NUERA4
La esposa del narco y su hermana.  ¡Menudo par!
077Después de una noche impresionante llena de sexo y de lujuria al despertarme la realidad me golpeó de frente. Ni siquiera me había espabilado lo suficiente cuando de pronto, me vi sorprendido por la entrada de un escuadrón de policía en la finca donde estábamos.  El estruendo de un vehículo tirando el portón del garaje, nos sorprendió todavía desnudos y solo me dio tiempo a ponerme un pantalón antes de que entraran en la habitación a un nutrido grupo de agentes perfectamente pertrechados.  Tanía y Sofía ni siquiera pudieron ponerse nada encima y por eso los policías las pillaron en ropa interior.
SI en un primer momento, me quedé abrumado por las metralletas, los chalecos antibalas y los pasamontañas, en cuanto uno de los mandos de la unidad intentó esposarnos, salió el abogado que tenía dentro y presentándome como tal exigí una explicación.  El tipo en cuestión sacó un papel firmado de su mochila y dándomela dijo:
-Esta es la orden de registro.
Rápidamente le eché una ojeada. Estaba firmada por un juez autorizando el asalto y permitiendo el arresto de las personas que encontraran en su interior.
“Estamos jodidos”, pensé en un principio pero releyéndola ponía expresamente que dicha orden solo amparaba el arresto cuando se encontraran armas  en poder de los sujetos o fuera fragrante el delito y que de no ser así, lo único que podía hacer la policía era identificarlos y como mucho citarlos en comisaría.
-¿Tenéis vuestros documentos?- pregunté a las dos hermanas.
Afortunadamente tanto ellas como yo llevábamos nuestros papeles por lo que encarándome al policía le dije:
-Como podrá comprobar, ni las señoras ni yo llevamos armas y de acuerdo a este documento, no puede detenernos sin motivo, por lo que le ruego retire inmediatamente esas esposas y si quiere extiéndanos una citación.
Al oírme, no supo qué hacer y llamó a su jefe. Quitándoles las esposas, nos hizo esperar hasta que llegara el responsable.  Los cinco minutos que tardó en llegar el comisario Enríquez nos permitió terminarnos de vestir y por eso cuando apareció por la puerta, ya no éramos un trio asustados sino un abogado con sus dos clientas.
El sujeto  llegó francamente cabreado, se le notaba molesto y no tardé en enterarme el motivo de su enfado porque haciéndose el machito me gritó:
-¿Qué cojones hubo aquí anoche?
Sus palabras me hicieron comprender que los seguidores de la hermandad habían limpiado todo y que no habían dejado nada que nos incriminara. Más tranquilo, me encaré a él diciendo:
-¡Una puñetera fiesta!-y hurgado en su herida, le solté: -¿Qué esperaba una reunión de mafiosos?
Mi recochineo le terminó de enfadar y pegando su cara a la mía, me chilló:
-¿Y tú quién eres?
Con una sonrisa en los labios le contesté:
-Para empezar le exijo que me hable de usted- haciendo una pausa para que asimilara que no me iba a achantar ante sus berridos, le solté: – Soy Marcos Pavel, el abogado de la señora Paulovich y de su hermana.
Sudando de puro coraje,  creyó que podía aprovechar la teóricamente delicada situación en que nos habían pillado sus subalternos y soltando una carcajada, me soltó:
-Su abogado y por lo que me han contado, su amante. ¿No creo que a su jefe le agrade enterarse de que se anda tirando a su mujercita?
Ajeno a que desde la noche anterior, mi puesto en la Hermandad era superior al de Dimitri, pensaba que me iba amilanar pero desgraciadamente para él no fue así:
-¿Me está amenazando? Porque de ser así, pienso demandarle- respondí y dirigiéndome a las mujeres, les dije en voz alta: -Fijaos lo mal instruida que está la policía en España que no saben que  desde 1978 ya no es delito en este país  el adulterio.
Las risas de las rusas consiguieron sacar de sus casillas al  comisario que sin saber cómo responder a mi claro insulto, salió de la habitación con el rabo entre las piernas dejándonos custodiados por dos agentes de menor graduación.  
Para entonces, Tania ya se había recuperado del sofoco y usando el croata, me dijo:
-Bien hecho, has puesto en su lugar a ese imbécil.
No sé si me sorprendió más que supiera que mi abuelo me había enseñado ese idioma o que ella lo hablara con fluidez. Pero sabiendo que era imposible que los policías encargados de custodiarnos lo conocieran, le respondí:
-Como no deben haber encontrado nada, me imagino que tu gente se ha deshecho de cualquier evidencia.
-Así es, pero no fue mi gente sino la tuya- contestó para acto seguido decirme: -Todavía no te has enterado ¿Verdad?
-¿De qué?


101Con una inclinación de cabeza, me contestó:
-Ayer no solo te casaste por el rito cosaco con las dos, sino que fuiste entronizado como el jefe supremo de la hermandad. Nuestros hermanos nunca aceptaron bien que los dirigiera una mujer y tratando de socavar mi poder, me obligaron a que te enfrentaras a esa prueba. Lo que no sabían era que ibas a vencer y que con ello, automáticamente te convertiste en el guardián de nuestra herencia.
Tratando de asimilar sus palabras, pregunté en voz alta:
-¿Me estás diciendo que mi autoridad es indiscutible?
-Así es, cualquiera que quiera cuestionarla, tendría que primero enfrentarse con un oso y después retarte a un duelo.
El hecho que nadie en su sano juicio haría semejante insensatez, no me tranquilizó porque siempre cabría la traición. Al explicarle mis reparos, Sofía decidió intervenir diciendo:
-Somos rusos. Si alguien se atreviera a traicionarte, toda su familia quedaría marcada como traidora y cualquiera que se cruzara con ellos tendría la obligación de matarlos.
Buscando argumentos, dije:
-Recordad al zar Nicolás y a sus hijos. Los mataron sin juicio.
Soltando una carcajada me contestó:
-¿Has oído hablar alguna vez de los asesinos o de su familia? Verdad que no. La razón es que la Hermandad se ocupó de castigarlos, haciendo desaparecer no solo a los culpables sino a todos los emparentados con ellos hasta la tercera generación.
Ni siquiera quise hacer el cálculo de cuantos murieron porque de ser cierto que la familia real rusa fue asesinada por un grupo de más de veinte partisanos, si incluíamos a ellos, a sus padres, abuelos, tíos, hijos, sobrinos, primos etc.. ¡Debieron de ser  más de quinientas las víctimas!
Todavía estaba pensando en ello, cuando el comisario Enríquez volvió a aparecer  y extendiéndome una citación me dijo:
-Le espero mañana en la comisaría, “Señor abogado”.
Devolviéndole la cortesía, respondí:
-Allí estaré, “Señor comisario”.
Tras lo cual, cogí del brazo a mis dos mujeres y salimos con la cabeza bien alta rumbo al edificio donde se hallaban ubicadas tanto mi casa como las de ellas. El problema de que en cual viviríamos me lo dieron ya solucionado porque al entrar vi que sin pedirme permiso una cuadrilla de obreros estaba tirando las paredes que dividían nuestro dos pisos. Sé que debía haberme molestado que tomaran esa decisión sin consultarme pero mi mente tenía temas más importantes en que pensar que ocuparme de esa nimiedad.
El ruido de la obra hacía imposible estar allí por lo que buscando un sitio donde charlar, las invité a comer en el restaurante de una amiga. Necesitaba un sitio que nunca hubieran frecuentado las hermanas ni ningún miembro de la Hermandad para que fuera desconocido para la policía y estar seguro de que no habían puesto micros en él. Por eso me resultó conveniente ir ese pequeño local cerca de Barquillo.

Lo que no me esperaba fue el cabreo que se cogieron las rusas cuando mi amiga se acercó y me pegó un beso en los morros al verme entrar. Antes de que me diera cuenta, las hermanitas habían cogido un cuchillo cada una y poniéndoselo en el cuello, la amenazaron con matarla si volvía a tocar a su hombre. Como podréis suponer Ana se quedó acojonada por la violenta reacción de mis acompañantes y casi meándose encima les aseguró que no había sido su intención el molestarlas. Gracias a que en ese momento me interpuse entre ellas y rompiendo el hielo, dije:
-Ana te presento a Tania y a Sofía. Disculpa si te han asustado, es que son cosacas.
Mi conocida se rio creyendo que había sido objeto de una broma y dándoles la mano, se presentó. Las rusas con una sonrisa helada en sus labios, la saludaron con falsa cordialidad y si eso no fue suficiente para que le quedara que era territorio prohibido, Tanía le soltó:
-Marcos, mi marido, nos ha hablado muy bien de su restaurante.
La mirada de sorpresa de Ana fue genuina, no se esperaba cuando me vio entrar que llegara con una esposa pero se convirtió en confusión cuando la pelirroja me abrazó diciendo:
-¿Porque no le explicas a “Tu amiga” quiénes somos?
Sabiendo que no iba a ser la última vez que lo hiciera, informé a mi amiga que la noche anterior me había casado con las dos:
-Son mis mujeres               .
La dueña del local se nos quedó mirando y tras pensar en lo que le había dicho, soltó una carcajada.
-¡Y pensar que me lo había creído! ¡Eres incorregible!- tras lo cual nos trajo la carta, dejándonos solos para que eligiéramos que comer.
Nada más irse, les eché la bronca por el modo tan violento con el que se habían comportado. Tras soportar durante cinco minutos mi reprimenda, en la cual les prohibí volver a actuar así, supe que les había entrado por un oído y salido por el otro cuando Sofía se disculpó diciendo:
-Lo sentimos pero la culpa fue de esa zorra.
164Para terminar de recalcar el puñetero caso que me habían hecho, su hermana riéndose, soltó:
-Te aseguro que “tu Anita”, por si las moscas, nunca volverá a comportarse como una casquivana ante nosotras.
Dándolas por imposibles, llamé al camarero y cuando iba a pedir una copa de vino, se me adelantó y pidió una botella de vodka para cada una de las mesas que estaban ocupadas a esa hora en el restaurante.  Al preguntarle qué coño hacía, con un beso selló mis quejas. Cuando el empleado vino con las ocho botellas, se levantó de la silla y pidiendo silencio al resto de los comensales, les dijo:
-Disculpen,   Don Marko quiere celebrar con todos ustedes su reciente boda. Esperamos que tengan a bien brindar con nosotros por ella- no me pasó desapercibido que usó mi nombre croata y no el españolizado pero debido a que todo el mundo nos miraba, no dije nada.
Una vez el camarero había repartido el vodka, sirvió tres copas y dando una a su hermana y otra a mí, cogió la suya y diciendo: ”Na zdorovje“, se la bebió de un golpe. Siguiéndole la corriente, me levanté y brindé diciendo:
-A su salud.
La gente si entendió ese brindis e imitándonos, vació sus copas dando inicio a una algarabía donde la mayoría de los comensales se atrevió con el vodka, de manera que en pocos minutos el hasta entonces tranquilo restaurante se había transformado en una fiesta donde la bebida corría a mansalva.
Con las dos rusas tonteando con todo el mundo, la alegría se contagió a todos y lo que iba a ser una comida íntima donde podríamos hablar se hizo a todas luces imposible.  Cuando llevaba al menos cinco copas, me levanté al servicio. Acababa de entrar al servicio cuando de improviso Tania me dio un empujón cerrando el mismo con el cerrojo.
-¿Qué haces? Pregunté muerto de risa.
La rusa mirándome con ojos inyectados en lujuria, contestó:
-Vengo a poseer a mi hombre- y sin esperar mi respuesta empezó a frotar su sexo contra mi entrepierna, incrustando mi miembro entre los pliegues de su vulva.
La forma tan erótica con la que se ofreció hizo que mi pene saliera de su letargo de inmediato. La rusa sonrió al sentir mi dureza y profundizando la tentación, su pelvis adquirió una velocidad pasmosa mientras me rogaba al oído que la hiciera mía. Aunque suene una fantasmada, la mujer no tardó en gemir de pasión y ya contagiado de su calentura, no pude más que darle la vuelta y subirle la falda, dejando al aire un tanga más que húmedo. 
Cuando ya iba a bajarle las bragas y tomar posesión de su feudo, dejándose caer, se arrodilló frente a mí y poniendo cara de zorrón, llevó su mano a mi pantalón:
-Llevo bruta desde que vi como parabas los pies a ese poli- me dijo mientras me lo desabrochaba.
Una vez acabo con los botones, me lo bajó hasta los pies y se quedó mirando mi pene inhiesto con cara de puta:
-Te voy a dejar seco- soltó y olvidando cualquier otro prolegómeno, sacó su lengua y se puso a recorrer con ella los bordes de mi glande.
Dejándome llevarme acomodé  en el wáter y separando mis rodillas, la dejé hacer. Tanía al advertir que no ponía ninguna pega a sus maniobras, me miró sonriendo y besando mi pene, me empezó a masturbar. Reconozco que prefería que lo hiciera con la boca pero cuando usó sus manos en vez de sus labios, no dije nada al sentir como incrementaba la velocidad de su paja. En ese instante llevó la mano que le sobraba entre sus piernas y cogiendo su clítoris entre sus dedos, lo empezó a magrear con pasión.
Todavía no comprendo porque no me la follé en ese instante pero lo que si reconozco es que  creí enloquecer al observar cuando alcanzó su clímax sin necesidad de que yo interviniera. Al terminar de sentir su placer, se concentró en el mío, acelerando aún más la velocidad de sus dedos.
Fue entonces cuando me gritó:
-¡Dame tu leche!
Comprendí que esa rusa quería que le anticipara mi eyaculación. Aceptando pero sobre todo deseando llegar a la meta, le prometí hacerlo antes de cerrar mis ojos para abstraerme en lo que estaba mi cuerpo experimentando. El cúmulo de sensaciones que llevaba acumuladas hizo que la espera fuese corta y cuando ya creía que no iba a aguantar más, se lo dije.
Pegando un grito de alegría, Tania me volvió a sorprender porque se puso a ordeñar mi miembro dejando su boca abierta para recolectar mi semen. Como bien sabéis pocas cosas se pueden comparar a ver a la mujer de tus sueños tragándose tu eyaculación sin dejarse de masturbar.
“¡Coño con la Jefa!” pensé mientras ella seguía retorciéndose mamando mi pene hasta que dejó de brotar de él mi placer.

Sin-t-C3-ADtulo1Entonces la rubia abriendo los ojos, me miró con una sonrisa en los labios y me dijo:
-¿Te gustó?
-Sí, preciosa
-Pues entonces… ¡Fóllame!
Sus palabras consiguieron su objetivo y sin esperar a que me lo volviera a repetir, dándole la vuelta, le bajé las bragas y sin más prolegómeno, la ensarté violentamente. La rusa al sentir su conducto lleno de golpe, chilló y facilitando mis maniobras, movió sus caderas mientras gemía de placer. De pie y apoyando sus brazos en la pared se dejó follar sin quejarse. Desde un principio, mi pene se encontró con que su conducto estaba empapado por lo que  campeó libremente mientras ella se derretía a base de pollazos.
No os podéis hacer una idea de lo que fue, gritando en voz alta se corrió cuando yo apenas acababa de empezar y desde ahí, encadenó un orgasmo tras otro mientras me imploraba que no parara. Por supuesto queda que no me detuve, cogiendo sus pechos entre mis manos, forcé mi ritmo hasta que su vulva se convirtió en un frontón donde no dejaban de rebotar mis huevos.
-¡Dios mío!- aulló al sentir que cogiéndola en brazos, mi pene se incrustó hasta el fondo de su vagina y lejos de revolverse, recibió con gozo mi trato diciendo: -¡Fóllame duro!-
No hacía falta que me lo dijera, retirando la tela de su vestido, levanté su trasero y llevando hasta el extremo su deseo, la seguí penetrando con más intensidad. Fue entonces cuando dominada por el cúmulo de sensaciones, se desplomó contra la pared mientras su cuerpo, preso de la lujuria, se retorcía estremecido. Satisfecho por haberla llevado hasta esas cotas, me dejé llevar y derramando mi simiente en su interior, me corrí sonoramente por segunda vez.
Agotado, me senté y mientras descansaba, me fijé que la muchacha sonreía con los ojos cerrados. Pasados un par de minutos, acomodamos nuestras ropas y volvimos al restaurante donde Sofía nos esperaba cantando con un grupo de ejecutivos mientras daba buena cuenta de la segunda botella de vodka.
-¡Hermana eres una puta!- gritó muerta de risa- ¡Te has follado a nuestro marido en el baño!
Tanto yo como los presentes nos quedamos mudos al oír la burrada pero entonces la aludida, contestó:
-Así es- y acercando su mano, le pidió la botella diciendo: -Necesito beber algo que no sea leche.
La carcajada fue unánime. Todos y cada uno de los que oyeron la contestación se pusieron a aplaudir mientras la rubia se bebía de un solo trago un vaso de ese licor. Curiosamente la más escandalosa de todos, fue mi amiga María que olvidándose de como las había conocido había hecho las paces y celebraba como la que más.
-¿Dónde tenía escondidas a estas niñas? ¡Tráelas más a menudo!- chilló mientras dejaba que la pelirroja le rellenara su copa.
La alegría del local estaba desbordada, los comensales bailaban, se abrazaban y bebían sin parar mientras la caja de la dueña crecía sin parar. Cuando creía que el alboroto no podía crecer, vi que por la puerta aparecían un grupo de músicos vestidos a la usanza cosaca y separando las mesas, se pusieron a tocar y a bailar. Para los españoles ver a esos extranjeros con sus amplios pantalones, con la espalda recta y en cuclillas, levantando los pies al ritmo de la música fue un espectáculo que causó sensación.
Siguiendo el ritmo con las palmas, azuzaron a los bailarines mientras mis dos esposas me colmaban de besos diciendo lo feliz que eran.  La comida fue lo de menos, con el alcohol que llevaba ingerido, me costó comer pero valió la pena y dos horas después y con bastantes copas, nos retiramos a casa.
En el coche, Tanía completamente borracha me dijo al oído:
-En cuanto lleguemos a casa tenemos que compensar a Sofía.
Sabiendo por donde iba, me hice el tonto y pregunté:
-¿Cómo quieres hacerlo?
-Tonto, ¿Cómo va a ser? ¡Follándonosla!
Llegamos a casa y Tanía cumple su promesa.
Nada más entrar en casa, llevamos a Sofía hasta mi habitación y antes que se diera cuenta, la empezamos a besar. La pelirroja no se esperaba semejante recibimiento y menos que aprovechando su turbación, me pusiera a su espalda y sin esperar a que reaccionara, le desabrochara la blusa poniendo sus pechos a disposición de su hermana. Esta, aleccionada por mí, no esperó su permiso y metiendo su cara entre sus senos, abrió la boca y empezó a mamar.
Alucinada, vio la lengua de Tania recorriendo sus aureolas mientras yo frotaba mi pene contra su culo. Nuestro doble ataque la desarmó y desnudándose ella misma, disfrutó de nuestras caricias. De pie y con las piernas abiertas, dejó que los besos de la rubia recorrieran  su cuerpo mientras yo para forzar su calentura, abriéndole las nalgas,  jugueteé con su trasero.
Completamente cachonda, cuando sintió la húmeda caricia de Tania en su vulva, pegó un chillido y presionando contra su pubis la cara de su hermana, le rogó que continuara.
-Me encanta- gimió al sentir que la mayor separaba con sus dedos los pliegues de su sexo.
Aunque ya habían disfrutado una de la otra muchas veces, la pelirroja sintió que se le acumulaban las sensaciones y pegando un grito, se corrió. Sin saber que hacer al sentir el flujo en su boca, Tania me miró pidiendo instrucciones:
-Sigue- ordené y mientras ella obedecía, metí mis dedos en el coño de Sofía. Tras empaparlos, los llevé hasta su esfínter y con movimientos circulares, lo fui relajando mientras la pelirroja no paraba de berrear al sentir sus dos orificios asaltados.
Decidido a usar esa maravilla de culo, la puse a cuatro patas sobre la cama mientras la informaba que  le iba a dar por culo:
-¡Es todo tuyo!, ¡Mi amor!- chilló descompuesta.
Seguro del calor que nublaba su mente, le abrí los cachetes y colocando mi glande en su esfínter, la penetré. Sofía gritó de dolor al verse empalada de un modo tan brutal pero entonces su hermana cogiendo la cabeza de la pelirroja  entre sus manos, se fundió con ella  en un sensual beso, tras lo cual y escuché que le decía:
-Después de que nuestro marido lo use,  me ocuparé de aliviar tu culito.
Sus palabras incrementaron la pasión de la rusa y desbordada por el cariño que su hermana le demostraba, le rogó que le dejara comerle el coño. Sin ninguna vergüenza ni reparo, Tania se colocó frente a ella y separando las piernas, puso su pubis a disposición de la muchacha.
Rebajando el ritmo con el que le rompía el ojete, disfruté viendo las uñas de Sofía separando los pliegues de la rubia antes de con la lengua saboreara su botón. La mayor de las dos debía de venir ya caliente porque en menos  se corrió dando gritos de satisfacción. La pequeña intentó secar el torrente en el que se había convertido la cueva de su hermana pero cuanto más intentaba absorber el delicioso flujo, más placer ocasionaba y la rubia incapaz de contenerse,  no dejaba de gritar de placer.
Esa escena, colmó mi paciencia e imprimiendo nuevamente velocidad a mis caderas, reinicié con más fuerza el asalto al culo de mi pelirroja.
– ¡Sigue! ¡Mi amor!- reclamó descompuesta al sentir mi pene acuchillando su interior de su culo.

072Decidido a liberar mi simiente cuanto antes, mis incursiones se volvieron tan profundas que temí que mi recién estrenada esposa se desgarrara por dentro pero ella, en vez de quejarse, pidió a su hermana que me ayudara. Esta soltó una carcajada al saber que era lo que quería y sin pedir más explicaciones, le soltó una nalgada.
Me quedé alucinado al escuchar el gemido de placer que brotó de la garganta de la muchacha y antes de que terminara de asimilar lo ocurrido, Tanía le dio el segundo. No satisfecha, Sofía  le exigió que continuara. La rubia complaciéndola,   le soltó una serie de mandobles que me dolieron hasta mí. Con sus cachetes rojos y con su esfínter ocupado,  la pelirroja  se corrió sobre las sábanas.  Sus chillidos azuzaron mi placer y pegando un aullido, me uní a ella en un gigantesco orgasmo.
Completamente exhausto, me tumbé a  su lado. Con un cariño y una adoración total, se quedaron abrazadas a mí  y pensando que la noche había terminado, nos pusimos a hablar de lo sucedido esa mañana.
Las dos rusas parecían no comprender el alcance del problema, por mucho que les trataba de explicar que no era bueno estar bajo la vigilancia de ese comisario, a ellas les parecía algo anecdótico. Tanto desdén me empezó a mosquear y percibiendo que detrás del menosprecio con el que trataban al policía se escondía algo más, directamente les pedí que me lo aclararan.
-A ese patán lo tenemos en nómina- me informó Tania y con una sonrisa en los labios, me soltó: -Ya sabíamos que iba a haber una redada.
Al escucharla me indigné y encarándome a ellas, les pedí que me explicaran porque no me habían contado nada:
-Queríamos ver como actuabas- dijo la pelirroja con tono dulce mientras intentaba reanimar mi extenuado miembro.
Haber sido objeto de una nueva prueba, me terminó de sacar de las casillas y hecho una furia, me levanté de la cama. Desde la mitad de la habitación, las mandé a la mierda. La respuesta de las dos no pudo ser más típica de ellas, muertas de risa me llamaron a la cama implorando mis caricias.
Ya desde la puerta, oí a la mayor decir:
-Amado, no tardes mucho en calmarte: ¡No vaya ser que empecemos sin ti!
 
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