La turista americana

Eran las 11.00 de la noche del primer jueves de Julio, y a pesar de tener todas las ventanas abiertas, aún hacía un calor horrible en casa. En la televisión no había más que los aburridos programas de verano que nadie ve, así que mi hastío era mayúsculo.

Era el primer día de mis vacaciones, y aunque realmente las necesitaba, tras todo un día de no hacer nada, estaba más que aburrido.

Mis amigos, o bien se habían marchado de vacaciones con sus familias, o bien tenían que madrugar para trabajar al día siguiente. En cuanto a mi familia… hacía unos meses que me había divorciado, y no llegué a tener hijos con mi ex, así que ya no tenía ninguna familia en la ciudad, puesto que mis padres y hermanos vivían a más de trescientos kilómetros. Soledad y aburrimiento eran mis compañeros aquella calurosa noche.

Abrí una lata de cerveza bien fría.

– Al menos – pensé -, tampoco tengo a nadie que me eche en cara si me emborracho esta noche a golpe de cerveza.

Una breve y lejana música que entró a través de la ventana del salón me sacó de mis soporíferos pensamientos. Me asomé, y vi que la música procedía del disco-bar del otro lado de la calle. Cada vez que la puerta se abría porque alguien entraba o salía, la música escapaba hacia la calle por la que apenas transitaban un par de personas.

Aquello me dio una idea: ¿y si en lugar de pasarme la noche bebiendo cervezas frente al televisor y pasando calor, bajaba al bar a echar un trago?. Al menos podría disfrutar de aire acondicionado, y seguramente podría distraerme haciendo conjeturas sobre las vidas de la gente que me encontrase.

No lo dudé más, no tenía nada mejor que hacer, así que decidí intentarlo.

La verdad es que a pesar de no ser uno de los locales de moda, el sitio no estaba nada mal. La decoración estaba basada en los años 50 americanos, aunque la música era actual y bastante variada y, por supuesto, había aire acondicionado.

Apoyándome en la barra me pedí un ron combinado con cola, y me dispuse a distraerme observando el panorama. Se notaba que era jueves de Julio, no había mucha gente, un par de grupitos en la barra, una pareja sentada en una de las mesas, y tres grupos más bailando en la pequeña pista de baile.

La media de edad de todos los presentes no llegaba a los veinticinco años, y yo, a mis treinta y tres, y totalmente solo con mi bebida, estaba como pez fuera del agua.

– Plan frustrado – me dije -. Me termino la consumición y me vuelvo para casa.

Dando tragos me fijé un poco más en los grupos que bailaban en la pista. Uno estaba compuesto por tres chicos y tres chicas que bailaban haciendo el tonto. Otro estaba formado por cuatro chicos que bailaban exhibiéndose e intentando acercarse al tercer grupo, en el que bailaban tres chicas que intercambiaban comentarios sobre aquellos que trataban de acercárseles.

– Como mínimo, uno se queda sin mojar – reí para mis adentros.

En ese instante, se abrieron las puertas del servicio y un par de chicas más salieron para unirse al trío inicial. Me quedé de piedra.

Una de las dos nuevas jovencitas, a la que a simple vista le calculé veinte años, parecía surgida de mis más ardientes fantasías. Tenía el cabello rojo como el fuego, largo, y describiendo tirabuzones sobre sus hombros. Sus ojos eran de un increíble color azul, grandes y seductores. Sus labios, rojos, eran increíblemente sensuales, carnosos y bien perfilados, labios creados para besar y ser besados. Su rostro, de piel apenas bronceada, era bellísimo, con una mezcla de dulzura aniñada y salvaje atractivo resaltado con un toque de colorete en sus pómulos. De estatura un poco por encima de la media, su cuerpo era grácil y esbelto. El ajustado vestido que llevaba, a juego con el color de sus ojos, marcaba una hermosa figura con todas sus femeninas curvas de proporciones perfectas.

Si ya por sí misma era espectacular, su vestido lo acentuaba aún más. La parte superior se ceñía a su estrecho talle, dejando al aire los hombros, y aunque envolvía totalmente sus pechos, marcaba excitantemente sus redondeadas y generosas formas. De una sola pieza, la fina tela enfundaba su escultural cuerpo para terminar en una ajustada falda que llegaba hasta las rodillas.

Era la encarnación de la ardiente mujer con la que infinidad de veces había fantaseado, y que nunca habría imaginado que pudiese existir realmente.

Un sudor frío recorrió mi espalda, una punzada sacudió mi entrepierna, y la garganta se me quedó más seca que si hubiese tragado arena del desierto.

Mi diosa se unió al baile de las otras chicas, pero a diferencia de ellas, pareció no hacer ningún caso al grupo de chicos que ya se había situado junto a ellas.

Mi vaso ya estaba vacío, y la sed era tan apremiante, que pedí otro ron sin quitar el ojo de encima al bellezón que se contoneaba con la música y reía con sus amigas. Tras el primer sorbo, y ante mi sorpresa, al apoyar el vaso en la barra me dí cuenta de que aquellos increíbles ojazos reparaban en mí, y aquellos deseables labios esbozaban una sonrisa. Yo también sonreí, y para evitar el descaro con que me había quedado mirándola, me di la vuelta para poder seguir observándola por el rabillo del ojo.

– ¡Dios! – exclamé para mis adentros -, ¡pero qué buena está la niña!.

El grupo de chicos por fin había conseguido tomar contacto con el grupo de la pelirroja, charlando con sus amigas, pero ella parecía no hacerles ni caso a ninguno, les contestaba alguna palabra cuando se dirigían a ella, pero guardando siempre las distancias.

– Demasiada jaca para pobres jinetes – pensé.

Las canciones se iban sucediendo, y los chicos parecían estar teniendo éxito, porque poco a poco fui observando cómo se iban emparejando con las amigas de mi fantasía.

En otra de mis furtivas miradas, volví a encontrarme con sus ojos fijos en mí, y de nuevo sonrió.

– Le hará gracia ver a un “viejo” bebiendo solo – me dije.

Le di un nuevo trago a mi consumición, y al volver a mirar, ésta vez me percaté de que era ella la que me miraba a mí descaradamente. Volvió a sonreír, y le dijo algo al oído de una de sus amigas, que se giró para mirarme y le devolvió un comentario con el que la pelirroja asintió.

Aquello ya me resultó más que sospechoso. Es verdad que tras los cinco años de mi fracasado matrimonio, yo llevaba mucho tiempo fuera de juego, y aún no había hecho ningún intento por volver a entrar en él. De hecho, tenía en la mesilla de mi dormitorio una caja de condones que me regalaron mis amigos al divorciarme, con una inscripción que rezaba: “Carpe diem!”. Ni que decir tiene que estaba sin estrenar.

A pesar de estar totalmente oxidado en esos menesteres, si mis recuerdos no estaban confundidos, la actitud de esa increíble y joven belleza denotaba interés por mí.

– Yo aún soy y me siento joven – pensé -, y las zorras de las amigas de mi exmujer siempre decían que, si yo quería, podría follar con cualquiera de ellas… Aunque al final fue mi ex la que se folló a su jefe para conseguir un ascenso…

– ¡Olvida eso ya! – me reprendí -. Céntrate en el ahora… El pibón que has imaginado millones de veces se ha fijado en ti…

– Aunque podría estar malinterpretándolo – me autocontesté con pesimismo-. Le saco un buen puñado de años, las jovencitas de ahora no son como eran cuando yo tenía su edad…

– No – respondió mi yo más optimista -, ¡ahora son más lanzadas!. Ésta oportunidad sólo se presenta una vez en la vida, ¡es la diosa de tus fantasías!, ¡al menos inténtalo!.

Terminé por convencerme a mí mismo, así que di un trago a mi copa para reunir valor, y cuando me giré para dirigirme a la pista de baile, me encontré cara a cara con aquella melena de fuego, aquellos increíbles ojos azules, que en la corta distancia tenían destellos verdes, y aquellos labios de fresa.

– Hola – me dijo.

– Ho-hola – contesté sorprendido.

– ¿Qué beber tú? – me preguntó haciendo un gran esfuerzo con un marcadísimo acento yanqui.

– ¿Eres americana? – le pregunté en un inglés que supongo que a ella le pareció horrible en pronunciación.

(N. del A.: A partir de éste momento todo el diálogo estará traducido para facilitar la lectura, con excepción de alguna expresión que quedará en versión original).

– ¡Ah! – suspiró aliviada y dibujando una preciosa sonrisa en sus labios -, ¡hablas mi idioma!. Sí, soy americana y estoy aquí de vacaciones, ¿qué estás bebiendo?.

– Ah, sí – contesté encandilado por su sonrisa -, esto es ron con cola.

– ¿Puedo probarlo?, parece que te gusta mucho.

– Más me gustas tú – pensé.

Le ofrecí mi copa y ella le dio un trago sin dejar de traspasarme con sus felinos ojos. En la corta distancia era aún más guapa que de lejos, una auténtica belleza, una muñequita de cejas rojizas.

– Está muy bueno – dijo relamiéndose sus jugosos labios con un gesto que me dejó sin aliento y que me puso la polla como para partir rocas.

– Ufff – resoplé inconscientemente -. Si quieres te invito a una copa de éstas.

– Gracias, me encantaría – contestó poniendo su mano sobre mi brazo para acelerar mi corazón y el bombeo de sangre a mis bajos.

Pedí una copa para ella y le ofrecí brindar preguntándole su nombre.

– Mis amigos me llaman Lysa, así que tu puedes llamarme así – respondió chocando su copa contra la mía -, ¿y tú?.

– Mis amigos me llaman Fran, y tú puedes llamarme como quieras.

Los dos reímos, y tras dar un largo trago a su copa, de repente se acercó a mí y me dio un fugaz beso en los labios.

– ¡Guau! – exclamé terriblemente acalorado -, gracias, aunque no es así como nos saludamos en España, en realidad nos damos dos besos – añadí con mi cerebro incapaz de pensar.

– Ajá, entonces no lo he hecho bien – contestó contrariada -. Déjame intentarlo otra vez.

Volvió a acercarse a mí, y yo acerqué mi rostro al suyo para darle un beso en cada mejilla, pero ella se dirigió directamente hacia mis labios dándome un sonoro beso, “¡muack!”. Se separó un instante, y volvió a poner sus suaves labios sobre los míos, para ésta vez acariciarlos y recorrerlos con la puntita de su lengua.

Aquello me volvió totalmente loco, así que, con la sangre hirviendo en mis venas, instintivamente la tomé de su estilizada cintura pegándola a mi cuerpo, sintiendo sus magníficos pechos aplastándose contra el mío, mientras ella apretaba con fuerza sus caderas a mi abultadísimo paquete, rodeando mi cuello con sus brazos. Mi lengua acarició la suya, penetró a través de sus suaves labios, y ambos húmedos músculos se enzarzaron en un furioso combate, devorándonos mutuamente. Fue un beso largo, intenso, delicioso…

– Me gustas mucho – me dijo con la voz cargada de excitación.

– Eres un sueño hecho realidad – contesté yo igualmente excitado.

– Es mi última noche en España – añadió -, quiero que sea inolvidable.

– Para mí ya lo es…

– Quiero más…

Volvimos a besarnos como si el mundo pudiese acabar en ese momento, regalándome ella el exquisito manjar que eran sus delicados labios.

– Vivo aquí enfrente – le dije borracho de ella.

– Llévame contigo, sé mi “caballero español”.

– Seré lo que quieras que sea.

– Me despido de mis amigas para que no se preocupen, y vuelvo.

Me dio un beso con el que succionó mi labio inferior, y se dirigió hacia sus amigas, que ya estaban todas emparejadas con los chicos que les habían entrado.

– Uffffffff – resoplé viendo cómo se apretaba su lindo culito en la falda, marcando sus firmes glúteos en forma de melocotón.

Llamé al camarero y le pagué las consumiciones. Cuando Lysa ya volvía, el camarero me dijo:

– Tío, si alguna vez vuelves por aquí, tendrás que contarme qué le has dicho a esa “guiri” para hacerte con ella. Te aseguro que una tía así no se ve por aquí todos los días…

– ¿Vamos? – interrumpió la pelirroja hipnotizándome con el intenso azul verdoso de sus ojos.

Cogidos de la mano llegamos al portal. Mientras subíamos en el ascensor, nuestros labios continuaron con lo iniciado en el bar, entremezclándose en lujurioso frenesí, con nuestros cuerpos pegados como si pudiesen fusionarse.

Al entrar en mi piso, el calor aún seguía acumulado en el interior, aunque apenas nos dimos cuenta porque el calor que emanaba de nosotros mismos era aún mayor. Sin llegar a pasar del hall de entrada, nada más cerrar la puerta, Lysa ya me había quitado el polo, sin dejar de besarnos con denuedo.

Mis manos exploraban su escultural anatomía, recorriendo cada una de sus curvas mientras ella se afanaba en desabrocharme el cinturón y los pantalones. Cuando finalmente sólo me quedaba la ropa interior marcando mi erecta verga apenas retenida, se separó de mí observándome de arriba a abajo, mordiéndose el labio inferior y expresándome con sus bellos ojos que le gustaba cuanto veía.

– Estás sano, ¿verdad? – me preguntó desconcertándome.

– C-claro – contesté inmediatamente -. Aunque tengo protección en el dormitorio…

– Yo estoy totalmente limpia – alegó poniendo las manos sobre sus caderas -, y tomo anticonceptivos… Me gustaría sentirte de verdad, sin barreras, si tú también estás dispuesto.

– Oh, Lysa, realmente eres un sueño hecho realidad, me encantaría hacerlo contigo sin barreras. Prometo tratarte con dulzura.

– No quiero dulzura – respondió desabrochándose el vestido para dejarlo caer y quedarse en ropa interior -. Estoy harta de que me traten como a una muñeca de porcelana que se puede romper, quiero que seas mi “caballero español”, pero no para tratarme con suavidad, sino para montarme como a tu yegua… Quiero que ésta última noche en España sea inolvidable… Quiero sexo salvaje.

Con aquellas palabras sentí que mi duro músculo podía atravesar mi slip para liberarse y empotrar a aquella hembra contra la pared. En ropa interior aún era más espectacular que con el sexy vestido que había dejado caer. Llevaba un conjunto de fina lencería azul totalmente transparente. El sujetador ensalzaba sus redondos pechos dejando ver a través de él los rosados y erizados pezones. En la escueta braguita, se transparentaba una pequeña franja de corto vello rojizo por encima de su vulva de hinchados y húmedos labios. Como ya me habían indicado también sus cejas, realmente era pelirroja natural, y el ligero bronceado que lucía, apenas podía ocultar el original tono pálido de su fina piel de porcelana adornada con un par de bellos lunares, uno justo por debajo de su pecho izquierdo y el otro diez centímetros más abajo de su pecho derecho.

– No eres una muñeca de porcelana – le dije escaneando mentalmente cada milímetro de su cuerpo para grabarlo a fuego en mi cerebro -, eres una diosa, y si es lo que quieres, voy a darte sexo salvaje.

Se arrojó sobre mí con un torbellino de su larga melena escarlata, y sus labios chocaron contra los míos con ímpetu. Desabroché el sujetador y aferré esos suaves, redondos y firmes senos con mis manos; los acaricié y amasé sintiendo cómo se amoldaban a mis dedos.

– Me encantan tus tetas – le dije al oído.

– Mmmmm – gimió ella frotando su braguita contra la dura protuberancia de mi entrepierna.

Bajé besando su cuello de cisne y, sin dejar de masajearlos con mis manos, me comí aquellos magníficos pechos. Degusté el sabor de su piel con mi lengua, besé los duros pezones, los lamí, mordisqueé, succioné y mamé cuanto volumen cabía en mi boca.

Ella coló su mano bajo mi calzoncillo y recorrió todo la longitud de mi falo hasta alcanzar los huevos. El tacto de su mano me hizo estremecer, y con un par de enérgicas sacudidas del venoso tronco consiguió que la tela de mi única prenda se humedeciese con una gota preseminal.

Volví a sus labios, frescos pétalos de rosa roja, y éstos me recibieron succionando los míos y acogiendo mi lengua a través de ellos.

Sus manos acabaron por liberarme del slip, y éste cayó al suelo. Se separó de mí, y observó el mástil con cara de loba en celo.

– Wow! – exclamó iluminando mi mundo con sus ojazos abiertos de par en par -, ¡Aquí tenemos buena herramienta!.

Su boca se posó sobre mi cuello y sus labios ejercieron presión sobre la yugular como si fuese una vampiresa, haciéndome sentir un cosquilleo por todo el cuerpo. Se deslizó por mi torso, succionó un pezón y después el otro, dejándomelos duros e hipersensibles. Siguió bajando por mi abdomen y se detuvo en mi cintura, pasándome la lengua por toda ella, con la punta de mi estaca rozándole el cuello mientras sus manos acariciaban mis glúteos totalmente rígidos. Siguió bajando y besándome la zona inguinal arrancándome suspiros y haciéndome temblar, hasta que su mano derecha sujetó el poderoso músculo erecto y comenzó a recorrer su longitud con la lengua y su carnoso labio inferior, lamiendo y acariciando desde el escroto hasta el extremo del glande.

– Ufffffffff – suspiré.

Cuando llegó a la punta, la dejó deslizar por su lengua rodeándola con los labios, y se la introdujo en su cálida y húmeda boca para chuparla y succionarla con fuerza, subiendo y bajando en una agresiva mamada que me sacudió desde dentro.

Aquello era la gloria absoluta: la protagonista de mis fantasías era de carne y hueso, y estaba ahí, de cuclillas chupándome la polla con ansia y haciéndome gruñir de placer. Su melena de fuego ascendía y descendía con cada chupada, sus párpados de largas pestañas estaban cerrados concentrándose en su trabajo oral, sus carmesíes labios envolvían mi verga y ejercían presión haciéndola aparecer y desaparecer rápidamente; sus carrillos se hundían con cada succión, sus turgentes pechos desafiaban a la gravedad con su redondez… Aquello era demasiado, la felación era extremadamente glotona y placentera, todo mi cuerpo vibraba anunciándome que, si aquello no se detenía, me correría de un momento a otro.

– ¡Lysssssaaaaaaahhhh! – grité -, ¡vas a hacer que me corra…! y quiero follarte…

La aludida apenas se inmutó, abrió los ojos y, sin detener la magnífica mamada, clavó su profunda mirada azul con destellos verdes en mis pupilas. Había lujuria en aquella mirada, un intenso vicio que, junto con las enérgicas chupadas, me provocó un explosivo orgasmo.

– ¡Diooooosssssss! – grité apretando los dientes y enredando mis dedos entre sus rojos cabellos.

Me corrí dentro de aquella succionante cavidad, con mi cálido esperma estrellándose con furia contra su paladar. Pero ella no cejó en su empeño, seguía chupando y chupando con ganas, tragando el elixir de mi polla mientras nuevos borbotones de cremoso semen inundaban su boquita para que su suave lengua siguiese degustándolos. Me ordeñó como nunca lo habían hecho, mamando y mamando para obtener de mí hasta la última gota de leche condensada, tras la cual mi virilidad comenzó a languidecer.

Sin duda, aquel fue el sexo oral más intenso que me han hecho nunca. Ni siquiera mi exmujer, gran experta comiendo pollas por haber practicado con todos los miembros de su oficina, me había proporcionado un placer tan exquisito.

Cuando Lysa terminó de tragar hasta el último sorbo de corrida, lamió los blancos restos que habían rebosado y se incorporó sonriéndome en gesto triunfal. Era tan increíblemente bella, exótica y excitante, que con sólo verle la cara mi erección no llegó a bajar del todo.

– Te mereces un premio por lo que acabas de hacer – le dije aún resoplando.

– ¿Ah, sí? – preguntó ladeando la cadera con una mano sobre ella -, entonces debes dármelo.

Sin miramientos me lancé a besar esos dulces labios mientras mis manos bajaban sus braguitas. Palpé el tesoro entre sus piernas, estaba muy caliente, empapado y con su botoncito del placer muy duro.

– Oooohhh yessssss, baby – susurró con mi caricia.

Nunca había probado el coñito de una pelirroja, y en ese momento era lo que más me apetecía en el mundo, así que mientras saboreaba su boca y acariciaba su jugoso conejito, la fui guiando hasta que llegamos a la primera estancia de la casa, la cocina, donde, agarrándola de su lindo culito, alcé su liviano cuerpo para sentarla al borde de la encimera. Besando su suave piel fui descendiendo por su anatomía: primero el cuello, después su clavícula derecha, el erizado pezón derecho, luego el izquierdo. Ella sujetaba mi cabeza como si tratara de guiarme, pero yo ya conocía el camino. Besé el erótico lunar bajo su pecho izquierdo, y seguí descendiendo en diagonal para besar a su hermano más abajo. Recorrí con la lengua su plano vientre y la colé en su ombliguito haciéndole cosquillas. Seguí bajando poniéndome de rodillas, besando sus ingles y la cara interna de sus firmes muslos, volviéndola loca de pura excitación.

– ¡Come on, baby!, ¡come on! – me suplicaba.

Percibí la dulce fragancia de su coñito, y me embriagué de ella colocando mi nariz sobre la suave tira de vello rojizo que lo adornaba, mientras mi lengua se abría paso por la parte superior de su vulva hallando el suave clítoris. Cuando la punta de mi lengua contactó con la pepita de su jugosa fruta, una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo haciendo que sus músculos se tensaran.

– Yessssss, baby – dijo entre jadeos.

Lamí el clítoris una y otra vez realizando círculos con la lengua.

– Oooh, mmmmm, ooooohhh – gemía Lysa con cada caricia.

Lo tomé con mis labios y lo succioné como si fuera uno de sus rosados pezones.

– Yeah, baby, oooohhhh yeaaaah.

Sin dejar de succionar y acariciar con la lengua el botoncito, dos de mis dedos exploraron su almeja, abriéndose paso entre labios mayores y menores para penetrarla a fondo.

– Oh, my god! – gritó casi sin aliento.

Su coñito estaba totalmente encharcado y caliente, e indagué con mis dedos cuanto estos daban de sí, hasta curvarlos hacia arriba para acariciar la sensible zona rugosa del interior.

– Ooooooh , mmmmy ggggoooooood!.

La tenía al borde del orgasmo, así que saqué los dedos, y acoplando mi boca a su vulva, penetré esa deliciosa gruta con la lengua, moviéndola y retorciéndola en su interior mientras mi boca succionaba cuanto néctar manaba para mí. Aquel coñito pelirrojo era un auténtico manjar…

– Oh, my god; oooohh, mmmmy goooooood; oh, my goooooooooooooooooooooooood! – gritó con furia orgásmica apretando mi cabeza contra su sexo.

Los cálidos fluidos se derramaron en mi lengua, y bebí el delicioso torrente de su orgasmo con ella retorciéndose de gusto.

Cuando su intenso orgasmo declinó, me puse en pie observándola. Los bucles escarlata de su cabello enmarcaban su hermosa cara ruborizada, en la que destacaban sus incomparables ojos brillando con luz propia. Su sensual boquita estaba abierta, tomando bocanadas de aire con las que sus voluptuosos pechos subían y bajaban rítmicamente. Toda su piel brillaba con una fina película de sudor, parecía recién surgida de mis sueños más húmedos.

– Uuuuuuffffffff – suspiró -, ¿todos los españoles hacéis tan bien el sexo oral?.

– Sólo si las americanas nos lo hacen tan bien a nosotros – contesté con una amplia sonrisa -. Aunque no pienso dejarte descansar, nena – le aseveré indicándole mi ya durísima verga -, voy a hacer que ésta noche no puedas olvidarla nunca.

– Sí, nene, aún quiero que me folles – añadió devolviéndome la sonrisa y devorando con la mirada mi erección.

Me acerqué a ella y nuestros labios se fundieron en un apasionado beso con el que nos exploramos la boca mutuamente. Agarrándola del trasero, acerqué su sexo al mío, y tras un par de fallidos intentos, logré penetrarlo.

– Uuuuuuuuummmmm – gemimos al unísono.

Apenas habían entrado unos centímetros de dura carne, así que seguí tirando de ella, abrazó mis caderas con sus piernas, y cuando su culito cayó definitivamente de la encimera, mi lanza se le ensartó en la vagina hasta el fondo, empalándola hasta donde nuestros huesos pélvicos permitieron.

– ¡Aaaaaaaahhhhhhhh! – gritó.

Su joven coñito era estrecho, y abrazó toda la longitud de mi falo con cálidos latidos que me provocaron un gran placer.

– Voy a llevarte al dormitorio con mi polla dentro de ti – le anuncié susurrándole al oído.

Casi sin respiración, sólo pudo asentir con la cabeza.

Así acoplados, salimos de la cocina, gimiendo ella con cada uno de mis pasos y sintiendo yo cada contracción de su sexo exprimiéndome. De este modo fuimos disfrutando por el pasillo hasta que llegamos al dormitorio, cuya puerta estaba cerrada.

– No puedo abrir la puerta, preciosa – le dije.

– Puedo abrirla yo – contestó ella soltando una de sus manos de mi cuello e intentando girar el picaporte en vano.

– Tiene truco, hay que girar, tirar hacia arriba y empujar a la vez, así no podrás.

Levantando su cuerpo, y a mi pesar, desacoplé nuestros sexos para que bajase al suelo. Se giró e intentó abrir la puerta, aunque no tenía la fuerza suficiente. No la ayudé, estaba encandilado contemplando su espléndida y curvilínea silueta, con su exótica melena cayendo en bucles hasta casi la mitad de su espalda, con sus lumbares ligeramente arqueados hacia delante para que, finalmente, su espalda diese paso a sus dos redondas, duras y altivas nalgas.

No pude resistirme, tomándola rápidamente por las muñecas levanté sus brazos y la puse contra la puerta. Flexioné las rodillas y mi glande se deslizó por la raja de su culito hasta que encontró su lubricada almejita. Con un empellón de cadera, mi ariete se abrió paso por su interior sin piedad.

“¡Bum!”, sonó mi embestida empujando el cuerpo de Lysa contra la puerta. “¡Plás!”, sonaron sus nalgas chocando contra mi pubis, “¡Aaaaaaaaahhhhh!” gritó la pelirroja al sentirse penetrada por sorpresa y con violencia.

– Querías sexo salvaje, ¿no? – le dije -, pues ahora sentirás cómo España invade Estados Unidos.

– Mmmmmm – gimió como asentimiento con su mejilla izquierda sobre la madera de la puerta.

Sujetándola con firmeza las muñecas, bajé la cadera sacando medio miembro de su ardiente coño para, acto seguido, volver a incrustarlo a fondo.

“¡Bum-plás-aaaaahhh!”.

Tras la segunda acometida, empecé a marcar un placentero ritmo de caderas, escuchando sus gemidos y deleitándome con el poderoso masaje de su vagina.

“…bum-plás… …bum-plás… …bum-plás… …bum-plás…”

Con cada arremetida, sus voluptuosos pechos se aplastaban contra la puerta y su escultural cuerpo era completamente sometido… Aquello la encantaba.

– Yeah baby, yeah baby, yeaaaah babyyyyy – decía con cada empujón.

El ariete entraba y salía una y otra vez, con una placentera fricción del grueso glande en las paredes internas de Lysa, estimulando su punto G de tal modo, que la emparedada me incitaba a incrementar el ritmo volviéndose loca:

– Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah…

“…bum-plás, bum-plás, bum-plás, bum-plás, bum-plás…”

La temperatura de su sexo se incrementó y palpitó estrujando con fuerza la estaca que se clavaba una y otra vez en su interior, haciéndola gritar:

– Oh, my god; oh, my god; oh, my goooooooooooooooooood!!!.

El poderoso éxtasis puso rígido su cuerpo, sus senos se despegaron de la madera, sus hombros se apoyaron en mi pecho, y su espalda se arqueó hasta que todo el aliento escapó de sus pulmones.

Su abrasador y enérgico orgasmo me proporcionó el punto que me faltaba para llegar al clímax. Sus jóvenes músculos me exprimieron con tanta furia, que mi polla vibró inundando sus entrañas de ardiente leche, intensificando aún más la gloria de ambos.

– Uuuuuuuuuufffffffffffffff.

– Ha sido salvaje – me dijo respirando con dificultad mientras salía de ella y liberaba su cuerpo -. Me tiemblan las piernas…

– Eres el polvo de mi vida, preciosa. A mí también me tiemblan las piernas… Mi cama es tuya.

Finalmente le abrí la puerta del dormitorio y ambos nos tumbamos sobre la cama recuperando el aliento.

– Me gustaría saber más de ti – le dije perdiéndome en sus ojos de mar caribeño.

– Tengo veintiún años – respondió con una cautivadora sonrisa -, puedes llamarme Lysa, soy norteamericana, y ésta es mi última noche de vacaciones en España. Creo que no necesitas saber más.

– Ok, ok. Al menos dime por qué pudiendo tener a cualquier tío que se te antoje, te has acercado a mí.

– Tú mismo acabas de decirlo – contestó con una carcajada -. Hoy tú eres mi antojo. No me gustan los chicos de mi edad, cuando era pequeña siempre se burlaban de mi color de pelo y de mi piel clara, así que siempre me han interesado más los chicos mayores.

– Ah, así que sólo has venido a por mí porque era el único tío del bar que pasaba los treinta…

– Jajaja, en parte sí, pero no seas tonto… Si he ido a por ti es porque desde que te he visto me has parecido muy atractivo – aclaró acariciando mi pecho con el índice de su mano izquierda -. Estabas ahí en la barra, sólo, lanzándome miradas con disimulo y no descaradamente como hacen todos; con un aire maduro, misterioso, muy sexy… Por lo que he pensado que quería llevarme un recuerdo así de mis vacaciones.

– Ya veo…

– ¿Y tú?, no has puesto ningún reparo a pesar de mi juventud, jajaja.

– Bueno… eres una preciosidad… eres irresistible… De hecho, si alguien me preguntase, diría que eres la mujer más bella del mundo…

– ¿Ah, sí? – dijo levantándose de la cama para mostrarme su cuerpo desnudo en todo su esplendor -, tal vez debas verme mejor.

Con su mano derecha sobre la cadera, comenzó a caminar por la habitación exhibiéndose como en un desfile de pasarela. Sus caderas se movían con elegancia a cada paso, hipnotizándome con su vaivén. Sus pechos se agitaban con las firmes pisadas, fascinándome con su bamboleo.

Yo me senté al borde de la cama, para no perder ni el más mínimo detalle de aquel regalo para la vista, sintiendo cómo poco a poco mi virilidad respondía al espectáculo, volviendo a hincharse como cuando era un adolescente.

Cuando Lysa llegó a un extremo de la habitación, se detuvo girándose hacia mí con un revuelo de su exótica cabellera escarlata. Sonriéndome, cambió de mano sobre sus caderas, y caminó contoneándose hasta llegar al otro extremo del dormitorio, donde se detuvo de espaldas a mí, mostrándome las excelencias de su apetecible culito. Giró la cabeza por encima de su hombro derecho, me guiñó sensualmente uno de sus incomparables ojos, y me preguntó:

– ¿Aún sigues pensando lo mismo?.

Con la polla más dura que el diamante, y levantándome de la cama para acercarme a ella, le contesté:

– Has salido directamente de mis fantasías, y me estás volviendo loco.

Tomándola por su cintura de avispa la giré contra mi cuerpo y besé aquellos perfectos labios carmesíes con devoción. Ella se dejó llevar, succionando mi lengua con sus suaves pétalos de rosa, acariciándola con su juguetona lengua. Sentí cómo sus pezones se erizaban contra mi pecho, y su piel se ponía de gallina cuando mis manos acariciaron su cintura para deslizarse hasta sus nalgas. Restregó su sexo contra mi erección, demostrándome que ya volvía a estar húmeda.

– Vuelve a follarme, “caballero español” – me susurró al oído -, hazme ver las estrellas otra vez.

No necesitaba pedírmelo, era lo que yo quería, lo que mi cuerpo ansiaba. Tenía que aprovechar aquella oportunidad única en la vida hasta desfallecer.

La arrastré hacia la cama, y la tumbé quedando yo de rodillas entre sus muslos. Sonriéndome, con una seductora mirada, Lysa subió su pierna derecha apoyándome el pie en el pecho. Acaricié toda la longitud de su pierna, memorizando con las yemas de los dedos el suave tacto de sus tersos muslos, y tomé su pie para chupar el pulgar como si fuese un caramelo.

– Aaaaaahhhhhh – gimió complacida.

Me senté sobre mis tobillos, coloqué su pie sobre mi hombro y, alzándola del trasero, la acomodé hasta que la punta de mi falo dio con la entrada de su húmeda cueva. Tiré de ella y la atraje hacia mí hasta penetrarla por completo.

– Uuuuuffffffffff – suspiró con su coñito dándole la bienvenida al grueso invitado, abrazándolo con su calor para hacerme suspirar a mí también.

Tomé su otra pierna, y también coloqué su pie sobre mi otro hombro. Agarré con firmeza sus caderas, y desplacé todo su cuerpo sacando de él casi por completo mi férreo miembro, sólo para volver a atraerla hacia mí y clavárselo a fondo.

– Yessssssss! – exclamó poniendo sus manos sobre las mías.

Empecé un violento mete y saca con el que todo su cuerpo de diosa se movía guiado por mis brazos tirando de ella.

– Ah, ah, ah, ah, ah – gemía con la boca abierta sin dejar de mirarme con el goce reflejado en su rostro.

Sus protuberantes pechos bailaban como flanes meneados en un plato, y su vagina se contraía y dilataba abriendo paso al glande que estimulaba todo su interior. Nuestras pelvis se golpeaban rítmicamente, y su culito chocaba una y otra vez contra mis muslos… los dos lo estábamos disfrutando al máximo.

Sus cálidos fluidos embadurnaban mi polla y escurrían por mis huevos empapándome por completo, realmente a aquella joven belleza se le estaba haciendo el coño agua conmigo, lubricando sin fin.

– Ah, ah, ah, ah… – seguía gimiendo y atravesándome con una fiera mirada.

Así follamos durante un buen rato, de penetración en penetración, gemido a gemido, aumentando nuestro placer con cada envite, hasta que Lysa decidió tomar la iniciativa. Sin despegarse de mí, abrió aún más sus piernas y las deslizó por mis brazos. Se incorporó y, besándome con su dulce boca, me hizo tumbarme para quedar a horcajadas sobre mí.

– Ahora seré yo quien te monte a ti – sentenció.

Comenzó con un suave contoneo de caderas, y se incorporó totalmente para marcar mejor el ritmo.

– Oh yesss, baby – empezó a decir a medida incrementaba el ritmo.

En esa descansada postura, mi pértiga tocaba lo más profundo de su ser. Sus contoneos masajeaban todo el inhiesto miembro, y su culito acariciaba mi escroto provocándome satisfactorios cosquilleos.

Su cuerpo bailaba sobre mí de forma cadenciosa, cada vez más violentamente.

– Yeah, baby; yeah, baby; oooooohhhh, yeah…

Sus manos revolvían sus cabellos y sus flamígeros bucles se mecían con el incesante balanceo. Todo su cuerpo se retorcía de gusto como si fuese una culebra, con su pecho subiendo y bajando para que sus senos apuntasen al techo con los agudos pezones.

En aquel instante, contemplándola con admiración, supe a ciencia cierta cómo habían comenzado mis fantasías con aquella pelirroja: en mi adolescencia, había sido un ávido fan de los cómics de “Red Sonja”, y mi imaginación había creado una imagen virtual de cómo sería la excitante heroína si fuese de carne y hueso. Pero a veces las fantasías se vuelven realidad, y Lysa era la viva imagen de mi Red Sonja particular.

– Mmmmm, oooooohhhhh, mmmmm – gemía ahora mordiéndose el labio.

El placer era intensísimo, pero sin encontrar aún vía de escape, seguía acumulándose para llevarnos a los dos a un frenesí demencial.

Mis manos aferraban su culito marcando mis dedos en su delicada piel, obligándola a mantener el poderío de sus contoneos y provocándole sensaciones que la hacían enloquecer.

– Yeeesssss, oh yeah, ooooohhhhh yeaaaaahhhh…

Yo ya estaba llegando al máximo, mi verga palpitaba en el interior de su estrecho, húmedo y cálido coño.

Mis manos subieron por su cintura y las yemas de mis dedos recorrieron su columna vertebral, desde la región lumbar hasta llegar a su nuca.

– Oh, my god! – exclamó la amazona al sentir un repentino y placentero escalofrío.

Mis dedos volvieron a bajar y rodearon sus axilas para pasar hacia delante.

– Oh, my god! – volvió a decir sintiendo el cosquilleo en su sensible piel.

Continué con el recorrido, delineando el contorno de sus pechos, subiendo por el cañón entre ambos, y llegando hasta pellizcar suavemente los rosados pezones, provocándole una electrizante sensación.

– Oooooooh, mmmmyyyy goooooood!.

Las palmas de mis manos se pusieron sobre sus perfectos pechos y los masajearon realizando movimientos circulares.

– Oh, my god, oh, my god, oh, my god…

Su incesante contoneo me estaba matando, estaba a punto de correrme, así que mi cadera se elevó clavándole la estaca en el fondo de sus entrañas como si pudiera atravesarla con ella.

– Give it to me, give it to me, give it to mmmmmmeeeeee! – me suplicó desbocada por el placer.

Ella también estaba llegando. Aquella diosa de fuego quería toda mi verga para ella, necesitaba sentirse llena con el duro músculo, ansiaba quemarse por dentro con mi hirviente leche… Anhelaba tanto correrse conmigo, que me exprimió con todas sus fuerzas, lo que provocó que mis dedos se contrajeran atenazando sus tetazas con furia mientras mi polla entraba en erupción, elevando su placer hasta la máxima expresión… Simultáneamente llegamos a un extenuante orgasmo.

– OH, MY GOOOOOOOOOOOOOOOOOOODDD!!! – gritó totalmente fuera de sí, con todo su cuerpo en tensión haciendo que su espalda se arquease.

– SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!!! – grité yo eyaculando ardientes lechazos en su interior, con todos mis músculos tan tensos como cuerda de piano.

Con una cascada de flamígeros tirabuzones, Lysa cayó rendida sobre mí. La abracé sintiendo que los dos respirábamos como si hubiésemos corrido una maratón. Estaba tan extenuado que, en cuanto recobré el aliento, me quedé profundamente dormido.

A la mañana siguiente desperté completamente solo en mi cama. Durante unos confusos instantes, pensé que todo había sido un húmedo sueño de verano, hasta que vi una nota sobre la mesilla:

I’ll never forget the incredible night that I’ve spent with you.

For me, you’ll always be my caballero español.

Who knows, maybe someday you’ll see me again.

Kiss

Lysa

(Traducción: Nunca podré olvidar la increíble noche que he pasado contigo. Para mí siempre serás mi “caballero español”. Quién sabe, tal vez algún día volverás a verme. Beso. Lysa).

Dos meses después, estaba en casa con un amigo. Le había invitado a tomar unas cervezas y cenar una pizza echando unas partidas a la Play Station.

Sonó el portero electrónico del portal.

– ¡La pizza! – exclamó mi colega.

Le di a la pausa del juego para atender al telefonillo, y dejé a mi amigo zapeando con la televisión.

– ¿Quién? – pregunté mecánicamente al descolgar el auricular.

– Por favor, abrir puerta – escuché una voz femenina con un marcado acento yanqui.

Por inercia, apreté el pulsador mientras mi mente comenzaba a encadenar pensamientos:

– No es el de la pizzería… no puede ser… es… es… ¡es ella!.

Me quedé paralizado con el auricular en la mano, rememorando cada instante vivido con aquella turista americana, la protagonista de mis fantasías materializada.

“Riiiing”, sonó el timbre de la puerta del piso sacándome de mi ensoñación.

Abrí la puerta como un vendaval exclamando:

– ¡Lysa!.

Mi gozo en un pozo. Ante mí tenía a una sorprendida chica morena, bajita y de cara regordeta.

– ¿Mr. Juan Cruz? – preguntó algo asustada.

– La puerta de al lado – le indiqué abatido con la mano.

– Thank you!.

Cerré la puerta y volví al salón con mi amigo.

– ¿No era la pizza? – me preguntó nada más entrar.

– ¡Qué va! – contesté con desidia -, era una guiri preguntando por mi vecino de al lado, el profesor de español para extranjeros.

– ¡Vaya!, pues ya que te has levantado podrías traerte un par de cervezas más, éstas están muertas.

Arrastrando los pies fui a la cocina y volví con dos cervezas bien frías. Me senté junto a mi colega, y leyendo los ingredientes de la cerveza, le pregunté con indiferencia:

– ¿Qué estás viendo en la tele?.

– He encontrado un resumen de la semifinal del Miss Universo de éste año, resulta que la final es ésta noche.

– ¡Buf! – resoplé sin levantar la vista -, ese concurso es absurdo.

– Venga ya, tío, ¡mira que buenísima está la miss USA!.

Levanté la vista y me quedé catatónico mirando las 42 pulgadas de mi televisor. Sólo pude articular una frase:

– OH, MY GOD!!!

FIN

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