Por esos días tuve muy mal atendido a Daniel.  No era que lo hubiera dejado de querer; en absoluto.  Pero había una cuestión muy simple: yo estaba viviendo montones de experiencias nuevas que, como he dicho antes, tenían un costado degradante y otro excitante; necesariamente, de un modo u otro mis sentidos y mi atención estaban absorbidos por todas esas experiencias nuevas, ya fuera por voluntad propia o no.  Daniel, pobre, quedaba entonces en segundo lugar o bastante más atrás: mis pensamientos no estaban dedicados a él y mucho menos mis fantasías, razón por la cual se hacía harto difícil consumar nuestra relación en términos sexuales.  Él, por supuesto, lucía preocupado y me notaba extraña; le echaba la culpa al trabajo ya que, tal como yo le decía, me absorbía por completo y no me dejaba posibilidad de nada.
Pero la gran sorpresa me la dio cuando en medio de ese cuadro se apareció con los anillos.  Eso no era todo: había vuelto a reprogramar una nueva fecha de boda.  No habíamos usado anillos hasta el momento ni aun cuando tuvimos fecha en vista pero, al parecer, el verme del modo en que yo estaba le llevó a la desesperación; es algo típicamente masculino retener con presentes inesperados lo que súbitamente creen estar perdiendo.  Le agradecí, desde ya, y traté de mostrar mi mejor sonrisa pero aun así no  logré disimular que la idea no me gustaba mucho; para mí no era el momento.  Él notó, a pesar de mis esfuerzos en contra, que no estaba del todo feliz ni conforme y, como no podía ser de otro modo, me interrogó al respecto hasta rozar los límites de lo insoportable.
“¿Pero… y así me lo decís?  ¿Por qué esa carita?  Estuvimos mucho tiempo aguardando este momento: esperaba otra recepción.  ¿Qué es lo que te está ocurriendo, Sole?  ¿Ya no me amás como antes?”
La mayoría de sus interrogantes no tenían respuesta.  Aduje que mi estabilidad en el trabajo era precaria, que estaba esperando a cobrar el sueldo para ir saliendo de deudas y que no sabía cuánto más iba a seguir trabajando en esa fábrica.  Él, por supuesto, se puso mal y era lógico pero, de cualquier forma, y por poco que me gustara la idea lo cierto era que el proyecto de casamiento estaba nuevamente en marcha y, para mi sorpresa, en una fecha bastante cercana, no muy lejos de la que habíamos acordado originalmente.  Quedaba bien claro que ésa era la forma en que Daniel, en su típica ingenuidad de hombre, creía retenerme poniéndome un lazo al cuello… o un anillo en el dedo.  La relación entre nosotros dos, a partir de ese momento, se volvió aun más ríspida: no era que nos llevásemos mal pero yo me había vuelto terriblemente parca y de pocas palabras ante él y, aun cuando no se lo manifestara de manera directa, estaba bien claro que mis gestos y mis acciones evidenciaban que había entre nosotros una mayor distancia que antes.  Yo, por alguna razón que al día de hoy no puedo explicar, no podía usar el anillo dentro de la fábrica, lo cual implicaba que me lo quitaba apenas me abrían la puerta y debía luego tener el cuidado de recordar colocármelo nuevamente al salir.  Uno de los momentos más álgidos fue cuando, en un par de oportunidades, le dije a Daniel que no me pasara a buscar para ir al trabajo porque me llevaba Floriana en la moto.  Estalló obviamente:
“¿Pero qué?  ¿Ya no querés venir conmigo?  ¿Te avergonzás de mí?  ¿No querés que te vean conmigo en la zona de la fábrica?  Además, ¿vas a ir con ella en la moto vestida del modo en que vas al trabajo?  ¡Se te va a ver hasta el ombligo!”
En eso último tenía toda la razón, pero… ¿cómo decirle que, inclusive en eso, me excitaba la idea de seguir probando cosas nuevas?  Yo ya no tenía control de mí, de eso no cabía duda.
Pero sin lugar a dudas la gran sorpresa (y más aún que la de Daniel) me la terminó dando Evelyn, como era casi lógico: como era de esperar y viniendo de ella, lejos estuvo de ser una sorpresa gratificante sino, una vez más, degradante.
Sólo habían pasado unos pocos días de que ella, de manera unilateral, decidiera recargarme de trabajo en mi escritorio.  No podía yo tampoco aún habituarme al fuerte shock que me producía el tener, cada tanto, que servirle café o cumplirle otros menesteres en la oficina con lustrado de calzado incluido; fue, de hecho, en una de esas oportunidades cuando de repente, me arrojó un nuevo baldazo de agua helada encima.
“¡Sole! ¿Cómo estás?  He decidido quitarte algunas de las cuentas que estás manejando y pasarlas a Floriana… Son unas seis”
Entre la cantidad de clientes que yo manejaba el número mencionado era, desde ya, una nimiedad que poco podía cambiar.  Sin embargo, su amabilidad, aunque poca, me dio la impresión de encubrir algún otro de sus maquiavélicos propósitos.  Aun cuando pareciera tener intención de ayudarme o aliviarme, ella siempre irradiaba esa especie de halo malicioso que me hacía estar casi segura de que, por detrás, me tenía reservado algo mucho peor que lo que se veía en la superficie.
“G… gracias, señorita Evelyn – dije, haciendo un asentimiento cortés -.  ¿P… puedo preguntar por qué?”
“Cometiste algunos errores en la facturación – respondió serena pero con algo de sequedad -; puede ser la inexperiencia o el hecho de que son demasiadas las cuentas que tenés a cargo pero, bueno… creo que Floriana lo va a poder hacer mejor, por lo menos con esos clientes”
“¿E…rrores?”
“Sí, aplicaste algunos descuentos que no correspondían a la categoría de cliente pero, en fin, ya está, la cagada ya está hecha y, como te dije, Flori se va a encargar…”
“P… pero Flori es empleada de Luis, no de Hugo”
“Eso es un detalle – desdeñó -.  Se arregla internamente”
“¿Lo sabe Hugo?” – pregunté, algo angustiada.
“Aún no, pero, desde ya, lo tiene que saber”
Me sentí desfallecer; las rodillas se me vencieron.
“Evelyn, por favor…”
“Señorita Evelyn” – me corrigió, con un dedo índice en alto.
“S… sí, perdón, señorita Evelyn; le pido p… por favor que no le diga nada a Hugo; yo puedo buscar arreglar esos errores en la facturación y, en todo caso, puedo llamar por teléfono a los clientes para explicarles el malentendido…”
“Cuatro de ellos ya pagaron con interdepósito” – repuso.
“Puedo… hablar, aunque sea, con los otros dos”
“No, ya está – desechó, con un ademán desdeñoso -; es de mala educación y nos hace mal como empresa cambiarle las reglas de juego a los clientes, tanto a los que ya pagaron como a los que aún no lo han hecho…”
En ese momento le sonó el teléfono; no el conmutador, sino su celular.  Me hizo gesto de que la disculpase por un instante.
“¡Hola Luchi! – saludó efusiva al responder -.  ¿Qué hacés, bombón?  ¡Sí, sí!  Recién estuvo Sole acá hablando conmigo; ya la puse al tanto – me miró y me guiñó un ojo sin dejar de sostener el teléfono junto a la oreja mientras yo me sentía morir por dentro -.  No, no… me parece una barbaridad despedirla; son errores, Luchi: todos podemos cometerlos.  Yo voy a hablar después con Hugo… No, bombón, no le digas nada a tu papá.  Hablo yo… ¿Sí, lindo?  ¿En qué andás?  ¿Vas a aparecer por acá en algún momento o te vas a seguir haciendo el chancho rengo?  Jaja… Mirá que hay algo tuyo que es de mi propiedad eh, jiji… Y como bien sabés, tengo también algo para vos… Mmmmm…  Dale, bombón, listo… Sí, sí… Yo también te mando un besito… Mmmmua… Nos vemos… Dale, sí… Dale, lindo”
Cuando cortó la comunicación, me sentí como tonta, paralizada, ateridos mis miembros y hecha una tormenta mi cabeza.  El tono general de toda la conversación o, al menos de la mitad correspondiente a Evelyn, era de absoluta intimidad y confianza: “algo tuyo que es de mi propiedad”, “tengo también algo para vos”… Devastador.  Me costaba hablar, pero tenía que hacerlo: no podía dejar que Evelyn, por su cuenta, hablara con Hugo.  ¿Qué le diría?  Para esa altura yo desconfiaba absolutamente de sus “buenas intenciones” y estaba más que segura de que, de hablar ella con Hugo, ello sólo podría devenir en más penurias para mí y, casi con seguridad, el despido.  Ni con todas las humillaciones a que me había sometido, Evelyn había conseguido mi renuncia al trabajo; era bastante lógico entonces que ahora buscara que se me despidiese para así insistir en la reincorporación de su amiga.
“S… señorita Evelyn” – musité.
“¿Sole…?”
“Se lo… ruego encarecidamente.  No sé; castígueme por mis errores si así lo desea pero, por favor, no le diga nada a…”
“¿Castigarte? – con un revoleo de ojos se removió en su silla, como súbitamente interesada.  Recién entonces tomé conciencia de las implicancias de lo que yo acababa de decir: la palabra que yo había utilizado estaba lejos de ser la más oportuna teniendo en cuenta lo que, en su momento,  había ocurrido en la oficina de Luis -.  Hmmm… ¿Algo así como el castigo que te dio Luis decís?  Te voy a decir una cosa: no es mala idea; casi ni parece tuya”
Quedé durante unos instantes sin palabras: nunca me lamenté tanto por no ser muda: había metido la pata hasta el fondo… O bien Evelyn era tan pérfidamente astuta que había calculado minuciosa y pacientemente cada uno de los pasos para hacerme llegar a la situación que ella quería.
“Me parece un buen arreglo… – dijo ella lentamente, como si cavilara acerca de sus propias palabras antes de decirlas -.  Yo mantengo la boca cerrada ante Hugo y vos recibís tu castigo.  Es interesante y hasta suena justo”
Me sentí acorralad, sin opción: era eso o que Di Leo se enterara y mi continuidad laboral quedara en la cuerda floja; además y por mucho que Evelyn se esforzaba en demostrarme que estaba de mi lado, ni por asomo podía yo contar con que ella me fuera a defender ante él.  Era tan retorcida y tan perfecta al elucubrar sus planes que hasta terminaba por despertarme admiración: una enferma admiración desde luego…
“Está… bien – balbuceé -; como usted lo disponga, señorita Evelyn… Le agradezco infinitamente el no delatarme, pero… ¿qué pasará con Luciano?  Por lo que recién oí… – hice una pausa como si me sintiera culpable por haber oído; a Evelyn, sin embargo, no pareció importarle -… Por… lo que oi, él está al tanto de todo.  ¿Cómo podemos estar seguras de que no le va a ir con el cuento a su padre?”
“Jajajaja – carcajeó -. ¿Luchi?  Olvidate, nena; a Luchi lo controlo yo – otra vez guiñó un ojo y una vez más el gesto fue devastador para mí -.  Si yo le digo que no diga nada, él no habla: tranquila”
Bajé la cabeza; estaba avergonzada, devastada, derrotada.  Si al decir esas cosas ella buscaba herirme lo lograba claramente; y aun cuando exagerara en cuanto a su real influjo sobre el hijo de Di Leo, la charla telefónica de un rato antes parecía dar bastante razón a sus dichos.  Yo me salía de mí misma tanto del odio como de los celos.  Y como toda mujer celosa quería saber, necesitaba saber: ¿qué le había hecho Luciano a ella o ella a él?  ¿Le habría él perforado el ano como lo hizo conmigo?  No soportaba el no saber pero, a la vez, no podía preguntarlo y, si quería averiguarlo, debía llegar por un camino más indirecto…
“Señorita Evelyn…”
“¿Sí?”
“El… castigo del que usted habla, el que me… va a imponer a mí, ¿es el mismo que me aplicó Luis?”
Sonrió; otra vez guiñó un ojo.
“Parecido – dijo, con sorna -: yo pego más fuerte, je”
Me estremecí: recordé, al instante, aquella bofetada que me dejó de rodillas en el piso y temblé tan solo de imaginar su mano sobre mis pobres nalgas.
“Se… ñorita Evelyn; una p… pregunta más si me permite: ese día usted se marchó de la oficina de Luis y se negó a recibir su castigo; ¿por qué lo hizo?”
“A mí nadie me pone la mano encima – respondió tajantemente y con expresión orgullosa -.  Por eso fue que te devolví multiplicada por cuatro la bofetada que me propinaste.  ¿Te acordás?”
“S… sí, señorita Evelyn, l… lo recuerdo p… perfectamente”
“Las que se dejan manosear y golpear son mosquitas muertas sin personalidad – dijo mirándome fijamente y con desprecio; yo volví a bajar la mirada -: putitas sin cerebro que se piensan que por sentarse sobre la verga de su jefe van a conseguir beneficios y ascensos.  ¡Qué equivocadas que están!  Mirame a mí…”
Sus palabras eran lacerantes; me herían hasta la fibra más íntima.  Yo seguía con la vista clavada en el piso y temblando como una hoja, tal vez por vergüenza, tal vez por miedo, tal vez por ambas cosas.
“¡Mirame, te estoy diciendo!” – rugió ella.
El volumen de su voz y lo imperativo de su orden me sacudieron de tal modo que me hicieron trastabillar; sacando fuerzas de donde ya no las había, me las arreglé aun así para levantar mi rostro y mirarla a los ojos, que en ese momento sólo irradiaban desprecio y resentimiento mezclados con el sádico placer de la venganza.  Una maliciosa sonrisa se dibujó en su rostro cuando logró que yo la mirase.
“¿Qué ves?” – me preguntó.
Yo estaba cada vez más confundida.  Todo mi cuerpo temblaba y la voz me salía entrecortada.  No podía soportar tanta presión.
“N… no ent… tiendo”
“¿Qué ves, estúpida?”
Me encogí de hombros; comencé a sollozar.
“La v… veo a u… usted, señorita Evelyn”
“Y al verme a mí, ¿qué ves?  ¿A quién?”
“A… l… la secretaria d… de…”
“¡Bien! – me interrumpió -.  LA SE-CRE-TA-RIA; vos lo dijiste. Y al verte a vos, ¿qué ves?”
Mis lágrimas ya corrían por mis mejillas pero a ella poco parecía importarle; por el contrario, creo que le complacía.
“N… no sé, n… no entiendo”
“Ya veo que no entendés – repuso, con tono de fastidio -.  Por algo le tuve que transferir cuentas tuyas a Floriana, ¿no te parece? -. Introduciendo una mano en su bolso, extrajo un pequeño espejo y lo giró hacia mí.  Realmente ella lograba lo que quería: al ver mi rostro reflejado, no podía yo menos que sentir vergüenza por mí misma -.  ¿Qué ves? – insistió –  ¿Qué sos?”
Entre tanta degradación y confusión, creí, no obstante, entender hacia dónde ella apuntaba: quería que yo me rebajara aún más y que lo dijera.
“¿Una… estúpida?” –aventuré.
“Sí, eso lo puede ver cualquiera.  ¿Qué más?”
El labio me temblaba; la lengua se me trababa: lograba a duras penas que las palabras salieran de mis labios.
“¿Una p… puta?”
Evelyn asintió en señal de aprobación pero no dejó de sostener el espejito entre sus dedos.
“Sí, eso también es sabido por todos – apuntó -.  Una putita, una zorrita: no hay nadie en la fábrica que no lo sepa.  ¿Qué más?  En cuanto a tu lugar dentro de la fábrica, ¿qué sos?”
“Una… empleada administrativa” – dije, encogiéndose nuevamente de hombros.
“¿O sea…?”
“No… entiendo, señorita Evelyn”
“¿Hay dentro de la fábrica algo por debajo de vos?”
Otra pregunta que se me clavaba como un dardo; yo jamás me lo había planteado de ese modo…
“L… los operarios – dije -; los de la… planta”
“No – negó con firmeza -.  ¿O acaso le das órdenes a algún operario?”
Me tenía atrapada: efectivamente yo no disponía sobre nadie.
“No…” – musité débilmente.
“Luchi es quien los controla y les da órdenes – explicó ella -.  Y, si consideramos que Luchi hace lo que yo quiero, se puede decir que yo tengo control sobre los operarios… Pero vos no; ¿qué sos entonces?”
Sus razonamientos, no por perversos, dejaban de tener de una lógica impecable pero, más allá de eso, yo me iba quedando cada vez con menos respuestas para dar.  Por mucho que las buscaba, ya no las encontraba.
“Entonces… – dije, con la voz hecha un hilillo -.  No soy n… nada”
“¡Así es! – exclamó ella en tono de celebración mientras me señalaba con un dedo índice que se veía a mis ojos como un huso envenenado -.  ¡Nada, no sos nada!  ¿Lo entendés?  Por mucho que le mames la verga o le lamas el culo a tus jefes, no sos nada.  La vida no premia a las zorritas trepadoras; a la larga el premio llega para las que se mantienen firmes e incorruptibles”
Aun cuando no se movió de la silla, su espalda se envaró en una actitud claramente orgullosa.  No podía ser más hiriente; yo no podía contener el llanto, pero a ella seguía sin importarle.
“¡No sos nada! – insistió -.  ¿Lo entendés?  ¡No sos nada!”
Asentí levemente con la cabeza; no me salían las palabras y sólo quería estar fuera de aquella oficina.
“No te escucho” – dijo ella, en tono de exigencia.
“N… nada, señorita Evelyn, no soy nada…” – sollocé.
“Ajá… ¿Y yo que soy?”
“Mi s… secretaria”
“¡Bien!  Lo vas entendiendo.  TU se- cre- ta- ria”
Yo ya no la miraba al rostro; progresivamente, mi vista había ido cayendo otra vez hacia el piso.  Y aun dentro de lo humillada que me sentía, persistía en mi interior la duda que me carcomía.  ¿Qué había pasado exactamente entre ella y Luciano?
“S… señorita Evelyn”
“¿Sí”
“Quisiera… sin que se ofenda, hacerle una pregunta”
“Te escucho”
“¿Usted… nunca tuvo q… que hacer alguna concesión para… escalar en el trabajo?”
La pregunta, claro, apuntaba a indagar acerca de lo ocurrido entre ella y Luciano pero, apenas la hice, me inquieté y sobresalté.  Temí de parte de Evelyn, alguna reacción violenta o un grito desencajado, pero en lugar de ello, y para mi sorpresa, respondió de manera totalmente serena:
“En absoluto; para decírtelo bien claro, jamás acepté hacer algo que yo no quisiera”
Me quedé un rato cavilando sobre lo que implicaban sus palabras.  ¿Me estaba diciendo que, de haber pasado algo con Luciano, ella simplemente había querido hacerlo y no se había visto obligada ni llevada a ello?  Rápidamente me acordé de todo el fino trabajo que el hijo de Di Leo había hecho conmigo para lograr que cayera rendida y entregada.
“¿Usted… vio las filmaciones?” – pregunté, en clara referencia al material que ella decía haber visto y que me comprometía.
“Sí, por supuesto.  Muy divertidas pero también muy instructivas.  Deberían ser proyectadas en los colegios para enseñar hasta qué punto puede llegar la decadencia humana”
Tragué saliva; volví a sollozar: ella se las arreglaba para ser siempre un poco más hiriente de lo que lo venía siendo.
“¿Y… qué vio?” – pregunté, armándome de valor.
“Uf, te vi lamerle el culo a Hugo, entregarle el tuyo a Luciano…”
“¿Luciano nunca le pidió eso?” – la interrumpí, aprovechando el justo contexto para satisfacer mi curiosidad.  Ella me miró con el ceño fruncido.
“¿Qué cosa?” – preguntó.
“Eso… ¿No… le pidió…?”
“¿La cola?”
Sentí un sacudón por la naturalidad con la que repreguntó.
“S… sí, eso, la cola”
Ella sonrió y revoleó los ojos.
“Por supuesto que sí – dijo -; es un enfermito…”
Me quedé mirándola; mis ojos eran un interrogante en sí mismos.
“Pero no se lo permití ni en pedo – continuó -; por el contrario, je, yo se la hice a él”
Mi incomprensión subió un escalón más; continuaba mirándola sin decir palabra y con el rostro teñido de confusión.  Ella, notando mi intriga, abrió un cajón de su escritorio; rebuscó durante algún momento entre los papeles hasta que, finalmente, pareció dar con lo que buscaba.  Para mi más absoluta perplejidad, lo que extrajo y me enseñó era… un consolador.
“A mí lo que me gusta es encontrarle el lado flaco a los hombres – explicó ella, con autosuficiencia -; y a él se lo encontré, ja.  Son muchos los que tienen esa fantasía, te diría que la mayoría, je.  Les gusta que les entren un poco por el culito y les escarben su lado putito.  De hecho, Luchi se excita mucho cuando lo llamo así: putito”
Yo no podía creer lo que me decía; no cabía en mí de la incredulidad.
“¿Lu… ciano te pedía que lo llamaras así?”
“Je, no, la primera vez lo llamé así sin que él lo pidiera… y le gustó.  A partir de entonces le gusta que lo cruce sobre mis rodillas y le meta esto en el culito.  Así es cómo me manejo y me gusta manejarme, querida Sole: el control lo tengo siempre yo.  Mi traste sigue intacto; del tuyo, en fin, lejos estamos de decir lo mismo: ya vi que te ensartó como con una lanza”
Sentía rabia, dolor, incomprensión, impotencia: crispaba los puños; no lo podía creer. Así que ése era el modo en que ella lo había manejado a su antojo para conseguir las atribuciones especiales en su regreso a la fábrica. Evelyn había convertido a Luciano en un juguete a su servicio.  
“Él quería despedirte – continuó diciendo y con cada palabra parecía clavarme un nuevo cuchillo -; se me entregó tan mansito que estaba dispuesto a rajarte a cambio de que yo volviera y, sobre todo, lo siguiera entreteniendo con este juguetito”
Claro, ahora me cerraba todo: el diálogo telefónico.  Eso que, según Evelyn, era suyo, no era, como yo había pensado equivocadamente, el miembro de Luciano sino… su orificio anal.  Y cuando decía tener algo para él se refería al consolador con el cual lo penetraba: parecía increíble pero ése era el grado al que había logrado ella tener control sobre él.
“Yo no quise que te despidieran – explicó Evelyn, con lo cual una nueva venda se me caía al piso -.  Quería… entretenerme y divertirme con vos un poquito y es lo mismo que sigo haciendo ahora – un brillo malicioso le destelló en los ojos -.  Él me sigue proponiendo tu despido: lo hace ante el más mínimo desliz; yo quiero seguir disfrutando del placer de la venganza y, sobre todo, del odio que te produce verme sentada aquí.  Porque… quiero que me digas la verdad: te da mucha rabia, ¿no?”
Lloriqueé.  Balbuceé.  Mi voz salió quebrada y entrecortada.
“S… sí, señorita E…velyn” – dije, mansamente y aceptando lo que no podía negar en modo alguno.
Una sonrisa se le dibujó de oreja o oreja mientras seguía haciendo bailotear en el aire el consolador que terminaba, a partir de su relato, siendo un ícono de su poder dentro de la fábrica.  Lo apoyó sobre el escritorio, sin hacerse demasiados problemas ante la posibilidad de que alguien entrase y lo viera allí.
“Ahora… – dijo -.  ¿En qué estábamos?  Ah sí, ya lo recuerdo, je… en tu castigo”
Pensé que lo siguiente iba a ser simplemente pedirme que me acercase a ella a los efectos de recibir una tunda del estilo de la que me había sido propinada aquel día en la oficina de Luis pero, para mi sorpresa, tomó el conmutador.
“Hola… ¿Ro?  Venite para la oficina un momento, ¿sí?”
¿Ro?  ¿Se refería a Rocío, su amiga?  ¿Y para qué la quería en la oficina?  En efecto, sólo unos segundos después la rubia muchacha se presentaba en el lugar.  Yo, por supuesto, seguía sin entender a qué iba el asunto.
“Ro querida… – le saludó festivamente Evelyn -.  ¿Te acordás cuándo me decías que pagarías por verme un día dejándole roja la cola a esa zorrita nueva?”
La joven quedó descolocada y pareció inquietarse.  Nerviosa, me echó una mirada de reojo y desvió la vista rápidamente al comprobar que yo la miraba.
“S… sí, Eve, lo recuerdo” – dijo luego de una larga pausa, aunque su rostro, como el mío, daba muestras de seguir sin entender mucho.
“¿Y también tenés presente cuando decías que llegado ese día, sentirías tal placer que hasta te masturbarías?”
Yo no podía creer el diálogo que estaba oyendo y, al parecer, Rocío tampoco; siempre fue algo más retraída y menos tempestiva que su amiga: se puso de todos colores, como avergonzada y, una vez más me echó una fugaz mirada culposa.
“¿Yo… dije eso?” – preguntó; su actitud remitía a la de una chiquilla a la que le estaban recordando alguna diablura de la cual se avergonzaba.
“Sí, Ro – asintió Evelyn, sonriente -; lo dijiste”
Rocío volvió a hacer una larga pausa; me miró varias veces y luego se aclaró la voz como para hablar:
“Sí, Eve, tenés razón, recuerdo que lo dije”
¡Bien! – celebró Evelyn cerrando los puños -.  Te tengo una buena noticia, Ro… hmm, dos, mejor dicho: la primera es que el día por fin ha llegado y vas a ver a la zorrita sobre mis rodillas en un momento más; la segunda es que ni siquiera vas a tener que pagar, jaja.  Es gratis.
Rocío no salía de su asombro y yo tampoco.  Abría inmensos los ojos por detrás de sus lentes y su boca también lucía enorme y abierta en un gesto de incomprensión.  Evelyn me miró y su sonrisa se volvió aun más sádica que la que había lucido hasta el momento; alzando un dedo índice, lo flexionó tres veces en señal de que fuera hacia ella.
Yo estaba aturdida, mareada, confundida; las cosas dentro de esa fábrica cambiaban y me sorprendían a cada instante, con lo cual ni siquiera tenía yo tiempo de elaborar respuestas psicológicas para lo que me estaba pasando.  Luego de dudar durante un breve instante caminé hacia Evelyn, rodeando el escritorio y ubicándome a su lado; ella giró la silla hacia mí, siempre mirándome a los ojos, cosa que yo no me atrevía a hacer del todo: mantenía mi vista en el piso y le echaba ocasionales vistazos por debajo de mis cejas.
“Sobre mis rodillas, querida – me ordenó, con un tono extremadamente amable que, por supuesto, era puro cinismo -.  ¿Te acordás cómo te ubicaste sobre Luis?”
“S… sí “– respondí tartamudeando.
“¿Cómo era?”
“B… boca abajo y c… culo al aire”
Ella no agregó nada; sólo alzó las cejas e hizo un ademán en clara señal de que me pusiera en posición sobre sus rodillas.  Temblando de la cabeza a los pies al punto de que temer caer de un momento a otro, alcé mi falda y bajé mi tanga a la mitad de los muslos para, luego, adoptar sobre Evelyn la posición que ella me requería.  Le alcancé a escuchar una risita y, ya sin poder verla por tener mi vista en el piso, pude sentir cómo la palma de su mano se apoyaba sobre mis nalgas e iniciaba sobre ellas un movimiento circular presionando con las yemas de los dedos.  Era como si estuviera preparándome para lo que se venía; a mi pesar, me calentó.
“Evelyn… ¿qué estás por hacer?” – preguntó Rocío, quien, a juzgar por el tono de su voz, no conseguía aún salir de su asombro ni terminar de asimilar lo que, en sí, su amiga ya le había anunciado.
“¡Chist! – la calló Evelyn -.   Simplemente… relájate y mira”
De inmediato y sin aviso, la mano de Evelyn se alzó y se descargó pesadamente sobre mi cola arrancándome un grito de dolor.  Pude comprobar que, en efecto y tal como ella misma se había jactado, golpeaba con más fuerza que Luis.  Esperé que cayera otro golpe al instante pero, en su sadismo, ella jugó un poco con la pausa y el suspenso.
“Eso dolió, ¿no?” – me dijo bajando su rostro hasta ubicar su boca muy cerca de mi oído.
Asentí y respondí con un quejumbroso y débil “sí”.
“Vas a hacer lo siguiente – me explicó, mientras elevaba la voz y volvía a alejarse de mi oído -: al primer golpe que recibas vas a decir SOY UNA ZORRITA; al siguiente dirás SOY UNA PUTITA y al tercero… ¡SOY NADA!  Luego la serie se inicia otra vez.  ¿Se entendió?”
“S… sí” – balbuceé, aun dolida por el golpe recibido pero más aún de sólo pensar en los que a continuación vendrían.
“¡Evelyn! – se oyó la exaltada voz de Rocío -.  Esto es… ¡es lo máximo!  Nunca pensé que realmente lo vería.  ¡No puedo creerlo!”
“Somos amigas, ¿no? – dijo Evelyn -.  ¿O pensaste que te iba a hacer venir a la oficina para nada?”
Apenas dicho eso, descargó su mano sobre mis nalgas aun con más fuerza que la vez anterior.  El dolor me hizo retorcerme; recordé, de inmediato, qué era lo que debía decir tras recibir el golpe pero la realidad era que la voz no me salía.
“¿Qué tenés que decir?” – preguntó Evelyn.
“¡Eso, Sole! – intervino Rocío, súbitamente envalentonada al ver la humillación a que su amiga me sometía -.  ¿Qué tenías que decir?”
Hice un enorme esfuerzo para lograr que la voz volviera a salir de mi garganta; finalmente lo hizo, muy débilmente desde ya:
“S… soy u… una z… zorrita”
Ambas rieron; en el caso de Rocío, su risa fue prácticamente un aullido de placer: estaba como liberada, desatada; parecía una adolescente.  La mano de Evelyn volvió a caer: otra vez dolor, otra vez el esfuerzo para poder hablar y, finalmente, las palabras fatales:
“S… soy una pu… tita”
Otro golpe.  Otro grito, cada vez más prolongado e hiriente.
“S… soy nada”
Y la serie se reinició varias veces:
“Soy una zorrita”
“Soy una putita”
“Soy nada”
“Soy una zorrita”
“Soy una putita”
“Soy nada…”
Y así, sucesivamente, intercalándose cada sentencia con los golpes que, a mano abierta, me seguía propinando Evelyn.  Por debajo del impacto y de mis gritos podía escuchar perfectamente los jadeos de Rocío, quien parecía estar cada vez más excitada.  En la medida en que la azotaina se iba incrementando, me quedó cada vez más claro que la sucia… se estaba masturbando: en efecto, y tal como al parecer alguna vez lo había dicho, la idea de verme siendo castigada por Evelyn le producía mucha calentura.  Ahora tenía ante sus ojos el espectáculo que había soñado.  Su respiración se fue haciendo cada vez más entrecortada y creo que Evelyn lo notó, ya que aceleró la seguidilla de golpes de tal modo de ir acompañando el crescendo de los jadeos de su amiga, quien muy posiblemente estaría ya cerca del orgasmo.  Los azotes caían ahora tan seguidamente uno detrás de otro que, a veces, ni siquiera llegaba yo a completar la frase que se me requería; apenas decía “soy…” ya un nuevo golpe estaba cayendo sobre mis terriblemente dolidas nalgas.
¡Vamos! – me impelía Evelyn confirmando lo que yo ya pensaba -.  ¡Tenemos que lograr que Rocío pueda acabar!  ¡Vamos!  ¡Queremos oírte, puta, queremos oírte!
Y mientras decía eso, su mano no dejaba de caer sobre mi retaguardia.  De pronto Rocío lanzó un jadeo largo y profundo que evidenció que había llegado al orgasmo.  Evelyn castigó con más y más fuerza, una nalga y otra, una y otra vez, mientras yo ya ni siquiera tenía tiempo de decir nada.  Lo curioso del caso era que mis dolorosos quejidos se alternaban con gemidos placenteros que no podía contener y el oír a Rocío en plena explosión aumentaba esa sensación.  Súbitamente, los azotes cesaron y los jadeos de la rubia también, habiendo los mismos dado lugar a una respiración agitada que, poco a poco, parecía ir volviendo a su ritmo habitual. 
El castigo había cesado; dejé caer mi cabeza hacia adelante, totalmente vencida y abatida pero rápidamente sentí cómo Evelyn, tomándome por los cabellos y arrancándome un nuevo quejido de dolor, me obligaba a levantarla.
“¿Qué sos?” – me preguntó, dándome la sensación de que hablaba entre dientes, como cargada de odio.
Dudé.  No sabía realmente cuál de las tres sentencias era la que debía pronunciar.  Hablando con voz muy entrecortada, dije, por lo tanto, lo que me pareció más lógico:
“Una… zorrita, una p… putita… S… soy n… nada”
“¡Nada! – vociferó Evelyn zamarreándome por los cabellos un par de veces más y haciéndome gritar de nuevo -.  ¡Nadita!  ¡Asi es como te vamos a empezar a llamar!  ¡Nadita!  Jaja… Es un lindo apodo, ¿o no, Ro?”
“Je…, le va como anillo al dedo” – contestó su amiga, aún sin recuperar del todo la respiración.
“¿Y a vos te gusta?” – me preguntó Evelyn acercándome su boca al oído a tal punto que pude sentir sobre el lóbulo de mi oreja su aliento, el cual sólo olía a resentimiento, venganza y placer.
“Sí… s… señorita Evelyn – musité, como pude -.  M… me gusta mucho”
Me soltó los cabellos y mi cabeza cayó pesadamente hacia adelante hasta quedar colgando hacia el piso.  De pronto llegó a mis oídos la voz de Rocío; me pareció sentirla un poco más cerca que hasta un momento antes.
“¿Qué es esto, Evelyn?” – preguntó.
La pregunta fue tan inquietante que, como pude, levanté y giré mi cabeza un poco como para escudriñar por sobre las rodillas de Evelyn y el escritorio.  Un acceso de espanto me recorrió la columna vertebral cuando comprobé que lo que Rocío tenía en mano era… el consolador.
                                                                                                                                                                                       CONTINUARÁ
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