no son dos sino tres2El evento del hotel llegó a su fin y hubo que retornar a casa, o mejor dicho… a casa de Evelyn, a quien se la veía feliz como perro Sin títulocon dos colas por el éxito obtenido por la empresa en la muestra. No sólo se complacía en mostrarme que hacía conmigo lo que quería sino también que ella vivía las ganancias de la empresa como propias o, dicho de otra manera, que el control que ejercía sobre el infeliz de Luciano le daba, ya para esa altura, el liderazgo dentro de la fábrica pues, como ella misma se había encargado de señalar en alguna ocasión, Hugo estaba algo cansado y cada vez se desentendía más de la dirección de la empresa.

Ya en su casa, la colorada me felicitó varias veces, pero no dijo palabra sobre comisión alguna que me pudiera corresponder en las ventas: parecía, más bien, que las mismas eran de ella y no mías. Para colmo de males, apenas llegamos cayó de visita Rocío, la cual, aun a pesar de la hora, lucía avispada y ansiosa por conocer los pormenores del evento con lujo de detalles; no hace falta decir que Evelyn se los dio de buen grado y haciendo particular énfasis en todo lo ocurrido conmigo y los clientes que habían solicitado mis “servicios”. Hasta allí yo seguía dentro de la casa. pues fui la encargada de servirles café y bebida; luego, y como era ya para entonces rutina, Evelyn entró a los perros y me mandó al patio o, más precisamente, a la cucha del perro. Cuidó, no obstante, de dejar una ventana abierta deliberadamente a los efectos de que yo oyese la conversación que sostenían entre ella y Rocío, la cual, en un momento, comenzó a girar acerca de Micaela y, si bien algunas palabras no me llegaban lo suficientemente limpias, sí logré precisar que se referían insistentemente al regreso de su amiga a la fábrica. Por más que paré la oreja, no logré captar nada en relación a mí o a mi futuro: qué pasaría conmigo o cuál sería mi destino si realmente Micaela era reincorporada. Me ignoraban: ése era, tal vez el más claro mensaje hacia mí…

Cuando Rocío se marchó, ya eran alrededor de las dos de la madrugada pero yo, desde luego, no podía pegar un ojo; la detestable rubiecita me saludó desde la ventana soplándome un beso insoportablemente burlón y sarcástico. Una vez que se marchó, Evelyn salió al patio luchando, como siempre, para que los perros no lo hiciesen tras ella. Yo estaba dentro de la cucha, asomando por la entrada sólo cabeza y manos. Cuando ella se paró ante mí, miré hacia arriba y, bañada por la luz de la luna, la vi terrible en su vanidad; imponente, poderosa y dominante… Llevaba en mano un chorreante cuenco de comida que parecía más lleno que otras veces; lo depositó en el suelo ante mí.

“Hoy hay ración doble – anunció, sonriente y a la vez con tono algo marcial -: es tu merecida recompensa por lo bien que te has portado en el evento”

Por fuera, desde ya, le agradecí, pero por dentro la maldije, pues lo único que me ofrecía era una ración más generosa de comida para perros; ni hablar de comisiones, dinero o algún otro premio que tuviese que ver con la fábrica en sí. Le di, no obstante, las gracias, pues otra cosa no podía hacer; ella, manos a la cintura, se me quedó mirando fijamente y movió el mentó en dirección al cuenco de comida, en claro gesto de impelerme a comer.

“Mañana vamos a dormir un poco más – anunció, en tono relajado, mientras yo mantenía vista y boca en el plato -. Nos lo tenemos ganado porque fueron dos jornadas agotadoras, así que iremos a la fábrica a eso de las diez”

“Es… tá bien, s… señorita Evelyn… Co… mo usted diga” – balbuceé, sucias mi boca y mi nariz, algo ahogada mi voz por la comida.

“Mañana regresa Mica” – dijo luego, dándole algo de alegría a su tono; se percibía fácilmente lo mucho que disfrutaba el hacerme un anuncio como ése, pues ella sabía mejor que nadie cuánto me dolía.

“S… sí, señorita Evelyn” – fue todo lo que atiné a responder, mordiendo la lengua para no decir que se los había oído decir a ella y a Rocío, pues hacerlo era lo mismo que incriminarme por estarlas oyendo; aunque, después de todo, ellas lo habían querido así, ¿o no?

“¿No te pone contenta la noticia?” – preguntó, llena de sarcasmo y con un malicioso brillo en los ojos.

Levanté ligeramente el rostro del cuenco, pero no la miré; sólo veía sus pies sobre la hierba frente a mí. No sabía bien qué decir: la pregunta estaba, desde ya, cargada de malicia y, como tal, mi respuesta, sólo podía ser una falsedad.

“Si… a usted y a la señorita Rocío las hace felices, pues a mí también” – mentí, aunque creo que sin sonar sincera.

Ella soltó una risa satisfecha y luego acercó uno de sus pies hacia mi rostro, con lo cual la punta de su zapato quedó a escasos centímetros de mis labios.

“Yo me voy a dormir – me anunció -, así que vas a despedirme como corresponde”

No hace falta decir que lo que exigía de mí era que le besara el calzado, algo que yo ya tenía incorporado como práctica rutinaria y casi ritual; sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, profirió un grito que me hizo erizar el cabello de la nuca.

“Primero lávate la boca, pelotuda”

Luego de pedir las consabidas disculpas y llena de excitación por el insulto, con la cabeza gacha y al igual que una chiquilla a la que han regañado, fui presurosamente a cuatro patas hacia el grifo que había junto a la puerta de la casa y me aseé la boca. Luego, volví y, tal cual ella me requiriera, le besé los pies.

“Ahora podés seguir comiendo” – me espetó, al tiempo que daba media vuelta y enfilaba hacia la casa; no podía degradarme más ni aunque quisiera, pues me había hecho lavar la boca tan sólo para besarle el calzado y ahora tenía que seguir comiendo. De todas formas, cuando ella cruzó el vano de la puerta y dejé de verla, agradecí por el hecho de que no hubiera recordado colocarme el consolador expandible.

Tal como ella dijo, al otro día nos levantamos algo más tarde. Aun a pesar de lo turbada que me hallaba por los sucesos del fin de semana, logré conciliar el sueño cuando había pensado que no podría; el cansancio era demasiado. Otra vez volví a soñar con perros que me lamían y que me cogían mientras, en una sádica danza de imágenes iban desfilando Evelyn, Rocío, Micaela, la madre de Daniel, el policía de la seccional, el vendedor de pochoclo de la plaza, los strippers, la “chica cowboy”, el señor Inchausti, Hugo, Luis y su novia, Luciano, el empresario asqueroso y bajito, la señora Clelia y, finalmente, el tipo vestido de colegiala. En mi sueño, uno tras otro se aprovechaban y abusaban de mí, cada uno, desde ya, en su estilo y siempre bajo la mirada del trío poderoso, es decir Evelyn, Rocío y Micaela, cuyas carcajadas atronaban de un modo tan demoníaco que las seguí escuchando incluso mucho después de haber despertado: algunos me cogían, otros me hacían la cola, otros se dedicaban a azotarme… El tipo vestido de colegiala, desde luego, apareció en último lugar y, como no podía ser de otra manera, fue el único que no quiso utilizarme sino que, por el contrario, se ofreció mansamente a que yo le hiciera las mayores degradaciones posibles; en mi sueño, hasta le defequé encima, cosa que en la realidad no había hecho. Pero que ese sujeto fuese, de entre todos, el último en entrar en mi sueño funcionaba, en cierta forma, como mensaje, pues bien sabía yo que en él estaba mi llave de la puerta de salida de la fábrica o, inclusive, mi salida de emergencia en caso de que le dieran a Micaela mi lugar y yo quedara en la calle.

Mi idea de que Evelyn pudiera haber olvidado el asunto del consolador en mi cola se cayó a pedazos en cuanto, luego de servirle el desayuno, me hizo girar y bajarme la tanga para instalármelo. En todo caso, lo que había hecho era dejarme en paz durante una noche, quizás como otro premio por haber “hecho los deberes” durante el fin de semana, al igual que la doble ración de comida.

Cuando llegamos a la fábrica, lo hice caminando sumisamente detrás de Evelyn y pude notar todos los ojos sobre mí; no quería ni pensar el desastre que había hecho Rocío al tener dos horas de tiempo extra para ponerlas a todas al corriente de mis desventuras en el hotel. Bajé la cabeza con vergüenza. De pronto, le perdí el paso a Evelyn, que salió disparada hacia adelante casi a la carrera sobre sus tacos; al levantar la vista, me encontré con que lo suyo, más que prisa, era una demostración de júbilo ya que quien se hallaba sentada a mi escritorio era su amiga: Micaela…

La abrazó y la besó efusivamente varias veces, pudiendo notar yo que, en derredor, todas prestaban ahora atención a la escena y no creo haber sido demasiado paranoica al tener la sensación de que se las veía felices con el retorno de Micaela, quien no paraba de saludar a Evelyn y, por cierto, de agradecer.

La aprehensión se apoderó de mi pecho y los brazos se me aflojaron, pues todo estaba más claro que nunca. Mis peores temores quedaban confirmados con la presencia de Micaela allí, en mi lugar, lo cual constituía para mí, desde luego, una nueva humillación a los ojos de toda la fábrica.

“¡Nadita! – me espetó Evelyn girándose súbitamente hacia mí, pero sin soltar del todo a su amiga, a quien mantenía aferrada por los hombros -. ¡Saludá a Mica!”

No se podía imaginar peor forma de centrar toda la atención en mí ni tampoco de degradarme en público: yo debía saludar a quien se estaba quedando con mi puesto, el mismo que, según ella, yo le había “robado”. Haciendo de tripas corazón, incliné la cabeza ligeramente y saludé, tratando de mostrar la mayor amabilidad posible.

“M… Micaela” – balbuceé, tímidamente.

“¡Nadita! – me recriminó Evelyn, quien ya parecía haber perdido todo prurito al momento de llamarme en público con ese denigrante apodo -. ¿Es ésa la forma en que te enseñé a saludar?”

La miré, absolutamente turbada. ¿Qué pretendía ahora esa bruja? ¿Qué me pusiese a cuatro patas y caminase hacia Micaela para besarle los pies? ¡Dios! Con solo pensarlo, se me revolvía el estómago de náuseas pero, además, no sabía en dónde meter tanta vergüenza. Miré a Evelyn, dudando de haber interpretado el mensaje, pero ella, con una inequívoca caída de ojos, me hizo gesto de que me colocase a cuatro patas, con lo que ya no había más duda en cuanto a lo que de mí esperaba. Antes dije que la colorada ya se comportaba como si fuese la dueña de la fábrica y su actitud, en ese momento, era otra muestra al respecto: se manejaba con total impunidad y ya no le importaba en absoluto la imagen ante las demás; por el contrario, lo más probable era que se regodeara en el sádico placer de que todas allí fueran testigos del control que ejercía sobre mí. Yo seguía sin reaccionar; de pronto me acordé de mi teléfono celular, en cuyo directorio tenía yo agendado al tipo vestido de colegiala. ¿Y si directamente me largaba y punto? ¿Por qué tenía yo que seguir pasando por tantas humillaciones cuando ya quedaba más claro que nunca que a Micaela le habían dado mi puesto y que, por lo tanto, no había más lugar en esa fábrica? ¿Qué perdía con dar media vuelta y mandarlas a la mierda? Pero ya para esa altura había algo que yo no podía manejar… y Evelyn, que lo sabía tanto como yo, se aprovechaba sádicamente de ello. En su mirar se advertía claramente que la colorada era consciente de haberme instalado una especie de chip dentro de mi cabeza o de haberme despertado algún costado oculto y reprimido contra el cual todo intento de resistencia por mi parte se hacía vano y ridículo… No sé. Sólo sé que me puse a cuatro patas; para murmullo y asombro de todo el personal de administración, avancé hacia Mica y, girando en torno al escritorio que, hasta unos días atrás fuera mío, le besé los pies tal como Evelyn me exigía.

“Buenos días, señorita Micaela – dije, con una frialdad que rayaba en la resignación -. Bienvenida a la fábrica”

El murmullo en derredor se convirtió en disonante coro de exclamaciones de asombro, luego en risas y, en algunos casos, en abierta carcajada. Yo tenía la vista baja pero, aun así, podía imaginar sus rostros, así como la expresión sonriente de Micaela, a quien escuché decir:

“Muchas gracias, nadita. Después me vas a tener que explicar bien algunas cosas de las cuentas y archivos; no logro entender el desastre que has hecho desde que me fui”

No había ningún desastre; yo lo sabía y ella también, pero aun así, acepté, siempre con la cabeza baja:

“Está bien, señorita Micaela. Cuando usted lo disponga”

Seguramente, pensé, en eso consistiría mi último día en la fábrica: en hacer de mulo para Micaela.

“¡Qué lindo tenerte otra vez por aquí, Mica! – festejó Evelyn, palmoteando el aire para luego volver a clavar la vista en mí -. Bien, vamos a lo nuestro, nadita: te espero en la oficina”

Dicho esto, y atrayendo una vez más a su amiga hacia sí para besarla efusivamente y por milésima vez en la mejilla, partió en dirección a su oficina y a mí no me quedó más remedio que seguirla, dudando por un momento acerca de si debía hacerlo a cuatro patas o no; no me había dicho nada al respecto, por lo cual me puse en pie. Al hacerlo, me encontré con los ojos pletóricos de felicidad de Micaela, en cuyo rostro se veía la más patente expresión de triunfo. Fue demasiado para mí, así que me giré y me encontré con Rocío, cuyo semblante se veía igual de radiante que el de su amiga. Crispé los puños, volví a bajar la cabeza y fui tras Evelyn, quien ya me había sacado bastante ventaja.

Ella dejó la puerta de su oficina abierta luego de ingresar, con lo cual di por sentado que yo, simplemente, debía hacerlo tras ella. No necesito decir que mi estado de ánimo era el peor posible; me sentía una piltrafa humana, pues sabía que para lo único que Evelyn me había citado allí era para informarme sobre mi despido; sin indemnización alguna, además, por no haberse cumplido aún noventa días desde mi fecha de alta. Me sentía a punto de romper en llanto: ¿podía aquella mujer ser tan vil? Teníamos un pacto y ella bien lo sabía: se había comprometido a mantener reserva sobre mi embarazo a condición de que yo la obedeciese en todo. Pues bien, yo había cumplido con mi parte; ¿por qué ella no lo hacía con la suya? Pero, claro, la ingenua había sido yo por confiar en esa mujer: nunca como entonces me di cuenta de cuánta razón tenía Rocío al llamarme “estúpida”.

Casi como si al pensar en Rocío, la hubiese invocado, la blonda apareció prácticamente a los saltos sobre sus tacos y entró sin siquiera haber sido invitada. No dijo palabra; apoyándose las manos sobre su pecho y luciendo una sonrisa que no le cabía en el rostro, se ubicó a un costado, casi como queriéndose reservar una platea preferencial para presenciar mi despido: de hecho, se la veía rebosante de ansiedad. Apenas un instante después entró Mica, de quien tampoco recordaba que hubiera sido invitada por Evelyn en ningún momento. Mirándome con expresión entre pícara y divertida se ubicó también a un costado, pero de manera opuesta a Rocío. Quedamos, por tanto, formando una especie de cruz con cuatro puntos cardinales: Evelyn en el norte, Rocío por el oeste, Micaela hacia el este y… yo en el sur. Evelyn no pareció sorprendida por la repentina presencia de sus dos amigas allí y, de hecho, siguió comportándose prácticamente como si nunca hubieran ingresado. Yo tan sólo veía sus zapatos, ya que mantenía mi mirada en el piso a la espera de la mala nueva.

“Éstos son tus nuevos elementos de trabajo” – dijo, de sopetón, obligándome así a elevar la vista. A mi izquierda, Rocío dejó escapar una risita adolescente.

No puedo describir mi sorpresa cuando alcé los ojos en dirección a Evelyn y noté que sostenía en una mano un balde y en la otra un lampazo y un trapo de piso. No supe qué decir; reculé un paso mientras la mandíbula se me caía. Sacudí la cabeza…

“N… no entiendo, s… señorita Evelyn” – balbuceé.

“¡Ay, yo te dije, Eve! – terció Rocío -; es estúpida”

En otro contexto, el epíteto me hubiera excitado pero no en aquel momento ni lugar, pues yo sólo mantenía la vista clavada en los artículos de limpieza que Evelyn me enseñaba y, por mucho que mi cabeza le diera vueltas al asunto, no terminaba de comprender qué me estaba queriendo decir. O, mejor dicho: lo que entendía no me parecía posible…

“Nadita… – comenzó a decir Evelyn con tono paciente -: ¡te reubiqué, tontita! ¡Ahora vas a estar a cargo de la limpieza! Piso, baños, planta, todo… Bueno: también nos vas a tener que servir café y demás”

Mi cabeza era un revoltijo y las sensaciones se entrechocaban dentro de mí: la indignación que sentía ante el hecho de haber sido degradada de tal forma se batía a duelo con la emoción que me provocaba el que Evelyn, finalmente y contrariamente a lo que yo esperaba, no había promovido mi despido.

“P… pero – balbuceé -, s… señorita E… velyn… Y… ¿el señor Di Leo estuvo…?”

“Hugo hace lo que Luciano le pide y Luciano lo que yo le ordeno – me interrumpió la colorada -: en ese sentido, no te preocupes; todo está arreglado”

Asentí, con cierta tristeza al pensar en el futuro que me esperaba dentro de la fábrica; recordé, en ese momento, que había una señora que se encargaba de los menesteres que ahora me asignaban.

“S… señorita Evelyn… – dije, siempre igual de confundida -: hay u… una mujer q… que…”

“Ya hice que la rajaran” – me cortó Evelyn, en seco.

La miré con los ojos llenos de incredulidad.

“¿Q… qué…?”

“Ya está despedida – volvió a interrumpirme -; me encargué de que lo hicieran. Así, que, en fin, hice que le dieran su indemnización y la dejaran de patitas en la calle; de todas formas… nunca me gustó cómo dejaba los baños: los inodoros quedaban sucios”

Tragué saliva. Si alguna duda me quedaba acerca de lo denigrante del rol que me estaban dando, Evelyn acababa de confirmarlo con sus palabras. Yo seguía perpleja, con mis ojos yendo una y otra vez del rostro de Evelyn a los objetos de limpieza que sostenía; no me atrevía a mirar de costado hacia Rocío o Micaela, pero alcanzaba, de todas formas, a oír sus risitas y no me era, por cierto, muy difícil imaginar sus rostros de felicidad. Por otra parte, me invadió la culpa: habían despedido a esa mujer para asignarme a mí sus tareas.

“No te sientas culpable – intervino Micaela, como si me leyera el pensamiento -: después de todo, ya tenés experiencia en eso de quitarle el trabajo a la gente y, al parecer, no te hacés mucho problema…”

Esta vez sí la miré; me guiñó un ojo, muy maliciosamente.

“¡Bueno, nadita! ¡A lo tuyo, vamos!”! – espetó Evelyn, zamarreando el balde.

No me quedaba otra posibilidad; lentamente, y humillada a más no poder, caminé hacia ella para tomar los artículos de limpieza que me extendía; mientras lo hacía, me puse a pensar que mi paga sería, a partir de ese momento, ostensiblemente menor con respecto a la que ganaba en administración. Una vez más, parecieron leerme el pensamiento: Evelyn esta vez…

“Con respecto a tu sueldo – me explicó, mientras yo tomaba balde, trapo y lampazo -, ya arreglé también las cosas como para que no te veas perjudicada económicamente”

Por enésima vez, la miré sin entender.

“Vas a ganar lo mismo – me dijo -, e incluso algo más, ya que hice arreglos para que te paguen también los extras que podrías haber ganado con las ventas que hicieras”

Tanta “bondad” no podía sino sorprenderme. ¿Acaso sentiría culpa Evelyn? No, lo descarté de inmediato: ése no era un sentimiento que entrara dentro de su personalidad; más bien, la sensación era que quería mostrarme cuánto poder tenía y que, en definitiva, si yo no sufría perjuicio económico alguno con el cambio de funciones, se lo debía exclusivamente a ella, quien, cada vez más, era quien allí disponía a su antojo. Fuera de eso, el anuncio me tomó desprevenida y hasta me emocionó; tal fue así que, en un gesto más reflejo que meditado, me dejé caer sobre mis rodillas y le besé las puntas de los zapatos.

“Gracias, señorita Evelyn… Gracias” – no cesaba de repetir mientras Rocío y Micaela, por su parte, no dejaban de reír.

“Ah, no es nada, nadita – me dijo Evelyn, en tono despectivo -: no me fue difícil conseguirlo… Y, por otra parte… creo que ahora sí vas a tener una función acorde a tu estatus. Es más, hmm, ahora que lo pienso… vas a dejar de ser una completa inútil ya que, al menos eso espero, vas a servir para algo. Yo diría que ya no vas a ser nadita… Hmm, tendríamos que buscarte otro nombre…”

“¡Muqui!” – soltó, jocosa, Micaela.

“¿Muqui?” – preguntó Evelyn en tono intrigado.

“¡Sí! – exclamó su amiga -. ¡Por mucama! ¡Mucamita!”

“¡Excelente idea! – la felicitó Evelyn, señalándola con un dedo índice y claramente entusiasmada ante la propuesta; se giró nuevamente hacia mí -. ¡Vas a ser muqui! ¿Entendiste?”

Acompañó su pregunta propinándome un par de suaves puntapiés en la trompa, lo cual me obligó a enderezar un poco mi espalda y levantar mi vista para mirarla a los ojos, aunque siempre arrodillada.

“S… sí, señorita Evelyn – musité -; está… entendido…”

“Bien – convino -; ahora, a ponerse de pie que…”

En ese momento se oyó un golpetear de nudillos contra la puerta.

“Ése debe ser el imbécil de Luciano – aventuró Evelyn -. Lo mandé llamar para ver si cumplió con la orden de venir con ropa interior femenina”

Cierto: entre tanto que había pasado durante el fin de semana, ya había yo olvidado que al hijo de Di Leo le habían también asignado un triste papel dentro de la fábrica. Casi como si hubiese sido accionada por un resorte, Rocío fue en busca de la puerta y, tras abrirla, tomó a Luciano por el puño de la camisa para, prácticamente, arrastrarlo dentro de la oficina. Lucía tan idiota como siempre, pero aun más superado por la situación; estaba claro que no había contado con encontrarse allí con tanta gente al “reportarse”.

“Hola, Lucianita – le saludó Evelyn, en claro tono de burla -; a ver, quiero que nos muestres a todas qué llevás puesto debajo del pantalón”

Me sentí incómoda, pues de pronto me pareció que mi presencia sobraba allí y, después de todo, ya tenía en mano los artículos que tenían que ver con mis nuevas labores. Comencé a excusarme:

“Con su perdón, señorita E… velyn. Iré a…”

“No, esperá un momento – me ordenó Evelyn -; quiero que estés aquí para que veas lo poco hombre que es el tipo que te hizo el culo”

Quedé paralizada en el lugar. Micaela rió.

“Está b… bien, señorita Evelyn – acepté -; c… como usted lo d… disponga”

No hizo falta que la colorada le ordenase a su “novio” bajarse el pantalón ni tampoco fue que él lo hiciera por cuenta propia. Fue la propia Rocío quien, siempre por la manga, lo llevó sin delicadeza alguna hacia el escritorio y lo obligó a apoyar sus manos sobre el mismo. Una vez que lo tuvo así en posición, se ubicó a sus espaldas y, cruzándole ambas manos por delante del vientre, le desprendió botón y cinturón para, luego, dejarle el pantalón por las rodillas. Imposible describir el patetismo de la escena al quedar Luciano Di Leo expuesto allí y luciendo una diminuta tanga. Juro que, en ese momento, sentí lástima o, quizás más bien, vergüenza ajena. Las tres rieron atronadoramente al unísono.

“¡Fantástico! – dictaminó Evelyn, alborozada -. ¡Veo que has cumplido con lo que se te ordenó sin chistar! Así nos gusta; que vayas entendiendo quiénes mandan aquí…”

Luciano estaba muerto de vergüenza; intentaba esconder la cabeza entre los hombros sin demasiado éxito. Rocío dio un paso atrás para observarlo con más detenimiento y, luego de lo que pareció un rápido pero a la vez exhaustivo examen visual, tomó la tanga por los bordes y la levantó hasta enterrársela en la zanja de modo tal que la tira de tela le desapareció entre las nalgas, provocando de parte de él un respingo.

“Así está mucho mejor” – dijo Rocío, atribuyéndose así también para ella el derecho a disponer sobre Luciano.

“¡Sí, mucho mejor!” – convino Evelyn, mientras Micaela aplaudía.

Rocío volvió a dar un paso atrás y se dedicó a estudiar su “obra”; a juzgar por su rostro ceñudo, parecía haber aún algún detalle que no le cerraba.

“Mucho vello en el culo – dijo, al cabo de un rato, mesándose el mentón -. Yo diría que… así no es una nena convincente…”

¿Vos decís que habría que afeitárselo?” – preguntó, divertida, Micaela.

“Sí… eso creo. Evelyn: en el baño debe haber alguna hoja de afeitar, ¿verdad? Yo puedo ir a buscarla y…”

“Y para qué tenemos a muqui? – preguntó la colorada, con la mayor naturalidad del mundo y poniendo los brazos en jarras; luego me miró, con expresión demandante-; andá a conseguir esa hojita y afeitale el culo, muqui: ése va a ser tu primer trabajo”

Yo iba de sorpresa en sorpresa y no lograba reacomodarme a los cambios ni a la marcha de los acontecimientos; lo que me estaban pidiendo era terriblemente degradante para Luciano y, aun con todas las cosas que él me había hecho, no dejaba de provocarme un cierto pesar el denigrarle a tal punto. No obstante, no había allí demasiado lugar para el debate; lo que me había dicho Evelyn era, lisa y llanamente, una orden. Así que me dirigí presurosamente hacia el cuarto de baño y, tras dar con una hoja de afeitar, tomé también una brocha gastada y bastante despeluzada así como un jarrito oxidado al cual llené con agua del lavabo. Regresé a la oficina, en donde Luciano seguía con las manos apoyadas sobre el escritorio y a la espera de que yo le rasurase el culo.

“Todo tuyo” – me dijo Evelyn, señalando con la palma extendida hacia el trasero de su “novio”.

Titubeé un poco, pero sólo un poco; luego me dirigí a paso firme en pos de la cola de Luciano y, ubicándome tras él, embebí la brocha en el agua del jarro y, así, sin espuma ni jabón, me dediqué a humedecerle todo el culo para, luego, comenzar a deslizar la hoja sobre sus nalgas. Sabía que Luciano se estaba queriendo morir, más aún cuando era yo quien le estaba haciendo eso; miré de soslayo a Evelyn y estaba obvio en su sonrisa que se regodeaba en el placer de saberme, en cierta forma, “tomando venganza”; no me pareció, de todos modos, que se estuviera alegrando por mi suerte sino más bien disfrutando el ver a Luciano en tal condición. Le dejé el culo bien lampiño y suave, sin rastro de vello alguno; cuando terminé, las tres aplaudieron. Debo decir que, para entonces, yo ya comenzaba a experimentar una sensación algo distinta; la “lástima” que había sentido por Luciano al comenzar a rasurarlo, se fue trocando en sádico disfrute al terminar la tarea, tanto que me sorprendí a mí misma lamentando que ya no quedase más vello por afeitar.

Con las manos a la cintura, Rocío le echó un vistazo y asintió en señal de aprobación.

“Ahora sí es una nena” – apuntó Micaela, sumándose al suplicio de Luciano, quien seguía intentando esconder su cabeza.

Sabiendo de su pudor, giré en torno a él aun cuando nadie me había autorizado a hacerlo. Ubicándome a un costado, me quedé a la espera de que se sintiese incómodo y acabara por mirarme al rostro; finalmente lo hizo: no puedo describir la indecible vergüenza que trasuntaba y lo peor de todo fue que me divertí con ello mientras él, presurosamente, giraba la cabeza hacia el otro lado a los efectos de volver a esconder su rostro.

“Has hecho un buen trabajo, nadita… – me felicitó Evelyn, una vez más -. Ay, perdón: muqui… Va a costar acostumbrarse a tu nuevo nombre”

“Un excelente trabajo” – le secundó, con particular énfasis, Rocío, al tiempo que apoyaba una mano sobre las nalgas de Luciano y, como si le importase bien poco que era la pareja de Evelyn, le enterraba las uñas y tironeaba de la carne como queriéndole arrancar un pedazo; por lo pronto, lo que sí le arrancó fue un ahogado quejido de dolor que, se notó, complació sobremanera a Rocío y, a decir verdad, a mí también.

“Muy bien – espetó Evelyn dando una palmada en el aire -; ahora, cada uno a sus labores…”

“Señorita Evelyn….” – comencé a decir.

Mi intervención sorprendió a ojos vista a Evelyn y, para ser sincera, también a mí, pues no sabía cómo me había animado a interrumpirla para decir algo. La colorada me miró extrañada, con una ceja levantada:

“¿Sí, muqui?”

Tragué saliva. No podía creer que había logrado la atención buscada y que, ahora, no sólo ella sino también Rocío, Micaela y, casi con toda seguridad, Luciano, estaban pendientes de lo que yo fuera a decir. Era, a todas luces, una situación bastante novedosa para mí ya que, desde mi ingreso a la fábrica, había naturalizado perfectamente que no era precisamente opinión lo que de mí se esperaba. Luciano volvió a girarse para mirarme; no pude evitar que una ligera sonrisa se me dibujase en el rostro, pues en sus ojos creí descubrir que algo percibía y que, fuera lo que fuese que yo tuviera para decir, seguramente tendría que ver con él. No se equivocaba…

“Con… su permiso, señorita Evelyn… y con el debido respeto, me gustaría hacer una sugerencia con respecto a Luciano…”

Me hubiera gustado, en ese momento, poder registrar de algún modo las caras de asombro de las tres, pero, muy especialmente la del hijo de Di Leo; sus ojos lucían desorbitados y su semblante se había puesto pálido: hasta diría que se le veía aterrado.

“¿Su… gerencia?” – preguntó Evelyn frunciendo el rostro, manos a la cintura y sin salir de su sorpresa.

“Sí, señorita Evelyn… Verá: en el hotel, cuando fui a la habitación 29 con ese señor bajito…”

“Sí, el petiso – me interrumpió ella, dibujándosele una sonrisa -: lo recuerdo muy bien porque fue una de nuestras ventas más jugosas; además, estuvo el incidente con el idiota de tu esposo…”

“Claro, señorita Evelyn, a eso iba. Verá: ese señor… hizo que los tipos de seguridad le lavaran el culo a Daniel”

Evelyn abrió enormes los ojos y carcajeó, siendo imitada en la actitud por Rocío y Micaela, como no podía ser de otra forma.

“¿Le lavaron el culo? – preguntó, llevándose una mano al pecho en gesto de sorpresa, pero a la vez de diversión -. Y con qué objetivo?”

“Bueno: sirvió para amansarlo un poco – expliqué, mientras mi mirada se volvía algo evocativa -; ese señor dijo que le iba a venir bien para convencerlo de lo que realmente era…”

“Un puto” – intervino Micaela, sonriente y asintiendo.

“S… sí, señorita Micaela, eso mismo”

“Y vos creés que sería bueno hacerle lo mismo a éste, ¿verdad?- inquirió Evelyn, señalando en dirección a Luciano, quien permanecía con las palmas de las manos sobre el escritorio y luciendo una expresión cada vez más aterrada, lo cual me divertía.

“Así es, señorita Evelyn; es lo que creo… Es… sólo una sugerencia desde ya y le… pido disculpas si…”

“Creo que es la única buena idea que has tenido desde que llegaste aquí” – me cortó Evelyn, visiblemente entusiasmada.

“Quién lo diría, ¿no? – intervino Rocío -: una mucamita estúpida teniendo buenas ideas”

“Tendríamos que hacerlo ya mismo” – terció Micaela, a quien se la veía tan ansiosa como a sus amigas.

“Sí, pero… hmm… – dijo Evelyn, pensativa; me miró -. Supongo que parte de la gracia del asunto está en que quien le lave el culo sea un hombre, ¿verdad?”

Luciano dio un respingo, tanto que se giró parcialmente y, por sobre su hombro, miró con ojos encendidos a Evelyn sin que ella pareciera percatarse.

“Así, es señorita Evelyn – respondí -. Creo que es fundamental que así sea; y… si fueran dos hombres, tanto mejor: en el caso de Daniel, de hecho, fue así”

“¡No se hable más! – intervino Rocío, dando un alegre saltito en el lugar -. ¡Ya mismo vamos para la planta y elegimos un par! ¿Vamos, Mica?”

Tomando por la manga de la blusa a su amiga, prácticamente la arrastró fuera de la oficina, aunque la realidad era que a ambas se las veía igual de ansiosas y entusiasmadas con mi idea. Fue extraño: me sentí orgullosa; miré durante un instante a Luciano y no puedo describir el placer que me causó su expresión desesperada: le dediqué una ligera sonrisa. No estaba mal tomarse algo de venganza; y el hecho de que él supiera que la idea era mía, incrementaba aún más la sensación placentera. Durante el rato en que Rocío y Micaela estuvieron ausentes, Evelyn caminó a uno y otro lado por detrás de Luciano estudiándole la cola y, aparentemente, muy conforme con el estado lampiño en que yo se la había dejado. Le dio un pellizco en las nalgas, lo cual lo hizo casi dar un salto.

“¿Ves, muqui? – me dijo ella –; el nuevo rol que, con las chicas, te hemos encontrado dentro de la fábrica, cuadra mejor no sólo con tu estatus sino también con tus habilidades. Queda comprobado que tenés buena mano para estas cosas y que, incluso, se te ocurren buenas ideas. Tu lugar es éste y no el escritorio”

Una extraña sensación me invadió, pues por un segundo hasta me sentí orgullosa con sus palabras; en cuanto lo meditaba algo más fríamente, sin embargo, me daba cuenta de lo humillante de su comentario, pero la verdad era que ese doble juego me excitaba y no lograba tener control de ello.

Cuando Micaela y Rocío regresaron lo hicieron como dos chiquillas, tan apresuradamente como se habían marchado y por momentos entrechocándose o incluso tropezándose en la carrera. Pero lo más impactante fue ver entrar detrás de ellas a dos tipos rústicos y mugrientos a los cuales la grasa les caía por los costados del pantalón. No parecían entender demasiado y sus rostros evidenciaban una gran confusión, la cual fue aún mayor cuando vieron a Luciano puesto en posición con el pantalón bajo. Nunca como en ese momento tuve ganas de ver su rostro; él, una vez más, buscó esconderlo.

Si los ojos de ambos hombres lucían desorbitados, no puedo explicar el punto al cual llegaron cuando Rocío, hablando algo atropelladamente debido a su ansiedad, les explicó el plan. Se miraron entre ellos y dio la impresión de que temieran ser pillados en una trampa o algo por el estilo. Quizás fue por ello que durante algún rato no dijeron palabra; era como si estuvieran evaluando la situación. Pero todas las vacilaciones se terminaron cuando Evelyn hizo el siguiente anuncio:

“Chicos – les dijo, imprimiendo a su voz un ritmo más pausado y paciente que el de Rocío -; la cuestión es simple: Luchi quiere que le laven el culo y promete subirles el sueldo si lo hacen”

A partir de ese momento, los rostros de los dos operarios cambiaron de tonalidad y, de hecho, sonrieron al mirarse nuevamente entre sí. Por supuesto que seguía cabiendo la posibilidad de que les estuviesen engañando pero no importaba; la sola mención de una mejor paga parecía despejar toda duda e incluso agregar morbo a la propuesta.

“Llévenlo al baño” – les ordenó, aunque en tono amable, Evelyn, una vez que notó que los tipos consideraban más positivamente la propuesta.

“Vamos, patroncito – dijo uno de ellos acercándose a Luciano y tomándolo por una de las axilas; acto seguido, el otro hombre lo hizo por la otra: fue inevitable que la imagen me remitiera a Daniel -: venga para el baño que le vamos a dejar limpio ese culito”

Cuando tomaron a Luciano para apartarlo del escritorio, fue como si él se hubiera querido mantener aferrado con piel y uñas al mueble, por supuesto que sin lograr nada; forcejeó un poco, pero también fue inútil. La escena, por supuesto, me seguía recordando a Daniel, lo cual la recargaba para mí de morbo. Al pasar junto a Evelyn, Luciano la miró desesperadamente; sus ojos implorantes revelaban la angustia que estaba viviendo y parecían reclamar de parte de su pareja (después de todo, lo era) alguna revisión de su orden, pero nada de ello ocurrió. Por el contrario, y en un gesto cargado de ironía, ella le acercó su boca a la suya y, al tenerlo a tiro, lo besó en los labios como despidiéndolo hacia su destino. Cuando los hombres, arrastrando a Luciano, desaparecieron tras la puerta, un súbito pesar me invadió, pues me di cuenta entonces de cuánto me hubiera gustado estar presente en el baño mientras aquellos rudos tipos le lavaban el trasero a manaza limpia sin que él pudiera hacer nada para evitar sentirse poco hombre.

Se compensó, de todas formas, cuando al cabo de algún rato, los tipos regresaron trayéndole. La vergüenza en su semblante era imposible de describir con palabras; recién entonces recaí en el hecho de que no sólo le habían lavado el culo en el baño sino que, además, lo habían llevado por el pasillo con el pantalón por las pantorrillas. Uno de los tipos le apoyó una pesada mano en el trasero y lo palmeó.

“Listo – anunció, con una amplia sonrisa -; ya lo tiene limpito, jeje”

Comenzaba yo a darme cuenta de algo que no había advertido antes: había en esos dos operarios un sádico disfrute que, de extraña manera, rayaba en la lucha de clases. Es decir, daba la impresión de que gozaban mucho con estarle haciendo algo así a quien habitualmente les daba órdenes. Se me escapó una risita que intenté ocultar. De mi parte, ya me daba plenamente por satisfecha con verle humillado de esa manera, pero la imaginación de Evelyn, infinitamente más perversa y sádica que la mía, le tenía reservada a Luciano una nueva sorpresa: ella había jugado todo el tiempo con un as en la manga.

“Bien – dijo, serenamente -; ahora, Luchi, quiero que elijas a uno de estos dos señores para que te coja aquí mismo”

Imposible describir las sensaciones de todos quienes allí se hallaban: los ojos desorbitados de Luciano, el violento sacudón que experimentaron los dos tipos y las risas descontroladas de Micaela y de Rocío, particularmente de esta última, pues, ahora que lo recordaba, esa idea había sido originalmente de ella, con lo cual Evelyn no hacía otra cosa más que llevarla a la práctica.

Otra vez Luciano miró a su “novia” con el terror grabado en el semblante. Parecía querer decir algo, pero no podía; la mirada de ella, por su parte, continuaba firme e impertérrita.

“Adelante – le dijo Evelyn -: estamos esperando”

“¡Sí, Luchi, eso! – intervino Rocío -. ¡Estamos esperando que elijas verga!”

Los dos operarios no salían de la confusión; uno de ellos se atrevió, finalmente, a hablar:

“¿Habrá paga extra también por esto?”

Claro, allí estaba la clave, la palabra mágica. Evelyn sonrió y miró a Luciano.

“Por supuesto que la va a haber – respondió -. ¿Verdad, Luchi?”

Como Luciano no atinaba a responder, ella se acercó y le propinó una potente palmada en las nalgas.

“S… sí – dijo él, mezclándose sus palabras con un alarido casi femenino -. Por su… puesto que la habrá…”

Evelyn se volvió hacia los dos hombres y les guiñó un ojo.

“Bien – dijo luego -; entonces y tal como te dije, quiero que elijas al que te gustaría que te cogiera”

La dignidad de Luciano seguía decayendo a más no poder; el modo mismo en que Evelyn le conminaba a elegir era terriblemente degradante. No obstante, y haciendo un gran esfuerzo, se volvió y miró a los dos tipos que, ahora, sonreían de oreja a oreja. Uno de ellos le guiñó un ojo.

Como si tuviera que elegir el arma con el cual debía ser ajusticiado, Luciano no tuvo más remedio que mirar de uno al otro rostro; la verdad era que ambos eran bastante feos y, de haberme tocado a mí estar en su lugar, me hubiera dado lo mismo cualquiera. Pero luego la mirada de él bajó hacia los bultos de ambos y allí era donde había una notable diferencia: uno de ellos (el del mismo que había planteado lo de la paga) lucía bastante más generoso que el otro. Como no podía ser de otra manera, no fue ése el que Luciano eligió. Sin embargo, y como dije, Evelyn siempre tenía su as guardado en la manga.

“Bien – dictaminó -; ya elegiste. Ahora él va a cogerte”

Lo sorprendente del caso fue que no señaló al que había sido escogido por Luciano sino justamente… al otro. El rostro de Luciano se puso de todos colores, combinándose en él la humillación y la furia.

“Pero…” – comenzó a balbucear.

“Chist. Sin chistar – le cortó Evelyn apoyándole un dedo índice sobre los labios -. Ya sé a cuál de los dos elegiste, así que no necesito que me lo repitas, pero yo soy quien verdaderamente sabe lo que es bueno para vos, así que, en este caso decidí que seas cogido por el que menos te gusta”

El sujeto que había sido elegido por Luciano refunfuñó y estuvo a punto de ensayar una protesta, pero antes de que lo hiciera, ya el otro se acercó a Luciano por detrás y, tomándolo por la nuca, lo obligó a inclinarse y retomar así la posición que tenía antes de que lo llevasen al baño, es decir inclinado y con las palmas sobre el escritorio. Hincándosele detrás, el tipo le separó los plexos con dos gruesos pulgares y le escupió en el orificio; luego se incorporó y, sin que mediara más trámite, se aflojó su pantalón para, un instante después, penetrar a Luciano con una verga bien prominente que le sometió a un intenso bombeo hasta hacerlo gritar como una chica, para beneplácito mío y, por supuesto, de las otras tres muchachas que estaban en el lugar.

Luego del hermoso acto de feminización de Luciano, tuve que abocarme a mis tareas, con lo cual las cosas ya no fueron tan divertidas para mí. Tuve que limpiar y fregar un baño terriblemente sucio para tener luego que soportar que Rocío, enviada por Evelyn, se encargara de desaprobar mi trabajo y ordenarme que limpiara más a fondo. Así lo hice: apliqué todo producto de limpieza habido y por haber hasta que la taza lució, a mis ojos, tan blanca que parecía nueva. Precisamente en ese momento entró en el cuarto de baño Micaela, lo cual me hizo dar un respingo y me llevó a mirar maquinalmente al piso. Ella se acercó al inodoro y estiró el cuello para ver adentro: la expresión pareció ser de disconformidad pero, si era así, y de acuerdo a lo que a continuación expresó, no era porque hubiese quedado sucio.

“La verdad es que está mucho mejor – dijo, para mi alivio -: antes era un asco. Te soy sincera: cuando trabajaba aquí, jamás venía al baño sino que me aguantaba hasta la salida. Ahora se ve bastante más limpio pero…”

No tengo palabras para describir el suspenso que me generó ese “pero”…

“Yo, personalmente, no puedo ir a estos baños de fábrica en los cuales se sienta todo el mundo” – terminó de decir, a la vez que se giraba hacia mí y me miraba con unos ojos terriblemente penetrantes, pero también sugerentes.

Me sentí turbada; sacudí la cabeza de un lado a otro sin poder entender lo que me quería decir: me lo dejó claro en su siguiente frase:

“De rodillas en el piso, como te enseñamos – me espetó -. De espaldas contra el inodoro, apoyás la nuca sobre la tapa y abrís bien grande la boquita”

Debí sospecharlo: me iba a mear en la boca. Todo me dio vueltas y recordé, en ese momento, que yo podía terminar con todo aquello simplemente tomando mi teléfono celular y buscando en el directorio el número del tipo que se vestía de colegiala. Estuve un rato pensando en hacerlo, pero sin decidirme. Micaela se puso las manos a la cintura y comenzó a martillear el piso con la punta de su sandalia en gesto de clara impaciencia.

“¿Y…? Estoy esperando”

No sé bien por qué no tomé el celular en ese momento; sólo sé que me dije a mí misma que ya habría oportunidad para hacerlo, posiblemente al otro día. De momento, hice lo que me ella me ordenaba: me arrodillé de espaldas al inodoro y luego eché cabeza y hombros hacia atrás de tal modo de dejar mi nuca apoyada contra la tapa para luego abrir la boca tan grande como era. Micaela me meó dentro; y yo, simplemente, tragué y tragué…

Y bien: ya hace una semana que estoy en mi nuevo lugar dentro de la fábrica. No puedo describir las situaciones humillantes a que me toca ser permanentemente sometida por el trío, que se sigue divirtiendo a costa de mí a sus anchas y sólo me deja descansar un poco cuando se ensañan con Luciano, momentos en los que, por cierto, yo también me divierto.

Una y mil veces he echado un vistazo al número en el directorio y otras tantas estuve a un solo impulso de marcarlo. Y cada vez que estuve por hacerlo, me dije: “mañana: sí, mañana lo haré…”

Mientras tanto Evelyn, Rocío y Micaela no paran de usarme. Y no sólo debo servirles café o atender las necesidades de ellas tres, sino a veces también las de las demás chicas que allí trabajan, lo cual implica para mí una humillación aun mayor, pues no hasta hace mucho eran mis compañeras. A veces Evelyn me llama a su oficina simplemente para hacerle de mesa o de soporte para sus pies cada vez que quiere descansarlos y lo peor de todo es que sus dos amigas le copiaron el vicio, con el agravante de que debo hacerlo debajo de sus respectivos escritorios y a la vista de todo el personal. En cuanto a Luciano, ya para esta altura es directamente una nena, un triste remedo del hombre que alguna vez pretendió ser…

De pronto, Micaela se pone en pie; me mira:

“Tengo ganas de hacer pis, muqui; vamos para el baño” – me dice y, como si fuera la cosa más natural del mundo, se marcha taconeando y dando por descontado que voy a ir tras ella.

Mientras las risitas arrecian a mi alrededor, yo pienso en mi celular y me digo que éste es el momento para llamar al tipo de Rosario. Pero no: acabo yendo tras los pasos de Micaela. Lo llamaré mañana…