaba de confirmar que no era asiduo visitante sino que era nuevo allí.
                   “Por el camino del baño de caballeros – le indicó Ofelia -, va a encontrar una puerta a la derecha en la mitad del pasillo”
                     El tipo agradeció, propinó una palmadita sobre las nalgas a Eliana, la besó en la mejilla y luego la llevó por la mano hacia el lugar que le había sido indicado, siempre bajo la atenta mirada tanto de Ofelia como de Adrián.
                      “¿Ves? – preguntó ella, sonriente y de brazos cruzados -.  La vida es justa finalmente…”
                          “Sí, lo es” – convino él entre dientes sin dejar de mirar ni por un segundo al cliente que se llevaba a Eliana en dirección a los baños.  Se mordió el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar; eran muchas las emociones que se mezclaban y se entrechocaban en su interior.  No era, por supuesto, que no le produjera nada el hecho de ver a un desconocido llevándose a la mujer que tanto había amado y deseado: había, por supuesto, rabia y celos, pero también mucho rencor y un profundo sentimiento de venganza.
                           Tal como se le había indicado, el cliente, de camino hacia el baño de hombres, encontró a su derecha una puerta, la cual abrió sin problemas ya que se hallaba sin llave.  Comportándose, de manera paradójica y algo extraña, como todo un caballero, invitó a la dama a ingresar en primer lugar para recién después hacerlo él.  El lugar estaba lejos de parecer una habitación o algo por el estilo: se trataba apenas de un pequeño cuchitril mal iluminado y con un banco adosado a la pared que ni siquiera era lo suficientemente largo como para echarse sobre el mismo.
                          “Bueno, querida – dijo el hombre -.  Te la vamos a tener que poner de paradita, jaja”
                           Tomándola por la cintura, giró a Eliana, quien ni siquiera se había atrevido a mirarlo a la cara durante todo el trayecto desde la caja.  Él la rodeó con sus brazos desde atrás y la atrajo hacia sí hasta apoyarla encima de su bulto.  Le sobó las tetas por encima de la remerita sin mangas que llevaba puesta y le besó varias veces en el cuello provocando en Eliana una sensación desagradable que, sin embargo, bien sabía que debía tolerar en aras de que el cliente se fuera complacido.
                             “¿Así que sos casadita?” – preguntó el sujeto sin dejar de besarla ni manosearla.
                            “Sí…” – respondió ella quedamente, la voz casi apagada.
                             “Y el cornudito no se la bancó y se fue…”
                            “Sí… – convino Eliana -.  Fue mucho para él…, pobre…”
                          Él le tomó una mano y la obligó a flexionar el codo llevando su brazo hacia atrás hasta que los dedos de su pequeña y frágil mano se encontraron con el bulto de él.
                          “¿Sabés lo que es mucho para él?  ESTO es mucho para él, jejeje… Tocalo, acarícialo…”
                         Sin contradecir en absoluto las órdenes del cliente, ella se dedicó a masajearle tanto el pene como los huevos por encima del pantalón.  Mientras lo hacía, él le aplicó varios lengüetazos sobre el rostro, debiendo Eliana contener su desagrado al máximo extremo para no objetar palabra alguna que pudiera motivar la queja del cliente.
                          “¿Cómo lo sentís?  ¿Te gusta?” – inquirió el tipo, procaz y lascivo.
                          En ese momento restalló en la mente de Eliana la fórmula aprendida, recitada en un momento por Ofelia y confirmada luego por Adrián, quien en definitiva era su patrón: “El cliente siempre debe quedar satisfecho”.
                          “Sí, me gusta” – respondió entonces muy a su pesar.
                           “¿Y vos por qué no te fuiste con el cornudito?” – indagó el sujeto mientras le acariciaba la cola por debajo de la falda y jugueteaba con la tanga.
                         Ella se quedó en silencio un momento.  Él le pasó una mano hacia adelante y comenzó a masajearle la vagina por encima de la tanga.
                        “¿Por qué no te fuiste? – insistió -.  Por algo te quedaste…, ¿o no?”
                         En contra de sus deseos, Eliana sentía que se estaba excitando en manos de un tipo de lo más desagradable.
                        “Por… necesidad – respondió, con la voz entrecortada y la respiración de a ratos jadeante en la medida en que los dedos del tipo seguían jugueteando con su zona genital -.  Necesito el dinero… porque estamos muy mal…”
                          “Es la típica excusa que ponen las putas… – rió el tipo -.  Siempre ponen de por medio la necesidad cuando la realidad es que lo único que les gusta en la vida es la pija… ¿verdad?  Y sino fijate lo húmeda que estás”
                      En un acceso de excitación, Eliana flexionó una de sus piernas hasta apoyar la rodilla sobre el banco que estaba adosado a la pared; sin poder contenerse, arqueó un poco su espalda y se inclinó hacia delante, pero llevando la cabeza hacia atrás.
                       “¿No es cierto, putita?” – insistía él -.  Te quedaste porque te morías de ganas de probar mi pija… ¿No es verdad?”
                          Como un látigo o, tal vez en una mejor analogía, como un fustazo, la fórmula de Ofelia volvió a restallar en la mente de Eliana: “el cliente siempre debe quedar satisfecho”.
                         “Sí…” – musitó, apenas audible.
                          “¿Sí qué?” – preguntó él, mientras con sus dedos aumentaba la presión al punto de introducirse los mismos en la rajita de Eliana con tela y todo.
                          “Sí…, s… señor, tenía muchas… ganas de probar su pija”
                          Eliana se sentía morir por dentro, pero a la vez había una fuerza que no podía contener y que la hacía seguir viajando hacia el fondo de la peor degradación imaginable.
                          “Jejeje – rió el tipo -.  Todos en el bar nos dimos cuenta de eso, putita… Ahora te vas a girar, te vas a poner de rodillas y vas a abrir la boquita…”
                         Una lucecita de alarma pareció encenderse dentro de Eliana.
                        “Hmm… eso no estaba incluido – objetó, no sin algo de timidez aun debajo de la aparente firmeza que intentaba transmitir -.  Usted no…, no pagó por un bucal”
                          “Eso ya lo sé, pero no te voy a hacer chuparme la pija aunque ganas no me faltan y, sobre todo, no te faltan a vos… Te voy a dejar con las ganitas, jeje… Lo que vas a hacer es abrir la boca y comerte bien mis huevos…”
                         Las ideas bailotearon dentro de la cabecita de Eliana.  ¿Chuparle los testículos?  ¿Lamérselos?  ¿Y eso no estaba incluido dentro de un bucal?  Realmente la cuestión así planteada le creaba un conflicto.  Y la respuesta, invariablemente, parecía siempre estar en la fórmula repetida hasta el hartazgo: “el cliente siempre debe quedar satisfecho”
                        En el momento en que el tipo la liberó de su abrazo, ella se giró hacia él y  a la vez se dejó caer sobre sus rodillas pero lo hizo llevando su espalda hacia atrás hasta que la nuca le quedó apoyada sobre el duro y estrecho banco.  No había nada más que decir: sólo abrir la boca, así que la abrió cuán grande era.  Él se bajó el pantalón hasta dejar todo su equipamiento sexual al descubierto; el falo, enorme, recto y bien horizontal, se ubicó a escasos centímetros por sobre el rostro de ella.  El tipo, sin más miramientos, sosteniendo con una mano su verga y apoyando la otra en su cintura, flexionó sus rodillas de tal modo que los genitales bajaron sobre la boca de Eliana y los testículos se introdujeron en ella.  “El cliente siempre debe quedar satisfecho”.  Así que, simplemente,ella los rodeó con sus labios y se dedicó a succionarlos como si quisiera arrancarlos y tragárselos.  Olían y sabían a transpiración, lo cual, extrañamente, le produjo tanto asco como excitación.
                          “Eso, puta, así… Chupalos bien chupados… Así… y lamelos…” – le decía él.
                      Ok, se dijo ella, “el cliente siempre debe quedar satisfecho”; por lo tanto sacó su roja lengua por entre sus labios y se dedicó a lamer los testículos en toda su rugosa extensión.  El pene, a todo esto, se mantenía apenas por encima de sus ojos y, por momentos, tocaba el puente de su nariz con la punta.  A Eliana le vinieron unas ganas incontenibles de tenerlo en su boca; una cosa era cierta: era notablemente más grande que el de Fernando.   Pero claro, el bucal no estaba incluido; no era el tipo de servicio que había pagado el cliente.  ¿Lo hacía o no lo hacía?  La tentación, irrefrenable, irracional, incontenible, ganó la batalla; Eliana soltó con su boca los huevos del tipo para atrapar en el aire su verga como si hubiera sido un sapo capturando con su lengua un insecto.  El tipo no pudo evitar dejar escapar un aullido.
                          “Aaaaaahhhhh, ¿qué hacés? Hmmmmm…. Qué pedazo de puta, pero…. No, no… dejá, yo no pagué por eso…”
                            Pero Eliana ya estaba decidida a no soltarle la verga que, para esa altura, devoraba con tanta fruición; mientras la mantenía capturada entre sus labios casi con la misma fuerza que si lo hiciera con los dientes, su lengua se dedicó a hacer veloces y frenéticos círculos alrededor de la cabeza del pene.  Luego, haciendo aro con los labios, lo succionó de tal modo que lo llevó hacia adentro como si el mismo hubiera sido capturado por una ventosa y, al hacerlo, le arrancó un grito de placer al cliente, quien pugnaba por sacar su miembro de adentro de la boca de Eliana.
                           “No, puta…, soltala…- mascullaba entre dientes mientras le propinaba un par de cachetadas en la cara a los efectos de hacerle desistir de su acción oral -.  No… pagué por bucal, pelotuda…. ¿Con qué mierda querés que pague?”
                           A Eliana nada parecía importarle, salvo que el cliente quedara satisfecho; continuó chupando y chupando hasta que el tronco completo estuvo dentro de su boca.  El cliente no daba más; parecía a punto de estallar.  Eliana, por su parte, no se reconocía a sí misma.  El hombre tuvo que apoyar una mano sobre la frente de ella y empujarla con fuerza; la verga fue saliendo de la boca no sin resistencia porque parecía como si ella quisiera quedarse con trozos completos de ella como recuerdo.  Aun así y con mucho dolor, él logró extraer el miembro e, irritado, volvió a abofetearla.
                 Ella, aún de rodillas en el piso y con la nuca apoyada contra el banquito, se llevó con las manos la remera musculosa hacia arriba y luego hizo lo propio con su corpiño, dejando al descubierto sus hermosas tetas.  El tipo, realmente, no podía creer la calidad del servicio que estaba recibiendo; si el objetivo era, en aquel lugar, que la clientela quedara satisfecha, no podría haber nunca supuesto realmente a qué punto se llegaba en la búsqueda de tal fin.  Pero lo cierto era que Eliana estaba totalmente fuera de sí y parecía como si una energía de origen imposible de precisar hubiera hecho presa de su cuerpo apoderándose de sus movimientos.  Se masajeó a sí misma las tetas para beneplácito del cliente, cuyos sentidos sólo podían estar agradecidos.  Una sombra de duda, sin embargo, pareció oscurecer de pronto el rostro de éste; girando sobre sus talones, abrió la frágil puerta sin llave y salió hacia el corredor sin que Eliana pudiese entender a qué iba el asunto.  El terror la invadió de la cabeza a los pies: había hecho el mayor esfuerzo de que había sido capaz para dejar complacido a un cliente y, sin embargo, al parecer, éste se marchaba; la desesperación y la angustia hicieron presa de ella.
                 Cuando el cliente regresó lo hizo en compañía de Ofelia, cuya testa apenas pasaba por la puertita.  La mujerona enarcó las cejas al encontrarse frente al particular espectáculo de Eliana de rodillas en el piso y exhibiendo sus tetas.
                “¿Qué pasó? – preguntó, algo descolocada y echándole una mirada furtiva -.  ¿Te portaste mal con un cliente otra vez?”
                  Eliana no sabía dónde meterse ni qué responder.  Su rostro trocó hacia el más pálido blanco imaginable.
                 “No, en realidad se portó bien – intervino el cliente, aún con la verga parada; cabía preguntarse si habría salido en ese estado al salón -.  El tema es otro: es que… la chica me chupó la pija….y eso no estaba incluido.  Si tengo que pagar por ese servicio tenemos que dejar acá y me devuelven los treinta pesos de diferencia, pero si quiero cogerla…, en fin, no me alcanza para pagar las dos cosas: no tengo tanto dinero…”
                Ofelia se apoyó un dedo índice sobre una mejilla y esta vez levantó sólo una de sus cejas.  Miraba a Eliana con interés.
                “¿Y por qué hiciste eso?” – preguntó, inquisidora.
                Eliana bajó la cabeza con vergüenza.
                “No…no sé, Señora Ofelia… – dijo, quedamente -; simplemente… recordé eso de que el cliente debe quedar satisfecho…”
                “¡Eso está muy bien! – exclamó la mujerona -.  Si razonaste de ese modo, está bien que lo hayas hecho, pero ocurre que en este caso lo que le estás dando al cliente es un servicio por el cual ha pagado en caja.  Si pagó por una cerveza no le podés llevar dos, ¿se entiende?”
                La analogía no podía ser más perfecta.  Aun con la vista en el suelo, Eliana asintió con tristeza:
                 “Sí, Señora Ofelia, se entiende”
                 Una amplia sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Ofelia.
                  “De todas maneras – dijo -; hay diferencia con tu comportamiento de anoche y, por cierto, se advierte un notable progreso.  Esta vez tu error no fue no complacer al cliente sino, por el contrario, brindarle más de la cuenta en un servicio que en realidad es pago… No lo voy a traducir en fustazos por lo tanto – las palabras de Ofelia produjeron un cierto alivio en Eliana, cuyo rostro recuperó en parte su color y se atrevió por primera vez a elevar la mirada -.  Lo vamos a resolver así: ahora le vas a dar al cliente exactamente eso por lo que pagó.  Lo que ya le diste… queda como atención de la casa – miró al hombre con una sonrisa sumamente cortés a lo cual él respondió con un asentimiento de cabeza -, pero en todo caso esos ciento veinte pesos de diferencia se van a descontar de tu paga – volvió a mirar a Eliana, cuyo semblante acusó recibo del mismo modo que si se hubiera tratado de un fustazo -; ahora mismo le paso informe a Adrián para que lo haga”
                La mujer quedó en silencio, aún con su dedo índice sobre la mejilla y mirando fijamente a Eliana, quien volvió a bajar la vista.
                 “Sí, Señora Ofelia – dijo, con resignación -; está bien”
                 Un tenso momento de silencio se produjo en el lóbrego y reducido ambiente, el cual fue interrumpido cuando Ofelia chocó en el aire ambas palmas de sus manos.
                 “Bueno…, a ver, empiecen – conminó -; voy a quedarme un momento para constatar que todo vaya bien”
                  El comentario, desde ya, produjo una cierta incomodidad tanto en el cliente como en Eliana, además de una vergüenza indescriptible en esta última quien, de acuerdo a lo que había interpretado, tendría que soportar la humillación de ser cogida en presencia de su antigua compañera de colegio.  No obstante, de ambos fue, indudablemente, el hombre quien más rápidamente tomó las riendas del asunto; luego del primer momento de vacilación, tomó a Eliana por los cabellos y la izó; sin soltarla, la giró, no pudiendo ella evitar que su rostro se contrajera en un rictus de dolor.  Una vez que la tuvo de espaldas a él, el tipo le tanteó los muslos y subió con sus manos hasta introducirse por debajo de la falda y bajarle la tanguita, la cual se deslizó piernas abajo buscando el piso.  Era tal el pudor que Eliana experimentaba que no pudo evitar dirigir una mirada de soslayo a Ofelia, sólo para comprobar que ésta, de pie y a un costado, observaba atentamente toda la escena con ojo escrutador y supervisor mientras se acariciaba el mentón.
                El cliente flexionó un poco las piernas a la altura de las rodillas para agacharse ligeramente y, una vez que lo hizo, puso su verga entre ambos muslos de Eliana y la deslizó por entre los mismos, subiendo y bajando mientras dibujaba riachos de blanquecina humedad sobre la piel.  Repitió ese movimiento varias veces y ello no pudo menos que excitar a Eliana, a quien ya no le preocupaba tanto que el tipo se diera cuenta de ello sino que lo que más la avergonzaba era la posibilidad de que fuera Ofelia quien lo advirtiera.  Casi como si se hubiera tratado de un corolario a sus temores, sintió el tacto de una mano sobre su conchita; no podía ser el hombre ya que claramente percibía que éste tenía ambas manos apoyadas sobre sus nalgas.  En efecto, al bajar la vista, su peor temor quedó confirmado al anoticiarse de que quien le estaba hurgando con dos dedos dentro del sexo era Ofelia, la antigua compañera de colegio a quien tanto marginaran ya sea con la lisa y llana indiferencia o con las crueles referencias a su posible tendencia sexual y a su aspecto de marimacho.
                 “Está húmeda – sentenció Ofelia con fría voz -.  A la puta le gusta…”
                 Más vergüenza.  Más humillación.  Más degradación.  Eliana desvió la vista hacia el otro lado para esquivar los ojos de Ofelia, los cuales rezumaban  viejos resentimientos y rencores.  La mujerona soltó una leve risita sin siquiera abrir su boca sino que más bien lo hizo entre labios y acercándose lo más posible al oído de Eliana para ser oída.  Con su mano libre tomó a Eliana por los cabellos y la zamarreó un poco, aunque no violentamente.
               “Veo que se están llevando bien – dijo -.  Así que los dejo disfrutar de la intimidad”
                                                                                                                                           CONTINUARÁ