dueno-inesperado-1 Qué mujer interesante y hermosa que era la enfermera, había que decirlo… Su presencia física era tan avasallante que hasta costaba imaginarla en rol de sumisa.  Ese momento de espera que se había producido me resultó ideal para animarme a hacerle algunas preguntas:                                           
            “¿Hace mucho que está en este lugar?” – le pregunté, sin atreverme a tutearla; en parte era su edad y en parte su tipo lo que me hacía tratarla con una cierta reverencia.
           “Cuatro años”
            Había esperado que se explayara más allá del mero dato pero no lo hizo, así que cargué con una nueva pregunta:
            “Y… ¿cómo fue que cayó aquí?  ¿Fue Loana?”
            “Hmmm… no – me respondió -… Podría haber sido tranquilamente pero no… no fue Loanita, sino su mamá…”
              Claro.  Por lo poco que había llegado a percibir de la señora Batista, estaba bien claro que Loana era continuadora de una estirpe de mujeres dominantes.
               “Yo era doctora… – continuó explicando -.  Médica… Antes de dejar de tener nombre, yo era la doctora Rosales… Ufff… cuánto hace que no pronunciaba ese apellido” – con sus palabras, yo comenzaba a entender por qué le habían dado ese rol específico al que yo, de manera quizás algo general, llamaba “enfermera”.
               “Y… ¿qué pasó?” – pregunté, dudando sobre si mi indagatoria no constituiría una falta de respeto; sin embargo la esbelta mujer siguió respondiendo sin problemas.
              “Hace unos cuatro años yo tenía treinta – evocó, con la vista perdida en el pasado; caí en ese momento en la cuenta de que aparentaba menos años de los que tenía – ; me había graduado algunos años antes con brillantes calificaciones… y me tocó en suerte ser la médica de cabecera de Estela Durán, es decir la señora Batista… Lo que me pasó con ella no me había ocurrido con ningún otro paciente… Ella tenía un influjo dominante poderosísimo y yo no podía apartar la vista de….esa orquídea maravillosa…La estuve atendiendo durante algo más de un año y el hecho de ser su médico de cabecera me llenaba de orgullo y de satisfacción… No te puedo describir qué era lo que sentía cuando ella llegaba para un simple chequeo… Yo sólo sentía deseo de tener ese cuerpo desnudo ante mí y adorarlo, palparlo, sentirlo… Era como que la sola posibilidad de tocarlo era un placer que los dioses me estaban brindando… ELLA particularmente era mi diosa… – hizo una pausa, en una actitud como de ensoñación -.  Pero paralelamente a eso ella lograba hacerme sentir un ser tremendamente inferior – e l relato de la enfermera no podía dejar de lograr identificarme, ya que yo había experimentado sensaciones parecidas en relación con Loana -.  Un día dejó de venir a verme… nunca supe la razón… De pronto no había más chequeos, no más consultas; me quemé la cabeza pensando que tal vez hubiese decidido cambiar de médico y que ahora fuera otra la persona que gozaba del contacto con su cuerpo… Pasaban los meses y no venía, me sentí enloquecer… Perdí el control: le envié mails que nunca me contestó y la llamé un par de veces a su celular, tratando de aparecer lo más preocupada posible por su salud y por el hecho de que ya no me visitaba regularmente… Pero no me contestaba o cuando lo hacía, se mostraba fastidiada y me trataba con mucho desprecio… Y así fue como una doctora responsable, eficiente, bien conceptuada y además con una vida de mujer casada, se fue convirtiendo poco a poco en una mujer con su propia vida anulada y sus pensamientos absorbidos increíblemente por una mujer, en este caso en la señora Batista…”
         
 


Esta vez hizo una larga pausa.  Parecía que el recordar el momento vivido le producía una fuerte angustia; su voz había comenzado a quebrarse y en un momento dio la impresión de que ya no continuaría con el relato… Sin embargo se aclaró la voz y siguió:

           “Mi matrimonio se fue al cuerno… Ya no tenía relaciones con mi esposo y la convivencia se había hecho insoportable porque yo era como que estaba y a la vez no estaba… Así que tomamos cada uno por nuestro lado; por suerte no había hijos de por medio porque de ser así hubiera sido todo mucho más complicado… La cuestión era que yo necesitaba entrar en la vida de Estela; no podía dejar que siguiera su marcha por el mundo ignorándome o, tal vez, sin siquiera recodar que yo existía… Tomé la dirección de la ficha médica e hice lo que varias veces había pensado en hacer pero sin atreverme: fui hasta su casa…”
         “O sea… aquí” – le interrumpí.
         “Sí, aquí”
         “¿Y dónde es esto? ¿En qué lugar estamos?” – aproveché para indagar…
          Ella negó con la cabeza:
          “Lo siento – dijo -.  No puedo darte esa información… No se nos permite hacerlo ni a vos ni a ninguna de las sumisas… Es porque de no ser así puede ocurrir que el día que la familia Batista decida prescindir de los servicios de alguna y no la quieran más aquí, termine viniendo cualquier a de ellas por sus medios a instalarse en la puerta pidiendo ser admitida nuevamente… Bueno, de hecho fue lo que hice yo siendo que aún no era una sumisa de la familia… Pero es verdad lo que te digo… No sabés hasta qué punto puede llegar a rebajarse una sumisa que desea ser tomada nuevamente”
           Asentí con la cabeza tristemente.  Mi intento por saber nuestra ubicación había fracasado y, por otra parte, sí… entendía las reservas de la familia Batista porque imaginaba que de ocurrirme a mí el ser desplazada o expulsada del servicio de Loana, buscaría las formas más degradantes de satisfacerla con tal de ser readmitida. 
           “¿Y qué pasó?” – pregunté.
           “La esperé durante horas hasta que llegó… Me arrojé a sus pies apenas bajó del auto y los besé y lamí en un acto carente de toda dignidad y autoestima… Ella me insultaba, me apartaba a puntapiés… pero yo, de rodillas, le rogué que me permitiera complacerla, servirla… Ella estaba tremendamente molesta por el hecho de que yo me hubiera presentado en su casa… Me dijo que, una vez que yo había llegado allí por mis propios medios, que entendiera que si trasponía el portón ya no volvería a salir nunca más…”
           Un frío de hielo me recorrió el cuerpo.  La enfermera era prácticamente una esclava de la familia Batista… Un objeto de ellos…. ¿Tendrían algún plan semejante a futuro para mí?  Por lo pronto yo no sabía la ubicación del lugar en que nos hallábamos y eso jugaba a mi favor… o tal vez en mi contra.  Es que la revelación de la verdadera naturaleza del vínculo entre aquella mujer y los Batista sólo pudo producirme un fuerte sentimiento de envidia… La situación, claro, por un lado asustaba, ponía los pelos de punta… pero por otro lado no dejaba de producirme un hormigueo que remitía al deseo sexual… una excitación imposible de describir e imposible de ubicar en parámetros mínimamente lógicos para el común de la gente…
           “Así que… bueno… – cerró su relato -.  Estela Durán sólo me calzó un collar de perro, me colocó una cadena y, así, me hizo trasponer el portón de calle caminando a cuatro patas a su lado…  Cuando estuve de este lado, sabía que no había vuelta, que ya no volvería a pisar el mundo exterior…y que toda mi vida anterior dejaba de existir… Y así es hasta el día de hoy…”
           Su historia me había dejado anonadada.  Realmente no podía creer que todo eso ocurriera y que los Batista se comportaran prácticamente como si estuvieran fuera del mundo, ajenos a sus normas y a sus estilos de vida… Ellos eran un mundo en sí mismos… con sus propias normas… y su propio estilo de vida…
            “¿Y qué pasa con el señor Batista? – pregunté -.   No he visto un solo hombre de la casa desde que estoy aquí”
            La enfermera dejó escapar una risita:
           “Ja… hombre de la casa… – repitió, divertida -. No… no hay nada parecido a eso hoy en día aquí … Son las mujeres quienes rigen la casa Batista…”
            “Estela, Loana y…” – intervine, haciendo una enumeración.
            “Sí… y la guachita – cerró ella -.  Que por lo que se ve pinta para ser igual o peor que la hermana mayor… Siempre está dando problemas en el colegio… Lleva a compañeritas al baño y las utiliza, las degrada, les mea encima… Incluso lo ha hecho con chicas mayores que ella… De todos modos las cosas nunca pasan de una reprimenda o un aviso a la familia; nadie echaría del colegio a una Batista…”
           Me quedé cavilando sobre sus palabras y… sí, todo lo que me contaba parecía encajar perfectamente en el perfil que dejaba traslucir la chiquilla.  Pero yo seguía intrigada por el resto de la familia, si es que tal cosa existía…
            “¿No hay… nadie más? – indagué.
            “No… no hay más hijas… Tampoco ningún hijo varón”
             “¿Pero hubo en algún momento un señor Batista? ¿Quién es el padre de Loana y de Eli?”
             “Sí, claro, lo hubo – me respondió -.  Pero hace rato que no está…”
             “¿Falleció?” – inquirí, con un deje de tristeza.
              La enfermera sacudió su cabeza a un lado y a otro.
             “No está del todo claro…” – respondió enigmáticamente.
             Mi incomprensión iba en aumento.
            “Hmmm… no entiendo – dije -. ¿Cómo que no está del todo claro?”
    

        “Sólo sé que cuando yo entré en el mundo de los Batista, ya hacía un año que él faltaba… La verdad es que muchas de esas cosas, como te imaginarás, están vedadas para quienes aquí nos desempeñamos… No nos cuentan nada ya que no debería importarnos ni tenemos por qué meternos, así que no nos queda más remedio que tratar de sacar algo medianamente en claro a partir de las habladurías y rumores que circulan por la finca:

          “¿Habladurías? ¿Rumores?  ¿Por qué? ¿Qué es lo que se dice?
           Inhaló aire antes de seguir; yo temía que de un momento a otro fuera a decidir no contestarme más, pero no ocurrió; afortunadamente ya había un cierto código de confianza compartido entre ella y yo.
            “Bien… el rumor más fuerte habla de una separación y un divorcio millonario… Él manejaba empresas aparentemente y, con lo que ganaba, la cuota alimentaria proporcional que tenía que pasar a su ex esposa por sus hijas al separarse, alcanzaba sobradamente para pagar todo esto… – trazó un semicírculo con una mano en el aire, como si quisiera abarcar más allá de los muros de la habitación y hasta los confines de la finca -, pero sin embargo parece que ella no quedó conforme y fue por más… Maniobras legales que me son absolutamente desconocidas le habrían, aparentemente, servido a Estela para quedarse con el control de todo lo que él manejaba… Sus capitales, sus acciones, sus empresas, todo… Él quedó prácticamente sin nada y ni siquiera se lo volvió a ver por acá… Ignoro si las chicas siguen teniendo contacto con él de alguna forma o en alguna parte… Aquí los únicos hombres que ha traído Estela son amantes ocasionales o bien esclavos sexuales… muy jovencitos y muy lindos – hubo un destello en sus ojos al decir esto -… Eso es verdad porque te puedo asegurar que los veo y a veces hasta los atiendo… Pero nunca vi rastro alguno del señor Batista, de quien ni siquiera conozco el rostro ya que no hay una foto o retrato por ninguna parte de la casa… No sé bien en qué se basó la sentencia posterior al divorcio si es que realmente lo hubo…como tampoco sé cuánto de verdad puede haber en todo esto que te conté…”
            “Claro… – acepté -.  Y hay otra versión de la historia, supongo”
             La enfermera tragó saliva… Una extraña sonrisa que contenía un deje de amargura se dibujó en su rostro…
           “Sí, pero la otra versión es demasiado loca… Un disparate absoluto” – volvió a reír sobre el cierre de la frase.
           “¿Por qué? – pregunté, picada por la curiosidad y el suspenso -. ¿Qué es lo que se dice?”

            Ella seguía riendo por lo bajo; cuando habló, lo hizo entrecortadamente.

             “Bueno…hay quienes dicen que… el señor Batista fue devorado en un banquete por su esposa y unos cuantos invitados… y algunos hasta dicen que las chicas participaron de la comilona…”
            Esta vez soltó la risa más decididamente… Era un disparate total por supuesto, pero sin embargo yo no reí, sino que mis ojos se abrieron a más no poder… A mi mente había acudido, de pronto, la historia que Tamara me había contado sobre el Rey Escorpión… devorado por la Reina Orquídea… De hecho ambas versiones sobre la historia del matrimonio Batista parecían tener alguna convergencia con aquella charla con Tamara en el café cercano a la facultad: la historia de un divorcio millonario con Estela Durán quedándose con todo lo que había sido el imperio de su esposo también de alguna forma podía verse metaforizado en la Reina Orquídea derrotando al Rey Escorpión y hasta apropiándose de su imagen, de su ícono… Y la segunda versión acerca de una sesión de canibalismo… en fin: la piel se me erizaba y los pelos se me ponían de punta al pensar en qué lugar podía yo haber caído… Pero claro, era una locura demencial absolutamente inaceptable y en eso la enfermera tenía razón, así que alejé rápidamente esa idea de mi cabeza.  Mucho más verosímil era que, en efecto, hubiera existido un divorcio y que la asociación con la leyenda de la Reina Orquídea sólo fuera producto de lo traumada y paranoica que yo estaba ante los sucesos que estaban ocurriendo y las particularidades que parecía tener el universo Batista.  Existía, incluso, la posibilidad de que ni una ni otra versión se condijeran con la realidad y que simplemente el señor Batista hubiese fallecido dejando a su esposa viuda y a sus hijas sin una figura paterna, lo cual bien podría haber traído como consecuencia que se acentuasen en la personalidad de las niñas los rasgos dominantes que caracterizaban a su madre.  O bien podía ser que, simplemente, la verdad fuera algo que nadie realmente sabía a ciencia cierta y estuviese lejos de la comprensión de seres tan ordinarios como lo era yo o quienes allí moraban bajo el control de las Batista…
           “¿Cómo va eso? ¿Hacemos caquita?” – me inquirió, con tono siempre maternal, la enfermera, arrancándome así de mis divagues. 
            En efecto, la enema que me había suministrado comenzaba a hacer algún efecto: mis intestinos estaban moviéndose algo más y ya podía yo hincarme sobre la palangana para ver si podía hacer algo con eso… Así que, bueno, si ya la humillación había sido fuerte por tener que orinar en presencia de esa mujer, no puede el lector tener idea de lo que significó para mí el hecho de defecar con ella mirándome… Era tanta la vergüenza que llegué a pensar que ya no podría mirar a la cara a ninguna persona de las que habitaban el “mundo normal” más allá de los límites de la finca de los Batista.
            Cuando terminé, la enfermera me tomó por los hombros y me guió hacia el exterior de la habitación.
            “Es muy bueno que hayas hecho… – me dijo -… Ahora, vamos a limpiar ese culito”
          

  En el lugar, obviamente, no había ni la sombra de un bidet, ni tan siquiera un simple lavabo, así que me llevó afuera, sacándome desnuda al fresco de la noche; al llegar a la canilla que estaba no lejos de la construcción, me hizo poner a cuatro patas e hizo entrar el chorro de la manguera en mi ano; yo sentía cómo el agua entraba y salía de manera simultánea e ininterrumpida… y así siguió la cosa hasta que ella quedó conforme con el aseo.  Me llevó adentro nuevamente; me pidió que me inclinara hasta tocar las puntas de mis pies con mis dedos y, una vez que hube adoptado la posición requerida, se dedicó a secarme con sumo cuidado y prolijidad.  Justo en ese momento ingresó al lugar la mujerona de la limpieza; la reconocí por el arrastrado crujido de sus ojotas y la pesadez de sus pasos, absolutamente contrastante con el caminar elegante y sensual de la enfermera o bien el seguro, dominante y también sensual de Loana.  Agradecí en ese momento que la ex doctora Rosales estuviese allí; de algún modo me sentía protegida y sentía como que aquel monstruo con algún parecido a una mujer no tendría tanta “vía libre” conmigo, menos aún considerando que yo estaba siendo atendida.  Mirando de reojo mientras me mantenía inclinada, pude ver que fue hasta donde estaban los cuencos en el piso; llevaba un balde en mano y descargó parte de su contenido, agua en realidad, en uno de los platos, haciéndolo con tal violencia y descuido que la mayor parte del agua se derramó hacia afuera a medida que fue cayendo…

           “Hoy no hay comida para la perra – anunció secamente -.  Órdenes de Loana: sólo agua”
         Otra cosa que agradecí… Se suponía que era un castigo pero en realidad era una bendición para mí verme liberada del vomitivo menjunje siquiera por una noche.  La enfermera no dijo una palabra y la horrenda bruja se retiró del lugar; en ese momento sentí que un cuerpo extraño entraba y se abría paso en mi orificio anal: me sobresalté…
         “Shhh… tranquila – buscó calmarme la enfermera -… y quietita.  Estamos instalando el plug anal en tu colita… No pasa nada; está todo bien…”
          La verdad era que mi ano estaba dilatado y, por lo tanto, no podía haber problemas para que ingresase un objeto de forma y tamaño semejante a un corcho, tal vez un poco más grande, pero no mucho más… Sin embargo, una vez que el objeto pasó por entre mis plexos tuve la sensación de que se expandía o se hacía más grande… Las palabras de la ex doctora Rosales así me lo confirmaron…
          “Lo que estás sintiendo ahora es que en la cabeza del plug se despliegan tres aletas; puede doler un poquito, pero te acostumbrás y se te pasa… Te lo digo por experiencia, je… La función que cumplen esas aletas es que el plug quede trabado y no pueda ya regresar hacia atrás… Por eso es importante que hayas hecho caquita, linda… Porque no vas a poder sacártelo en toda la noche: no lo intentes porque te vas a lastimar y la única forma que hay de sacarlo es retrayendo otra vez las aletas de la cabeza pero para eso se necesita este control remoto – puso junto a mi cara el objeto mencionado, el cual, por cierto, tenía en mano – que, obviamente, no va a quedar en tu poder durante la noche”
         Todo lo que me contaba no hacía sino sobrecogerme; aun así, la sensación de indefensión frente a tamaño control sobre mis actos no dejaba de excitarme: debo reconocerlo ante el lector…
          “Vamos a probarlo – anunció la enfermera y otra vez sentí como si una araña de hielo me corriera por la espina dorsal -.  No te preocupes… va a ser algo muy pero muy leve…”
          Aún inclinada, pude ver por el rabillo del ojo cómo la enfermera se hincaba un poco para tomar mi celular del piso… Yo estaba aterrada porque no sabía lo que venía… Ella seguía hablando siempre con su tono maternal y pedagógico:
   “Vamos a marcar un número cualquiera… que no sea ninguno de estos dos – señaló hacia los de mis padres, que aparecían en el visor del aparato semejante a un cargador de batería – Hmmm… por ejemplo, vamos a suponer que marco un número siete… ya quedaría claro de entrada que es un número no autorizado porque ninguno de los dos empieza así…”
          No tuve ni tiempo de reaccionar a lo que me decía: una descarga se dejó sentir en mi ano y me hizo dar un salto.  Debo confesar que no era lo que esperaba: yo había pensado en una especie de electroshock pero no; se trataba más bien de un cosquilleo muy leve pero vibratorio y profundamente excitante… Nunca había sido penetrada por el culo (salvo por una verga contra natura, claro, esa misma tarde) y no tenía idea yo de cómo debía sentirse, pero aquello era como una especie de éxtasis anal incontrolable: placentero por un lado pero, a la vez, se sentía como una sádica tortura… Mi rostro dio contra la pared mientras me retorcía en espasmos extrañamente excitantes; doblé una de mis piernas y la froté contra la otra: francamente no sabía qué hacer… Quería que aquello terminase de una vez y por otro lado quería que siguiese… De pronto, para bien o para mal, todo cesó…
          “¿Ves? Apagué el celular – me dijo la enfermera -.  Ahora puedo volver a encenderlo y nada va a ocurrir… El plug sólo se activa cuando marcás dígitos incorrectos o en el orden incorrecto…
          Poco a poco fui recuperando mi normalidad.  Demás estaba decir que ni siquiera pensaba en la posibilidad de marcar el número de alguno de mis padres por el terror que me producía la idea de equivocarme en un solo dígito.  La enfermera me dio una palmadita cariñosa en la nalga:
         “Te tengo que dejar, ¿sabés? Que tengas una linda noche… Tratá de cumplir con lo que Loana te pide así no se enoja otra vez… ¿sí, linda?”
          La mujer se retiró… y volví a quedar sola… Sola en una habitación con un montón de libros desparramados por el piso, con una notebook, con un cuenco en el cual había muy poca agua ya que la mayor parte formaba un charco alrededor del mismo, en tanto que una palangana maloliente que contenía mis deposiciones…
           Me volví a dedicar al trabajo; al ir en procura de los libros y de la notebook me vi reflejada en el espejo y la imagen no pudo ser más patética.  Parecía un mono con cola larga… o algo así… Al moverme por la habitación, el cable sólo me permitía llegar hasta unos dos metros y medio del artefacto al cual estaba unido… Dado que este último se hallaba sobre la mesita rodante, ello me implicaba tener que mover la misma cada vez que necesitaba desplazarme a una mayor distancia.  Aun abatida por el sueño y el agotamiento, trabajé y trabajé… Ni siquiera podía sentarme sobre el piso ya que el plug no me lo permitía hacer cómodamente así que mayormente estuve echada boca abajo, hincada o bien arrodillada… No sé cuánto tiempo pasó pero ya era noche cerradísima y bastante tarde cuando la puerta se abrió…
         El primer rostro que vi aparecer fue el de la hermanita menor de Loana, lo cual, desde ya, no fue tranquilizador en absoluto.  Detrás lo hicieron sus dos amigas: todas estaban muy lindas y elegantes, luciendo vestidos de noche que realzaban su juventud y, por lo menos en dos casos notables, también la belleza… Claro, era sábado a la noche y las chicas se preparaban para salir… Yo no sabía bien cómo actuar, pero tuve el impulso mecánico de ubicarme sobre mis rodillas apenas vi la orquídea y el escorpión…
          Entraron con aire distraído y como si no dejaran de hablar del tema que ya traían: algún chico al parecer; eran adolescentes después de todo… Había alentado la ilusa esperanza de que, tal vez, quisieran al menos pedirme disculpas por lo ocurrido, pero la nube de indiferencia hacia mí en que parecían flotar hacía parecer bastante lejana esa posibilidad.  Sólo Belén, la morochita, mostraba su rostro algo más compungido y mantenía la vista perdida en algún punto de los ladrillos del piso, casi como si no quisiera verme o directamente no deseara estar allí: estaba claro que, si habían venido, era por decisión de Eli quien, ni falta hace decirlo para esta altura, se comportaba como la líder natural del grupito. 
        “Y bueno… ¿qué querés que haga? – iba diciendo, justamente, la rubia hermanita de Loana -.  ¡Me quedé sin crédito! ¡Es corta! ¿Más explicación hace falta?  Mi mamá me cargó una fortuna esta mañana pero… ya me lo gasté hablando con Seba y con Fabricio… No puedo pedirle que me cargue más hoy porque me va a sacar cagando… No es que nos falte plata, obvio que no, pero se la pasa diciendo que tengo que aprender a administrarme… Tampoco puedo pedirle crédito a Loana porque ya me cargó tres veces esta semana… Otra que me va a sacar cagando…”
           Mientras iba explicando todo eso, aparentemente para Sofi, caminó unos pasos dentro de la habitación pasando por delante de mí como si yo no existiese y se inclinó (muy sensualmente para su edad, por cierto) a recoger del suelo… ¡mi celular!…

            Fue entonces cuando se me vino el mundo abajo en un segundo.  ¿Qué se traía ahora entre manos aquella borrega de porquería?  ¡Ese celular no podía usarse! ¡Estaba activado con mi plug!  ¡Pendeja de mierda!  ¡Ni siquiera era capaz de pedirme permiso para utilizarlo!
            Quise decir algo: protestar o, mejor, rogar… pero estaba paralizada ante la inminencia de lo que sobrevendría.  Mis miembros estaban ateridos y mi lengua no conseguía moverse: cualquier intento por hacer brotar una palabra de mis labios sería en vano… Todo mi cuerpo se contrajo previendo lo peor cuando ella comenzó a accionar despreocupadamente las teclas… Mi vista fue y vino varias veces en pocos segundos de ella al visor del artefacto al cual yo estaba conectada… y viceversa… Sin embargo nada ocurría; claro, viéndolo hoy era lógico: hasta allí Eli sólo debía estar marcando los dígitos de la característica de área y era posible que fuera la misma de los números autorizados; por lo tanto nada pasó… Pero en cuanto accionó el cuarto o quinto dígito, la corriente vibradora se hizo presente en mi ano y me recorrió por dentro; mi cuerpo dio un violento sacudón y caí prácticamente de bruces hacia adelante… El hormigueo me recorría el recto y se iba haciendo cada vez más fuerte; a medida que eso ocurría, mi excitación aumentaba y mis jadeos se volvían imposibles de frenar… ¡Había que apagar el celular! Tenía que decírselo en caso de que no lo supiera… tenía que gritar… que pedir clemencia… hacer algo… Pero ella ya estaba hablando con vaya a saber quién, mesándose el cabello y con la vista perdida mucho más allá de la habitación en que nos hallábamos, casi como bien ocurriría con cualquier novia adolescente… No parecía darse por enterada de lo que me estaba ocurriendo o tal vez sí, pero me ignoraba…  Sofi me miraba con cierto asombro y una sombra de espanto en su semblante, en tanto que Belén, por primera vez, giró la cabeza hacia mí y advertí, también, en ella, una profunda consternación…
           

Las miré… Intenté incorporarme y extender una mano hacia ellas, ya que las palabras no me salían en absoluto: sólo emitía jadeos.  Pero no pude incorporarme demasiado a decir verdad: la intensa corriente de excitación que corría por dentro de mí me hizo caer nuevamente y quedé en el piso, vencida y retorciéndome bajo la tortura de un éxtasis anal difícil de describir con palabras… Eli caminaba por el lugar hablando con mi celular y en una oportunidad  pude ver sus zapatos muy cerca de mi rostro; intenté arrojar un manotazo pero fue en vano… La fuerza a la que estaba yo siendo sometida boicoteaba cualquier acción de mi parte… Y la excitación iba aumentando… y aumentando… Sentía un irrefrenable deseo de tocarme; necesitaba llegar al orgasmo en ese momento o de lo contrario, al menos eso creía, la tortura llegaría a límites insoportables… ¡Esa pendejita puta tenía que apagar el celular!  Pero en lugar de eso seguía hablando y deambulando por la habitación como si nada…

             Un taconeo de estilo diferente llegó súbitamente a mis oídos y logré, aun extenuada y con mi rostro pegado al piso, reconocer el escorpión en el empeine del pie de quien había entrado… Levanté la vista como pude, aun cuando se me hacía difícil mantener los ojos abiertos… Loana estaba allí… Y se me ocurrió pensar que eso era una buena noticia para mí… aun cuando portara fusta en mano…
            “¿Qué hacés, pendeja pelotuda?” – rugió furiosa y, en un rápido movimiento, arrebató el celular a su hermana, que la miraba con unos ojos enormes.  La corriente cesó; Loana había apagado el teléfono… y yo me sentí volver a la vida… aunque la experiencia me había dejado con un grado de excitación que creo que nunca había experimentado en mi vida.
             “¡Hablo por el celu! ¿Cuál es el problema?” – se defendió Eli a los gritos, quien parecía algo nerviosa pero mantenía su tono firme y seguro.
             “¡Todos los días hay que cargarte crédito y todos los días lo gastás!  ¿Por qué no vas y hablás personalmente con el taradito ese que tenés por novio o lo que carajo sea? – la voz de Loana atronaba en el lugar de tal modo que me hacía encogerme; era admirable la entereza de su hermana para mantenerse casi incólume a pesar de eso -.  Además… ¿quién te autorizó a venir acá y usar este teléfono?”
             La discusión entre las hermanas  mantuvo durante un par de minutos un alto nivel de decibelaje; alcancé a ver cómo Belén, temerosa y sobrepasada por la situación, se marchaba del lugar; Sofi, por el contrario, permaneció allí, aunque sin emitir sonido y atenta a la escena, cruzadas las manos por delante de la corta falda.  Casi en el mismo momento en que Belén se iba, alguien irrumpió con un marcado taconeo… La señora Batista estaba allí… y en su mano, al igual que su hija Loana, blandía una fusta…
             El rostro de Eli viró hacia un pálido mucho más marcado y por primera vez noté que sus ojos se teñían de terror… Comenzaba a entender yo en tales gestos cómo estaba distribuido el poder en la familia Batista: Eli era una chiquilla y, como tal, más allá del ascendente que su hermana mayor pudiera tener sobre ella, estaba aún bajo la esfera de su madre, posiblemente hasta que cumpliera la mayoría de edad y se convirtiera de hecho y por derecho en una mujer no sólo dominante (rasgo que ya mostraba) sino también independiente… Mientras tanto la señora Estela era quien disponía sobre ella…
             “¿Qué pasa acá? ¿Qué son todos esos gritos que se escuchan desde la casa?” – rugió enardecida la señora Batista.
             “Tu hijita – ironizó Loana, sin separar sus ojos ponzoñosos clavados sobre su hermana – estuvo tocando cosas sin permiso”
              Advertí claramente que, a pesar de ser madre e hija, no existía vínculo de subordinación entre ambas.  Contrariamente a lo ocurrido con Eli, Loana ni se inmutó con la llegada de su madre… Lo que hizo, en todo caso, fue ponerla al corriente de la situación como si hablase de igual a igual… Una vez que fue anoticiada por su hija, la señora Batista evidenció en su expresión estar montándose en cólera aún más de lo que ya lo estaba.   Sin decir palabra alguna, se dirigió hacia su hija menor y la tomó por los cabellos; sin compadecerse de los quejidos de dolor de ésta la llevó hasta la mesita rodante y la depositó, doblado su cuerpo, sobre la misma.  Eli parecía querer decir algo, pero al mismo tiempo algo la detenía: sabía seguramente que no había forma de torcer los designios de su madre y que cualquier cosa que intentase decir en su defensa estaría descalificada de antemano desde el momento en que su hermana mayor ya había dado cuenta de lo ocurrido; era como si las explicaciones estuviesen de más.
             La señora Batista llevó hacia arriba el vestido corto de la jovencita y de un violento tirón bajó la bombacha hasta las rodillas, dejándola expuesta con su cola en pompa, bien apetecible.  Yo no podía creer la escena que estaba viendo: se me hacía profundamente erótica y no puedo describir a qué niveles subió mi excitación cuando la madre comenzó a descargar con furia la fusta sobre las nalgas de su hija; los gritos de dolor de ésta hacían la escena todavía más caliente.  Sofi, que aún seguía allí, observaba muda e inmóvil, además de visiblemente estupefacta.  Loana pareció notarlo:
             “¿Y a vos qué te pasa? – le espetó la rubia diosa -. Bien que habrás sido cómplice, pendeja putita… Desaparecé de acá ya mismo como hizo tu amiguita o te juro que para vos también va a haber…”
             La amenaza cogió por sorpresa a Sofi; dio un respingo en el lugar, pero a la vez no dio un solo paso para irse… ¿Había quedado paralizada por el terror o bien la excitaba la idea de recibir un tratamiento semejante al de Eli?  Loana enarcó las cejas al comprobar que seguía allí:
            “Aaaaah… parece que vos también querés tener el culo rojo, ¿eh?” – le lanzó la altiva rubia, con tono de burla.
             Sofi temblaba; pareció querer decir algo pero no lo dijo… Loana tampoco se preocupó por esperar a que lo hiciera.  Simplemente la tomó por el hombro y la llevó contra la pared poniéndola de cara a la misma.  De modo análogo a como lo hiciera antes su madre con su hermana, levantó la falda de la desdichada adolescente y echó abajo sus bragas, que corrieron hacia el piso a lo largo de sus largas y bien formadas piernas.  Y la fusta comenzó a caer… La habitación se convirtió en un coro a dúo entre los aullidos de dolor de Eli y los de Sofi, mientras madre e hija mayor se ensañaban con las partes traseras de ambas… Viendo a una y a otra nadie podía no suponer que llevaran la misma sangre: ambas se mordían el labio inferior y trasuntaban en sus rostros la misma expresión de furia y arrogancia.  No puedo describir a qué niveles había subido mi excitación… Luego de la experiencia del plug anal y teniendo ahora semejante escena ante mis sentidos, me sentí arrastrada hacia el éxtasis sexual; la sensación era tanto de elevarme hacia el cielo como de caer hacia el infierno… Quería tocarme, cuánto lo deseaba… Quizás podía hacerlo ya que tanto Loana como su madre estaban demasiado ocupadas como para prestarme atención… Pero me abstuve de hacerlo… ¿Qué pasaría si me descubrieran?  Y además… ¿Loana autorizaría algo así? Seguramente no… Sólo me quedaba mirar, sentir, disfrutar y dejarme llevar… Los gritos de las dos chicas eran como música que poblaba aquella habitación triste y lúgubre en que me habían arrojado… En algún momento las vi a ambas reflejadas en el espejo mientras eran castigadas… y al multiplicarse tan cautivantes, bellas y perversas imágenes, me sentí más cerca del goce sexual que nunca, mientras de mis labios sólo brotaban gemidos y jadeos que no podía controlar y que, por suerte, los golpes de las fustas y los alaridos de las muchachas no dejaban oír… Quería tocarme, lo deseaba con todo mi ser… pero sabía que no debía hacerlo…