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La huésped del hotel 2.

En el capítulo anterior, os narré como mi jefe me pidió hacerme cargo de una huésped muy especial y como queriendo consolarla, resultó que Susana fue a mí a quien animó. En este, mi idea es profundizar en su personalidad y los motivos que llevaron a su ex novio a dejarla.

Os confieso que estaba confuso cuando atraqué la motora porque Susana me había dejado apenas respirar y olvidándose de la presencia de Elena, había aprovechado que nadie nos podía ver en esa cala para echarme todos los polvos que pudo hasta que mi maltrecho instrumento se negó a seguir siendo usado.

No tengo ni idea de cuantas veces follamos, jodimos o hicimos el amor porque comportándose como una transformer, esa morenita cambió de actitud a lo largo de la tarde y mientras a veces parecía una mujer ardiente y me exigía que la tratara duramente, en otras era la dulzura hecha mujer y lo único que me rogaba era que le diera cariño.

Todavía se incrementó aún más mi desconcierto cuando al echar amarras, esa morenita cogió su bolso y sin mediar palabra, salió corriendo hacia el hotel.

-¿Esta tía de que va?- pregunté a Elena que sin moverse de su asiento, sonreía al ver mi cara.

Tras unos segundos en los que parecía que estaba analizando lo ocurrido, la rubia muerta de risa me soltó:

-Se ha debido ir a echar crema en el chochete. Con el meneo que le has dado en estas cuatro horas ¡lo debe tener totalmente escocido!

Su burrada me hizo sonreír pero poniéndome serio insistí en saber su opinión porque no comprendía nada. Fue entonces cuando cayendo en que estaba preocupado, Elena contestó:

-No tengo ni idea. Yo tampoco comprendo su actitud. Se ha pasado toda la tarde pidiendo que la follaras para al llegar a tierra salir corriendo. Lo único que puedo suponer es que se arrepiente de lo que ha ocurrido.

-Y ¿Qué hago? ¿La llamo?- pregunté totalmente destrozado.

-Eso ¡jamás! Déjala a ella que marque el ritmo. Si quiere volverte a ver, que sea Susana la que dé el paso.

A regañadientes comprendí que tenía razón y despidiéndome de mi amiga, dediqué la siguiente media hora en baldear la motora. Al terminar, cansado, acalorado pero sobre todo desilusionado recogí todos mis enseres y emprendí la vuelta.

Aunque no os lo he contado, por aquel entonces vivía en un apartamento dentro del hotel, por lo que después de preguntar cómo había ido la tarde, directamente me dirigí hacia ese pequeño oasis al que llamaba hogar.

«Mierda, le he fallado a Don Arturo», pensé con disgusto al abrir la puerta. «Se va a cabrear cuando se entere que me la he tirado».

Mis temores tenían base y no era descabellado que esa semana terminara con mi despido porque mi jefe me había encargado que me ocupara de su ahijada durante toda la semana y había sido incapaz de retenerla siquiera unas horas.

«Voy jodido», me dije tirando mis cosas sobre la cama y cabreado, me desnudé deseando que con la ducha mis temores se fueran por el desagüe junto con la sal.

La certeza que con seguridad tendía que explicar a ese hombre que me había aprovechado de la mujercita que había puesto en mis manos, me tenía apesadumbrado y tratando de olvidar aunque fuera momentáneamente mis problemas, decidí que en vez de la ducha me daría un baño en el jacuzzi. Por eso, abriendo el grifo del agua caliente, aproveché a ponerme una copa mientras esperaba a que se llenara la bañera.

«Joder, ¡la he cagado!», exclamé mentalmente mientras me ponía un whisky, «si ese viejo cuenta en el sector porque me ha despedido, no conseguiré trabajo en ningún hotel».

Inmerso en una espiral autodestructiva, vacié mi copa y rellenándola volví al baño. Al entrar casi dejo caer el vaso porque arrodillada sobre el mármol, me encontré a Susana vestida como si fuera la camarera encargada de asear las habitaciones de ese piso. Mi sorpresa se vio incrementada cuando incapaz de mirarme, esa morenita me extendió una toalla a mis pies mientras me decía:

-Señor, me llamo “Zorrita” y me han encomendado la misión de servirle mientras dure su estancia entre nosotros.

Os juro que estuve a punto de levantarla del suelo y de exigirle que dejara de jugar conmigo como si fuera un pelele, pero algo en su tono me convenció de esperar para descubrir cuál era la verdadera intención de ese juego. Por eso, actuando como un hacendado de siglos atrás ante una de sus esclavas, me metí en el jacuzzi sin mostrar ninguna sorpresa por su comportamiento.

Susana al ver que le seguía en esa travesura, sonrió mientras me decía:

-Señor, ¿le apetece que su “zorrita” le enjabone?

Ni que decir tiene que accedí y sin darle importancia, permití que esa millonaria se comportara como una pornochacha. Cerrando los ojos, disfruté de la tersura de sus manos mientras extendía el jabón por mi cuerpo. Sintiendo sus dedos recorriendo mi pecho, me puse a analizar las razones que le habían llevado a mi habitación pero por mucho que intenté sacar una conclusión, solo pude comprender que me había dejado solo baldeando la lancha para de algún modo agenciarse con ese uniforme y con mi llave. Estaba todavía pensando en ello cuando sentí que excediéndose en su petición inicial, Susana había llevado su mano hasta mi entrepierna y que sin disimulo, estaba masajeando mis huevos sin que su cara reflejara otra emoción más que una fría profesionalidad.

«Quiere ponerme bruto», confirmé al percatarme que habiendo dejado bien enjabonados mis testículos, esa morenita había extendido su palma sobre mi miembro y ya sin recato, me estaba masturbando. Mas excitado de lo que me hubiese gustado estar, saqué mi brazo del jacuzzi y metiendo mi mano bajo su falda, descubrí que esa putita no llevaba ropa interior.

Susana al notar mi caricia sobre sus nalgas, no pudo reprimir un gemido y reiniciando la paja con la que me estaba obsequiando, me soltó:

-Señor, esta zorrita no se merece que la mime.

Asumiendo que debía preguntar el por qué no quise satisfacerla e incrementando la acción de mis dedos, recorrí con ellos la raja que unía sus dos cachetes mientras le decía:

-Zorrita: ¿Qué es lo que te mereces?

Moviendo sus caderas pero sin hacer intento alguno para que dejara de sobar su entrada trasera, Susana suspiró antes de contestar:

-Me he portado mal. He entrado en su cuarto sin permiso- respondió y justo cuando creía que había acabado, prosiguió diciendo: -Merezco unos azotes para que otra vez recuerde quien es mi dueño y señor.

Sus palabras me dejaron alucinado porque no solo se mostraba abiertamente como sumisa sino que me reconocía a mí como su amo. Ejerciendo del poder que voluntariamente me había concedido, le pedí que retirara sus manos de mi miembro y colocándola a mi lado, seguí masturbándola sin parar mientras pensaba en cómo sacar partida del papel que estaba representando y tras unos minutos metiendo y sacando mis dedos del interior de su sexo, me levanté y saliendo de la bañera, le exigí que me secara.

La cría que para entonces estaba a punto de correrse creyó al verme con la polla tiesa que lo que realmente deseaba era que me la comiera y por eso, arrodillándose a mis pies, comenzó a besarla con una ardor que me impidió durante unos segundos rechazarla.

«Debes averiguar que le ocurre. Mientras siga actuando como tu sumisa no podrá ocultarte nada», pensé y por eso lanzándole una toalla, le solté:

-Sécame, zorrita. ¡No te he dado permiso para mamármela!

La expresión de su rostro ratificó su disgusto pero obedeciendo de inmediato, se puso a retirar las gotas de agua que caían por mi cuerpo mientras entre sus muslos se acumulaba la excitación por saberse mi sierva. No tardé en verificar que su cuerpo temblaba de deseo al pasar la toalla por mis muslos y ver a escasos centímetros de su cara una erección que le estaba vedada.

«Le pone cachonda el no poder chupármela», certifiqué al observar la dureza de sus pezones.

Deseando incrementar su calentura al terminar, le exigí que me acompañara a mi habitación y dejándola de pie frente a la cama, me tumbé totalmente desnudo en ella. Una vez allí y mirándola a los ojos llevé mi mano hasta mi pene y lentamente comencé a masturbarme.

-¿Te gustaría mamármela?- pregunté con tono jocoso.

Susana cerró sus rodillas al sentir que su entrepierna se licuaba y saberse objeto de un extraño juego y tras unos segundos mordiéndose los labios contestó:

-Sí. ¡No sabes cómo lo deseo!

Muerto de risa y sin dejar de meneármela, contesté:

-Puede que te deje hacerlo pero antes debes de responderme unas preguntas.

Dando un paso hacia mí, la morenita mostró involuntariamente su urgencia al aceptar diciendo:

-Pregunte y su zorrita le contestará.

Os reconozco que me encantó tenerla en mi poder y recreándome en ello, le permití que me diera un lengüetazo como anticipo. Susana al escuchar que le daba permiso se sentó a mi lado y acercando su boca hasta mi glande, recorrió todos sus bordes con la lengua para acto seguido decir:

-¿Qué es lo que quiere saber?

La seguridad de la muchacha era tal que sin pensármelo dos veces, le pregunté a bocajarro:

-¿Qué has visto en mí?

Al escuchar la pregunta, sonrió y me dijo:

-A un hombre del que fiarme y que me dará mucho placer.

Su sonrisa era tan genuina que comprendí que de algún modo ese interrogatorio estaba espantando sus temores y dejándola que durante unos segundos se metiera mi miembro en su boca, insistí:

-Dime zorrita, ¿por qué te dejó tu novio?

Sabiendo que ese era el quid de la cuestión, no me importó que se tomara un momento para responder. Se le notaba tensa cuando casi llorando contestó:

-Mario no podía soportar mi exacerbada sexualidad.

La sinceridad de sus palabras me enterneció pero queriendo saber realmente a que me enfrentaba le pedí que me contara en qué consistía su problema sin darme cuenta que no le había ofrecido su premio. Al ver que no respondía comprendí lo que pasaba y pasando mi mano por sus pechos, regalé a sus pezones un suave pellizco.

-Ummm- gimió descompuesta para acto seguido contestar: -Necesito correrme varias veces al día.

-¿Cuántas?

Avergonzada y con voz temblorosa, bajó su mirada al confesar:

-Al menos cuatro.

Cómo comprenderéis no me esperaba esa respuesta porque si abiertamente reconocía ese número la realidad es que debían de ser más. Sin saber si podría estar a la altura, supe que valía la pena intentarlo y subiéndola a la cama, la obligué a ponerse a cuatro patas. Ya en esa postura, llevé mi mano hasta su sexo y recorriéndolo con mis dedos, me entretuve toqueteando tanto sus pliegues un buen rato como su clítoris hasta que noté que estaba a punto de llegar al orgasmo.

-Ya me has contado tu problema, ahora quiero que me expliques porque te has vestido de esa forma.

Reteniendo el placer que se iba acumulando en su cuerpo, Susana respondió:

-Quería que supieras qué clase de mujer soy y hasta donde estoy dispuesta a llegar.

Intrigado e interesado por igual, premié a esa zorrita metiendo un par de yemas en su interior. Susana al experimentar la intrusión de mis dedos, colapsó sobre las sabanas y mientras de su coño brotaba un ardiente geiser de flujo, se corrió. Dejándola que disfrutara del placer, metí y saqué mis falanges con rapidez, dándome tiempo de acomodar toda esa información en mi mente.

Como una perfecta yonqui del sexo, la morenita al haber obtenido su dosis de placer sonrió y sin que yo se lo preguntara, me dijo:

-Si me aceptas como soy, seré tu fiel zorra. Podrás usarme como te venga en gana y siempre estaré dispuesta para que me tomes.

Esa promesa era irrechazable y deseando comprobar si era cierta, me puse detrás de ella y abrí sus dos nalgas para inspeccionar su ojete. Curiosamente al hacerlo descubrí que lo tenía cerrado y que al menos exteriormente parecía no haber sido usado.

-¿Me entregarás tu culo? – le espeté mientras entre mis piernas mi pene reaccionaba a esa belleza consiguiendo una erección de caballo.

Aunque lo suponía, el sexo anal era una sus metas a conseguir y por eso con una felicidad desbordante, ella misma usó sus manos para separar sus cachetes al tiempo que me decía:

-Lo he estado reservando para ti.

Esa afirmación era a todas luces falsa porque conociéndola, la virginidad de su entrada trasera se debía deber a las reticencias de sus antiguos amantes. Sabiéndolo, pasé por alto ese pecadillo y abriendo un cajón de mi mesilla, saqué un bote con crema. Sus ojos brillaron al verlo y posando su cabeza sobre la almohada, alzó aún más su trasero para facilitar mis maniobras.

Su entrega me permitió coger una buena cantidad de lubricante y esparciéndolo por su esfínter, metí una de mis yemas en su interior diciendo:

-Relájate, no quiero hacerte daño.

Mis palabras le hicieron reír y dejándome impactado, me contestó:

-Llevo años soñando que me den por ahí y si para ello debo de sufrir, no te preocupes y hazlo.

Que asumiera que iba a dolerle no me tranquilizó y no queriendo hacer demasiado destrozo al romper ese culito, seguí relajándoselo durante un minuto antes de introducir el segundo dedo. Ella al notar esa nueva incursión aulló como una perra antes de decirme:

-No esperes más, ¡lo necesito!

Desde mi posición pude observar que los muslos de esa morena temblaban cada vez que introducía mis falanges dentro de su trasero y por eso me permití dar un azote a una de sus nalgas antes de introducir una tercer yema en ese orificio.

-Ahhhh- berreó ya completamente entregada a la lujuria y demostrándola con hechos, se llevó las manos a los pechos y pellizcando sus pezones, buscó afianzar su excitación.

Contra todo pronóstico, no había acabado de meterle los tres dedos cuando mordiendo la almohada se corrió sonoramente. Considerando su placer como banderazo de salida, no esperé a que cesara su orgasmo y mientras su cuerpo convulsionaba sobre las sábanas, embadurné mi órgano con la crema antes de posar mi glande en su virginal entrada: 

-¿Estás segura que quieres que lo haga?- pregunté mientras jugueteaba con su esfínter. 

Susana me respondió dejando caer su cuerpo hacia atrás lentamente. Al hacerlo mi pene fue empalándola poco a poco. La morenita sin gritar pero con el dolor reflejado en su rostro, siguió presionando sobre mi verga hasta que la sintió rellenando su conducto por completo. Solo entonces, se permitió el lujo de quejarse diciendo:

-Duele pero me gusta.

En ese momento mi mayor deseo era disfrutar de ese trasero pero sabiendo que esa primera vez era importante para que en el futuro siguiera gustosamente entregándomelo, esperé que fuera ella quien decidiera cuando estaba lista. No queriendo que mientras tanto se enfriara, acaricié con mis yemas su clítoris mientras se relajaba. Ese doble estímulo permitió a la muchacha relajarse en menos de un minuto y levantando su cara de la almohada, me rogó que comenzara. 

La expresión de deseo que leí en su rostro terminó de barrer mis temores y con ritmo pausado, fui sacando mi sexo de su interior. Todavía no lo había terminado de extraer cuando Susana con un breve movimiento de caderas se lo volvió a embutir hasta el fondo.

-Fóllame, ¡por favor!- chilló mientras dabamos inicio a una ancestral danza en la cual yo intentaba recuperar mi verga y ella lo evitaba al volvérsela a clavar hasta dentro.

De esa manera poco a poco fuimos incrementando el ritmo, trasformando nuestro trotar inicial en un desbocado galope, donde ella no dejaba de gritar que la tomara y yo la hacía caso, apuñalando sin parar el interior de sus intestinos.

-¡Me estás volviendo loca!- aulló aceptando de buen grado que me asiera a sus pechos.

Sus gritos eran tan fuertes que temí que fueran escuchados desde el pasillo pero eso lejos de cortarme, me excitó y por eso comportándome como un experto jinete, solté un azote sobre una de sus ancas mientras le exigía que se moviera.

Mi montura al sentir mi mandoble rugió de placer y olvidando cualquier recato, me confesó que le había gustada tan duro trato y riendo me rogo que le diese más. Como comprenderéis, no tuvo que repetir ese deseo y alternando de un cachete al otro, fui marcándole el ritmo de mis penetraciones con sonoras nalgadas.

-¡Qué placer!- aulló como loca al notar que esos azotes le estaban azuzando de una manera que nunca había sentido y ya con su culo por entero rojo. Se dejó caer sobre la cama y empezó a estremecerse al saberse presa de un orgasmo brutal.

-¡No dejes de follarme! ¡Maldito!- bramó al experimentar que todas sus neuronas eran asoladas por la mezcla de dolor y gozo que desgarraba su trasero. 

Sus gritos fueron el acicate que me faltaba y cogiendo sus pezones entre mis dedos, los pellizqué con dureza mientras usaba su estrecho culo como frontón. Disfrutando de ese pellizco, perdió el control y agitando sus caderas se corrió dando berridos. Habiendo conseguido mi objetivo, me concentré en mí y forzando ese ojete cruelmente, lo fui rebanando usando mi pene como cuchillo jamonero y rebanada a rebanada, asolé sus últimas defensas mientras mi presa aullaba desesperada.

-¡Soy tuya!- consiguió balbucear antes de caer agotada sobre las sábanas.

Mi orgasmo coincidió con sus palabras y uniéndome a su gozo, vertí mi simiente en sus intestinos. Susana al notarlo, puso sus caderas en modo batidora y no paró hasta que consiguió que vertiera hasta la última gota de esperma en su interior. Tras lo cual, agotado y exhausto, me tumbé a su lado. La morenita me recibió con los brazos abiertos y llenándome con sus besos, me agradeció el placer que le había regalado diciendo:

-Siempre te seré fiel.

Os parecerá extraño pero viendo su felicidad comprendí que al romperle el trasero también había arrancado de cuajo las cadenas que aún la unían con su antiguo novio y queriendo confirmar ese extremo, le solté:

-Quiero que dejes tu habitación y te traslades aquí.

Su respuesta fue inmediata y aceptando mi propuesta, lució una enorme sonrisa al preguntar:

-¿Crees que mi padrino se enfadará cuando se entere que soy tu puta?

Fue entonces cuando me eché el lazo sin darme cuenta porque dando por olvidada mi soltería, contesté:

-No eres mi puta sino la mujer con la que quiero compartir el resto de mi vida.

Susana riendo a carcajada limpia, me corrigió diciendo:

-Te equivocas, de puertas afuera seré tu mujer pero entre tus sabanas seguiré siendo tu “zorrita”- y reafirmando sus intenciones, cogió mi pene entre sus manos y lo empezó a menear con alegría.