SECRETARIA PORTADA2La dulce e ingenua doctora que se volvió mi puta
Sin títuloLa conocí hace ocho años y desde entonces esa chiquilla se había comportado como la criatura más dulce e ingenua con la que me he topado en mis cuarenta años de vida. Aunque ya lo dice el título con el que he encabezado este relato, os estoy hablando de Lara, la doctora que me ayuda en mi consulta. Una cría apenas salida de la adolescencia que empezó a trabajar conmigo como enfermera y que consiguió ocultar durante ese tiempo que yo era parte de sus fantasías más íntimas.
Todavía recuerdo el día que la contraté. Cansado de una ayudante exuberante y caprichosa, me gustó su aspecto aniñado y tímido. Por eso haciendo a un lado, expedientes con mayor experiencia y conocimientos contrastados, lancé una moneda al aire y aposté por ella.
«Con esta niña no caeré otra vez en lo mismo», pensé rememorando la acusación de acoso de la que me libré por medio de una suculenta liquidación que me dejó medio quebrado.
Y así fue. Durante 96 meses, 2 semanas y tres días no hubo nada entre ella y yo. Nuestra relación fue exquisitamente pulcra y jamás hice nada que se pudiese considerar moralmente sospechoso ni que excediera lo meramente profesional. Sin ser nada premeditado al no querer caer nuevamente en lio de faldas, me abstuve incluso de hacer cualquier tipo de alarde de mis diferentes conquistas y curiosamente mi supuesta falta de interés sobre el sexo femenino, fue el incentivo que una mente infantil como la de ella necesitaba para enamorarse en privado de mí, su jefe.
Confieso que nunca me percaté de nada. Durante las extenuantes jornadas que pasamos trabajando codo con codo, estaba tan seguro de la naturaleza de nuestra trato que no analicé correctamente la forma en que me miraba. Tontamente no comprendí que no era admiración profesional lo que esa niña sentía. Cegado por mi decisión de no volver a meterme con alguien con nómina a mi cargo, pasé por alto que, ante un roce casual de mi parte, los pezones de Lara se transmutaban en pequeñas montañas bajo su uniforme.
«¿Cómo pude ser tan imbécil?», pienso ahora.
En su infantil mente, esa bebita se creó una falsa idea de mí y cuando casualmente descubrió que tenía una ajetreada vida sexual, creyó que mi desinterés por ella ocultaba una oscura atracción que saciaba follando con otras mujeres.
Sé que suena absurdo pero comenzó a espiarme y en vez de desilusión, cayó en un bucle en el que me veía como una víctima de mi timidez. La rara fascinación al creerme “sufriendo” al liberar mi estrés en la cama con mis diferentes conquistas, la obligó a seguirme en mis andanzas al disfrutar soñando con el día que ella fuera la objeto de esas caricias con las que regalaba a esas desconocidas.
«Algún día se dará cuenta que es mío», fantaseaba masturbándose mientras espiaba el modo en que noche tras noche dejaba salir mi lujuria.
Ajeno a su fijación por mí, llegué a considerarla como una hija. La fidelidad que demostró en el trabajo y la dulzura que siempre exhibió conmigo, me indujeron a pagarle la carrera de forma que pasó de ayudante a socia de mi consulta.
«¡Me quiere!», exclamó interiormente al conocer mi oferta y por eso hizo su mayor esfuerzo para estudiar y trabajar al mismo tiempo.
Cinco años después, acudí a su graduación y reconozco que sentí orgullo al verla recoger el diploma con el cual el ministerio certificaba con un cum laude sus largas noches de insomnio, en las que no fallarme le dio el motivo suficiente para seguir clavando codos en vez de irse a dormir.
Tampoco le di su verdadero significado al efusivo abrazo ni al beso en los labios con el que me agradeció que le hubiese patrocinado sus estudios y creyendo que eran producto del nerviosismo, dejé en un rincón de mi cerebro las gratas sensaciones que experimenté al notar sus pechos contra mi cuerpo.
Hoy sé que ella no solo no se desilusionó por mi falta de respuesta a ese gesto, sino que Lara trastocó por completo lo ocurrido y en lo que se fijó es que no hice ningún intento de separarme, presuponiendo que había dado un paso de gigante en su intención de ser mía.
«Ya falta menos para que me haga su mujer», sentenció esperanzada sin saber que tardaría todavía tres años en conocer sus sentimientos.
Negando las suculentas ofertas que le llegaron para formar parte de otros hospitales, esa cría siguió siendo parte esencial de mi equipo llegando a ser más que mi mano derecha. Para mí, ella era mi consejera, mi sustento, mi apoyo e incluso mi maestra porque de alguna forma consiguió que yo mismo fuera mejor médico.
Para bien o para mal, su secreto me fue desvelado de una forma brutal cuando un puñetero borracho se cruzó en su camino, dejándola mal herida frente a la clínica donde trabajábamos. Nunca podría expresar lo que pasó por mi mente cuando la encargada de Urgencias me avisó que la habían atropellado y que su vida corría peligro. Como el mejor cirujano que podía encontrar para salvarla era yo, obvió el hecho que era mi amiga y me pidió que la operara.
Os confieso que las cinco horas que pasé reconstruyendo sus órganos vitales han sido las peores de mi vida entera. Reconozco que casi me paralizó el ver los destrozos que ese malnacido había provocado pero sacando fuerzas de mi desesperación conseguí calmarme y saqué adelante la intervención con una frialdad que dejó impresionado al resto del equipo.
Con ella fuera de peligro, me quedé a su lado mientras se reanimaba y fue entonces cuando producto de la anestesia, Lara se descubrió a ella misma al gritar en sueños mi nombre.
«Es por las drogas», me dije al escuchar que en sus delirios se refería a mi como su único y verdadero amor. Los narcóticos que poblaban su sangre relajaron las barreras que había creado a su alrededor y todavía bajo sus efectos, me confesó que me amaba y que solo esperaba el día que la llevara a mi casa y la hiciera mi mujer.
No queriendo reconocer la evidencia, asumí que todo era un efecto secundario y que la confusión de su mente desaparecería en cuanto recuperara el conocimiento. Por ello no le di mayor importancia y recordando los años que habíamos compartido, me quedé junto a su cama hasta que recuperó la conciencia.
No abrió sus ojos hasta la mañana siguiente y cuando lo hizo, sus primeras palabras me dejaron helado porque con la voz temblorosa todavía por el dolor, me explicó que había sentido la muerte y que solo mi recuerdo había evitado que cruzara al otro lado.
-¿Mi recuerdo?- pregunté ya con la mosca zumbando a mi alrededor.
-No podía dejarte solo, soy tu mujer y me necesitas- respondió justo en el momento en que cayó nuevamente dormida.
«¡No puede estar enamorada de mí!», mascullé entre dientes y olvidando que el tiempo había pasado y que ya no era la muchachita asustada que había llegado a mi consulta, pensé: «¡Es una niña!»
Los quince años que la llevaba y la amistad que habíamos forjado me hacía imposible verla como mujer y eso que no podía negar que el cuerpo que había cosido en la fría mesa de operaciones era el de una hembra hecha y derecha. Mis propias incisiones las había efectuado con la idea que algún día Lara pudiese ponerse un bikini sin que nadie pudiese mirarla con compasión pero también con la idea que al compartir algo más que caricias sus amantes no se vieran repelidos por ellas.
«Si se salva, debe ser feliz», me dije buscando que una vez curada fueran mínimas las cicatrices que surcaran su piel.

Una vez os he contado como me enteré de su secreto, he de explicaros como el destino se alió en mi contra y caí irremediablemente entre sus brazos.
Durante quince días no me separé de su cama. Me dolía ver su estado. Hoy dudo de que fuera la amistad lo que me impulsara a ofrecerle que se quedara en mi casa mientras recuperaba la salud y no la retorcida curiosidad de saber si había algo detrás de esa estimulada confesión.
Lo cierto es que al oír mi oferta y como su familia vivía fuera de Madrid, aceptó de inmediato. La alegría que iluminó su rostro al decirme que sí, me hizo dudar sobre la conveniencia de convivir con ella…
Me auto convenzo que nada ha cambiado.
La noche anterior a su llegada, me pasé horas tratando de encontrar excusas que aminoraran la sensación que había perdido a esa leal compañera de tanto tiempo y que lo quisiera o no, nuestra relación en un futuro sería diferente. El recuerdo de mis pasadas experiencias con personas del trabajo golpeó con rotunda dureza a mi mente y no queriendo tropezar de la misma forma, me repetí que todo era una ofuscación mediatizada por tanto tranquilizante.
Habiendo aleccionado a mis neuronas sobre el peligro que suponían los sentimientos de Lara, nunca me preparé para combatir los nacidos de mi propia naturaleza. Por ello ya con ella en mi casa, algo tan usual en mi profesión como limpiar una herida provocó que mis hormonas se alborotaran sin remedio. Fue a las pocas horas de llegar a casa cuando llegado el momento de cambiar sus vendajes y aprovechando que estaba dormida, deslicé las sábanas que la cubrían y en la soledad de esas paredes, la belleza de sus formas me dejó anonadado al percatarme que no me resultaban indiferentes.
«¿Cómo es posible que nunca me haya dado cuenta? ¡Es perfecta!», protesté impresionado: «¡Diez años y nunca lo descubrí!».
Los hinchados senos desnudos de la que era en teoría mi paciente, despertaron la bestia que habitaba en mi interior e involuntariamente mi pene se alzó mientras mi mente luchaba con el deseo de hundir mi cara dentro de su escote.
«¡Joder! ¡Me pone cachondo!», exclamé en silencio sorprendido de albergar pensamientos tan poco profesionales sobre ella.
Recuperando parcialmente la cordura, retiré las vendas y curé sus heridas mientras intentaba vaciar mi mente de esos pecaminosos pensamientos. La memoria de su cuerpo yacente pero no por ello menos apetitoso, perturbó mis ánimos hasta extremos inconfesables sobre todo cuando como consecuencia no deseada de la propia operación, observé con creciente fascinación que las enfermeras habían depilado su sexo completamente.
«Parece el de una quinceañera», murmuré mientras acariciaba esa húmeda abertura con uno de mis dedos.
Mi erección se vio multiplicada al escuchar un gemido que salía de su garganta. Temiendo que se despertara y descubriera que había abusado de su situación, salí como alma que lleva el diablo rumbo a mi cuarto.
Ya en mi habitación, la vergüenza de ese acto ruin y despreciable me trastornó y con el recuerdo de su olor todavía impregnando la yema que había usado para profanar su cuerpo, me metí en la ducha deseando que el agua pudiese borrar mi acción.
Desgraciadamente no sirvió y tras veinte minutos bajo ese chorro, mi verga seguía mostrando un desmesurado tamaño. Desesperado salí del baño y sin secarme me tumbé en mi cama mientras intentaba serenarme.
-Llevo demasiado tiempo sin una pareja seria- murmuré preocupado por vez primera responsabilizando a mi tipo de relaciones de la extraña atracción que sentía por Lara.
La erección lejos de menguar seguía en su máximo esplendor cuando queriendo solucionar mis problemas, agarré mi miembro y me comencé a pajear imaginando que una de tantas conquistas llegaba hasta mi lado. Forzando el rumbo de mis pensamientos, visualicé las manos de esa morena apoderándose de mi tallo mientras su melena se deslizaba por su cuerpo dejando una suave caricia a su paso.
Acelerando el ritmo de mis dedos, cerré mis ojos soñando que abría sus labios y pegaba un caliente lengüetazo a mis huevos antes de hundir mi verga hasta el fondo de su garganta. La excitación que sentí se vio exponencialmente cuando cesando durante un segundo la mamada, levantó su cara y descubrí que era Lara la que la estaba ejecutando.
-Córrete en mi cara- susurró con sus ojos inyectados de lujuria.
Esa orden demolió mis reparos y explotando de placer, bañé con mi sirviente sus mejillas mientras lloraba angustiado por ser capaz de imaginarme esa felación…

Durante horas me quedé encerrado en mi cuarto. Estaba tan avergonzado de la escena que mi cerebro había urdido para aliviar mi calentura que no era capaz de enfrentarme a ella cara a cara. Por ello aún seguía allí, cuando un grito me sacó de la modorra en la que me había instalado y corrí a ver que le ocurría.
Al llegar a su habitación, encontré a Lara tirada en el suelo y sin pensármelo dos veces, fui en su ayuda sin importarme que siguiera desnuda.
-¿Qué te ha pasado?- pregunté.
Muerta de dolor, me explicó que había querido ir al baño y que al levantarse del colchón, le habían fallado las fuerzas.
-No te preocupes- contesté y pasando mi mano por sus piernas, la alcé entre mis brazos para que no tuviera que pasar por ello. Lo que no preví fue que esa monada, aprovechara que la estaba cargando para posar su cara en mi pecho mientras la llevaba al servicio.
-¡Qué bueno eres conmigo!- susurró con voz tierna ajena a que en ese momento estaba aterrado por la ebullición que sentía al tenerla así.
En mi mente, mi oscuro deseo volvió con mayor fuerza. Sabiendo que era inmoral, todas las células de mi piel me rogaban que cambiara de rumbo y la llevara hasta las sábanas. Afortunadamente la razón pudo más y unos segundos después, deposité ese cuerpo que me traía loco sobre la taza del wáter. Tras lo cual hice el intento de marcharme pero justo cuando salía por la puerta, escuché que me decía:
-No te vayas. Tengo miedo de caerme.
Sus palabras me dejaron petrificado y no queriendo estar presente mientras vaciaba su vejiga, le dije que no era apropiado que me quedara. Fue entonces cuando Lara con tono divertido, insistió diciendo:
-Eres médico y mear es una función fisiológica de lo más normal.
Sabiendo que si volvía a reiterar mi oposición la muchacha podía sospechar, decidí no moverme del sitio y esperar a que se diera prisa en hacerlo. Ella viendo que no me iba, separó sus rodillas y dejó que la naturaleza siguiera su rumbo, sin percatarse que desde mi posición tenía un ángulo perfecto de visión de lo que ocurría en su entrepierna.
«Mierda», pensé al contemplar cómo un chorrito brotaba entre los rosados labios de mi compañera y sin perderme nada, me quedé paralizado observando la belleza de ese acto.
«¡No puede ser!», mascullé escandalizado al darme cuenta que me parecía el sumun del erotismo verla en esa postura. Pero lo peor fue cuando al terminar, contemplé el brillo de su coño mojado y absorto con ese panorama, tuvo que ser ella quien me sacara de mi ensimismamiento, diciendo:
-¿Me puedes pasar el papel?
Abochornado, corté un buen trozo y se lo pasé. No sé si ella había notado mi embarazo pero si lo notó, quiso sacarle provecho y olvidando que estaba mirando alargó en demasía ese instante, secando cada uno de los pliegues que formaba su vulva mientras a un metro yo seguía detalladamente como lo hacía.
-¿Has terminado?- dije disimulando que quería seguir disfrutando de su coño.
-Sí- contestó pero entonces haciendo un gesto de dolor, me dijo: -No sé qué me pasa pero me arde horrores- y cómo si fuera yo su ginecólogo, me pidió que lo revisara para comprobar si tenía algún tipo de infección.
Esa extraña petición hizo que mi verga se alzara debajo del calzón y aunque deseaba hacerlo allí mismo, le propuse inspeccionarlo en la cama para que fuera más cómodo para ella. Lara no puso ninguna objeción y con una sonrisa, dejó que la llevara de vuelta entre las sábanas.
Adoptando una pose profesional, la tumbé en el colchón y separando sus piernas, examiné sus labios sin encontrar el clásico enrojecimiento propio de esa afección.
-¿Dónde te duele?- pregunté ya afectado por el aroma que surgía del mismo. Mi compañera me indicó que creía que era entre la uretra y el clítoris. Por ello, tuve que apartar los pliegues y acercar mi cara para revisar esa zona.
«No encuentro nada», maldije mientras mi excitación iba en aumento al contemplar desde tan poca distancia el objeto de mi paranoia.
Os juro que no albergaba otras intensiones cuando queriendo acreditar que la textura de su epidermis no había sufrido ningún daño, rocé con mis dedos el rosado botón de “mi paciente”.
-¡Es ahí!- chilló descompuesta.
Al levantar la mirada, descubrí en sus ojos un extraño deseo y pidiéndole un momento, fui a donde tenía las medicinas y localicé una pomada antiséptica.
«¡Qué coño estoy haciendo!», protesté cuando con ese ungüento en mis manos, volví a su habitación y forzando un supuesto interés profesional, le expliqué que iba a comprobar si eso la aliviaba.
En vez de decirme que ella podía sola, Lara separó sus rodillas mientras me colocaba entre sus piernas. Lo absurdo e innecesario de mi petición me seguía torturando cuando dejé caer una gota en la mitad de su clítoris para acto seguido irlo extendiendo con una de mis yemas.
-¡Que alivio!- gimió con alegría al notar mi poco profesional caricia y con un raro fulgor en sus ojos me rogó que siguiera.
Para entonces era consciente que nada tenía que ver una infección y que ella se lo había inventado, pero dominado por la llama que amenazaba con incendiar mi cabeza, seguí acariciando esa hinchada gema cada vez más rápido. Ante mi sorpresa, su sexo se humedeció de sobremanera y ya estaba totalmente encharcado cuando un sollozo me revelo el alcance de la calentura de esa mujer.
«¡Está cachonda!», exclamé ilusionado y recreándome, usé un par de dedos para seguir extendiendo la crema en su coño.
La acción conjunta de mis dos falanges avivó su deseo y sin disimulo se mordió los labios mientras me rogaba que continuara. Aunque no lo creáis, en mi mente se estaba desarrollando una cruel lucha entre la razón y mi instinto. La sensatez me pedía que parara mientras mis hormonas me pedían que sugiera masturbándola. Muy a mi pesar, ganaron estas últimas y con un insano proceder, elevé la temperatura de mis maniobras cuando sin preguntar, introduje una de mis yemas en el interior de su coño diciendo:
-Veamos como tienes la vagina.
El aullido de placer que escuché que salía de su garganta fue el banderazo de salida de una carrera frenética que emprendió ese dedo para conseguir su orgasmo. Metiendo y sacándolo de las profundidades de su chocho al compás de sus gemidos, me dediqué a asolar sus defensas hasta que con un berrido, Lara proclamó su derrota corriéndose sobre las sábanas.
La certeza que había abusado de su indefensión cayó sobre mí como una jarra fría y con el sofoco instalado en mi mente, me quedé callado mientras ella se retorcía en el colchón disfrutando de los estertores del placer.
«Soy un cerdo», murmuré para mis adentros y totalmente avergonzado de mis actos, me levanté.
Estaba saliendo de la habitación, cuando llegó a mis oídos:
-Según el prospecto, dentro de seis horas deberás darme el mismo tratamiento.
La carcajada que escuché a continuación, lejos de aminorar mi desasosiego, lo incrementó y casi sin respiración hui de su lado…
El desastre continua.
Toda la tarde me la pasé dando vueltas a lo sucedido. No me parecía comprensible que se hubiese comportado así. Aun asumiendo que realmente estuviera enamorada de mí, me resultaba extraño que durante tantos años hubiera ocultado a mis ojos esa atracción y que a raíz del accidente se hubiese desatado.
«Puede ser algo físico», pensé buscando un motivo, «es como si de pronto Lara fuera otra persona». La radical transformación sufrida por esa dulce mujer me tenía confundido y solo un daño cerebral no diagnosticado la explicaba: «¡Un deterioro en su corteza cerebral puede inducir una conducta sexual inapropiada!».
Tras analizar las diferentes variantes, comprendí que era necesario volver al hospital y realizar una serie de pruebas antes de estar seguro. Pero para ello debía volver a su cuarto y pedirle su autorización para realizarlas. Por eso y más asustado de lo que parecería lógico, recorrí los escasos metros que me separaban de ella.
-¿Puedo pasar?- pregunté tras llamar a su puerta.
Su ausencia de respuesta hizo que me temiese lo peor y que ese supuesto daño cerebral la hubiese dejado inconsciente. Pasando por alto su privacidad, entré en el cuarto para encontrarme a Lara mirando un álbum de fotos donde almacenaba gran parte de mis recuerdos.
-¿Qué haces?- dije bastante molesto por que hurgara sin permiso en mis cosas. Al girarse vi que estaba llorando. Ver su dolor me afectó y desapareciendo mi enfado, le pregunté el motivo,
-Ahora sé que tú también me quieres- contestó hecha un mar de lágrimas. Mi cara de sorpresa ante semejante afirmación la indujo a explicarse: -Fíjate, está lleno de fotos mías.
Quitándoselo de las manos, comencé a pasar esas páginas que resumían un montón de años de mi vida y, en todas y cada una, había al menos una imagen de Lara.
«¡Se equivoca! ¡Llevamos tantos años trabajando juntos que es lógico que ella aparezca», protesté mientras me percataba que Manuel, otro doctor de la consulta solo aparecía en una.
Acobardado por las consecuencias si no lo estaba, me senté en el colchón. Lara malinterpretó ese gesto y pasando su brazo por mi cuello, me besó tiernamente en los labios. No estaba preparado para esa muestra de cariño pero mucho menos cuando ese beso evolucionó tomando un cariz sensual y posesivo.
«Esto no está bien», rumié incómodo mientras Lara incrementaba mi consternación sentándose a horcajadas sobre mis rodillas.
Ignorante de lo que estaba pasando por mi cerebro, desabrochó mi camisa y comenzó a besarme en el cuello con una sensualidad que me impidió reaccionar. Sus labios parecían hambrientos y que mi piel era el alimento que necesitaba para saciar su apetito. Por mucho que intenté reprimir mis hormonas, sus mimos consiguieron que me contagiara de su pasión cuando dejó caer los tirantes de su camisón y presionó con sus pechos el mío.
El calentón que sentí en ese instante no tenía parangón y cediendo a su influjo, llevé mi boca hasta sus pechos. La tersura de esa rosada areola terminó de asolar los restos de cordura que aún mantenía y ya dominado por el ardor bajo mi bragueta, con la lengua recorrí su contorno antes de empezar a mamar como un niño.
Estaba todavía disfrutando de esa belleza cuando susurrando Lara me pidió que le hiciera el amor. Al oírlo recordé la razón por la que me había acercado ahí y usando toda mi fuerza de voluntad, conseguí separarme de ella mientras le decía:
-¡Tenemos que hablar! El accidente te ha cambiado.
-Lo sé- respondió al tiempo que dejaba caer su vestido y se quedaba desnuda frente a mí: -La cercanía de la muerte me ha hecho replantearme la vida y he decidido no perder el tiempo más.
Os juro que la hubiese creído si no llega a ser porque en ese momento esa desconocida mujer se arrodilló a mis pies y antes de darme tiempo a reaccionar bajó mi bragueta para intentar meterse mi verga en su boca:
«Esta no es mi Lara», mascullé horrorizado y dando un paso atrás, le expliqué mis temores.
Su desilusión inicial dio paso a la incredulidad y muerta de risa negó la mayor:
-Soy yo, ¡joder! Lo que ocurre es que me he cansado de disimular.
Os juro que al verla desnuda y riendo, me entraron dudas si hacía lo correcto y si no llego a estar convencido que era un efecto secundario del atropello, hubiese caído en sus brazos. Pero en vez de hacerlo, le contesté:
-Déjame que te haga unas pruebas para cerciorarnos.
-Me niego- respondió -me gusta como soy ahora.
Lo absurdo de su respuesta, me enervó y quitando una sábana, tapé con ella ese cuerpo que me traía loco:
-No comprendes que puede ser grave y que de ser cierto una complicación te puede matar.
Mi profecía la afectó momentáneamente pero cuando pensaba que iba a desmoronarse, el gesto de su cara cambió adoptando una rara determinación.
-Te conozco. ¿En qué estás pensando?- algo en mi interior me avisó que se avecinaban problemas.
Os juro que nunca creí que fueran tan graves pero entonces con un tono seguro que erizó hasta el último de mis vellos, esa cría me dijo:
-Acepto con una sola condición… -hizo un descanso antes de continuar- …si quieres que me las haga, deberás acostarte conmigo antes.
Todavía no había asimilado la bomba que había soltado con tanta naturalidad cuando esa muchacha me echó de su cuarto, diciendo:
-No vuelvas si no es para hacerme el amor.
Cual perro maltratado me fui con el rabo entre las piernas rumbo al bar de la esquina donde a buen seguro podría tomarme un whisky que me sirviera para olvidar lo acontecido durante esos quince días. Su propuesta me parecía una locura propia de una trastornada y pensando en ello, me pedí la primera copa.
«Por muy sugerente que me resulte la idea, no puedo hacerlo», decidí al terminarla pero en vez de irme a casa a tratarla de convencer, me pedí la segunda.
«Solo un capullo insensible, aceptaría…», murmuré entre dientes mientras apuraba la copa, «…acostarse con esa preciosidad de mujer».
Llamando al camarero pedí la penúltima.
«Da igual que sea una sola vez y que sea ella quien me lo ha pedido», pensé mientras daba un sorbo, « al día siguiente, me arrepentiría».
El recuerdo de sus pechos seguía presente a pesar del alcohol que llevaba y por eso me terminé de un trago la bebida.
«Ella quiere, yo lo deseo. ¿Cuál es el problema?», decidí por un momento pero entonces los remordimientos retornaron con fuerza y contraviniendo mis ganas de dejar todo y acudir a sus brazos, encargué la cuarta.
«Una sola noche es lo que me pide», ya abotargado pensé, «y si no hago ella puede morir».
Irónicamente, la mera idea que su estado físico podía empeorar me hizo palidecer:
«No puedo hacerme responsable de eso», farfullé ya alcoholizado, «sería terrible que algo le sucediera».
Temblando, agarré el vaso y apuré el resto del whisky, al darme cuenta que no podía pensar en ello sin que se me encogiera el corazón.
«Necesito sus risas todas las mañanas», me dije mientras pagaba al imaginarme sin ella.
La dureza de esa visión me impedía respirar y aterrado, corrí a mi casa en su busca. Ya no me sentía un buen samaritano, realmente necesitaba estar con ella y disfrutar del momento, no fuera a ser que el mañana no existiera.
Al llegar hasta su puerta, la encontré cerrada y sin pensármelo dos veces, la tiré de un empujón. Mi cerebro casi estalla de placer al verla vestida con un picardías esperándome. Su sonrisa iluminaba la estancia y ya decidido me acerqué a cumplir con el requisito que ponía para pasar el examen.
Sumido en un estado febril, me quité la ropa mientras Lara me miraba:
-¡Vienes borracho!- exclamó al ver que me tambaleaba.
-Sí- respondí mientras me bajaba los pantalones- ¿te importa?
Como me imaginé olvidando las muchas copas que llevaba, al ver mi pene erecto, esa mujer no se pudo aguantar y con una expresión de zorra desorejada en su rostro, me pidió que le dejara hacerme una mamada. Os reconozco que me puso bruto el oírla e incrementando su deseo, cogí mi sexo con una mano y me puse a menearlo a escasos centímetros de su cara.
-Lo tienes enorme- me soltó al tiempo que la muy puta se relamía los labios.
Supe que debía aprovechar la coyuntura y antes de metérsela en la boca, le espeté:
-Jura que mañana te vienes al hospital.
-Te lo juro- contestó presa de la lujuria.
Tras lo cual se puso de rodillas sobre el colchón y sin parar de gemir, se fue introduciendo mi falo mientras sus dedos acariciaban mis huevos.
«Voy a echar de menos a la zorra en que se ha convertido », pensé dubitativo mientras esa monada abría sus labios y con rapidez, engullía la mitad de mi rabo. Con gran determinación, Lara sacó su lengua y recorriendo con ella la cabeza de mi glande, lo volvió a enterrar en su garganta.
«Joder, ¡Qué bien la mama!», sentencié al no poder reprimir un gruñido de satisfacción y presionando su cabeza, le ordené que se la tragara por completo.
Suprimiendo sus nauseas, la morena obedeció y tomó en su interior toda mi verga. Como la experta mamadora que era, mi dulce y puta compañera apretó sus labios mientras ralentizaba la incursión para alargar el momento. Pero al sentir la punta de mi pene incursionó rozando el fondo de su garganta, perdió los papeles e inició un rápido mete-saca que me hizo temer que no duraría mucho más.
-Tranquila, zorrita. Tenemos toda la noche- le informé.
Ese insulto maximizó su calentura y llevando una mano a su entrepierna y se empezó a masturbar sin dejar de mamar. Al advertir que esa lindeza la había puesto verraca, quise aprovecharlo y por ello, la solté:
-¡Se nota que te has comido muchas vergas! ¡Puta! ¡Me tenías engañado!
Solté una carcajada al observar el efecto que mis palabras habían causado en esa mujer y aprovechándolo le quité el camisón. Totalmente excitada, dejó que la tumbara sobre las sábanas mientras me recreaba mirando las tetas que iba a tener a mi disposición. Extrañamente el alcohol me tranquilizó y a pesar que la dueña de esos preciosos pechos me rogaba que los besara, me tomé mi tiempo y recordando que todavía estaba convaleciente, decidí tener cuidado.
Tiernamente, mis manos empezaron a acariciar sus senos mientras la besaba. Su entrega permitió que mis besos se fueran haciendo más posesivos y cambiando de objetivo, mi lengua fue bajando por su cuello hasta uno de sus pezones. La reacción de Lara fue instantánea y ya sumida en la pasión me rogó que la tomara.
Obviando su petición me concentré en el siguiente y para entonces sus gemidos de deseo eran gritos alocados donde me exigía que la tratara como una puta y me la follara. Descojonado al saberme al mando, no la hice caso y dejando que mi lengua siguiera bajando por su cuerpo, lamí las cicatrices de su dorso antes de seguir la ruta marcada.
-¡No puedo más!- chilló descompuesta al experimentar mi húmeda caricia cerca de su coño.
La completa depilación a la que había sido sometida antes de la operación, me permitió disfrutar de su vulva a mi gusto antes de concentrarme en su botón.
«¡Cómo me gusta!», exclamé mentalmente mientras mordisqueaba ese caramelo y disfrutando de su sabor.
Lara que ya de por sí estaba bruta, no se podía creer las placenteras sensaciones que estaba experimentando al notar su cueva totalmente anegada por mis caricias y chillando a voz en grito, me suplicó que la hiciera mi mujer. Nuevamente no le hice caso. Las señales que emitía su cuerpo me indicaban la cercanía de su orgasmo y por eso intensifiqué mis lengüetazos, pellizcando sus pezones a la vez.
Por segunda ocasión en diez años oí la explosión de esa mujer pero esta vez el río que salía de su sexo inundó mi boca y como un poseso probé su contenido mientras ella sucumbía al placer. Con su aroma impregnando mis papilas recogí la cosecha de mis actos con la lengua, sin darme cuenta que con ello cruelmente alargaba su angustia por ser mía.
-Te lo pido por favor, ¡fóllame de una puta vez!
Su exabrupto me confirmó que estaba lista y con lentitud, separé sus piernas y cogiendo mi pene, jugueteé con su clítoris usando mi glande como instrumento. Sus gritos me pedían que lo hiciera rápido y la tomara ya pero queriendo recordar esa noche como memorable, no cedí a sus prisas y con gran parsimonia, separé los pliegues de su sexo con la cabeza de mi pene para acto seguido ir centímetro a centímetro rellenando su conducto.
-Eres un cabrón- aulló y sin poder esperar, usó sus piernas para metérselo de un solo golpe.
La otra hora dulce e ingenua criatura gritó de placer al sentirlo chocando contra la pared de su vagina y no permitiendo que su interior llegase a acostumbrarse a verse invadido, comenzó a mover sus caderas a gran velocidad.
-¡Dios! ¡Cómo me gusta!- bramó descompuesta mientras los músculos de su coño comprimían por completo mi miembro.
Su berrido me dio alas y cogiendo sus pechos, los usé como agarré para facilitar el modo en que mi estoque acuchillaba su interior una y otra vez. Siendo perro viejo en esas lides, noté que Lara estaba sobre-excitada por la facilidad con la que mi extensión entraba y salía de su sexo y forzando su entrega, aceleré mis movimientos. El ritmo alocado con el que mi pene la estaba embistiendo la hizo llegar nuevamente al orgasmo al ver su coño convertido en un frontón donde mis huevos revotaban.
-Necesito sentir tu semen- aulló al apreciar que algo le faltaba para estar completa.
La confirmación de su completa rendición fue el acicate necesario para dejarme llevar e imprimiendo nuevamente velocidad a mis caderas, reinicié con más fuerza el asalto.
-¡Así!, ¡Sigue! ¡Úsame como a las putas que te tiras a mis espaldas!- reclamó en plan al sentir mi extensión zarandeando su interior.
-¿De qué hablas?- pregunté extrañado que supiera algo de mi vida fuera del trabajo.
Con la voz entrecortada por el placer, reconoció que llevaba años espiándome. Esa confesión lejos de cabrearme, me alegró al comprender que al menos la atracción que sentía por mí no era producto del supuesto daño cerebral y olvidando toda cordura, la cambié de postura y la puse a cuatro patas sobre la cama.
-¿Qué vas a hacer?- asustada preguntó al sentir que abría sus nalgas.
Obviando sus quejas, observé que su esfínter se mantenía intacto y recreándome en la idea de ser yo quien se lo rompiera, le di un largo lengüetazo.
-Por favor, ¡ten cuidado! ¡Todavía soy virgen por ahí!- suspiró deseosa pero insegura a la vez.
Su aviso me recordó su estado y cambiando de objetivo, de un solo arreón la empalé por el coño. Su berrido me confirmó la disposición de esa puta y decidido a liberar la presión de mis huevos, marqué con sonoras nalgadas el compás de mis incursiones. La morena creyó que iba desgarrarla por dentro pero, en vez de quejarse, me rogó que continuara.
Su permiso, siendo innecesario, me permitió satisfacer los deseos de la dulce morena y extralimitándome le solté una serie de mandobles que me dolieron hasta mí. Con sus cachetes rojos y con su chocho ocupado, ni compañera se corrió por enésima vez y agotada se dejó caer sobre la almohada. Al hacerlo, mi pene se incrustó aún más hondo y con la base de mi miembro rozando los pliegues de su sexo, me uní a ella en un gigantesco orgasmo.
-Dios- aullé satisfecho al sentir que mi verga explotaba regando su fértil vagina y completamente exhausto, me tumbé a su lado.
Mi nueva amante con una sonrisa en mis labios, me abrazó posando su cabeza sobre mi pecho. Os prometo que me sentía tan feliz que por mi cabeza no pasaba la idea de seguir con otro round pero al cabo de unos minutos y ya repuesta, mi adorada Lara levantó su cara y mirándome a los ojos, me soltó:
-Te he prometido ir a hacerme esas pruebas y aunque sé que son necesarias, me da miedo que si descubren algo, nunca vuelvas a hacerme el amor.
Sus palabras pero sobre todo su tono escondían un significado que no alcanzaba a vislumbrar y por ello mientras acariciaba su melena, directamente pregunté:
-¿Qué deseas?
Muerta de vergüenza, bajó su mirada y contestó:
-Cuando lamiste mi culito, ¡me quedé con ganas!…sex-shop 6