Sin títuloLas malas lenguas siempre adjudican una moral un tanto relajada por no decir una fogosidad sin control a los que trabajamos en turismo pero por lo menos en mi caso, no es cierto. Llevo veinte años como director de hotel y solo en una ocasión me he enrollado con una clienta y si tomamos en cuenta que los hoteles que he dirigido tienen una media de doscientas habitaciones, durante un año son varios miles las mujeres que pasan por sus instalaciones. Eso sí, reconozco que una vez caí prendado de una de ellas cuando me creía inmune a sus encantos. También es cierto que a raíz de ese affaire, no me quedaron ni ganas ni posibilidades de repetirlo.

Para mí el viejo dicho de “donde tengas la olla, no metas la polla” era una ley no escrita que cumplía a rajatabla al considerar poco profesional andar liándome con las personas cuyas abultadas carteras me daban de comer.

Pero todo cambió a raíz de una llamada del gran jefe. En ella, Don Arturo me informó que al día siguiente iba a hospedarse en el hotel la hija de uno de los mayores accionistas de la cadena y por tanto, me exigió que me ocupara personalmente que disfrutara de su estancia en Lanzarote.

-No se preocupe, me aseguraré que no tenga ninguna queja del servicio- contesté creyendo que eso era lo que el viejo deseaba.

-Eso lo doy por descontado- respondió mi interlocutor de bastante mala leche. –Su padre me ha pedido que le busque alguien que la saque a pasear para que se olvide de un desengaño amoroso y sabiendo que eres soltero, he insistido en que se aloje allí y no en otro de la cadena.

Extrañado por semejante petición y no sabiendo el terreno que pisaba, bajando la voz, me atreví a preguntar:

-¿Me está pidiendo que intente consolarla?

El viejo cazando al vuelo el significado oculto bajo mis palabras, bastante contrariado contestó:

-El cómo no me importa. Pero consigue que mi ahijada recuerde estas vacaciones como las mejores de su vida.

Incapaz de negarme solo pude preguntar en qué vuelo llegaba y colgando a mi jefe, no me costó asimilar el que me había metido en un problemón sin comerlo ni beberlo.

«No es una huésped normal, es casi de su familia», pensé al recordar que para colmo, era una de las dueñas de la corporación.

Desconociendo a ciencia cierta el alcance de mi misión, miré mi reloj y viendo que quedaban apenas dos horas para que esa mujer aterrizara en la isla, decidí darme una ducha para estar presentable cuando la recogiera.

 

Recojo a Susana en el aeropuerto.

Como comprenderéis, esa tarde me vestí con mis mejores galas para recibir a la niña rica a la que me habían asignado. Como el objetivo de mi jefe era que la entretuviera y me hiciera amigo de ella para ayudar a que se olvidara de su novio, me quité la corbata y me puse de sport, más acorde con el papel que me tenía reservado en esa pantomima. Aun así os tengo que reconocer, que estaba nervioso en la sala de espera aguardando la salida de esa pija.

«No me jodas, a buen seguro que es un cardo”, mascullé al suponer que si ese sujeto la había dejado sabiendo del dinero de su familia, la chica debía ser “poco agraciada”, por no decir “fea como un mandril”.

Curiosamente al conocerla, la susodicha resultó ser una morenita de buen ver a pesar de tener los ojos hinchados de tanto llorar y de venir sin gota de maquillaje.

«Debe de ser imbécil», sentencié sorprendido al comprobar que bien arreglada, esa mujercita podía ser una monada. «Siendo rica y guapa, la razón debe ser su carácter», reconozco que recapacité en plan machista.

Más interesado de lo que nunca la he reconocido, aproveché el trayecto hacia el coche para fijarme en su culo.

«No está mal de ancas», valoré a pesar que el vestido holgado no me dejaba más que intuir sus piernas.

Susana imbuida en sus problemas creyó que yo era únicamente el chofer que la llevaría hasta el hotel y no fue hasta ver que el automóvil en donde metía las maletas era un deportivo cuando se percató que algo no cuadraba. Por eso y a pesar que ya se lo había dicho, me preguntó tanto mi nombre como a qué me dedicaba. Muerto de vergüenza y parcialmente desilusionado porque mi aspecto impoluto no la hubiera afectado, contesté sonriendo hipócritamente:

-Me llamo Alberto y soy el director del hotel donde se va a hospedar.

La morena mirándome con desgana, preguntó:

-¿Te ha llamado Don Arturo? -ni siquiera tuve que contestar, por mi cara comprendió que así era por lo que casi llorando, prosiguió diciendo: -No hace falta que lo niegues, te ha pedido que me vigiles.

Su afirmación me descolocó y con tono inseguro, respondí que no había sido eso lo que me había pedido sino que me asegurara que recibía un trato exquisito durante su visita. No sé si me creyó pero hundiéndose en un mutismo total, se sentó en el coche y no habló hasta llegar al hotel. Una vez ahí, no me dejó que le acompañara hasta su habitación y por eso, me tuve que conformar con verla subir en el ascensor.

«¿Cómo narices me voy a hacer su amigo si se cierra en banda de esa forma?», me pregunté bastante contrariado.

No queriendo adelantar mis pésimas oportunidades a mi gran jefe, solo le mandé un sms informándole que la había recogido en el aeropuerto. Para mayor presión, el puñetero viejo contestó:

-Perfecto. Confío en ti.

«¡Mierda!», exclamé tras leer tan lacónico mensaje al conocer que su contenido iba más allá de esas cinco palabras. «¡Ese confío en ti es un no me defraudes!». La certeza que mi propio puesto estaba en peligro, me hizo llamar a Elena, una amiga experta en estas lides.

Os preguntareis porqué la consideraba así. La razón en bien sencilla, esa rubia hacía gala de su capacidad para seducir a todo hombre que le interesara y la mejor prueba era su marido actual, un millonario inglés que la fortuna quiso poner en su camino.

Tras explicarle el problema, mi amiga se comprometió en ayudarme diciendo:

-Cuando esa incauta salga de su habitación, llámame.

Sin nada que perder, me comprometí en avisarla en cuanto la viera deambular por el hotel y por eso obligué al personal de su piso que me notificaran en cuanto pusiera un pie fuera de su cuarto pero no fue hasta la hora de comer cuando bajó al comedor. Nada más saberlo, llamé a Elena y le conté donde estaba.

Mi amiga riendo, me soltó:

-Baja en diez minutos y siéntate alejado de ella.

Sin comprender como quería que entablara amistad colocándome lejos, accedí. Al cabo de un rato, salí de mi despacho y entré al restaurant. Allí me llevé la sorpresa que estaban sentadas juntas. Verlas charlando renovó mis ánimos y siguiendo sus instrucciones, busqué una mesa pegada a la piscina. Una vez en mi mesa, disimulando las espié de reojo y por la cara de sufrimiento de la ricachona, comprendí que se estaba desahogando con Elena.

«¿Cuál será el plan?», pensé desconcertado: «Se supone que debe de olvidarse de su ex novio».

Escamado pero extrañamente confiado, decidí dejar el asunto en manos de la “experta” y por eso llamando al camarero, pedí de comer mientras observaba al público que estaba chapoteando en el agua. Como cualquier otro día, la clientela era heterogénea y aunque predominaban las familias, en ese momento, un grupo de veinteañeros trataba de ligar con dos rubias despampanantes.

«¡No me extraña!», me dije: «Si no trabajara aquí, yo también trataría de llevármelas al huerto».

Las nada sutiles maniobras de esos chavales me hicieron gracia y olvidándome de Susana, me concentré en el modo en que intentaban engatusarlas. Lo evidente de sus maneras les iba a llevar al fracaso y reconozco que no pude evitar sonreír cuando una de ellas dejando a un crio con la palabra en la boca, se lanzó a nadar huyendo de su acoso:

«Estaba claro», sentencié al haber anticipado el resultado, «ha ido demasiado directo».

Fue entonces cuando comprendí parcialmente los métodos de mi amiga:

«No seré yo quien la ataque, de alguna forma, Elena hará que sea ella quien lo haga».

Más tranquilo, di rienda suelta a mi imaginación tratando de anticipar cómo conseguiría que esa niña despechada buscara consuelo entre mis brazos pero os tengo que confesar que por mucho que lo intenté y aunque de vez en cuando echaba un vistazo en busca de una pista, no conseguí adivinar el método. Por eso al terminar mi café, me levanté con la intención de volver a mi oficina pero justo cuando pasaba por enfrente de ellas, Elena me llamó diciendo:

-Alberto, siéntate con nosotras.

Mi sorpresa me hizo dudar pero entonces la rubia cogiendo mi mano, me obligó a sentarme entre ellas.

-Creo que conoces a Susana- afirmó y cambiando de tema, dijo con voz dulce. –Me ha contado que le encanta navegar y sabiendo que tienes una motora preciosa, me he tomado la libertad de invitarnos esta tarde a dar una vuelta en ella.

La morenita, muerta de vergüenza, intentó disculparse pero negándome a aceptar sus disculpas, contesté:

-Me encanta la idea. ¿A qué hora nos vemos en el muelle?

Con la desfachatez que la caracteriza, Elena respondió:

-Yo llevo ya el bikini- y mirando a su compañera de mesa, prosiguió diciendo: -En diez minutos nos recoges en el hall.

Tras lo cual, sin darla tiempo a reaccionar, cogió a Susana del brazo y se la llevó a la boutique del hotel. Esta por mucho que protestó diciendo que tenía uno en su maleta, tuvo que aceptar la propuesta de la rubia, de forma que las vi alejarse sin haber digerido el encuentro.

La vuelta en el yate con ellas dos.

Como miembros del sexo femenino, llegaron tarde a la cita. Exactamente quince minutos después pero os tengo que confesar que no pude quejarme porque cuando aparecieron, me quedé obnubilado por la belleza de ambas. Si de por sí Elena era un monumento de mujer, llegó con un modelito distinto de bañador que no ocultaba sus más que evidentes atributos sino los realzaba. Pero a lo que no estaba preparado fue ver a Susana embutida en un escuetísimo bikini que apenas conseguía tapar unos exuberantes pechos que hasta ese momento me habían pasado desapercibidos.

«¡Dios! Está para comérsela», no pude más que exclamar mentalmente al disfrutar del grosor y la dureza de esas tetas.

Lo peor fue que Elena cazándome al vuelo, se rio y coquetamente me espetó:

-¿Verdad que estamos impresionantes?

Cortado y con el rubor cubriendo mis mejillas, fui incapaz de contestar. Al no hacerlo, la rubia incrementó mi embarazo diciendo a su recién estrenada amiga:

-Ves lo que te dije. Alberto es tan tímido que resulta ¡irresistiblemente dulce!

La morena que hasta entonces se había comportado de modo discreto, soltó una carcajada y añadiendo más desconcierto a mi mente, le contestó:

-Solo espero que sea un caballero y no se atreva a abusar de dos indefensas damas.

Alucinado por sus palabras, me quedé callado pero entonces Elena siguió con la guasa añadiendo:

-Le conozco hace tres años y jamás le he conocido una novia. A veces me pregunto si continua siendo virgen.

Ante semejante despropósito tuve que reaccionar y de muy mala leche, respondí señalando directamente a la que me había acusado:

-No lo soy pero tampoco ando de flor en flor como otras.

Muerta de risa, mi amiga me cogió del brazo y haciéndome una carantoña, buscó mi perdón diciendo.

-Lo sé cariño, lo sé- pero entonces cuando ya creía que habíamos hecho las paces, me soltó: -¿Eres gay?

-Tampoco- ya francamente cabreado respondí al haber puesto en duda mi virilidad.

Las risas de la morena ante mi vergüenza me hicieron comprender que de algún modo los planes de la “experta” consistían en hacerme quedar como un buenazo incapaz de albergar malas intenciones. Aun así, confieso que de camino hacia mi motora, estaba que me llevaban los demonios y no fue hasta que ya en el muelle con una alegría contagiosa, Susana soltó:

-¡No me puedo creer que es una Bayliner de ocho metros!

Extrañado de que supiera de barcos, contesté:

-Tiene solo siete con siete.

Pero ya no me escuchaba, subiendo con agilidad a la embarcación fue directa a ver el motor fuera borda y con un brillo de envidia en los ojos, exclamó:

-¡Cuatrocientos caballos!- tras lo cual como si fuera una niña chiquita me preguntó: -¿Me dejas sacarla del puerto?

Nunca en mi vida había dejado que nadie pusiera sus sucias manos sobre mi joya pero al verla tan feliz y sobre todo al descubrir que bajo su bikini sus pezones se habían puesto duros por la emoción, no pude negarme. Nada mas aceptar me arrepentí pero ya era tarde y por eso ejerciendo de grumete, liberé a mi amor mientras Susana se ponía a los mandos. Elena por su parte, se acomodó a tomar el sol en la plataforma.

Afortunadamente, la morenita demostró ser una navegante experta y no solo sacó a la perfección la motora entre los diversos canales sino que ya fuera del puerto, ni siquiera preguntó y acelerando puso en acción toda la capacidad del motor.

-Tranquila, vas demasiado rápido. Espera a estar ya en mar abierto- protesté un tanto celoso de la facilidad con la que se había hecho con la embarcación.

Lejos de aminorar la marcha, le dio más gas mientras me preguntaba hacia donde quedaba la cala a la que íbamos. Desmoralizado le indiqué en el radar donde quedaba y sin nada que hacer, me acerqué donde estaba la rubia.

-Todo va según lo planeado. Esta boba estará besando tu mano mañana mismo- comentó en voz baja al verme a su lado.

-¿Tú crees?

-No lo creo, lo sé. Esta niña está necesitada de alguien al que aferrarse y que mejor que un hombre al que una zorra dejó por honesto-

-¿Eso le has dicho?- pregunté impactado por su invención. –Nunca me han dejado.

-Ya pero ella no lo sabe y cuando se entere ya estará dentro de tus sábanas- respondió entre risas.

Tumbado en la proa, me quedé mirando a Susana mientras nos llevaba a nuestro destino sin que ella se percatara de mi examen.

«Realmente está buenísima», sentencié valorando en su justa medida a la mujer. Con su melena al aire, esa cría tenía un aspecto de pantera que me hizo olvidar a la niña traumada de la mañana. Todo en ella era impresionante. Su pequeño cuerpo escondía una sensualidad que no me pasó inadvertida y sin darme cuenta, me extasié observando los duros pechos y el sabroso culito con los que la naturaleza le había dotado. Mi fijación debió ser tan intensa que Susana se dio cuenta pero en vez de quejarse y pedirme que me cortara, sonrió mientras dos pequeños bultos hacían aparición debajo de su bikini.

La certeza que aceptaba de buen grado la caricia de mi mirada me confundió porque eso significaba que todavía tenía esperanzas de cumplir con el encargo de Don Arturo.

«¿Será posible que le atraiga?», me pregunté mientras inconscientemente permití que mi pene se alzara inhiesto entre mis piernas.

Reconozco que debía de haber caído en la cuenta de la erección que llevaba pero justo en ese momento, la morena viendo que nos acercábamos a la cala me pidió consejo sobre la mejor ruta con la que entrar en ella. Sin pensármelo dos veces, me puse detrás de ella y señalando unos arrecifes que conocía, le pedí que aminorara la marcha porque el nivel del mar descendería rápidamente.

Al frenar bruscamente, me vi lanzado hacia adelante con tan mala suerte que no pude evitar que mi sexo presionara contra su trasero. Susana al sentir mi dureza se quedó pálida durante unos instantes, instantes que aproveché para retirarme.

Justo cuando creía que esa niña me iba a montar un escándalo, soltó una carcajada y señalando mi traje de baño, gritó a Elena:

-Me has mentido. Alberto no es un caballero, ¡es un caballo! ¡Fíjate como calza!

Semejante burrada en sus labios me hizo trastabillar y tratando de no caerme, me agarré a su brazo. Mi peso provocó que Susana no pudiese mantenerse en pie y perdiendo el equilibrio cayera sobre mí.

Totalmente cortado, le pedí perdón mientras mi mente se ponía a cien al notar sus tetas presionando contra mi cuerpo y que ella no hiciera ningún esfuerzo por separarse. Todo lo contario, evidenciando que se encontraba a gusto sintiéndose pegada a mí, la cría se permitió el lujo de rozar mi paquete con su mano mientras muerta de risa me susurraba:

-Aunque guapo, eres poco confortable- tras lo cual e incrementando mi vergüenza, mordió mi oreja al decir en voz baja: -Me estás clavando tu pajarito y eso que todavía no me lo has presentado.

Os juro que si no hubiese sido la ahijada de mi jefe, Susana no hubiese escapado viva en ese momento pero recordando que la rubia estaba con nosotros y que si la cagaba mi puesto correría peligro, preferí levantarla y sin comentar sus susurros tirarme directamente al mar, intentando que el agua fría calmara el incendio que asolaba toda mi piel.

«Esta tía: ¿de qué va?», mascullé entre dientes mientras nadaba: «¿Se creé que puede tontear conmigo sin tener consecuencias?».

Para colmo al salir a la superficie me encontré a las dos mujeres muertas de risa comentando lo ocurrido y a la morena sin cortarse en absoluto explicar a Elena el tamaño de mi miembro. Si bien con total descaro y falta de decoro estaba alabando mis partes, os he de confesar que me creí morir de vergüenza.

«¡Joder con la mojigata! ¡Se suponía que estaba destrozada por el desengaño!», maldije en silencio y con un cabreo enorme, salí del agua y me tumbé sobre la cubierta sin ganas de hablar.

El incuestionable enfado que sentía no solo nos las retrajo sino que uniendo sus fuerzas en mi contra, ambas mujeres siguieron cachondeándose de mis atributos con mayor énfasis hasta que ya harto de sus alusiones me bajé el pantalón y mostrando mi verga en su plenitud, les solté que si tantas ganas tenían de vérmela, ahí la tenían.

Mi exhibicionismo aunque cortó a la rubia, hizo gracia a la muchacha y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, se recreó en mi anatomía al tiempo que sin disimulo se mordía los labios con deseo. La manera tan descarada con la que Susana me estaba comiendo con los ojos me fue excitando y contra mi voluntad, mi pene que al salir del agua estaba morcillón fue poniéndose duro y levantándose ante su mirada.

Cada vez más interesada, la morena se fue acercando y obviando la presencia de Elena, se sentó junto a mí. Sin saber qué hacer ni cómo reaccionar, fui objeto indefenso de su lujuria cuando con una lentitud exasperante llevó su mano entre mis piernas y agarrando mi pene se puso a acariciarlo.

«¡No puede ser!», medité alucinado al comprobar que sin mediar palabra me empezaba a masturbar.

Mi amiga al comprobar cómo se estaba desarrollando los acontecimientos, decidió dejarnos solos y tomando su bolso, bajó al camarote para no ser un estorbo. Para entonces mi erección era máxima y por eso no pude negar que me gustaba cuando con un extraño brillo en sus ojos, esa morenita me soltó:

-Elena me ha comentado que tuviese cuidado contigo porque eras bueno y estabas muy solo. ¿Te importa ser mío mientras dure mi estancia aquí?

Sin llegármelo a creer, respondí que eso no estaba bien y que mejor lo dejara. Mi negativa no consiguió que parara y son con mayor ilusión reflejada en su rostro, Susana insistió diciendo:

-Sé lo que sientes porque a mí también me han dejado.

La ternura e incluso la tristeza que leí en ella me desarmaron y por eso no pude rechazarla cuando agachando su cabeza, sacó su lengua y dio un primer lametazo en mi glande.

-¡No soy segundo plato de nadie!- protesté inmerso en mi papel.

Aunque os parezca ridículo en ese momento era ella quien me estaba consolando y no al revés. Quizás por eso y sintiéndose por primera vez al mando, esa mujer profundizó sus caricias a base de besos mientras me respondía que la dejara hacer. Tras lo cual acomodándose entre mis piernas, usó sus labios para recorrer mi tallo y abriendo su boca, tiernamente se fue introduciendo centímetro a centímetro por completo en su interior. La lentitud con la que engulló mi sexo permitió que notara la tersura de su húmeda garganta con un placer que me hizo suspirar.

-Disfruta y no pienses en la otra- comentó creyendo que sollozaba por la presunta novia que me había abandonado. –Quiero que te relajes y comprendas que hay vida después de una decepción.

Al oírla asumí que no estaba hablando conmigo sino con ella. De alguna extraña manera, Susana estaba combatiendo sus demonios usándome mi cuerpo como instrumento de su propio exorcismo. La certeza que era así me tranquilizó y dejando en manos del destino lo que pasara, me puse a gozar de la mamada.

Susana al notar mi entrega, me miró satisfecha y poniéndose roja, sacó mi pene de su boca mientras me decía:

-Necesito hacer el amor.

La urgencia de sus palabras no me permitieron objetar nada cuando poniéndose a horcajadas sobre mí, llevó con sus manos mi glande hasta los pliegues que daban entrada a su gruta y menos cuando dejándose caer suavemente, usó mi pene como ariete con el cual empalarse. De algún modo, se me contagió su calentura y no pudiendo aguantar más sin tocarla, llevé mis manos hasta sus pechos. Recreándome en sus pezones, disfruté de esas dos maravillas mientras su dueña no paraba de gemir cada vez más alto.

-¡Ámame!- chilló al sentir que había conseguido introducir todo mi pene dentro de su vagina,

Era tanta su urgencia que al sentirse invadida ni siquiera esperó a relajarse y tomando apoyo en mis hombros, comenzó un lento vaivén con su cuerpo. Los gemidos y aullidos de esa heredera se sucedían al ritmo con el que izaba y acuchillaba su diminuto cuerpo con mi estoque.

Os parecerá una exageración pero en pocos segundos, sentí su cálido flujo recorriendo mis piernas mientras su dueña se arqueaba sobre mí con los ojos en blanco, mezcla de placer y de pasión. Siendo testigo mudo de su necesidad, admito que me resultaba insólito que esa pequeña mujer pudiese ser una amante tan ardiente y tratando de prolongar su gozo, busqué retrasar mi eyaculación.

«Su lujuria compensa con creces por su tamaño», pensé mientras ella, usándome como montura, aceleraba su galope hasta adoptar una velocidad de crucero a todas luces excesiva.

Hipnotizado por el rebotar de sus pechos al compás con el que se empalada, no quise dejar de disfrutar de sus dos rosadas areolas e incorporándome sobre la cubierta, los cogí con mi mano y me los acerqué a la boca. Susana aulló desesperada cuando sintió como mis dientes mordían sus pezones y totalmente entregada, me clavó las uñas en mi espalda, buscando aliviarse la calentura.

El dolor junto a sus gritos incrementaron mi libido y sin dejar de estar dentro de ella, la cambié de postura y ya sobre ella, comencé a martillar su sexo con mi verga. Al hacerlo, olvidé toda precaución e imprimiendo a mi ataque de una velocidad sin igual, forcé su interior una y otra vez con tal fiereza que mis huevos rebotaban como en un frontón contra su cuerpo.

-Me encanta- escuché que chillaba.

Azuzado por sus palabras, elevé aún más mi ritmo mientras de su boca se le caía la baba incapaz de soportar tanto placer.

-¡Me corro!- aulló descompuesta al experimentar que cada una de sus neuronas colapsaban a la vez y uniendo un orgasmo con el siguiente, se vio sumida en un estado de éxtasis del que solo salía para pedirme que no parara.

Todavía hoy no comprendo porque fui capaz de prolongar durante tanto tiempo mi ataque sin correrme pero lo cierto es que imbuido en el placer, seguí machacando su pequeño cuerpo hasta que completamente derrotada me rogó que derramara mi simiente en su interior diciendo:

-Lléname con tu leche.

Ese deseo expresado en voz alta y escuchado solamente por mí y por una bandada de gaviotas que aleteaban sobre nuestras cabezas fue el detonante que hizo que pegando un gemido explotara dentro de su vagina. Susana al sentir mi líquida rendición llenando su conducto, se unió a mí en un postrer orgasmo que la dejó agotada pero feliz y cerrando sus ojos, me obligó a abrazarla. La expresión de plenitud que leí en su rostro me dejó anonadado sobre todo al darme cuenta que en contra de lo que me había imaginado cuando la conocí, esa muchacha había conseguido en una sola tarde abrirse un hueco en mi alma.

Seguíamos todavía desnudos cuando saliendo del camarote, Elene nos preguntó:

-¿Vais a seguir follando? Os lo digo porque me apetece darme un baño.

Muerta de risa y sin taparse, mi recién estrenada amante contestó:

-Te acompaño pero te aviso que al volver: ¡Pienso echarle otro polvo!…