Odio los médicos y todo bicho viviente que lleve bata blanca, hasta al tipo de la carnicería le tengo ojeriza. Así que os podéis imaginar el ánimo con el que entré en la clínica para hacerme la revisión anual de la empresa.

Sólo hay una cosa que odio más que los médicos y es esperar sentado en una incómoda silla ojeando aburrrrridisimos folletos sobre seguridad en el trabajo,  así que a pesar de estar citado a primera hora ya llevaba diez minutos aguardando cuando una tipa gorda y rubicunda me abrió la puerta con cara de enojo.  Con un gesto de irritación me invito a pasar, me tomó los datos y me dio el mismo formulario que llevo rellenando desde que empecé mi vida laboral en esta santa empresa.

¿Hace ejercicio? ¿Fuma? ¿Toma bebidas alcohólicas? ¿Se droga? ¿Drogas duras o drogas blandas? ¿Con que frecuencia? ¿Se masturba con fotos de Montoro?

Tras quince minutos de tediosa encuesta la recepcionista me llamó y me hizo pasar al despacho del médico.

El tipo era un mozambiqueño muy simpático y más negro que el carbón. Charlamos un rato mientras intercalaba hábilmente las mismas preguntas estúpidas  que ya había respondido en el cuestionario. Me tomó la tensión, observó el interior de mis oídos con atención y me auscultó con detenimiento. En su favor tengo que decir que en los diez años que llevo haciéndome este estúpido reconocimiento fue el primero en detectar un leve soplo que tengo en el corazón desde mi más tierna infancia.

Una vez hubo terminado conmigo me despidió con cordialidad y me indicó con un ademán la consulta de enfermería.

Cuando entré en la consulta unos ojos azules y grandes me miraron un pelín sobresaltados.  Sentada en un pequeño escritorio estaba una enfermera rubia de ojos extraordinariamente azules y de apariencia menuda. Sobreponiéndose a una especie de duda con un carraspeo, me saludó dándome la mano, una mano pálida pequeña y delicada. Sobre la pechera de su inmaculada bata blanca tenía cogida con un clip una tarjeta identificativa con su nombre; Natacha Vázquez Mirto, enfermera.

-Hola Natacha. -dije incapaz de apartar mis ojos de los suyos.

-Hola… Señor Lobos,  -respondió tímidamente –siéntese por favor.

Y de nuevo, otra vez, la misma batería de preguntas absurdas que yo respondía mecánicamente sin poder apartar mis ojos de la joven.

Tras terminar el cuestionario me tomó la tensión de nuevo y me hizo unas pruebas de agudeza visual y auditiva que superé sin demasiados inconvenientes.

-Ahora siéntese aquí y remánguese una de las mangas por favor –dijo indicándome una pequeña mesita con una silla a cada lado.

Yo, para facilitar las cosas me quité el pesado jersey que me protegía del frío mañanero y me quede en camiseta dejándole ambos brazos sobre la mesa para que eligiese.

Abrió un cajón que tenía a su lado y sacó una aguja un par de tubos de ensayo y un porta agujas. Enseguida me fijé en que sus manos temblaban y me di cuenta de que era novata.

-¿Es tu primer día? –le pregunté suavemente  mientras ella montaba la aguja y el tubo en el porta agujas temblando ligeramente.

-¿Tanto se me nota? –Preguntó ella a su vez un poco azorada –nunca he hecho una extracción de sangre sin tener a alguien supervisándome y ayudándome.

-No te preocupes, -le susurré mirándola de nuevo a los ojos –deja todo eso encima de la mesa y respira tres veces profundamente.

La muchacha dudo un momento pero finalmente me hizo caso. Al respirar sus pechos subieron y bajaron haciéndose más patentes bajo la bata y provocándome  un ligero escalofrío.

-Ahora, coge de nuevo ese cacharro y procede. –Continué sin apartar mi mirada de la hermosa enfermera –Si es necesario repite en voz alta los pasos que te enseñaron en la facultad para realizar la técnica correctamente. Confío plenamente en ti.

Natacha cogió mi brazo izquierdo y murmurando algo casi inaudible me puso un torniquete en la parte alta del brazo y mientras me pedía que abriese y cerrase el brazo empezó a palpar el interior de la articulación del codo en busca de una vena adecuada. Después de decidirse por una me desinfectó un poco la zona y con firmeza y sumo cuidado a la vez, introdujo la aguja poco a poco en el brazo, empujó el tubo de ensayo contra la  parte opuesta de la aguja y este comenzó a llenarse inmediatamente de sangre. Natacha levanto ligeramente la mirada, jamás en mi vida había visto unos ojos tan azules irradiando tanta calidez. Con un movimiento preciso sacó el tubo e introdujo el último. Apenas tuvo que hacer una ligera corrección para que la sangre volviese a surgir llenando el segundo tuvo. Una vez acabada la tarea se inclinó para quitarme el torniquete y sin querer rozó la palma abierta de mi mano con uno de sus pechos. Nos quedamos quietos,  con nuestras caras a pocos centímetros uno del otro mirándonos a los ojos.  Finalmente fui yo el que apartó la mano, pero sólo para adelantarla hacia su rostro y acariciarle la cara mientras la besaba con suavidad.

Sus labios eran tibios, suaves y sabían a barra de cacao. Natacha respondió con timidez pero no me rechazó así que aparté la mesita de un empujón y  la abracé mientras continuaba besándola  con suavidad, sin precipitación, saboreándola a ella, saboreando el momento.

Como saliendo de un sueño Natacha puso sus manos entre su cuerpo y el mío apoyándolas contra mi pecho y respondiendo a mi beso con entusiasmo.

No me acordaba haber deseado tanto a u una mujer en mi vida. Quería desnudarla, acariciarla y tomar su cuerpo allí mismo y que ella se derritiese de placer.

-Yo… normalmente no soy así –dijo ella con la voz entrecortada mientras me dejaba que le quitase la bata. –no sé qué demonios me pasa…

Con un beso interrumpí sus torpes justificaciones. Bajo la bata llevaba una blusa blanca semitransparente que no impedía ver un bonito sujetador de encaje y una minifalda negra y sin adornos  envolvía sus caderas y sus muslos ajustada  como un guante.

Sin preocuparme demasiado de sus débiles protestas  recorrí con mis manos su espalda hasta terminar con ellas en su culo. La empujé con suavidad hacía la camilla de observación y sin dejar de besar sus labios, su cara y su cuello tire de su falda hacia arriba. A través del tejido del minúsculo tanga blanco se adivinaba una pequeña mata de pelo rubio y rizado. Absorto en la visión acerqué mi mano a su sexo y rocé suavemente el tejido de la braguita, enseguida noté como su cuerpo respondía.  Natacha, con la respiración entrecortada intentó resistirse mientras miraba con aprensión a la puerta cerrada pero no asegurada.

Ignorando sus miedos seguí acariciándola, sintiendo como los jugos de su sexo mojaban el tanga.

-Eres un loco –dijo ella apartando por fin su mirada de la puerta y fijándola en mis ojos.

-No soy loco, estoy loco…  de deseo. Me faltan ojos para mirarte, manos para acariciarte, labios para besarte, te deseo y deseo tomarte aquí mismo –dije desabrochándome los pantalones y apartando los calzoncillos de mi pene erecto.

Sin dejar de nadar en aquellos ojos azules y profundos levante su cuerpo pequeño y ligero como una pluma para sentarla en la camilla. La bese de nuevo y ella abrió las piernas para acogerme. El contacto de mi pene con sus braguitas mojadas me puso frenético. Por un momento pensé de nuevo en arrancarle el tanga y penetrar con violencia  en todas sus cavidades naturales pero en vez de eso me limité a apartar el tanga  sólo lo suficiente para que nuestros sexos entraran en contacto.

Natacha suspiró y dejó que tirase de ella hacia mí. Yo, aparentando no tener ninguna prisa, le abrí un poco la blusa para acariciarle los pechos a través del sujetador mientras le susurraba al oído sin dejar de frotar mi pene contra su pubis.

Con un movimiento rápido que me cogió por sorpresa me apartó ligeramente y cogiendo mi pene lo introdujo en su interior sin dejar de mirarme a los ojos. Su expresión fue cambiando del anhelo a la satisfacción a medida que mi verga resbalaba sin dificultad en su interior.

Por un momento nos quedamos quietos disfrutando de la expresión de placer que se pintaba en el rostro del otro. Con deliberada lentitud comencé a penetrarla mientras ella ceñía mis caderas con sus piernas.

Nos besamos de nuevo, nos tocamos y nos acariciamos pero nuestras miradas seguían congeladas el uno en la del otro. Mientras la penetraba escrutaba su cara intentando descubrir en ella gestos de placer. Deseaba más su placer que el mío propio.

-Más deprisa –gimió ella mordiéndose ligeramente los labios.

Sin hacerme de rogar separé un poco sus piernas y comencé a follarla con un poco más de dureza. A cada embestida ella respondía con un gemido quedo y una mirada de lujuria satisfecha que me volvía loco. Sólo por un momento logre apartar mi mirada de la suya para ver como mi polla se abría paso en   su sexo húmedo y abierto para mí, empujando hasta hacer tope y conmoviendo todo su cuerpo con cada embestida. 

Consciente de que estaba a punto de correrme me separe y retire mi polla. Natacha hizo un mohín e intento atraerme de nuevo abriendo sus piernas y moviendo provocativamente las caderas. 

Besándola una vez más para acallar sus protestas bajé mis manos e introduje tres de mis dedos en su interior tan dentro como fui capaz. Ella sonrió, jadeó y me mordió el labio con suavidad.

Liberándome por fin de su mirada le bese la mandíbula y  el cuello antes de meter mi cabeza entre sus piernas. El olor a sexo se hizo aún más intenso excitándome aún más. Sin ceremonias recorrí con mi lengua su sexo  y su clítoris sin dejar de penetrar en su interior con mis dedos.

-¡Mas fuerte cabrón!  -Susurraba Natacha entre jadeos – ¡follame!

Yo callaba y chupaba, palpaba, acariciaba….

Me incorporé de nuevo. Estábamos de nuevo frente a frente; sin dejar de mirarla alargué mi brazo y apartando su pelo con suavidad le cogí de la nuca. Con la otra mano guie mi polla a su interior y se la hinque hasta el fondo de un solo golpe. Natacha se estremeció y me abrazo para acercar aún más su cuerpo al mío.

Esta vez no hubo prisioneros, entraba y salía de su coño tan rápido como podía espoleado por su respiración agitada y su mirada velada por el placer.

Ni siquiera en el momento del orgasmo aparto su mirada de la mía, con el cuerpo crispado y arqueado por las oleadas de placer y sus uñas clavadas en mi espalda, luchaba por mantener su ojos fijos en los míos, intentando transmitirme con su mirada el placer que estaba arrasando su cuerpo.

Tras unos segundos, pasado el mágico momento  la besé y  abracé olvidando mi propio placer por un instante. Natacha aún jadeaba y se estremecía levemente entre mis brazos.

Con un leve movimiento involuntario de mi pene en su interior Natacha volvió a la realidad y se deshizo de mi abrazo. Con un ligero empujón me apartó y cogió mi polla entre sus manos.

Con satisfacción notó como yo me estremecía de placer y no pude evitar un suspiro ronco cuando se metió la polla en la boca. Con suavidad chupaba y lamía mi miembro cada vez más duro y excitado sin apartar su mirada de mí.

Incorporándose pero sin soltar mi miembro erecto me volvió a besar y continuó masturbándome. Siguió acariciando y tirando de mi polla con rapidez, golpeando mi glande contra el interior de sus muslos hasta que me corrí entre ellos. Sin decir palabra le cogí la cabeza y  la acerqué contra mi pecho aspirando con fruición el perfume de su pelo.

Natacha se quedó quieta esperando pacientemente mientras mi semen resbalaba por el interior de sus muslos.

Finalmente el momento pasó y nos separamos aturdidos. Natacha se acercó a un dispensador de toallitas desechables y sacó unas cuantas para limpiarnos.

-Creerás que soy una furcia –dijo Natacha un poco compungida mientras se limpiaba la mezcla de semen y sus propios jugos orgásmicos que había en el interior de sus muslos.

-No seas tonta –dije yo bajándole la falda y ayudándole a colocarse la blusa –no sé tú, pero yo no te he follado, te he hecho el amor. He disfrutado tanto con tu placer como con el mío.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Bueno, esa es la diferencia entre los hombres y las mujeres; no sólo nos corremos antes –dije sonriendo – también nos enamoramos antes, y yo, desde que entré por esa puerta sabía que tenías que ser mía, y no hablo de un polvo rápido –continué abrochándome los tejanos – si no fuese porque sé que serias capaz de pedir una consulta en psiquiatría te pediría aquí mismo que compartieses el resto de tu vida conmigo.

-En efecto, pediría una consulta a psiquiatría. La doctora Peñón es muy maja aunque más fea que un babirusa me temo.

-¿Un babi qué?…

Un suave toque en la puerta interrumpió nuestra conversación y Felipe, un compañero que tenía cita un poco más tarde entró en la consulta.

-¡Oh! Hola Lobos –dijo Pipe saludándome –perdona, creí que no había nadie.

-No te preocupes Natacha ya ha terminado conmigo, yo ya me iba –repliqué sonriendo a la enfermera.

-¿Qué tal? ¿Salió todo bien? –preguntó Felipe con curiosidad.

-Sí, sí, aunque creo que probablemente tenga que volver mañana, no sé por qué me da la impresión de que estoy incubando algo –respondí yo viendo sonreír esos ojos azules antes de cerrar la puerta tras de mí.