Fue tanta la conmoción que me invadió que, aun a pesar de llevarme una mano a la boca para silenciar cualquier grito de espanto, el nombre de mi esposo se deslizó por entre mis labios casi como si yo careciera de control sobre mi lengua:

Sin título“Da… niel”

Fue apenas un susurro, pero claramente audible, lo cual quedó demostrado en el hecho de que tanto Evelyn como Rocío desviaron de inmediato sus ojos para mirar hacia donde yo lo hacía. Comprendí al instante que había sido una tonta, pues de no haber emitido sonido alguno, lo más probable era que ninguna de ambas se percatase de la presencia de mi esposo sobre la acera de enfrente. Pero, claro: bastó que se dieran cuenta del motivo de mi súbito terror para que sus rostros se iluminasen con el más perverso morbo.

“¿Es… Daniel?” – preguntó Evelyn en un tono que rezumaba incredulidad. Y no era para menos: habían pasado sólo un par de horas del incidente a la salida de la fábrica, lo cual daba para pensar que él debía estar conmocionado por lo ocurrido… Pero no: el imbécil no tenía nada mejor que hacer salvo estar allí comprando palomitas de maíz.

“¿De verdad es él?” – secundó Rocío, tan incrédula como su amiga y con los ojos desorbitados.

Incluso el vendedor, aun sin entender demasiado, pareció haber sido contagiado por la conmoción del momento pues dejó de bombearme y se hizo hacia atrás: estaba bien claro que no captaba a qué iba el asunto ni sabía qué tenía que hacer.

“¿Quién… es?” – preguntó, visiblemente confundido.

“El marido de nadita” – le respondió Evelyn, con una perversa sonrisa de oreja a oreja.

En un principio, al menos, la respuesta pareció acobardar al hombre, quien pareció desistir de seguirme cogiendo. De hecho, retiró la verga con total brusquedad, lo cual me arrancó un gritito de dolor.

“No, no… – le impelió Evelyn, agitando un dedo índice en señal de negación -. No te detengas”

“Pero… ¿me están diciendo que ese tipo es el marido de ella?” – preguntó el tipo, aun sin poder salir de su perplejidad; todo parecía transcurrir para él demasiado aprisa, demasiado rápido como para permitirle acomodarse a las cambiantes circunstancias.

“Sí, sí, lo es” – le contestó Rocío, quien se giró hacia él para dedicarle una pícara caída de ojos. Aun cuando yo, desde mi posición, no podía ver el rostro del tipo, estaba claro por su súbita pasividad que lo ganaba la desorientación.

Yo, que seguía aun con el rostro aplastado contra la ventanilla, volví a concentrar mi atención en Daniel, quien aún permanecía allí, detrás de las dos chicas y sin mirar en ningún momento en dirección al auto. Me irritaba sobremanera el hecho de que, aun después de lo sucedido, luciera tan tranquilo. Para colmo de males, lo vi un par de veces escudriñando por debajo de las cejas hacia las colas de las dos jovencitas: degenerado de mierda, me dije, mientras crispara los puños con odio. Cuán increíble y cuán paradójico: yo molestándome porque él mirara a un par de chiquillas: estaba claro que, una vez más, yo quería, inconscientemente, convencerme a mí misma de que, después de todo, él era un imbécil y merecía lo que le estaba ocurriendo. Pero, claro, era ése el tipo de pretexto que la mente de una encuentra cuando sabe que está en falta. Un nuevo acceso de espanto se apoderó de mí cuando noté que el cristal resbalaba por sobre mis narices y, al apartarme ligeramente de él, pude notar que, en efecto, estaba descendiendo. Desesperadamente, eché un vistazo por encima del respaldo de la butaca del conductor y noté que Evelyn estaba accionando la tecla que lo bajaba.

“¡No, no! – aullé -. ¡Señorita Evelyn, por favor, no baje el vidrio! ¡Se… lo ruego!”

Pero la bruja de cabello rojo no me oía o, si lo hacía, poco le importaban mis ruegos; bajó el vidrio hasta el final y luego se giró para mirar al vendedor, quien seguía detrás de mí a la espera de que las cosas se definieran de una vez y empezaran a tener sentido.

“Dale, Felipe – dijo ella con toda serenidad, dedicándole al sujeto un cómplice asentimiento de cabeza -. Duro y sin piedad… y que el marido vea y oiga, je… “

Yo no podía salir de mi consternación: quería gritar pero lo paradójico de la situación era que, en caso de hacerlo, llamaría la atención de quienes se hallaban en la acera de enfrente y, particularmente, de Daniel. También escapar era una opción impensable: ¿adónde? ¿Saltar a través de la ahora abierta ventanilla y echar a correr por la calle? No sólo equivaldría eso llevar al extremo mi humillación pública sino que, además, atraería la atención de Daniel, lo cual, justamente, yo quería evitar.

Las palabras de Evelyn dieron nuevo aliento al tipo y, además, debieron alimentar su morbo, tal como lo evidenció la risa sibilina que dejó escapar al momento de capturarme nuevamente por las caderas con sus pesadas manos. Una vez más, volví a retorcerme y contorsionarme tratando de zafar del contacto y, también una vez más, sólo sirvió ello para que el tipo me volviera a propinar una palmada en la nalga, la cual resonó con tanta fuerza que, estoy segura, debió oírse fuera del auto. Con terror, miré hacia la plaza pero noté que los transeúntes seguían cada uno en su mundo y lo mismo ocurría con Daniel y con las dos chicas que, por delante de él, continuaban a la espera de que el puestero volviera a atender su carromato.

“Quieta… – dijo el tipo, con aspereza -. Vamos a enseñarle a ese cornudo cómo se coge a una mina por el orto, jeje”

Definitivamente, ya no había nada más por hacer: la suerte, por lo menos en lo que a mí tocaba, estaba echada y era inútil intentar zafar de ella. Evelyn y Rocío dejaron escapar una sonora carcajada ante el comentario y, una vez más, volvieron a juntar sus cabezas para mirarme por el espejo. El sadismo que despedían esos dos pares de ojos era algo imposible de describir o poner en palabras. El sujeto volvió a entrar con su verga dentro de mi culo: no lo hizo delicada ni progresivamente sino que empujó con fuerza como para recuperar el terreno que había perdido tras la súbita e inesperada aparición de mi esposo: era como si quisiera continuar desde el exacto punto en que su “trabajo” había sido interrumpido.

Como no podía ser de otra forma, dejé escapar un largo y profundo quejido mientras mi cabeza primero se echaba hacia atrás para luego caer pesadamente hacia delante y, tras golpear el mentón contra la puerta del auto, quedar colgando hacia afuera. ¡Dios! No podía creer lo embarazoso de la situación: tenía que salir de allí o, al menos, volver a introducir la cabeza dentro del auto pero, justo en ese momento, el bombeo se reinició con una intensidad aun mayor que la de antes, lo cual me llevó a un estado en el cual cualquier intento por tratar de gobernar mis movimientos se volvía absolutamente inútil.

Hasta mis oídos llegaban las pervertidas risitas de Evelyn y Rocío, en tanto que podía sentir cómo gotitas de baba iban cayendo sobre la base de mi espalda mientras el tipo me daba cada vez con más y más intensidad. Necesitaba urgentemente saber si Daniel se habría ya percatado de la situación, así que, como pude, entreabrí los ojos y alcé ligeramente la cabeza para mirar en dirección hacia la plaza y, más concretamente, hacia el puesto de pochoclo.

Una vergüenza aun mayor que la que ya sentía se apoderó de mí al notar que, ahora, las dos chicas que aguardaban por el puestero, tenían sus cabezas giradas hacia mí y, claramente, me miraban. En sus ojos había sorpresa y perplejidad, pero también diversión: cuchicheaban entre sí y cada tanto una de ellas señalaba en dirección al auto. Daniel, en cambio, seguía como si nada y, en todo caso, ahora tenía su vista clavada decididamente en los traseros de las chicas aprovechando que ellas parecían tener centrada su atención en otra cosa. En ningún momento hizo amago de desviar su vista o de mirar hacia donde ellas lo hacían para, al menos, curiosear qué era lo que les llamaba la atención; no: el muy idiota sólo les miraba los culos… mientras a su esposa, en un auto al otro lado de la calle, le estaban rompiendo el suyo.

Fue tanta la rabia que me invadió que, de manera casi involuntaria, me entregué mansamente a la cogida anal que el puestero me estaba dando. No me importó en absoluto que esas dos chiquillas adolescentes me estuviesen viendo ni que se divirtiesen a mi costa, del mismo modo que lo hacían Evelyn y Rocío. Fui subiendo el volumen de mis jadeos y gemidos buscando deliberadamente captar la atención de Daniel: ¡Dios, qué locura! ¡Qué enfermedad! Aunque sonara increíble, yo estaba tratando de que él se percatase de lo que a su esposa le estaban haciendo y lo peor de todo era que creía ver en ello una especie de venganza de mi parte. Las chicas, al ver la expresión de mi rostro, fueron abriendo los ojos cada vez más enormes, en tanto que, cada tanto, se miraban entre sí como si no pudieran dar crédito a lo que veían. El tipo que me cogía, por su parte, acusó recibo de mi tal vez impensada excitación y, como tal, empezó también a jadear, haciéndolo de modo casi animal mientras su verga me atacaba desde atrás una y otra vez.

“¡Gritá, puta! – me decía, entre dientes y con voz llena de desprecio -. ¡Gritá bien fuerte para que ese cornudo se entere que te estoy haciendo el culo! ¡Vamos, gritá, te estoy diciendo!”

Me estrelló una nueva y dolorosa palmada contra la nalga a modo de impelerme a obedecer y, en efecto, no pude yo hacer sino otra cosa que gritar entre tanta increíble mezcla de morbo, dolor y placer que se apoderaba de mí. Evelyn y Rocío, en tanto, no paraban de reír ruidosamente ni de alentar al tipo a seguir adelante. En cuanto a Daniel… seguía como si nada: mirando culos de pendejas…

El semen entró dentro de mi canal trasero y pude sentir el calor con que me inundaba por dentro: aun cuando fuera una locura absoluta, la sensación que me subía recorriéndome los intestinos y me llegaba hasta el estómago. Lancé un largo gemido que pobló el atardecer y, ahora, no sólo las dos chicas, sino también otros transeúntes del lugar, volvieron sus miradas hacia mí, incluida una madre que acababa de comprar a su hijo un copo de azúcar en algún otro puesto: situación de lo más vergonzosa y embarazosa que, sin embargo, lejos estuvo de importarme sino que, muy por el contrario, me excitó aun más. Y, sin embargo, Daniel seguía sin darse cuenta de nada y yo no podía creer que fuera tan estúpido…

El sujeto, una vez más sin suavidad alguna, volvió a retirar su miembro de mi cola y, sin solución de continuidad, se dedicó a acomodarse la ropa.

“Tengo que volver al puesto – espetó, súbitamente ganado por la prisa -. Hay clientes esperando”

Pronunció y silabeó la palabra “clientes” de un modo especial, dejando obviamente implícito que entre esos clientes estaba nada menos que mi esposo.

“Es bueno tenerlos de clientes a los dos – agregó luego, terminando de confirmar mi interpretación -: al marido y a la señora, je…”

“Agradecele al señor, nadita – me ordenó Evelyn, en tono imperativo -. Después de todo, te hizo el favor para que no te quedaras con las ganitas. ¿O no?”

Yo casi no podía hablar. Mi cabeza colgaba laxa hacia el otro lado de la puerta y mi respiración no lograba recuperar su ritmo normal. Así y todo, entreabrí los labios y cumplí con la orden lo mejor que pude.

“G… gracias, s… señor” – musité.

“En todo caso – terció Rocío en tono odioso – y ya que, al parecer, te gustó tanto, si te portás bien podemos, con Evelyn, traerte algún otro día para que Felipe te atienda. ¿No es así, Felipe?”

“Un placer, jeje – dijo el tipo, con su voz cargada de libidinosidad -. Cuando la señora esté muy desesperada y me necesite, aquí estoy”

“Dale un besito a Felipe para despedirte” – me espetó Rocío, abruptamente.

Me giré en el asiento. La miré con incredulidad y luego miré al tipo a la cara sin poder evitar sentir un profundo asco. ¿Yo besarlo? Mi rostro se debió haber contraído en una mueca de desagrado, pues pareció como si el tipo entendiese que yo no lo iba a besar, razón por la cual fue él mismo quien me tomó por la cintura y aplastó sus asquerosos labios contra los míos. Yo intenté contraer la boca para rehuir el contacto, pero cuanto más lo hacía, más el tipo me la aplastaba. Finalmente, me entró con su lengua y puedo asegurar que mi boca se vio invadida por la más horrenda combinación de gustos de comidas, agravado ello por un pésimo aliento que dejaba a las claras que el tipo no debía cepillarse los dientes nunca. Mientras me hundía la lengua como buscando mi garganta, el estómago se me revolvió a tal punto que creí estar a punto de vomitar e, incluso, hasta temí hacerlo y morir asfixiada. Por suerte, al tipo lo urgía la prisa por regresar a su puesto, así que resolvió el desagradable episodio con bastante rapidez y, cuando su boca se separó de la mía, me quedé un largo rato escupiendo hacia el piso del auto mientras me pasaba el canto de la mano una y otra vez por sobre mi lengua y labios.

El vendedor agradeció muy parcamente a Evelyn y a Rocío para, luego, bajarse del auto y cruzar la calle en dirección a su carromato. Las dos chicas que esperaban lo siguieron con la vista mientras se acercaba: grande fue su perplejidad al anoticiarse de que el puestero a quien esperaban era justamente quien había protagonizado el impensable episodio que acababan de presenciar en un auto estacionado al otro lado de la calle. Daniel, en tanto, seguía espiándoles los traseros, ya ahora sin vergüenza alguna. En cuanto el tipo llegó al lugar, las adolescentes se marcharon y el motivo era obvio: supongo que les dio un ataque de pulcritud al darse cuenta que estaban a punto de comprarle palomitas de maíz a un tipo cuyas manos bien podían estar impregnadas con los fluidos de un reciente episodio sexual; en efecto, eso fue lo que evidenciaron sus caras de asco y el modo nervioso en que caminaron al alejarse mientras Daniel, por supuesto, no paraba de mirarlas desde atrás. Mantuvo sus ojos sobre ambas colas y recién salió de su imbécil obnubilación al ser llamada su atención por el vendedor, quien le habló en un tono deliberadamente alto, casi seguramente a los efectos de que nosotras le oyéramos desde el auto.

“Disculpe la demora – le dijo -. Estaba ocupado”

Casi de inmediato, el vendedor dirigió la vista hacia mí y en su rostro se dibujó la más repulsiva sonrisita; hasta me dio la impresión de que sus comisuras chorrearban imperceptibles hilillos de baba, cosa que, por supuesto, Daniel no advirtió, al igual que tantas otras. Le pidió una bolsita de pochoclo o, al menos, eso supuse, ya que no llegaba a oír su voz. El tipo se la tendió en el exacto momento en que el vidrio de la ventanilla trasera volvía a levantarse.

“Cornudo y pelotudo – sentenció Evelyn mientras mantenía presionada la tecla que alzaba el vidrio -. No perdiste nada, nadita”

“Ya te lo dije, Eve – la secundó Evelyn -: es un estúpido o no podría haberse casado nunca con ella”

Otra vez la odiosa rubiecita hacía referencia a mi estupidez y nuevamente eso me excitaba. ¿Sabría ella que conseguía eso en mí con sus degradantes palabras? Yo esperaba que no fuera así, pues me excitaba aun más el saber que ella sólo buscaba humillarme y no necesariamente excitarme. Evelyn puso en marcha el auto y, al marcharnos del lugar, eché un vistazo a Daniel, quien ya había recibido su bolsita y se giraba sobre sus talones para ir en busca de su auto, dondequiera que lo hubiese estacionado. Lo morboso del asunto fue que, en el exacto momento en que pasábamos ante él, detuvo la vista en el vehículo pero en ningún momento dio impresión de reconocer el auto. Rocío tenía razón: era un estúpido… que se había casado con una estúpida… Por detrás de él alcancé a distinguir al puestero, quien, haciendo aro con sus dedos pulgar e índice, introducía el índice de la otra mano en clara señal de penetración.

Al llegar a la siguiente esquina, Evelyn giró el volante:

“Es por acá, ¿no?” – preguntó a su amiga, dejando con sorpresiva rapidez a un lado el reciente episodio de la plaza.

“Sí – le confirmó Rocío señalando con un dedo índice -: es en aquella galería”

En ese momento las cosas volvieron a reordenarse en mi mente. ¡Dios! Con toda la conmoción reciente, me había olvidado por completo que, en definitiva, estábamos yendo con destino a un porno shop a propuesta de Rocío y a los efectos de conseguir un consolador para mi cola hasta tanto hubiese sido recuperado el que había perdido. ¿Acaso ese fatídico día no se terminaría nunca?

Cuando llegamos al lugar, Evelyn recorrió la cuadra con la vista como buscando un lugar para estacionar; no lo había y ello me hizo abrigar la esperanza de que, al menos, decidiera dejar el asunto para otro día.

“Hmm, no hay lugar – dijo, pensativa -. Ro, ¿por qué no hacés una cosa? Bajate con nadita y vayan al porno shop. Yo me quedo dando un par de vueltas o, en todo caso, busco estacionamiento en alguna calle transversal. ¿Te parece?”

Creo que no hace falta decir que Rocío casi saltó en su butaca como perro con dos colas por el entusiasmo, mientras entrelazaba ambas manos a la altura de su pecho y su rostro se iluminaba en una amplísima sonrisa.

“Sí, sí sí – respondió alegremente, para luego girarse hacia mí -. ¿Vamos, nadita?”

Eché un vistazo en derredor. Aquella era una zona comercial y por ende bastante concurrida, más aún con la caída de las sombras. Tener que desfilar ante todas aquellas personas luciendo mi indecente falda sólo podía provocarme pavor, pero: ¿qué podía hacer? ¿Negarme? Hacía ya rato que el “no” había dejado de formar parte de mis posibles opciones.

Evelyn estacionó el auto en doble fila y Rocío bajó hacia la calle para luego abrirme la puerta y, con un cabeceo, instarme a descender. Como ya dije, no tenía posibilidad alguna de negarme, así que, desplazándome hacia la puerta, me dediqué a acomodarme la ropa lo mejor que pude. Me hubiera gustado poder incorporarme para verme mejor a mí misma y saber cómo lucía: me causaba horror la idea de que, quizás, tuviera semen chorreando por mis piernas o por mis nalgas, pero la detestable rubiecita no me dio el más mínimo margen para comprobarlo; apenas amagué con hacerlo, me tomó de un brazo y me arrastró fuera del auto exponiéndome a la vista de todo el mundo. No necesito decir que, de inmediato, todas las miradas se clavaron en mí, como tampoco que mi rostro se tiñó de todos los colores posibles y mi mirada cayó hacia el pavimento con indecible vergüenza.

Durante un momento permanecí allí, inmóvil, y tampoco Rocío hizo esfuerzos inmediatos por sacarme de mi inmovilidad: estaba claro que disfrutaba el verme expuesta y humillada de ese modo: ése era para ella su momento de disfrute y, como tal, quería dilatarlo aunque fuera unos segundos más; una vez que consideró que ya había sido yo sufrido suficiente degradación, me tomó por la mano y me llevó consigo hacia la acera casi al mismo momento que el auto se ponía en marcha nuevamente y Evelyn se marchaba.

Con un solo zapato y a los tropezones, traté como pude de seguir la marcha que Rocío me imponía, lo cual se hacía aún más dificultoso en la medida en que mi vergüenza me hacía tener la vista en el piso casi permanentemente. Entramos en la galería y descendimos por una corta escalera al final de la misma. Giramos y pasamos ante una “rockería” y un local de tatuaje para, luego, llegar a la semicubierta vitrina del porno shop, dentro del cual Rocío me hizo entrar sin la más mínima vacilación. Por suerte, no había nadie dentro del local. O, mejor dicho, no había clientes; sólo la persona que atendía: un hombre de unos sesenta y cinco o tal vez setenta años, de quien costaba determinar si sería dueño del local o, simplemente, empleado. Sonrió amigablemente; ni su actitud ni su aspecto encajaban con la clase de persona que yo hubiera esperado encontrar en un lugar de esa índole; más bien, daba para imaginarlo al frente de una juguetería o como encargado de un carrusel.

“¿Las puedo ayudar en algo, señoritas?” – dijo, con toda amabilidad.

Rocío me soltó la mano y me dejó allí, de pie en medio del local, mientras alegremente se dedicaba a recorrer los escaparates y, muy particularmente, centraba su atención en la zona de los consoladores, la cual halló con sorprendente rapidez.

“Hmm, sí… – dijo -. Quiero… algo como esto… ¡Para ella!”

Cuando me señaló con su dedo índice, fue lo mismo que si me hubiera arrojado una flecha envenenada. Sentí un estremecimiento a lo largo de todo mi cuerpo y pude ver al hombre posar sus ojos sobre mí.

“Veo – dijo, asintiendo con la cabeza -. ¿Tenían en vista algo especial?”

Hablaba en plural. Aún no parecía dar por sentado que era Rocío quien llevaba la voz cantante y que yo no decidía absolutamente nada; o tal vez ya lo suponía pero prefería no meter la pata de antemano.

“Hmm, simplemente algo que le entre y no se le salga, porque… verá… – colocó la mano en forma vertical junto a su boca en un fingido gesto de secreto o complicidad -, es un poquito arisca y tiene tendencia a quitárselo”

Me dirigió una sugestiva mirada de hielo tras decir eso y yo, una vez más, no tuve más remedio que mirar al piso: no podía creer el estar siendo sometida a tanta ignominia. Además, me avergonzaba ver a la cara a ese hombre que, incluso, podía ser mi abuelo.

“Ah, entiendo – dijo éste saliendo de atrás del mostrador y dirigiéndose hacia donde se hallaba Rocío -. Bien, verá: si tiene tendencia a quitárselo, lo mejor que le puedo ofrecer es esto”

Con un cierto esfuerzo que era lógico para su edad, el hombre plantó una rodilla en el suelo y corrió el vidrio de uno de los escaparates para extraer de allí dentro un consolador que, tomándolo entre ambas manos, izó casi como si se tratase de un objeto valioso. Era, a decir verdad, un consolador bastante normal: grande, sí, pero no más que algunos otros que yo había alcanzado a ver por allí. La propia Rocío debió pensar lo mismo pues adoptó en su rostro una expresión recelosa.

“Quería algo más grande” – soltó, con un ligero atisbo de decepción.

“Y los tengo – se ufanó el hombre -, pero ninguno con los atributos de éste”

Siempre sosteniendo en alto el objeto, se incorporó trabajosamente. Recién entonces recalé en que entre sus dedos sostenía una pequeña llave, la cual, seguramente, habría también tomado del escaparate. Ante la intrigada mirada de Rocío, el hombre llevó la llave hacia la base del consolador y, para mi sorpresa, la introdujo allí. En cuanto le dio un cuarto de vuelta, pude notar con asombro cómo la cabeza del pene artificial se expandía, así como también que no se contrajo en lo más mínimo cuando, luego, el hombre retiró la llave.

Con espanto, empecé a captar la idea. Miré horrorizada a Rocío, quien se acariciaba el mentón mientras sus ojos crecían desmesuradamente en la medida en que, al igual que yo, iba entendiendo el comportamiento del extraño objeto.

“Hace lo que se da en llamar trabajo de esfínter – explicó el vendedor con tono de experto -. Es decir, lleva por dentro un conducto que se ensancha al girar la llave y, al hacerlo, expande también la goma…”

“Y para quitarlo…” – comenzó a decir, cavilosa, Rocío.

“Simplemente hay que girar el cuarto de vuelta en sentido inverso” – completó el hombre.

Yo no podía creer lo que oía y lejos estaba de saber que algo como eso existía; hasta donde parecía, Rocío tampoco, pues se la notaba entusiasmada como quien acababa de descubrir impensadamente un nuevo juguete con el cual martirizarme. Tomó el objeto de manos del hombre y se quedó durante algún rato contemplándolo extasiada; pude ver cómo se deslizaba la lengua por el labio varias veces mientras, una y otra vez, hacía girar la llave para comprobar que, en efecto, el movimiento era el mismo que acababa de describir el vendedor.

“Me encanta – dijo, con los ojos llenos de sadismo -. Absolutamente, me encanta”

“Lo están llevando mucho últimamente – agregó el hombre, quien parecía empeñado en seguirle haciendo publicidad al producto aun cuando Rocío ya parecía decidida a la compra -; es un poco más caro que el resto, pero…”

“¿Te gusta?” – me espetó Rocío súbitamente, enseñándome el consolador.

Estuve a un paso de responder afirmativamente, pero rápidamente cavilé sobre la pregunta que me había hecho y, a fin de cuentas, no se trataba de una orden sino que, simplemente, me estaba pidiendo una opinión. ¿Por qué no podía, por lo tanto, responder por una vez con absoluta sinceridad?

“N… no… – dije, temblorosa y negando con la cabeza -. L… la verdad que n… no, señorita Ro… cío”

Mi respuesta, claro, lejos estuvo de desalentar a Rocío y recién en ese momento caí en la cuenta de que lo que acababa de decir no era otra cosa que lo que ella esperaba que dijera. Me bastó con ver su rostro iluminarse el doble y su sonrisa ampliarse hasta lo que parecía imposible:

“Me encanta más todavía – dictaminó, para luego volver la atención hacia el vendedor -. Lo llevamos; no importa el precio. Pero… eso sí…”

El hombre miró a Rocío con gesto de intriga y yo también lo hice: la rubia era una maldita caja de sorpresas.

“Me gustaría que usted se lo instalase – dijo -. Y así, de paso, voy aprendiendo a manipularlo”

El vendedor, desde luego, se sobresaltó. Me miró nerviosamente y yo, no menos nerviosa, además de avergonzada, me vi obligada a bajar la cabeza por enésima vez.

“Si… la señorita está de acuerdo…” – comenzó a decir para ser interrumpido inmediatamente por Rocío.

“Ella está de acuerdo” – dijo, tajante.

El hombre quedó descolocado; seguía dudando como si la situación lo superara. Estaba claro que el pedido de Rocío resultaba insólito inclusive para un lugar como aquél. Dicho de otro modo, el grado de perversión mental de la rubia superaba al de cualquier depravado que hubiese entrado antes allí pues, de seguro, a ninguno se le había ocurrido una locura semejante.

“Está bien – dijo el hombre, finalmente, volviendo a tomar el consolador -; ningún problema. Acérquese, señorita”

Caminó de regreso hacia el mostrador mientras Rocío, sonriente y con los brazos en jarras, me instaba silenciosamente a seguirle.

CONTINUARÁ

sex-shop 6