Sin títuloLa sorpresa casi me hizo caer de espaldas; ni siquiera había pensado en él ni se me había ocurrido que pudiese estar en la fábrica cumpliendo con su horario de trabajo.  En un impulso mecánico me pasé la mano por la boca y escupí al darme cuenta de que había tenido su verga dentro de ella.  Las chicas, en tanto, no hacían más que aplaudir y corear una y otra vez el nombre de Milo.  Una vez más, busqué con la vista a Flori pero seguía sin estar allí; no había regresado o bien se había marchado…

Evelyn tomó a Milo por el brazo y lo trajo hasta mí; involuntariamente reculé un paso.

“Tu salvador, nadita – dijo, con gesto de picardía -.  ¿Te acordás?”

Algunas risitas circularon por debajo de la algarabía general: que Evelyn sabía lo ocurrido en la planta unos días atrás era ya por mí conocido porque ella misma me lo había manifestado e inclusive había mostrado su arrepentimiento por haberme asignado tareas allí, pero en esas risas que se oyeron de fondo detecté una cierta complicidad que hacía evidente que el resto de las chicas también estaban al tanto.  ¡Dios!  ¿Dónde estaba Flori?  Necesitaba verla, saber que estaba allí.

“¿Te acordás?” – insistió Evelyn, sin soltar ni por un instante el brazo del sereno, quien me seguía mirando con su boba expresión; el miembro, ahora, se le había caído un poco, quizás como consecuencia del dolor que con mis dientes le había infligido.

“S… sí – balbuceé -; lo… recuerdo perfectamente.  Hola, Milo, ¿cómo estás?”

Sonrió tan estúpidamente como siempre y tartamudeó algo así como un “muy bien”.

“Te… pido disculpas por… haberte mordido – dije, con mis mejillas enrojecidas por la vergüenza -; yo… no sabía que…”

“¿Cómo no te va a disculpar si le gustó? – exclamó Evelyn a viva voz y abriendo enormes los ojos mientras tomaba al muchacho por los hombros y lo zamarreaba como si fuera un muñeco -.  ¿No es así, Milo?  ¿No es verdad que te gustó?”

El sereno tan sólo asintió y dejó escapar un casi inaudible “sí” que salió mezclado con una torpe risa; Evelyn lo soltó y avanzó hacia mí el escaso metro que nos separaba: tomándome ahora por los hombros a mí, me hizo girar para que mirara a Milo a los ojos.

“Te gusta, ¿no? – le preguntó ella -.  Te gusta nadita, ¿verdad?”

Esta vez Milo se puso tan nervioso que la sonrisa se le borró por un momento; su miembro comenzaba a erguirse nuevamente, lo cual provocó la risotada generalizada.

“S… sí… – balbuceó -.  M… me gusta”

Las carcajadas, como no podía ser de otra manera, atronaron nuevamente.  Yo bajé la cabeza, muerte de vergüenza y sin poder creer la escena en la que me estaba viendo involucrada.  En realidad, cada vez encontraba un peldaño más en la escala de mi incredulidad.

“¿Y te gustaría tocarla?” – preguntó Evelyn, con un tono sibilino que sonó pérfidamente malicioso.

Me estremecí; intenté dar un paso hacia atrás e incluso moví los hombros como para tratar de liberarme de Evelyn, pero no lo conseguí: la muy perra me aprisionaba realmente bien aun cuando no aparentara hacer ningún esfuerzo sino que sólo me tenía tomada con un par de dedos.  Si bien no parecía precisar ayuda alguna para inmovilizarme, de todas formas la tuvo: sobre mi nalga derecha recibí el ya para entonces reconocible impacto del bastón de Rocío y, en efecto, al girar levemente la vista, me encontré con la detestable rubiecita, quien, en clara actitud desafiante, blandía en el aire el bastón con el que acababa de golpearme al tiempo que mantenía su otra mano apoyada en la cintura y movía rítmicamente un pie haciendo resonar el taco de su bota: la actitud, claro, era de conminarme a permanecer quieta.  En derredor se había ahora producido un súbito silencio, como en compás de espera.

Sentí que Evelyn me propinaba un beso en la mejilla y me vino a la cabeza la imagen de Judas en el jardín de Getsemani, justo antes de entregar a Jesús a los romanos: viéndole el aspecto al sereno, hasta prefería ser crucificada. 

“Él te salvó, nadita – me dijo Evelyn al oído, en tono de susurro pero, sin embargo, de modo clara y deliberadamente audible -.  ¿No se merece acaso algún premio por eso?”

Yo estaba blanca por el terror y no lograba controlar el temblequeo de mis piernas; podía otorgarle cierta razón a las palabras de Evelyn pero… ¿dejarme manosear por ese esperpento? ¿No era demasiado precio a pagar?  Milo, en tanto, iba recuperando poco a poco su sonrisa, la cual crecía en su rostro como queriendo llegar de una oreja a la otra; todo su semblante parecía haberse iluminado: era obvio que no podía creer lo que estaba a punto de pasarle.  Y de hacerme… 

Yo no había siquiera aún respondido a la pregunta que Evelyn me había hecho cuando sentí que, a mis espaldas, alguien tomaba mis muñecas y las aprisionaba con un “clic” que se escuchó con absoluta claridad debido al silencio que se había apoderado de la planta.  Tironeé para liberarme pero fue en vano; mi presunción era correcta: la putita de Rocío me había colocado las esposas de policía que llevaba a la cintura.  Forcejeé cuanto pude: tenía la esperanza de que, siendo de juguete o de utilería, las esposas fueran a ceder fácilmente.  Me equivoqué: o eran de muy buena calidad o bien eran esposas de verdad.  Miré por encima del hombro a Rocío, cuyos labios mostraban la más antipática de las sonrisas imaginables.  Me giré con desesperación hacia Evelyn; mi rostro era un ruego de piedad en sí mismo.

“Por favor, Evelyn…” – musité.

“Señorita Evelyn” – me cortó en seco mientras alzaba un dedo índice en claro gesto correctivo.

“S… sí, perdón, s… señorita Evelyn – yo trataba de hablar lo más bajo posible a efectos de que el resto no oyera, pero era imposible: todas estaban atentas y pendientes -.  P… por favor se lo pido: no… deje que él me toque”

“Siempre igual, ¿no?” – repuso poniéndose seria por un momento, aunque sin perder su mordacidad.

La miré sin entender; sacudí la cabeza.

“Cuando te ponen las manos encima tipos de guita, los dejás hacer a voluntad – sentenció, en tono de reprimenda -pero, claro, Milo es un pobre sereno y encima no tiene los once jugadores –  se golpeteó en la sien con un dedo índice; el sereno la miró con obvio gesto de no entender la metáfora -.  Nadita, no va a pasarte nada – dijo ella suavizando algo más el tono -: sólo va a tocarte un rato y creo que se lo tiene ganado, así que no nos pongamos en ariscas y menos aún en el día de tu despedida”

Volvió a besarme, esta vez sobre el cuello. Me sentí impotente; tenía ganas de llorar.  Rocío se apartó de mí y luego también lo hizo Evelyn no sin antes acariciarme por detrás de la oreja con esa sarcástica cortesía que tanto gustaba de exhibir.  Comprendí de inmediato por qué se apartaban: estaban dejándole el terreno libre a Milo, quien no cabía en sí de la ansiedad; los ojos parecían pugnar por salírsele de las órbitas en la medida en que su pobre mente iba captando la situación.  Aun en su debilidad mental, comprendía perfectamente que con seguridad no volvería a tener una noche como ésa en toda su vida…

“Toda tuya, Milo” – dijo Evelyn, con voz terriblemente fría y átona; si quiso, con sus palabras, hacerme sentir un objeto, lo logró ampliamente -.  Aprovechá la situación porque no sé si vas a volver a tener una chance semejante: hoy nadita… se mira y se toca, je…”

Cerró su alocución con un guiño de ojo que no logré determinar si fue dirigido a Milo, al resto de las chicas o bien a todos y a nadie en particular.  Las risitas volvieron a poblar la planta; el sereno avanzó hacia mí tan torpemente como lo hubiera hecho un troglodita.  Giró en torno a mí y, aun teniendo yo la vista dirigida al piso, pude, de todas formas, sentir cómo sus ojos se clavaban en mi carne como alfileres.  Se ubicó a mis espaldas y, por un momento, pareció quedarse inmóvil allí.  La espera se me hizo insoportable y el nerviosismo del momento me hizo alzar ligeramente la vista; escudriñando por debajo de las cejas, fui recorriendo los rostros de las muchachas, los cuales lucían encendidos de entusiasmo: ellas, a diferencia de mí, sí podían ver a Milo desde donde se hallaban y, debido a ello, entreveían seguramente mucho mejor cuál sería el siguiente paso del tonto sereno.   Por su parte, los dos muchachos de slip atigrado seguían flanqueando la mesa sobre la cual se hallaba la destruida torta y parecían ser dos estatuas, cruzados los brazos sobre sus magníficos pectorales e impertérritas sus miradas, salvo por una ligerísima sonrisa que se llegaba a atisbar en sus rostros. 

 De pronto sentí cómo dos manos se apoyaban sobre la parte trasera de mis muslos y fue como si un impulso eléctrico recorriera todo mi cuerpo; mis músculos se tensaron e intenté dar un paso adelante para escaparle al contacto pero fue inútil: si yo me desplazaba, Milo lo hacía conmigo, con lo cual no había modo alguno de zafar de sus manos.

Le llegó luego el turno a mi culo, que comenzó a ser sobado: lejos estaba ese torpe manoseo de aquellas manos expertas que habían apoyado sobre mis carnes tanto Luciano como Tatiana; más bien la sensación remitía a aquellos toqueteos que los obreros me habían hecho sufrir en ese mismo lugar hasta unos pocos días antes y, muy especialmente, al de quien había intentado violarme.  Sin embargo, ni siquiera esa analogía parecía adecuada pues si bien el roce era igual de ordinario, se sentía, por otra parte, mucho más rústico y de una torpeza casi infantil.  Era como si me sobara la cola un nene de doce años al que le habían dado la oportunidad de su vida.

Las risitas de las chicas fueron, poco a poco, transformándose en carcajadas.  Recomenzaron los aullidos, los vítores y las hurras al tiempo que alcohol y demás vicios volvían a circular a discreción luego de una momentánea tregua.

“¿Te gusta tocarla?” – preguntó Evelyn, quien trataba a Milo prácticamente como si fuera un niño.

“S… sí… sí, sí… – tartamudeó el sereno -.  M… me gusta m…mucho… muy mucho – lo dijo así: muy mucho -; me g… gusta su piel.  La tiene… linda y s… suavecita”

Estruendo de carcajadas nuevamente.  ¿Qué podía esperar de todos modos?  Ignoraba, por cierto, cuánto tiempo tendrían pensado las chicas (y sobre todo Evelyn) que durara mi suplicio.  Cerré los ojos; intenté pensar en otra cosa: me vino a la cabeza Tatiana y quise imaginar que era ella quien me estaba sobando.  Imposible…  Impensable…  Ese roce jamás podía parecerse al de ella ni tan siquiera al de Luciano.  No había nada en qué pensar, por lo tanto; ningún lugar adonde transportarme con la imaginación: era yo y era ésa la situación; sin fantasía alguna, sino con la pura y cruda realidad sobre mis nalgas.  Cerré aún más los ojos, haciéndolo con tanta fuerza que los párpados me dolieron, pero ése era mi único y posible escape…

Milo seguía tocándome sin parar y cuando sus manos descubrieron la zanja entre mis nalgas, durante largo rato no la dejaron en paz; muy por el contrario, la recorrieron una y otra vez siempre en sentido ascendente y, al hacerlo, sus rústicos dedos hallaron también mi orificio.  Fue así que, en cada nueva pasada, se las arregló para llevar un dedo (presumiblemente el mayor) cada vez más adentro hasta que, en un momento, pareció ya haberse olvidado del resto de mis carnes y concentrarse con exclusividad en el agujerito.  En un momento entreabrí los ojos y miré ligeramente por encima del hombro; lo vi acuclillarse detrás de mí.  Casi de inmediato pude sentir cómo sus pulgares estiraban mis plexos de tal modo de dejar bien abierta la puerta trasera y, a juzgar por la expresión estúpida que llegué a verle en el rostro, me estaba estudiando esa zona detenidamente: era ni más ni menos que un niño ante un mundo nuevo, pues no era de extrañar que Milo jamás en su vida hubiera tocado a otra mujer más que a su madre al nacer.

Sin la menor delicadeza, un dedo se abrió paso dentro de mi ano y me arrancó un quejido de dolor que sólo contribuyó a enardecer aun más a la “tribuna” de drogadas y alcoholizadas muchachas.  A juzgar por la forma en que se movía por entre mis plexos, me dio la impresión de que el dedo no era el mayor, como podría haberse presumido, sino el índice, lo cual me quedó claro cuando lo flexionó y, prácticamente, me izó en vilo, teniéndome ensartada por el culo.  Pataleé con desesperación al descubrir que mis tacos ya no estaban tocando el suelo e incluso hasta perdí un zapato al hacerlo: ese joven enclenque y de aspecto desgarbado, era, sin embargo, pura fuerza bruta, de la más rústica y salvaje, pues estaba levantando mi peso completo apenas con un solo dedo mientras yo no paraba de gritar al sentir cómo el mismo se clavaba cada vez más adentro de mi culo.

“¿Qué estás haciéndole? – aulló alguna de las chicas -.  ¿Un examen de próstata?  ¡Es una mujer, estúpido, no un tipo!  Jajaja”

El coro de risas restalló nuevamente mientras mis pies seguían sin tocar el piso.   Yo, con mis manos esposadas a la espalda, hacía denodados esfuerzos por tratar de capturar la mano del sereno y empujarla hacia atrás, pero era inútil: no tenía modo alguno de hacer fuerza. Finalmente y para mi alivio, el imbécil me bajó y mis pies volvieron a posarse, aunque trastabillé y casi caí de bruces al tener calzado un solo zapato. El orificio, más allá del alivio momentáneo, me dolía horrores tras el suplicio a que acababa de ser sometido.  Cuando me retiró el dedo, también lo hizo sin la más mínima delicadeza y el “plop” se escuchó muy claramente aun a pesar de las voces y risas que poblaban el lugar.

“¡Epa, nadita! – exclamó alguien -.  ¿Qué pasó?  ¿Se te escapó un pedito? Jajaja”

“¿Tan bien la está pasando que te cagás encima?” – aulló otra.

A pesar de lo degradante de la situación, tuve la esperanza de que el martirio hubiera terminado; difícil era pensar, claro, que ese retardado se fuera a dar por satisfecho, pero tenía, al menos, la esperanza de que fuera la propia Evelyn quien le pusiera coto y diera ya por terminada esa parte del show.  Qué ilusa era: ¿cómo podía, para esa altura, esperar de parte de ella algún gesto de piedad hacia mí?  Antes que ello, la verdad era que se la veía divertida y no paraba de carcajear, siendo acompañada por todo el resto: ¿por qué iba a detenerse cuando tanto ella como las demás lo estaban pasando genial?

Para mi estupor, sentí la verga del sereno apoyándose contra mi culo; no parecía, al menos de momento, tener plan de penetrarme: más bien se dedicó a recorrer  mis nalgas con la punta del glande, embadurnándolas a su paso con una viscosa mezcla de semen y crema para tortas.  Una vez que hubo terminado, temí, por supuesto, que su siguiente paso fuera, esta vez sí, penetrarme: yo temblaba de la cabeza a los pies y mis ojos eran puro horror; sentía que ya no podía escapar a mi suerte y, en todo caso, la incógnita estaba en si me iba a coger anal o vaginalmente.  Lo que hizo, sin embargo, fue rodearme, desde atrás, con sus brazos y, al hacerlo, obviamente me apoyó, con lo cual su miembro, erecto y duro como una piedra, se hundió contra mi carne casi como si buscara horadarla y cavarme un segundo orificio.  Sus manos. Entretanto, buscaron y encontraron los pezones que mi corsé no cubría.  Con la misma torpeza que venía mostrando hasta el momento, jugueteó con ellos del mismo modo en que lo hubiera hecho un chiquillo mientras sus manos estrujaban mis pechos como si fueran dos melones.

Me besó en la mejilla, lo cual me produjo un respingo y quise, por todo y por todo, secarme tras el contacto, lo cual sólo pude hacer parcialmente levantando mi hombro.  Mis manos, por supuesto, seguían inmovilizadas y, debido al abrazo con que él me rodeaba, ni siquiera tenía yo posibilidad alguna de rechazarlo con mis codos.  Me siguió besando o, más que besarme, parecía querer arrancarme la piel de mis mejillas.  Cuando, al parecer, se cansó de hacerlo, se abocó, con su lengua, a la tarea de ensalivarme el rostro por completo; el fuerte carácter animal del acto era más o menos el de un perro mostrando cariño a su amo.  Y así quedé manoseada, embadurnada y ensalivada mientras las demás no paraban de reír ni festejar un solo instante.

Milo me cruzó una mano por debajo del vientre y, apoyando la otra sobre mi espalda, me empujó bruscamente hacia delante de tal modo de hacerme inclinar.  Una vez me tuvo como él quería, hundió, desde atrás, una mano por entre el hueco entre mis piernas y la posó en mi sexo; lo hizo de modo tan brusco y sorpresivo que, a mi pesar, me excitó, lo cual quedó evidenciado en el respingo que di y del cual todas se percataron.

“¡Epa, Milo, ya la tenés rendida! Jajaja”

“Evelyn, me parece que juzgaste mal a nadita con eso de que sólo se deja tocar por tipos de plata.  ¡Está claro que le gusta cualquier mano que le pongan!”

“¡O cualquier verga! Jajajaa”

“Bueno, Milo… ¿La vas a coger de una vez o no?”

Crueles e hirientes, los comentarios se iban sucediendo uno tras otro y por momentos se superponían mientras yo, por mi parte, seguía aprisionada por el abrazo de Milo.  Me estremeció y me produjo un indecible terror el que una de las chicas, tal como acababa de oírle decir, lo estuviera animando a tener sexo conmigo y el espanto en mí se incrementó cuando, instantes después, sentí claramente su falo pasar por entre mis piernas en busca de mi raja.  Era tanto mi estupor que no lograba decir  absolutamente nada; las palabras, sin llegar a articularse, quedaban ahogadas en mi garganta.  ¿Era posible que el mismo tipo que me había salvado de una violación sólo unos días antes estuviera ahora a punto de cogerme con totales desparpajo e impunidad?  Pero, claro, como Evelyn bien lo había dicho, Milo no tenía los once jugadores: no tenía su cabeza en orden y, como tal, era bastante posible que considerara que yo tenía una deuda con él y debía pagarla, sin plantearse siquiera por un instante que la forma de cobrarse esa deuda se parecía mucho al hecho que la había generado.  No se le podía pedir lógica a alguien como él; no, al menos, la lógica que la gente común usaría.

El impacto de un golpe llegó claramente a mis oídos y logró sobresaltarme.  Sonó como una bofetada: palma contra rostro.  Al girar mi cabeza me encontré con Evelyn, quien acababa seguramente de golpear al sereno y ahora le clavaba una mirada recriminatoria.  Le propinó una nueva bofetada, que llegó sólo parcialmente a destino pues Milo se protegió como pudo con sus manos; eso era todo lo que atinaba a hacer: no iba a atreverse a agredir a Evelyn; sólo se defendía del modo en que lo haría un chiquillo. Ella, manteniendo siempre severo su semblante, agitó un dedo índice y trazó con él varias fintas en el aire:

“No, Milo, eso no – le dijo, en un tono de reprimenda que remitía a una madre o quizás a una maestra de colegio -.  Te dije que nadita se mira y se toca, no que se coge”

Algunas airadas voces de protesta se levantaron de entre el grupo e inclusive hasta se atrevieron, por primera vez, a cuestionar a Evelyn, a quien tildaban de aguafiestas o acusaban de arruinar las cosas cuando estaban en lo mejor.  Fueron unas pocas, sin embargo: la mayoría se mantuvo en silencio.  Evelyn, de todos modos, parecía no escuchar: sus ojos seguían, como un par de dagas, posados en Milo y lo intimidaban ostensiblemente,  al punto que el sereno, avergonzado y temeroso, retiró su miembro de entre mis piernas e incluso aflojó su abrazo hasta, finalmente, soltarme.  No dijo palabra alguna y era lógico: no se atrevería nunca a discutir ninguna orden de Evelyn; se lo notaba, de todas formas, algo decepcionado.  Y era lógico…

Evelyn, quien en ningún momento resignaba liderazgo ni control de la situación, hizo traer el champagne y en unos instantes había unas seis botellas en la mesa.  Siguió, por supuesto, el brindis de rigor en el cual yo era, desde luego, la principal homenajeada, aun cuando para esa altura pareciera una paradoja o bien el homenaje que me venían brindando era muy particular.  Sólo a los efectos de que pudiera alzar mi copa, me soltaron las esposas, aunque bien me aclararon que momentáneo.  Luego vaciaron el contenido de las botellas en jarras y echaron algunas píldoras adentro; una de las chicas revolvió con un gran cucharón y, así, prepararon un cóctel que se veía verdaderamente explosivo.  Cuando comenzaron a servirlo, intenté, desde luego, rehusarme, pero fue lo mismo que nada; antes de que pudiese interponer la mínima objeción, ya dos de las chicas, Rocío entre ellas, se dedicaban a escanciar el contenido de un largo vaso en mi garganta y, para mi estupor, volvían a llenarlo una vez terminado.

“No… – balbuceé -, no, por favor, no quiero más… Ya es suficiente”

“Nunca es suficiente para una zorrita – repuso Evelyn, tomando ella misma el vaso y llenándolo para, luego, levantarlo nuevamente hacia mis labios -: las putas nunca se cansan de recibir, jaja… Y nadita no es la excepción”

Las carcajadas volvieron a coronar sus palabras de Evelyn y yo, sin más remedio, volví a beber.  Cuando el contenido estuvo liquidado y bajé nuevamente la cabeza, me sentí fatal.  Fue demasiado para mí: todo me daba vueltas, la planta, la mesa, las chicas… cuyas risas sonaban ahora terriblemente diabólicas o, al menos, así era cómo sonaban para mí.  Intenté dar un paso atrás y si no caí fue porque me tenían asida entre Evelyn y alguna más que no podía determinar, pues yo ya no sabía bien ni en dónde estaba.  Me llevé la mano a la sien y me la estrujé suavemente con las yemas de los dedos mientras el mareo no paraba de hacer estragos en mí.   Un acceso de culpa, en ese momento, me invadió de la cabeza a los pies.  Quería huir de allí; me sentía sucia, desleal, me desconocía a mí misma; se cruzó por mi cabeza la imagen de Daniel y sólo pensé en que quería estar con él.

“Quiero… irme” – musité, con un hilillo de voz; no sé si todas me escucharon; Evelyn lo hizo.

“¿Irte? – aulló -.  ¡Chicas, nadita se quiere ir!  ¿A ustedes les parece?”

Un largo y sostenido “no”, entremezclado con abucheos y carcajadas, le respondió al unísono.

“¡Esto recién empieza! – me dijo Evelyn, casi gritándome en la oreja mientras me zamarreaba por los hombros -.  ¡La noche todavía es virgen, nadita!  ¡Mucho más que vos, te lo aseguro! Jaja…”

Acompañó sus sarcásticas palabras apoyando una mano sobre mi sexo, lo cual, a mi pesar, volvió a excitarme: yo ya no controlaba nada de mí, ni mis deseos, ni mis impulsos ni, obviamente, mis fluidos internos.  La lucha entre las Soledades recrudecía en mi interior y la presencia del alcohol y las drogas parecían arrastrar cada vez más a la Soledad original hacia un abismo del cual no se avizoraba salida; como un inmenso pozo en el cual yo caía y caía, sin siquiera ser capaz de arrojar manotazos para aferrarme a algún saliente… El resto de las muchachas, por supuesto, festejaron, una vez más ruidosamente, el humillante comentario de Evelyn.

“Evelyn, p… por favor…” – comencé a decir; sentía que me ahogaba: cada vez me costaba más hablar.

“¡Señorita Evelyn!” – me corrigió y, al hacerlo, tironeó de algunos de los pocos pelitos que cubrían mi pubis; lancé un grito de dolor.

“S… señorita Ev… Evelyn, p… por favor, se lo p… pido; q… quiero ir c… con Daniel, q… que me debe estar espe… rando en el auto.  P… por favor, s… se lo pido en… encarecidamente…”

“¡Quiere ir al auto con el novio, chicas! – voceó Evelyn, quien actuaba como si fuera mi traductora ya que ella podía oír mis palabras y las demás, en su mayoría, no -.  ¡Ahora se acuerda del novio!  ¿Vieron?”

“Jaja, típico de las putitas” – sentenció alguien.

“¿Te acordabas del pobre cornudo de tu novio cuando le chupabas la pija a Hugo?” – espetó otra.

“¿O a Luis?” – agregó una tercera.

“No te hagas problema que, con los cuernos que ya para esta altura tiene tu novio, se debe haber quedado encajado adentro del auto, jaja” – intervino una cuarta.

“¿Sabían lo de ese cliente, Inchausti? – soltó, totalmente festiva, Evelyn, gritando junto a mi oído -.  ¿Sabían que nadita le entregó la boquita, la conchita y también el culo?  ¡Y todo por una venta!  ¡Flor de putita!  ¿No?”

“¡Qué asco! – exclamó alguien, con tono de repulsión -.  ¡Ese tipo, por lo que me acuerdo, era un feto!  Jaja, ¿te dejaste coger por esa larva?  ¡Te hacía puta, pero no tanto! Jajaja”

Me sentía caer.  Mis piernas ya no podían sostenerme.  Si no terminaba de irme al piso era porque me estaban sosteniendo.

“Quiero… ir con Daniel” – insistí, con la voz ya muy débil y aún sabiendo de mis pocas probabilidades de éxito.

“Daniel hace rato que se fue” – me retrucó alguien.

“Sí – intervino otra -; yo fui a fijarme hace un rato si estaba allí, pero no”

“Quizás se fue con Flori” – agregó, con crueldad una tercera.

“¡Es cierto! – convino alguien más -.  Desde que ella se fue, tampoco lo vi a él ya en la puerta”

“¿Flori va a coger?  Me están cargando, jaja”

“¡No!  ¡Él se la va a coger!”

“Pobre tipo…; se nota que debe estar necesitado”

“Es que… la zorrita que tiene por novia hace rato que se sienta en cualquier pija menos en la de él, jajaa”

Yo quería ordenar mi cabeza pero no podía.  Los comentarios eran dagas que se me hundían en las entrañas.  ¿Era necesaria tanta crueldad?  ¿No había sido, ya hacía rato, sobrepasado el límite esperable y lógico de la humillación a una compañera de trabajo próxima a contraer nupcias?  ¿Realmente me odiaban tanto?  Y de ser así, ¿por qué?  ¿O simplemente no tenían motivo alguno, salvo Evelyn, Rocío y alguna más?  Y en ese caso, ¿podía la perra de cabellos rojos tener tanta influencia y poder sobre el resto como para convertirlas en una jauría sedienta de sangre y hacerlas disfrutar a tal punto con mi degradación y, casi diría, deshumanización?

La cabeza se me venció y cayó hacia adelante, laxa y sin fuerzas.  Una mano me tomó por los cabellos y me la izó nuevamente, presumiblemente de Evelyn.  El dolor en mi cuero cabelludo fue agudo y penetrante, pero no grité; ya ni para eso tenía energías.  Luego de haber cerrado los ojos por un momento, los abrí nuevamente y, al mirar en derredor, tuve la sensación de encontrarme a punto de ser sacrificada en medio de un ritual llevado a cabo por un aquelarre demoníaco.  Ya algunas de las muchachas estaban echando mano a los jovencitos contratados para la ocasión y hasta había quienes les besaban el bulto por encima del slip atigrado.  Tal vez era una vana esperanza, pero si su desaforada libido les llevaba ahora a arrojarse sobre los strippers, quizás se olvidarían un poco de mí y podría yo tener algo de paz siquiera por un rato.  No sé si sería la borrachera, las drogas o qué, pero en ese momento vi increíblemente hermosos los cuerpos de los jovencitos al punto de encontrarlos insoportablemente deseables.  La lengua se me deslizó por sobre el labio inferior y hasta tuve la sensación de que no era yo quien la gobernaba sino alguien más…

Como si una extraña fuerza me moviese, sentí que flotaba en dirección hacia esos dos preciosos cuerpos aceitados y relucientes.   Pensé, claro, que era mi imaginación, o bien un irrefrenable deseo que me hacía perder contacto con la realidad, pero realmente sentí que flotaba, que mis pies no tocaban el piso.  Al cabo de unos segundos, me di cuenta de que eso era, en verdad, lo que estaba ocurriendo, pues yo estaba siendo llevada por dos muchachas que me sostenían por las axilas, con lo cual mis pies iban, efectivamente,  en el aire.  Mirando a los strippers en la medida en que me acercaba a ellos, me perdí con la vista en esos valles de músculos marcados en los cuales sólo deseaba hundirme, zambullirme, ahogarme…  Uno de ellos avanzó un par de pasos hacia mí; en cuanto me tuvo a tiro, las chicas que me llevaban por las axilas me soltaron y volví a sentir que me desmoronaba como un peso muerto; el hermoso joven, sin embargo, capturó mi talle y me mantuvo en pie antes de que cayera.  Me apresó contra su cuerpo, atenazándome tan fuerte con sus poderosos brazos que creí que nuestras carnes hervían con el contacto, humeaban, se derretían y, por último, se fusionaban.  Él no me estaba cogiendo, al menos no todavía, y sin embargo yo tenía la sensación de estar siendo penetrada a través de mis pechos, de mi vientre, de mis glúteos, de cada poro de mi cuerpo. 

No pude evitar que un hilillo de baba me corriera por la comisura de los labios y, acto seguido, enterré mi boca en su cuello como si fuera una vampiresa; no sé si le llegué a hundirle los dientes, pues él no se quejó, pero de lo que estoy convencida es de que le hubiera succionado la sangre de haber podido… y lo hubiera hecho hasta sorberle cada gota para luego seguir con todos los demás líquidos que ese magnífico cuerpo pudiera contener.  Sí estoy en condiciones de asegurar que succioné su sudor, su gusto aceitoso, su lustrosa piel…  Y me sentí fuera de mí, como si de repente olvidara por un momento las denigraciones a que venía siendo sometida por mis compañeras de trabajo o bien no me importaran.

El joven me depositó de espaldas contra el piso; yo sentía, por momentos, que me desvanecía, a la vez que era succionada por un insondable abismo cuyo fondo no veía.  Él se ubicó de rodillas frente a mí y me clavó una mirada que sólo podía ser preámbulo de una infernal cogida.  ¡Dios!  Era hermoso: parecía querer devorarme pero, lejos de lucir desesperado o extremadamente ansioso, se comportaba más bien con la naturalidad propia de quien estaba simplemente haciendo su trabajo.  Eso, de manera extraña, me excitó aun mucho más: era como si yo me estuviera acostumbrando a la “cosificación” y no sólo la aceptaba sino que, en algún punto, mi ya enferma psiquis la disfrutaba. 

De pronto la vista se me oscureció; pensé, al principio, que era efecto de las drogas, pero no: algo se había interpuesto ante mis ojos de tal modo de eclipsar por un momento la imagen del precioso muchacho.  Cuando mis ojos se fueron habituando a esa nueva oscuridad, descubrí que la misma no era tal sino que estaba surcada por líneas irregulares muy semejantes a las rayas de un tigre.  Tardé un rato en darme cuenta qué era lo que estaba ocurriendo, pero finalmente lo hice.  El otro stripper se hallaba sobre mí: se había arrodillado del mismo modo que el anterior, pero enfrentado a él;  ubicó una rodilla en el piso a cada lado de mi cabeza y ello hizo que su slip (y, por ende, su bulto) quedara a apenas unos centímetros por encima de mi rostro.  La visión era de lo más perturbadora e irresistible; yo sólo quería alcanzarlo y lamerlo, aunque más no fuera por encima del slip: de hecho, y ya sin control alguno de mí misma, arrojé un par de lengüetazos por entre mis labios pero, a pesar de mis denodados intentos, no logré llegar a él; quizás las drogas estaban alterando mi percepción y yo lo veía más cerca de lo que en realidad estaba.  No quedaba, pues, más alternativa que levantar mi cabeza del piso para poder llegar; doblé un poco la espalda y, apoyándome en los codos, alcé la nuca, pero fue en vano: era precisamente en esos momentos en que intentaba moverme y recuperar algo de iniciativa, cuando me daba cuenta de lo mal que estaba: volví a caer pesadamente sobre mis espaldas sin éxito alguno.

El joven, por fortuna para mí, pareció anoticiarse de mi fallido intento y se mostró, por tanto, dispuesto a facilitarme las cosas; noté que el slip atigrado bajaba acercándose a mi rostro y no fue sólo una sensación: era realmente eso lo que estaba haciendo y en cuestión de segundos yo tendría su bulto enterrándose contra mi nariz y boca.

Ahora sí, tenía su miembro a tiro, aun cuando la tela del slip se interpusiera entre mi objeto de deseo y yo.  No pudiendo ya aguantarme, volví a sacar la lengua y le di una larga lengüetada que repetí varias veces; y no fue sólo lamerlo: sentía también necesidad de devorarlo, comerlo, tragarlo… ¡Dios!  ¿Qué me pasaba?  Cada vez que algún fugaz destello de conciencia acudía a mí, era reprimido rápidamente por mi incontrolable deseo… Abrí mi boca cuán grande era y, dado que él estaba prácticamente sentado sobre mi rostro, no hizo falta demasiado esfuerzo para que el bellamente irregular monte de sus testículos entrara con slip y todo dentro de ella. 

En eso sentí que alguien me atrapaba por el talle y me levantaba por las caderas; en la posición en que me hallaba, yo no veía absolutamente nada pero no era difícil inferir que se trataba del otro stripper.  Y, de hecho, hasta se avizoraba como fácil el suponer qué sobrevendría a continuación: en efecto, instantes después, pude sentir juguetear sobre mi monte al miembro más enorme que jamás lo hubiera visitado o recorrido (o quizás así fue cómo yo lo percibí por efecto de las drogas); mi cuerpo, ya hacía rato sin control, se retorció sobre sí mismo como una serpiente a la que se ha capturado por ambos extremos.  Pronto su falo entró en mí y, aun cuando lo introdujo con delicadeza profesional, supe que, más allá de cualquier alteración en mi percepción, el tamaño era realmente considerable puesto que, más que penetrada, me sentí invadida, ocupada, sojuzgada, poseída en el más real sentido del término…  Me dolió, sí, y era lógico considerando el tamaño; estuve a punto de gritar pero no pude hacerlo por dos razones: en primer lugar, porque yo estaba totalmente sin fuerzas y, por mucho que lo intentara, no conseguía hacer brotar sonido alguno de mi garganta; en segundo lugar, porque en el mismo momento en que el joven comenzó a penetrarme, el otro stripper se dejó caer aún más sobre mi rostro aplastándolo por completo y casi sofocándome.  Ésa fue exactamente la sensación: me sentí sin aire, como ahogándome y, extrañamente, era placentero…

Pataleé y arrojé manotazos hacia los costados o, al menos, creo que eso fue lo hice pero no puedo asegurarlo puesto que, para esa altura, yo ya no tenía noción alguna acerca de hasta qué punto mi cuerpo obedecía realmente a las órdenes de mi cerebro.  Algo, de todos modos, debo haber llegado a hacer, ya que sentí que alguien atrapaba mis muñecas y las aplastaba contra el piso a los efectos de inmovilizarlas: pudo haber sido el mismo stripper que hundía su bulto en mi rostro o bien alguna de las chicas.  ¡Dios!  Recién en ese momento recordé que ellas existían… y que estaban allí.  Era como si yo hubiera perdido todo contacto con la realidad: aplastado mi rostro bajo aquel bulto portentoso, ni siquiera llegaba a oír nada; las risas parecían haber cesado a mi alrededor, pero lo más posible era que siguieran allí y fueran mis oídos los que no las registraban.  Y no se trataba tan sólo de tener el rostro aplastado; seguramente también las drogas estaban haciendo de las suyas, pues me di cuenta de que no escuchaba absolutamente nada salvo los latidos de mi corazón, como si me hallara en el más profundo silencio, en una extraña sordera que era hija del deseo animal…

El que me cogía se fue moviendo cada vez más rítmicamente y me entregué a ese movimiento.  Las pocas fuerzas que me quedaban claudicaron y, de hecho, noté que, quien fuera que mantuviera inmovilizadas mis muñecas, aflojó la presión y me soltó a sabiendas de que, seguramente, ya no tenía sentido retenerme.  Qué locura: estaba siendo cogida delante de todas mis compañeras de trabajo; no podía creerlo y, sin embargo, no conseguía hacer nada para evitarlo y tampoco quería.  O, al menos, era una inmensa parte de mí la que no quería y lograba, con creces, imponerse sobre el resto.  Por primera vez agradecí que Flori ya no se hallase allí…

                                                                                                                                                                                 CONTINUARÁ