LA FÁBRICA 27

Sin títuloMe giró y me hizo apoyar las palmas de mis manos contra la inmunda pared. Me tomó por las nalgas y, durante algún momento, fue como si las sopesara; las zamarreaba de tal modo de levantarlas y dejarlas caer como si quisiera comprobar si estaban en su lugar.

“Cola firme y bien paradita – dictaminó, con voz sibilina y confirmando mis pensamientos -. De las que a mí me gustan”

Acto seguido se desabrochó el cinturón y lo arrojó a un lado junto con su teléfono celular que, una vez más, visitaba el piso, separándose de tapa y batería. Al igual que él lo hiciera antes, se hincó por detrás de mí, lo cual no sólo me sorprendió sino que, en cierto modo, me decepcionó, ya que yo tenía, para esa altura, tal grado de calentura que lo único que quería era recibir en mí su verga lo más pronto posible. Parecía, sin embargo, dispuesto a tomarse su tiempo o, tal vez su intención fuera calentarme aun un poco más, ya que se dedicó a masajear mis nalgas con ambos pulgares como si estuviese amasando algún preparado.

“Hermoso culo – dictaminó -. Para comérselo”

Tomándome totalmente por sorpresa, enterró de pronto una dentellada sobre la carne de mis nalgas. El dolor me hizo retorcerme y aplastar mi cuerpo contra la humedad de la pared, pero a la vez me provocó una excitación difícil de comprender y también de explicar. Aflojó luego la presión de los dientes pero al tiempo que lo hacía, aprisionó una sección completa de mi carne entre sus labios y succionó tironeando de ella como si quisiera arrancármela. La excitación aumentó en mí a niveles superlativos y, de manera involuntaria, levanté un pie del suelo y flexioné una pierna por sobre la otra. El momento en el cual sus labios soltaron mi carne fue otro punto de alta excitación pues la sentí volver a su sitio casi como un lascivo latigazo y no hacía falta ver para darse cuenta que ese desgraciado debía haberme dejado una gran mancha morada. Sin darme respiro, arremetió luego contra la otra nalga y repitió exactamente la misma operación: mordió, succionó, tironeó y soltó. Mi jadeo cobró tal intensidad que hasta aplasté mi rostro contra la pared, olvidando momentáneamente la suciedad.

Él se incorporó por detrás de mí y pude darme cuenta de ello porque aplastó su cuerpo contra el mío, lo cual me dejó aun más aprisionada que antes. Deslizó una mano de manera asquerosa por sobre mi cuello y luego me acarició una oreja; me recorrió después la mejilla y, finalmente, se detuvo sobre mis labios para deslizar sus toscos dedos por sobre los mismos. Mi descontrolada excitación me llevó a abrir la boca, lo cual creo que fue el efecto por él buscado: a continuación, introdujo dos de sus dedos dentro de ella sin que pudiera yo hacer nada para evitarlo y, de hecho, no ofrecía resistencia alguna.

“Así – me decía -; lama bien los deditos como usted sabe hacerlo. Imagínese que eso que tiene en la boca es algo que le gusta. Hmm, ¿a ver? ¿Qué podría ser?”

No respondí nada o, en todo caso, sólo me salió una interjección ahogada que no sé hasta qué punto intentó significar algo.

“¿Una pija?” – me espetó él de pronto apoyando, prácticamente, su boca contra mi oído para, seguidamente, arrojarme un lengüetazo que me recorrió libidinosamente las circunvoluciones de la oreja. Yo no podía más…

“¿Una pija? – insistió -. Eso le gusta, ¿verdad? – me besó asquerosamente en la mejilla.

Otra vez una interjección incomprensible de mi parte. Retiró un poco los dedos de mi boca a los efectos de que pudiera responderle mejor y, debo confesar, que me angustió el que lo hiciera: los quería tener adentro.

“¿Una pija?” – volvió a preguntar.

“S… sí – balbuceé, con la voz susurrante y quebradiza por el aliento entrecortado -, una p… pija; eso me gustaría”

Una vez que hubo oído de mis labios lo que quería oír, enterró los dedos nuevamente en mi boca casi con violencia y me los llevó tan profundo que hasta me contorsioné en una arcada; sin embargo mis náuseas, aun cuando evidentes, no le hicieron retroceder sino que, por el contrario, removió los dedos dentro de mi boca al punto que pude sentirlos contra mi garganta. En medio de la obvia repugnancia, mi excitación estaba ya fuera de control y no me sentía dueña en absoluto de mis acciones ni de mis palabras. Deslicé la lengua por sobre sus dedos una y otra vez, lo cual en sí era inútil, ya que él mismo los movía de modo de no dejar pulgada dentro de mi boca sin recorrer. Cuando se cansó, los retiró y, de una vez por todas, pareció listo para cogerme. Siempre aplastándome con su cuerpo, me tomó por la cintura y tironeó de mí de tal modo de empujar mis caderas hacia él. Pude sentir el viscoso roce de la húmeda punta de su miembro jugueteando sobre mi cola para, luego, descender y abrirse paso en busca de mi entrada vaginal. Su verga entró en mí como una lanza y mi gemido se convirtió en grito apenas salido de mi boca. Inició el bombeo. Adelante y atrás, adelante y atrás: mis tetas aplastándose contra la pared y alejándose, aplastándose y alejándose, mientras su miembro, bastante grande por cierto, sea adueñaba de mi sexo. No sé cuánto duró todo eso: pudieron haber sido cinco, diez o veinte minutos; mi entrega era tal y estaba yo tan deseosa de alcanzar el orgasmo que no tenía noción alguna del tiempo. De hecho, llegué bastante antes que él, como lo atestiguaron mis potentes gritos poblando el inmundo cuartucho. Sin bajar la guardia en absoluto, él me continuó bombeando con la misma intensidad e incluso la aumentó, llevando así mi excitación a las nubes: apenas unos instantes después, volvía yo a explotar en un intenso orgasmo.

Tres veces acabé antes de que él lo hiciese y cuando, finalmente sentí que su semen me inundaba, me provocó una cierta aflicción el saber que todo había terminado; no obstante, y además de ello, ocurrió algo curioso: me la imagen de mi bebé me destelló en la cabeza, pues la excitación me había hecho, momentáneamente, olvidar mi preñez. Y, sin embargo, contrariamente a lo que pudiera pensarse y de manera acorde con lo enferma que se estaba volviendo mi mente, el hecho de estar preñada y, a la vez ser cogida de ese modo tan brutal por un absoluto y asqueroso desconocido, me produjo una excitación todavía mayor y desconocida para mí.

Se acomodó la ropa y recogió su celular del piso. Yo estaba exhausta y con mi rostro aplastado contra la pared aun a pesar de que él ya no me aprisionaba. Abría y cerraba mis manos, deslizando las puntas de mis dedos por sobre la asquerosa humedad del muro y debo decir que hasta en ello encontré excitación. Había sido cogida en el peor lugar del mundo…

Me urgió a acomodar mi ropa aduciendo que mi amiga me esperaba. Recién entonces me acordé de Evelyn. Volví a colocarme la tanga de Tatiana que, por fortuna, él no volvió a reclamar para sí. Me calcé el único zapato que tenía y, así, volvimos a cruzar el patio. Él bien sabía que eso sólo implicaría tener que volver a soportar los insultos procaces desde los ventanucos con barrotes, lo cual, en su sadismo, estoy segura que disfrutaba. Además, me querría exhibir como un trofeo, ya que sin necesidad de demasiada imaginación, cualquiera podía suponer lo que en ese cuarto sucio y maloliente acababa de ocurrir: ahora era su momento de mostrarme, cogida, ante los demás. Las ordinarieces, por supuesto, me llovieron a mansalva desde ambos flancos al cruzar el patio; traté de hacer oídos sordos, al menos lo más que pude, pero me fue imposible: muchos de los comentarios hacían, obviamente, referencia, a lo que suponían que había ocurrido y lo peor de todo era que tenían razón, por lo cual cada frase era un dardo envenenado.

“Qué marca te han dejado en el culito, nena. Ésa sí que es una buena mordida” – soltó alguien provocándome un acceso de indecible vergüenza al hacerme tomar conciencia de que la marca que yo, sin ver, había imaginado, debía estar a la vista por debajo del borde de mi cortísima falda.

“No sea tan egoísta, oficial – dijo, con una rasposa voz que era a la vez femenina y varonil, de lo cual deduje que se trataría de la lesbiana -. Traiga algo de esa linda carne para esta celda”

Coronó sus palabras con un sonido asqueroso que, interpreté, era producido por la lengua al deslizársele por los labios mientras hablaba.

Cuando llegamos nuevamente a la recepción, entré en pánico al mirar a todos lados y no ver allí a Evelyn; súbitamente me aterró la posibilidad de que se hubiese cansado de esperarme y se hubiera finalmente marchado, lo cual bien podía significar que se había hartado de mí o que ya no requeriría de mis servicios: por consecuencia lógica, ello a su vez implicaba que ya no iría a guardar mi secreto en la fábrica. Por fortuna, se trató sólo de un juicio apresurado de mi parte: al poco rato apareció; no supe bien de dónde venía ni me informó nada al respecto pues, después todo, no tenía por qué hacerlo. Lucía una ostensible cara de fastidio por la larga espera pero, aun así, respiré aliviada al verla.

Sin dirigirse a mí, le preguntó al oficial si ya estaba hecha la inspección y él, con un destello maligno en los ojos, le respondió afirmativamente. Me pregunté, en ese momento, cómo era posible que Evelyn, a quien al parecer no se le escapaba detalle alguno, no se percatara de lo ocurrido. Recién cuando terminó de hablar con el policía, me miró de modo aburrido y me ordenó que la siguiera. Así lo hice y, mientras echaba a andar tras sus pasos, miré de reojo al oficial, quien no dejó pasar la oportunidad de guiñarme un ojo en señal de despedida. El resto de quienes componían el personal oficial en esa dependencia tenían también, desde luego, sus ojos clavados en mí, y me siguieron con sus devoradoras miradas mientras yo marchaba tras Evelyn, pero a la vez llegué a detectar que miraban al oficial que me había “revisado” con aire de envidia y admiración o bien, simplemente, con ansiedad por conocer los detalles de lo ocurrido; di por descontado que, en pocos minutos más y apenas Evelyn y yo nos hubiéramos retirado del lugar, les pondría al corriente de los más jugosos detalles acompañados por las imágenes almacenadas en el celular. Por otra parte, si los efectivos no me gritaban procacidades semejantes a las que me habían lanzado los presos, estaba más que claro que era sólo por la obvia inhibición que les provocaba su uniforme.

Caminamos hasta llegar al auto y, allí, una vez más, me encontré con el aniñado pero antipático rostro de Rocío. Debía estar también bastante harta de esperar ya que a ella le había tocado la peor parte pero, aun así, se la veía sonriente y me miraba de un modo tan maliciosamente burlón que me obligó a bajar la vista: me dio la impresión de que, aun sin detalles, ella sabía o suponía que yo había sido humillada allí dentro, lo cual, desde ya, le provocaba un intenso placer.

“¿Cómo estuvo eso?” – preguntó, con aire entre ansioso y cínico, una vez que Evelyn se ubicó en el asiento del conductor y yo hice lo propio en el trasero.

“Mal – respondió Evelyn, en tono de pocos amigos, mientras ponía en marcha el motor; me echó una mirada de hielo por el espejo retrovisor -: nadita perdió el consolador”

Rocío abrió enormes los ojos y la boca; no sé por qué pero me pareció que lo suyo era una actuación: era casi imposible que no se hubiese percatado de la ausencia del objeto en mi cola al verme subir los escalones hacia la comisaría. De ser así, se estaba haciendo la tonta.

“¿Qué?????” – rugió, girándose hacia mí con el rostro desencajado.

“Lo que estás oyendo – le respondió lacónicamente Evelyn -: se lo quitó”

“Pero… ¿quién? – aulló, siempre histriónica, Rocío -. ¿Se lo quitaron allí dentro?”

“¡Ella! – ladró Evelyn mientras soltaba violentamente el embrague y salía haciendo arar las ruedas traseras -. Ella se lo quitó”

Rocío se giró aun más hacia mí, ya no sólo con la cabeza sino prácticamente con todo su cuerpo. Su mirada, que era pura ira, me taladraba por completo.

“¿Cómo pudiste hacer eso? – bramó, pareciendo como si de un momento a otro fuera a echárseme encima -. ¿Con qué autorización, estúpida?”

Instintivamente, me arrebujé en el asiento en gesto de indefensión. Y sin embargo, aun en tal situación, me excitó el hecho de que volviera a llamarme “estúpida”. Ya para esa altura, no sabía yo a quién odiaba más: si a ella o a la imbécil decadente en que yo me había convertido…

“Con la autorización de nadie – se interpuso Evelyn, encogiéndose de hombros -. Seguramente se lo habrá quitado para permitir que alguien se la diera por el culo”

“¡Ah, es posible! – convino Rocío -. Esas cosas a nadita le gustan mucho”

“Ni que lo digas – dijo Evelyn -. Hace un ratito se la cogieron allí dentro”

Sentí un violento sacudón por dentro. Qué necia había sido al creer que Evelyn no habría, al menos, imaginado lo ocurrido durante mi “inspección” corporal. Después de todo, y ahora que lo pensaba bien, ya desde el primer momento ella se había mostrado desconfiada al respecto. A la colorada, definitivamente, no se le escapaba detalle alguno y, por cierto, no era tonta: ¿para qué otra cosa iban a llevarme aparte si no era para eso?

“¿En la comisaría? – aulló Rocío, con expresión escandalizada -. ¡Me estás jodiendo!…”

Yo ya no sabía en dónde meterme; en caso de que ellas quisieran humillarme aún más con sus palabras, no se me ocurría cómo podían hacerlo.

“No te jodo – respondió con parquedad Evelyn -; ahora… el asunto es… ¿qué vamos a hacer con nadita?”

Rocío contrajo la boca en una mueca pensativa y entornó los ojos como estudiándome. Una vez más, me contraje en el asiento.

“Por lo pronto… – dijo quedamente la rubia -, lo que hizo está muy mal – movió exageradamente la cabeza a un lado y a otro -; nadita no cumplió con su parte, así que ya sabe lo que le espera”

Otra vez la angustia se apoderó de mí.

“P… por favor se… ñorita Rocío y s… señorita Ev… elyn – supliqué, desesperada y uniendo las manos sobre mi pecho -; les ruego p… por favor q… que no digan nada”

“Callate, estúpida – me ordenó Rocío -; nadie te pidió opinión ni tan siquiera te autorizó a hablar. Éste es un tema que tenemos que resolver entre Eve y yo; ¿se entiende? Las que vamos a decidir tu suerte somos nosotras, ¿está claro?”

Al borde de las lágrimas, pero a la vez excitada, bajé la cabeza y asentí.

“P… perdón, señorita Rocío. Es… tá claro y lo entiendo p… perfectamente”

“Yo pienso que la cuestión es simple – espetó Evelyn en tono de dictamen y casi como si ni siquiera me hubiese oído -: Hugo se tiene que enterar que hay un bebé en camino; no queda otra”

“Y nadita se va, jiji” – completó Rocío, acompañando sus palabras con un burlón saludo con la mano y luciendo la sonrisa más malvada que pudiera lucir

Tenía ganas de gritar implorando por perdón, pero acababa de ser reprendida por hablar sin autorización y, por mucho que me pesase y me doliese, no me quedaba otra más que seguir oyendo, boca cerrada, los planes que esas dos zorras perversas pudiesen tener para conmigo. Internamente, rezaba para que alguna de ambas se apiadase de mí… Cuánto me arrepentía de haberme quitado el consolador de la cola y cuánto deseaba en lo más hondo que me dieran una nueva oportunidad. Si querían hacerme sentir culpable por mis actos, lo estaban logrando ampliamente.

“Otra chica tonta embarazada que se queda de patitas en la calle” – dijo, en tono mordaz, Evelyn, trasluciendo sus palabras que, con anterioridad, lo mismo le había ocurrido a otras en la fábrica.

De pronto, el rostro de Rocío se iluminó y, como cada vez que ello ocurría, temí lo peor: me aterraba el tratar de imaginar qué perversos planes pudiera esa mierdita, en su retorcido cerebro, estar elucubrando para mí. Sin embargo, y contrariamente a lo esperado, sus palabras al hablar significaron para mí un alivio, aunque del modo más paradójico e inesperado.

“A menos que… le diéramos a nadita una oportunidad para resarcir su falta”

Un acceso de entusiasmo me hizo casi saltar en el asiento trasero. Mi actitud pasó a ser casi comparable a la de un perrito que mueve la cola y deja caer la lengua al darse cuenta que su amo no lo va a castigar por su desobediencia. De no haber estado dentro del auto, quizás incluso no hubiera logrado reprimir mis ganas de saltarle a Rocío encima para agradecerle el que me permitiese lavar mis culpas.

“¿Segunda oportunidad? – preguntó Evelyn, en tono de poco interés -. No me parece; no lo merece”

El semblante de Rocío pareció lucir un cierto desencanto ante el poco entusiasmo de su amiga, pero sólo le duró unos segundos; enseguida recuperó su expresión de chiquilla irreverente y, simplemente, volvió a la carga:

“¡Eve! ¡Podemos divertirnos aun mucho más con esto! Si dejamos ir a nadita aquí y ahora, la diversión se acaba”

Triste era ser vista de ese modo: la muy perra estaba diciendo, en definitiva, que lo único por lo cual valía la pena darme una nueva chance era para prolongar la diversión.

“¿Y qué proponés?” – preguntó Evelyn, aún reluctante pero, al parecer, algo más interesada.

“Bueno… – comenzó a decir Rocío; ladinamente se llevó un dedo a la boca y se mordisqueó una uña mientras me miraba de soslayo -; en primer lugar, si ella se quitó el consolador del culo, es absolutamente necesario que vuelva a ubicarlo allí: tiene que dejar las cosas como las encontró… o como se las dejamos, je”

“¿En dónde está?” – preguntó Evelyn, mirándome por el espejo retrovisor.

Mi mente se llenó de las escenas del triple forcejeo en la acera entre Daniel, el nuevo sereno y yo. Yendo más atrás todavía, me retrotraje al momento en el cual el objeto cayera a escasos centímetros de los pies del joven sereno, cuan aún me hallaba yo dentro de la fábrica. En principio, cabía suponer que el objeto debía seguir en poder del apuesto muchacho.

“En… la f… fábrica – balbuceé -. Lo t… tiene el sereno”

Las dos se volvieron a un mismo tiempo, dejando incluso Evelyn de mirar el camino por un momento.

“¿Qué?” – preguntaron, casi al unísono.

“S… sí – respondí, muerta de vergüenza y ya sin atisbo alguno de la más mínima dignidad -. Él… lo t… tomó cuando se m… me cayó…”

Se miraron entre sí; sorprendidas y perplejas.

“¿Te… lo estabas por coger?” – preguntó Evelyn, frunciendo por completo el rostro.

“¡Claro, eso es! – aulló Rocío -. Te lo quitaste para que él te la diera por el culo, ¿no es así?”

“¿Es que no vas a dejar un solo títere con cabeza? – me increpó Evelyn, contraído su rostro en una mueca de incredulidad -. ¿Sereno que ves es sereno que te coge?”

Qué crueles eran en sus comentarios. Bien sabían que Milo me había violado tras haberme ellas dejado indefensa y atada; sin embargo, de todas formas, eso era lo que menos me importaba en ese momento. Lo que me llenaba de espanto era que afirmaran tan sueltas de cuerpo que yo me había querido bajar al sereno y que le había ofrecido mi cola.

“N… no, no… No, s… señorita Evelyn; no, señorita R… Rocío – dije, desesperada y entrecortadamente -; yo… s… simplemente me lo quité y… él lo t… tomó del piso…”

“Eso no te lo cree nadie” – espetó ásperamente Evelyn, vuelta la vista hacia el camino.

“Nadita – dijo Rocío, en tono severo -, no vuelvas a mentirnos: ya lo hiciste antes. Si lo seguís haciendo, vamos a tener que…”

“¡Por favor!” – aullé lastimeramente, dando por obvio lo que la rubia diría a continuación.

“Queremos la verdad entonces” – me dijo, con toda tranquilidad.

“¡Pero… es la verdad!” – grité, llena de angustia.

Evelyn sacudió la cabeza y, de pronto, tomó su celular. Un súbito helor me recorrió la espalda al no saber con qué intención lo hacía, pues difícil era esperar de ella algo bueno.

“Ya mismo lo llamo a Hugo y le cuento de tu embarazo” – anunció, fríamente.

“¡No, por favor! ¡Señorita Evelyn, se lo ruego!”

“Queremos que digas la verdad entonces” – terció Rocío, ya para ese entonces tan fría como su amiga.

“Es que… ¡es la verdad!”

Vi por el espejo retrovisor la cara de fastidio de Evelyn y cómo, casi de inmediato, se llevaba el celular a la oreja con las más que obvia intención de iniciar una conversación.

“¡Por favor, no!” – volví a gritar desesperadamente, casi en un alarido.

Evelyn ya no me oía. Era obvio que ya había marcado el número de Di Leo y, simplemente, esperaba que él respondiese. Rocío, por su parte, me miraba con fingida tristeza, como conmiserándose de la suerte que me esperaba.

“¡Está bien!” – exclamé, de pronto.

Evelyn me miró por el espejo; noté, con alivio, que cortó la llamada.

“¿Perdón?” – preguntó.

“E… está bien – balbuceé, con resignación -; lo… admito. Me quité el consolador porque… en fin…”

“¿Querías que te hiciera el culo?” – intervino Rocío.

“¡Sí! – mentí, al borde de las lágrimas -. ¡Eso quería!”

“¿Qué cosa querías?” – insistió Evelyn, mirándome con el ceño fruncido.

Miré a una y luego a la otra; ambas estaban expectantes y estaba claro que de mis siguientes palabras dependían las ganas que tendrían de guardar mi secreto o, por el contrario, anoticiar a Di Leo de mi embarazo. Era triste y patética mi situación, pero sólo me quedaba seguir mintiendo si quería conservar mi trabajo.

“Quería que… él me la diese por el culo” – dije, muerta de humillación y vergüenza.

Evelyn asintió varias veces, con aire de repugnancia.

“Que pedazo de puta…” – fue todo lo que atinó a decir.

“Y bueno… – intervino Rocío arrojándome una falsa mirada de comprensión -. Hay que entender a la chica. ¡El sereno está lindo, Eve! ¿Te acordás que te lo dije?”

Evelyn no contestaba; su rostro seguía luciendo igual de contrariado y sus ojos atentos al camino.

“Hmm, tendríamos que volver a la fábrica, ¿no?” – sugirió Rocío, una vez que supo que su amiga no iba a responder nada.

“Ni en pedo – desdeñó Evelyn, cortante -. No voy a volver por culpa de esta puta. De lo que sí estoy segura es de que esta noche no duerme en su casa… ni en la de Luis… ni en donde mierda sea que tenga pensado dormir”

Se me encogió el corazón. ¿Dónde dormiría entonces? ¿De qué siniestra manera me haría pagar por mi desliz? La ansiedad y la intriga royeron mi interior, pero., sin embargo, ella no especificó nada más, lo cual sólo contribuyó a aumentar mi nerviosismo. Rocío, por su parte, tampoco preguntó nada al respecto, sino que se mantuvo en lo suyo:

“¿Se lo vas a reclamar mañana?” – preguntó, intrigada.

“Yo no – respondió tajantemente Evelyn -: ELLA lo va a hacer”

Pronunció “ella” de un modo tan punzante que, una vez más sentí que la vergüenza me sobrecogía; el sólo imaginar la escena era suficiente para desear que el día siguiente no llegase nunca.

“Entiendo – asintió Rocío -, pero… no puede quedarse esta noche así”

“¿Así cómo?”

“Digo… que no puede quedarse con la cola sin nada. Yo pienso que, al menos para esta noche, necesita un consolador sustituto”

Costaba creer el grado de perversión que tenía la charla. Esperé que Evelyn, una vez más, desdeñase la sugerencia de su amiga por alocada pero, por el contrario, pareció mostrarse algo más interesada que hasta hacía un momento: entornó los ojos y sacudió la cabeza ligeramente de un lado a otro como si estudiara la sugerencia.

“Puede ser – convino, para mi estupor — ¿Qué se te ocurre?”

“Hmm, hay un sex shop no lejos de aquí. Es una posibilidad, ¿no te parece?”

“Sí, creo que es una excelente idea – concedió Evelyn mientras yo me hundía cada vez más en el tapizado del asiento; parecía escupir odio y resentimiento hacia mí a medida que hablaba -. Ella nos desobedeció y no sería justo que le premiásemos esa desobediencia permitiéndole tener el culo libre esta noche. Sí… estoy de acuerdo. Sé dónde está ese sex shop; lo he visto: es en una galería”

Giró con decisión el auto en la siguiente esquina mientras Rocío, una vez más, se volvía para mirarme; su rostro irradiaba sólo luz y alegría: se pasó la lengua por la comisura de la boca de un modo bien marcado y exagerado.

CONTINUARÁ
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