Al otro día, Evelyn me convocó a su oficina.  ¿Se habría enterado de mis tratativas secretas con Luis?  No, yo no podía ser tan paranoica: ¿acaso requerir mi presencia no era lo que hacía todos los días?  Cuando entré en la oficina, fue como si me encontrara con la indecencia en su máxima expresión; parecía que nada había cambiado desde que me retirara de allí la tarde anterior.  En realidad, lo único diferente era que Luciano se hallaba a cuatro patas sobre el escritorio de Evelyn; el resto de la escena era básicamente lo mismo: ella lo estaba penetrando por detrás con el consolador  mientras tenía una perversa sonrisa dibujada en su rostro; él, en tanto, lucía como embobado, fuera de sí, en otro mundo…
Apenas me vio, Evelyn retiró el objeto del ano de la cola de Luciano al tiempo que con su otra mano le propinaba una palmada.
“Bueno – le dijo -; suficiente por hoy, bebé.  Quiero hablar a solas con nadita”
A Luciano se lo notó decepcionado, casi como un chiquillo al que le retiraban el juguete; en realidad se lo habían retirado pero de adentro del culo.  Aun en cuatro patas, giró la cabeza hacia Evelyn y la miró con gesto implorante.
“Vamos, abajo – le conminó ella propinándole una nueva palmada -; ya habrá tiempo de seguir.  Ahora dejanos solas, bebé”
Era increíble ver a Luciano reducido a eso.  Y no se trataba tan sólo de la patética imagen que daba siendo penetrado a cuatro patas sobre un escritorio sino además el modo sumiso en que se comportaba para con Evelyn; ella era, virtualmente, la jefa de la fábrica ahora, aun cuando formalmente fuese sólo la secretaria.  Luciano se bajó del escritorio y se acomodó la ropa; me miró de soslayo, como avergonzado, y se marchó de la oficina.  Yo no cabía en mi incredulidad: Evelyn, literalmente, lo había echado.
“Está hecho un vicioso – dijo ella sonriendo una vez que él se retiró -; cada vez quiere más, jiji”
No comenté nada; sólo quedé a la espera de que ella me transmitiera el motivo por el cual había requerido mi presencia.
“Sole querida – dijo, al cabo de una pausa -; he vuelto a decidir algunos cambios en la distribución del trabajo”
Me vi venir lo peor.  O, al menos, lo que yo imaginaba que podía ser lo peor: más sobrecarga para mi escritorio.  Me equivoqué:
“He encontrado más errores en tus cuentas, Sole… y entiendo que eso puede ser producto de que estás muy sobrecargada; quizás haya sido excesivo el número de cuentas que te pasé: son cosas que voy viendo poco a poco con el correr de los días porque te darás cuenta que soy nueva en esto y aún se me escapan unos cuantos detalles.  He decidido transferir algunos de tus clientes a Milagros: y no es un número menor; son unos doscientos cincuenta”
Me tomó tan de sorpresa que no pude evitar que una desconfianza repentina me invadiera.  ¿A qué venía tanta amabilidad?  ¿Le habría Luis puesto al tanto de mi intención de renunciar para pasar luego al servicio de él?  De hecho, desde que Luciano se había retirado de la oficina, había vuelto a llamarme en cada oportunidad “Sole”, sin utilizar el odioso apodo que ella misma me había puesto
“Pero hay algo más – continuó -.  Esta mañana tuve que despedir a alguien de planta: el encargado de codificar los motores y también de hacer buena parte del embalado de las cortinas”
Yo no entendía por qué me contaba eso, pero fingí estar interesada en el tema por mera cortesía:
“¿Pasó algo?” – pregunté.
“Habló cosas de más – me explicó Evelyn -, sobre mí, sobre Luciano, en fin: en la planta todo circula muy rápidamente y hay que cortar la cabeza de la serpiente rápido antes de que se extienda.  Si los demás ven que él ha sido despedido, sabrán bien que deben mantenerse callados”
Claro; todo me cerraba: difícil era pensar que en la planta no fueran a notar que Luciano ya casi no estaba ahí y que pasaba mucho tiempo en la oficina de Evelyn, sobre todo considerando que a él se lo veía embobado y no daba la impresión, en tal estado, de ser muy capaz de disimular.
“Entiendo, señorita Evelyn – dije -, pero… ¿tiene eso algo que ver conmigo?”
“Así es, querida Sole.  Quiero que pases a encargarte del codificado de los motores y de supervisar todo lo que tenga que ver con el embalado”
Tal como imaginaba, la muy perra se venía reservando un nuevo baldazo de agua helada para arrojarme encima.  Lo que me estaba diciendo era una locura a todas luces.  Su amabilidad había sido sólo una más de sus trampas.
“Pero, Evelyn…” – comencé a protestar.
“Señorita Evelyn”
“S… sí, p… perdón, señorita Evelyn.  Yo… no tengo idea de ese trabajo…”
“No es complicado y, de hecho, es bastante más simple que lo que hacés en el escritorio y los errores no son tan graves.  El que despedimos hoy era poco menos que un analfabeto, Sole.  ¿Cómo, entonces, no vas a poder hacer su trabajo vos siendo una chica capacitada e inteligente? – había un deje de ironía en sus palabras -.  Lo vas a aprender muy rápido; yo algo te voy a explicar”
Yo seguía turbada, conmocionada.
“Pero… ese trabajo… lo tengo que hacer en planta, ¿no?”
“Exacto”
La angustia se apoderó de mí; bajé la vista y me miré de los pies a la cintura.
“¿Vestida así?”
“Jajaja… cierto es que los vas a distraer un poco, pero por otra parte puede ser que estando vos allí trabajen con más ganas e incluso tengan más presentismo: lo normal es que falten al trabajo apenas estornudan…”
Yo estaba atónita; no conseguía salir de mi asombro.
“Pero…¿y mi trabajo de oficina?”
“Lo seguirás haciendo, al menos durante la mañana y algún rato de la tarde, pero la idea mía es que a partir de las quince te cruces a la planta para encargarte de esas tareas; no te va a requerir más de dos horas por día y, ahora que estás más aliviada en escritorio, podrás dedicarte sin problemas”
Quedé sin palabras: estaba claro que oponerse no tenía sentido.  Fijé la vista en el consolador que aún permanecía sobre el escritorio.  Ella se dio cuenta y lo tomó.  Avergonzada, miré para otro lado.
“¿Extrañás esto? – preguntó, sonriente y, a la vez burlona –  Mmm, no te estarás volviendo viciosa como Luciano, ¿o sí?  Mirá que no me cuesta nada decirle a Ro que venga: es levantar el tubo nomás”
Todo mi cuerpo comenzó a temblar y di un paso atrás.  Negué con la cabeza; ella amplió aún más su sonrisa.
“Vamos a la planta, nadita – dijo, como si súbitamente recordara el apodo que me había puesto -.  Te voy a explicar en qué consiste tu trabajo allí”
Hecha un tembleque, seguí a Evelyn a través del pasillo hasta llegar a la planta.  Una vez más la jauría de lobos famélicos clavó los ojos sobre mí; pude comprobar que Luciano no estaba en el lugar: ¿se estaría masturbando en el baño luego de haber sido penetrado por el consolador?  De todos modos, el pensar en él me trajo a la memoria cómo se había puesto al verme a mí en planta; ése era un antecedente de peso que yo bien podía utilizar a mi favor: me acerqué a Evelyn para hablarle al oído.
“La última vez que me presenté aquí – dije -, Luciano se puso como loco.  No sé si será buena idea que…”
“A Luchi lo controlo yo; ya te lo dije” – replicó ella girándose ligeramente hacia mí para guiñarme un ojo.
Haciéndome seña de que la siguiese, avanzó hasta una mesa que se hallaba en el centro del gran recinto.  No se trataba de una mesa de altura normal sino más bien baja, apenas medio metro por encima del piso: algo así como una mesa ratona pero alargada.  Evelyn solicitó a uno de los operarios que colocara uno de los motores sobre la misma y éste así lo hizo.  En derredor, el resto no paraban de mirarme y ello me ponía muy nerviosa: ¿acaso no iban a regresar nunca a sus tareas normales?  ¿Por qué Evelyn no les decía algo al respecto ya que tanta posición parecía haber alcanzado dentro de la fábrica?  Y, por otra parte, ¿tendría que soportar esas miradas todos los días de allí en más?
Ella se inclinó hacia la mesa y, tomando un destornillador, quitó los tornillos de una tapita metálica en la parte superior del motor para, a continuación, explicarme en dónde debía ir el código y de qué manera debía yo realizar la codificación.  Durante el momento en que estuvo inclinada, noté que algunas de las molestas miradas me dejaron en paz por un rato y se posaron en ella pero lo cierto era que la falda de Evelyn, más larga que la mía, no llegaba nunca a mostrar lo esencial por mucho que ella se insinuara.
“¿Entendiste? – me preguntó.
Asentí con la cabeza; tal como ella había dicho, no parecía difícil en sí: lo incómodo era, desde luego, el tener que inclinarse hacia una mesa tan baja a la vista de todos aquellos sujetos ávidos de ver partes íntimas femeninas.
“¿No… se pueden colocar los motores sobre una mesa más alta?”
“Hmm, no hay, como verás – respondió ella mientras echaba un vistazo en derredor -, pero, además, los motores son bastante pesados y cuanto más alta la mesa más va a costar subirlos”
Sonaba a excusa, desde ya, y en el supuesto caso de que tanto quisieran cuidar la espalda del operario que alzase los motores, no parecía haber la misma preocupación por la mía.
“A ver, nadita – me conminó Evelyn, volviendo a utilizar el odioso apodo -.  Intenta hacerlo”
A una seña suya, el mismo operario que había subido el motor hasta la mesa, lo bajó y lo ubicó a un costado de la misma para, seguidamente, colocar otro.  Evelyn se puso las manos a la cintura, en clara actitud expectante, pero también de poder: ya no me quedaba más remedio que inclinarme.
Apenas me doblé, supe que mi cola entangada había quedado expuesta a los ojos de todos y, por si quedaba alguna duda al respecto, un coro de murmullos me lo terminó de confirmar.  Alguien, muy desagradablemente, chifló.  Esperé alguna respuesta o recriminación por parte de Evelyn pero no ocurrió.  En el momento en que apoyé mi mano derecha sobre el motor, Evelyn estalló súbitamente en un aullido de alegría:
“¡Aaaay, nadita!  ¿Qué es eso que tenés en la mano?”
Al bajar la vista, me quise morir.  Mi anillo: el que me había regalado Daniel y que era indicativo de la proximidad de mi boda.  Todos los días me lo quitaba apenas entraba a la fábrica pero, entre tanta conmoción reciente, me había olvidado.
“¿Hay boda dentro de poco?” – preguntó en tono pícaro, sin importarle en lo más mínimo que los demás escuchasen.
“S… sí – respondí -.  En un mes…”
“¡Qué bueno!  ¡Esa sí que es una gran noticia!  Bien, volvamos a lo nuestro; a ver, quitale los tornillos a esa tapa…”
Si faltaba algo para hacerme sentir una mierda en ese momento, era un recordatorio de que Daniel existía y que, en poco tiempo más, yo me uniría a él en matrimonio.  No sé por qué pero me dio la impresión que la noticia, tan poco disimulada por Evelyn, contribuyó a alimentar aún más el morbo de quienes me devoraban con los ojos.
Lo hice bien.  Ella se mostró satisfecha.  Una vez que me hube incorporado nuevamente, me tomó por la mano conminándome a girar.
“Chicos, les presentó a Soledad – anunció Evelyn a viva voz -; le pueden decir “nadita”, que es como la conocemos en administración.  Desde hoy compartirá algunas horas de trabajo con ustedes así que espero que la traten bien”
“La vamos a tratar bien, señorita Evelyn, no se preocupe, je” – dijo alguien de voz cavernosa y todos rieron detrás, festejando su repugnante broma mientras yo no sabía en dónde meterme de la vergüenza que sentía.
Evelyn apoyó la yema del dedo índice sobre uno de sus párpados y ensayó una recriminación que, en realidad, sonó más bien a cómplice mofa.
“Ojito, eh – dijo, con una expresión seria que todos sabían que era deliberadamente fingida -.  ¡Cuidadito, que la chica dentro de muy poquito va a ser señora!”
Risas y aplausos coronaron su comentario.  Ella me tomó por la mano y me guió hacia la sección de embalajes para explicarme cómo era el trabajo que yo debía supervisar; de algún modo, me estaba confiriendo allí una cierta posición jerárquica y, sin embargo, yo no podía verlo de ningún modo como una concesión o un privilegio que me daba: más bien era como si me estuviese arrojando en el zoo dentro de la jaula de los orangutanes.
“Bueno, nadita – dijo, una vez que hubo terminado con su explicación -.  Te dejo porque tengo que volver a la oficina”
El terror se apoderó de mí; me puse blanca y eché un vistazo en derredor: la atmósfera del lugar se me antojó de pronto más espesa y lóbrega que nunca.  Una repentina claustrofobia me invadió.
“S… señorita Evelyn – balbuceé -. ¿Me… va a dejar acá?  ¿Sola?”
“Sola, no, están todos ellos – repuso en tono burlón mientras trazaba un semicírculo con su dedo índice -. Ja, no te preocupes, linda: lo que quiero es que te vayas familiarizando con la nueva tarea que TE ASIGNÉ – remarcó bien esas dos palabras -, así que me gustaría que te quedes aquí hasta la hora de salida.  Después de todo – se encogió de hombros, sonriente -, es lo que vas a tener que hacer todos los días”
Una vez más ella ganaba la partida; era como si se complaciera sádicamente en seguirme humillando, como si no le alcanzase aun con todo lo que me había hecho.  Nunca sentí más ganas de renunciar pero no podía hacerlo sin saber qué determinación iba a tomar Luis con respecto a mí.
Cuando Evelyn se marchó, resonando sus tacos por toda la planta, me sentí terriblemente desvalida, indefensa.  Eran increíbles las paradojas que generaba en mí la fábrica: el día anterior había tenido que acudir buscando ayuda a Luis, ahora me lamentaba de que Evelyn ya no estuviera allí conmigo.  Era como si con cada nueva pesadilla que me tocaba vivir, más y más sintiera el deseo de regresar a la pesadilla anterior: la fábrica era un gigantesco monstruo que me engullía y de cuyas fauces ya no era posible salir; creaba tanto perversiones como necesidades.
Allí estaba yo, a la vista de todos; sé que era mi imaginación, pero hubiese podido jurar que en sus rostros veía fauces babeantes… Traté de desviar la vista y pensar lo menos posible.  Éramos yo y mi trabajo; punto: debía mentalizarme en que alrededor no había nadie.  Al dirigirme hacia la mesa comprobé que un operario muy joven ya había colocado sobre ella un nuevo motor y, automáticamente, daba dos pasos hacia atrás con la más que obvia intención de ubicarse a mi retaguardia.  Más aún: de pronto me percaté de que, contrariamente al panorama que yo había visto al entrar con Evelyn, ahora resultaba que, de pronto, todos los operarios de la fábrica tenían que hacer sospechosamente sus actividades a mis espaldas.  Sentí repulsión.  Conté hasta diez.  Y me incliné.
Los murmullos y chiflidos arreciaron nuevamente, como era de esperar, y más aún que antes al no estar ya Evelyn cohibiéndoles con su presencia.  Codifiqué un par de motores y, mientras lo hacía, fue como si toda la planta hubiese suspendido sus actividades: no había ruido de máquinas ni de cintas o rondanas; todo lo que se oía eran los incesantes y odiosos murmullos… y los silbidos… y los chiflidos… y algún comentario desubicado que, de tanto en tanto, era dicho a viva voz no sólo para que yo lo oyese sino también para que fuera festejado por el resto.
“Eso que tenés atrás, si querés, te lo codifico yo”
“Me parece que vamos a tener que traer una mesa todavía más baja, jaja”
“Por si te interesa, yo tengo un destornillador más grande que ése”
“¿De qué color es esa tanguita?  Está tan metida adentro que no llego a verla, jeje”
Cada una de esas guarradas era seguida y celebrada por un coro de risas que comenzaron bajas pero terminaron en estruendo a medida que los comentarios siguieron sucediéndose.  Aun cuando estuviera lejos de ser fácil, busqué ignorarlos y concentrarme en lo mío.  Estaba, precisamente, a punto de quitar uno de los tornillos cuando sentí claramente una mano apoyarse sobre una de mis nalgas.  Me giré hecha una furia y, aun cuando fui rápida, ya no había nadie detrás de mí o, mejor dicho, estaban todos allí pero ninguno lo suficientemente cerca como para ameritar ser el culpable.  Los miré uno a uno; todos reían: algunos se cubrían el rostro y otros fingían, disimuladamente, mirar para otro lado.  Eran como un curso de estudiantes en el cual todos eran cómplices de una diablura y se cubrían entre sí a través del silencio.
Estuve a un solo paso de mandarlos a todos a la mierda pero me contuve: tal como Evelyn me había dicho, yo iba a trabajar allí todos los días.  Tomé aire, crispé los puños y tragué mi rabia; me giré para volver a mi trabajo.  Como era de esperar los comentarios, silbidos y chiflidos volvieron a poblar el lugar apenas les di la espalda; yo retomé lo mío y, una vez más, busqué hacer oídos sordos.  En eso, otra vez sentí cómo una mano se apoyaba sobre mi cola pero no sólo eso sino que además entraba con sus sucios dedos en mi zanja y la recorría completa de arriba abajo.  Apreté los dientes y me giré pero otra vez  me encontré con la misma escena: todos estaban allí, los más cercanos a unos dos metros y medio pero ninguno lo suficientemente cerca como para quedar en evidencia.  Risitas, miradas cómplices, actitud distraída… No pude más: roja por el odio, eché a andar en dirección a las oficinas…
Entré intempestivamente en la oficina de Evelyn; estaba tan fuera de mí que olvidé golpear y me di cuenta al instante de mi descuido.  Quedé allí, en el vano de la puerta, petrificada y como avergonzada, sin saber si debía terminar de entrar o bien recular y volver a llamar.  El rostro de Evelyn, sin embargo, parecía mostrar más sorpresa que enfado.
“¡Nadita! – exclamó, abriendo grandes los ojos; comprobé que frente a ella se hallaba sentada Rocío, cruzada de brazos y, desde luego, sin hacer nada salvo charlar con su amiga, lo cual debía ser justamente lo que estaban haciendo antes de que yo irrumpiera tan abruptamente -.   ¿Qué te pasa?”
Miré a Rocío; me dio pudor hablar en su presencia.  Evelyn adivinó de inmediato mi pensamiento:
“Podés hablar delante de Rocío – dijo -; es de absoluta confianza”
Yo no sabía hasta qué punto podía ser de confianza alguien que, por lo que recordaba, se lo pasaba cuchicheando con Evelyn en administración cuando ambas trabajaban juntas allí.  De cualquier modo, una cosa era cierta: esa rubiecita que estaba sentada allí había visto cómo yo era azotada y luego se había divertido como adolescente descontrolada penetrándome con un consolador.  Después de todo eso, casi era ridículo de mi parte sentirme avergonzada por lo que debía decir delante de ella.
“En… la planta – tartamudeé -; me… to… tocaron el c… culo”
Roció se llevó una mano al rostro para cubrir una risita.  Evelyn, por su parte, abrió los brazos en jarras y pareció mostrar aun mayor sorpresa que antes.
“¿Y reaccionaste del mismo modo cuando te lo tocó Hugo?  ¿O Luciano?  No recuerdo haberte visto salir corriendo de las oficinas…”
Me descolocó por completo; hasta di un paso atrás.  Evelyn siguió hablando:
“Tal como siempre supuse, sos la clase de zorrita que no tiene problema en dejarse manosear por tipos de dinero pero se hacen las monjitas ofendidas cuando les pone la mano encima un operario que cobra un sueldo de miseria.  ¡Son obreros, nadita!  ¡O-bre-ros! ¿Entendés?  ¿Qué esperás?  ¿Qué te traten como a una lady?  Tenés que comprenderlos; trabajan horas y horas en esa planta para después volver a su casa y tal vez encontrarse con un adefesio gordo y fofo  al que tienen como esposa y junto a quien tienen que dormir esa noche.  De pronto les caés en la fábrica, con esa faldita tan cortita y mostrando ese culito que, por cierto, es bastante apetecible y no me olvido que me ganaste un duelo, jaja… Aunque perdiste el otro, je… Pero es lógico, nadita, que tengan ganas de mirarte, de tocarte y… bueno, en fin, jiji…”
Su respuesta era lo suficientemente contundente.  ¿Qué podía yo decir?  Sólo sentía odio y quería renunciar cuanto antes pero, de momento, sólo me quedaba agachar la cabeza y… seguir inclinándome en la planta a codificar motores.
“¿No estás de acuerdo, nadita?” – me preguntaba Evelyn, siempre abriendo enormes los ojos y con los brazos en jarras.
“Sí – dije con resignación -; lo entiendo perfectamente, señorita Evelyn”
“¡Bien! – celebró ella palmoteando el aire -.  ¡Qué bueno saber eso!  Sos algo tontita pero a la vez inteligente y, a la larga, logro hacerte entender cómo son las cosas aquí dentro.  Ahora… ¡vuelta a la planta!”
Chasqueó los dedos como si yo fuera un perro.
“Si, señorita Evelyn” – dije, apesadumbrada.
Di media vuelta y me marché de allí para desandar nuevamente el pasillo en dirección a la planta.
Demás está decir que tuve que acostumbrarme a lo denigrante, tanto en lo que restaba de ese día como en los sucesivos.  Los manoseos, obviamente, se siguieron repitiendo y cuando llegaba la hora de ir a la planta, yo ya sabía lo que me esperaba.  A Luciano se lo veía muy poco y, de todas formas, su presencia no ayudaba en nada a cohibir al resto; se lo veía desentendido, como en otro mundo y yo bien sabía que tenía su cabeza puesta en ese consolador con el cual, día a día, Evelyn lo hacía gozar.  Ni siquiera fue capaz de recriminarme nada por mi presencia allí; lo más posible era que ya hubiera sido puesto en vereda de antemano por ella.  ¡Dios!  ¡Y pensar que yo había sido tan ingenua de creerle cuando me dijo que había logrado imponerse a Evelyn en lo referente a mi posible despido!  Después de haberlo visto a cuatro patas sobre el escritorio de ella, me quedaba más que claro que Luciano no le podía imponer absolutamente nada; estaba totalmente perdido y bajo su control.
La noticia de mi boda corrió, obviamente, rápido y ya no tenía sentido seguir ocultando el anillo; debo decir que en realidad si hasta el momento  lo había hecho no era por vergüenza sino por negación y por esa distancia cada vez mayor que sentía crecer entre Daniel y yo.
Nos veíamos muy poco y cuando lo hacíamos la comunicación era fría, insípida; él se esforzaba por hacerla más fluida pero era yo la que le rehuía.  Los fines de semana, incluso, prefería salir a caminar sola: de hecho, lo necesitaba ante la marea de cosas que me venían ocurriendo y la tormenta que tenía en la cabeza.  Cuando eso ocurría, me vestía lo más recatada que fuera posible, casi como queriendo construir mi propia antítesis de lo que ocurría en la fábrica: usaba pantalones bien amplios, que no resaltasen las formas.
Un sábado, cuando pasaba por la puerta de un gimnasio, vi salir a alguien cuyo rostro me resultó familiar.  Tardé un rato en darme cuenta que se trataba de la esposa de Luciano pero, claro, costaba reconocerla al verla fuera de contexto: era la primera vez que la veía fuera de la fábrica, con ropa deportiva y calzas ajustadas al cuerpo.  Ella me miró muy fugazmente pero creo que tampoco me reconoció.  De inmediato reflotó en mi cabeza aquel plan que alguna vez había urdido acerca de contarle a ella todo lo referente a Luciano y así llevar a cabo mi venganza ante el comportamiento horrible y desleal que él había tenido hacia mí.  La seguí un par de cuadras; al parecer, no había ido en auto por lo cual no debía vivir lejos de allí.  En un momento aceleré el paso y me ubiqué a la par; se giró hacia mí.
“Te conozco, ¿no? – me preguntó, con el ceño fruncido -; pero no logro darme cuenta de dónde”
“De la fábrica” – respondí con una sonrisa.
“¡Claro! – se golpeó la frente -.  Ya está: sos una de las chicas de administración; una que entró hace bastante poco, creo”
“Así es; mi nombre es Soledad”
“El mío es Carolina.  ¿Me estabas siguiendo?”
“Hmm, bueno, sí – admití con vergüenza -.  Es que… quería hablar con vos”
“¿Conmigo?” – preguntó sorprendida apoyándose la mano en el pecho.
“S… sí, es sobre… Luciano”
“Ah” – la cara se le trastocó totalmente; ya no lucía afable y jovial sino algo sombría y, hasta me atrevería a decir, aburrida.
“Carolina: yo… tengo algo que contarte y no sé cómo hacerlo.  Es que… Luciano…”
“Ya lo sé todo” – me cortó, con un encogimiento de hombros.
La miré azorada.
“¿Q… qué?”
“Ya no estamos juntos – dijo, para aumentar mi sorpresa -; no es fácil encontrar a tu esposo a cuatro patas sobre un escritorio mientras una colorada cualunque le mete un consolador por detrás”
Fue como caer a tierra.  Yo ni siquiera le había llegado a hablar de lo ocurrido entre Luciano y yo… y ahora me parecía que ya no tenía sentido hacerlo.
“Sí… imagino” – dije, en tono de lamentación.
“Yo no.  O sea: sí, me duele… y sobre todo por mi hijo, pero… no tiene sentido tener una venda sobre los ojos creyendo que tu esposo es una cosa cuando es otra.  Y además, si te soy sincera, ya hace rato que se venían acumulando sospechas y rumores.  Lo que quiero decir es que de algún modo ya me venía preparando psicológicamente para esto”
“Entiendo… ¿Y él ahora…?”
“Está con ella.  Son pareja.  Pareja muy particular, hay que decir, porque pareciera ser ella el macho y él la hembrita, pero bueno, será que ésa era su naturaleza oculta”
Fue como si de pronto me cayeran todas las fichas juntas.  Me mordí la lengua para no decirle que su ex esposo me había penetrado analmente y, por otra parte, ya no tenía sentido.  Ella estaba al tanto de lo de Evelyn y no había por qué echar más leña al fuego, sobre todo cuando ya no había fuego; se la veía, en apariencia, bastante bien y hasta superada.  Y en cuanto a Luciano, ya ni siquiera podía yo perjudicarlo ni aun contando lo que contase.  Me despedí de ella amablemente e incluso me correspondió con un beso en la mejilla; me pareció una persona sumamente agradable y me produjo un cierto remordimiento el haber sido parte de las infidelidades de su ex marido.  Me quedé preguntándome cómo era posible que Luciano hubiera desperdiciado una relación así y habiendo, incluso, un hijo de por medio entre ambos, pero, en fin, es algo bastante común en los hombres el buscar cosas novedosas o excéntricas sin valorar a la mujer que tienen a su lado.
Fue al lunes inmediatamente siguiente cuando, estando en la fábrica, me dirigí poco antes del mediodía hacia la oficina de Luis.  Su demora en hacerme saber su decisión acerca de la propuesta que yo le había hecho comenzaba a exasperarme y la ansiedad me estaba matando.   Yo no podía soportar seguir trabajando en esas condiciones y bajo las órdenes de Evelyn.  Esperaba todos los días un llamado de él pero nunca llegaba, así que me dirigí por cuenta propia para preguntarle al respecto.  Grande fue mi sorpresa cuando, al golpear con los nudillos, me invitó a pasar una voz que no era la suya y ni siquiera era de hombre sino de mujer: una voz insinuante y sensual en extremo.
Abrí la puerta ganada por la curiosidad y me encontré con que Luis no estaba allí.  A su escritorio había sentada una rubia despampanante a la que me pareció conocer pero sin estar segura de dónde: un deja vu muy semejante al que había tenido al cruzarme en la calle con la esposa de Luciano.  Su belleza era admirable hasta a los ojos de una mujer y cuando digo que estaba sentada al escritorio debería corregirme y decir que estaba sentada en realidad sobre él, con sus largas y formidables piernas pendiendo hacia un costado.  Me quedé mirándola sin saber qué decir y ella pareció darse cuenta rápidamente de mi desorientación.
“Soy Tatiana, la novia de Luis – se presentó -; él va a venir de un momento a otro.  No tengo mucha idea pero, hmm, ¿hay algo en que pueda ayudarte?”
Recién entonces la reconocí.  Era la mujer que él me había mostrado en el monitor y de la cual yo había pensado que no era nadie en particular; resultaba ser que no sólo lo era sino que además era… su nueva novia: debía tener como treinta años menos que él.  Un súbito respingo se apoderó de mí y me recorrió la espalda al recordar que Luis me había preguntado si me revolcaría con ella en caso de que él me lo pidiera.  ¡Qué cerdo!
“N… no, está bien – tartamudeé -; no hay problema, ha sido… un… g… gusto co…nocerla”
Yo ya había empezado a recular con la intención de marcharme, pero ella me detuvo.
“¿Cómo es tu nombre?  Es para decirle quién lo anduvo buscando”
“S… Soledad, ése es mi nombre”
Su cara pareció llenarse de una repentina alegría al tiempo que juntaba las manos por encima de su pecho.
“¿Soledad?  ¿Vos sos Soledad?  Él me habló mucho de vos”
“¿Ah, sí?  B… bueno, espero que bien, je”
“¡Muy bien! – exclamó con tono grandilocuente -.  ¿Es verdad que te gusta toquetearte con chicas?”
Tierra, trágame, pensé para mis adentros…
Para contactar con la autora:


(
martinalemmi@hotmail.com.ar)

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