LA FABRICA 18

Sin títuloLo que siguió se me hizo eterno.  Ya no soportaba más los consoladores que tenía insertos tanto en mi boca como en mi cola.  Claramente pude ver cómo, a través de las claraboyas se empezaban a filtrar haces de luz, con lo cual caí en la cuenta de que ya estaba amaneciendo.  El terror, una vez más, se apoderó de mí al pensar en que yo seguía allí; comencé a dar como obvio que el resto de las chicas no se habrían acordado de mí ni de limpiar la fábrica como habían convenido en hacer después.  Se habían olvidado incluso de sus propias compañeras, las cuales seguían yaciendo allí como  bofes; en algún momento, una de ellas se removió y tosió, pero finalmente se acomodó y siguió durmiendo sin siquiera abrir los ojos por un instante.

A medida que los efectos del alcohol y de las drogas iban quedando atrás, fui viendo las cosas más claras aun a pesar de que un agudo dolor de cabeza se sumaba al que ya sentía en la boca y en el trasero.  Uno a uno fui recapitulando los sucesos de la noche anterior y sentí una profunda e indecible vergüenza; quería salir de allí, ser liberada, echar a correr.  No podía creer lo sucedido y, mucho menos, que yo me hubiera dejado varias de las cosas que me habían hecho.  No tenía idea de cómo haría para mirar a Daniel a la cara nuevamente y creo que, peor aún, tampoco de cómo iba a hacer yo misma para mirarme al espejo durante unos cuantos días.  ¿Y cómo volvería a trabajar en la fábrica?: cruzarme otra vez con Evelyn, con las otras chicas, con Rocío o con la “chica cowboy”, con quien si había cruzado diez palabras en  el tiempo que llevaba allí era mucho.

Tales eran los pensamientos que me torturaban la mente al momento en que mis oídos percibieron claramente el sonido de la puerta de entrada al abrirse, más allá del corredor.  Comencé a temblar como una hoja.  ¿Quién podría ser?  ¿Tal vez Hugo?  ¿O Luis, quien tenía a veces por costumbre el quedarse en la fábrica fuera de las horas de funcionamiento de la misma?  Por suerte (o por desgracia) el sonido de varias voces superpuestas y el múltiple taconeo en el corredor me hizo caer en la cuenta de que, quienes en realidad se aproximaban eran, por supuesto, las chicas, que avanzaban en tropel.

“¡Uy, nadita sigue todavía acá! – exclamó Evelyn con un tono de sorpresa que no supe si interpretar como sincero -.  ¡Nos re colgamos!  Jaja…”

“¡Sí, boluda! – agregó otra; creo que Rocío -.  ¡Te juro que ni me acordaba!”

Se percibía en lo festivo del tono general que venían de una salida colmada de excesos y jarana.  Evelyn se acercó a las dos que dormitaban contra la pared y, primero a una y luego a la otra, les aplicó sendos puntapiés a efectos de despertarlas.  Las chicas se restregaron sus ojos, estiraron los brazos desperezándose, bostezaron varias veces y luego, poco a poco, se fueron incorporando.  Alguien me tanteó la cola y, al hacerlo, me hundió un poco más el consolador ya que, con mis movimientos a lo largo de la noche y madrugada,  la presión de la cinta parecía haberse aflojado algo.

“¿Te lo saco o lo llevás puesto?  Mirá que si te gusta te lo dejo, eh…”

La voz, cargada de burla, era la de Rocío.  Me estremecí con horror ante la sola idea de que fueran a dejarme así y sacudí, como pude, la cabeza en señal de negación a la vez que mis ojos se abrían enormes e implorantes.  No puedo explicar el alivio que sentí cuando Rocío me fue quitando, una a una, las vueltas de la cinta de embalar para, luego, proceder a extraer el consolador de mi trasero.  Apenas un momento después hizo lo propio con mi boca y, recién después de eso, me quitó las esposas.

Abrí y cerré las manos varias veces; las tenía tan entumecidas que, a pesar del tiempo que llevaban inmovilizadas, ni siquiera me dolían.  Poco a poco, la sangre fue volviendo a mis arterias y mis músculos saliendo de su agarrotamiento.  Me tomó un rato, sin embargo, el estar más o menos bien como para ponerme en pie nuevamente y, de hecho, permanecí varios minutos sobre el mantel a la espera de que mis músculos volvieran a funcionar en su plenitud; sólo sirvió para la burla:

“No – espetó alguien -; no tenemos más cosas para meterte.  Lo siento.  Va a ser mejor que te levantes”

Las carcajadas coronaron las palabras de quien fuera que hubiese hablado.  Como pude y apoyando mis manos sobre el mantel, me incorporé finalmente y una vez de pie, me sentí, por primera vez en varias horas libre, lo cual, increíblemente, me hizo sentir extraña…

Ya nadie me hostigó; estaba como tácito que la fiesta había terminado.  Por el contrario, y siempre bajo la supervisión de Evelyn, se dedicaron, por lo menos las que se hallaban en condiciones, a poner en orden el lugar tal cual habían anticipado que harían.  Nadie exigió de mí ayuda alguna, por lo cual aproveché para juntar las prendas que pudieran estar tiradas por el piso y me dirigí al toilette; me quité lo que me quedaba de las indecentes ropas que me habían puesto y me di una ducha.  No sé durante cuánto tiempo permanecí bajo el chorro de agua; quería borrarlo todo, no dejar ningún vestigio de una noche tan demencial como la que me había tocado vivir.  Cuando salí, ya otra vez ataviada de un modo más normal, miré hacia todos lados preguntándome por dónde andaría el sereno si es que realmente seguía en la fábrica.  Lo loco del asunto era que ninguna de las chicas sabía nada acerca de lo ocurrido en relación con él.  Fui en busca de Evelyn y la aparté a un costado; me miró con intriga.

“¿Qué pasa, nadita?” – el apodo persistía, aun a pesar de haber quedado atrás el clima de juerga.

“S… señorita Evelyn; es que… algo pasó mientras ustedes se fueron”

Permaneció en silencio y se encogió de hombros; su actitud seguía siendo de no entender.

“Fui… violada” – musité, tratando de no ser oída por el resto.

“¿Qué? – exclamó a viva voz y sin importarle el recaudo que yo había tomado al respecto -.  ¿Qué estás diciendo?”

“Milo… – dije, con vergüenza y mirando de soslayo al resto, quienes, por fortuna, parecían seguir enfrascadas en lo suyo -; el… sereno”

El rostro se le turbó; cerró los ojos y se golpeó la frente.

“¡Ese retardadito! No te puedo creer… Te juro que no pensé en él.  ¿Y qué te hizo?”

“Lo que… dije.  Me… violó.  Aprovechó que yo estaba esposada sobre la mesa y…”

“Vaya a saber  qué cuerno se le cruzó por la cabeza; es muy especial: ya antes se notó que te quería coger.  ¡Qué estúpida fui!  Entre tanto alcohol, no pensé en nada…”

 Al menos, parecía compungida y hasta apesadumbrada por el hecho de haberme dejado allí de esa forma; era un buen indicio.  Apoyó las manos sobre sus sienes y las estiró con los dedos en una actitud que parecía mezclar arrepentimiento y cavilación.  Asintió varias veces, como si su cabeza estuviera dándole vueltas al asunto.

“Bueno… – dijo finalmente, en tono llano -; quedate tranquila: voy a hablar con Hugo.  Podés estar segura que desde el lunes Milo no trabaja más acá”

Todo mi rostro se retorció en una mueca de incomprensión.  Otra vez lo mismo: el despido o la renuncia parecían ser las únicas soluciones posibles allí dentro.

“¿Estás hablando de… echarlo?” – pregunté, turbada e incrédula al punto que ni siquiera registré que había tuteado a Evelyn; ella, por fortuna, tampoco se percató: su mente estaba, definitivamente, en otra cosa.  Y, en algún punto, estaba obvio que lo que quería salvar era su propia ropa pues había sido suya la idea de dejarme allí, en la planta, esposada, desvalida y en manos de un deficiente mental.

“Y… digamos que sí – respondió ella, encogiéndose de hombros con absoluta naturalidad -.  ¿O vamos a dejar que siga en la fábrica?  Es absurdo y hasta sería peligroso para vos… y para las demás chicas.  No podemos tener un violador acá dentro; por lo tanto creo que lo más lógico es…”

“¡Precisamente! – protesté airadamente y levantando, sin querer, el tono -.  ¡Me violó!  ¿Van simplemente a despedirlo?”

“No te entiendo, linda”

“`¡Me violó!  ¡Tiene que ir preso!”

“Eso ya es algo que corre por tu cuenta – dijo, siempre con su voz átona y volviendo, por enésima vez, a encogerse de hombros -.  Si querés hacer una denuncia penal contra él, estás en tu derecho, pero no te lo recomiendo…”

Déjà vu.  Parecía repetirse el diálogo que, en su momento, había tenido con Luis.  Sin embargo, estaba para mí claro que había circunstancias que hacían diferente el contexto; por sobre todo, el hecho de que en aquel episodio ocurrido con el operario fuera de hora, yo apenas había comenzado a ser penetrada y no había existido eyaculación: esta vez… era enteramente diferente.  Qué extraño y paradójico resultaba pensar que el responsable de que aquella vez mi violación no se hubiera consumado era, ahora, mi violador. 

“A ver: vamos por partes y pensémoslo fríamente – continuó Evelyn mientras comenzaba a enumerar con los dedos -: en primer lugar, vas a denunciar un hecho de violación ocurrido durante tu fiesta de despedida y en tu lugar de trabajo; segundo: las pericias van a arrojar que, en esa noche, más de un tipo te estuvo visitando la conchita – bajó un dedo hacia mi vagina y mi rostro no pudo menos que enrojecerse al recordar la montada del stripper, a la cual yo, aunque inducida, me había sumado más que gustosa -; tercero: vas a plantear una denuncia contra alguien que padece un cierto retardo mental y que, como tal, será, casi con seguridad, declarado inimputable”

Cuando terminó de exponer sus razones, permaneció durante un rato mirándome fijamente, levantada su ceja izquierda y extendido aún el dedo mayor con el cual había enumerado el tercer punto: muy gráfico el gesto.  Lo peor de todo era que su exposición había sido impecable e incluso, para mí, sorprendente: no imaginaba a Evelyn manejar esos aspectos técnicos y legales con tal soltura; de hecho, su argumentación sonó tan cerrada y sin fisuras que llegué a pensar si lo ocurrido con el sereno no habría estado ya en sus cálculos y, como tal, no tendría ya preparada una respuesta.  ¿Qué si no había sido realmente un olvido?  ¿Cómo podía yo saber que ella no me había dejado allí deliberadamente a sabiendas de que sucedería lo que finalmente sucedió?  Aunque ya no llevaba puesto el disfraz de diabla, juro que en ese momento le volví a ver cuernos, capa y tridente.

Tragué saliva; la garganta se me hizo un nudo y bajé la cabeza mientras se me nublaba la vista.  Una cosa quedaba en claro: más allá de los posibles pasos legales y de la viabilidad de los mismos, yo no podía seguir trabajando en la fábrica…

“Evelyn… – balbuceé -.  S… señorita Evelyn, perdón: creo que… voy a presentar mi renuncia”

Yo no aprendía más.  Porque, al decir eso, lo hice con la esperanza de que ella me tomase por los hombros o me abrazase para disuadirme de renunciar.  Nada más lejos de eso.

“Es tu decisión, nadita.  No puedo impedírtelo” – dijo.

¿Y qué esperaba yo? Después de todo, ella siempre me había querido fuera de la fábrica y las cosas no tenían por qué haber cambiado aun cuando, a veces, yo había llegado a pensar que sí.  Ni la violación que yo había sufrido ni la culpa que, real o no, ella pudiese sentir al respecto, venían a cambiar nada realmente: no en ella, quien, casi con seguridad, había tenido siempre en mente el objetivo de conseguir mi alejamiento de la fábrica.  Otra vez los sentimientos encontrados aguijonearon mi interior.  Quizás no sería lo mejor renunciar, después de todo.  Aun estaba pendiente lo de Luis  a pesar de que, con el correr de los días, se había ido presentando como cada vez  más improbable.  Y, por otra parte, estaba también la cuestión de ese encuentro en el hotel de capital del cual Evelyn misma me había hablado; no faltaba tanto para eso y podía ser una excelente oportunidad de que me conocieran de otras empresas y así poder cambiar mi destino laboral: la propia Evelyn lo había dicho.  ¿Por qué no valerme, entonces, de la herramienta que ella misma había puesto a disposición?  Aun cuando, de un modo u otro, se terminara saliendo con la suya y lograra alejarme de la fábrica, había una diferencia entre hacerlo con una mano atrás y otra adelante y hacerlo con la frente más o menos en alto y yendo hacia algo mejor.

“Voy a… pensar seriamente qué hago” – dije, finalmente, imprimiendo a mi voz un tono de dignidad que, ya para esa altura, resultaba casi irrisorio.

Si esperé que mis palabras fueran a producir en su rostro algún deje de decepción, me equivoqué o, al menos, zorra como era, no lo demostró.  Una vez más, me equivoqué al prever su reacción: por el contrario, se sonrió, me tomó por el mentón a efectos de levantar mi mirada hacia la suya para luego, esta vez sí, tomarme por los hombros.

“Se va a respetar tu decisión, nadita – me dijo -.  Ahora, volvamos a nuestras casas y tratemos de no pensar demasiado en este desagradable incidente al cual no vamos a permitirle empañar tu despedida.  Es un  error quedarse sólo con el final de la película; la pasamos genial anoche, ¿o no?”

Durante el fin de semana no pude hacer otra cosa que pensar y repensar los sucesos de esa noche.  No caía aún en la cuenta de haber sido parte (y central) de un desquicio semejante.  Originalmente había pensado en salir con Daniel el sábado para aplacar un poco los ánimos luego de haber yo decidido, en contra de su deseo, ir a esa despedida; la realidad, sin embargo, era que no podía.  Quería, por un lado, estar con él y pedirle disculpas por haber ido pero, por otro, no podía mirarlo a la cara ni aun en el supuesto caso de que, como yo quería creer, no estuviese al tanto de nada de lo sucedido en la fábrica esa noche.  De hecho, hablamos sólo por teléfono y, a pesar de que él insistió en venir a casa o en pasarme a buscar, no accedí.  Ello, desde luego, sólo aumentó los resquemores y las desconfianzas, pero aun sabiendo que era así, yo no podía hacer nada: sólo quería estar en casa, sola en la cama, abrazada a mis piernas recogidas y pensando (era inevitable) en lo ocurrido.

Lo más difícil de digerir era el tener que regresar a la fábrica el lunes.  ¿Volver a ver a esas chicas a los rostros nuevamente?  ¿Luego de lo que me habían hecho, incluso algunas con las cuales prácticamente no tenía relación?  Y por otra parte, me desvelaba lo del sereno.  Era una absoluta locura pero, aun cuando yo misma había pensando en hacerle una denuncia penal por violación, paradójicamente me provocaba lástima su situación y la inminencia de su despido… ¡Hasta me provocaba culpa!  Suena demente y lo sé, pero mi cabeza estaba ya bastante trastocada y confundida para ese entonces, a lo que había que sumar que el pobre Milo era, después de todo, un deficiente mental y, como tal, se hacía harto difícil tratar de ver las cosas del modo en que él las habría visto: quizás, como especulé en algún momento, considerara él que yo tenía una deuda no pagada tras haberme salvado en la planta aquel día en que fue a buscar a Luis; o tal vez, al verme maniatada e inmovilizada sobre el mantel, lo tomó sencillamente como un regalo que las chicas le habían dejado y  en el cual, incluso, hasta podía caber en su mente la posibilidad de que yo misma participase voluntariamente de tan especial presente; o quizás, simplemente, su calentura obnubiló su poca razón, al punto que su instinto más bajo y animal no le permitió pensar con claridad y simplemente… me cogió. 

Llegó el lunes y tuve que ir a la fábrica; llegué tarde y supongo que mi retardo fue consecuencia del querer dilatar, indefinidamente  el momento.  Me llevó Daniel y, durante el camino, sólo nos cruzamos algunas palabras muy parcas.  Ni siquiera le pregunté hasta qué hora había permanecido apostado en la puerta de la fábrica en la noche del viernes o si había llegado a ver retirarse a Flori; hacerlo, claro, sería poner en evidencia que, de algún modo, lo estuve vigilando.  Tampoco él me preguntó demasiado al respecto, ni en el auto ni durante las conversaciones telefónicas que habíamos sostenido durante el fin de semana; si lo hacía, era él quien se echaba tierra encima por haber permanecido en vigilia.

Pero lo peor fue mirar a las chicas a sus rostros pues, inevitablemente, me vi obligada a bajar la vista al piso y, en todo caso, avanzar por entre los escritorios arrojándoles muy fugaces y esporádicas miradas de soslayo, a la vez que saludaba de un modo frío y casi obligado: no era que mi modo de saludar trasuntase resentimiento u odio, sino más bien vergüenza; mi actitud era esquiva, huidiza. Había, durante todo el camino en auto, tenido intriga acerca del modo en que irían ellas a reaccionar y, en ese sentido, pude advertir y discernir tres actitudes bien diferenciadas: estaban las que me miraban con sonrisitas entre pícaras y burlonas, estaban las que desviaban los ojos avergonzadas como si ellas mismas quisieran borrar lo sucedido en la noche del viernes y, por último, las que no demostraban absolutamente nada sino que se comportaban del mismo modo en que lo harían cualquier otro día: para mi sorpresa, Rocío estaba entre ellas (la hubiera imaginado en el primer grupo).

Apenas llegué a mi escritorio y sin que siquiera me hubiese llegado a sentar, apareció Evelyn; venía claramente desde su oficina, lo cual evidenciaba que ya estaba en la fábrica y, como tal, yo había llegado bastante tarde, sobre todo considerando que era ella quien se tomaba para sí el privilegio de llegar algo más tarde que las demás.  Al verla, supuse que venía para darme una reprimenda en ese sentido, pero, al menos sus primeras palabras, no apuntaron a eso.  Casi no saludó; yo lo hice pero ella no respondió, salvo con un ligerísimo asentimiento de cabeza.

“Ya está hablado el tema con Hugo – me dijo, sin preámbulo alguno  -.  Milo ya no es empleado de la fábrica”

La noticia, que debería haberme traído alivio, me produjo, por el contrario, un nudo de culpa en el pecho y supongo que ello se evidenció también en la expresión compungida de mi rostro.

“¿Lo… despidieron?” – pregunté, en un tono de voz muy débil.

“Así es”

“Y… ¿con qué argumento?”

“Robo”

Sentí una estocada; achiné los ojos y sacudí la cabeza mientras mi rostro se contraía en una mueca de incomprensión.

“Pero… eso no es cierto” – señalé.

“Si es cierto o no, es lo de menos”

“Él puede defenderse legalmente”

“Es un retardado, no te olvides”

Yo no podía creer el tono frío con el cual Evelyn hablaba: todo su semblante era, de hecho, hielo puro.

“Aun… siendo un retardado, en fin, un buen abogado puede…”

“Ya está todo previsto – me interrumpió -.  Le hemos puesto algunas cosas muy estratégicamente en su casillero”

Bajé la vista con incredulidad; no podía creer lo que estaba oyendo: se había cometido una absoluta injusticia y yo me sentía parte de ella de alguna manera.  Quedé sin palabras.

“¿Qué te pasa? – me preguntó Evelyn alzando una ceja y mirándome de soslayo -.  ¿Acaso no estás feliz de que nos hayamos librado de él?  ¿O será que te gustó tanto que ahora lo extrañás?”

La frase fue, desde ya, hiriente, y Evelyn, además, la pronunció en voz alta y sin el menor cuidado de no ser oída.  Un par de risitas se escucharon por detrás  y pude reconocer a una de ellas como de Rocío.  Nerviosa, negué con la cabeza.

“Ah… – dijo Evelyn, ensayando, por primera vez, una leve sonrisa -: menos mal; me habías preocupado.  A propósito: de nada, eh”

Qué sarcástica llegaba a ser.  La miré con mis ojos al borde del sollozo y con el labio inferior temblándome.

“G… gracias, seño… rita Evelyn” – tartamudeé.

Asintió de manera aprobatoria mientras la sonrisa se ampliaba en su rostro: no rezumaba simpatía sino más bien severidad e incluso desconfianza.  Permaneció mirándome unos instantes mientras se marchaba.

“Llegaste tarde – me dijo cuando ya se había alejado algunos pasos y elevando aún más el tono de su voz, de manera deliberada -.  Vas a quedarte a hacer una hora extra después”

Había sido iluso de mí pensar que se le había pasado el detalle o que, directamente, no le daría importancia; muy por el contrario, sólo esperó el momento adecuado para humillarme una vez más ante todas.  De hecho, yo había llegado treinta y cinco minutos tarde, no una hora, pero… no tenía sentido objetar nada.

“Es… tá bien, s… señorita Evelyn” – balbuceé.

Volví la atención a mis cosas; tomé asiento finalmente.  Aún no había saludado específicamente a Floriana, quien se hallaba al escritorio contiguo, sino que la había incluido en un saludo muy general y para todas.  Le pregunté cómo estaba y me respondió con un muy parco “bien”; si hubo alguna sonrisa, fue muy imperceptible.  Había que entenderla en parte: lo ocurrido era, para ella, tan incómodo como para mí y seguramente hasta sentía algo de culpa ya que, si bien la despedida no había sido una idea de ella, sí la había avalado de algún modo y hasta se había sumado a ella.  Yo moría de intriga por saber si Daniel la habría visto al salir de la fábrica o si habrían cruzado palabra.  Se me hizo difícil preguntar, pero lo hice:

“Flori, el… viernes, cuando te fuiste…”

“Daniel me llevó a casa” – me cortó ella, no secamente pero sí como si no tuviese muchas ganas de hablar la cuestión.

La respuesta me descolocó por completo.

“¿Te… llevó?” – pregunté.

“Sí.  Sabés que no me gusta andar de noche en la moto.  Y no podía pedirle a ninguna de las chicas que me llevara porque estaban todas muy entretenidas con la fiesta” – fue la lacónica respuesta de Floriana, quien no me miraba a los ojos sino que se mostraba esquiva, con la vista fija en su monitor.

La noticia, por supuesto, no pudo menos que sorprenderme ya que Daniel no me había comentado nada pero, claro, no habíamos hablado nada al respecto y no había existido, por lo tanto, el contexto ideal para hablarlo.  Mi sorpresa, de todas formas, se vio rápidamente reemplazada por el terror: si Daniel había alcanzado a Flori a su casa en el auto, ello significaba que habían tenido tiempo de sobra como para hablar de lo sucedido en la despedida y no era loco en absoluto pensar que él debía haberla sometido a un exhaustivo interrogatorio.

“Flori… – comencé a decir tímidamente -.  ¿Daniel te preguntó algo sobre…?”

“No quiero hablar de eso” – volvió a cortarme, esta vez sí con bastante sequedad.

La desconocía.  Parecía otra. 

“P… perdón, Flori, es que…”

“Quedate tranquila – me espetó, dirigiéndome la mirada por primera vez -. No le conté detalles.  ¿Está?”

El gesto de su rostro y el ademán que hizo con la mano fueron lo suficientemente conclusivos como para dar por terminada la cuestión; estaba bien claro que mi insistencia sólo le irritaría.  Aun así me quedaban, desde luego, montones de dudas zumbando en la cabeza.  ¿A qué llamaría Flori “detalles”?  ¿Qué tanto era lo que realmente le había dicho a Daniel?

Para no seguirme torturando, decidí concentrarme en mi trabajo aun cuando fuera difícil.  Pero al encender mi computadora, me encontré con una nueva y fulminante sorpresa: mi fondo de pantalla había cambiado y la verdad era que yo no lo había hecho.  La imagen parecía tratarse de una foto tomada con muy poca luz, lo que me obligó a aguzar un poco la vista para poder apreciar los detalles.  Una vez que lo hice, mi rostro se tiñó de horror.  En la imagen de fondo de pantalla estaba yo: chupándole la cola a un stripper mientras era penetrada por detrás por otro…

Fue tanto el estupor que hasta dejé escapar un gritito.  Levanté la vista hacia el resto, tratando de descubrir si había alguna que estuviera, en ese momento, prestándome especial atención o bien que sonriera por lo bajo, pero nada… Cada una de ellas seguía atenta a su trabajo y se comportaba como si nada extraño ocurriese: había que sacar la conclusión de que había un pacto de silencio entre ellas o bien la autora de la broma de tan mal gusto sabía bien cómo permanecer en las sombras… Sentí rabia, mucha rabia: crispé los puños y los estrellé contra mi escritorio pero, acto seguido, me aboqué a la tarea de volver a cambiar mi fondo de escritorio.  Era tanta mi prisa por hacerlo que cometí el error de no revisar antes cuál era la ubicación del archivo, razón por la cual, una vez cambiado, ya no había forma de determinar en dónde estaba guardado el mismo.  Habría, seguramente, alguna forma de revisar los fondos de pantalla anteriores pero, a decir verdad, no era tanto mi conocimiento al respecto.  En cuanto a la tarea de buscar, carpeta por carpeta, hasta dar con el archivo, se presentaba como larga y engorrosa, razón por la cual opté, finalmente, por tratar de abstraerme lo más posible del asunto y dedicarme a mis tareas de lunes…

Temiendo que alguien volviera a colocarme la misma fotografía como fondo de pantalla, cambié la contraseña de acceso a mi computadora y, además, me propuse cuidar de llegar temprano al otro día y los que siguieran.   Floriana apenas me habló durante la jornada laboral, sólo lo mínimo y siempre en relación con el trabajo: no daba impresión de estar enfadada conmigo, más bien lucía incapaz de manejar la incómoda situación.  Con el resto de las chicas ocurrió algo parecido y, por mucho que me esmerara, no podía descubrir en el semblante de ninguna a la culpable de la pesada broma del fondo de pantalla. Ese día, cuando me quedé a hacer la hora extra que me había impuesto Evelyn, no vi al sereno, lo cual, una vez más, me produjo culpa.  No había rastros de que hubieran ya designado a alguien pero se veía movimiento cerca de la oficina de Luis a la cual, de hecho, Floriana estuvo yendo varias veces antes de retirarse definitivamente, la última unos veinte minutos después de la chicharra de salida.  Vi pasar  en un momento a la escultural Tatiana, quien, como siempre, me dedicó una de sus miradas llenas de lascivia.  No dejaba de llamarme la atención que, habiendo ocurrido algo tan grave como una violación, ni Luis ni Hugo me hubieran convocado a oficinas para hablar sobre lo sucedido o, cuando menos, para manifestarme su apoyo.  Cierto era que lo mismo había ocurrido en el día posterior a aquel ataque que sufrí en la planta, pero… esta vez era distinto y más grave.

Cumplida la hora que Evelyn me impuso, me apresté a tomar mis cosas y retirarme de allí cuanto antes; ya había avisado por celular a Daniel que viniera una hora más tarde, pero en el preciso momento en que estaba por marcharme, Tatiana se presentó a mi escritorio con su característico paso sensual y sonrisa insinuante:

“Dice Luis que quiere verte” – me dijo, amablemente.

Era la primera vez que la veía comportarse como si fuera parte del personal e, incluso, llegué a pensar si Luis no la habría, finalmente, designado.  Seguí su cadencioso paso hacia la oficina y debo decir que me era casi imposible despegar la vista de ese magnífico trasero que movía con tan provocador contoneo.

“Soledad – me saludó Luis apenas entré -; tome asiento, por favor…”

En lugar de ello, permanecí de pie con las manos entrecruzadas por delante.

“Es que… mi novio me espera en el auto – me excusé -; no puedo quedarme por mucho tiempo”

“Ah, claro, entiendo, entiendo… Bien, quería decirle que… nos hemos enterado de lo ocurrido en la noche del viernes en la planta y… lamentamos profundamente el incidente”

¿Incidente?  ¡Dios, me habían violado!  Traté, sin embargo, de no replicar nada al respecto y, más bien, apunté al hecho de que él había hablado en plural:

“¿Nos hemos enterado? – pregunté, tratando de mantenerme serena -.  ¿Quién más?”

“Su jefe, por supuesto”

“¿Hugo?”

“Hugo”

Había en mi pregunta una ironía que me dio la sensación de que él no captó: ya no se sabía bien quién era mi jefe desde que la puta de Evelyn había, inesperadamente, tomado tanto poder dentro de la fábrica.

“Ah… – asentí, con sarcástico aire distraído -.  A mí no me dijo nada…”

“Ya lo hará, no tenga duda – me dijo -, pero pierda cuidado que ya nos hemos encargado de que ese sereno no trabaje más en la fábrica”

Tuve que reprimir un impulso de rabia.  Ya Evelyn me había explicado el tongo que habían armado para dejarlo fuera de la empresa y me seguía sonando injusto.  El pobre Milo había sido, después de todo, empujado a hacerme lo que me hizo y aun cuando Evelyn se desentendiera del asunto, ella era la principal responsable al avalar que las demás me dejasen esposada y encintada en la planta mientras salían de juerga.  Pero, ¿estaba en condiciones yo de plantear eso?  Y, por otra parte, no podía dejar de preguntarme cuánto, realmente, sabría Luis acerca de los sucesos de esa noche o cuánto le habría dicho Evelyn a Hugo ya que daba por descontado que la información había llegado a Luis intermediada de esa manera.

“Sí, señor Luis – dije -.  Ya algo me dijo Evelyn al respecto y… lo agradezco”

“Por otra parte, Soledad, me veo en la obligación de preguntarle: ¿sigue vigente su ofrecimiento?”

Sensaciones encontradas.  Por un lado me irritó profundamente el brusco cambio de tema: estábamos hablando de un episodio de violación y, sin embargo, parecía tratarse de un detalle burocrático.  Pero, por otra parte, yo había esperado con ansias que Luis me diera algún indicio con respecto a aquella idea mía de entrar a trabajar en su empresa y así poder renunciar a la de Hugo o, mejor dicho, a la de Evelyn.

“¿Ofrecimiento?…” – pregunté, fingiendo no entender.

“Si, Soledad, ¿recuerda que me habló acerca de la posibilidad de entrar a trabajar para mí?”

“Ah, sí – me hice la tonta -; lo recuerdo, señor Luis.  ¿Decidió finalmente nombrar un reemplazo para Evelyn en el puesto que dejó vacante después de renunciar?”

“En realidad no – me respondió, convirtiendo así mi rostro en un signo de interrogación -; creo que nos hemos arreglado bastante bien distribuyendo el trabajo que hacía Evelyn entre el resto de las chicas.  No le veo tanto sentido a designar un reemplazo, sobre todo en un período en el cual las ventas… se han contraído un poco; es momentáneo y espero que repunten pero, al menos de momento, no quiero contar con más personal del que tengo”

Asentí, decepcionada.

“Entiendo, señor Luis, pero entonces… no termino de entender en dónde entro yo o por qué me pregunta si recuerdo mi ofrecimiento”

“Es que hay otra chica que se va… O, al menos, eso es lo que parece: falta confirmación”

Ahora sí entendía todo.  Quería mantener la misma cantidad de empleados que tenía y por eso decidía no tomar reemplazo para Evelyn, pero no se podía dar el lujo de perder otro.

“Ah, está bien – dije, y busqué reprimir una sonrisa que pudiera evidenciar la alegría que sentía por dentro ante la perspectiva de escapar de las garras de Evelyn -; le… agradezco que haya pensado en mí”

“Por el contrario, Soledad, creo que no podemos pensar en alguien mejor… y Tatiana estuvo de acuerdo” – miró a su blonda novia y ella, a su vez, me dedicó una de sus sensuales sonrisas de oreja a oreja.  Al parecer, Luis la tenía en cuenta y la consultaba al decidir; es increíble el poder que tienen las mujeres para, a la larga, inmiscuirse en el ámbito de trabajo de sus hombres y terminar, incluso, siendo parte de sus decisiones.

Me disculpé y volví a recordarles que mi novio me esperaba en el auto; al girar, me topé nuevamente con Tatiana, quien me tomó por la cintura.  Al tener aquellos carnosos labios frente a los míos, se me hacía difícil pensar en no besarlos.

“¿No quiere divertirse un poco con Tatiana después de tanto malo rato vivido en esta fábrica?” – preguntó Luis a mis espaldas, desde su escritorio.

Qué cerdo era.  Lo que quería era pasarla bomba y masturbarse viéndonos a nosotras dos; o quizás terminar cogiendo a alguna de ambas, como la última vez.  No sería raro, incluso, que tuviera en mente, darme ahora la cogida que no me dio ese día.  La propuesta, de todos modos, no dejaba de ser tentadora; creo que de todos los ofrecimientos que pudiesen hacerme dentro de esa fábrica, el revolcarme con Tatiana era, a todas luces, el más difícil de resistir.  Pero yo, poco a poco, iba ganando experiencia y no sólo en cuanto a mi trabajo propiamente dicho sino también en cuanto a los juegos que allí se tejían internamente en la red de relaciones y de poder.  Decidí jugar un as de espadas:

“Lo siento – dije, con tono frío y átono -.  Mi novio me espera en el auto y no quiero problemas a tan pocos días de mi casamiento.  Pero le pido paciencia, señor Luis: puedo prometerle que en cuanto esté trabajando a sus órdenes, nos va a tener a Tatiana y a mí a su entera disposición”

Era una forma de presión, claro.  Yo estaba jugando mi propia estrategia: si él tenía tanta necesidad de satisfacer sus necesidades de voyeur con nosotras, me era útil que sintiera condicionamientos al respecto.

“De cualquier forma recuerde que no es algo seguro – se apresuró a aclarar -; recién hacia el final de esta semana podremos tener alguna…”

“Cuando eso ocurra y yo esté trabajando para usted, señor Luis, Tatiana y yo seremos enteramente suyas.  ¿O no?”

Al decir esto, guiñé un ojo a la rubia beldad, quien me devolvió el gesto.  Ignoro cómo lo tomó Luis a mis espaldas pero yo estaba plenamente decidida a no darle un solo espectáculo más a menos que tuviera sentado mi culo en su empresa.  Besé a Tatiana en los labios y, honestamente, me costó despegarme; hubiera seguido besándola por largo rato.

“Hasta prontito, Tati – le dije -.  Y hasta pronto, señor Luis”

Hasta el saludo escogí cuidadosamente, pues no dije “hasta mañana”, lo cual le daba sutilmente a Luis el mensaje de que ya no iba a venir corriendo hacia él a menos que fuera su empleada.  Me felicité por mi jugada y, por primera vez, me retiré de la fábrica con un cierto aire de triunfo…

Me carcomía, desde luego, la curiosidad por saber qué habían hablado entre Daniel y Floriana esa noche; ella había hablado de “detalles”.  ¿A qué se refería exactamente?  Se me complicaba, desde ya, retomar el tema y preguntarle a Luis; por dos razones: en primer lugar porque si yo demostraba mucho interés en el asunto, bien podía inculparme a mí misma con tanta insistencia; en segundo lugar, a Daniel, ya para esos días, se lo veía tan enfrascado en las cuestiones relacionadas con la ya próxima boda que me pareció que escarbar en el asunto iba a contribuir a reflotar resquemores y suspicacias que él parecía, al menos de momento, haber olvidado o dejado de lado.

Traté de tranquilizarme a mí misma diciéndome que si realmente Daniel sabía algo (o por lo menos los detalles más jugosos de la despedida sin contar mi violación) ya lo habría manifestado y, de no ser así, se hacía difícil imaginarlo tan entusiasmado con el casamiento como se lo veía.  Una duda, sin embargo, me carcomía el cerebro e iba más allá de lo que él realmente supiese o no supiese: no podía olvidarme de la mofa de las chicas, quienes habían sugerido incluso que había algo entre Daniel y Floriana y que eso explicaba que se hubieran ido juntos como ellas suponían (acertadamente, veía ahora) que había ocurrido.  Pero… ¿Daniel traicionarme con Flori?   Era todo un ejemplo de novio fiel e iba camino a demostrarlo también como esposo.  Y de igual modo, ¿Flori traicionarme con Daniel?  Era mi mejor amiga y nunca lo haría, así que busqué alejar por todo y por todo tales pensamientos de mi cabeza.

Traté, en esos días, de pensar exclusivamente en la boda, aun cuando no fuera fácil.  Me dediqué, de hecho, a la mudanza, ya que, una vez casados, nos instalaríamos a vivir en lo que hasta ese momento era el domicilio de soltero de Daniel.  A veces él me ayudaba, pero otras me encargaba, por mi cuenta, de llevar, algunas cosas no tan pesadas, lo cual implicaba las más de las veces tener que pagar un taxi.  Fue, justamente, en una de esas oportunidades, mientras acomodaba algunos de mis bártulos en lo que sería en algunos días más nuestra casa, que me dio por mirar por una de las ventanas hacia la calle y el corazón se me paró a la vez que un helor me recorrió la espalda.  Bien podía ser mi imaginación o el hecho de que mi cabeza estaba recargada de cosas, pero me dio la impresión de que alguien me miraba desde atrás de un árbol y que se escondió apenas notó que yo lo estaba mirando.  Pero si ya de por sí tal escena era para inquietar a cualquiera, lo que más me aterró fue que, durante el breve instante en que llegué a ver su rostro, me dio la impresión de que era… Milo.

Con espanto, me llevé la mano a la boca.  ¿Era posible que fuera él?  ¿Me habría seguido hasta allí?  ¿Tendría alguna intención de venganza por lo ocurrido?  Quedé, durante algún rato helada y a la espera de que volviera a surgir de atrás del árbol, pero nada… ¿Me estaría mi paranoia jugando una mala pasada?  Había dejado mi celular cargando en la cocina así que, en caso de llamar a Daniel, no tenía más remedio que ir hacia allí y, por lo tanto, dejar de vigilar el árbol.  Pero la idea de tener a un psicópata en las cercanías de mi futuro domicilio terminó siendo más fuerte que mi intención de montar guardia, así que fui en busca del celular y volví hacia la ventana lo más rápido que pude.  Una nueva duda me asaltó la mente: ¿llamarlo a Daniel?  ¿Era lógico?  Si, realmente, quien se hallaba espiándome era Milo, ello sólo serviría para que Daniel perdiera el control e hiciera cualquier locura; peor aún: sería inevitable que, en cuanto comenzara a hacer investigaciones al respecto, saltara la historia de lo ocurrido en la fábrica, eso mismo que yo me había esforzado en ocultar. 

Opté, por lo tanto, por llamar a la policía y, en todo caso, nada diría a Daniel, quien no llegaría hasta dentro de algunas horas.  La policía llegó y, a pedido mío,  no sólo revisaron detrás del árbol sino que escudriñaron prácticamente todo el vecindario, lo cual incluso puso en alerta a los vecinos: mala noticia, pues bien podía significar que luego le preguntasen a Daniel qué había ocurrido.  Pero lo llamativo del asunto fue que no hallaron nada: ni detrás del árbol ni en ningún lado.  Con preocupación, me puse a pensar si no estaría enloqueciendo aunque, claro, también cabía la posibilidad de que Milo, o quien fuese que estuviese espiándome, se hubiera puesto en fuga apenas yo fui en busca del celular.  Ya no habría forma de saberlo…

Por supuesto que Daniel se enteró: bastó que se bajara del auto para que una vecina, con aparente rostro de preocupación, se le fuera al humo para preguntarle si había ocurrido algo.  Así que cuando, un momento después, Daniel me preguntó al respecto, entendí que lo mejor era decirle la verdad: que había creído ver a alguien espiándome desde atrás de un árbol; no dije, obviamente, que creía haber visto a Milo…

En un primer momento, Daniel se mostró preocupado al respecto e, incluso, salió a hacer una ronda de escrutinio aun cuando la policía ya la había hecho.  Al volver, parecía algo más calmado y, si bien me insistió en que tuviera cuidado y mantuviera la puerta siempre cerrada, desdeñó el asunto e incluso aventuró que, de seguro, habría sido algún adolescente pajero.  El incidente, por suerte, fue olvidado rápidamente y mi cabeza volvió a la boda.

No me atreví, en esos días previos, a comentarle a Daniel acerca del ofrecimiento que me había hecho Evelyn para participar del evento en el hotel y que justo afectaba los días en que habíamos programado pasar nuestra “luna de miel” en el country de Pilar.  Pero lo cierto era que la fecha se aproximaba y la oferta me tentaba, con lo cual cuanto más tarde le comentara el asunto, sería peor.  Opté, por lo tanto, por buscar alguna otra excusa: le dije que en el trabajo no me daban los días por no tener aún la suficiente antigüedad (era cierto que no me correspondía pero la realidad era que ya estaba todo negociado y que el propio Hugo me había concedido una semana); protestó, desde ya, pero le dije que escapaba a mis manos y que no podía hacer nada al respecto.  También me sirvió reflotar el incidente ocurrido con el espía y con la policía, pues argüí era un peligro  dejar la casa sola cuando todo el mundo sabía que nos íbamos; deslicé incluso la posibilidad de que nos estuvieran espiando la casa con fines de robo y eso pareció convencer más a Daniel que lo de la falta de permiso en el trabajo.  Quedamos, por lo tanto, en posponer nuestra luna de miel para dentro de unos meses, cuando estuviéramos más asentados y yo gozara en mi empleo de la antigüedad habilitante.

Fue todo un tema repartir las invitaciones para la fiesta.  Debía seleccionar cuidadosamente a quién invitar y, de hecho, compañero de trabajo en la fábrica no es, necesariamente, sinónimo de amigo.  Sin embargo, mis culpas no dejaban de jugarme en contra: era más que obvio que yo no tenía, por ejemplo, la mínima gana de invitar a Evelyn o a Rocío, o incluso a la “chica cowboy”, o a tantas otras que, si bien habían estado presentes en la despedida, la realidad era que cambiaban apenas unas pocas palabras conmigo durante la semana; pero, por otra parte, yo no podía dejar de pensar en todo lo que ellas habían visto e incluso en las fotografías y tal vez filmaciones que tendrían en su poder.  No se había hablado nada sobre eso, pero yo daba por sentado que había un pacto no escrito al respecto; se supone que lo que ocurre en las despedidas de solteras muere allí, en las que participaron.  Evelyn debía, seguramente, haberles dado “instrucciones” al respecto y, aun de no ser así, muchas de esas chicas tenían novios o, incluso, maridos: mal podían tener interés en que se conocieran los pormenores de una fiesta de la cual ellas también habían participado.  No obstante, pensé que una de las formas de “comprar” su silencio era invitándolas a la fiesta; y si no servía para comprarlo, peor perspectiva era la que se cernía sobre mí en caso de no invitarlas ya que, por resentimiento o por venganza, ellas podían, si querían, destruir mi vida completa en apenas cuestión de segundos con sólo un malicioso “clic” en alguna de las redes sociales.

Así que, haciendo de tripas corazón, les repartí las invitaciones una a una sin marginar a nadie y no puedo poner en palabras la repulsión que sentí cuando Rocío tomó la tarjeta y me agradeció con una sonrisa; Evelyn hizo lo mismo, desde ya, pero su cinismo ya me tenía más acostumbrada.

¿A quién más había que invitar?  Pues a Hugo, desde ya.  A Luis y, por ende, a Tatiana, a quien debía cuidar de no mirar mucho durante la fiesta para que Daniel no desconfiara de mi sexualidad. ¿Al idiota de Luciano?  Lo pensé largo rato pero, finalmente, le dejé invitación apenas lo crucé por uno de los pasillos y tuve el suficiente veneno como para dejarle una para su hijo y otra para su esposa, fingiendo no saber de su separación.  Puso cara de pocos amigos y las aceptó; intentó sonreír pero no lo logró: apenas se le dibujó un insulso estiramiento de labios.

Una vez que hube terminado de repartir las invitaciones, no pude evitar pensar en mi boda como una especie de orgía “light”: estarían allí mis dos “jefes”, a quienes yo no sólo les había mamado la verga sino que además a uno de ellos hasta le había lamido el culo, en tanto que al otro le brindé más de un espectáculo de lesbianismo; estaría también el hijo de uno de ellos, ese mismo que tanto placer me había entregado al masajearme la cola y luego estrenármela de un modo que me había marcado para siempre; estaría también la novia de uno de ellos: ésa con quien yo había tenido escenas lésbicas de alto voltaje para complacer a los ojos de su pareja pero que, en definitiva, me habían puesto a mil a mí; estaría también la secretaria a quien yo le había lamido el calzado y que me había nalgueado, así como su rubia amiguita, quien, no una sino dos veces, me había introducido un consolador en la cola.  Y una “chica cowboy” que me había penetrado salvajemente, también con un consolador. Difícil era creer que existiera antecedente alguno de una boda así: ¿cómo iba a hacer yo para mantenerme íntegra en medio de todo eso y concentrarme tan sólo en que estaba contrayendo nupcias con un hombre al cual entregaba mi vida?  ¿Cómo haría para mirar a los ojos de cada uno de los invitados, sabiendo lo que ellos sabían y que mi contrayente ignoraba?

Por lo pronto el día llegó, por lo menos el de pasar por el registro civil. No fuimos muchos, ya que era horario laboral y a mí, obviamente, se me había licenciado para asistir pero no, por ejemplo, a mis compañeras de trabajo o a los de Daniel; además, la gran mayoría habían comprometido su asistencia para el otro día en la iglesia y posteriormente en la fiesta. 

Por lo tanto, quienes estaban allí eran, sobre todo, algunos familiares o los muy íntimos, entre ellos, por supuesto, mis padres y los de Daniel.  Con respecto a los míos, se los veía tan felices como a cualquier pareja de padres que estuviesen viendo a su hija contrayendo finalmente matrimonio.  Los padres de él eran un caso aparte; de algún modo, y al igual que los míos, eran bastante conservadores, pero lo eran de otra forma: eran la clase de padres que siempre se habían encargado de colocar a su hijo en las mejores casas de estudio y, por supuesto, controlarlo de cerca.  Activistas católicos bien chapados a la antigua, eran sumamente rígidos en lo concerniente a las costumbres familiares y consideraban degeneración todo aquello que se apartase de las tradiciones que, según ellos, eran las “normales y saludables”. 

Siempre me había, de todas maneras, dado la impresión de que quien sostenía más acérrimamente tales valores era, sobre todo, la madre de Daniel mientras que el padre, en definitiva, actuaba siempre guiado por ella y sin ofrecer resistencia: de hecho, hasta se lo podía sorprender cada tanto echándole el ojo encima a algún culo siempre y cuando, claro, la mirada escudriñadora de su mujer no se hallase cerca.  En otras palabras, el doble discurso estaba, en el caso de él, mucho más patente que en su esposa. El propio Daniel me había hablado en reiteradas oportunidades acerca de la férrea disciplina que su madre le había impuesto y a la cual su padre había accedido: una disciplina que, incluso, había llegado, según me dijo, a la aplicación de castigos corporales cuando ella lo había creído necesario; lo  paradójico del asunto era que cuando Daniel hablaba acerca de ello, no lo hacía de la forma en que lo haría alguien que hubiera sido traumado por el ejercicio de la violencia física durante la niñez sino que, por el contrario, lo contaba hasta con admiración por sus padres y orgulloso de ellos por la rígida educación familiar que le habían dado. 

A mí, desde ya, no me encantaba el modelo que él defendía y me encargué, en reiteradas oportunidades, de dejarle bien en claro que no iba a permitir una formación semejante para mis hijos el día en que los tuviéramos.  Con todo, la madre de Daniel me adoraba porque, claro, la imagen que tenía de mí era no sólo la que su hijo le había transmitido y, seguramente, idealizado, sino también la que yo misma dimanaba antes de entrar a trabajar en la fábrica: ella me veía como una chica perfecta, de costumbres sanas y no licenciosas; como tal, yo era, a sus ojos, la mejor pareja que podría haber encontrado su hijo y así, de hecho, me lo había manifestado varias veces.

 Así que también a ellos se los veía felices de presenciar la boda de su hijo aun a pesar del gesto siempre circunspecto y algo severo que exhibía el semblante de ella: yo, que la conocía bien, sabía, a pesar de todo, diferenciar cuándo ese gesto irradiaba desconfianza, cuándo recelo y cuándo satisfacción; y ese último era, precisamente el caso allí, en el registro civil.

Floriana fue mi testigo y, a pesar de sus visibles esfuerzos sobrehumanos para lucir feliz por mi matrimonio, la verdad era que yo la seguía viendo distante y esquiva; hasta cuando tiró arroz a la salida, me dio la impresión de que lo hizo por obligación y sin ganas.  Yo, en tanto, no podía dejar de escrutar alternadamente su rostro y el de Dani, a la espera de descubrir alguna complicidad o algún secreto compartido.

Al otro día fue la ceremonia en la iglesia.  Tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo para recorrer la alfombra sin mirar a los costados y así evitar toparme con las miradas de quienes, tal vez, me observaran con burla o, en otros casos, con brillo de cómplice picardía en sus ojos.  La ceremonia pasó y traté de no pensar al momento de dar el “sí”; me quise tranquilizar a mí misma diciéndome que las cosas serían diferentes de allí en más pero, apenas me lo decía, miraba de soslayo buscando a Tatiana y a Luis, que se hallaban en las primeras filas y ante quienes yo, de algún modo, ya me había comprometido a no mantener pacata moral de mujer casada.  Lo mejor, entonces, era no pensar… En nada.

Una vez en la fiesta no tuve más remedio que levantar la vista con más frecuencia, saludar e incluso tomarme fotografías junto a los presentes.  Era la primera vez que los veía a Luciano y a Evelyn oficialmente como pareja; bastaba con echarles un vistazo, no obstante, para darse cuenta quién de ambos tenía el control: ella era la que hablaba y reía todo el tiempo, en tanto que él permanecía casi mudo y me dirigía, muy de tanto en tanto, alguna mirada que, de inmediato, desviaba.  Jamás se dieron un beso y no pasaron de tomarse la mano, al menos hasta donde yo vi.

Pero lo que más me sorprendió fue la ausencia de Floriana; había estado presente en la iglesia pero no la vi luego en la fiesta.  Siempre es posible, desde ya, que los invitados se retrasen y lleguen más tarde, pero tratándose de mi mejor amiga, estaba lejos de ser un dato menor, más aún si se consideraba la expresión que yo le había visto en su rostro tanto durante los días previos como durante las respectivas ceremonias en el registro civil y en el templo. 

Dos momentos muy especiales me tocó vivir al tomarme fotografías con los invitados.  Uno fue cuando, con Daniel, posamos junto a Luis y Tatiana, ya que ella apoyó, casi sin disimulo, una mano sobre mi trasero.  El gesto, claro, fue captado por todos los que se hallaban a mis espaldas e incluso festejado por algunos, sobre todo los hombres, quienes no dejaron pasar la oportunidad de hacer comentarios de tono subido.  Daniel no pareció, por fortuna, hacer acuso de recibo, tal vez por el hecho de que la belleza de Tatiana, como no podía ser de otra forma, lo había dejado algo estúpido.

Llegó después el momento de la foto con mis compañeras de trabajo y no necesito decir que fue uno de los más incómodos de la fiesta, al menos en lo que hasta allí venía ocurriendo.  La mayoría sonrieron y se abrazaron y algunas de ellas se aplastaron contra mí como si fuesen amigas de toda la vida.  Por mucho que lo intentaba, no lograba descubrir si sus sonrisas eran reales o fingidas, como tampoco si tenían que ver con los secretos compartidos entre todas.  Cada persona de quienes estaban en aquella foto sabía perfectamente que yo había sido culeada por un stripper, cada una de ellas sabía que yo le había lamido el culo a otro, cada una de ellas sabía que esa noche terminé con un consolador metido en la boca y otro dentro del culo; y, por último, cada una sabía que esa noche fui violada por un retardado… Cada persona en esa foto sabía todo eso, con la sola excepción de una: Daniel…

Floriana seguía sin llegar y la cosa ya empezó a intranquilizarme.  Me dirigí al toilette y, aprovechando que no había nadie, la llamé con mi celular.  No me contestó.  Al levantar la vista hacia el espejo, di un respingo: fiel a su estilo de estar haciendo de mirón allí donde no lo tiene permitido, Luis estaba de pie bajo el vano de la puerta entreabierta.

“¿Qué… estás haciendo aquí? – farfullé -.  Esto es el baño de mujeres…”

“Sí, me di cuenta – respondió con absoluta tranquilidad y asintiendo con la cabeza -, pero si hay algo que me gusta realmente es devorar con los ojos a las mujeres recién casadas con su vestido blanco.  Es más fuerte que yo; me la hace parar…”

Cerdo de mierda: otro fetiche voyeur para agregar a su colección.  De hecho, y como rúbrica de sus palabras, podía perfectamente ver que su pantalón estaba abultando en la entrepierna.  Me giré hecha una furia, crispé los puños y, aunque estuve a punto de insultarlo, opté por mantenerme en silencio.  Eché a andar hacia la puerta y me puse de costado para pasar junto a él, pero me retuvo capturándome por la muñeca.

“Usted fue muy amable en dejar ese día que fuera Tatiana la beneficiaria – me dijo, y mi cabeza se transportó de inmediato a aquella tarde en que él revoleó la moneda para ver a cuál de las dos cogía y yo resigné mi lugar en la competencia sólo para ver a Tatiana hacer el amor con él -, pero no me olvido que estoy en deuda, je… No sé qué piensa usted, pero viéndola así, con ese hermoso traje de novia, creo que es la situación ideal”

Yo no podía creer lo que me estaba diciendo ni la naturalidad con que me lo decía.  Lo miré con ojos inyectados en indignación y, a la vez, en terror, pues cabía la posibilidad de que, de un momento a otro, fuéramos vistos por cualquiera de los asistentes a la fiesta o incluso por Daniel.  Forcejeando, liberé mi muñeca y, dirigiéndole otra feroz y penetrante mirada, me marché de allí.  Lo mío, puede decirse, fue poco político si se consideraba que estaba pendiente la posibilidad de conseguir trabajo a sus órdenes, pero yo sabía que el as de espadas lo seguía teniendo yo: él quería vernos juntas a Tatiana y a mí, razón por la cual, pensé, no se desharía de mí tan fácilmente.

Quise pensar en lo ocurrido como un incidente aislado y tratar de volver a mentalizarme con que estaba en mi fiesta de casamiento y debía comportarme acorde a ello.  Sin embargo, Luis volvió a la carga: fue cuando llegó el momento en el cual los hombres presentes debían retirar las ligas de mi pierna y pasárselas a Daniel para que él se las colocase a las chicas asistentes a la fiesta.  Luis lo hizo de un modo especial ya que, sin dejar de sostenerme la mirada ni por un segundo, fue a buscar la liga que se hallaba más profundo bajo mi vestido e incluso la llevó mucho más allá, hasta rozar mi sexo, justo antes de, entonces sí, sacarla a lo largo de mi pierna.  Lo hizo de un modo tan escandalosamente atrevido y alevoso que no pude evitar dirigir una mirada a Daniel a los efectos de saber si se había dado cuenta; mal que me pesara, así fue: con expresión atónita, miraba la escena con unos ojos enormes que, al clavarse en mí, parecieron despedir fuego.

Cuando le llegó el turno a Luciano, lo hizo tan estúpidamente como todo lo que hacía; controlado de cerca por los ojos escrutadores de Evelyn, tomó la liga con las puntas de los dedos y cuidando de mantener la mirada en otro lado.  Al colocarle luego la liga Daniel a Evelyn, descubrí en los ojos de ella un destello voraz y hasta noté que, mientras miraba fijamente a mi flamante esposo, se relamió el labio inferior.  Qué mina de mierda: lo hacía, obviamente, para fastidiarme pero, más allá de eso, noté que logró su objetivo de turbar a Daniel, quien, rápidamente, buscó alejar su vista de ella con nerviosismo.

Si pensaba que el ritual de las ligas hasta allí venía espeso, aún faltaba lo peor: fue cuando le tocó su turno a Hugo, quien, al momento de ser invitado algunos minutos antes, había declinado la invitación argumentando que quería ser el último en la lista, lo cual finalmente le fue concedido.  Apenas con verlo acercarse, fue suficiente para darse cuenta que casi no podía dar un paso de lo borracho que estaba; tambaleó varias veces ante la risotada general y hasta tuvieron que ayudarlo para llegar finalmente hasta mí.  Al igual que había ocurrido durante todo el ritual, yo tenía el taco de mi zapato colocado sobre una silla, lo cual dejaba mi pierna al descubierto luciendo alrededor de mi muslo la única liga que me quedaba.  Ebrio como estaba, Hugo se detuvo ante mí y me incomodó totalmente al inclinarse para mirar mi pierna más de cerca e irla recorriendo con la vista a pocos centímetros de distancia desde el tobillo hasta llegar a la liga, justo en donde terminaba la media blanca de nylon.  Una vez que llegó allí, y sabiéndose el centro de la atención general, se sintió al parecer en obligación de hacer alguna payasada y levantó la vista haciendo gesto de escudriñar mis partes íntimas por debajo del vestido, cosa que en realidad era ni más ni menos que lo que estaba haciendo pero que él exageró deliberadamente a los efectos de mover a festejo a la concurrencia, lo cual, por cierto, consiguió.

Muy molesta, apoyé una mano sobre mi vestido de tal forma de hundirlo en mi entrepierna y así cubrirme de su vista, pero lo único que hice fue darle aun más aires a la celebración, ya que él se echó hacia atrás con un gesto histriónico que era propio de un niño al que han pillado haciendo una travesura; permaneció un rato agitándose y revoleando los ojos como si no lograra reponerse del impacto por lo que había visto.  Las risas recrudecieron.  Algunos comenzar a hacer palmas y a alentarlo a que me quitara la liga de una vez por todas.  Él, haciendo gala siempre de su alcohólico histrionismo, apoyó dos de sus dedos sobre el empeine de mi pie mientras su rostro adoptaba una expresión seria, aunque claramente impostada.  Movió sus dos dedos imitando el movimiento de una persona al caminar y se dedicó a subir a lo largo de toda mi pierna con exasperante lentitud que, no obstante, movía aún más a la carcajada general.  Le eché una mirada de reojo a Daniel y pude ver que hervía de odio.

Cuando los dedos terminaron su caminata al final de mi media, supuse que era el momento en que Hugo me retiraba la liga y el lamentable espectáculo terminaba, pero me equivoqué: bajó la palma de su mano hasta apoyarla sobre la carne de la parte superior de mi muslo y, como si no fuera suficiente con eso, luego apoyó la otra.  La multitud bramó y cruzaron de una punta a otra del salón los comentarios pícaros y sugerentes.  Él, sin retirar las manos de mi muslo sino, por el contrario, acariciándolo con cariño, levantó la vista hacia los demás y echó una mirada en semicírculo; creó el clima justo como para dar a entender que estaba a punto de dar un discurso y, en efecto, así fue:

“Hoy sssse nosss casa… – hizo una larga pausa, no por querer crear suspenso sino porque el alcohol le impedía hablar con fluidez -, una de misss empleadas más… mejores – lo dijo así: más mejores – de la fffábrica.  Una… chica que… llegó hace no t… tanto pero q… que me demostró que estaba dis… puesta a todo con tal de complacer a su jjjefffe”

Era un bochorno.  La concurrencia aullaba mientras mi rostro se ponía de todos colores.  El imbécil estaba tan alcoholizado que había perdido toda medida en sus palabras y no podía yo sino sentir sólo terror ante lo que estuviera por decir.

“Una chica q… que en… tendió bien que… – larga pausa otra vez – ser una buena empleada es… saber lamerle el culo a su jefe”

La carcajada atronó en todo el salón.  Algunos de los presentes lo estarían tomando como una metáfora y, después de todo, como una humorada, pero había quienes sabían que sus palabras eran totalmente literales; tal era el caso de Evelyn, a quien vi reír a mandíbula batiente y palmotear el aire alocadamente, casi fuera de sí.  Muy distinto fue, por supuesto, el caso de la madre de Daniel, a quien logré, en ese momento, distinguir entre el gentío y pude ver cómo, con gesto asqueado, daba media vuelta y se alejaba de regreso a su lugar.  Su esposo permaneció algún rato más, pero luego tampoco lo vi; obviamente, y como era costumbre, debía ,a la larga, haberla seguido aun cuando tal vez quisiera quedarse.

Hugo detuvo su patética alocución y, sin soltarme el muslo, miró otra vez en derredor como disfrutando de la atención conseguida y del hecho de haberse convertido, de momento, en el centro de mi fiesta.

“Y lo lame bien eh” – dijo a continuación, provocando una nueva lluvia de carcajadas.

Yo quería irme; era el peor escenario posible para mi casamiento.  Quería quitarle sus manos de encima y largarme de allí pero, en aquel contexto, pensé que sólo serviría para generar malestar e inclusive alentar más suspicacias en el supuesto caso de que algunos de los presentes no tuvieran verdadera idea de cuánta literalidad había en las palabras de Di Leo.  Éste, por primera vez, detuvo su vista en mi flamante marido:

“Essspero que no ssse ponga celoso, amigo, pero… es así: quien tiene una esposa q… que t… trabaja en offficina… y además es linda, sabe bien q… que ella se sienta s…seguido sobre su jefe.  ¿O no?”

La pregunta final la dirigió hacia la concurrencia que, una vez más, prorrumpió en risas.  Miré a Daniel y vi claramente que no podía más: estaba hirviendo por dentro y se le notaba que se salía de sí por golpear a Hugo… o bien que quería largarse de allí.  Antes de que mi jefe siguiera con su papelón, decidí apurarlo:

“La liga” – le dije, con tono firme.

Me miró sin entender demasiado o como si tardara en procesar las palabras.

“La liga – le recordé, moviendo mi mentón en dirección a mi muslo -.  Quítela de una vez”

“¡Ah, es verdad! – exclamó, frunciendo el ceño y adoptando súbitamente una expresión de ridícula seriedad -.  Ya mismo…”

Mi razón para apurarlo era que deseaba que aquel papelón terminara de una vez por todas; cuanto antes ese imbécil volviera a su mesa, mejor.  Lo que no podía esperar de ninguna forma fue lo que hizo a continuación: colocando y entrelazando ambas manos a su espalda, bajó la cabeza hasta que sus labios tomaron contacto con la carne de mi muslo y, una vez allí, comenzó a juguetear con su lengua y sus dientes tratando de atrapar la liga pero sin conseguirlo o, al menos, fingiendo no conseguirlo.  La algarabía estalló aun más alrededor y yo me preguntaba hasta qué punto debía soportar semejante vergüenza.  Los ojos de Daniel, como no podía ser de otra forma, parecían a punto de estallar dentro de sus órbitas y yo temía que, de un momento a otro, no fuera ya capaz de controlar la ira que estaba, notoriamente,  haciendo presa de él.  Parecía a punto de saltar al cuello de Di Leo a la brevedad.

Finalmente, los dientes de Hugo aprisionaron mi liga y tuve luego que soportar que la deslizara a lo largo de mi pierna para extraérmela; al ya de por sí indescriptible bochorno se sumaba el hecho de que, borracho como estaba, perdía la liga todo el tiempo y tenía que volver a atraparla, lo cual, por lo general, tardaba un rato en conseguir.  Una vez que, finalmente, logró quitármela por el pie, se la tendió a Daniel, quien la tomó de mala gana y se aprestó a colocársela a una de las chicas de la fábrica que aguardaba, al igual que yo, con su pierna levantada y apoyando el pie sobre otra silla.  Pero justo en ese momento, Hugo enloqueció por completo; no conforme con haberme quitado la liga, volvió a zambullirse sobre la parte superior de mi muslo y capturó con sus dientes el borde de mi media para luego tironear de ella pierna abajo hasta llegar a mi pie. Una vez allí, me quitó el zapato con inusitada rapidez para lo borracho que estaba y luego arrojó mi media hacia la muchedumbre:

“¡La que atrape la media es la próxima que se casa! – aulló mientras un mar  de brazos se elevaban en procura de capturar mi prenda.

La algarabía fue tal que distrajo a Daniel de lo que estaba por hacer y, aun con la liga en mano, dejó abandonada a la chica que esperaba con su pie sobre la silla y se giró con ojos que irradiaban pura mezcla de incredulidad y odio.  Abalanzándose hacia Hugo, le apoyó una mano sobre un hombro y lo empujó hacia atrás, provocando que éste perdiera el equilibrio.  En ese momento me preocupé pero, por suerte, no faltaron un par de obsecuentes dispuestos a ayudar a Di Leo a incorporarse nuevamente.  Con espanto, me cubrí la boca: me lamentaba por no haber logrado frenar a Daniel a tiempo aunque, por otra parte, me aliviaba el hecho de que mi esposo, en definitiva, no lo hubiera golpeado sino sólo empujado.

Por suerte Hugo no dio impresión de estar ofendido; en realidad era tanto el alcohol en sus venas que muy poco podía percibir o transmitir.  En cuanto a Daniel, me miró con ojos que eran brasas ardientes para luego arrojar a un lado la liga que aún sostenía y, tras dar media vuelta, marcharse, no sé adónde, por entre el gentío.  La chica que aguardaba por su liga quedó allí, enseñando su pierna sobre la silla.

El papelón era mayúsculo y, ahora sí, yo no sabía qué hacer realmente.  El círculo en derredor se disgregó y, poco a poco, los invitados fueron retornando a sus mesas; ansiosa, me abrí paso entre ellos buscando a Daniel pero no lo encontré.  Me sentí en la obligación, en determinado momento, de pasar por la mesa de Di Leo para ver cómo estaba pero, afortunadamente, no daba impresión de estar otra cosa más que borracho: de hecho, me arrojó algún manotazo que esquivé con un movimiento de cintura.  Recogiendo los pliegues de mi vestido, volví a echar a andar entre los presentes buscando con la vista a mi marido; finalmente lo hallé: estaba en el parque, conversando con sus padres y con algunos de sus amigos, los cuales daban muestras de querer calmarlo, ya que a él se lo notaba nervioso y no paraba de fumar y temblar.  Pensé en ir hacia él, pero decidí que lo mejor era dejarlo solo o, mejor dicho, con los amigos: ya se le pasaría.  El verlo en tal situación, de todas formas, me hizo pensar en cuánto necesitaba yo, en ese momento, tener a Floriana cerca: era la única persona sobre cuyo hombro tenía ganas de apoyar mi cabeza.  La extrañaba, tal como aquella noche en que, silenciosamente, se marchó de mi despedida y me dejó entre las arpías. 

Fui al toilette, me acomodé un poco el cabello y tomé mi celular para llamarla.  Tardó, pero esta vez sí me contestó:

“¿Sole?” – sonó, al otro lado su voz, a la cual escuché algo quebradiza.

“¡Flori! – exclamé con alegría -.  ¿En dónde te metiste?  ¡Te quiero acá, te extraño…!  ¿Por qué no viniste?”

“No puedo mirarte a la cara, Sole; lo siento” – me dijo, con tono de lamento.

“Pero… ¿por qué, Sole?  Lo que… pasó en la despedida ya fue, ya está: no te tortures ni te sientas culpable de nada.  La única culpable fui yo por…”

“Me encamé con Daniel esa noche” – me espetó, sin anestesia alguna, desde el otro lado de la línea.

Mi rostro se tiñó de incredulidad ante lo que acababa de oír.  Mis ojos se abrieron enormes, tal como pude comprobarlo en el espejo. 

“¿Qué???” – aullé.

“Lo que estás oyendo, Sole.   Me encamé con Daniel esa noche; lo siento mucho: sólo puedo pedirte disculpas, pero no me pidas que te mire a la cara o que vaya a tu  fiesta”

Fue tal la turbación que comencé a ver nublado; creo que me bajó la presión y tuve que sostenerme contra el lavabo para no caer.

“Flori – musité, con voz temblorosa -; si… esto es un mal chiste, te pido que…”

“¿Tengo tono de estar bromeando?” – me replicó.

Yo no lo podía creer.  Me pasé la mano varias veces por la cabeza desacomodándome el peinado que instantes antes había retocado.

“Pero… ¿fue idea tuya o de él?” – pregunté, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que las palabras salieran de mi garganta.

“De él, pero acepté de buen grado”

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y pude ver, en el espejo, cómo se me iba corriendo el rímel.

“Flori… ¿P… pero p… por qué?  ¿Por qué me hiciste esto?”

“Él estaba mal, Sole, muy mal… y me dio pena.  Además yo no soy tan atractiva como vos: no es que tenga tantas chances de acostarme con un hombre”

“Y te dio tanta pena que te lo cogiste, ¿no?” – bramé, con furia, sin cuidado de que alguien me oyera desde fuera del toilette.

Se produjo un fatal silencio.  Ella no decía palabra alguna desde el otro lado y yo sólo sollozaba sin poder asimilar aún la noticia.

“Flori… – dije, en un hilillo de voz -.  No… puede ser verdad; no… es p… posible que me estés haciendo esto”

“¿Acaso no le hiciste cosas mucho peores a Daniel?” – preguntó, saliendo finalmente de su silencio.

“¡Es distinto! – grité, a viva voz -.  ¡Somos amigas!  ¿O no lo recordaste?”

“Siempre lo recordé – dijo, con voz queda y después de una nueva pausa -.  Y por eso es que me siento tan mal.  Te repito: sólo puedo pedirte disculpas”

“Así que ésa es la razón por la cual no querés venir a mi fiesta, ¿verdad? – le enrostré, furiosa -.  No es por mí: es por él.  Te da cosita verlo, ¿no?  ¡Saber que te lo cogiste!  Decí la verdad: es eso, ¿no?  ¡Le tenés ganas y hasta te dan celos!  ¿O me equivoco?”

“Te equivocás – me respondió, siempre con tono sereno pero compungido -: no siento nada por él; lo que pasó, pasó esa noche y punto.  Por quien sí siento algo es por vos; siento que te traicioné… y que ya no voy a poder mirarte a la cara”

“Ah, primero la hacés y después desaparecés, ¿verdad, zorrita?  Te informo que por mucho que quieras esconderte y no dar la cara, me vas a tener que seguir viendo.  Somos compañeras de trabajo, ¿te lo tengo que recordar?  Así que si pensás librarte de tus culpas poniéndote lejos de mi vista, te advierto que no vas a poder…”

“Ya no somos compañeras, Sole”

Una nueva bofetada en pleno rostro.  Quedé en silencio por un momento.

“¿Qué estás diciendo?” – pregunté finalmente y casi mordiendo las palabras.

“Lo que estás oyendo.  Ya presenté a Luis mi renuncia y desde el lunes ya no voy más a la fábrica”

De pronto fue como si todas las fichas se acomodaran en mi cabeza.  Claro, qué idiota había sido.  ¿Acaso no estaba obvio que, después de tantas idas y venidas a la oficina de Luis en aquella tarde, tenía que ser Flori la chica que se iba?  ¿Cómo no me di cuenta antes?  Qué estúpida me sentí: justo yo, que en aquel momento, había creído pasar a tener en mano el as de espadas.  Y lo más increíble del asunto era que, en el contexto de la conversación telefónica que estábamos sosteniendo, el hecho de que ella ya no fuera a ir más a la fábrica sólo debería haberme alegrado y, sin embargo, distaba de ser así: me invadió la culpa, una intensa culpa que no podía explicar pues, de algún modo, yo sentía que había parte de responsabilidad mía en los hechos que habían terminado con mi mejor amiga y mi futuro esposo en una cama.  De no haber aceptado yo esa despedida, tal como Dani quería que hiciese, ahora todo podría ser distinto…

“Perdón, Sole – me dijo tristemente Flori desde el otro lado -.  Te quiero mucho…”

Y la comunicación se cortó.  Intenté, denodadamente, volver a llamarla, aunque sin saber para decirle qué.  Pero ya no respondió ninguno de mis llamados.  Su celular sonó… y sonó…y sonó.  Arrojé el mío contra los lavatorios; rebotó un par de veces por sobre el mármol y, finalmente, cayó al piso separándose en partes.  Hundí mi rostro entre mis brazos y lloré… Los sentimientos se me mezclaban: me oprimía el alma que la amistad con Flori terminara de aquella forma pero, a la vez, sentía unas ganas muy difíciles de contener de ir en busca de Daniel y estrangularlo a la vista de sus amigos… Cuánto lo odiaba de repente; y no había forma de que, en ese momento, me entrase en la cabeza que, después de todo, lo que él me había hecho a mí no era otra cosa que lo mismo que yo le había hecho a él y con creces.  Yo sólo podía pensar en que me había traicionado con mi mejor amiga, quien, ni siquiera, era atractiva.  ¿Tan necesitado estaba el forro de mierda? 

“Insisto.  Se la ve muy sexy en ese vestido blanco”

La voz que resonó a mis espaldas me sobresaltó a pesar de ser claramente identificable.  Como no podía ser de otra manera, al levantar la vista y mirar al espejo, me encontré con Luis, otra vez allí en la puerta.  El cerdo ni siquiera se había fijado en que yo estaba llorando; sólo tuvo ojos para mi trasero enfundado en ese blanco virginal que, al parecer, tanto le enloquecía.  Me restregué la cara, corriéndome aún más el maquillaje.  Apreté los dientes y crispé los puños; sentía que estaba a punto de ir a golpearlo en cualquier momento.  Sin embargo, llega a ser sorprendente cómo dos odios diferentes se pueden, a veces, batir a duelo en el interior de una y salir uno de ellos ganador, pues la realidad era que… en ese momento y a la luz de lo que acababa de enterarme, el mayor destinatario de mi odio era, por supuesto, Daniel…

Sin siquiera girarme, recogí una vez más los pliegues de mi vestido y lo llevé hacia arriba hasta dejar expuestas mis partes íntimas sólo cubiertas por mi ropa interior, también blanca.

“Si vas a cogerme – dije, con desprecio -, éste es el momento.  Aprovéchalo antes de que me arrepienta”

Antes de bajar la vista, pude ver en el espejo cómo una libidinosa sonrisa se dibujaba en los labios de Luis, quien, aun cuando estaba claramente sorprendido, no vaciló en comenzar a desprenderse el pantalón.

“No forma parte de mi estilo – dijo, siempre sonriente – el dejar pasar los trenes”

                                                                                                                                                                                   CONTINUARÁ