Cuando Daniel estacionó el auto junto a la acera fue inevitable que tanto él como yo claváramos y dejáramos detenida la vista durante algún instante en la fachada del edificio.  No había, por cierto, nada que delatase que allí funcionaba una fábrica: ningún cartel ni ícono de identificación; ni siquiera ventanales que dieran hacia el exterior, los que había, en realidad, se hallaban elevados a unos dos metros y medio por encima de la acera y seguramente tenían más como objetivo dejar entrar la luz que otra cosa.
Luego ambos nos miramos y suspiramos.  No era que el lugar luciese lúgubre ni recordase a una prisión como suele ocurrir con algunos establecimientos fabriles; simplemente daba imagen de nada…, es decir que no había modo alguno de inferir cómo luciría aquel lugar por dentro.  Pero tuviera el aspecto que tuviese, ese ciego muro de ladrillo a la vista tenía tras de sí el sitio en el cual yo, carpetita en mano, me jugaba las cartas para una nueva posibilidad de conseguir trabajo.  Las cosas se habían puesto difíciles, por cierto: la fábrica en la cual hasta hacía algunos meses yo me había desempeñado como administrativa, había entrado en una dura caída llevando a sus dueños a drásticas reducciones de gastos, lo cual, por supuesto, había hecho estragos en el personal.  De pronto nadie tenía allí la garantía de tener su silla asegurada y siendo yo relativamente nueva en la firma, mi nombre apareció rápidamente en las listas del lastre a desechar para que el barco no acabara por hundirse del todo: era lógico, puesto que despedir a los de más antigüedad implicaba para los propietarios pagar indemnizaciones más altas… Y fue entonces cuando me cayó la “propuesta indecente”: impune y desvergonzadamente, mi ex jefe me “invitó” a tener sexo con él y si bien nunca se me dijo abiertamente que de mi aceptación dependiese mi continuidad en el trabajo, quedaba tácitamente más que claro que ése era el precio que yo debía aceptar pagar si pretendía no estar en la lista de los prescindibles que recibirían el telegrama en los próximos días.  Fue, para mi dignidad, un insulto que no fui capaz de tolerar; se lo comenté a Daniel y enrojeció de furia, tanto que prácticamente me impuso que renunciara al trabajo sin siquiera esperar el despido.  Hacer tal cosa, por supuesto, me dejaba sin derecho alguno a indemnización pero en ese momento estábamos dispuestos a pagar tan alto costo con tal de mantener  intacta m integridad moral.
Así que quedé en la calle por “voluntad propia”; ni yo ni Daniel aceptábamos la posibilidad de volver siquiera un día a trabajar en ese lugar y hasta pensamos en elevar una denuncia penal contra mi ex jefe por abuso de poder y acoso sexual; un abogado amigo, sin embargo, nos terminó disuadiendo de ello por dos motivos: en primer lugar no teníamos prueba alguna y sería mi palabra contra la de él; en segundo lugar, y dada la falta de oportunidades laborales que reinaba en ese momento, iniciar un juicio contra mi anterior jefe podría funcionar como un obstáculo para que en otro lado me dieran trabajo.  Nadie querría a una empleada con prontuario de inconformista y conflictiva, sin importar en lo más mínimo el motivo de tal conducta o si ésta era justificada o no.  Y el costo a pagar fue realmente alto: cinco meses sin trabajo y llena de deudas, al punto de que tuvimos que suspender incluso la boda que teníamos programada hasta tanto yo tuviera trabajo y nuestra situación económica mejorase.
Daniel me tomó la mano y nos besamos; me apoyó un dedo sobre la rodilla.
“Vestida así, la chance de conseguir trabajo es bastante alta” – dijo, guiñándome el ojo.
Lo decía, desde ya, en parte en broma y en parte no.  No le gustaba en lo más mínimo que yo me presentara a una entrevista laboral con una falda tan corta y sandalias de taco pero estaba, por otra parte, implícito que yo tenía que causar la mejor impresión posible.  Y esa impresión no dependía sólo de los antecedentes laborales que figuraban en los folios de mi carpetita… Así que, aunque no le gustara, el pobre Daniel tenía que aceptarlo y poner la mejor cara posible aun cuando se le hiciera difícil; y a mí tampoco, en realidad, me daba demasiada gracia presentarme de esa forma porque me sentía de algún modo como una “mujer en oferta” aun cuando bien sabía que no era así y que se trataba de una cuestión meramente estética.
Los meses transcurridos después de la renuncia a mi anterior trabajo se me habían hecho realmente duros.  Tanto Daniel como yo habíamos creído, ingenuamente, que una nueva oportunidad surgiría rápidamente pero no fue así.  Fueron entrevistas, entrevistas y entrevistas… Currículum, currículum y currículum… Y nada, mientras los gastos y las deudas subían y ya no encontraba forma de sostenerme ni aun a pesar de la generosa ayuda de Daniel a quien, por cierto, el dinero no le sobraba y, de hecho, le habían quitado horas de trabajo en su firma también como parte de una política empresarial de reducción de gastos.
“Mucha suerte” – me dijo Daniel con un gesto cargado de ternura en el cual, además, se evidenciaba que haría fuerza por mí mientras aguardaba en el auto a que yo saliera de la entrevista.
Yo sólo sonreí; me acomodé un poco la falda para no mostrar tanto al descender del auto (si bien no había nadie cerca) y así, una vez que lo hube hecho, me encaminé hacia la puerta metálica y accioné el portero eléctrico.  Una voz femenina me respondió…
 “Buenas tardes, soy Soledad Moreitz, vengo por la entrevista laboral con el señor Di Leo…” – me anuncié.
 No llegué a oír si hubo o no respuesta porque el chillón sonido de la apertura de puerta lo tapó todo.  Empujé la misma y, antes de entrar en el edificio, eché una última mirada a Daniel quien, desde el auto me enseñaba un puño cerrado en señal de fuerza para luego mostrarme el dedo pulgar en alto… Sonreí, le soplé un beso y entré…
Una mujer de lentes que tendría unos cuarenta y cinco años se me presentó como la secretaria de Di Leo y pude reconocer en su tono de voz el mismo de quien me había atendido por el portero eléctrico; ella me guió hacia la oficina del jefe luego de decirme, con una sonrisa parca pero cortés, que él me estaba esperando.  Mientras seguía su taconeo, pasé ante los escritorios sobre los cuales hacían sus menesteres las empleadas administrativas que tal vez, si tenía yo éxito en mi entrevista de trabajo, podrían llegar a ser pronto mis compañeras.  Fue inevitable, por cierto, que todas clavaran los ojos en mí con un deje de recelo y hasta era entendible pues aun cuando tuvieran la mejor predisposición hacia mí yo era una gallina nueva en el gallinero y, para colmo, con veintiséis años de edad y atractiva.  Y aun cuando no había certeza de que yo quedara efectiva en el puesto, mi presencia allí introducía un elemento espinoso en un mundo femenino en el cual la competencia es moneda corriente.  Al fondo, alcancé a distinguir a Floriana quien, además de ser mi amiga, era la responsable de hacerme de contacto para tener aquella entrevista, ya que me llamó apenas supo que la firma había decidido prescindir de los servicios de una de las chicas por ciertas desprolijidades y negligencias en su trabajo.  Apenas me vio, el rostro de Floriana se iluminó y, despegando por un momento la vista del monitor que tenía enfrente, una amplia sonrisa le invadió y me saludó agitando la mano.  Conociéndola lo suficientemente y siendo yo capaz de interpretar cada gesto de ella, pude notar claramente que me estaba deseando suerte pero  que, además, lucía tremendamente optimista con respecto a mi entrevista.  Viéndola además entre el resto de las muchachas saltaba a la vista que era, por lejos, la menos atractiva y no era extraño entonces que las demás se llevaran bien con ella considerando que estaba lejos de ser una competencia; yo, en cambio, sí lo era… y aquellos rostros y miradas me lo hacían saber claramente.
Llegué hasta la oficina del jefe o, al menos, de uno de ellos, ya que eran dos los socios propietarios aun cuando la fábrica estuviese formalmente dividida entre dos firmas, siendo cada una de ellas manejada por una persona diferente: es decir, en la letra de la ley no había sociedad formal sino dos medianas empresas que compartían un mismo espacio físico.  Una era una fábrica de herrajes y, como tal, se encargaba de todo lo referente a la producción de portones, cortinas, persianas metálicas, cerraduras, etc.  La otra, que era en la cual yo estaba a punto de probar suerte, se encargaba de la parte de mecanización de portones y cortinas con lo cual, de algún modo, ambas firmas trabajaban de manera casi complementaria e incluso, según me había dicho Floriana, los empleados compartían prácticamente los mismos ámbitos de trabajo llegando a olvidar quién era empleado de quién y lo mismo ocurría tanto con el personal administrativo como con los operarios de planta.
La secretaria que me acompañó era una mujer morocha y, a decir verdad, no demasiado atractiva, con lo cual había que dar por sentado que tenía que ser muy eficiente en su trabajo o no estaría allí.  Sus modales parecían ser rígidos pero correctos y en ningún momento la parquedad se convertía en falta de amabilidad.  Una vez que hubo llegado hasta la puerta de la oficina la abrió sin llamar, con lo cual di por descontado que había una gran confianza con el jefe o bien que ya él estaba al tanto de mi llegada y me esperaba; después de todo eso era lo que la mujer me había dicho.
Un hombre rechoncho, regordete y con avanzada calvicie se hallaba al otro lado del un escritorio con la vista clavada en un monitor.  Rondaría los sesenta años. 
“La señorita de la entrevista, Hugo… – anunció la secretaria con formalidad pero a la vez llamándolo por el nombre de pila, lo cual de algún modo terminó de confirmar mi idea sobre el alto grado de confianza entre secretaria y jefe -.  Soledad…” – la mujer hizo una pausa y giró la vista hacia mí frunciendo el ceño en gesto interrogativo.
“Moreitz…” – le respondí.
“Moreitz…” – completó sonriendo la secretaria mientras blandía en alto un dedo índice y remarcaba bien la z final de mi apellido.
El hombre desvió la vista del monitor y posó sus ojos en mí.  Lo noté impactado y tuve la sensación de que para bien, lo cual debo confesar que me alegró: una buena impresión inicial, aunque más no fuera desde lo estético, era la primera forma de abrirme la puerta hacia un nuevo empleo; lo sentí así, como si hubiera traspuesto otra puerta más en mi acceso a aquella fábrica.  Lo que más me llamó la atención fue que el hombre se calzó los lentes para mirarme cuando la realidad era que, hasta el momento, miraba a la pantalla del monitor sin necesidad  de ellos.  O tenía problemas para ver lo que estaba más lejos o había decidido que yo merecía un estudio más minucioso y exhaustivo que lo que fuese que estuviera viendo antes.  Me miro de arriba abajo con detenimiento y tardó un rato en hablar, lo cual me puso algo nerviosa aun cuando, como dije, me entusiasmaba el hecho de haberle causado una buena impresión.
“Buenas tardes, Soledad, gusto en conocerla ¿cómo le va?” – me saludó finalmente.
“Buenas tardes, señor De Lío.  Muy bien. Gusto en conocerlo…” – respondí yo con una sonrisa e incluso con una ligera flexión de rodillas que me salió maquinalmente.
“Tome asiento por favor” – me invitó él extendiendo la palma abierta de su mano hacia la silla giratoria que se hallaba al otro lado de su escritorio.
 Con timidez pero a la vez con resolución me ubiqué en donde me indicaba.  Al hacerlo me tomé el pliegue de la falda para evitar que se subiera demasiado aunque, casi de inmediato, me di cuenta de que ese gesto no tenía ningún sentido en ese momento y lugar en el cual lo único que quería yo era conseguir el trabajo.  De hecho debería haber optado por la estrategia contraria y, en efecto, el hombre mantuvo la mirada clavada en mis piernas durante los segundos que me demandó sentarme e incluso lo siguió haciendo después.  El escritorio no era de madera, fórmica ni nada parecido sino que se trataba simplemente de una plancha de cristal con lo cual él podía ver mis piernas perfectamente desde su posición.  Supuse en ese momento que ésa debía ser exactamente la idea…
“Estela – dijo él dirigiéndose hacia su secretaria -.  Dejame solo con la señorita, por favor… Si alguien me busca que espere…”
Noté algo extrañamente perverso en sus palabras o, más aún, en el tono con que las dijo.  Las sensaciones se me encontraban y la excitación ante la posibilidad de conseguir empleo chocaba contra el recuerdo de lo ocurrido en mi anterior trabajo, en el cual mi ex jefe me había acosado sexualmente en forma de chantaje para retener mi puesto.  Una batalla interna se libraba, por lo tanto, dentro de mí.  La jovencita atractiva y desocupada estaba en lucha contra la mujer recatada que pensaba casarse dentro de poco y que, de hecho, había debido aplazar la fecha por los problemas económicos derivados de la pérdida de mi anterior empleo.  Por un momento pareció que la segunda lograra imponerse en la contienda ya que, como un gesto maquinal de autodefensa, apoyé la carpeta con mis datos sobre mi regazo de tal forma de cubrirme un poco de aquellos ojos que seguían clavados en mis piernas.
“No te hagas problema, Hugo… – respondió la secretaria y me pareció notar un deje de complicidad en su tono… o quizás era mi paranoica imaginación -.  Hablá tranquilo con la señorita…”
 Al escuchar el sonido del picaporte supe que me había quedado a solas en esa oficina con ese hombre que distaba de ser atractivo y que, ahora que estaba solo, se me antojaba aun más libidinoso de lo que ya me había parecido antes.  El saberse en privado conmigo pareció haberle borrado de su expresión facial unos cuantos vestigios de recato.  Pero, claro, yo venía de una experiencia algo traumática y, una vez más, pensé que estaba todo en mi cabeza… Por lo pronto, él seguía mirando hacia mis piernas; en un momento extendió su mano en dirección a mis rodillas y temí por lo que fuera a decir a continuación…
 “Bien, a ver… ¿Me permite ver esa carpeta, Soledad?”
Me sonreí y me relajé, experimentando un cierto alivio por dentro.  Claro, mi carpeta, qué tonta: la tenía apoyada sobre el regazo después de todo y seguramente lo que él esperaba era que yo se la alcanzase de una vez por todas ya que se suponía que a eso era a lo que había ido.
“S… sí, por supuesto” – no pude evitar tartamudear un poco.
 Pero cuando la carpetita se despegó de mis rodillas y estiré el brazo para hacérsela llegar, noté que la vista de él seguía posada en mis piernas y tuve que caer en la conclusión de que estaba más interesado en privarme de la carpeta que en ver su contenido: era un obstáculo para su vista.  Una vez más sentí un estremecimiento pero tomé coraje y redoblé la apuesta.  Si ése era el juego al que él quería jugar, pues entonces, ¿por qué no podía yo hacer valer mis cartas de seducción y así dejar de ser una desocupada?  Justo en el momento en que pareció que desviaría la atención de mí para dedicarla a la carpeta  que le acababa de alcanzar, me crucé de piernas; el resultado fue el esperado: volvió a alzar rápidamente la vista luego de haberla bajado fugazmente y pareció aun más turbado que antes o, al menos, ésa fue la sensación que me dio.  Sin desviar los ojos de mí, abrió la carpeta para luego, seguramente a su pesar, bajar la vista y dedicarse a escudriñar las foliadas hojas; por lo que percibí, debió hacer un verdadero esfuerzo para dejar de mirarme, ante lo cual yo paladeé y festejé por dentro ese pequeño triunfo.  Se seguían abriendo puertas…
“¿Se desempeñó en Cavalier?… – preguntó alzando las cejas; su rostro fue girando de la sorpresa a la tristeza -.  Una pena lo que pasó con esa empresa; quebró finalmente…”
“No… no estaba al tanto – dije -; sí sabía que estaban muy mal…”
“Presentó quiebra la semana pasada… – me intererumpió -. ¿Renunció o la despidieron?”
“R… renuncié…” – respondí tartamudeando pero a la vez tratando de sonar digna y segura; él me miró.
“No tenga miedo de decir nada; no va a tener incidencia sobre sus chances para el empleo…”
 Lo miré, algo confundida y turbada.  ¿Era posible que la información circulara entre los empleadores a tal punto?  ¿Estaba ya al tanto de lo ocurrido con el desagradable episodio de acoso sexual?  Permanecí mirándole sin saber qué decir…
“Lo que le quiero decir es:… – continuó Di Leo – si fue despedida no debe sentirlo como una vergüenza a ocultar; es común que las empresas se desprendan de personal cuando no les va bien…”
Relajé los hombros con alivio.  Qué tonta: claro, a eso se refería: tenía que controlar mi paranoia.
 “S… sí, señor Di Leo… Entiendo, pero de todos modos renuncié…”
 Rogué que no preguntara el motivo; por fortuna no lo hizo.
 “Bien… – asintió mientras volvía a bajar la vista hacia los folios -.  En todo caso terminó siendo una decisión acertada considerando lo que pasó después con la empresa… ¿Es usted casada?”
 Soltó la pregunta a bocajarro y sin anestesia; tan brusco giro en la entrevista me tomó desprevenida.  Una vez más me volvió a asaltar la inquietud.  Pero en cuanto lo pensé mejor, me di cuenta de que la pregunta no era tan ilógica ni fuera de protocolo: los empleadores necesitan  los datos  sobre la situación conyugal o familiar de sus empleados ya que la misma guarda directa relación con prestaciones, aportes, etc. 
“N… no, señor Di Leo… Soltera”
 Abrió grandes los ojos en un gesto que no sé hasta qué punto fue real o actuado: después de todo, mi información conyugal estaba bien especificada en la primera foja de mi carpeta.
“¿Soltera?  – preguntó -.   Ésa sí que es una sorpresa.  Es usted muy bonita…”
 Se me quedó mirando fijamente y, ahora sí, mi paranoia dejaba de ser tal para pasar a ser realidad.  Tragué saliva y di un respingo.  Tenía, no obstante, que mantenerme amable si quería el empleo.  Así que opté por la cortesía:
“G… gracias, señor Di Leo”
 Tuve la esperanza de que mi respuesta fuera suficiente para que él desviase el tema y volviera a mi carpeta pero no fue así; su vista continuaba clavada en mí y, cada vez más, se me antojaba como la mirada de un león hambriento..
“Tiene hermosos ojos marrones – dijo, haciéndome sonrojar -.  Y ese cabello castaño lacio es realmente…”
 “Es planchado, señor…” – dije lo más resueltamente que pude como para dar por terminado el tema.
 “Ah… Le queda hermoso así – insistió -.  ¿Entonces es ondulado…?”
 Yo temblaba por los nervios; con vergüenza bajé la vista hacia mis rodillas.
“No mucho… – dije, con un hilillo de voz apenas audible -, pero sí… tengo algunos bucles naturales…”
Se produjo un nuevo momento de silencio y yo seguía sin atreverme a levantar la vista pues bien sabía que sus ojos se mantenían sobre mí.  Recién cuando oí el sonido de los folios siendo pasados uno tras otro me atreví a alzar los ojos.  Él, sin embargo, y sin dejar de ojear la carpeta, no abandonó la temática sino que volvió a la carga:
“Supongo que tiene novio al menos…” – aventuró, tratando de imprimir a sus palabras un tono casual.  En cierta forma, me hizo sentir alivio: su pregunta me servía…
“Sí, está afuera esperándome – respondí con voz firme -.  Nos vamos a casar pronto…”
 Golpe certero, pensé: en una sola respuesta le acababa de dar noticias bien disuasorias.  Sin embargo, no lo noté turbado; por el contrario, levantó las cejas y su rostro adoptó una expresión de alegría.  ¿Fingida?  No había forma de saberlo y aún no lo conocía tanto como para determinarlo.
“¡Ah qué bien! – exclamó -.  Se entiende entonces que necesite el empleo con tanta urgencia: hoy en día iniciar una vida en pareja es muy pero muy costoso…”
Parecía siempre tener un as guardado en la manga.  Otra vez ponía las fichas de su lado.  ¿Me estaba extorsionando con ese diagnóstico?
“Sí…, así es…” – dije sonriendo, aunque con un deje de tristeza.
“Veintisés años… – dijo él volviendo a mirar mi carpeta -.  Muy joven… ¿Hijos?”
“No, señor, no tengo…”
 No me gustó tener que dar ese tipo de información porque me jugaba en contra.  Una mujer joven, como yo, y sin hijos, conllevaba un latente peligro de embarazo en el corto o mediano plazo, más aún cuando acababa de confirmarle mis planes matrimoniales.  Intenté descubrir en su rostro el impacto de mi respuesta pero la verdad fue que no pude ver nada: su rostro seguía imperturbable y parecía haber tomado el dato como  algo sin importancia.  De hecho su siguiente comentario me terminó de confirmar que la cuestión le había resbalado absolutamente… Y cómo…
“Póngase un momento de pie, señorita Moreitz”
 Fue una estocada de lo más inesperada; de hecho la sentí así, como si algo se me hubiera clavado en el pecho y me empujase hacia atrás.  Él me miraba fijamente y yo estaba invadida por la confusión.
 “¿P… perdón?”
 “Póngase de pie, por favor – insistió – : quiero verla un poco.  La presencia de nuestras empleadas es algo no menor para la empresa…”
 Todo me daba vueltas.  Me sentía absolutamente superada por la situación.  Era como revivir el pasado, pero peor…  Mi ex jefe, al menos, había aguardado un año y medio para su primer embate, pero este tipo parecía mucho más resuelto a conseguir lo que quería y lo hacía notorio incluso antes de tomarme como empleada y sin que se supiera siquiera si yo quedaría en el puesto.  Jugaba conmigo como el gato con el ratón; eso estaba claro: él sabía que tenía a su favor el poder de decisión y yo sabía que tenía en mi contra la aflictiva situación económica en que había caído tras perder mi anterior trabajo.
Me puse en pie despaciosamente y tomándome la falda por los pliegues de tal modo de evitar que se levantara en demasía.   Él me estaba sometiendo a un escrutinio atroz a tal punto que sentí como si sus ojos fueran agujas entrando en mi cuerpo; yo, cada vez más sobrepasada por tan peculiar entrevista, bajé la vista al piso.
“Hermosa figura… – dictaminó como si estuviera emitiendo un veredicto -, muy armoniosa…  Lindas piernas…”
Las rodillas comenzaron a temblarme.  Ignoro si él lo notó; de ser así, se estaría seguramente divirtiendo a mi costa… O bien ése era su modo habitual y natural de comportarse con cada muchacha que se presentara en allí en busca de empleo.  Un tenso silencio se apoderó del lugar mientras él me escrutaba de arriba abajo con el mayor detenimiento; transpirando, alcé ligeramente las cejas cuando me pareció que el silencio no iba a tener fin.  Me topé con la vista de él quien, obviamente, me seguía observando.   Apuntando un dedo índice hacia el suelo, trazó con él un círculo en el aire.
 “Gírese…” – me dijo.
 Mi incredulidad iba en aumento a cada instante.  ¿Tenía que ver también cómo lucía por detrás?  Urgía conseguir el trabajo y, por lo tanto, decidí acatar lo que me pedía (¿o exigía?); sin dejar de temblar me fui dando la vuelta hasta quedar de espaldas a él.  Otra vez silencio…
 “Inclínese un poco, Soledad…” – me dijo de pronto.
Aun cuando el pedido había sido suficientemente claro, giré mi cabeza por sobre mi hombro para mirarlo interrogativamente.  No pareció perturbarse por ello en absoluto; más bien se sintió en necesidad de especificar.
“Inclínese… – me repitió –, hacia adelante, por favor…”
Volví a mirar hacia adelante o, más precisamente, hacia el piso.  Ya para esa altura la entrevista excedía cualquier expectativa previa y, por cierteo, era harto humillante.  Necesitaba el trabajo, me dije una vez más, lo necesitaba… Quizás, pensé, sería mejor hacer simplemente lo que él me pedía y, una vez aceptada, ya no me molestaría.  Ingenua de mí: es bastante obvio que quien avanza con tal impunidad y descaro en una entrevista laboral no va a sentir demasiados límites a la hora en que una empleada haya pasado a formar parte estable del personal de su establecimiento.  Yo creía, sin embargo, o quería creer, que toda aquella degradación a que me estaba sometiendo era parte de una metodología extorsiva en la medida en que yo necesitaba el trabajo… y que ya no le sería tan útil en el hipotético caso de que yo quedase efectiva.
Me incliné hacia adelante, tal como él decía.  Mi espalda quedó a unos treinta grados  con respecto a la vertical y sostuve mi falda por los laterales a los efectos de que no se alzara más de la cuenta y mostrase lo que no debía mostrar.
“Inclínese más… – me ordenó, ignorando totalmente mis pudorosos intentos -.  Tóquese los tobillos…”
Fue como una nueva estocada.  Esta vez  entre los omóplatos.  Mi dignidad seguía por el piso: tenía que pensar en el trabajo, el trabajo, el trabajo; si en aquel momento me incorporaba y lo mandaba a la mierda todo se habría terminado y bien sabía que las oportunidades laborales estaban lejos de llover del cielo… mientras mis deudas aumentaban y yo no podía cubrir mis gastos.  Haciéndole caso, entonces, solté la falda y llevé mis manos a los tobillos, dejando así mi parte trasera libre de cualquier pudoroso obstáculo para su vista.  Cerré los ojos y me sentí morir.  En la posición en que me hallaba era absolutamente imposible pensar en que él no estaría viendo mi cola por debajo de la falda.  El mutismo en que Di Leo se mantenía sólo contribuía a aumentar mi nerviosismo.
“Bien… – dijo con tono aprobatorio -.  Muy bien, sí… Eso sí: la falda es un poco larga; ya vamos a hablar con Estela para solucionar eso…”
Yo cada vez daba menos crédito a mis oídos.  ¡Dios!  ¿Demasiado larga?  Me había puesto la más corta y atrevida que tenía.  ¿Qué pretendía? 
“Bien, Soledad… acérquese”
Tácitamente, me autorizaba a incorporarme y salir de mi degradante postura.  La orden, sin embargo, distaba de generarme alegría o alivio, ¿qué seguiría?  Incorporándome y acomodando un poco mi falda, giré y caminé hacia él; en un principio había interpretado que debía quedarme de pie frente al escritorio pero él, otra vez con su dedo índice, trazó en el aire un semicírculo en clara invitación a que pasara para su lado.  Mis pasos se volvieron cada vez menos seguros sobre los tacos en tanto que las rodillas me flaqueaban al punto de que temí caer. Una vez que pasé al otro lado del escritorio me ubiqué de pie junto a él, quien permanecía en su silla giratoria y no hacía más que seguirme mirando de arriba abajo con la misma exhaustividad que si tuviera ante sus ojos un balance mensual.
“Permiso…” – dijo, en lo que constituía para esa altura un formalismo absurdo.  Apoyando ambas manos sobre mí, me tomó por el talle y me hizo girar nuevamente.
El temblor aumentó en mí; ahora él me estaba tocando y, por lo tanto, debía advertirlo.  Sus siguientes palabras lo confirmaron:
“Tranquila… – dijo, sonriendo y, según me pareció, con un desagradable sonido a saliva entre sus labios -.  Quédese tranquila, Soledad, esto es rutina…”
 Acto seguido y como si no tuviera yo ya suficiente con tener sus manos sobre mí, pasó una de éstas por debajo de mi falda y me acarició las nalgas.  Yo tenía ganas de huir corriendo pero no lo hice; tenía ganas de girarme y mirarlo con odio, pero tampoco lo hice… Mi trabajo estaba en juego y mi dignidad se seguía cayendo hecha pedazos a cada instante en mi desesperación por conseguirlo.  Él me seguía acariciando por debajo de la falda y, cada tanto, tironeaba de la tanga que yo llevaba puesta para soltarla y hacerla entrar con fuerza en mi zanjita una y otra vez.  La sensación era que me estaba sometiendo a una prueba; él mismo había hablado de rutina… Claro, seguramente, estaba probando mi paciencia o tanteando hasta qué punto era capaz yo de dejarme humillar; estaba más que claro que aquél debía ser el procedimiento que repetía con todas las postulantes: quien no fuera capaz de soportarlo o bien mostrara resistencia a su probable futuro jefe, quedaba por supuesto descartada… Hice coraje y hablé; traté de hacerlo con tono firme aunque la voz me salió muy baja:
“Señor Di Leo…” – musité.
 “¿Soledad?”
“¿Puedo…, con todo respeto, preguntar a qué se debe esto o qué… tiene que ver con mi entrevista de trabajo…?
 “¿Quiere usted el trabajo?” – me repreguntó él en tono amable pero tajante.
“S… sí  – balbuceé, perdiendo la seguridad que había querido darle a mi tono segundos antes -, por supuesto que lo quiero, pero…”
 “Si quiere el trabajo – me interrumpió, siempre con la misma impostada amabilidad -, entonces tiene MUCHO que ver con su entrevista… Le diría que es esencial, je…”
 La respuesta no pudo ser más clara.  Tanto que dejaba como inútil cualquier argumentación.  No se podía contestar con argumentos a lo que no tenía: sus palabras dimanaban simpleza pura… y poder.
 “¿Es… así con todas las chicas?” – pregunté volviendo a tomar coraje.
“No… – rió -.  Sólo con las más bonitas, je…”
Claro, todo estaba bien claro.  Se quedaría con el puesto quien no ofreciera  resistencia al sentir una mano sobre su cola.  Es extraña la mente de una persona y más cuando está urgida económicamente, porque en ese momento juro que me pregunté si lo estaría haciendo bien.  ¡Dios!  ¡Qué locura! 
Una palmadita en las nalgas me anunció que el escrutinio de mi zona trasera había terminado.  Y yo no dejaba de preguntarme si habría aprobado.  ¿Cómo habrían reaccionado las otras chicas?  ¿Habrían echado a correr?  ¿Le habrían cruzado la cara de una bofetada?  ¿O simplemente se habrían ofrecido a él del modo más desvergonzado y degradante para poder conseguir el empleo?  Me tomó por el talle y me hizo girar nuevamente; él seguía sentado.
 “Sabe usted que en caso de quedarse con el puesto va a tener que contestar seguido el teléfono, ¿verdad?” – me preguntó.
 “Sí… Algo me adelantó Floriana”
 “Ah, claro… es tu amiga… cierto que lo es.  Bien… la cuestión es que va a tener que atender a potenciales clientes que pueden llegar a estar muy lejos: muchos del interior y algunos inclusive del exterior…”
 Asentí, pero lo miré sin entender demasiado…
 “Es importante, Soledad – continuó -, que mis administrativas pongan en juego sus armas de seducción cuando atienden el teléfono…”
  Mi gesto interrogativo se acentuó.
“¿P… perdón, señor Di Leo?”
“Claro, je, es simple… Un cliente que está llamando desde Tucumán o desde Mendoza no conoce la empresa y no te está viendo… Por lo tanto en ese momento hay que seducirlo con la voz y las palabras.  La idea, claro, es que compre…”
“Entiendo, señor Di Leo…” – dije, casi como un autómata; lo que acababa de decirme era que debía sonar sensual y sugerente en el teléfono porque mi voz pasaba a ser en ese caso la carta de presentación de la empresa.
“A ver, inténtelo” – me instó, a bocajarro.
Yo seguía de sorpresa en sorpresa; fruncí el rostro en un gesto de incomprensión.
“¿P… perdón, señor?”
“Quiero que me hable tal como le hablaría a un cliente al que hay que convencer de que nos encargue a nosotros la mecanización de las cortinas de su empresa”
La vacilación se apoderó de mí.  El pedido, una vez más, era insólito, pero además exigía un grado de desinhibición que yo era consciente de no tener.  Y, en todo caso, si era capaz de lograr el tono sugerente que él pretendía, lejos estaba de poder demostrarlo en ese lugar y en ese momento.
“S… señor Di Leo – tartamudeé -; no creo que ahora pueda hacerlo… Con un poco de ensayo tal vez…”
“Un carajo… – desdeñó él, mostrando por primera vez algo de aspereza en el tono -.  Eso es algo que a usted, señorita Moreitz, le debe salir espontáneamente… y de no ser así, pues bien, me temo que éste no es el trabajo para usted…”
Yo estaba a punto de llorar.  Creo que lo notó.
“Tranquila – continuó, recuperando la amabilidad -.  Inténtelo, vamos: con confianza y seguridad…”
“¿Q… qué puedo decir?  No lo sé…”
“Dígame que tengo una hermosa voz y que seguramente igual de hermosa debo tener la verga”
Yo ya no podía creer nada.  El labio inferior se me cayó y quedó colgando estúpidamente.  Lo miraba con absoluta incredulidad; lo más sorprendente del asunto era que él siempre lucía imperturbable e inmutable: acababa de decir palabras terriblemente procaces sin el más mínimo rubor sino más bien, por el contrario, con absoluta frialdad, casi del mismo modo que si se hubiera dirigido a un proveedor para confirmarle un pedido.  No había nada, ninguna emoción en su rostro de hielo.
Bajé la cabeza una vez más; se me escapó un sollozo.  ¿Se estaría divirtiendo a mi costa aquel pervertido haciéndome lo que me hacía?
“S… señor D… Di Leo, p… por favor…” – balbuceé.
“¿Quiere realmente el trabajo?” – contraatacó él.
Me tenía entre la espada y la pared; manteniendo mi cabeza gacha, comencé a hablar lenta y despaciosamente: me daba cuenta de que las palabras no me salían del todo claras.
“Q… qué hermosa voz tiene, s… señor… Tan hermosa c… como…”
“Míreme a los ojos” – me increpó.
Alcé la vista.
“N… no voy a mirar a los ojos a los clientes en el teléfono, señor… ¿Por qué debo…?”
“Míreme a los ojos” – insistió.
Las cosas estaban perfectamente claras.  Era inútil tratar de oponer argumentos lógicos a sus órdenes justamente porque eran SUS órdenes y punto.  Le miré; él seguía imperturbable aunque tuve la sensación de que una ligera sonrisa se le dibujaba en la comisura de los labios.
“Qué… hermosa voz t… tiene señor…, s… seguramente tan hermosa como d…debe tener s… su v…ver…ga…”
Recité mi parlamento torpemente, por momentos sollozando y mordiendo las palabras.  Sin embargo, él palmoteó el aire en señal de aprobación.
“¡Muy bien, Soledad, muy bien! – exclamaba airadamente y con un deje de burla -.  No está mal para ser una primera vez… Son cosas que puede ir perfeccionando con el tiempo…”
Era paradójica la situación.  Aquella aprobación de su parte me estaba dejando quizás con un pie dentro de la empresa y, sin embargo, yo no podía estar feliz; no ante la humillación de la que me estaba haciendo objeto aquel canalla.  Por otra parte, ¿qué iba a hacer yo una vez fuera de la oficina? ¿Le contaría todo a Daniel en el auto?  ¿Me atrevería?  Y en caso de hacerlo, ¿qué y cuánto le contaría?  ¿O sería acaso mejor callar por completo?  El pobre Daniel ya había sufrido un colapso nervioso al enterarse de lo ocurrido en mi anterior trabajo y logré en aquel momento a duras penas convencerlo de que no fuera a la fábrica a tomar por el cuello a mi ex jefe… Pero, ¿callar?  ¿Tenía yo que callar todo?
“Venga, Soledad… siéntese aquí” – me invitó Di Leo señalando hacia… su regazo.
Claro, cómo no lo había supuesto antes.  Si había que aprobar el examen para ser administrativa allí, tendría que sentarme sobre él: es casi la imagen estereotipada que uno tiene de la secretaria o la ejecutiva… Una vez más, me produjo una intriga casi morbosa saber cómo lo habrían hecho las anteriores.  Vacilé.  ¿Me quedaba o me iba?  Por dentro, me decía a mí misma que aquella sería la última concesión, pero lo cierto era que lo mismo había hecho ante cada uno de sus denigrantes pedidos: “esto es lo último – me decía a mí misma -.  No cederé en nada más…”  Pero en fin… el trabajo, el trabajo…, el maldito trabajo…
Flexioné mis rodillas como para sentarme sobre su pierna derecha; era lo más recatado que podía hacer en una situación tan degradante.  Pero al momento mismo de sentarme, él me tomó por la cintura y me ubicó directamente encima de su bulto…  Inútil intentar levantarme o moverme de allí; mantuvo sus manos sobre mi talle, capturándome.
“Toda administrativa que se precie, señorita Moreitz, tiene que saber que sólo se puede sentar en dos lugares… – explicó con tono entre paternal y pedagógico -.  En la silla de su escritorio y en el regazo del jefe…”
Me removí un poco tratando de zafarme pero lo único que conseguía con ello era franelear aún más mi trasero contra su bulto; noté que eso le divirtió y hasta le reconfortó, pero no liberó mi talle.  Cuando hube dejado de moverme y notó que yo había entendido que ése era mi lugar, se dedicó a acariciarme las piernas.  Todo me temblaba y no supe en dónde meterme cuando deslizó una de sus manos por entre mis muslos y entró por debajo de mi falda: fue apenas un roce; no la mantuvo demasiado tiempo allí pero alcanzó para hacerme sentir aún más avergonzada y ultrajada.  La degradante humillación a que me sometía parecía encontrar siempre un punto más bajo.  Deslizó luego una mano por sobre mi blusa recorriéndome la espalda hasta llegar a mi cuello para, una vez allí, dedicarse a acariciarlo con una ternura rayana en la peor perversión.
“Relájese, Soledad – me decía mientras sus dedos subían por debajo de mis cabellos y me masajeaban la nuca -; relájese: nada es tan grave ni está fuera de la rutina…”
La rutina.  Insistía en eso.  Para él se trataba de una entrevista más y, al parecer, algo a lo que debería empezar a acostumbrarme.  ¿Rutina para él o rutina para mí de allí en más?  Fuese como fuese, él quería que yo naturalizase lo que parecía a todas luces una locura demencial. 
Tomándome por las caderas, me hizo poner de pie.  Se me ocurrió pensar que era el fin del suplicio y tal vez de la entrevista.  Rogué, de hecho, para que así fuera.  Pero al momento de pararme y estando aún de espaldas a él, llegó a mis oídos el inconfundible sonido de la hebilla de un cinturón.  ¡Dios!  ¿Qué seguía ahora?
Fue tanto el pavor que me invadió que me giré casi como un autómata, tal vez con la esperanza de que mis sentidos me hubieran engañado, pero no… Aquel rechoncho y desagradable tipo seguía en su silla pero ahora tenía los pantalones bajos… y el calzoncillo también.  Me llevé las manos a la boca y di un paso hacia atrás.
“Lo sé… – dijo él, en tono de broma -.  Es la reacción de todas cuando lo ven por primera vez, jeje…”
Su miembro estaba allí, ni fláccido ni erecto por completo pero se lo notaba excitado tras haberme tenido sobre él.  Tragué saliva.  No podía creer nada de lo que estaba ocurriendo: aquello era una pesadilla; era vivir lo ocurrido en el anterior trabajo pero potenciado mil veces ya que jamás se había llegado abiertamente a una situación de ese tipo.  Renuncié por mucho menos…
“S… señor Di Leo… – musité -.  Esto que está pasando… es… m… muy extraño.  No sé si…”
“Puede irse cuando usted quiera – me dijo, encogiéndose de hombros y con toda naturalidad -.  Nada ni nadie la retiene, Soledad.  Usted está aquí por una entrevista de trabajo, no para hacer lo que no quiera hacer.  Si se siente incómoda y la situación no le gusta no hay ningún problema: ya mismo me comunico con Estela para que la acompañe – tomó el conmutador – y usted podrá volver con su novio que la espera afuera…”
Sus palabras, que pretendían ser tranquilizantes, eran, por el contrario, bien punzantes y encubrían algo no dicho: yo tenía la libertad de dar media vuelta y marcharme pero, por supuesto, debía olvidarme de que me llamaran para el puesto.  Pero, ¿no era mil veces preferible acaso?  ¿Podría quedarme allí y  convivir con un jefe tan puerco y desagradable?  De haberme hecho la misma pregunta unos meses antes, la respuesta hubiera sido sin lugar a dudas un “no”.  Pero es increíble cómo la necesidad puede incluso trastocar nuestros códigos éticos y nuestro sentido de la dignidad.  Yo estaba prácticamente en bancarrota y viviendo de limosna: la realidad era que yo necesitaba ese trabajo y él bien lo sabía.  Albergaba yo, además, la ingenua idea de que, en caso de quedar efectiva y estar mi situación laboral en blanco, ya no se repetirían aquel tipo de escenas o, cuando menos, bajarían la intensidad.  Floriana, de hecho, jamás me había comentado palabra alguna acerca de que tales cosas ocurriesen en la empresa.
“¿Aún lo está evaluando, señorita Moreitz? – inquirió con un deje de ironía -.  Bien, por lo pronto no ha dado aún media vuelta y creo que su silencio es positivo… Lo está considerando por lo que veo…”
El tono burlón me terminó, en ese momento, de crispar: estaba insultando por completo mi dignidad.
“No, señor Di Leo – dije, de modo tan resuelto que hasta yo me sorprendí – Creo que no es trabajo para mí.  Tendrá que buscar otra chica…”
Mi respuesta no pareció alterarlo en absoluto.  Por el contrario, se mantuvo sereno y una sonrisa se le dibujó en el rostro.
“Perfecto, señorita… Su decisión es totalmente respetable.  Ya mismo me comunico con Estela…”
Accionó una tecla y llevando el tubo a su oreja, habló con su secretaria.
“Estela…, la señorita Moreitz se retira.  ¿Puedo pedirte que la acompañes a la salida?”
En ese momento la urgencia volvió a hacer presa de mí.  Aquello era el final de una oportunidad laboral y, a juzgar por la denodada búsqueda de los últimos meses, estaba claro que no iba a conseguir otra muy fácilmente. Quizás podía decirle que sí y seguir buscando por otro lado; no me dirían, de todas formas, que me presentara a trabajar al otro día; faltaban, de hecho, unos veinte días para terminar el mes en curso y lo más posible era que, en caso de dar ellos una respuesta afirmativa a mi solicitud, comenzara yo a desempeñarme en mis funciones recién para el mes entrante.  Veinte días: era algo de tiempo como para pensar qué hacer o bien, milagro mediante, conseguir algo en otro lado.  Pero, a la vez… si decidía quedarme allí, ¿qué me aguardaba al instante siguiente dentro de esa oficina con ese degenerado que lucía sus genitales al aire?  (ni siquiera había tenido el decoro de levantarse los pantalones ante la perspectiva de que su secretaria estuviera allí de un momento a otro).  Y entonces, ¿qué debía yo hacer?  ¿Quedarme?  ¿Irme?
“¿Qué tengo que hacer en caso de quedarme?”
La pregunta brotó de mis labios con la misma resolución con que lo había hecho antes mi negativa, pero con más prisa.  Di Leo me miró:
“Aguarde un momento, Estela…”  – dijo y llevó su mano libre al tubo para taparlo -.  ¿Perdón, Soledad?”
Tragué saliva.  Me arrepentí de mi pregunta, pero ya había preguntado.  Cruzando mis manos a la espalda, me envaré lo más dignamente que pude o, al menos, haciendo gala de la poca dignidad que aún me quedaba.
“Supongamos que decido quedarme, ¿qué tengo que hacer?”
“Mamarme la verga, claro” – respondió con la misma naturalidad que si hubiera dicho “hacer un balance”…
Un escozor me corrió de la cabeza a los pies.  Hay que decir que la forma, absolutamente natural, en que él manifestaba las cosas que pensaba exigirme, vulneraba mis defensas.  Por definición, una jamás está preparada para lo que sorprende.  Lo que él esperaba de mí era, por cierto, repugnante y me daba arcada de sólo imaginarlo… y aun así no era la peor de las opciones: cuando menos no habría penetración.  Bajé la vista hacia su miembro…
“Está bien, señor Di Leo… – dije, con una resignación que terminaba por ser derrotismo -.  Me quedo…”
Alzó las cejas y sonrió nuevamente.
“¡Bien! – celebró -.  Veo que además de muy bonita es inteligente – quitó la mano del tubo -.  No, está bien, Estela, la señorita Moreitz se queda; no hace falta que venga por ahora”
Detecté ironía en las últimas palabras que le dijo a su secretaria e incluso parecía haber tanto en su voz como en su mirada un atisbo de complicidad.  Colgó el tubo y colocó ambas manos sobre su nuca en actitud de relajación.
“Muy bien, Soledad… Vamos a lo nuestro – anunció -.  Veamos qué tan buena es para el empleo…”
Yo seguía de pie mirando hacia su miembro y sin poder aún creer lo que acababa de aceptar.
“Arrodíllese…” – me ordenó, siempre conservando ese sesgo de cortesía (fingida o no) en el tono de su voz.
Definitivamente ya no había escapatoria ni tiempo para seguir dudando.  Lo mejor era hacer que todo pasara lo más rápido posible.  No veía la hora de estar en el auto con Daniel.  Di Leo pareció leerme el pensamiento.
“Dese prisa – me instó, sonriente y guiñando un ojo -.   No hagamos esperar mucho a su novio”
Planté una rodilla en la alfombra del piso, luego la otra.  Cerrando los ojos para aminorar el impacto del momento tomé su miembro entre mis dedos y me llevé el glande a la boca.  Para mi sorpresa él me tomó por los cabellos y empujó mi cabeza hacia atrás provocando que su verga saliera momentáneamente de mi boca; prácticamente me vi, de ese modo, obligada a abrir mis ojos y mirar a los suyos y sin embargo no hubo violencia en la acción: lo hizo muy suavemente y de modo casi paternal.
“Veo que nunca tuvo una pija en su boca, señorita Moreitz, ¿verdad?”
Su afirmación en forma de pregunta me descolocó.  Lo que decía era cierto pero, ¿cómo lo sabía?  ¿Tan mal lo estaría haciendo?  Confundida, negué con la cabeza.
“¿Nunca, nunca? – preguntó él, siempre sonriente -.  ¿Ni la de su novio siquiera?”
Otra vez negué.  Estaba tan superada por los acontecimientos que las palabras ni siquiera lograban salir de mi boca.
“¿Y él nunca se lo pidió?” – preguntó, con gesto de sorpresa.
“S… sí, alguna vez lo hizo – balbuceé -, pero… n… no… no accedí”
“¿Puedo preguntar por qué?”
El interrogatorio era un desquicio.  Jamás podría haber imaginado tener que responder a semejantes preguntas en una entrevista de trabajo.
“M… me da asco…” – respondí con la mayor integridad que pude.
Echó la cabeza ligeramente hacia atrás e hizo como si lanzara una carcajada silenciosa.
“¿Y la mía también le da asco?” – preguntó.
Las preguntas no sólo eran cada vez más incisivas sino que además explotaban al máximo mis temores.  ¿Qué debía responder?  Si decía que sí, ¿me dejaría en paz o, por el contrario, disfrutaría con sádico placer el hecho de obligarme a hacer algo que me producía repulsión? ¿Le caería mal mi respuesta?   ¿Podía sin más decirle que su verga me daba asco a quien tal vez en pocos días más pudiera ser mi jefe?  Volviendo a anteponer mi necesidad laboral por sobre cualquier consideración ética, mentí al responder.
“No, señor Di Leo… L… la suya n… no”
Sin dejar de sostenerme por los cabellos acercó su rostro al mío y su sonrisa se amplió aún más.  Me besó en la frente.
“Bien, señorita Moreitz – dijo luego -.  Si nunca ha mamado una verga entonces debe estar hambrienta, jeje… Créame que va a comer como para saciar su hambre.  Pero le voy a explicar algunas cosas: para que la verga esté bien erecta, hay que hacer un poco de juego previo.  Seguramente su inexperiencia en este campo le juega en contra pero vamos a subsanarlo.  En primer lugar juegue un poco con su lengua entre mis testículos…”
Repulsión.  Nuevamente ganas de vomitar.  Y, sin embargo, una vez más cedí… Temblando de la cabeza a los pies me las arreglé para conseguir, a pesar de todo, sacar mi lengua por entre mis labios.  Él me soltó el cabello y volvió a adoptar la posición relajada de instantes antes, con ambas manos sobre la nuca; miró al techo y cerró los ojos.  Levanté un poco su pene semi erecto y, con un asco indecible, me dediqué a pasar mi lengua por sus genitales.
“Así, así… – me decía él -.  Siga así, Soledad…”
Conteniendo mis náuseas como pude, continué dando lengüetadas en espera de alguna contraorden que, al menos de momento, no llegaba.
“No se detenga, Soledad… – continúe -.  Hay tiempo.  Su novio, que la debe querer mucho, la va a esperar…”
El comentario era, desde ya, terriblemente odioso.  Al hacer alusión a Daniel, no sólo me refregaba en mi mancillada dignidad lo que estaba haciendo sino que, además, y eso era lo peor, conseguía provocar en mí un cierto morbo que me producía inquietud y hasta rechazo por mí misma.  ¿También sabría eso aquel desgraciado?  ¿Sería la reacción más o menos semejante en todas las chicas?
“Hay una zona entre los genitales y el orificio anal que es fuertemente erógena – dijo de pronto, retomando su tono pedagógico -.  Me gusta mucho que me pasen la lengua por ahí…”
Claro: no era un orden directa pero al mismo tiempo no era una simple clase de educación sexual.  El comentario llevaba implícita la orden de lamerle precisamente en donde él decía.  Por si quedara alguna duda al respecto, echó la cintura hacia atrás y alzó ligeramente las caderas de tal modo de levantar un poco la zona antes mencionada.  Y todo estuvo más claro que nunca.  Para poder llegar hasta allí tuve que hundir mi nariz entre sus genitales a la vez que su pene, ya considerablemente erecto, se me clavaba en la frente humedeciéndola.  Cuando mi lengua se comenzó a deslizar más abajo de los genitales, noté aumentar la excitación del maldito cerdo y, por primera vez desde que aquella demencial situación se iniciara, emitió algunos jadeos.  Seguí lamiéndole allí durante un rato hasta que él mismo consideró que era suficiente:
“Ya está a punto… – dictaminó -.  Cómame la verga, Soledad… Sáquese el hambre…”
El juego previo había terminado.  Levanté un poco mi rostro deslizando una vez más mi lengua por sus genitales y así me quedé con su miembro frente a mi rostro.  Ya no hizo falta tomarlo entre mis dedos para llevármelo a la boca porque estaba tan erecto que se sostenía por sí solo… y había que decir que tenía un buen tamaño.  Superior, por cierto, al de Daniel… Volvieron a mí el deseo y la premura de terminar con todo aquello lo más rápido posible.  Así que, sin más vacilación, abrí la boca grande y me tragué su verga completa.  Una profunda arcada volvió a aquejarme pero hice un esfuerzo sobrehumano por no vomitar.  Yo no tenía ninguna experiencia en el campo del sexo oral pero no era difícil adivinar que el secreto estaba en hacerlo acabar lo más rápidamente posible: cuanto antes ello ocurriese, antes terminaría la pesadilla.
“Recorra la cabeza de mi verga con su lengua – me ordenó como si notara que me faltaba guía -; haga círculos alrededor de ella…”
No tuve más remedio que obedecerle.  En efecto, describí en torno a su glande los círculos con la lengua que me reclamaba y fue notable cómo su excitación siguió aumentando.
“Muy… bien – me felicitó ya con la voz entrecortada -.  Ahora mámela bien mamada…”
Aun con mi poca experiencia en el tema interpreté que a lo que se refería era a que engullera completo el tronco y así lo hice; él, a su vez, empujó con el miembro hacia el interior de mi boca y una nueva arcada se apoderó de mí al sentirlo tocándome la garganta.  Yo no daba más.  Cerré los ojos y busqué concentrarme en el principal objetivo que instantes antes me había propuesto: hacerlo acabar lo más pronto posible.  Me dediqué, por lo tanto, a succionar, rodeando con mis labios el pene cuan grueso era y llevando adelante y atrás mi cabeza una y otra vez, acelerando el ritmo en la medida en que notaba que la excitación de él iba en aumento.  Él también comenzó a moverse acompasadamente y literalmente me estaba penetrando por la boca: eso de que el sexo oral era el mal menor por no incluir penetración terminaba por ser sólo una verdad a medias, pero tampoco me importó en ese momento o busqué que no me importara.  Me concentré ciento por ciento en el objetivo: terminar con aquello.
Dos problemas nuevos se me presentaron, sin embargo, en la medida en que yo fui incrementando el ritmo de la mamada.  Por un lado, los jadeos de él se fueron haciendo cada vez más potentes hasta casi convertirse en gritos; supuse que los mismos debían estarse oyendo desde fuera de la oficina y no pude menos que sentir una gran vergüenza aunque, por otro lado, pensé, aquella clase de sonidos debían ser de seguro moneda corriente allí en la fábrica.  El otro problema tuvo que ver con el hecho de que se notaba en el ritmo de sus jadeos que estaba llegando al orgasmo y, por cierto, no me había dedicado a pensar qué ocurriría cuando llegase el momento; supuse y di por sentado que debería escupir… No había otra opción: el estómago se me contraía de asco ante la sola idea de tragarle el semen; ya bastante tenía con el asqueroso líquido preseminal que invadía mi boca con su sabor amargo.  Pero él no me dejó elegir… En el exacto momento en que supo que su orgasmo estaba llegando me apoyó pesadamente una mano sobre la nuca y no sólo no me permitió soltar el pene para no tragar el semen sino que además me empujó aun más contra él, de tal modo que engullí completa su verga hasta la base del tronco y pude sentir el tibio líquido invadiendo desagradablemente mi garganta… Otra vez arcadas: quería vomitar y a la vez sabía que si lo hacía prácticamente me asfixiaría considerando lo presionada que él me tenía contra su bajo vientre.  El semen, mientras tanto, seguía bajando, ultrajándome a cada centímetro que recorría; parecía como si el líquido estuviese lleno de vida propia y disfrutase de conquistar victoriosamente mi faringe y seguir su camino triunfal hacia el estómago.  Tuve que tragarlo por completo: no quedó otra opción…
“Muy bien… – me felicitó Di Leo al cabo de un rato y una vez que hubo recuperado la respiración -.  Lo ha hecho muy bien para ser una primeriza; ¡bastante mejor que otras que no lo son, le diría!”
El comentario, irónicamente elogioso, era terriblemente humillante.  Y sin embargo, lo mejor de todo (o lo peor según como se lo viese) era que prácticamente significaba un visto bueno para mi entrevista laboral.  Aflojó la presión sobre mi nuca y recién entonces pude soltar su chorreante miembro.  Aspiré aire con todas mis fuerzas ya que casi no había podido respirar mientras él me tenía presionada contra sí. 
“Comienza el primer día hábil del mes que viene… – me dijo, casi como confirmando mis pensamientos -.  Felicitaciones, el puesto es suyo”
Fue raro sentir alegría.  Tan raro que sentí culpa y hasta me odié por ello.  Estaba arrodillada en el piso con la boca y el estómago llenos de semen de un jefe asqueroso.  ¿Cómo podía sentir alegría por haber conseguido empleo de un modo tan degradante?  Sentimientos encontrados…
“Déjeme su carpeta – me dijo -, así Estela se encarga de tramitar su inscripción y aportes previsionales”
“G… gracias” – musité mientras me ponía lentamente de pie.  ¡Por Dios!  ¡Estaba agradeciendo!
“No dé las gracias – dijo negando con la cabeza y tomando el conmutador -.  Usted se merece el puesto… Ya mismo me comunico con Estela para que la acompañe”
Instantes después, acompañada por la secretaria, me encontré desandando el camino que, llena de temores y expectativas, había recorrido unos cuarenta minutos antes.  Pude adivinar más que ver los ojos de las empleadas administrativas clavados sobre mí.  Cabía suponer que fácilmente imaginaban lo que acababa de ocurrir en la oficina.  Digo que adivinaba sus miradas porque no me atrevía a levantar los ojos hacia ellas.  Y por otra parte… ¿cuál sería mi aspecto?  Me sentía sucia, desaliñada…y con el amargo gusto del semen aún en mi boca.  De pronto pensé en Daniel, esperando en el auto.  No podía permitir que me viese así o que percibiera aquel asqueroso gusto en cuanto me diera un beso.
“¿Puedo… pasar por el toilette?” – pregunté.
Estela asintió sonriendo.  Notaba también en ella ese brillo cómplice de quien sabía perfectamente qué era lo que dentro de la oficina de su jefe había ocurrido.  Después de todo, ¿cuántas chicas le llevaría por semana?  ¿O por día?
Cuando tuve la oportunidad de verme al espejo me vi no sólo como un mamarracho sino además indigna, asquerosamente indigna… Me arreglé un poco y enjuagué varias veces mi boca a los efectos de que no quedara vestigio alguno del semen de aquel cerdo.  Pero más allá de cuánto pudiera mejorar mi aspecto o mi olor, la imagen que tenía en el espejo se me antojaba la de una mujer diferente, la de alguien que acababa de echar sus principios por el sumidero… Y me odiaba, no puedo decir cuánto me odiaba.  En ese momento entró Floriana, casi corriendo.
 
“¿Y? – parecía fuera de sí por la ansiedad -.  ¿Qué pasó?”
La miré de un modo algo esquivo; mi amiga era otra de las personas que yo no quería que me vieran en el estado en que me hallaba.
“T… tengo el puesto…” – musité.
La boca y los ojos de Floriana se abrieron a más no poder.
“¡Jodeme! – aulló dando saltitos en el lugar -.  ¿Así de fácil?”
“S… sí, ya está; comienzo el mes que viene…”
“Pero… ¡Sole! – me tomó por los hombros zamarreándome sin poder contener su alegría -.  ¿Y lo decís así nomás?  Jaja, ¡sé más demostrativa por favor!”
Súbitamente me invadió la culpa porque Floriana era quien me había hecho el contacto para conseguir la entrevista y, finalmente, el trabajo.  Ensayé una sonrisa lo mejor que pude:
“S… sí, Flor… – dije -.  Y te lo debo a vos: muchas gracias…”
Cuando llegué hasta el auto simplemente me ubiqué en el asiento del acompañante y prácticamente no miré a Daniel más que por el rabillo del ojo; por lo poco que llegué a distinguir lo noté ansioso.  Y era obvio… Puso en marcha el motor para mi alivio; quería alejarme de allí cuanto antes.
“¿Y…?” – preguntó, claramente nervioso.  Lo miré; los ojos parecían salirse de las órbitas por la ansiedad.
“Me tomaron” – respondí.
No me di cuenta en ese momento de la frialdad con que di mi respuesta.  No cuadraba en absoluto con alguien que, después de varios meses, acababa de conseguir empleo.  Daniel fue puro júbilo:
“¿Te tomaron?  ¿Qué significa eso?  ¿Tenés trabajo?”
“Así es” – dije, buscando mostrar una sonrisa.
“¿Y así lo decís? – aullaba él de alegría -.  ¡Jaja!  ¡Tenés trabajo, pelotuda!  ¡Tenés trabajo!”
La situación era prácticamente idéntica a la que se produjera minutos antes en el toilette de la empresa.  Al igual que había ocurrido con Floriana, Daniel era una explosión de algarabía mientras que yo parecía por completo carente de emoción alguna… Por Dios, tenía que disimular o levantaría sospechas.  Y sin embargo me costaba horrores. Simplemente sonreí nuevamente y no dije nada; Daniel, por su parte, no paraba de aullar:
“¡Estuviste cuarenta minutos en esa fábrica y saliste con trabajo!  ¡Increíble!  Nena… ¿qué hiciste ahí adentro?”
Un helor me recorrió la columna vertebral y di un respingo.  Involuntariamente borré la sonrisa de mi rostro… ¿Era posible que…?
“Jaja… ¡Estoy jodiendo, pelotuda!  – carcajeó palpándome la rodilla -.  ¡Si te conoceré como para saber qué sos capaz de hacer y qué no!”
Yo seguía turbada.  Intenté volver a dibujar mi sonrisa pero no sé si lo conseguí.  Daniel, por suerte, ya para entonces tenía su vista puesta en el camino…
                                                                                                                                                       CONTINUARÁ

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