1

La noche era oscura y fría, una noche invernal que cubría con un manto blanco las calles de Oslo, convirtiendo el exterior en un lugar inhóspito cuya vida se ceñía a los inevitables desplazamientos entre los confortables y cálidos interiores de los edificios de la antigua ciudad vikinga.

Markus, como se hacía llamar en aquellas latitudes, había acudido a un congreso médico que se celebraba en un antiguo y lujoso hotel de la ciudad. Le gustaba todo lo que tuviera regusto antiguo, de épocas pasadas, y aunque sabía que “su enfermedad” no tenía cura, aquel congreso le venía como anillo al dedo para distraer su mente de la larga soledad y oscuros pensamientos que llenaban su vacía existencia.

Vivir durante el mes de Diciembre en la capital noruega, pudiendo elegir como residencia cualquier lugar del mundo, no era un simple capricho. Tenía como costumbre tomarse un mes de descanso al año, tras recorrer el mundo de un lado para otro representando distintas vidas, mientras arrebataba la esperanza de otras, y Oslo, con sus escasas seis horas diarias de luz durante esa época del año, era la urbe perfecta para aprovechar el tiempo intentando darle un sentido a su existencia, más allá del instinto de supervivencia.

Para aquella fría noche, al igual que en las dos precedentes, Markus representaría el papel que siempre representaba durante su estancia en la ciudad, el de un prestigioso médico dedicado a una secreta investigación para una acaudalada fundación. Fundación de la que sólo él sabía que era el fundador, y cuyo único miembro era él mismo.

La cena de gala que clausuraba el congreso ya había terminado, y aunque a él sólo le interesaban las conferencias celebradas por puro deleite intelectual, había asistido al banquete atraído por la belleza de una de las asistentes al evento.

Aludiendo a molestias estomacales, Markus no probó bocado de la exclusiva cena que se había servido en el más elegante salón del hotel, pero se divirtió departiendo con el resto de comensales de su mesa, ya liberados de la etiqueta estrictamente profesional, mientras su mirada se cruzaba una y otra vez con la joven beldad que había captado su atención durante el congreso, y que se sentaba en la mesa de al lado.

Durante su estancia en la ciudad nórdica, el atractivo “doctor” de mediana edad se imponía una rigurosa abstinencia, una dictatorial represión de sus apetitos, con el fin de pasar desapercibido y descansar de la continua caza que le llevaba a recorrer el mundo sin despertar sospechas sobre sus actividades. Pero aquella joven había despertado sus instintos y, aunque lo intentó, no pudo evitar sucumbir a ellos. Iniciaría el juego con ella y la convertiría en su presa.

Las mesas del banquete habían sido apartadas, y en una barra se servían las copas que los desinhibidos asistentes consumían sin mesura tras tres largas jornadas de conferencias y mesas redondas intercambiando conocimientos. La presa había conseguido apartarse del corrillo de doctores que la habían rodeado atraídos por sus encantos y, en un rincón más apartado, consumía una copa de champagne observando a sus colegas, cayendo una y otra vez en la cristalina mirada azul de Markus.

El cazador la tenía justo donde quería, habiéndola cautivado con esa mirada que, a ciencia cierta, sabía que era irresistible. Era el momento de pasar a la acción antes de que aquella preciosidad se viese nuevamente rodeada por “doctores amor”, porque, sin duda, aquella joven era la mujer más atractiva de todas las asistentes al congreso, la más sensual de todas las hospedadas en el hotel y, para Markus, la mujer más llamativa sobre la faz de la tierra.

Con paso decidido, una seductora media sonrisa y una penetrante mirada de cobalto, el cazador abordó a su presa, quien lo recibió con una amplia sonrisa y una brillante mirada.

— Supongo que ya estás harta de que te aborden eminencias medio borrachas — dijo Markus, elevando el tono de su voz por encima de la música.

— La verdad es que sí —confirmó ella—, aunque sé que es el precio que hay que pagar por ser una joven becaria. Todos quieren que forme parte de su equipo. ¿También tú vienes a proponérmelo?.

Markus rio con sinceridad.

— No, claro que no —contestó—. Yo no estoy medio borracho, así que no voy a proponerte que seas mi becaria, eso tendrías que ganártelo con unos méritos más trabajados que ser la mujer más bella que he visto nunca.

— Vaya… —dijo ella con un suspiro— Ahora sí que tienes toda mi atención. Entonces, ¿qué quieres proponerme tú?.

La joven esbozó una sonrisa pícara, con una caída de sus largas pestañas mientras estudiaba de arriba abajo al más que interesante madurito que se había plantado ante ella.

Él, seguro de sí mismo, del impacto que causaba en las mujeres, y su capacidad de persuasión, no dudó en su respuesta.

— Te propongo ir a tu habitación y hacerte pasar una noche con la que el mañana ya no importará.

— ¡Joder! —exclamó ella acalorada—. ¡Eso sí es ir al grano!.

«Soy un cazador, preciosa, y tú ya has caído en mi trampa», pensó él clavando su mirada en los enormes y profundos ojos negros de ella.

— Si fueras cualquiera, en otro momento, te habría seducido lentamente, y ambos nos habríamos divertido con ello —le confesó buceando con sus claros ojos en las oscuras aguas de los de ella—. Pero tú eres una excepción, me has deslumbrado. No entrabas en mis planes, y necesito imperiosamente saciarme de ti.

— ¡Uf, qué intenso! —volvió a exclamar ella, visiblemente afectada por las palabras y la mirada—. Pero tengo novio…

— Eso no es más que otro aliciente para hacerme desearte más… Él no está aquí, y tú también me deseas. Quieres ser traviesa por una noche…

— Quiero ser traviesa por una noche… —repitió ella— Me llamo Angélica, y mi habitación es la cuatro-cero-cuatro…

— Mi nombre no importa, pero si te excita saberlo, es Markus. Ve, y espérame allí —sentenció imperativa y seductoramente—. Tu reputación quedará intacta…

No era su reputación lo que le importaba, sino que a él le relacionasen con ella.

Angélica, dudando de si respondía a un deseo propio o a una orden, se despidió con un aleteo de pestañas.

El cazador se deleitó la vista con la gracilidad y elegancia de su presa al marcharse. Aquella joven era una pantera negra, de sensuales, elegantes y felinos movimientos, con una larga y ondulante melena azabache. Lucía para la ocasión un ceñido pero refinado vestido de noche, del mismo color que sus cabellos, que envolvía una espectacular figura de curvilínea silueta y esculturales proporciones, calzando unos vertiginosos tacones de aguja que la elevaban hasta más de metro ochenta de estatura. Pero si aquello aún no era razón suficiente como para romper su autoimpuesto voto de abstinencia, al sondear en los ónices de sus ojos, Markus había adivinado la furia salvaje que rugía en su interior, haciéndola aún más tentadora. Angélica era auténtica caza mayor.

2

Con un simple toque en la puerta cuatro-cero-cuatro, ésta se abrió sola, dando paso a un pequeño recibidor con armario empotrado y la puerta del cuarto de baño. Markus cerró tras de sí, colocando el cartel de “No molestar” en el picaporte, y cerrando el pestillo de la cerradura. Entró en la estancia principal, ricamente decorada con muebles y motivos dieciochescos que le trajeron recuerdos del pasado, y ahí, encontró a su pantera, de pie ante la cama, con las manos sobre sus caderas.

— Ya me parecía que tardabas —dijo Angélica observando de pies a cabeza al atractivo hombre de claros ojos, duras facciones, cabello entrecano e irresistible magnetismo—. Nunca he sido una chica fácil… Y no quiero engañar a mi novio… Pero no sé por qué, estoy dispuesta a hacer una excepción contigo.

— Porque eres mía desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez en la cena —contestó el cazador, acercándose y relamiéndose ante el manjar que se le presentaba.

La joven que tenía ante sí, era un espectacular ejemplo de belleza femenina. Ángélica, a sus veintiocho años, estaba en pleno apogeo de su agraciado físico. Su larga melena oscura como aquella noche, cayendo en cascada hasta la mitad de su espalda, enmarcaba un armonioso rostro de frente despejada; grandes y profundos ojos negros; nariz recta y algo afilada; altos y marcados pómulos: carnosos, sensuales y rojos labios, sobre una tez con un ligero tono tostado. Una auténtica preciosidad cuyos rasgos, en los que se adivinaban antepasados moriscos, eran especialmente exóticos en aquellas latitudes.

La genética se había elevado a la categoría de arte en aquella joven, consiguiendo que el elegante vestido de gala que enfundaba su curvilínea anatomía, permitiese a la vista disfrutar de la forma de un poderoso busto, altivo, generoso pero sin excesos, de redondas formas, y prominente sobre un plano abdomen delineado por los paréntesis invertidos que trazaban una estrecha cintura. Las caderas se ensanchaban, acentuando la curva del talle en perfecta proporción con las dimensiones del exquisito busto, para dar paso a unas largas piernas de firmes muslos. Y en cuanto a su trasero, era el paradigma de la perfecta redondez y consistencia que pueden adquirir unos glúteos cuando la genética y el ejercicio físico se alían para que sobre ellos se pueda hacer rebotar una moneda.

¿Cómo no iba Markus a caer en la tentación de romper sus votos de ayuno y celibato?.

Ante la oscura mirada de la chica, cargada de expectación y deseo, se quitó la chaqueta del exclusivo traje hecho a medida, y con rápida facilidad desanudó su corbata de seda para dejar ambas prendas sobre el respaldo de una silla Luis XVI. Angélica se mordió el labio al comprobar cómo sus fuertes pectorales se intuían bajo la fina camisa de seda italiana.

El cazador tomó a su presa por el talle, constatando que, gracias a los estilizados tacones que ella calzaba, ambos quedaban a la misma altura. En su juventud, él había sido considerado casi un gigante en su lugar de origen, pero las nuevas generaciones habían superado los límites impuestos por la mala alimentación para dejarle en la media de estatura del país en el que, durante aquel mes, residía.

Ella, rodeada por los fuertes brazos de aquel que la había cautivado, posó sus manos sobre su pecho, acariciándolo como queriendo constatar que era real.

— Eres preciosa —susurró él, acariciando su estilizada cintura y bajando suavemente para palpar la redondez de un culo que confirmó su excitante firmeza—. Y esta noche eres mía…

— Esta noche soy tuya —repitió ella, subiendo las manos por su torso para rodearle el cuello con los brazos.

La boca de Markus atrapó los carmesíes labios de la excitante hembra, succionando la carnosidad del pétalo inferior para rozarlo con sus dientes. Ella sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, y un brote de calor y humedad en su entrepierna.

Angélica se apretó al duro cuerpo de quien le había hecho estremecerse, y con su lengua penetró a través de los labios que atrapaban el suyo, para hallar el húmedo músculo de él, que la recibió acariciándola para fundirse ambos en un desesperado beso.

El tacto de la piel de aquel hombre, bajo sus ardientes labios ansiosos por saborearle, le resultó tan gélido como la noche que más allá de esas paredes rompía con una nueva nevada, pero era compensado con el fogoso arrebato con el que él degustaba el aliento de su boca.

Las manos de Marcus recorrieron la exuberante figura de su deseada y, tras su nuca, bajo la sedosa melena, hallaron el nudo que mantenía el elegante vestido sobre su piel. Con habilidad, lo deshizo, y la prenda se abrió por la espalda para deslizarse por la bronceada anatomía de aquella becaria, dejándola en ropa interior.

El modelo de gala no había engañado en absoluto, Angélica tenía un cuerpo escultural, de complexión atlética, firme y tonificado, duro y fibroso, pero sin marcar músculo que denostase mínimamente su curvilínea feminidad.

El cazador rio internamente de pura satisfacción, era evidente que aquella joven había perfeccionado los maravillosos dones que la naturaleza le había dado con un intenso entrenamiento, lo que la revelaba como una persona sana, un manjar aún más exquisito.

El conjunto que llevaba, era fina lencería negra, aquella que hace enloquecer a los hombres, y que Markus intuyó que había sido regalo de su novio para disfrute de ambos. El sujetador, con encaje, era una prenda sincera que transparentaba unos generosos pechos de oscuros pezones erizados, sujetando sin la necesidad de realzar aquellas turgentes tetas, pues su naturaleza voluptuosa no necesitaba de artificios que convirtiesen la mediocridad en excelencia. Y la braguita, también con transparencias y encaje, permitía ver una despejada vulva, hinchada y húmeda, deseosa de ser atacada. Todo en aquella mujer invitaba a la lujuria.

Angélica estudió la reacción de su nuevo dueño ante su casi total desnudez, y vio cómo sus acuosos ojos brillaban de lascivia mientras su cuadrada mandíbula se tensionaba ante una excitación apenas contenida. Sonrió complacida, pero la sonrisa se le borró del rostro cuando, descendiendo la mirada por su anatomía, comprobó que no había una reacción aparente en la entrepierna de aquel que la devoraba con la mirada. Se sintió frustrada, pues ella estaba terriblemente excitada y necesitaba que él la deseara con todo su ser.

Dispuesta a darlo todo, para que realmente no importase el mañana, abandonó su sumisa actitud para pasar al ataque. Estaba completamente segura de lo que era capaz de provocar en los hombres, segura de su irresistible atractivo y salvaje sensualidad, por lo que se desabrochó el sujetador, quitándoselo lentamente para mostrar la exuberancia de sus turgencias como gemelas montañas desafiantes a la gravedad. Y acto seguido, con un sensual balanceo de caderas, deslizó la braguita por sus suaves y tersos muslos hasta que cayó al suelo. Alzando los brazos, como si fuera una sorpresa emergida de una tarta, mostró a aquel hombre la gloria de su desnudez, tan sólo adornada y ensalzada por los vertiginosos tacones sobre los que se erguía.

Él resopló con una media sonrisa dibujándose en sus labios, pero siguió sin haber señal de vida en la zona baja de su cuerpo.

Giró sobre sí misma, dándole la espalda y arqueándola ligeramente para ofrecerle la mejor vista posible de su prieto culito de melocotón, y la reacción ya no se hizo esperar.

En un arrebato de incontrolable hambre carnal, Markus se abalanzó sobre ella, tomándola desde atrás, pegando su cuerpo al de aquella diosa de melena de ébano y suave piel canela, para atraparla entre sus brazos mientras sus manos aferraban esas divinas tetazas para amasarlas con pasión.

Angélica sintió cómo todo su cuerpo se sacudía, y un gemido escapó de entre sus labios, ante el apasionado masaje en sus senos, haciendo que los pezones le ardiesen en contraste con las frías manos que convertían el intenso magreo en una sublime sensación contradictoria, mientras su coñito lloraba de emoción. Pero seguía faltándole algo.

Dejándose hacer, echó su cabeza hacia atrás, empujando con sus nalgas, buscando una esquiva dureza que parecía demasiado contenida en un represivo bóxer, hasta que sintió cómo los labios de aquel hombre le hacían unas deliciosas cosquillas en el cuello. Se entregó a la maravillosa sensación de aquellos besos, cada vez más largos, más profundos, más intensos y succionantes, haciéndole sentir una leve presión con la que esa excitante boca la transportó a un mundo de sensaciones desconocido para ella.

Angélica sentía la lengua de su amante acariciándole, poniéndole la piel de gallina y los pezones como si pudieran ser disparados. Sintió vértigo, y la cabeza comenzó a darle vueltas como en una atracción de feria, mientras que las manos que moldeaban sus pechos de forma maravillosa, se volvían cálidas iniciando un nuevo placer por el cambio. En las prietas carnes de su trasero, sintió la inconfundible presión de una fálica dureza revelando su grosor y longitud entre ellas, y los latidos de su corazón atronaron es sus sienes con un galope desbocado. Con sus fluidos mojando la cara interna de sus muslos, se sentía morir de gusto, a pesar de no haber sido penetrada.

Markus, al fin, había podido saciar el más apremiante de sus apetitos. Con su lengua, saliva y labios, había anestesiado parcialmente la sensible piel del cuello de su presa, y sus agudos colmillos la habían perforado hasta alcanzar la deliciosa arteria carótida, que inmediatamente inundó su boca con un cálido torrente del sabor salado y metálico de la sangre de aquella exquisita becaria. Bebió de ella, escanciando su juventud en su paladar para revitalizar cada fibra de su cuerpo a medida que vital líquido escarlata fluía por todo él, templándolo con su calor y permitiendo que el segundo de sus apetitos se manifestase alzando orgullosamente el estandarte de su virilidad.

El viejo vampiro, inmortalizado en el cuerpo de un atractivo y robusto hombre que había visto la luz unos mil novecientos años atrás, en Roma, con el nombre de Marcus, para abrazar la oscuridad treinta y ocho años después, paladeó la sangre que llevaba semanas sin probar, hasta que sintió que los latidos de su víctima la conducían inexorablemente a la muerte.

Realizando un esfuerzo que casi le resultaba doloroso, cerró los dos orificios del cuello de la joven con una gota de sangre de su propia lengua, no quería acabar aún con aquella belleza, ni que se desangrase por accidente. Con su necesidad primaria ya satisfecha, estaba preparado para gozar de aquella pantera que le había hecho caer en la tentación de poner en peligro su lugar de retiro anual.

3

Los labios de aquel que la estaba poseyendo se despegaron de su cuello y, mareada, Angélica sintió con excitación cómo la verga de aquel macho se apretaba contra su culo, volviéndola loca. Necesitaba aquel instrumento de placer, lo quería todo para ella.

Como flotando en una nube, se liberó del abrazo de su amante, que liberó sus pechos para que pudiera darse la vuelta y enfrentarse a él, quedando cara a cara.

— Quiero comerme tu polla —le soltó, teniéndose en pie a duras penas, a aquel atractivo rostro masculino que se había ruborizado.

El cazador esbozó una perversa media sonrisa.

— Tienes novio pero quieres comerte mi polla sin que haya tenido que utilizar mi influencia sobre ti —le susurró burlonamente—. Me encanta lo ligeras de cascos que sois las mujeres de ahora… ¿Cómo podría negarme ante semejante petición?.

Con dos rápidos movimientos, que la abotargada percepción de la joven no podría entender, se quedó desnudo ante ella, mostrándole un cuerpo musculado por el servicio a la legión, y preservado por el don vampírico.

El Marcus romano había sido un bruto que había aprovechado su superioridad física sobre sus coetáneos para erigirse como un titán, un auténtico arma de guerra, un instrumento de muerte al servicio del emperador. Pero, al poco de licenciarse, trabajando como guardia personal de un patricio, su vida se vio truncada por el encuentro que le llevó a la muerte y dio rienda suelta a su oscuridad interior. En un arrebato de cólera, acabó con su creador, y durante un milenio sembró el terror por el antiguo imperio, las tierras bárbaras y los confines de la sombría Europa que siguió a la caída de su amada águila imperial. Hasta que la propia inmortalidad, con su inexorable y lento avance, le fue puliendo, obligándole a evolucionar para que su mente no se desquiciara por una eternidad de muerte en vida. Al final, tras una larga etapa de constante evolución en la sombra, la llegada del Renacimiento coincidió con el evolutivo salto de su intelecto, haciéndole ver una luz que jamás había tenido en su cerebro, convirtiéndole en un ser no sólo sediento de sangre y sexo, sino también de conocimiento.

Angélica quedó impresionada ante el impacto visual de aquel atractivo y poderoso cuerpo. Lo había intuido por cómo le quedaba el carísimo traje hecho a medida, pero la realidad superaba ampliamente sus expectativas. Markus era todo un David de Miguel Ángel, y ese falo, que se había resistido a alzarse a sus encantos, era un magnífico ejemplar de potencia masculina, con un tronco grueso, suculentamente grueso, y una generosa longitud que se curvaba maravillosamente, con su piel retirada para mostrar un brillante glande, rosado y algo lanceolado, apuntándole a ella con descaro.

— ¡Joder, pero qué bueno estás! —se sorprendió a si misma exclamando.

Markus vio cómo aquella morenaza de increíbles ojos de ónice se ponía de rodillas ante él y, a pesar del debilitamiento por la pérdida de sangre, tomaba su miembro con la mano derecha con decisión, acariciándolo suavemente y haciéndole estremecer. Sus rojos labios formaron una “o” perfecta, y se posaron sobre su balano para besarlo.

— Eso es, preciosa, cómetelo sin dudarlo, que te aseguro que la noche será larga…

Angélica succionó la suave carne y, aunque se sentía muy mareada, disfrutó del salado gusto en su lengua y el cosquilleo en sus labios, cuando bajó el escalón de la corona de aquel cetro para que todo el glande quedase dentro de su boca.

El macho suspiró entre dientes, metiendo sus dedos entre sus largos y sedosos cabellos.

La joven sintió cómo le sujetaba la cabeza, y supo que iba por buen camino, así que chupó aquella suave testa, acariciándola con los labios mientras escuchaba los placenteros gruñidos del afortunado que había conseguido que necesitase y desease hacer aquello. Deslizó su escurridizo músculo por toda la piel, recorriendo el grueso contorno mientras sus labios presionaban la corona, hasta que sintió cómo unas gotas, de consistencia aceitosa, se derramaban sobre su lengua para deleitarle con el sabor de la lubricación masculina. Golosamente, succionó la dura polla, introduciéndosela más en la boca para que alcanzase su garganta, arrastrando consigo el néctar que acababa de degustar.

— Oooohh —gimió Markus, contrayendo los glúteos de puro placer—.Así de profundo… Trágatela entera…

En cuanto tragó saliva, llevando consigo el líquido preseminal, Angélica percibió que se sentía mejor, menos mareada, y más hambrienta. Succionó la pértiga mientras la desencajaba de su garganta y la hacía salir embadurnada con su saliva, hasta llegar a la punta, estrangulándola con sus carnosos labios para volver a introducírsela con gula. Su coño ardía por la excitación de tener semejante herramienta llenándole la boca.

Makus estaba en la gloria. Con todo su ser revitalizado por la exquisita sangre de aquella excitante hembra, podía disfrutar al máximo de su habilidad oral, que le estaba haciendo gruñir con la pericia y gula con la que se tragaba su sable. Sintió cómo succionaba con fuerza, llegando profundo, embriagándole con la calidez de su boca, la suavidad de sus labios, las caricias de su lengua y la presión de su paladar y carrillos, incrementando paulatinamente el ritmo de la mamada, hasta alcanzar una enloquecedora cadencia de voraz succión.

Cuanto más comía de aquella dura carne, mejor se sentía Angélica. Estaba terriblemente excitada, siempre le había encantado comerse una buena verga, pero es que, además, la sensación de debilidad que había sentido se estaba mitigando, animándole a dar lo mejor de sí misma en aquella felación. Así que chupó aquel cetro como si la vida le fuera en ello, con tal pasión recorriendo todo el troco con sus labios para sentir el balano alojándose en su garganta, que en poco tiempo sintió sobre su lengua cómo el duro músculo palpitaba.

Markus constató que no se había equivocado. Aquella becaria, además de un delicioso alimento para apagar su sed, y un magnífico exponente de sensual belleza femenina, era una hembra salvaje por la que merecería la pena arriesgar su lugar de retiro. La espartana abstinencia a la que se había sometido, y la excelencia de aquella felación, le pasaron una placentera factura. Sujetando aquella suave melena azabache, entró en erupción dentro de la boca de la joven, inundándola con su estéril simiente entre temblores de todo su cuerpo.

La cálida leche irrumpió con furia contra el paladar de Angélica, saturándola con su sabor a hombre, abrasándole la lengua con su densa textura. ¡Cómo le gustaba esa sensación!. Le encantaba sentir cómo los hombres se derretían en su boca, cómo eyaculaban su sabrosa leche con una pasión desatada, obligándole a seguir chupando para obtener de ellos hasta la última gota del exclusivo elixir. Y el semen de aquel macho era especialmente delicioso y abundante, convirtiendo en un auténtico placer el ingerirlo para sentir cómo se deslizaba por su garganta, cálido y revitalizante como un trago de buen ron añejo.

Sintiendo cómo la golosa hembra apuraba los últimos lechazos de su convulsionante miembro, Markus tuvo que contener sus impulsos para no aplastar entre sus manos, con su sobrenatural fuerza, la linda cabeza que le estaba transportando a un cielo que él jamás vería.

Tragando hasta que su nuevo dueño se vació en ella, Angélica se sintió renovada, totalmente recuperada de su extraña debilidad, recargada de una estimulante energía que la hizo sentirse mejor que nunca, capaz de cualquier cosa. Y en aquel momento deseó, aún más, al terriblemente atractivo hombre que había despertado su lado más salvaje.

Con una última succión, comprobó que aquella suculenta virilidad no languidecía tras su catarsis, por lo que se puso en pie exultante.

— ¿Aún estás listo para darme lo que has alardeado? —preguntó provocativa.

— Yo no necesito descansar —respondió él con su cautivadora media sonrisa—. Lo que yo voy a darte, tu novio no podría dártelo en un millón de vidas. Te voy follar hasta matarte…

— ¡Uf! —suspiró ella, acariciando su fuerte torso—. Con que cumplas la mitad de lo que prometen tus palabras…

Aquella chica no sólo era un bombón, era una auténtica diosa lujuriosa, y Markus sabía que podría gozar de ella en toda su plenitud, a pesar de haberla desangrado parcialmente, pues la ingesta de cualquiera de sus fluidos producía un efecto regenerativo en los humanos, y aquella voraz muchachita había tomado una buena ración de semen.

Se abalanzó sobre ella, llevado por el deseo desatado, tomando sus orgullosos pechos con ambas manos y estrujándolos con lascivia. Esas tetas, de suave piel canela, eran una maravilla de joven turgencia, generoso volumen globoso y moldeable consistencia, unos senos dignos de coronarse entre los mejores de los miles que habían pasado por sus manos.

Conteniendo el impulso de clavar los colmillos en ellos y acabar precipitadamente con el juego, se los comió con ansia, introduciendo en su boca cuanta carne era capaza de abarcar, amamantándose de ellos mientras Angélica gemía extasiada. Lamiendo los marronáceos y erizados pezones con su veloz lengua vampírica, empujó con su pelvis para hallar la humedad de la vulva que se derretía ante aquel vigoroso tratamiento pectoral, sintiendo en toda la longitud de su lanza que aquella gruta emitía tanto calor como la boca del infierno.

Bajó una de sus manos, y atenazó uno de los redondos y prietos glúteos de su presa, oprimiéndola más contra él, mientras incidía una y otra vez entre los labios vaginales con su pétrea barra de carne, deslizándola arriba y abajo, en toda su longitud, frotando con su dureza el erecto clítoris para hacerlo vibrar.

— Joder, joder, joder… —repetía Angélica entre jadeos, totalmente entregada al placer con sus brazos sobre los hombros de su amante.

Sin dejar de comerse los dulces melones, y amasarlos con una mano como un panadero, el vampiro siguió embadurnando su verga con el cálido zumo de hembra, a base de rápidos movimientos de frotación del sensible botón, mientras la mano que se aferraba a la firme nalga estiraba uno de sus dedos para, repentinamente, colarse entre las dos rocas de río y profanar con decisión el tierno agujerito escondido entre ellas.

— ¡Oooooh! —gritó la perforada con sorpresa y gusto—. ¡Es demasiado!.

Haciendo caso omiso, pues la falange había entrado con facilidad confirmando que aquel ano estaba entrenado en los placeres traseros, Markus efectuó un rápido mete y saca acompasado con el empuje de su pelvis.

Angélica sintió que se derramaba, convulsionándose todo su cuerpo con un glorioso orgasmo que recorrió toda su anatomía como ondas sísmicas en la corteza terrestre.

— ¡Dios, qué bueno eres! —exclamó experimentando sus últimos ecos.

— No he hecho más que empezar —contestó él, incorporándose para quedar cara a cara—. Te he dicho que eres mía, y ahora te voy a poseer.

Agarrándola del culo para alzarla con pasmosa facilidad, Markus tomó a su víctima de los muslos, le abrió las piernas, y la ensartó con su pértiga hasta sentir sus perfectas nalgas golpeando sobre sus propios muslos.

La joven gritó sorprendida y complacida al sentir, repentinamente, cómo la dura barra de carne que le había llevado hasta el delirio frotándole el clítoris, abría su intimidad sin esfuerzo para penetrarla hasta dejarla sin aliento, con un golpe seco que encajó toda su longitud y placentero grosor en su hambrienta vagina, dilatándole por dentro para hacerla sentirse llena de hombre.

Con la presa bien ensartada en su arma, disfrutando de las poderosas y exquisitas contracciones de un coño estrecho y ansioso, Markus la agarró de su redondeado culo, comprimiéndoselo con pasión mientras lo subía y bajaba sobre su asta, fusionándose las pelvis de ambos.

Angélica nunca se había sentido manejada así, con semejante facilidad, como si su liviano peso fuera inexistente. Montada sobre aquel semental, aplastada contra él, se sentía como un instrumento para obtener placer, manipulada con destreza y precisión para que los potentes músculos de su vagina estrangulasen al invasor que le hacía jadear de puro gusto, y era tan increíblemente excitante y placentero…

De pronto, envuelta en una vorágine de placer con el que todo su cuerpo vibraba, y sin saber cómo había llegado hasta ahí, se encontró tumbada sobre la cama, con sus piernas abrazadas a las caderas de aquel potente macho, clavándole las uñas en la musculosa espalda, y con sus pechos meciéndose como dos enormes flanes agitados en sus platos, mientras éste la follaba salvajemente con un vigoroso mete y saca de endiablado ritmo y profundidad, derritiéndola por dentro con su punzón al rojo vivo, mientras su pubis machacaba incesantemente la sensible perla para hacerle alcanzar un brutal nuevo orgasmo.

El depredador estaba gozando como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Aquella sensual belleza que había captado su atención desde que la vio en la primera conferencia del congreso, aguantaba su fiero ritmo y le pedía aún más, incitándole con sus uñas y exprimiéndole con su coño mientras sus bamboleantes senos le hipnotizaban con su danza. Hasta que todo su lujurioso cuerpo se convulsionó, arqueándosele la espalda sobre el lecho para formar un excitante puente veneciano, alzando sus pechos hacia el cielo en una catarsis con la que aulló extasiada mientras él seguía embistiéndola sin desfallecer, glorificando su éxtasis para solo detenerse cuando la vorágine orgásmica, al fin, declinó.

— Me has matado de placer —dijo Angélica, reponiéndose de la brutal experiencia.

«Aún no, preciosa», pensó él, «pero ese será tu inevitable final…».

— Pero tú no te has corrido —observó la chica con un tono de decepción—. Sigo sintiendo tu polla durísima clavándoseme… Ummm, me encantaría sentir cómo te corres dentro de mí… ¡Quiero follarte hasta dejarte seco!.

— Entonces tendrás que esforzarte —contestó Markus esbozando su media sonrisa de perversión.

«Conseguirás que me corra, pero serás tú la que se quedará seca cuando acabe de divertirme contigo», dijo para sus adentros.

Markus sacó su acero de la deliciosa vaina que lo había recubierto con su orgásmica lubricación, y la joven, sintiéndose liberada, rápidamente giró para ponerse sobre él, dispuesta a darle su merecido. Pero el vampiro no estaba por la labor de otorgarle completamente el control, por lo que en cuanto la tuvo a horcajadas sobre él, la agarró del culo, y sin darle tiempo a terminar de incorporarse, la sentó sobre su polla ensartándola hasta el fondo.

Angélica volvió a gritar, de nuevo sorprendida y complacida por la poderosa sensación de recibir ese pétreo músculo abriéndola por dentro. Su mente se quedó en blanco, obnubilada por el placer, y todo su cuerpo respondió a él, relevando a su mente del mando para comenzar con un suave contoneo de caderas, realizando movimientos circulares con ellas para deleitarse con la dureza, longitud y grosor de aquel invasor alojado en su santuario de feminidad.

Markus gruñó de puro placer, su presa sabía moverse, y ese encharcado coño era un formidable anfitrión para su exultante virilidad. Ardía devorando su polla con un poderoso masaje y hambre de postguerra, obligándole a elevar su cadera para que su amazona se irguiera completamente sobre la montura, clavándose en ella como los cuerpos de los enemigos en su gladius durante las batallas de una juventud que hacía casi dos milenios que había dejado atrás. Y esa moderna Venus era preciosa, un auténtico regalo para la vista y todos los sentidos, una diosa del Olimpo reencarnada en el avanzado mundo moderno para hacerse suya durante una noche, y darle el néctar y ambrosía que su naturaleza, procedente del mismísimo Plutón, tenía prohibido probar.

El antiguo y rudo legionario, reconvertido en sofisticado y culto hombre moderno, se recreó contemplando las muestras de placer que se dibujaban en aquel agraciado rostro que le observaba desde las alturas, mientras parecía querer sacarle punta a su ya agudo pilum acelerando el movimiento de sus caderas. Sus grandes y fascinantes ojos negros contenían una llama de lascivia en su oscuridad, mientras sus rojos labios, como una fresa madura, eran castigados por las perlas de sus dientes para ser inmediatamente lubricados con la erótica caricia de su lengua. Su ondulada melena, de oscuro brillo, se agitaba con la cabalgada y caía en siniestra cascada sobre las magníficas protuberancias de sus pechos, ocultándolos parcialmente para asomar insistentemente, entre los sedosos cabellos, los tostados y erectos pezones que invitaban a ser pellizcados.

Las manos del vampiro, calientes por la sangre que las había alimentado, acudieron a la llamada de esas exquisitas cúspides mamarias, apartando los cabellos para poder admirar y palpar la perfecta redondez de unos generosos pechos, adornados con esas marronáceas areolas cuyo erizado centro apuntaba al frente con descaro. Pellizcó los pezones, provocando un placentero quejido en su amazona, y ésta aceleró el ritmo de la cabalgada, haciendo que sus gloriosas tetas bailasen al ritmo de sus caderas.

Escuchando los jadeos de la hembra embriagada de placer, masajeando su enhiesto músculo con experta lujuria, Markus atrapó los voluptuosos atributos femeninos y los estrujó con sus dedos, disfrutando de su suavidad y turgencia.

Angélica se sentía como borracha, ningún hombre le había excitado tanto como para hacerle perder completamente los papeles, pero cuando esas experimentadas manos oprimieron sus pechos, dándole un vigoroso e increíblemente satisfactorio masaje, mientras la potente polla le abría las entrañas, la cordura se desvaneció de su mente para hacerle botar salvajemente sobre su montura, deslizándose arriba y abajo por la lanza que la ensartaba, haciéndole gritar. La sentía punzándole la boca del útero, mientras sus nalgas aplaudían cada profunda penetración sobre los muslos del macho, arrastrándola irremediablemente hacia un nuevo orgasmo.

Markus se sintió tan vivo como casi veinte siglos atrás, tan irónicamente vivo como en aquella noche en la que los latidos de su corazón se desbocaron para acabar deteniéndose, y sólo reiniciarse con el bombeo de una sangre ajena que le abrió las puertas de la oscuridad eterna. El éxtasis recorrió cada fibra de su preternatural ser, y se corrió con furia, expeliendo el ardiente producto de su excitación con gratificante generosidad en el interior de su poseída.

Cuando sintió el hirviente semen del macho regando sus entrañas, Angélica se sintió transportada a la más alta cumbre de cuantos orgasmos había experimentado jamás. Perdió toda noción de la realidad, convertida en un ser sensorial incapaz de contener en su cuerpo tanto placer, explotando como una supernova originada en el universo interior de su coño, para expandirse con espasmos e incontenibles contracciones, propagando la excelsa sensación a cada átomo de su ser. Hasta que se derrumbó, relajada, sobre el pecho de su amante.

— Lo has conseguido, preciosa —susurró el satisfecho cazador, atrapándola entre sus brazos.

— Jamás imaginé que pudiera ser tan intenso… —murmuró la presa contra el fuerte torso.

— Porque no sabes de lo que soy capaz —contestó él con una sonrisa burlona.

— Tampoco tú sabes sobre mí…

— Sé lo suficiente: que eres una espectacular diosa que necesitaba a alguien que explorase tus límites, porque es evidente que tu novio nunca los ha alcanzado. Yo te voy a hacer traspasarlos, y para ello voy a comerte como él nunca te ha comido, porque eres deliciosa.

— Como él nunca me ha comido… —repitió ella sintiendo un escalofrío.

Angélica quedó a merced de su dueño cuando la hizo girar para dejarla inmóvil bajo el peso de su duro cuerpo de guerrero curtido en mil batallas. Sintió los apremiantes labios sobre su cuello, y todo su cuerpo se estremeció ante la perspectiva de un beso tan profundo como aquel que la había hecho suya, pero, sujetándola por las muñecas sobre su cabeza, su amante descendió hasta la clavícula, haciéndole sentir en todo momento que su polla seguía poderosamente erguida, presionándole el pubis.

Markus descendió hasta las turgentes glándulas mamarias, cuyos pezones volvían a erguirse como pagodas coronando los divinos montes, y se las comió succionando cuanto volumen fue capaz, sintiendo en su miembro cómo la humedad volvía a hacerse presente en la entrepierna de aquel exquisito bocado, mientras su lengua jugueteaba con las erizadas cúspides. Continuó descendiendo, aspirando el penetrante aroma a hembra que saturaba su olfato a medida que lo hacía, arrastrando su lengua por el plano vientre mientras sus manos tomaban el relevo de su boca en la cordillera franqueada.

La joven temblaba sintiendo cómo las caricias linguales y besos que habían estimulado maravillosamente sus pechos, se acercaban a la gruta que había vuelto a encender sus calderas para recibir calurosamente al que se anticipaba como su huésped. Y éste no se hizo esperar. Un cosquilleo en sus labios mayores le hizo suspirar para invitarle a entrar, y el invitado no dudó en abrirse paso entre pliegues carnosos para penetrar con húmeda facilidad por la abertura, arrancándole un gemido cuando la punta de la escurridiza lengua traspasó el umbral de sus placeres.

— ¡Dios, qué gusto!, cómeme entera —se sorprendió a sí misma pidiéndole.

Aquel mojado músculo se agitó en la antesala de su coñito, haciéndola gemir y lubricar para su comensal, y subió para pulsar su sensible botón mientras el masaje en sus pechos se intensificaba. Angélica nunca se había sentido tan abandonada a las sensaciones, como si no tuviera más voluntad que ser devorada, pues en aquel instante, ser devorada era lo único que deseaba, sin importarle nada más.

La lengua abandonó su clítoris, pero no hubo lugar para la decepción, porque inmediatamente se coló en su vagina, poniéndose dura para penetrarla y retorcerse en su entrada.

— Soy tuya, soy tuya, soy tuya… —se oyó repitiendo una y otra vez, tomando las manos de su amante para, juntos, intensificar aún más el masaje en sus pechos.

El vampiro degustó el exquisito zumo de hembra, como una golosina que no alimenta pero sí satisface al paladar y, llevado por el incitante calor que sentía y le llamaba, tuvo la necesidad de profundizar.

— ¡Oh, Dios mío! —gritó Angélica.

Sintió cómo los labios de su amante se acoplaban a su vulva, y el húmedo músculo que lamía sus labios menores introduciéndose entre ellos apenas unos milímetros, parecía prolongarse, penetrándola para introducirse en su coño más allá de lo imaginable y retorcerse como una escurridiza anguila acariciando sus paredes internas. La joven nunca había experimentado nada parecido, jamás había sentido una lengua tan dentro, ni en sus más alocadas fantasías había imaginado que aquel apéndice pudiera profundizar tanto como para contorsionarse jugosamente en su vagina, volviéndola loca con el húmedo estímulo de su punto “G” y todo su interior, como si fuera una polla dotada de la movilidad de una serpiente recién decapitada.

El orgasmo, repentino y precipitado, sorprendente y poderoso, le sobrevino convirtiéndola en un cuerpo incandescente, entrando en combustión, y haciéndole emitir un largo suspiro cuando toda ella se relajó, sintiendo el cosquilleo que le produjo la sobrenatural lengua deslizándose por su coñito para retirarse, dejándola completamente agotada y confusa.

Con el exclusivo e intenso sabor del orgasmo femenino deleitando aún sus papilas, Markus volvió a sentirse hambriento, como quien toma un aperitivo para abrir su apetito antes de darse un verdadero festín. Soltó los castigados pechos de su presa, y descendió besando la suave y sensible piel de la cara interna del terso muslo izquierdo de la chica, acariciándola con sus labios y lengua, hasta que sus colmillos perforaron la dermis alcanzando la gruesa arteria femoral para saciar su hambre.

Con las manos sobre sus doloridos y excitados pechos, tras ser abandonados por las manos de su amante, Angélica sintió cómo aquel dios del sexo, que jamás desfallecía, descendía besando uno de sus muslos mientras metía las manos bajo su culo para sujetarla apretando sus glúteos. Los besos eran deliciosos, suaves al principio y profundos después, tan profundos, que sintió una presión y posterior succión que la hicieron flotar como drogada.

Como ya le había ocurrido al principio de aquella maratoniana sesión de sexo, la cabeza comenzó a darle vueltas, los latidos de su corazón se aceleraron como en los momentos álgidos de su entrenamiento físico, y sintió cómo todo su cuerpo parecía transfigurarse en el de una muñeca de trapo.

El vampiro bebió la cálida y especialmente deliciosa sangre de su víctima, sintiendo cómo su vida fluía a través de aquella arteria para atravesar su garganta, saciando su sed y satisfaciendo su ego de poderoso ser superior. Tuvo el impulso se acabar con todo en ese instante, de desangrar a Angélica y dar por concluida una magnífica velada. Pero la invernal noche de Oslo era larga y aún joven, y esa becaria era un manjar demasiado exquisito y poco común como para no seguir disfrutando de él en todos los aspectos, por lo que decidió cerrar las laceraciones. Aquella yegua aún podía ser montada, regalándole más de una buena cabalgada, para despedirse por todo lo alto de la ciudad que había sido su recurrente lugar de retiro en el último medio siglo.

4

Había dejado a la joven medio muerta y, seguramente, si su constitución hubiera sido más débil, no habría sobrevivido a la sed vampírica. Pero Angélica era fuerte, salvaje, y con unas ganas de vivir que Markus admiró. Sería una pena matarla poco antes del amanecer, pero era el inevitable final. El viejo vampiro no dejaba cabos sueltos.

La necesitaba en buena forma, puesto que, con el erotismo de ese irresistible cuerpo desnudo y su sangre revitalizando todo su ser sobrenatural, la erección del antiguo legionario y su capacidad para correrse quedaban mucho más allá de los límites humanos, convirtiendo su verga en un perpetuo volcán alimentado con la incandescente e inagotable lava de las entrañas de La Tierra.

Markus ascendió por la excitante anatomía de la deliciosa joven, que jadeaba tratando de recobrar el aliento, incapaz de moverse, y ante sus bellos e incrédulos ojos de ónice, colocó su grueso glande entre los carnosos labios, cuyo natural color carmesí se había tornado pálido en un lívido rostro, para penetrarlos e introducirle la polla en la boca con un empuje pélvico.

Angélica, inmóvil, débil y sudorosa, con su mente perdiéndose en una nebulosa, observó cómo los marcados y atractivos abdominales de aquel que la había dejado desfallecida, se aproximaban a su rostro mientras sentía cómo un grueso, duro y cálido objeto presionaba sus labios introduciéndose entre ellos para llenarle la boca con palpitante carne. El regusto de la lubricación masculina recorrió su lengua con el avance, y cuando la cabeza de aquel cetro llegó a su garganta, su mente se despejó para constatar que su cavidad bucal había sido invadida por la sabrosa polla de aquel insaciable hombre.

Sabiendo que su sometida no tardaría en recuperar vigor con el tratamiento para su debilidad que le estaba suministrando, Markus se folló esa cálida boca de suaves y jugosos labios con una cadenciosa bajada y subida de caderas, sacando y metiendo su potente verga para deslizarla por una lengua que empezaba a recobrar la vida.

El sabor de la aceitosa muestra de excitación que seguía derramándose, gota a gota, sobre su lengua para terminar siendo tragado, excitó tanto a Angélica, que empezó a colaborar en su propia violación bucal, acariciando con su lengua al duro invasor para obtener más de ese delicioso elixir. Su mente se había despejado, y experimentó cómo iba recobrando sus fuerzas, permitiéndole chupar ejerciendo presión con sus labios, y succionar con ganas la barra de carne que entraba y salía de su boca.

Esa cálida cavidad comenzaba a darle mayor satisfacción, obligando a Markus a contenerse cada vez que profundizaba instalando la punta de su lanza en la estrecha garganta que la envolvía. Esa becaria era una auténtica viciosa, a pesar de su evidente debilidad por la pérdida de sangre, chupaba con ganas, y ya había subido las manos para agarrar su culo y apretar sus glúteos en tensión, siendo ella misma la que pedía más y más.

En aquel momento, el depredador tuvo la seguridad de que la chica le había mentido afirmando que no quería engañar a su novio. Estaba seguro de que era algo que hacía muy habitualmente. Semejante bellezón, con tamaño apetito, seguro que se había tragado las pollas de cuantos atractivos doctores se le habían puesto a tiro. Pero eso a él no le importaba, porque esa noche era suya, y cuando terminase con ella, ya no sería de nadie más.

A pesar de ser él quien marcaba el ritmo de la mamada, la creciente gula de su felatriz, cada vez más ansiosa, más placentera y succionante, le hizo saber que estaba lista para darle la mejor de las satisfacciones, por lo que le sacó el miembro de la boca para ponerse de pie en la cama, agarrándola de la nuca y ayudándola a incorporarse y sentarse para volver a meterle su rabo hasta la garganta.

Angélica se vio sorprendida por la brusca maniobra. Ahora que se sentía mejor, deseaba comerse esa verga hasta obtener su cálida leche, haciendo innecesario el que casi se ahogase cuando aquel glande penetró dilatándole la garganta. Pero parecía que aquel que se erigía como su amo, tras dos corridas, necesitaba experiencias más fuertes, así que sintió cómo le tiraba de su negra cabellera para sacarle el bate de la boca.

— Ahora sí que voy a follarme bien esa preciosa cara de viciosa que tienes —dijo Markus desde las alturas.

Angélica, con lágrimas en los ojos, asintió con sumisión. Ella también lo deseaba, y la violencia, con cierta medida, le excitaba sobremanera.

El experimentado dios del sexo agarró bien la larga melena azabache, enrollándola en sus manos como si tomara unas riendas, y metió de golpe su estaca entre los rosados labios, que la recibieron acompañando el empuje con una exquisita succión que le hizo vibrar hasta que la fina nariz de su esclava contactó con su pubis. Markus rugió de placer.

A pesar de verse obligada, la joven tenía auténtica necesidad de comerse esa verga, por lo que chupó con todas sus ganas, hundiendo sus carrillos y tragando saliva para devorar el marmóreo falo con el que aquel dominante hombre le follaba la boca con rudeza, tirando de sus cabellos y atrayéndole hacia él con movimientos pélvicos.

¡Qué bien se tragaba su polla aquella becaria!, ¡menuda experta mamadora estaba hecha!. Markus sólo había conocido a una mujer capaz de rivalizar con ella, una sensual vampiresa que había conocido dos siglos atrás, en uno de sus viajes por Oriente Medio. Aquella experta felatriz decía ser la mismísima Cleopatra, y había variado su dieta para alimentarse, casi exclusivamente, del semen de todos los hombres que vivían en la región. Podía comerse unos cincuenta rabos cada noche y, el refinado aristócrata que él era en aquella época, disfrutó de su peculiar hambre y pericia durante un mes, al cabo del cual constató que estaba completamente loca. La inmortalidad la había trastornado, volviéndola peligrosa, así que tras eyacular en su boca por enésima vez, Marcus le arrancó la cabeza sin miramientos, para decepción de todos los habitantes masculinos del lugar cuando supieron de su desaparición.

El macho gruñía follándole la boca con violencia, pero cuanto más lo hacía, mejor se sentía Angélica, haciéndola esforzarse en cada chupada como si la vida le fuera en ello. Hasta que, tras unos minutos de tirones de pelo, idas y venidas pélvicas y cervicales, y engullido de pétrea carne, sintió la cálida explosión de denso néctar masculino anegando su garganta, obligándole a tragar con más empujones de polla perforándole los labios, llenándosele los carrillos con borbotones de mucilaginosa leche de macho que la joven se esmeró en tragar ávidamente.

Markus se corrió gloriosamente dentro de aquella boca, con una abundante corrida que eyaculó con varios espasmos mientras no dejaba de mover su convulsionante virilidad, adelante y atrás, en la divina cavidad. Hasta que sintió que se vaciaba, observando con deleite cómo la preciosa hembra tragaba los últimos lechazos, con sus labios habiendo recuperado su intenso color rojo, y su tez reanimada con color en sus mejillas.

Angélica se sintió como si resucitase, completamente renovada, plena de energía, y miró exultante al hacedor de aquella sensación, quien la miraba desde las alturas con su media sonrisa, los claros ojos inyectados en sangre, y su erección reacia a decaer.

— Mejor ahora, ¿verdad? —le dijo él con sarcasmo.

— Me siento con fuerzas para lo que sea —contestó ella.

Con la frase aún flotando en el aire, sin posibilidad siquiera de pestañear, Angélica se encontró colocada a cuatro patas sobre la cama, con Markus de rodillas tras ella y su lanceolado glande apuntando directamente hacia sus nalgas, preparada para ser enculada.

La criatura, en un alarde de su vampírica fuerza y velocidad, dejando de lado cualquier enmascaramiento que revelase su condición, manejó a la chica como a un títere, colocándola en la posición idónea para materializar lo que había deseado desde el primer instante en que había visto ese redondo culito meneándose por la sala de conferencias del hotel.

Por unos instantes, recreó su aguda vista de cazador nocturno con la esplendorosa imagen de aquel joven culo de perfectas proporciones, tersa piel canela y excitantes nalgas respingonas de forma redondeada. Tomó los divinos glúteos con sus manos, y los acarició presionándolos para deleitarse con su firmeza, escuchando a su presa suspirar. Aquel era un culo esculpido para el pecado, y Markus era un gran e incorregible pecador.

Colocó su glande entre las dos ribereñas rocas, deslizándolo entre ellas con la suavidad que proporcionaba la saliva de la becaria embadurnando toda su verga.

— Jodeeeerrrr… —expresó ella ante la sublime sensación del rígido músculo acariciando sus cachas para instalarse entre ellas, arqueando la espalda y ofreciéndole a su semental la más erótica visión de su cuerpo dispuesto.

— Eres puro fuego, preciosa —le dijo él desde atrás—, y yo me quiero quemar.

Su balano halló la suave y delicada piel del ano, presionándolo para constatar que éste estaba relajado por la excitación y completamente receptivo a lo que estaba por llegar. Eso lo haría todo más fácil, para hacerles disfrutar a ambos, pero aunque no hubiera sido así, a Markus le habría dado igual. Los gritos de dolor eran la banda sonora de su existencia, llegando, incluso, a resultarle afrodisíacos. No pocas veces había disfrutado torturando a sus víctimas, saboreando su dolor, sufrimiento y terror, sobre todo durante el primer milenio de su azarosa no-vida. Pero esta no sería una de aquellas ocasiones.

Atenazando con firmeza las anchas caderas de la yegua, el jinete tiró de ella y empujó poderosamente con su pelvis. Su ariete traspasó la estrecha entrada con brutalidad, insertándose por el ojal para que toda la gruesa longitud de su polla penetrase profundamente por el estrecho conducto, dilatándolo a su paso, hasta que su pubis resonó como una bofetada al golpear las duras nalgas.

— ¡Aaaahh! —gritó Angélica con la mezcla de dolor y placer que le produjo semejante perforación, quedándose sin respiración cuando, con el chasquido en sus glúteos, quedó completamente empalada.

Con gusto había sentido cómo la punta de la lanza de su jinete había presionado su agujerito, abriéndolo y asomándose a él, provocándole un delicioso cosquilleo y sensación de apertura. Pero la salvaje embestida con la que le había clavado el pitón, había dilatado violentamente su entrada, haciéndosela sentir como un aro de fuego cuando la gruesa corona exigió el máximo diámetro del ojal, pero relajándose levemente, para su alivio, al dar paso al resto del duro tronco introduciéndose a fondo y arrastrándose por sus entrañas. El azote en su culito, con la pelvis del macho, había sido sublime para ella.

Su cuerpo, acostumbrado a darse con cierta frecuencia un homenaje con la práctica de la sodomía, no tardó en aceptar de buen grado el grosor de esa anaconda refugiada en su estrecho conducto, experimentando una agradable sensación que hizo desaparecer el inicial ardor anal.

Markus había clavado su fuste a fondo, sintiéndolo asfixiado en las profundidades de ese joven cuerpo que lo comprimía de forma maravillosamente placentera. Lo deslizó hacia atrás, escuchando un incitante suspiro femenino, y volvió a embestir con dureza, enterrándolo nuevamente entre las vibrantes carnes de la inmovilizada hembra.

Inició un poderoso bombeo, adelante y atrás, meciendo sus caderas y tirando de las de su montura; golpeando rítmicamente con su pelvis las rotundas nalgas, que resonaban como los tambores de boga de las galeras, marcando el compás de los placenteros gemidos de la joven.

Angélica creía morir de puro gusto, ese hombre era un paradigma de viril potencia que taladraba su culo sin compasión, extasiándola con el grosor de esa polla que la abría en canal, haciendo y deshaciendo el camino a sus más sublimes placeres para hacerla gemir sin descanso.

Sintiendo cómo los fluidos de su excitación manaban de su coñito para escurrir cálidamente por sus muslos, sus colgantes pechos se balanceaban con los continuos envites, para su propia satisfacción, mientras sus nalgas vibraban con cada azote de pubis recibido.

Con sus gemidos, la presión de sus entrañas y el empuje de su culo hacia atrás, aquella indómita yegua le estaba pidiendo a Markus que le diera duro, y él respondió a su deseo, tomándola de su estilizada cintura para aumentar la velocidad y potencia de sus embates, penetrándola con furia para hacerla gritar, mientras él mismo gruñía de puro placer.

Su lujurioso empuje se hizo tan vigoroso, que venció la resistencia de los brazos de Angélica, hundiéndole la cara en la almohada para que su apetitoso culo de melocotón se alzase abriéndose más.

Con su verga flexionada por el nuevo ángulo de penetración, Markus disfrutó de la estimulante mezcla de dolor y placer, castigando con rabia la grupa de la joven, rebotando una y otra vez contra sus compactos glúteos, fustigando su babeante coño con sus testículos para escucharla sollozar de puro gozo.

Hacía siglos que el cazador no disfrutaba tanto dando por culo, y el de esa presa era magnífico, el más delicioso que había tenido la oportunidad, consentida o no, de perforar.

Con su trasero en alto, enrojecido por la azotaina que estaba recibiendo, su clítoris vibrando por el repiqueteo testicular en su vulva, y todo su cuerpo temblando de placer, Angélica agarraba la almohada, tratando de ahogar los lastimeros quejidos que escapaban de su garganta, y que fuera de contexto habrían podido ser de sufrimiento. Nada más lejos de la realidad, aquel potente invasor de sus entrañas le estaba llevando al paraíso.

El esclavo de la lascivia, sin sacar la espada de la vaina, detuvo momentáneamente el bombeo, levantando sus rodillas para acuclillarse y volver a coger el mejor ángulo de penetración de ese culo en pompa. Lo taladró sin miramientos con su broca, obligando a aullar a la chica, hasta hacerle ceder con su empuje, dejándola tumbada boca abajo con su peso aplastándola, y la verga bien insertada entre sus prietas cachas.

Angélica se sintió atrapada, deliciosamente ensartada, jadeando con su rostro de perfil sobre la almohada, mientras sus glúteos se contraían exprimiendo al instrumento de su soberbio disfrute. Un nuevo orgasmo estaba a punto de desatarse.

El vampiro se levantó sobre los brazos sintiendo, con infinita intensidad y gusto, cómo el prieto culo de esa becaria le oprimía como si quisiera arrancarle la polla. Incluso para él, tras varias corridas seguidas, aquello era demasiado. Empujó con las caderas, una y otra vez, presionando las duras nalgas, rebotando en ellas y sintiendo un enloquecedor tirón y fricción en su miembro que le obligaba a seguir martilleando, a punto de alcanzar la catarsis, pero sin lograrlo.

Con sus pechos aplastados sobre el lecho, y sus ingles incrustándose en el colchón, Angélica no pudo soportar más el continuo empuje en su culo y la profunda penetración en sus entrañas.

— ¡Me revientas, me revientas, me revientaaaasss…! —gritó, gozando de cómo todo su cuerpo se tensaba con un apoteósico orgasmo.

Markus rugió como el animal nocturno que era, extasiado con el poder de constricción de su sometida, tan intenso y placentero, que explotó en una rabiosa corrida con la que inyectó una abundante cantidad de inerte simiente vampírica en el recto de Angélica.

Ella, en plena cima orgásmica, se sintió catapultada hacia la estratosfera cuando notó la hirviente corrida derramándose en sus entrañas como un cirio que, repentinamente, se derritiera en su interior. Y disfrutó como nunca del sinérgico encadenamiento de dos éxtasis que la llevaron hasta el delirio para, finalmente, volver a la realidad de su cuerpo postrado en la cama bajo el peso de su increíble amante, con un largo suspiro.

El antiguo legionario desenvainó su gladius, quedando sentado sobre sus talones para observar las excitantes redondeces, coloradas por su castigo, que le habían proporcionado la mejor batalla de su inmortalidad. Se sintió tentado de darles un mordisco, pero sabía que el siguiente que diera, debía ser mortal.

Para deleite de sus acuosos ojos, ayudándole a no caer en la tentación, observó cómo Angélica se daba la vuelta, mostrándole, una vez más, la belleza de su fiero rostro y la maravillosa perfección de su cuerpo desnudo. Toda una pantera, auténtica caza mayor.

Era el momento, debía alimentarse de su presa hasta el final, desangrarla para sentir cómo su vida se hacía suya, transformándose en muerte. Sería el colofón a una noche por la que había merecido la pena acabar con su breve periodo de retiro anual.

Pero, observándola, Markus dudó. Aquella salvaje preciosidad le había proporcionado más satisfacción que las incontables mujeres que habían pasado por sus manos y bajo sus colmillos. Su deliciosa sangre había revitalizado su cuerpo para que, con sólo mirarla, su excitación y permanente erección parecieran tan eternas como lo sería su existencia. Esa joven merecía una muerte especial, merecía morir de placer.

El poderoso ser de ultratumba decidió disfrutar de aquella diosa una última vez, la poseería una vez más. Le daría lo mejor de sus dotes amatorias para elevarla a un glorioso orgasmo en el que hundiría sus afilados colmillos, devorando su juventud y energía sexual, junto con el vital fluido escarlata que necesitaba como alimento de su preternatural carne.

Al fin, ante lo que parecía un momento de duda con el que se vio liberada, Angélica vio su oportunidad. Reuniendo todo su valor, y haciendo acopio de todas sus fuerzas, lanzó una rápida y potente patada al pecho de aquel que parecía sumido en sus pensamientos. La planta del pie, aún calzado con los exquisitos zapatos de gala, impactó certeramente en el torso de la criatura. El agudo tacón, de doce centímetros de longitud, perforó la piel de Markus, desgarrando músculo a su paso, fracturando hueso en su interno avance, y alcanzando el corazón para clavarse en él.

El viejo, e incrédulo vampiro, conoció el fin de su inmortalidad.

Epílogo

Resoplando al comprobar que su única oportunidad había tenido éxito, Angélica contempló con sus oscuros ojos cómo el deseable cuerpo que le había dado el mayor placer sexual de su vida, se desecaba y consumía convirtiéndose en una enjuta escultura de cenizas. Cuando retiró el tacón de aguja, la estatua se desmoronó, y la joven experimentó otra clase de placer: el placer del triunfo.

«Esta vez he sido yo quien te lo ha clavado a fondo», pensó con satisfacción.

En dos ocasiones había estado a punto de morir y fallar en su objetivo, era plenamente consciente de ello, como plenamente consciente había sido comsiguiendo la solución que le evitase sucumbir al shock hipovolémico, consecuencia de la pérdida de sangre. ¿Y para qué negarlo?, había disfrutado obteniendo la cura.

Al final, lo importante era que, tras haberse arriesgado al límite, infinitamente más de lo que nunca se había arriesgado, había tenido éxito. Y, además, había disfrutado tanto en el proceso que, si el vampiro hubiese acabado con su vida mientras la poseía, haciéndole fracasar en su objetivo, habría sido una muerte deliciosa. Porque no le había sido infiel a su novio, en absoluto. Su novio era el Ángel de la Muerte, y esa noche le había complacido.

Marcus le había obligado a hacer, lo que nunca había sido necesario: implicarse más allá de un simple flirteo. Había hecho imperativo el tener que seducirle, hacer que la deseara, llevárselo a la cama, y follárselo para provocar que bajase la guardia. Porque Marcus era viejo, muy viejo y poderoso, muchísimo más peligroso que las otras criaturas que había conocido y ofrecido a su novio en el camino de su aprendizaje.

Angélica había necesitado diez años de extenuante entrenamiento mental y profundo estudio para no sucumbir a su influencia; diez años de intenso y continuo entrenamiento físico para adquirir la resistencia, fuerza y velocidad necesarias para tener la oportunidad de asestar el golpe mortal; diez años de exploración de su sensualidad y sexualidad, afilando sus armas de mujer para seducirlo y llevarle a su terreno; cinco años de rastreo histórico de sus actividades para establecer patrones; tres de búsqueda por todo el mundo para localizarlo; dos para acotarlo… y un golpe de suerte para que se celebrase un congreso médico en Oslo, su refugio durante el mes de Diciembre, al que acudiría como una mosca a la miel, atraído por su arrogante sed de conocimiento.

Por primera y única vez, Angélica había podido adelantarse al vampiro, sabiendo perfectamente dónde estaría, cuándo y durante cuánto tiempo. Por lo que se desplazó desde su Córdoba natal, hasta la capital noruega, con tiempo suficiente para crear su falsa identidad de becaria de investigación médica, y así poder llevar a cabo su venganza e impartición de justicia a aquel que había asesinado a sus padres cuando ella, apenas, había cumplido la mayoría de edad.

La preciosa, sensual y salvaje Angélica había sido detective, jueza, ejecutora y, sobre todo: cazadora. Angélica había sido el cebo, y ella misma había sido la trampa. Y Marcus, el antiguo legionario romano, había sido la presa.

FIN

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